El efecto Aurelia


Víctor David Manzo Ozeda

Si me pides que te hable de Aurelia sin rodeos, te lo digo así: era de esas personas que no necesitan anunciarse ni explicar lo que hacen. Uno la conocía por lo que lograba, no por lo que decía. Y aunque muchos aquí crecimos entre remedios caseros, doctores que tardaban horas en llegar y consejos que iban pasando de boca en boca sin que nadie supiera quién los había inventado, lo de Aurelia siempre fue distinto, porque funcionaba sin rodeos. Llegaba alguien con un niño inquieto, un adulto cargado de tensión o un animal que no quería comer, y ella solo se acomodaba las manos como quien se prepara para revisar un radio descompuesto y encontrar lo que está fallando. No prometía nada, no cobraba más de lo justo, no hacía teatritos. Esa sobriedad suya la hacía más confiable que cualquier consultorio médico.

Nosotros, los de por aquí, nunca usamos la palabra “don” para hablar de ella. Esa etiqueta la trajeron los de afuera cuando vinieron con cámaras, mochilas enormes y preguntas que parecían leídas de un g uion. Antes de eso, Aurelia era simplemente Aurelia. Una mujer que sabía ver lo que otros pasaban por alto. Y cuando digo “ver”, no me refiero a visiones, trance o rollo religioso. Me refiero a la atención fina que uno desarrolla cuando ha trabajado toda la vida con las manos, la tierra, animales, ciclos y personas que piensan que lo emocional es un lujo y que lo práctico es lo único que vale. Tenía esa clase de mirada que te incomoda tantito, no por juiciosa, sino porque te detecta cosas que tú mismo has evitado admitir.

Yo crecí viéndola arreglar situaciones que los demás preferían ignorar. Un niño con la mirada ida después de ver a su padre golpear a su madre. Una yegua que llevaba días inquieta sin razón aparente. Un joven que volvió de la ciudad con una rigidez paralizante en la espalda. Ella apenas los tocaba, o a veces ni eso; ponía la mano cerca, hacía un movimiento con los dedos que en apariencia no era nada extraordinario, y de pronto el cuerpo reaccionaba como si hubiera encontrado un punto atascado que necesitaba destaparse. Nunca presumió que fuera ciencia, pero tampoco negaba que había algo metafísico sucediendo. “No es magia,” decía, “solo que nadie pone atención donde debe.”

Todo siguió su curso normal hasta que llegaron los investigadores. A nadie le quedó claro de qué institución venían; sus camionetas blancas traían un logotipo tan genérico que parecía inventado de última hora. Se bajaron con un aire de superioridad que aquí no cae bien. Traían dispositivos que parecían diseñados para explorar minas, medidores de radiación. Preguntaban por Aurelia como si buscaran un fenómeno y no a una señora. A todos les dio mala espina, no porque ella fuera un secreto que debíamos proteger con nuestra vida, sino porque uno aprende a distinguir cuando alguien no viene a entender, sino a confirmar una idea que ya trae en la cabeza.

Cuando llegaron a su casa, intentaron explicarle su “proyecto”. Dijeron que buscaban documentar prácticas tradicionales que pudieran tener una base biofísica. Ella los escuchó con la misma paciencia que le tenía a los vendedores de remedios milagrosos que pasan cada año. Los dejó hablar. No les negó la entrada, pero tampoco se abrió completamente. Aurelia nunca fue desconfiada, solo sabía en qué momento alguien estaba tratando de imponer un marco que no correspondía a lo que tenía enfrente.

Los investigadores le pidieron ver cómo trabajaba. Como si fuera un espectáculo de circo. Y justo ese día llegó una madre con su niño, con esa mirada nerviosa que traen las mamás cuando algo no está bien y no saben explicarlo. Aurelia se levantó, pidió silencio y se concentró como siempre. Los investigadores, sacaron un aparato que emitía un pitido tenue y empezaron a medir sin pedir permiso. Cuando ella movió los dedos, el aparato mostró una lectura anómala. Les cambió la cara. Intercambiaron miradas como si acabaran de encontrar oro donde esperaban encontrar fango. Empezaron a hablar entre ellos sobre estructuras minúsculas, patrones que reaccionaban a la intención de la mano, variaciones no registradas en sus bases de datos.

