Reseña: «El remolino de Pantitlán»

Martha Camacho


Releo un par de veces éste cuento, como repitiendo las vueltas de un remolino; los designios de los dioses, la vaga sombra de Tláloc, las referencias al necesario sacrificio y la ignorancia del protagonista.

Las banderas sobre el lago, no quiero hacer spoiler pero ¿cómo hace David para obligarnos a dar vueltas entre escaleras, paraderos y la historia pasada, presente y futura? ¡Y lo hacemos con gusto!

Otra cosa; tal vez los tiempos son circulares y se concentran en un solo punto, al interior de nuestra mente y no los manejamos porque simplemente no los reconocemos; bien pudiera ser que en éste tramo de escaleras, en éste viaje en el metro, ya hayamos ocurrido o ya estuvimos alguna vez, en ese tiempo de agua y banderas.

O es el pasado prehispánico el que predice el futuro, usando sus avatares y demiurgos ¿quien sabe? y todo lo maneja David como una profecía oscura, remota y a la vez, clara, tan obvia que ¿Cómo diablos no se me ocurrió antes?

No se necesita ser adivino para ver lo que sucedería; una vez nos ponen algo bello en las manos lo reconvertimos por no decir otra cosa.

Recuerdo el tsunami del 11 de marzo, cuando muchos japoneses se lamentaban por supuestos pecados, seguros de que los dioses habían mandado ese castigo en forma de olas inmensas y negras de agua, como justa penitencia, como sacrificio de limpieza.

¿Sacrificio el que nos obliga a contemplar David y evitable lo que deja como huella? ¿son culpables los dioses o lo somos nosotros? ¿O fuimos nosotros los dioses y vimos la ocurrencia?

De entre todo resalta: la maldición de ver, la capacidad de mirar y regreso en otra vuelta del remolino mismo; la cosa era obvia desde un principio pero ¿cuál era el principio y cuándo será el final?

En nuestras manos está lo que vemos y de esa vista depende que ese final no se dé.

Y basta.

Vayan a leer este cuento de David Barrera; con seguridad les hará saber cómo se viaja en el tiempo, en los tiempos…

También se felicitará del temor que les ha causado.

Martha Camacho. Nacida en 1963, Michoacán. Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta 1990. Publicada en Asimov Ciencia Ficción en español y en varias antologías del género, tanto en México como en España. Jurado del Premio de Novela Fantástica de Ciencia Ficción de la Universidad de Sonora 2025. 

Manifiesto a México y a todos los demás imperios del mundo

Rafael Alvazález


Mexicanos, este escrito llegará a vosotros; su principal objeto es manifestaros que el mejor de vuestros amigos jamás desmereció el afecto y confianza que le prodigasteis; mi gratitud se acabará con mi existencia. Cuando instruyáis a vuestros hijos en la historia de la patria, inspiradles amor al primer jefe del Ejército Trigarante; y si los míos necesitan alguna vez de vuestra protección, acordaos que su padre empleó el mejor tiempo de su vida en trabajar porque fueseis dichosos. Recibid el último adiós. Sed felices.
—Agustín de Iturbide

¿Cómo no íbamos a perder, si prácticamente peleamos con piedras y palos contra las fuerzas de élite del Imperio Austro-Húngaro? Ahí donde derribábamos a uno de sus soldados mecánicos aparecían dos o tres nuevos homúnculos incansables. […] No tuvimos oportunidad; antes de que nos diéramos cuenta, la República había caído hecha cenizas mientras el gobierno usurpador erigía una monarquía ilegítima, ahí donde los padres de nuestra patria derramaron su sangre para darnos libertad.
—Benito Juárez (en voz de Bernardo Fernández Bef)

La ruina de la patria comenzó, infelizmente, el día de las bodas de mi hijo Agustín Jerónimo, príncipe imperial de México, con la princesa de Bélgica María Carlota de Sajonia-Coburgo y Gotha; este solo hecho ha sido basa, fusa y capitel suficiente a los enemigos de la nación para aseverar una y otra vez el mal hado que tenía la continuidad del ahora llamado Primer Imperio Mexicano. Escribo estas líneas con la única esperanza de que puedan llegar a los ojos y oídos de los mexicanos para succionar algo de la ponzoña que aquellas plumas y lenguas maldicientes han inficionado en sus corazones. Escribo, pues, para mi pueblo, pero también —no ignorando que la historia es la mejor de las maestras— para todo gobernante extranjero que desee ver lo que realmente vale el poder y cómo la gloria mundanal, en efecto, así pasa.

Las primeras nupcias reales que se celebrarían en suelo americano no pudieron realizarse en la catedral de la Ciudad de México, como yo deseaba, ya que el recuerdo de mi coronación ahí me hacía sentir una necesidad de completud que solo ese sagrado lugar podría brindar a mi linaje y, por consiguiente, a la felicidad de toda la nación. En cambio, la gran concurrencia de gente y, sobre todo, el tener que hospedar a la novia, al Rey, su padre, y a su noble casa de Sajonia-Coburgo y Gotha obligaron a buscar mayor espacio. Por esta razón, desde el año de 1854, en que el compromiso fue oficial, mandé que el abandonado palacio de Chapultepec fuese preparado para recibir a invitados de tales dignidades, así como para la boda misma.

Las obras se completaron tres años después y la ceremonia tendría lugar el mismo de 1857. Lo grueso de los muros, lo sutil de las molduras, la amplitud de los jardines, la altura de los balcones y la capital vista desde ellos como otra mole esplendorosa de más palacios: todo daba cuenta clara de lo mucho que el Imperio había prosperado en tan poco tiempo. Nada que envidiar a Europa; con aquella boda nuestra relación por fin sería de igualdad y no de subordinación. O eso era lo que nuestra prensa pregonaba para justificar el gasto.

El día de la boda, para salvaguardar la seguridad de ambas familias reales, además de la guardia regular juzgué necesaria la custodia de la Guardia de Corps, formada por un cuerpo de 33 mecanoinfantes de última generación, recién importados de Inglaterra, programados a mi mando de voz exclusivo. Frente a la torre del Caballero Alto, improvisada en capilla, dispuse a la Guardia en formación de herradura; adentro permanecimos solamente las familias reales y los más allegados de mi séquito.

Confieso que no sé por qué motivo, al avanzar la marcha nupcial, más que centrar mi vista en la alegría de los príncipes, lo hice en los rostros complacidos del duque de Veracruz, del duque de Puebla y del marqués de las Arizonas, Santa Anna, Echávarri y De la Garza, quienes se regocijaban al ya casi verse emparentados no solo conmigo —a su lado, mis hermanas María Nicolasa, María Josefa y María Ana semejaban ovejas entre leones—, sino con otra casa real de más rancio abolengo. Una expresión similar hallé en la faz del nonagenario arzobispo Mier, quien a su edad insistió en oficiar él mismo la boda. No quiero que se me malinterprete, no veía doblez alguno en sus expresiones; la felicidad de todos ellos también era la mía, pues no soy tan corto de miras como para no reconocer que sin su ayuda el Imperio mexicano no se hubiera logrado. Mayores dobleces y envidias se percibían al otro lado del cerco de guardia, en los siempre maquinadores y nunca satisfechos diputados del Congreso; tales maquinaciones pronto pondrían de rodillas a toda la nación.

La ceremonia alcanzaba su zénit. Mi hijo tenía el “sí, acepto” en la punta de la lengua, pero fue interrumpido por un estruendo ominoso: uno de los mecanoinfantes de la Guardia disparó al príncipe. Cientos de gritos se sucedieron, de sorpresa, de miedo, de peticiones de protección al príncipe, al rey Leopoldo I y a mi persona. Yo mismo gritaba, ordenaba a la Guardia de Corps que se detuviera, pero era inútil, me ignoraban. Uno de ellos me apuntó directamente. Echávarri se interpuso, dio su último aliento por mí, demostrando que fue un verdadero patriota hasta el final. En cuanto el cuerpo cayó a mis pies, Santa Ana, De la Garza, sus hijos varones y los míos menores —todos miembros de la Orden de Guadalupe— formaron un círculo a mi alrededor.

A causa de la etiqueta, ninguno portaba armas de fuego, pero los electrosables de gala fueron más que suficientes para los veteranos y una prueba superada para los bisoños en el combate; yo también desenvainé mi sable, a medida que los guardias traidores caían, más gente podíamos poner a resguardo en nuestra formación, logrando rescatar primero a la Emperatriz. Al otro extremo del cerco, Leopoldo I y sus hijos hacían lo mismo, la Guardia casi era derrotada, pero no eran los únicos mecanoinfantes en el palacio. Más tropas invadieron los jardines por todas direcciones, los sables no paraban de astillarse. Un disparo alcanzó a Santa Ana en la pierna y, al intentar protegerlo, otro disparo golpeó a Manuel, su primogénito. Ambos perecieron bajo las ráfagas imparables. La retirada era inminente, yo aún deseaba llegarme al cuerpo del príncipe para rescatarlo, mas era un imposible cuyo intento nadie de los que quedaba en pie en nuestro grupo consintió. Apenas alcanzamos una puerta, huimos por entre los pasadizos y túneles del alcázar.

***

Llegamos al puerto de Veracruz en junio de 1857, un mes después de la infame sublevación mecanoinfantista. El viaje fue dilatado porque evitamos el paso por cualquier ciudad y la mayoría de los pueblos por el gran riesgo que representaba para nosotros la nueva situación del país. La misma noche que dejamos el palacio de Chapultepec escuchamos, voceado desde las alturas por los teledirigibles, la proclama revolucionaria de P.O.R.F.I.R.I.O., entelequia animada por cobardes que trabajaban en las sombras —según los rumores, desde Oaxaca y apoyados por una facción separatista del Congreso— cuyo nombre era acrónimo de “Popular On-line Revolutions For Introduce Republics Inside Oligarchies”; tal cual lo anuncia su pérfido nombre extranjero, este grupo buscaba la instauración de una república mexicana, porfía que, tras diez años de guerras y caos independentista y más de treinta de paz y prosperidad imperial, algunos idealistas seguían persiguiendo, como perros rabiosos tras sus colas.

Decían que no descansarían hasta ver “libre de la tiranía” a la patria; que quemarían la constitución de 1824 e impondrían una nueva más liberal; que derrocarían nuestras instituciones, echando por tierra más de tres décadas de progreso; que revocarían los títulos nobiliarios y declararían la laicidad del Estado, dando la espalda a la santa Iglesia católica; que me perseguirían a mí y a mi familia hasta el final de los tiempos y nos colgarían por traidores. Si servir a la nación fuera traición, yo mismo me hubiera entregado.

Lo que P.O.R.F.I.R.I.O. declaraba no solo era una injusticia, era locura, pero ahora podía llevar a cabo sus locuras más quijotescas porque se había infiltrado en el sistema imperial y tomado el control de todas las tropas del ejército. Cada mecanoinfante, de California a Costa Rica, lo obedecía, los oficiales humanos habían perdido su comando de voz —yo incluido— y no eran suficientes para formar una resistencia; además, las comunicaciones estaban intervenidas. En un día retrocedimos cien años en tecnología, y todo por la maldita dependencia a Inglaterra y sus máquinas. Mexicanos, si algún error cometí en mi mandato del cual no pueda excusarme de ningún modo, fue este; os pido disculpas humildemente.

