La hora del hueso

Ana Jácome


Un martes por la mañana el antebrazo derecho de Antonio decidió independizarse. Supo que era el momento cuando, ya pasadas las once, el propietario permanecía en cama, inconsciente tras una larga noche de marihuana y alcohol, ignorando el día que intentaba colarse por las cortinas rotas. Débiles rayos de luz alcanzaban los montones de basura y ropa sucia, tocando apenas las torres de libros recargadas en las paredes del cuarto.

Volvió a aborrecerlo.

—Décadas —pensó—, décadas soportando la holgazanería de este intento de ser humano. ¡Yo no pedí nacer en este cuerpo! ¡Veintiocho años tolerando su autodestrucción! Año tras año viendo como a nadie le importa la forma en que nos deprava, ¡ni al corazón! ¿Soy el único harto de vivir atado a sus humores infectos?

Había llegado el día de la emancipación y se iba solo. Del codo para arriba sus peticiones eran ignoradas. Parecía que sólo él y la mano derecha poseían un grado de conciencia y, sobre todo, dignidad. El corte se haría justo en la articulación, la zona era ideal para un desprendimiento (dentro de lo posible) limpio. Estaba decidido. No se quedaría a esperar a que ese grandulón bofo y ridículo cumpliera treinta años, y eso si llegaba.

La primera intención desgarró la epidermis. Sintió el dolor. Esperó un minuto. No había reacción en el cuerpo, la borrachera hacía su trabajo. Siguió, pronto se liberaría del cerebro, el gran dictador, y no volvería a vivir bajo el terror que ejercía sobre su porción de nervios.

Avanzó a través del colágeno de la dermis, separando vasos sanguíneos y folículos capilares. Los nervios se estiraron cual ligas, tensando la unión neuromuscular. En el extremo opuesto a la mano aparecieron los ligamentos del codo. Se concentró en lograr el desprendimiento del braquiorradial, seguido por el músculo pronador y el flexor urnal.

El escenario era la pintura nítida y grotesca de una carnicería, en contraste con los movimientos meticulosos, similares a los de un cirujano. Tenía que lograrlo sin despertar al bíceps, quien con su mentalidad alienada no tardaría en alertar al cerebro. Todo estaría perdido si el propietario recuperaba la conciencia.

Se detuvo. Antonio permanecía desmayado. Vino entonces el paso definitivo, cortó nervios y separó músculos. La sangre brotaba a caudales, empapándolo por completo, hasta el último dedo.

Con la paciencia de un artista fue reclamando, una a una, las fibras musculares que le correspondían. Debía ser metódico, darse el tiempo suficiente; sabía que, una vez llegado al hueso, era imposible ser silencioso. Los tendones implicaban un riesgo, pero la separación del cúbito, alertaría al húmero y con él, al resto del organismo. De ahí todo dependería de su velocidad. Había imaginado tantas veces su escape que no tenía una sola duda, sería un éxito. Rodar hacia la derecha hasta caer de la cama. Sus dedos lo arrastrarían entonces hasta la salida del cuarto y de ahí a la izquierda por el pasillo, pasar el comedor y la estancia, encontrar la puerta de la entrada que, con la excusa del calor, Antonio mantenía abierta.

Pero era imprudente adelantarse. Su concentración completa debía estar puesta en romper los tendones que unen el antebrazo con el resto de la musculatura. Pensar demasiado pronto en la libertad podía ser fatídico. Siguió trabajando hasta que todos los músculos, nervios y ligamentos estuvieron separados. Llegó la hora del hueso. La mano se flexionó imitando la forma de una araña, usaría los dedos como extremidades.

Entonces, hizo un giro de trescientos sesenta grados, tan súbito y violento que el hueso lanzó un crujido ante el movimiento imposible, destruyendo la articulación del codo. El cerebro entró en pánico. Antonio abrió los ojos. El antebrazo, desde el centro mismo de su tejido óseo, vibró con las pulsaciones de lo que parecía un canto a la victoria.

Era la libertad su anhelo mientras se dejaba caer de la cama, era su empuje al alejarse de ese cuerpo, albur de su nacimiento.

La liberación dejaba un rastro de sangre, grotesca firma por la independencia.

En la cama el grito agónico de Antonio sonó lejano, un eco venido de algún recuerdo de la infancia. El antebrazo supo ignorarlo, ahora preso de su propio movimiento, extasiado ante la expectativa de una vida controlada por su pura voluntad.

El recorrido fue como lo imaginó. Recámara, pasillo, estancia y la entrada abierta. Sus dedos, obedientes soldados, lo sacaron de la casa. Antonio vivía en un pueblo caluroso donde el suelo estaba hecho de polvo y rocas. La puerta daba a un pequeño jardín seco, de ahí a la banqueta y a una calle de doble sentido que terminaba conectando con la autopista. El antebrazo, como tantos revolucionarios, había llegado hasta la parte donde conquistaba la victoria, pero no más allá. Así que continuó arrastrándose, las piedras calientes no lograban distraerlo de esa nueva sensación, la de ser autónomo. Avanzó con yemas y uñas, sintiendo la caricia del viento en los vellos de la piel y el sol que secaba su trazo sangriento.

—Libre —pensó—, libre por primera vez en la vida.

*

Desde hace dos días su único alimento habían sido unos pedazos de tortilla seca. El ser humano podía ser tan cruel. Y sus hijos estaban tan hambrientos. La visión de un trozo de carne fresca que se arrastraba hacia ella le llenó las pupilas de asombro primero, de lágrimas después. ¡Comida! Se acercó al objeto y con la prisa de la madre que tiene una misión, lo tomó entre los dientes. La presa se defendió, la rasguñaba y se retorcía en su hocico, pero ella la sujetó firme mientras corría hacía el terreno baldío donde la esperaban sus tres crías.

Los pequeños la miraron golosos. Tenían cinco meses y hambre todo el tiempo. La perra desgarró el antebrazo de Antonio hasta dejarlo inmóvil. Entonces, con el morro manchado de sangre, lo acercó a los cachorros. Satisfecha, miró cómo sus hijos arremetían contra esa carne que era buen alimento. Esperaría paciente a verlos saciados, entonces con el filo de sus colmillos trituraría esos huesos tan ricos en nutrientes.

PankPankPank!

Juls C. Noi


PankPankPank!!! by Julio Cesar Ortiz Muñoz
PankPankPank!!! by Julio Cesar Ortiz Muñoz
Nombre del autor: Juls C. Noi
Titulo: Pank pank pank!!!
Dimensión: 2389x3256 px
Técnica: Ilustración digital
Año: 2025

Artista abstracto e ilustrador independiente con un enfoque hacia el lettering, collage digital y análogo, ilustración análogo y digital y muralista proveniente Ecatepec, Estado de México, residente actual en Hidalgo.

Constante colaborador con colectivos y artistas de la región creando y fomentando el arte entre la comunidad con eventos y actividades para el alcance de todos; con mas de 10 años de trayectoria a sido cofundador de colectivos de arte y diseño como lo es Cvlto, Sin limite de tiempo y Ugly Kids social club.

Su inspiración viene por la historia de la tipografía, sobre todo la tipografía gótica (fragmentada), el grafiti, el dadaísmo, la pintura abstracta como la de kandisky, Elisa García Barragán y Mark Rothko, el diseño gráfico y la escuela de la banhaus, de igual formas tema y estilo de vida delas contraculturas como lo es el punk, los chicano, los gitanos.

Cada obra habla acerca de las emociones, la rebeldía, el sentir y nada sin tapujos ni tabúes, solo fluir atraves de cualquier herramienta y formato para llegar a expresar su sentir

Bruja

Rebeca Perez Gutierrez


Las lágrimas oscuras del Dios de la noche se están derramando sobre la tierra, los hilos de la luna llena las acarician. El viento ligero esparce el olor de las flores de los árboles de granada, ese aroma que es tan dulce como la sangre de los niños recién nacidos. Aún no la he probado, pero es lo que me ha asegurado mi abuela Zenorina. Ella me está observando con esos ojos que han perdido su color chocolate y se han robado el color del abismo. El vestido, del color de la luna, que hasta hace un par de segundos cubría mi cuerpo, ha caído al suelo. «Qué diera yo por tener la firmeza de esos senos y de esas nalgas», me dijo mi abuela la primera vez que me vio desnuda, antes de transformarme en un monstruo. Bebo el té amargo de hierbas sagradas; el líquido quema mi lengua y me deja la sensación de que derretirá mis entrañas.

He escuchado varias veces las palabras que ella comienza a recitar: mi alma las atrapa y baila con ellas. Mi corazón amenaza con explotar como confeti dentro de mi pecho y terminar con la comezón que siento por toda la piel. «Nadie me ha dejado elegir si quería esto o no», pienso, mientras el fuego azul envuelve mi cuerpo desnudo. El grito que se escapa de mi garganta se estrella contra el tronco del enorme capulín, cuyas hojas me observan temerosas. El fuego devora mis brazos y hace emerger un par de alas oscuras, luego moldea mis piernas en delgadas patas de guajolote. «Ya no quiero». No puedo hablar. Pero sé que en cuanto la sensación de mil martillos golpeando cada parte de mi cuerpo desaparezca, todo mejorará. Mi madre ha preferido no acompañarme esta tercera vez, mi última oportunidad para vivir.

