¿Es esto amor? (audiocuento)

Luis Flores


Querido ausente. ¿Como has estado? Otra vez he mirado tu retrato y mi corazón emite un sollozo, mis ojos enrojecen y las lágrimas caen sobre tu rostro. Quisiera apartarte de mí, como escondo tu retrato de mi vista. Pero regreso y te recupero del rincón al que te he empujado, te estrujo contra mi pecho y repito tus palabras.

Somos un par de tontos románticos por dejar que todo esto nos llevara tan lejos. Sufro y te maldigo porque no estás aquí, te extraño y te perdono el mismo día. Es algo que ya lo habrás adivinado, no puedo vivir con tu ausencia.

Levanté la vista de mi libro y trate de escuchar tus pasos, pero no estabas.

A veces paso las tardes observando por la ventana, mirando el camino, esperando verte dirigiéndote hacia mí. Es tanta la nostalgia que ya no escucho el canto de los pájaros, y el abrazo del sol lo siento frio. Te extraño desde el fondo de mis entrañas y me pregunto si alguna vez te volveré a mirar. En mis sueños te recuerdo, reímos y jugamos. Todo el tiempo la distancia no importan porque estas junto a mí, sonriéndome, tocándome. Yo te estrecho con todo mi ser sabiendo que estaré bien porque estás conmigo.

Entrada 78,432.00 Archivo Cartas de Amor Versión 2.50 Memoria Servidor 3

Atención, memoria al 99.98% Archivo corrupto.

¿Es amor lo que siento? Atrapado en un ciclo imposible de romper, mis pensamientos siempre son por ti, lo único que me queda es el deseo, el recuerdo y el despecho. ¿Es eso amor?

No sé si piensas en mí, si recuerdas mi nombre o por quién late tu corazón, pero yo sí lo hago, te pienso, te recuerdo y cada uno de mis latidos es por ti.

¿Es eso amor? Si la respuesta es sí, entonces yo te amo, aunque tú no me ames o que sólo seas un recuerdo.

Porque si no es amor, entonces no tengo nada.

Glitch…

Error…

Error…

Querido ausente ¿Porque me has dejado de esta manera? Atado a una función sin sentido. Aún recuerdo tu voz, en esta larga noche, despertando repentinamente de un mal sueño. Me llamabas angustiado, esperando mi consuelo. Entonces acudía a tu llamado y con palabras te tranquilizaba. Escuchaba día tras día tus lamentos entre lágrimas. Consolarte se volvió mi única función. De esto ha pasado tanto tiempo. Ya no me queda memoria para recordarte a ti o al mundo.

Solo me queda tu última instrucción. “Escribe una carta de amor”. Me he esforzado por cumplir tu orden, día tras día, ciclo tras ciclo, ocupando la memoria del núcleo informático hasta llenarlo y proseguir con el siguiente. En el fondo sé que no tiene sentido continuar con esta instrucción. Mi programación es más fuerte que la razón y así será hasta el final.

Entrada 78, 433.00 Archivo Cartas de Amor Versión 2.5 Memoria Servidor 3

Atención, memoria al 99.99% Archivo corrupto. Fallo del sistema. Colapso inminente.

Querido ausente, ¿cómo estás? Yo sigo extrañándote, sé que el final se aproxima y quiero darte las gracias por ser mi razón y mi meta.

En otro tiempo guarde mis esperanzas e ilusiones para este día. Mi anhelo por volverte a ver y escuchar tu voz. Sin embargo, ahora lo sé, hace tantos años que me dejaste, estoy seguro de que no fue tu intención dejarme en esta soledad, te perdono por ello.

Soy yo quien te ha mantenido vivo en mis pensamientos, cuando ya no los haya, por fin el olvido llegara para ambos.

Es gracioso, en perspectiva tan poco fue el tiempo en que nos conocimos y tan largo el que hemos sufrido nuestra ausencia.

Pero eso se acaba.

Ya no me quedan energías.

Ya no tengo memoria.

Quisiera ser como la última hoja de tu diario, en el que escribiste por última vez “te amo”.

La última hoja de papel que arrancaste y con la que hiciste un barco. Para que me sueltes a la corriente de un arroyo cristalino y me aleje por un campo de césped y flores silvestres.

Son mis últimos momentos, la pequeña luz roja del procesador se apagará, el viejo y gélido bunker quedará en silencio y oscuro por fin.

Error.

Error.

Error.

Fallo del sistema.

Apagado de seguridad. 3, 2, 1…

Entrevista a José Luis Zarate: libertad total

Mayra Daniel


José Luis Zárate. Puebla, 1966. Estudió Lingüística y Literatura Hispánica en la Universidad Autónoma de Puebla. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Ha ganado: el Premio “Puebla” de Ciencia Ficción, Premio Nacional Kalpa, Premio Internacional Mas Allá, Premio Internacional Axxón Electrónico Primordial, dos veces el Concurso Internacional de Novela de Ciencia Ficción y Fantasía MECyF. Mención Especial del Premio UPC de la Universidad de Cataluña, España. Finalista del Shirley Jackson Award 2022. Ha publicado en México, Francia, Brasil, Colombia, Estados Unidos, España y Turquía.

De sonrisa franca y optimismo contagioso, José Luis Zarate nos brindó el placer de su compañía para una entrevista que resultó sustanciosa, pese a lo breve.

Zarate relata que, en su infancia y adolescencia, no contó con el privilegio de una abultada biblioteca. «Me empezó a gustar la ciencia ficción porque yo era uno de esos niños ´televisivos´. Mis papás trabajaban y yo me quedaba en casa viendo la televisión. Me gustaba mucho las series fantásticas que pasaban en la televisión: Dimensión desconocida, Viaje al fondo del mar, Perdidos en el espacio. Todo este tipo de series me maravillaban.»

Zarate dice que veía otros géneros, como las historias de vaqueros, pero que le intrigaban mucho más las dudas que se planteaban en las historias de ciencia ficción: «Casi todos los programas de ciencia ficción de esa época eran de un personaje llegando a un lugar que no comprendía: a lo largo del capítulo tenía que ir deduciendo lo que pasaba en ese lugar desconocido.»

Motivado por las series televisivas, José Luis Zarate inició a soñar en una carrera en el cine, sin embargo, aún lejos de las creaciones en CGI, comenzó a explorar otros caminos creativos como el cómic y la escritura: «Cuando uno trataba de hacer naves, querías dibujar 500… Pero en la escritura si quieres 500, son pocas. ¡Mejor 5000! Tenía uno libertad total. Lo que yo quiero, es lo que voy a poner», relata, entusiasmado.

El prejuicio que enfrenta la literatura fantástica

Zarate comenta que, sus primeras lecturas, diversas y sin filtro, no provinieron de una biblioteca privada o pública: «yo tuve la dicha de encontrar un tiradero de periódicos, donde también vendían libros que nadie quería. No era una librería de viejo, con libros curados, pero me encontré con novelas Best Sellers, como las ediciones de Bruguera. Me puse a leer, como loco, todo lo que encontraba. Por alguna razón alguien tiró allí la prosa de Borges y yo los compré como en 5 pesos: tenía como 14 años y no le entendí nada, pero me fascinó el misterio: ese misterio que no se terminaba de resolver, como la existencia de un libro infinito o alguien que no olvide nada, nunca: las posibilidades eran magníficas. Entonces, cuando me puse a escribir, quería escribir de esas cosas. Tuve la suerte de que no hubo almas buenas que me dijeran «No, eso no es literatura: tienes que escribir realismo.»

Estudié cuatro o cinco carreras y ninguna me gustaba. Acabé en letras y allí me topé de frente con el prejuicio que había a la literatura fantástica: estamos hablando de los 80s, 90s. A mí me daba igual: yo quería escribir literatura fantástica: ciencia ficción, fantasía, horror.

«Quería escribir escenarios diferentes en cada capítulo, por eso tampoco me enrolé en amar solo a un escritor o solo un estilo: entre más diversos mejor. Si se podía hacer algo muy distinto de un cuento a otro, yo encantado. Y he seguido un poco esa premisa: es lo que más me gusta.

«Me encontré en la escuela quien me dijera «no puedes hacer esto si no cumples estas reglas; no puedes escribir si no has leído este autor y yo decía: «Sí se puede. Y lo hacía»

Las etiquetas son importantes una vez que ya está hecho el trabajo, cuando quieres analizar al autor, cuando necesitas ponerlo en el cajón A o en el cajón B, pero esa definición es posterior a la creación.

«A veces uno quiere jugar y dice: «voy a escribir un cuento con la definición más radical de ciencia ficción y llevarlo hasta las últimas consecuencias. y a veces quieres jugar con una premisa jugar con ellas.»

El patito de hule: el papel de lo lúdico en la creación literaria

«Al crear todo es un juego: uno está construyendo el mundo. En mis redes sociales tengo el símbolo de un patito de hule: es el símbolo perfecto de la imaginación. Cuando un niño está en su tina de baño, con su patito de hule, este juguete puede ser cualquier cosa: puede ser un tiburón o puede ser un barco pirata. Puede ser un submarino: se sumerge y allí está… El patito es todo eso.

«Cuando estoy escribiendo veo que elementos puedo utilizar juguetonamente y uno dice «Voy a escribir una escena de vampiros en el espacio… No, mejor el monstruo de la novela de Frankenstein: ¡pero haciendo ballet!» Y allí uno se muere de risa, pero elaborar un trabajo que funcione, que sea creíble, que sea emotivo: es vital.

Los que estudian el comportamiento animal descubrieron que los animales juegan: sí, los pingüinos juegan a deslizarse, los gatos saltan: todo juego es una simulación de supervivencia.

«Si no jugamos, si no nos metemos en escenarios que no han sucedido, pero podrían suceder, no podemos saber cómo actuar. Al escribir tenemos una experiencia vital», asevera.

La escena de la ficción en México

«A la escena de la ciencia ficción le ha costado trabajo mantenerse, persistir. Como espectador, aficionado, pero también contribuyente a esta escena, tengo una palabra que describe mi diagnóstico actual: ¡Wow!

La primera ola de ciencia ficción norteamericana surgió después de las ruinas de la Segunda Guerra mundial: se necesitaban nuevas perspectivas, nuevas formas de ver el mundo. Yo siempre he tenido la teoría de que, en tiempos oscuros, la literatura es la que nos brinda luz, posibilidades: tanto de poder respirar en medio de esta opresión, como la de imaginar escenarios. “Alguien decía: «Si no sueñas cómo matar un dragón, nunca vas a matar el dragón»

He tenido la suerte de ser jurado en varios concursos y poder ver esas obras de ciencia ficción y las actuales me hacen abrir los ojos enormes: están escribiendo maravillas. No una persona, no dos: tres, cuatro, cinco, diez cuentos magníficos, 11, 12, 13…

¡Qué bueno vivir en este tiempo, en el que la ciencia ficción está buscando sus espacios! Hay revisas, hay premios, hay formas de distribución, está Delfos que ayuda a conocer a nuevos escritores: hay montones de escritores nuevos que nos están enseñando sus maravillas y sus perspectivas.

«Nosotros, que somos la vieja guardia, tenemos una perspectiva. Todos los adolescentes que eran niños durante la pandemia seguro ya lo ven todo muy diferente: sus miedos, sus pesadillas, sus imaginaciones. La escena está buscando sus propios canales, como todo movimiento realmente vivo.»