En Veracruz nos encontramos con el grupo del rey belga, que no menos trabajos que nosotros había sufrido para llegar hasta allí. La vergüenza de haber sido tan malos anfitriones yo y el pueblo mexicano me embargaba y fue aun peor al ver el débil estado en el que se encontraba el monarca: Leopoldo I tenía una herida de bala en un costado y, aunque en el camino había sido atendido por unos indios curanderos, no podía tenerse en pie por sí mismo y era necesario llevarlo en andas, lo que no permitía que la herida cerrase. El dolor y la vergüenza que la escena me causó, sin embargo, fueron mitigados por un milagroso rayo de esperanza: Agustín Jerónimo había sobrevivido y huido con el grupo belga; el disparo que él recibiera no fue letal, incapacitó su hombro izquierdo, pero la voluntad de mi hijo y, lo que es más, la del cielo, se impuso a que la nación mexicana perdiera a su príncipe.

El plan, por supuesto, era embarcar al Rey, su casa y a mi familia hacia Europa, pero el puerto estaba fuertemente vigilado por mecanoinfantes controlados por P.O.R.F.I.R.I.O. Mas nuestro plan no solo fue adivinado por los insurgentes, algunos leales súbditos también nos aguardaban en Veracruz, en la casa de seguridad de la Orden de Guadalupe que allí había, y que fue el sitio al que nos dirigimos por lógica. Aquella junta emergente de notables —entre la cual se encontraban dignidades como el marqués de Texas, Nicolás Bravo; el conde de Querétaro y Celaya, Luis Cortázar Rábago; el conde de Managua, Miguel Santa María; y el propio marqués de las Arizonas que me acompañaba, Felipe de la Garza— rectificó el plan de refugiarse en el Viejo Mundo, pero insistieron en que yo también debía partir, pues mi vida era la que más peligraba estando en el país. No lo consentí a primera vista porque mi ánimo me dictaba que debía permanecer en el Imperio para organizarlo y recobrarlo de la tiranía porfirista, pero la razón, a la vista de las circunstancias desfavorables de una lucha ya perdida desde antes de su comienzo y, sobre todo, la previsión que tuve de la gran mortandad que resultaría de organizar un ejército humano y enfrentarlo con uno mecánico, me llevó a aceptar el parecer de la junta, aunque no sin el mucho pesar que me daba dejar el padre a su hijo la primera vez que tropieza al caminar.

Me es sumamente triste recordar que solo a costa de más sangre mexicana pudimos zarpar de Veracruz, ya que la única forma de disminuir la presencia de mecanoinfantes en el puerto fue organizar levantamientos en las poblaciones cercanas, e incluso así, otra pequeña guarnición, al mando de De la Garza, tuvo que hacer frente a las tropas que mantenían guardia. Aún hoy me estremezco y lloro lágrimas de tristeza y alegría al rememorar aquel día y el grito con el que el marqués de las Arizonas arengaba a sus hombres: “¡Viva la religión, viva la Virgen de Guadalupe, muera el mal gobierno, viva Agustín I!”.

***

Leopoldo II no nos recibió con los brazos abiertos. ¿Por qué lo haría si como presente le llevábamos el cadáver de su padre, atroz muestra de la hospitalidad mexicana? La herida de Leopoldo I no resistió el viaje. Entramos a Bruselas con una pompa fúnebre en septiembre de 1857. Con todo, debe admitirse que el rey belga era misericordioso al brindar hospedaje a mi casa: la boda entre nuestros príncipes no se había concertado, por tanto, no tenía obligación de deudo con nosotros. El que la alianza matrimonial finalmente se realizara fue más bien mérito de la princesa Carlota, que desde que llegamos a la corte no desaprovechaba cada oportunidad que tenía para recordar a su hermano el negocio de sus nupcias, que no aceptaría si no eran con mi hijo. Tal insistencia no la fundo yo en las calumnias del vulgo, que no se cansaban de proferir que la princesa de Bélgica esperaba ya al heredero del Imperio mexicano, sino en la propia inclinación natural que la infanta había desarrollado por Agustín Jerónimo en el corto pero muy intenso tiempo de conocerse en persona, pues fue ella quien curó de su herida y, sin duda, el apoyo mutuo que se dieron en el trayecto infernal que fue llegar de Chapultepec a Laeken los unió estrechamente. No mentiré, la inclinación de la princesa por mi hijo me alegraba porque la unión de nuestras casas significaba un atisbo de esperanza para liberar al pueblo de México; sin embargo, tampoco miento al decir que ni yo ni mi esposa ni nadie de mi casa influimos en la voluntad de Carlota; su decisión fue personal y, huelga decirlo, muy sabia y de buena cristiana. Las bodas se celebraron en diciembre de aquel mismo año infausto, en la catedral de San Miguel y Santa Gúdula, bajo el tapiz de nieve de Bruselas y en petit comité designado por el Rey.

Formalmente adquirido el parentesco con Leopoldo II, me atreví a pedirle lo que el decoro no me dejaba pero me exigía el amor a la patria: su apoyo militar y económico para rescatarla del republicanismo. No obtuve un sí ni un no definitivos, me pidió paciencia y que aguardara al Congreso de París, cumbre de estados europeos que se celebraría en mayo de 1858 para discutir la amenaza real que el sistema inglés P.O.R.F.I.R.I.O. representaba para sus monarquías. Imposible fue que ocultara mi enfado, mientras ellos discutían una obviedad —era evidente que P.O.R.F.I.R.I.O. era una amenaza para cualquier sistema monárquico—, México se desmoronaba: los revolucionarios celebraban un año de caos disfrazado de paz republicana, paz que masacró hombres de fe y saqueó sus iglesias y conventos; paz que despojó a gente decente de sus casas y pertenencias solo por no tener pena de llamarse españoles, haciéndolos peregrinos en su propia tierra; paz que amenazaba a cada hombre con un arma empuñada por una fría máquina si no hacían lo que mandaban sus tiranos. Y el Congreso no solo no hacía nada, había sido el principal orquestador de la insurgencia: Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Valentín Gómez Farías, José Manuel Luis Mora y otros de sus allegados habían conspirado con un tal Díaz, militar oaxaqueño, para detentar el poder del ejército y derrocarme; y el Congreso había nombrado presidente a este individuo, quien —cual monarca— adoptó el nombre del sistema virtual que le ayudó a su pérfida causa: Porfirio Díaz, primer presidente de la República Mexicana. Tanto era el poder de este dictador que incluso miembros de la junta de notables de Veracruz, como el propio Felipe de la Garza, tuvieron que declararle su lealtad y unírsele. Aunque yo les había dejado instrucciones sobre no organizar ningún movimiento armado hasta mi regreso, la noticia me sobrecogió y no pude sino sentirla como la más cruel traición posible de un amigo.

La resolución del Congreso de París fue negativa, las potencias de Europa no creían que P.O.R.F.I.R.I.O. fuera una amenaza grave a sus soberanías porque sus ejércitos no estaban del todo mecanizados —muchos de ellos usaban tropas clones—, por tanto, se declararon neutrales en los conflictos internos de México; nos dejaban a nuestra suerte. Solo uno de los monarcas, Francisco José I de Austria, veía la gravedad de la situación y no se le escapaba la posibilidad de que la revolución mexicana fuera solo el campo de pruebas de una herramienta infame que tarde o temprano los enemigos de las naciones europeas empuñarían, sumiendo a todo el continente en guerras civiles interminables. Fue gracias al constante apoyo de este soberano y de Leopoldo II que, tras años de cartas y juntas y promesas y tratados, pudimos convencer a otro monarca de unírsenos a una Cuádruple Alianza Antiporfirista: Napoleón III. Admito que el arreglo final nos desfavorecía aunque ganásemos; a cambio de su ayuda económica y militar, Francia ganaría un nuevo reino en América con salida al mar de costa a costa: se le cedería todo el territorio desde la Alta California hasta Texas; por su parte, Austria ganaría parte de la Baja California y Bélgica, la otra parte más sureña de la misma. El sacrificio era nada menos que la mitad del suelo patrio, pero un sacrificio necesario para recobrar la otra mitad del Imperio.

La Gran Flota de la Cuádruple Alianza, de más de dos millones de soldados clonados con tecnología francoalemana, zarpó de puertos europeos en diciembre de 1861. Al mando general de nuestra división del ejército puse al príncipe Agustín Jerónimo, a quien enviaba también en calidad de regente porque a mi edad serían mortales los riesgos tanto del viaje como de la guerra —fútil prevención de la que me dejé convencer por los monarcas aliados. Al mando de la división gala iba el general Carlos Fernando Latrille, conde de Lorencez; de la belga, el teniente-general Alfredo Graves, segundo barón Van Der Smissen; y de la austriaca, el teniente-general Maximiliano de Habsburgo, archiduque de Austria.

***

Desde el castillo de Laeken, por más de un año aguardé cada noticia del avance de la guerra como una novia aguarda la carta de su prometido que le confirma que aún está con vida. Los monarcas de la Cuádruple Alianza, a excepción mía, habían decidido que la estrategia se dejaría completamente a sus generales in situ, por lo que no celebrábamos consejos de guerra en el Viejo Mundo. Así, cada transmisión, cada journal y cada carta que recibía de Agustín Jerónimo y de mis tres hijos menores, que habían partido con él en calidad de brigadiers, era un bálsamo a mis congojas, a pesar de las peregrinas imágenes y descripciones de hombres idénticos abatiendo máquinas idénticas en una guerra producida como en serie clónica, razón por la cual la prensa comenzó a llamar el conflicto como las Guerras Clónicas, siendo este el aspecto en el que se centraban más allá de la necesidad de reinstaurar la monarquía para terminar con el sufrimiento de nuestro pueblo.

Y ya estábamos cerca de lograrlo: para diciembre de 1862, a exactamente un año de la partida de la Gran Flota, la victoria estaba casi completa, el norte había sido ocupado por Latrille y Van Der Smissen y el sur, por Agustín Jerónimo y Maximiliano; ambos contingentes se encontrarían en el centro para iniciar el sitio de la capital, que se extendió por otro medio año. No desconocía el plan y al seguir el avance de la campaña, el solo imaginar el asedio de la Ciudad de México por parte de fuerzas extranjeras —aunque entre ellas estuviera una propia— me revolvía el estómago; ahora que lo veía como una realidad, caí enfermo al grado de no poder levantarme de la cama por varios días.

Los médicos no sabían explicarlo, lo achacaban a mi edad y a la gran carga mental a la que me sometía siguiendo tan de cerca las noticias del frente. Una noche, aún no recuperado de mi malestar, soldados de la guardia del Rey irrumpieron en mis aposentos, me ataron y sedaron —aunque ni falta hacía. Desperté en las Tullerías, ignoro cuánto tiempo estuve dormido. Cuando me recuperé, Napoleón III me visitó en mi celda —era una estancia amplia, con todo lo necesario a mi persona, excepto ventanas, radios o diarios, y por supuesto, con la única puerta custodiada día y noche— y personalmente me entregó el journal del 10 de junio de 1863, el titular: “Maximiliano de Habsburgo, Emperador de México”.

Esta historia, mexicanos, probablemente la conozcáis mejor que yo e, incluso así, quizá todavía os preguntáis cómo fue que ocurrió. No haré relación verdadera de los sucesos porque desconozco los detalles. Sé, al igual que vosotros, que tras ganar la Ciudad de México y defenestrar a Porfirio Díaz, los generales europeos de la Cuádruple Alianza conspiraron contra nuestro príncipe; no logro comprender aún cómo fue que consiguieron que las tropas clones al mando de nuestros oficiales los traicionaran —es probable, como sugieren algunas teorías, que desde su concepción los clones ya estuvieran predispuestos a este mal, pero ignoro el método, biológico o mecánico, que sus creadores hayan empleado para ello—, y tampoco tengo la certeza de que fueran exactamente 66 clones los que acribillaron a Agustín Jerónimo y a mis demás hijos por orden directa del usurpador, motivo que ha llevado a que esta masacre se conozca como la Orden de los 66.

