Agua Rosa

Evelyn Vega


Las nubes gritan, una gran tormenta de agua rosa cae sobre la vieja tierra. Todo se inunda.

Los árboles y los pájaros nadan, algunos peces y delfines brincan del cielo gris, una ballena morada aparece en el horizonte.

Colores metálicos crecen, algunas personas silban, y dibujan sueños fantásticos: una nueva tierra ha nacido.

Evelyn Vega Gutiérrez (Ciudad de México, México)

Compositora, organista, pianista e improvisadora. Le gusta escribir poesía, cuentos, minificciones y canciones.En 2023, gracias a la beca de Ibermúsicas, grabó el disco "Telemático" junto a NoTch (Colombia), Ana Simón (España) y María Fernanda Rodríguez (Colombia).Está interesada en la literatura, el dibujo, la fotografía, las nuevas tecnologías, el jazz, la improvisación libre y la traducción.

Su poesía y sus minificciones han sido publicadas en Chile, Argentina, México, EEUU e Inglaterra.

Es coordinadora musical del Fanzine Electrónico Delfos. Desde 2025 musicaliza los cuentos que Miguel Almanza lee en vivo por Youtube.

Reseña: «El remolino de Pantitlán»

Martha Camacho


Releo un par de veces éste cuento, como repitiendo las vueltas de un remolino; los designios de los dioses, la vaga sombra de Tláloc, las referencias al necesario sacrificio y la ignorancia del protagonista.

Las banderas sobre el lago, no quiero hacer spoiler pero ¿cómo hace David para obligarnos a dar vueltas entre escaleras, paraderos y la historia pasada, presente y futura? ¡Y lo hacemos con gusto!

Otra cosa; tal vez los tiempos son circulares y se concentran en un solo punto, al interior de nuestra mente y no los manejamos porque simplemente no los reconocemos; bien pudiera ser que en éste tramo de escaleras, en éste viaje en el metro, ya hayamos ocurrido o ya estuvimos alguna vez, en ese tiempo de agua y banderas.

O es el pasado prehispánico el que predice el futuro, usando sus avatares y demiurgos ¿quien sabe? y todo lo maneja David como una profecía oscura, remota y a la vez, clara, tan obvia que ¿Cómo diablos no se me ocurrió antes?

No se necesita ser adivino para ver lo que sucedería; una vez nos ponen algo bello en las manos lo reconvertimos por no decir otra cosa.

Recuerdo el tsunami del 11 de marzo, cuando muchos japoneses se lamentaban por supuestos pecados, seguros de que los dioses habían mandado ese castigo en forma de olas inmensas y negras de agua, como justa penitencia, como sacrificio de limpieza.

¿Sacrificio el que nos obliga a contemplar David y evitable lo que deja como huella? ¿son culpables los dioses o lo somos nosotros? ¿O fuimos nosotros los dioses y vimos la ocurrencia?

De entre todo resalta: la maldición de ver, la capacidad de mirar y regreso en otra vuelta del remolino mismo; la cosa era obvia desde un principio pero ¿cuál era el principio y cuándo será el final?

En nuestras manos está lo que vemos y de esa vista depende que ese final no se dé.

Y basta.

Vayan a leer este cuento de David Barrera; con seguridad les hará saber cómo se viaja en el tiempo, en los tiempos…

También se felicitará del temor que les ha causado.

Martha Camacho. Nacida en 1963, Michoacán. Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta 1990. Publicada en Asimov Ciencia Ficción en español y en varias antologías del género, tanto en México como en España. Jurado del Premio de Novela Fantástica de Ciencia Ficción de la Universidad de Sonora 2025. 

Manifiesto a México y a todos los demás imperios del mundo

Rafael Alvazález


Mexicanos, este escrito llegará a vosotros; su principal objeto es manifestaros que el mejor de vuestros amigos jamás desmereció el afecto y confianza que le prodigasteis; mi gratitud se acabará con mi existencia. Cuando instruyáis a vuestros hijos en la historia de la patria, inspiradles amor al primer jefe del Ejército Trigarante; y si los míos necesitan alguna vez de vuestra protección, acordaos que su padre empleó el mejor tiempo de su vida en trabajar porque fueseis dichosos. Recibid el último adiós. Sed felices.
—Agustín de Iturbide

¿Cómo no íbamos a perder, si prácticamente peleamos con piedras y palos contra las fuerzas de élite del Imperio Austro-Húngaro? Ahí donde derribábamos a uno de sus soldados mecánicos aparecían dos o tres nuevos homúnculos incansables. […] No tuvimos oportunidad; antes de que nos diéramos cuenta, la República había caído hecha cenizas mientras el gobierno usurpador erigía una monarquía ilegítima, ahí donde los padres de nuestra patria derramaron su sangre para darnos libertad.
—Benito Juárez (en voz de Bernardo Fernández Bef)

La ruina de la patria comenzó, infelizmente, el día de las bodas de mi hijo Agustín Jerónimo, príncipe imperial de México, con la princesa de Bélgica María Carlota de Sajonia-Coburgo y Gotha; este solo hecho ha sido basa, fusa y capitel suficiente a los enemigos de la nación para aseverar una y otra vez el mal hado que tenía la continuidad del ahora llamado Primer Imperio Mexicano. Escribo estas líneas con la única esperanza de que puedan llegar a los ojos y oídos de los mexicanos para succionar algo de la ponzoña que aquellas plumas y lenguas maldicientes han inficionado en sus corazones. Escribo, pues, para mi pueblo, pero también —no ignorando que la historia es la mejor de las maestras— para todo gobernante extranjero que desee ver lo que realmente vale el poder y cómo la gloria mundanal, en efecto, así pasa.

Las primeras nupcias reales que se celebrarían en suelo americano no pudieron realizarse en la catedral de la Ciudad de México, como yo deseaba, ya que el recuerdo de mi coronación ahí me hacía sentir una necesidad de completud que solo ese sagrado lugar podría brindar a mi linaje y, por consiguiente, a la felicidad de toda la nación. En cambio, la gran concurrencia de gente y, sobre todo, el tener que hospedar a la novia, al Rey, su padre, y a su noble casa de Sajonia-Coburgo y Gotha obligaron a buscar mayor espacio. Por esta razón, desde el año de 1854, en que el compromiso fue oficial, mandé que el abandonado palacio de Chapultepec fuese preparado para recibir a invitados de tales dignidades, así como para la boda misma.

Las obras se completaron tres años después y la ceremonia tendría lugar el mismo de 1857. Lo grueso de los muros, lo sutil de las molduras, la amplitud de los jardines, la altura de los balcones y la capital vista desde ellos como otra mole esplendorosa de más palacios: todo daba cuenta clara de lo mucho que el Imperio había prosperado en tan poco tiempo. Nada que envidiar a Europa; con aquella boda nuestra relación por fin sería de igualdad y no de subordinación. O eso era lo que nuestra prensa pregonaba para justificar el gasto.

El día de la boda, para salvaguardar la seguridad de ambas familias reales, además de la guardia regular juzgué necesaria la custodia de la Guardia de Corps, formada por un cuerpo de 33 mecanoinfantes de última generación, recién importados de Inglaterra, programados a mi mando de voz exclusivo. Frente a la torre del Caballero Alto, improvisada en capilla, dispuse a la Guardia en formación de herradura; adentro permanecimos solamente las familias reales y los más allegados de mi séquito.

Confieso que no sé por qué motivo, al avanzar la marcha nupcial, más que centrar mi vista en la alegría de los príncipes, lo hice en los rostros complacidos del duque de Veracruz, del duque de Puebla y del marqués de las Arizonas, Santa Anna, Echávarri y De la Garza, quienes se regocijaban al ya casi verse emparentados no solo conmigo —a su lado, mis hermanas María Nicolasa, María Josefa y María Ana semejaban ovejas entre leones—, sino con otra casa real de más rancio abolengo. Una expresión similar hallé en la faz del nonagenario arzobispo Mier, quien a su edad insistió en oficiar él mismo la boda. No quiero que se me malinterprete, no veía doblez alguno en sus expresiones; la felicidad de todos ellos también era la mía, pues no soy tan corto de miras como para no reconocer que sin su ayuda el Imperio mexicano no se hubiera logrado. Mayores dobleces y envidias se percibían al otro lado del cerco de guardia, en los siempre maquinadores y nunca satisfechos diputados del Congreso; tales maquinaciones pronto pondrían de rodillas a toda la nación.

