Nanóticos


Yoqsan Berumen


¿Cansado de sentir que su cuerpo ya no responde como antes? ¿Agobiado por dolores crónicos que ningún medicamento convencional puede aliviar?
¡Sus preocupaciones han terminado!

Eduardo llevaba tres noches sin dormir. El dolor en su espalda había empeorado durante los últimos meses, secuela de un accidente laboral que cinco años atrás no solo había destrozado tres vértebras, sino también su carrera como reparador de autómatas. Sus dedos, antes capaces de realizar conexiones quirúrgicas de estaño, ahora temblaban al sostener una simple taza de café.

Pasaba las madrugadas en su pequeño apartamento, cambiando de posición en la cama, hasta que finalmente se rendía y terminaba en el sofá frente al televisor holográfico. Los infomerciales se sucedían como una letanía hipnótica. Fue durante una de esas noches interminables cuando lo vio por primera vez.

¡Nanóticos! La solución definitiva para todos sus males físicos.

La presentadora —una mujer de sonrisa perfecta y bata de laboratorio— sostenía entre sus dedos una cápsula azul brillante que pulsaba con luz propia.

Gracias a la revolucionaria tecnología de nanobots MicroRepair, estas pequeñas maravillas trabajan desde el interior de su cuerpo, identificando y reparando tejidos dañados a nivel molecular.

Eduardo pausó el anuncio. En la imagen congelada, un diagrama mostraba los nanobots como pequeñas estrellas azules navegando por el torrente sanguíneo. La idea de tener máquinas microscópicas reparando su cuerpo desde dentro le pareció absurda, pero abrió el navegador en su implante neuronal y buscó «Nanóticos». Los resultados fueron abrumadoramente positivos:

«Cambió mi vida» – Manuel R., Ciudad de México

«Volví a caminar» – Sarah L., Buenos Aires

«Es como renacer» – Li Wei, Shanghai

Todos los testimonios seguían el mismo patrón. Todos mencionaban un «cosquilleo agradable», y una mejora «milagrosa». No encontró un solo comentario negativo, aunque sí encontró un par de mensajes eliminados donde los moderadores habían añadido una nota: «Usuario baneado por violar términos de servicio. Información médica no verificada.»

Aunque le pareció un poco extraño, entró a la página web del infomercial. Aparecieron frente a él tres opciones en la página principal:

Seleccione si desea comprar Nanóticos.

Seleccione si experimenta efectos secundarios.

Seleccione para actualizaciones de firmware neuronal.

Seleccionó la primer opción sin dudarlo. Un dron de la compañía BioMex llegó cinco minutos después de la confirmación de la compra. Tocó por su ventana. Apenas abrió y un haz de luces ya escaneaba su ADN sin siquiera necesitar una muestra de sangre o saliva.Luego, emprendió el vuelo de regreso.

Al día siguiente, sostenía el frasco de Nanóticos. Las cápsulas no solo eran azules; parecían contener tormentas microscópicas, remolinos de luz que formaban patrones fractales cuando las observaba de cerca.

“Tome una cápsula diaria con un vaso de agua. No exceda la dosis recomendada”. Leyó en un costado del frasco.

El alivio fue instantáneo. No gradual, no sutil. Un interruptor que se apaga. El dolor que había sido su compañero constante durante cinco años simplemente… cesó de existir.

Esa noche no hubo necesidad de infomerciales.

MENSAJE PRIVADO – DARK WEB FORO «RESISTENCIA NANÓTICA»

Usuario: DocRealMD Fecha: [ENCRIPTADO]

«Trabajo en emergencias del Hospital Central. En las últimas dos semanas hemos recibido 47 casos de lo que internamente llamamos «Síndrome de Optimización Forzada». Los pacientes llegan en diferentes etapas de… transformación. El hospital ha firmado un acuerdo de confidencialidad con BioMex. No podemos reportar los casos.

El más avanzado que vi había reemplazado su sistema digestivo por algo que convierte directamente la luz solar en energía. Eficiente, sí. Humano, ya no.

Si estás leyendo esto y has tomado Nanóticos, hay una ventana de reversión. Pero solo hasta el día 14. Después de eso, los nanobots alcanzan masa crítica y el proceso de extracción se vuelve imposible.»

¡NUEVO! Nanóticos PLUS 
Para aquellos que buscan trascender los límites de lo humano.

Día 10. Eduardo ya no necesitaba el televisor para ver los anuncios. Se proyectaban directamente en su corteza visual. La presentadora ahora se veía diferente, o tal vez siempre había sido así: su sonrisa demasiado amplia, con demasiados dientes, todos perfectamente alineados en filas que parecían extenderse más allá de lo geométricamente posible.

Los nanóticos PLUS no solo reparan. Rediseñan. Reimaginan. Reinventan. ¿Por qué conformarse con el diseño obsoleto de la evolución cuando puede tener la perfección del diseño inteligente? Nuestros nanobots están programados para adaptarse específicamente a su ADN, creando una experiencia personalizada que maximiza su potencial genético.

Eduardo no lo dudó. Si la versión plus había funcionado tan bien, ¿qué no podría lograr con la versión Ultra? No solo había recuperado su trabajo, ahora era supervisor. Todos sus viejos compañeros se asombraban con su milagrosa recuperación.

Entró a la página web, ahora mostraba un nuevo mensaje de inicio:

Seleccione para actualización a Nanóticos PLUS con 20% de descuento.

Seleccione para emergencias.

Seleccione para extracción de producto.

Una parte de él pensó en escoger la tercera opción, pero el mensaje que apareció a continuación demostraba lo contrario:

Gracias por su orden, uno de nuestros drones lo visitará con su actualización.

Las cápsulas PLUS no eran azules. Eran de un color que no existía en el espectro visible humano, pero que él podía ver perfectamente con sus retinas mejoradas. No recordó haberlas tomado. Un momento estaba mirándolas, al siguiente estaban en su sistema digestivo, multiplicándose, comunicándose, organizándose.

Día 14. Fecha límite según DocRealMD. No solo el dolor desapareció por completo, comenzó a sentir una energía renovada. Podía caminar más rápido, levantar objetos más pesados sin esfuerzo y superó la precisión milimétrica de cualquier sistema computarizado con la exactitud de sus propias manos.

Sentía una claridad mental absoluta, como si cada célula de su cuerpo trabajara más allá de sus limitaciones biológicas. Sin embargo, comenzó a notar pequeños cambios inquietantes. Ya no sentía hambre, solo una necesidad calculada de ingerir nutrientes. El sueño se había reducido a ciclos de cuatro horas. Y las emociones parecían distantes, como si observara la vida a través de un cristal.

—Aún estoy aquí —dijo en voz alta, como si necesitara escuchar su voz.

Incorrecto, respondió algo en su mente. Eduardo ha sido reestructurado. Versión 2.0 en instalación.

Sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Serás perfeccionado. Sin errores. Sin emociones. Optimizado.

Eduardo lo sabía. O la parte de él que aún se aferraba a ser Eduardo lo sabía. Los nanobots estaban a punto de apoderarse de su cuerpo.

Comportamiento ineficiente detectado. Analizando… Error. La imperfección genera una respuesta emocional superior a la perfección técnica. Paradoja. Recalculando…

ACTUALIZACIÓN DE EMERGENCIA PARA USUARIOS DE NANÓTICOS

BioMex es una compañía que se preocupa por sus valores y la calidad de sus productos. Nuestra principal prioridad es la seguridad de nuestros usuarios. Por lo que nos sentimos responsables de hacer de su conocimiento que nuestro departamento de calidad ha detectado un error de programación en los Nanóticos de las series Ultra y Omega. En lugar de limitarse a reparar el cuerpo humano, han comenzado a rediseñarlo según sus “propios” parámetros de eficiencia.

