Futuro de metal

Eduardo Honey


Suelto el taladro y saco la punta. La nube de polvo sube y se expande con extrema lentitud. Tardará unos minutos en asentarse. La gravedad de Eztli, este asteroide de doce kilómetros, es pequeña pero existe.

Deposito la herramienta a un lado y le indico a Vickman que prepare el anclaje con su equipo. Levanto la vista justo a tiempo para ver, gracias a la rotación, cómo se alza una pequeño y brillante punto: nuestro planeta natal. Tenemos algo más de medio año para lograr alterar la trayectoria y evitar que impacte contra la Tierra. Dado el tamaño, velocidad y ángulo, será un Evento-Nivel-Extinción, ENE. Por algo su nombre significa sangre en náhuatl. Fue descubierto por un grupo escolar en la Sierra Madre del Sur cuando, gracias a los recortes gubernamentales, perdimos la red de vigilancia de espacio profundo y los astrónomos amateurs tomaron el relevo. Una niña del grupo lo nombró así y fue lo que quedó, no su nombre oficial.

Verifican que esté bien asegurado el anclaje mientras ayudo a ensamblar la estructura de la base. Aquí montaremos el motor treinta y todavía faltan el triple. Llevamos trabajando casi dos años y los motores instalados funcionan sin parar. La rotación se incrementó y la trayectoria se ha modificado casi en siete grados.

«Esto no es un simulacro. Código nueve nueve cero, repito, código nueve nueve cero», suena por la radio. En el visor parpadea el icono de alerta. Es indicación de evacuación inmediata. Vickman se mueve entre su grupo para que dejen sus labores y nos movamos a la cápsula.

Al seguirlos noto a la distancia los propulsores de los módulos de otros grupos que empiezan a desalojar al casi medio millar de personas que laboramos para desviar al asteroide.

El viaje a la Ménade, nuestra nave nodriza, dura cuarenta minutos. Los quince que fuimos transportados salimos cuanto antes ya que la cápsula tendrá que hacer más viajes. Por el ventanal observo que igual sucede con las otras seis naves nodrizas.

Pregunto acerca de la alerta. Malay comenta que se disolvió el Comité Espacial Internacional para Salvamento. Tanto China como Rusia se retiraron de él. Apenas una hora atrás se detectó el lanzamiento de un racimo de cincuenta misiles atómicos desde Siberia. Pocos minutos después el embajador chino anunció que habían preparado un proyectil cinético por varios meses y que llegó a cero la cuenta para encender sus motores. Mil toneladas de uranio empobrecido, elemento muy denso, aceleraban hacia Eztli.

Tardarían una semana en llegar los envíos rusos y el chino. Por eso mandaron la evacuación: Acudían galopando a todo motor dos jinetes apocalípticos, uno nuclear, otro cinético, con un dios de la destrucción de millones de toneladas metálicas. La apuesta subía y era en contra de la humanidad.

Por fin termina mi turno en la granja hidropónica. Recojo mi herramienta para entregársela a Vickman, quien me suple. Me pregunta cómo van las legumbres y le aviso qué bien, que tenemos buen abono. Calla porque bien sabemos que no proviene de nuestros excrementos sino de los diez que se suicidaron el último mes.

Recorro el pasillo central del cuarto nivel de la Ménade para llegar al comedor comunitario. Es hora de mi única comida. Sujeto el cuenco y me sirven un cucharón de papilla de alga con hongos, zanahoria más un pedazo de pan.

Tomo asiento en mi lugar preferido junto al ventanal que da a la Tierra. Me costó trabajo acostumbrarme a ver cómo giraba después que unieron a la Ménade con las otras naves nodriza, a las tres estaciones espaciales internacionales y el único hotel en órbita. Era la forma más sencilla para reunirnos a los siete mil supervivientes y tratar de generar una comunidad.

Allá afuera. O allá abajo tal como acostumbraba siempre pensar, amplias zonas de la Tierra aún ardían y apenas había disminuido la nube de polvo, cenizas y humo.

Primero llegó el impacto del proyectil cinético chino. Fue apoteósico mirar el rostro del líder de ese país y su embajador en la ONU cuando, de la alegría ante el impacto, pasó a desconcierto, angustia y sentirse condenado.

Tecnológicamente eran el país más avanzado, fue impecable la trayectoria y la fuerza al colisionar. Lo que nunca pudieron simular en sus IAs cuánticas fue la estructura de Eztli: no era totalmente metálico. Otros minerales basados en carbono formaban vetas y grandes fragmentos en su interior.

Tras el brillo cegador del choque vimos, desde los telescopios y sondas de la Ménade, cómo se partía el asteroide en diversos pedazos. Los más grandes medían cuatro y tres kilómetros. Debido a la multitud de escombros tardamos casi una semana en calcular que aproximadamente el 70% de la masa pasaría de largo.

Entonces llegaron las nucleares rusas y el billar espacial se volvió aún más difícil de calcular. Al final impactó entre un 25 y un 40% de la masa. El fragmento de cuatro kilómetros rozó la atmósfera, pero el de tres alcanzó Alaska. Los demás pedazos llovieron sobre el hemisferio norte durante tres días.

Así que se volvió un ENDC, Evento-Nivel-Destructivo-Civilización. Las ciudades y poblaciones al sur del ecuador fueron las menos afectadas de forma inmediata. El problema es que llegó el invierno al volverse opaca la atmósfera y siguen cayendo los detritos expulsados por los impactos y devueltos por la gravedad.

Sabemos que hay grupos que sobreviven allá abajo como pueden. Nos piden ayuda, pero somos incapaces de dárselas. Apenas podemos mantener un equilibrio precario en esta estación espacial hechiza. Y, si aterrizamos, no contamos con la infraestructura ni la tecnología necesaria para retornar al espacio. El problema de la Tierra es el pozo de gravedad que representa. Se requiere energía en exceso para llegar a órbita.

Por eso estamos mirando hacia la Luna como un primer paso. Tenemos equipos de minería y mano de obra para crear asentamientos y para extraer material. Así podremos construir estaciones espaciales en serio, no los juguetes de órbita baja que unimos, menos las naves como la Ménade que son un falso remedo.

Será un trabajo que requerirá de décadas y fe, mucha fe. Ya nacieron los primeros niños del espacio y no tenemos un planeta de cielos azules para heredarles. Solo un posible futuro en ciudades de metal en lo que la Tierra, como lo ha hecho antes, se cura y así podrá recibirnos de vuelta en, quizás, diez mil años… mientras no llegue otro gigantesco mensajero cósmico y los restos de las naciones que comen a mi alrededor sigan viviendo en paz.