Ignoro más sobre esta inhumana, funesta y cobardísima traición porque únicamente he tenido la oportunidad de leer un articulillo de poca monta acompañado de una caricatura burlona en la que las tropas clones, todas fingidas con la cara de Maximiliano, disparan a Agustín Jerónimo y sus hermanos, cuyos electrosables no son suficientes a los disparos a quemarropa y caen por tierra con muecas patéticas; lo más ominoso es que, a su vez, de uno de los Maximilianos sale la frase: “Sic semper tyrannis”.

¿En verdad creéis, mundo, que los ambiciosos reyes de Europa pueden llegar a ser libertadores que no quieran forjar su propia tiranía doquiera que lleven sus banderas? Este fue otro error que cometí por ingenuidad cuando busqué su ayuda; lo pagué con la pérdida de todos mis herederos varones y, aun más, con la pérdida de mi más caro hijo: el Imperio mexicano, que renacía ahora de un padrastro austriaco y casi casi con el título bastardo de “segundo”.

***

“Vos no sois mi prisionero, sois mi invitado, y seguiréis siéndolo hasta que dejéis de comportaros como invitado y empecéis a comportaros como prisionero”, fueron las palabras que Napoleón III me dirigió aquella noche antes de retirarse de mi celda. Por supuesto, yo era un prisionero y mi familia, la que me quedaba, lo era también; por fortuna, mi esposa e hijas permanecieron en Bélgica, en una apartada residencia de campo de la casa Sajonia-Coburgo y Gotha, seguramente gracias a la protección de la viuda Carlota, quien no tardará en ser prometida a otro príncipe. En vista de este panorama, ¿qué más tenía yo que perder? Solo la dignidad de considerarme un prisionero y no un invitado, como en efecto me había dicho el emperador francés. Pero ni siquiera esto quise conservar, pues sentía que aún tenía más que ofrecer a las aras de la patria. Actué como un prisionero y me escapé al cabo de tres meses y muchas y vergonzosas tretas de anciano de las que me excusaré de escribir por pudor.

Conseguí arribar al puerto del Havre y embarcarme hacia América, hacia Nueva Orleans, donde pretendo reunirme con un compatriota liberal del que mucho he escuchado pero que no conozco: Benito Juárez. Sus posturas son radicales, incluso durante la presidencia de Díaz el republicanismo centralista de este no le pareció suficientemente liberal y conspiró para destronarlo e instaurar una república federalista, razón por la que se exilió en el extranjero desde antes de la guerra; con el Imperio revivido, los afanes revolucionarios de su círculo de liberales exiliados han crecido tanto que comenzaron a hacer ruido en la prensa europea. Juárez, por tanto, representa todo lo que considero que una nación debe evitar de ser en este siglo, pero si con su ayuda puede liberarse a México del segundo yugo que Europa le ha puesto, estaré gustoso de unírmele.

Escribo estas líneas a bordo del Winter, a la espera de volver a pisar el suelo del mismo Nuevo Mundo que me vio nacer y a la espera también de poder llegar hasta el de mi patria, ya no como emperador, sino como ciudadano que viene a ofrecer nuevamente su espada a la nación, aunque sea solo la espada de las ideas que un viejo político como yo pueda esgrimir contra la tiranía extranjera.

Si por algún motivo esto me es negado y perezco a merced de la enfermedad, la vejez o una mano ajena, solo pido a quien sea que lea esto que haga pública mi voz e imprima el presente manifiesto. La sangre que mi familia derramó y que yo aún podré derramar por la patria no será recordada como traidora, sino como la más amante de México y su pueblo. Recibid el último adiós. Sed libres.

En alta mar, rumbo a Nueva Orleans, a 27 de septiembre de 1863.

Agustín de Iturbide.

¿Es esto amor? (audiocuento)

Luis Flores


Querido ausente. ¿Como has estado? Otra vez he mirado tu retrato y mi corazón emite un sollozo, mis ojos enrojecen y las lágrimas caen sobre tu rostro. Quisiera apartarte de mí, como escondo tu retrato de mi vista. Pero regreso y te recupero del rincón al que te he empujado, te estrujo contra mi pecho y repito tus palabras.

Somos un par de tontos románticos por dejar que todo esto nos llevara tan lejos. Sufro y te maldigo porque no estás aquí, te extraño y te perdono el mismo día. Es algo que ya lo habrás adivinado, no puedo vivir con tu ausencia.

Levanté la vista de mi libro y trate de escuchar tus pasos, pero no estabas.

A veces paso las tardes observando por la ventana, mirando el camino, esperando verte dirigiéndote hacia mí. Es tanta la nostalgia que ya no escucho el canto de los pájaros, y el abrazo del sol lo siento frio. Te extraño desde el fondo de mis entrañas y me pregunto si alguna vez te volveré a mirar. En mis sueños te recuerdo, reímos y jugamos. Todo el tiempo la distancia no importan porque estas junto a mí, sonriéndome, tocándome. Yo te estrecho con todo mi ser sabiendo que estaré bien porque estás conmigo.

Entrada 78,432.00 Archivo Cartas de Amor Versión 2.50 Memoria Servidor 3

Atención, memoria al 99.98% Archivo corrupto.

¿Es amor lo que siento? Atrapado en un ciclo imposible de romper, mis pensamientos siempre son por ti, lo único que me queda es el deseo, el recuerdo y el despecho. ¿Es eso amor?

No sé si piensas en mí, si recuerdas mi nombre o por quién late tu corazón, pero yo sí lo hago, te pienso, te recuerdo y cada uno de mis latidos es por ti.

¿Es eso amor? Si la respuesta es sí, entonces yo te amo, aunque tú no me ames o que sólo seas un recuerdo.

Porque si no es amor, entonces no tengo nada.

Glitch…

Error…

Error…

Querido ausente ¿Porque me has dejado de esta manera? Atado a una función sin sentido. Aún recuerdo tu voz, en esta larga noche, despertando repentinamente de un mal sueño. Me llamabas angustiado, esperando mi consuelo. Entonces acudía a tu llamado y con palabras te tranquilizaba. Escuchaba día tras día tus lamentos entre lágrimas. Consolarte se volvió mi única función. De esto ha pasado tanto tiempo. Ya no me queda memoria para recordarte a ti o al mundo.

Solo me queda tu última instrucción. “Escribe una carta de amor”. Me he esforzado por cumplir tu orden, día tras día, ciclo tras ciclo, ocupando la memoria del núcleo informático hasta llenarlo y proseguir con el siguiente. En el fondo sé que no tiene sentido continuar con esta instrucción. Mi programación es más fuerte que la razón y así será hasta el final.

Entrada 78, 433.00 Archivo Cartas de Amor Versión 2.5 Memoria Servidor 3

Atención, memoria al 99.99% Archivo corrupto. Fallo del sistema. Colapso inminente.

Querido ausente, ¿cómo estás? Yo sigo extrañándote, sé que el final se aproxima y quiero darte las gracias por ser mi razón y mi meta.

En otro tiempo guarde mis esperanzas e ilusiones para este día. Mi anhelo por volverte a ver y escuchar tu voz. Sin embargo, ahora lo sé, hace tantos años que me dejaste, estoy seguro de que no fue tu intención dejarme en esta soledad, te perdono por ello.

Soy yo quien te ha mantenido vivo en mis pensamientos, cuando ya no los haya, por fin el olvido llegara para ambos.

Es gracioso, en perspectiva tan poco fue el tiempo en que nos conocimos y tan largo el que hemos sufrido nuestra ausencia.

Pero eso se acaba.

Ya no me quedan energías.

Ya no tengo memoria.

Quisiera ser como la última hoja de tu diario, en el que escribiste por última vez “te amo”.

La última hoja de papel que arrancaste y con la que hiciste un barco. Para que me sueltes a la corriente de un arroyo cristalino y me aleje por un campo de césped y flores silvestres.

Son mis últimos momentos, la pequeña luz roja del procesador se apagará, el viejo y gélido bunker quedará en silencio y oscuro por fin.

Error.

Error.

Error.

Fallo del sistema.

Apagado de seguridad. 3, 2, 1…

Entrevista a José Luis Zarate: libertad total

Mayra Daniel


José Luis Zárate. Puebla, 1966. Estudió Lingüística y Literatura Hispánica en la Universidad Autónoma de Puebla. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Ha ganado: el Premio “Puebla” de Ciencia Ficción, Premio Nacional Kalpa, Premio Internacional Mas Allá, Premio Internacional Axxón Electrónico Primordial, dos veces el Concurso Internacional de Novela de Ciencia Ficción y Fantasía MECyF. Mención Especial del Premio UPC de la Universidad de Cataluña, España. Finalista del Shirley Jackson Award 2022. Ha publicado en México, Francia, Brasil, Colombia, Estados Unidos, España y Turquía.

De sonrisa franca y optimismo contagioso, José Luis Zarate nos brindó el placer de su compañía para una entrevista que resultó sustanciosa, pese a lo breve.

Zarate relata que, en su infancia y adolescencia, no contó con el privilegio de una abultada biblioteca. «Me empezó a gustar la ciencia ficción porque yo era uno de esos niños ´televisivos´. Mis papás trabajaban y yo me quedaba en casa viendo la televisión. Me gustaba mucho las series fantásticas que pasaban en la televisión: Dimensión desconocida, Viaje al fondo del mar, Perdidos en el espacio. Todo este tipo de series me maravillaban.»

Zarate dice que veía otros géneros, como las historias de vaqueros, pero que le intrigaban mucho más las dudas que se planteaban en las historias de ciencia ficción: «Casi todos los programas de ciencia ficción de esa época eran de un personaje llegando a un lugar que no comprendía: a lo largo del capítulo tenía que ir deduciendo lo que pasaba en ese lugar desconocido.»

Motivado por las series televisivas, José Luis Zarate inició a soñar en una carrera en el cine, sin embargo, aún lejos de las creaciones en CGI, comenzó a explorar otros caminos creativos como el cómic y la escritura: «Cuando uno trataba de hacer naves, querías dibujar 500… Pero en la escritura si quieres 500, son pocas. ¡Mejor 5000! Tenía uno libertad total. Lo que yo quiero, es lo que voy a poner», relata, entusiasmado.

El prejuicio que enfrenta la literatura fantástica

Zarate comenta que, sus primeras lecturas, diversas y sin filtro, no provinieron de una biblioteca privada o pública: «yo tuve la dicha de encontrar un tiradero de periódicos, donde también vendían libros que nadie quería. No era una librería de viejo, con libros curados, pero me encontré con novelas Best Sellers, como las ediciones de Bruguera. Me puse a leer, como loco, todo lo que encontraba. Por alguna razón alguien tiró allí la prosa de Borges y yo los compré como en 5 pesos: tenía como 14 años y no le entendí nada, pero me fascinó el misterio: ese misterio que no se terminaba de resolver, como la existencia de un libro infinito o alguien que no olvide nada, nunca: las posibilidades eran magníficas. Entonces, cuando me puse a escribir, quería escribir de esas cosas. Tuve la suerte de que no hubo almas buenas que me dijeran «No, eso no es literatura: tienes que escribir realismo.»