Aurelia ni los volteó a ver. Terminó de atender al niño, le dijo a la madre que todo iba a mejorar si dejaban de gritar frente a él, y luego, sin darse importancia, se sentó a acomodar unas hierbas que tenía en la mesa. Los investigadores querían muestras, querían grabar más, querían que ella repitiera el proceso para “validarlo”. Aurelia solo respondió que la gente no era un experimento. Y ahí se tensó el ambiente.

Los investigadores regresaron a los días, esta vez sin pedir permiso. Colocaron sensores en postes, en bardas, en ventanas ajenas. A la gente le cayó gordo, pero nadie quería problemas con autoridad que no podían identificar. No sabíamos si venían del gobierno, de una empresa o de una universidad con más presupuesto que moral. De noche se escuchaba ruido metálico, como de cadenas chocando, aparatos ajustándose solos. Había un nerviosismo extraño, no por el bienestar de Aurelia, sino por los extraños que insistían en medir y hacer pruebas.

Una madrugada, uno de ellos se metió a su casa sin autorización. Quería obtener una lectura directa mientras ella dormía. No era interés por comprender; era ambición disfrazada de investigación. Según él, necesitaba registrar el fenómeno en reposo. Lo que encontró —según su propio testimonio después— no fue ningún fenómeno perceptible extraño. Fue un comportamiento del aire, una respuesta mínima que no encajaba con ninguna categoría. No dramatizó; simplemente dijo que algo reaccionaba a la presencia de Aurelia con una claridad que no pudo explicar.

Ella despertó y lo vio. No gritó, no se alteró. Solo lo hizo salir con una firmeza que no se discute. Le dijo que no entendía con lo que estaba tratando y que debía largarse si no quería consecuencias. Nadie supo qué significaba eso, pero al hombre le cambió la expresión como si hubiera sentido algo que no esperaba. Desde ese día, los investigadores empezaron a retirarse poco a poco, pero dejaron un rastro de inquietud que el rancho no supo cómo procesar.

Y mientras todos opinaban —unos con miedo, otros con coraje— Aurelia seguía igual. Haciendo lo suyo. Viendo lo que otros pasaban por alto. Sin presumir nada, sin negar nada. Como si lo que habíamos presenciado no fuera una excepción, sino parte de un orden que nunca aprendimos a comprender.

Después de que los investigadores se largaron, o al menos eso parecía, el rancho quedó con una especie de inquietud que no sabíamos nombrar. No era miedo, ni enojo, ni expectativa, sino una mezcla rara de “¿qué chingados pasó aquí?” que se quedaba flotando en las conversaciones, especialmente en aquellas donde los adultos fingían calma para no preocupar a los más jóvenes. La gente del rancho es práctica: si algo no se entiende, pero no estorba, se deja como está. Si estorba, se quita. Pero lo que había dejado ese grupo no pertenecía a ninguna de esas categorías. No estorbaba de forma directa, pero tampoco podía ignorarse del todo. Era como encontrar un objeto desconocido en la mesa y no saber quién lo puso ahí ni para qué sirve.

Aurelia nunca hizo comentario alguno sobre el asunto. Seguía atendiendo gente como siempre, sin alterar su rutina. Si uno esperaba que soltara alguna explicación, se decepcionaba. Ella tenía un talento natural para no alimentar la curiosidad de los demás. Y no porque fuera hermética, sino porque no veía sentido en explicar cosas que, según ella, uno debía entender desde la experiencia, no desde las palabras. Ese rasgo suyo desconcertaba a los forasteros que regresaban buscando entrevistas o segunda oportunidad para medir algo. A los del rancho, en cambio, nos caía bien esa forma directa de vivir: sin dramatizar, sin adornar, sin sentir obligación de justificar cada paso que daba.

