Ana Jácome
Un martes por la mañana el antebrazo derecho de Antonio decidió independizarse. Supo que era el momento cuando, ya pasadas las once, el propietario permanecía en cama, inconsciente tras una larga noche de marihuana y alcohol, ignorando el día que intentaba colarse por las cortinas rotas. Débiles rayos de luz alcanzaban los montones de basura y ropa sucia, tocando apenas las torres de libros recargadas en las paredes del cuarto.
Volvió a aborrecerlo.
—Décadas —pensó—, décadas soportando la holgazanería de este intento de ser humano. ¡Yo no pedí nacer en este cuerpo! ¡Veintiocho años tolerando su autodestrucción! Año tras año viendo como a nadie le importa la forma en que nos deprava, ¡ni al corazón! ¿Soy el único harto de vivir atado a sus humores infectos?
Había llegado el día de la emancipación y se iba solo. Del codo para arriba sus peticiones eran ignoradas. Parecía que sólo él y la mano derecha poseían un grado de conciencia y, sobre todo, dignidad. El corte se haría justo en la articulación, la zona era ideal para un desprendimiento (dentro de lo posible) limpio. Estaba decidido. No se quedaría a esperar a que ese grandulón bofo y ridículo cumpliera treinta años, y eso si llegaba.
La primera intención desgarró la epidermis. Sintió el dolor. Esperó un minuto. No había reacción en el cuerpo, la borrachera hacía su trabajo. Siguió, pronto se liberaría del cerebro, el gran dictador, y no volvería a vivir bajo el terror que ejercía sobre su porción de nervios.
Avanzó a través del colágeno de la dermis, separando vasos sanguíneos y folículos capilares. Los nervios se estiraron cual ligas, tensando la unión neuromuscular. En el extremo opuesto a la mano aparecieron los ligamentos del codo. Se concentró en lograr el desprendimiento del braquiorradial, seguido por el músculo pronador y el flexor urnal.
El escenario era la pintura nítida y grotesca de una carnicería, en contraste con los movimientos meticulosos, similares a los de un cirujano. Tenía que lograrlo sin despertar al bíceps, quien con su mentalidad alienada no tardaría en alertar al cerebro. Todo estaría perdido si el propietario recuperaba la conciencia.
Se detuvo. Antonio permanecía desmayado. Vino entonces el paso definitivo, cortó nervios y separó músculos. La sangre brotaba a caudales, empapándolo por completo, hasta el último dedo.
Con la paciencia de un artista fue reclamando, una a una, las fibras musculares que le correspondían. Debía ser metódico, darse el tiempo suficiente; sabía que, una vez llegado al hueso, era imposible ser silencioso. Los tendones implicaban un riesgo, pero la separación del cúbito, alertaría al húmero y con él, al resto del organismo. De ahí todo dependería de su velocidad. Había imaginado tantas veces su escape que no tenía una sola duda, sería un éxito. Rodar hacia la derecha hasta caer de la cama. Sus dedos lo arrastrarían entonces hasta la salida del cuarto y de ahí a la izquierda por el pasillo, pasar el comedor y la estancia, encontrar la puerta de la entrada que, con la excusa del calor, Antonio mantenía abierta.
Pero era imprudente adelantarse. Su concentración completa debía estar puesta en romper los tendones que unen el antebrazo con el resto de la musculatura. Pensar demasiado pronto en la libertad podía ser fatídico. Siguió trabajando hasta que todos los músculos, nervios y ligamentos estuvieron separados. Llegó la hora del hueso. La mano se flexionó imitando la forma de una araña, usaría los dedos como extremidades.
Entonces, hizo un giro de trescientos sesenta grados, tan súbito y violento que el hueso lanzó un crujido ante el movimiento imposible, destruyendo la articulación del codo. El cerebro entró en pánico. Antonio abrió los ojos. El antebrazo, desde el centro mismo de su tejido óseo, vibró con las pulsaciones de lo que parecía un canto a la victoria.
Era la libertad su anhelo mientras se dejaba caer de la cama, era su empuje al alejarse de ese cuerpo, albur de su nacimiento.
La liberación dejaba un rastro de sangre, grotesca firma por la independencia.
En la cama el grito agónico de Antonio sonó lejano, un eco venido de algún recuerdo de la infancia. El antebrazo supo ignorarlo, ahora preso de su propio movimiento, extasiado ante la expectativa de una vida controlada por su pura voluntad.
El recorrido fue como lo imaginó. Recámara, pasillo, estancia y la entrada abierta. Sus dedos, obedientes soldados, lo sacaron de la casa. Antonio vivía en un pueblo caluroso donde el suelo estaba hecho de polvo y rocas. La puerta daba a un pequeño jardín seco, de ahí a la banqueta y a una calle de doble sentido que terminaba conectando con la autopista. El antebrazo, como tantos revolucionarios, había llegado hasta la parte donde conquistaba la victoria, pero no más allá. Así que continuó arrastrándose, las piedras calientes no lograban distraerlo de esa nueva sensación, la de ser autónomo. Avanzó con yemas y uñas, sintiendo la caricia del viento en los vellos de la piel y el sol que secaba su trazo sangriento.
—Libre —pensó—, libre por primera vez en la vida.
*
Desde hace dos días su único alimento habían sido unos pedazos de tortilla seca. El ser humano podía ser tan cruel. Y sus hijos estaban tan hambrientos. La visión de un trozo de carne fresca que se arrastraba hacia ella le llenó las pupilas de asombro primero, de lágrimas después. ¡Comida! Se acercó al objeto y con la prisa de la madre que tiene una misión, lo tomó entre los dientes. La presa se defendió, la rasguñaba y se retorcía en su hocico, pero ella la sujetó firme mientras corría hacía el terreno baldío donde la esperaban sus tres crías.
Los pequeños la miraron golosos. Tenían cinco meses y hambre todo el tiempo. La perra desgarró el antebrazo de Antonio hasta dejarlo inmóvil. Entonces, con el morro manchado de sangre, lo acercó a los cachorros. Satisfecha, miró cómo sus hijos arremetían contra esa carne que era buen alimento. Esperaría paciente a verlos saciados, entonces con el filo de sus colmillos trituraría esos huesos tan ricos en nutrientes.