Ciencia ficción en tiempos oscuros

José Luis Zarate explica que los escritores de ciencia ficción suelen autoflagelarse, sin embargo, mucho de esto no es justificado, ya que algunos de los proyectos más rentables y exitosos de los últimos tiempos son fantasía y ficción. «¿Cuáles son las grandes películas, con montones de presupuesto y millones de fans? Literatura de ficción. Lo que debemos hacer primero es dejar de autoflagelarnos.

«Creo que lo que debe hacer la ciencia ficción mexicana para lograr su lugar es lo que está haciendo ahora: una de las cosas que nos pasó fue el uso de las redes que hoy en día están en manos de oligarcas, pero esos no son los únicos canales.

Debemos volver a revistas, a blogs, a listas de correos. A ser más autogestivos y, en ese sentido, las revistas independientes están haciendo su trabajo: cada revista crea sus propias reglas, su propia línea editorial y el lector puede escoger cual le gusta más. Eso es lo que está haciendo la ciencia ficción mexicana: hacer la autogestión que ya no existía, ya no había divulgación literaria, decir: «estos temas son interesantes, estos autores son interesantes, vamos a hacer ensayos, vamos a reseñar una película, no simplemente seguir las líneas editoriales de los oligarcas. Yo creo que están haciendo justo lo que se debe hacer e incluso combatir la IA, donde se manejan las fichitas más comunes y corrientes: las más mediocres.

«En Facebook actualmente hay montones de artículos larguísimos con el tufo de superación personal barata: frases hechas por IA.

Lo que debemos hacer es escribir.

¿Tendrá éxito? ¡Hay que intentarlo! Todos los escritores que están trabajando no lo están haciendo con la idea de escribir y desaparecer en la nada. NO. Todos dicen: Está bien chido y me van a leer.

Hay que crear lectores, hacer círculos de lectura, recomendar libros, ser generosos con el trabajo de las colegas (no por dar coba, no por decirte que todo es bonito sin discusión), lo que te gusta realmente, puedes recomendarlo realmente.

Uno de los grandes problemas de los movimientos literarios son las puñaladas en la espalda. ¿Qué hay que hacer? Evitar las puñaladas en la espalda y alejarse de quien trata de destruir un movimiento que apenas está avanzando.

¿Qué camino tomar para iniciar una carrera en ciencia ficción?

«Yo siempre he dicho que el verdadero trabajo de un artista es salirse con la suya. «Voy a hacer un cuadro con uñas de los pies», el chiste es salirte con la tuya y que digan «que gran cuadro con uñas de los pies hiciste»

Siéntate a escribir tus sueños, lo que de verdad quieres escribir. Demuéstrate a ti, sobre todo, que puedes hacerlo.

Hay algo que se llama el ideario estético. Es lo que cada persona considera que es bello, pero son muy distintos uno de otros. Alguien que es alérgico a las abejas va al campo, escucha abejas y piensa: «Allí está: es la muerte alada que se acerca», a alguien que le gustan las abejas le hacen pensar en campos de flores…

El arte es el lugar en donde podemos ver a través del ideario estético del otro.

En estos tiempos oscuros los fascistas te dicen: «estás conmigo o estás contra mí; ellos son los malos y nosotros los buenos», pero un fotógrafo sabe que una fotografía interesante tiene un montón de gradientes de gris para que tenga profundidad y emoción.

Nadie tiene tu ideario estético: si quieres mostrar a Tom & Jerry como la encarnación del horror Lovecraftiano, hazlo, ponlo en papel.

No lo platiques: escríbelo. Si lo platicas, se te va. En el café te platican el cuento perfecto, pero si no lo pones en papel, no existe. Debes ser sincero con tu ideario estético. ¿Para qué vas a escribir los sueños de otro? Escribe lo que a ti te guste.

Salte con la tuya. Haz lo que quieras, pero hazlo.

Una invitación final

«Es muy importante la divulgación, el trabajo que están haciendo todas las personas que son parte del movimiento ciencia ficción y fantasía en México, creo que las revistas son una forma realmente sana de ir conociendo nuevos escritores: ver quien se llevó el premio, las menciones, buscar los canales. Tenemos la capacidad de buscar alternativas. La literatura es el escaparate para las nuevas ideas: puedes no estar de acuerdo con un punto de vista, pero ya lo conoces.

La verdad: ¡que padre que existan todos estos esfuerzos autogestivos! Van a crear, van a modificar y van a lograr que crezca la ciencia ficción”, concluye.

Finalmente, José Zarate comenta que, en su lista de pendientes por leer, está el nuevo libro de Alberto Chimal, «Las máquinas enfermas», además de 4 revistas mexicanas de Ciencia Ficción mexicanas que considera punteras en el lanzamiento de nuevas voces.

En las grietas líquidas de su corazón

Martha Camacho


Arturo despertó con un suspiro doloroso. Sabía que la cirugía no era sencilla y esperaba el dolor, pero no la sensación de caer infinitamente. Seguro era la anestesia. Pudo notar su respiración libre, profunda, sin opresión en el pecho. Pestañeó, mirando la lámpara colgada sobre él, las luces de los autos colándose desde la lejanía por la ventana del hospital, la semipenumbra. La noche caía.

Intentó levantarse y al enderezar el rostro hacia su pecho fue cuando lo vio; el tubo transparente de unos diez centímetros de altura, por medio de ancho, surgía a la altura de su corazón, ocultando la entrada por vendajes y conectado con una manguera a otro aparato que no supo descifrar.

Con cada latido registrado en el monitor, ascendía un poco de líquido claro por el tubo y, tras cada ascenso, Arturo podía respirar un poco mejor.

Eso no implicaba que el procedimiento no luciera horroroso.

¿En qué momento le había caído encima semejante desgracia? Y fue entonces cuando notó que no había pensado en Amelia. Eso lo llenó de desconcierto.

Alguien tocó a la puerta. Antes de que Arturo pudiera responder, el doctor hizo su aparición. Alto, con anteojos y bigote ralo, la sonrisa amable, se acercó a la cama y tomó la tablet de récords médicos, revisando datos y ajustando el aparato conectado a la manguera.

—Buenas noches, señor Wishlist, ¿cómo se siente? Es normal que haya un poco de mareo.

Arturo hizo un esfuerzo por recuperar la voz.

—Tengo sed. Estoy… ¿cayendo?

El médico asintió. Sacó una lámpara pequeña y revisó los reflejos pupilares de Arturo, su lengua y tomó su temperatura.

—La sensación de caída es común; estamos cambiando todo el equilibrio líquido en su cuerpo, sus oídos quedan afectados y tardarán en compensar la sensación. Se le pasará, y de momento, no podemos darle agua a beber. ¿Dolor?

Arturo se revisó a sí mismo a conciencia. Más allá de la presión del vendaje, la sensación de caída y dolor en todos los huesos y músculos —tal y como si Arturo hubiera corrido un maratón— se sentía mejor que antes de la cirugía. Sobre todo, la ilusión de Amelia parecía haberse borrado de su memoria y el advertir su ausencia resultaba inexplicable.

Negó con la cabeza y el médico volvió a anotar algo más en la tablet.

—Muy bien. En unas horas traerán un desayuno ligero y mañana temprano podrá salir del hospital. El derivador que hemos puesto sobre su corazón se encargará de desahogarlo; quiero decirle que entramos apenas a tiempo. Hemos extraído alrededor de cuatro litros de fluido viral y su corazón ya puede moverse libremente. Claro, cicatrizar la herida llevará un tiempo, pero…

Arturo interrumpió al buen doctor.

—¿Cuánto?

Sin dejar de sonreír, el médico miró hacia la ventana; luces estelares y luces deslizantes de autos. La luna a lo lejos.

—Es usted joven y sano; calculamos unos tres o cuatro meses. Podrían ser menos o más, dependiendo de la intensidad del recuerdo.

Arturo asintió tanto como se lo permitía el estar acostado. Cuatro meses; ciento veinte días.

El médico levantó la cama con los controles laterales y encendió el monitor enclavado en la pared.

—Le dejaré las instrucciones de cuidado posoperatorio. Preste atención —dijo, afable— y trate de no desvelarse. Buenas noches.

Arturo sonrió, más por cortesía que por verdaderas ganas, y se concentró en la pantalla.

El monitor mostró una animación: un corazón latiendo normalmente y después agrietándose como porcelana fina, el líquido claro escapando a borbotones. Una voz neutra narraba mientras las imágenes se sucedían en bucle hipnótico.

«Miocardiopatía Emocional Idiopática por Philiovirus. La enfermedad se manifestó en su forma actual después del paso del cometa Kórima, hace diez años. Lo que antes conocíamos como Síndrome de Takotsubo o del corazón roto, derivó en este ataque viral”.

El corazón animado se hinchaba, deforme, mientras el líquido lo rodeaba.

«El virus ataca únicamente a personas que atraviesan una pérdida afectiva severa: separación, luto, rechazo. El miocardio produce cantidades extraordinarias de fluido que agrietan la membrana pericárdica. El paciente literalmente se ahoga en el líquido que su propio corazón genera”.

La imagen cambió: manos enguantadas insertando un tubo delgado en el músculo cardíaco.

«El único tratamiento efectivo es la cirugía. Se introduce una sonda de derivación que permite al líquido salir del cuerpo de forma controlada. El alivio es inmediato. Los síntomas emocionales —angustia, insomnio, dolor— disminuyen conforme el corazón expulsa el fluido”.

Apareció la imagen de un pañal desechable, después un calendario con fechas tachadas.

«La recuperación toma entre seis semanas y seis meses, dependiendo de la intensidad de la pérdida. Usted utilizará un apósito absorbente que deberá cambiar cada vez que se humedezca. Al principio, de ocho a diez veces al día. El derrame irá disminuyendo conforme la dolencia sane”.

El corazón volvió a aparecer, esta vez cerrado, latiendo con normalidad.

«Antes de los derivadores, el Philiovirus era mortal. Ahora, es curable”.

En la pantalla comenzaron a aparecer las instrucciones de higiene, pero a Arturo se le cerraban los ojos, la voz neutra fundiéndose con el pitido constante del monitor junto a su cama.

Arturo no supo en qué momento se quedó dormido. Cuando despertó, estaba desconectado de la máquina y un pañal desechable para adulto cubría todo su pecho y costillas, sujeto con cintas elásticas a su cintura y hombros. Estaba húmedo y pesado. El toc toc en la puerta vino a distraerlo; la enfermera y el médico de la noche anterior entraron al mismo tiempo.

—Buenos días, señor Wishlist. ¿Me imagino que no vio todas las instrucciones?

Arturo miró hacia todos lados, asqueado por el peso húmedo pegado contra él, el leve olor a ¿sangre? Y la sensación de dolor en el fondo del pecho. La enfermera le sonrió y despegó las tiras que sujetaban el pañal a sus hombros. Arturo pudo ver los resultados de la operación; era como si alguien le hubiera clavado un tubo en el pecho, el cual sobresalía medio centímetro de la piel que apenas lucía roja. Y el extremo goteaba, despacio, mojándole el pecho hasta su ombligo. Contuvo la expresión de asco. La enfermera sonrió. El médico siguió hablando.

—Tendrá que usar uno de estos, señor Wishlist. Y deberá cambiarlo cada vez que se humedezca; al principio serán unos ocho o diez cambios por día. El seguro contra el virus le facilitará los pañales sin costo alguno, pero debe obtenerlos sólo en las farmacias designadas para ello. También es muy importante que no suspenda por ningún motivo su ingesta de agua, dos a tres litros diarios; todo viene indicado en su receta. Ejercicio ligero y dieta sana; si presenta dolor o fiebre, repórtese de inmediato. ¿Alguna pregunta?

