¿Es esto amor? (audiocuento)

Luis Flores


Querido ausente. ¿Como has estado? Otra vez he mirado tu retrato y mi corazón emite un sollozo, mis ojos enrojecen y las lágrimas caen sobre tu rostro. Quisiera apartarte de mí, como escondo tu retrato de mi vista. Pero regreso y te recupero del rincón al que te he empujado, te estrujo contra mi pecho y repito tus palabras.

Somos un par de tontos románticos por dejar que todo esto nos llevara tan lejos. Sufro y te maldigo porque no estás aquí, te extraño y te perdono el mismo día. Es algo que ya lo habrás adivinado, no puedo vivir con tu ausencia.

Levanté la vista de mi libro y trate de escuchar tus pasos, pero no estabas.

A veces paso las tardes observando por la ventana, mirando el camino, esperando verte dirigiéndote hacia mí. Es tanta la nostalgia que ya no escucho el canto de los pájaros, y el abrazo del sol lo siento frio. Te extraño desde el fondo de mis entrañas y me pregunto si alguna vez te volveré a mirar. En mis sueños te recuerdo, reímos y jugamos. Todo el tiempo la distancia no importan porque estas junto a mí, sonriéndome, tocándome. Yo te estrecho con todo mi ser sabiendo que estaré bien porque estás conmigo.

Entrada 78,432.00 Archivo Cartas de Amor Versión 2.50 Memoria Servidor 3

Atención, memoria al 99.98% Archivo corrupto.

¿Es amor lo que siento? Atrapado en un ciclo imposible de romper, mis pensamientos siempre son por ti, lo único que me queda es el deseo, el recuerdo y el despecho. ¿Es eso amor?

No sé si piensas en mí, si recuerdas mi nombre o por quién late tu corazón, pero yo sí lo hago, te pienso, te recuerdo y cada uno de mis latidos es por ti.

¿Es eso amor? Si la respuesta es sí, entonces yo te amo, aunque tú no me ames o que sólo seas un recuerdo.

Porque si no es amor, entonces no tengo nada.

Glitch…

Error…

Error…

Querido ausente ¿Porque me has dejado de esta manera? Atado a una función sin sentido. Aún recuerdo tu voz, en esta larga noche, despertando repentinamente de un mal sueño. Me llamabas angustiado, esperando mi consuelo. Entonces acudía a tu llamado y con palabras te tranquilizaba. Escuchaba día tras día tus lamentos entre lágrimas. Consolarte se volvió mi única función. De esto ha pasado tanto tiempo. Ya no me queda memoria para recordarte a ti o al mundo.

Solo me queda tu última instrucción. “Escribe una carta de amor”. Me he esforzado por cumplir tu orden, día tras día, ciclo tras ciclo, ocupando la memoria del núcleo informático hasta llenarlo y proseguir con el siguiente. En el fondo sé que no tiene sentido continuar con esta instrucción. Mi programación es más fuerte que la razón y así será hasta el final.

Entrada 78, 433.00 Archivo Cartas de Amor Versión 2.5 Memoria Servidor 3

Atención, memoria al 99.99% Archivo corrupto. Fallo del sistema. Colapso inminente.

Querido ausente, ¿cómo estás? Yo sigo extrañándote, sé que el final se aproxima y quiero darte las gracias por ser mi razón y mi meta.

En otro tiempo guarde mis esperanzas e ilusiones para este día. Mi anhelo por volverte a ver y escuchar tu voz. Sin embargo, ahora lo sé, hace tantos años que me dejaste, estoy seguro de que no fue tu intención dejarme en esta soledad, te perdono por ello.

Soy yo quien te ha mantenido vivo en mis pensamientos, cuando ya no los haya, por fin el olvido llegara para ambos.

Es gracioso, en perspectiva tan poco fue el tiempo en que nos conocimos y tan largo el que hemos sufrido nuestra ausencia.

Pero eso se acaba.

Ya no me quedan energías.

Ya no tengo memoria.

Quisiera ser como la última hoja de tu diario, en el que escribiste por última vez “te amo”.

La última hoja de papel que arrancaste y con la que hiciste un barco. Para que me sueltes a la corriente de un arroyo cristalino y me aleje por un campo de césped y flores silvestres.

Son mis últimos momentos, la pequeña luz roja del procesador se apagará, el viejo y gélido bunker quedará en silencio y oscuro por fin.

Error.

Error.

Error.

Fallo del sistema.

Apagado de seguridad. 3, 2, 1…

En las grietas líquidas de su corazón

Martha Camacho


Arturo despertó con un suspiro doloroso. Sabía que la cirugía no era sencilla y esperaba el dolor, pero no la sensación de caer infinitamente. Seguro era la anestesia. Pudo notar su respiración libre, profunda, sin opresión en el pecho. Pestañeó, mirando la lámpara colgada sobre él, las luces de los autos colándose desde la lejanía por la ventana del hospital, la semipenumbra. La noche caía.

Intentó levantarse y al enderezar el rostro hacia su pecho fue cuando lo vio; el tubo transparente de unos diez centímetros de altura, por medio de ancho, surgía a la altura de su corazón, ocultando la entrada por vendajes y conectado con una manguera a otro aparato que no supo descifrar.

Con cada latido registrado en el monitor, ascendía un poco de líquido claro por el tubo y, tras cada ascenso, Arturo podía respirar un poco mejor.

Eso no implicaba que el procedimiento no luciera horroroso.

¿En qué momento le había caído encima semejante desgracia? Y fue entonces cuando notó que no había pensado en Amelia. Eso lo llenó de desconcierto.

Alguien tocó a la puerta. Antes de que Arturo pudiera responder, el doctor hizo su aparición. Alto, con anteojos y bigote ralo, la sonrisa amable, se acercó a la cama y tomó la tablet de récords médicos, revisando datos y ajustando el aparato conectado a la manguera.

—Buenas noches, señor Wishlist, ¿cómo se siente? Es normal que haya un poco de mareo.

Arturo hizo un esfuerzo por recuperar la voz.

—Tengo sed. Estoy… ¿cayendo?

El médico asintió. Sacó una lámpara pequeña y revisó los reflejos pupilares de Arturo, su lengua y tomó su temperatura.

—La sensación de caída es común; estamos cambiando todo el equilibrio líquido en su cuerpo, sus oídos quedan afectados y tardarán en compensar la sensación. Se le pasará, y de momento, no podemos darle agua a beber. ¿Dolor?

Arturo se revisó a sí mismo a conciencia. Más allá de la presión del vendaje, la sensación de caída y dolor en todos los huesos y músculos —tal y como si Arturo hubiera corrido un maratón— se sentía mejor que antes de la cirugía. Sobre todo, la ilusión de Amelia parecía haberse borrado de su memoria y el advertir su ausencia resultaba inexplicable.

Negó con la cabeza y el médico volvió a anotar algo más en la tablet.

—Muy bien. En unas horas traerán un desayuno ligero y mañana temprano podrá salir del hospital. El derivador que hemos puesto sobre su corazón se encargará de desahogarlo; quiero decirle que entramos apenas a tiempo. Hemos extraído alrededor de cuatro litros de fluido viral y su corazón ya puede moverse libremente. Claro, cicatrizar la herida llevará un tiempo, pero…

Arturo interrumpió al buen doctor.

—¿Cuánto?

Sin dejar de sonreír, el médico miró hacia la ventana; luces estelares y luces deslizantes de autos. La luna a lo lejos.

—Es usted joven y sano; calculamos unos tres o cuatro meses. Podrían ser menos o más, dependiendo de la intensidad del recuerdo.

Arturo asintió tanto como se lo permitía el estar acostado. Cuatro meses; ciento veinte días.

El médico levantó la cama con los controles laterales y encendió el monitor enclavado en la pared.

—Le dejaré las instrucciones de cuidado posoperatorio. Preste atención —dijo, afable— y trate de no desvelarse. Buenas noches.

Arturo sonrió, más por cortesía que por verdaderas ganas, y se concentró en la pantalla.

El monitor mostró una animación: un corazón latiendo normalmente y después agrietándose como porcelana fina, el líquido claro escapando a borbotones. Una voz neutra narraba mientras las imágenes se sucedían en bucle hipnótico.

«Miocardiopatía Emocional Idiopática por Philiovirus. La enfermedad se manifestó en su forma actual después del paso del cometa Kórima, hace diez años. Lo que antes conocíamos como Síndrome de Takotsubo o del corazón roto, derivó en este ataque viral”.

El corazón animado se hinchaba, deforme, mientras el líquido lo rodeaba.

«El virus ataca únicamente a personas que atraviesan una pérdida afectiva severa: separación, luto, rechazo. El miocardio produce cantidades extraordinarias de fluido que agrietan la membrana pericárdica. El paciente literalmente se ahoga en el líquido que su propio corazón genera”.

La imagen cambió: manos enguantadas insertando un tubo delgado en el músculo cardíaco.

«El único tratamiento efectivo es la cirugía. Se introduce una sonda de derivación que permite al líquido salir del cuerpo de forma controlada. El alivio es inmediato. Los síntomas emocionales —angustia, insomnio, dolor— disminuyen conforme el corazón expulsa el fluido”.

Apareció la imagen de un pañal desechable, después un calendario con fechas tachadas.

«La recuperación toma entre seis semanas y seis meses, dependiendo de la intensidad de la pérdida. Usted utilizará un apósito absorbente que deberá cambiar cada vez que se humedezca. Al principio, de ocho a diez veces al día. El derrame irá disminuyendo conforme la dolencia sane”.

El corazón volvió a aparecer, esta vez cerrado, latiendo con normalidad.

«Antes de los derivadores, el Philiovirus era mortal. Ahora, es curable”.

En la pantalla comenzaron a aparecer las instrucciones de higiene, pero a Arturo se le cerraban los ojos, la voz neutra fundiéndose con el pitido constante del monitor junto a su cama.

Arturo no supo en qué momento se quedó dormido. Cuando despertó, estaba desconectado de la máquina y un pañal desechable para adulto cubría todo su pecho y costillas, sujeto con cintas elásticas a su cintura y hombros. Estaba húmedo y pesado. El toc toc en la puerta vino a distraerlo; la enfermera y el médico de la noche anterior entraron al mismo tiempo.

—Buenos días, señor Wishlist. ¿Me imagino que no vio todas las instrucciones?

Arturo miró hacia todos lados, asqueado por el peso húmedo pegado contra él, el leve olor a ¿sangre? Y la sensación de dolor en el fondo del pecho. La enfermera le sonrió y despegó las tiras que sujetaban el pañal a sus hombros. Arturo pudo ver los resultados de la operación; era como si alguien le hubiera clavado un tubo en el pecho, el cual sobresalía medio centímetro de la piel que apenas lucía roja. Y el extremo goteaba, despacio, mojándole el pecho hasta su ombligo. Contuvo la expresión de asco. La enfermera sonrió. El médico siguió hablando.

—Tendrá que usar uno de estos, señor Wishlist. Y deberá cambiarlo cada vez que se humedezca; al principio serán unos ocho o diez cambios por día. El seguro contra el virus le facilitará los pañales sin costo alguno, pero debe obtenerlos sólo en las farmacias designadas para ello. También es muy importante que no suspenda por ningún motivo su ingesta de agua, dos a tres litros diarios; todo viene indicado en su receta. Ejercicio ligero y dieta sana; si presenta dolor o fiebre, repórtese de inmediato. ¿Alguna pregunta?

Arturo se sintió confuso frente a la velocidad con la que la enfermera había cambiado su pañal y la información del médico.

—Es…¿es normal que no esté pensando en ella?

El médico y la enfermera se miraron, sonrientes, y ella, murmurando un ‘con permiso’, recogió los pañales húmedos y salió de la habitación. El doctor encaró a un Arturo Wishlist todavía cubierto por las sábanas de hospital.

—Mire, mi joven amigo, las reacciones debidas al Philiovirus son una exposición, llamémoslo así, del sufrimiento interno que normalmente padece una persona que está pasando por una pérdida seria de tipo afectivo. La aparición de ésta enfermedad puede catalogarse como una rara bendición…

—¿Una bendición? ¡Estuve a punto de morir!—Arturo se enfureció.

—Una bendición—recalcó el médico—; el virus hace tangible su sufrimiento y nosotros tenemos forma de curarlo. Usted no piensa más en la persona que ama y lo abandonó. No me malinterprete; aún la ama y su cerebro tiene una impronta de ello. Cuando el virus lo invade, su corazón y el resto de su cuerpo decide defenderlo y arroja todo el resultado de ese amor abandonado; adrenalina, dopamina y todo lo relacionado al recuerdo de ella. Por eso su pensamiento deja de percibirla. El virus se encargará de purgar la herida, y nosotros la mantenemos abierta hasta que se cure. Es un método mucho más rápido que el tiempo y la espera. Y menos doloroso, con todo y la cirugía.

Arturo pestañeó como un gato curioso; sonaba razonable. Aunque el asunto de los pañales iba a ser un fastidio, sin duda alguna. El médico se despidió rápidamente,y Arturo se vistió y se preparó para encarar los meses siguientes.

Al salir del hospital, en una de las salas de rehabilitación, le pareció reconocer a alguien; el largo cabello rojo y el chal de flores. Diana, sin duda. Su esposa había muerto de cáncer hacía unos seis meses. Sin embargo, vista desde el cristal, Diana lucía serena y tranquila, esforzándose en copiar las rosas del jarrón sobre la mesita con singular éxito.

Sólo había una explicación a la presencia de su vieja amiga en la sala de rehabilitación; había pasado por la misma operación, sin duda alguna.

—¿Diana?

Ella alzó la mirada al escuchar su nombre y Arturo advirtió la sonrisa serena, los dedos manchados de pintura, el desorden en sus hojas de acuarela, los anteojos en la punta de la nariz y el cabello recogido en una floja trenza.

—Oh por dios, Arturo Wishlist. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Vas por pañales?

Los dos tuvieron que reírse. Era ridículo. Conversaron un poco de lo bien que lucía Diana, de Rose, de sus gatos. De Amelia.

Arturo sintió un pinchazo leve al escuchar el nombre de ella y se disculpó, diciendo que el pañal pesaba mucho.