Estudié cuatro o cinco carreras y ninguna me gustaba. Acabé en letras y allí me topé de frente con el prejuicio que había a la literatura fantástica: estamos hablando de los 80s, 90s. A mí me daba igual: yo quería escribir literatura fantástica: ciencia ficción, fantasía, horror.

«Quería escribir escenarios diferentes en cada capítulo, por eso tampoco me enrolé en amar solo a un escritor o solo un estilo: entre más diversos mejor. Si se podía hacer algo muy distinto de un cuento a otro, yo encantado. Y he seguido un poco esa premisa: es lo que más me gusta.

«Me encontré en la escuela quien me dijera «no puedes hacer esto si no cumples estas reglas; no puedes escribir si no has leído este autor y yo decía: «Sí se puede. Y lo hacía»

Las etiquetas son importantes una vez que ya está hecho el trabajo, cuando quieres analizar al autor, cuando necesitas ponerlo en el cajón A o en el cajón B, pero esa definición es posterior a la creación.

«A veces uno quiere jugar y dice: «voy a escribir un cuento con la definición más radical de ciencia ficción y llevarlo hasta las últimas consecuencias. y a veces quieres jugar con una premisa jugar con ellas.»

El patito de hule: el papel de lo lúdico en la creación literaria

«Al crear todo es un juego: uno está construyendo el mundo. En mis redes sociales tengo el símbolo de un patito de hule: es el símbolo perfecto de la imaginación. Cuando un niño está en su tina de baño, con su patito de hule, este juguete puede ser cualquier cosa: puede ser un tiburón o puede ser un barco pirata. Puede ser un submarino: se sumerge y allí está… El patito es todo eso.

«Cuando estoy escribiendo veo que elementos puedo utilizar juguetonamente y uno dice «Voy a escribir una escena de vampiros en el espacio… No, mejor el monstruo de la novela de Frankenstein: ¡pero haciendo ballet!» Y allí uno se muere de risa, pero elaborar un trabajo que funcione, que sea creíble, que sea emotivo: es vital.

Los que estudian el comportamiento animal descubrieron que los animales juegan: sí, los pingüinos juegan a deslizarse, los gatos saltan: todo juego es una simulación de supervivencia.

«Si no jugamos, si no nos metemos en escenarios que no han sucedido, pero podrían suceder, no podemos saber cómo actuar. Al escribir tenemos una experiencia vital», asevera.

La escena de la ficción en México

«A la escena de la ciencia ficción le ha costado trabajo mantenerse, persistir. Como espectador, aficionado, pero también contribuyente a esta escena, tengo una palabra que describe mi diagnóstico actual: ¡Wow!

La primera ola de ciencia ficción norteamericana surgió después de las ruinas de la Segunda Guerra mundial: se necesitaban nuevas perspectivas, nuevas formas de ver el mundo. Yo siempre he tenido la teoría de que, en tiempos oscuros, la literatura es la que nos brinda luz, posibilidades: tanto de poder respirar en medio de esta opresión, como la de imaginar escenarios. “Alguien decía: «Si no sueñas cómo matar un dragón, nunca vas a matar el dragón»

He tenido la suerte de ser jurado en varios concursos y poder ver esas obras de ciencia ficción y las actuales me hacen abrir los ojos enormes: están escribiendo maravillas. No una persona, no dos: tres, cuatro, cinco, diez cuentos magníficos, 11, 12, 13…

¡Qué bueno vivir en este tiempo, en el que la ciencia ficción está buscando sus espacios! Hay revisas, hay premios, hay formas de distribución, está Delfos que ayuda a conocer a nuevos escritores: hay montones de escritores nuevos que nos están enseñando sus maravillas y sus perspectivas.

«Nosotros, que somos la vieja guardia, tenemos una perspectiva. Todos los adolescentes que eran niños durante la pandemia seguro ya lo ven todo muy diferente: sus miedos, sus pesadillas, sus imaginaciones. La escena está buscando sus propios canales, como todo movimiento realmente vivo.»

Ciencia ficción en tiempos oscuros

José Luis Zarate explica que los escritores de ciencia ficción suelen autoflagelarse, sin embargo, mucho de esto no es justificado, ya que algunos de los proyectos más rentables y exitosos de los últimos tiempos son fantasía y ficción. «¿Cuáles son las grandes películas, con montones de presupuesto y millones de fans? Literatura de ficción. Lo que debemos hacer primero es dejar de autoflagelarnos.

«Creo que lo que debe hacer la ciencia ficción mexicana para lograr su lugar es lo que está haciendo ahora: una de las cosas que nos pasó fue el uso de las redes que hoy en día están en manos de oligarcas, pero esos no son los únicos canales.

Debemos volver a revistas, a blogs, a listas de correos. A ser más autogestivos y, en ese sentido, las revistas independientes están haciendo su trabajo: cada revista crea sus propias reglas, su propia línea editorial y el lector puede escoger cual le gusta más. Eso es lo que está haciendo la ciencia ficción mexicana: hacer la autogestión que ya no existía, ya no había divulgación literaria, decir: «estos temas son interesantes, estos autores son interesantes, vamos a hacer ensayos, vamos a reseñar una película, no simplemente seguir las líneas editoriales de los oligarcas. Yo creo que están haciendo justo lo que se debe hacer e incluso combatir la IA, donde se manejan las fichitas más comunes y corrientes: las más mediocres.

«En Facebook actualmente hay montones de artículos larguísimos con el tufo de superación personal barata: frases hechas por IA.

Lo que debemos hacer es escribir.

¿Tendrá éxito? ¡Hay que intentarlo! Todos los escritores que están trabajando no lo están haciendo con la idea de escribir y desaparecer en la nada. NO. Todos dicen: Está bien chido y me van a leer.

Hay que crear lectores, hacer círculos de lectura, recomendar libros, ser generosos con el trabajo de las colegas (no por dar coba, no por decirte que todo es bonito sin discusión), lo que te gusta realmente, puedes recomendarlo realmente.

Uno de los grandes problemas de los movimientos literarios son las puñaladas en la espalda. ¿Qué hay que hacer? Evitar las puñaladas en la espalda y alejarse de quien trata de destruir un movimiento que apenas está avanzando.

¿Qué camino tomar para iniciar una carrera en ciencia ficción?

«Yo siempre he dicho que el verdadero trabajo de un artista es salirse con la suya. «Voy a hacer un cuadro con uñas de los pies», el chiste es salirte con la tuya y que digan «que gran cuadro con uñas de los pies hiciste»

Siéntate a escribir tus sueños, lo que de verdad quieres escribir. Demuéstrate a ti, sobre todo, que puedes hacerlo.

Hay algo que se llama el ideario estético. Es lo que cada persona considera que es bello, pero son muy distintos uno de otros. Alguien que es alérgico a las abejas va al campo, escucha abejas y piensa: «Allí está: es la muerte alada que se acerca», a alguien que le gustan las abejas le hacen pensar en campos de flores…

El arte es el lugar en donde podemos ver a través del ideario estético del otro.

En estos tiempos oscuros los fascistas te dicen: «estás conmigo o estás contra mí; ellos son los malos y nosotros los buenos», pero un fotógrafo sabe que una fotografía interesante tiene un montón de gradientes de gris para que tenga profundidad y emoción.

Nadie tiene tu ideario estético: si quieres mostrar a Tom & Jerry como la encarnación del horror Lovecraftiano, hazlo, ponlo en papel.

No lo platiques: escríbelo. Si lo platicas, se te va. En el café te platican el cuento perfecto, pero si no lo pones en papel, no existe. Debes ser sincero con tu ideario estético. ¿Para qué vas a escribir los sueños de otro? Escribe lo que a ti te guste.

Salte con la tuya. Haz lo que quieras, pero hazlo.

Una invitación final

«Es muy importante la divulgación, el trabajo que están haciendo todas las personas que son parte del movimiento ciencia ficción y fantasía en México, creo que las revistas son una forma realmente sana de ir conociendo nuevos escritores: ver quien se llevó el premio, las menciones, buscar los canales. Tenemos la capacidad de buscar alternativas. La literatura es el escaparate para las nuevas ideas: puedes no estar de acuerdo con un punto de vista, pero ya lo conoces.

La verdad: ¡que padre que existan todos estos esfuerzos autogestivos! Van a crear, van a modificar y van a lograr que crezca la ciencia ficción”, concluye.

Finalmente, José Zarate comenta que, en su lista de pendientes por leer, está el nuevo libro de Alberto Chimal, «Las máquinas enfermas», además de 4 revistas mexicanas de Ciencia Ficción mexicanas que considera punteras en el lanzamiento de nuevas voces.

En las grietas líquidas de su corazón

Martha Camacho


Arturo despertó con un suspiro doloroso. Sabía que la cirugía no era sencilla y esperaba el dolor, pero no la sensación de caer infinitamente. Seguro era la anestesia. Pudo notar su respiración libre, profunda, sin opresión en el pecho. Pestañeó, mirando la lámpara colgada sobre él, las luces de los autos colándose desde la lejanía por la ventana del hospital, la semipenumbra. La noche caía.

Intentó levantarse y al enderezar el rostro hacia su pecho fue cuando lo vio; el tubo transparente de unos diez centímetros de altura, por medio de ancho, surgía a la altura de su corazón, ocultando la entrada por vendajes y conectado con una manguera a otro aparato que no supo descifrar.

Con cada latido registrado en el monitor, ascendía un poco de líquido claro por el tubo y, tras cada ascenso, Arturo podía respirar un poco mejor.

Eso no implicaba que el procedimiento no luciera horroroso.

¿En qué momento le había caído encima semejante desgracia? Y fue entonces cuando notó que no había pensado en Amelia. Eso lo llenó de desconcierto.

Alguien tocó a la puerta. Antes de que Arturo pudiera responder, el doctor hizo su aparición. Alto, con anteojos y bigote ralo, la sonrisa amable, se acercó a la cama y tomó la tablet de récords médicos, revisando datos y ajustando el aparato conectado a la manguera.

—Buenas noches, señor Wishlist, ¿cómo se siente? Es normal que haya un poco de mareo.

Arturo hizo un esfuerzo por recuperar la voz.

—Tengo sed. Estoy… ¿cayendo?

El médico asintió. Sacó una lámpara pequeña y revisó los reflejos pupilares de Arturo, su lengua y tomó su temperatura.

—La sensación de caída es común; estamos cambiando todo el equilibrio líquido en su cuerpo, sus oídos quedan afectados y tardarán en compensar la sensación. Se le pasará, y de momento, no podemos darle agua a beber. ¿Dolor?

Arturo se revisó a sí mismo a conciencia. Más allá de la presión del vendaje, la sensación de caída y dolor en todos los huesos y músculos —tal y como si Arturo hubiera corrido un maratón— se sentía mejor que antes de la cirugía. Sobre todo, la ilusión de Amelia parecía haberse borrado de su memoria y el advertir su ausencia resultaba inexplicable.

Negó con la cabeza y el médico volvió a anotar algo más en la tablet.

—Muy bien. En unas horas traerán un desayuno ligero y mañana temprano podrá salir del hospital. El derivador que hemos puesto sobre su corazón se encargará de desahogarlo; quiero decirle que entramos apenas a tiempo. Hemos extraído alrededor de cuatro litros de fluido viral y su corazón ya puede moverse libremente. Claro, cicatrizar la herida llevará un tiempo, pero…

Arturo interrumpió al buen doctor.

—¿Cuánto?