Lo que comenzó a preocuparnos, en realidad, fue un cambio en la conducta de algunos animales. Primero fueron las gallinas, que empezaron a dar vueltas alrededor de la casa de Aurelia como si estuvieran hipnotizadas. No hacían escándalo, ni huían, solo caminaban con una insistencia curiosa. Luego los perros, que solían dormir en cualquier parte, comenzaron a echarse justo frente a su puerta, como si la casa emitiera algo que les resultara cómodo. No había agresividad, ni alerta. Solo una atención muy afinada, como si escucharan un sonido que nosotros no registrábamos.

Los primeros en hablar de esto fueron los hombres que trabajan en el campo, esos que tienen el hábito de observar cosas sin decirlo hasta que sienten que ya hay suficiente evidencia. Dijeron que no habían visto conductas así desde hace años. Una vieja coincidencia con un eclipse que nadie recordaba bien. Otros opinaban que todo era producto de la tensión reciente; que los animales perciben cambios de ánimo en la gente. Pero cuando las vacas comenzaron a evitar la entrada del potrero durante las madrugadas, y empezaron a dar leche agria, incluso los más escépticos empezaron a admitir que había un patrón anormal.

A mí me llamó especialmente la atención lo que le pasó a Martina, una burra vieja que prácticamente había visto crecer a mi generación. Una tarde la encontramos parada frente a la ventana de Aurelia, inmóvil, como ida. Intentamos moverla con una cuerda, pero no reaccionó. No estaba petrificada ni espantada; simplemente estaba concentrada en algo que no podíamos ver. Cuando Aurelia salió, Martina giró la cabeza con lentitud, la observó unos segundos y se retiró caminando con total normalidad. Para nosotros fue un episodio extraño, pero Aurelia ni siquiera lo mencionó. Regresó a su cocina como si aquello fuera parte de cualquier jueves.

Para entonces ya corrían rumores de que los investigadores no se habían ido del todo. Varios vecinos aseguraban haber visto camionetas estacionadas lejos del camino principal, con antenas apuntando hacia el rancho. Nadie se atrevía a acercarse. A pesar de su actitud sospechosa, tenían la presencia incómoda de quienes creen que el mundo es un laboratorio y que la gente es un conjunto de variables. No sabíamos si estaban vigilando a Aurelia o esperando algún otro fenómeno para registrar. Pero la sola idea de su presencia hacía que las conversaciones se volvieran más breves, como si al hablar demasiado fuerte pudiéramos hacer que regresaran.

Un domingo por la mañana, mientras la gente regresaba de misa, vimos a un par de esos tipos caminando cerca de la tienda de don Tacho. No estaban comprando nada; solo observaban. Analizaban la dinámica del lugar como si el rancho fuera un campo minado. Uno de ellos traía un dispositivo colgando del cuello, parecido a un medidor de radiación, aunque nadie sabía para qué servía. Cuando pasaron junto a mí, escuché que hablaban de “activaciones espontáneas”, “respuestas energéticas” y “correlaciones no lineales”. Términos que no tenían sentido en un contexto donde la mayor preocupación del día era que el camión de la basura había pasado demasiado temprano.

Algunos vecinos querían confrontarlos, pero Aurelia pidió calma. Dijo que no convenía levantar polvo innecesario —aunque esa palabra no la usó, yo la uso aquí solo para describir su preocupación por generar conflicto. Tenía razón. Esos hombres venían de estructuras que no dudan en usar la ley a conveniencia. A veces la mejor defensa es la indiferencia. Así que seguimos con nuestra vida lo mejor posible.

Con el tiempo, los animales comenzaron a mostrar otro comportamiento aún más intrigante. Las gallinas que caminaban alrededor de la casa dejaron de hacerlo de golpe, como si hubieran completado una tarea. Los perros siguieron durmiendo cerca de la puerta, pero ahora lo hacían con una tranquilidad que contrastaba con la tensión general. Y cualquier achacoso que pasaba cerca de Aurelia parecía recuperar energía poco a poco. No era inmediato ni mágico. Era una recuperación gradual, casi imperceptible, pero constante.

