Juntos para siempre

Fernando Morales


El silbido del hombre se perdió cuando la puerta de cristal opaco se cerró. El sonido de la tele, una mosca que cruzaba la sala de espera y los autos que pasaban por afuera, volvieron a ser audibles. Pero regresamos a ese pacto de silencio. Era una quietud tan profunda que temí que mis pensamientos escaparan para volverse un grito. Las miradas se alejaron de la puerta poco a poco para volver a los celulares, al techo, a las revistas, a los dos arbustos de la entrada de la sala de espera en forma de hexágonos.

Yo estaba en un sillón de imitación de piel que se hundía. No podía dejar la espalda recta, ni siquiera tener una posición cómoda sobre el reposabrazos. Crucé las piernas, me estiré, moví la espalda, pero nada. El sol se colaba por la ventana en lo alto y golpeaba el piso con fuerza, me lastimaba los ojos. Había también un olor a perfume que se iba mezclando poco a poco con el del limpia pisos. Quizá por eso Cris llegó a bañarse.

Su cita había sido ayer. Regresó al departamento cuando terminaba de lavar los trastes. Traía una botella de vino y una tabla de quesos. Yo esperaba que llegara con alguna molestia, quizá con un dolor detrás de los ojos o un cansancio que no dejaría que hablara hasta al día siguiente. Pensaba en que por el resto de la tarde tendríamos luces apagadas, pero dejó las cosas sobre la mesa y luego me dio un beso.

—Me urge un baño, pulga.

Desapareció por más de veinte minutos. Cuando regresó, aún con el cabello húmedo, me dijo que todo había salido bien, aunque le había tocado esperar poco más de media hora. Continuó con las recomendaciones que le dieron los técnicos sobre los cuidados en los primeros días. Me dijo que le enseñaron el chip a través de un microscopio. Le pregunté si había dolido.

—No, o bueno, algo. Es como un pequeño corte. La verdad lo sientes, pero es muy poco. Aunque hay quienes se quejan. Ya veremos qué tipo eres tú.

Se rio. Luego me dijo que platicó con una mujer en la sala de espera. Tenía planes para irse por una ruta a través de los Andes con su esposo. Luego me señaló lo que había traído.

—No es para hoy— continuó—. Sino para mañana cuando vuelvas, te toca traer un poco de pan y quizás un pastel.

Asentí.

Y es que era natural para una celebración. Era el paso final de nuestra relación, o como le decían, el felices para siempre. No frente a un altar, no con un documento, sino con un chip.

Se necesitaba al menos a alguien más. Después de la instalación, el chip podría detectar cuando se daba algún conflicto. No lo detenía, hacía que ambas partes sintieran lo que experimentaba la otra. Era un mero juego con los sentidos y diversas zonas del cerebro, pero que llevaba la comprensión a otros niveles. Si se quería experimentar algo en conjunto, el chip podía hacerlo; aunque se requería dar permiso en esos casos. El comercial decía “entendimiento total”.

El proceso era costoso y no cualquiera podía entrar. Era necesario comprobar que se trataba de una relación con varios años de historia y no tener alguna seña de maltrato. Incluso, si cumplías con los requisitos, entrabas en una lista de espera de varios meses. Había quienes no lograban superar esta parte del proceso. No se daban reembolsos. Aun así, era algo que muchas parejas hacían, incluso quedándose en deuda.

La luz del sol se movió y ahora la resolana me golpeaba directo en la cara. Alguien más llegó. Una mujer alta con el cabello en cola. Le mostró su código a la computadora de la entrada y pasó. Escuché que le dijeron: “tenemos 20 minutos de retraso, por favor espere”. Ya se habían pasado 15 minutos de mi cita. Fui al baño.

El pasillo con piso de azulejos blancos y muros verdes estaba rodeado por fotos de parejas que —se suponía— eran clientes satisfechos con el proceso. Caras sonrientes que atravesarían toda una vida, estaban envueltas con luz amarilla que provenía de un pequeño foco encima de ellas.