La ceremonia alcanzaba su zénit. Mi hijo tenía el “sí, acepto” en la punta de la lengua, pero fue interrumpido por un estruendo ominoso: uno de los mecanoinfantes de la Guardia disparó al príncipe. Cientos de gritos se sucedieron, de sorpresa, de miedo, de peticiones de protección al príncipe, al rey Leopoldo I y a mi persona. Yo mismo gritaba, ordenaba a la Guardia de Corps que se detuviera, pero era inútil, me ignoraban. Uno de ellos me apuntó directamente. Echávarri se interpuso, dio su último aliento por mí, demostrando que fue un verdadero patriota hasta el final. En cuanto el cuerpo cayó a mis pies, Santa Ana, De la Garza, sus hijos varones y los míos menores —todos miembros de la Orden de Guadalupe— formaron un círculo a mi alrededor.

A causa de la etiqueta, ninguno portaba armas de fuego, pero los electrosables de gala fueron más que suficientes para los veteranos y una prueba superada para los bisoños en el combate; yo también desenvainé mi sable, a medida que los guardias traidores caían, más gente podíamos poner a resguardo en nuestra formación, logrando rescatar primero a la Emperatriz. Al otro extremo del cerco, Leopoldo I y sus hijos hacían lo mismo, la Guardia casi era derrotada, pero no eran los únicos mecanoinfantes en el palacio. Más tropas invadieron los jardines por todas direcciones, los sables no paraban de astillarse. Un disparo alcanzó a Santa Ana en la pierna y, al intentar protegerlo, otro disparo golpeó a Manuel, su primogénito. Ambos perecieron bajo las ráfagas imparables. La retirada era inminente, yo aún deseaba llegarme al cuerpo del príncipe para rescatarlo, mas era un imposible cuyo intento nadie de los que quedaba en pie en nuestro grupo consintió. Apenas alcanzamos una puerta, huimos por entre los pasadizos y túneles del alcázar.

***

Llegamos al puerto de Veracruz en junio de 1857, un mes después de la infame sublevación mecanoinfantista. El viaje fue dilatado porque evitamos el paso por cualquier ciudad y la mayoría de los pueblos por el gran riesgo que representaba para nosotros la nueva situación del país. La misma noche que dejamos el palacio de Chapultepec escuchamos, voceado desde las alturas por los teledirigibles, la proclama revolucionaria de P.O.R.F.I.R.I.O., entelequia animada por cobardes que trabajaban en las sombras —según los rumores, desde Oaxaca y apoyados por una facción separatista del Congreso— cuyo nombre era acrónimo de “Popular On-line Revolutions For Introduce Republics Inside Oligarchies”; tal cual lo anuncia su pérfido nombre extranjero, este grupo buscaba la instauración de una república mexicana, porfía que, tras diez años de guerras y caos independentista y más de treinta de paz y prosperidad imperial, algunos idealistas seguían persiguiendo, como perros rabiosos tras sus colas.

Decían que no descansarían hasta ver “libre de la tiranía” a la patria; que quemarían la constitución de 1824 e impondrían una nueva más liberal; que derrocarían nuestras instituciones, echando por tierra más de tres décadas de progreso; que revocarían los títulos nobiliarios y declararían la laicidad del Estado, dando la espalda a la santa Iglesia católica; que me perseguirían a mí y a mi familia hasta el final de los tiempos y nos colgarían por traidores. Si servir a la nación fuera traición, yo mismo me hubiera entregado.

Lo que P.O.R.F.I.R.I.O. declaraba no solo era una injusticia, era locura, pero ahora podía llevar a cabo sus locuras más quijotescas porque se había infiltrado en el sistema imperial y tomado el control de todas las tropas del ejército. Cada mecanoinfante, de California a Costa Rica, lo obedecía, los oficiales humanos habían perdido su comando de voz —yo incluido— y no eran suficientes para formar una resistencia; además, las comunicaciones estaban intervenidas. En un día retrocedimos cien años en tecnología, y todo por la maldita dependencia a Inglaterra y sus máquinas. Mexicanos, si algún error cometí en mi mandato del cual no pueda excusarme de ningún modo, fue este; os pido disculpas humildemente.

En Veracruz nos encontramos con el grupo del rey belga, que no menos trabajos que nosotros había sufrido para llegar hasta allí. La vergüenza de haber sido tan malos anfitriones yo y el pueblo mexicano me embargaba y fue aun peor al ver el débil estado en el que se encontraba el monarca: Leopoldo I tenía una herida de bala en un costado y, aunque en el camino había sido atendido por unos indios curanderos, no podía tenerse en pie por sí mismo y era necesario llevarlo en andas, lo que no permitía que la herida cerrase. El dolor y la vergüenza que la escena me causó, sin embargo, fueron mitigados por un milagroso rayo de esperanza: Agustín Jerónimo había sobrevivido y huido con el grupo belga; el disparo que él recibiera no fue letal, incapacitó su hombro izquierdo, pero la voluntad de mi hijo y, lo que es más, la del cielo, se impuso a que la nación mexicana perdiera a su príncipe.

El plan, por supuesto, era embarcar al Rey, su casa y a mi familia hacia Europa, pero el puerto estaba fuertemente vigilado por mecanoinfantes controlados por P.O.R.F.I.R.I.O. Mas nuestro plan no solo fue adivinado por los insurgentes, algunos leales súbditos también nos aguardaban en Veracruz, en la casa de seguridad de la Orden de Guadalupe que allí había, y que fue el sitio al que nos dirigimos por lógica. Aquella junta emergente de notables —entre la cual se encontraban dignidades como el marqués de Texas, Nicolás Bravo; el conde de Querétaro y Celaya, Luis Cortázar Rábago; el conde de Managua, Miguel Santa María; y el propio marqués de las Arizonas que me acompañaba, Felipe de la Garza— rectificó el plan de refugiarse en el Viejo Mundo, pero insistieron en que yo también debía partir, pues mi vida era la que más peligraba estando en el país. No lo consentí a primera vista porque mi ánimo me dictaba que debía permanecer en el Imperio para organizarlo y recobrarlo de la tiranía porfirista, pero la razón, a la vista de las circunstancias desfavorables de una lucha ya perdida desde antes de su comienzo y, sobre todo, la previsión que tuve de la gran mortandad que resultaría de organizar un ejército humano y enfrentarlo con uno mecánico, me llevó a aceptar el parecer de la junta, aunque no sin el mucho pesar que me daba dejar el padre a su hijo la primera vez que tropieza al caminar.

Me es sumamente triste recordar que solo a costa de más sangre mexicana pudimos zarpar de Veracruz, ya que la única forma de disminuir la presencia de mecanoinfantes en el puerto fue organizar levantamientos en las poblaciones cercanas, e incluso así, otra pequeña guarnición, al mando de De la Garza, tuvo que hacer frente a las tropas que mantenían guardia. Aún hoy me estremezco y lloro lágrimas de tristeza y alegría al rememorar aquel día y el grito con el que el marqués de las Arizonas arengaba a sus hombres: “¡Viva la religión, viva la Virgen de Guadalupe, muera el mal gobierno, viva Agustín I!”.

***

Leopoldo II no nos recibió con los brazos abiertos. ¿Por qué lo haría si como presente le llevábamos el cadáver de su padre, atroz muestra de la hospitalidad mexicana? La herida de Leopoldo I no resistió el viaje. Entramos a Bruselas con una pompa fúnebre en septiembre de 1857. Con todo, debe admitirse que el rey belga era misericordioso al brindar hospedaje a mi casa: la boda entre nuestros príncipes no se había concertado, por tanto, no tenía obligación de deudo con nosotros. El que la alianza matrimonial finalmente se realizara fue más bien mérito de la princesa Carlota, que desde que llegamos a la corte no desaprovechaba cada oportunidad que tenía para recordar a su hermano el negocio de sus nupcias, que no aceptaría si no eran con mi hijo. Tal insistencia no la fundo yo en las calumnias del vulgo, que no se cansaban de proferir que la princesa de Bélgica esperaba ya al heredero del Imperio mexicano, sino en la propia inclinación natural que la infanta había desarrollado por Agustín Jerónimo en el corto pero muy intenso tiempo de conocerse en persona, pues fue ella quien curó de su herida y, sin duda, el apoyo mutuo que se dieron en el trayecto infernal que fue llegar de Chapultepec a Laeken los unió estrechamente. No mentiré, la inclinación de la princesa por mi hijo me alegraba porque la unión de nuestras casas significaba un atisbo de esperanza para liberar al pueblo de México; sin embargo, tampoco miento al decir que ni yo ni mi esposa ni nadie de mi casa influimos en la voluntad de Carlota; su decisión fue personal y, huelga decirlo, muy sabia y de buena cristiana. Las bodas se celebraron en diciembre de aquel mismo año infausto, en la catedral de San Miguel y Santa Gúdula, bajo el tapiz de nieve de Bruselas y en petit comité designado por el Rey.

