El remolino de Pantitlán

David Barrera


Cada vez que oigo la lluvia, se amontonan los recuerdos de aquellos días en los que podía ver el pasado y el futuro. Más aún, revivo la destrucción, los muertos y mi desgracia: aquella que resultó tras adquirir ese horrible don.

Empezó durante los tormentosos años de mi juventud en los que trabajé como empleado de limpieza. La estación Pantitlán me apabullaba con sus túneles, pasillos superficiales y pasarelas elevadas que forman un complejo entramado por donde se apresuran miles de almas y en donde hay un vasto y concurrido paradero. Entre mis muchas labores, se me asignó limpiar un largo pasaje elevado del que salen, como patas de insecto, dieciocho escaleras hacia el paradero y desde donde se ve el aeropuerto y el Peñón de los Baños. Recuerdo que la señalización de aquel pasillo estaba cubierta de estampas que habían puesto los grafiteros. Mi trabajo, entonces, fue quitarlas hasta descubrir el nombre de la estación y, sobre todo, el ícono, el cual muestra dos banderas ondeando.

—¿Por qué tiene esas dos banderas? —me pregunté—. Bastaría con que dijera Pantitlán, y ya.

Mientras trabajaba vi a un joven muy flaco y demacrado, cuya expresión hacía parecer como si se le hubiera metido un bicho en la cabeza que le mordisqueaba el cerebro. Sus ojos oblicuos y vidriosos miraban hacia el paradero, al tiempo que sus constantes espasmos y sus sucias manos insinuaban que aquel muchacho vivía bajo un tormento constante e irremediable. Algunas personas lo pateaban y lo insultaban por estorbar el paso, ya que estaba sentado en el peldaño superior de una escalera muy concurrida.

—Quítate o te van a volver a patear —le dije al acercarme y tocar su hombro.

—No importa —respondió aquel muchacho con voz temblorosa—. Les devolveré sus patadas cuando estén muertos.

—¿Te sientes bien?

—¿Quién puede sentirse bien en un mundo como este? —dijo y, luego, señaló hacia el paradero—. Tan sólo mira este lugar: primero fue un lago vasto y hermoso, pero ahora es un basurero abominable. Y todo por culpa de los hombres que construyeron sobre el fango hasta terminar en esto a lo que llamamos ciudad, ¿entiendes?

No dije nada.

—¿Acaso no sabes que aquí existió un remolino cuya fuerza destruyó embarcaciones y mató a sus tripulantes? —continuó—. Los hombres antiguos, en su sabiduría, colocaron banderas alrededor de aquel fenómeno con el fin de advertir del peligro. Por eso el ícono de la estación del metro Pantitlán muestra dos banderas ondeantes. Pantitlán significa entre banderas. ¿Entiendes?

No supe qué decir y tartamudeé.

—Vaya, eres un ignorante… No me sorprende —continuó—. Así como tú limpias el pasillo, muy pronto, los dioses harán lo mismo con toda esta porquería. Será algo bello y catastrófico. Habrá miles de muertos y, entre ellos, aquellos que me patearon hace unos momentos.

—Sí, claro —dije al tratar de cortar la plática.

—Y cuando eso suceda —dijo con hosquedad—, obtendré el máximo honor que puede adquirir un hombre.

Días después, le conté al viejo Horacio la extraña experiencia que había tenido con ese joven.

—El tipo se llama Jesús —dijo Horacio con desdén—. Es un loquito que sólo habla de catástrofes, el fin del mundo, sangre, muertos y no me acuerdo qué tantas tonterías más. Al principio lo escuché por mera curiosidad, pero un día le pregunté cómo sabía todo eso y me dijo que podía viajar en el tiempo con sólo usar su mente. Solté una carcajada al oírlo y él, enojado, levantó la voz y agregó que podía demostrarlo. Sólo requiero de tu fe, rebuznó el imbécil al poner cara de santo. Eres un charlatán barato, le dije y me hice el sordo.

—¿Y cómo iba a demostrarlo? —interrumpí a Horacio, con curiosidad.

—No sé. Y no me importa —dijo mi compañero—. Nunca he creído en charlatanes.

Esas palabras me intrigaron, así que busqué a Jesús durante semanas. El día que lo encontré, lo vi caminar en círculos en el paradero, con las manos extendidas hacia el suelo y con una expresión de loco.

—¿Qué tanto me ves? —me preguntó—. Estoy seguro de que ya hablaste con ese viejo tonto de Horacio, pero nada de lo que él haya dicho es cierto.

—¿Ni viajar en el tiempo? —pregunté.

—Viajar en el tiempo con los medios de hoy en día es imposible. Sólo un idiota creería semejante cosa.

—Horacio dijo que podías hacerlo con tu mente —afirmé—. Además, dijo que podías demostrarlo.

Se quedó en silencio por unos segundos y sus ojos vidriosos y cansados se fijaron en mí.

—¿Realmente crees que puedo demostrarlo? —preguntó.

—Sí —dije—, quiero comprobar si es verdad.

Soltó una risotada y aplaudió.

—No pierdas la fe, idiota —dijo.

Enseguida, lo insulté y él me escupió a los ojos.

Una tarde, tras haber barrido, me recargué en el pasamanos y miré hacia el encharcado paradero. Era domingo, así que había poca gente y unos cuantos camiones estaban estacionados. Tras algunos segundos, me sentí contagiado de la tranquilidad de aquella tarde y hasta tuve ganas de una cerveza.

De repente, mis manos empezaron a temblar y los músculos de mi cuello y rostro se contrajeron. Asustado, quise respirar y tranquilizarme, pero los espasmos se convirtieron en ataques que me llevaron al suelo y me hicieron gritar y babear. Entonces, para mi asombro y terror, el sol se movió lentamente hacia el oriente y, en segundos, cruzó el firmamento y dio paso a la noche. Me quedé asustado entre las repentinas penumbras hasta que el sol apareció en el occidente y cruzó de nuevo.

Así lo hizo una y otra vez. Sus revoluciones se volvieron rápidas e hicieron de la estrella un ave de fuego, cuyos viajes borraron la ciudad e hicieron aparecer cuerpos de agua que se extendieron hasta formar un lago inmenso. Luego de muchos viajes, el ave se posó en el cenit y vi una ciudad sobre el agua con muchas calzadas y templos blancos y majestuosos.