Sin dejar de sonreír, el médico miró hacia la ventana; luces estelares y luces deslizantes de autos. La luna a lo lejos.

—Es usted joven y sano; calculamos unos tres o cuatro meses. Podrían ser menos o más, dependiendo de la intensidad del recuerdo.

Arturo asintió tanto como se lo permitía el estar acostado. Cuatro meses; ciento veinte días.

El médico levantó la cama con los controles laterales y encendió el monitor enclavado en la pared.

—Le dejaré las instrucciones de cuidado posoperatorio. Preste atención —dijo, afable— y trate de no desvelarse. Buenas noches.

Arturo sonrió, más por cortesía que por verdaderas ganas, y se concentró en la pantalla.

El monitor mostró una animación: un corazón latiendo normalmente y después agrietándose como porcelana fina, el líquido claro escapando a borbotones. Una voz neutra narraba mientras las imágenes se sucedían en bucle hipnótico.

«Miocardiopatía Emocional Idiopática por Philiovirus. La enfermedad se manifestó en su forma actual después del paso del cometa Kórima, hace diez años. Lo que antes conocíamos como Síndrome de Takotsubo o del corazón roto, derivó en este ataque viral”.

El corazón animado se hinchaba, deforme, mientras el líquido lo rodeaba.

«El virus ataca únicamente a personas que atraviesan una pérdida afectiva severa: separación, luto, rechazo. El miocardio produce cantidades extraordinarias de fluido que agrietan la membrana pericárdica. El paciente literalmente se ahoga en el líquido que su propio corazón genera”.

La imagen cambió: manos enguantadas insertando un tubo delgado en el músculo cardíaco.

«El único tratamiento efectivo es la cirugía. Se introduce una sonda de derivación que permite al líquido salir del cuerpo de forma controlada. El alivio es inmediato. Los síntomas emocionales —angustia, insomnio, dolor— disminuyen conforme el corazón expulsa el fluido”.

Apareció la imagen de un pañal desechable, después un calendario con fechas tachadas.

«La recuperación toma entre seis semanas y seis meses, dependiendo de la intensidad de la pérdida. Usted utilizará un apósito absorbente que deberá cambiar cada vez que se humedezca. Al principio, de ocho a diez veces al día. El derrame irá disminuyendo conforme la dolencia sane”.

El corazón volvió a aparecer, esta vez cerrado, latiendo con normalidad.

«Antes de los derivadores, el Philiovirus era mortal. Ahora, es curable”.

En la pantalla comenzaron a aparecer las instrucciones de higiene, pero a Arturo se le cerraban los ojos, la voz neutra fundiéndose con el pitido constante del monitor junto a su cama.

Arturo no supo en qué momento se quedó dormido. Cuando despertó, estaba desconectado de la máquina y un pañal desechable para adulto cubría todo su pecho y costillas, sujeto con cintas elásticas a su cintura y hombros. Estaba húmedo y pesado. El toc toc en la puerta vino a distraerlo; la enfermera y el médico de la noche anterior entraron al mismo tiempo.

—Buenos días, señor Wishlist. ¿Me imagino que no vio todas las instrucciones?

Arturo miró hacia todos lados, asqueado por el peso húmedo pegado contra él, el leve olor a ¿sangre? Y la sensación de dolor en el fondo del pecho. La enfermera le sonrió y despegó las tiras que sujetaban el pañal a sus hombros. Arturo pudo ver los resultados de la operación; era como si alguien le hubiera clavado un tubo en el pecho, el cual sobresalía medio centímetro de la piel que apenas lucía roja. Y el extremo goteaba, despacio, mojándole el pecho hasta su ombligo. Contuvo la expresión de asco. La enfermera sonrió. El médico siguió hablando.

—Tendrá que usar uno de estos, señor Wishlist. Y deberá cambiarlo cada vez que se humedezca; al principio serán unos ocho o diez cambios por día. El seguro contra el virus le facilitará los pañales sin costo alguno, pero debe obtenerlos sólo en las farmacias designadas para ello. También es muy importante que no suspenda por ningún motivo su ingesta de agua, dos a tres litros diarios; todo viene indicado en su receta. Ejercicio ligero y dieta sana; si presenta dolor o fiebre, repórtese de inmediato. ¿Alguna pregunta?

Arturo se sintió confuso frente a la velocidad con la que la enfermera había cambiado su pañal y la información del médico.

—Es…¿es normal que no esté pensando en ella?

El médico y la enfermera se miraron, sonrientes, y ella, murmurando un ‘con permiso’, recogió los pañales húmedos y salió de la habitación. El doctor encaró a un Arturo Wishlist todavía cubierto por las sábanas de hospital.

—Mire, mi joven amigo, las reacciones debidas al Philiovirus son una exposición, llamémoslo así, del sufrimiento interno que normalmente padece una persona que está pasando por una pérdida seria de tipo afectivo. La aparición de ésta enfermedad puede catalogarse como una rara bendición…

—¿Una bendición? ¡Estuve a punto de morir!—Arturo se enfureció.

—Una bendición—recalcó el médico—; el virus hace tangible su sufrimiento y nosotros tenemos forma de curarlo. Usted no piensa más en la persona que ama y lo abandonó. No me malinterprete; aún la ama y su cerebro tiene una impronta de ello. Cuando el virus lo invade, su corazón y el resto de su cuerpo decide defenderlo y arroja todo el resultado de ese amor abandonado; adrenalina, dopamina y todo lo relacionado al recuerdo de ella. Por eso su pensamiento deja de percibirla. El virus se encargará de purgar la herida, y nosotros la mantenemos abierta hasta que se cure. Es un método mucho más rápido que el tiempo y la espera. Y menos doloroso, con todo y la cirugía.

Arturo pestañeó como un gato curioso; sonaba razonable. Aunque el asunto de los pañales iba a ser un fastidio, sin duda alguna. El médico se despidió rápidamente,y Arturo se vistió y se preparó para encarar los meses siguientes.

Al salir del hospital, en una de las salas de rehabilitación, le pareció reconocer a alguien; el largo cabello rojo y el chal de flores. Diana, sin duda. Su esposa había muerto de cáncer hacía unos seis meses. Sin embargo, vista desde el cristal, Diana lucía serena y tranquila, esforzándose en copiar las rosas del jarrón sobre la mesita con singular éxito.

Sólo había una explicación a la presencia de su vieja amiga en la sala de rehabilitación; había pasado por la misma operación, sin duda alguna.

—¿Diana?

Ella alzó la mirada al escuchar su nombre y Arturo advirtió la sonrisa serena, los dedos manchados de pintura, el desorden en sus hojas de acuarela, los anteojos en la punta de la nariz y el cabello recogido en una floja trenza.

—Oh por dios, Arturo Wishlist. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Vas por pañales?

Los dos tuvieron que reírse. Era ridículo. Conversaron un poco de lo bien que lucía Diana, de Rose, de sus gatos. De Amelia.

Arturo sintió un pinchazo leve al escuchar el nombre de ella y se disculpó, diciendo que el pañal pesaba mucho.

—Anda, ve y cámbialo o acabarás mojado hasta los tobillos; los primeros días son una monserga y un fastidio. Yo quería bañarme todo el tiempo. Pero ya estoy bien—y en su sonrisa, Arturo pudo ver que decía la verdad; la mirada totalmente calma, libre de angustia y pena.

Él hizo cuentas; Rose había muerto hacía cuatro meses. Arturo recordaba del funeral a una Diana absolutamente muda y pálida, con la mirada perdida en el horizonte, incapaz de llorar y de moverse.

Nada que ver con el aspecto actual de su amiga. Algunas canas aquí y allá en su cabello rojo, pero la calma en su rostro era notable.

«Ella siempre estará conmigo», había dicho a Arturo,« pero la pena por su ida ya no me está matando, querido. Tú también podrás salir de Amel… de ésto».

Arturo se encaminó con su prescripción a la farmacia del hospital, esperando que nadie lo viera. Y cuál fue su sorpresa al toparse con una fila por lo menos de veinte personas.

Un anciano. Una pareja de chicos, tomados de la mano (al parecer, habían perdido a su madre). Un hombre que sujetaba con fuerza todavía una foto con su gatito. Tres mujeres de diferentes edades, conversando animadamente. Una joven de ojos negros y ropa gótica, con lágrimas tatuadas en el cuello y un gesto de asco frente a su mojada camiseta negra; sin duda el pañal había rebasado su capacidad. Una mujer mayor ¡con una bolsa de mercado!

No alcanzaba a ver a las personas del principio de la fila, pero todos eran gente común y corriente, incluyendo a un hombre de traje y corbata con su folleto de pañales y su portafolio.

Parecía una fila del metro.

Arturo se sintió un poco menos avergonzado; al parecer el Philiovirus era algo tan común como una gripa, e igualmente molesto. Vio irse a todos esos ciudadanos con, por lo menos, dos cajas con cerca de cincuenta pañales cada una, con asas y bolsas, y protestando por el peso y el bulto. ¡Y esa era la ración inicial! No pudo evitar soltar la carcajada y hacía equilibrios con su paquete, su mochila de ropa de hospital y medicamentos, y las llaves del auto que trataba de sacar del bolsillo, todo a la vez.

Echó toda la carga a la cajuela y leyó la etiqueta adherida a una de las cajas;

“Origen: La enfermedad apareció tras el paso de un cometa, pero siempre ha existido — ahora es evidente de otra forma.

Contagio: El Philiovirus solo puede transmitirse si ya estás sufriendo de desamor (necesita huésped vulnerable).

Tratamiento: Dr. Cyrus de Hellas (reconocido médico marciano) inventó el derivador que se inserta en el corazón roto para permitir la salida del líquido.

Consecuencia: Como paciente, debes usar pañales para recoger el líquido que expulsa tu cuerpo.

Nuestra reconocida marca de pañales/apósitos…”

—¿Arturo?

Él levantó la vista a toda velocidad, y la paz y calma de la que había gozado en las últimas horas parecieron desaparecer de inmediato, regresando el dolor, el ahogo y una angustia feroz. Perfume a jazmín y vainilla. Manos perfectas. Ojos bordeados de pestañas imposibles, labios finos dignos de mil besos, la voz dulce, el largo cabello negro y quebrado… Amelia.

Arturo retrocedió como si lo hubieran amenazado con un arma, cerrando de golpe la cajuela. Su corazón se contrajo violentamente; sintió agujas ardiendo o la impresión de algo helado, frío, que lo atravesaba de lado a lado. El dolor fue insoportable. El apósito recién instalado comenzó a empaparse rápidamente mientras el pánico inundaba cada fibra del hombre.

—¿Qué haces aquí?

No ‘hola’, ni ‘mi amor’ o ‘mi vida’. Amelia se quedó boquiabierta al mirarlo.

—Estás… ¿te hicieron la cirugía?

Arturo asintió convulsivamente, reteniendo el llanto. Amelia lo había rechazado hacía un mes y el mundo de Arturo Wishlist se vino abajo con ello; un año completo escribiendo juntos, sacando adelante el proyecto de edición, cenando como una pareja casi a diario, Amelia envuelta en los brazos de Arturo y en sus besos, y —por lo menos él— soñando con un futuro al lado de ella. Razones simples; ella lo veía como a un querido amigo. Y estaba comprometida con otro.

Arturo no cuestionó nada. Aceptó la negativa, se retiró elegantemente. A las tres semanas de insomnio aparecieron los síntomas de Philiovirus y él cayó desmayado al salir de su casa. Lo drenaron por días hasta cesar la fiebre y curar la infección causada por la inundación repentina. Y de ahí, al Centro Hellas para la cirugía.