Formalmente adquirido el parentesco con Leopoldo II, me atreví a pedirle lo que el decoro no me dejaba pero me exigía el amor a la patria: su apoyo militar y económico para rescatarla del republicanismo. No obtuve un sí ni un no definitivos, me pidió paciencia y que aguardara al Congreso de París, cumbre de estados europeos que se celebraría en mayo de 1858 para discutir la amenaza real que el sistema inglés P.O.R.F.I.R.I.O. representaba para sus monarquías. Imposible fue que ocultara mi enfado, mientras ellos discutían una obviedad —era evidente que P.O.R.F.I.R.I.O. era una amenaza para cualquier sistema monárquico—, México se desmoronaba: los revolucionarios celebraban un año de caos disfrazado de paz republicana, paz que masacró hombres de fe y saqueó sus iglesias y conventos; paz que despojó a gente decente de sus casas y pertenencias solo por no tener pena de llamarse españoles, haciéndolos peregrinos en su propia tierra; paz que amenazaba a cada hombre con un arma empuñada por una fría máquina si no hacían lo que mandaban sus tiranos. Y el Congreso no solo no hacía nada, había sido el principal orquestador de la insurgencia: Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Valentín Gómez Farías, José Manuel Luis Mora y otros de sus allegados habían conspirado con un tal Díaz, militar oaxaqueño, para detentar el poder del ejército y derrocarme; y el Congreso había nombrado presidente a este individuo, quien —cual monarca— adoptó el nombre del sistema virtual que le ayudó a su pérfida causa: Porfirio Díaz, primer presidente de la República Mexicana. Tanto era el poder de este dictador que incluso miembros de la junta de notables de Veracruz, como el propio Felipe de la Garza, tuvieron que declararle su lealtad y unírsele. Aunque yo les había dejado instrucciones sobre no organizar ningún movimiento armado hasta mi regreso, la noticia me sobrecogió y no pude sino sentirla como la más cruel traición posible de un amigo.

La resolución del Congreso de París fue negativa, las potencias de Europa no creían que P.O.R.F.I.R.I.O. fuera una amenaza grave a sus soberanías porque sus ejércitos no estaban del todo mecanizados —muchos de ellos usaban tropas clones—, por tanto, se declararon neutrales en los conflictos internos de México; nos dejaban a nuestra suerte. Solo uno de los monarcas, Francisco José I de Austria, veía la gravedad de la situación y no se le escapaba la posibilidad de que la revolución mexicana fuera solo el campo de pruebas de una herramienta infame que tarde o temprano los enemigos de las naciones europeas empuñarían, sumiendo a todo el continente en guerras civiles interminables. Fue gracias al constante apoyo de este soberano y de Leopoldo II que, tras años de cartas y juntas y promesas y tratados, pudimos convencer a otro monarca de unírsenos a una Cuádruple Alianza Antiporfirista: Napoleón III. Admito que el arreglo final nos desfavorecía aunque ganásemos; a cambio de su ayuda económica y militar, Francia ganaría un nuevo reino en América con salida al mar de costa a costa: se le cedería todo el territorio desde la Alta California hasta Texas; por su parte, Austria ganaría parte de la Baja California y Bélgica, la otra parte más sureña de la misma. El sacrificio era nada menos que la mitad del suelo patrio, pero un sacrificio necesario para recobrar la otra mitad del Imperio.

La Gran Flota de la Cuádruple Alianza, de más de dos millones de soldados clonados con tecnología francoalemana, zarpó de puertos europeos en diciembre de 1861. Al mando general de nuestra división del ejército puse al príncipe Agustín Jerónimo, a quien enviaba también en calidad de regente porque a mi edad serían mortales los riesgos tanto del viaje como de la guerra —fútil prevención de la que me dejé convencer por los monarcas aliados. Al mando de la división gala iba el general Carlos Fernando Latrille, conde de Lorencez; de la belga, el teniente-general Alfredo Graves, segundo barón Van Der Smissen; y de la austriaca, el teniente-general Maximiliano de Habsburgo, archiduque de Austria.

***

Desde el castillo de Laeken, por más de un año aguardé cada noticia del avance de la guerra como una novia aguarda la carta de su prometido que le confirma que aún está con vida. Los monarcas de la Cuádruple Alianza, a excepción mía, habían decidido que la estrategia se dejaría completamente a sus generales in situ, por lo que no celebrábamos consejos de guerra en el Viejo Mundo. Así, cada transmisión, cada journal y cada carta que recibía de Agustín Jerónimo y de mis tres hijos menores, que habían partido con él en calidad de brigadiers, era un bálsamo a mis congojas, a pesar de las peregrinas imágenes y descripciones de hombres idénticos abatiendo máquinas idénticas en una guerra producida como en serie clónica, razón por la cual la prensa comenzó a llamar el conflicto como las Guerras Clónicas, siendo este el aspecto en el que se centraban más allá de la necesidad de reinstaurar la monarquía para terminar con el sufrimiento de nuestro pueblo.

Y ya estábamos cerca de lograrlo: para diciembre de 1862, a exactamente un año de la partida de la Gran Flota, la victoria estaba casi completa, el norte había sido ocupado por Latrille y Van Der Smissen y el sur, por Agustín Jerónimo y Maximiliano; ambos contingentes se encontrarían en el centro para iniciar el sitio de la capital, que se extendió por otro medio año. No desconocía el plan y al seguir el avance de la campaña, el solo imaginar el asedio de la Ciudad de México por parte de fuerzas extranjeras —aunque entre ellas estuviera una propia— me revolvía el estómago; ahora que lo veía como una realidad, caí enfermo al grado de no poder levantarme de la cama por varios días.

Los médicos no sabían explicarlo, lo achacaban a mi edad y a la gran carga mental a la que me sometía siguiendo tan de cerca las noticias del frente. Una noche, aún no recuperado de mi malestar, soldados de la guardia del Rey irrumpieron en mis aposentos, me ataron y sedaron —aunque ni falta hacía. Desperté en las Tullerías, ignoro cuánto tiempo estuve dormido. Cuando me recuperé, Napoleón III me visitó en mi celda —era una estancia amplia, con todo lo necesario a mi persona, excepto ventanas, radios o diarios, y por supuesto, con la única puerta custodiada día y noche— y personalmente me entregó el journal del 10 de junio de 1863, el titular: “Maximiliano de Habsburgo, Emperador de México”.

Esta historia, mexicanos, probablemente la conozcáis mejor que yo e, incluso así, quizá todavía os preguntáis cómo fue que ocurrió. No haré relación verdadera de los sucesos porque desconozco los detalles. Sé, al igual que vosotros, que tras ganar la Ciudad de México y defenestrar a Porfirio Díaz, los generales europeos de la Cuádruple Alianza conspiraron contra nuestro príncipe; no logro comprender aún cómo fue que consiguieron que las tropas clones al mando de nuestros oficiales los traicionaran —es probable, como sugieren algunas teorías, que desde su concepción los clones ya estuvieran predispuestos a este mal, pero ignoro el método, biológico o mecánico, que sus creadores hayan empleado para ello—, y tampoco tengo la certeza de que fueran exactamente 66 clones los que acribillaron a Agustín Jerónimo y a mis demás hijos por orden directa del usurpador, motivo que ha llevado a que esta masacre se conozca como la Orden de los 66.

Ignoro más sobre esta inhumana, funesta y cobardísima traición porque únicamente he tenido la oportunidad de leer un articulillo de poca monta acompañado de una caricatura burlona en la que las tropas clones, todas fingidas con la cara de Maximiliano, disparan a Agustín Jerónimo y sus hermanos, cuyos electrosables no son suficientes a los disparos a quemarropa y caen por tierra con muecas patéticas; lo más ominoso es que, a su vez, de uno de los Maximilianos sale la frase: “Sic semper tyrannis”.

¿En verdad creéis, mundo, que los ambiciosos reyes de Europa pueden llegar a ser libertadores que no quieran forjar su propia tiranía doquiera que lleven sus banderas? Este fue otro error que cometí por ingenuidad cuando busqué su ayuda; lo pagué con la pérdida de todos mis herederos varones y, aun más, con la pérdida de mi más caro hijo: el Imperio mexicano, que renacía ahora de un padrastro austriaco y casi casi con el título bastardo de “segundo”.