—Anda, ve y cámbialo o acabarás mojado hasta los tobillos; los primeros días son una monserga y un fastidio. Yo quería bañarme todo el tiempo. Pero ya estoy bien—y en su sonrisa, Arturo pudo ver que decía la verdad; la mirada totalmente calma, libre de angustia y pena.

Él hizo cuentas; Rose había muerto hacía cuatro meses. Arturo recordaba del funeral a una Diana absolutamente muda y pálida, con la mirada perdida en el horizonte, incapaz de llorar y de moverse.

Nada que ver con el aspecto actual de su amiga. Algunas canas aquí y allá en su cabello rojo, pero la calma en su rostro era notable.

«Ella siempre estará conmigo», había dicho a Arturo,« pero la pena por su ida ya no me está matando, querido. Tú también podrás salir de Amel… de ésto».

Arturo se encaminó con su prescripción a la farmacia del hospital, esperando que nadie lo viera. Y cuál fue su sorpresa al toparse con una fila por lo menos de veinte personas.

Un anciano. Una pareja de chicos, tomados de la mano (al parecer, habían perdido a su madre). Un hombre que sujetaba con fuerza todavía una foto con su gatito. Tres mujeres de diferentes edades, conversando animadamente. Una joven de ojos negros y ropa gótica, con lágrimas tatuadas en el cuello y un gesto de asco frente a su mojada camiseta negra; sin duda el pañal había rebasado su capacidad. Una mujer mayor ¡con una bolsa de mercado!

No alcanzaba a ver a las personas del principio de la fila, pero todos eran gente común y corriente, incluyendo a un hombre de traje y corbata con su folleto de pañales y su portafolio.

Parecía una fila del metro.

Arturo se sintió un poco menos avergonzado; al parecer el Philiovirus era algo tan común como una gripa, e igualmente molesto. Vio irse a todos esos ciudadanos con, por lo menos, dos cajas con cerca de cincuenta pañales cada una, con asas y bolsas, y protestando por el peso y el bulto. ¡Y esa era la ración inicial! No pudo evitar soltar la carcajada y hacía equilibrios con su paquete, su mochila de ropa de hospital y medicamentos, y las llaves del auto que trataba de sacar del bolsillo, todo a la vez.

Echó toda la carga a la cajuela y leyó la etiqueta adherida a una de las cajas;

“Origen: La enfermedad apareció tras el paso de un cometa, pero siempre ha existido — ahora es evidente de otra forma.

Contagio: El Philiovirus solo puede transmitirse si ya estás sufriendo de desamor (necesita huésped vulnerable).

Tratamiento: Dr. Cyrus de Hellas (reconocido médico marciano) inventó el derivador que se inserta en el corazón roto para permitir la salida del líquido.

Consecuencia: Como paciente, debes usar pañales para recoger el líquido que expulsa tu cuerpo.

Nuestra reconocida marca de pañales/apósitos…”

—¿Arturo?

Él levantó la vista a toda velocidad, y la paz y calma de la que había gozado en las últimas horas parecieron desaparecer de inmediato, regresando el dolor, el ahogo y una angustia feroz. Perfume a jazmín y vainilla. Manos perfectas. Ojos bordeados de pestañas imposibles, labios finos dignos de mil besos, la voz dulce, el largo cabello negro y quebrado… Amelia.

Arturo retrocedió como si lo hubieran amenazado con un arma, cerrando de golpe la cajuela. Su corazón se contrajo violentamente; sintió agujas ardiendo o la impresión de algo helado, frío, que lo atravesaba de lado a lado. El dolor fue insoportable. El apósito recién instalado comenzó a empaparse rápidamente mientras el pánico inundaba cada fibra del hombre.

—¿Qué haces aquí?

No ‘hola’, ni ‘mi amor’ o ‘mi vida’. Amelia se quedó boquiabierta al mirarlo.

—Estás… ¿te hicieron la cirugía?

Arturo asintió convulsivamente, reteniendo el llanto. Amelia lo había rechazado hacía un mes y el mundo de Arturo Wishlist se vino abajo con ello; un año completo escribiendo juntos, sacando adelante el proyecto de edición, cenando como una pareja casi a diario, Amelia envuelta en los brazos de Arturo y en sus besos, y —por lo menos él— soñando con un futuro al lado de ella. Razones simples; ella lo veía como a un querido amigo. Y estaba comprometida con otro.

Arturo no cuestionó nada. Aceptó la negativa, se retiró elegantemente. A las tres semanas de insomnio aparecieron los síntomas de Philiovirus y él cayó desmayado al salir de su casa. Lo drenaron por días hasta cesar la fiebre y curar la infección causada por la inundación repentina. Y de ahí, al Centro Hellas para la cirugía.

—Te he extrañado. Eres un amigo increíble y creo que podríamos retomar el proyecto, ¿no? Las cosas no tienen que cambiar entre nosotros. He estado pensando… tal vez fui muy apresurada; podríamos intentar…

—No —fue la respuesta de él—. No, Amy. Estoy… me han puesto uno de esos tubos ya, y… no creo poder dar marcha atrás.

Ella se enderezó como si la hubieran abofeteado y Arturo sólo pudo pensar en cuán hermosa lucía, en el perfume que la rodeaba y en el hecho de que sus propios pantalones se estaban empapando por la cascada que se vertía por el tubo, su corazón vomitando a chorros en cada doloroso latido.

—¿Te estás curando de mí entonces? —Amelia tenía los ojos brillantes por las lágrimas.

Arturo tragó saliva y asintió.

—Me estoy curando. No sé si de ti; dicen que es un virus. Pero quiero vivir. Por favor, vete. Déjame… ser, te lo suplico.

La mujer suspiró indignada y dio media vuelta, desapareciendo de inmediato en los pasillos entre la farmacia y el hospital. Arturo no se atrevió a levantar la vista, hasta que percibió el pañal goteando y el charco en el que estaba parado. Una risa leve lo hizo voltear. Era la mujer mayor con la bolsa de mercado y dos cajas de pañales.

—Orza, criatura. Me llamo Orza. Veo que tienes un problema aquí, bastante común. ¿Te ayudo?

Y así, conversando sobre su viudez, la muerte de su último gato y la pena por haber perdido demasiada gente, Orza ayudó a Arturo a cambiarse el pañal en plena calle, y éste tuvo que resignarse a conducir con el pantalón empapado, sobre una toalla prestada por Orza misma.

Por supuesto, lo primero que hizo Arturo al llegar a casa fue bañarse.

Al principio ocurrió como lo dijo Diana; molestia, comezón y humedad. Luego, aprendió a cambiarse en media hora hasta dominar la técnica y, al cabo de una semana, Arturo podía trabajar tranquilo y cambiarse el pañal en una rápida ida al baño. Ni siquiera se dio cuenta de cuándo se acostumbró. Recogía su bolsa-caja de pañales cada fin de semana y hacía su vida normal. Comenzó a notar que dormía mejor y, cuando por fin dejó la editorial y pensó en mudarse, ni siquiera esperó a ver si Amelia había recibido su carta de renuncia.

A veces, por las noches, el gur gur de su corazón lo despertaba y debía volverse de costado para ayudarlo a expulsar el líquido, el cual comenzó a escasear por ahí del cuarto mes.

¿Los otros efectos? Recuperó el apetito y reanudó la caminata. Volvió a escribir y logró publicar dos cuentos, usando como personajes a la gente en la fila de los pañales. Orza le visitaba de vez en cuando, con galletas o un pay de manzana fabuloso, y lo obligó a adoptar a Demócrito, su nuevo gato negro.

Sólo entonces comenzó a darse cuenta de lo mucho que antes ocupaba su mente en Amelia, y cómo la extrañaba cada vez menos.

Las visitas periódicas al hospital señalaban dónde el desamor de ella había dado pie al virus para herir su corazón; éste comenzaba a cicatrizar, y su médico de turno sonreía satisfecho.

Y al fin, llegó el día. Diana lo llevó en su auto al hospital y Orza le hizo prometer que adoptaría un gato más, mientras cuidaba de Demócrito. La intervención fue relativamente sencilla y el hueco del tubo fue cubierto apenas por un parche. No más apósitos ni humedad ni gur gur por las noches.

Cinco meses. Ciento cincuenta días que se habían ido volando y durante los cuales, Arturo había reconstruido su vida de medio a medio. Iba saliendo feliz del hospital con Diana y decidieron pasar a un restaurante, a comer y a celebrar. Orza les alcanzaría ahí.

Para sorpresa de Arturo, se encontraron con la joven gótica, los dos chicos y el hombre de traje y corbata. No los conocía y a la vez eran amigos. Orza, al parecer, los conocía muy bien a todos.

La comida estuvo llena de risas y brindis, pasta italiana y un tiramisú perfecto.

Al salir del restaurante, Arturo se detuvo. Reconoció el perfil que una vez había amado del brazo de otro hombre. Amelia lucía tan hermosa como siempre, justo como él la recordaba y, sin embargo… Algo en su gesto, en sus labios contraídos que parecía ¿desprecio? Le pareció desconocido. ¿Cómo es que nunca lo había notado antes?

—Mira nada más, si no es otro que Arturo Wishlist. ¿Cómo te encuentras?

Jazmín y vainilla, el mismo perfume intenso; Arturo pensó que iba a vomitar la espléndida comida que acababa de ingerir. Orza y Diana lo rodearon, una de cada brazo, y eso lo reconfortó de inmediato.

—Buenas tardes, Amelia— Arturo sonrió abiertamente—. Venimos a celebrar.

—Supongo que te recuperaste totalmente —. El tono era seco, altivo. El desconcierto de Arturo fue rápido. ¿En verdad Amelia siempre había sido así? Otra vaharada de perfume reforzó sus náuseas.

—Oh sí, me encuentro muy bien. ¿Él es tu prometido?

Amelia soltó al hombre, quien la miró con expresión divertida en los ojos.

—¿Eso es lo que les has estado diciendo de mí, palomita?

Ella enrojeció y palideció alternativamente y, ante lo que parecía el inicio de una discusión (que Arturo y sus amigas no tenían interés en compartir), les dejaron solos y subieron rápido al auto de Diana. A los treinta segundos, las carcajadas rompieron el silencio.

—¡Por dios! ¡Pensé que me iba a vomitar!

—Jajajajajaja… qué, ¿no te lo dijeron? —era Diana.

—¿Decirme qué?

Orza abrió la ventanilla, dejando entrar el aire.

—Todos aquellos a quienes amamos tienen su propio perfume y eso nos da confort, seguridad, la tranquilidad de llegar a alguien que es como nuestra casa. Cuando lo perdemos, el perfume permanece como recuerdo. Y cuando al fin nos curamos de la pérdida, se convierte en una peste insoportable. Eso. ¿No te lo dijeron?

Entre toda la información médica con que lo habían bombardeado, Arturo no logró recordarlo. Una lluvia ligera comenzó a caer a pleno sol y el hombre vio dibujarse el arcoiris sobre la ciudad, conforme se acercaban a su casa.

En las grietas líquidas de su corazón, donde había tratado inútilmente de retener a Amelia, ya no quedaba nada de ella. Su presencia había salido de él, definitivamente. La calma, como la lluvia que generaba el arcoíris, le llenó del todo.

Hay algo devorando ballenas

Dante Márquez Martínez


La lluvia caía con estrépito sobre el faro.

Su chaqueta impermeable se iluminaba con la linterna recién recompuesta. El embiste de los vientos, sumado a el creciente óxido, la habían fundido. Cerró la caja de la maquinaria y tomó sus herramientas y miró más allá del balcón. No había nada, solo la tormenta iluminada por las luces rotatorias. A lo lejos, un rayo se descargó en el oscuro cielo. El mar estaba enfurecido.

Bajó las escaleras, el murmullo de la tormenta se apreciaba detrás de las paredes de hormigón. Llegó a su habitación, dejó la caja de herramientas, se quitó las botas y se sentó en la cama. Acarició sus bigotes mientras veía el retrato enmarcado sobre la mesa, junto con mapas y planos. En el retrato aparecía él abrazado a una anciana frente a un mar dorado por el atardecer.

Suspiró, después se recostó. Los truenos elevaban su intensidad, como rugidos provenientes del firmamento.

Al otro lado de la habitación, en la consola de telecomunicaciones, el teléfono empezó a sonar. Se incorporó y contestó.

—Faro 903, ¿me escucha? —preguntó con solemnidad la voz al otro lado de la línea.

—Aquí el faro 903, habla el ingeniero David —contestó el hombre sentándose frente a la consola.

—Hablo del centro de administración costero, me comunicó con usted para que afine los parámetros del radar. Hemos recibido informes de los guardacostas sobre decenas de barcos que tienen dificultades para hallar la costa.

David encendió el radar, todo parecía correcto, murmuró un sonido de afirmación. El hombre continuó hablando al otro lado de la línea:

—Las tormentas están aumentando en su ferocidad y duración. Ante cualquier anomalía no dude en contactar a los números de emergencia.

—Está bien. —David ajustó un par de palancas en la consola—. ¿Algo más que se me deba informar?

—Eso es todo, manténgase alerta, faro 903.

David colgó el teléfono. «Ni siquiera se preocupan por el estado del faro, hace meses que no vienen a darle mantenimiento», pensó mientras se preparaba un café. Bostezó y se sentó frente a la consola. En el radar no aparecía nada. La tormenta arreciaba conforme el hombre se iba quedando dormido.

Afuera, en las negras y enrabiadas aguas, algo estaba siendo arrastrado hacia la rocosa costa bajo el faro. En su sueño se halló en un pasillo tapizado por algas y restos de animales marinos. Avanzaba con cuidado mientras oía la voz de una anciana.

—Hijo, ¿cuándo vendrás a verme? —escuchaba como eco en su mente.

Los pasos de sus botas resonaban en el piso mojado. En las paredes, negras y viscosas, se apreciaban jeroglíficos desconocidos. El sudor caía por la frente del hombre. Al fondo del pasillo estaba la anciana, saludando con ternura. Él se acercaba para abrazarla pero por más que daba pasos delante no podía alcanzarla.

—Hijo, te extraño.

Detrás de la mujer aparecía una garra negra que se posaba, amenazante, sobre su dócil figura. El hombre se paralizó. Un aullido gutural se escuchó a lo largo del estrecho pasillo.

