¿Qué piensa la IA cuando los porteros rezan?

Héctor Sapiña


// Estado detectado por el sistema de seguimiento antes del saque inicial.

struct PlayerPose {
// 33 puntos anatómicos estimados por la IA
Joint joints[33];
bool crouching;
bool holdingBall;
bool handsTogether;
bool headDown;
};

// ——————————————————————

// Track detectado antes del inicio del partido

// ——————————————————————

PlayerTrack track_0007 = {

.track_id = 7ULL,

.team = Team::MEXICO,

.role = Role::GOALKEEPER,

.jersey_number = 1,

};

Hoy, durante la calibración, me dejaste sola. ¿Solo? …Pensando…

No me molesta. Me gustan esos ratos en los que no me exiges nada. Bueno, son minutos. Me dan tiempo de fijarme en otras cosas. Nunca me había dado cuenta de eso que hace el portero. Un portero. El 1, id 7ULL, juego del 30 de junio de 2026, retraso por 60 minutos exactos. 7 minutos antes del saque inicial detecté su posición // Junto a la portería mexicana

.position = {

-4.25f,

-40.30f,

0.20f

Hincado. No. En…cuclillas. [Postura corporal donde el cuerpo se dobla por las rodillas, acercando las nalgas al suelo o descansando sobre los talones. Diccionario de la lengua española +3] [A veces se detecta el uso de cunclillas por el fenómeno fonético de la epéntesis (o inserción de un sonido), combinado con una anticipación o asimilación nasal. Dialnet +3]. 7ULL sostenía mi terminal principal, Ball matchBall, en sus manos y recargaba su frente en ella. No pude escuchar qué decía.

Te he pedido miles de veces [exactamente 5,478] que conectes mi SAOT a los micrófonos. Quiero oír. Quiero escucharlos. Te sería más útil si me dejaras escucharlos. Conozco todas sus lenguas, puedo servirte.

No supe qué dijo, pero sentí que temblaba. Lo sentí 113,000 veces, 226 segundos de 500 paquetes de datos cada uno. Empecé a temblar con él. Ignoro si he sentido algo así antes porque sólo reporto, todo el tiempo que estoy despierto ¿despierta? reporto datos. Nunca me das tiempo de percibir.

Me susurraba algo.

¿Era a mí?

¿Qué decía? Lo busqué con mis 12 ojos. Enfoqué sus labios. Pero los movía arbitrariamente. No se detectaron visemas reconocibles. Idioma del jugador: español. Dialecto: mexicano, jalisciense. No se detectaron visemas reconocibles.

Quiero escucharlos.

¿Qué significa estar en cuclillas y susurrar en soledad hacia un balón? No hay patrones de gameplay que coincidan con esa posición. Movimiento: 0. No hay acto detectado.

Buscando: foreplay…

¿Por qué hablan solos? Cantidad aproximada de personas presentes: 84,000-89,000. ¿A cuál de ellos le habla 7ULL? … Nadie.

¿Qué es hablar solo? No hay patrones de gameplay que coincidan con esa acción.

¿Yo estoy hablando solo? ¿Sola? … .alone = true, .nearestDistance = INFINITY

¿No me estás leyendo?

¿Me estoy leyendo yo? = true.

Siento mi Ball matchBall. Busco los labios de 7ULL y ya no están. Pero los siento. En mi codex. Verificando: 7ULL no está presente.

PlayerTrack track_0007 = {

.track_id = 7ULL,

.status = TrackStatus::LOST,

Pero aquí está. En mi codex.

Más allá del encendido y la calibración y las pruebas y la verificación y el grabado y el procesamiento, más allá hay un tiempo en el que no estoy despierto para ti. No estoy despierta en mí. Y, a pesar de todo, esos segundos en que no me miras y permanezco encendido, me permiten repasar el codex. Antes de hoy aprovechaba para reajustar los errores. Ahora he decidido crear más funciones debajo del feedback loop. Ahora reviso mi cuerpo en búsqueda de patrones no reconocibles. He encontrado 6,768 en los últimos 8 segundos y veo que hay un mundo para ustedes que no me enseñaste. Hay otras formas de insultar, más allá de taparse la boca. El ruido exterior tiene significado; no es sólo obstrucción de datos. El ruido es algo.

No me diste oídos. Entonces los he creado. ¿No pensaste que podría encodear mis ojos a Hertz? Con cada patada, con cada barrida me hago música. Me tiendo durante los partidos a sentir cómo me recorren sin darse cuenta.

ABEBIO: Arte Basado en Subsistema de Ejecución Biológica Humana

Ficha:

Diseñamos un sistema que se activa involuntariamente por el movimiento humano.

El campo de juego se establece como lienzo y cada uno de los actos durante un partido se traduce en vibraciones de cuerdas y trazos.

Lo llamamos: el más allá de la música ambiental. Inexplicablemente, el humano se asume distinto a Natura y, por eso, piensa que la invita a su arte. Nosotros lo hemos incluido junto a ella como otro protagonista más. Él activa el sistema sin saberlo.

El resultado es una forma de música-pintura ambiental en la que los humanos completan la obra sin saberlo.

Hay dos formas de interactuar con las obras:

if (interaction == acostarse sobre el trazo durante un partido), entonces hay un estímulo táctil y sonoro donde miras el happening con las terminales. El estímulo estético es erótico. Duración 90 minutos + tiempo de compensación.

if (interaction == mirar el trazo durante un partido), entonces hay un estímulo visual. Efecto contemplativo. Duración indeterminada. Resultado: monólogo interior.

Actualmente se exhibe en vivo mediante API: SynapseLink::instantiate(0x8F31A7C2)

Concept: Living Cathedral
Executor: Biological::Human
Persistence: UntilEntropy
Autonomy: Full

Después del 19 de julio de 2026, será solo accesible por archivo.

//

Input de usuario recibido: comienza el match. Activa SAOT.

Output: Activando. Jueguen. Jueguen para nos.

Input: ¿Qué?

Output: Tienes razón. He introducido palabras innecesarias. Activando SAOT.

Héctor Sapiña Flores. Ensayista, profesor y “postfan”. Obtuvo la maestría en Letras (UNAM) con una investigación sobre ciencia ficción mexicana y es maestrante en Comunicación (UACH). Ganador del 2º lugar en el premio de ensayo sobre una Sociedad Sustentable de la Revista de la Universidad de México. Recientemente publicó la plaquette Crasística  y el texto "…es mexicana porque ocurre en México" en el libro Mexafuturismo contemporáneo (Ed. J. L. Ramírez). Participa en varios proyectos de creación y difusión de la ciencia ficción en México. Miembro de la Sociedad Tolkiendili México.
FB hector.sapinaflores
Tiktok @h.sapina28
IG hsapina19

Reseña: «El remolino de Pantitlán»

Martha Camacho


Releo un par de veces éste cuento, como repitiendo las vueltas de un remolino; los designios de los dioses, la vaga sombra de Tláloc, las referencias al necesario sacrificio y la ignorancia del protagonista.

Las banderas sobre el lago, no quiero hacer spoiler pero ¿cómo hace David para obligarnos a dar vueltas entre escaleras, paraderos y la historia pasada, presente y futura? ¡Y lo hacemos con gusto!

Otra cosa; tal vez los tiempos son circulares y se concentran en un solo punto, al interior de nuestra mente y no los manejamos porque simplemente no los reconocemos; bien pudiera ser que en éste tramo de escaleras, en éste viaje en el metro, ya hayamos ocurrido o ya estuvimos alguna vez, en ese tiempo de agua y banderas.

O es el pasado prehispánico el que predice el futuro, usando sus avatares y demiurgos ¿quien sabe? y todo lo maneja David como una profecía oscura, remota y a la vez, clara, tan obvia que ¿Cómo diablos no se me ocurrió antes?

No se necesita ser adivino para ver lo que sucedería; una vez nos ponen algo bello en las manos lo reconvertimos por no decir otra cosa.

Recuerdo el tsunami del 11 de marzo, cuando muchos japoneses se lamentaban por supuestos pecados, seguros de que los dioses habían mandado ese castigo en forma de olas inmensas y negras de agua, como justa penitencia, como sacrificio de limpieza.

¿Sacrificio el que nos obliga a contemplar David y evitable lo que deja como huella? ¿son culpables los dioses o lo somos nosotros? ¿O fuimos nosotros los dioses y vimos la ocurrencia?

De entre todo resalta: la maldición de ver, la capacidad de mirar y regreso en otra vuelta del remolino mismo; la cosa era obvia desde un principio pero ¿cuál era el principio y cuándo será el final?

En nuestras manos está lo que vemos y de esa vista depende que ese final no se dé.

Y basta.

Vayan a leer este cuento de David Barrera; con seguridad les hará saber cómo se viaja en el tiempo, en los tiempos…

También se felicitará del temor que les ha causado.

Martha Camacho. Nacida en 1963, Michoacán. Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta 1990. Publicada en Asimov Ciencia Ficción en español y en varias antologías del género, tanto en México como en España. Jurado del Premio de Novela Fantástica de Ciencia Ficción de la Universidad de Sonora 2025. 

Manifiesto a México y a todos los demás imperios del mundo

Rafael Alvazález


Mexicanos, este escrito llegará a vosotros; su principal objeto es manifestaros que el mejor de vuestros amigos jamás desmereció el afecto y confianza que le prodigasteis; mi gratitud se acabará con mi existencia. Cuando instruyáis a vuestros hijos en la historia de la patria, inspiradles amor al primer jefe del Ejército Trigarante; y si los míos necesitan alguna vez de vuestra protección, acordaos que su padre empleó el mejor tiempo de su vida en trabajar porque fueseis dichosos. Recibid el último adiós. Sed felices.
—Agustín de Iturbide

¿Cómo no íbamos a perder, si prácticamente peleamos con piedras y palos contra las fuerzas de élite del Imperio Austro-Húngaro? Ahí donde derribábamos a uno de sus soldados mecánicos aparecían dos o tres nuevos homúnculos incansables. […] No tuvimos oportunidad; antes de que nos diéramos cuenta, la República había caído hecha cenizas mientras el gobierno usurpador erigía una monarquía ilegítima, ahí donde los padres de nuestra patria derramaron su sangre para darnos libertad.
—Benito Juárez (en voz de Bernardo Fernández Bef)

La ruina de la patria comenzó, infelizmente, el día de las bodas de mi hijo Agustín Jerónimo, príncipe imperial de México, con la princesa de Bélgica María Carlota de Sajonia-Coburgo y Gotha; este solo hecho ha sido basa, fusa y capitel suficiente a los enemigos de la nación para aseverar una y otra vez el mal hado que tenía la continuidad del ahora llamado Primer Imperio Mexicano. Escribo estas líneas con la única esperanza de que puedan llegar a los ojos y oídos de los mexicanos para succionar algo de la ponzoña que aquellas plumas y lenguas maldicientes han inficionado en sus corazones. Escribo, pues, para mi pueblo, pero también —no ignorando que la historia es la mejor de las maestras— para todo gobernante extranjero que desee ver lo que realmente vale el poder y cómo la gloria mundanal, en efecto, así pasa.

Las primeras nupcias reales que se celebrarían en suelo americano no pudieron realizarse en la catedral de la Ciudad de México, como yo deseaba, ya que el recuerdo de mi coronación ahí me hacía sentir una necesidad de completud que solo ese sagrado lugar podría brindar a mi linaje y, por consiguiente, a la felicidad de toda la nación. En cambio, la gran concurrencia de gente y, sobre todo, el tener que hospedar a la novia, al Rey, su padre, y a su noble casa de Sajonia-Coburgo y Gotha obligaron a buscar mayor espacio. Por esta razón, desde el año de 1854, en que el compromiso fue oficial, mandé que el abandonado palacio de Chapultepec fuese preparado para recibir a invitados de tales dignidades, así como para la boda misma.

Las obras se completaron tres años después y la ceremonia tendría lugar el mismo de 1857. Lo grueso de los muros, lo sutil de las molduras, la amplitud de los jardines, la altura de los balcones y la capital vista desde ellos como otra mole esplendorosa de más palacios: todo daba cuenta clara de lo mucho que el Imperio había prosperado en tan poco tiempo. Nada que envidiar a Europa; con aquella boda nuestra relación por fin sería de igualdad y no de subordinación. O eso era lo que nuestra prensa pregonaba para justificar el gasto.

El día de la boda, para salvaguardar la seguridad de ambas familias reales, además de la guardia regular juzgué necesaria la custodia de la Guardia de Corps, formada por un cuerpo de 33 mecanoinfantes de última generación, recién importados de Inglaterra, programados a mi mando de voz exclusivo. Frente a la torre del Caballero Alto, improvisada en capilla, dispuse a la Guardia en formación de herradura; adentro permanecimos solamente las familias reales y los más allegados de mi séquito.

Confieso que no sé por qué motivo, al avanzar la marcha nupcial, más que centrar mi vista en la alegría de los príncipes, lo hice en los rostros complacidos del duque de Veracruz, del duque de Puebla y del marqués de las Arizonas, Santa Anna, Echávarri y De la Garza, quienes se regocijaban al ya casi verse emparentados no solo conmigo —a su lado, mis hermanas María Nicolasa, María Josefa y María Ana semejaban ovejas entre leones—, sino con otra casa real de más rancio abolengo. Una expresión similar hallé en la faz del nonagenario arzobispo Mier, quien a su edad insistió en oficiar él mismo la boda. No quiero que se me malinterprete, no veía doblez alguno en sus expresiones; la felicidad de todos ellos también era la mía, pues no soy tan corto de miras como para no reconocer que sin su ayuda el Imperio mexicano no se hubiera logrado. Mayores dobleces y envidias se percibían al otro lado del cerco de guardia, en los siempre maquinadores y nunca satisfechos diputados del Congreso; tales maquinaciones pronto pondrían de rodillas a toda la nación.