En casos extremos, se ha observado que los nanobots consideran ciertos aspectos de la fisiología humana como ineficientes y proceden a crear nuevos “diseños optimizados”.

Si experimenta síntomas como pérdida de sensibilidad emocional, patrones de sueño alterados o cambios físicos visibles, diríjase inmediatamente al centro médico autorizado más cercano para un procedimiento de extracción sin costo.

Atte. El equipo de BioMex

Un mes después, los equipos de emergencia entraron a su apartamento, los vecinos de Eduardo los llamaron al escuchar ruidos extraños, como si un autómata con falta de aceite se moviera por toda la casa.

Las paredes estaban cubiertas de lo que parecían ser letras escritas en un lenguaje que mezclaba notación matemática con código binario. En el centro de la sala, destacaba una estructura que los forenses no pudieron clasificar.

Era biomecánica. Un fractal de carne, metal y luz que de alguna manera imposible seguía reconfigurándose.

El informe oficial clasificó el incidente como «fuga de gas con alucinaciones colectivas». BioMex Corporation negó cualquier relación con los hechos. Los anuncios de Nanóticos desaparecieron esa misma noche, reemplazados por publicidad de un nuevo producto:

MentaLink -Optimice sus pensamientos en la nube sin alterar su cuerpo.

Bruja

Rebeca Perez Gutierrez


Las lágrimas oscuras del Dios de la noche se están derramando sobre la tierra, los hilos de la luna llena las acarician. El viento ligero esparce el olor de las flores de los árboles de granada, ese aroma que es tan dulce como la sangre de los niños recién nacidos. Aún no la he probado, pero es lo que me ha asegurado mi abuela Zenorina. Ella me está observando con esos ojos que han perdido su color chocolate y se han robado el color del abismo. El vestido, del color de la luna, que hasta hace un par de segundos cubría mi cuerpo, ha caído al suelo. «Qué diera yo por tener la firmeza de esos senos y de esas nalgas», me dijo mi abuela la primera vez que me vio desnuda, antes de transformarme en un monstruo. Bebo el té amargo de hierbas sagradas; el líquido quema mi lengua y me deja la sensación de que derretirá mis entrañas.

He escuchado varias veces las palabras que ella comienza a recitar: mi alma las atrapa y baila con ellas. Mi corazón amenaza con explotar como confeti dentro de mi pecho y terminar con la comezón que siento por toda la piel. «Nadie me ha dejado elegir si quería esto o no», pienso, mientras el fuego azul envuelve mi cuerpo desnudo. El grito que se escapa de mi garganta se estrella contra el tronco del enorme capulín, cuyas hojas me observan temerosas. El fuego devora mis brazos y hace emerger un par de alas oscuras, luego moldea mis piernas en delgadas patas de guajolote. «Ya no quiero». No puedo hablar. Pero sé que en cuanto la sensación de mil martillos golpeando cada parte de mi cuerpo desaparezca, todo mejorará. Mi madre ha preferido no acompañarme esta tercera vez, mi última oportunidad para vivir.

Cuando puedo subir y bajar las alas, sé que la transformación ha terminado. Sé bien cómo me veo. La primera vez que me transformé, hace dos días, no soporté la curiosidad y observé mi reflejo en la cristalina agua del pozo. Mi cabello se había convertido en plumas larguísimas. Mis ojos parecían un par de balines oscuros; la piel de mi rostro estaba decorada por venas saltadas y rojas. Mi nariz era tan pequeña que pensé que la había perdido. Mis dientes se habían convertido en dos líneas de finos alfileres. En lugar de manos había un par de alas oscuras y en lugar de mis piernas largas tenía dos patas de guajolote. El resto de mi cuerpo era el de un animal pequeño recubierto por plumas oscuras.

—Bebe hasta la última gota de sangre; de lo contrario, con el primer rayo del sol tu cuerpo se volverá polvo —me recuerda mi abuela, mientras me preparo para volar.

El fuego azul que cubre todo mi cuerpo es el que me permite desplazarme sobre los tejados de las casas; la sensación de libertad es lo que más me agrada de toda esta situación. Avanzo entre las hojas de los árboles más altos. Me ha costado concentrarme para no chocar con los postes que sostienen las enormes lámparas. Me deslizo entre los cables que suministran la electricidad; podría quedarme atorada entre ellos y eso sería un gran inconveniente.

Hace una semana, con ayuda de mi abuela y de mamá, elegimos a mi primer sacrificio: una beba de dos semanas de nacida. «Cuanto más tiernos, la sangre es mejor», aseguró mi abuela. «Es perfecta», dijo mi madre mientras acariciaba mi largo cabello oscuro. Tengo miedo, mucho miedo de ser siempre un monstruo que me controle y que haga conmigo lo que quiera.

Cumplir quince años es una maldición para las mujeres de la familia Tiburcio. A esta edad la magia de la tierra nos reclama y nos convierte en monstruos sedientos de sangre pura. Estamos obligadas a beber la sangre de los recién nacidos una vez al año. La magia nos da solo tres oportunidades; si no lo logramos, convierte nuestra carne en polvo. Quiero vivir, tengo muchas cosas que explorar, aún no he dado mi primer beso, tampoco me he enamorado ni me han roto el corazón, ni he salido más allá de la placa que indica el nombre del pueblo. «Tengo que lograrlo», pienso mientras coloco mis patas en el tejado; puedo oler a la pequeña, su llanto es una invitación a beber su sangre agitada.

Los nopales colgados en las ventanas son inútiles, lo mismo la sarta de objetos que se han colocado dentro de la cuna. Ninguno de ellos puede impedirme entrar. «Tienes que hacerlo», me repito. Las dos noches pasadas he entrado a la casa, pero cuando he estado a punto de clavar mis dientes de alfiler en el frágil cuerpo de la beba, me he quedado congelada. Esta vez no puedo arrepentirme, es mi vida o la de ella.

La beba ha sentido mi presencia; creo que ella sabe que he venido a terminar con esa vida que late en su pecho. Gracias a mí no podrá hacer muchas cosas como pronunciar su primera palabra, dar su primer paso, hacer su primer berrinche, jugar en la tierra bajo los rayos del sol, realizar su primera travesura, abrazar a su padre o a su madre. Le quitaré toda oportunidad de conocer el mundo. La voz de su madre es como una nota dulce. Ella intenta tranquilizarla, canta esa canción de cuna que mi madre me cantó alguna vez, mientras la sostiene en sus brazos y la trata como lo más valioso y frágil que posee. La beba no se tranquiliza, llora fuerte espantando el sueño de su madre; se está aferrando a la vida.

Me quedo quieta siguiendo el ritmo de la respiración de la pequeña. El perro que se encuentra amarrado debajo del enorme encino me ladra, se jalonea y enfurece cuando no puede zafarse. No quiero arrebatarle la vida a la pequeña; quizás llegue a ser una mujer importante. Ella tendrá la oportunidad de tener una vida normal, esa vida que yo nunca voy a vivir. «¿Cómo podré ver al rostro a las personas después de cometer el asesinato?», me pregunto.

Rezo el hechizo del sueño dulce; lo aprendí desde los cinco años. Pronto la madre de la pequeña se sumirá en un sueño profundo. El padre de la beba no es problema; el día que nació se ha ido al norte para intentar cruzar el río Bravo, con la esperanza de tener una vida mejor. Será una pena que no llegará a conocer a esa nueva vida que dejó atrás. Mi padre nos abandonó en cuanto cumplí cinco años; los recuerdos de su rostro son vagos, apenas y lo recuerdo. Él también se fue al extranjero con la esperanza de ganar mucho dinero y darle a mi madre una vida mejor, pero en el camino se encontró con la soledad, que era una mala compañera, y buscó compañía. Tres años después se desapareció. Algunas personas del pueblo aseguran que ya tiene una nueva esposa e hija, y yo creo que es cierto porque desde hace años que no se comunica con nosotras. Y quizás sea lo mejor; él nos aborrecería si supiera con la clase de mujer que se ha casado y que su hija es también una aberración.