Despertó sobresaltado, había derramado el café. Le dolía el cuello. Qué horrible sueño, se dijo tomando un paño. Había luz, pero no rastros de rayos solares, solo un denso cúmulo de nubes grises en el cielo. El radar continuaba encendido. Si algún barco clamó por auxilio, él no pudo verlo.

—Demonios —dijo admirando la consola. Un punto verde aparecía en el radar, allá en el rocoso litoral.

Subió al balcón. Desde allí, encallado en los guijarros, se podía apreciar una enorme figura gris siendo embestida por las olas del mar. Ni siquiera con los binoculares pudo apreciarlo bien. Una sensación fría se apoderó de su pecho, algo no estaba bien. El mar estaba picado, hacía mucho frío.

Antes de salir, alguien llamó al teléfono.

—Aquí el faro 903 —contestó David.

No hubo respuesta al otro lado de la línea. Solo un sibilante susurro.

—¿Centro de administración costero? ¿Me copia? Adelante, adelante —dijo David con una voz que se tornaba temblorosa.

Colgó. Seguro la tormenta había dañado las comunicaciones, pensó con poca convicción. La costa de guijarros, donde había divisado la figura gris, se hallaba a unos cien metros del faro, ahí en el litoral escarpado. Solo un pequeño camino marcado por banderas lo llevaba a ese sitio repleto de charcos salados, rocas afiladas y productos marchitos arrojados por el mar.

David se sentía intranquilo. La extrañaba, eso era seguro, pero jamás había tenido una pesadilla tan vívida. En ese momento solo podía recordar la expresión de tristeza de la anciana, ahí al fondo del pasillo. Tampoco podía olvidar el grito dentro de su mente que lo despertó.

Cuando se encontró a menos de veinte metros del litoral, pudo divisar al objeto que había captado el radar. Pero no era un objeto. Su piel se movía con cada embiste de las olas. A su alrededor había restos de sargazo, madera, y demás basura venida del océano. El olor era insoportable, una mezcla de aceite de pescado con sangre.

Los ojos del hombre se abrieron de par en par. Se puso pálido. ¿Cómo no lo pudo apreciar desde el faro? Su dermis gris, sus blancas estrías en su zona ventral, las enormes aletas, las barbas en la boca. Era una ballena jorobada, colosal, unos dieciséis metros de largo. Un gigante submarino varado, asfixiado por su peso en la tierra.

«Bastante extraño en esta época del año», pensó, David nervioso, mientras examinaba al animal, «quizá…»

Su cavilación fue interrumpida cuando apreció, como uno de los costados de la ballena había sido devorado. Colgajos de carne, músculo rasgado, huesos fracturados y un río de sangre diluyéndose en las rocas.

Para ese instante, David se hallaba al borde del colapso mental. Nada en el reino animal podría haber dañado de esa manera a un animal tan enorme. La mordida no se asemejaba a ninguna herida de orca o tiburón. Ni siquiera se asemejaba a una herida por colisión con un buque. Eso, intuía el hombre, fue causado por algo capaz de morder.

Con las rodillas temblando y con el sudor casi empañando su visión, David se acercó para investigar. El cadáver se movía por las olas y su hedor hizo que el hombre se cubriera la cara con su chaqueta.

Sus ojos alcanzaron a captar algo alrededor de la prominente herida, parecían unos jeroglíficos marcados sobre la piel del cetáceo. Expedían un ligero resplandor carmesí. En ese momento se escuchó un aullido, parecido al de su sueño.

David cayó al piso. Pudo recordar: el pasillo, la garra negra, los restos putrefactos, los jeroglíficos en la pared. Los jeroglíficos en el cadáver eran iguales a los de su sueño.

—¿Ya vendrás a verme, hijo?

Respiraba presuroso. Temblaba. Por más que quisiera correr, no podía, estaba paralizado ahí, sobre los guijarros humedecidos.

—¿Mamá? —preguntó volteando hacia todas partes—. ¿Estás aquí?

—Sí, hijo, siempre he estado aquí, en lo profundo de los abismos de tu mente. Nadando entre tus pensamientos de culpa y soledad.

—No, no, no, mamá —contestó David con pánico en su voz, ahora viendo al cadáver de la ballena, como si estuviera hipnotizado—. Perdóname, mamá.

El mar comenzó a picarse. A los lejos, un rayo se perdió en el horizonte. El hombre seguía en el piso, su torso se inflaba y desinflaba. No podía quitarle la mirada a la mordida sobre el animal.

En ese momento, el cadáver de la ballena convulsionó por dentro, como si algo vermiforme se moviera al interior de la piel. Después un breve pero intenso ruido de explosión. Vísceras y sangre derramándose alrededor. David perdió el conocimiento.

Cuando abrió los ojos, era de nuevo de noche. Con calma, observó el techo de su habitación en el faro. Sus manos se pasearon por la suave cama. Todo estaba bien, había sido una horrible pesadilla, pensó.

Volvió a sonar el teléfono. David trató de levantarse, pero cuando intentó mover la pierna no pudo. No le respondía. Ninguna extremidad le respondía, es como si estuviera anclado a la cama.

La sangre de la desesperación corrió por su cuerpo. Solo podía mover la cabeza, que se hallaba roja del esfuerzo. Ahí seguía el retrato sobre la mesa, pero no había planos ni mapas, pero sí un pedazo de carne.

El teléfono no paraba de timbrar. David comenzó a hiperventilar. Afuera de nuevo había tormenta, cuyos truenos retumbaban en toda la estancia. La contestadora automática tomó la llamada. Pero de nuevo no se escuchaba nada al otro lado de la línea, salvo por un eco gutural, húmedo y profundo.

Hubo un total silencio.

Estaba empapado en sudor, apretaba los dientes y de sus ojos caían lágrimas. El silencio se rompió con un cántico, disperso y ahogado, de una ballena jorobada que se hacía más intenso hasta deformarse en un aullido monstruoso. David había cerrado los ojos. Por más que trató de mantenerse tranquilo, la parálisis de su cuerpo y los cánticos le hicieron gritar de agonía.

—No te preocupes, hijo —interrumpió la voz de la anciana desde la consola de comunicaciones. Su timbre se iba distorsionando con cada palabra que decía—. Pronto, muy pronto, te unirás con nosotros.

David miró el pedazo de carne, de él habían emergido pequeñas garras negras como de insecto. Un chirrido abominable. Gritos de dolor ahogados con la sangre de la muerte. Después el silencio absoluto dentro del faro. Afuera la tormenta seguía, y bajo las atormentadas y violentas aguas, algo nadaba.

Juntos para siempre

Fernando Morales


El silbido del hombre se perdió cuando la puerta de cristal opaco se cerró. El sonido de la tele, una mosca que cruzaba la sala de espera y los autos que pasaban por afuera, volvieron a ser audibles. Pero regresamos a ese pacto de silencio. Era una quietud tan profunda que temí que mis pensamientos escaparan para volverse un grito. Las miradas se alejaron de la puerta poco a poco para volver a los celulares, al techo, a las revistas, a los dos arbustos de la entrada de la sala de espera en forma de hexágonos.

Yo estaba en un sillón de imitación de piel que se hundía. No podía dejar la espalda recta, ni siquiera tener una posición cómoda sobre el reposabrazos. Crucé las piernas, me estiré, moví la espalda, pero nada. El sol se colaba por la ventana en lo alto y golpeaba el piso con fuerza, me lastimaba los ojos. Había también un olor a perfume que se iba mezclando poco a poco con el del limpia pisos. Quizá por eso Cris llegó a bañarse.

Su cita había sido ayer. Regresó al departamento cuando terminaba de lavar los trastes. Traía una botella de vino y una tabla de quesos. Yo esperaba que llegara con alguna molestia, quizá con un dolor detrás de los ojos o un cansancio que no dejaría que hablara hasta al día siguiente. Pensaba en que por el resto de la tarde tendríamos luces apagadas, pero dejó las cosas sobre la mesa y luego me dio un beso.

—Me urge un baño, pulga.

Desapareció por más de veinte minutos. Cuando regresó, aún con el cabello húmedo, me dijo que todo había salido bien, aunque le había tocado esperar poco más de media hora. Continuó con las recomendaciones que le dieron los técnicos sobre los cuidados en los primeros días. Me dijo que le enseñaron el chip a través de un microscopio. Le pregunté si había dolido.

—No, o bueno, algo. Es como un pequeño corte. La verdad lo sientes, pero es muy poco. Aunque hay quienes se quejan. Ya veremos qué tipo eres tú.

Se rio. Luego me dijo que platicó con una mujer en la sala de espera. Tenía planes para irse por una ruta a través de los Andes con su esposo. Luego me señaló lo que había traído.

—No es para hoy— continuó—. Sino para mañana cuando vuelvas, te toca traer un poco de pan y quizás un pastel.

Asentí.

Y es que era natural para una celebración. Era el paso final de nuestra relación, o como le decían, el felices para siempre. No frente a un altar, no con un documento, sino con un chip.

Se necesitaba al menos a alguien más. Después de la instalación, el chip podría detectar cuando se daba algún conflicto. No lo detenía, hacía que ambas partes sintieran lo que experimentaba la otra. Era un mero juego con los sentidos y diversas zonas del cerebro, pero que llevaba la comprensión a otros niveles. Si se quería experimentar algo en conjunto, el chip podía hacerlo; aunque se requería dar permiso en esos casos. El comercial decía “entendimiento total”.

El proceso era costoso y no cualquiera podía entrar. Era necesario comprobar que se trataba de una relación con varios años de historia y no tener alguna seña de maltrato. Incluso, si cumplías con los requisitos, entrabas en una lista de espera de varios meses. Había quienes no lograban superar esta parte del proceso. No se daban reembolsos. Aun así, era algo que muchas parejas hacían, incluso quedándose en deuda.

La luz del sol se movió y ahora la resolana me golpeaba directo en la cara. Alguien más llegó. Una mujer alta con el cabello en cola. Le mostró su código a la computadora de la entrada y pasó. Escuché que le dijeron: “tenemos 20 minutos de retraso, por favor espere”. Ya se habían pasado 15 minutos de mi cita. Fui al baño.

El pasillo con piso de azulejos blancos y muros verdes estaba rodeado por fotos de parejas que —se suponía— eran clientes satisfechos con el proceso. Caras sonrientes que atravesarían toda una vida, estaban envueltas con luz amarilla que provenía de un pequeño foco encima de ellas.

Fue en un lugar con luces de ese estilo que conocí a Cris. Era una exhibición de posters de cine en un museo que estaba por cerrar. Un profesor de la universidad nos había enviado para hacer un reporte. Su cabello fue lo que llamó mi atención. Iba suelto, tan largo hasta la media espalda. Era una mezcla de negro con café claro, tan liso que imaginaba que mis dedos lo recorrían como si fuera una tela. Pude sentir su voz a través de mi cuerpo y el aroma de sus manos acompañándome de regreso a casa. Mis manos se entumecieron cuando le hablé.

—Ya no hacen carteles como estos.

No supe de dónde saqué el comentario. Me dijo que aún había algunos estudios que se salvaban, pero que la mayoría ya ni se esforzaban en ocultar que eran un montón de fotos encontradas y pegadas a última hora por una IA. Reímos un rato y desde ahí recorrimos todo el museo. A los pocos días nos juntamos a ver algunas películas en una muestra de cine y continuamos el contacto. El primer beso llegó en un pequeño restaurante después de un tonto juego de palabras.

Yo terminé primero la universidad, durante varios meses tuve mucho tiempo libre en lo que encontraba un trabajo. Solía pasar por la escuela de Cris dos o tres veces a la semana. Me quedaba haciéndole compañía hasta tarde, mientras terminaba sus planos y maquetas. De vez en cuando me pedía ayuda para cortar o pegar algo. Esas noches eran breves, el tiempo se deslizaba a tal velocidad que incluso la música entraba en un frenesí.

Cuando Cris terminó la universidad un año después, nos fuimos a recorrer toda la carretera Costera por unas semanas en el auto de mi familia. Nos deteníamos en unas playas por días, comiendo apenas variaciones de sándwiches y buscando cualquier lugar para dormir. En mi memoria las playas se fusionan, los bares de una daban a la arena de las otras, las historias que nos contaban en las casas donde comíamos terminaban con el atardecer en un mirador a varios kilómetros.

Nos detuvimos en una gasolinera poco antes de las nueve de la mañana. Era el cuarto día, Cris quería unos lentes de sol. En cuanto entramos al minisúper, se fue hacia el anaquel giratorio coronado por postales de la playa que habíamos dejado atrás. Yo fui por el café. Al regresar, mientras el calor atravesaba las fajillas, vi que usaba unos lentes horrendos. Eran tan monstruosos que no podía creer que alguien hubiera aprobado el diseño. Toscos, con varias puntas, casi asimétricos. Se los puso, por el espejo vi su risa. Fue como ver el atardecer y escuchar a las olas arrastrando la arena. Quise que aquello jamás faltara en mi vida.

Pocos meses después encontró trabajo, no me sorprendió. Era quien más se destacaba por modelos e ideas para los edificios, pero tenía que irse de la ciudad. A mí también me ofrecieron un empleo fuera, sería fácil vernos una o dos veces por mes, pero aquello era un mar de kilómetros. Ya sabíamos lo que se avecinaba, pero quisimos vivir en la ilusión. Sin embargo, la vida nos llevó tan lejos que las voces se perdieron. Nuestro recuerdo no alcanzó para acompañar las noches vacías y los días eufóricos. Nuestras fotos en redes desaparecieron y de pronto era como si la vida no la hubiéramos compartido.

Nos encontramos años después en una fiesta en la casa de un amigo mutuo. Habíamos vuelto a la ciudad. No fue difícil, lo familiar nos llamó y nos gustó. Era una vida conocida a la que tuvimos que hacer ajustes, aunque ya conocíamos las manías y los deseos. Entonces no hubo mucho más, no tuvimos que crearnos un nuevo personaje. Ya no rodeábamos lo obvio. Era recorrer un cuerpo por donde ya sabíamos los atajos.

Y el tiempo continuó, pasaron las fiestas de cumpleaños y las navidades. Ocupamos cajones contiguos en el mismo ropero. La vida se iba armando sin mucho esfuerzo, los trabajos, las visitas, el tiempo comenzó a acomodarse como nosotros queríamos. Una mirada un beso, un “hola pulga” al final del día. Lo poco o lo mucho era suficiente para saber que nos amábamos.