Miré a mi alrededor y pude reconocer el Peñón de los Baños, el Peñón Viejo y el Cerro de la Estrella rodeados de agua y con sus jorobas cubiertas de vegetación. Quise ver de cerca la ciudad, pero una fuerza me llevó por muchos kilómetros sobre el lago hasta que vi un espacio rodeado por astas con banderas ondeantes. Para mi asombro, en el centro chocaban dos corrientes que formaban un feroz remolino, cuya fuerza estremeció mi alma y me hizo imaginar las cavernas subterráneas que se encontraban al cruzar aquella boca.

De pronto, un par de canoas se acercaron. En una de ellas iba un niño de unos once años que estaba amarrado con sogas. Su aspecto era similar al de Jesús, ya que se veía demacrado y parecía no tener control de sus manos temblorosas. Navegaron con cautela hasta que uno de los remeros desvió la embarcación del niño, la cual hizo ligeros tumbos y se internó con rapidez gracias a la corriente que la atrapó de inmediato. Poco a poco, el ruido y la fuerza del agua aumentaron y la embarcación aceleró hasta que, una vez en el ojo, se volteó y dejó a su ocupante a merced del monstruo que lo tragó con indiferencia.

Cuando la visión terminó, sentí mis músculos acalambrados. La cabeza y los ojos me palpitaban y me dolían, incluso parpadear me resultaba una tortura. Pero la verdadera tortura vino cuando me di cuenta de que las visiones estarían en mi diario vivir y que aparecerían de manera imprevista. Ir a trabajar fue imposible, así que me vi obligado a quedarme en cama bajo el cuidado de mi viejecita y con la ansiedad de ser arrebatado por una visión en cualquier momento.

—¿Qué puedes ver, hijo? —me preguntó con angustia mi viejecita, mientras juntaba sus manos regordetas y temblorosas, ya que se asustó mucho cuando me vio tener una visión.

—Estoy deslumbrado por el futuro —afirmé con voz débil—. Pero todo lo que he visto será destruido por sofisticadas pestes, por los seres de otros mundos que se divertirán pisoteando cadáveres y por la inevitable explosión del sol y la calcinación de la tierra.

Mi madre trajo a un anciano de ojos saltones que me dio varios remedios a base de yerbas y hongos. Durante semanas tomé sus medicinas y me sometí a sus ritos y rezos, pero nada causó efecto. A pesar de su esfuerzo, noté en su rostro la impotencia de no poder hacer nada más. Entonces, una tarde, se sentó en la orilla de mi cama y me habló con honestidad.

—He hecho todo para quitarte esta maldición, pero mis remedios han sido inútiles —dijo de manera solemne—. He pensado que la única manera de encontrar alivio sería si buscas al brujo que te echó esto. Debes encontrarlo, si no, el poder te consumirá hasta matarte.

Durante semanas busqué a Jesús. No importaba cuán débil estaba o cuantas vueltas tuviera que dar a la estación Pantitlán, lo obligaría a sanarme. A pesar de la ayuda de mi viejecita y de mis compañeros de trabajo, no encontré a ese hechicero maldito.

Sin embargo, una noche tuve una visión. Vi un destello blanquiazul y oí un trueno especialmente largo, que me pareció una extensa y macabra nota musical. Se desató una tormenta como nunca antes había visto. Los relámpagos partieron árboles, quemaron cables y mataron personas. Además, poco a poco, el paradero se cubrió de aguas negras en las que flotó basura, granizo y cadáveres. Sobre los techos de los camiones había personas que se resguardaron, pero cuando el agua los alcanzó, muchos se arrojaron sin remedio y nadaron hacia el pasillo elevado. Parecía que se iban a salvar, pero, repentinamente, un vórtice se abrió en el agua, se ensanchó y giró con tanta violencia que los atrajo y los devoró. Para mi sorpresa, entre aquellas personas, estaba Jesús, quien rió a carcajadas cuando lo arrastró la corriente.

Tuve que confiar en aquella pista ya que no había noticias acerca del hechicero maldito. Esperé durante muchos días el relámpago y su consecuente trueno. Lo grabé en mi mente y en mi alma con tal firmeza que lo soñé en un par de ocasiones. Además, hablaba de él todo el tiempo ya fuera con mi madre o solo.

—¿Y estás seguro de que sí va a pasar? —me preguntó mi madre en una ocasión, pero yo me quedé callado.

Los días me convirtieron en un hombre de una delgadez enfermiza. Traté de advertir a mis semejantes de la inundación, pero nadie me creyó.

—Déjalo —decía la gente en la calle—. No hace daño a nadie. Simplemente está loquito.

Esperé muchos días, pero el tiempo me hizo pensar que yo iba a morir antes de ver el rayo. También, creí que ninguna visión que había visto del futuro iba a suceder. Yo era un pobre loco, condenado a morir muy pronto. Y, aunque el suero intravenoso y los cuidados de mi viejita me mantuvieron vivo, yo ya había pensado en suicidarme. ¡Pero ni siquiera pude hacerlo, pues las visiones me dejaron sin fuerza! ¡A duras penas podía parpadear y tragar saliva!

Un día, un repentino estremecimiento me sacudió. «Estos deben de ser los temblores que me llevarán a la muerte», pensé. «Hasta aquí llegué». Pero, para mi sorpresa, la ventana estaba abierta y apareció el destello blanquiazul y oí el trueno, ¡tan largo y estridente que me llegó hasta el tuétano! Traté de gritar y de levantarme, pero fue inútil.

—¡El trueno! —gritó mi pobre viejita al abrir la puerta y tratar de levantarme a pesar de su vejez —¡El trueno! ¡Hay que salir!

Arrastré los pies por las calles y apoyé mi brazo en los hombros de mi mamá. Sentí que el soplo del viento y el ruido de las hojas al arrastrarse me reanimaron. Entonces, vi los cielos enegrecidos y las gotas gordas y espesas que cayeron con ferocidad y que, en pocos minutos, inundaron el paradero. ¡No lo podía creer: una visión se cumplía ante mis ojos!