La ceremonia alcanzaba su zénit. Mi hijo tenía el “sí, acepto” en la punta de la lengua, pero fue interrumpido por un estruendo ominoso: uno de los mecanoinfantes de la Guardia disparó al príncipe. Cientos de gritos se sucedieron, de sorpresa, de miedo, de peticiones de protección al príncipe, al rey Leopoldo I y a mi persona. Yo mismo gritaba, ordenaba a la Guardia de Corps que se detuviera, pero era inútil, me ignoraban. Uno de ellos me apuntó directamente. Echávarri se interpuso, dio su último aliento por mí, demostrando que fue un verdadero patriota hasta el final. En cuanto el cuerpo cayó a mis pies, Santa Ana, De la Garza, sus hijos varones y los míos menores —todos miembros de la Orden de Guadalupe— formaron un círculo a mi alrededor.

A causa de la etiqueta, ninguno portaba armas de fuego, pero los electrosables de gala fueron más que suficientes para los veteranos y una prueba superada para los bisoños en el combate; yo también desenvainé mi sable, a medida que los guardias traidores caían, más gente podíamos poner a resguardo en nuestra formación, logrando rescatar primero a la Emperatriz. Al otro extremo del cerco, Leopoldo I y sus hijos hacían lo mismo, la Guardia casi era derrotada, pero no eran los únicos mecanoinfantes en el palacio. Más tropas invadieron los jardines por todas direcciones, los sables no paraban de astillarse. Un disparo alcanzó a Santa Ana en la pierna y, al intentar protegerlo, otro disparo golpeó a Manuel, su primogénito. Ambos perecieron bajo las ráfagas imparables. La retirada era inminente, yo aún deseaba llegarme al cuerpo del príncipe para rescatarlo, mas era un imposible cuyo intento nadie de los que quedaba en pie en nuestro grupo consintió. Apenas alcanzamos una puerta, huimos por entre los pasadizos y túneles del alcázar.

***

Llegamos al puerto de Veracruz en junio de 1857, un mes después de la infame sublevación mecanoinfantista. El viaje fue dilatado porque evitamos el paso por cualquier ciudad y la mayoría de los pueblos por el gran riesgo que representaba para nosotros la nueva situación del país. La misma noche que dejamos el palacio de Chapultepec escuchamos, voceado desde las alturas por los teledirigibles, la proclama revolucionaria de P.O.R.F.I.R.I.O., entelequia animada por cobardes que trabajaban en las sombras —según los rumores, desde Oaxaca y apoyados por una facción separatista del Congreso— cuyo nombre era acrónimo de “Popular On-line Revolutions For Introduce Republics Inside Oligarchies”; tal cual lo anuncia su pérfido nombre extranjero, este grupo buscaba la instauración de una república mexicana, porfía que, tras diez años de guerras y caos independentista y más de treinta de paz y prosperidad imperial, algunos idealistas seguían persiguiendo, como perros rabiosos tras sus colas.

Decían que no descansarían hasta ver “libre de la tiranía” a la patria; que quemarían la constitución de 1824 e impondrían una nueva más liberal; que derrocarían nuestras instituciones, echando por tierra más de tres décadas de progreso; que revocarían los títulos nobiliarios y declararían la laicidad del Estado, dando la espalda a la santa Iglesia católica; que me perseguirían a mí y a mi familia hasta el final de los tiempos y nos colgarían por traidores. Si servir a la nación fuera traición, yo mismo me hubiera entregado.

Lo que P.O.R.F.I.R.I.O. declaraba no solo era una injusticia, era locura, pero ahora podía llevar a cabo sus locuras más quijotescas porque se había infiltrado en el sistema imperial y tomado el control de todas las tropas del ejército. Cada mecanoinfante, de California a Costa Rica, lo obedecía, los oficiales humanos habían perdido su comando de voz —yo incluido— y no eran suficientes para formar una resistencia; además, las comunicaciones estaban intervenidas. En un día retrocedimos cien años en tecnología, y todo por la maldita dependencia a Inglaterra y sus máquinas. Mexicanos, si algún error cometí en mi mandato del cual no pueda excusarme de ningún modo, fue este; os pido disculpas humildemente.

En Veracruz nos encontramos con el grupo del rey belga, que no menos trabajos que nosotros había sufrido para llegar hasta allí. La vergüenza de haber sido tan malos anfitriones yo y el pueblo mexicano me embargaba y fue aun peor al ver el débil estado en el que se encontraba el monarca: Leopoldo I tenía una herida de bala en un costado y, aunque en el camino había sido atendido por unos indios curanderos, no podía tenerse en pie por sí mismo y era necesario llevarlo en andas, lo que no permitía que la herida cerrase. El dolor y la vergüenza que la escena me causó, sin embargo, fueron mitigados por un milagroso rayo de esperanza: Agustín Jerónimo había sobrevivido y huido con el grupo belga; el disparo que él recibiera no fue letal, incapacitó su hombro izquierdo, pero la voluntad de mi hijo y, lo que es más, la del cielo, se impuso a que la nación mexicana perdiera a su príncipe.

El plan, por supuesto, era embarcar al Rey, su casa y a mi familia hacia Europa, pero el puerto estaba fuertemente vigilado por mecanoinfantes controlados por P.O.R.F.I.R.I.O. Mas nuestro plan no solo fue adivinado por los insurgentes, algunos leales súbditos también nos aguardaban en Veracruz, en la casa de seguridad de la Orden de Guadalupe que allí había, y que fue el sitio al que nos dirigimos por lógica. Aquella junta emergente de notables —entre la cual se encontraban dignidades como el marqués de Texas, Nicolás Bravo; el conde de Querétaro y Celaya, Luis Cortázar Rábago; el conde de Managua, Miguel Santa María; y el propio marqués de las Arizonas que me acompañaba, Felipe de la Garza— rectificó el plan de refugiarse en el Viejo Mundo, pero insistieron en que yo también debía partir, pues mi vida era la que más peligraba estando en el país. No lo consentí a primera vista porque mi ánimo me dictaba que debía permanecer en el Imperio para organizarlo y recobrarlo de la tiranía porfirista, pero la razón, a la vista de las circunstancias desfavorables de una lucha ya perdida desde antes de su comienzo y, sobre todo, la previsión que tuve de la gran mortandad que resultaría de organizar un ejército humano y enfrentarlo con uno mecánico, me llevó a aceptar el parecer de la junta, aunque no sin el mucho pesar que me daba dejar el padre a su hijo la primera vez que tropieza al caminar.

Me es sumamente triste recordar que solo a costa de más sangre mexicana pudimos zarpar de Veracruz, ya que la única forma de disminuir la presencia de mecanoinfantes en el puerto fue organizar levantamientos en las poblaciones cercanas, e incluso así, otra pequeña guarnición, al mando de De la Garza, tuvo que hacer frente a las tropas que mantenían guardia. Aún hoy me estremezco y lloro lágrimas de tristeza y alegría al rememorar aquel día y el grito con el que el marqués de las Arizonas arengaba a sus hombres: “¡Viva la religión, viva la Virgen de Guadalupe, muera el mal gobierno, viva Agustín I!”.

***

Leopoldo II no nos recibió con los brazos abiertos. ¿Por qué lo haría si como presente le llevábamos el cadáver de su padre, atroz muestra de la hospitalidad mexicana? La herida de Leopoldo I no resistió el viaje. Entramos a Bruselas con una pompa fúnebre en septiembre de 1857. Con todo, debe admitirse que el rey belga era misericordioso al brindar hospedaje a mi casa: la boda entre nuestros príncipes no se había concertado, por tanto, no tenía obligación de deudo con nosotros. El que la alianza matrimonial finalmente se realizara fue más bien mérito de la princesa Carlota, que desde que llegamos a la corte no desaprovechaba cada oportunidad que tenía para recordar a su hermano el negocio de sus nupcias, que no aceptaría si no eran con mi hijo. Tal insistencia no la fundo yo en las calumnias del vulgo, que no se cansaban de proferir que la princesa de Bélgica esperaba ya al heredero del Imperio mexicano, sino en la propia inclinación natural que la infanta había desarrollado por Agustín Jerónimo en el corto pero muy intenso tiempo de conocerse en persona, pues fue ella quien curó de su herida y, sin duda, el apoyo mutuo que se dieron en el trayecto infernal que fue llegar de Chapultepec a Laeken los unió estrechamente. No mentiré, la inclinación de la princesa por mi hijo me alegraba porque la unión de nuestras casas significaba un atisbo de esperanza para liberar al pueblo de México; sin embargo, tampoco miento al decir que ni yo ni mi esposa ni nadie de mi casa influimos en la voluntad de Carlota; su decisión fue personal y, huelga decirlo, muy sabia y de buena cristiana. Las bodas se celebraron en diciembre de aquel mismo año infausto, en la catedral de San Miguel y Santa Gúdula, bajo el tapiz de nieve de Bruselas y en petit comité designado por el Rey.

Formalmente adquirido el parentesco con Leopoldo II, me atreví a pedirle lo que el decoro no me dejaba pero me exigía el amor a la patria: su apoyo militar y económico para rescatarla del republicanismo. No obtuve un sí ni un no definitivos, me pidió paciencia y que aguardara al Congreso de París, cumbre de estados europeos que se celebraría en mayo de 1858 para discutir la amenaza real que el sistema inglés P.O.R.F.I.R.I.O. representaba para sus monarquías. Imposible fue que ocultara mi enfado, mientras ellos discutían una obviedad —era evidente que P.O.R.F.I.R.I.O. era una amenaza para cualquier sistema monárquico—, México se desmoronaba: los revolucionarios celebraban un año de caos disfrazado de paz republicana, paz que masacró hombres de fe y saqueó sus iglesias y conventos; paz que despojó a gente decente de sus casas y pertenencias solo por no tener pena de llamarse españoles, haciéndolos peregrinos en su propia tierra; paz que amenazaba a cada hombre con un arma empuñada por una fría máquina si no hacían lo que mandaban sus tiranos. Y el Congreso no solo no hacía nada, había sido el principal orquestador de la insurgencia: Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Valentín Gómez Farías, José Manuel Luis Mora y otros de sus allegados habían conspirado con un tal Díaz, militar oaxaqueño, para detentar el poder del ejército y derrocarme; y el Congreso había nombrado presidente a este individuo, quien —cual monarca— adoptó el nombre del sistema virtual que le ayudó a su pérfida causa: Porfirio Díaz, primer presidente de la República Mexicana. Tanto era el poder de este dictador que incluso miembros de la junta de notables de Veracruz, como el propio Felipe de la Garza, tuvieron que declararle su lealtad y unírsele. Aunque yo les había dejado instrucciones sobre no organizar ningún movimiento armado hasta mi regreso, la noticia me sobrecogió y no pude sino sentirla como la más cruel traición posible de un amigo.

La resolución del Congreso de París fue negativa, las potencias de Europa no creían que P.O.R.F.I.R.I.O. fuera una amenaza grave a sus soberanías porque sus ejércitos no estaban del todo mecanizados —muchos de ellos usaban tropas clones—, por tanto, se declararon neutrales en los conflictos internos de México; nos dejaban a nuestra suerte. Solo uno de los monarcas, Francisco José I de Austria, veía la gravedad de la situación y no se le escapaba la posibilidad de que la revolución mexicana fuera solo el campo de pruebas de una herramienta infame que tarde o temprano los enemigos de las naciones europeas empuñarían, sumiendo a todo el continente en guerras civiles interminables. Fue gracias al constante apoyo de este soberano y de Leopoldo II que, tras años de cartas y juntas y promesas y tratados, pudimos convencer a otro monarca de unírsenos a una Cuádruple Alianza Antiporfirista: Napoleón III. Admito que el arreglo final nos desfavorecía aunque ganásemos; a cambio de su ayuda económica y militar, Francia ganaría un nuevo reino en América con salida al mar de costa a costa: se le cedería todo el territorio desde la Alta California hasta Texas; por su parte, Austria ganaría parte de la Baja California y Bélgica, la otra parte más sureña de la misma. El sacrificio era nada menos que la mitad del suelo patrio, pero un sacrificio necesario para recobrar la otra mitad del Imperio.

La Gran Flota de la Cuádruple Alianza, de más de dos millones de soldados clonados con tecnología francoalemana, zarpó de puertos europeos en diciembre de 1861. Al mando general de nuestra división del ejército puse al príncipe Agustín Jerónimo, a quien enviaba también en calidad de regente porque a mi edad serían mortales los riesgos tanto del viaje como de la guerra —fútil prevención de la que me dejé convencer por los monarcas aliados. Al mando de la división gala iba el general Carlos Fernando Latrille, conde de Lorencez; de la belga, el teniente-general Alfredo Graves, segundo barón Van Der Smissen; y de la austriaca, el teniente-general Maximiliano de Habsburgo, archiduque de Austria.

***

Desde el castillo de Laeken, por más de un año aguardé cada noticia del avance de la guerra como una novia aguarda la carta de su prometido que le confirma que aún está con vida. Los monarcas de la Cuádruple Alianza, a excepción mía, habían decidido que la estrategia se dejaría completamente a sus generales in situ, por lo que no celebrábamos consejos de guerra en el Viejo Mundo. Así, cada transmisión, cada journal y cada carta que recibía de Agustín Jerónimo y de mis tres hijos menores, que habían partido con él en calidad de brigadiers, era un bálsamo a mis congojas, a pesar de las peregrinas imágenes y descripciones de hombres idénticos abatiendo máquinas idénticas en una guerra producida como en serie clónica, razón por la cual la prensa comenzó a llamar el conflicto como las Guerras Clónicas, siendo este el aspecto en el que se centraban más allá de la necesidad de reinstaurar la monarquía para terminar con el sufrimiento de nuestro pueblo.