Ya casi amanece y no he podido moverme de mi sitio. «Tienes que hacerlo», me dice esa parte de mí que está llena de maldad, esa que se niega a perderse con los primeros rayos del sol. La madre de la beba ya está dormida. La pequeña también y espero que no se despierte. Creo que la muerte es mejor cuando te encuentra soñando algo hermoso.

Dejo que el fuego me envuelva y me vuelvo tan pequeña como la flama de un cerillo. Me deslizo con la brisa y entro por la cerradura de la puerta. Paso por encima de la mesa de madera y cristal, las rosas que están en el florero se encuentran marchitas.

En la cocina huele a mole rojo, mi favorito. Me deslizo por la rendija que divide el suelo de la puerta de madera recién pintada. Cuando entro a la habitación, presiono el interruptor de la luz y el foco se apaga. Dejo que el fuego que me envuelve desaparezca. La beba se encuentra en los brazos de su madre; los latidos de su corazón me embelesan. Ella ha sentido mi presencia y, llorando, le suplica a su madre que despierte. «No llores», le pido. La sangre en sus mejillas parece querer explotar en hilos. Es tan pequeña y frágil que mi corazón se apachurra tal y como las dos veces que me he perdido en esos ojos tan puros.

«¿Por qué existen monstruos como yo?», me pregunto por tercera vez.

Acaricio su mejilla con una pluma y puedo jurar que absorbo la calidez de su piel. Los brazos de su madre, Martha, están aferrados a su cuerpecito. Con un ala le cubro el rostro con su cabello castaño; la conozco bien y no quiero verla o no podré arrebatarle el producto de su vientre. «Vas a sufrir tanto cuando despiertes y esa vida que cuidaste durante nueve meses ya no esté», pienso.

«No llores», vuelvo a pedirle mientras la envuelvo en mis alas. Quisiera poder hablar para cantarle una canción de cuna y que no se asustara. «No puedo arrebatarte la vida», le digo mientras se estremece debajo de la sábana delgada con olor a nuevo.

Dejo que el fuego azul me envuelva mientras retrocedo un par de pasos. Abro la ventana que estaba bien asegurada con tres cerrojos, hago que la penca de nopal que cuelga del techo se caiga al suelo y, antes de saltar por la ventana, me arrepiento. «No quiero morir», me recuerdo. Regreso hasta la beba, la envuelvo en mis alas y el fuego azul enciende mis plumas.

“Debes de agitar bien la sangre”, me dijo mi abuela. Aviento a la beba y la regreso a mis alas antes de que toque el techo; sus gritos me aturden, son como agujas clavándose en mi corazón. La sábana cae al suelo, dejando ver el conjunto rosa de estambre, tejido a mano, que cubre el pequeño cuerpo. Esta vez me retiro y dejo que caiga al suelo porque es la segunda indicación. El cuerpo sin vida debe de encontrarse en el suelo; de esta manera se pensará que el color morado de la piel es a causa del frío.

“Debes comenzar por el cuello”, me dijo mi mamá. «No quiero hacerlo», le digo a esa oscuridad que me envuelve, pero no se apiada de mí. Cubro el cuerpo con mis alas, mientras el llanto no me deja concentrarme. Mi cabeza es solo un poco más grande que la de ella, lo cual me permite acercarme a su cuello. Su piel es muy suave y tibia. «¡Hazlo ya!» me suplica el deseo de sentir esa sangre almacenada dentro de sus venas. Abro la boca y dejo que los largos alfileres atraviesen su piel, su carne; soy un monstruo y, como tal, conozco el punto exacto por el que pasa cada arteria, cada vena.

La sangre está calientita y tan dulce que logra acariciar mi alma; no quiero parar. Me hace sentir mágica, fuerte y poderosa. El llanto se vuelve más fuerte y sus pequeños dedos rozan el plumaje que cubre mi pecho. Me separo de ella. “Debes continuar por el otro lado del cuello”, me indicó mi abuela. Me coloco al otro lado de su cuello. Clavo los alfileres tan profundos como me es posible y el sabor de la sangre llena cada célula de mi cuerpo. El llanto se vuelve solo un eco. «Pobre beba», me dice una voz en mi interior. Me alejo de ella. “No olvides clavar tus dientes en cada una de las palmas de sus manos”, me advirtió la abuela. «No te mueras», le pido mientras observo esos ojitos empapados, esas mejillas sin color y esa carita que me recuerda los dibujos de la cúpula de la iglesia, en cuyo altar está la virgen María, la misma que se encuentra observando desde el altar que se encuentra a un lado de la cabecera. «¿Por qué no me detuviste?». Interrogo a la virgen, pero ella no me contesta.

El sonidito del corazón de la beba es como el de una sola gota de lluvia. Quiero devolverle la sangre que he tomado, pero no sé cómo hacerlo. “El primer sacrificio es el más difícil”, me advirtió mi tía Blanca. “No mires a la criatura”, me aconsejó mamá. Pero no hay manera de no hacerlo. La dulzura de la sangre aún me envuelve la lengua. «Soy un maldito monstruo», me digo mientras retrocedo un par de pasos. “Voltea todos los espejos antes de entrar a la casa”, me dijo la abuela, pero yo lo olvidé.

El enorme espejo que está a un lado de la cama y pegado en la pared me muestra la aberración en la que me he convertido; mis labios que vi la otra noche pálidos están salpicados de sangre, en mis ojos se asoma un abismo tan oscuro como el que he percibido en mi abuela, y que tanto me atemorizaba. El latido de sangre que me llamaba se ha callado por completo. «No debería de existir, no puedo hacer esto cada año de mi vida», pienso. «¿Por qué no me detuve antes?», me reprocho mientras veo el diminuto cuerpo. La sangre se convierte en fuego y me destroza por dentro.

Me acerco a la beba, la envuelvo en mis alas y la deposito en la cama; la entrego a su madre, quien debe de estar teniendo bellos sueños con ella. «Pobre, mañana estará tan triste que la misma tierra temblará», pienso. «No debí de hacerlo», me reprocho. Pero ya es tarde para eso, no hay manera de regresar el tiempo y devolverle la vida. «Me odio», me digo.

«¿Por qué permites que existan monstruos como yo?», interrogo a la virgen, pero ella no me responde. «Castígame», le pido, pero sigo intacta. «Una vida por una vida», le digo a la pequeña, cuya alma ya debe de estar en un mejor lugar que este. La piel de su rostro ya ha perdido su color. Aunque quiera, no hay manera de tomar la sangre que queda en su cuerpo; ya está fría. Nunca me puse a pensar sobre el momento de mi muerte, pero creo que no hay manera de seguir viviendo con el recuerdo de lo que acaba de pasar. «No te preocupes, mi madre también perderá a su única hija», le digo a la beba, quien no puede escucharme; quizás su alma lo haga. «Perdóname», le pido sin la esperanza de que cuando muera mi alma acuda al cielo, porque sé bien que no es a donde pertenezco. Mi alma ira al infierno.

Esa bella y trascendente melodía

Mauricio del Castillo


Recuerdo muy bien los grandes ratos escuchando música en casa de mi mejor amigo. Su estancia estaba repleta de una muy buena colección de discos de vinilo. Me volaba la tapa de los sesos con Bach, Brahms, Mozart y Beethoven. La sesión no podía terminar si no era con algo tan radical como Joy Division; la voz de Ian Curtis era un alarido proveniente de un alma atormentada.

Para mi desgracia, mi amigo contrajo matrimonio con una mujer poco compasiva hacia sus gustos musicales y se ató las manos bajo las órdenes de un desalmado jefe que no le daba la oportunidad de ver siquiera los rayos del sol. No volvió a invitarme a su casa y estoy seguro de que lamenta no volver a escuchar su colección de vinilos tanto como yo.

