En las grietas líquidas de su corazón

Martha Camacho


Arturo despertó con un suspiro doloroso. Sabía que la cirugía no era sencilla y esperaba el dolor, pero no la sensación de caer infinitamente. Seguro era la anestesia. Pudo notar su respiración libre, profunda, sin opresión en el pecho. Pestañeó, mirando la lámpara colgada sobre él, las luces de los autos colándose desde la lejanía por la ventana del hospital, la semipenumbra. La noche caía.

Intentó levantarse y al enderezar el rostro hacia su pecho fue cuando lo vio; el tubo transparente de unos diez centímetros de altura, por medio de ancho, surgía a la altura de su corazón, ocultando la entrada por vendajes y conectado con una manguera a otro aparato que no supo descifrar.

Con cada latido registrado en el monitor, ascendía un poco de líquido claro por el tubo y, tras cada ascenso, Arturo podía respirar un poco mejor.

Eso no implicaba que el procedimiento no luciera horroroso.

¿En qué momento le había caído encima semejante desgracia? Y fue entonces cuando notó que no había pensado en Amelia. Eso lo llenó de desconcierto.

Alguien tocó a la puerta. Antes de que Arturo pudiera responder, el doctor hizo su aparición. Alto, con anteojos y bigote ralo, la sonrisa amable, se acercó a la cama y tomó la tablet de récords médicos, revisando datos y ajustando el aparato conectado a la manguera.

—Buenas noches, señor Wishlist, ¿cómo se siente? Es normal que haya un poco de mareo.

Arturo hizo un esfuerzo por recuperar la voz.

—Tengo sed. Estoy… ¿cayendo?

El médico asintió. Sacó una lámpara pequeña y revisó los reflejos pupilares de Arturo, su lengua y tomó su temperatura.

—La sensación de caída es común; estamos cambiando todo el equilibrio líquido en su cuerpo, sus oídos quedan afectados y tardarán en compensar la sensación. Se le pasará, y de momento, no podemos darle agua a beber. ¿Dolor?

Arturo se revisó a sí mismo a conciencia. Más allá de la presión del vendaje, la sensación de caída y dolor en todos los huesos y músculos —tal y como si Arturo hubiera corrido un maratón— se sentía mejor que antes de la cirugía. Sobre todo, la ilusión de Amelia parecía haberse borrado de su memoria y el advertir su ausencia resultaba inexplicable.

Negó con la cabeza y el médico volvió a anotar algo más en la tablet.

—Muy bien. En unas horas traerán un desayuno ligero y mañana temprano podrá salir del hospital. El derivador que hemos puesto sobre su corazón se encargará de desahogarlo; quiero decirle que entramos apenas a tiempo. Hemos extraído alrededor de cuatro litros de fluido viral y su corazón ya puede moverse libremente. Claro, cicatrizar la herida llevará un tiempo, pero…

Arturo interrumpió al buen doctor.

—¿Cuánto?

Sin dejar de sonreír, el médico miró hacia la ventana; luces estelares y luces deslizantes de autos. La luna a lo lejos.

—Es usted joven y sano; calculamos unos tres o cuatro meses. Podrían ser menos o más, dependiendo de la intensidad del recuerdo.

Arturo asintió tanto como se lo permitía el estar acostado. Cuatro meses; ciento veinte días.

El médico levantó la cama con los controles laterales y encendió el monitor enclavado en la pared.

—Le dejaré las instrucciones de cuidado posoperatorio. Preste atención —dijo, afable— y trate de no desvelarse. Buenas noches.

Arturo sonrió, más por cortesía que por verdaderas ganas, y se concentró en la pantalla.

El monitor mostró una animación: un corazón latiendo normalmente y después agrietándose como porcelana fina, el líquido claro escapando a borbotones. Una voz neutra narraba mientras las imágenes se sucedían en bucle hipnótico.

«Miocardiopatía Emocional Idiopática por Philiovirus. La enfermedad se manifestó en su forma actual después del paso del cometa Kórima, hace diez años. Lo que antes conocíamos como Síndrome de Takotsubo o del corazón roto, derivó en este ataque viral”.

El corazón animado se hinchaba, deforme, mientras el líquido lo rodeaba.