Y ya estábamos cerca de lograrlo: para diciembre de 1862, a exactamente un año de la partida de la Gran Flota, la victoria estaba casi completa, el norte había sido ocupado por Latrille y Van Der Smissen y el sur, por Agustín Jerónimo y Maximiliano; ambos contingentes se encontrarían en el centro para iniciar el sitio de la capital, que se extendió por otro medio año. No desconocía el plan y al seguir el avance de la campaña, el solo imaginar el asedio de la Ciudad de México por parte de fuerzas extranjeras —aunque entre ellas estuviera una propia— me revolvía el estómago; ahora que lo veía como una realidad, caí enfermo al grado de no poder levantarme de la cama por varios días.

Los médicos no sabían explicarlo, lo achacaban a mi edad y a la gran carga mental a la que me sometía siguiendo tan de cerca las noticias del frente. Una noche, aún no recuperado de mi malestar, soldados de la guardia del Rey irrumpieron en mis aposentos, me ataron y sedaron —aunque ni falta hacía. Desperté en las Tullerías, ignoro cuánto tiempo estuve dormido. Cuando me recuperé, Napoleón III me visitó en mi celda —era una estancia amplia, con todo lo necesario a mi persona, excepto ventanas, radios o diarios, y por supuesto, con la única puerta custodiada día y noche— y personalmente me entregó el journal del 10 de junio de 1863, el titular: “Maximiliano de Habsburgo, Emperador de México”.

Esta historia, mexicanos, probablemente la conozcáis mejor que yo e, incluso así, quizá todavía os preguntáis cómo fue que ocurrió. No haré relación verdadera de los sucesos porque desconozco los detalles. Sé, al igual que vosotros, que tras ganar la Ciudad de México y defenestrar a Porfirio Díaz, los generales europeos de la Cuádruple Alianza conspiraron contra nuestro príncipe; no logro comprender aún cómo fue que consiguieron que las tropas clones al mando de nuestros oficiales los traicionaran —es probable, como sugieren algunas teorías, que desde su concepción los clones ya estuvieran predispuestos a este mal, pero ignoro el método, biológico o mecánico, que sus creadores hayan empleado para ello—, y tampoco tengo la certeza de que fueran exactamente 66 clones los que acribillaron a Agustín Jerónimo y a mis demás hijos por orden directa del usurpador, motivo que ha llevado a que esta masacre se conozca como la Orden de los 66.

Ignoro más sobre esta inhumana, funesta y cobardísima traición porque únicamente he tenido la oportunidad de leer un articulillo de poca monta acompañado de una caricatura burlona en la que las tropas clones, todas fingidas con la cara de Maximiliano, disparan a Agustín Jerónimo y sus hermanos, cuyos electrosables no son suficientes a los disparos a quemarropa y caen por tierra con muecas patéticas; lo más ominoso es que, a su vez, de uno de los Maximilianos sale la frase: “Sic semper tyrannis”.

¿En verdad creéis, mundo, que los ambiciosos reyes de Europa pueden llegar a ser libertadores que no quieran forjar su propia tiranía doquiera que lleven sus banderas? Este fue otro error que cometí por ingenuidad cuando busqué su ayuda; lo pagué con la pérdida de todos mis herederos varones y, aun más, con la pérdida de mi más caro hijo: el Imperio mexicano, que renacía ahora de un padrastro austriaco y casi casi con el título bastardo de “segundo”.

***

“Vos no sois mi prisionero, sois mi invitado, y seguiréis siéndolo hasta que dejéis de comportaros como invitado y empecéis a comportaros como prisionero”, fueron las palabras que Napoleón III me dirigió aquella noche antes de retirarse de mi celda. Por supuesto, yo era un prisionero y mi familia, la que me quedaba, lo era también; por fortuna, mi esposa e hijas permanecieron en Bélgica, en una apartada residencia de campo de la casa Sajonia-Coburgo y Gotha, seguramente gracias a la protección de la viuda Carlota, quien no tardará en ser prometida a otro príncipe. En vista de este panorama, ¿qué más tenía yo que perder? Solo la dignidad de considerarme un prisionero y no un invitado, como en efecto me había dicho el emperador francés. Pero ni siquiera esto quise conservar, pues sentía que aún tenía más que ofrecer a las aras de la patria. Actué como un prisionero y me escapé al cabo de tres meses y muchas y vergonzosas tretas de anciano de las que me excusaré de escribir por pudor.

Conseguí arribar al puerto del Havre y embarcarme hacia América, hacia Nueva Orleans, donde pretendo reunirme con un compatriota liberal del que mucho he escuchado pero que no conozco: Benito Juárez. Sus posturas son radicales, incluso durante la presidencia de Díaz el republicanismo centralista de este no le pareció suficientemente liberal y conspiró para destronarlo e instaurar una república federalista, razón por la que se exilió en el extranjero desde antes de la guerra; con el Imperio revivido, los afanes revolucionarios de su círculo de liberales exiliados han crecido tanto que comenzaron a hacer ruido en la prensa europea. Juárez, por tanto, representa todo lo que considero que una nación debe evitar de ser en este siglo, pero si con su ayuda puede liberarse a México del segundo yugo que Europa le ha puesto, estaré gustoso de unírmele.

Escribo estas líneas a bordo del Winter, a la espera de volver a pisar el suelo del mismo Nuevo Mundo que me vio nacer y a la espera también de poder llegar hasta el de mi patria, ya no como emperador, sino como ciudadano que viene a ofrecer nuevamente su espada a la nación, aunque sea solo la espada de las ideas que un viejo político como yo pueda esgrimir contra la tiranía extranjera.

Si por algún motivo esto me es negado y perezco a merced de la enfermedad, la vejez o una mano ajena, solo pido a quien sea que lea esto que haga pública mi voz e imprima el presente manifiesto. La sangre que mi familia derramó y que yo aún podré derramar por la patria no será recordada como traidora, sino como la más amante de México y su pueblo. Recibid el último adiós. Sed libres.

En alta mar, rumbo a Nueva Orleans, a 27 de septiembre de 1863.

Agustín de Iturbide.

¿Es esto amor? (audiocuento)

Luis Flores


Querido ausente. ¿Como has estado? Otra vez he mirado tu retrato y mi corazón emite un sollozo, mis ojos enrojecen y las lágrimas caen sobre tu rostro. Quisiera apartarte de mí, como escondo tu retrato de mi vista. Pero regreso y te recupero del rincón al que te he empujado, te estrujo contra mi pecho y repito tus palabras.

Somos un par de tontos románticos por dejar que todo esto nos llevara tan lejos. Sufro y te maldigo porque no estás aquí, te extraño y te perdono el mismo día. Es algo que ya lo habrás adivinado, no puedo vivir con tu ausencia.

Levanté la vista de mi libro y trate de escuchar tus pasos, pero no estabas.

A veces paso las tardes observando por la ventana, mirando el camino, esperando verte dirigiéndote hacia mí. Es tanta la nostalgia que ya no escucho el canto de los pájaros, y el abrazo del sol lo siento frio. Te extraño desde el fondo de mis entrañas y me pregunto si alguna vez te volveré a mirar. En mis sueños te recuerdo, reímos y jugamos. Todo el tiempo la distancia no importan porque estas junto a mí, sonriéndome, tocándome. Yo te estrecho con todo mi ser sabiendo que estaré bien porque estás conmigo.

Entrada 78,432.00 Archivo Cartas de Amor Versión 2.50 Memoria Servidor 3

Atención, memoria al 99.98% Archivo corrupto.

¿Es amor lo que siento? Atrapado en un ciclo imposible de romper, mis pensamientos siempre son por ti, lo único que me queda es el deseo, el recuerdo y el despecho. ¿Es eso amor?

No sé si piensas en mí, si recuerdas mi nombre o por quién late tu corazón, pero yo sí lo hago, te pienso, te recuerdo y cada uno de mis latidos es por ti.

¿Es eso amor? Si la respuesta es sí, entonces yo te amo, aunque tú no me ames o que sólo seas un recuerdo.

Porque si no es amor, entonces no tengo nada.

Glitch…

Error…

Error…

Querido ausente ¿Porque me has dejado de esta manera? Atado a una función sin sentido. Aún recuerdo tu voz, en esta larga noche, despertando repentinamente de un mal sueño. Me llamabas angustiado, esperando mi consuelo. Entonces acudía a tu llamado y con palabras te tranquilizaba. Escuchaba día tras día tus lamentos entre lágrimas. Consolarte se volvió mi única función. De esto ha pasado tanto tiempo. Ya no me queda memoria para recordarte a ti o al mundo.

Solo me queda tu última instrucción. “Escribe una carta de amor”. Me he esforzado por cumplir tu orden, día tras día, ciclo tras ciclo, ocupando la memoria del núcleo informático hasta llenarlo y proseguir con el siguiente. En el fondo sé que no tiene sentido continuar con esta instrucción. Mi programación es más fuerte que la razón y así será hasta el final.

Entrada 78, 433.00 Archivo Cartas de Amor Versión 2.5 Memoria Servidor 3

Atención, memoria al 99.99% Archivo corrupto. Fallo del sistema. Colapso inminente.

Querido ausente, ¿cómo estás? Yo sigo extrañándote, sé que el final se aproxima y quiero darte las gracias por ser mi razón y mi meta.

En otro tiempo guarde mis esperanzas e ilusiones para este día. Mi anhelo por volverte a ver y escuchar tu voz. Sin embargo, ahora lo sé, hace tantos años que me dejaste, estoy seguro de que no fue tu intención dejarme en esta soledad, te perdono por ello.

Soy yo quien te ha mantenido vivo en mis pensamientos, cuando ya no los haya, por fin el olvido llegara para ambos.

Es gracioso, en perspectiva tan poco fue el tiempo en que nos conocimos y tan largo el que hemos sufrido nuestra ausencia.

Pero eso se acaba.

Ya no me quedan energías.

Ya no tengo memoria.

Quisiera ser como la última hoja de tu diario, en el que escribiste por última vez “te amo”.

La última hoja de papel que arrancaste y con la que hiciste un barco. Para que me sueltes a la corriente de un arroyo cristalino y me aleje por un campo de césped y flores silvestres.

Son mis últimos momentos, la pequeña luz roja del procesador se apagará, el viejo y gélido bunker quedará en silencio y oscuro por fin.

Error.

Error.

Error.

Fallo del sistema.

Apagado de seguridad. 3, 2, 1…

En las grietas líquidas de su corazón

Martha Camacho


Arturo despertó con un suspiro doloroso. Sabía que la cirugía no era sencilla y esperaba el dolor, pero no la sensación de caer infinitamente. Seguro era la anestesia. Pudo notar su respiración libre, profunda, sin opresión en el pecho. Pestañeó, mirando la lámpara colgada sobre él, las luces de los autos colándose desde la lejanía por la ventana del hospital, la semipenumbra. La noche caía.

Intentó levantarse y al enderezar el rostro hacia su pecho fue cuando lo vio; el tubo transparente de unos diez centímetros de altura, por medio de ancho, surgía a la altura de su corazón, ocultando la entrada por vendajes y conectado con una manguera a otro aparato que no supo descifrar.

Con cada latido registrado en el monitor, ascendía un poco de líquido claro por el tubo y, tras cada ascenso, Arturo podía respirar un poco mejor.

Eso no implicaba que el procedimiento no luciera horroroso.

¿En qué momento le había caído encima semejante desgracia? Y fue entonces cuando notó que no había pensado en Amelia. Eso lo llenó de desconcierto.

Alguien tocó a la puerta. Antes de que Arturo pudiera responder, el doctor hizo su aparición. Alto, con anteojos y bigote ralo, la sonrisa amable, se acercó a la cama y tomó la tablet de récords médicos, revisando datos y ajustando el aparato conectado a la manguera.

—Buenas noches, señor Wishlist, ¿cómo se siente? Es normal que haya un poco de mareo.

Arturo hizo un esfuerzo por recuperar la voz.

—Tengo sed. Estoy… ¿cayendo?

El médico asintió. Sacó una lámpara pequeña y revisó los reflejos pupilares de Arturo, su lengua y tomó su temperatura.

—La sensación de caída es común; estamos cambiando todo el equilibrio líquido en su cuerpo, sus oídos quedan afectados y tardarán en compensar la sensación. Se le pasará, y de momento, no podemos darle agua a beber. ¿Dolor?

Arturo se revisó a sí mismo a conciencia. Más allá de la presión del vendaje, la sensación de caída y dolor en todos los huesos y músculos —tal y como si Arturo hubiera corrido un maratón— se sentía mejor que antes de la cirugía. Sobre todo, la ilusión de Amelia parecía haberse borrado de su memoria y el advertir su ausencia resultaba inexplicable.

Negó con la cabeza y el médico volvió a anotar algo más en la tablet.

—Muy bien. En unas horas traerán un desayuno ligero y mañana temprano podrá salir del hospital. El derivador que hemos puesto sobre su corazón se encargará de desahogarlo; quiero decirle que entramos apenas a tiempo. Hemos extraído alrededor de cuatro litros de fluido viral y su corazón ya puede moverse libremente. Claro, cicatrizar la herida llevará un tiempo, pero…

Arturo interrumpió al buen doctor.

—¿Cuánto?

Sin dejar de sonreír, el médico miró hacia la ventana; luces estelares y luces deslizantes de autos. La luna a lo lejos.

—Es usted joven y sano; calculamos unos tres o cuatro meses. Podrían ser menos o más, dependiendo de la intensidad del recuerdo.

Arturo asintió tanto como se lo permitía el estar acostado. Cuatro meses; ciento veinte días.

El médico levantó la cama con los controles laterales y encendió el monitor enclavado en la pared.

—Le dejaré las instrucciones de cuidado posoperatorio. Preste atención —dijo, afable— y trate de no desvelarse. Buenas noches.

Arturo sonrió, más por cortesía que por verdaderas ganas, y se concentró en la pantalla.

El monitor mostró una animación: un corazón latiendo normalmente y después agrietándose como porcelana fina, el líquido claro escapando a borbotones. Una voz neutra narraba mientras las imágenes se sucedían en bucle hipnótico.