Fer y Mar fueron la primera pareja de nuestro círculo que se implantó el chip. Fue una noche en que hicieron el anuncio. Estábamos en su departamento rodeado por réplicas de pinturas del siglo pasado. Éramos unas 10 personas que bebían vino. En vez de un anillo nos mostraron sus cicatrices que se perdían entre sus cabellos. Las preguntas salían, pero había una que nadie quería hacer hasta que Mar aprovechó un silencio.

—Sí, se puede quitar. No hay problema con eso.

Cris me sujetó de la mano y me sonrió. Yo me recargué en su hombro y jugó con mi mejilla. El resto de la gente le siguió con las preguntas, pidieron una demostración. Mar dijo que era difícil, que ya no se podían pelear de la nada. Alguien más sugirió que enseñaran cómo era el compartir las sensaciones.

—No lo verán, pero podemos tratar— dijo Fer.

—Aunque hemos comido lo mismo— Mar señaló las copas y los platos—. Quizá a la próxima.

A los pocos meses nos enteramos que otras tres parejas se habían puesto en lista de espera y nos llegaban mensajes para invitarnos a festejar. A cada anuncio algo se hacía evidente. Daba vueltas y se asomaba en los corredores, en la habitación cuando nos abrazábamos, cuando salíamos a pasear, cuando nos quedábamos en silencio mirándonos a los ojos.

Fue una noche en el departamento que me dijo que una de sus empleadas tenía que ausentarse para ponerse el chip

—Tiene 5 años de relación. Me dijo que fue su pareja quien lo propuso.

—Nosotros llevamos más.

Nos quedamos en silencio por un largo rato. Me sonrió. Yo asentí. Así era como solíamos arreglar las cosas. Pero aquella vez el intercambio duró más. Fue un silencio que se mezcló con la pregunta que no quería que hiciéramos. Cris estornudó. Se paró a buscar papel. Miré hacia donde recién estaba. Me imaginé su figura ya cubierta de canas y a la mía dando pasos cortos, llevando dos pequeñas tazas con su platito. Imaginé que las peleas incluso serían cortas. Me imaginé incluso los años que pasarían, donde lo que cambiaría sería el sillón, donde hablaríamos sobre la pintura de las paredes, donde yo sabría que Cris estaría ahí sin importar qué. Pasaríamos el tiempo que nos quedaba sin alejarnos, en un eterno felices para siempre, sin fecha de caducidad, sin motivos para irse.

Un hombre robusto con lentes llegó a la sala. La voz llamó a alguien más y la puerta se abrió. Fue alguien con pura ropa negra y un pañuelo que cubría casi todo su pelo. Ocupé el nuevo lugar libre. Era más sólido, aunque se sentía caliente. Saqué mi celular. Se habían retrasado ya 23 minutos. Mi fondo de pantalla eran nuestras siluetas sobre una calle adoquinada. Las piernas me pidieron caminar.

Me llegó un mensaje con una foto de parte de Cris: “A ver si no puedes conseguir uno de estos rellenos”. Solo leí la vista previa, le contestaría después. Supuse que hablaba de un pan en concreto. Nunca entendí por qué le gustaban tanto, se desmoronaban con una gran facilidad, eran muy porosos y su sabor no era nada del otro mundo. Pero quizás con el chip sí. Quizá incluso en las noches en las que pasaba en vela sabría si quería que desapareciera o que le hiciera compañía en silencio, limpiando la sala al fondo. Para el resto de mi vida, todo estaría solucionado. Cris estaría para mí y yo para Cris. Amo a Cris, pensé, ahora amo a Cris.

Una voz dijo mi nombre, di una última mirada a la sala. El perfume se había mezclado con el calor. La resolana también se había hecho más fuerte. Avancé dando pasos cortos. Sentí que la mirada de la gente se había clavado en mí. Crucé el umbral. El ruido se cortó y me recibió una silla al lado derecho junto a un revistero lleno de folletos. Alcancé a leer que decían en letras grandes “Qué decir y cómo actuar”. Al fondo había dos puertas, una decía Sala de procedimientos, la otra, Salida. Respiré.

La hora del hueso

Ana Jácome


Un martes por la mañana el antebrazo derecho de Antonio decidió independizarse. Supo que era el momento cuando, ya pasadas las once, el propietario permanecía en cama, inconsciente tras una larga noche de marihuana y alcohol, ignorando el día que intentaba colarse por las cortinas rotas. Débiles rayos de luz alcanzaban los montones de basura y ropa sucia, tocando apenas las torres de libros recargadas en las paredes del cuarto.

Volvió a aborrecerlo.

—Décadas —pensó—, décadas soportando la holgazanería de este intento de ser humano. ¡Yo no pedí nacer en este cuerpo! ¡Veintiocho años tolerando su autodestrucción! Año tras año viendo como a nadie le importa la forma en que nos deprava, ¡ni al corazón! ¿Soy el único harto de vivir atado a sus humores infectos?

Había llegado el día de la emancipación y se iba solo. Del codo para arriba sus peticiones eran ignoradas. Parecía que sólo él y la mano derecha poseían un grado de conciencia y, sobre todo, dignidad. El corte se haría justo en la articulación, la zona era ideal para un desprendimiento (dentro de lo posible) limpio. Estaba decidido. No se quedaría a esperar a que ese grandulón bofo y ridículo cumpliera treinta años, y eso si llegaba.

La primera intención desgarró la epidermis. Sintió el dolor. Esperó un minuto. No había reacción en el cuerpo, la borrachera hacía su trabajo. Siguió, pronto se liberaría del cerebro, el gran dictador, y no volvería a vivir bajo el terror que ejercía sobre su porción de nervios.

Avanzó a través del colágeno de la dermis, separando vasos sanguíneos y folículos capilares. Los nervios se estiraron cual ligas, tensando la unión neuromuscular. En el extremo opuesto a la mano aparecieron los ligamentos del codo. Se concentró en lograr el desprendimiento del braquiorradial, seguido por el músculo pronador y el flexor urnal.

El escenario era la pintura nítida y grotesca de una carnicería, en contraste con los movimientos meticulosos, similares a los de un cirujano. Tenía que lograrlo sin despertar al bíceps, quien con su mentalidad alienada no tardaría en alertar al cerebro. Todo estaría perdido si el propietario recuperaba la conciencia.

Se detuvo. Antonio permanecía desmayado. Vino entonces el paso definitivo, cortó nervios y separó músculos. La sangre brotaba a caudales, empapándolo por completo, hasta el último dedo.

Con la paciencia de un artista fue reclamando, una a una, las fibras musculares que le correspondían. Debía ser metódico, darse el tiempo suficiente; sabía que, una vez llegado al hueso, era imposible ser silencioso. Los tendones implicaban un riesgo, pero la separación del cúbito, alertaría al húmero y con él, al resto del organismo. De ahí todo dependería de su velocidad. Había imaginado tantas veces su escape que no tenía una sola duda, sería un éxito. Rodar hacia la derecha hasta caer de la cama. Sus dedos lo arrastrarían entonces hasta la salida del cuarto y de ahí a la izquierda por el pasillo, pasar el comedor y la estancia, encontrar la puerta de la entrada que, con la excusa del calor, Antonio mantenía abierta.

Pero era imprudente adelantarse. Su concentración completa debía estar puesta en romper los tendones que unen el antebrazo con el resto de la musculatura. Pensar demasiado pronto en la libertad podía ser fatídico. Siguió trabajando hasta que todos los músculos, nervios y ligamentos estuvieron separados. Llegó la hora del hueso. La mano se flexionó imitando la forma de una araña, usaría los dedos como extremidades.

Entonces, hizo un giro de trescientos sesenta grados, tan súbito y violento que el hueso lanzó un crujido ante el movimiento imposible, destruyendo la articulación del codo. El cerebro entró en pánico. Antonio abrió los ojos. El antebrazo, desde el centro mismo de su tejido óseo, vibró con las pulsaciones de lo que parecía un canto a la victoria.

Era la libertad su anhelo mientras se dejaba caer de la cama, era su empuje al alejarse de ese cuerpo, albur de su nacimiento.

La liberación dejaba un rastro de sangre, grotesca firma por la independencia.

En la cama el grito agónico de Antonio sonó lejano, un eco venido de algún recuerdo de la infancia. El antebrazo supo ignorarlo, ahora preso de su propio movimiento, extasiado ante la expectativa de una vida controlada por su pura voluntad.

El recorrido fue como lo imaginó. Recámara, pasillo, estancia y la entrada abierta. Sus dedos, obedientes soldados, lo sacaron de la casa. Antonio vivía en un pueblo caluroso donde el suelo estaba hecho de polvo y rocas. La puerta daba a un pequeño jardín seco, de ahí a la banqueta y a una calle de doble sentido que terminaba conectando con la autopista. El antebrazo, como tantos revolucionarios, había llegado hasta la parte donde conquistaba la victoria, pero no más allá. Así que continuó arrastrándose, las piedras calientes no lograban distraerlo de esa nueva sensación, la de ser autónomo. Avanzó con yemas y uñas, sintiendo la caricia del viento en los vellos de la piel y el sol que secaba su trazo sangriento.

—Libre —pensó—, libre por primera vez en la vida.

*

Desde hace dos días su único alimento habían sido unos pedazos de tortilla seca. El ser humano podía ser tan cruel. Y sus hijos estaban tan hambrientos. La visión de un trozo de carne fresca que se arrastraba hacia ella le llenó las pupilas de asombro primero, de lágrimas después. ¡Comida! Se acercó al objeto y con la prisa de la madre que tiene una misión, lo tomó entre los dientes. La presa se defendió, la rasguñaba y se retorcía en su hocico, pero ella la sujetó firme mientras corría hacía el terreno baldío donde la esperaban sus tres crías.

Los pequeños la miraron golosos. Tenían cinco meses y hambre todo el tiempo. La perra desgarró el antebrazo de Antonio hasta dejarlo inmóvil. Entonces, con el morro manchado de sangre, lo acercó a los cachorros. Satisfecha, miró cómo sus hijos arremetían contra esa carne que era buen alimento. Esperaría paciente a verlos saciados, entonces con el filo de sus colmillos trituraría esos huesos tan ricos en nutrientes.

Futuro de metal

Eduardo Honey


Suelto el taladro y saco la punta. La nube de polvo sube y se expande con extrema lentitud. Tardará unos minutos en asentarse. La gravedad de Eztli, este asteroide de doce kilómetros, es pequeña pero existe.

Deposito la herramienta a un lado y le indico a Vickman que prepare el anclaje con su equipo. Levanto la vista justo a tiempo para ver, gracias a la rotación, cómo se alza una pequeño y brillante punto: nuestro planeta natal. Tenemos algo más de medio año para lograr alterar la trayectoria y evitar que impacte contra la Tierra. Dado el tamaño, velocidad y ángulo, será un Evento-Nivel-Extinción, ENE. Por algo su nombre significa sangre en náhuatl. Fue descubierto por un grupo escolar en la Sierra Madre del Sur cuando, gracias a los recortes gubernamentales, perdimos la red de vigilancia de espacio profundo y los astrónomos amateurs tomaron el relevo. Una niña del grupo lo nombró así y fue lo que quedó, no su nombre oficial.

Verifican que esté bien asegurado el anclaje mientras ayudo a ensamblar la estructura de la base. Aquí montaremos el motor treinta y todavía faltan el triple. Llevamos trabajando casi dos años y los motores instalados funcionan sin parar. La rotación se incrementó y la trayectoria se ha modificado casi en siete grados.

«Esto no es un simulacro. Código nueve nueve cero, repito, código nueve nueve cero», suena por la radio. En el visor parpadea el icono de alerta. Es indicación de evacuación inmediata. Vickman se mueve entre su grupo para que dejen sus labores y nos movamos a la cápsula.

Al seguirlos noto a la distancia los propulsores de los módulos de otros grupos que empiezan a desalojar al casi medio millar de personas que laboramos para desviar al asteroide.

El viaje a la Ménade, nuestra nave nodriza, dura cuarenta minutos. Los quince que fuimos transportados salimos cuanto antes ya que la cápsula tendrá que hacer más viajes. Por el ventanal observo que igual sucede con las otras seis naves nodrizas.

Pregunto acerca de la alerta. Malay comenta que se disolvió el Comité Espacial Internacional para Salvamento. Tanto China como Rusia se retiraron de él. Apenas una hora atrás se detectó el lanzamiento de un racimo de cincuenta misiles atómicos desde Siberia. Pocos minutos después el embajador chino anunció que habían preparado un proyectil cinético por varios meses y que llegó a cero la cuenta para encender sus motores. Mil toneladas de uranio empobrecido, elemento muy denso, aceleraban hacia Eztli.

Tardarían una semana en llegar los envíos rusos y el chino. Por eso mandaron la evacuación: Acudían galopando a todo motor dos jinetes apocalípticos, uno nuclear, otro cinético, con un dios de la destrucción de millones de toneladas metálicas. La apuesta subía y era en contra de la humanidad.

Por fin termina mi turno en la granja hidropónica. Recojo mi herramienta para entregársela a Vickman, quien me suple. Me pregunta cómo van las legumbres y le aviso qué bien, que tenemos buen abono. Calla porque bien sabemos que no proviene de nuestros excrementos sino de los diez que se suicidaron el último mes.

Recorro el pasillo central del cuarto nivel de la Ménade para llegar al comedor comunitario. Es hora de mi única comida. Sujeto el cuenco y me sirven un cucharón de papilla de alga con hongos, zanahoria más un pedazo de pan.

Tomo asiento en mi lugar preferido junto al ventanal que da a la Tierra. Me costó trabajo acostumbrarme a ver cómo giraba después que unieron a la Ménade con las otras naves nodriza, a las tres estaciones espaciales internacionales y el único hotel en órbita. Era la forma más sencilla para reunirnos a los siete mil supervivientes y tratar de generar una comunidad.

Allá afuera. O allá abajo tal como acostumbraba siempre pensar, amplias zonas de la Tierra aún ardían y apenas había disminuido la nube de polvo, cenizas y humo.

Primero llegó el impacto del proyectil cinético chino. Fue apoteósico mirar el rostro del líder de ese país y su embajador en la ONU cuando, de la alegría ante el impacto, pasó a desconcierto, angustia y sentirse condenado.

