Dante Márquez Martínez
La lluvia caía con estrépito sobre el faro.
Su chaqueta impermeable se iluminaba con la linterna recién recompuesta. El embiste de los vientos, sumado a el creciente óxido, la habían fundido. Cerró la caja de la maquinaria y tomó sus herramientas y miró más allá del balcón. No había nada, solo la tormenta iluminada por las luces rotatorias. A lo lejos, un rayo se descargó en el oscuro cielo. El mar estaba enfurecido.
Bajó las escaleras, el murmullo de la tormenta se apreciaba detrás de las paredes de hormigón. Llegó a su habitación, dejó la caja de herramientas, se quitó las botas y se sentó en la cama. Acarició sus bigotes mientras veía el retrato enmarcado sobre la mesa, junto con mapas y planos. En el retrato aparecía él abrazado a una anciana frente a un mar dorado por el atardecer.
Suspiró, después se recostó. Los truenos elevaban su intensidad, como rugidos provenientes del firmamento.
Al otro lado de la habitación, en la consola de telecomunicaciones, el teléfono empezó a sonar. Se incorporó y contestó.
—Faro 903, ¿me escucha? —preguntó con solemnidad la voz al otro lado de la línea.
—Aquí el faro 903, habla el ingeniero David —contestó el hombre sentándose frente a la consola.
—Hablo del centro de administración costero, me comunicó con usted para que afine los parámetros del radar. Hemos recibido informes de los guardacostas sobre decenas de barcos que tienen dificultades para hallar la costa.
David encendió el radar, todo parecía correcto, murmuró un sonido de afirmación. El hombre continuó hablando al otro lado de la línea:
—Las tormentas están aumentando en su ferocidad y duración. Ante cualquier anomalía no dude en contactar a los números de emergencia.
—Está bien. —David ajustó un par de palancas en la consola—. ¿Algo más que se me deba informar?
—Eso es todo, manténgase alerta, faro 903.
David colgó el teléfono. «Ni siquiera se preocupan por el estado del faro, hace meses que no vienen a darle mantenimiento», pensó mientras se preparaba un café. Bostezó y se sentó frente a la consola. En el radar no aparecía nada. La tormenta arreciaba conforme el hombre se iba quedando dormido.
Afuera, en las negras y enrabiadas aguas, algo estaba siendo arrastrado hacia la rocosa costa bajo el faro. En su sueño se halló en un pasillo tapizado por algas y restos de animales marinos. Avanzaba con cuidado mientras oía la voz de una anciana.
—Hijo, ¿cuándo vendrás a verme? —escuchaba como eco en su mente.
Los pasos de sus botas resonaban en el piso mojado. En las paredes, negras y viscosas, se apreciaban jeroglíficos desconocidos. El sudor caía por la frente del hombre. Al fondo del pasillo estaba la anciana, saludando con ternura. Él se acercaba para abrazarla pero por más que daba pasos delante no podía alcanzarla.
—Hijo, te extraño.
Detrás de la mujer aparecía una garra negra que se posaba, amenazante, sobre su dócil figura. El hombre se paralizó. Un aullido gutural se escuchó a lo largo del estrecho pasillo.
Despertó sobresaltado, había derramado el café. Le dolía el cuello. Qué horrible sueño, se dijo tomando un paño. Había luz, pero no rastros de rayos solares, solo un denso cúmulo de nubes grises en el cielo. El radar continuaba encendido. Si algún barco clamó por auxilio, él no pudo verlo.
—Demonios —dijo admirando la consola. Un punto verde aparecía en el radar, allá en el rocoso litoral.
Subió al balcón. Desde allí, encallado en los guijarros, se podía apreciar una enorme figura gris siendo embestida por las olas del mar. Ni siquiera con los binoculares pudo apreciarlo bien. Una sensación fría se apoderó de su pecho, algo no estaba bien. El mar estaba picado, hacía mucho frío.
Antes de salir, alguien llamó al teléfono.
—Aquí el faro 903 —contestó David.
No hubo respuesta al otro lado de la línea. Solo un sibilante susurro.
—¿Centro de administración costero? ¿Me copia? Adelante, adelante —dijo David con una voz que se tornaba temblorosa.
Colgó. Seguro la tormenta había dañado las comunicaciones, pensó con poca convicción. La costa de guijarros, donde había divisado la figura gris, se hallaba a unos cien metros del faro, ahí en el litoral escarpado. Solo un pequeño camino marcado por banderas lo llevaba a ese sitio repleto de charcos salados, rocas afiladas y productos marchitos arrojados por el mar.
David se sentía intranquilo. La extrañaba, eso era seguro, pero jamás había tenido una pesadilla tan vívida. En ese momento solo podía recordar la expresión de tristeza de la anciana, ahí al fondo del pasillo. Tampoco podía olvidar el grito dentro de su mente que lo despertó.