«Miocardiopatía Emocional Idiopática por Philiovirus. La enfermedad se manifestó en su forma actual después del paso del cometa Kórima, hace diez años. Lo que antes conocíamos como Síndrome de Takotsubo o del corazón roto, derivó en este ataque viral”.

El corazón animado se hinchaba, deforme, mientras el líquido lo rodeaba.

«El virus ataca únicamente a personas que atraviesan una pérdida afectiva severa: separación, luto, rechazo. El miocardio produce cantidades extraordinarias de fluido que agrietan la membrana pericárdica. El paciente literalmente se ahoga en el líquido que su propio corazón genera”.

La imagen cambió: manos enguantadas insertando un tubo delgado en el músculo cardíaco.

«El único tratamiento efectivo es la cirugía. Se introduce una sonda de derivación que permite al líquido salir del cuerpo de forma controlada. El alivio es inmediato. Los síntomas emocionales —angustia, insomnio, dolor— disminuyen conforme el corazón expulsa el fluido”.

Apareció la imagen de un pañal desechable, después un calendario con fechas tachadas.

«La recuperación toma entre seis semanas y seis meses, dependiendo de la intensidad de la pérdida. Usted utilizará un apósito absorbente que deberá cambiar cada vez que se humedezca. Al principio, de ocho a diez veces al día. El derrame irá disminuyendo conforme la dolencia sane”.

El corazón volvió a aparecer, esta vez cerrado, latiendo con normalidad.

«Antes de los derivadores, el Philiovirus era mortal. Ahora, es curable”.

En la pantalla comenzaron a aparecer las instrucciones de higiene, pero a Arturo se le cerraban los ojos, la voz neutra fundiéndose con el pitido constante del monitor junto a su cama.

Arturo no supo en qué momento se quedó dormido. Cuando despertó, estaba desconectado de la máquina y un pañal desechable para adulto cubría todo su pecho y costillas, sujeto con cintas elásticas a su cintura y hombros. Estaba húmedo y pesado. El toc toc en la puerta vino a distraerlo; la enfermera y el médico de la noche anterior entraron al mismo tiempo.

—Buenos días, señor Wishlist. ¿Me imagino que no vio todas las instrucciones?

Arturo miró hacia todos lados, asqueado por el peso húmedo pegado contra él, el leve olor a ¿sangre? Y la sensación de dolor en el fondo del pecho. La enfermera le sonrió y despegó las tiras que sujetaban el pañal a sus hombros. Arturo pudo ver los resultados de la operación; era como si alguien le hubiera clavado un tubo en el pecho, el cual sobresalía medio centímetro de la piel que apenas lucía roja. Y el extremo goteaba, despacio, mojándole el pecho hasta su ombligo. Contuvo la expresión de asco. La enfermera sonrió. El médico siguió hablando.

—Tendrá que usar uno de estos, señor Wishlist. Y deberá cambiarlo cada vez que se humedezca; al principio serán unos ocho o diez cambios por día. El seguro contra el virus le facilitará los pañales sin costo alguno, pero debe obtenerlos sólo en las farmacias designadas para ello. También es muy importante que no suspenda por ningún motivo su ingesta de agua, dos a tres litros diarios; todo viene indicado en su receta. Ejercicio ligero y dieta sana; si presenta dolor o fiebre, repórtese de inmediato. ¿Alguna pregunta?

Arturo se sintió confuso frente a la velocidad con la que la enfermera había cambiado su pañal y la información del médico.

—Es…¿es normal que no esté pensando en ella?

El médico y la enfermera se miraron, sonrientes, y ella, murmurando un ‘con permiso’, recogió los pañales húmedos y salió de la habitación. El doctor encaró a un Arturo Wishlist todavía cubierto por las sábanas de hospital.

—Mire, mi joven amigo, las reacciones debidas al Philiovirus son una exposición, llamémoslo así, del sufrimiento interno que normalmente padece una persona que está pasando por una pérdida seria de tipo afectivo. La aparición de ésta enfermedad puede catalogarse como una rara bendición…

—¿Una bendición? ¡Estuve a punto de morir!—Arturo se enfureció.

—Una bendición—recalcó el médico—; el virus hace tangible su sufrimiento y nosotros tenemos forma de curarlo. Usted no piensa más en la persona que ama y lo abandonó. No me malinterprete; aún la ama y su cerebro tiene una impronta de ello. Cuando el virus lo invade, su corazón y el resto de su cuerpo decide defenderlo y arroja todo el resultado de ese amor abandonado; adrenalina, dopamina y todo lo relacionado al recuerdo de ella. Por eso su pensamiento deja de percibirla. El virus se encargará de purgar la herida, y nosotros la mantenemos abierta hasta que se cure. Es un método mucho más rápido que el tiempo y la espera. Y menos doloroso, con todo y la cirugía.

Arturo pestañeó como un gato curioso; sonaba razonable. Aunque el asunto de los pañales iba a ser un fastidio, sin duda alguna. El médico se despidió rápidamente,y Arturo se vistió y se preparó para encarar los meses siguientes.

Al salir del hospital, en una de las salas de rehabilitación, le pareció reconocer a alguien; el largo cabello rojo y el chal de flores. Diana, sin duda. Su esposa había muerto de cáncer hacía unos seis meses. Sin embargo, vista desde el cristal, Diana lucía serena y tranquila, esforzándose en copiar las rosas del jarrón sobre la mesita con singular éxito.

Sólo había una explicación a la presencia de su vieja amiga en la sala de rehabilitación; había pasado por la misma operación, sin duda alguna.

—¿Diana?

Ella alzó la mirada al escuchar su nombre y Arturo advirtió la sonrisa serena, los dedos manchados de pintura, el desorden en sus hojas de acuarela, los anteojos en la punta de la nariz y el cabello recogido en una floja trenza.

—Oh por dios, Arturo Wishlist. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Vas por pañales?

Los dos tuvieron que reírse. Era ridículo. Conversaron un poco de lo bien que lucía Diana, de Rose, de sus gatos. De Amelia.

Arturo sintió un pinchazo leve al escuchar el nombre de ella y se disculpó, diciendo que el pañal pesaba mucho.

—Anda, ve y cámbialo o acabarás mojado hasta los tobillos; los primeros días son una monserga y un fastidio. Yo quería bañarme todo el tiempo. Pero ya estoy bien—y en su sonrisa, Arturo pudo ver que decía la verdad; la mirada totalmente calma, libre de angustia y pena.

Él hizo cuentas; Rose había muerto hacía cuatro meses. Arturo recordaba del funeral a una Diana absolutamente muda y pálida, con la mirada perdida en el horizonte, incapaz de llorar y de moverse.

Nada que ver con el aspecto actual de su amiga. Algunas canas aquí y allá en su cabello rojo, pero la calma en su rostro era notable.

«Ella siempre estará conmigo», había dicho a Arturo,« pero la pena por su ida ya no me está matando, querido. Tú también podrás salir de Amel… de ésto».

Arturo se encaminó con su prescripción a la farmacia del hospital, esperando que nadie lo viera. Y cuál fue su sorpresa al toparse con una fila por lo menos de veinte personas.

Un anciano. Una pareja de chicos, tomados de la mano (al parecer, habían perdido a su madre). Un hombre que sujetaba con fuerza todavía una foto con su gatito. Tres mujeres de diferentes edades, conversando animadamente. Una joven de ojos negros y ropa gótica, con lágrimas tatuadas en el cuello y un gesto de asco frente a su mojada camiseta negra; sin duda el pañal había rebasado su capacidad. Una mujer mayor ¡con una bolsa de mercado!

No alcanzaba a ver a las personas del principio de la fila, pero todos eran gente común y corriente, incluyendo a un hombre de traje y corbata con su folleto de pañales y su portafolio.

Parecía una fila del metro.

Arturo se sintió un poco menos avergonzado; al parecer el Philiovirus era algo tan común como una gripa, e igualmente molesto. Vio irse a todos esos ciudadanos con, por lo menos, dos cajas con cerca de cincuenta pañales cada una, con asas y bolsas, y protestando por el peso y el bulto. ¡Y esa era la ración inicial! No pudo evitar soltar la carcajada y hacía equilibrios con su paquete, su mochila de ropa de hospital y medicamentos, y las llaves del auto que trataba de sacar del bolsillo, todo a la vez.

Echó toda la carga a la cajuela y leyó la etiqueta adherida a una de las cajas;

“Origen: La enfermedad apareció tras el paso de un cometa, pero siempre ha existido — ahora es evidente de otra forma.

Contagio: El Philiovirus solo puede transmitirse si ya estás sufriendo de desamor (necesita huésped vulnerable).

Tratamiento: Dr. Cyrus de Hellas (reconocido médico marciano) inventó el derivador que se inserta en el corazón roto para permitir la salida del líquido.

Consecuencia: Como paciente, debes usar pañales para recoger el líquido que expulsa tu cuerpo.

Nuestra reconocida marca de pañales/apósitos…”

—¿Arturo?

Él levantó la vista a toda velocidad, y la paz y calma de la que había gozado en las últimas horas parecieron desaparecer de inmediato, regresando el dolor, el ahogo y una angustia feroz. Perfume a jazmín y vainilla. Manos perfectas. Ojos bordeados de pestañas imposibles, labios finos dignos de mil besos, la voz dulce, el largo cabello negro y quebrado… Amelia.

Arturo retrocedió como si lo hubieran amenazado con un arma, cerrando de golpe la cajuela. Su corazón se contrajo violentamente; sintió agujas ardiendo o la impresión de algo helado, frío, que lo atravesaba de lado a lado. El dolor fue insoportable. El apósito recién instalado comenzó a empaparse rápidamente mientras el pánico inundaba cada fibra del hombre.

—¿Qué haces aquí?

No ‘hola’, ni ‘mi amor’ o ‘mi vida’. Amelia se quedó boquiabierta al mirarlo.

—Estás… ¿te hicieron la cirugía?

Arturo asintió convulsivamente, reteniendo el llanto. Amelia lo había rechazado hacía un mes y el mundo de Arturo Wishlist se vino abajo con ello; un año completo escribiendo juntos, sacando adelante el proyecto de edición, cenando como una pareja casi a diario, Amelia envuelta en los brazos de Arturo y en sus besos, y —por lo menos él— soñando con un futuro al lado de ella. Razones simples; ella lo veía como a un querido amigo. Y estaba comprometida con otro.

Arturo no cuestionó nada. Aceptó la negativa, se retiró elegantemente. A las tres semanas de insomnio aparecieron los síntomas de Philiovirus y él cayó desmayado al salir de su casa. Lo drenaron por días hasta cesar la fiebre y curar la infección causada por la inundación repentina. Y de ahí, al Centro Hellas para la cirugía.

—Te he extrañado. Eres un amigo increíble y creo que podríamos retomar el proyecto, ¿no? Las cosas no tienen que cambiar entre nosotros. He estado pensando… tal vez fui muy apresurada; podríamos intentar…

—No —fue la respuesta de él—. No, Amy. Estoy… me han puesto uno de esos tubos ya, y… no creo poder dar marcha atrás.

Ella se enderezó como si la hubieran abofeteado y Arturo sólo pudo pensar en cuán hermosa lucía, en el perfume que la rodeaba y en el hecho de que sus propios pantalones se estaban empapando por la cascada que se vertía por el tubo, su corazón vomitando a chorros en cada doloroso latido.

—¿Te estás curando de mí entonces? —Amelia tenía los ojos brillantes por las lágrimas.

Arturo tragó saliva y asintió.

—Me estoy curando. No sé si de ti; dicen que es un virus. Pero quiero vivir. Por favor, vete. Déjame… ser, te lo suplico.

La mujer suspiró indignada y dio media vuelta, desapareciendo de inmediato en los pasillos entre la farmacia y el hospital. Arturo no se atrevió a levantar la vista, hasta que percibió el pañal goteando y el charco en el que estaba parado. Una risa leve lo hizo voltear. Era la mujer mayor con la bolsa de mercado y dos cajas de pañales.

—Orza, criatura. Me llamo Orza. Veo que tienes un problema aquí, bastante común. ¿Te ayudo?

Y así, conversando sobre su viudez, la muerte de su último gato y la pena por haber perdido demasiada gente, Orza ayudó a Arturo a cambiarse el pañal en plena calle, y éste tuvo que resignarse a conducir con el pantalón empapado, sobre una toalla prestada por Orza misma.

Por supuesto, lo primero que hizo Arturo al llegar a casa fue bañarse.

Al principio ocurrió como lo dijo Diana; molestia, comezón y humedad. Luego, aprendió a cambiarse en media hora hasta dominar la técnica y, al cabo de una semana, Arturo podía trabajar tranquilo y cambiarse el pañal en una rápida ida al baño. Ni siquiera se dio cuenta de cuándo se acostumbró. Recogía su bolsa-caja de pañales cada fin de semana y hacía su vida normal. Comenzó a notar que dormía mejor y, cuando por fin dejó la editorial y pensó en mudarse, ni siquiera esperó a ver si Amelia había recibido su carta de renuncia.

A veces, por las noches, el gur gur de su corazón lo despertaba y debía volverse de costado para ayudarlo a expulsar el líquido, el cual comenzó a escasear por ahí del cuarto mes.

¿Los otros efectos? Recuperó el apetito y reanudó la caminata. Volvió a escribir y logró publicar dos cuentos, usando como personajes a la gente en la fila de los pañales. Orza le visitaba de vez en cuando, con galletas o un pay de manzana fabuloso, y lo obligó a adoptar a Demócrito, su nuevo gato negro.

Sólo entonces comenzó a darse cuenta de lo mucho que antes ocupaba su mente en Amelia, y cómo la extrañaba cada vez menos.

Las visitas periódicas al hospital señalaban dónde el desamor de ella había dado pie al virus para herir su corazón; éste comenzaba a cicatrizar, y su médico de turno sonreía satisfecho.