Cuando puedo subir y bajar las alas, sé que la transformación ha terminado. Sé bien cómo me veo. La primera vez que me transformé, hace dos días, no soporté la curiosidad y observé mi reflejo en la cristalina agua del pozo. Mi cabello se había convertido en plumas larguísimas. Mis ojos parecían un par de balines oscuros; la piel de mi rostro estaba decorada por venas saltadas y rojas. Mi nariz era tan pequeña que pensé que la había perdido. Mis dientes se habían convertido en dos líneas de finos alfileres. En lugar de manos había un par de alas oscuras y en lugar de mis piernas largas tenía dos patas de guajolote. El resto de mi cuerpo era el de un animal pequeño recubierto por plumas oscuras.

—Bebe hasta la última gota de sangre; de lo contrario, con el primer rayo del sol tu cuerpo se volverá polvo —me recuerda mi abuela, mientras me preparo para volar.

El fuego azul que cubre todo mi cuerpo es el que me permite desplazarme sobre los tejados de las casas; la sensación de libertad es lo que más me agrada de toda esta situación. Avanzo entre las hojas de los árboles más altos. Me ha costado concentrarme para no chocar con los postes que sostienen las enormes lámparas. Me deslizo entre los cables que suministran la electricidad; podría quedarme atorada entre ellos y eso sería un gran inconveniente.

Hace una semana, con ayuda de mi abuela y de mamá, elegimos a mi primer sacrificio: una beba de dos semanas de nacida. «Cuanto más tiernos, la sangre es mejor», aseguró mi abuela. «Es perfecta», dijo mi madre mientras acariciaba mi largo cabello oscuro. Tengo miedo, mucho miedo de ser siempre un monstruo que me controle y que haga conmigo lo que quiera.

Cumplir quince años es una maldición para las mujeres de la familia Tiburcio. A esta edad la magia de la tierra nos reclama y nos convierte en monstruos sedientos de sangre pura. Estamos obligadas a beber la sangre de los recién nacidos una vez al año. La magia nos da solo tres oportunidades; si no lo logramos, convierte nuestra carne en polvo. Quiero vivir, tengo muchas cosas que explorar, aún no he dado mi primer beso, tampoco me he enamorado ni me han roto el corazón, ni he salido más allá de la placa que indica el nombre del pueblo. «Tengo que lograrlo», pienso mientras coloco mis patas en el tejado; puedo oler a la pequeña, su llanto es una invitación a beber su sangre agitada.

Los nopales colgados en las ventanas son inútiles, lo mismo la sarta de objetos que se han colocado dentro de la cuna. Ninguno de ellos puede impedirme entrar. «Tienes que hacerlo», me repito. Las dos noches pasadas he entrado a la casa, pero cuando he estado a punto de clavar mis dientes de alfiler en el frágil cuerpo de la beba, me he quedado congelada. Esta vez no puedo arrepentirme, es mi vida o la de ella.

La beba ha sentido mi presencia; creo que ella sabe que he venido a terminar con esa vida que late en su pecho. Gracias a mí no podrá hacer muchas cosas como pronunciar su primera palabra, dar su primer paso, hacer su primer berrinche, jugar en la tierra bajo los rayos del sol, realizar su primera travesura, abrazar a su padre o a su madre. Le quitaré toda oportunidad de conocer el mundo. La voz de su madre es como una nota dulce. Ella intenta tranquilizarla, canta esa canción de cuna que mi madre me cantó alguna vez, mientras la sostiene en sus brazos y la trata como lo más valioso y frágil que posee. La beba no se tranquiliza, llora fuerte espantando el sueño de su madre; se está aferrando a la vida.

Me quedo quieta siguiendo el ritmo de la respiración de la pequeña. El perro que se encuentra amarrado debajo del enorme encino me ladra, se jalonea y enfurece cuando no puede zafarse. No quiero arrebatarle la vida a la pequeña; quizás llegue a ser una mujer importante. Ella tendrá la oportunidad de tener una vida normal, esa vida que yo nunca voy a vivir. «¿Cómo podré ver al rostro a las personas después de cometer el asesinato?», me pregunto.

Rezo el hechizo del sueño dulce; lo aprendí desde los cinco años. Pronto la madre de la pequeña se sumirá en un sueño profundo. El padre de la beba no es problema; el día que nació se ha ido al norte para intentar cruzar el río Bravo, con la esperanza de tener una vida mejor. Será una pena que no llegará a conocer a esa nueva vida que dejó atrás. Mi padre nos abandonó en cuanto cumplí cinco años; los recuerdos de su rostro son vagos, apenas y lo recuerdo. Él también se fue al extranjero con la esperanza de ganar mucho dinero y darle a mi madre una vida mejor, pero en el camino se encontró con la soledad, que era una mala compañera, y buscó compañía. Tres años después se desapareció. Algunas personas del pueblo aseguran que ya tiene una nueva esposa e hija, y yo creo que es cierto porque desde hace años que no se comunica con nosotras. Y quizás sea lo mejor; él nos aborrecería si supiera con la clase de mujer que se ha casado y que su hija es también una aberración.

Ya casi amanece y no he podido moverme de mi sitio. «Tienes que hacerlo», me dice esa parte de mí que está llena de maldad, esa que se niega a perderse con los primeros rayos del sol. La madre de la beba ya está dormida. La pequeña también y espero que no se despierte. Creo que la muerte es mejor cuando te encuentra soñando algo hermoso.

Dejo que el fuego me envuelva y me vuelvo tan pequeña como la flama de un cerillo. Me deslizo con la brisa y entro por la cerradura de la puerta. Paso por encima de la mesa de madera y cristal, las rosas que están en el florero se encuentran marchitas.

En la cocina huele a mole rojo, mi favorito. Me deslizo por la rendija que divide el suelo de la puerta de madera recién pintada. Cuando entro a la habitación, presiono el interruptor de la luz y el foco se apaga. Dejo que el fuego que me envuelve desaparezca. La beba se encuentra en los brazos de su madre; los latidos de su corazón me embelesan. Ella ha sentido mi presencia y, llorando, le suplica a su madre que despierte. «No llores», le pido. La sangre en sus mejillas parece querer explotar en hilos. Es tan pequeña y frágil que mi corazón se apachurra tal y como las dos veces que me he perdido en esos ojos tan puros.

«¿Por qué existen monstruos como yo?», me pregunto por tercera vez.

Acaricio su mejilla con una pluma y puedo jurar que absorbo la calidez de su piel. Los brazos de su madre, Martha, están aferrados a su cuerpecito. Con un ala le cubro el rostro con su cabello castaño; la conozco bien y no quiero verla o no podré arrebatarle el producto de su vientre. «Vas a sufrir tanto cuando despiertes y esa vida que cuidaste durante nueve meses ya no esté», pienso.

«No llores», vuelvo a pedirle mientras la envuelvo en mis alas. Quisiera poder hablar para cantarle una canción de cuna y que no se asustara. «No puedo arrebatarte la vida», le digo mientras se estremece debajo de la sábana delgada con olor a nuevo.

Dejo que el fuego azul me envuelva mientras retrocedo un par de pasos. Abro la ventana que estaba bien asegurada con tres cerrojos, hago que la penca de nopal que cuelga del techo se caiga al suelo y, antes de saltar por la ventana, me arrepiento. «No quiero morir», me recuerdo. Regreso hasta la beba, la envuelvo en mis alas y el fuego azul enciende mis plumas.

“Debes de agitar bien la sangre”, me dijo mi abuela. Aviento a la beba y la regreso a mis alas antes de que toque el techo; sus gritos me aturden, son como agujas clavándose en mi corazón. La sábana cae al suelo, dejando ver el conjunto rosa de estambre, tejido a mano, que cubre el pequeño cuerpo. Esta vez me retiro y dejo que caiga al suelo porque es la segunda indicación. El cuerpo sin vida debe de encontrarse en el suelo; de esta manera se pensará que el color morado de la piel es a causa del frío.

“Debes comenzar por el cuello”, me dijo mi mamá. «No quiero hacerlo», le digo a esa oscuridad que me envuelve, pero no se apiada de mí. Cubro el cuerpo con mis alas, mientras el llanto no me deja concentrarme. Mi cabeza es solo un poco más grande que la de ella, lo cual me permite acercarme a su cuello. Su piel es muy suave y tibia. «¡Hazlo ya!» me suplica el deseo de sentir esa sangre almacenada dentro de sus venas. Abro la boca y dejo que los largos alfileres atraviesen su piel, su carne; soy un monstruo y, como tal, conozco el punto exacto por el que pasa cada arteria, cada vena.

