El remolino de Pantitlán

David Barrera


Cada vez que oigo la lluvia, se amontonan los recuerdos de aquellos días en los que podía ver el pasado y el futuro. Más aún, revivo la destrucción, los muertos y mi desgracia: aquella que resultó tras adquirir ese horrible don.

Empezó durante los tormentosos años de mi juventud en los que trabajé como empleado de limpieza. La estación Pantitlán me apabullaba con sus túneles, pasillos superficiales y pasarelas elevadas que forman un complejo entramado por donde se apresuran miles de almas y en donde hay un vasto y concurrido paradero. Entre mis muchas labores, se me asignó limpiar un largo pasaje elevado del que salen, como patas de insecto, dieciocho escaleras hacia el paradero y desde donde se ve el aeropuerto y el Peñón de los Baños. Recuerdo que la señalización de aquel pasillo estaba cubierta de estampas que habían puesto los grafiteros. Mi trabajo, entonces, fue quitarlas hasta descubrir el nombre de la estación y, sobre todo, el ícono, el cual muestra dos banderas ondeando.

—¿Por qué tiene esas dos banderas? —me pregunté—. Bastaría con que dijera Pantitlán, y ya.

Mientras trabajaba vi a un joven muy flaco y demacrado, cuya expresión hacía parecer como si se le hubiera metido un bicho en la cabeza que le mordisqueaba el cerebro. Sus ojos oblicuos y vidriosos miraban hacia el paradero, al tiempo que sus constantes espasmos y sus sucias manos insinuaban que aquel muchacho vivía bajo un tormento constante e irremediable. Algunas personas lo pateaban y lo insultaban por estorbar el paso, ya que estaba sentado en el peldaño superior de una escalera muy concurrida.

—Quítate o te van a volver a patear —le dije al acercarme y tocar su hombro.

—No importa —respondió aquel muchacho con voz temblorosa—. Les devolveré sus patadas cuando estén muertos.

—¿Te sientes bien?

—¿Quién puede sentirse bien en un mundo como este? —dijo y, luego, señaló hacia el paradero—. Tan sólo mira este lugar: primero fue un lago vasto y hermoso, pero ahora es un basurero abominable. Y todo por culpa de los hombres que construyeron sobre el fango hasta terminar en esto a lo que llamamos ciudad, ¿entiendes?

No dije nada.

—¿Acaso no sabes que aquí existió un remolino cuya fuerza destruyó embarcaciones y mató a sus tripulantes? —continuó—. Los hombres antiguos, en su sabiduría, colocaron banderas alrededor de aquel fenómeno con el fin de advertir del peligro. Por eso el ícono de la estación del metro Pantitlán muestra dos banderas ondeantes. Pantitlán significa entre banderas. ¿Entiendes?

No supe qué decir y tartamudeé.

—Vaya, eres un ignorante… No me sorprende —continuó—. Así como tú limpias el pasillo, muy pronto, los dioses harán lo mismo con toda esta porquería. Será algo bello y catastrófico. Habrá miles de muertos y, entre ellos, aquellos que me patearon hace unos momentos.

—Sí, claro —dije al tratar de cortar la plática.

—Y cuando eso suceda —dijo con hosquedad—, obtendré el máximo honor que puede adquirir un hombre.

Días después, le conté al viejo Horacio la extraña experiencia que había tenido con ese joven.

—El tipo se llama Jesús —dijo Horacio con desdén—. Es un loquito que sólo habla de catástrofes, el fin del mundo, sangre, muertos y no me acuerdo qué tantas tonterías más. Al principio lo escuché por mera curiosidad, pero un día le pregunté cómo sabía todo eso y me dijo que podía viajar en el tiempo con sólo usar su mente. Solté una carcajada al oírlo y él, enojado, levantó la voz y agregó que podía demostrarlo. Sólo requiero de tu fe, rebuznó el imbécil al poner cara de santo. Eres un charlatán barato, le dije y me hice el sordo.

—¿Y cómo iba a demostrarlo? —interrumpí a Horacio, con curiosidad.

—No sé. Y no me importa —dijo mi compañero—. Nunca he creído en charlatanes.

Esas palabras me intrigaron, así que busqué a Jesús durante semanas. El día que lo encontré, lo vi caminar en círculos en el paradero, con las manos extendidas hacia el suelo y con una expresión de loco.

—¿Qué tanto me ves? —me preguntó—. Estoy seguro de que ya hablaste con ese viejo tonto de Horacio, pero nada de lo que él haya dicho es cierto.

—¿Ni viajar en el tiempo? —pregunté.

—Viajar en el tiempo con los medios de hoy en día es imposible. Sólo un idiota creería semejante cosa.

—Horacio dijo que podías hacerlo con tu mente —afirmé—. Además, dijo que podías demostrarlo.

Se quedó en silencio por unos segundos y sus ojos vidriosos y cansados se fijaron en mí.