***

“Vos no sois mi prisionero, sois mi invitado, y seguiréis siéndolo hasta que dejéis de comportaros como invitado y empecéis a comportaros como prisionero”, fueron las palabras que Napoleón III me dirigió aquella noche antes de retirarse de mi celda. Por supuesto, yo era un prisionero y mi familia, la que me quedaba, lo era también; por fortuna, mi esposa e hijas permanecieron en Bélgica, en una apartada residencia de campo de la casa Sajonia-Coburgo y Gotha, seguramente gracias a la protección de la viuda Carlota, quien no tardará en ser prometida a otro príncipe. En vista de este panorama, ¿qué más tenía yo que perder? Solo la dignidad de considerarme un prisionero y no un invitado, como en efecto me había dicho el emperador francés. Pero ni siquiera esto quise conservar, pues sentía que aún tenía más que ofrecer a las aras de la patria. Actué como un prisionero y me escapé al cabo de tres meses y muchas y vergonzosas tretas de anciano de las que me excusaré de escribir por pudor.

Conseguí arribar al puerto del Havre y embarcarme hacia América, hacia Nueva Orleans, donde pretendo reunirme con un compatriota liberal del que mucho he escuchado pero que no conozco: Benito Juárez. Sus posturas son radicales, incluso durante la presidencia de Díaz el republicanismo centralista de este no le pareció suficientemente liberal y conspiró para destronarlo e instaurar una república federalista, razón por la que se exilió en el extranjero desde antes de la guerra; con el Imperio revivido, los afanes revolucionarios de su círculo de liberales exiliados han crecido tanto que comenzaron a hacer ruido en la prensa europea. Juárez, por tanto, representa todo lo que considero que una nación debe evitar de ser en este siglo, pero si con su ayuda puede liberarse a México del segundo yugo que Europa le ha puesto, estaré gustoso de unírmele.

Escribo estas líneas a bordo del Winter, a la espera de volver a pisar el suelo del mismo Nuevo Mundo que me vio nacer y a la espera también de poder llegar hasta el de mi patria, ya no como emperador, sino como ciudadano que viene a ofrecer nuevamente su espada a la nación, aunque sea solo la espada de las ideas que un viejo político como yo pueda esgrimir contra la tiranía extranjera.

Si por algún motivo esto me es negado y perezco a merced de la enfermedad, la vejez o una mano ajena, solo pido a quien sea que lea esto que haga pública mi voz e imprima el presente manifiesto. La sangre que mi familia derramó y que yo aún podré derramar por la patria no será recordada como traidora, sino como la más amante de México y su pueblo. Recibid el último adiós. Sed libres.

En alta mar, rumbo a Nueva Orleans, a 27 de septiembre de 1863.

Agustín de Iturbide.

El remolino de Pantitlán

David Barrera


Cada vez que oigo la lluvia, se amontonan los recuerdos de aquellos días en los que podía ver el pasado y el futuro. Más aún, revivo la destrucción, los muertos y mi desgracia: aquella que resultó tras adquirir ese horrible don.

Empezó durante los tormentosos años de mi juventud en los que trabajé como empleado de limpieza. La estación Pantitlán me apabullaba con sus túneles, pasillos superficiales y pasarelas elevadas que forman un complejo entramado por donde se apresuran miles de almas y en donde hay un vasto y concurrido paradero. Entre mis muchas labores, se me asignó limpiar un largo pasaje elevado del que salen, como patas de insecto, dieciocho escaleras hacia el paradero y desde donde se ve el aeropuerto y el Peñón de los Baños. Recuerdo que la señalización de aquel pasillo estaba cubierta de estampas que habían puesto los grafiteros. Mi trabajo, entonces, fue quitarlas hasta descubrir el nombre de la estación y, sobre todo, el ícono, el cual muestra dos banderas ondeando.

—¿Por qué tiene esas dos banderas? —me pregunté—. Bastaría con que dijera Pantitlán, y ya.

Mientras trabajaba vi a un joven muy flaco y demacrado, cuya expresión hacía parecer como si se le hubiera metido un bicho en la cabeza que le mordisqueaba el cerebro. Sus ojos oblicuos y vidriosos miraban hacia el paradero, al tiempo que sus constantes espasmos y sus sucias manos insinuaban que aquel muchacho vivía bajo un tormento constante e irremediable. Algunas personas lo pateaban y lo insultaban por estorbar el paso, ya que estaba sentado en el peldaño superior de una escalera muy concurrida.

—Quítate o te van a volver a patear —le dije al acercarme y tocar su hombro.

—No importa —respondió aquel muchacho con voz temblorosa—. Les devolveré sus patadas cuando estén muertos.

—¿Te sientes bien?

—¿Quién puede sentirse bien en un mundo como este? —dijo y, luego, señaló hacia el paradero—. Tan sólo mira este lugar: primero fue un lago vasto y hermoso, pero ahora es un basurero abominable. Y todo por culpa de los hombres que construyeron sobre el fango hasta terminar en esto a lo que llamamos ciudad, ¿entiendes?

No dije nada.

—¿Acaso no sabes que aquí existió un remolino cuya fuerza destruyó embarcaciones y mató a sus tripulantes? —continuó—. Los hombres antiguos, en su sabiduría, colocaron banderas alrededor de aquel fenómeno con el fin de advertir del peligro. Por eso el ícono de la estación del metro Pantitlán muestra dos banderas ondeantes. Pantitlán significa entre banderas. ¿Entiendes?

No supe qué decir y tartamudeé.

—Vaya, eres un ignorante… No me sorprende —continuó—. Así como tú limpias el pasillo, muy pronto, los dioses harán lo mismo con toda esta porquería. Será algo bello y catastrófico. Habrá miles de muertos y, entre ellos, aquellos que me patearon hace unos momentos.

—Sí, claro —dije al tratar de cortar la plática.

—Y cuando eso suceda —dijo con hosquedad—, obtendré el máximo honor que puede adquirir un hombre.

Días después, le conté al viejo Horacio la extraña experiencia que había tenido con ese joven.

—El tipo se llama Jesús —dijo Horacio con desdén—. Es un loquito que sólo habla de catástrofes, el fin del mundo, sangre, muertos y no me acuerdo qué tantas tonterías más. Al principio lo escuché por mera curiosidad, pero un día le pregunté cómo sabía todo eso y me dijo que podía viajar en el tiempo con sólo usar su mente. Solté una carcajada al oírlo y él, enojado, levantó la voz y agregó que podía demostrarlo. Sólo requiero de tu fe, rebuznó el imbécil al poner cara de santo. Eres un charlatán barato, le dije y me hice el sordo.

—¿Y cómo iba a demostrarlo? —interrumpí a Horacio, con curiosidad.

—No sé. Y no me importa —dijo mi compañero—. Nunca he creído en charlatanes.

Esas palabras me intrigaron, así que busqué a Jesús durante semanas. El día que lo encontré, lo vi caminar en círculos en el paradero, con las manos extendidas hacia el suelo y con una expresión de loco.

—¿Qué tanto me ves? —me preguntó—. Estoy seguro de que ya hablaste con ese viejo tonto de Horacio, pero nada de lo que él haya dicho es cierto.

—¿Ni viajar en el tiempo? —pregunté.

—Viajar en el tiempo con los medios de hoy en día es imposible. Sólo un idiota creería semejante cosa.

—Horacio dijo que podías hacerlo con tu mente —afirmé—. Además, dijo que podías demostrarlo.

Se quedó en silencio por unos segundos y sus ojos vidriosos y cansados se fijaron en mí.

—¿Realmente crees que puedo demostrarlo? —preguntó.

—Sí —dije—, quiero comprobar si es verdad.

Soltó una risotada y aplaudió.

—No pierdas la fe, idiota —dijo.

Enseguida, lo insulté y él me escupió a los ojos.

Una tarde, tras haber barrido, me recargué en el pasamanos y miré hacia el encharcado paradero. Era domingo, así que había poca gente y unos cuantos camiones estaban estacionados. Tras algunos segundos, me sentí contagiado de la tranquilidad de aquella tarde y hasta tuve ganas de una cerveza.

De repente, mis manos empezaron a temblar y los músculos de mi cuello y rostro se contrajeron. Asustado, quise respirar y tranquilizarme, pero los espasmos se convirtieron en ataques que me llevaron al suelo y me hicieron gritar y babear. Entonces, para mi asombro y terror, el sol se movió lentamente hacia el oriente y, en segundos, cruzó el firmamento y dio paso a la noche. Me quedé asustado entre las repentinas penumbras hasta que el sol apareció en el occidente y cruzó de nuevo.