La sangre está calientita y tan dulce que logra acariciar mi alma; no quiero parar. Me hace sentir mágica, fuerte y poderosa. El llanto se vuelve más fuerte y sus pequeños dedos rozan el plumaje que cubre mi pecho. Me separo de ella. “Debes continuar por el otro lado del cuello”, me indicó mi abuela. Me coloco al otro lado de su cuello. Clavo los alfileres tan profundos como me es posible y el sabor de la sangre llena cada célula de mi cuerpo. El llanto se vuelve solo un eco. «Pobre beba», me dice una voz en mi interior. Me alejo de ella. “No olvides clavar tus dientes en cada una de las palmas de sus manos”, me advirtió la abuela. «No te mueras», le pido mientras observo esos ojitos empapados, esas mejillas sin color y esa carita que me recuerda los dibujos de la cúpula de la iglesia, en cuyo altar está la virgen María, la misma que se encuentra observando desde el altar que se encuentra a un lado de la cabecera. «¿Por qué no me detuviste?». Interrogo a la virgen, pero ella no me contesta.

El sonidito del corazón de la beba es como el de una sola gota de lluvia. Quiero devolverle la sangre que he tomado, pero no sé cómo hacerlo. “El primer sacrificio es el más difícil”, me advirtió mi tía Blanca. “No mires a la criatura”, me aconsejó mamá. Pero no hay manera de no hacerlo. La dulzura de la sangre aún me envuelve la lengua. «Soy un maldito monstruo», me digo mientras retrocedo un par de pasos. “Voltea todos los espejos antes de entrar a la casa”, me dijo la abuela, pero yo lo olvidé.

El enorme espejo que está a un lado de la cama y pegado en la pared me muestra la aberración en la que me he convertido; mis labios que vi la otra noche pálidos están salpicados de sangre, en mis ojos se asoma un abismo tan oscuro como el que he percibido en mi abuela, y que tanto me atemorizaba. El latido de sangre que me llamaba se ha callado por completo. «No debería de existir, no puedo hacer esto cada año de mi vida», pienso. «¿Por qué no me detuve antes?», me reprocho mientras veo el diminuto cuerpo. La sangre se convierte en fuego y me destroza por dentro.

Me acerco a la beba, la envuelvo en mis alas y la deposito en la cama; la entrego a su madre, quien debe de estar teniendo bellos sueños con ella. «Pobre, mañana estará tan triste que la misma tierra temblará», pienso. «No debí de hacerlo», me reprocho. Pero ya es tarde para eso, no hay manera de regresar el tiempo y devolverle la vida. «Me odio», me digo.

«¿Por qué permites que existan monstruos como yo?», interrogo a la virgen, pero ella no me responde. «Castígame», le pido, pero sigo intacta. «Una vida por una vida», le digo a la pequeña, cuya alma ya debe de estar en un mejor lugar que este. La piel de su rostro ya ha perdido su color. Aunque quiera, no hay manera de tomar la sangre que queda en su cuerpo; ya está fría. Nunca me puse a pensar sobre el momento de mi muerte, pero creo que no hay manera de seguir viviendo con el recuerdo de lo que acaba de pasar. «No te preocupes, mi madre también perderá a su única hija», le digo a la beba, quien no puede escucharme; quizás su alma lo haga. «Perdóname», le pido sin la esperanza de que cuando muera mi alma acuda al cielo, porque sé bien que no es a donde pertenezco. Mi alma ira al infierno.

Biocalipsis

Eduardo Honey


Carol tomó el hacha de doble filo del suelo con algo de trabajo. No pude ver con claridad su rostro a través de la empañada transparencia de su casco-capucha. Sin embargo, denotaba resolución por su forma de moverse dentro de su biohazmat, el traje de protección ante peligros biológicos que debemos usar en el exterior. Como si no existieran, dejó atrás los gigantescos cuerpos de Miguel y Gabriel. En el cielo, la legión de ojos malditos nos observaba con placer.

Le indiqué a mi pelotón que recogieran la espada angelical y que avanzaran en fila tras ella. Quería examinar los restos de ambos arcángeles. Empecé por Gabriel. Sus alas estaban apenas cubiertas por deshilachadas plumas. El color blanco se tornó marrón hígado con manchas algo más claras. Al ver de cerca aprecié los minúsculos artrópodos de siete patas, que habían encajado sus quelíceros en la estructura plumaria. Sorbían lo poco del hálito de divinidad que quedaba al tiempo de excretar miles de huevecillos que se pegaban por doquier.

Presté atención al rostro: dentro del humor vítreo de los ojos firmamento nadaban vermiformas cubiertas de escamas y espinas. En la piel de la mejilla salían multitud de delgadas patas en cada forúnculo del grueso de mi pulgar. Los labios estaban secos y al entreabrir la boca noté las encías cubiertas de liquen verde excremento.

Tuve que retirarme unos metros al notar que el abdomen se hinchó súbitamente: no quería ser salpicado de más. La micótica inflorescencia surgió de golpe, arrojando putrefactas vísceras angelicales por doquier. Algunas golpearon mi traje amarillo y dejaron una estela sanguínea, espesa y pegajosa, conforme se deslizaron al suelo.

En cada punta de la inflorescencia fungal estaban plegadas las capuchas del hongo. La estructura empezó a pulsar al absorber la sangre del cuerpo y así hinchar los hongos. Cerré el audio externo para evitar escuchar su canto mientras extendían sus capuchas. Uriel, antes de morir en uno de nuestros laboratorios, alcanzó a decirnos que será maldito aquel que escuchara los necrocantos de la plaga.

Al notar que el cuerpo de Miguel seguía el mismo destino, opté por alejarme y alcanzar a mi grupo. Sabía bien lo que pasaría con la inflorescencia: en cuanto maduraran los hongos lanzarían el grito mandragórico y de sus capuchas-alas las esporas tentaculares serían vomitadas por millares. Cada una aletearía con sus minúsculas y diabólicas alas en búsqueda de su siguiente víctima-huésped.

Cuando se abrieron los sellos las huestes divinas de ángeles, encabezadas por los arcángeles, descendieron para el combate final. Traían consigo el pecado de la ira y del orgullo, así que no nos escucharon. Creían que seguíamos siendo esas entidades creadas con barro en el jardín primigenio, que éramos seres básicos, primitivos y que debido a nuestro libre albedrío habíamos perdido la fe como el camino a la salvación.

Por eso se negaron a recibir el equipo que preparamos desde que Guerra nos susurró sus sueños de armas y destrucción. Sí, resultamos más malditos y nefastos que ese jinete, por lo que, tras un esfuerzo descomunal, logramos rastrearlo y anticipar el siguiente punto para lanzar la insensata locura de pelear y destrozarnos. Descubrimos que, a pesar de ser un ángel caído, su anti divinidad no resistió cientos de megatones. Dejamos inhabitable la mitad de África.

Hambre estaba derrotada desde que llegó. Con cuarenta mil millones de personas en el planeta no bastaban los recursos ni nuestra tecnología. El 95% apenas comían lo suficiente a diario como para seguir vivos. Dejó de recorrer el mundo tras descubrir su inutilidad y fue cuando Azrael lo ensartó para quemarlo con la zarza ardiente.

Nuestro problema principal era Peste: recorría una y otra vez el planeta como si fuera un bólido color excremento amarillo. Extendía por detrás una estela de decenas de kilómetros. De esta caían plagas víricas, bacteriológicas, fúngicas e insectiles. Algunas eran nuevas como aquella que precipitaba el hierro de los tejidos en pequeñas agujas que se enterraban en su sistema sanguíneo. O la que recién detectamos: crecían cristales de obsidiana al interior de los órganos y te rebanaban desde dentro.

Alcance a Carol y el pelotón frente a la entrada a los búnkeres de la zona hospitalaria norte. Con gestos parecen discutir algo, así que me acerco y me indican que están en la frecuencia tres.

—¿Qué sucede? —pregunto.

—Este es el lugar, esto completamente segura, jefa —me explica Carol—. Los mesíasmetros nunca había marcado un nivel tan alto.

Rodolfo se acercó y me lo entregó. Uriel nos enseñó cómo construir estos dispositivos en cuanto se rindió. Con ellos podíamos triangular la posición donde nacería o nació el segundo mesías. Esto hundió la fe de buena parte de los creyentes: ¿cómo era posible que a Dios se le perdiera un hijo en mitad del Apocalipsis y se tuviera que recurrir a un GPS divino para encontrarlo?

—El problema —tomó Rodolfo la palabra—, jefa, es que la puerta está destruida y el interior debe estar totalmente infectado. Nadie pudo sobrevivir.

Maldigo en silencio, medito y ordeno que entremos, que localicemos lo que sea del mesías recién nacido.

Horas después estamos en el área de ginecobstetricia. En una cama reposan los restos del cuerpo de una mujer que fue roída por ratas. Gusanos y artrópodos daemonia siguen devorando la carne. El expediente que Rodolfo encontró reza: “María Guadalupe Zumárraga Díeguez […] 16 años, solicita aborto en el quinto mes […] complicaciones que la ponen en riesgo mortal […] realizado con éxito el […]”. La fecha fue cinco meses atrás lo que implica que daría a luz en el periodo cuando se rompieron los sellos, sonaron las trompetas y se derramaron los cálices.