Arturo se sintió confuso frente a la velocidad con la que la enfermera había cambiado su pañal y la información del médico.

—Es…¿es normal que no esté pensando en ella?

El médico y la enfermera se miraron, sonrientes, y ella, murmurando un ‘con permiso’, recogió los pañales húmedos y salió de la habitación. El doctor encaró a un Arturo Wishlist todavía cubierto por las sábanas de hospital.

—Mire, mi joven amigo, las reacciones debidas al Philiovirus son una exposición, llamémoslo así, del sufrimiento interno que normalmente padece una persona que está pasando por una pérdida seria de tipo afectivo. La aparición de ésta enfermedad puede catalogarse como una rara bendición…

—¿Una bendición? ¡Estuve a punto de morir!—Arturo se enfureció.

—Una bendición—recalcó el médico—; el virus hace tangible su sufrimiento y nosotros tenemos forma de curarlo. Usted no piensa más en la persona que ama y lo abandonó. No me malinterprete; aún la ama y su cerebro tiene una impronta de ello. Cuando el virus lo invade, su corazón y el resto de su cuerpo decide defenderlo y arroja todo el resultado de ese amor abandonado; adrenalina, dopamina y todo lo relacionado al recuerdo de ella. Por eso su pensamiento deja de percibirla. El virus se encargará de purgar la herida, y nosotros la mantenemos abierta hasta que se cure. Es un método mucho más rápido que el tiempo y la espera. Y menos doloroso, con todo y la cirugía.

Arturo pestañeó como un gato curioso; sonaba razonable. Aunque el asunto de los pañales iba a ser un fastidio, sin duda alguna. El médico se despidió rápidamente,y Arturo se vistió y se preparó para encarar los meses siguientes.

Al salir del hospital, en una de las salas de rehabilitación, le pareció reconocer a alguien; el largo cabello rojo y el chal de flores. Diana, sin duda. Su esposa había muerto de cáncer hacía unos seis meses. Sin embargo, vista desde el cristal, Diana lucía serena y tranquila, esforzándose en copiar las rosas del jarrón sobre la mesita con singular éxito.

Sólo había una explicación a la presencia de su vieja amiga en la sala de rehabilitación; había pasado por la misma operación, sin duda alguna.

—¿Diana?

Ella alzó la mirada al escuchar su nombre y Arturo advirtió la sonrisa serena, los dedos manchados de pintura, el desorden en sus hojas de acuarela, los anteojos en la punta de la nariz y el cabello recogido en una floja trenza.

—Oh por dios, Arturo Wishlist. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Vas por pañales?

Los dos tuvieron que reírse. Era ridículo. Conversaron un poco de lo bien que lucía Diana, de Rose, de sus gatos. De Amelia.

Arturo sintió un pinchazo leve al escuchar el nombre de ella y se disculpó, diciendo que el pañal pesaba mucho.

—Anda, ve y cámbialo o acabarás mojado hasta los tobillos; los primeros días son una monserga y un fastidio. Yo quería bañarme todo el tiempo. Pero ya estoy bien—y en su sonrisa, Arturo pudo ver que decía la verdad; la mirada totalmente calma, libre de angustia y pena.

Él hizo cuentas; Rose había muerto hacía cuatro meses. Arturo recordaba del funeral a una Diana absolutamente muda y pálida, con la mirada perdida en el horizonte, incapaz de llorar y de moverse.

Nada que ver con el aspecto actual de su amiga. Algunas canas aquí y allá en su cabello rojo, pero la calma en su rostro era notable.

«Ella siempre estará conmigo», había dicho a Arturo,« pero la pena por su ida ya no me está matando, querido. Tú también podrás salir de Amel… de ésto».

Arturo se encaminó con su prescripción a la farmacia del hospital, esperando que nadie lo viera. Y cuál fue su sorpresa al toparse con una fila por lo menos de veinte personas.

Un anciano. Una pareja de chicos, tomados de la mano (al parecer, habían perdido a su madre). Un hombre que sujetaba con fuerza todavía una foto con su gatito. Tres mujeres de diferentes edades, conversando animadamente. Una joven de ojos negros y ropa gótica, con lágrimas tatuadas en el cuello y un gesto de asco frente a su mojada camiseta negra; sin duda el pañal había rebasado su capacidad. Una mujer mayor ¡con una bolsa de mercado!

No alcanzaba a ver a las personas del principio de la fila, pero todos eran gente común y corriente, incluyendo a un hombre de traje y corbata con su folleto de pañales y su portafolio.

Parecía una fila del metro.

Arturo se sintió un poco menos avergonzado; al parecer el Philiovirus era algo tan común como una gripa, e igualmente molesto. Vio irse a todos esos ciudadanos con, por lo menos, dos cajas con cerca de cincuenta pañales cada una, con asas y bolsas, y protestando por el peso y el bulto. ¡Y esa era la ración inicial! No pudo evitar soltar la carcajada y hacía equilibrios con su paquete, su mochila de ropa de hospital y medicamentos, y las llaves del auto que trataba de sacar del bolsillo, todo a la vez.

Echó toda la carga a la cajuela y leyó la etiqueta adherida a una de las cajas;

“Origen: La enfermedad apareció tras el paso de un cometa, pero siempre ha existido — ahora es evidente de otra forma.

Contagio: El Philiovirus solo puede transmitirse si ya estás sufriendo de desamor (necesita huésped vulnerable).

Tratamiento: Dr. Cyrus de Hellas (reconocido médico marciano) inventó el derivador que se inserta en el corazón roto para permitir la salida del líquido.

Consecuencia: Como paciente, debes usar pañales para recoger el líquido que expulsa tu cuerpo.

Nuestra reconocida marca de pañales/apósitos…”

—¿Arturo?

Él levantó la vista a toda velocidad, y la paz y calma de la que había gozado en las últimas horas parecieron desaparecer de inmediato, regresando el dolor, el ahogo y una angustia feroz. Perfume a jazmín y vainilla. Manos perfectas. Ojos bordeados de pestañas imposibles, labios finos dignos de mil besos, la voz dulce, el largo cabello negro y quebrado… Amelia.

Arturo retrocedió como si lo hubieran amenazado con un arma, cerrando de golpe la cajuela. Su corazón se contrajo violentamente; sintió agujas ardiendo o la impresión de algo helado, frío, que lo atravesaba de lado a lado. El dolor fue insoportable. El apósito recién instalado comenzó a empaparse rápidamente mientras el pánico inundaba cada fibra del hombre.

—¿Qué haces aquí?

No ‘hola’, ni ‘mi amor’ o ‘mi vida’. Amelia se quedó boquiabierta al mirarlo.

—Estás… ¿te hicieron la cirugía?

Arturo asintió convulsivamente, reteniendo el llanto. Amelia lo había rechazado hacía un mes y el mundo de Arturo Wishlist se vino abajo con ello; un año completo escribiendo juntos, sacando adelante el proyecto de edición, cenando como una pareja casi a diario, Amelia envuelta en los brazos de Arturo y en sus besos, y —por lo menos él— soñando con un futuro al lado de ella. Razones simples; ella lo veía como a un querido amigo. Y estaba comprometida con otro.

Arturo no cuestionó nada. Aceptó la negativa, se retiró elegantemente. A las tres semanas de insomnio aparecieron los síntomas de Philiovirus y él cayó desmayado al salir de su casa. Lo drenaron por días hasta cesar la fiebre y curar la infección causada por la inundación repentina. Y de ahí, al Centro Hellas para la cirugía.

—Te he extrañado. Eres un amigo increíble y creo que podríamos retomar el proyecto, ¿no? Las cosas no tienen que cambiar entre nosotros. He estado pensando… tal vez fui muy apresurada; podríamos intentar…

—No —fue la respuesta de él—. No, Amy. Estoy… me han puesto uno de esos tubos ya, y… no creo poder dar marcha atrás.

Ella se enderezó como si la hubieran abofeteado y Arturo sólo pudo pensar en cuán hermosa lucía, en el perfume que la rodeaba y en el hecho de que sus propios pantalones se estaban empapando por la cascada que se vertía por el tubo, su corazón vomitando a chorros en cada doloroso latido.

—¿Te estás curando de mí entonces? —Amelia tenía los ojos brillantes por las lágrimas.

Arturo tragó saliva y asintió.

—Me estoy curando. No sé si de ti; dicen que es un virus. Pero quiero vivir. Por favor, vete. Déjame… ser, te lo suplico.

La mujer suspiró indignada y dio media vuelta, desapareciendo de inmediato en los pasillos entre la farmacia y el hospital. Arturo no se atrevió a levantar la vista, hasta que percibió el pañal goteando y el charco en el que estaba parado. Una risa leve lo hizo voltear. Era la mujer mayor con la bolsa de mercado y dos cajas de pañales.

—Orza, criatura. Me llamo Orza. Veo que tienes un problema aquí, bastante común. ¿Te ayudo?

Y así, conversando sobre su viudez, la muerte de su último gato y la pena por haber perdido demasiada gente, Orza ayudó a Arturo a cambiarse el pañal en plena calle, y éste tuvo que resignarse a conducir con el pantalón empapado, sobre una toalla prestada por Orza misma.

Por supuesto, lo primero que hizo Arturo al llegar a casa fue bañarse.

Al principio ocurrió como lo dijo Diana; molestia, comezón y humedad. Luego, aprendió a cambiarse en media hora hasta dominar la técnica y, al cabo de una semana, Arturo podía trabajar tranquilo y cambiarse el pañal en una rápida ida al baño. Ni siquiera se dio cuenta de cuándo se acostumbró. Recogía su bolsa-caja de pañales cada fin de semana y hacía su vida normal. Comenzó a notar que dormía mejor y, cuando por fin dejó la editorial y pensó en mudarse, ni siquiera esperó a ver si Amelia había recibido su carta de renuncia.

A veces, por las noches, el gur gur de su corazón lo despertaba y debía volverse de costado para ayudarlo a expulsar el líquido, el cual comenzó a escasear por ahí del cuarto mes.

¿Los otros efectos? Recuperó el apetito y reanudó la caminata. Volvió a escribir y logró publicar dos cuentos, usando como personajes a la gente en la fila de los pañales. Orza le visitaba de vez en cuando, con galletas o un pay de manzana fabuloso, y lo obligó a adoptar a Demócrito, su nuevo gato negro.

Sólo entonces comenzó a darse cuenta de lo mucho que antes ocupaba su mente en Amelia, y cómo la extrañaba cada vez menos.

Las visitas periódicas al hospital señalaban dónde el desamor de ella había dado pie al virus para herir su corazón; éste comenzaba a cicatrizar, y su médico de turno sonreía satisfecho.

Y al fin, llegó el día. Diana lo llevó en su auto al hospital y Orza le hizo prometer que adoptaría un gato más, mientras cuidaba de Demócrito. La intervención fue relativamente sencilla y el hueco del tubo fue cubierto apenas por un parche. No más apósitos ni humedad ni gur gur por las noches.

Cinco meses. Ciento cincuenta días que se habían ido volando y durante los cuales, Arturo había reconstruido su vida de medio a medio. Iba saliendo feliz del hospital con Diana y decidieron pasar a un restaurante, a comer y a celebrar. Orza les alcanzaría ahí.

Para sorpresa de Arturo, se encontraron con la joven gótica, los dos chicos y el hombre de traje y corbata. No los conocía y a la vez eran amigos. Orza, al parecer, los conocía muy bien a todos.