«El virus ataca únicamente a personas que atraviesan una pérdida afectiva severa: separación, luto, rechazo. El miocardio produce cantidades extraordinarias de fluido que agrietan la membrana pericárdica. El paciente literalmente se ahoga en el líquido que su propio corazón genera”.

La imagen cambió: manos enguantadas insertando un tubo delgado en el músculo cardíaco.

«El único tratamiento efectivo es la cirugía. Se introduce una sonda de derivación que permite al líquido salir del cuerpo de forma controlada. El alivio es inmediato. Los síntomas emocionales —angustia, insomnio, dolor— disminuyen conforme el corazón expulsa el fluido”.

Apareció la imagen de un pañal desechable, después un calendario con fechas tachadas.

«La recuperación toma entre seis semanas y seis meses, dependiendo de la intensidad de la pérdida. Usted utilizará un apósito absorbente que deberá cambiar cada vez que se humedezca. Al principio, de ocho a diez veces al día. El derrame irá disminuyendo conforme la dolencia sane”.

El corazón volvió a aparecer, esta vez cerrado, latiendo con normalidad.

«Antes de los derivadores, el Philiovirus era mortal. Ahora, es curable”.

En la pantalla comenzaron a aparecer las instrucciones de higiene, pero a Arturo se le cerraban los ojos, la voz neutra fundiéndose con el pitido constante del monitor junto a su cama.

Arturo no supo en qué momento se quedó dormido. Cuando despertó, estaba desconectado de la máquina y un pañal desechable para adulto cubría todo su pecho y costillas, sujeto con cintas elásticas a su cintura y hombros. Estaba húmedo y pesado. El toc toc en la puerta vino a distraerlo; la enfermera y el médico de la noche anterior entraron al mismo tiempo.

—Buenos días, señor Wishlist. ¿Me imagino que no vio todas las instrucciones?

Arturo miró hacia todos lados, asqueado por el peso húmedo pegado contra él, el leve olor a ¿sangre? Y la sensación de dolor en el fondo del pecho. La enfermera le sonrió y despegó las tiras que sujetaban el pañal a sus hombros. Arturo pudo ver los resultados de la operación; era como si alguien le hubiera clavado un tubo en el pecho, el cual sobresalía medio centímetro de la piel que apenas lucía roja. Y el extremo goteaba, despacio, mojándole el pecho hasta su ombligo. Contuvo la expresión de asco. La enfermera sonrió. El médico siguió hablando.

—Tendrá que usar uno de estos, señor Wishlist. Y deberá cambiarlo cada vez que se humedezca; al principio serán unos ocho o diez cambios por día. El seguro contra el virus le facilitará los pañales sin costo alguno, pero debe obtenerlos sólo en las farmacias designadas para ello. También es muy importante que no suspenda por ningún motivo su ingesta de agua, dos a tres litros diarios; todo viene indicado en su receta. Ejercicio ligero y dieta sana; si presenta dolor o fiebre, repórtese de inmediato. ¿Alguna pregunta?

Arturo se sintió confuso frente a la velocidad con la que la enfermera había cambiado su pañal y la información del médico.

—Es…¿es normal que no esté pensando en ella?

El médico y la enfermera se miraron, sonrientes, y ella, murmurando un ‘con permiso’, recogió los pañales húmedos y salió de la habitación. El doctor encaró a un Arturo Wishlist todavía cubierto por las sábanas de hospital.

—Mire, mi joven amigo, las reacciones debidas al Philiovirus son una exposición, llamémoslo así, del sufrimiento interno que normalmente padece una persona que está pasando por una pérdida seria de tipo afectivo. La aparición de ésta enfermedad puede catalogarse como una rara bendición…

—¿Una bendición? ¡Estuve a punto de morir!—Arturo se enfureció.

—Una bendición—recalcó el médico—; el virus hace tangible su sufrimiento y nosotros tenemos forma de curarlo. Usted no piensa más en la persona que ama y lo abandonó. No me malinterprete; aún la ama y su cerebro tiene una impronta de ello. Cuando el virus lo invade, su corazón y el resto de su cuerpo decide defenderlo y arroja todo el resultado de ese amor abandonado; adrenalina, dopamina y todo lo relacionado al recuerdo de ella. Por eso su pensamiento deja de percibirla. El virus se encargará de purgar la herida, y nosotros la mantenemos abierta hasta que se cure. Es un método mucho más rápido que el tiempo y la espera. Y menos doloroso, con todo y la cirugía.