Entonces, busqué entre los rostros aterrados que miraban la acechante y creciente laguna. Mi madre y yo nos separamos y buscamos. Me metí entre la muchedumbre y, al dejarla atrás, vi al miserable hechicero en un rincón en donde el pasillo remataba en una escalera. Sus ojos parecían fascinados con la turbidez del agua, al tiempo que apoyaba sus manos en el barandal e inclinaba su cuerpo hacia adelante. Me apresuré y, justo antes de que cayera al vacío, lo agarré de la cintura y, con mucho trabajo, lo arrojé al suelo. Jesús se levantó y me reclamó por haber frustrado su suicidio.

—¡Quítame esta maldición! —le grité, mientras trataba de someter a ese hombre, tan flaco como yo.

—Quedarías peor —dijo entre risotadas y trató de soltarse—. Mejor sigue mi ejemplo.

—¡Yo no te pedí esto!

—¡Sí lo hiciste! —gritó—. Acéptalo. Yo soy Jesús, tu señor. Y tú eres Juan, mi apóstol, vidente y revelador.

En ese momento, el vórtice se abrió rápidamente y atrajo a los pobres hombres y animales. Al mismo tiempo, insistí y golpeé a Jesús con todo mi odio, pero, de manera inesperada, me escupió a los ojos y sentí que su saliva se metió hasta llegar a mi cerebro.

—¡Vive si así lo quieres! —exclamó y, enseguida, corrió hacia el barandal y brincó sobre él.

Lo que quedó fue un agujero, cuyas orillas se desgajaban a pedazos y caían hacia una profundidad desconocida. Durante meses, una paz macabra inundó la ciudad. Y aunque yo dejé de ser castigado por las horribles visiones, poco a poco, mis ojos se debilitaron al punto de no mostrarme ningún color ni imagen, dejándome en la nada.

David Barrera. Nací el diecisiete de noviembre de mil novecientos ochenta y cuatro en la Ciudad de México. Estudié la licenciatura en Literatura Dramática y Teatro en la UNAM de donde egresé como dramaturgo. Actualmente, trabajo para la Editorial San Pablo.

Reseña de “La autopsia de Dios”, de Víctor David Manzo Ozeda

Martha Camacho


Fanzine 6, Colectivo Delfos
Octubre 2025 (enero–febrero 2026) “La autopsia de Dios”, Víctor David Manzo Ozeda.

Este cuento —y su solo título— me obliga a la prudencia, dado mi agnosticismo. Víctor relata, paso a paso y de forma minuciosamente documentada, el procedimiento de autopsia de algo que fue hallado. O de alguien. Una entidad que no posee el santo y seña de la humanidad, y cuya naturaleza no logro comprender de inmediato: ¿por qué Dios?, ¿por qué algo divino?… hasta que reparo en los números.

Sin duda son una pista. Cero siete con cuarenta y siete horas. Ochenta y tres metros de altura.
Tres mil novecientos ochenta kilogramos. Hay un tres —o la ausencia de un tres— en todas partes.

¿Es una señal?

Ciento veintidós placas de cristal dentro del cráneo. ¿Pero es un cráneo? No se habla de un rostro, y me quedo con la inquietud de saber qué estaba inscrito, a nivel microscópico, en cada lámina cristalina: qué designios, qué leyes, qué hoja que no habría de moverse sin la voluntad de Dios.

El esfuerzo concienzudo de los expertos termina perdiéndose en el desconcierto ante la ausencia de un objetivo último. Porque, a fin de cuentas, una de las preguntas que plantea Víctor en su historia es brutalmente simple: por el solo hecho de que podemos hacerlo, ¿debemos hacerlo?

La narración nos obliga a confrontar toda nuestra creación —lo que hemos logrado y lo que no—: cruzar océanos de aire y de vacío, separar el átomo, crear virus mortales… todo desemboca en una incertidumbre final: ¿valió la pena?

Desde nuestros propios e insignificantes motivos —o nuestra sed de conocimiento— hasta los del Otro (ese que se supone nos creó), surge la duda esencial: ¿tenemos derecho a desmenuzarlo todo hasta un último fin? ¿O estamos destinados a toparnos con el peor de los abandonos: que nunca hubo un motivo real, que fuimos hechos de forma automática, que no existió voluntad divina y que siempre hemos estado solos?

Condenadamente solos.

¿Y por qué habríamos de importarle a algo artificial, por más que lo hayamos deificado?

Y basta de preguntas; espero no haber hecho spoiler; vayan al cuento y saquen sus propias conclusiones.

Víctor seguramente les dará su bendición.

«Canek» de Ermilo Abreu Gómez

Miguel Almanza


Jacinto Canek es el arquetipo de héroe universal, el hombre sensible y fuerte, con la temple y el coraje para admirar la belleza y enfurecerse con la injusticia. Sus explicaciones son poéticas, “la doctrina” de Canek, repleta de verdades, afianza el coraje del que surge la rebelión. Es un libro entrañable y sencillo, es una historia hecha un poco al modo de la historieta, por su brevedad y la nitidez de sus imágenes, trata del resurgimiento de un príncipe para defender y luchar por su pueblo, una leyenda.

Es una novela breve, pero no hay que dejarse engañar, es simple en apariencia. Creo que lo que hace una novela no es la extensión, sino la complejidad de su narración, de los eventos y personajes que tejen entrañas de significado y sumergen al lector en la experiencia literaria. Y «Canek» cumple con ello. Hay partes que son muy emotivas, tiene un claro matiz nacionalista con una visión mestiza y romantizada del indígena, pero que mantiene un simbolismo profundo. El autor logra un mundo y una historia que muestra la belleza y denuncia la injusticia con pocos elementos conjugados, rasgos y significados profundos, como el nombre mismo de “Ah Kann Ek” que es un vestigio de los nombres de los gobernantes antiguos.

Al tener un poco de conocimiento del nombre del personaje, la novela cobra forma, su profundidad es ineludible porque se proclama heredera de una cultura; acusa la guerra de castas, el racismo y el clasismo del hombre blanco. Ermilo Abreu Gómez hace homenaje a sus raíces, en ambas bifurcaciones, la europea en su romanticismo literario, y la maya por el tema, el personaje y su mundo.

La brevedad de esta novela se ve repleta de una cosmogonía de resistencia, esperanza y humanidad.

La filosofía interminable de Ende: La mentira como poder desfigurado

Roberto Carlos Garnica Castro



Ilustración de entrada: “ El secreto del lobo” por “Yami” Hernández.