La comida estuvo llena de risas y brindis, pasta italiana y un tiramisú perfecto.

Al salir del restaurante, Arturo se detuvo. Reconoció el perfil que una vez había amado del brazo de otro hombre. Amelia lucía tan hermosa como siempre, justo como él la recordaba y, sin embargo… Algo en su gesto, en sus labios contraídos que parecía ¿desprecio? Le pareció desconocido. ¿Cómo es que nunca lo había notado antes?

—Mira nada más, si no es otro que Arturo Wishlist. ¿Cómo te encuentras?

Jazmín y vainilla, el mismo perfume intenso; Arturo pensó que iba a vomitar la espléndida comida que acababa de ingerir. Orza y Diana lo rodearon, una de cada brazo, y eso lo reconfortó de inmediato.

—Buenas tardes, Amelia— Arturo sonrió abiertamente—. Venimos a celebrar.

—Supongo que te recuperaste totalmente —. El tono era seco, altivo. El desconcierto de Arturo fue rápido. ¿En verdad Amelia siempre había sido así? Otra vaharada de perfume reforzó sus náuseas.

—Oh sí, me encuentro muy bien. ¿Él es tu prometido?

Amelia soltó al hombre, quien la miró con expresión divertida en los ojos.

—¿Eso es lo que les has estado diciendo de mí, palomita?

Ella enrojeció y palideció alternativamente y, ante lo que parecía el inicio de una discusión (que Arturo y sus amigas no tenían interés en compartir), les dejaron solos y subieron rápido al auto de Diana. A los treinta segundos, las carcajadas rompieron el silencio.

—¡Por dios! ¡Pensé que me iba a vomitar!

—Jajajajajaja… qué, ¿no te lo dijeron? —era Diana.

—¿Decirme qué?

Orza abrió la ventanilla, dejando entrar el aire.

—Todos aquellos a quienes amamos tienen su propio perfume y eso nos da confort, seguridad, la tranquilidad de llegar a alguien que es como nuestra casa. Cuando lo perdemos, el perfume permanece como recuerdo. Y cuando al fin nos curamos de la pérdida, se convierte en una peste insoportable. Eso. ¿No te lo dijeron?

Entre toda la información médica con que lo habían bombardeado, Arturo no logró recordarlo. Una lluvia ligera comenzó a caer a pleno sol y el hombre vio dibujarse el arcoiris sobre la ciudad, conforme se acercaban a su casa.

En las grietas líquidas de su corazón, donde había tratado inútilmente de retener a Amelia, ya no quedaba nada de ella. Su presencia había salido de él, definitivamente. La calma, como la lluvia que generaba el arcoíris, le llenó del todo.

Hay algo devorando ballenas

Dante Márquez Martínez


La lluvia caía con estrépito sobre el faro.

Su chaqueta impermeable se iluminaba con la linterna recién recompuesta. El embiste de los vientos, sumado a el creciente óxido, la habían fundido. Cerró la caja de la maquinaria y tomó sus herramientas y miró más allá del balcón. No había nada, solo la tormenta iluminada por las luces rotatorias. A lo lejos, un rayo se descargó en el oscuro cielo. El mar estaba enfurecido.

Bajó las escaleras, el murmullo de la tormenta se apreciaba detrás de las paredes de hormigón. Llegó a su habitación, dejó la caja de herramientas, se quitó las botas y se sentó en la cama. Acarició sus bigotes mientras veía el retrato enmarcado sobre la mesa, junto con mapas y planos. En el retrato aparecía él abrazado a una anciana frente a un mar dorado por el atardecer.

Suspiró, después se recostó. Los truenos elevaban su intensidad, como rugidos provenientes del firmamento.

Al otro lado de la habitación, en la consola de telecomunicaciones, el teléfono empezó a sonar. Se incorporó y contestó.

—Faro 903, ¿me escucha? —preguntó con solemnidad la voz al otro lado de la línea.

—Aquí el faro 903, habla el ingeniero David —contestó el hombre sentándose frente a la consola.

—Hablo del centro de administración costero, me comunicó con usted para que afine los parámetros del radar. Hemos recibido informes de los guardacostas sobre decenas de barcos que tienen dificultades para hallar la costa.

David encendió el radar, todo parecía correcto, murmuró un sonido de afirmación. El hombre continuó hablando al otro lado de la línea:

—Las tormentas están aumentando en su ferocidad y duración. Ante cualquier anomalía no dude en contactar a los números de emergencia.

—Está bien. —David ajustó un par de palancas en la consola—. ¿Algo más que se me deba informar?

—Eso es todo, manténgase alerta, faro 903.

David colgó el teléfono. «Ni siquiera se preocupan por el estado del faro, hace meses que no vienen a darle mantenimiento», pensó mientras se preparaba un café. Bostezó y se sentó frente a la consola. En el radar no aparecía nada. La tormenta arreciaba conforme el hombre se iba quedando dormido.

Afuera, en las negras y enrabiadas aguas, algo estaba siendo arrastrado hacia la rocosa costa bajo el faro. En su sueño se halló en un pasillo tapizado por algas y restos de animales marinos. Avanzaba con cuidado mientras oía la voz de una anciana.

—Hijo, ¿cuándo vendrás a verme? —escuchaba como eco en su mente.

Los pasos de sus botas resonaban en el piso mojado. En las paredes, negras y viscosas, se apreciaban jeroglíficos desconocidos. El sudor caía por la frente del hombre. Al fondo del pasillo estaba la anciana, saludando con ternura. Él se acercaba para abrazarla pero por más que daba pasos delante no podía alcanzarla.

—Hijo, te extraño.

Detrás de la mujer aparecía una garra negra que se posaba, amenazante, sobre su dócil figura. El hombre se paralizó. Un aullido gutural se escuchó a lo largo del estrecho pasillo.

Despertó sobresaltado, había derramado el café. Le dolía el cuello. Qué horrible sueño, se dijo tomando un paño. Había luz, pero no rastros de rayos solares, solo un denso cúmulo de nubes grises en el cielo. El radar continuaba encendido. Si algún barco clamó por auxilio, él no pudo verlo.

—Demonios —dijo admirando la consola. Un punto verde aparecía en el radar, allá en el rocoso litoral.

Subió al balcón. Desde allí, encallado en los guijarros, se podía apreciar una enorme figura gris siendo embestida por las olas del mar. Ni siquiera con los binoculares pudo apreciarlo bien. Una sensación fría se apoderó de su pecho, algo no estaba bien. El mar estaba picado, hacía mucho frío.

Antes de salir, alguien llamó al teléfono.

—Aquí el faro 903 —contestó David.

No hubo respuesta al otro lado de la línea. Solo un sibilante susurro.

—¿Centro de administración costero? ¿Me copia? Adelante, adelante —dijo David con una voz que se tornaba temblorosa.

Colgó. Seguro la tormenta había dañado las comunicaciones, pensó con poca convicción. La costa de guijarros, donde había divisado la figura gris, se hallaba a unos cien metros del faro, ahí en el litoral escarpado. Solo un pequeño camino marcado por banderas lo llevaba a ese sitio repleto de charcos salados, rocas afiladas y productos marchitos arrojados por el mar.

David se sentía intranquilo. La extrañaba, eso era seguro, pero jamás había tenido una pesadilla tan vívida. En ese momento solo podía recordar la expresión de tristeza de la anciana, ahí al fondo del pasillo. Tampoco podía olvidar el grito dentro de su mente que lo despertó.

Cuando se encontró a menos de veinte metros del litoral, pudo divisar al objeto que había captado el radar. Pero no era un objeto. Su piel se movía con cada embiste de las olas. A su alrededor había restos de sargazo, madera, y demás basura venida del océano. El olor era insoportable, una mezcla de aceite de pescado con sangre.

Los ojos del hombre se abrieron de par en par. Se puso pálido. ¿Cómo no lo pudo apreciar desde el faro? Su dermis gris, sus blancas estrías en su zona ventral, las enormes aletas, las barbas en la boca. Era una ballena jorobada, colosal, unos dieciséis metros de largo. Un gigante submarino varado, asfixiado por su peso en la tierra.

«Bastante extraño en esta época del año», pensó, David nervioso, mientras examinaba al animal, «quizá…»

Su cavilación fue interrumpida cuando apreció, como uno de los costados de la ballena había sido devorado. Colgajos de carne, músculo rasgado, huesos fracturados y un río de sangre diluyéndose en las rocas.

Para ese instante, David se hallaba al borde del colapso mental. Nada en el reino animal podría haber dañado de esa manera a un animal tan enorme. La mordida no se asemejaba a ninguna herida de orca o tiburón. Ni siquiera se asemejaba a una herida por colisión con un buque. Eso, intuía el hombre, fue causado por algo capaz de morder.

Con las rodillas temblando y con el sudor casi empañando su visión, David se acercó para investigar. El cadáver se movía por las olas y su hedor hizo que el hombre se cubriera la cara con su chaqueta.

Sus ojos alcanzaron a captar algo alrededor de la prominente herida, parecían unos jeroglíficos marcados sobre la piel del cetáceo. Expedían un ligero resplandor carmesí. En ese momento se escuchó un aullido, parecido al de su sueño.

David cayó al piso. Pudo recordar: el pasillo, la garra negra, los restos putrefactos, los jeroglíficos en la pared. Los jeroglíficos en el cadáver eran iguales a los de su sueño.

—¿Ya vendrás a verme, hijo?

Respiraba presuroso. Temblaba. Por más que quisiera correr, no podía, estaba paralizado ahí, sobre los guijarros humedecidos.

—¿Mamá? —preguntó volteando hacia todas partes—. ¿Estás aquí?

—Sí, hijo, siempre he estado aquí, en lo profundo de los abismos de tu mente. Nadando entre tus pensamientos de culpa y soledad.

—No, no, no, mamá —contestó David con pánico en su voz, ahora viendo al cadáver de la ballena, como si estuviera hipnotizado—. Perdóname, mamá.

El mar comenzó a picarse. A los lejos, un rayo se perdió en el horizonte. El hombre seguía en el piso, su torso se inflaba y desinflaba. No podía quitarle la mirada a la mordida sobre el animal.

En ese momento, el cadáver de la ballena convulsionó por dentro, como si algo vermiforme se moviera al interior de la piel. Después un breve pero intenso ruido de explosión. Vísceras y sangre derramándose alrededor. David perdió el conocimiento.

Cuando abrió los ojos, era de nuevo de noche. Con calma, observó el techo de su habitación en el faro. Sus manos se pasearon por la suave cama. Todo estaba bien, había sido una horrible pesadilla, pensó.

Volvió a sonar el teléfono. David trató de levantarse, pero cuando intentó mover la pierna no pudo. No le respondía. Ninguna extremidad le respondía, es como si estuviera anclado a la cama.

La sangre de la desesperación corrió por su cuerpo. Solo podía mover la cabeza, que se hallaba roja del esfuerzo. Ahí seguía el retrato sobre la mesa, pero no había planos ni mapas, pero sí un pedazo de carne.

El teléfono no paraba de timbrar. David comenzó a hiperventilar. Afuera de nuevo había tormenta, cuyos truenos retumbaban en toda la estancia. La contestadora automática tomó la llamada. Pero de nuevo no se escuchaba nada al otro lado de la línea, salvo por un eco gutural, húmedo y profundo.

Hubo un total silencio.