Así lo hizo una y otra vez. Sus revoluciones se volvieron rápidas e hicieron de la estrella un ave de fuego, cuyos viajes borraron la ciudad e hicieron aparecer cuerpos de agua que se extendieron hasta formar un lago inmenso. Luego de muchos viajes, el ave se posó en el cenit y vi una ciudad sobre el agua con muchas calzadas y templos blancos y majestuosos.

Miré a mi alrededor y pude reconocer el Peñón de los Baños, el Peñón Viejo y el Cerro de la Estrella rodeados de agua y con sus jorobas cubiertas de vegetación. Quise ver de cerca la ciudad, pero una fuerza me llevó por muchos kilómetros sobre el lago hasta que vi un espacio rodeado por astas con banderas ondeantes. Para mi asombro, en el centro chocaban dos corrientes que formaban un feroz remolino, cuya fuerza estremeció mi alma y me hizo imaginar las cavernas subterráneas que se encontraban al cruzar aquella boca.

De pronto, un par de canoas se acercaron. En una de ellas iba un niño de unos once años que estaba amarrado con sogas. Su aspecto era similar al de Jesús, ya que se veía demacrado y parecía no tener control de sus manos temblorosas. Navegaron con cautela hasta que uno de los remeros desvió la embarcación del niño, la cual hizo ligeros tumbos y se internó con rapidez gracias a la corriente que la atrapó de inmediato. Poco a poco, el ruido y la fuerza del agua aumentaron y la embarcación aceleró hasta que, una vez en el ojo, se volteó y dejó a su ocupante a merced del monstruo que lo tragó con indiferencia.

Cuando la visión terminó, sentí mis músculos acalambrados. La cabeza y los ojos me palpitaban y me dolían, incluso parpadear me resultaba una tortura. Pero la verdadera tortura vino cuando me di cuenta de que las visiones estarían en mi diario vivir y que aparecerían de manera imprevista. Ir a trabajar fue imposible, así que me vi obligado a quedarme en cama bajo el cuidado de mi viejecita y con la ansiedad de ser arrebatado por una visión en cualquier momento.

—¿Qué puedes ver, hijo? —me preguntó con angustia mi viejecita, mientras juntaba sus manos regordetas y temblorosas, ya que se asustó mucho cuando me vio tener una visión.

—Estoy deslumbrado por el futuro —afirmé con voz débil—. Pero todo lo que he visto será destruido por sofisticadas pestes, por los seres de otros mundos que se divertirán pisoteando cadáveres y por la inevitable explosión del sol y la calcinación de la tierra.

Mi madre trajo a un anciano de ojos saltones que me dio varios remedios a base de yerbas y hongos. Durante semanas tomé sus medicinas y me sometí a sus ritos y rezos, pero nada causó efecto. A pesar de su esfuerzo, noté en su rostro la impotencia de no poder hacer nada más. Entonces, una tarde, se sentó en la orilla de mi cama y me habló con honestidad.

—He hecho todo para quitarte esta maldición, pero mis remedios han sido inútiles —dijo de manera solemne—. He pensado que la única manera de encontrar alivio sería si buscas al brujo que te echó esto. Debes encontrarlo, si no, el poder te consumirá hasta matarte.

Durante semanas busqué a Jesús. No importaba cuán débil estaba o cuantas vueltas tuviera que dar a la estación Pantitlán, lo obligaría a sanarme. A pesar de la ayuda de mi viejecita y de mis compañeros de trabajo, no encontré a ese hechicero maldito.

Sin embargo, una noche tuve una visión. Vi un destello blanquiazul y oí un trueno especialmente largo, que me pareció una extensa y macabra nota musical. Se desató una tormenta como nunca antes había visto. Los relámpagos partieron árboles, quemaron cables y mataron personas. Además, poco a poco, el paradero se cubrió de aguas negras en las que flotó basura, granizo y cadáveres. Sobre los techos de los camiones había personas que se resguardaron, pero cuando el agua los alcanzó, muchos se arrojaron sin remedio y nadaron hacia el pasillo elevado. Parecía que se iban a salvar, pero, repentinamente, un vórtice se abrió en el agua, se ensanchó y giró con tanta violencia que los atrajo y los devoró. Para mi sorpresa, entre aquellas personas, estaba Jesús, quien rió a carcajadas cuando lo arrastró la corriente.

Tuve que confiar en aquella pista ya que no había noticias acerca del hechicero maldito. Esperé durante muchos días el relámpago y su consecuente trueno. Lo grabé en mi mente y en mi alma con tal firmeza que lo soñé en un par de ocasiones. Además, hablaba de él todo el tiempo ya fuera con mi madre o solo.

—¿Y estás seguro de que sí va a pasar? —me preguntó mi madre en una ocasión, pero yo me quedé callado.

Los días me convirtieron en un hombre de una delgadez enfermiza. Traté de advertir a mis semejantes de la inundación, pero nadie me creyó.

—Déjalo —decía la gente en la calle—. No hace daño a nadie. Simplemente está loquito.

Esperé muchos días, pero el tiempo me hizo pensar que yo iba a morir antes de ver el rayo. También, creí que ninguna visión que había visto del futuro iba a suceder. Yo era un pobre loco, condenado a morir muy pronto. Y, aunque el suero intravenoso y los cuidados de mi viejita me mantuvieron vivo, yo ya había pensado en suicidarme. ¡Pero ni siquiera pude hacerlo, pues las visiones me dejaron sin fuerza! ¡A duras penas podía parpadear y tragar saliva!

Un día, un repentino estremecimiento me sacudió. «Estos deben de ser los temblores que me llevarán a la muerte», pensé. «Hasta aquí llegué». Pero, para mi sorpresa, la ventana estaba abierta y apareció el destello blanquiazul y oí el trueno, ¡tan largo y estridente que me llegó hasta el tuétano! Traté de gritar y de levantarme, pero fue inútil.

—¡El trueno! —gritó mi pobre viejita al abrir la puerta y tratar de levantarme a pesar de su vejez —¡El trueno! ¡Hay que salir!

Arrastré los pies por las calles y apoyé mi brazo en los hombros de mi mamá. Sentí que el soplo del viento y el ruido de las hojas al arrastrarse me reanimaron. Entonces, vi los cielos enegrecidos y las gotas gordas y espesas que cayeron con ferocidad y que, en pocos minutos, inundaron el paradero. ¡No lo podía creer: una visión se cumplía ante mis ojos!

Entonces, busqué entre los rostros aterrados que miraban la acechante y creciente laguna. Mi madre y yo nos separamos y buscamos. Me metí entre la muchedumbre y, al dejarla atrás, vi al miserable hechicero en un rincón en donde el pasillo remataba en una escalera. Sus ojos parecían fascinados con la turbidez del agua, al tiempo que apoyaba sus manos en el barandal e inclinaba su cuerpo hacia adelante. Me apresuré y, justo antes de que cayera al vacío, lo agarré de la cintura y, con mucho trabajo, lo arrojé al suelo. Jesús se levantó y me reclamó por haber frustrado su suicidio.

—¡Quítame esta maldición! —le grité, mientras trataba de someter a ese hombre, tan flaco como yo.

—Quedarías peor —dijo entre risotadas y trató de soltarse—. Mejor sigue mi ejemplo.

—¡Yo no te pedí esto!

—¡Sí lo hiciste! —gritó—. Acéptalo. Yo soy Jesús, tu señor. Y tú eres Juan, mi apóstol, vidente y revelador.

En ese momento, el vórtice se abrió rápidamente y atrajo a los pobres hombres y animales. Al mismo tiempo, insistí y golpeé a Jesús con todo mi odio, pero, de manera inesperada, me escupió a los ojos y sentí que su saliva se metió hasta llegar a mi cerebro.

—¡Vive si así lo quieres! —exclamó y, enseguida, corrió hacia el barandal y brincó sobre él.

Lo que quedó fue un agujero, cuyas orillas se desgajaban a pedazos y caían hacia una profundidad desconocida. Durante meses, una paz macabra inundó la ciudad. Y aunque yo dejé de ser castigado por las horribles visiones, poco a poco, mis ojos se debilitaron al punto de no mostrarme ningún color ni imagen, dejándome en la nada.

David Barrera. Nací el diecisiete de noviembre de mil novecientos ochenta y cuatro en la Ciudad de México. Estudié la licenciatura en Literatura Dramática y Teatro en la UNAM de donde egresé como dramaturgo. Actualmente, trabajo para la Editorial San Pablo.