Silfos nocturnos, fuegos fatuos y comerrocas, una tortuga gigante, un monstruo proteico y un dragón de la suerte, oráculos y esfinges, hombres lobo, brujas y vampiros, tres niños (una emperatriz, un héroe y un lector apasionado), y muchas otras criaturas fantásticas, hacen de La historia interminable un impulso para soñar y viajar. 
Es también un texto que estimula el pensamiento. ¿Me acompañas a desentrañar sus tesoros filosóficos?

La mentira como poder desfigurado

En el capítulo noveno de La historia interminable (Ciudad de los espectros), Atreyu se interna en “la capital del más famoso país de Fantasia” (Ende, 2022, p. 161). Deambula entre calles y callejas, castillos de fantasmas y casas embrujadas, gigantescas telas de araña y figuras malditas. Tiene hambre y le rodea un olor nauseabundo. A lo lejos oye “un aullido ronco y gutural que parecía tan desesperado, tan inconsolable, que a Atreyu se le partió el corazón” (Ende, 2022, p. 160). Se dirige, casi hipnotizado, hacia la fuente de dicho llamado y se encuentra con Gmork, el hombre-lobo, con quien sostiene una inquietante conversación.

Además de la historia, que es fascinante, el Capítulo IX aborda varios tópicos filosóficos: el carácter omnipresente del hambre, la interrelación entre la realidad y la fantasía, la necesidad de los relatos fantásticos en la vida humana, la coexistencia de múltiples mundos, la paradójica persistencia de la nada, la diferencia entre historias inventadas y mentira, el peso ontológico de los seres de ficción, el poder sujetador de las ideologías.

Como se señaló en la entrega anterior: “la Nada es el motivo que atraviesa La Historia Interminable, es el antihéroe informe que amenaza con disolver los mundos, es la no-cosa que de algún modo todo lo rodea” (Garnica, 2025). En Ciudad de los espectros reaparece el tópico de la Nada y se engarza con el de la mentira. Esta relación incluso genética (la mentira procede de la Nada) tiene un fondo existencialista pues “el hombre es el ser por el cual la nada adviene al mundo” (Sartre,1966, p. 66) y, al parecer, es el único capaz de mentir y engañarse a sí mismo.

A manera de diálogo entre un ser fantástico (Atreyu) y una entidad híbrida (el hombre-lobo), Ende expone algunas reflexiones al respecto.

El joven piel verde empieza por plantear, de manera sorprendente: Yo soy Nadie (Ich bin niemand). Así se presentan enunciaciones en las que, al darle nombre propio a la negación, no es claro si existe o no un sujeto de la acción: “Nadie me ha oído, Nadie ha venido hasta aquí y Nadie ha hablado conmigo en mi última hora” (Ende, 2022, p. 162), sentencia Gmork. Más allá del juego de palabras que evoca el grito de Polifemo cuando Ulises le clava una estaca en su único ojo: “¡Nadie me hiere!, ¡Nadie me mata!”, esto lleva a Atreyu a cuestionar su existencia y, entonces, el hombre-lobo le explica que sólo es un ente de ficción, un sueño, una invención del reino de la poesía, parte de una Historia Interminable, “real” sólo en la fantasía (Cf. Ende, 2022, pp. 165-166), nada más que el personaje de un libro.

Pero regresemos al tema de la Nada, una cosa que debilita y atrae a quienes han perdido la esperanza (Cf. Ende, 2022, p. 163), que se “presenta” como la sensación de haberse quedado ciego y que “paso a paso, irresistible y silenciosa” va “penetrando por todas partes” (Ende, 2022, 171) e, implacable, va tragándose Fantasia.

La pregunta, además, es ¿qué ocurre con los seres fantásticos que se internan en la Nada?: se convierten en mentiras, en “enfermedad contagiosa que hace ciegos a los hombres, de forma que no pueden distinguir ya entre apariencia y realidad” (Ende, 2022, p. 165), en “cadáveres vivientes” que “envenenan el alma… con su olor a podrido” (Ende, 2022, p. 166).

En este sentido, hay que comprender dos cosas:

1) La fantasía, una historia imaginada, no es lo mismo que una mentira.

2) Para un ser fantástico, más grave que la propia desfiguración, es el efecto que puede producir en los seres humanos cuando se vuelve mentira.

Con intuición foucaultiana, Ende desvela que las mentiras pueden ser muy poderosas y tener efectos materiales, pues “los hombres… viven de ideas” (Ende, 2022, p. 167). Cuando son absorbidos por la Nada, los seres fantásticos devienen “imágenes del miedo cuando, en realidad, no hay nada que temer, deseos de cosas que enferman a los hombres, imágenes de la desesperación donde no hay razón para desesperar” (Ende, 2022, p. 166); con mentiras (seres fantásticos desfigurados) se puede manipular a los hombres y hacer que “compren lo que no necesitan, odien lo que no conocen, crean lo que los hace sumisos o duden de lo que podría salvarlos” (Ende, 2022, p. 167).

Es por esto por lo que algunas personas odian y temen la fantasía y se esfuerzan en propagar la más peligrosa y fea de todas las mentiras: que Fantasia no existe.

En esta entrega no abordamos todas las cuestiones filosóficas que se tocan en el Capítulo IX de La historia interminable. Ya habrá ocasión para hablar de ellas. Sin embargo, hemos desvelado en qué radica el poder destructivo de las mentiras y reconocido que la fantasía es importante y saludable para la vida humana.

Referencias.

Ende, Michael (2022). La historia interminable. Alfaguara.

Garnica (2025). La esperanza como superación del nihilismo.En La filosofía interminable de Ende, columna del Blog de Colectivo Delfos. Recuperado de https://colectivodelfos.com/2025/01/26/la-filosofia-interminable-de-ende-la-esperanza-como-superacion-del-nihilismo/

Parménides (2008). Fragmentos, en Eggers Lan, Conrado (2008). Los filósofos presocráticos. Gredos.

Platón (1992). Sofista, en Platón (1992), Diálogos V. Gredos.

Reseña: “Soledad”de José Luis Ramírez Gutiérrez, RAM!

Martha Camacho



Octubre 2025 (Enero 2026)

Miguel Almanza me hace llegar el siguiente cuento y me tiro de cabeza desde el principio.