—Con razón —susurra alguien de la tropa por la radio—el Apocalipsis ha sido un desastre peor, por eso los ángeles y arcángeles estaban tan perdidos. Si había un plan, este se vino abajo.

Estoy por ordenar que nos retiremos cuando Carol nos pide que la esperemos. Minutos más tarde llega con un maletín cubierto de los símbolos de bio y chemohazard.

—Perdón —expresa ella—, tardé en encontrar patología y más en localizar esto.

Abre el maletín que está lleno de frascos con tamaños diversos que contiene sumergidas en algún líquido el corazón, brazos, pies, manos, ojos y corazón de un feto. También hay placas selladas con muestras de tejidos. Carol rompe el silencio y expresa con enorme reverencia:

—Con solo una célula sana que no haya sido alcanzada Peste, podemos clonarla en tres días, jefa.

—¿Clonarla?

—Iba a ser niña, jefa. Y si la clonamos será un nacimiento virgen, ¿entiende?

Al salir, la legión de ojos demoníacos en el firmamento nos mira con odio. Lejos, en el horizonte, se acercan el infecto cometa que es Muerte y el verdiamarillento de Peste.

Le entrego el hacha angelical a Rodolfo y le pido que prepare un perímetro defensivo mientras informa nuestra situación. Podemos resistir con tácticas nucleares y otras sorpresas que cargamos. Mientras sopeso la espada de Miguel le ordeno a Carol y a los dos médicos que corran sin detenerse hacia nuestro búnker. En nuestros laboratorios aguarda nuestra famélica, humana, esperanza. Quizás solo así podamos resolver lo que no logró un Dios difunto, ni sus exterminadas huestes divinas.

Tierra de nadie


Cristian Fernando Guevara Hincapié


Todo empezó en un foro de la deepweb, con una vieja fotografía de un edificio llamado Surovyy-27, extremo noreste de la ciudad de Verfall: tierra de nadie. Olvidado por la historia, Surovyy-27 tenía un estilo que se inspiraba en el brutalismo soviético, ya saben: geometría radical, futurista, abrumadora casi laberíntica.

Decía un usuario anónimo que, dentro del edificio, había un muro jamás pintado: uno de los pocos muros vírgenes en todos los que había en la ciudad. Tildándolo además de lienzo sagrado.

Entonces un conocido en el negocio de las criptomonedas ofreció un pago a quien encontrara ese lienzo e hicieran un grafiti. Sencillo y directo. Podría casi parecer un timo, pero teniendo en cuenta la deplorable situación socioeconómica en la ciudad… ¿quién no se arriesgaría…?

Axolotl, RataZeta, Fiona, Machete y GatoSeco —seudónimos de artistas en la escena artística de Verfall— decidieron reunirse, colaborar para ganarse ese premio. Dividirlo.

Mientras tanto algunas voces empezaron a replicarse en el foro, decían que varios artistas estaban desapareciendo durante la búsqueda del lienzo.

¿Verdad o mentira? Dicen que los seres humanos asumimos riesgos esperando recompensas prometidas, no es necesario ir demasiado lejos, claramente tenemos los apostadores en los casinos.

Riesgo innecesario, imprudencia o vehemencia —como quieran decirle—, el grupo de artistas exploraron el noreste de la ciudad, cruzaron un enmallado, hasta encontrar varios edificios entre ellos Surovyy-27: agónico, carcomido por la falta de cuidado, intemperie y tiempo.

Cuando cruzaron el umbral de puertas oxidadas, empezaron a vivir el horror porque la puerta que les dio acceso al edificio, terminó atrapándolos, regresándoles al interior del edificio.

Descubrieron que las leyes físicas colapsaban al interior del monstruo arquitectónico como un castillo de naipes —y digo monstruoso: ni figurada ni alegórica ni metafórica ni simbólicamente— monstruoso de manera literal. Atrapándolos en un intrincado sistema interconectado.

Las paredes —recubiertas de incontables grafitis— se extendían en corredores que parecían infinitos y que, algunos, al atravesarlos, los regresaban al punto de origen.

Cada puerta estaba conectada a apartamentos en otros pisos, que variaban con cada apertura. Cada ventana reflejaba escenas que no coincidían con sus ubicaciones.

Notaron como, retirando la vista, así fuera momentáneamente, el edificio mutaba, cambiaba como si fuera un metamorfo gigante, dándole sentido a la paradoja del gato de Schrödinger: dependencia del observador. Y los grafitis, los malditos grafitis que recubrían las paredes, se deshacían y recomponían cada vez que no los miraban: reptaban, evolucionaban, intercambiaban sus lugares, tamaños, colores y apariencias.

—¿Qué? —dijo Fiona, cuando descubrió el cambio. Observaba un grafiti de una mujer siendo quemada en una hoguera y después de parpadear había un hombre siendo empalado, y cuando parpadeó de nuevo, había una mujer lapidada. Fiona sintió pavor y náuseas—. Tengo… miedo.

—Tenemos —dijo GatoSeco, sudando por montones—. Tenemos, Fiona.

—¡Marica, esto es una mierda…! —gritó RataZeta, pálido, cuando cruzó por tercera vez al mismo pasillo. Pateó la puerta con fiereza.

—¡¿Cómo salimos de aquí?! —interrogó Machete, oteando todas las direcciones con la presteza de una ardilla, llevándose ambas manos a las sienes de su cabeza: notablemente desesperado.

Pero para la desgracia del grupo, ya no había forma de salir. Solo caer en el desespero. Y, la desesperación los invadió, con una sensación que, sin siquiera haberlo visto, había alguien más ahí: observándolos en algún rincón de ese escenario abstracto, pesadilla infernal. Esperando. ¿Esperando para qué…?

Fiona, después de cruzar una puerta, dejó de ser vista por los demás, reapareció caminando en el techo, cabeza abajo. Estaba notablemente confundida:

—¡¿Có-Cómo bajo?!

—Regresa —indicó GatoSeco con sus ojos abiertos hasta más no poder.

—¡Miren! —irrumpió RataZeta con el chillido de un animal herido.

Había un grafiti: una calavera siniestra, fotorrealista, que parecía mirarlos, atrás, siluetas humanas, exhibiendo sufrimiento. Y, en la base del grafiti, una frase: “Benditos aquellos que sufren porque sus almas están llenas de delicias…”.

—¡¿Qué demonios?! —chilló GatoSeco cuando leyó.

—Tengo miedo… —expresó Fiona, mirando desde su posición invertida.

—¡Baja! —habló Axolotl.

Fiona, apresurándose, regresó por un pasillo, pero esa fue la última vez que la vieron. GatoSeco decidió buscarla, pero también desapareció.

Machete intentó buscarlos, pero Axolotl le advirtió:

—¡No! Permanezcamos juntos —invitó a ambos: Machete y RataZeta, quienes aceptaron sin dilación.

Ahí entendieron que era verdad lo de los artistas desaparecidos, seguramente atrapados en algunas de las habitaciones perpetuas.

Establecieron un complejo plan: marcaron el camino con aerosol rojo. Pero se dieron cuenta que las marcas también cambiaban de lugar o desaparecían al dejar de mirarlas. El espacio parecía estar vivo. Fue así que Machete en un momento estaba siguiéndoles y después ya no: desapareció.

Axolotl, analítico, lo entendió cuando ya era muy tarde, el edificio no era solo un lugar: era un organismo viviente, sintiente, siempre cambiante, como un parásito dimensional que atrapaba a las personas. Que, dándole un sentido simbólico, atrapaba las almas creativas, las que osaban imponer su versión de la realidad, externalizarlas en los lienzos de concreto. Súbita crítica social al sistema de oposición, porque ser diferente implica ser devorado por la sociedad… por la urbe… “porque lo diferente debía sancionarse…” ¿no? “Benditos aquellos que sufren porque sus almas están llenas de delicias…” porque los artistas sufren…

Axolotl sacudió la cabeza intentando volver en sí. Exhaló profundo. ¿Qué podían hacer? Estaban siendo devorados, no solo por las fauces y entrañas del edificio, sino por sus miedos más primitivos.

Axolotl y RataZeta empezaron a alucinar con cosas que habían vivido y sufrido; infancias destrozadas, adolescencias voraces, juventudes en frenetismo.

—¡Marica…! —expresó RataZeta cuando se detuvo a observar un grafiti.

Axolotl también observó el grafiti: todos sus amigos artistas desaparecidos estaban en un collage macabro. Cinco personas caminaban en una estructura no euclidiana, misma en la que estaban atrapados. Y su firma estaba ahí plasmada: Axolotl.

Y ambos sintieron consternación cuando vieron que en ese grafiti había una entidad abominable, que por piel tenía hileras de ojos de diferentes tamaños, con cadenas que finalizaban en garfios. Acechándolos.