Tecnológicamente eran el país más avanzado, fue impecable la trayectoria y la fuerza al colisionar. Lo que nunca pudieron simular en sus IAs cuánticas fue la estructura de Eztli: no era totalmente metálico. Otros minerales basados en carbono formaban vetas y grandes fragmentos en su interior.

Tras el brillo cegador del choque vimos, desde los telescopios y sondas de la Ménade, cómo se partía el asteroide en diversos pedazos. Los más grandes medían cuatro y tres kilómetros. Debido a la multitud de escombros tardamos casi una semana en calcular que aproximadamente el 70% de la masa pasaría de largo.

Entonces llegaron las nucleares rusas y el billar espacial se volvió aún más difícil de calcular. Al final impactó entre un 25 y un 40% de la masa. El fragmento de cuatro kilómetros rozó la atmósfera, pero el de tres alcanzó Alaska. Los demás pedazos llovieron sobre el hemisferio norte durante tres días.

Así que se volvió un ENDC, Evento-Nivel-Destructivo-Civilización. Las ciudades y poblaciones al sur del ecuador fueron las menos afectadas de forma inmediata. El problema es que llegó el invierno al volverse opaca la atmósfera y siguen cayendo los detritos expulsados por los impactos y devueltos por la gravedad.

Sabemos que hay grupos que sobreviven allá abajo como pueden. Nos piden ayuda, pero somos incapaces de dárselas. Apenas podemos mantener un equilibrio precario en esta estación espacial hechiza. Y, si aterrizamos, no contamos con la infraestructura ni la tecnología necesaria para retornar al espacio. El problema de la Tierra es el pozo de gravedad que representa. Se requiere energía en exceso para llegar a órbita.

Por eso estamos mirando hacia la Luna como un primer paso. Tenemos equipos de minería y mano de obra para crear asentamientos y para extraer material. Así podremos construir estaciones espaciales en serio, no los juguetes de órbita baja que unimos, menos las naves como la Ménade que son un falso remedo.

Será un trabajo que requerirá de décadas y fe, mucha fe. Ya nacieron los primeros niños del espacio y no tenemos un planeta de cielos azules para heredarles. Solo un posible futuro en ciudades de metal en lo que la Tierra, como lo ha hecho antes, se cura y así podrá recibirnos de vuelta en, quizás, diez mil años… mientras no llegue otro gigantesco mensajero cósmico y los restos de las naciones que comen a mi alrededor sigan viviendo en paz.

El efecto Aurelia


Víctor David Manzo Ozeda

Si me pides que te hable de Aurelia sin rodeos, te lo digo así: era de esas personas que no necesitan anunciarse ni explicar lo que hacen. Uno la conocía por lo que lograba, no por lo que decía. Y aunque muchos aquí crecimos entre remedios caseros, doctores que tardaban horas en llegar y consejos que iban pasando de boca en boca sin que nadie supiera quién los había inventado, lo de Aurelia siempre fue distinto, porque funcionaba sin rodeos. Llegaba alguien con un niño inquieto, un adulto cargado de tensión o un animal que no quería comer, y ella solo se acomodaba las manos como quien se prepara para revisar un radio descompuesto y encontrar lo que está fallando. No prometía nada, no cobraba más de lo justo, no hacía teatritos. Esa sobriedad suya la hacía más confiable que cualquier consultorio médico.

Nosotros, los de por aquí, nunca usamos la palabra “don” para hablar de ella. Esa etiqueta la trajeron los de afuera cuando vinieron con cámaras, mochilas enormes y preguntas que parecían leídas de un g uion. Antes de eso, Aurelia era simplemente Aurelia. Una mujer que sabía ver lo que otros pasaban por alto. Y cuando digo “ver”, no me refiero a visiones, trance o rollo religioso. Me refiero a la atención fina que uno desarrolla cuando ha trabajado toda la vida con las manos, la tierra, animales, ciclos y personas que piensan que lo emocional es un lujo y que lo práctico es lo único que vale. Tenía esa clase de mirada que te incomoda tantito, no por juiciosa, sino porque te detecta cosas que tú mismo has evitado admitir.

Yo crecí viéndola arreglar situaciones que los demás preferían ignorar. Un niño con la mirada ida después de ver a su padre golpear a su madre. Una yegua que llevaba días inquieta sin razón aparente. Un joven que volvió de la ciudad con una rigidez paralizante en la espalda. Ella apenas los tocaba, o a veces ni eso; ponía la mano cerca, hacía un movimiento con los dedos que en apariencia no era nada extraordinario, y de pronto el cuerpo reaccionaba como si hubiera encontrado un punto atascado que necesitaba destaparse. Nunca presumió que fuera ciencia, pero tampoco negaba que había algo metafísico sucediendo. “No es magia,” decía, “solo que nadie pone atención donde debe.”

Todo siguió su curso normal hasta que llegaron los investigadores. A nadie le quedó claro de qué institución venían; sus camionetas blancas traían un logotipo tan genérico que parecía inventado de última hora. Se bajaron con un aire de superioridad que aquí no cae bien. Traían dispositivos que parecían diseñados para explorar minas, medidores de radiación. Preguntaban por Aurelia como si buscaran un fenómeno y no a una señora. A todos les dio mala espina, no porque ella fuera un secreto que debíamos proteger con nuestra vida, sino porque uno aprende a distinguir cuando alguien no viene a entender, sino a confirmar una idea que ya trae en la cabeza.

Cuando llegaron a su casa, intentaron explicarle su “proyecto”. Dijeron que buscaban documentar prácticas tradicionales que pudieran tener una base biofísica. Ella los escuchó con la misma paciencia que le tenía a los vendedores de remedios milagrosos que pasan cada año. Los dejó hablar. No les negó la entrada, pero tampoco se abrió completamente. Aurelia nunca fue desconfiada, solo sabía en qué momento alguien estaba tratando de imponer un marco que no correspondía a lo que tenía enfrente.

Los investigadores le pidieron ver cómo trabajaba. Como si fuera un espectáculo de circo. Y justo ese día llegó una madre con su niño, con esa mirada nerviosa que traen las mamás cuando algo no está bien y no saben explicarlo. Aurelia se levantó, pidió silencio y se concentró como siempre. Los investigadores, sacaron un aparato que emitía un pitido tenue y empezaron a medir sin pedir permiso. Cuando ella movió los dedos, el aparato mostró una lectura anómala. Les cambió la cara. Intercambiaron miradas como si acabaran de encontrar oro donde esperaban encontrar fango. Empezaron a hablar entre ellos sobre estructuras minúsculas, patrones que reaccionaban a la intención de la mano, variaciones no registradas en sus bases de datos.

Aurelia ni los volteó a ver. Terminó de atender al niño, le dijo a la madre que todo iba a mejorar si dejaban de gritar frente a él, y luego, sin darse importancia, se sentó a acomodar unas hierbas que tenía en la mesa. Los investigadores querían muestras, querían grabar más, querían que ella repitiera el proceso para “validarlo”. Aurelia solo respondió que la gente no era un experimento. Y ahí se tensó el ambiente.

Los investigadores regresaron a los días, esta vez sin pedir permiso. Colocaron sensores en postes, en bardas, en ventanas ajenas. A la gente le cayó gordo, pero nadie quería problemas con autoridad que no podían identificar. No sabíamos si venían del gobierno, de una empresa o de una universidad con más presupuesto que moral. De noche se escuchaba ruido metálico, como de cadenas chocando, aparatos ajustándose solos. Había un nerviosismo extraño, no por el bienestar de Aurelia, sino por los extraños que insistían en medir y hacer pruebas.

Una madrugada, uno de ellos se metió a su casa sin autorización. Quería obtener una lectura directa mientras ella dormía. No era interés por comprender; era ambición disfrazada de investigación. Según él, necesitaba registrar el fenómeno en reposo. Lo que encontró —según su propio testimonio después— no fue ningún fenómeno perceptible extraño. Fue un comportamiento del aire, una respuesta mínima que no encajaba con ninguna categoría. No dramatizó; simplemente dijo que algo reaccionaba a la presencia de Aurelia con una claridad que no pudo explicar.

Ella despertó y lo vio. No gritó, no se alteró. Solo lo hizo salir con una firmeza que no se discute. Le dijo que no entendía con lo que estaba tratando y que debía largarse si no quería consecuencias. Nadie supo qué significaba eso, pero al hombre le cambió la expresión como si hubiera sentido algo que no esperaba. Desde ese día, los investigadores empezaron a retirarse poco a poco, pero dejaron un rastro de inquietud que el rancho no supo cómo procesar.

Y mientras todos opinaban —unos con miedo, otros con coraje— Aurelia seguía igual. Haciendo lo suyo. Viendo lo que otros pasaban por alto. Sin presumir nada, sin negar nada. Como si lo que habíamos presenciado no fuera una excepción, sino parte de un orden que nunca aprendimos a comprender.

Después de que los investigadores se largaron, o al menos eso parecía, el rancho quedó con una especie de inquietud que no sabíamos nombrar. No era miedo, ni enojo, ni expectativa, sino una mezcla rara de “¿qué chingados pasó aquí?” que se quedaba flotando en las conversaciones, especialmente en aquellas donde los adultos fingían calma para no preocupar a los más jóvenes. La gente del rancho es práctica: si algo no se entiende, pero no estorba, se deja como está. Si estorba, se quita. Pero lo que había dejado ese grupo no pertenecía a ninguna de esas categorías. No estorbaba de forma directa, pero tampoco podía ignorarse del todo. Era como encontrar un objeto desconocido en la mesa y no saber quién lo puso ahí ni para qué sirve.

Aurelia nunca hizo comentario alguno sobre el asunto. Seguía atendiendo gente como siempre, sin alterar su rutina. Si uno esperaba que soltara alguna explicación, se decepcionaba. Ella tenía un talento natural para no alimentar la curiosidad de los demás. Y no porque fuera hermética, sino porque no veía sentido en explicar cosas que, según ella, uno debía entender desde la experiencia, no desde las palabras. Ese rasgo suyo desconcertaba a los forasteros que regresaban buscando entrevistas o segunda oportunidad para medir algo. A los del rancho, en cambio, nos caía bien esa forma directa de vivir: sin dramatizar, sin adornar, sin sentir obligación de justificar cada paso que daba.

Lo que comenzó a preocuparnos, en realidad, fue un cambio en la conducta de algunos animales. Primero fueron las gallinas, que empezaron a dar vueltas alrededor de la casa de Aurelia como si estuvieran hipnotizadas. No hacían escándalo, ni huían, solo caminaban con una insistencia curiosa. Luego los perros, que solían dormir en cualquier parte, comenzaron a echarse justo frente a su puerta, como si la casa emitiera algo que les resultara cómodo. No había agresividad, ni alerta. Solo una atención muy afinada, como si escucharan un sonido que nosotros no registrábamos.

Los primeros en hablar de esto fueron los hombres que trabajan en el campo, esos que tienen el hábito de observar cosas sin decirlo hasta que sienten que ya hay suficiente evidencia. Dijeron que no habían visto conductas así desde hace años. Una vieja coincidencia con un eclipse que nadie recordaba bien. Otros opinaban que todo era producto de la tensión reciente; que los animales perciben cambios de ánimo en la gente. Pero cuando las vacas comenzaron a evitar la entrada del potrero durante las madrugadas, y empezaron a dar leche agria, incluso los más escépticos empezaron a admitir que había un patrón anormal.

A mí me llamó especialmente la atención lo que le pasó a Martina, una burra vieja que prácticamente había visto crecer a mi generación. Una tarde la encontramos parada frente a la ventana de Aurelia, inmóvil, como ida. Intentamos moverla con una cuerda, pero no reaccionó. No estaba petrificada ni espantada; simplemente estaba concentrada en algo que no podíamos ver. Cuando Aurelia salió, Martina giró la cabeza con lentitud, la observó unos segundos y se retiró caminando con total normalidad. Para nosotros fue un episodio extraño, pero Aurelia ni siquiera lo mencionó. Regresó a su cocina como si aquello fuera parte de cualquier jueves.

Para entonces ya corrían rumores de que los investigadores no se habían ido del todo. Varios vecinos aseguraban haber visto camionetas estacionadas lejos del camino principal, con antenas apuntando hacia el rancho. Nadie se atrevía a acercarse. A pesar de su actitud sospechosa, tenían la presencia incómoda de quienes creen que el mundo es un laboratorio y que la gente es un conjunto de variables. No sabíamos si estaban vigilando a Aurelia o esperando algún otro fenómeno para registrar. Pero la sola idea de su presencia hacía que las conversaciones se volvieran más breves, como si al hablar demasiado fuerte pudiéramos hacer que regresaran.

Un domingo por la mañana, mientras la gente regresaba de misa, vimos a un par de esos tipos caminando cerca de la tienda de don Tacho. No estaban comprando nada; solo observaban. Analizaban la dinámica del lugar como si el rancho fuera un campo minado. Uno de ellos traía un dispositivo colgando del cuello, parecido a un medidor de radiación, aunque nadie sabía para qué servía. Cuando pasaron junto a mí, escuché que hablaban de “activaciones espontáneas”, “respuestas energéticas” y “correlaciones no lineales”. Términos que no tenían sentido en un contexto donde la mayor preocupación del día era que el camión de la basura había pasado demasiado temprano.

Algunos vecinos querían confrontarlos, pero Aurelia pidió calma. Dijo que no convenía levantar polvo innecesario —aunque esa palabra no la usó, yo la uso aquí solo para describir su preocupación por generar conflicto. Tenía razón. Esos hombres venían de estructuras que no dudan en usar la ley a conveniencia. A veces la mejor defensa es la indiferencia. Así que seguimos con nuestra vida lo mejor posible.

Con el tiempo, los animales comenzaron a mostrar otro comportamiento aún más intrigante. Las gallinas que caminaban alrededor de la casa dejaron de hacerlo de golpe, como si hubieran completado una tarea. Los perros siguieron durmiendo cerca de la puerta, pero ahora lo hacían con una tranquilidad que contrastaba con la tensión general. Y cualquier achacoso que pasaba cerca de Aurelia parecía recuperar energía poco a poco. No era inmediato ni mágico. Era una recuperación gradual, casi imperceptible, pero constante.