“Soledad está narrado en primera persona y describe un mundo donde muchas de las estructuras que conocemos ya no son necesarias, eso sí, el texto no propone esto como una liberación ni como una utopía.

No hay aquí un patriarcado responsable: la catástrofe proviene de otro lado, y lo más duro del escenario que plantea el cuento es que no ofrece salida.

Soledad y las suyas son elementalmente sororas, pero esa sororidad no es cálida ni amorosa.

Es utilitaria.

Cooperan porque no hay alternativa. La supervivencia sustituye al cuidado. No hay esperanza —o quizá nunca la hubo— de un cambio real. Todas están en guerra constante contra la muerte y no logran sobreponerse más allá de… pero es hacer spoiler.

En una primera pasada sentí este rollo como un “cuento de abejas”: una organización funcional, biológica, impersonal, donde cada individuo cumple un rol necesario para que el conjunto siga adelante. Pero la analogía apenas se cumple; aquí no hay armonía ni propósito compartido, sólo una forma de seguir existiendo que no concede tregua.

No es un secreto que no simpatizo con los escenarios distópicos, pero este texto está construido desde un punto de vista muy claro.

Si lo que RAM! busca es plantear un mundo sin final feliz y sostenerlo sin trampas, su cuento lo logra. La idea que me deja Soledad es incómoda: no importa cuánto se modifiquen las Condiciones Iniciales (perdón por el lenguaje de teoría del Caos porque caóloga), el resultado —el resultado infeliz— puede ser el mismo.

No propone un futuro deseable, sino uno que no deberíamos permitir: un mundo donde la humanidad queda reducida a función biológica y la cooperación existe sólo porque no hay otra opción.

Quiero creer que la especie es más capaz que el cuadro que pinta RAM!, pero el cuento insiste en algo inquietante: en condiciones de desesperación extrema, no vamos a movernos más allá de lo estrictamente necesario para sobrevivir, independientemente de quiénes queden vivos.

Tal vez sea precisamente romper esas condiciones —y ampliar las miras hacia otros lados— lo que intentamos hacer cuando escribimos ciencia ficción.

Y basta: vayan a leerlo en el Fanzine 6, a RAM! le dará gusto que lo lean y, después, vayan a contradecirlo. Miguel Almanza, por su parte, me preguntará de qué manga saqué tanto rollo.

Martha Camacho. Nacida en 1963, Michoacán. Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta 1990. Publicada en Asimov Ciencia Ficción en español y en varias antologías del género, tanto en México como en España. Jurado del Premio de Novela Fantástica de Ciencia Ficción de la Universidad de Sonora 2025. 

Tierra de nadie


Cristian Fernando Guevara Hincapié


Todo empezó en un foro de la deepweb, con una vieja fotografía de un edificio llamado Surovyy-27, extremo noreste de la ciudad de Verfall: tierra de nadie. Olvidado por la historia, Surovyy-27 tenía un estilo que se inspiraba en el brutalismo soviético, ya saben: geometría radical, futurista, abrumadora casi laberíntica.

Decía un usuario anónimo que, dentro del edificio, había un muro jamás pintado: uno de los pocos muros vírgenes en todos los que había en la ciudad. Tildándolo además de lienzo sagrado.

Entonces un conocido en el negocio de las criptomonedas ofreció un pago a quien encontrara ese lienzo e hicieran un grafiti. Sencillo y directo. Podría casi parecer un timo, pero teniendo en cuenta la deplorable situación socioeconómica en la ciudad… ¿quién no se arriesgaría…?

Axolotl, RataZeta, Fiona, Machete y GatoSeco —seudónimos de artistas en la escena artística de Verfall— decidieron reunirse, colaborar para ganarse ese premio. Dividirlo.

Mientras tanto algunas voces empezaron a replicarse en el foro, decían que varios artistas estaban desapareciendo durante la búsqueda del lienzo.

¿Verdad o mentira? Dicen que los seres humanos asumimos riesgos esperando recompensas prometidas, no es necesario ir demasiado lejos, claramente tenemos los apostadores en los casinos.

Riesgo innecesario, imprudencia o vehemencia —como quieran decirle—, el grupo de artistas exploraron el noreste de la ciudad, cruzaron un enmallado, hasta encontrar varios edificios entre ellos Surovyy-27: agónico, carcomido por la falta de cuidado, intemperie y tiempo.

Cuando cruzaron el umbral de puertas oxidadas, empezaron a vivir el horror porque la puerta que les dio acceso al edificio, terminó atrapándolos, regresándoles al interior del edificio.

Descubrieron que las leyes físicas colapsaban al interior del monstruo arquitectónico como un castillo de naipes —y digo monstruoso: ni figurada ni alegórica ni metafórica ni simbólicamente— monstruoso de manera literal. Atrapándolos en un intrincado sistema interconectado.

Las paredes —recubiertas de incontables grafitis— se extendían en corredores que parecían infinitos y que, algunos, al atravesarlos, los regresaban al punto de origen.

Cada puerta estaba conectada a apartamentos en otros pisos, que variaban con cada apertura. Cada ventana reflejaba escenas que no coincidían con sus ubicaciones.

Notaron como, retirando la vista, así fuera momentáneamente, el edificio mutaba, cambiaba como si fuera un metamorfo gigante, dándole sentido a la paradoja del gato de Schrödinger: dependencia del observador. Y los grafitis, los malditos grafitis que recubrían las paredes, se deshacían y recomponían cada vez que no los miraban: reptaban, evolucionaban, intercambiaban sus lugares, tamaños, colores y apariencias.

—¿Qué? —dijo Fiona, cuando descubrió el cambio. Observaba un grafiti de una mujer siendo quemada en una hoguera y después de parpadear había un hombre siendo empalado, y cuando parpadeó de nuevo, había una mujer lapidada. Fiona sintió pavor y náuseas—. Tengo… miedo.

—Tenemos —dijo GatoSeco, sudando por montones—. Tenemos, Fiona.

—¡Marica, esto es una mierda…! —gritó RataZeta, pálido, cuando cruzó por tercera vez al mismo pasillo. Pateó la puerta con fiereza.

—¡¿Cómo salimos de aquí?! —interrogó Machete, oteando todas las direcciones con la presteza de una ardilla, llevándose ambas manos a las sienes de su cabeza: notablemente desesperado.