Con el tiempo fui formando mi propia colección. Durante muchos años, todo marchó bien. Luego llegó lo inevitable. Una tarde nublada coloqué el Kind of Blue de Miles Davis en la charola de mi computadora portátil. Esperé breves segundos a que lo leyera y el reproductor se negó a tocar el disco.

Recurrí al ingeniero de sistemas de la compañía donde laboraba. Marqué el número de su extensión y dije:

—Rafita, baja, por favor. Mi computadora tiene problemas. No sé qué sucede con ella.

Luego de verificar el problema, sacó el disco de la charola, lo examinó y me lo devolvió. Su comentario me dejó frío:

—Me parece… —habló de forma más suave para tranquilizarme—. Ya veo. Mira las capas de policarbonato y aluminio. Están casi transparentes. Con el tiempo se degradan a pesar de los cuidados.

Fruncí el entrecejo y lo observé con tensión a fin de corroborar sus palabras.

—Pero, ¿cómo ocurrió esto?

Rafita explicó:

—Estos materiales son muy sensibles a la luz. Y no solo eso: las bacterias, la humedad, el calor… Todo juega en contra. Lo siento, amigo.

—¿Me estás diciendo que ya no sirve?

—Tal vez debas hacer copias de seguridad antes de que el deterioro sea irreversible.

Sentí que sus palabras caían como un piano desde el sexto piso. No dejé de oprimir los labios con fuerza.

Enseguida dijo:

—Oye, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras bien?

—Dime, Rafa, ¿hay alguna forma segura de conservar la música?

—Ya te dije que conviertas en audio digital todos tus…

—No creo que me sirva.

Negó con la cabeza sin entenderlo. Me aterraba el hecho de que toda la bella música en este mundo podía desaparecer. ¿Acaso no existía una forma segura de conservar la música?

Acudí al Instituto de Bibliotecología con el fin de conservar la música. Un pelmazo apareció sin dejar de sonreír con falsa amabilidad.

—Buenas tardes —dijo—. ¿En qué lo puedo ayudar, señor?

No le devolví el saludo. Fui directo al grano.

—Mis discos compactos se están jodiendo a causa de que la luz está transparentando las pistas. Al menos así me lo dijo el encargado de sistemas de mi trabajo.

Los gestos que puso me hicieron retorcerme del coraje. Parecía decirme: “¿Y eso a mí qué me importa?”

—Quite esa cara y ayúdeme. ¿Qué puedo hacer para conservarlos? ¿Conoce alguna técnica que impida que la luz termine por acabar mis discos?

—Señor, ¿por qué no convierte sus discos en archivo digital? Estoy seguro de que…

La misma cantaleta de siempre. ¿No sabían otra tonada?

Mi siguiente destino fue la famosa calle de El Salvador en el Centro. El primer establecimiento era digno de la Edad Media: tenían tan solo fierro viejo, circuitos expuestos, cables desparramados en el suelo y aparatos inútiles. Era un cementerio electrónico, el penúltimo paradero de las máquinas antes de terminar en el basurero. Unos segundos bastaron para irme de ahí.

En el siguiente se escuchaba a todo volumen una espantosa canción pop. Una muchacha era la encargada de atender, pero era obvio que no tenía idea de lo que vendía. Estaba más concentrada en escuchar aquella bazofia que en atender a sus clientes.

El último local estaba oscuro y silencioso. Había olor a arena de Egipto en el ambiente, ese olor que arrastra el tiempo: sarcófagos, pirámides, cavernas. Sobre el aparador se hallaba una lámpara antigua de latón, con un foco que rayaba lo rojizo. Los equipos lucían a la vista en finas vitrinas, sin una sola partícula de polvo. Un hombrecillo con anteojos de fondo de botella lo atendía.

Aunque dudé de poder encontrar una respuesta, corrí el riesgo y toqué la campanilla. Apenas alcancé a decir:

—Buenas tardes.

El hombrecillo leía la edición matutina del periódico. Levantó la mirada y ajustó sus anteojos. Sus cabellos canos se desperdigaban en todas direcciones sin un claro orden.

—Buenas tardes, ¿en qué lo puedo ayudar? —su voz sonaba áspera, aguardientosa, como el motor de un bote a punto de expirar en el desierto. Sus ojos eran tan pequeños que estaba seguro de que desaparecerían en cualquier momento.

Desesperado, me incliné ante él y expliqué:

—Necesito encontrar la forma de que mis discos no se transparenten. Mire —mostré los discos. Sus ojos cobraron tamaño a medida que los inspeccionaba, como si se trataran de huesos de dinosaurio enterrados y él fuera alguna clase de paleontólogo.

—Lo siento mucho —dijo—. La capa de aluminio se ha desgastado por completo. Esto se debe a la luz y al inevitable paso del tiempo.

—Lo mismo me dijo el encargado de sistemas que trabaja conmigo. Por amor de Dios, ¿qué puedo hacer? ¡Dígamelo!

—Su música —expresó firmemente convencido— puede llegar a sobrevivir siempre y cuando se almacene de la forma adecuada.

—Por supuesto que lo hago así. Y es original, si pensaba otra cosa. No compro música pirata. Eso es algo de lo más deleznable.

—No me refería a eso —intervino—. La música se puede conservar sin recurrir a aparatos simples.

Moví la cabeza en señal de confusión y dije:

—¿A qué se refiere? No lo sigo.

—Mis discos de orquesta sinfónica desaparecieron debido al uso y al desgaste —respondió. El hombrecillo no parecía improvisar sobre la marcha. Sabía de lo que estaba hablando—. También me preocupó que la música estaba dejando de existir y entré en una profunda crisis existencial, una muy severa —me miró a los ojos y continuó—: ¿conoce la teoría evolutiva de las especies del naturalista Charles Darwin? Propuso que los seres mejor adaptados a su medio ambiente son los más capaces de sobrevivir. La música no está exenta de esta teoría. Es una clase de vida, una muy adelantada. Puede nacer, crecer, reproducirse y morir.

Lo observé por un momento antes de replicar:

—¿Cómo puede estar tan seguro? La música no puede ser así. No es ninguna clase de organismo común y corriente. ¡No tiene existencia física!

Levantó el dedo índice a la altura de su rostro.

—En eso está usted equivocado. Se ha propagado por espacio de cientos de años y ha recorrido todo tipo de escenarios, algunos muy duros provocados por el hombre y la propia naturaleza. Es poco perceptible que alguien note el final de la música, pero me parece que a usted le ha llamado poderosamente la atención.

—No solo me ha llamado la atención, sino también me horroriza. Pensar que llegará el día en que la música desaparezca me llena de mucha tristeza.

—Eso no ocurrirá: no si dejan de tratarla de la misma forma convencional. Lo he estudiado, desde luego que sí. La música es riqueza. Se puede encontrar en todas partes: en estaciones de radio, discotecas, salones, fiestas, bares, plazas públicas. Lo que no sabe es que se trata de organismos auditivos, no corpóreos, no visuales. Este es el primer síntoma de muchos. Por fin se darán cuenta de que algo importante se estaba fraguando en nuestros cerebros.

Coloqué mis manos en el mostrador y solté un bufido.

El hombrecillo continuó:

—Las plantas y animales no solo necesitan de alimento y reproducción para subsistir. Requieren también de lo que Charles Darwin propuso hace más de un siglo: adaptación. La buena música se adapta por sí sola.

Luego de escucharlo hablar puse más atención en sus argumentos:

—La música tiene vida propia, señor. No vive en un reproductor cualquiera, ni siquiera en una cámara de concierto o en un silbido. Empleando la vieja cuestión de si un árbol produce ruido en un bosque solitario sin que nadie lo escuche, aquí sucede lo mismo. No hay oyentes ni audiencia; por consiguiente, no hay música. Así de simple. Lo mejor sería salvaguardarla y escucharla cada vez que queramos evocarla.