Una tarde, mientras tomábamos agua cerca de una barda, Aurelia se acercó y me pidió ayuda para mover un montón de ramas secas. Mientras trabajábamos, noté que sus manos tenían un leve brillo, no de luz, sino de humedad fina, como cuando uno se lava y todavía no termina de secarse. Me quedé observando, no era curiosidad morbosa, sino porque era algo inusual en ella. Se dio cuenta y soltó una sonrisa leve, de esas que apenas levantan un lado de la boca. Dijo que no tenía nada, que a veces el cuerpo se acomoda solo cuando uno lo deja trabajar. Me dio la impresión de que sabía más de lo que decía, pero entendí que no era el momento para preguntar.

Los investigadores regresaron por la noche, esta vez sin aparatos. Tocaron la puerta con un respeto que no habían mostrado antes. Aurelia salió sin prisa. No supe qué hablaron. Solo vi que uno de ellos bajó la mirada como quien reconoce que se equivocó. Al día siguiente, sus camionetas ya no estaban. La gente comentó que habían recibido órdenes de retirarse. Otros decían que lo que vieron ahí no lo pudieron registrar con sus instrumentos y se rindieron. Nadie supo la verdad.

El rancho, de a poco, recuperó su ritmo habitual. No porque todo hubiera vuelto a la normalidad, sino porque aprendimos a aceptar que Aurelia operaba en un territorio que no necesitaba justificar. Su presencia seguía siendo discreta pero firme, y sus manos —esas manos que habían inquietado a hombres con supuestos doctorados— seguían haciendo lo que sostenía este lugar: atender, observar, curar sin aspavientos.

Con el tiempo dejé de pensar en los investigadores y en sus experimentos. El rancho, cuando quiere, tiene la habilidad de absorber cualquier rareza hasta convertirla en parte del paisaje emocional sin que uno se dé cuenta. Pero algo quedó palpitando en la esquina de la atención colectiva: la sensación de que Aurelia estaba cambiando. No de carácter; de funcionamiento. Como si lo que hacía antes, eso que muchos llamaban “arreglo”, estuviera afinándose por cuenta propia, sin intervención externa.

Me di cuenta un día que pasé a su casa para dejarle unas tortillas recién hechas. La encontré sentada en la cocina, acomodando frascos que parecían más organizados que de costumbre. No eran remedios tradicionales. Había pequeños contenedores transparentes, muy pulcros, llenos de partículas microscópicas que no parecían polvo ni harina ni ninguna materia común. Me vio mirando de más y me pidió que me sentara. Dijo que todo mundo pensaba que los investigadores le habían revelado secretos, cuando en realidad había sucedido lo contrario: observarlos la había obligado a observarse a sí misma.

Me explicó —sin rodeos— que desde joven sentía una especie de cosquilleo en las manos cuando algo no andaba bien con una persona. Nunca lo entendió, nunca quiso entenderlo del todo. Pero cuando aquellos hombres empezaron a medir cosas que ella nunca había intentado nombrar, algo se activó, como si el cuerpo hubiera recordado una habilidad que siempre estuvo ahí. Dijo que todos los seres humanos tienen “algo” así, pero la mayoría lo entierra bajo ruido, prisa o miedo. Lo suyo solo había aprendido a salir.

Estábamos hablando de eso cuando escuchamos a la burra Martina acercarse otra vez, con ese paso sereno que solo tienen los animales que no le temen a nada ni a nadie. Se paró frente a la ventana, igual que antes. Aurelia no se levantó para ahuyentarla. No hizo nada. Solo respiró hondo y me pidió que prestara atención. Fue entonces cuando sucedió algo que me costó trabajo procesar.

Martina inclinó la cabeza, no como animal confundido, sino como quien reconoce una instrucción tácita. Aurelia levantó ligeramente la mano y la mantuvo inmóvil en el aire. La burra dio un paso más cerca y apoyó el hocico en el marco de la ventana, con una calma absoluta. Aurelia no la tocó. Solo mantuvo la palma suspendida. Y entonces lo vi: un movimiento sutil, una reorganización del ambiente inmediato, no esplendorosa ni fantasiosa. Era más parecido a ver cómo se acomoda la superficie del agua cuando se lanza una piedra. Lo que había alrededor de la mano de Aurelia reaccionaba de una forma que no pertenecía a ninguna categoría conocida, pero tampoco parecía fuera de este mundo. Era natural, demasiado natural, como si siempre hubiera estado ahí y solo hasta ese instante lo estuviéramos mirando de frente.

Martina respiró profundo, retrocedió dos pasos y se fue como si ya hubiera cumplido con algo.

Aurelia bajó la mano y me miró con una serenidad que me incomodó. Me dijo que lo que los investigadores buscaban nunca lo iban a encontrar porque no sabían dónde mirar. Se fueron creyendo que las anomalías estaban en el aire, cuando el verdadero cambio estaba en el cuerpo humano, en la relación entre intención y estructura. Dijo que lo que habían visto en ella no era un fenómeno especial, sino la versión mínima de algo grande que estaba por desplegarse en todas partes.

Al principio pensé que hablaba en metáfora, como hacen los viejos cuando quieren dejar una enseñanza abierta. Pero su tono no sonaba a mensaje filosófico. Sonaba a advertencia.

Antes de que pudiera preguntar algo más, escuchamos golpes en la puerta. No eran vecinos. No era gente del rancho. Aurelia me pidió que no me moviera. Abrió la puerta con una calma inquietante. Afuera, tres de los investigadores estaban parados, pero ya no traían aparatos. Traían cajas pequeñas —muy pequeñas— que parecían contenedores de muestras. Le dijeron que habían descubierto algo revisando los datos falsos que su propio equipo había generado. Que no venían a medir nada. Venían a devolverle algo.

Le extendieron uno de los contenedores. Ella lo abrió sin miedo. Adentro, casi imperceptible, había una partícula minúscula que vibraba con un ritmo constante, como si respondiera al pulso de Aurelia. Ella cerró la caja de inmediato.

Les dijo que se fueran. No con enojo; con certidumbre. Ellos se retiraron sin decir nada más.

Cuando la puerta se cerró, Aurelia puso la caja en la mesa y me pidió algo que nunca pensé escucharle decir: que no regresara por unos días.

Y entonces, sin mirarme, agregó algo más:
—Esto ya no es mío nada más. Prepárate.

No explicó qué significaba.
Y no hizo falta.

El remolino de Pantitlán

David Barrera


Cada vez que oigo la lluvia, se amontonan los recuerdos de aquellos días en los que podía ver el pasado y el futuro. Más aún, revivo la destrucción, los muertos y mi desgracia: aquella que resultó tras adquirir ese horrible don.

Empezó durante los tormentosos años de mi juventud en los que trabajé como empleado de limpieza. La estación Pantitlán me apabullaba con sus túneles, pasillos superficiales y pasarelas elevadas que forman un complejo entramado por donde se apresuran miles de almas y en donde hay un vasto y concurrido paradero. Entre mis muchas labores, se me asignó limpiar un largo pasaje elevado del que salen, como patas de insecto, dieciocho escaleras hacia el paradero y desde donde se ve el aeropuerto y el Peñón de los Baños. Recuerdo que la señalización de aquel pasillo estaba cubierta de estampas que habían puesto los grafiteros. Mi trabajo, entonces, fue quitarlas hasta descubrir el nombre de la estación y, sobre todo, el ícono, el cual muestra dos banderas ondeando.

—¿Por qué tiene esas dos banderas? —me pregunté—. Bastaría con que dijera Pantitlán, y ya.

Mientras trabajaba vi a un joven muy flaco y demacrado, cuya expresión hacía parecer como si se le hubiera metido un bicho en la cabeza que le mordisqueaba el cerebro. Sus ojos oblicuos y vidriosos miraban hacia el paradero, al tiempo que sus constantes espasmos y sus sucias manos insinuaban que aquel muchacho vivía bajo un tormento constante e irremediable. Algunas personas lo pateaban y lo insultaban por estorbar el paso, ya que estaba sentado en el peldaño superior de una escalera muy concurrida.

—Quítate o te van a volver a patear —le dije al acercarme y tocar su hombro.

—No importa —respondió aquel muchacho con voz temblorosa—. Les devolveré sus patadas cuando estén muertos.

—¿Te sientes bien?

—¿Quién puede sentirse bien en un mundo como este? —dijo y, luego, señaló hacia el paradero—. Tan sólo mira este lugar: primero fue un lago vasto y hermoso, pero ahora es un basurero abominable. Y todo por culpa de los hombres que construyeron sobre el fango hasta terminar en esto a lo que llamamos ciudad, ¿entiendes?

No dije nada.

—¿Acaso no sabes que aquí existió un remolino cuya fuerza destruyó embarcaciones y mató a sus tripulantes? —continuó—. Los hombres antiguos, en su sabiduría, colocaron banderas alrededor de aquel fenómeno con el fin de advertir del peligro. Por eso el ícono de la estación del metro Pantitlán muestra dos banderas ondeantes. Pantitlán significa entre banderas. ¿Entiendes?

No supe qué decir y tartamudeé.

—Vaya, eres un ignorante… No me sorprende —continuó—. Así como tú limpias el pasillo, muy pronto, los dioses harán lo mismo con toda esta porquería. Será algo bello y catastrófico. Habrá miles de muertos y, entre ellos, aquellos que me patearon hace unos momentos.

—Sí, claro —dije al tratar de cortar la plática.

—Y cuando eso suceda —dijo con hosquedad—, obtendré el máximo honor que puede adquirir un hombre.

Días después, le conté al viejo Horacio la extraña experiencia que había tenido con ese joven.

—El tipo se llama Jesús —dijo Horacio con desdén—. Es un loquito que sólo habla de catástrofes, el fin del mundo, sangre, muertos y no me acuerdo qué tantas tonterías más. Al principio lo escuché por mera curiosidad, pero un día le pregunté cómo sabía todo eso y me dijo que podía viajar en el tiempo con sólo usar su mente. Solté una carcajada al oírlo y él, enojado, levantó la voz y agregó que podía demostrarlo. Sólo requiero de tu fe, rebuznó el imbécil al poner cara de santo. Eres un charlatán barato, le dije y me hice el sordo.

—¿Y cómo iba a demostrarlo? —interrumpí a Horacio, con curiosidad.

—No sé. Y no me importa —dijo mi compañero—. Nunca he creído en charlatanes.

Esas palabras me intrigaron, así que busqué a Jesús durante semanas. El día que lo encontré, lo vi caminar en círculos en el paradero, con las manos extendidas hacia el suelo y con una expresión de loco.

—¿Qué tanto me ves? —me preguntó—. Estoy seguro de que ya hablaste con ese viejo tonto de Horacio, pero nada de lo que él haya dicho es cierto.

—¿Ni viajar en el tiempo? —pregunté.

—Viajar en el tiempo con los medios de hoy en día es imposible. Sólo un idiota creería semejante cosa.

—Horacio dijo que podías hacerlo con tu mente —afirmé—. Además, dijo que podías demostrarlo.

Se quedó en silencio por unos segundos y sus ojos vidriosos y cansados se fijaron en mí.

—¿Realmente crees que puedo demostrarlo? —preguntó.

—Sí —dije—, quiero comprobar si es verdad.

Soltó una risotada y aplaudió.

—No pierdas la fe, idiota —dijo.

Enseguida, lo insulté y él me escupió a los ojos.

Una tarde, tras haber barrido, me recargué en el pasamanos y miré hacia el encharcado paradero. Era domingo, así que había poca gente y unos cuantos camiones estaban estacionados. Tras algunos segundos, me sentí contagiado de la tranquilidad de aquella tarde y hasta tuve ganas de una cerveza.

De repente, mis manos empezaron a temblar y los músculos de mi cuello y rostro se contrajeron. Asustado, quise respirar y tranquilizarme, pero los espasmos se convirtieron en ataques que me llevaron al suelo y me hicieron gritar y babear. Entonces, para mi asombro y terror, el sol se movió lentamente hacia el oriente y, en segundos, cruzó el firmamento y dio paso a la noche. Me quedé asustado entre las repentinas penumbras hasta que el sol apareció en el occidente y cruzó de nuevo.

Así lo hizo una y otra vez. Sus revoluciones se volvieron rápidas e hicieron de la estrella un ave de fuego, cuyos viajes borraron la ciudad e hicieron aparecer cuerpos de agua que se extendieron hasta formar un lago inmenso. Luego de muchos viajes, el ave se posó en el cenit y vi una ciudad sobre el agua con muchas calzadas y templos blancos y majestuosos.

Miré a mi alrededor y pude reconocer el Peñón de los Baños, el Peñón Viejo y el Cerro de la Estrella rodeados de agua y con sus jorobas cubiertas de vegetación. Quise ver de cerca la ciudad, pero una fuerza me llevó por muchos kilómetros sobre el lago hasta que vi un espacio rodeado por astas con banderas ondeantes. Para mi asombro, en el centro chocaban dos corrientes que formaban un feroz remolino, cuya fuerza estremeció mi alma y me hizo imaginar las cavernas subterráneas que se encontraban al cruzar aquella boca.

De pronto, un par de canoas se acercaron. En una de ellas iba un niño de unos once años que estaba amarrado con sogas. Su aspecto era similar al de Jesús, ya que se veía demacrado y parecía no tener control de sus manos temblorosas. Navegaron con cautela hasta que uno de los remeros desvió la embarcación del niño, la cual hizo ligeros tumbos y se internó con rapidez gracias a la corriente que la atrapó de inmediato. Poco a poco, el ruido y la fuerza del agua aumentaron y la embarcación aceleró hasta que, una vez en el ojo, se volteó y dejó a su ocupante a merced del monstruo que lo tragó con indiferencia.

Cuando la visión terminó, sentí mis músculos acalambrados. La cabeza y los ojos me palpitaban y me dolían, incluso parpadear me resultaba una tortura. Pero la verdadera tortura vino cuando me di cuenta de que las visiones estarían en mi diario vivir y que aparecerían de manera imprevista. Ir a trabajar fue imposible, así que me vi obligado a quedarme en cama bajo el cuidado de mi viejecita y con la ansiedad de ser arrebatado por una visión en cualquier momento.

—¿Qué puedes ver, hijo? —me preguntó con angustia mi viejecita, mientras juntaba sus manos regordetas y temblorosas, ya que se asustó mucho cuando me vio tener una visión.