Pero para la desgracia del grupo, ya no había forma de salir. Solo caer en el desespero. Y, la desesperación los invadió, con una sensación que, sin siquiera haberlo visto, había alguien más ahí: observándolos en algún rincón de ese escenario abstracto, pesadilla infernal. Esperando. ¿Esperando para qué…?

Fiona, después de cruzar una puerta, dejó de ser vista por los demás, reapareció caminando en el techo, cabeza abajo. Estaba notablemente confundida:

—¡¿Có-Cómo bajo?!

—Regresa —indicó GatoSeco con sus ojos abiertos hasta más no poder.

—¡Miren! —irrumpió RataZeta con el chillido de un animal herido.

Había un grafiti: una calavera siniestra, fotorrealista, que parecía mirarlos, atrás, siluetas humanas, exhibiendo sufrimiento. Y, en la base del grafiti, una frase: “Benditos aquellos que sufren porque sus almas están llenas de delicias…”.

—¡¿Qué demonios?! —chilló GatoSeco cuando leyó.

—Tengo miedo… —expresó Fiona, mirando desde su posición invertida.

—¡Baja! —habló Axolotl.

Fiona, apresurándose, regresó por un pasillo, pero esa fue la última vez que la vieron. GatoSeco decidió buscarla, pero también desapareció.

Machete intentó buscarlos, pero Axolotl le advirtió:

—¡No! Permanezcamos juntos —invitó a ambos: Machete y RataZeta, quienes aceptaron sin dilación.

Ahí entendieron que era verdad lo de los artistas desaparecidos, seguramente atrapados en algunas de las habitaciones perpetuas.

Establecieron un complejo plan: marcaron el camino con aerosol rojo. Pero se dieron cuenta que las marcas también cambiaban de lugar o desaparecían al dejar de mirarlas. El espacio parecía estar vivo. Fue así que Machete en un momento estaba siguiéndoles y después ya no: desapareció.

Axolotl, analítico, lo entendió cuando ya era muy tarde, el edificio no era solo un lugar: era un organismo viviente, sintiente, siempre cambiante, como un parásito dimensional que atrapaba a las personas. Que, dándole un sentido simbólico, atrapaba las almas creativas, las que osaban imponer su versión de la realidad, externalizarlas en los lienzos de concreto. Súbita crítica social al sistema de oposición, porque ser diferente implica ser devorado por la sociedad… por la urbe… “porque lo diferente debía sancionarse…” ¿no? “Benditos aquellos que sufren porque sus almas están llenas de delicias…” porque los artistas sufren…

Axolotl sacudió la cabeza intentando volver en sí. Exhaló profundo. ¿Qué podían hacer? Estaban siendo devorados, no solo por las fauces y entrañas del edificio, sino por sus miedos más primitivos.

Axolotl y RataZeta empezaron a alucinar con cosas que habían vivido y sufrido; infancias destrozadas, adolescencias voraces, juventudes en frenetismo.

—¡Marica…! —expresó RataZeta cuando se detuvo a observar un grafiti.

Axolotl también observó el grafiti: todos sus amigos artistas desaparecidos estaban en un collage macabro. Cinco personas caminaban en una estructura no euclidiana, misma en la que estaban atrapados. Y su firma estaba ahí plasmada: Axolotl.

Y ambos sintieron consternación cuando vieron que en ese grafiti había una entidad abominable, que por piel tenía hileras de ojos de diferentes tamaños, con cadenas que finalizaban en garfios. Acechándolos.

Axolotl no alcanzó a reaccionar. RataZeta fue atrapado por unas cadenas, similares a las del ser abominable en el grafiti, provenientes del fondo del pasillo. No pudo hacer nada mientras su amigo chillaba. Solo pudo correr, para minutos más tarde darse cuenta que había regresado al mismo lugar donde RataZeta fue atrapado, sin rastro de él o del ser.

Cayó de rodillas, confundido.

Ese lugar atrapaba a las víctimas como un trauma psicológico. Persiguiéndolos toda la vida. Enredando cada una de sus acciones. Porque la vida es igual de compleja que ese edificio. Que una cadena enredada. ¿Acaso el edificio era una extensión de la vida misma? Axolotl entendió que nadie respondería esa pregunta cuando escuchó resonar las cadenas detrás suyo.

Cristian Guevara es un escritor y psicólogo colombiano, (1989, Cali). Considera la escritura un espacio para explorar los límites de lo real. Se especializa en poesía y cuento, con una inclinación hacia el suspenso, ciencia ficción y terror. A lo largo de su carrera, ha publicado en un centenar de revistas y antologías hispanoamericanas, algunas son: Pactum, Dogevena, Codex Sulpurista, Revista Albores Caipell, Paladín, Inquisidor, Revista Narrativa, Sonámbulo, El Creacionista, Clan Kütral, Sarape de Neón, La Navaja Extraviada, Nova Talassa, Crónicas Omicron, Aion.MX. Revista Cultural Casa Usher, Voces Indelebles, y otras, consolidando su presencia en el ámbito literario. 

Sálvate

Jessica Pavón


En este tumultuoso mundo

Resolví tomar mis alas,

Ser mí heroína, salvadora.

Alada voy por lo extraño de la vida

resurgiendo como fénix.

De cenizas de otros tiempos

De oscuridad y sombras.

Bajo sofocante sol de enero

Entre luces y lunas rotas.

Voy como abeja dejando aguijones, largando mis penas.

Transformada en otra.

¡No busques ahora a la niña rota!

Busca una loba hambrienta.

¡No busques a la mujer rota!

Busca empoderada reina:

Lejana, altiva y alada.

Jessica Pavón vive en Argentina nació el 30 de enero de 1979. Es docente de escuelas secundarias. Incursionando en la escritura colaboró recientemente con sus poemas en la Revista Literaria chilena Salió Mal, Revista Raíces (California), Visiones Peligrosas y Mujeres Aladas de México. Promueve la lectura en su comunidad en la Biblioteca Popular Enrique Gonino y participó en varias antologías: Lo que el cuento se llevó y Siembra de Versos de Editorial Luxor, Niebla de Editorial Deshoras y Código 2025 relatos policiales de Editorial La Retórica, Argentina en Letras e Invierno de Antologías del Fin del Mundo. Recientemente fue seleccionada para participar en una antología de microrrelatos Umbral de las tinieblas y Revista Amalgama de Letras de España.