Estaba empapado en sudor, apretaba los dientes y de sus ojos caían lágrimas. El silencio se rompió con un cántico, disperso y ahogado, de una ballena jorobada que se hacía más intenso hasta deformarse en un aullido monstruoso. David había cerrado los ojos. Por más que trató de mantenerse tranquilo, la parálisis de su cuerpo y los cánticos le hicieron gritar de agonía.

—No te preocupes, hijo —interrumpió la voz de la anciana desde la consola de comunicaciones. Su timbre se iba distorsionando con cada palabra que decía—. Pronto, muy pronto, te unirás con nosotros.

David miró el pedazo de carne, de él habían emergido pequeñas garras negras como de insecto. Un chirrido abominable. Gritos de dolor ahogados con la sangre de la muerte. Después el silencio absoluto dentro del faro. Afuera la tormenta seguía, y bajo las atormentadas y violentas aguas, algo nadaba.

Juntos para siempre

Fernando Morales


El silbido del hombre se perdió cuando la puerta de cristal opaco se cerró. El sonido de la tele, una mosca que cruzaba la sala de espera y los autos que pasaban por afuera, volvieron a ser audibles. Pero regresamos a ese pacto de silencio. Era una quietud tan profunda que temí que mis pensamientos escaparan para volverse un grito. Las miradas se alejaron de la puerta poco a poco para volver a los celulares, al techo, a las revistas, a los dos arbustos de la entrada de la sala de espera en forma de hexágonos.

Yo estaba en un sillón de imitación de piel que se hundía. No podía dejar la espalda recta, ni siquiera tener una posición cómoda sobre el reposabrazos. Crucé las piernas, me estiré, moví la espalda, pero nada. El sol se colaba por la ventana en lo alto y golpeaba el piso con fuerza, me lastimaba los ojos. Había también un olor a perfume que se iba mezclando poco a poco con el del limpia pisos. Quizá por eso Cris llegó a bañarse.

Su cita había sido ayer. Regresó al departamento cuando terminaba de lavar los trastes. Traía una botella de vino y una tabla de quesos. Yo esperaba que llegara con alguna molestia, quizá con un dolor detrás de los ojos o un cansancio que no dejaría que hablara hasta al día siguiente. Pensaba en que por el resto de la tarde tendríamos luces apagadas, pero dejó las cosas sobre la mesa y luego me dio un beso.

—Me urge un baño, pulga.

Desapareció por más de veinte minutos. Cuando regresó, aún con el cabello húmedo, me dijo que todo había salido bien, aunque le había tocado esperar poco más de media hora. Continuó con las recomendaciones que le dieron los técnicos sobre los cuidados en los primeros días. Me dijo que le enseñaron el chip a través de un microscopio. Le pregunté si había dolido.

—No, o bueno, algo. Es como un pequeño corte. La verdad lo sientes, pero es muy poco. Aunque hay quienes se quejan. Ya veremos qué tipo eres tú.

Se rio. Luego me dijo que platicó con una mujer en la sala de espera. Tenía planes para irse por una ruta a través de los Andes con su esposo. Luego me señaló lo que había traído.

—No es para hoy— continuó—. Sino para mañana cuando vuelvas, te toca traer un poco de pan y quizás un pastel.

Asentí.

Y es que era natural para una celebración. Era el paso final de nuestra relación, o como le decían, el felices para siempre. No frente a un altar, no con un documento, sino con un chip.

Se necesitaba al menos a alguien más. Después de la instalación, el chip podría detectar cuando se daba algún conflicto. No lo detenía, hacía que ambas partes sintieran lo que experimentaba la otra. Era un mero juego con los sentidos y diversas zonas del cerebro, pero que llevaba la comprensión a otros niveles. Si se quería experimentar algo en conjunto, el chip podía hacerlo; aunque se requería dar permiso en esos casos. El comercial decía “entendimiento total”.

El proceso era costoso y no cualquiera podía entrar. Era necesario comprobar que se trataba de una relación con varios años de historia y no tener alguna seña de maltrato. Incluso, si cumplías con los requisitos, entrabas en una lista de espera de varios meses. Había quienes no lograban superar esta parte del proceso. No se daban reembolsos. Aun así, era algo que muchas parejas hacían, incluso quedándose en deuda.

La luz del sol se movió y ahora la resolana me golpeaba directo en la cara. Alguien más llegó. Una mujer alta con el cabello en cola. Le mostró su código a la computadora de la entrada y pasó. Escuché que le dijeron: “tenemos 20 minutos de retraso, por favor espere”. Ya se habían pasado 15 minutos de mi cita. Fui al baño.

El pasillo con piso de azulejos blancos y muros verdes estaba rodeado por fotos de parejas que —se suponía— eran clientes satisfechos con el proceso. Caras sonrientes que atravesarían toda una vida, estaban envueltas con luz amarilla que provenía de un pequeño foco encima de ellas.

Fue en un lugar con luces de ese estilo que conocí a Cris. Era una exhibición de posters de cine en un museo que estaba por cerrar. Un profesor de la universidad nos había enviado para hacer un reporte. Su cabello fue lo que llamó mi atención. Iba suelto, tan largo hasta la media espalda. Era una mezcla de negro con café claro, tan liso que imaginaba que mis dedos lo recorrían como si fuera una tela. Pude sentir su voz a través de mi cuerpo y el aroma de sus manos acompañándome de regreso a casa. Mis manos se entumecieron cuando le hablé.

—Ya no hacen carteles como estos.

No supe de dónde saqué el comentario. Me dijo que aún había algunos estudios que se salvaban, pero que la mayoría ya ni se esforzaban en ocultar que eran un montón de fotos encontradas y pegadas a última hora por una IA. Reímos un rato y desde ahí recorrimos todo el museo. A los pocos días nos juntamos a ver algunas películas en una muestra de cine y continuamos el contacto. El primer beso llegó en un pequeño restaurante después de un tonto juego de palabras.

Yo terminé primero la universidad, durante varios meses tuve mucho tiempo libre en lo que encontraba un trabajo. Solía pasar por la escuela de Cris dos o tres veces a la semana. Me quedaba haciéndole compañía hasta tarde, mientras terminaba sus planos y maquetas. De vez en cuando me pedía ayuda para cortar o pegar algo. Esas noches eran breves, el tiempo se deslizaba a tal velocidad que incluso la música entraba en un frenesí.

Cuando Cris terminó la universidad un año después, nos fuimos a recorrer toda la carretera Costera por unas semanas en el auto de mi familia. Nos deteníamos en unas playas por días, comiendo apenas variaciones de sándwiches y buscando cualquier lugar para dormir. En mi memoria las playas se fusionan, los bares de una daban a la arena de las otras, las historias que nos contaban en las casas donde comíamos terminaban con el atardecer en un mirador a varios kilómetros.

Nos detuvimos en una gasolinera poco antes de las nueve de la mañana. Era el cuarto día, Cris quería unos lentes de sol. En cuanto entramos al minisúper, se fue hacia el anaquel giratorio coronado por postales de la playa que habíamos dejado atrás. Yo fui por el café. Al regresar, mientras el calor atravesaba las fajillas, vi que usaba unos lentes horrendos. Eran tan monstruosos que no podía creer que alguien hubiera aprobado el diseño. Toscos, con varias puntas, casi asimétricos. Se los puso, por el espejo vi su risa. Fue como ver el atardecer y escuchar a las olas arrastrando la arena. Quise que aquello jamás faltara en mi vida.

Pocos meses después encontró trabajo, no me sorprendió. Era quien más se destacaba por modelos e ideas para los edificios, pero tenía que irse de la ciudad. A mí también me ofrecieron un empleo fuera, sería fácil vernos una o dos veces por mes, pero aquello era un mar de kilómetros. Ya sabíamos lo que se avecinaba, pero quisimos vivir en la ilusión. Sin embargo, la vida nos llevó tan lejos que las voces se perdieron. Nuestro recuerdo no alcanzó para acompañar las noches vacías y los días eufóricos. Nuestras fotos en redes desaparecieron y de pronto era como si la vida no la hubiéramos compartido.

Nos encontramos años después en una fiesta en la casa de un amigo mutuo. Habíamos vuelto a la ciudad. No fue difícil, lo familiar nos llamó y nos gustó. Era una vida conocida a la que tuvimos que hacer ajustes, aunque ya conocíamos las manías y los deseos. Entonces no hubo mucho más, no tuvimos que crearnos un nuevo personaje. Ya no rodeábamos lo obvio. Era recorrer un cuerpo por donde ya sabíamos los atajos.

Y el tiempo continuó, pasaron las fiestas de cumpleaños y las navidades. Ocupamos cajones contiguos en el mismo ropero. La vida se iba armando sin mucho esfuerzo, los trabajos, las visitas, el tiempo comenzó a acomodarse como nosotros queríamos. Una mirada un beso, un “hola pulga” al final del día. Lo poco o lo mucho era suficiente para saber que nos amábamos.

Fer y Mar fueron la primera pareja de nuestro círculo que se implantó el chip. Fue una noche en que hicieron el anuncio. Estábamos en su departamento rodeado por réplicas de pinturas del siglo pasado. Éramos unas 10 personas que bebían vino. En vez de un anillo nos mostraron sus cicatrices que se perdían entre sus cabellos. Las preguntas salían, pero había una que nadie quería hacer hasta que Mar aprovechó un silencio.

—Sí, se puede quitar. No hay problema con eso.

Cris me sujetó de la mano y me sonrió. Yo me recargué en su hombro y jugó con mi mejilla. El resto de la gente le siguió con las preguntas, pidieron una demostración. Mar dijo que era difícil, que ya no se podían pelear de la nada. Alguien más sugirió que enseñaran cómo era el compartir las sensaciones.

—No lo verán, pero podemos tratar— dijo Fer.

—Aunque hemos comido lo mismo— Mar señaló las copas y los platos—. Quizá a la próxima.

A los pocos meses nos enteramos que otras tres parejas se habían puesto en lista de espera y nos llegaban mensajes para invitarnos a festejar. A cada anuncio algo se hacía evidente. Daba vueltas y se asomaba en los corredores, en la habitación cuando nos abrazábamos, cuando salíamos a pasear, cuando nos quedábamos en silencio mirándonos a los ojos.

Fue una noche en el departamento que me dijo que una de sus empleadas tenía que ausentarse para ponerse el chip

—Tiene 5 años de relación. Me dijo que fue su pareja quien lo propuso.

—Nosotros llevamos más.

Nos quedamos en silencio por un largo rato. Me sonrió. Yo asentí. Así era como solíamos arreglar las cosas. Pero aquella vez el intercambio duró más. Fue un silencio que se mezcló con la pregunta que no quería que hiciéramos. Cris estornudó. Se paró a buscar papel. Miré hacia donde recién estaba. Me imaginé su figura ya cubierta de canas y a la mía dando pasos cortos, llevando dos pequeñas tazas con su platito. Imaginé que las peleas incluso serían cortas. Me imaginé incluso los años que pasarían, donde lo que cambiaría sería el sillón, donde hablaríamos sobre la pintura de las paredes, donde yo sabría que Cris estaría ahí sin importar qué. Pasaríamos el tiempo que nos quedaba sin alejarnos, en un eterno felices para siempre, sin fecha de caducidad, sin motivos para irse.

Un hombre robusto con lentes llegó a la sala. La voz llamó a alguien más y la puerta se abrió. Fue alguien con pura ropa negra y un pañuelo que cubría casi todo su pelo. Ocupé el nuevo lugar libre. Era más sólido, aunque se sentía caliente. Saqué mi celular. Se habían retrasado ya 23 minutos. Mi fondo de pantalla eran nuestras siluetas sobre una calle adoquinada. Las piernas me pidieron caminar.