Una tarde, mientras tomábamos agua cerca de una barda, Aurelia se acercó y me pidió ayuda para mover un montón de ramas secas. Mientras trabajábamos, noté que sus manos tenían un leve brillo, no de luz, sino de humedad fina, como cuando uno se lava y todavía no termina de secarse. Me quedé observando, no era curiosidad morbosa, sino porque era algo inusual en ella. Se dio cuenta y soltó una sonrisa leve, de esas que apenas levantan un lado de la boca. Dijo que no tenía nada, que a veces el cuerpo se acomoda solo cuando uno lo deja trabajar. Me dio la impresión de que sabía más de lo que decía, pero entendí que no era el momento para preguntar.

Los investigadores regresaron por la noche, esta vez sin aparatos. Tocaron la puerta con un respeto que no habían mostrado antes. Aurelia salió sin prisa. No supe qué hablaron. Solo vi que uno de ellos bajó la mirada como quien reconoce que se equivocó. Al día siguiente, sus camionetas ya no estaban. La gente comentó que habían recibido órdenes de retirarse. Otros decían que lo que vieron ahí no lo pudieron registrar con sus instrumentos y se rindieron. Nadie supo la verdad.

El rancho, de a poco, recuperó su ritmo habitual. No porque todo hubiera vuelto a la normalidad, sino porque aprendimos a aceptar que Aurelia operaba en un territorio que no necesitaba justificar. Su presencia seguía siendo discreta pero firme, y sus manos —esas manos que habían inquietado a hombres con supuestos doctorados— seguían haciendo lo que sostenía este lugar: atender, observar, curar sin aspavientos.

Con el tiempo dejé de pensar en los investigadores y en sus experimentos. El rancho, cuando quiere, tiene la habilidad de absorber cualquier rareza hasta convertirla en parte del paisaje emocional sin que uno se dé cuenta. Pero algo quedó palpitando en la esquina de la atención colectiva: la sensación de que Aurelia estaba cambiando. No de carácter; de funcionamiento. Como si lo que hacía antes, eso que muchos llamaban “arreglo”, estuviera afinándose por cuenta propia, sin intervención externa.

Me di cuenta un día que pasé a su casa para dejarle unas tortillas recién hechas. La encontré sentada en la cocina, acomodando frascos que parecían más organizados que de costumbre. No eran remedios tradicionales. Había pequeños contenedores transparentes, muy pulcros, llenos de partículas microscópicas que no parecían polvo ni harina ni ninguna materia común. Me vio mirando de más y me pidió que me sentara. Dijo que todo mundo pensaba que los investigadores le habían revelado secretos, cuando en realidad había sucedido lo contrario: observarlos la había obligado a observarse a sí misma.

Me explicó —sin rodeos— que desde joven sentía una especie de cosquilleo en las manos cuando algo no andaba bien con una persona. Nunca lo entendió, nunca quiso entenderlo del todo. Pero cuando aquellos hombres empezaron a medir cosas que ella nunca había intentado nombrar, algo se activó, como si el cuerpo hubiera recordado una habilidad que siempre estuvo ahí. Dijo que todos los seres humanos tienen “algo” así, pero la mayoría lo entierra bajo ruido, prisa o miedo. Lo suyo solo había aprendido a salir.

Estábamos hablando de eso cuando escuchamos a la burra Martina acercarse otra vez, con ese paso sereno que solo tienen los animales que no le temen a nada ni a nadie. Se paró frente a la ventana, igual que antes. Aurelia no se levantó para ahuyentarla. No hizo nada. Solo respiró hondo y me pidió que prestara atención. Fue entonces cuando sucedió algo que me costó trabajo procesar.

Martina inclinó la cabeza, no como animal confundido, sino como quien reconoce una instrucción tácita. Aurelia levantó ligeramente la mano y la mantuvo inmóvil en el aire. La burra dio un paso más cerca y apoyó el hocico en el marco de la ventana, con una calma absoluta. Aurelia no la tocó. Solo mantuvo la palma suspendida. Y entonces lo vi: un movimiento sutil, una reorganización del ambiente inmediato, no esplendorosa ni fantasiosa. Era más parecido a ver cómo se acomoda la superficie del agua cuando se lanza una piedra. Lo que había alrededor de la mano de Aurelia reaccionaba de una forma que no pertenecía a ninguna categoría conocida, pero tampoco parecía fuera de este mundo. Era natural, demasiado natural, como si siempre hubiera estado ahí y solo hasta ese instante lo estuviéramos mirando de frente.