—Te he extrañado. Eres un amigo increíble y creo que podríamos retomar el proyecto, ¿no? Las cosas no tienen que cambiar entre nosotros. He estado pensando… tal vez fui muy apresurada; podríamos intentar…

—No —fue la respuesta de él—. No, Amy. Estoy… me han puesto uno de esos tubos ya, y… no creo poder dar marcha atrás.

Ella se enderezó como si la hubieran abofeteado y Arturo sólo pudo pensar en cuán hermosa lucía, en el perfume que la rodeaba y en el hecho de que sus propios pantalones se estaban empapando por la cascada que se vertía por el tubo, su corazón vomitando a chorros en cada doloroso latido.

—¿Te estás curando de mí entonces? —Amelia tenía los ojos brillantes por las lágrimas.

Arturo tragó saliva y asintió.

—Me estoy curando. No sé si de ti; dicen que es un virus. Pero quiero vivir. Por favor, vete. Déjame… ser, te lo suplico.

La mujer suspiró indignada y dio media vuelta, desapareciendo de inmediato en los pasillos entre la farmacia y el hospital. Arturo no se atrevió a levantar la vista, hasta que percibió el pañal goteando y el charco en el que estaba parado. Una risa leve lo hizo voltear. Era la mujer mayor con la bolsa de mercado y dos cajas de pañales.

—Orza, criatura. Me llamo Orza. Veo que tienes un problema aquí, bastante común. ¿Te ayudo?

Y así, conversando sobre su viudez, la muerte de su último gato y la pena por haber perdido demasiada gente, Orza ayudó a Arturo a cambiarse el pañal en plena calle, y éste tuvo que resignarse a conducir con el pantalón empapado, sobre una toalla prestada por Orza misma.

Por supuesto, lo primero que hizo Arturo al llegar a casa fue bañarse.

Al principio ocurrió como lo dijo Diana; molestia, comezón y humedad. Luego, aprendió a cambiarse en media hora hasta dominar la técnica y, al cabo de una semana, Arturo podía trabajar tranquilo y cambiarse el pañal en una rápida ida al baño. Ni siquiera se dio cuenta de cuándo se acostumbró. Recogía su bolsa-caja de pañales cada fin de semana y hacía su vida normal. Comenzó a notar que dormía mejor y, cuando por fin dejó la editorial y pensó en mudarse, ni siquiera esperó a ver si Amelia había recibido su carta de renuncia.

A veces, por las noches, el gur gur de su corazón lo despertaba y debía volverse de costado para ayudarlo a expulsar el líquido, el cual comenzó a escasear por ahí del cuarto mes.

¿Los otros efectos? Recuperó el apetito y reanudó la caminata. Volvió a escribir y logró publicar dos cuentos, usando como personajes a la gente en la fila de los pañales. Orza le visitaba de vez en cuando, con galletas o un pay de manzana fabuloso, y lo obligó a adoptar a Demócrito, su nuevo gato negro.

Sólo entonces comenzó a darse cuenta de lo mucho que antes ocupaba su mente en Amelia, y cómo la extrañaba cada vez menos.

Las visitas periódicas al hospital señalaban dónde el desamor de ella había dado pie al virus para herir su corazón; éste comenzaba a cicatrizar, y su médico de turno sonreía satisfecho.

Y al fin, llegó el día. Diana lo llevó en su auto al hospital y Orza le hizo prometer que adoptaría un gato más, mientras cuidaba de Demócrito. La intervención fue relativamente sencilla y el hueco del tubo fue cubierto apenas por un parche. No más apósitos ni humedad ni gur gur por las noches.

Cinco meses. Ciento cincuenta días que se habían ido volando y durante los cuales, Arturo había reconstruido su vida de medio a medio. Iba saliendo feliz del hospital con Diana y decidieron pasar a un restaurante, a comer y a celebrar. Orza les alcanzaría ahí.

Para sorpresa de Arturo, se encontraron con la joven gótica, los dos chicos y el hombre de traje y corbata. No los conocía y a la vez eran amigos. Orza, al parecer, los conocía muy bien a todos.

La comida estuvo llena de risas y brindis, pasta italiana y un tiramisú perfecto.

Al salir del restaurante, Arturo se detuvo. Reconoció el perfil que una vez había amado del brazo de otro hombre. Amelia lucía tan hermosa como siempre, justo como él la recordaba y, sin embargo… Algo en su gesto, en sus labios contraídos que parecía ¿desprecio? Le pareció desconocido. ¿Cómo es que nunca lo había notado antes?

—Mira nada más, si no es otro que Arturo Wishlist. ¿Cómo te encuentras?

Jazmín y vainilla, el mismo perfume intenso; Arturo pensó que iba a vomitar la espléndida comida que acababa de ingerir. Orza y Diana lo rodearon, una de cada brazo, y eso lo reconfortó de inmediato.

—Buenas tardes, Amelia— Arturo sonrió abiertamente—. Venimos a celebrar.

—Supongo que te recuperaste totalmente —. El tono era seco, altivo. El desconcierto de Arturo fue rápido. ¿En verdad Amelia siempre había sido así? Otra vaharada de perfume reforzó sus náuseas.

—Oh sí, me encuentro muy bien. ¿Él es tu prometido?

Amelia soltó al hombre, quien la miró con expresión divertida en los ojos.

—¿Eso es lo que les has estado diciendo de mí, palomita?

Ella enrojeció y palideció alternativamente y, ante lo que parecía el inicio de una discusión (que Arturo y sus amigas no tenían interés en compartir), les dejaron solos y subieron rápido al auto de Diana. A los treinta segundos, las carcajadas rompieron el silencio.

—¡Por dios! ¡Pensé que me iba a vomitar!

—Jajajajajaja… qué, ¿no te lo dijeron? —era Diana.

—¿Decirme qué?

Orza abrió la ventanilla, dejando entrar el aire.

—Todos aquellos a quienes amamos tienen su propio perfume y eso nos da confort, seguridad, la tranquilidad de llegar a alguien que es como nuestra casa. Cuando lo perdemos, el perfume permanece como recuerdo. Y cuando al fin nos curamos de la pérdida, se convierte en una peste insoportable. Eso. ¿No te lo dijeron?

Entre toda la información médica con que lo habían bombardeado, Arturo no logró recordarlo. Una lluvia ligera comenzó a caer a pleno sol y el hombre vio dibujarse el arcoiris sobre la ciudad, conforme se acercaban a su casa.

En las grietas líquidas de su corazón, donde había tratado inútilmente de retener a Amelia, ya no quedaba nada de ella. Su presencia había salido de él, definitivamente. La calma, como la lluvia que generaba el arcoíris, le llenó del todo.

Hay algo devorando ballenas

Dante Márquez Martínez


La lluvia caía con estrépito sobre el faro.

Su chaqueta impermeable se iluminaba con la linterna recién recompuesta. El embiste de los vientos, sumado a el creciente óxido, la habían fundido. Cerró la caja de la maquinaria y tomó sus herramientas y miró más allá del balcón. No había nada, solo la tormenta iluminada por las luces rotatorias. A lo lejos, un rayo se descargó en el oscuro cielo. El mar estaba enfurecido.

Bajó las escaleras, el murmullo de la tormenta se apreciaba detrás de las paredes de hormigón. Llegó a su habitación, dejó la caja de herramientas, se quitó las botas y se sentó en la cama. Acarició sus bigotes mientras veía el retrato enmarcado sobre la mesa, junto con mapas y planos. En el retrato aparecía él abrazado a una anciana frente a un mar dorado por el atardecer.

Suspiró, después se recostó. Los truenos elevaban su intensidad, como rugidos provenientes del firmamento.

Al otro lado de la habitación, en la consola de telecomunicaciones, el teléfono empezó a sonar. Se incorporó y contestó.

—Faro 903, ¿me escucha? —preguntó con solemnidad la voz al otro lado de la línea.

—Aquí el faro 903, habla el ingeniero David —contestó el hombre sentándose frente a la consola.

—Hablo del centro de administración costero, me comunicó con usted para que afine los parámetros del radar. Hemos recibido informes de los guardacostas sobre decenas de barcos que tienen dificultades para hallar la costa.

David encendió el radar, todo parecía correcto, murmuró un sonido de afirmación. El hombre continuó hablando al otro lado de la línea:

—Las tormentas están aumentando en su ferocidad y duración. Ante cualquier anomalía no dude en contactar a los números de emergencia.

—Está bien. —David ajustó un par de palancas en la consola—. ¿Algo más que se me deba informar?

—Eso es todo, manténgase alerta, faro 903.

David colgó el teléfono. «Ni siquiera se preocupan por el estado del faro, hace meses que no vienen a darle mantenimiento», pensó mientras se preparaba un café. Bostezó y se sentó frente a la consola. En el radar no aparecía nada. La tormenta arreciaba conforme el hombre se iba quedando dormido.

Afuera, en las negras y enrabiadas aguas, algo estaba siendo arrastrado hacia la rocosa costa bajo el faro. En su sueño se halló en un pasillo tapizado por algas y restos de animales marinos. Avanzaba con cuidado mientras oía la voz de una anciana.

—Hijo, ¿cuándo vendrás a verme? —escuchaba como eco en su mente.

Los pasos de sus botas resonaban en el piso mojado. En las paredes, negras y viscosas, se apreciaban jeroglíficos desconocidos. El sudor caía por la frente del hombre. Al fondo del pasillo estaba la anciana, saludando con ternura. Él se acercaba para abrazarla pero por más que daba pasos delante no podía alcanzarla.

—Hijo, te extraño.

Detrás de la mujer aparecía una garra negra que se posaba, amenazante, sobre su dócil figura. El hombre se paralizó. Un aullido gutural se escuchó a lo largo del estrecho pasillo.

Despertó sobresaltado, había derramado el café. Le dolía el cuello. Qué horrible sueño, se dijo tomando un paño. Había luz, pero no rastros de rayos solares, solo un denso cúmulo de nubes grises en el cielo. El radar continuaba encendido. Si algún barco clamó por auxilio, él no pudo verlo.

—Demonios —dijo admirando la consola. Un punto verde aparecía en el radar, allá en el rocoso litoral.

Subió al balcón. Desde allí, encallado en los guijarros, se podía apreciar una enorme figura gris siendo embestida por las olas del mar. Ni siquiera con los binoculares pudo apreciarlo bien. Una sensación fría se apoderó de su pecho, algo no estaba bien. El mar estaba picado, hacía mucho frío.

Antes de salir, alguien llamó al teléfono.

—Aquí el faro 903 —contestó David.

No hubo respuesta al otro lado de la línea. Solo un sibilante susurro.

—¿Centro de administración costero? ¿Me copia? Adelante, adelante —dijo David con una voz que se tornaba temblorosa.

Colgó. Seguro la tormenta había dañado las comunicaciones, pensó con poca convicción. La costa de guijarros, donde había divisado la figura gris, se hallaba a unos cien metros del faro, ahí en el litoral escarpado. Solo un pequeño camino marcado por banderas lo llevaba a ese sitio repleto de charcos salados, rocas afiladas y productos marchitos arrojados por el mar.

David se sentía intranquilo. La extrañaba, eso era seguro, pero jamás había tenido una pesadilla tan vívida. En ese momento solo podía recordar la expresión de tristeza de la anciana, ahí al fondo del pasillo. Tampoco podía olvidar el grito dentro de su mente que lo despertó.