«Canek» de Ermilo Abreu Gómez

Miguel Almanza


Jacinto Canek es el arquetipo de héroe universal, el hombre sensible y fuerte, con la temple y el coraje para admirar la belleza y enfurecerse con la injusticia. Sus explicaciones son poéticas, “la doctrina” de Canek, repleta de verdades, afianza el coraje del que surge la rebelión. Es un libro entrañable y sencillo, es una historia hecha un poco al modo de la historieta, por su brevedad y la nitidez de sus imágenes, trata del resurgimiento de un príncipe para defender y luchar por su pueblo, una leyenda.

Es una novela breve, pero no hay que dejarse engañar, es simple en apariencia. Creo que lo que hace una novela no es la extensión, sino la complejidad de su narración, de los eventos y personajes que tejen entrañas de significado y sumergen al lector en la experiencia literaria. Y «Canek» cumple con ello. Hay partes que son muy emotivas, tiene un claro matiz nacionalista con una visión mestiza y romantizada del indígena, pero que mantiene un simbolismo profundo. El autor logra un mundo y una historia que muestra la belleza y denuncia la injusticia con pocos elementos conjugados, rasgos y significados profundos, como el nombre mismo de “Ah Kann Ek” que es un vestigio de los nombres de los gobernantes antiguos.

Al tener un poco de conocimiento del nombre del personaje, la novela cobra forma, su profundidad es ineludible porque se proclama heredera de una cultura; acusa la guerra de castas, el racismo y el clasismo del hombre blanco. Ermilo Abreu Gómez hace homenaje a sus raíces, en ambas bifurcaciones, la europea en su romanticismo literario, y la maya por el tema, el personaje y su mundo.

La brevedad de esta novela se ve repleta de una cosmogonía de resistencia, esperanza y humanidad.

La filosofía interminable de Ende: La mentira como poder desfigurado

Roberto Carlos Garnica Castro



Ilustración de entrada: “ El secreto del lobo” por “Yami” Hernández.

Silfos nocturnos, fuegos fatuos y comerrocas, una tortuga gigante, un monstruo proteico y un dragón de la suerte, oráculos y esfinges, hombres lobo, brujas y vampiros, tres niños (una emperatriz, un héroe y un lector apasionado), y muchas otras criaturas fantásticas, hacen de La historia interminable un impulso para soñar y viajar. 
Es también un texto que estimula el pensamiento. ¿Me acompañas a desentrañar sus tesoros filosóficos?

La mentira como poder desfigurado

En el capítulo noveno de La historia interminable (Ciudad de los espectros), Atreyu se interna en “la capital del más famoso país de Fantasia” (Ende, 2022, p. 161). Deambula entre calles y callejas, castillos de fantasmas y casas embrujadas, gigantescas telas de araña y figuras malditas. Tiene hambre y le rodea un olor nauseabundo. A lo lejos oye “un aullido ronco y gutural que parecía tan desesperado, tan inconsolable, que a Atreyu se le partió el corazón” (Ende, 2022, p. 160). Se dirige, casi hipnotizado, hacia la fuente de dicho llamado y se encuentra con Gmork, el hombre-lobo, con quien sostiene una inquietante conversación.

Además de la historia, que es fascinante, el Capítulo IX aborda varios tópicos filosóficos: el carácter omnipresente del hambre, la interrelación entre la realidad y la fantasía, la necesidad de los relatos fantásticos en la vida humana, la coexistencia de múltiples mundos, la paradójica persistencia de la nada, la diferencia entre historias inventadas y mentira, el peso ontológico de los seres de ficción, el poder sujetador de las ideologías.

Como se señaló en la entrega anterior: “la Nada es el motivo que atraviesa La Historia Interminable, es el antihéroe informe que amenaza con disolver los mundos, es la no-cosa que de algún modo todo lo rodea” (Garnica, 2025). En Ciudad de los espectros reaparece el tópico de la Nada y se engarza con el de la mentira. Esta relación incluso genética (la mentira procede de la Nada) tiene un fondo existencialista pues “el hombre es el ser por el cual la nada adviene al mundo” (Sartre,1966, p. 66) y, al parecer, es el único capaz de mentir y engañarse a sí mismo.

A manera de diálogo entre un ser fantástico (Atreyu) y una entidad híbrida (el hombre-lobo), Ende expone algunas reflexiones al respecto.

El joven piel verde empieza por plantear, de manera sorprendente: Yo soy Nadie (Ich bin niemand). Así se presentan enunciaciones en las que, al darle nombre propio a la negación, no es claro si existe o no un sujeto de la acción: “Nadie me ha oído, Nadie ha venido hasta aquí y Nadie ha hablado conmigo en mi última hora” (Ende, 2022, p. 162), sentencia Gmork. Más allá del juego de palabras que evoca el grito de Polifemo cuando Ulises le clava una estaca en su único ojo: “¡Nadie me hiere!, ¡Nadie me mata!”, esto lleva a Atreyu a cuestionar su existencia y, entonces, el hombre-lobo le explica que sólo es un ente de ficción, un sueño, una invención del reino de la poesía, parte de una Historia Interminable, “real” sólo en la fantasía (Cf. Ende, 2022, pp. 165-166), nada más que el personaje de un libro.

Pero regresemos al tema de la Nada, una cosa que debilita y atrae a quienes han perdido la esperanza (Cf. Ende, 2022, p. 163), que se “presenta” como la sensación de haberse quedado ciego y que “paso a paso, irresistible y silenciosa” va “penetrando por todas partes” (Ende, 2022, 171) e, implacable, va tragándose Fantasia.

La pregunta, además, es ¿qué ocurre con los seres fantásticos que se internan en la Nada?: se convierten en mentiras, en “enfermedad contagiosa que hace ciegos a los hombres, de forma que no pueden distinguir ya entre apariencia y realidad” (Ende, 2022, p. 165), en “cadáveres vivientes” que “envenenan el alma… con su olor a podrido” (Ende, 2022, p. 166).

En este sentido, hay que comprender dos cosas:

1) La fantasía, una historia imaginada, no es lo mismo que una mentira.

2) Para un ser fantástico, más grave que la propia desfiguración, es el efecto que puede producir en los seres humanos cuando se vuelve mentira.

Con intuición foucaultiana, Ende desvela que las mentiras pueden ser muy poderosas y tener efectos materiales, pues “los hombres… viven de ideas” (Ende, 2022, p. 167). Cuando son absorbidos por la Nada, los seres fantásticos devienen “imágenes del miedo cuando, en realidad, no hay nada que temer, deseos de cosas que enferman a los hombres, imágenes de la desesperación donde no hay razón para desesperar” (Ende, 2022, p. 166); con mentiras (seres fantásticos desfigurados) se puede manipular a los hombres y hacer que “compren lo que no necesitan, odien lo que no conocen, crean lo que los hace sumisos o duden de lo que podría salvarlos” (Ende, 2022, p. 167).

Es por esto por lo que algunas personas odian y temen la fantasía y se esfuerzan en propagar la más peligrosa y fea de todas las mentiras: que Fantasia no existe.

En esta entrega no abordamos todas las cuestiones filosóficas que se tocan en el Capítulo IX de La historia interminable. Ya habrá ocasión para hablar de ellas. Sin embargo, hemos desvelado en qué radica el poder destructivo de las mentiras y reconocido que la fantasía es importante y saludable para la vida humana.

Referencias.

Ende, Michael (2022). La historia interminable. Alfaguara.

Garnica (2025). La esperanza como superación del nihilismo.En La filosofía interminable de Ende, columna del Blog de Colectivo Delfos. Recuperado de https://colectivodelfos.com/2025/01/26/la-filosofia-interminable-de-ende-la-esperanza-como-superacion-del-nihilismo/

Parménides (2008). Fragmentos, en Eggers Lan, Conrado (2008). Los filósofos presocráticos. Gredos.

Platón (1992). Sofista, en Platón (1992), Diálogos V. Gredos.

Tierra de nadie


Cristian Fernando Guevara Hincapié


Todo empezó en un foro de la deepweb, con una vieja fotografía de un edificio llamado Surovyy-27, extremo noreste de la ciudad de Verfall: tierra de nadie. Olvidado por la historia, Surovyy-27 tenía un estilo que se inspiraba en el brutalismo soviético, ya saben: geometría radical, futurista, abrumadora casi laberíntica.

Decía un usuario anónimo que, dentro del edificio, había un muro jamás pintado: uno de los pocos muros vírgenes en todos los que había en la ciudad. Tildándolo además de lienzo sagrado.

Entonces un conocido en el negocio de las criptomonedas ofreció un pago a quien encontrara ese lienzo e hicieran un grafiti. Sencillo y directo. Podría casi parecer un timo, pero teniendo en cuenta la deplorable situación socioeconómica en la ciudad… ¿quién no se arriesgaría…?