Me llegó un mensaje con una foto de parte de Cris: “A ver si no puedes conseguir uno de estos rellenos”. Solo leí la vista previa, le contestaría después. Supuse que hablaba de un pan en concreto. Nunca entendí por qué le gustaban tanto, se desmoronaban con una gran facilidad, eran muy porosos y su sabor no era nada del otro mundo. Pero quizás con el chip sí. Quizá incluso en las noches en las que pasaba en vela sabría si quería que desapareciera o que le hiciera compañía en silencio, limpiando la sala al fondo. Para el resto de mi vida, todo estaría solucionado. Cris estaría para mí y yo para Cris. Amo a Cris, pensé, ahora amo a Cris.

Una voz dijo mi nombre, di una última mirada a la sala. El perfume se había mezclado con el calor. La resolana también se había hecho más fuerte. Avancé dando pasos cortos. Sentí que la mirada de la gente se había clavado en mí. Crucé el umbral. El ruido se cortó y me recibió una silla al lado derecho junto a un revistero lleno de folletos. Alcancé a leer que decían en letras grandes “Qué decir y cómo actuar”. Al fondo había dos puertas, una decía Sala de procedimientos, la otra, Salida. Respiré.

Futuro de metal

Eduardo Honey


Suelto el taladro y saco la punta. La nube de polvo sube y se expande con extrema lentitud. Tardará unos minutos en asentarse. La gravedad de Eztli, este asteroide de doce kilómetros, es pequeña pero existe.

Deposito la herramienta a un lado y le indico a Vickman que prepare el anclaje con su equipo. Levanto la vista justo a tiempo para ver, gracias a la rotación, cómo se alza una pequeño y brillante punto: nuestro planeta natal. Tenemos algo más de medio año para lograr alterar la trayectoria y evitar que impacte contra la Tierra. Dado el tamaño, velocidad y ángulo, será un Evento-Nivel-Extinción, ENE. Por algo su nombre significa sangre en náhuatl. Fue descubierto por un grupo escolar en la Sierra Madre del Sur cuando, gracias a los recortes gubernamentales, perdimos la red de vigilancia de espacio profundo y los astrónomos amateurs tomaron el relevo. Una niña del grupo lo nombró así y fue lo que quedó, no su nombre oficial.

Verifican que esté bien asegurado el anclaje mientras ayudo a ensamblar la estructura de la base. Aquí montaremos el motor treinta y todavía faltan el triple. Llevamos trabajando casi dos años y los motores instalados funcionan sin parar. La rotación se incrementó y la trayectoria se ha modificado casi en siete grados.

«Esto no es un simulacro. Código nueve nueve cero, repito, código nueve nueve cero», suena por la radio. En el visor parpadea el icono de alerta. Es indicación de evacuación inmediata. Vickman se mueve entre su grupo para que dejen sus labores y nos movamos a la cápsula.

Al seguirlos noto a la distancia los propulsores de los módulos de otros grupos que empiezan a desalojar al casi medio millar de personas que laboramos para desviar al asteroide.

El viaje a la Ménade, nuestra nave nodriza, dura cuarenta minutos. Los quince que fuimos transportados salimos cuanto antes ya que la cápsula tendrá que hacer más viajes. Por el ventanal observo que igual sucede con las otras seis naves nodrizas.

Pregunto acerca de la alerta. Malay comenta que se disolvió el Comité Espacial Internacional para Salvamento. Tanto China como Rusia se retiraron de él. Apenas una hora atrás se detectó el lanzamiento de un racimo de cincuenta misiles atómicos desde Siberia. Pocos minutos después el embajador chino anunció que habían preparado un proyectil cinético por varios meses y que llegó a cero la cuenta para encender sus motores. Mil toneladas de uranio empobrecido, elemento muy denso, aceleraban hacia Eztli.

Tardarían una semana en llegar los envíos rusos y el chino. Por eso mandaron la evacuación: Acudían galopando a todo motor dos jinetes apocalípticos, uno nuclear, otro cinético, con un dios de la destrucción de millones de toneladas metálicas. La apuesta subía y era en contra de la humanidad.

Por fin termina mi turno en la granja hidropónica. Recojo mi herramienta para entregársela a Vickman, quien me suple. Me pregunta cómo van las legumbres y le aviso qué bien, que tenemos buen abono. Calla porque bien sabemos que no proviene de nuestros excrementos sino de los diez que se suicidaron el último mes.

Recorro el pasillo central del cuarto nivel de la Ménade para llegar al comedor comunitario. Es hora de mi única comida. Sujeto el cuenco y me sirven un cucharón de papilla de alga con hongos, zanahoria más un pedazo de pan.

Tomo asiento en mi lugar preferido junto al ventanal que da a la Tierra. Me costó trabajo acostumbrarme a ver cómo giraba después que unieron a la Ménade con las otras naves nodriza, a las tres estaciones espaciales internacionales y el único hotel en órbita. Era la forma más sencilla para reunirnos a los siete mil supervivientes y tratar de generar una comunidad.

Allá afuera. O allá abajo tal como acostumbraba siempre pensar, amplias zonas de la Tierra aún ardían y apenas había disminuido la nube de polvo, cenizas y humo.

Primero llegó el impacto del proyectil cinético chino. Fue apoteósico mirar el rostro del líder de ese país y su embajador en la ONU cuando, de la alegría ante el impacto, pasó a desconcierto, angustia y sentirse condenado.

Tecnológicamente eran el país más avanzado, fue impecable la trayectoria y la fuerza al colisionar. Lo que nunca pudieron simular en sus IAs cuánticas fue la estructura de Eztli: no era totalmente metálico. Otros minerales basados en carbono formaban vetas y grandes fragmentos en su interior.

Tras el brillo cegador del choque vimos, desde los telescopios y sondas de la Ménade, cómo se partía el asteroide en diversos pedazos. Los más grandes medían cuatro y tres kilómetros. Debido a la multitud de escombros tardamos casi una semana en calcular que aproximadamente el 70% de la masa pasaría de largo.

Entonces llegaron las nucleares rusas y el billar espacial se volvió aún más difícil de calcular. Al final impactó entre un 25 y un 40% de la masa. El fragmento de cuatro kilómetros rozó la atmósfera, pero el de tres alcanzó Alaska. Los demás pedazos llovieron sobre el hemisferio norte durante tres días.

Así que se volvió un ENDC, Evento-Nivel-Destructivo-Civilización. Las ciudades y poblaciones al sur del ecuador fueron las menos afectadas de forma inmediata. El problema es que llegó el invierno al volverse opaca la atmósfera y siguen cayendo los detritos expulsados por los impactos y devueltos por la gravedad.

Sabemos que hay grupos que sobreviven allá abajo como pueden. Nos piden ayuda, pero somos incapaces de dárselas. Apenas podemos mantener un equilibrio precario en esta estación espacial hechiza. Y, si aterrizamos, no contamos con la infraestructura ni la tecnología necesaria para retornar al espacio. El problema de la Tierra es el pozo de gravedad que representa. Se requiere energía en exceso para llegar a órbita.

Por eso estamos mirando hacia la Luna como un primer paso. Tenemos equipos de minería y mano de obra para crear asentamientos y para extraer material. Así podremos construir estaciones espaciales en serio, no los juguetes de órbita baja que unimos, menos las naves como la Ménade que son un falso remedo.

Será un trabajo que requerirá de décadas y fe, mucha fe. Ya nacieron los primeros niños del espacio y no tenemos un planeta de cielos azules para heredarles. Solo un posible futuro en ciudades de metal en lo que la Tierra, como lo ha hecho antes, se cura y así podrá recibirnos de vuelta en, quizás, diez mil años… mientras no llegue otro gigantesco mensajero cósmico y los restos de las naciones que comen a mi alrededor sigan viviendo en paz.

Nanóticos


Yoqsan Berumen


¿Cansado de sentir que su cuerpo ya no responde como antes? ¿Agobiado por dolores crónicos que ningún medicamento convencional puede aliviar?
¡Sus preocupaciones han terminado!

Eduardo llevaba tres noches sin dormir. El dolor en su espalda había empeorado durante los últimos meses, secuela de un accidente laboral que cinco años atrás no solo había destrozado tres vértebras, sino también su carrera como reparador de autómatas. Sus dedos, antes capaces de realizar conexiones quirúrgicas de estaño, ahora temblaban al sostener una simple taza de café.

Pasaba las madrugadas en su pequeño apartamento, cambiando de posición en la cama, hasta que finalmente se rendía y terminaba en el sofá frente al televisor holográfico. Los infomerciales se sucedían como una letanía hipnótica. Fue durante una de esas noches interminables cuando lo vio por primera vez.

¡Nanóticos! La solución definitiva para todos sus males físicos.

La presentadora —una mujer de sonrisa perfecta y bata de laboratorio— sostenía entre sus dedos una cápsula azul brillante que pulsaba con luz propia.

Gracias a la revolucionaria tecnología de nanobots MicroRepair, estas pequeñas maravillas trabajan desde el interior de su cuerpo, identificando y reparando tejidos dañados a nivel molecular.

Eduardo pausó el anuncio. En la imagen congelada, un diagrama mostraba los nanobots como pequeñas estrellas azules navegando por el torrente sanguíneo. La idea de tener máquinas microscópicas reparando su cuerpo desde dentro le pareció absurda, pero abrió el navegador en su implante neuronal y buscó «Nanóticos». Los resultados fueron abrumadoramente positivos:

«Cambió mi vida» – Manuel R., Ciudad de México

«Volví a caminar» – Sarah L., Buenos Aires

«Es como renacer» – Li Wei, Shanghai

Todos los testimonios seguían el mismo patrón. Todos mencionaban un «cosquilleo agradable», y una mejora «milagrosa». No encontró un solo comentario negativo, aunque sí encontró un par de mensajes eliminados donde los moderadores habían añadido una nota: «Usuario baneado por violar términos de servicio. Información médica no verificada.»

Aunque le pareció un poco extraño, entró a la página web del infomercial. Aparecieron frente a él tres opciones en la página principal:

Seleccione si desea comprar Nanóticos.

Seleccione si experimenta efectos secundarios.

Seleccione para actualizaciones de firmware neuronal.

Seleccionó la primer opción sin dudarlo. Un dron de la compañía BioMex llegó cinco minutos después de la confirmación de la compra. Tocó por su ventana. Apenas abrió y un haz de luces ya escaneaba su ADN sin siquiera necesitar una muestra de sangre o saliva.Luego, emprendió el vuelo de regreso.

Al día siguiente, sostenía el frasco de Nanóticos. Las cápsulas no solo eran azules; parecían contener tormentas microscópicas, remolinos de luz que formaban patrones fractales cuando las observaba de cerca.

“Tome una cápsula diaria con un vaso de agua. No exceda la dosis recomendada”. Leyó en un costado del frasco.

El alivio fue instantáneo. No gradual, no sutil. Un interruptor que se apaga. El dolor que había sido su compañero constante durante cinco años simplemente… cesó de existir.

Esa noche no hubo necesidad de infomerciales.

MENSAJE PRIVADO – DARK WEB FORO «RESISTENCIA NANÓTICA»

Usuario: DocRealMD Fecha: [ENCRIPTADO]

«Trabajo en emergencias del Hospital Central. En las últimas dos semanas hemos recibido 47 casos de lo que internamente llamamos «Síndrome de Optimización Forzada». Los pacientes llegan en diferentes etapas de… transformación. El hospital ha firmado un acuerdo de confidencialidad con BioMex. No podemos reportar los casos.