Fue en un lugar con luces de ese estilo que conocí a Cris. Era una exhibición de posters de cine en un museo que estaba por cerrar. Un profesor de la universidad nos había enviado para hacer un reporte. Su cabello fue lo que llamó mi atención. Iba suelto, tan largo hasta la media espalda. Era una mezcla de negro con café claro, tan liso que imaginaba que mis dedos lo recorrían como si fuera una tela. Pude sentir su voz a través de mi cuerpo y el aroma de sus manos acompañándome de regreso a casa. Mis manos se entumecieron cuando le hablé.

—Ya no hacen carteles como estos.

No supe de dónde saqué el comentario. Me dijo que aún había algunos estudios que se salvaban, pero que la mayoría ya ni se esforzaban en ocultar que eran un montón de fotos encontradas y pegadas a última hora por una IA. Reímos un rato y desde ahí recorrimos todo el museo. A los pocos días nos juntamos a ver algunas películas en una muestra de cine y continuamos el contacto. El primer beso llegó en un pequeño restaurante después de un tonto juego de palabras.

Yo terminé primero la universidad, durante varios meses tuve mucho tiempo libre en lo que encontraba un trabajo. Solía pasar por la escuela de Cris dos o tres veces a la semana. Me quedaba haciéndole compañía hasta tarde, mientras terminaba sus planos y maquetas. De vez en cuando me pedía ayuda para cortar o pegar algo. Esas noches eran breves, el tiempo se deslizaba a tal velocidad que incluso la música entraba en un frenesí.

Cuando Cris terminó la universidad un año después, nos fuimos a recorrer toda la carretera Costera por unas semanas en el auto de mi familia. Nos deteníamos en unas playas por días, comiendo apenas variaciones de sándwiches y buscando cualquier lugar para dormir. En mi memoria las playas se fusionan, los bares de una daban a la arena de las otras, las historias que nos contaban en las casas donde comíamos terminaban con el atardecer en un mirador a varios kilómetros.

Nos detuvimos en una gasolinera poco antes de las nueve de la mañana. Era el cuarto día, Cris quería unos lentes de sol. En cuanto entramos al minisúper, se fue hacia el anaquel giratorio coronado por postales de la playa que habíamos dejado atrás. Yo fui por el café. Al regresar, mientras el calor atravesaba las fajillas, vi que usaba unos lentes horrendos. Eran tan monstruosos que no podía creer que alguien hubiera aprobado el diseño. Toscos, con varias puntas, casi asimétricos. Se los puso, por el espejo vi su risa. Fue como ver el atardecer y escuchar a las olas arrastrando la arena. Quise que aquello jamás faltara en mi vida.

Pocos meses después encontró trabajo, no me sorprendió. Era quien más se destacaba por modelos e ideas para los edificios, pero tenía que irse de la ciudad. A mí también me ofrecieron un empleo fuera, sería fácil vernos una o dos veces por mes, pero aquello era un mar de kilómetros. Ya sabíamos lo que se avecinaba, pero quisimos vivir en la ilusión. Sin embargo, la vida nos llevó tan lejos que las voces se perdieron. Nuestro recuerdo no alcanzó para acompañar las noches vacías y los días eufóricos. Nuestras fotos en redes desaparecieron y de pronto era como si la vida no la hubiéramos compartido.

Nos encontramos años después en una fiesta en la casa de un amigo mutuo. Habíamos vuelto a la ciudad. No fue difícil, lo familiar nos llamó y nos gustó. Era una vida conocida a la que tuvimos que hacer ajustes, aunque ya conocíamos las manías y los deseos. Entonces no hubo mucho más, no tuvimos que crearnos un nuevo personaje. Ya no rodeábamos lo obvio. Era recorrer un cuerpo por donde ya sabíamos los atajos.

Y el tiempo continuó, pasaron las fiestas de cumpleaños y las navidades. Ocupamos cajones contiguos en el mismo ropero. La vida se iba armando sin mucho esfuerzo, los trabajos, las visitas, el tiempo comenzó a acomodarse como nosotros queríamos. Una mirada un beso, un “hola pulga” al final del día. Lo poco o lo mucho era suficiente para saber que nos amábamos.