Reseña de «Un pasaje sin limites»

Martha Camacho


Releo “Un pasaje sin límites” de Ronnie Camacho; una historia sobre no pagar el pasaje.

Y no logro clasificarlo.

Busco plausibilidad; toda la historia suena muy razonable, las dimensiones están más cercanas y más ‘pegadas’ entre sí de lo que nuestra limitada mente (encerrada en sólo cuatro y con una de ellas que no comprendemos muy bien) concibe y el viajero de Ronnie, quien no tiene empacho en viajar como lo hace, usando los medios que sean necesarios.

Sin importar si son éticos o no.

Genial la forma de viajar; ¿podría ser entonces la música una forma? ¿una canción específica podría llevarte a un nuevo lugar? Doble wow ¿Hay música en cada cuanto?

Quiero imaginarme un láser devorador de materia como alguna especie de agujero negro diminuto, sumamente “laserificado”, es decir, con su fuerza de gravedad ordenada y concentrada en un solo punto, deshaciéndose de lo que haga falta.

Soy una cienciaficcionera insoportable y de inmediato me pongo a calcular detalles técnicos, a imaginar los pesos entre realidades, la interactuación entre partículas, las frecuencias, todo lo que Ronnie escribe de forma directa, práctica, con apenas un toque de poesía entre sus paisajes.

Y lo que comienza como el entretenido relato entre dos que se conocen en un bar, termina en una escena… que claro que no les diré.

Vayan y descarguen el Fanzine #3 del Colectivo Delfos. Miguel Almanza quedará extrañado por el súbito interés y Ronnie con seguridad se reirá malvadamente, al haber añadido varios más, a su pasaje. Se los juro.

Martha Camacho. Nacida en 1963, Michoacán. Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta 1990. Publicada en Asimov Ciencia Ficción en español y en varias antologías del género, tanto en México como en España. Jurado del Premio de Novela Fantástica de Ciencia Ficción de la Universidad de Sonora 2025. 

LA PALABRA DE LOS ABUELOS: Chaakan, el de la cresta color de sangre

Roberto Carlos Garnica


La escritura es mágica y en este preciso instante puedes “oírme” gracias a su poder, pero nunca hay que dejar de abrevar de la ancestral sabiduría oral.
En Papantla, cuna de la hermana vainilla, viven tatas sabios y nanas amorosas que desean compartir sus historias.
Aquí, en La palabra de los abuelos, recupero algunas de esas narraciones y las reelaboro de manera literaria.
En esta ocasión, te presento un mito que me compartió el maestro José Luis González Santiago.

Chaakan, el de la cresta color de sangre

Jun (Colibrí) golpea la pieza de pichoco con el formón, lo hace con alegría y firmeza, pues con cada nuevo golpe se revela el ser naciente de la máscara que utilizará en la danza de los huehues. Es una tarde de octubre y ya se siente el aire de Ninín (Todos Santos).
Jun mira por la ventana cómo Chaakan (el pájaro carpintero) picotea el tronco de un cedro seco. El tac, tac, tac del mazo del niño se entrelaza con el tic, tic, tic del pico del ave.
Jun talla lo que su corazón ha soñado y, como un susurro, el olor del pichoco lo anima: “lo estás haciendo bien, pequeño”.
Chaakan descubre un gusano blanco, lo engulle y sacude su copete rojo.
En ese momento entra Kiwíkgolo (el Señor del monte), se sienta junto al niño, le pide su máscara, la examina con detenimiento, sonríe y expresa complacido:
—Jun, mi niño, posees el don, yo te sostendré para que tu staku (estrella) florezca.
El muchacho apenas lo escucha pues el pájaro carpintero ha raptado su atención.
—Abuelito, ¿por qué Chaakan tiene una corona de fuego?
—No es lumbre hijo, es un recuerdo de sangre. ¿Quieres saber por qué Chaakan tiene esa marca en la cresta?
—A Jun le brillaron los ojitos pues supo que sus tres corazones serían alimentados con bellas palabras.
—Sí, tata.
Y fue así como, inmersos en los latidos transformadores de Máspuxtu Kiwi (El Corazón de la Madera), Kiwíkgolo contó la siguiente historia:

«En la época de la penumbra, cuando los animales tenían un lenguaje común y se comunicaban entre ellos, también había un alimento común: el maíz sagrado.
Todos lo sembraban, todos lo cosechaban, todos vivían de él.
Un día, el grano de maíz empezó a desaparecer, pero, como tenían en abundancia, nadie se dio cuenta.
Pasaron los días y los meses y los animales empezaron a notar la falta del alimento sagrado.
—¿A dónde se va el maíz? —preguntaron unos.
—No sabemos —respondieron los otros.
Pasó un año y más de un año y el maíz empezó a agotarse.
Hubo gran inquietud y los animales líderes cuestionaron:
—¿Dónde está el maíz?, ¿quién se lo está llevando?, ¿hacia dónde camina?
—Nadie sabe.
Y así quedó.
La situación se agravó, ya casi no había maíz, muy pronto muchos animales empezarían a morir, la situación era cada vez más preocupante.
Entonces se convocó a una nueva reunión en la que acordaron:
—Llamemos a Chaakan que por ahí anda, que por todos lados vuela. De seguro él ha visto algo.
Así pues, le preguntaron al pájaro carpintero y éste comentó:
—No sé dónde está el maíz, no sé hasta dónde caminó, pero he visto que Kixis (la hormiga arriera) se lo llevó cargando.
—¿Dónde lo puso?, ¿dónde lo guardó?
—Eso ya no lo sé.
—Investiga y cuando veas que se llevan el maíz, síguelas y nos dices hasta dónde llegan, descubre dónde lo esconden.
Así hizo Chaakan, siguió el camino de las hormigas arrieras y vio que llegaban hasta el pie de un cerro viejo.
Volando veloz regresó a donde lo esperaban el resto de los animales y les dijo:
—Ya vi dónde guardan los granos de maíz.
—Llévanos por favor.
—Sí.
Chaakan (el pájaro carpintero) los acercó al lugar. Allí, al pie de un cerro, encontraron un agujerito y los animales que encabezaban la misión empezaron a escarbar, pero al poco tiempo se toparon con una roca dura y muy grande que no pudieron mover. El maíz aún no se veía.
—Ahora qué hacemos —preguntaron unos.
—Pidámosle ayuda a Chaakan —dijeron otros —, quizá con su pico fuerte logre romper la roca.