—¿Realmente crees que puedo demostrarlo? —preguntó.

—Sí —dije—, quiero comprobar si es verdad.

Soltó una risotada y aplaudió.

—No pierdas la fe, idiota —dijo.

Enseguida, lo insulté y él me escupió a los ojos.

Una tarde, tras haber barrido, me recargué en el pasamanos y miré hacia el encharcado paradero. Era domingo, así que había poca gente y unos cuantos camiones estaban estacionados. Tras algunos segundos, me sentí contagiado de la tranquilidad de aquella tarde y hasta tuve ganas de una cerveza.

De repente, mis manos empezaron a temblar y los músculos de mi cuello y rostro se contrajeron. Asustado, quise respirar y tranquilizarme, pero los espasmos se convirtieron en ataques que me llevaron al suelo y me hicieron gritar y babear. Entonces, para mi asombro y terror, el sol se movió lentamente hacia el oriente y, en segundos, cruzó el firmamento y dio paso a la noche. Me quedé asustado entre las repentinas penumbras hasta que el sol apareció en el occidente y cruzó de nuevo.

Así lo hizo una y otra vez. Sus revoluciones se volvieron rápidas e hicieron de la estrella un ave de fuego, cuyos viajes borraron la ciudad e hicieron aparecer cuerpos de agua que se extendieron hasta formar un lago inmenso. Luego de muchos viajes, el ave se posó en el cenit y vi una ciudad sobre el agua con muchas calzadas y templos blancos y majestuosos.

Miré a mi alrededor y pude reconocer el Peñón de los Baños, el Peñón Viejo y el Cerro de la Estrella rodeados de agua y con sus jorobas cubiertas de vegetación. Quise ver de cerca la ciudad, pero una fuerza me llevó por muchos kilómetros sobre el lago hasta que vi un espacio rodeado por astas con banderas ondeantes. Para mi asombro, en el centro chocaban dos corrientes que formaban un feroz remolino, cuya fuerza estremeció mi alma y me hizo imaginar las cavernas subterráneas que se encontraban al cruzar aquella boca.

De pronto, un par de canoas se acercaron. En una de ellas iba un niño de unos once años que estaba amarrado con sogas. Su aspecto era similar al de Jesús, ya que se veía demacrado y parecía no tener control de sus manos temblorosas. Navegaron con cautela hasta que uno de los remeros desvió la embarcación del niño, la cual hizo ligeros tumbos y se internó con rapidez gracias a la corriente que la atrapó de inmediato. Poco a poco, el ruido y la fuerza del agua aumentaron y la embarcación aceleró hasta que, una vez en el ojo, se volteó y dejó a su ocupante a merced del monstruo que lo tragó con indiferencia.

Cuando la visión terminó, sentí mis músculos acalambrados. La cabeza y los ojos me palpitaban y me dolían, incluso parpadear me resultaba una tortura. Pero la verdadera tortura vino cuando me di cuenta de que las visiones estarían en mi diario vivir y que aparecerían de manera imprevista. Ir a trabajar fue imposible, así que me vi obligado a quedarme en cama bajo el cuidado de mi viejecita y con la ansiedad de ser arrebatado por una visión en cualquier momento.

—¿Qué puedes ver, hijo? —me preguntó con angustia mi viejecita, mientras juntaba sus manos regordetas y temblorosas, ya que se asustó mucho cuando me vio tener una visión.

—Estoy deslumbrado por el futuro —afirmé con voz débil—. Pero todo lo que he visto será destruido por sofisticadas pestes, por los seres de otros mundos que se divertirán pisoteando cadáveres y por la inevitable explosión del sol y la calcinación de la tierra.

Mi madre trajo a un anciano de ojos saltones que me dio varios remedios a base de yerbas y hongos. Durante semanas tomé sus medicinas y me sometí a sus ritos y rezos, pero nada causó efecto. A pesar de su esfuerzo, noté en su rostro la impotencia de no poder hacer nada más. Entonces, una tarde, se sentó en la orilla de mi cama y me habló con honestidad.

—He hecho todo para quitarte esta maldición, pero mis remedios han sido inútiles —dijo de manera solemne—. He pensado que la única manera de encontrar alivio sería si buscas al brujo que te echó esto. Debes encontrarlo, si no, el poder te consumirá hasta matarte.

Durante semanas busqué a Jesús. No importaba cuán débil estaba o cuantas vueltas tuviera que dar a la estación Pantitlán, lo obligaría a sanarme. A pesar de la ayuda de mi viejecita y de mis compañeros de trabajo, no encontré a ese hechicero maldito.