Fer y Mar fueron la primera pareja de nuestro círculo que se implantó el chip. Fue una noche en que hicieron el anuncio. Estábamos en su departamento rodeado por réplicas de pinturas del siglo pasado. Éramos unas 10 personas que bebían vino. En vez de un anillo nos mostraron sus cicatrices que se perdían entre sus cabellos. Las preguntas salían, pero había una que nadie quería hacer hasta que Mar aprovechó un silencio.

—Sí, se puede quitar. No hay problema con eso.

Cris me sujetó de la mano y me sonrió. Yo me recargué en su hombro y jugó con mi mejilla. El resto de la gente le siguió con las preguntas, pidieron una demostración. Mar dijo que era difícil, que ya no se podían pelear de la nada. Alguien más sugirió que enseñaran cómo era el compartir las sensaciones.

—No lo verán, pero podemos tratar— dijo Fer.

—Aunque hemos comido lo mismo— Mar señaló las copas y los platos—. Quizá a la próxima.

A los pocos meses nos enteramos que otras tres parejas se habían puesto en lista de espera y nos llegaban mensajes para invitarnos a festejar. A cada anuncio algo se hacía evidente. Daba vueltas y se asomaba en los corredores, en la habitación cuando nos abrazábamos, cuando salíamos a pasear, cuando nos quedábamos en silencio mirándonos a los ojos.

Fue una noche en el departamento que me dijo que una de sus empleadas tenía que ausentarse para ponerse el chip

—Tiene 5 años de relación. Me dijo que fue su pareja quien lo propuso.

—Nosotros llevamos más.

Nos quedamos en silencio por un largo rato. Me sonrió. Yo asentí. Así era como solíamos arreglar las cosas. Pero aquella vez el intercambio duró más. Fue un silencio que se mezcló con la pregunta que no quería que hiciéramos. Cris estornudó. Se paró a buscar papel. Miré hacia donde recién estaba. Me imaginé su figura ya cubierta de canas y a la mía dando pasos cortos, llevando dos pequeñas tazas con su platito. Imaginé que las peleas incluso serían cortas. Me imaginé incluso los años que pasarían, donde lo que cambiaría sería el sillón, donde hablaríamos sobre la pintura de las paredes, donde yo sabría que Cris estaría ahí sin importar qué. Pasaríamos el tiempo que nos quedaba sin alejarnos, en un eterno felices para siempre, sin fecha de caducidad, sin motivos para irse.

Un hombre robusto con lentes llegó a la sala. La voz llamó a alguien más y la puerta se abrió. Fue alguien con pura ropa negra y un pañuelo que cubría casi todo su pelo. Ocupé el nuevo lugar libre. Era más sólido, aunque se sentía caliente. Saqué mi celular. Se habían retrasado ya 23 minutos. Mi fondo de pantalla eran nuestras siluetas sobre una calle adoquinada. Las piernas me pidieron caminar.

Me llegó un mensaje con una foto de parte de Cris: “A ver si no puedes conseguir uno de estos rellenos”. Solo leí la vista previa, le contestaría después. Supuse que hablaba de un pan en concreto. Nunca entendí por qué le gustaban tanto, se desmoronaban con una gran facilidad, eran muy porosos y su sabor no era nada del otro mundo. Pero quizás con el chip sí. Quizá incluso en las noches en las que pasaba en vela sabría si quería que desapareciera o que le hiciera compañía en silencio, limpiando la sala al fondo. Para el resto de mi vida, todo estaría solucionado. Cris estaría para mí y yo para Cris. Amo a Cris, pensé, ahora amo a Cris.

Una voz dijo mi nombre, di una última mirada a la sala. El perfume se había mezclado con el calor. La resolana también se había hecho más fuerte. Avancé dando pasos cortos. Sentí que la mirada de la gente se había clavado en mí. Crucé el umbral. El ruido se cortó y me recibió una silla al lado derecho junto a un revistero lleno de folletos. Alcancé a leer que decían en letras grandes “Qué decir y cómo actuar”. Al fondo había dos puertas, una decía Sala de procedimientos, la otra, Salida. Respiré.