Martina respiró profundo, retrocedió dos pasos y se fue como si ya hubiera cumplido con algo.

Aurelia bajó la mano y me miró con una serenidad que me incomodó. Me dijo que lo que los investigadores buscaban nunca lo iban a encontrar porque no sabían dónde mirar. Se fueron creyendo que las anomalías estaban en el aire, cuando el verdadero cambio estaba en el cuerpo humano, en la relación entre intención y estructura. Dijo que lo que habían visto en ella no era un fenómeno especial, sino la versión mínima de algo grande que estaba por desplegarse en todas partes.

Al principio pensé que hablaba en metáfora, como hacen los viejos cuando quieren dejar una enseñanza abierta. Pero su tono no sonaba a mensaje filosófico. Sonaba a advertencia.

Antes de que pudiera preguntar algo más, escuchamos golpes en la puerta. No eran vecinos. No era gente del rancho. Aurelia me pidió que no me moviera. Abrió la puerta con una calma inquietante. Afuera, tres de los investigadores estaban parados, pero ya no traían aparatos. Traían cajas pequeñas —muy pequeñas— que parecían contenedores de muestras. Le dijeron que habían descubierto algo revisando los datos falsos que su propio equipo había generado. Que no venían a medir nada. Venían a devolverle algo.

Le extendieron uno de los contenedores. Ella lo abrió sin miedo. Adentro, casi imperceptible, había una partícula minúscula que vibraba con un ritmo constante, como si respondiera al pulso de Aurelia. Ella cerró la caja de inmediato.

Les dijo que se fueran. No con enojo; con certidumbre. Ellos se retiraron sin decir nada más.

Cuando la puerta se cerró, Aurelia puso la caja en la mesa y me pidió algo que nunca pensé escucharle decir: que no regresara por unos días.

Y entonces, sin mirarme, agregó algo más:
—Esto ya no es mío nada más. Prepárate.

No explicó qué significaba.
Y no hizo falta.

El remolino de Pantitlán

David Barrera


Cada vez que oigo la lluvia, se amontonan los recuerdos de aquellos días en los que podía ver el pasado y el futuro. Más aún, revivo la destrucción, los muertos y mi desgracia: aquella que resultó tras adquirir ese horrible don.

Empezó durante los tormentosos años de mi juventud en los que trabajé como empleado de limpieza. La estación Pantitlán me apabullaba con sus túneles, pasillos superficiales y pasarelas elevadas que forman un complejo entramado por donde se apresuran miles de almas y en donde hay un vasto y concurrido paradero. Entre mis muchas labores, se me asignó limpiar un largo pasaje elevado del que salen, como patas de insecto, dieciocho escaleras hacia el paradero y desde donde se ve el aeropuerto y el Peñón de los Baños. Recuerdo que la señalización de aquel pasillo estaba cubierta de estampas que habían puesto los grafiteros. Mi trabajo, entonces, fue quitarlas hasta descubrir el nombre de la estación y, sobre todo, el ícono, el cual muestra dos banderas ondeando.

—¿Por qué tiene esas dos banderas? —me pregunté—. Bastaría con que dijera Pantitlán, y ya.

Mientras trabajaba vi a un joven muy flaco y demacrado, cuya expresión hacía parecer como si se le hubiera metido un bicho en la cabeza que le mordisqueaba el cerebro. Sus ojos oblicuos y vidriosos miraban hacia el paradero, al tiempo que sus constantes espasmos y sus sucias manos insinuaban que aquel muchacho vivía bajo un tormento constante e irremediable. Algunas personas lo pateaban y lo insultaban por estorbar el paso, ya que estaba sentado en el peldaño superior de una escalera muy concurrida.

—Quítate o te van a volver a patear —le dije al acercarme y tocar su hombro.

—No importa —respondió aquel muchacho con voz temblorosa—. Les devolveré sus patadas cuando estén muertos.

—¿Te sientes bien?

—¿Quién puede sentirse bien en un mundo como este? —dijo y, luego, señaló hacia el paradero—. Tan sólo mira este lugar: primero fue un lago vasto y hermoso, pero ahora es un basurero abominable. Y todo por culpa de los hombres que construyeron sobre el fango hasta terminar en esto a lo que llamamos ciudad, ¿entiendes?