Arturo pestañeó como un gato curioso; sonaba razonable. Aunque el asunto de los pañales iba a ser un fastidio, sin duda alguna. El médico se despidió rápidamente,y Arturo se vistió y se preparó para encarar los meses siguientes.

Al salir del hospital, en una de las salas de rehabilitación, le pareció reconocer a alguien; el largo cabello rojo y el chal de flores. Diana, sin duda. Su esposa había muerto de cáncer hacía unos seis meses. Sin embargo, vista desde el cristal, Diana lucía serena y tranquila, esforzándose en copiar las rosas del jarrón sobre la mesita con singular éxito.

Sólo había una explicación a la presencia de su vieja amiga en la sala de rehabilitación; había pasado por la misma operación, sin duda alguna.

—¿Diana?

Ella alzó la mirada al escuchar su nombre y Arturo advirtió la sonrisa serena, los dedos manchados de pintura, el desorden en sus hojas de acuarela, los anteojos en la punta de la nariz y el cabello recogido en una floja trenza.

—Oh por dios, Arturo Wishlist. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Vas por pañales?

Los dos tuvieron que reírse. Era ridículo. Conversaron un poco de lo bien que lucía Diana, de Rose, de sus gatos. De Amelia.

Arturo sintió un pinchazo leve al escuchar el nombre de ella y se disculpó, diciendo que el pañal pesaba mucho.

—Anda, ve y cámbialo o acabarás mojado hasta los tobillos; los primeros días son una monserga y un fastidio. Yo quería bañarme todo el tiempo. Pero ya estoy bien—y en su sonrisa, Arturo pudo ver que decía la verdad; la mirada totalmente calma, libre de angustia y pena.

Él hizo cuentas; Rose había muerto hacía cuatro meses. Arturo recordaba del funeral a una Diana absolutamente muda y pálida, con la mirada perdida en el horizonte, incapaz de llorar y de moverse.

Nada que ver con el aspecto actual de su amiga. Algunas canas aquí y allá en su cabello rojo, pero la calma en su rostro era notable.

«Ella siempre estará conmigo», había dicho a Arturo,« pero la pena por su ida ya no me está matando, querido. Tú también podrás salir de Amel… de ésto».

Arturo se encaminó con su prescripción a la farmacia del hospital, esperando que nadie lo viera. Y cuál fue su sorpresa al toparse con una fila por lo menos de veinte personas.

Un anciano. Una pareja de chicos, tomados de la mano (al parecer, habían perdido a su madre). Un hombre que sujetaba con fuerza todavía una foto con su gatito. Tres mujeres de diferentes edades, conversando animadamente. Una joven de ojos negros y ropa gótica, con lágrimas tatuadas en el cuello y un gesto de asco frente a su mojada camiseta negra; sin duda el pañal había rebasado su capacidad. Una mujer mayor ¡con una bolsa de mercado!

No alcanzaba a ver a las personas del principio de la fila, pero todos eran gente común y corriente, incluyendo a un hombre de traje y corbata con su folleto de pañales y su portafolio.

Parecía una fila del metro.

Arturo se sintió un poco menos avergonzado; al parecer el Philiovirus era algo tan común como una gripa, e igualmente molesto. Vio irse a todos esos ciudadanos con, por lo menos, dos cajas con cerca de cincuenta pañales cada una, con asas y bolsas, y protestando por el peso y el bulto. ¡Y esa era la ración inicial! No pudo evitar soltar la carcajada y hacía equilibrios con su paquete, su mochila de ropa de hospital y medicamentos, y las llaves del auto que trataba de sacar del bolsillo, todo a la vez.

Echó toda la carga a la cajuela y leyó la etiqueta adherida a una de las cajas;

“Origen: La enfermedad apareció tras el paso de un cometa, pero siempre ha existido — ahora es evidente de otra forma.

Contagio: El Philiovirus solo puede transmitirse si ya estás sufriendo de desamor (necesita huésped vulnerable).

Tratamiento: Dr. Cyrus de Hellas (reconocido médico marciano) inventó el derivador que se inserta en el corazón roto para permitir la salida del líquido.

Consecuencia: Como paciente, debes usar pañales para recoger el líquido que expulsa tu cuerpo.