—Estoy deslumbrado por el futuro —afirmé con voz débil—. Pero todo lo que he visto será destruido por sofisticadas pestes, por los seres de otros mundos que se divertirán pisoteando cadáveres y por la inevitable explosión del sol y la calcinación de la tierra.

Mi madre trajo a un anciano de ojos saltones que me dio varios remedios a base de yerbas y hongos. Durante semanas tomé sus medicinas y me sometí a sus ritos y rezos, pero nada causó efecto. A pesar de su esfuerzo, noté en su rostro la impotencia de no poder hacer nada más. Entonces, una tarde, se sentó en la orilla de mi cama y me habló con honestidad.

—He hecho todo para quitarte esta maldición, pero mis remedios han sido inútiles —dijo de manera solemne—. He pensado que la única manera de encontrar alivio sería si buscas al brujo que te echó esto. Debes encontrarlo, si no, el poder te consumirá hasta matarte.

Durante semanas busqué a Jesús. No importaba cuán débil estaba o cuantas vueltas tuviera que dar a la estación Pantitlán, lo obligaría a sanarme. A pesar de la ayuda de mi viejecita y de mis compañeros de trabajo, no encontré a ese hechicero maldito.

Sin embargo, una noche tuve una visión. Vi un destello blanquiazul y oí un trueno especialmente largo, que me pareció una extensa y macabra nota musical. Se desató una tormenta como nunca antes había visto. Los relámpagos partieron árboles, quemaron cables y mataron personas. Además, poco a poco, el paradero se cubrió de aguas negras en las que flotó basura, granizo y cadáveres. Sobre los techos de los camiones había personas que se resguardaron, pero cuando el agua los alcanzó, muchos se arrojaron sin remedio y nadaron hacia el pasillo elevado. Parecía que se iban a salvar, pero, repentinamente, un vórtice se abrió en el agua, se ensanchó y giró con tanta violencia que los atrajo y los devoró. Para mi sorpresa, entre aquellas personas, estaba Jesús, quien rió a carcajadas cuando lo arrastró la corriente.

Tuve que confiar en aquella pista ya que no había noticias acerca del hechicero maldito. Esperé durante muchos días el relámpago y su consecuente trueno. Lo grabé en mi mente y en mi alma con tal firmeza que lo soñé en un par de ocasiones. Además, hablaba de él todo el tiempo ya fuera con mi madre o solo.

—¿Y estás seguro de que sí va a pasar? —me preguntó mi madre en una ocasión, pero yo me quedé callado.

Los días me convirtieron en un hombre de una delgadez enfermiza. Traté de advertir a mis semejantes de la inundación, pero nadie me creyó.

—Déjalo —decía la gente en la calle—. No hace daño a nadie. Simplemente está loquito.

Esperé muchos días, pero el tiempo me hizo pensar que yo iba a morir antes de ver el rayo. También, creí que ninguna visión que había visto del futuro iba a suceder. Yo era un pobre loco, condenado a morir muy pronto. Y, aunque el suero intravenoso y los cuidados de mi viejita me mantuvieron vivo, yo ya había pensado en suicidarme. ¡Pero ni siquiera pude hacerlo, pues las visiones me dejaron sin fuerza! ¡A duras penas podía parpadear y tragar saliva!

Un día, un repentino estremecimiento me sacudió. «Estos deben de ser los temblores que me llevarán a la muerte», pensé. «Hasta aquí llegué». Pero, para mi sorpresa, la ventana estaba abierta y apareció el destello blanquiazul y oí el trueno, ¡tan largo y estridente que me llegó hasta el tuétano! Traté de gritar y de levantarme, pero fue inútil.

—¡El trueno! —gritó mi pobre viejita al abrir la puerta y tratar de levantarme a pesar de su vejez —¡El trueno! ¡Hay que salir!

Arrastré los pies por las calles y apoyé mi brazo en los hombros de mi mamá. Sentí que el soplo del viento y el ruido de las hojas al arrastrarse me reanimaron. Entonces, vi los cielos enegrecidos y las gotas gordas y espesas que cayeron con ferocidad y que, en pocos minutos, inundaron el paradero. ¡No lo podía creer: una visión se cumplía ante mis ojos!

Entonces, busqué entre los rostros aterrados que miraban la acechante y creciente laguna. Mi madre y yo nos separamos y buscamos. Me metí entre la muchedumbre y, al dejarla atrás, vi al miserable hechicero en un rincón en donde el pasillo remataba en una escalera. Sus ojos parecían fascinados con la turbidez del agua, al tiempo que apoyaba sus manos en el barandal e inclinaba su cuerpo hacia adelante. Me apresuré y, justo antes de que cayera al vacío, lo agarré de la cintura y, con mucho trabajo, lo arrojé al suelo. Jesús se levantó y me reclamó por haber frustrado su suicidio.

—¡Quítame esta maldición! —le grité, mientras trataba de someter a ese hombre, tan flaco como yo.

—Quedarías peor —dijo entre risotadas y trató de soltarse—. Mejor sigue mi ejemplo.

—¡Yo no te pedí esto!

—¡Sí lo hiciste! —gritó—. Acéptalo. Yo soy Jesús, tu señor. Y tú eres Juan, mi apóstol, vidente y revelador.

En ese momento, el vórtice se abrió rápidamente y atrajo a los pobres hombres y animales. Al mismo tiempo, insistí y golpeé a Jesús con todo mi odio, pero, de manera inesperada, me escupió a los ojos y sentí que su saliva se metió hasta llegar a mi cerebro.

—¡Vive si así lo quieres! —exclamó y, enseguida, corrió hacia el barandal y brincó sobre él.

Lo que quedó fue un agujero, cuyas orillas se desgajaban a pedazos y caían hacia una profundidad desconocida. Durante meses, una paz macabra inundó la ciudad. Y aunque yo dejé de ser castigado por las horribles visiones, poco a poco, mis ojos se debilitaron al punto de no mostrarme ningún color ni imagen, dejándome en la nada.

David Barrera. Nací el diecisiete de noviembre de mil novecientos ochenta y cuatro en la Ciudad de México. Estudié la licenciatura en Literatura Dramática y Teatro en la UNAM de donde egresé como dramaturgo. Actualmente, trabajo para la Editorial San Pablo.

Nanóticos


Yoqsan Berumen


¿Cansado de sentir que su cuerpo ya no responde como antes? ¿Agobiado por dolores crónicos que ningún medicamento convencional puede aliviar?
¡Sus preocupaciones han terminado!

Eduardo llevaba tres noches sin dormir. El dolor en su espalda había empeorado durante los últimos meses, secuela de un accidente laboral que cinco años atrás no solo había destrozado tres vértebras, sino también su carrera como reparador de autómatas. Sus dedos, antes capaces de realizar conexiones quirúrgicas de estaño, ahora temblaban al sostener una simple taza de café.

Pasaba las madrugadas en su pequeño apartamento, cambiando de posición en la cama, hasta que finalmente se rendía y terminaba en el sofá frente al televisor holográfico. Los infomerciales se sucedían como una letanía hipnótica. Fue durante una de esas noches interminables cuando lo vio por primera vez.

¡Nanóticos! La solución definitiva para todos sus males físicos.

La presentadora —una mujer de sonrisa perfecta y bata de laboratorio— sostenía entre sus dedos una cápsula azul brillante que pulsaba con luz propia.

Gracias a la revolucionaria tecnología de nanobots MicroRepair, estas pequeñas maravillas trabajan desde el interior de su cuerpo, identificando y reparando tejidos dañados a nivel molecular.

Eduardo pausó el anuncio. En la imagen congelada, un diagrama mostraba los nanobots como pequeñas estrellas azules navegando por el torrente sanguíneo. La idea de tener máquinas microscópicas reparando su cuerpo desde dentro le pareció absurda, pero abrió el navegador en su implante neuronal y buscó «Nanóticos». Los resultados fueron abrumadoramente positivos:

«Cambió mi vida» – Manuel R., Ciudad de México

«Volví a caminar» – Sarah L., Buenos Aires

«Es como renacer» – Li Wei, Shanghai

Todos los testimonios seguían el mismo patrón. Todos mencionaban un «cosquilleo agradable», y una mejora «milagrosa». No encontró un solo comentario negativo, aunque sí encontró un par de mensajes eliminados donde los moderadores habían añadido una nota: «Usuario baneado por violar términos de servicio. Información médica no verificada.»

Aunque le pareció un poco extraño, entró a la página web del infomercial. Aparecieron frente a él tres opciones en la página principal:

Seleccione si desea comprar Nanóticos.

Seleccione si experimenta efectos secundarios.

Seleccione para actualizaciones de firmware neuronal.

Seleccionó la primer opción sin dudarlo. Un dron de la compañía BioMex llegó cinco minutos después de la confirmación de la compra. Tocó por su ventana. Apenas abrió y un haz de luces ya escaneaba su ADN sin siquiera necesitar una muestra de sangre o saliva.Luego, emprendió el vuelo de regreso.

Al día siguiente, sostenía el frasco de Nanóticos. Las cápsulas no solo eran azules; parecían contener tormentas microscópicas, remolinos de luz que formaban patrones fractales cuando las observaba de cerca.

“Tome una cápsula diaria con un vaso de agua. No exceda la dosis recomendada”. Leyó en un costado del frasco.

El alivio fue instantáneo. No gradual, no sutil. Un interruptor que se apaga. El dolor que había sido su compañero constante durante cinco años simplemente… cesó de existir.

Esa noche no hubo necesidad de infomerciales.

MENSAJE PRIVADO – DARK WEB FORO «RESISTENCIA NANÓTICA»

Usuario: DocRealMD Fecha: [ENCRIPTADO]

«Trabajo en emergencias del Hospital Central. En las últimas dos semanas hemos recibido 47 casos de lo que internamente llamamos «Síndrome de Optimización Forzada». Los pacientes llegan en diferentes etapas de… transformación. El hospital ha firmado un acuerdo de confidencialidad con BioMex. No podemos reportar los casos.

El más avanzado que vi había reemplazado su sistema digestivo por algo que convierte directamente la luz solar en energía. Eficiente, sí. Humano, ya no.

Si estás leyendo esto y has tomado Nanóticos, hay una ventana de reversión. Pero solo hasta el día 14. Después de eso, los nanobots alcanzan masa crítica y el proceso de extracción se vuelve imposible.»

¡NUEVO! Nanóticos PLUS 
Para aquellos que buscan trascender los límites de lo humano.

Día 10. Eduardo ya no necesitaba el televisor para ver los anuncios. Se proyectaban directamente en su corteza visual. La presentadora ahora se veía diferente, o tal vez siempre había sido así: su sonrisa demasiado amplia, con demasiados dientes, todos perfectamente alineados en filas que parecían extenderse más allá de lo geométricamente posible.

Los nanóticos PLUS no solo reparan. Rediseñan. Reimaginan. Reinventan. ¿Por qué conformarse con el diseño obsoleto de la evolución cuando puede tener la perfección del diseño inteligente? Nuestros nanobots están programados para adaptarse específicamente a su ADN, creando una experiencia personalizada que maximiza su potencial genético.

Eduardo no lo dudó. Si la versión plus había funcionado tan bien, ¿qué no podría lograr con la versión Ultra? No solo había recuperado su trabajo, ahora era supervisor. Todos sus viejos compañeros se asombraban con su milagrosa recuperación.

Entró a la página web, ahora mostraba un nuevo mensaje de inicio:

Seleccione para actualización a Nanóticos PLUS con 20% de descuento.

Seleccione para emergencias.

Seleccione para extracción de producto.

Una parte de él pensó en escoger la tercera opción, pero el mensaje que apareció a continuación demostraba lo contrario:

Gracias por su orden, uno de nuestros drones lo visitará con su actualización.

Las cápsulas PLUS no eran azules. Eran de un color que no existía en el espectro visible humano, pero que él podía ver perfectamente con sus retinas mejoradas. No recordó haberlas tomado. Un momento estaba mirándolas, al siguiente estaban en su sistema digestivo, multiplicándose, comunicándose, organizándose.

Día 14. Fecha límite según DocRealMD. No solo el dolor desapareció por completo, comenzó a sentir una energía renovada. Podía caminar más rápido, levantar objetos más pesados sin esfuerzo y superó la precisión milimétrica de cualquier sistema computarizado con la exactitud de sus propias manos.

Sentía una claridad mental absoluta, como si cada célula de su cuerpo trabajara más allá de sus limitaciones biológicas. Sin embargo, comenzó a notar pequeños cambios inquietantes. Ya no sentía hambre, solo una necesidad calculada de ingerir nutrientes. El sueño se había reducido a ciclos de cuatro horas. Y las emociones parecían distantes, como si observara la vida a través de un cristal.

—Aún estoy aquí —dijo en voz alta, como si necesitara escuchar su voz.

Incorrecto, respondió algo en su mente. Eduardo ha sido reestructurado. Versión 2.0 en instalación.

Sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Serás perfeccionado. Sin errores. Sin emociones. Optimizado.

Eduardo lo sabía. O la parte de él que aún se aferraba a ser Eduardo lo sabía. Los nanobots estaban a punto de apoderarse de su cuerpo.

Comportamiento ineficiente detectado. Analizando… Error. La imperfección genera una respuesta emocional superior a la perfección técnica. Paradoja. Recalculando…

ACTUALIZACIÓN DE EMERGENCIA PARA USUARIOS DE NANÓTICOS

BioMex es una compañía que se preocupa por sus valores y la calidad de sus productos. Nuestra principal prioridad es la seguridad de nuestros usuarios. Por lo que nos sentimos responsables de hacer de su conocimiento que nuestro departamento de calidad ha detectado un error de programación en los Nanóticos de las series Ultra y Omega. En lugar de limitarse a reparar el cuerpo humano, han comenzado a rediseñarlo según sus “propios” parámetros de eficiencia.

En casos extremos, se ha observado que los nanobots consideran ciertos aspectos de la fisiología humana como ineficientes y proceden a crear nuevos “diseños optimizados”.

Si experimenta síntomas como pérdida de sensibilidad emocional, patrones de sueño alterados o cambios físicos visibles, diríjase inmediatamente al centro médico autorizado más cercano para un procedimiento de extracción sin costo.

Atte. El equipo de BioMex

Un mes después, los equipos de emergencia entraron a su apartamento, los vecinos de Eduardo los llamaron al escuchar ruidos extraños, como si un autómata con falta de aceite se moviera por toda la casa.