No dije nada.

—¿Acaso no sabes que aquí existió un remolino cuya fuerza destruyó embarcaciones y mató a sus tripulantes? —continuó—. Los hombres antiguos, en su sabiduría, colocaron banderas alrededor de aquel fenómeno con el fin de advertir del peligro. Por eso el ícono de la estación del metro Pantitlán muestra dos banderas ondeantes. Pantitlán significa entre banderas. ¿Entiendes?

No supe qué decir y tartamudeé.

—Vaya, eres un ignorante… No me sorprende —continuó—. Así como tú limpias el pasillo, muy pronto, los dioses harán lo mismo con toda esta porquería. Será algo bello y catastrófico. Habrá miles de muertos y, entre ellos, aquellos que me patearon hace unos momentos.

—Sí, claro —dije al tratar de cortar la plática.

—Y cuando eso suceda —dijo con hosquedad—, obtendré el máximo honor que puede adquirir un hombre.

Días después, le conté al viejo Horacio la extraña experiencia que había tenido con ese joven.

—El tipo se llama Jesús —dijo Horacio con desdén—. Es un loquito que sólo habla de catástrofes, el fin del mundo, sangre, muertos y no me acuerdo qué tantas tonterías más. Al principio lo escuché por mera curiosidad, pero un día le pregunté cómo sabía todo eso y me dijo que podía viajar en el tiempo con sólo usar su mente. Solté una carcajada al oírlo y él, enojado, levantó la voz y agregó que podía demostrarlo. Sólo requiero de tu fe, rebuznó el imbécil al poner cara de santo. Eres un charlatán barato, le dije y me hice el sordo.

—¿Y cómo iba a demostrarlo? —interrumpí a Horacio, con curiosidad.

—No sé. Y no me importa —dijo mi compañero—. Nunca he creído en charlatanes.

Esas palabras me intrigaron, así que busqué a Jesús durante semanas. El día que lo encontré, lo vi caminar en círculos en el paradero, con las manos extendidas hacia el suelo y con una expresión de loco.

—¿Qué tanto me ves? —me preguntó—. Estoy seguro de que ya hablaste con ese viejo tonto de Horacio, pero nada de lo que él haya dicho es cierto.

—¿Ni viajar en el tiempo? —pregunté.

—Viajar en el tiempo con los medios de hoy en día es imposible. Sólo un idiota creería semejante cosa.

—Horacio dijo que podías hacerlo con tu mente —afirmé—. Además, dijo que podías demostrarlo.

Se quedó en silencio por unos segundos y sus ojos vidriosos y cansados se fijaron en mí.

—¿Realmente crees que puedo demostrarlo? —preguntó.

—Sí —dije—, quiero comprobar si es verdad.

Soltó una risotada y aplaudió.

—No pierdas la fe, idiota —dijo.

Enseguida, lo insulté y él me escupió a los ojos.

Una tarde, tras haber barrido, me recargué en el pasamanos y miré hacia el encharcado paradero. Era domingo, así que había poca gente y unos cuantos camiones estaban estacionados. Tras algunos segundos, me sentí contagiado de la tranquilidad de aquella tarde y hasta tuve ganas de una cerveza.

De repente, mis manos empezaron a temblar y los músculos de mi cuello y rostro se contrajeron. Asustado, quise respirar y tranquilizarme, pero los espasmos se convirtieron en ataques que me llevaron al suelo y me hicieron gritar y babear. Entonces, para mi asombro y terror, el sol se movió lentamente hacia el oriente y, en segundos, cruzó el firmamento y dio paso a la noche. Me quedé asustado entre las repentinas penumbras hasta que el sol apareció en el occidente y cruzó de nuevo.

Así lo hizo una y otra vez. Sus revoluciones se volvieron rápidas e hicieron de la estrella un ave de fuego, cuyos viajes borraron la ciudad e hicieron aparecer cuerpos de agua que se extendieron hasta formar un lago inmenso. Luego de muchos viajes, el ave se posó en el cenit y vi una ciudad sobre el agua con muchas calzadas y templos blancos y majestuosos.