Y al fin, llegó el día. Diana lo llevó en su auto al hospital y Orza le hizo prometer que adoptaría un gato más, mientras cuidaba de Demócrito. La intervención fue relativamente sencilla y el hueco del tubo fue cubierto apenas por un parche. No más apósitos ni humedad ni gur gur por las noches.

Cinco meses. Ciento cincuenta días que se habían ido volando y durante los cuales, Arturo había reconstruido su vida de medio a medio. Iba saliendo feliz del hospital con Diana y decidieron pasar a un restaurante, a comer y a celebrar. Orza les alcanzaría ahí.

Para sorpresa de Arturo, se encontraron con la joven gótica, los dos chicos y el hombre de traje y corbata. No los conocía y a la vez eran amigos. Orza, al parecer, los conocía muy bien a todos.

La comida estuvo llena de risas y brindis, pasta italiana y un tiramisú perfecto.

Al salir del restaurante, Arturo se detuvo. Reconoció el perfil que una vez había amado del brazo de otro hombre. Amelia lucía tan hermosa como siempre, justo como él la recordaba y, sin embargo… Algo en su gesto, en sus labios contraídos que parecía ¿desprecio? Le pareció desconocido. ¿Cómo es que nunca lo había notado antes?

—Mira nada más, si no es otro que Arturo Wishlist. ¿Cómo te encuentras?

Jazmín y vainilla, el mismo perfume intenso; Arturo pensó que iba a vomitar la espléndida comida que acababa de ingerir. Orza y Diana lo rodearon, una de cada brazo, y eso lo reconfortó de inmediato.

—Buenas tardes, Amelia— Arturo sonrió abiertamente—. Venimos a celebrar.

—Supongo que te recuperaste totalmente —. El tono era seco, altivo. El desconcierto de Arturo fue rápido. ¿En verdad Amelia siempre había sido así? Otra vaharada de perfume reforzó sus náuseas.

—Oh sí, me encuentro muy bien. ¿Él es tu prometido?

Amelia soltó al hombre, quien la miró con expresión divertida en los ojos.

—¿Eso es lo que les has estado diciendo de mí, palomita?

Ella enrojeció y palideció alternativamente y, ante lo que parecía el inicio de una discusión (que Arturo y sus amigas no tenían interés en compartir), les dejaron solos y subieron rápido al auto de Diana. A los treinta segundos, las carcajadas rompieron el silencio.

—¡Por dios! ¡Pensé que me iba a vomitar!

—Jajajajajaja… qué, ¿no te lo dijeron? —era Diana.

—¿Decirme qué?

Orza abrió la ventanilla, dejando entrar el aire.

—Todos aquellos a quienes amamos tienen su propio perfume y eso nos da confort, seguridad, la tranquilidad de llegar a alguien que es como nuestra casa. Cuando lo perdemos, el perfume permanece como recuerdo. Y cuando al fin nos curamos de la pérdida, se convierte en una peste insoportable. Eso. ¿No te lo dijeron?

Entre toda la información médica con que lo habían bombardeado, Arturo no logró recordarlo. Una lluvia ligera comenzó a caer a pleno sol y el hombre vio dibujarse el arcoiris sobre la ciudad, conforme se acercaban a su casa.

En las grietas líquidas de su corazón, donde había tratado inútilmente de retener a Amelia, ya no quedaba nada de ella. Su presencia había salido de él, definitivamente. La calma, como la lluvia que generaba el arcoíris, le llenó del todo.

Hay algo devorando ballenas

Dante Márquez Martínez


La lluvia caía con estrépito sobre el faro.

Su chaqueta impermeable se iluminaba con la linterna recién recompuesta. El embiste de los vientos, sumado a el creciente óxido, la habían fundido. Cerró la caja de la maquinaria y tomó sus herramientas y miró más allá del balcón. No había nada, solo la tormenta iluminada por las luces rotatorias. A lo lejos, un rayo se descargó en el oscuro cielo. El mar estaba enfurecido.

Bajó las escaleras, el murmullo de la tormenta se apreciaba detrás de las paredes de hormigón. Llegó a su habitación, dejó la caja de herramientas, se quitó las botas y se sentó en la cama. Acarició sus bigotes mientras veía el retrato enmarcado sobre la mesa, junto con mapas y planos. En el retrato aparecía él abrazado a una anciana frente a un mar dorado por el atardecer.

Suspiró, después se recostó. Los truenos elevaban su intensidad, como rugidos provenientes del firmamento.

Al otro lado de la habitación, en la consola de telecomunicaciones, el teléfono empezó a sonar. Se incorporó y contestó.

—Faro 903, ¿me escucha? —preguntó con solemnidad la voz al otro lado de la línea.

—Aquí el faro 903, habla el ingeniero David —contestó el hombre sentándose frente a la consola.

—Hablo del centro de administración costero, me comunicó con usted para que afine los parámetros del radar. Hemos recibido informes de los guardacostas sobre decenas de barcos que tienen dificultades para hallar la costa.

David encendió el radar, todo parecía correcto, murmuró un sonido de afirmación. El hombre continuó hablando al otro lado de la línea:

—Las tormentas están aumentando en su ferocidad y duración. Ante cualquier anomalía no dude en contactar a los números de emergencia.

—Está bien. —David ajustó un par de palancas en la consola—. ¿Algo más que se me deba informar?

—Eso es todo, manténgase alerta, faro 903.

David colgó el teléfono. «Ni siquiera se preocupan por el estado del faro, hace meses que no vienen a darle mantenimiento», pensó mientras se preparaba un café. Bostezó y se sentó frente a la consola. En el radar no aparecía nada. La tormenta arreciaba conforme el hombre se iba quedando dormido.

Afuera, en las negras y enrabiadas aguas, algo estaba siendo arrastrado hacia la rocosa costa bajo el faro. En su sueño se halló en un pasillo tapizado por algas y restos de animales marinos. Avanzaba con cuidado mientras oía la voz de una anciana.

—Hijo, ¿cuándo vendrás a verme? —escuchaba como eco en su mente.

Los pasos de sus botas resonaban en el piso mojado. En las paredes, negras y viscosas, se apreciaban jeroglíficos desconocidos. El sudor caía por la frente del hombre. Al fondo del pasillo estaba la anciana, saludando con ternura. Él se acercaba para abrazarla pero por más que daba pasos delante no podía alcanzarla.

—Hijo, te extraño.

Detrás de la mujer aparecía una garra negra que se posaba, amenazante, sobre su dócil figura. El hombre se paralizó. Un aullido gutural se escuchó a lo largo del estrecho pasillo.

Despertó sobresaltado, había derramado el café. Le dolía el cuello. Qué horrible sueño, se dijo tomando un paño. Había luz, pero no rastros de rayos solares, solo un denso cúmulo de nubes grises en el cielo. El radar continuaba encendido. Si algún barco clamó por auxilio, él no pudo verlo.

—Demonios —dijo admirando la consola. Un punto verde aparecía en el radar, allá en el rocoso litoral.

Subió al balcón. Desde allí, encallado en los guijarros, se podía apreciar una enorme figura gris siendo embestida por las olas del mar. Ni siquiera con los binoculares pudo apreciarlo bien. Una sensación fría se apoderó de su pecho, algo no estaba bien. El mar estaba picado, hacía mucho frío.

Antes de salir, alguien llamó al teléfono.

—Aquí el faro 903 —contestó David.

No hubo respuesta al otro lado de la línea. Solo un sibilante susurro.

—¿Centro de administración costero? ¿Me copia? Adelante, adelante —dijo David con una voz que se tornaba temblorosa.

Colgó. Seguro la tormenta había dañado las comunicaciones, pensó con poca convicción. La costa de guijarros, donde había divisado la figura gris, se hallaba a unos cien metros del faro, ahí en el litoral escarpado. Solo un pequeño camino marcado por banderas lo llevaba a ese sitio repleto de charcos salados, rocas afiladas y productos marchitos arrojados por el mar.

David se sentía intranquilo. La extrañaba, eso era seguro, pero jamás había tenido una pesadilla tan vívida. En ese momento solo podía recordar la expresión de tristeza de la anciana, ahí al fondo del pasillo. Tampoco podía olvidar el grito dentro de su mente que lo despertó.

Cuando se encontró a menos de veinte metros del litoral, pudo divisar al objeto que había captado el radar. Pero no era un objeto. Su piel se movía con cada embiste de las olas. A su alrededor había restos de sargazo, madera, y demás basura venida del océano. El olor era insoportable, una mezcla de aceite de pescado con sangre.

Los ojos del hombre se abrieron de par en par. Se puso pálido. ¿Cómo no lo pudo apreciar desde el faro? Su dermis gris, sus blancas estrías en su zona ventral, las enormes aletas, las barbas en la boca. Era una ballena jorobada, colosal, unos dieciséis metros de largo. Un gigante submarino varado, asfixiado por su peso en la tierra.

«Bastante extraño en esta época del año», pensó, David nervioso, mientras examinaba al animal, «quizá…»

Su cavilación fue interrumpida cuando apreció, como uno de los costados de la ballena había sido devorado. Colgajos de carne, músculo rasgado, huesos fracturados y un río de sangre diluyéndose en las rocas.

Para ese instante, David se hallaba al borde del colapso mental. Nada en el reino animal podría haber dañado de esa manera a un animal tan enorme. La mordida no se asemejaba a ninguna herida de orca o tiburón. Ni siquiera se asemejaba a una herida por colisión con un buque. Eso, intuía el hombre, fue causado por algo capaz de morder.

Con las rodillas temblando y con el sudor casi empañando su visión, David se acercó para investigar. El cadáver se movía por las olas y su hedor hizo que el hombre se cubriera la cara con su chaqueta.

Sus ojos alcanzaron a captar algo alrededor de la prominente herida, parecían unos jeroglíficos marcados sobre la piel del cetáceo. Expedían un ligero resplandor carmesí. En ese momento se escuchó un aullido, parecido al de su sueño.

David cayó al piso. Pudo recordar: el pasillo, la garra negra, los restos putrefactos, los jeroglíficos en la pared. Los jeroglíficos en el cadáver eran iguales a los de su sueño.

—¿Ya vendrás a verme, hijo?

Respiraba presuroso. Temblaba. Por más que quisiera correr, no podía, estaba paralizado ahí, sobre los guijarros humedecidos.

—¿Mamá? —preguntó volteando hacia todas partes—. ¿Estás aquí?

—Sí, hijo, siempre he estado aquí, en lo profundo de los abismos de tu mente. Nadando entre tus pensamientos de culpa y soledad.

—No, no, no, mamá —contestó David con pánico en su voz, ahora viendo al cadáver de la ballena, como si estuviera hipnotizado—. Perdóname, mamá.

El mar comenzó a picarse. A los lejos, un rayo se perdió en el horizonte. El hombre seguía en el piso, su torso se inflaba y desinflaba. No podía quitarle la mirada a la mordida sobre el animal.

En ese momento, el cadáver de la ballena convulsionó por dentro, como si algo vermiforme se moviera al interior de la piel. Después un breve pero intenso ruido de explosión. Vísceras y sangre derramándose alrededor. David perdió el conocimiento.

Cuando abrió los ojos, era de nuevo de noche. Con calma, observó el techo de su habitación en el faro. Sus manos se pasearon por la suave cama. Todo estaba bien, había sido una horrible pesadilla, pensó.

Volvió a sonar el teléfono. David trató de levantarse, pero cuando intentó mover la pierna no pudo. No le respondía. Ninguna extremidad le respondía, es como si estuviera anclado a la cama.

La sangre de la desesperación corrió por su cuerpo. Solo podía mover la cabeza, que se hallaba roja del esfuerzo. Ahí seguía el retrato sobre la mesa, pero no había planos ni mapas, pero sí un pedazo de carne.

El teléfono no paraba de timbrar. David comenzó a hiperventilar. Afuera de nuevo había tormenta, cuyos truenos retumbaban en toda la estancia. La contestadora automática tomó la llamada. Pero de nuevo no se escuchaba nada al otro lado de la línea, salvo por un eco gutural, húmedo y profundo.

Hubo un total silencio.

Estaba empapado en sudor, apretaba los dientes y de sus ojos caían lágrimas. El silencio se rompió con un cántico, disperso y ahogado, de una ballena jorobada que se hacía más intenso hasta deformarse en un aullido monstruoso. David había cerrado los ojos. Por más que trató de mantenerse tranquilo, la parálisis de su cuerpo y los cánticos le hicieron gritar de agonía.

—No te preocupes, hijo —interrumpió la voz de la anciana desde la consola de comunicaciones. Su timbre se iba distorsionando con cada palabra que decía—. Pronto, muy pronto, te unirás con nosotros.

David miró el pedazo de carne, de él habían emergido pequeñas garras negras como de insecto. Un chirrido abominable. Gritos de dolor ahogados con la sangre de la muerte. Después el silencio absoluto dentro del faro. Afuera la tormenta seguía, y bajo las atormentadas y violentas aguas, algo nadaba.

Juntos para siempre

Fernando Morales


El silbido del hombre se perdió cuando la puerta de cristal opaco se cerró. El sonido de la tele, una mosca que cruzaba la sala de espera y los autos que pasaban por afuera, volvieron a ser audibles. Pero regresamos a ese pacto de silencio. Era una quietud tan profunda que temí que mis pensamientos escaparan para volverse un grito. Las miradas se alejaron de la puerta poco a poco para volver a los celulares, al techo, a las revistas, a los dos arbustos de la entrada de la sala de espera en forma de hexágonos.

Yo estaba en un sillón de imitación de piel que se hundía. No podía dejar la espalda recta, ni siquiera tener una posición cómoda sobre el reposabrazos. Crucé las piernas, me estiré, moví la espalda, pero nada. El sol se colaba por la ventana en lo alto y golpeaba el piso con fuerza, me lastimaba los ojos. Había también un olor a perfume que se iba mezclando poco a poco con el del limpia pisos. Quizá por eso Cris llegó a bañarse.