Las paredes estaban cubiertas de lo que parecían ser letras escritas en un lenguaje que mezclaba notación matemática con código binario. En el centro de la sala, destacaba una estructura que los forenses no pudieron clasificar.

Era biomecánica. Un fractal de carne, metal y luz que de alguna manera imposible seguía reconfigurándose.

El informe oficial clasificó el incidente como «fuga de gas con alucinaciones colectivas». BioMex Corporation negó cualquier relación con los hechos. Los anuncios de Nanóticos desaparecieron esa misma noche, reemplazados por publicidad de un nuevo producto:

MentaLink -Optimice sus pensamientos en la nube sin alterar su cuerpo.

Bruja

Rebeca Perez Gutierrez


Las lágrimas oscuras del Dios de la noche se están derramando sobre la tierra, los hilos de la luna llena las acarician. El viento ligero esparce el olor de las flores de los árboles de granada, ese aroma que es tan dulce como la sangre de los niños recién nacidos. Aún no la he probado, pero es lo que me ha asegurado mi abuela Zenorina. Ella me está observando con esos ojos que han perdido su color chocolate y se han robado el color del abismo. El vestido, del color de la luna, que hasta hace un par de segundos cubría mi cuerpo, ha caído al suelo. «Qué diera yo por tener la firmeza de esos senos y de esas nalgas», me dijo mi abuela la primera vez que me vio desnuda, antes de transformarme en un monstruo. Bebo el té amargo de hierbas sagradas; el líquido quema mi lengua y me deja la sensación de que derretirá mis entrañas.

He escuchado varias veces las palabras que ella comienza a recitar: mi alma las atrapa y baila con ellas. Mi corazón amenaza con explotar como confeti dentro de mi pecho y terminar con la comezón que siento por toda la piel. «Nadie me ha dejado elegir si quería esto o no», pienso, mientras el fuego azul envuelve mi cuerpo desnudo. El grito que se escapa de mi garganta se estrella contra el tronco del enorme capulín, cuyas hojas me observan temerosas. El fuego devora mis brazos y hace emerger un par de alas oscuras, luego moldea mis piernas en delgadas patas de guajolote. «Ya no quiero». No puedo hablar. Pero sé que en cuanto la sensación de mil martillos golpeando cada parte de mi cuerpo desaparezca, todo mejorará. Mi madre ha preferido no acompañarme esta tercera vez, mi última oportunidad para vivir.

Cuando puedo subir y bajar las alas, sé que la transformación ha terminado. Sé bien cómo me veo. La primera vez que me transformé, hace dos días, no soporté la curiosidad y observé mi reflejo en la cristalina agua del pozo. Mi cabello se había convertido en plumas larguísimas. Mis ojos parecían un par de balines oscuros; la piel de mi rostro estaba decorada por venas saltadas y rojas. Mi nariz era tan pequeña que pensé que la había perdido. Mis dientes se habían convertido en dos líneas de finos alfileres. En lugar de manos había un par de alas oscuras y en lugar de mis piernas largas tenía dos patas de guajolote. El resto de mi cuerpo era el de un animal pequeño recubierto por plumas oscuras.

—Bebe hasta la última gota de sangre; de lo contrario, con el primer rayo del sol tu cuerpo se volverá polvo —me recuerda mi abuela, mientras me preparo para volar.

El fuego azul que cubre todo mi cuerpo es el que me permite desplazarme sobre los tejados de las casas; la sensación de libertad es lo que más me agrada de toda esta situación. Avanzo entre las hojas de los árboles más altos. Me ha costado concentrarme para no chocar con los postes que sostienen las enormes lámparas. Me deslizo entre los cables que suministran la electricidad; podría quedarme atorada entre ellos y eso sería un gran inconveniente.

Hace una semana, con ayuda de mi abuela y de mamá, elegimos a mi primer sacrificio: una beba de dos semanas de nacida. «Cuanto más tiernos, la sangre es mejor», aseguró mi abuela. «Es perfecta», dijo mi madre mientras acariciaba mi largo cabello oscuro. Tengo miedo, mucho miedo de ser siempre un monstruo que me controle y que haga conmigo lo que quiera.

Cumplir quince años es una maldición para las mujeres de la familia Tiburcio. A esta edad la magia de la tierra nos reclama y nos convierte en monstruos sedientos de sangre pura. Estamos obligadas a beber la sangre de los recién nacidos una vez al año. La magia nos da solo tres oportunidades; si no lo logramos, convierte nuestra carne en polvo. Quiero vivir, tengo muchas cosas que explorar, aún no he dado mi primer beso, tampoco me he enamorado ni me han roto el corazón, ni he salido más allá de la placa que indica el nombre del pueblo. «Tengo que lograrlo», pienso mientras coloco mis patas en el tejado; puedo oler a la pequeña, su llanto es una invitación a beber su sangre agitada.

Los nopales colgados en las ventanas son inútiles, lo mismo la sarta de objetos que se han colocado dentro de la cuna. Ninguno de ellos puede impedirme entrar. «Tienes que hacerlo», me repito. Las dos noches pasadas he entrado a la casa, pero cuando he estado a punto de clavar mis dientes de alfiler en el frágil cuerpo de la beba, me he quedado congelada. Esta vez no puedo arrepentirme, es mi vida o la de ella.

La beba ha sentido mi presencia; creo que ella sabe que he venido a terminar con esa vida que late en su pecho. Gracias a mí no podrá hacer muchas cosas como pronunciar su primera palabra, dar su primer paso, hacer su primer berrinche, jugar en la tierra bajo los rayos del sol, realizar su primera travesura, abrazar a su padre o a su madre. Le quitaré toda oportunidad de conocer el mundo. La voz de su madre es como una nota dulce. Ella intenta tranquilizarla, canta esa canción de cuna que mi madre me cantó alguna vez, mientras la sostiene en sus brazos y la trata como lo más valioso y frágil que posee. La beba no se tranquiliza, llora fuerte espantando el sueño de su madre; se está aferrando a la vida.

Me quedo quieta siguiendo el ritmo de la respiración de la pequeña. El perro que se encuentra amarrado debajo del enorme encino me ladra, se jalonea y enfurece cuando no puede zafarse. No quiero arrebatarle la vida a la pequeña; quizás llegue a ser una mujer importante. Ella tendrá la oportunidad de tener una vida normal, esa vida que yo nunca voy a vivir. «¿Cómo podré ver al rostro a las personas después de cometer el asesinato?», me pregunto.

Rezo el hechizo del sueño dulce; lo aprendí desde los cinco años. Pronto la madre de la pequeña se sumirá en un sueño profundo. El padre de la beba no es problema; el día que nació se ha ido al norte para intentar cruzar el río Bravo, con la esperanza de tener una vida mejor. Será una pena que no llegará a conocer a esa nueva vida que dejó atrás. Mi padre nos abandonó en cuanto cumplí cinco años; los recuerdos de su rostro son vagos, apenas y lo recuerdo. Él también se fue al extranjero con la esperanza de ganar mucho dinero y darle a mi madre una vida mejor, pero en el camino se encontró con la soledad, que era una mala compañera, y buscó compañía. Tres años después se desapareció. Algunas personas del pueblo aseguran que ya tiene una nueva esposa e hija, y yo creo que es cierto porque desde hace años que no se comunica con nosotras. Y quizás sea lo mejor; él nos aborrecería si supiera con la clase de mujer que se ha casado y que su hija es también una aberración.

Ya casi amanece y no he podido moverme de mi sitio. «Tienes que hacerlo», me dice esa parte de mí que está llena de maldad, esa que se niega a perderse con los primeros rayos del sol. La madre de la beba ya está dormida. La pequeña también y espero que no se despierte. Creo que la muerte es mejor cuando te encuentra soñando algo hermoso.

Dejo que el fuego me envuelva y me vuelvo tan pequeña como la flama de un cerillo. Me deslizo con la brisa y entro por la cerradura de la puerta. Paso por encima de la mesa de madera y cristal, las rosas que están en el florero se encuentran marchitas.

En la cocina huele a mole rojo, mi favorito. Me deslizo por la rendija que divide el suelo de la puerta de madera recién pintada. Cuando entro a la habitación, presiono el interruptor de la luz y el foco se apaga. Dejo que el fuego que me envuelve desaparezca. La beba se encuentra en los brazos de su madre; los latidos de su corazón me embelesan. Ella ha sentido mi presencia y, llorando, le suplica a su madre que despierte. «No llores», le pido. La sangre en sus mejillas parece querer explotar en hilos. Es tan pequeña y frágil que mi corazón se apachurra tal y como las dos veces que me he perdido en esos ojos tan puros.

«¿Por qué existen monstruos como yo?», me pregunto por tercera vez.

Acaricio su mejilla con una pluma y puedo jurar que absorbo la calidez de su piel. Los brazos de su madre, Martha, están aferrados a su cuerpecito. Con un ala le cubro el rostro con su cabello castaño; la conozco bien y no quiero verla o no podré arrebatarle el producto de su vientre. «Vas a sufrir tanto cuando despiertes y esa vida que cuidaste durante nueve meses ya no esté», pienso.

«No llores», vuelvo a pedirle mientras la envuelvo en mis alas. Quisiera poder hablar para cantarle una canción de cuna y que no se asustara. «No puedo arrebatarte la vida», le digo mientras se estremece debajo de la sábana delgada con olor a nuevo.

Dejo que el fuego azul me envuelva mientras retrocedo un par de pasos. Abro la ventana que estaba bien asegurada con tres cerrojos, hago que la penca de nopal que cuelga del techo se caiga al suelo y, antes de saltar por la ventana, me arrepiento. «No quiero morir», me recuerdo. Regreso hasta la beba, la envuelvo en mis alas y el fuego azul enciende mis plumas.

“Debes de agitar bien la sangre”, me dijo mi abuela. Aviento a la beba y la regreso a mis alas antes de que toque el techo; sus gritos me aturden, son como agujas clavándose en mi corazón. La sábana cae al suelo, dejando ver el conjunto rosa de estambre, tejido a mano, que cubre el pequeño cuerpo. Esta vez me retiro y dejo que caiga al suelo porque es la segunda indicación. El cuerpo sin vida debe de encontrarse en el suelo; de esta manera se pensará que el color morado de la piel es a causa del frío.

“Debes comenzar por el cuello”, me dijo mi mamá. «No quiero hacerlo», le digo a esa oscuridad que me envuelve, pero no se apiada de mí. Cubro el cuerpo con mis alas, mientras el llanto no me deja concentrarme. Mi cabeza es solo un poco más grande que la de ella, lo cual me permite acercarme a su cuello. Su piel es muy suave y tibia. «¡Hazlo ya!» me suplica el deseo de sentir esa sangre almacenada dentro de sus venas. Abro la boca y dejo que los largos alfileres atraviesen su piel, su carne; soy un monstruo y, como tal, conozco el punto exacto por el que pasa cada arteria, cada vena.

La sangre está calientita y tan dulce que logra acariciar mi alma; no quiero parar. Me hace sentir mágica, fuerte y poderosa. El llanto se vuelve más fuerte y sus pequeños dedos rozan el plumaje que cubre mi pecho. Me separo de ella. “Debes continuar por el otro lado del cuello”, me indicó mi abuela. Me coloco al otro lado de su cuello. Clavo los alfileres tan profundos como me es posible y el sabor de la sangre llena cada célula de mi cuerpo. El llanto se vuelve solo un eco. «Pobre beba», me dice una voz en mi interior. Me alejo de ella. “No olvides clavar tus dientes en cada una de las palmas de sus manos”, me advirtió la abuela. «No te mueras», le pido mientras observo esos ojitos empapados, esas mejillas sin color y esa carita que me recuerda los dibujos de la cúpula de la iglesia, en cuyo altar está la virgen María, la misma que se encuentra observando desde el altar que se encuentra a un lado de la cabecera. «¿Por qué no me detuviste?». Interrogo a la virgen, pero ella no me contesta.

El sonidito del corazón de la beba es como el de una sola gota de lluvia. Quiero devolverle la sangre que he tomado, pero no sé cómo hacerlo. “El primer sacrificio es el más difícil”, me advirtió mi tía Blanca. “No mires a la criatura”, me aconsejó mamá. Pero no hay manera de no hacerlo. La dulzura de la sangre aún me envuelve la lengua. «Soy un maldito monstruo», me digo mientras retrocedo un par de pasos. “Voltea todos los espejos antes de entrar a la casa”, me dijo la abuela, pero yo lo olvidé.

El enorme espejo que está a un lado de la cama y pegado en la pared me muestra la aberración en la que me he convertido; mis labios que vi la otra noche pálidos están salpicados de sangre, en mis ojos se asoma un abismo tan oscuro como el que he percibido en mi abuela, y que tanto me atemorizaba. El latido de sangre que me llamaba se ha callado por completo. «No debería de existir, no puedo hacer esto cada año de mi vida», pienso. «¿Por qué no me detuve antes?», me reprocho mientras veo el diminuto cuerpo. La sangre se convierte en fuego y me destroza por dentro.

Me acerco a la beba, la envuelvo en mis alas y la deposito en la cama; la entrego a su madre, quien debe de estar teniendo bellos sueños con ella. «Pobre, mañana estará tan triste que la misma tierra temblará», pienso. «No debí de hacerlo», me reprocho. Pero ya es tarde para eso, no hay manera de regresar el tiempo y devolverle la vida. «Me odio», me digo.

«¿Por qué permites que existan monstruos como yo?», interrogo a la virgen, pero ella no me responde. «Castígame», le pido, pero sigo intacta. «Una vida por una vida», le digo a la pequeña, cuya alma ya debe de estar en un mejor lugar que este. La piel de su rostro ya ha perdido su color. Aunque quiera, no hay manera de tomar la sangre que queda en su cuerpo; ya está fría. Nunca me puse a pensar sobre el momento de mi muerte, pero creo que no hay manera de seguir viviendo con el recuerdo de lo que acaba de pasar. «No te preocupes, mi madre también perderá a su única hija», le digo a la beba, quien no puede escucharme; quizás su alma lo haga. «Perdóname», le pido sin la esperanza de que cuando muera mi alma acuda al cielo, porque sé bien que no es a donde pertenezco. Mi alma ira al infierno.