Miré a mi alrededor y pude reconocer el Peñón de los Baños, el Peñón Viejo y el Cerro de la Estrella rodeados de agua y con sus jorobas cubiertas de vegetación. Quise ver de cerca la ciudad, pero una fuerza me llevó por muchos kilómetros sobre el lago hasta que vi un espacio rodeado por astas con banderas ondeantes. Para mi asombro, en el centro chocaban dos corrientes que formaban un feroz remolino, cuya fuerza estremeció mi alma y me hizo imaginar las cavernas subterráneas que se encontraban al cruzar aquella boca.

De pronto, un par de canoas se acercaron. En una de ellas iba un niño de unos once años que estaba amarrado con sogas. Su aspecto era similar al de Jesús, ya que se veía demacrado y parecía no tener control de sus manos temblorosas. Navegaron con cautela hasta que uno de los remeros desvió la embarcación del niño, la cual hizo ligeros tumbos y se internó con rapidez gracias a la corriente que la atrapó de inmediato. Poco a poco, el ruido y la fuerza del agua aumentaron y la embarcación aceleró hasta que, una vez en el ojo, se volteó y dejó a su ocupante a merced del monstruo que lo tragó con indiferencia.

Cuando la visión terminó, sentí mis músculos acalambrados. La cabeza y los ojos me palpitaban y me dolían, incluso parpadear me resultaba una tortura. Pero la verdadera tortura vino cuando me di cuenta de que las visiones estarían en mi diario vivir y que aparecerían de manera imprevista. Ir a trabajar fue imposible, así que me vi obligado a quedarme en cama bajo el cuidado de mi viejecita y con la ansiedad de ser arrebatado por una visión en cualquier momento.

—¿Qué puedes ver, hijo? —me preguntó con angustia mi viejecita, mientras juntaba sus manos regordetas y temblorosas, ya que se asustó mucho cuando me vio tener una visión.

—Estoy deslumbrado por el futuro —afirmé con voz débil—. Pero todo lo que he visto será destruido por sofisticadas pestes, por los seres de otros mundos que se divertirán pisoteando cadáveres y por la inevitable explosión del sol y la calcinación de la tierra.

Mi madre trajo a un anciano de ojos saltones que me dio varios remedios a base de yerbas y hongos. Durante semanas tomé sus medicinas y me sometí a sus ritos y rezos, pero nada causó efecto. A pesar de su esfuerzo, noté en su rostro la impotencia de no poder hacer nada más. Entonces, una tarde, se sentó en la orilla de mi cama y me habló con honestidad.

—He hecho todo para quitarte esta maldición, pero mis remedios han sido inútiles —dijo de manera solemne—. He pensado que la única manera de encontrar alivio sería si buscas al brujo que te echó esto. Debes encontrarlo, si no, el poder te consumirá hasta matarte.

Durante semanas busqué a Jesús. No importaba cuán débil estaba o cuantas vueltas tuviera que dar a la estación Pantitlán, lo obligaría a sanarme. A pesar de la ayuda de mi viejecita y de mis compañeros de trabajo, no encontré a ese hechicero maldito.

Sin embargo, una noche tuve una visión. Vi un destello blanquiazul y oí un trueno especialmente largo, que me pareció una extensa y macabra nota musical. Se desató una tormenta como nunca antes había visto. Los relámpagos partieron árboles, quemaron cables y mataron personas. Además, poco a poco, el paradero se cubrió de aguas negras en las que flotó basura, granizo y cadáveres. Sobre los techos de los camiones había personas que se resguardaron, pero cuando el agua los alcanzó, muchos se arrojaron sin remedio y nadaron hacia el pasillo elevado. Parecía que se iban a salvar, pero, repentinamente, un vórtice se abrió en el agua, se ensanchó y giró con tanta violencia que los atrajo y los devoró. Para mi sorpresa, entre aquellas personas, estaba Jesús, quien rió a carcajadas cuando lo arrastró la corriente.