El más avanzado que vi había reemplazado su sistema digestivo por algo que convierte directamente la luz solar en energía. Eficiente, sí. Humano, ya no.

Si estás leyendo esto y has tomado Nanóticos, hay una ventana de reversión. Pero solo hasta el día 14. Después de eso, los nanobots alcanzan masa crítica y el proceso de extracción se vuelve imposible.»

¡NUEVO! Nanóticos PLUS 
Para aquellos que buscan trascender los límites de lo humano.

Día 10. Eduardo ya no necesitaba el televisor para ver los anuncios. Se proyectaban directamente en su corteza visual. La presentadora ahora se veía diferente, o tal vez siempre había sido así: su sonrisa demasiado amplia, con demasiados dientes, todos perfectamente alineados en filas que parecían extenderse más allá de lo geométricamente posible.

Los nanóticos PLUS no solo reparan. Rediseñan. Reimaginan. Reinventan. ¿Por qué conformarse con el diseño obsoleto de la evolución cuando puede tener la perfección del diseño inteligente? Nuestros nanobots están programados para adaptarse específicamente a su ADN, creando una experiencia personalizada que maximiza su potencial genético.

Eduardo no lo dudó. Si la versión plus había funcionado tan bien, ¿qué no podría lograr con la versión Ultra? No solo había recuperado su trabajo, ahora era supervisor. Todos sus viejos compañeros se asombraban con su milagrosa recuperación.

Entró a la página web, ahora mostraba un nuevo mensaje de inicio:

Seleccione para actualización a Nanóticos PLUS con 20% de descuento.

Seleccione para emergencias.

Seleccione para extracción de producto.

Una parte de él pensó en escoger la tercera opción, pero el mensaje que apareció a continuación demostraba lo contrario:

Gracias por su orden, uno de nuestros drones lo visitará con su actualización.

Las cápsulas PLUS no eran azules. Eran de un color que no existía en el espectro visible humano, pero que él podía ver perfectamente con sus retinas mejoradas. No recordó haberlas tomado. Un momento estaba mirándolas, al siguiente estaban en su sistema digestivo, multiplicándose, comunicándose, organizándose.

Día 14. Fecha límite según DocRealMD. No solo el dolor desapareció por completo, comenzó a sentir una energía renovada. Podía caminar más rápido, levantar objetos más pesados sin esfuerzo y superó la precisión milimétrica de cualquier sistema computarizado con la exactitud de sus propias manos.

Sentía una claridad mental absoluta, como si cada célula de su cuerpo trabajara más allá de sus limitaciones biológicas. Sin embargo, comenzó a notar pequeños cambios inquietantes. Ya no sentía hambre, solo una necesidad calculada de ingerir nutrientes. El sueño se había reducido a ciclos de cuatro horas. Y las emociones parecían distantes, como si observara la vida a través de un cristal.

—Aún estoy aquí —dijo en voz alta, como si necesitara escuchar su voz.

Incorrecto, respondió algo en su mente. Eduardo ha sido reestructurado. Versión 2.0 en instalación.

Sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Serás perfeccionado. Sin errores. Sin emociones. Optimizado.

Eduardo lo sabía. O la parte de él que aún se aferraba a ser Eduardo lo sabía. Los nanobots estaban a punto de apoderarse de su cuerpo.

Comportamiento ineficiente detectado. Analizando… Error. La imperfección genera una respuesta emocional superior a la perfección técnica. Paradoja. Recalculando…

ACTUALIZACIÓN DE EMERGENCIA PARA USUARIOS DE NANÓTICOS

BioMex es una compañía que se preocupa por sus valores y la calidad de sus productos. Nuestra principal prioridad es la seguridad de nuestros usuarios. Por lo que nos sentimos responsables de hacer de su conocimiento que nuestro departamento de calidad ha detectado un error de programación en los Nanóticos de las series Ultra y Omega. En lugar de limitarse a reparar el cuerpo humano, han comenzado a rediseñarlo según sus “propios” parámetros de eficiencia.

En casos extremos, se ha observado que los nanobots consideran ciertos aspectos de la fisiología humana como ineficientes y proceden a crear nuevos “diseños optimizados”.

Si experimenta síntomas como pérdida de sensibilidad emocional, patrones de sueño alterados o cambios físicos visibles, diríjase inmediatamente al centro médico autorizado más cercano para un procedimiento de extracción sin costo.

Atte. El equipo de BioMex

Un mes después, los equipos de emergencia entraron a su apartamento, los vecinos de Eduardo los llamaron al escuchar ruidos extraños, como si un autómata con falta de aceite se moviera por toda la casa.

Las paredes estaban cubiertas de lo que parecían ser letras escritas en un lenguaje que mezclaba notación matemática con código binario. En el centro de la sala, destacaba una estructura que los forenses no pudieron clasificar.

Era biomecánica. Un fractal de carne, metal y luz que de alguna manera imposible seguía reconfigurándose.

El informe oficial clasificó el incidente como «fuga de gas con alucinaciones colectivas». BioMex Corporation negó cualquier relación con los hechos. Los anuncios de Nanóticos desaparecieron esa misma noche, reemplazados por publicidad de un nuevo producto:

MentaLink -Optimice sus pensamientos en la nube sin alterar su cuerpo.

Esa bella y trascendente melodía

Mauricio del Castillo


Recuerdo muy bien los grandes ratos escuchando música en casa de mi mejor amigo. Su estancia estaba repleta de una muy buena colección de discos de vinilo. Me volaba la tapa de los sesos con Bach, Brahms, Mozart y Beethoven. La sesión no podía terminar si no era con algo tan radical como Joy Division; la voz de Ian Curtis era un alarido proveniente de un alma atormentada.

Para mi desgracia, mi amigo contrajo matrimonio con una mujer poco compasiva hacia sus gustos musicales y se ató las manos bajo las órdenes de un desalmado jefe que no le daba la oportunidad de ver siquiera los rayos del sol. No volvió a invitarme a su casa y estoy seguro de que lamenta no volver a escuchar su colección de vinilos tanto como yo.

Con el tiempo fui formando mi propia colección. Durante muchos años, todo marchó bien. Luego llegó lo inevitable. Una tarde nublada coloqué el Kind of Blue de Miles Davis en la charola de mi computadora portátil. Esperé breves segundos a que lo leyera y el reproductor se negó a tocar el disco.

Recurrí al ingeniero de sistemas de la compañía donde laboraba. Marqué el número de su extensión y dije:

—Rafita, baja, por favor. Mi computadora tiene problemas. No sé qué sucede con ella.

Luego de verificar el problema, sacó el disco de la charola, lo examinó y me lo devolvió. Su comentario me dejó frío:

—Me parece… —habló de forma más suave para tranquilizarme—. Ya veo. Mira las capas de policarbonato y aluminio. Están casi transparentes. Con el tiempo se degradan a pesar de los cuidados.

Fruncí el entrecejo y lo observé con tensión a fin de corroborar sus palabras.

—Pero, ¿cómo ocurrió esto?

Rafita explicó:

—Estos materiales son muy sensibles a la luz. Y no solo eso: las bacterias, la humedad, el calor… Todo juega en contra. Lo siento, amigo.

—¿Me estás diciendo que ya no sirve?

—Tal vez debas hacer copias de seguridad antes de que el deterioro sea irreversible.

Sentí que sus palabras caían como un piano desde el sexto piso. No dejé de oprimir los labios con fuerza.

Enseguida dijo:

—Oye, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras bien?

—Dime, Rafa, ¿hay alguna forma segura de conservar la música?

—Ya te dije que conviertas en audio digital todos tus…

—No creo que me sirva.

Negó con la cabeza sin entenderlo. Me aterraba el hecho de que toda la bella música en este mundo podía desaparecer. ¿Acaso no existía una forma segura de conservar la música?

Acudí al Instituto de Bibliotecología con el fin de conservar la música. Un pelmazo apareció sin dejar de sonreír con falsa amabilidad.

—Buenas tardes —dijo—. ¿En qué lo puedo ayudar, señor?

No le devolví el saludo. Fui directo al grano.

—Mis discos compactos se están jodiendo a causa de que la luz está transparentando las pistas. Al menos así me lo dijo el encargado de sistemas de mi trabajo.

Los gestos que puso me hicieron retorcerme del coraje. Parecía decirme: “¿Y eso a mí qué me importa?”

—Quite esa cara y ayúdeme. ¿Qué puedo hacer para conservarlos? ¿Conoce alguna técnica que impida que la luz termine por acabar mis discos?

—Señor, ¿por qué no convierte sus discos en archivo digital? Estoy seguro de que…

La misma cantaleta de siempre. ¿No sabían otra tonada?

Mi siguiente destino fue la famosa calle de El Salvador en el Centro. El primer establecimiento era digno de la Edad Media: tenían tan solo fierro viejo, circuitos expuestos, cables desparramados en el suelo y aparatos inútiles. Era un cementerio electrónico, el penúltimo paradero de las máquinas antes de terminar en el basurero. Unos segundos bastaron para irme de ahí.

En el siguiente se escuchaba a todo volumen una espantosa canción pop. Una muchacha era la encargada de atender, pero era obvio que no tenía idea de lo que vendía. Estaba más concentrada en escuchar aquella bazofia que en atender a sus clientes.

El último local estaba oscuro y silencioso. Había olor a arena de Egipto en el ambiente, ese olor que arrastra el tiempo: sarcófagos, pirámides, cavernas. Sobre el aparador se hallaba una lámpara antigua de latón, con un foco que rayaba lo rojizo. Los equipos lucían a la vista en finas vitrinas, sin una sola partícula de polvo. Un hombrecillo con anteojos de fondo de botella lo atendía.

Aunque dudé de poder encontrar una respuesta, corrí el riesgo y toqué la campanilla. Apenas alcancé a decir:

—Buenas tardes.

El hombrecillo leía la edición matutina del periódico. Levantó la mirada y ajustó sus anteojos. Sus cabellos canos se desperdigaban en todas direcciones sin un claro orden.

—Buenas tardes, ¿en qué lo puedo ayudar? —su voz sonaba áspera, aguardientosa, como el motor de un bote a punto de expirar en el desierto. Sus ojos eran tan pequeños que estaba seguro de que desaparecerían en cualquier momento.

Desesperado, me incliné ante él y expliqué:

—Necesito encontrar la forma de que mis discos no se transparenten. Mire —mostré los discos. Sus ojos cobraron tamaño a medida que los inspeccionaba, como si se trataran de huesos de dinosaurio enterrados y él fuera alguna clase de paleontólogo.

—Lo siento mucho —dijo—. La capa de aluminio se ha desgastado por completo. Esto se debe a la luz y al inevitable paso del tiempo.

—Lo mismo me dijo el encargado de sistemas que trabaja conmigo. Por amor de Dios, ¿qué puedo hacer? ¡Dígamelo!

—Su música —expresó firmemente convencido— puede llegar a sobrevivir siempre y cuando se almacene de la forma adecuada.

—Por supuesto que lo hago así. Y es original, si pensaba otra cosa. No compro música pirata. Eso es algo de lo más deleznable.

—No me refería a eso —intervino—. La música se puede conservar sin recurrir a aparatos simples.

Moví la cabeza en señal de confusión y dije:

—¿A qué se refiere? No lo sigo.