Me aventuré a decir:

—¿Se refiere a un archivo? ¿Un injerto de chip? Eso es algo que ya se está estudiando.

—¿Necesita de un archivo o chip para jugar con su perro? ¿Para presenciar un atardecer? ¿Para disfrutar la compañía de una hermosa mujer? Tal vez la tecnología convencional le ofrezca todo eso sin salir de casa. Aquí estamos hablando de cosas perceptibles. La música, la más bella de todas, puede sentirse y apreciarse, ¿no es así?

Quería creer que así era, pero no estaba muy seguro. Luego hizo una seña con su mano y me pidió que lo acompañara a la parte de atrás de su establecimiento. Lo seguí. Cerró la puerta, encendió una luz y me encontré con una infinidad de frascos colocados en aparadores de vidrio. Dentro de cada frasco se encontraba el nombre de un compositor en específico, desde Bach hasta Leonard Cohen.

Entonces dijo:

—¿Qué le parece?

—Muy bonitos frascos, señor —dije con ironía—. Me agradan. ¿Por qué los nombres?

—Porque en ellas se alojan las interpretaciones de las personas que usted ve en ellas. También están agrupadas en compositores —el hombrecillo tomó el primer frasco que descansaba al borde del aparador. Lo examinó como si se tratara de la primera vez que lo veía y dijo—: ¿le agrada Maria Callas?

—Por supuesto. Tengo una vieja colección de acetatos con su música.

—Entonces deléitese con esto.

Abrió el frasco y me lo mostró de frente al rostro. Una tromba musical acompañada de la increíble voz de la Callas reventó en mi cara. Sus cuerdas vocales me despeinaron. La melodía vibró y continuó por un considerable lapso. La seguimos a través de nuestros oídos. Curveó alrededor de la sala como si se tratara de un extraviado petirrojo. Podía escucharse a la perfección su revoloteo.

Luego de un largo minuto la estridente e inquieta melodía buscó refugio dentro del frasco. Lo tapó y devolvió a su lugar como si nada hubiese pasado.

No fue necesario que me restregara los ojos para hacerme salir de ese extraño sueño. De ser posible recurriría con el otorrinolaringólogo para hacerme una revisión profunda de los oídos y convencerme de que esto no era ninguna alucinación.

El tendero sonrió como si estuviera a punto de realizar una importante venta. Tomó otro frasco antes de que se me ocurriera hacer la primera de mil preguntas. La abrió, pero el sonido tardó en hacerse presente. Ahora se escuchaba un tango proveniente de la grave voz de Carlos Gardel, tan sutil y lacrimosa que parecía susurrarme e invitarme a dar unos pasos de baile. “El día que me quieras”se percibía mejor que en cualquier otra forma que no fuera en ese frasco.

Esta vez no hubo ninguna orden del hombrecillo para que la voz de Gardel regresara a su lugar: logró entrar en el frasco con entrecortados sonidos. Después de eso el tendero cerró la tapa, satisfecho, y lo dejó en su lugar.

Quedé tocado por tan asombrosa presentación. Volví la vista hacia las vitrinas y no pude dejar de notar que eran miles de pequeños frascos, cada uno junto al otro, como si se tratara de libros amontonados en una biblioteca. En las etiquetas se leían nombres como “The Smiths”, “Agustín Lara”, “Edith Piaf”, “Nina Simone”, “John Coltrane”, “Modest Mussorgsky”, “Nat King Cole”, “Frank Zappa”, “Ennio Morricone”, entre otros. Fue entonces que pude articular algunas palabras luego de mi primera impresión.

—¿Cómo pudo captarlos de esa manera?

—Rilke ensalzó la música por inhabitable y esquiva; Baudelaire la comparó con el movimiento del mar. Durante siglos se creyó que pasaba y desaparecía. La música vivía únicamente en la memoria, y bastaba un descuido; una noche sin canto, una generación sin oído, para que se perdiera.

»Eso cambió cuando Edison fijó el sonido en un soporte y, sin proponérselo del todo, permitió que la música fuera reproducida. Desde entonces la música comenzó a depender de un cuerpo: primero frágil, como la cera; luego más resistente, como el vinilo o el disco compacto; hoy en día, convertida en archivo digital. Fue esa materialidad la que transformó la música en objeto y dio origen a los archivos musicales.

»En una época en la que la modernidad expande sus tentáculos con creciente crueldad, los padres de la etnomusicología consideraban urgente registrar las prácticas musicales de las sociedades amenazadas para preservarlas. Así imaginé un archivo que reuniera la música de todas las culturas, a fin de legarla a las generaciones futuras».

—Parece que las melodías están… ¡vivas!

—Es porque lo están. La música tiene vida. Los seres humanos la han evocado tanto que vivirá debido a su matiz atemporal que ni dos Guerras Mundiales, una Guerra Fría y el cambio climático pueden con ellos. Por lo que a mí concierne, si yo destapara cada uno de estos frascos, se esparcirían por todo el globo debido a su naturaleza como medio auditivo. Me atrevo a decir que se trata de una especie viviente, una que no debemos darnos el lujo de perder porque, si no hay música, entonces ¿qué nos queda? El ser humano necesita encontrarse consigo mismo, volverse más sabio, nutrirse con elementos que lo mejoren. La música puede lograr que alcance ese estado.

—Todo esto, ¿tiene algún costo?

El hombrecillo abrió su húmeda boca y sonrió. Acarició los frascos como si se trataran de lámparas mágicas, en espera de algún genio.

—Pues nada —dijo—Yo quiero conservar la belleza. Eso es todo.

Medité mientras me humedecía los labios, repentinamente secos cuando el momento decisivo estaba a su alcance.

—¿Y si se produce una extinción dentro de pocos años? ¿Y si tengo poco tiempo para apreciar la música? ¿Cómo voy a vivir después de esto, sabiendo que la música no tendrá futuro al igual que la humanidad?

El menudo hombre apartó la vista de los frascos y sacó una libreta rechoncha de un estante situado a la altura de su cintura. No dejé de parpadear con rapidez.

El tendero se acercó y me tendió el libro.

—Este es el catálogo —dijo, casi como fuera una orden—. También sirve como bitácora. Mi padre, el padre de mi padre, y su padre, han sido fieles testigos del milagro de conservación. Al final, todos hemos servido a la música.

—Vuelvo a la realidad —expresé—. Ha sido suficiente por hoy.

—¡Tiene que quedarse! ¡Es de vital importancia!

Me detuvo del hombro, justo cuando ya había dado media vuelta. Miré al anciano.

No estaba preocupado ni tampoco muy contento. Parecía librarse de algo. Tras frotarse las manos, volvió a sus aparadores.

—No pude tener descendencia. ¿Quién querría tener una familia con un hombre excéntrico hoy en día? Necesito de alguien que pueda ayudarme a recolectar la mayor cantidad de música. Usted puede ser útil; estaría haciendo un gran favor en nombre de la humanidad y la naturaleza. Ha sido una labor que me ha tomado cincuenta años. Donde quiera que estén, los grandes intérpretes y compositores de todos los tiempos se lo agradecerán.

Acepté aquella propuesta. Escuché los miles de frascos agitarse y golpearse en el borde entre ellos, excitados. Deseaban una sinfonía, una banda, un coro y un cántico con los dioses. Una masa de trinos y modulaciones cruzó por encima mío, buscando la línea de su partitura eterna en marcha. Sentí claramente la música contra el aire, armonía y desesperada libertad.

Y así, preparé mi enorme carga musical justo al otro lado del mostrador.