Axolotl, RataZeta, Fiona, Machete y GatoSeco —seudónimos de artistas en la escena artística de Verfall— decidieron reunirse, colaborar para ganarse ese premio. Dividirlo.

Mientras tanto algunas voces empezaron a replicarse en el foro, decían que varios artistas estaban desapareciendo durante la búsqueda del lienzo.

¿Verdad o mentira? Dicen que los seres humanos asumimos riesgos esperando recompensas prometidas, no es necesario ir demasiado lejos, claramente tenemos los apostadores en los casinos.

Riesgo innecesario, imprudencia o vehemencia —como quieran decirle—, el grupo de artistas exploraron el noreste de la ciudad, cruzaron un enmallado, hasta encontrar varios edificios entre ellos Surovyy-27: agónico, carcomido por la falta de cuidado, intemperie y tiempo.

Cuando cruzaron el umbral de puertas oxidadas, empezaron a vivir el horror porque la puerta que les dio acceso al edificio, terminó atrapándolos, regresándoles al interior del edificio.

Descubrieron que las leyes físicas colapsaban al interior del monstruo arquitectónico como un castillo de naipes —y digo monstruoso: ni figurada ni alegórica ni metafórica ni simbólicamente— monstruoso de manera literal. Atrapándolos en un intrincado sistema interconectado.

Las paredes —recubiertas de incontables grafitis— se extendían en corredores que parecían infinitos y que, algunos, al atravesarlos, los regresaban al punto de origen.

Cada puerta estaba conectada a apartamentos en otros pisos, que variaban con cada apertura. Cada ventana reflejaba escenas que no coincidían con sus ubicaciones.

Notaron como, retirando la vista, así fuera momentáneamente, el edificio mutaba, cambiaba como si fuera un metamorfo gigante, dándole sentido a la paradoja del gato de Schrödinger: dependencia del observador. Y los grafitis, los malditos grafitis que recubrían las paredes, se deshacían y recomponían cada vez que no los miraban: reptaban, evolucionaban, intercambiaban sus lugares, tamaños, colores y apariencias.

—¿Qué? —dijo Fiona, cuando descubrió el cambio. Observaba un grafiti de una mujer siendo quemada en una hoguera y después de parpadear había un hombre siendo empalado, y cuando parpadeó de nuevo, había una mujer lapidada. Fiona sintió pavor y náuseas—. Tengo… miedo.

—Tenemos —dijo GatoSeco, sudando por montones—. Tenemos, Fiona.

—¡Marica, esto es una mierda…! —gritó RataZeta, pálido, cuando cruzó por tercera vez al mismo pasillo. Pateó la puerta con fiereza.

—¡¿Cómo salimos de aquí?! —interrogó Machete, oteando todas las direcciones con la presteza de una ardilla, llevándose ambas manos a las sienes de su cabeza: notablemente desesperado.

Pero para la desgracia del grupo, ya no había forma de salir. Solo caer en el desespero. Y, la desesperación los invadió, con una sensación que, sin siquiera haberlo visto, había alguien más ahí: observándolos en algún rincón de ese escenario abstracto, pesadilla infernal. Esperando. ¿Esperando para qué…?

Fiona, después de cruzar una puerta, dejó de ser vista por los demás, reapareció caminando en el techo, cabeza abajo. Estaba notablemente confundida:

—¡¿Có-Cómo bajo?!

—Regresa —indicó GatoSeco con sus ojos abiertos hasta más no poder.

—¡Miren! —irrumpió RataZeta con el chillido de un animal herido.

Había un grafiti: una calavera siniestra, fotorrealista, que parecía mirarlos, atrás, siluetas humanas, exhibiendo sufrimiento. Y, en la base del grafiti, una frase: “Benditos aquellos que sufren porque sus almas están llenas de delicias…”.

—¡¿Qué demonios?! —chilló GatoSeco cuando leyó.

—Tengo miedo… —expresó Fiona, mirando desde su posición invertida.

—¡Baja! —habló Axolotl.

Fiona, apresurándose, regresó por un pasillo, pero esa fue la última vez que la vieron. GatoSeco decidió buscarla, pero también desapareció.

Machete intentó buscarlos, pero Axolotl le advirtió:

—¡No! Permanezcamos juntos —invitó a ambos: Machete y RataZeta, quienes aceptaron sin dilación.

Ahí entendieron que era verdad lo de los artistas desaparecidos, seguramente atrapados en algunas de las habitaciones perpetuas.

Establecieron un complejo plan: marcaron el camino con aerosol rojo. Pero se dieron cuenta que las marcas también cambiaban de lugar o desaparecían al dejar de mirarlas. El espacio parecía estar vivo. Fue así que Machete en un momento estaba siguiéndoles y después ya no: desapareció.

Axolotl, analítico, lo entendió cuando ya era muy tarde, el edificio no era solo un lugar: era un organismo viviente, sintiente, siempre cambiante, como un parásito dimensional que atrapaba a las personas. Que, dándole un sentido simbólico, atrapaba las almas creativas, las que osaban imponer su versión de la realidad, externalizarlas en los lienzos de concreto. Súbita crítica social al sistema de oposición, porque ser diferente implica ser devorado por la sociedad… por la urbe… “porque lo diferente debía sancionarse…” ¿no? “Benditos aquellos que sufren porque sus almas están llenas de delicias…” porque los artistas sufren…

Axolotl sacudió la cabeza intentando volver en sí. Exhaló profundo. ¿Qué podían hacer? Estaban siendo devorados, no solo por las fauces y entrañas del edificio, sino por sus miedos más primitivos.

Axolotl y RataZeta empezaron a alucinar con cosas que habían vivido y sufrido; infancias destrozadas, adolescencias voraces, juventudes en frenetismo.

—¡Marica…! —expresó RataZeta cuando se detuvo a observar un grafiti.

Axolotl también observó el grafiti: todos sus amigos artistas desaparecidos estaban en un collage macabro. Cinco personas caminaban en una estructura no euclidiana, misma en la que estaban atrapados. Y su firma estaba ahí plasmada: Axolotl.

Y ambos sintieron consternación cuando vieron que en ese grafiti había una entidad abominable, que por piel tenía hileras de ojos de diferentes tamaños, con cadenas que finalizaban en garfios. Acechándolos.

Axolotl no alcanzó a reaccionar. RataZeta fue atrapado por unas cadenas, similares a las del ser abominable en el grafiti, provenientes del fondo del pasillo. No pudo hacer nada mientras su amigo chillaba. Solo pudo correr, para minutos más tarde darse cuenta que había regresado al mismo lugar donde RataZeta fue atrapado, sin rastro de él o del ser.

Cayó de rodillas, confundido.

Ese lugar atrapaba a las víctimas como un trauma psicológico. Persiguiéndolos toda la vida. Enredando cada una de sus acciones. Porque la vida es igual de compleja que ese edificio. Que una cadena enredada. ¿Acaso el edificio era una extensión de la vida misma? Axolotl entendió que nadie respondería esa pregunta cuando escuchó resonar las cadenas detrás suyo.

Cristian Guevara es un escritor y psicólogo colombiano, (1989, Cali). Considera la escritura un espacio para explorar los límites de lo real. Se especializa en poesía y cuento, con una inclinación hacia el suspenso, ciencia ficción y terror. A lo largo de su carrera, ha publicado en un centenar de revistas y antologías hispanoamericanas, algunas son: Pactum, Dogevena, Codex Sulpurista, Revista Albores Caipell, Paladín, Inquisidor, Revista Narrativa, Sonámbulo, El Creacionista, Clan Kütral, Sarape de Neón, La Navaja Extraviada, Nova Talassa, Crónicas Omicron, Aion.MX. Revista Cultural Casa Usher, Voces Indelebles, y otras, consolidando su presencia en el ámbito literario. 

Sálvate

Jessica Pavón


En este tumultuoso mundo

Resolví tomar mis alas,

Ser mí heroína, salvadora.

Alada voy por lo extraño de la vida

resurgiendo como fénix.

De cenizas de otros tiempos

De oscuridad y sombras.

Bajo sofocante sol de enero

Entre luces y lunas rotas.

Voy como abeja dejando aguijones, largando mis penas.

Transformada en otra.

¡No busques ahora a la niña rota!

Busca una loba hambrienta.

¡No busques a la mujer rota!

Busca empoderada reina:

Lejana, altiva y alada.