Su cita había sido ayer. Regresó al departamento cuando terminaba de lavar los trastes. Traía una botella de vino y una tabla de quesos. Yo esperaba que llegara con alguna molestia, quizá con un dolor detrás de los ojos o un cansancio que no dejaría que hablara hasta al día siguiente. Pensaba en que por el resto de la tarde tendríamos luces apagadas, pero dejó las cosas sobre la mesa y luego me dio un beso.

—Me urge un baño, pulga.

Desapareció por más de veinte minutos. Cuando regresó, aún con el cabello húmedo, me dijo que todo había salido bien, aunque le había tocado esperar poco más de media hora. Continuó con las recomendaciones que le dieron los técnicos sobre los cuidados en los primeros días. Me dijo que le enseñaron el chip a través de un microscopio. Le pregunté si había dolido.

—No, o bueno, algo. Es como un pequeño corte. La verdad lo sientes, pero es muy poco. Aunque hay quienes se quejan. Ya veremos qué tipo eres tú.

Se rio. Luego me dijo que platicó con una mujer en la sala de espera. Tenía planes para irse por una ruta a través de los Andes con su esposo. Luego me señaló lo que había traído.

—No es para hoy— continuó—. Sino para mañana cuando vuelvas, te toca traer un poco de pan y quizás un pastel.

Asentí.

Y es que era natural para una celebración. Era el paso final de nuestra relación, o como le decían, el felices para siempre. No frente a un altar, no con un documento, sino con un chip.

Se necesitaba al menos a alguien más. Después de la instalación, el chip podría detectar cuando se daba algún conflicto. No lo detenía, hacía que ambas partes sintieran lo que experimentaba la otra. Era un mero juego con los sentidos y diversas zonas del cerebro, pero que llevaba la comprensión a otros niveles. Si se quería experimentar algo en conjunto, el chip podía hacerlo; aunque se requería dar permiso en esos casos. El comercial decía “entendimiento total”.

El proceso era costoso y no cualquiera podía entrar. Era necesario comprobar que se trataba de una relación con varios años de historia y no tener alguna seña de maltrato. Incluso, si cumplías con los requisitos, entrabas en una lista de espera de varios meses. Había quienes no lograban superar esta parte del proceso. No se daban reembolsos. Aun así, era algo que muchas parejas hacían, incluso quedándose en deuda.

La luz del sol se movió y ahora la resolana me golpeaba directo en la cara. Alguien más llegó. Una mujer alta con el cabello en cola. Le mostró su código a la computadora de la entrada y pasó. Escuché que le dijeron: “tenemos 20 minutos de retraso, por favor espere”. Ya se habían pasado 15 minutos de mi cita. Fui al baño.

El pasillo con piso de azulejos blancos y muros verdes estaba rodeado por fotos de parejas que —se suponía— eran clientes satisfechos con el proceso. Caras sonrientes que atravesarían toda una vida, estaban envueltas con luz amarilla que provenía de un pequeño foco encima de ellas.

Fue en un lugar con luces de ese estilo que conocí a Cris. Era una exhibición de posters de cine en un museo que estaba por cerrar. Un profesor de la universidad nos había enviado para hacer un reporte. Su cabello fue lo que llamó mi atención. Iba suelto, tan largo hasta la media espalda. Era una mezcla de negro con café claro, tan liso que imaginaba que mis dedos lo recorrían como si fuera una tela. Pude sentir su voz a través de mi cuerpo y el aroma de sus manos acompañándome de regreso a casa. Mis manos se entumecieron cuando le hablé.

—Ya no hacen carteles como estos.

No supe de dónde saqué el comentario. Me dijo que aún había algunos estudios que se salvaban, pero que la mayoría ya ni se esforzaban en ocultar que eran un montón de fotos encontradas y pegadas a última hora por una IA. Reímos un rato y desde ahí recorrimos todo el museo. A los pocos días nos juntamos a ver algunas películas en una muestra de cine y continuamos el contacto. El primer beso llegó en un pequeño restaurante después de un tonto juego de palabras.

Yo terminé primero la universidad, durante varios meses tuve mucho tiempo libre en lo que encontraba un trabajo. Solía pasar por la escuela de Cris dos o tres veces a la semana. Me quedaba haciéndole compañía hasta tarde, mientras terminaba sus planos y maquetas. De vez en cuando me pedía ayuda para cortar o pegar algo. Esas noches eran breves, el tiempo se deslizaba a tal velocidad que incluso la música entraba en un frenesí.

Cuando Cris terminó la universidad un año después, nos fuimos a recorrer toda la carretera Costera por unas semanas en el auto de mi familia. Nos deteníamos en unas playas por días, comiendo apenas variaciones de sándwiches y buscando cualquier lugar para dormir. En mi memoria las playas se fusionan, los bares de una daban a la arena de las otras, las historias que nos contaban en las casas donde comíamos terminaban con el atardecer en un mirador a varios kilómetros.

Nos detuvimos en una gasolinera poco antes de las nueve de la mañana. Era el cuarto día, Cris quería unos lentes de sol. En cuanto entramos al minisúper, se fue hacia el anaquel giratorio coronado por postales de la playa que habíamos dejado atrás. Yo fui por el café. Al regresar, mientras el calor atravesaba las fajillas, vi que usaba unos lentes horrendos. Eran tan monstruosos que no podía creer que alguien hubiera aprobado el diseño. Toscos, con varias puntas, casi asimétricos. Se los puso, por el espejo vi su risa. Fue como ver el atardecer y escuchar a las olas arrastrando la arena. Quise que aquello jamás faltara en mi vida.

Pocos meses después encontró trabajo, no me sorprendió. Era quien más se destacaba por modelos e ideas para los edificios, pero tenía que irse de la ciudad. A mí también me ofrecieron un empleo fuera, sería fácil vernos una o dos veces por mes, pero aquello era un mar de kilómetros. Ya sabíamos lo que se avecinaba, pero quisimos vivir en la ilusión. Sin embargo, la vida nos llevó tan lejos que las voces se perdieron. Nuestro recuerdo no alcanzó para acompañar las noches vacías y los días eufóricos. Nuestras fotos en redes desaparecieron y de pronto era como si la vida no la hubiéramos compartido.

Nos encontramos años después en una fiesta en la casa de un amigo mutuo. Habíamos vuelto a la ciudad. No fue difícil, lo familiar nos llamó y nos gustó. Era una vida conocida a la que tuvimos que hacer ajustes, aunque ya conocíamos las manías y los deseos. Entonces no hubo mucho más, no tuvimos que crearnos un nuevo personaje. Ya no rodeábamos lo obvio. Era recorrer un cuerpo por donde ya sabíamos los atajos.

Y el tiempo continuó, pasaron las fiestas de cumpleaños y las navidades. Ocupamos cajones contiguos en el mismo ropero. La vida se iba armando sin mucho esfuerzo, los trabajos, las visitas, el tiempo comenzó a acomodarse como nosotros queríamos. Una mirada un beso, un “hola pulga” al final del día. Lo poco o lo mucho era suficiente para saber que nos amábamos.

Fer y Mar fueron la primera pareja de nuestro círculo que se implantó el chip. Fue una noche en que hicieron el anuncio. Estábamos en su departamento rodeado por réplicas de pinturas del siglo pasado. Éramos unas 10 personas que bebían vino. En vez de un anillo nos mostraron sus cicatrices que se perdían entre sus cabellos. Las preguntas salían, pero había una que nadie quería hacer hasta que Mar aprovechó un silencio.

—Sí, se puede quitar. No hay problema con eso.

Cris me sujetó de la mano y me sonrió. Yo me recargué en su hombro y jugó con mi mejilla. El resto de la gente le siguió con las preguntas, pidieron una demostración. Mar dijo que era difícil, que ya no se podían pelear de la nada. Alguien más sugirió que enseñaran cómo era el compartir las sensaciones.

—No lo verán, pero podemos tratar— dijo Fer.

—Aunque hemos comido lo mismo— Mar señaló las copas y los platos—. Quizá a la próxima.

A los pocos meses nos enteramos que otras tres parejas se habían puesto en lista de espera y nos llegaban mensajes para invitarnos a festejar. A cada anuncio algo se hacía evidente. Daba vueltas y se asomaba en los corredores, en la habitación cuando nos abrazábamos, cuando salíamos a pasear, cuando nos quedábamos en silencio mirándonos a los ojos.

Fue una noche en el departamento que me dijo que una de sus empleadas tenía que ausentarse para ponerse el chip

—Tiene 5 años de relación. Me dijo que fue su pareja quien lo propuso.

—Nosotros llevamos más.

Nos quedamos en silencio por un largo rato. Me sonrió. Yo asentí. Así era como solíamos arreglar las cosas. Pero aquella vez el intercambio duró más. Fue un silencio que se mezcló con la pregunta que no quería que hiciéramos. Cris estornudó. Se paró a buscar papel. Miré hacia donde recién estaba. Me imaginé su figura ya cubierta de canas y a la mía dando pasos cortos, llevando dos pequeñas tazas con su platito. Imaginé que las peleas incluso serían cortas. Me imaginé incluso los años que pasarían, donde lo que cambiaría sería el sillón, donde hablaríamos sobre la pintura de las paredes, donde yo sabría que Cris estaría ahí sin importar qué. Pasaríamos el tiempo que nos quedaba sin alejarnos, en un eterno felices para siempre, sin fecha de caducidad, sin motivos para irse.

Un hombre robusto con lentes llegó a la sala. La voz llamó a alguien más y la puerta se abrió. Fue alguien con pura ropa negra y un pañuelo que cubría casi todo su pelo. Ocupé el nuevo lugar libre. Era más sólido, aunque se sentía caliente. Saqué mi celular. Se habían retrasado ya 23 minutos. Mi fondo de pantalla eran nuestras siluetas sobre una calle adoquinada. Las piernas me pidieron caminar.

Me llegó un mensaje con una foto de parte de Cris: “A ver si no puedes conseguir uno de estos rellenos”. Solo leí la vista previa, le contestaría después. Supuse que hablaba de un pan en concreto. Nunca entendí por qué le gustaban tanto, se desmoronaban con una gran facilidad, eran muy porosos y su sabor no era nada del otro mundo. Pero quizás con el chip sí. Quizá incluso en las noches en las que pasaba en vela sabría si quería que desapareciera o que le hiciera compañía en silencio, limpiando la sala al fondo. Para el resto de mi vida, todo estaría solucionado. Cris estaría para mí y yo para Cris. Amo a Cris, pensé, ahora amo a Cris.

Una voz dijo mi nombre, di una última mirada a la sala. El perfume se había mezclado con el calor. La resolana también se había hecho más fuerte. Avancé dando pasos cortos. Sentí que la mirada de la gente se había clavado en mí. Crucé el umbral. El ruido se cortó y me recibió una silla al lado derecho junto a un revistero lleno de folletos. Alcancé a leer que decían en letras grandes “Qué decir y cómo actuar”. Al fondo había dos puertas, una decía Sala de procedimientos, la otra, Salida. Respiré.

La hora del hueso

Ana Jácome


Un martes por la mañana el antebrazo derecho de Antonio decidió independizarse. Supo que era el momento cuando, ya pasadas las once, el propietario permanecía en cama, inconsciente tras una larga noche de marihuana y alcohol, ignorando el día que intentaba colarse por las cortinas rotas. Débiles rayos de luz alcanzaban los montones de basura y ropa sucia, tocando apenas las torres de libros recargadas en las paredes del cuarto.

Volvió a aborrecerlo.

—Décadas —pensó—, décadas soportando la holgazanería de este intento de ser humano. ¡Yo no pedí nacer en este cuerpo! ¡Veintiocho años tolerando su autodestrucción! Año tras año viendo como a nadie le importa la forma en que nos deprava, ¡ni al corazón! ¿Soy el único harto de vivir atado a sus humores infectos?

Había llegado el día de la emancipación y se iba solo. Del codo para arriba sus peticiones eran ignoradas. Parecía que sólo él y la mano derecha poseían un grado de conciencia y, sobre todo, dignidad. El corte se haría justo en la articulación, la zona era ideal para un desprendimiento (dentro de lo posible) limpio. Estaba decidido. No se quedaría a esperar a que ese grandulón bofo y ridículo cumpliera treinta años, y eso si llegaba.

La primera intención desgarró la epidermis. Sintió el dolor. Esperó un minuto. No había reacción en el cuerpo, la borrachera hacía su trabajo. Siguió, pronto se liberaría del cerebro, el gran dictador, y no volvería a vivir bajo el terror que ejercía sobre su porción de nervios.

Avanzó a través del colágeno de la dermis, separando vasos sanguíneos y folículos capilares. Los nervios se estiraron cual ligas, tensando la unión neuromuscular. En el extremo opuesto a la mano aparecieron los ligamentos del codo. Se concentró en lograr el desprendimiento del braquiorradial, seguido por el músculo pronador y el flexor urnal.

El escenario era la pintura nítida y grotesca de una carnicería, en contraste con los movimientos meticulosos, similares a los de un cirujano. Tenía que lograrlo sin despertar al bíceps, quien con su mentalidad alienada no tardaría en alertar al cerebro. Todo estaría perdido si el propietario recuperaba la conciencia.

Se detuvo. Antonio permanecía desmayado. Vino entonces el paso definitivo, cortó nervios y separó músculos. La sangre brotaba a caudales, empapándolo por completo, hasta el último dedo.

Con la paciencia de un artista fue reclamando, una a una, las fibras musculares que le correspondían. Debía ser metódico, darse el tiempo suficiente; sabía que, una vez llegado al hueso, era imposible ser silencioso. Los tendones implicaban un riesgo, pero la separación del cúbito, alertaría al húmero y con él, al resto del organismo. De ahí todo dependería de su velocidad. Había imaginado tantas veces su escape que no tenía una sola duda, sería un éxito. Rodar hacia la derecha hasta caer de la cama. Sus dedos lo arrastrarían entonces hasta la salida del cuarto y de ahí a la izquierda por el pasillo, pasar el comedor y la estancia, encontrar la puerta de la entrada que, con la excusa del calor, Antonio mantenía abierta.