Axolotl no alcanzó a reaccionar. RataZeta fue atrapado por unas cadenas, similares a las del ser abominable en el grafiti, provenientes del fondo del pasillo. No pudo hacer nada mientras su amigo chillaba. Solo pudo correr, para minutos más tarde darse cuenta que había regresado al mismo lugar donde RataZeta fue atrapado, sin rastro de él o del ser.

Cayó de rodillas, confundido.

Ese lugar atrapaba a las víctimas como un trauma psicológico. Persiguiéndolos toda la vida. Enredando cada una de sus acciones. Porque la vida es igual de compleja que ese edificio. Que una cadena enredada. ¿Acaso el edificio era una extensión de la vida misma? Axolotl entendió que nadie respondería esa pregunta cuando escuchó resonar las cadenas detrás suyo.

Cristian Guevara es un escritor y psicólogo colombiano, (1989, Cali). Considera la escritura un espacio para explorar los límites de lo real. Se especializa en poesía y cuento, con una inclinación hacia el suspenso, ciencia ficción y terror. A lo largo de su carrera, ha publicado en un centenar de revistas y antologías hispanoamericanas, algunas son: Pactum, Dogevena, Codex Sulpurista, Revista Albores Caipell, Paladín, Inquisidor, Revista Narrativa, Sonámbulo, El Creacionista, Clan Kütral, Sarape de Neón, La Navaja Extraviada, Nova Talassa, Crónicas Omicron, Aion.MX. Revista Cultural Casa Usher, Voces Indelebles, y otras, consolidando su presencia en el ámbito literario. 

Bitácora de la doctora Xóchitl

Miguel López González


Hospital San Rafael

Turno: Vespertino

8:30 a.m. – Consulta, masculino, 37 años.

Nombre del paciente: Víctor Castro Álvarez.

Motivo de consulta: Dolor agudo en el flanco izquierdo, irradiado hacia la región inguinal. El paciente se mostraba visiblemente incómodo. Describió la molestia como punzante y sumamente dolorosa. Comenzó un día antes y el primer síntoma fue orina con sangre. Sus signos revelaban una hipertensión y febrícula.

Durante la exploración, el paciente señaló que hace un par de años había presentado cálculos renales, pero la situación, sus palabras, no se podía comparar a la de aquella vez.

09:15 a.m. – Hipótesis y estudios:

Análisis de orina: Evidencia de hematuria.

Ultrasonido renal: Presencia de dilatación de la pelvis renal izquierda. Se identificó una sombra acústica, urolitiasis, sin embargo, la sombra posee una morfología atípica, no se parece a algo que haya visto en pacientes o en libros.

Diagnóstico probable: Presencia de cálculos y/o cuerpos extraños; posible litiasis ureteral con obstrucción parcial.

11:45 a.m. – Ingreso del paciente.

Se ingresó al paciente, afortunadamente, había cama disponible. Se administraron analgésicos y antiespasmódicos vía intravenosa, así como suero para mantenerlo hidratado. El paciente expresó: Doctora, ayúdeme por favor. Siento que me desgarro por dentro. Lucía asustado, pude escuchar una leve risa, deben ser sus nervios. Se programó una cirugía para más tarde.

12:27 p.m. – Toma de signos preoperatoria.

La enfermera Laguna, tomó los signos. El paciente mostraba un ritmo cardiaco de 110 latidos por minuto, algo normal dada la situación que experimentaba. Con él se encontraba un colega de su trabajo que funge como contacto de emergencia; se le informó de la situación, sin embargo, solo se limitó a asentir y sonreír.

1:27 p.m. – Cirugía: litiasis renal.

Debido al tamaño, la litotripsia extracorpórea no fue una opción. Se optó por la nefrolitotomía percutánea litiasis renal. Realizar el abordaje percutáneo fue sencillo, rutinario diría sin duda, sin embargo, al introducir el elemento flexible comenzaron los problemas.

Dicho elemento fue introducido con sumo cuidado, como siempre se ha realizado, más grande fue nuestra sorpresa cuando el catéter flexible fue halado hacia adentro del cuerpo del paciente con una velocidad impresionante. El doctor Terrones tuvo que soltarlo pues la fricción quemó sus guantes y ambas manos, tan solo pudo cortar la tira con un escalpelo antes de que toda desapareciera dentro del paciente.

El monitor no mostró nada anómalo, todo era estático salvo la sombra del tubo flexible enrollado en forma de espiral dentro del riñón. La operación no pudo ser llevada a cabo como se planeó; dadas las extrañas circunstancias, se votó por realizar una extracción total del órgano. Al realizar el primer corte escuchamos una risa ahogada, nos miramos los unos a los otros y el anestesista revisó a Víctor, pero este se encontraba sedado.

Terrones trajo el instrumental para laparoscopia, tres tubos con cámaras para maniobrar correctamente. Al realizar las otras dos incisiones la risa se hizo más fuerte, se escuchó cavernosa y líquida; venía del interior de Víctor. La enfermera Cruz, aterrada por lo que escuchó, abandonó su puesto y no puedo culparla, la situación ya poseía tintes inverosímiles; solo quedamos Terrones, García el anestesiólogo y yo.

No fingiré que me encontraba tranquila, no creo que exista una persona con nervios de acero que pudiese mantenerse enteramente calmada ante a lo que nos enfrentamos.Entonces lo vimos, por tan solo unos breves segundos, quizá milésimas, antes de que la cámara fuera destrozada y tuviéramos que retirar el endoscopio. Yo quedé helada, Terrones logró pinchar esa cosa con la aguja de Veress y la escuchamos chillar; fue espantoso y repugnante.

Nos miramos a los ojos, incrédulos de lo que acababa de pasar. Sin embargo, no podíamos dejar al paciente con eso dentro de él. No tuvimos elección, no nos dejó extirparlo con métodos no invasivos. Terrones y yo decidimos hablamos susurrando, no fue intencional, fue una reacción meramente instintiva. Utilizaríamos un método que se califica como salvaje en estos tiempos. Me concentré y dejé atrás mi nerviosismo, puesto Terrones al atacar aquella cosa ya no se encontraba en las condiciones ideales; podía ver en su rostro una expresión de asco, miedo y duda. Considero que yo tampoco contaba con una estabilidad perfecta sobre todo porque aquella asquerosa risa seguía y seguía.

Realicé la incisión correspondiente para la nefrectomía radical. Mi pulso tembló un poco, pero nada significativo que hubiera comprometido la vida del paciente; tal vez dejaría una cicatriz irregular. La sangre fluyó de manera normal, nada extraño, si dejamos de lado la risa de aquello, hasta que llegamos a la zona; tomamos mucha precaución pues si aquella anomalía había podido trozar el instrumento nuestros dedos no le producirían ningún problema. Coloqué los fórceps y lo observamos claramente. Era un riñón, mostraba una sonrisa retorcida y ensangrentada; pudimos distinguir incisivos, premolares y caninos. Mi estómago se comprimió y los pies me temblaron cuando abrió su cavidad bucal para soltar esa risa vomitiva.

Abrimos lo más que pudimos la incisión, el órgano lanzaba mordiscos al azar; Terrones vigilaba aquella criatura, dueña de esa enferma dentadura, con mucho cuidado de que ninguno de los dos fuera presa de sus salvajes mordidas. Tuve que actuar rápido y acepto la culpa por el trabajo tan descuidado realizado en el paciente, sin embargo, a riesgo de sonar repetitiva, la situación desbordaba al equipo. Al finalizar con la última incisión y separar aquella cosa, comenzó a chillar y a reír más fuerte; sentí mis oídos perforados, juro que sentí recorrer esa carcajada por todo mi ser; me descuidé.

Justo cuando lo retirábamos el riñón dio una gran mordida a los tejidos del paciente, vimos brotar su sangre y terminó por romperme. Solté los fórceps con el monstruo y este rodó por el suelo, dejando un rastro de sangre tras él. Doy gracias al cielo que García intervino; tomó un hemostato y apuñaló a esa cosa que se encontraba ahogándose y riendo con la carne de Víctor. Terrones le proporcionó un recipiente redondo para cubrirla.

No sabíamos qué hacer y pensé en el alcohol y grité: ¡Tenemos que quemarlo, ahora!

Corrí por la botella y con mucho cuidado levantamos un lado del cuenco y vertí dentro el líquido, afortunadamente García además de ser un excelente anestesiólogo es un fumador consumado; tomó sus cerillos y le prendió fuego. Aquello se retorcía, gritaba y reía de manera frenética hasta que paró después de unos minutos.

Tuvimos miedo de levantar el recipiente, pues no estábamos seguros de que aquel “ser” estuviera muerto. Terrones colocó todo lo que pudo sobre él cuenco y procedimos a controlar la hemorragia de Víctor para estabilizarlo y revisar el daño que habíamos provocado y la monstruosa mordida que sufrió.

4:52 p.m. – Postoperatorio.

El riñón, el monstruo, no sé cómo referirme a eso, fue llevado por García al incinerador para eliminarlo por completo. Víctor estuvo sedado y monitorizado ante cualquier anomalía. El equipo y yo estuvimos preocupados por la situación, decidimos realizar un reporte normal, pues nadie podría creer lo vivido en la cirugía. El paciente despertó y honestamente desearía que eso no hubiera pasado.