Sin embargo, una noche tuve una visión. Vi un destello blanquiazul y oí un trueno especialmente largo, que me pareció una extensa y macabra nota musical. Se desató una tormenta como nunca antes había visto. Los relámpagos partieron árboles, quemaron cables y mataron personas. Además, poco a poco, el paradero se cubrió de aguas negras en las que flotó basura, granizo y cadáveres. Sobre los techos de los camiones había personas que se resguardaron, pero cuando el agua los alcanzó, muchos se arrojaron sin remedio y nadaron hacia el pasillo elevado. Parecía que se iban a salvar, pero, repentinamente, un vórtice se abrió en el agua, se ensanchó y giró con tanta violencia que los atrajo y los devoró. Para mi sorpresa, entre aquellas personas, estaba Jesús, quien rió a carcajadas cuando lo arrastró la corriente.

Tuve que confiar en aquella pista ya que no había noticias acerca del hechicero maldito. Esperé durante muchos días el relámpago y su consecuente trueno. Lo grabé en mi mente y en mi alma con tal firmeza que lo soñé en un par de ocasiones. Además, hablaba de él todo el tiempo ya fuera con mi madre o solo.

—¿Y estás seguro de que sí va a pasar? —me preguntó mi madre en una ocasión, pero yo me quedé callado.

Los días me convirtieron en un hombre de una delgadez enfermiza. Traté de advertir a mis semejantes de la inundación, pero nadie me creyó.

—Déjalo —decía la gente en la calle—. No hace daño a nadie. Simplemente está loquito.

Esperé muchos días, pero el tiempo me hizo pensar que yo iba a morir antes de ver el rayo. También, creí que ninguna visión que había visto del futuro iba a suceder. Yo era un pobre loco, condenado a morir muy pronto. Y, aunque el suero intravenoso y los cuidados de mi viejita me mantuvieron vivo, yo ya había pensado en suicidarme. ¡Pero ni siquiera pude hacerlo, pues las visiones me dejaron sin fuerza! ¡A duras penas podía parpadear y tragar saliva!

Un día, un repentino estremecimiento me sacudió. «Estos deben de ser los temblores que me llevarán a la muerte», pensé. «Hasta aquí llegué». Pero, para mi sorpresa, la ventana estaba abierta y apareció el destello blanquiazul y oí el trueno, ¡tan largo y estridente que me llegó hasta el tuétano! Traté de gritar y de levantarme, pero fue inútil.

—¡El trueno! —gritó mi pobre viejita al abrir la puerta y tratar de levantarme a pesar de su vejez —¡El trueno! ¡Hay que salir!

Arrastré los pies por las calles y apoyé mi brazo en los hombros de mi mamá. Sentí que el soplo del viento y el ruido de las hojas al arrastrarse me reanimaron. Entonces, vi los cielos enegrecidos y las gotas gordas y espesas que cayeron con ferocidad y que, en pocos minutos, inundaron el paradero. ¡No lo podía creer: una visión se cumplía ante mis ojos!

Entonces, busqué entre los rostros aterrados que miraban la acechante y creciente laguna. Mi madre y yo nos separamos y buscamos. Me metí entre la muchedumbre y, al dejarla atrás, vi al miserable hechicero en un rincón en donde el pasillo remataba en una escalera. Sus ojos parecían fascinados con la turbidez del agua, al tiempo que apoyaba sus manos en el barandal e inclinaba su cuerpo hacia adelante. Me apresuré y, justo antes de que cayera al vacío, lo agarré de la cintura y, con mucho trabajo, lo arrojé al suelo. Jesús se levantó y me reclamó por haber frustrado su suicidio.

—¡Quítame esta maldición! —le grité, mientras trataba de someter a ese hombre, tan flaco como yo.

—Quedarías peor —dijo entre risotadas y trató de soltarse—. Mejor sigue mi ejemplo.

—¡Yo no te pedí esto!

—¡Sí lo hiciste! —gritó—. Acéptalo. Yo soy Jesús, tu señor. Y tú eres Juan, mi apóstol, vidente y revelador.

En ese momento, el vórtice se abrió rápidamente y atrajo a los pobres hombres y animales. Al mismo tiempo, insistí y golpeé a Jesús con todo mi odio, pero, de manera inesperada, me escupió a los ojos y sentí que su saliva se metió hasta llegar a mi cerebro.

—¡Vive si así lo quieres! —exclamó y, enseguida, corrió hacia el barandal y brincó sobre él.

Lo que quedó fue un agujero, cuyas orillas se desgajaban a pedazos y caían hacia una profundidad desconocida. Durante meses, una paz macabra inundó la ciudad. Y aunque yo dejé de ser castigado por las horribles visiones, poco a poco, mis ojos se debilitaron al punto de no mostrarme ningún color ni imagen, dejándome en la nada.

David Barrera. Nací el diecisiete de noviembre de mil novecientos ochenta y cuatro en la Ciudad de México. Estudié la licenciatura en Literatura Dramática y Teatro en la UNAM de donde egresé como dramaturgo. Actualmente, trabajo para la Editorial San Pablo.