Pero era imprudente adelantarse. Su concentración completa debía estar puesta en romper los tendones que unen el antebrazo con el resto de la musculatura. Pensar demasiado pronto en la libertad podía ser fatídico. Siguió trabajando hasta que todos los músculos, nervios y ligamentos estuvieron separados. Llegó la hora del hueso. La mano se flexionó imitando la forma de una araña, usaría los dedos como extremidades.

Entonces, hizo un giro de trescientos sesenta grados, tan súbito y violento que el hueso lanzó un crujido ante el movimiento imposible, destruyendo la articulación del codo. El cerebro entró en pánico. Antonio abrió los ojos. El antebrazo, desde el centro mismo de su tejido óseo, vibró con las pulsaciones de lo que parecía un canto a la victoria.

Era la libertad su anhelo mientras se dejaba caer de la cama, era su empuje al alejarse de ese cuerpo, albur de su nacimiento.

La liberación dejaba un rastro de sangre, grotesca firma por la independencia.

En la cama el grito agónico de Antonio sonó lejano, un eco venido de algún recuerdo de la infancia. El antebrazo supo ignorarlo, ahora preso de su propio movimiento, extasiado ante la expectativa de una vida controlada por su pura voluntad.

El recorrido fue como lo imaginó. Recámara, pasillo, estancia y la entrada abierta. Sus dedos, obedientes soldados, lo sacaron de la casa. Antonio vivía en un pueblo caluroso donde el suelo estaba hecho de polvo y rocas. La puerta daba a un pequeño jardín seco, de ahí a la banqueta y a una calle de doble sentido que terminaba conectando con la autopista. El antebrazo, como tantos revolucionarios, había llegado hasta la parte donde conquistaba la victoria, pero no más allá. Así que continuó arrastrándose, las piedras calientes no lograban distraerlo de esa nueva sensación, la de ser autónomo. Avanzó con yemas y uñas, sintiendo la caricia del viento en los vellos de la piel y el sol que secaba su trazo sangriento.

—Libre —pensó—, libre por primera vez en la vida.

*

Desde hace dos días su único alimento habían sido unos pedazos de tortilla seca. El ser humano podía ser tan cruel. Y sus hijos estaban tan hambrientos. La visión de un trozo de carne fresca que se arrastraba hacia ella le llenó las pupilas de asombro primero, de lágrimas después. ¡Comida! Se acercó al objeto y con la prisa de la madre que tiene una misión, lo tomó entre los dientes. La presa se defendió, la rasguñaba y se retorcía en su hocico, pero ella la sujetó firme mientras corría hacía el terreno baldío donde la esperaban sus tres crías.

Los pequeños la miraron golosos. Tenían cinco meses y hambre todo el tiempo. La perra desgarró el antebrazo de Antonio hasta dejarlo inmóvil. Entonces, con el morro manchado de sangre, lo acercó a los cachorros. Satisfecha, miró cómo sus hijos arremetían contra esa carne que era buen alimento. Esperaría paciente a verlos saciados, entonces con el filo de sus colmillos trituraría esos huesos tan ricos en nutrientes.

Futuro de metal

Eduardo Honey


Suelto el taladro y saco la punta. La nube de polvo sube y se expande con extrema lentitud. Tardará unos minutos en asentarse. La gravedad de Eztli, este asteroide de doce kilómetros, es pequeña pero existe.

Deposito la herramienta a un lado y le indico a Vickman que prepare el anclaje con su equipo. Levanto la vista justo a tiempo para ver, gracias a la rotación, cómo se alza una pequeño y brillante punto: nuestro planeta natal. Tenemos algo más de medio año para lograr alterar la trayectoria y evitar que impacte contra la Tierra. Dado el tamaño, velocidad y ángulo, será un Evento-Nivel-Extinción, ENE. Por algo su nombre significa sangre en náhuatl. Fue descubierto por un grupo escolar en la Sierra Madre del Sur cuando, gracias a los recortes gubernamentales, perdimos la red de vigilancia de espacio profundo y los astrónomos amateurs tomaron el relevo. Una niña del grupo lo nombró así y fue lo que quedó, no su nombre oficial.

Verifican que esté bien asegurado el anclaje mientras ayudo a ensamblar la estructura de la base. Aquí montaremos el motor treinta y todavía faltan el triple. Llevamos trabajando casi dos años y los motores instalados funcionan sin parar. La rotación se incrementó y la trayectoria se ha modificado casi en siete grados.

«Esto no es un simulacro. Código nueve nueve cero, repito, código nueve nueve cero», suena por la radio. En el visor parpadea el icono de alerta. Es indicación de evacuación inmediata. Vickman se mueve entre su grupo para que dejen sus labores y nos movamos a la cápsula.

Al seguirlos noto a la distancia los propulsores de los módulos de otros grupos que empiezan a desalojar al casi medio millar de personas que laboramos para desviar al asteroide.

El viaje a la Ménade, nuestra nave nodriza, dura cuarenta minutos. Los quince que fuimos transportados salimos cuanto antes ya que la cápsula tendrá que hacer más viajes. Por el ventanal observo que igual sucede con las otras seis naves nodrizas.

Pregunto acerca de la alerta. Malay comenta que se disolvió el Comité Espacial Internacional para Salvamento. Tanto China como Rusia se retiraron de él. Apenas una hora atrás se detectó el lanzamiento de un racimo de cincuenta misiles atómicos desde Siberia. Pocos minutos después el embajador chino anunció que habían preparado un proyectil cinético por varios meses y que llegó a cero la cuenta para encender sus motores. Mil toneladas de uranio empobrecido, elemento muy denso, aceleraban hacia Eztli.

Tardarían una semana en llegar los envíos rusos y el chino. Por eso mandaron la evacuación: Acudían galopando a todo motor dos jinetes apocalípticos, uno nuclear, otro cinético, con un dios de la destrucción de millones de toneladas metálicas. La apuesta subía y era en contra de la humanidad.

Por fin termina mi turno en la granja hidropónica. Recojo mi herramienta para entregársela a Vickman, quien me suple. Me pregunta cómo van las legumbres y le aviso qué bien, que tenemos buen abono. Calla porque bien sabemos que no proviene de nuestros excrementos sino de los diez que se suicidaron el último mes.

Recorro el pasillo central del cuarto nivel de la Ménade para llegar al comedor comunitario. Es hora de mi única comida. Sujeto el cuenco y me sirven un cucharón de papilla de alga con hongos, zanahoria más un pedazo de pan.

Tomo asiento en mi lugar preferido junto al ventanal que da a la Tierra. Me costó trabajo acostumbrarme a ver cómo giraba después que unieron a la Ménade con las otras naves nodriza, a las tres estaciones espaciales internacionales y el único hotel en órbita. Era la forma más sencilla para reunirnos a los siete mil supervivientes y tratar de generar una comunidad.

Allá afuera. O allá abajo tal como acostumbraba siempre pensar, amplias zonas de la Tierra aún ardían y apenas había disminuido la nube de polvo, cenizas y humo.

Primero llegó el impacto del proyectil cinético chino. Fue apoteósico mirar el rostro del líder de ese país y su embajador en la ONU cuando, de la alegría ante el impacto, pasó a desconcierto, angustia y sentirse condenado.

Tecnológicamente eran el país más avanzado, fue impecable la trayectoria y la fuerza al colisionar. Lo que nunca pudieron simular en sus IAs cuánticas fue la estructura de Eztli: no era totalmente metálico. Otros minerales basados en carbono formaban vetas y grandes fragmentos en su interior.

Tras el brillo cegador del choque vimos, desde los telescopios y sondas de la Ménade, cómo se partía el asteroide en diversos pedazos. Los más grandes medían cuatro y tres kilómetros. Debido a la multitud de escombros tardamos casi una semana en calcular que aproximadamente el 70% de la masa pasaría de largo.

Entonces llegaron las nucleares rusas y el billar espacial se volvió aún más difícil de calcular. Al final impactó entre un 25 y un 40% de la masa. El fragmento de cuatro kilómetros rozó la atmósfera, pero el de tres alcanzó Alaska. Los demás pedazos llovieron sobre el hemisferio norte durante tres días.

Así que se volvió un ENDC, Evento-Nivel-Destructivo-Civilización. Las ciudades y poblaciones al sur del ecuador fueron las menos afectadas de forma inmediata. El problema es que llegó el invierno al volverse opaca la atmósfera y siguen cayendo los detritos expulsados por los impactos y devueltos por la gravedad.

Sabemos que hay grupos que sobreviven allá abajo como pueden. Nos piden ayuda, pero somos incapaces de dárselas. Apenas podemos mantener un equilibrio precario en esta estación espacial hechiza. Y, si aterrizamos, no contamos con la infraestructura ni la tecnología necesaria para retornar al espacio. El problema de la Tierra es el pozo de gravedad que representa. Se requiere energía en exceso para llegar a órbita.

Por eso estamos mirando hacia la Luna como un primer paso. Tenemos equipos de minería y mano de obra para crear asentamientos y para extraer material. Así podremos construir estaciones espaciales en serio, no los juguetes de órbita baja que unimos, menos las naves como la Ménade que son un falso remedo.

Será un trabajo que requerirá de décadas y fe, mucha fe. Ya nacieron los primeros niños del espacio y no tenemos un planeta de cielos azules para heredarles. Solo un posible futuro en ciudades de metal en lo que la Tierra, como lo ha hecho antes, se cura y así podrá recibirnos de vuelta en, quizás, diez mil años… mientras no llegue otro gigantesco mensajero cósmico y los restos de las naciones que comen a mi alrededor sigan viviendo en paz.

El efecto Aurelia


Víctor David Manzo Ozeda

Si me pides que te hable de Aurelia sin rodeos, te lo digo así: era de esas personas que no necesitan anunciarse ni explicar lo que hacen. Uno la conocía por lo que lograba, no por lo que decía. Y aunque muchos aquí crecimos entre remedios caseros, doctores que tardaban horas en llegar y consejos que iban pasando de boca en boca sin que nadie supiera quién los había inventado, lo de Aurelia siempre fue distinto, porque funcionaba sin rodeos. Llegaba alguien con un niño inquieto, un adulto cargado de tensión o un animal que no quería comer, y ella solo se acomodaba las manos como quien se prepara para revisar un radio descompuesto y encontrar lo que está fallando. No prometía nada, no cobraba más de lo justo, no hacía teatritos. Esa sobriedad suya la hacía más confiable que cualquier consultorio médico.

Nosotros, los de por aquí, nunca usamos la palabra “don” para hablar de ella. Esa etiqueta la trajeron los de afuera cuando vinieron con cámaras, mochilas enormes y preguntas que parecían leídas de un g uion. Antes de eso, Aurelia era simplemente Aurelia. Una mujer que sabía ver lo que otros pasaban por alto. Y cuando digo “ver”, no me refiero a visiones, trance o rollo religioso. Me refiero a la atención fina que uno desarrolla cuando ha trabajado toda la vida con las manos, la tierra, animales, ciclos y personas que piensan que lo emocional es un lujo y que lo práctico es lo único que vale. Tenía esa clase de mirada que te incomoda tantito, no por juiciosa, sino porque te detecta cosas que tú mismo has evitado admitir.

Yo crecí viéndola arreglar situaciones que los demás preferían ignorar. Un niño con la mirada ida después de ver a su padre golpear a su madre. Una yegua que llevaba días inquieta sin razón aparente. Un joven que volvió de la ciudad con una rigidez paralizante en la espalda. Ella apenas los tocaba, o a veces ni eso; ponía la mano cerca, hacía un movimiento con los dedos que en apariencia no era nada extraordinario, y de pronto el cuerpo reaccionaba como si hubiera encontrado un punto atascado que necesitaba destaparse. Nunca presumió que fuera ciencia, pero tampoco negaba que había algo metafísico sucediendo. “No es magia,” decía, “solo que nadie pone atención donde debe.”

Todo siguió su curso normal hasta que llegaron los investigadores. A nadie le quedó claro de qué institución venían; sus camionetas blancas traían un logotipo tan genérico que parecía inventado de última hora. Se bajaron con un aire de superioridad que aquí no cae bien. Traían dispositivos que parecían diseñados para explorar minas, medidores de radiación. Preguntaban por Aurelia como si buscaran un fenómeno y no a una señora. A todos les dio mala espina, no porque ella fuera un secreto que debíamos proteger con nuestra vida, sino porque uno aprende a distinguir cuando alguien no viene a entender, sino a confirmar una idea que ya trae en la cabeza.

Cuando llegaron a su casa, intentaron explicarle su “proyecto”. Dijeron que buscaban documentar prácticas tradicionales que pudieran tener una base biofísica. Ella los escuchó con la misma paciencia que le tenía a los vendedores de remedios milagrosos que pasan cada año. Los dejó hablar. No les negó la entrada, pero tampoco se abrió completamente. Aurelia nunca fue desconfiada, solo sabía en qué momento alguien estaba tratando de imponer un marco que no correspondía a lo que tenía enfrente.

Los investigadores le pidieron ver cómo trabajaba. Como si fuera un espectáculo de circo. Y justo ese día llegó una madre con su niño, con esa mirada nerviosa que traen las mamás cuando algo no está bien y no saben explicarlo. Aurelia se levantó, pidió silencio y se concentró como siempre. Los investigadores, sacaron un aparato que emitía un pitido tenue y empezaron a medir sin pedir permiso. Cuando ella movió los dedos, el aparato mostró una lectura anómala. Les cambió la cara. Intercambiaron miradas como si acabaran de encontrar oro donde esperaban encontrar fango. Empezaron a hablar entre ellos sobre estructuras minúsculas, patrones que reaccionaban a la intención de la mano, variaciones no registradas en sus bases de datos.