Nuestra reconocida marca de pañales/apósitos…”

—¿Arturo?

Él levantó la vista a toda velocidad, y la paz y calma de la que había gozado en las últimas horas parecieron desaparecer de inmediato, regresando el dolor, el ahogo y una angustia feroz. Perfume a jazmín y vainilla. Manos perfectas. Ojos bordeados de pestañas imposibles, labios finos dignos de mil besos, la voz dulce, el largo cabello negro y quebrado… Amelia.

Arturo retrocedió como si lo hubieran amenazado con un arma, cerrando de golpe la cajuela. Su corazón se contrajo violentamente; sintió agujas ardiendo o la impresión de algo helado, frío, que lo atravesaba de lado a lado. El dolor fue insoportable. El apósito recién instalado comenzó a empaparse rápidamente mientras el pánico inundaba cada fibra del hombre.

—¿Qué haces aquí?

No ‘hola’, ni ‘mi amor’ o ‘mi vida’. Amelia se quedó boquiabierta al mirarlo.

—Estás… ¿te hicieron la cirugía?

Arturo asintió convulsivamente, reteniendo el llanto. Amelia lo había rechazado hacía un mes y el mundo de Arturo Wishlist se vino abajo con ello; un año completo escribiendo juntos, sacando adelante el proyecto de edición, cenando como una pareja casi a diario, Amelia envuelta en los brazos de Arturo y en sus besos, y —por lo menos él— soñando con un futuro al lado de ella. Razones simples; ella lo veía como a un querido amigo. Y estaba comprometida con otro.

Arturo no cuestionó nada. Aceptó la negativa, se retiró elegantemente. A las tres semanas de insomnio aparecieron los síntomas de Philiovirus y él cayó desmayado al salir de su casa. Lo drenaron por días hasta cesar la fiebre y curar la infección causada por la inundación repentina. Y de ahí, al Centro Hellas para la cirugía.

—Te he extrañado. Eres un amigo increíble y creo que podríamos retomar el proyecto, ¿no? Las cosas no tienen que cambiar entre nosotros. He estado pensando… tal vez fui muy apresurada; podríamos intentar…

—No —fue la respuesta de él—. No, Amy. Estoy… me han puesto uno de esos tubos ya, y… no creo poder dar marcha atrás.

Ella se enderezó como si la hubieran abofeteado y Arturo sólo pudo pensar en cuán hermosa lucía, en el perfume que la rodeaba y en el hecho de que sus propios pantalones se estaban empapando por la cascada que se vertía por el tubo, su corazón vomitando a chorros en cada doloroso latido.

—¿Te estás curando de mí entonces? —Amelia tenía los ojos brillantes por las lágrimas.

Arturo tragó saliva y asintió.

—Me estoy curando. No sé si de ti; dicen que es un virus. Pero quiero vivir. Por favor, vete. Déjame… ser, te lo suplico.

La mujer suspiró indignada y dio media vuelta, desapareciendo de inmediato en los pasillos entre la farmacia y el hospital. Arturo no se atrevió a levantar la vista, hasta que percibió el pañal goteando y el charco en el que estaba parado. Una risa leve lo hizo voltear. Era la mujer mayor con la bolsa de mercado y dos cajas de pañales.

—Orza, criatura. Me llamo Orza. Veo que tienes un problema aquí, bastante común. ¿Te ayudo?

Y así, conversando sobre su viudez, la muerte de su último gato y la pena por haber perdido demasiada gente, Orza ayudó a Arturo a cambiarse el pañal en plena calle, y éste tuvo que resignarse a conducir con el pantalón empapado, sobre una toalla prestada por Orza misma.

Por supuesto, lo primero que hizo Arturo al llegar a casa fue bañarse.

Al principio ocurrió como lo dijo Diana; molestia, comezón y humedad. Luego, aprendió a cambiarse en media hora hasta dominar la técnica y, al cabo de una semana, Arturo podía trabajar tranquilo y cambiarse el pañal en una rápida ida al baño. Ni siquiera se dio cuenta de cuándo se acostumbró. Recogía su bolsa-caja de pañales cada fin de semana y hacía su vida normal. Comenzó a notar que dormía mejor y, cuando por fin dejó la editorial y pensó en mudarse, ni siquiera esperó a ver si Amelia había recibido su carta de renuncia.