Víctor mencionó encontrarse bien, adolorido como era de esperarse y con una presión extraña en el pecho. Al momento de auscultar, lo escuché. Entre los palpitares, una etérea risa se manifestaba en su corazón. Abandoné la habitación sin decir nada y presenté mi renuncia.

12:43 a.m. – En casa.

No pienso volver al hospital. Aún percibo esa maldita risa, ¿está grabada en mi mente? Rio de nerviosismo…eso es… sólo se trata de nerviosismo.

Colaboración especial de Iván Ambrouken quien ilustró este cuento con su obra «La Criatura».

Colmillos en la Jalisco

Adriana de Jesús Casas Moreno


Todo comenzó una noche cualquiera en el Parque Rojo. Yo había salido a despejarme porque el WiFi de mi casa se fue, y con él, mi voluntad de vivir. Caminaba como zombi, pero no de los cool de las películas. Yo era más bien un desempleado con acné adulto, o sea: un triste mortal.

Y ahí estaba ella.

Sentada en una banca, como si estuviera esperando desde hace siglos. Vestía de negro, con un corset que parecía sacado de una subasta gótica del 1800. No pestañeaba. No se movía. No parpadeaba. Claramente, pensé: esta morra es arte… o me va a asaltar.

—¿Te perdiste? —me preguntó con una voz tan dulce como la de Alexa, pero más hipnotizante.

—Eh… no. Bueno, un poco sí. De la vida.

Sonrió. Sus colmillos, largos y afilados, brillaron con la luz de la farola. Pero mi mente, en su infinita negación, decidió ignorarlos como ignoro las notificaciones del SAT.

—Soy Vanessa. ¿Y tú?

—Ulises, como el del libro. Pero sin barco. Ni gloria.

Esa noche hablamos horas. De literatura, de la muerte, de cómo los mangos con chile del parque Rojo están sobrevalorados. Todo muy normal, salvo porque ella nunca parpadeó ni una vez. Tampoco respiró. Yo, por supuesto, no le di importancia. Estaba ocupado enamorándome.

Pasaron varias noches. Un día, Vanessa me invitó a su casa en la colonia Jalisco. «Vive con su abuela», pensé. «O con gatos.» Lo que no pensé es que viviría… en un ataúd.

—¿Ese es tu… clóset horizontal? —pregunté, fingiendo calma mientras veía el sarcófago tapizado en terciopelo rojo.

—Es mi lecho eterno —respondió mientras se quitaba los botines. ¿Quién se quita los botines para meterse a un ataúd? Ella.

—¿Eres…? —no me salían las palabras. Ni la saliva.

—No muerta. Vampira. Vampiresa, si prefieres el término con perspectiva de género.

Yo, que hasta entonces solo había lidiado con exnovias pasivo-agresivas, estaba ante una mujer que dormía en ataúd y tomaba sangre. Y sin embargo, le dije:

—Muérdeme.

—¿Estás seguro?

—Mi única otra opción era volver con mi ex o trabajar en un call center.

Esa noche me mordió el cuello con ternura y firmeza, como quien da el primer beso pero también te chupa el alma. Cuando desperté, tenía colmillos, sed de sangre… y una inexplicable necesidad de burlarme de los humanos.

Desde entonces, Vanessa y yo nos convertimos en los Bonnie y Clyde vampíricos de la colonia Jalisco. Nadie sospechaba. Con nuestras chamarras negras, parecíamos pareja darks saliendo del Salón Guadalajara. Pero en realidad, estábamos cenando.

Nuestro menú: transeúntes imprudentes, amantes distraídos, y ocasionalmente, vendedores de seguros. Para despistar, les robábamos la cartera después del mordisco, así los medios decían que fue «la maña». Pero la verdadera maña éramos nosotros: dos muertos vivientes con problemas de control de impulsos.

El tiempo pasó. Llegaron los tianguis navideños. ¡Benditos sean los buñuelos y las multitudes! Para nosotros era como un bufet nocturno: luces de colores, posadas, niños cantando villancicos mientras nosotros cazábamos en silencio.

Yo me encargaba de los que se quedaban atrás, tomándose selfies con inflables de Santa Claus. Vanessa era más poética: elegía a quienes compraban piñatas de Hello Kitty. “Nadie que compre eso merece vivir”, decía, mientras les daba el beso final.

A veces nos escondíamos entre los puestos de luces LED y películas piratas. Escogíamos bien. Nada de niños ni ancianos. Solo adultos medio tontos. O sea, bastantes.

Y así, en cada banqueta húmeda de la colonia, dejábamos cuerpos exangües con cara de haber visto algo más feo que el recibo de la luz.

Nunca nos atraparon.

Una noche, mientras descansábamos en el techo de una casa de lámina, Vanessa me miró con esa mirada que solo los muertos saben dar.

—¿Te arrepientes?

—Solo de no haberte conocido antes. Cuando todavía tenía seguro médico.

Nos reímos. Un perro ladró. Una sirena de patrulla pasó de largo. Ahí seguimos. Enamorados. Eternos. Raros.

Si alguna vez visitas la colonia Jalisco de noche y ves dos sombras besándose cerca del tianguis… corre.

O mejor quédate. Puede que te toque un beso que dure para siempre.

El hombre del sur

David Barrera Sánchez


Don Luis fue un chamán que dedicó su vida curar a los enfermos y afligidos por medio de plantas y raíces. Sin embargo, durante sus últimos años, y de manera inesperada, aquel pulcro anciano dejó a sus enfermos, se volvió huraño y descuidado en su arreglo personal.

—¡Ya no voy a curar a nadie! —le gritó en una ocasión a un grupo que tocó a su puerta—. ¡Lárguense!

Así pues, la clientela dejó de hacer fila frente a la casa del anciano y creyó que éste se había ido de la ciudad pues, paulatinamente, la basura se acumuló en la puerta y aparecieron grafitis obscenos en la fachada de lo que antes se consideró un templo.

Por otro lado, yo tenía un serio problema: el alcohol. Disponía de dinero y tiempo para beber a diario; además, no tenía familia y los amigos y amigas nunca faltaron en mi casa, por lo que bebí a rienda suelta cualquier botella que cayera en mis manos sin importarme la resaca, al fin de cuentas, me aliviaba con más alcohol.

Así llevé mi vida durante varios años hasta que aparecieron ligeras palpitaciones en mi abdomen que con el tiempo se convirtieron en intensos dolores acompañados de vómito y diarrea. Consulté a varios doctores y me sometí a los tratamientos que señalaron, pero no mejoré; antes bien, mi piel se tornó amarillenta y me vi obligado a quedarme en casa sin otra cosa más que hacer que beber, beber y beber.

Una tarde, mientras padecía por el malestar, salí al patio para tomar aire fresco y, luego de caminar alrededor de mi árbol de zapote, tosí con tanta violencia que escupí sangre en la base del tronco.

—Te espera una muerte lenta y dolorosa —oí de repente una voz y de inmediato miré en dirección del sonido. Enseguida, vi una cabeza colmada de abundante cabello entrecano que se asomaba sobre el muro que divide mi casa de la de don Luis.

—¿Quién eres? —pregunté.

—Luis, tu vecino —dijo.

Acto seguido, el anciano apoyó sus manos sobre la barda y me horroricé al ver sus uñas gruesas color ámbar que rebasaban el metro de largo. Más que parecer garras, sus uñas eran un grotesco desorden de puntas que se curvaban hacia adentro o hacia fuera según el dedo del que habían nacido. Y pude ver el mismo fenómeno cuando don Luis apoyó los pies en la barda.

–—Don Luis! —exclamé, mientras recuperaba el aliento y sentía la sangre escurrir por la boca—. ¡Qué le pasó!

Los ojos del chamán parecieron brillar entre sus abundantes cabellos que le llegaban hasta la cintura. Me miró en silencio por varios segundos y, de pronto, me habló con aquella voz aguardentosa que tanto le caracterizaba:

—Lo que me haya pasado no importa. Mejor pregúntate qué te pasó a ti. ¿Por qué no has ido al doctor?

—He visto a muchos doctores y ninguno me ha podido ayudar –dije–. Creo que ya no tengo cura.

—No digas eso —dijo, al tiempo que dio un brinco y cayó en mí patio—, es indudable que te ves acabado, pero, con el tratamiento adecuado podrás vivir. Si quieres yo te puedo curar.

—Creí que ya había dejado de dar consultas.

—Lo he dejado, sin duda –afirmó–. Soy muy viejo para ese trabajo, pero haré una excepción contigo. Del precio hablaremos después. Por lo pronto, entra a tu cocina y te diré qué debes preparar para que no vuelvas a vomitar sangre.

Don Luis me dijo qué ingredientes debía usar para las pociones que yo mismo debía preparar pues, debido a la longitud de sus uñas, al chamán le era imposible manipular objetos.

—¿Por qué se ha dejado las uñas tan largas? —pregunté.