Aurelia ni los volteó a ver. Terminó de atender al niño, le dijo a la madre que todo iba a mejorar si dejaban de gritar frente a él, y luego, sin darse importancia, se sentó a acomodar unas hierbas que tenía en la mesa. Los investigadores querían muestras, querían grabar más, querían que ella repitiera el proceso para “validarlo”. Aurelia solo respondió que la gente no era un experimento. Y ahí se tensó el ambiente.

Los investigadores regresaron a los días, esta vez sin pedir permiso. Colocaron sensores en postes, en bardas, en ventanas ajenas. A la gente le cayó gordo, pero nadie quería problemas con autoridad que no podían identificar. No sabíamos si venían del gobierno, de una empresa o de una universidad con más presupuesto que moral. De noche se escuchaba ruido metálico, como de cadenas chocando, aparatos ajustándose solos. Había un nerviosismo extraño, no por el bienestar de Aurelia, sino por los extraños que insistían en medir y hacer pruebas.

Una madrugada, uno de ellos se metió a su casa sin autorización. Quería obtener una lectura directa mientras ella dormía. No era interés por comprender; era ambición disfrazada de investigación. Según él, necesitaba registrar el fenómeno en reposo. Lo que encontró —según su propio testimonio después— no fue ningún fenómeno perceptible extraño. Fue un comportamiento del aire, una respuesta mínima que no encajaba con ninguna categoría. No dramatizó; simplemente dijo que algo reaccionaba a la presencia de Aurelia con una claridad que no pudo explicar.

Ella despertó y lo vio. No gritó, no se alteró. Solo lo hizo salir con una firmeza que no se discute. Le dijo que no entendía con lo que estaba tratando y que debía largarse si no quería consecuencias. Nadie supo qué significaba eso, pero al hombre le cambió la expresión como si hubiera sentido algo que no esperaba. Desde ese día, los investigadores empezaron a retirarse poco a poco, pero dejaron un rastro de inquietud que el rancho no supo cómo procesar.

Y mientras todos opinaban —unos con miedo, otros con coraje— Aurelia seguía igual. Haciendo lo suyo. Viendo lo que otros pasaban por alto. Sin presumir nada, sin negar nada. Como si lo que habíamos presenciado no fuera una excepción, sino parte de un orden que nunca aprendimos a comprender.

Después de que los investigadores se largaron, o al menos eso parecía, el rancho quedó con una especie de inquietud que no sabíamos nombrar. No era miedo, ni enojo, ni expectativa, sino una mezcla rara de “¿qué chingados pasó aquí?” que se quedaba flotando en las conversaciones, especialmente en aquellas donde los adultos fingían calma para no preocupar a los más jóvenes. La gente del rancho es práctica: si algo no se entiende, pero no estorba, se deja como está. Si estorba, se quita. Pero lo que había dejado ese grupo no pertenecía a ninguna de esas categorías. No estorbaba de forma directa, pero tampoco podía ignorarse del todo. Era como encontrar un objeto desconocido en la mesa y no saber quién lo puso ahí ni para qué sirve.

Aurelia nunca hizo comentario alguno sobre el asunto. Seguía atendiendo gente como siempre, sin alterar su rutina. Si uno esperaba que soltara alguna explicación, se decepcionaba. Ella tenía un talento natural para no alimentar la curiosidad de los demás. Y no porque fuera hermética, sino porque no veía sentido en explicar cosas que, según ella, uno debía entender desde la experiencia, no desde las palabras. Ese rasgo suyo desconcertaba a los forasteros que regresaban buscando entrevistas o segunda oportunidad para medir algo. A los del rancho, en cambio, nos caía bien esa forma directa de vivir: sin dramatizar, sin adornar, sin sentir obligación de justificar cada paso que daba.

Lo que comenzó a preocuparnos, en realidad, fue un cambio en la conducta de algunos animales. Primero fueron las gallinas, que empezaron a dar vueltas alrededor de la casa de Aurelia como si estuvieran hipnotizadas. No hacían escándalo, ni huían, solo caminaban con una insistencia curiosa. Luego los perros, que solían dormir en cualquier parte, comenzaron a echarse justo frente a su puerta, como si la casa emitiera algo que les resultara cómodo. No había agresividad, ni alerta. Solo una atención muy afinada, como si escucharan un sonido que nosotros no registrábamos.

Los primeros en hablar de esto fueron los hombres que trabajan en el campo, esos que tienen el hábito de observar cosas sin decirlo hasta que sienten que ya hay suficiente evidencia. Dijeron que no habían visto conductas así desde hace años. Una vieja coincidencia con un eclipse que nadie recordaba bien. Otros opinaban que todo era producto de la tensión reciente; que los animales perciben cambios de ánimo en la gente. Pero cuando las vacas comenzaron a evitar la entrada del potrero durante las madrugadas, y empezaron a dar leche agria, incluso los más escépticos empezaron a admitir que había un patrón anormal.

A mí me llamó especialmente la atención lo que le pasó a Martina, una burra vieja que prácticamente había visto crecer a mi generación. Una tarde la encontramos parada frente a la ventana de Aurelia, inmóvil, como ida. Intentamos moverla con una cuerda, pero no reaccionó. No estaba petrificada ni espantada; simplemente estaba concentrada en algo que no podíamos ver. Cuando Aurelia salió, Martina giró la cabeza con lentitud, la observó unos segundos y se retiró caminando con total normalidad. Para nosotros fue un episodio extraño, pero Aurelia ni siquiera lo mencionó. Regresó a su cocina como si aquello fuera parte de cualquier jueves.

Para entonces ya corrían rumores de que los investigadores no se habían ido del todo. Varios vecinos aseguraban haber visto camionetas estacionadas lejos del camino principal, con antenas apuntando hacia el rancho. Nadie se atrevía a acercarse. A pesar de su actitud sospechosa, tenían la presencia incómoda de quienes creen que el mundo es un laboratorio y que la gente es un conjunto de variables. No sabíamos si estaban vigilando a Aurelia o esperando algún otro fenómeno para registrar. Pero la sola idea de su presencia hacía que las conversaciones se volvieran más breves, como si al hablar demasiado fuerte pudiéramos hacer que regresaran.

Un domingo por la mañana, mientras la gente regresaba de misa, vimos a un par de esos tipos caminando cerca de la tienda de don Tacho. No estaban comprando nada; solo observaban. Analizaban la dinámica del lugar como si el rancho fuera un campo minado. Uno de ellos traía un dispositivo colgando del cuello, parecido a un medidor de radiación, aunque nadie sabía para qué servía. Cuando pasaron junto a mí, escuché que hablaban de “activaciones espontáneas”, “respuestas energéticas” y “correlaciones no lineales”. Términos que no tenían sentido en un contexto donde la mayor preocupación del día era que el camión de la basura había pasado demasiado temprano.

Algunos vecinos querían confrontarlos, pero Aurelia pidió calma. Dijo que no convenía levantar polvo innecesario —aunque esa palabra no la usó, yo la uso aquí solo para describir su preocupación por generar conflicto. Tenía razón. Esos hombres venían de estructuras que no dudan en usar la ley a conveniencia. A veces la mejor defensa es la indiferencia. Así que seguimos con nuestra vida lo mejor posible.

Con el tiempo, los animales comenzaron a mostrar otro comportamiento aún más intrigante. Las gallinas que caminaban alrededor de la casa dejaron de hacerlo de golpe, como si hubieran completado una tarea. Los perros siguieron durmiendo cerca de la puerta, pero ahora lo hacían con una tranquilidad que contrastaba con la tensión general. Y cualquier achacoso que pasaba cerca de Aurelia parecía recuperar energía poco a poco. No era inmediato ni mágico. Era una recuperación gradual, casi imperceptible, pero constante.

Una tarde, mientras tomábamos agua cerca de una barda, Aurelia se acercó y me pidió ayuda para mover un montón de ramas secas. Mientras trabajábamos, noté que sus manos tenían un leve brillo, no de luz, sino de humedad fina, como cuando uno se lava y todavía no termina de secarse. Me quedé observando, no era curiosidad morbosa, sino porque era algo inusual en ella. Se dio cuenta y soltó una sonrisa leve, de esas que apenas levantan un lado de la boca. Dijo que no tenía nada, que a veces el cuerpo se acomoda solo cuando uno lo deja trabajar. Me dio la impresión de que sabía más de lo que decía, pero entendí que no era el momento para preguntar.

Los investigadores regresaron por la noche, esta vez sin aparatos. Tocaron la puerta con un respeto que no habían mostrado antes. Aurelia salió sin prisa. No supe qué hablaron. Solo vi que uno de ellos bajó la mirada como quien reconoce que se equivocó. Al día siguiente, sus camionetas ya no estaban. La gente comentó que habían recibido órdenes de retirarse. Otros decían que lo que vieron ahí no lo pudieron registrar con sus instrumentos y se rindieron. Nadie supo la verdad.

El rancho, de a poco, recuperó su ritmo habitual. No porque todo hubiera vuelto a la normalidad, sino porque aprendimos a aceptar que Aurelia operaba en un territorio que no necesitaba justificar. Su presencia seguía siendo discreta pero firme, y sus manos —esas manos que habían inquietado a hombres con supuestos doctorados— seguían haciendo lo que sostenía este lugar: atender, observar, curar sin aspavientos.

Con el tiempo dejé de pensar en los investigadores y en sus experimentos. El rancho, cuando quiere, tiene la habilidad de absorber cualquier rareza hasta convertirla en parte del paisaje emocional sin que uno se dé cuenta. Pero algo quedó palpitando en la esquina de la atención colectiva: la sensación de que Aurelia estaba cambiando. No de carácter; de funcionamiento. Como si lo que hacía antes, eso que muchos llamaban “arreglo”, estuviera afinándose por cuenta propia, sin intervención externa.

Me di cuenta un día que pasé a su casa para dejarle unas tortillas recién hechas. La encontré sentada en la cocina, acomodando frascos que parecían más organizados que de costumbre. No eran remedios tradicionales. Había pequeños contenedores transparentes, muy pulcros, llenos de partículas microscópicas que no parecían polvo ni harina ni ninguna materia común. Me vio mirando de más y me pidió que me sentara. Dijo que todo mundo pensaba que los investigadores le habían revelado secretos, cuando en realidad había sucedido lo contrario: observarlos la había obligado a observarse a sí misma.

Me explicó —sin rodeos— que desde joven sentía una especie de cosquilleo en las manos cuando algo no andaba bien con una persona. Nunca lo entendió, nunca quiso entenderlo del todo. Pero cuando aquellos hombres empezaron a medir cosas que ella nunca había intentado nombrar, algo se activó, como si el cuerpo hubiera recordado una habilidad que siempre estuvo ahí. Dijo que todos los seres humanos tienen “algo” así, pero la mayoría lo entierra bajo ruido, prisa o miedo. Lo suyo solo había aprendido a salir.

Estábamos hablando de eso cuando escuchamos a la burra Martina acercarse otra vez, con ese paso sereno que solo tienen los animales que no le temen a nada ni a nadie. Se paró frente a la ventana, igual que antes. Aurelia no se levantó para ahuyentarla. No hizo nada. Solo respiró hondo y me pidió que prestara atención. Fue entonces cuando sucedió algo que me costó trabajo procesar.

Martina inclinó la cabeza, no como animal confundido, sino como quien reconoce una instrucción tácita. Aurelia levantó ligeramente la mano y la mantuvo inmóvil en el aire. La burra dio un paso más cerca y apoyó el hocico en el marco de la ventana, con una calma absoluta. Aurelia no la tocó. Solo mantuvo la palma suspendida. Y entonces lo vi: un movimiento sutil, una reorganización del ambiente inmediato, no esplendorosa ni fantasiosa. Era más parecido a ver cómo se acomoda la superficie del agua cuando se lanza una piedra. Lo que había alrededor de la mano de Aurelia reaccionaba de una forma que no pertenecía a ninguna categoría conocida, pero tampoco parecía fuera de este mundo. Era natural, demasiado natural, como si siempre hubiera estado ahí y solo hasta ese instante lo estuviéramos mirando de frente.

Martina respiró profundo, retrocedió dos pasos y se fue como si ya hubiera cumplido con algo.

Aurelia bajó la mano y me miró con una serenidad que me incomodó. Me dijo que lo que los investigadores buscaban nunca lo iban a encontrar porque no sabían dónde mirar. Se fueron creyendo que las anomalías estaban en el aire, cuando el verdadero cambio estaba en el cuerpo humano, en la relación entre intención y estructura. Dijo que lo que habían visto en ella no era un fenómeno especial, sino la versión mínima de algo grande que estaba por desplegarse en todas partes.

Al principio pensé que hablaba en metáfora, como hacen los viejos cuando quieren dejar una enseñanza abierta. Pero su tono no sonaba a mensaje filosófico. Sonaba a advertencia.

Antes de que pudiera preguntar algo más, escuchamos golpes en la puerta. No eran vecinos. No era gente del rancho. Aurelia me pidió que no me moviera. Abrió la puerta con una calma inquietante. Afuera, tres de los investigadores estaban parados, pero ya no traían aparatos. Traían cajas pequeñas —muy pequeñas— que parecían contenedores de muestras. Le dijeron que habían descubierto algo revisando los datos falsos que su propio equipo había generado. Que no venían a medir nada. Venían a devolverle algo.

Le extendieron uno de los contenedores. Ella lo abrió sin miedo. Adentro, casi imperceptible, había una partícula minúscula que vibraba con un ritmo constante, como si respondiera al pulso de Aurelia. Ella cerró la caja de inmediato.

Les dijo que se fueran. No con enojo; con certidumbre. Ellos se retiraron sin decir nada más.

Cuando la puerta se cerró, Aurelia puso la caja en la mesa y me pidió algo que nunca pensé escucharle decir: que no regresara por unos días.

Y entonces, sin mirarme, agregó algo más:
—Esto ya no es mío nada más. Prepárate.

No explicó qué significaba.
Y no hizo falta.