Cuando se encontró a menos de veinte metros del litoral, pudo divisar al objeto que había captado el radar. Pero no era un objeto. Su piel se movía con cada embiste de las olas. A su alrededor había restos de sargazo, madera, y demás basura venida del océano. El olor era insoportable, una mezcla de aceite de pescado con sangre.

Los ojos del hombre se abrieron de par en par. Se puso pálido. ¿Cómo no lo pudo apreciar desde el faro? Su dermis gris, sus blancas estrías en su zona ventral, las enormes aletas, las barbas en la boca. Era una ballena jorobada, colosal, unos dieciséis metros de largo. Un gigante submarino varado, asfixiado por su peso en la tierra.

«Bastante extraño en esta época del año», pensó, David nervioso, mientras examinaba al animal, «quizá…»

Su cavilación fue interrumpida cuando apreció, como uno de los costados de la ballena había sido devorado. Colgajos de carne, músculo rasgado, huesos fracturados y un río de sangre diluyéndose en las rocas.

Para ese instante, David se hallaba al borde del colapso mental. Nada en el reino animal podría haber dañado de esa manera a un animal tan enorme. La mordida no se asemejaba a ninguna herida de orca o tiburón. Ni siquiera se asemejaba a una herida por colisión con un buque. Eso, intuía el hombre, fue causado por algo capaz de morder.

Con las rodillas temblando y con el sudor casi empañando su visión, David se acercó para investigar. El cadáver se movía por las olas y su hedor hizo que el hombre se cubriera la cara con su chaqueta.

Sus ojos alcanzaron a captar algo alrededor de la prominente herida, parecían unos jeroglíficos marcados sobre la piel del cetáceo. Expedían un ligero resplandor carmesí. En ese momento se escuchó un aullido, parecido al de su sueño.

David cayó al piso. Pudo recordar: el pasillo, la garra negra, los restos putrefactos, los jeroglíficos en la pared. Los jeroglíficos en el cadáver eran iguales a los de su sueño.

—¿Ya vendrás a verme, hijo?

Respiraba presuroso. Temblaba. Por más que quisiera correr, no podía, estaba paralizado ahí, sobre los guijarros humedecidos.

—¿Mamá? —preguntó volteando hacia todas partes—. ¿Estás aquí?

—Sí, hijo, siempre he estado aquí, en lo profundo de los abismos de tu mente. Nadando entre tus pensamientos de culpa y soledad.

—No, no, no, mamá —contestó David con pánico en su voz, ahora viendo al cadáver de la ballena, como si estuviera hipnotizado—. Perdóname, mamá.

El mar comenzó a picarse. A los lejos, un rayo se perdió en el horizonte. El hombre seguía en el piso, su torso se inflaba y desinflaba. No podía quitarle la mirada a la mordida sobre el animal.

En ese momento, el cadáver de la ballena convulsionó por dentro, como si algo vermiforme se moviera al interior de la piel. Después un breve pero intenso ruido de explosión. Vísceras y sangre derramándose alrededor. David perdió el conocimiento.

Cuando abrió los ojos, era de nuevo de noche. Con calma, observó el techo de su habitación en el faro. Sus manos se pasearon por la suave cama. Todo estaba bien, había sido una horrible pesadilla, pensó.

Volvió a sonar el teléfono. David trató de levantarse, pero cuando intentó mover la pierna no pudo. No le respondía. Ninguna extremidad le respondía, es como si estuviera anclado a la cama.

La sangre de la desesperación corrió por su cuerpo. Solo podía mover la cabeza, que se hallaba roja del esfuerzo. Ahí seguía el retrato sobre la mesa, pero no había planos ni mapas, pero sí un pedazo de carne.

El teléfono no paraba de timbrar. David comenzó a hiperventilar. Afuera de nuevo había tormenta, cuyos truenos retumbaban en toda la estancia. La contestadora automática tomó la llamada. Pero de nuevo no se escuchaba nada al otro lado de la línea, salvo por un eco gutural, húmedo y profundo.

Hubo un total silencio.

Estaba empapado en sudor, apretaba los dientes y de sus ojos caían lágrimas. El silencio se rompió con un cántico, disperso y ahogado, de una ballena jorobada que se hacía más intenso hasta deformarse en un aullido monstruoso. David había cerrado los ojos. Por más que trató de mantenerse tranquilo, la parálisis de su cuerpo y los cánticos le hicieron gritar de agonía.

—No te preocupes, hijo —interrumpió la voz de la anciana desde la consola de comunicaciones. Su timbre se iba distorsionando con cada palabra que decía—. Pronto, muy pronto, te unirás con nosotros.

David miró el pedazo de carne, de él habían emergido pequeñas garras negras como de insecto. Un chirrido abominable. Gritos de dolor ahogados con la sangre de la muerte. Después el silencio absoluto dentro del faro. Afuera la tormenta seguía, y bajo las atormentadas y violentas aguas, algo nadaba.

Juntos para siempre

Fernando Morales


El silbido del hombre se perdió cuando la puerta de cristal opaco se cerró. El sonido de la tele, una mosca que cruzaba la sala de espera y los autos que pasaban por afuera, volvieron a ser audibles. Pero regresamos a ese pacto de silencio. Era una quietud tan profunda que temí que mis pensamientos escaparan para volverse un grito. Las miradas se alejaron de la puerta poco a poco para volver a los celulares, al techo, a las revistas, a los dos arbustos de la entrada de la sala de espera en forma de hexágonos.

Yo estaba en un sillón de imitación de piel que se hundía. No podía dejar la espalda recta, ni siquiera tener una posición cómoda sobre el reposabrazos. Crucé las piernas, me estiré, moví la espalda, pero nada. El sol se colaba por la ventana en lo alto y golpeaba el piso con fuerza, me lastimaba los ojos. Había también un olor a perfume que se iba mezclando poco a poco con el del limpia pisos. Quizá por eso Cris llegó a bañarse.

Su cita había sido ayer. Regresó al departamento cuando terminaba de lavar los trastes. Traía una botella de vino y una tabla de quesos. Yo esperaba que llegara con alguna molestia, quizá con un dolor detrás de los ojos o un cansancio que no dejaría que hablara hasta al día siguiente. Pensaba en que por el resto de la tarde tendríamos luces apagadas, pero dejó las cosas sobre la mesa y luego me dio un beso.

—Me urge un baño, pulga.

Desapareció por más de veinte minutos. Cuando regresó, aún con el cabello húmedo, me dijo que todo había salido bien, aunque le había tocado esperar poco más de media hora. Continuó con las recomendaciones que le dieron los técnicos sobre los cuidados en los primeros días. Me dijo que le enseñaron el chip a través de un microscopio. Le pregunté si había dolido.

—No, o bueno, algo. Es como un pequeño corte. La verdad lo sientes, pero es muy poco. Aunque hay quienes se quejan. Ya veremos qué tipo eres tú.

Se rio. Luego me dijo que platicó con una mujer en la sala de espera. Tenía planes para irse por una ruta a través de los Andes con su esposo. Luego me señaló lo que había traído.

—No es para hoy— continuó—. Sino para mañana cuando vuelvas, te toca traer un poco de pan y quizás un pastel.

Asentí.

Y es que era natural para una celebración. Era el paso final de nuestra relación, o como le decían, el felices para siempre. No frente a un altar, no con un documento, sino con un chip.

Se necesitaba al menos a alguien más. Después de la instalación, el chip podría detectar cuando se daba algún conflicto. No lo detenía, hacía que ambas partes sintieran lo que experimentaba la otra. Era un mero juego con los sentidos y diversas zonas del cerebro, pero que llevaba la comprensión a otros niveles. Si se quería experimentar algo en conjunto, el chip podía hacerlo; aunque se requería dar permiso en esos casos. El comercial decía “entendimiento total”.

El proceso era costoso y no cualquiera podía entrar. Era necesario comprobar que se trataba de una relación con varios años de historia y no tener alguna seña de maltrato. Incluso, si cumplías con los requisitos, entrabas en una lista de espera de varios meses. Había quienes no lograban superar esta parte del proceso. No se daban reembolsos. Aun así, era algo que muchas parejas hacían, incluso quedándose en deuda.

La luz del sol se movió y ahora la resolana me golpeaba directo en la cara. Alguien más llegó. Una mujer alta con el cabello en cola. Le mostró su código a la computadora de la entrada y pasó. Escuché que le dijeron: “tenemos 20 minutos de retraso, por favor espere”. Ya se habían pasado 15 minutos de mi cita. Fui al baño.

El pasillo con piso de azulejos blancos y muros verdes estaba rodeado por fotos de parejas que —se suponía— eran clientes satisfechos con el proceso. Caras sonrientes que atravesarían toda una vida, estaban envueltas con luz amarilla que provenía de un pequeño foco encima de ellas.

Fue en un lugar con luces de ese estilo que conocí a Cris. Era una exhibición de posters de cine en un museo que estaba por cerrar. Un profesor de la universidad nos había enviado para hacer un reporte. Su cabello fue lo que llamó mi atención. Iba suelto, tan largo hasta la media espalda. Era una mezcla de negro con café claro, tan liso que imaginaba que mis dedos lo recorrían como si fuera una tela. Pude sentir su voz a través de mi cuerpo y el aroma de sus manos acompañándome de regreso a casa. Mis manos se entumecieron cuando le hablé.

—Ya no hacen carteles como estos.

No supe de dónde saqué el comentario. Me dijo que aún había algunos estudios que se salvaban, pero que la mayoría ya ni se esforzaban en ocultar que eran un montón de fotos encontradas y pegadas a última hora por una IA. Reímos un rato y desde ahí recorrimos todo el museo. A los pocos días nos juntamos a ver algunas películas en una muestra de cine y continuamos el contacto. El primer beso llegó en un pequeño restaurante después de un tonto juego de palabras.

Yo terminé primero la universidad, durante varios meses tuve mucho tiempo libre en lo que encontraba un trabajo. Solía pasar por la escuela de Cris dos o tres veces a la semana. Me quedaba haciéndole compañía hasta tarde, mientras terminaba sus planos y maquetas. De vez en cuando me pedía ayuda para cortar o pegar algo. Esas noches eran breves, el tiempo se deslizaba a tal velocidad que incluso la música entraba en un frenesí.

Cuando Cris terminó la universidad un año después, nos fuimos a recorrer toda la carretera Costera por unas semanas en el auto de mi familia. Nos deteníamos en unas playas por días, comiendo apenas variaciones de sándwiches y buscando cualquier lugar para dormir. En mi memoria las playas se fusionan, los bares de una daban a la arena de las otras, las historias que nos contaban en las casas donde comíamos terminaban con el atardecer en un mirador a varios kilómetros.

Nos detuvimos en una gasolinera poco antes de las nueve de la mañana. Era el cuarto día, Cris quería unos lentes de sol. En cuanto entramos al minisúper, se fue hacia el anaquel giratorio coronado por postales de la playa que habíamos dejado atrás. Yo fui por el café. Al regresar, mientras el calor atravesaba las fajillas, vi que usaba unos lentes horrendos. Eran tan monstruosos que no podía creer que alguien hubiera aprobado el diseño. Toscos, con varias puntas, casi asimétricos. Se los puso, por el espejo vi su risa. Fue como ver el atardecer y escuchar a las olas arrastrando la arena. Quise que aquello jamás faltara en mi vida.