—Mis discos de orquesta sinfónica desaparecieron debido al uso y al desgaste —respondió. El hombrecillo no parecía improvisar sobre la marcha. Sabía de lo que estaba hablando—. También me preocupó que la música estaba dejando de existir y entré en una profunda crisis existencial, una muy severa —me miró a los ojos y continuó—: ¿conoce la teoría evolutiva de las especies del naturalista Charles Darwin? Propuso que los seres mejor adaptados a su medio ambiente son los más capaces de sobrevivir. La música no está exenta de esta teoría. Es una clase de vida, una muy adelantada. Puede nacer, crecer, reproducirse y morir.

Lo observé por un momento antes de replicar:

—¿Cómo puede estar tan seguro? La música no puede ser así. No es ninguna clase de organismo común y corriente. ¡No tiene existencia física!

Levantó el dedo índice a la altura de su rostro.

—En eso está usted equivocado. Se ha propagado por espacio de cientos de años y ha recorrido todo tipo de escenarios, algunos muy duros provocados por el hombre y la propia naturaleza. Es poco perceptible que alguien note el final de la música, pero me parece que a usted le ha llamado poderosamente la atención.

—No solo me ha llamado la atención, sino también me horroriza. Pensar que llegará el día en que la música desaparezca me llena de mucha tristeza.

—Eso no ocurrirá: no si dejan de tratarla de la misma forma convencional. Lo he estudiado, desde luego que sí. La música es riqueza. Se puede encontrar en todas partes: en estaciones de radio, discotecas, salones, fiestas, bares, plazas públicas. Lo que no sabe es que se trata de organismos auditivos, no corpóreos, no visuales. Este es el primer síntoma de muchos. Por fin se darán cuenta de que algo importante se estaba fraguando en nuestros cerebros.

Coloqué mis manos en el mostrador y solté un bufido.

El hombrecillo continuó:

—Las plantas y animales no solo necesitan de alimento y reproducción para subsistir. Requieren también de lo que Charles Darwin propuso hace más de un siglo: adaptación. La buena música se adapta por sí sola.

Luego de escucharlo hablar puse más atención en sus argumentos:

—La música tiene vida propia, señor. No vive en un reproductor cualquiera, ni siquiera en una cámara de concierto o en un silbido. Empleando la vieja cuestión de si un árbol produce ruido en un bosque solitario sin que nadie lo escuche, aquí sucede lo mismo. No hay oyentes ni audiencia; por consiguiente, no hay música. Así de simple. Lo mejor sería salvaguardarla y escucharla cada vez que queramos evocarla.

Me aventuré a decir:

—¿Se refiere a un archivo? ¿Un injerto de chip? Eso es algo que ya se está estudiando.

—¿Necesita de un archivo o chip para jugar con su perro? ¿Para presenciar un atardecer? ¿Para disfrutar la compañía de una hermosa mujer? Tal vez la tecnología convencional le ofrezca todo eso sin salir de casa. Aquí estamos hablando de cosas perceptibles. La música, la más bella de todas, puede sentirse y apreciarse, ¿no es así?

Quería creer que así era, pero no estaba muy seguro. Luego hizo una seña con su mano y me pidió que lo acompañara a la parte de atrás de su establecimiento. Lo seguí. Cerró la puerta, encendió una luz y me encontré con una infinidad de frascos colocados en aparadores de vidrio. Dentro de cada frasco se encontraba el nombre de un compositor en específico, desde Bach hasta Leonard Cohen.

Entonces dijo:

—¿Qué le parece?

—Muy bonitos frascos, señor —dije con ironía—. Me agradan. ¿Por qué los nombres?

—Porque en ellas se alojan las interpretaciones de las personas que usted ve en ellas. También están agrupadas en compositores —el hombrecillo tomó el primer frasco que descansaba al borde del aparador. Lo examinó como si se tratara de la primera vez que lo veía y dijo—: ¿le agrada Maria Callas?

—Por supuesto. Tengo una vieja colección de acetatos con su música.

—Entonces deléitese con esto.

Abrió el frasco y me lo mostró de frente al rostro. Una tromba musical acompañada de la increíble voz de la Callas reventó en mi cara. Sus cuerdas vocales me despeinaron. La melodía vibró y continuó por un considerable lapso. La seguimos a través de nuestros oídos. Curveó alrededor de la sala como si se tratara de un extraviado petirrojo. Podía escucharse a la perfección su revoloteo.

Luego de un largo minuto la estridente e inquieta melodía buscó refugio dentro del frasco. Lo tapó y devolvió a su lugar como si nada hubiese pasado.

No fue necesario que me restregara los ojos para hacerme salir de ese extraño sueño. De ser posible recurriría con el otorrinolaringólogo para hacerme una revisión profunda de los oídos y convencerme de que esto no era ninguna alucinación.

El tendero sonrió como si estuviera a punto de realizar una importante venta. Tomó otro frasco antes de que se me ocurriera hacer la primera de mil preguntas. La abrió, pero el sonido tardó en hacerse presente. Ahora se escuchaba un tango proveniente de la grave voz de Carlos Gardel, tan sutil y lacrimosa que parecía susurrarme e invitarme a dar unos pasos de baile. “El día que me quieras”se percibía mejor que en cualquier otra forma que no fuera en ese frasco.

Esta vez no hubo ninguna orden del hombrecillo para que la voz de Gardel regresara a su lugar: logró entrar en el frasco con entrecortados sonidos. Después de eso el tendero cerró la tapa, satisfecho, y lo dejó en su lugar.

Quedé tocado por tan asombrosa presentación. Volví la vista hacia las vitrinas y no pude dejar de notar que eran miles de pequeños frascos, cada uno junto al otro, como si se tratara de libros amontonados en una biblioteca. En las etiquetas se leían nombres como “The Smiths”, “Agustín Lara”, “Edith Piaf”, “Nina Simone”, “John Coltrane”, “Modest Mussorgsky”, “Nat King Cole”, “Frank Zappa”, “Ennio Morricone”, entre otros. Fue entonces que pude articular algunas palabras luego de mi primera impresión.

—¿Cómo pudo captarlos de esa manera?

—Rilke ensalzó la música por inhabitable y esquiva; Baudelaire la comparó con el movimiento del mar. Durante siglos se creyó que pasaba y desaparecía. La música vivía únicamente en la memoria, y bastaba un descuido; una noche sin canto, una generación sin oído, para que se perdiera.

»Eso cambió cuando Edison fijó el sonido en un soporte y, sin proponérselo del todo, permitió que la música fuera reproducida. Desde entonces la música comenzó a depender de un cuerpo: primero frágil, como la cera; luego más resistente, como el vinilo o el disco compacto; hoy en día, convertida en archivo digital. Fue esa materialidad la que transformó la música en objeto y dio origen a los archivos musicales.

»En una época en la que la modernidad expande sus tentáculos con creciente crueldad, los padres de la etnomusicología consideraban urgente registrar las prácticas musicales de las sociedades amenazadas para preservarlas. Así imaginé un archivo que reuniera la música de todas las culturas, a fin de legarla a las generaciones futuras».

—Parece que las melodías están… ¡vivas!

—Es porque lo están. La música tiene vida. Los seres humanos la han evocado tanto que vivirá debido a su matiz atemporal que ni dos Guerras Mundiales, una Guerra Fría y el cambio climático pueden con ellos. Por lo que a mí concierne, si yo destapara cada uno de estos frascos, se esparcirían por todo el globo debido a su naturaleza como medio auditivo. Me atrevo a decir que se trata de una especie viviente, una que no debemos darnos el lujo de perder porque, si no hay música, entonces ¿qué nos queda? El ser humano necesita encontrarse consigo mismo, volverse más sabio, nutrirse con elementos que lo mejoren. La música puede lograr que alcance ese estado.

—Todo esto, ¿tiene algún costo?

El hombrecillo abrió su húmeda boca y sonrió. Acarició los frascos como si se trataran de lámparas mágicas, en espera de algún genio.

—Pues nada —dijo—Yo quiero conservar la belleza. Eso es todo.

Medité mientras me humedecía los labios, repentinamente secos cuando el momento decisivo estaba a su alcance.

—¿Y si se produce una extinción dentro de pocos años? ¿Y si tengo poco tiempo para apreciar la música? ¿Cómo voy a vivir después de esto, sabiendo que la música no tendrá futuro al igual que la humanidad?

El menudo hombre apartó la vista de los frascos y sacó una libreta rechoncha de un estante situado a la altura de su cintura. No dejé de parpadear con rapidez.

El tendero se acercó y me tendió el libro.

—Este es el catálogo —dijo, casi como fuera una orden—. También sirve como bitácora. Mi padre, el padre de mi padre, y su padre, han sido fieles testigos del milagro de conservación. Al final, todos hemos servido a la música.

—Vuelvo a la realidad —expresé—. Ha sido suficiente por hoy.

—¡Tiene que quedarse! ¡Es de vital importancia!

Me detuvo del hombro, justo cuando ya había dado media vuelta. Miré al anciano.

No estaba preocupado ni tampoco muy contento. Parecía librarse de algo. Tras frotarse las manos, volvió a sus aparadores.

—No pude tener descendencia. ¿Quién querría tener una familia con un hombre excéntrico hoy en día? Necesito de alguien que pueda ayudarme a recolectar la mayor cantidad de música. Usted puede ser útil; estaría haciendo un gran favor en nombre de la humanidad y la naturaleza. Ha sido una labor que me ha tomado cincuenta años. Donde quiera que estén, los grandes intérpretes y compositores de todos los tiempos se lo agradecerán.

Acepté aquella propuesta. Escuché los miles de frascos agitarse y golpearse en el borde entre ellos, excitados. Deseaban una sinfonía, una banda, un coro y un cántico con los dioses. Una masa de trinos y modulaciones cruzó por encima mío, buscando la línea de su partitura eterna en marcha. Sentí claramente la música contra el aire, armonía y desesperada libertad.

Y así, preparé mi enorme carga musical justo al otro lado del mostrador.

Input 1

Velmar Ulises Hernández


Título: Input 1
Autor: Velmar Ulises Hernández
González
Medidas: 30.5 x 22.8 cm
Técnica: Acrílico sobre tela

Argumentación de la obra:
En un escenario cotidiano en México, donde la monotonía y la adicción a
los teléfonos impera, estamos sujetos a la gratificación inmediata que
ofrecen dichos dispositivos; nos mantienen como en una especie de encadenamiento invisible. Pienso que depende de lo que queramos meter
a nuestra mente, porque el placer inmediato no requiere ningún esfuerzo y
es altamente adictivo. Me he preguntado qué pasaría si este mismo aparato lo utilizáramos para cuestionar lo que vemos; hablo de lo que vemos con nuestros cinco sentidos –lo perceptivo−, de cuestionarnos si existen otras dimensiones, otros mundos. Quizás suena a locura, pero es algo que otras personas se han cuestionado; entre ellos, científicos. ¿Esos mundos serían mejores o peores al que vivimos? Supongamos que un día −con el conocimiento que hay en pleno año 2026−, se nos ocurre configurar nuestro dispositivo móvil con otro sistema operativo −no al habitual ni tan comercial−, usamos un lenguaje de programación, matemáticas –geometrías no euclidianas, cálculo de superficies paramétricas; incluso, fórmulas de cálculo infinitesimal y teoría de física cuántica… ¿Qué pasaría si al unir todo esto que menciono se generara una puerta a otro mundo, a otro orbe quizás mejor al que tenemos? Sería interesante si el ser que nos observa es un ser benévolo, −en vez de un ser malévolo−, y pudiéramos vivir en un estado de armonía real.