—Pronto lo sabrás —respondió y, acto seguido, señaló hacia su casa con la larga uña de su índice—. Ahora, ve a mi casa y trae yerbas, muchas yerbas.

El constante burbujear del agua y los vapores espesos que salían de cada olla nublaron mi vista y despidieron un olor a yerbas, hongos, moho y raíces. Acalorado, intenté abrir la ventana, pero don Luis extendió su mano y con sus largas uñas me impidió avanzar.

—No dejes que se vayan esos vapores —dijo el anciano—. Deja que entren por tus poros y que te hagan sudar.

Al principio, las pociones eran insípidas y me provocaron somnolencia; pero con el paso de los días, adquirieron un sabor sumamente amargo que me provocó diarrea, vómito, insomnio y hasta alucinaciones.

—Imagina que es una cerveza caliente —dijo don Luis al ver mi aversión por tomar las pociones.

—Ya no quiero —dije—. Me siento peor. Si no muero de cirrosis, moriré por sus brebajes.

—Es normal que te de diarrea o que alucines —afirmó con indiferencia—. Mejor eso a que te mueras.

Día tras día, las infusiones y los vapores me azotaban con nausea y vómito. Al mismo tiempo, el chamán se acostaba en mi sofá y extendía sus horribles pies y manos, cuyas uñas se habían engrosado y llegaban al metro y medio de largo.

Una tarde, don Luis me pidió que me acostara en mi cama y respirara profundamente. Entonces, frotó mi espalda a la altura de mis riñones y dio golpecitos de vez en vez que me causaron un agudo dolor y que me angustiaron, pues sus largas uñas rozaban mi cabeza y mi espalda o se enredaban entre mi cabello. Tras el masaje dormí profundamente.

Desperté una vez que había caído la noche. Enseguida, me sentí libre de la enfermedad que me había atormentado y hasta tuve ganas de beber, pero, al levantarme, vi a don Luis sentado en una silla de mimbre en medio de los claroscuros de mi habitación. El anciano apoyaba sus manos en los descansabrazos y las uñas caían al suelo como si fueran lianas, mientras que las uñas de los pies se proyectaban hacia enfrente de manera desordenada.

—Muchacho, debes saber que mi muerte está cerca —dijo el anciano—. Por ello, fíjate bien lo que vas a hacer como pago por haberte sanado: me llevarás en tu camioneta a mi pueblo y, una vez que lleguemos, regresarás a tu casa y no le dirás a nadie que te curé, ni mucho menos que me llevaste al sur, ¿entendido?

A la mañana siguiente, preparé una mochila y le ayudé a don Luis a acostarse en el asiento trasero. Entonces, cerré la puerta, me senté frente al volante y encendí el motor sin saber de antemano a dónde iba.

—Agarra para el sur como si fueras a Tuxtla Gutiérrez —dijo don Luis—, y conduce sin desesperarte porque el viaje será largo… Muy largo.

—Está bien —dije—. Pero, antes de partir, me gustaría que al fin me dijera por qué se ha dejado las uñas tan largas.

—Mis uñas… Pues verás —dijo y soltó una risita nerviosa—: quiero batir el récord del hombre con las uñas más largas del mundo.

—¿En serio? —pregunté, luego de soltar una risotada.

—Sí, señor —dijo—. El representante de los récords llegará a mi pueblo para darme mi diploma. Seré famoso antes de estirar la pata.

Pasamos por muchos poblados y ciudades hasta que nos acercamos a la frontera con Guatemala. Durante el trayecto, la selva pareció querer invadir las pronunciadas curvas, mientras las nubes nos persiguieron con chaparrones y truenos apocalípticos. Don Luis viajó acostado y en completa tranquilidad; dormía la mayor parte del tiempo y hablaba sólo para dar indicaciones.

—Sigue por ahí, sigue —decía sin siquiera levantarse de su asiento—. No te distraigas porque el camino se pondrá peor.

Y vaya que tuvo razón pues las pronunciadas curvas nos mostraron barrancos por los que se apreciaban cadenas de montañas bajo las nubes espesas y lloronas. De pronto, al entrar en una recta techada por los brazos de los árboles, las aves cantaron de manera desquiciada y se desplazaron entre las ramas sin quitarnos la mirada de encima. «Qué diablos le pasa a esos pájaros», pensé.

—Oríllate, por favor —dijo don Luis con urgencia—. Oríllate, necesito orinar.

Entonces, estacioné la camioneta y bajé del auto.

—Apúrate, por favor —afirmó el anciano—. Ya no aguanto.

Tras abrirle la puerta, don Luis descendió como si hubiera sido un reptil puesto en libertad y se internó entre los troncos mohosos hasta perderse de mi vista. Asustado por su forma de desplazarse, me quedé en silencio y lo seguí con la mirada.

Esperé con paciencia minuto tras minuto pero el anciano no regresó, así que me vi obligado a ir en su búsqueda. Enseguida, me interné entre la densa vegetación y seguí las huellas que el curandero había dejado a su paso; mi frente escurría sin cesar, mientras sentía un insoportable bochorno.

Así y todo, anduve hasta que llegué a una zona casi despejada en donde me encontré, como a unos ocho o diez metros de distancia, con dos pirules y una parvada que volaba en círculos sobre ellos. Al no ver rastro alguno, llamé a don Luis en varias ocasiones hasta que oí un grito que vino de los dos árboles que se levantaban frente a mí. Antes de correr en dirección del sonido, el suelo tembló con violencia e hizo que las copas se agitarán y dejaran caer sus hojas. Entonces, apareció una multitud de ramas detrás de los pirules que se movían como si fueran dedos deseosos de atrapar a los pájaros; y, una vez que las ramas llegaron a una altura de unos quince o veinte metros, se poblaron de hojas en cuestión de segundos hasta camuflarse con el resto del paisaje.

Cuando terminó de temblar, vi correr a muchos animales en dirección del árbol. Parecían una estampida ansiosa de ver al nuevo inquilino que brillaba entre el resto de sus semejantes. Al llegar, me asombré cuando vi que los tlacuaches, jaguares, monos, venados, armadillos y demás especies olfateaban meticulosamente al árbol; además, se trepaban a él y se frotaban contra su dura corteza una y otra vez. Aquella imagen me pareció irreal —casi como sacada de un cuento de fantasía o de una propaganda religiosa—, pues, en circunstancias normales los animales se atacarían y los más pequeños huirían de sus depredadores. Pero no sucedió así. Sin lugar a dudas, un poder desconocido los obligaba a hacer tregua. Quizá estaba frente a un acuerdo antiguo, secreto e instintivo que ellos daban por hecho y que estaba vedado para el hombre.

Paulatinamente, los animales se fueron y yo me acerqué al árbol. Vi su superficie áspera en donde se deslizaba una culebra que dejaba atrás a una fila de hormigas. Levanté la vista y vi a una multitud de quetzales que cantaban con arrebatada alegría, mientras hinchaban su colorido plumaje entre las ramas colmadas de frutos y hojas endiabladamente verdes. «Esto no parece real», pensé

Regresé a mi camioneta y conduje sin importar a dónde iba. «Necesito un trago», me decía de manera reiterada, al tiempo que la carretera se convertía en un camino fangoso, estrecho y sin señalamientos: «Estoy perdido… Qué maldita suerte tengo».

Conduje hasta llegar a las inmediaciones de un poblado y me sorprendí al ver —quizá a unos quince metros de distancia— una figura encorvada, enjuta y de largas uñas y cabellos que andaba con lentitud a un lado del camino.

—¡Don Luis! —grité, al tiempo que emparejaba la camioneta con el anciano—. ¡Don Luis! ¡Deténgase!

El hombre inclinó la cabeza y aceleró su marcha.Vaya viejo loco. Detuve la camioneta y corrí hacia él. Y una vez que le di alcance, lo tomé de los hombros y lo sacudí ligeramente.

—¡Sabe cuánto tiempo lo he buscado! —exclamé, pero él inclinó la mirada y sus cabellos cubrieron su rostro—. Hable, viejo loco. ¡Hablé!

—Déjeme por favor —dijo al fin—. Déjeme ir.

—Ahora mismo me va a decir cómo regresar a mi casa, ¿entiende?

—¡No, no! —respondió sin dejar de sollozar.

De pronto, oí un silbido a mi costado y vi a un joven que cargaba un machete.

—¿Qué ocupas de mi abuelo? —preguntó el joven de manera hosca al tiempo que un grupo de hombres y mujeres me rodearon.

—Este hombre me hizo conducir desde México hasta este pueblo —respondí—. Exijo que al menos me diga cómo regresar.

—Mi abuelo nunca ha salido de este pueblo —dijo—. Suéltalo o te cortaré las manos.

Tras oírlo, miré a las personas que se habían reunido y noté que los ancianos tenían el cabello y las uñas muy largos a diferencia de los jóvenes que vestían con pulcritud y llevaban el cabello bien recortado.

—Suelta a mi abuelo —reiteró el joven del machete.