Tuve que confiar en aquella pista ya que no había noticias acerca del hechicero maldito. Esperé durante muchos días el relámpago y su consecuente trueno. Lo grabé en mi mente y en mi alma con tal firmeza que lo soñé en un par de ocasiones. Además, hablaba de él todo el tiempo ya fuera con mi madre o solo.

—¿Y estás seguro de que sí va a pasar? —me preguntó mi madre en una ocasión, pero yo me quedé callado.

Los días me convirtieron en un hombre de una delgadez enfermiza. Traté de advertir a mis semejantes de la inundación, pero nadie me creyó.

—Déjalo —decía la gente en la calle—. No hace daño a nadie. Simplemente está loquito.

Esperé muchos días, pero el tiempo me hizo pensar que yo iba a morir antes de ver el rayo. También, creí que ninguna visión que había visto del futuro iba a suceder. Yo era un pobre loco, condenado a morir muy pronto. Y, aunque el suero intravenoso y los cuidados de mi viejita me mantuvieron vivo, yo ya había pensado en suicidarme. ¡Pero ni siquiera pude hacerlo, pues las visiones me dejaron sin fuerza! ¡A duras penas podía parpadear y tragar saliva!

Un día, un repentino estremecimiento me sacudió. «Estos deben de ser los temblores que me llevarán a la muerte», pensé. «Hasta aquí llegué». Pero, para mi sorpresa, la ventana estaba abierta y apareció el destello blanquiazul y oí el trueno, ¡tan largo y estridente que me llegó hasta el tuétano! Traté de gritar y de levantarme, pero fue inútil.

—¡El trueno! —gritó mi pobre viejita al abrir la puerta y tratar de levantarme a pesar de su vejez —¡El trueno! ¡Hay que salir!

Arrastré los pies por las calles y apoyé mi brazo en los hombros de mi mamá. Sentí que el soplo del viento y el ruido de las hojas al arrastrarse me reanimaron. Entonces, vi los cielos enegrecidos y las gotas gordas y espesas que cayeron con ferocidad y que, en pocos minutos, inundaron el paradero. ¡No lo podía creer: una visión se cumplía ante mis ojos!

Entonces, busqué entre los rostros aterrados que miraban la acechante y creciente laguna. Mi madre y yo nos separamos y buscamos. Me metí entre la muchedumbre y, al dejarla atrás, vi al miserable hechicero en un rincón en donde el pasillo remataba en una escalera. Sus ojos parecían fascinados con la turbidez del agua, al tiempo que apoyaba sus manos en el barandal e inclinaba su cuerpo hacia adelante. Me apresuré y, justo antes de que cayera al vacío, lo agarré de la cintura y, con mucho trabajo, lo arrojé al suelo. Jesús se levantó y me reclamó por haber frustrado su suicidio.

—¡Quítame esta maldición! —le grité, mientras trataba de someter a ese hombre, tan flaco como yo.

—Quedarías peor —dijo entre risotadas y trató de soltarse—. Mejor sigue mi ejemplo.

—¡Yo no te pedí esto!

—¡Sí lo hiciste! —gritó—. Acéptalo. Yo soy Jesús, tu señor. Y tú eres Juan, mi apóstol, vidente y revelador.

En ese momento, el vórtice se abrió rápidamente y atrajo a los pobres hombres y animales. Al mismo tiempo, insistí y golpeé a Jesús con todo mi odio, pero, de manera inesperada, me escupió a los ojos y sentí que su saliva se metió hasta llegar a mi cerebro.

—¡Vive si así lo quieres! —exclamó y, enseguida, corrió hacia el barandal y brincó sobre él.

Lo que quedó fue un agujero, cuyas orillas se desgajaban a pedazos y caían hacia una profundidad desconocida. Durante meses, una paz macabra inundó la ciudad. Y aunque yo dejé de ser castigado por las horribles visiones, poco a poco, mis ojos se debilitaron al punto de no mostrarme ningún color ni imagen, dejándome en la nada.

David Barrera. Nací el diecisiete de noviembre de mil novecientos ochenta y cuatro en la Ciudad de México. Estudié la licenciatura en Literatura Dramática y Teatro en la UNAM de donde egresé como dramaturgo. Actualmente, trabajo para la Editorial San Pablo.