Input 1

Velmar Ulises Hernández


Título: Input 1
Autor: Velmar Ulises Hernández
González
Medidas: 30.5 x 22.8 cm
Técnica: Acrílico sobre tela

Argumentación de la obra:
En un escenario cotidiano en México, donde la monotonía y la adicción a
los teléfonos impera, estamos sujetos a la gratificación inmediata que
ofrecen dichos dispositivos; nos mantienen como en una especie de encadenamiento invisible. Pienso que depende de lo que queramos meter
a nuestra mente, porque el placer inmediato no requiere ningún esfuerzo y
es altamente adictivo. Me he preguntado qué pasaría si este mismo aparato lo utilizáramos para cuestionar lo que vemos; hablo de lo que vemos con nuestros cinco sentidos –lo perceptivo−, de cuestionarnos si existen otras dimensiones, otros mundos. Quizás suena a locura, pero es algo que otras personas se han cuestionado; entre ellos, científicos. ¿Esos mundos serían mejores o peores al que vivimos? Supongamos que un día −con el conocimiento que hay en pleno año 2026−, se nos ocurre configurar nuestro dispositivo móvil con otro sistema operativo −no al habitual ni tan comercial−, usamos un lenguaje de programación, matemáticas –geometrías no euclidianas, cálculo de superficies paramétricas; incluso, fórmulas de cálculo infinitesimal y teoría de física cuántica… ¿Qué pasaría si al unir todo esto que menciono se generara una puerta a otro mundo, a otro orbe quizás mejor al que tenemos? Sería interesante si el ser que nos observa es un ser benévolo, −en vez de un ser malévolo−, y pudiéramos vivir en un estado de armonía real.

Biocalipsis

Eduardo Honey


Carol tomó el hacha de doble filo del suelo con algo de trabajo. No pude ver con claridad su rostro a través de la empañada transparencia de su casco-capucha. Sin embargo, denotaba resolución por su forma de moverse dentro de su biohazmat, el traje de protección ante peligros biológicos que debemos usar en el exterior. Como si no existieran, dejó atrás los gigantescos cuerpos de Miguel y Gabriel. En el cielo, la legión de ojos malditos nos observaba con placer.

Le indiqué a mi pelotón que recogieran la espada angelical y que avanzaran en fila tras ella. Quería examinar los restos de ambos arcángeles. Empecé por Gabriel. Sus alas estaban apenas cubiertas por deshilachadas plumas. El color blanco se tornó marrón hígado con manchas algo más claras. Al ver de cerca aprecié los minúsculos artrópodos de siete patas, que habían encajado sus quelíceros en la estructura plumaria. Sorbían lo poco del hálito de divinidad que quedaba al tiempo de excretar miles de huevecillos que se pegaban por doquier.

Presté atención al rostro: dentro del humor vítreo de los ojos firmamento nadaban vermiformas cubiertas de escamas y espinas. En la piel de la mejilla salían multitud de delgadas patas en cada forúnculo del grueso de mi pulgar. Los labios estaban secos y al entreabrir la boca noté las encías cubiertas de liquen verde excremento.

Tuve que retirarme unos metros al notar que el abdomen se hinchó súbitamente: no quería ser salpicado de más. La micótica inflorescencia surgió de golpe, arrojando putrefactas vísceras angelicales por doquier. Algunas golpearon mi traje amarillo y dejaron una estela sanguínea, espesa y pegajosa, conforme se deslizaron al suelo.

En cada punta de la inflorescencia fungal estaban plegadas las capuchas del hongo. La estructura empezó a pulsar al absorber la sangre del cuerpo y así hinchar los hongos. Cerré el audio externo para evitar escuchar su canto mientras extendían sus capuchas. Uriel, antes de morir en uno de nuestros laboratorios, alcanzó a decirnos que será maldito aquel que escuchara los necrocantos de la plaga.

Al notar que el cuerpo de Miguel seguía el mismo destino, opté por alejarme y alcanzar a mi grupo. Sabía bien lo que pasaría con la inflorescencia: en cuanto maduraran los hongos lanzarían el grito mandragórico y de sus capuchas-alas las esporas tentaculares serían vomitadas por millares. Cada una aletearía con sus minúsculas y diabólicas alas en búsqueda de su siguiente víctima-huésped.

Cuando se abrieron los sellos las huestes divinas de ángeles, encabezadas por los arcángeles, descendieron para el combate final. Traían consigo el pecado de la ira y del orgullo, así que no nos escucharon. Creían que seguíamos siendo esas entidades creadas con barro en el jardín primigenio, que éramos seres básicos, primitivos y que debido a nuestro libre albedrío habíamos perdido la fe como el camino a la salvación.

Por eso se negaron a recibir el equipo que preparamos desde que Guerra nos susurró sus sueños de armas y destrucción. Sí, resultamos más malditos y nefastos que ese jinete, por lo que, tras un esfuerzo descomunal, logramos rastrearlo y anticipar el siguiente punto para lanzar la insensata locura de pelear y destrozarnos. Descubrimos que, a pesar de ser un ángel caído, su anti divinidad no resistió cientos de megatones. Dejamos inhabitable la mitad de África.

Hambre estaba derrotada desde que llegó. Con cuarenta mil millones de personas en el planeta no bastaban los recursos ni nuestra tecnología. El 95% apenas comían lo suficiente a diario como para seguir vivos. Dejó de recorrer el mundo tras descubrir su inutilidad y fue cuando Azrael lo ensartó para quemarlo con la zarza ardiente.

Nuestro problema principal era Peste: recorría una y otra vez el planeta como si fuera un bólido color excremento amarillo. Extendía por detrás una estela de decenas de kilómetros. De esta caían plagas víricas, bacteriológicas, fúngicas e insectiles. Algunas eran nuevas como aquella que precipitaba el hierro de los tejidos en pequeñas agujas que se enterraban en su sistema sanguíneo. O la que recién detectamos: crecían cristales de obsidiana al interior de los órganos y te rebanaban desde dentro.

Alcance a Carol y el pelotón frente a la entrada a los búnkeres de la zona hospitalaria norte. Con gestos parecen discutir algo, así que me acerco y me indican que están en la frecuencia tres.

—¿Qué sucede? —pregunto.

—Este es el lugar, esto completamente segura, jefa —me explica Carol—. Los mesíasmetros nunca había marcado un nivel tan alto.

Rodolfo se acercó y me lo entregó. Uriel nos enseñó cómo construir estos dispositivos en cuanto se rindió. Con ellos podíamos triangular la posición donde nacería o nació el segundo mesías. Esto hundió la fe de buena parte de los creyentes: ¿cómo era posible que a Dios se le perdiera un hijo en mitad del Apocalipsis y se tuviera que recurrir a un GPS divino para encontrarlo?

—El problema —tomó Rodolfo la palabra—, jefa, es que la puerta está destruida y el interior debe estar totalmente infectado. Nadie pudo sobrevivir.

Maldigo en silencio, medito y ordeno que entremos, que localicemos lo que sea del mesías recién nacido.

Horas después estamos en el área de ginecobstetricia. En una cama reposan los restos del cuerpo de una mujer que fue roída por ratas. Gusanos y artrópodos daemonia siguen devorando la carne. El expediente que Rodolfo encontró reza: “María Guadalupe Zumárraga Díeguez […] 16 años, solicita aborto en el quinto mes […] complicaciones que la ponen en riesgo mortal […] realizado con éxito el […]”. La fecha fue cinco meses atrás lo que implica que daría a luz en el periodo cuando se rompieron los sellos, sonaron las trompetas y se derramaron los cálices.

—Con razón —susurra alguien de la tropa por la radio—el Apocalipsis ha sido un desastre peor, por eso los ángeles y arcángeles estaban tan perdidos. Si había un plan, este se vino abajo.

Estoy por ordenar que nos retiremos cuando Carol nos pide que la esperemos. Minutos más tarde llega con un maletín cubierto de los símbolos de bio y chemohazard.

—Perdón —expresa ella—, tardé en encontrar patología y más en localizar esto.