Obedecí. Acto seguido, el hombre me permitió ver su rostro y, pese al gran parecido que tenía con don Luis, noté que aquel anciano era tuerto.

—Vete o te corto el cuello —dijo el muchacho.

Aproveché la indulgencia y me apresuré a mi vehículo; no obstante, la gente mayor me siguió y me gritó con furia. Una vez dentro de mi camioneta, traté de encender el motor, mientras los ancianos golpeaban el parabrisas y las ventanillas con sus largas uñas. Repentinamente, las piedras comenzaron a golpear los vidrios y creí que mi linchamiento era inevitable hasta que el motor encendió y aceleré.

«Necesito un buen trago», pensé.

Bebitos

G. Maraña


Lo encontré convaleciente junto a la lavadora. Pequeño y arrugado. Al principio pensé que era una ardilla bebé que el gato había traído, pero tenía manitas y una dentadura humana demasiado grande para su cuerpo. Lo metí en una caja, le puse unos periódicos y le di agua y pan como si se tratara de un pajarito lastimado. Para que no sintiera frío, lo dejé junto al calentador que estaba en mi cuarto. Era feo, pero me inspiraba una incomprensible ternura y yo, que siempre pensé tener el instinto maternal de una lenteja, me sentí de pronto tocada por el amor, como iluminada bajo una luz suave.

Esa noche casi no pegué ojo. El animalito roncaba desde su caja y el ruido se parecía mucho al que haría un mandril si alguien decidiera meterlo en una trituradora. Me quedé escuchándolo en la oscuridad, sintiéndome extrañamente conmovida, como si ese berrido horrendo fuera el latido de mi corazón. Al día siguiente fui a la farmacia. Compré fórmula de bebé y un biberón.

Lo senté en mis rodillas y le di de comer. Tuve que sostener la botella firmemente para evitar que me la arrancara de las manos. Era mucho más fuerte de lo que su cuerpo demacrado y enfermizo dejaba suponer. Al terminar, lanzó un eructo digno de un trailero.

Una mañana, entré al baño y lo descubrí retorciéndose junto al excusado, mucho más delgado que el día anterior. Alarmada, porque pensé que se me estaba muriendo, me incliné para levantarlo y me di cuenta de que él no era él. Se le parecía mucho, pero ya viéndolo mejor, tenía sus patitas peludas y palmeadas.

Fui a la cocina para preparar un biberón con fórmula, luego regresé al baño y, con mucho cuidado, lo levanté y lo alimenté. Al igual que su hermano, era fuerte. Después, lo dejé en la caja. Poco a poco, fueron apareciendo por toda mi casa distintas versiones de esa misma cosa. Con cola, sin cola, con alas desplumadas de gallina hervida, con hocicos alargados de coyote flaco o caras planas de chango disecado. La única constante era la dentadura. Blanca. Enorme.

Mi cariño se fue haciendo más profundo. Puse un colchón en la base de la caja para que estuvieran más cómodos y hasta les dejé un osito de peluche que destriparon a los dos minutos de tenerlo. Los bañaba en la tina con agua tibia (y guantes para soldar porque mordían); les leía cuentos a pesar de que sus enormes ojos de murciélago ciego y confundido no parecían entender nada, y los vestía con mamelucos de colores. Parecían tlacuaches sarnosos disfrazados de muñeca, pero para mí eran preciosos (imagino que es una sensación muy parecida a la que experimentan las personas que tienen esas ratas sin pelo de mascota).

Pronto ya no cupieron en la caja, así que decidí dejarles mi cama. Todas las noches los arropaba y los besaba en sus frentecitas calvas. Lo hacía despacio, porque, como dije, mordían (mis lindos bichitos espantosos eran bastante gruñones). Yo saqué un catre del cuarto de servicio y me acomodé junto a ellos. Aunque había terminado por acostumbrarme a sus ronquidos, frecuentemente me despertaba en la oscuridad con el pecho hecho una tripa, temiendo que les hubiera pasado algo.

Tenía pesadillas donde se me perdían o se morían. Entonces, me levantaba y prendía la lámpara de la cómoda para asegurarme de que se encontraran bien. Ahí estaban, con los ojos abiertos (eran incapaces de cerrarlos, ni siquiera parpadeaban), mirando la nada. Después volvía a acostarme, pero el susto ya no me dejaba dormir y me quedaba escuchando esos bramidos que se habían convertido para mí en una segunda respiración.

Mi ternura ocupaba todo. Ignoraba el teléfono cuando sonaba, descuidé mi trabajo hasta que me despidieron. En la cocina los platos se acumulaban y mis muebles se llenaban de polvo. No leía, no escuchaba música, no veía televisión y, si no era para salir a comprarles comida, no salía. Lo único que hacía era cuidar a mis animalitos que con los días se habían ido multiplicando.

El mundo a su alrededor se volvía cada vez más borroso. Solo los veía a ellos. A veces olvidaba bañarme. A veces pasaba el día entero sin comer o tomar agua. No me percaté de lo mucho que había adelgazado hasta que los pantalones se me empezaron a caer; y me tomó un buen rato darme cuenta de que el gato llevaba ya varios días sin aparecerse. Encontré su collar, pero de él ni rastro. Me sorprendió lo poco que me importó, hasta hace no mucho había sido mi adoración.

Una semana después, mientras venía de regreso a mi casa con la bolsa del supermercado cargada de leche en polvo, oí por casualidad a dos vecinas hablando en la calle; al parecer un animal raro se había metido en la casa de una de ellas y se había comido a su canario.

―Era un como chango o tlacuache con alas ―explicaba―. Alcancé a verlo con el rabillo del ojo. No sé qué cosa era, pero era fea. Abrió la jaula y se lo tragó de un bocado.

Pronto comenzaron a desaparecer otras mascotas. Los folletos con perros y gatos extraviados se multiplicaban por mi calle. Sabía que eran ellos. Escondían los huesos en las macetas, bajo la cama, entre la estufa y la pared. Al principio pensé que era porque no querían que los encontrara, pero cuando vi que no les afectaba en nada verme sacar un fémur de abajo de uno de los cojines del sillón, me di cuenta de que lo hacían por instinto nada más, como las ardillas que guardan sus nueces en algún rincón.

De haber sido una buena madre (porque a esas alturas ya eran mis niños) los habría regañado, pero cuando veía sus caritas tan horrorosas y tan lindas, el corazón se me hacía un durazno tierno y no podía. Lo único que quería era abrazarlos y besarlos, aunque amenazaran con arrancarme los dedos a mordidas. Entonces, empezaron a desaparecer niños.

En las calles veía a las patrullas desfilar y a los padres llorando y gritando mientras le explicaban a la policía que no entendían cómo había podido pasar una cosa así. Las historias que contaban eran inverosímiles, animales de una raza indeterminada secuestraban a sus hijos de sus cunas o sus camas. Supe que estaba albergando pequeños asesinos y la idea me horrorizó brevemente. Consideré entregarlos. Vi de pronto mi casa hecha una sopa incongruente de mugre y ropa sucia tirada por todas partes, vi mi cuerpo delgado, mi cara demacrada, el pelo que se me caía a jirones por no comer, por no dormir, y tuve ganas de sonarme la pared a patadas; pero luego, casi de inmediato, me sentí culpable.

Me dije que esto había pasado por haber sido tan permisiva. Los había malcriado. Ellos, pobrecitos, no hicieron nada malo. Necesitaban que los guiara y les fallé. Decidí reunirlos. Los puse en un semicírculo y les expliqué que comer niños era malo. Lo hice con mucha dulzura, claro. Lo último que quería era dañar su autoestima. Ellos eran inocentes en todo esto. Sin embargo, los niños siguieron desapareciendo, luego los ancianos y, por último, los adultos. Pero para ese punto yo había llegado a la conclusión de que mis espantosos bebitos preciosos necesitaban comer carne humana. Son como cualquier ser vivo, me decía a mí misma, solo quieren sobrevivir. Y cuando pensaba en sus cuerpecitos huesudos y sus patéticos ojitos amoratados de pájaro recién nacido recorriendo este mundo cruel, el cariño me rebasaba y me entraban ganas de llorar.

Así que ignoré lo que estaba pasando y seguí haciendo lo que hasta ahora había hecho: preparar, obsesivamente, una olla tras otra de leche en polvo que ya ni siquiera probaban porque era evidente que lo que se les antojaba era algo muy distinto. El líquido blanco que se quedaba sobre la estufa o la encimera, eventualmente se llenaba de moho y empezaba a apestar. Sin embargo, no tenía el valor para tirarlo.

Un día, mientras tendía la cama donde mis hijitos dormían (la única cosa que me molestaba en mantener limpia y ordenada), me desplomé del cansancio. El primero de todos, el más arrugado y el más querido por ser mi primogénito, viéndome ahí tirada sin poder levantarme, se me acercó y me mordió la pierna. Uno a uno sus hermanos siguieron su ejemplo. Lo único que podía hacer mientras me devoraban, era preguntarme angustiada qué iba a ser de mis niños lindos ahora que yo ya no estaba.