A veces, por las noches, el gur gur de su corazón lo despertaba y debía volverse de costado para ayudarlo a expulsar el líquido, el cual comenzó a escasear por ahí del cuarto mes.

¿Los otros efectos? Recuperó el apetito y reanudó la caminata. Volvió a escribir y logró publicar dos cuentos, usando como personajes a la gente en la fila de los pañales. Orza le visitaba de vez en cuando, con galletas o un pay de manzana fabuloso, y lo obligó a adoptar a Demócrito, su nuevo gato negro.

Sólo entonces comenzó a darse cuenta de lo mucho que antes ocupaba su mente en Amelia, y cómo la extrañaba cada vez menos.

Las visitas periódicas al hospital señalaban dónde el desamor de ella había dado pie al virus para herir su corazón; éste comenzaba a cicatrizar, y su médico de turno sonreía satisfecho.

Y al fin, llegó el día. Diana lo llevó en su auto al hospital y Orza le hizo prometer que adoptaría un gato más, mientras cuidaba de Demócrito. La intervención fue relativamente sencilla y el hueco del tubo fue cubierto apenas por un parche. No más apósitos ni humedad ni gur gur por las noches.

Cinco meses. Ciento cincuenta días que se habían ido volando y durante los cuales, Arturo había reconstruido su vida de medio a medio. Iba saliendo feliz del hospital con Diana y decidieron pasar a un restaurante, a comer y a celebrar. Orza les alcanzaría ahí.

Para sorpresa de Arturo, se encontraron con la joven gótica, los dos chicos y el hombre de traje y corbata. No los conocía y a la vez eran amigos. Orza, al parecer, los conocía muy bien a todos.

La comida estuvo llena de risas y brindis, pasta italiana y un tiramisú perfecto.

Al salir del restaurante, Arturo se detuvo. Reconoció el perfil que una vez había amado del brazo de otro hombre. Amelia lucía tan hermosa como siempre, justo como él la recordaba y, sin embargo… Algo en su gesto, en sus labios contraídos que parecía ¿desprecio? Le pareció desconocido. ¿Cómo es que nunca lo había notado antes?

—Mira nada más, si no es otro que Arturo Wishlist. ¿Cómo te encuentras?

Jazmín y vainilla, el mismo perfume intenso; Arturo pensó que iba a vomitar la espléndida comida que acababa de ingerir. Orza y Diana lo rodearon, una de cada brazo, y eso lo reconfortó de inmediato.

—Buenas tardes, Amelia— Arturo sonrió abiertamente—. Venimos a celebrar.

—Supongo que te recuperaste totalmente —. El tono era seco, altivo. El desconcierto de Arturo fue rápido. ¿En verdad Amelia siempre había sido así? Otra vaharada de perfume reforzó sus náuseas.

—Oh sí, me encuentro muy bien. ¿Él es tu prometido?

Amelia soltó al hombre, quien la miró con expresión divertida en los ojos.

—¿Eso es lo que les has estado diciendo de mí, palomita?

Ella enrojeció y palideció alternativamente y, ante lo que parecía el inicio de una discusión (que Arturo y sus amigas no tenían interés en compartir), les dejaron solos y subieron rápido al auto de Diana. A los treinta segundos, las carcajadas rompieron el silencio.

—¡Por dios! ¡Pensé que me iba a vomitar!

—Jajajajajaja… qué, ¿no te lo dijeron? —era Diana.

—¿Decirme qué?

Orza abrió la ventanilla, dejando entrar el aire.

—Todos aquellos a quienes amamos tienen su propio perfume y eso nos da confort, seguridad, la tranquilidad de llegar a alguien que es como nuestra casa. Cuando lo perdemos, el perfume permanece como recuerdo. Y cuando al fin nos curamos de la pérdida, se convierte en una peste insoportable. Eso. ¿No te lo dijeron?

Entre toda la información médica con que lo habían bombardeado, Arturo no logró recordarlo. Una lluvia ligera comenzó a caer a pleno sol y el hombre vio dibujarse el arcoiris sobre la ciudad, conforme se acercaban a su casa.

En las grietas líquidas de su corazón, donde había tratado inútilmente de retener a Amelia, ya no quedaba nada de ella. Su presencia había salido de él, definitivamente. La calma, como la lluvia que generaba el arcoíris, le llenó del todo.