Así hicieron, fueron a buscarlo y le pidieron que por favor los ayudara a superar el obstáculo que les impedía avanzar.
Chaakan aceptó y llegó volando a donde estaban todos los demás animales.
Con su fuerte pico empezó a desmoronar la roca poco a poquito.
Pero no tuvo cuidado y dio un fuerte picotazo, entonces el resto de la piedra se le vino encima y le rompió la cabeza.
Se abrió el agujero y descubrieron que detrás de esa roca había muchos granos de maíz que Kixis (la hormiga arriera) guardaba.
Los animales se emocionaron mucho y corrieron a recoger los granos.
Algunos auxiliaron a Chaakan, quien por causa del golpe se había desmayado y sangraba mucho.
El pájaro carpintero sanó, pero se le quedó el copete rojo, como símbolo de la sangre y la ayuda»

—Y fue así, mi niño, como Chaakan encontró el maíz y salvó a todos los animales de morir de hambre.
—Oh, entonces el rojo sangre que pinta su cabeza es la corona de un héroe.
Jun se quedó pensativo un ratito y luego preguntó:
—Tata, ¿por qué a Kixis le crecen alas el día de San Juan y las pierde al mediodía?
—Jun, mi inquieto pajarillo, eso les pasa porque no son dioses, pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Agradecimientos:


Al Maestro José Luis González Santiago, por compartirnos la historia de Jukiluwa, a la que le nacen alas.
Al maestro José López Tirzo, por asesorarnos con la escritura de los vocablos totonacos.

Ilustración:
«El rescate del maíz» autor: Espartaco Garnica.

Literomancia: tres consejos para no caer en el amarillismo literario

Miguel Almanza


Existe en internet una proliferación de textos narrativos con intención literaria de horror o terror (gore, splaterpunk, etcétera) que no cumplen con el precepto narrativo del conflicto. Algunos escritores creen que la simple enunciación del hecho horroroso en un texto con pretensiones literarias, ya convierte su texto en crítica social, pero esto no es así. Si así fuera, el amarillismo periodístico sería denuncia, cuando todos sabemos que no; buscan la mirada fácil, utilizan el morbo para lograr ventas.

A los humanos nos fascina la muerte y la carne, son misterios. Cuando abordemos temas tabú en nuestros escritos, no debemos olvidar que la literatura busca una nueva manera de decir las cosas, una perspectiva diferente, que renueva el abordaje del tema. Primera recomendación: no caer en el efectismo, evitarlo equivale a evitar la carcajada fácil en la comedia.

¿Qué es efectista? Mostrar lo horrendo o grotesco de un accidente o crimen sin que exista una trama, busca generar emociones de modo fácil e irreflexivamente. La imagen de un perro atropellado es horrible, grotesca; causa automáticamente un efecto. Es como cuando en el cine la música suena alta para generar un “susto”, que en realidad no tiene que ver con la calidad de la trama, los personajes o la atmósfera, sino con un reflejo biológico innato del cual no se tiene control.

Para no caer en el amarillismo literario y el efectismo, propongo tres filtros de la violencia o evento tabú que puedes aplicar a tus historias:

1) El mensaje. Tener muy claro el discurso, la idea, el motivo del autor para escribir el texto y cómo se desea abordarlo. Debes saber muy bien qué quieres decir. La confusión y la ambigüedad tienen una cura muy sencilla, tiempo de reflexión, introspección, o lo que se sugiere muy seguido: pensar antes de escribir o hablar. Tener un discurso bien pensado nos hace auténticos y permite conectar con el lector pues no se le está haciendo perder el tiempo, al contrario, se le brinda algo significativo.

2) Lo explícito. Prueba de la omisión; una vez escrito el texto, trata de omitir el evento o hecho violento; o redúcelo a lo mínimo. Si la historia aún se sigue entendiendo, es que en realidad no es necesario el fragmento. La sugerencia suele ser más efectiva y memorable que lo repugnante y explícito, además de que incentiva la imaginación y permite la satisfacción de la inferencia al lector. Recuerda que todo elemento que carezca de función en la historia no merece ser mencionado.

3) Evitar la ambigüedad discursiva, resolver siempre el conflicto narrativo. A este problema le llamo el error del retrato repugnante, que muchas veces pretende ser un retrato de denuncia; una narración de este tipo suele retratar explícitamente un suceso violento y/o grotesco en el cual, el relato termina sin plantear o resolver un conflicto más allá del evento en sí. Apuesta al dramatismo del suceso y al efectismo de lo explícito; no busca enunciar un discurso claro, son textos más cercanos a lo catártico, pues carecen de conflicto: nadie detiene al malhechor, nada antagoniza para crear una lucha de voluntades que permitan crear el vaivén de la historia, es plano.

Al no tener un núcleo narrativo, el texto se convierte en un retrato de lo horroroso, como la fotografía de un evento horrible en primera plana que llama la atención. Busca repugnar o causar un efecto en el lector, pero al carecer de conflicto —y por ende de resolución—, la interpretación se hace ambigua; y el texto que buscaba ser una crítica social, también puede ser interpretado como una apología. Esto es lo que debemos evitar. Para ello resolver el conflicto narrativo es crucial, además de elevar la calidad y brindar tensión narrativa al texto, define el discurso y motivo del autor para la escritura del cuento, aunque este mensaje quede oculto o sea implícito.

Debo subrayar que el error de carecer de conflicto, despoja de la forma literaria al texto; se convierte en un suceso horroroso o una anécdota terrible, tal vez un retrato, pero difícilmente tendrá interés literario. Como dice el cuentista Guillermo Samperio en su libro Después apareció una nave (2002): “Sin conflicto, no hay cuento”. Si evitas el amarillismo literario aseguras cierta calidad de tus textos, además de ganar claridad en el discurso y temas de tus escritos.

Estos tres consejos o filtros tienen la finalidad de mejorar el nivel de tu escritura al abordar temas o eventos tabú. Te recomiendo también, a utilizarlos para analizar los textos de otros: ¿tiene conflicto la narración? ¿Es necesaria la escena violenta para el desarrollo de la trama?¿Qué reflexión nos quiere provocar el autor?