Abre el maletín que está lleno de frascos con tamaños diversos que contiene sumergidas en algún líquido el corazón, brazos, pies, manos, ojos y corazón de un feto. También hay placas selladas con muestras de tejidos. Carol rompe el silencio y expresa con enorme reverencia:

—Con solo una célula sana que no haya sido alcanzada Peste, podemos clonarla en tres días, jefa.

—¿Clonarla?

—Iba a ser niña, jefa. Y si la clonamos será un nacimiento virgen, ¿entiende?

Al salir, la legión de ojos demoníacos en el firmamento nos mira con odio. Lejos, en el horizonte, se acercan el infecto cometa que es Muerte y el verdiamarillento de Peste.

Le entrego el hacha angelical a Rodolfo y le pido que prepare un perímetro defensivo mientras informa nuestra situación. Podemos resistir con tácticas nucleares y otras sorpresas que cargamos. Mientras sopeso la espada de Miguel le ordeno a Carol y a los dos médicos que corran sin detenerse hacia nuestro búnker. En nuestros laboratorios aguarda nuestra famélica, humana, esperanza. Quizás solo así podamos resolver lo que no logró un Dios difunto, ni sus exterminadas huestes divinas.

Créditos del Fanzine Delfos 7


Consejo editorial Fanzine Electrónico Delfos 7

Miguel Ángel Almanza Hernández
Director general y editor

Mayra Daniel Arganis
Consultora editorial y corrección de originales

Evelyn Vega
Coordinadora musical

Marina Alejandra Cortés Islas
Community manager

Nahum Balbuena Borges
Propuesta de ilustraciones

Marisela Hernández Barrientos
Producción ejecutiva

Yolanda Pomposo Díaz
Diseño editorial

Escritores

Ana Jácome. Ferviente lectora de lo inusual. Amante de monstruos y extrañezas. Sus cuentos y poemas han sido publicados en proyectos digitales como Penumbria, Especulativas y Letras Insomnes; en el número 7 de la revista Cuentística y en el primer número físico de Letras Insomnes, así como en las antologías Navidades Paralelas y Triskadekafobia de la editorial Lengua de Diablo. En 2024 publicó de forma independiente “Historias que me contaron”, colección de relatos dentro del género del terror.
Dante Márquez Martínez (Ciudad de México, 2002) estudió biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM y es escritor de cuentos en sus tiempos libres. Ganó el 2do lugar en el concurso de cuento de horror “Nyctelios” 8va edición. Ha colaborado con cuentos para la revista Penumbria (Penumbria Bizarra #59 y Penumbria Marina #60) y con la Navaja Extraviada Fanzine Vol. II). 
Eduardo Honey. (México, 1969) Ing. en sistemas. Autor de Códex Obsidiana, Espejos Humeantes Cósmicos, Cronofauna, Séptima Puerta y Firmamentos Ocaso. Participante desde los 90s en talleres literarios bajo la guía de diversos escritores. Publica constantemente en plaquettes, revistas físicas, virtuales e internet. Textos suyos han ganado premios o fueron finalistas. Participa en diversas antologías e imparte talleres de escritura. Pertenece a la generación 2020-2022 de Soconusco Emergente. Cursa la Licenciatura en Creación y Estudios Literarios del Centro Morelense de las Artes. Prepara dos libros de cuentos y su primera novela.
Fernando Morales.  Estudió la maestría en Literatura Aplicada por parte de la Universidad Iberoamericana de Puebla. Su línea de creación se centra en lo fantástico y la ciencia ficción. Ha realizado diversos talleres de escritura en la ciudad de Oaxaca, México. Coautor del libro Contar e interpretar. Manual de narrativa literaria (ed. Universidad Iberoamericana Puebla). 
Rebeca Perez Gutiérrez. Escritora del libro “HABITANTES DE LA OSCURIDAD” y relatos publicados en distintas antologías de “Gold Editorial” 
Martha Camacho.  Premio Nacional de Cuento ‘Efraín Huerta’ 1990. Algunas menciones honoríficas que  no me acuerdo. Cuentos publicados en Asimov Ciencia Ficción en Español y en varias antologías del género, así como en las revistas Espejo Humeante, Colectivero, Anapoyesis y miembro activo del Gran Colisionador de Textos Especulativos desde 2021 y de la Tertulia de Ciencia Ficción de la Ciudad de México desde 2019. Miembro del Club Star Trek México Base Aztlán, USS Carroll, USS Erasmus, Capitán. 
Mauricio del Castillo (Ciudad de México, 1979) ha publicado cuentos en diversas páginas y revistas, algunos de ellos recopilados en dos colecciones: La variable multimillonaria y otros relatos (2012) y La nave de la discordia y otras piezas de anticipación (2014). Entre sus novelas se encuentran Metástasis mental (2017), El huevo de !knat (2020), Los advenedizos (2022) y Los dominios del caos (2025). Ganó el primer Concurso de Cuento de Ciencia Ficción del Festival Semillas 2020 con el relato "La gente de la capital".
Victor David Manzo Ozeda. (Scardavino). Nací en Mexicali y actualmente resido en Durango con mi esposa, mi hija y varias mascotas. Soy autor de las novelas El diario de una mujer dormida, Oneiros y la obra de teatro El último Berserker, disponibles en Amazon. He sido publicado en más de 80 revistas y antologías internacionales, y he recibido varios galardones en narrativa, micro ficción y poesía. Colaboró con textos de literatura y crítica social en mis blogs. Actualmente desarrolló una nueva novela y una serie de cuentos donde exploró temas diversos. Web: https://scardavino.wordpress.com
Yoqsan Berumen (Durango, 1991) es ingeniero en mecatrónica y profesor de
matemáticas y programación. Escribe ciencia ficción. Su obra explora futuros
cercanos y distopías tecnológicas donde la inteligencia artificial, la memoria y el poder redefinen lo humano. Con una prosa precisa y especulativa, sus relatos dialogan con la tradición clásica del género y con las inquietudes científicas del presente y futuro. Mediante sus historias busca despertar pensamiento crítico y curiosidad científica en jóvenes y adultos. Actualmente ha publicado uno de sus cuentos en el #7 de Revista Rocambolesca.