Jessica Pavón vive en Argentina nació el 30 de enero de 1979. Es docente de escuelas secundarias. Incursionando en la escritura colaboró recientemente con sus poemas en la Revista Literaria chilena Salió Mal, Revista Raíces (California), Visiones Peligrosas y Mujeres Aladas de México. Promueve la lectura en su comunidad en la Biblioteca Popular Enrique Gonino y participó en varias antologías: Lo que el cuento se llevó y Siembra de Versos de Editorial Luxor, Niebla de Editorial Deshoras y Código 2025 relatos policiales de Editorial La Retórica, Argentina en Letras e Invierno de Antologías del Fin del Mundo. Recientemente fue seleccionada para participar en una antología de microrrelatos Umbral de las tinieblas y Revista Amalgama de Letras de España.

Reseña de «Un pasaje sin limites»

Martha Camacho


Releo “Un pasaje sin límites” de Ronnie Camacho; una historia sobre no pagar el pasaje.

Y no logro clasificarlo.

Busco plausibilidad; toda la historia suena muy razonable, las dimensiones están más cercanas y más ‘pegadas’ entre sí de lo que nuestra limitada mente (encerrada en sólo cuatro y con una de ellas que no comprendemos muy bien) concibe y el viajero de Ronnie, quien no tiene empacho en viajar como lo hace, usando los medios que sean necesarios.

Sin importar si son éticos o no.

Genial la forma de viajar; ¿podría ser entonces la música una forma? ¿una canción específica podría llevarte a un nuevo lugar? Doble wow ¿Hay música en cada cuanto?

Quiero imaginarme un láser devorador de materia como alguna especie de agujero negro diminuto, sumamente “laserificado”, es decir, con su fuerza de gravedad ordenada y concentrada en un solo punto, deshaciéndose de lo que haga falta.

Soy una cienciaficcionera insoportable y de inmediato me pongo a calcular detalles técnicos, a imaginar los pesos entre realidades, la interactuación entre partículas, las frecuencias, todo lo que Ronnie escribe de forma directa, práctica, con apenas un toque de poesía entre sus paisajes.

Y lo que comienza como el entretenido relato entre dos que se conocen en un bar, termina en una escena… que claro que no les diré.

Vayan y descarguen el Fanzine #3 del Colectivo Delfos. Miguel Almanza quedará extrañado por el súbito interés y Ronnie con seguridad se reirá malvadamente, al haber añadido varios más, a su pasaje. Se los juro.

Martha Camacho. Nacida en 1963, Michoacán. Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta 1990. Publicada en Asimov Ciencia Ficción en español y en varias antologías del género, tanto en México como en España. Jurado del Premio de Novela Fantástica de Ciencia Ficción de la Universidad de Sonora 2025. 

LA PALABRA DE LOS ABUELOS: Chaakan, el de la cresta color de sangre

Roberto Carlos Garnica


La escritura es mágica y en este preciso instante puedes “oírme” gracias a su poder, pero nunca hay que dejar de abrevar de la ancestral sabiduría oral.
En Papantla, cuna de la hermana vainilla, viven tatas sabios y nanas amorosas que desean compartir sus historias.
Aquí, en La palabra de los abuelos, recupero algunas de esas narraciones y las reelaboro de manera literaria.
En esta ocasión, te presento un mito que me compartió el maestro José Luis González Santiago.

Chaakan, el de la cresta color de sangre

Jun (Colibrí) golpea la pieza de pichoco con el formón, lo hace con alegría y firmeza, pues con cada nuevo golpe se revela el ser naciente de la máscara que utilizará en la danza de los huehues. Es una tarde de octubre y ya se siente el aire de Ninín (Todos Santos).
Jun mira por la ventana cómo Chaakan (el pájaro carpintero) picotea el tronco de un cedro seco. El tac, tac, tac del mazo del niño se entrelaza con el tic, tic, tic del pico del ave.
Jun talla lo que su corazón ha soñado y, como un susurro, el olor del pichoco lo anima: “lo estás haciendo bien, pequeño”.
Chaakan descubre un gusano blanco, lo engulle y sacude su copete rojo.
En ese momento entra Kiwíkgolo (el Señor del monte), se sienta junto al niño, le pide su máscara, la examina con detenimiento, sonríe y expresa complacido:
—Jun, mi niño, posees el don, yo te sostendré para que tu staku (estrella) florezca.
El muchacho apenas lo escucha pues el pájaro carpintero ha raptado su atención.
—Abuelito, ¿por qué Chaakan tiene una corona de fuego?
—No es lumbre hijo, es un recuerdo de sangre. ¿Quieres saber por qué Chaakan tiene esa marca en la cresta?
—A Jun le brillaron los ojitos pues supo que sus tres corazones serían alimentados con bellas palabras.
—Sí, tata.
Y fue así como, inmersos en los latidos transformadores de Máspuxtu Kiwi (El Corazón de la Madera), Kiwíkgolo contó la siguiente historia:

«En la época de la penumbra, cuando los animales tenían un lenguaje común y se comunicaban entre ellos, también había un alimento común: el maíz sagrado.
Todos lo sembraban, todos lo cosechaban, todos vivían de él.
Un día, el grano de maíz empezó a desaparecer, pero, como tenían en abundancia, nadie se dio cuenta.
Pasaron los días y los meses y los animales empezaron a notar la falta del alimento sagrado.
—¿A dónde se va el maíz? —preguntaron unos.
—No sabemos —respondieron los otros.
Pasó un año y más de un año y el maíz empezó a agotarse.
Hubo gran inquietud y los animales líderes cuestionaron:
—¿Dónde está el maíz?, ¿quién se lo está llevando?, ¿hacia dónde camina?
—Nadie sabe.
Y así quedó.
La situación se agravó, ya casi no había maíz, muy pronto muchos animales empezarían a morir, la situación era cada vez más preocupante.
Entonces se convocó a una nueva reunión en la que acordaron:
—Llamemos a Chaakan que por ahí anda, que por todos lados vuela. De seguro él ha visto algo.
Así pues, le preguntaron al pájaro carpintero y éste comentó:
—No sé dónde está el maíz, no sé hasta dónde caminó, pero he visto que Kixis (la hormiga arriera) se lo llevó cargando.
—¿Dónde lo puso?, ¿dónde lo guardó?
—Eso ya no lo sé.
—Investiga y cuando veas que se llevan el maíz, síguelas y nos dices hasta dónde llegan, descubre dónde lo esconden.
Así hizo Chaakan, siguió el camino de las hormigas arrieras y vio que llegaban hasta el pie de un cerro viejo.
Volando veloz regresó a donde lo esperaban el resto de los animales y les dijo:
—Ya vi dónde guardan los granos de maíz.
—Llévanos por favor.
—Sí.
Chaakan (el pájaro carpintero) los acercó al lugar. Allí, al pie de un cerro, encontraron un agujerito y los animales que encabezaban la misión empezaron a escarbar, pero al poco tiempo se toparon con una roca dura y muy grande que no pudieron mover. El maíz aún no se veía.
—Ahora qué hacemos —preguntaron unos.
—Pidámosle ayuda a Chaakan —dijeron otros —, quizá con su pico fuerte logre romper la roca.

Así hicieron, fueron a buscarlo y le pidieron que por favor los ayudara a superar el obstáculo que les impedía avanzar.
Chaakan aceptó y llegó volando a donde estaban todos los demás animales.
Con su fuerte pico empezó a desmoronar la roca poco a poquito.
Pero no tuvo cuidado y dio un fuerte picotazo, entonces el resto de la piedra se le vino encima y le rompió la cabeza.
Se abrió el agujero y descubrieron que detrás de esa roca había muchos granos de maíz que Kixis (la hormiga arriera) guardaba.
Los animales se emocionaron mucho y corrieron a recoger los granos.
Algunos auxiliaron a Chaakan, quien por causa del golpe se había desmayado y sangraba mucho.
El pájaro carpintero sanó, pero se le quedó el copete rojo, como símbolo de la sangre y la ayuda»

—Y fue así, mi niño, como Chaakan encontró el maíz y salvó a todos los animales de morir de hambre.
—Oh, entonces el rojo sangre que pinta su cabeza es la corona de un héroe.
Jun se quedó pensativo un ratito y luego preguntó:
—Tata, ¿por qué a Kixis le crecen alas el día de San Juan y las pierde al mediodía?
—Jun, mi inquieto pajarillo, eso les pasa porque no son dioses, pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Agradecimientos:


Al Maestro José Luis González Santiago, por compartirnos la historia de Jukiluwa, a la que le nacen alas.
Al maestro José López Tirzo, por asesorarnos con la escritura de los vocablos totonacos.

Ilustración:
«El rescate del maíz» autor: Espartaco Garnica.