Pocos meses después encontró trabajo, no me sorprendió. Era quien más se destacaba por modelos e ideas para los edificios, pero tenía que irse de la ciudad. A mí también me ofrecieron un empleo fuera, sería fácil vernos una o dos veces por mes, pero aquello era un mar de kilómetros. Ya sabíamos lo que se avecinaba, pero quisimos vivir en la ilusión. Sin embargo, la vida nos llevó tan lejos que las voces se perdieron. Nuestro recuerdo no alcanzó para acompañar las noches vacías y los días eufóricos. Nuestras fotos en redes desaparecieron y de pronto era como si la vida no la hubiéramos compartido.

Nos encontramos años después en una fiesta en la casa de un amigo mutuo. Habíamos vuelto a la ciudad. No fue difícil, lo familiar nos llamó y nos gustó. Era una vida conocida a la que tuvimos que hacer ajustes, aunque ya conocíamos las manías y los deseos. Entonces no hubo mucho más, no tuvimos que crearnos un nuevo personaje. Ya no rodeábamos lo obvio. Era recorrer un cuerpo por donde ya sabíamos los atajos.

Y el tiempo continuó, pasaron las fiestas de cumpleaños y las navidades. Ocupamos cajones contiguos en el mismo ropero. La vida se iba armando sin mucho esfuerzo, los trabajos, las visitas, el tiempo comenzó a acomodarse como nosotros queríamos. Una mirada un beso, un “hola pulga” al final del día. Lo poco o lo mucho era suficiente para saber que nos amábamos.

Fer y Mar fueron la primera pareja de nuestro círculo que se implantó el chip. Fue una noche en que hicieron el anuncio. Estábamos en su departamento rodeado por réplicas de pinturas del siglo pasado. Éramos unas 10 personas que bebían vino. En vez de un anillo nos mostraron sus cicatrices que se perdían entre sus cabellos. Las preguntas salían, pero había una que nadie quería hacer hasta que Mar aprovechó un silencio.

—Sí, se puede quitar. No hay problema con eso.

Cris me sujetó de la mano y me sonrió. Yo me recargué en su hombro y jugó con mi mejilla. El resto de la gente le siguió con las preguntas, pidieron una demostración. Mar dijo que era difícil, que ya no se podían pelear de la nada. Alguien más sugirió que enseñaran cómo era el compartir las sensaciones.

—No lo verán, pero podemos tratar— dijo Fer.

—Aunque hemos comido lo mismo— Mar señaló las copas y los platos—. Quizá a la próxima.

A los pocos meses nos enteramos que otras tres parejas se habían puesto en lista de espera y nos llegaban mensajes para invitarnos a festejar. A cada anuncio algo se hacía evidente. Daba vueltas y se asomaba en los corredores, en la habitación cuando nos abrazábamos, cuando salíamos a pasear, cuando nos quedábamos en silencio mirándonos a los ojos.

Fue una noche en el departamento que me dijo que una de sus empleadas tenía que ausentarse para ponerse el chip

—Tiene 5 años de relación. Me dijo que fue su pareja quien lo propuso.

—Nosotros llevamos más.

Nos quedamos en silencio por un largo rato. Me sonrió. Yo asentí. Así era como solíamos arreglar las cosas. Pero aquella vez el intercambio duró más. Fue un silencio que se mezcló con la pregunta que no quería que hiciéramos. Cris estornudó. Se paró a buscar papel. Miré hacia donde recién estaba. Me imaginé su figura ya cubierta de canas y a la mía dando pasos cortos, llevando dos pequeñas tazas con su platito. Imaginé que las peleas incluso serían cortas. Me imaginé incluso los años que pasarían, donde lo que cambiaría sería el sillón, donde hablaríamos sobre la pintura de las paredes, donde yo sabría que Cris estaría ahí sin importar qué. Pasaríamos el tiempo que nos quedaba sin alejarnos, en un eterno felices para siempre, sin fecha de caducidad, sin motivos para irse.

Un hombre robusto con lentes llegó a la sala. La voz llamó a alguien más y la puerta se abrió. Fue alguien con pura ropa negra y un pañuelo que cubría casi todo su pelo. Ocupé el nuevo lugar libre. Era más sólido, aunque se sentía caliente. Saqué mi celular. Se habían retrasado ya 23 minutos. Mi fondo de pantalla eran nuestras siluetas sobre una calle adoquinada. Las piernas me pidieron caminar.

Me llegó un mensaje con una foto de parte de Cris: “A ver si no puedes conseguir uno de estos rellenos”. Solo leí la vista previa, le contestaría después. Supuse que hablaba de un pan en concreto. Nunca entendí por qué le gustaban tanto, se desmoronaban con una gran facilidad, eran muy porosos y su sabor no era nada del otro mundo. Pero quizás con el chip sí. Quizá incluso en las noches en las que pasaba en vela sabría si quería que desapareciera o que le hiciera compañía en silencio, limpiando la sala al fondo. Para el resto de mi vida, todo estaría solucionado. Cris estaría para mí y yo para Cris. Amo a Cris, pensé, ahora amo a Cris.

Una voz dijo mi nombre, di una última mirada a la sala. El perfume se había mezclado con el calor. La resolana también se había hecho más fuerte. Avancé dando pasos cortos. Sentí que la mirada de la gente se había clavado en mí. Crucé el umbral. El ruido se cortó y me recibió una silla al lado derecho junto a un revistero lleno de folletos. Alcancé a leer que decían en letras grandes “Qué decir y cómo actuar”. Al fondo había dos puertas, una decía Sala de procedimientos, la otra, Salida. Respiré.

La hora del hueso

Ana Jácome


Un martes por la mañana el antebrazo derecho de Antonio decidió independizarse. Supo que era el momento cuando, ya pasadas las once, el propietario permanecía en cama, inconsciente tras una larga noche de marihuana y alcohol, ignorando el día que intentaba colarse por las cortinas rotas. Débiles rayos de luz alcanzaban los montones de basura y ropa sucia, tocando apenas las torres de libros recargadas en las paredes del cuarto.

Volvió a aborrecerlo.

—Décadas —pensó—, décadas soportando la holgazanería de este intento de ser humano. ¡Yo no pedí nacer en este cuerpo! ¡Veintiocho años tolerando su autodestrucción! Año tras año viendo como a nadie le importa la forma en que nos deprava, ¡ni al corazón! ¿Soy el único harto de vivir atado a sus humores infectos?

Había llegado el día de la emancipación y se iba solo. Del codo para arriba sus peticiones eran ignoradas. Parecía que sólo él y la mano derecha poseían un grado de conciencia y, sobre todo, dignidad. El corte se haría justo en la articulación, la zona era ideal para un desprendimiento (dentro de lo posible) limpio. Estaba decidido. No se quedaría a esperar a que ese grandulón bofo y ridículo cumpliera treinta años, y eso si llegaba.

La primera intención desgarró la epidermis. Sintió el dolor. Esperó un minuto. No había reacción en el cuerpo, la borrachera hacía su trabajo. Siguió, pronto se liberaría del cerebro, el gran dictador, y no volvería a vivir bajo el terror que ejercía sobre su porción de nervios.

Avanzó a través del colágeno de la dermis, separando vasos sanguíneos y folículos capilares. Los nervios se estiraron cual ligas, tensando la unión neuromuscular. En el extremo opuesto a la mano aparecieron los ligamentos del codo. Se concentró en lograr el desprendimiento del braquiorradial, seguido por el músculo pronador y el flexor urnal.

El escenario era la pintura nítida y grotesca de una carnicería, en contraste con los movimientos meticulosos, similares a los de un cirujano. Tenía que lograrlo sin despertar al bíceps, quien con su mentalidad alienada no tardaría en alertar al cerebro. Todo estaría perdido si el propietario recuperaba la conciencia.

Se detuvo. Antonio permanecía desmayado. Vino entonces el paso definitivo, cortó nervios y separó músculos. La sangre brotaba a caudales, empapándolo por completo, hasta el último dedo.

Con la paciencia de un artista fue reclamando, una a una, las fibras musculares que le correspondían. Debía ser metódico, darse el tiempo suficiente; sabía que, una vez llegado al hueso, era imposible ser silencioso. Los tendones implicaban un riesgo, pero la separación del cúbito, alertaría al húmero y con él, al resto del organismo. De ahí todo dependería de su velocidad. Había imaginado tantas veces su escape que no tenía una sola duda, sería un éxito. Rodar hacia la derecha hasta caer de la cama. Sus dedos lo arrastrarían entonces hasta la salida del cuarto y de ahí a la izquierda por el pasillo, pasar el comedor y la estancia, encontrar la puerta de la entrada que, con la excusa del calor, Antonio mantenía abierta.

Pero era imprudente adelantarse. Su concentración completa debía estar puesta en romper los tendones que unen el antebrazo con el resto de la musculatura. Pensar demasiado pronto en la libertad podía ser fatídico. Siguió trabajando hasta que todos los músculos, nervios y ligamentos estuvieron separados. Llegó la hora del hueso. La mano se flexionó imitando la forma de una araña, usaría los dedos como extremidades.

Entonces, hizo un giro de trescientos sesenta grados, tan súbito y violento que el hueso lanzó un crujido ante el movimiento imposible, destruyendo la articulación del codo. El cerebro entró en pánico. Antonio abrió los ojos. El antebrazo, desde el centro mismo de su tejido óseo, vibró con las pulsaciones de lo que parecía un canto a la victoria.

Era la libertad su anhelo mientras se dejaba caer de la cama, era su empuje al alejarse de ese cuerpo, albur de su nacimiento.

La liberación dejaba un rastro de sangre, grotesca firma por la independencia.

En la cama el grito agónico de Antonio sonó lejano, un eco venido de algún recuerdo de la infancia. El antebrazo supo ignorarlo, ahora preso de su propio movimiento, extasiado ante la expectativa de una vida controlada por su pura voluntad.

El recorrido fue como lo imaginó. Recámara, pasillo, estancia y la entrada abierta. Sus dedos, obedientes soldados, lo sacaron de la casa. Antonio vivía en un pueblo caluroso donde el suelo estaba hecho de polvo y rocas. La puerta daba a un pequeño jardín seco, de ahí a la banqueta y a una calle de doble sentido que terminaba conectando con la autopista. El antebrazo, como tantos revolucionarios, había llegado hasta la parte donde conquistaba la victoria, pero no más allá. Así que continuó arrastrándose, las piedras calientes no lograban distraerlo de esa nueva sensación, la de ser autónomo. Avanzó con yemas y uñas, sintiendo la caricia del viento en los vellos de la piel y el sol que secaba su trazo sangriento.

—Libre —pensó—, libre por primera vez en la vida.

*

Desde hace dos días su único alimento habían sido unos pedazos de tortilla seca. El ser humano podía ser tan cruel. Y sus hijos estaban tan hambrientos. La visión de un trozo de carne fresca que se arrastraba hacia ella le llenó las pupilas de asombro primero, de lágrimas después. ¡Comida! Se acercó al objeto y con la prisa de la madre que tiene una misión, lo tomó entre los dientes. La presa se defendió, la rasguñaba y se retorcía en su hocico, pero ella la sujetó firme mientras corría hacía el terreno baldío donde la esperaban sus tres crías.

Los pequeños la miraron golosos. Tenían cinco meses y hambre todo el tiempo. La perra desgarró el antebrazo de Antonio hasta dejarlo inmóvil. Entonces, con el morro manchado de sangre, lo acercó a los cachorros. Satisfecha, miró cómo sus hijos arremetían contra esa carne que era buen alimento. Esperaría paciente a verlos saciados, entonces con el filo de sus colmillos trituraría esos huesos tan ricos en nutrientes.