Ilustradores

Leonel Diaz. Autor y lector de historietas, docente e Ilustrador a Sueldo. Cómo autor a publicado "La Senda de los Avatares", "Aventuras Sobrenaturales de Catrina y Kyra" y "Hell Yeah", siendo la primera la más conocida y con mayor número de páginas. Es y ha Sido docente de Dibujo, Ilustración y Fotografía, y dirigido tesis sobre auto publicación, webcomic y cartel, entre otras. Cómo ilustrador ha publicado obra de manera independiente, presentándose como vendedor de la misma en Printfest, Pixelatl, La Mole, La FIL Guadalajara, etc. Ha publicado ilustraciones en diversos números de la revista Crisálida y en el Fanzine Delfos número 2 y 3. Ha escrito reseñas de historietas Mexicanas para la página web de Tandem Cómics. Actualmente inicia también sus incursiones en Art Toy con sus personajes "Lucho" y “Ginoid”. https://www.instagram.com/ilustrador_a_sueldo/ 
Leví Hernández Osorio. Egresado de la carrera de Diseño y Comunicación Gráfica de Universitario Bauhaus y especializado en diseño de identidad gráfica y poster por la UNAM.
Sus obras se han exhibido en Colombia (Intercontinental Bienal 2023) (BUAP), Perú ("Peru Biennale Design" 2021) y en México en CDMX ("Imagina un mundo sin ejércitos: Por la desmilitarización global" 2023) y Oaxaca ("Carteles por el Agua" 2022 y "Un jale por la migración" 2024).
Actualmente es integrante del Colectivo Subterráneos como diseñador, taller oaxaqueño que se especializa en crear grabados con temas políticos y sociales".
Julio Cesar Ortiz (Juls C. Noi). Artista abstracto e ilustrador independiente con un enfoque hacia el lettering, collage digital y análogo, ilustración análogo y digital y muralista proveniente Ecatepec, Estado de México, residente actual en Hidalgo.  Constante colaborador con colectivos y artistas de la región creando y fomentando el arte entre la comunidad con eventos y actividades para el alcance de todos; con más de 10 años de trayectoria ha sido cofundador de colectivos de arte y diseño como lo es Cvlto, Sin limite de tiempo y Ugly Kids Social Club. Su inspiración viene por la historia de la tipografía, sobre todo la tipografía gótica (fragmentada), el grafiti, el dadaísmo, la pintura abstracta como la de kandisky, Elisa García Barragán y Mark Rothko, el diseño gráfico y la escuela de la banhaus, de igual formas tema y estilo de vida delas contraculturas como lo es el punk, los chicano, los gitanos. Cada obra habla acerca de las emociones, la rebeldía, el sentir y nada sin tapujos ni tabúes, solo fluir a través de cualquier herramienta y formato para llegar a expresar su sentir.
 Velmar Ulises Hernández González (1982). Artista autodidacta Artista autodidacta, diseñador industrial y profesor nacido en la Ciudad de México. Mezcla el surrealismo, el arte fantástico, el arte pop y el realismo. Combina escenarios nubosos u acuosos, con ideas oníricas que son fruto de la experimentación del dibujo. Ha participado en varias exposiciones a nivel nacional e internacional, de las que destacan: “Transformaciones en la vida cotidiana por el covid-19” Universidad Ibagué, Tolima, Colombia (2021); “Rangsaaz Art Foundation”, en Delhi, India (2023); exposición de cómic de divulgación científica, Museo Yancuic, Ciudad de Mexico (2025). Obtuvo dos certificados de mérito artístico, en el “Luxembourg Art Prize” 2024 y 2025. 


Músicos

Arturo Moreno, Le Rat, es un músico originario de la Ciudad de México.
En 2008 produjo un ep de cinco canciones con su primera banda, Model71301 (new wave/postpunk) titulado Rise &Erase. En 2023, después de haber tomado clases de composición, armonía e improvisación participó como compositor en la banda Elmarnegro (city pop / techno / trap / alternative). https://linktr.ee/elmarnegro. Durante 2025 compuso y produjo su primer álbum solista como Le Rat, Lux Atómica, donde retrata con su punk electrónico la crudeza de una realidad global marcada por el necro capitalismo, el neocolonialismo, la inteligencia artificial y el genocidio. También es bajista de la banda de glam rock revival Ziggety Zag and the Mechanical Spyders.
https://open.spotify.com/intl-es/artist/7M8ClYl16ZCmf6qhfwNgUP?si=3DD8FBDCRHSKgPRp6_YfjQ https://ffm.to/le_rat
Arnulfo Fuentes Domínguez (Arnulfuz). Es un artista multidisciplinario y multi-instrumentista originario de Toluca, México. Su trabajo desarrolla el cruce entre la música, el arte sonoro, la composición, la improvisación y el performance audiovisual, integrando instrumentos acústicos, procesos electrónicos y exploración sonora como vía para conectar el sonido con la imaginación. 

Ha formado parte de distintas bandas de experimentación y proyectos colaborativos con danza y poesía, donde compone, produce y crea junto a otros músicos en estudio y en vivo. Docente de Arte Sonoro y Arte Interactivo en la Facultad de Artes de la UAEMex, combina su práctica creativa con la enseñanza de distintos procesos del arte.
Evelyn Vega Gutiérrez. Compositora, organista, pianista e improvisadora de música popular y contemporánea de Ciudad de México. Escribe poesía, minificciones, cuentos y canciones. También musicaliza obras de teatro. Sus principales intereses son la literatura, la fotografía, el dibujo, la ilustración, las nuevas tecnologías, el jazz, la improvisación libre y la traducción.  En 2023, gracias a la beca de Ibermúsicas, grabó el disco “Telemático”, junto a NoTch (Colombia), Ana Simón (España) y María Fernanda Rodríguez (Colombia). Su poesía y sus minificciones han sido publicadas en algunas antologías y revistas de Chile, Argentina, México y Estados Unidos. Desde el 2025 es miembro del Colectivo Delfos, revista mexicana de literatura especulativa, donde compone la música para los cuentos que Miguel Almanza lee en vivo por Youtube.
Interferencia Ubik

Ensamble de vibraciones acústicas compuesto por tres formas de vida: María Miranda, Andru Mohebbi y Manuel Mörbius, tres corporalidades poseídas por parásitos acústicos que se escaparon de un laboratorio donde experimentaban con sintetizadores Cassio defectuosos.
Quino Islas. Músico activo de la escena de la CDMX, egresado de Jazz UV. Becario FONCA/Jóvenes Creadores 23-24. Explora el vínculo entre la literatura, la ciencia ficción y la música en sus diversas facetas: desde la composición musical en diversas ocasiones, desde la investigación siendo salvado por Sun Ra (ponente en el 3er Encuentro de Estéticas de Ciencia Ficción del CENIDIAP 2021), o desde la escritura misma como autor publicado en algunas pocas revistas. Actualmente es docente en la UNAM en la ENP. De 2020 a 2025 fue miembro y co-ordinador del taller permanente de escritura y colectivo Gran Colisionador de Textos Especulativos.

Reseña de “La autopsia de Dios”, de Víctor David Manzo Ozeda

Martha Camacho


Fanzine 6, Colectivo Delfos
Octubre 2025 (enero–febrero 2026) “La autopsia de Dios”, Víctor David Manzo Ozeda.

Este cuento —y su solo título— me obliga a la prudencia, dado mi agnosticismo. Víctor relata, paso a paso y de forma minuciosamente documentada, el procedimiento de autopsia de algo que fue hallado. O de alguien. Una entidad que no posee el santo y seña de la humanidad, y cuya naturaleza no logro comprender de inmediato: ¿por qué Dios?, ¿por qué algo divino?… hasta que reparo en los números.

Sin duda son una pista. Cero siete con cuarenta y siete horas. Ochenta y tres metros de altura.
Tres mil novecientos ochenta kilogramos. Hay un tres —o la ausencia de un tres— en todas partes.

¿Es una señal?

Ciento veintidós placas de cristal dentro del cráneo. ¿Pero es un cráneo? No se habla de un rostro, y me quedo con la inquietud de saber qué estaba inscrito, a nivel microscópico, en cada lámina cristalina: qué designios, qué leyes, qué hoja que no habría de moverse sin la voluntad de Dios.

El esfuerzo concienzudo de los expertos termina perdiéndose en el desconcierto ante la ausencia de un objetivo último. Porque, a fin de cuentas, una de las preguntas que plantea Víctor en su historia es brutalmente simple: por el solo hecho de que podemos hacerlo, ¿debemos hacerlo?

La narración nos obliga a confrontar toda nuestra creación —lo que hemos logrado y lo que no—: cruzar océanos de aire y de vacío, separar el átomo, crear virus mortales… todo desemboca en una incertidumbre final: ¿valió la pena?

Desde nuestros propios e insignificantes motivos —o nuestra sed de conocimiento— hasta los del Otro (ese que se supone nos creó), surge la duda esencial: ¿tenemos derecho a desmenuzarlo todo hasta un último fin? ¿O estamos destinados a toparnos con el peor de los abandonos: que nunca hubo un motivo real, que fuimos hechos de forma automática, que no existió voluntad divina y que siempre hemos estado solos?

Condenadamente solos.

¿Y por qué habríamos de importarle a algo artificial, por más que lo hayamos deificado?

Y basta de preguntas; espero no haber hecho spoiler; vayan al cuento y saquen sus propias conclusiones.

Víctor seguramente les dará su bendición.