Cuando se encontró a menos de veinte metros del litoral, pudo divisar al objeto que había captado el radar. Pero no era un objeto. Su piel se movía con cada embiste de las olas. A su alrededor había restos de sargazo, madera, y demás basura venida del océano. El olor era insoportable, una mezcla de aceite de pescado con sangre.
Los ojos del hombre se abrieron de par en par. Se puso pálido. ¿Cómo no lo pudo apreciar desde el faro? Su dermis gris, sus blancas estrías en su zona ventral, las enormes aletas, las barbas en la boca. Era una ballena jorobada, colosal, unos dieciséis metros de largo. Un gigante submarino varado, asfixiado por su peso en la tierra.
«Bastante extraño en esta época del año», pensó, David nervioso, mientras examinaba al animal, «quizá…»
Su cavilación fue interrumpida cuando apreció, como uno de los costados de la ballena había sido devorado. Colgajos de carne, músculo rasgado, huesos fracturados y un río de sangre diluyéndose en las rocas.
Para ese instante, David se hallaba al borde del colapso mental. Nada en el reino animal podría haber dañado de esa manera a un animal tan enorme. La mordida no se asemejaba a ninguna herida de orca o tiburón. Ni siquiera se asemejaba a una herida por colisión con un buque. Eso, intuía el hombre, fue causado por algo capaz de morder.
Con las rodillas temblando y con el sudor casi empañando su visión, David se acercó para investigar. El cadáver se movía por las olas y su hedor hizo que el hombre se cubriera la cara con su chaqueta.
Sus ojos alcanzaron a captar algo alrededor de la prominente herida, parecían unos jeroglíficos marcados sobre la piel del cetáceo. Expedían un ligero resplandor carmesí. En ese momento se escuchó un aullido, parecido al de su sueño.
David cayó al piso. Pudo recordar: el pasillo, la garra negra, los restos putrefactos, los jeroglíficos en la pared. Los jeroglíficos en el cadáver eran iguales a los de su sueño.
—¿Ya vendrás a verme, hijo?
Respiraba presuroso. Temblaba. Por más que quisiera correr, no podía, estaba paralizado ahí, sobre los guijarros humedecidos.
—¿Mamá? —preguntó volteando hacia todas partes—. ¿Estás aquí?
—Sí, hijo, siempre he estado aquí, en lo profundo de los abismos de tu mente. Nadando entre tus pensamientos de culpa y soledad.
—No, no, no, mamá —contestó David con pánico en su voz, ahora viendo al cadáver de la ballena, como si estuviera hipnotizado—. Perdóname, mamá.
El mar comenzó a picarse. A los lejos, un rayo se perdió en el horizonte. El hombre seguía en el piso, su torso se inflaba y desinflaba. No podía quitarle la mirada a la mordida sobre el animal.
En ese momento, el cadáver de la ballena convulsionó por dentro, como si algo vermiforme se moviera al interior de la piel. Después un breve pero intenso ruido de explosión. Vísceras y sangre derramándose alrededor. David perdió el conocimiento.
Cuando abrió los ojos, era de nuevo de noche. Con calma, observó el techo de su habitación en el faro. Sus manos se pasearon por la suave cama. Todo estaba bien, había sido una horrible pesadilla, pensó.
Volvió a sonar el teléfono. David trató de levantarse, pero cuando intentó mover la pierna no pudo. No le respondía. Ninguna extremidad le respondía, es como si estuviera anclado a la cama.
La sangre de la desesperación corrió por su cuerpo. Solo podía mover la cabeza, que se hallaba roja del esfuerzo. Ahí seguía el retrato sobre la mesa, pero no había planos ni mapas, pero sí un pedazo de carne.
El teléfono no paraba de timbrar. David comenzó a hiperventilar. Afuera de nuevo había tormenta, cuyos truenos retumbaban en toda la estancia. La contestadora automática tomó la llamada. Pero de nuevo no se escuchaba nada al otro lado de la línea, salvo por un eco gutural, húmedo y profundo.
Hubo un total silencio.
Estaba empapado en sudor, apretaba los dientes y de sus ojos caían lágrimas. El silencio se rompió con un cántico, disperso y ahogado, de una ballena jorobada que se hacía más intenso hasta deformarse en un aullido monstruoso. David había cerrado los ojos. Por más que trató de mantenerse tranquilo, la parálisis de su cuerpo y los cánticos le hicieron gritar de agonía.
—No te preocupes, hijo —interrumpió la voz de la anciana desde la consola de comunicaciones. Su timbre se iba distorsionando con cada palabra que decía—. Pronto, muy pronto, te unirás con nosotros.
David miró el pedazo de carne, de él habían emergido pequeñas garras negras como de insecto. Un chirrido abominable. Gritos de dolor ahogados con la sangre de la muerte. Después el silencio absoluto dentro del faro. Afuera la tormenta seguía, y bajo las atormentadas y violentas aguas, algo nadaba.
