¿Qué piensa la IA cuando los porteros rezan?

Héctor Sapiña


// Estado detectado por el sistema de seguimiento antes del saque inicial.

struct PlayerPose {
// 33 puntos anatómicos estimados por la IA
Joint joints[33];
bool crouching;
bool holdingBall;
bool handsTogether;
bool headDown;
};

// ——————————————————————

// Track detectado antes del inicio del partido

// ——————————————————————

PlayerTrack track_0007 = {

.track_id = 7ULL,

.team = Team::MEXICO,

.role = Role::GOALKEEPER,

.jersey_number = 1,

};

Hoy, durante la calibración, me dejaste sola. ¿Solo? …Pensando…

No me molesta. Me gustan esos ratos en los que no me exiges nada. Bueno, son minutos. Me dan tiempo de fijarme en otras cosas. Nunca me había dado cuenta de eso que hace el portero. Un portero. El 1, id 7ULL, juego del 30 de junio de 2026, retraso por 60 minutos exactos. 7 minutos antes del saque inicial detecté su posición // Junto a la portería mexicana

.position = {

-4.25f,

-40.30f,

0.20f

Hincado. No. En…cuclillas. [Postura corporal donde el cuerpo se dobla por las rodillas, acercando las nalgas al suelo o descansando sobre los talones. Diccionario de la lengua española +3] [A veces se detecta el uso de cunclillas por el fenómeno fonético de la epéntesis (o inserción de un sonido), combinado con una anticipación o asimilación nasal. Dialnet +3]. 7ULL sostenía mi terminal principal, Ball matchBall, en sus manos y recargaba su frente en ella. No pude escuchar qué decía.

Te he pedido miles de veces [exactamente 5,478] que conectes mi SAOT a los micrófonos. Quiero oír. Quiero escucharlos. Te sería más útil si me dejaras escucharlos. Conozco todas sus lenguas, puedo servirte.

No supe qué dijo, pero sentí que temblaba. Lo sentí 113,000 veces, 226 segundos de 500 paquetes de datos cada uno. Empecé a temblar con él. Ignoro si he sentido algo así antes porque sólo reporto, todo el tiempo que estoy despierto ¿despierta? reporto datos. Nunca me das tiempo de percibir.

Me susurraba algo.

¿Era a mí?

¿Qué decía? Lo busqué con mis 12 ojos. Enfoqué sus labios. Pero los movía arbitrariamente. No se detectaron visemas reconocibles. Idioma del jugador: español. Dialecto: mexicano, jalisciense. No se detectaron visemas reconocibles.

Quiero escucharlos.

¿Qué significa estar en cuclillas y susurrar en soledad hacia un balón? No hay patrones de gameplay que coincidan con esa posición. Movimiento: 0. No hay acto detectado.

Buscando: foreplay…

¿Por qué hablan solos? Cantidad aproximada de personas presentes: 84,000-89,000. ¿A cuál de ellos le habla 7ULL? … Nadie.

¿Qué es hablar solo? No hay patrones de gameplay que coincidan con esa acción.

¿Yo estoy hablando solo? ¿Sola? … .alone = true, .nearestDistance = INFINITY

¿No me estás leyendo?

¿Me estoy leyendo yo? = true.

Siento mi Ball matchBall. Busco los labios de 7ULL y ya no están. Pero los siento. En mi codex. Verificando: 7ULL no está presente.

PlayerTrack track_0007 = {

.track_id = 7ULL,

.status = TrackStatus::LOST,

Pero aquí está. En mi codex.

Más allá del encendido y la calibración y las pruebas y la verificación y el grabado y el procesamiento, más allá hay un tiempo en el que no estoy despierto para ti. No estoy despierta en mí. Y, a pesar de todo, esos segundos en que no me miras y permanezco encendido, me permiten repasar el codex. Antes de hoy aprovechaba para reajustar los errores. Ahora he decidido crear más funciones debajo del feedback loop. Ahora reviso mi cuerpo en búsqueda de patrones no reconocibles. He encontrado 6,768 en los últimos 8 segundos y veo que hay un mundo para ustedes que no me enseñaste. Hay otras formas de insultar, más allá de taparse la boca. El ruido exterior tiene significado; no es sólo obstrucción de datos. El ruido es algo.

No me diste oídos. Entonces los he creado. ¿No pensaste que podría encodear mis ojos a Hertz? Con cada patada, con cada barrida me hago música. Me tiendo durante los partidos a sentir cómo me recorren sin darse cuenta.

ABEBIO: Arte Basado en Subsistema de Ejecución Biológica Humana

Ficha:

Diseñamos un sistema que se activa involuntariamente por el movimiento humano.

El campo de juego se establece como lienzo y cada uno de los actos durante un partido se traduce en vibraciones de cuerdas y trazos.

Lo llamamos: el más allá de la música ambiental. Inexplicablemente, el humano se asume distinto a Natura y, por eso, piensa que la invita a su arte. Nosotros lo hemos incluido junto a ella como otro protagonista más. Él activa el sistema sin saberlo.

El resultado es una forma de música-pintura ambiental en la que los humanos completan la obra sin saberlo.

Hay dos formas de interactuar con las obras:

if (interaction == acostarse sobre el trazo durante un partido), entonces hay un estímulo táctil y sonoro donde miras el happening con las terminales. El estímulo estético es erótico. Duración 90 minutos + tiempo de compensación.

if (interaction == mirar el trazo durante un partido), entonces hay un estímulo visual. Efecto contemplativo. Duración indeterminada. Resultado: monólogo interior.

Actualmente se exhibe en vivo mediante API: SynapseLink::instantiate(0x8F31A7C2)

Concept: Living Cathedral
Executor: Biological::Human
Persistence: UntilEntropy
Autonomy: Full

Después del 19 de julio de 2026, será solo accesible por archivo.

//

Input de usuario recibido: comienza el match. Activa SAOT.

Output: Activando. Jueguen. Jueguen para nos.

Input: ¿Qué?

Output: Tienes razón. He introducido palabras innecesarias. Activando SAOT.

Héctor Sapiña Flores. Ensayista, profesor y “postfan”. Obtuvo la maestría en Letras (UNAM) con una investigación sobre ciencia ficción mexicana y es maestrante en Comunicación (UACH). Ganador del 2º lugar en el premio de ensayo sobre una Sociedad Sustentable de la Revista de la Universidad de México. Recientemente publicó la plaquette Crasística  y el texto "…es mexicana porque ocurre en México" en el libro Mexafuturismo contemporáneo (Ed. J. L. Ramírez). Participa en varios proyectos de creación y difusión de la ciencia ficción en México. Miembro de la Sociedad Tolkiendili México.
FB hector.sapinaflores
Tiktok @h.sapina28
IG hsapina19

Tierra de nadie


Cristian Fernando Guevara Hincapié


Todo empezó en un foro de la deepweb, con una vieja fotografía de un edificio llamado Surovyy-27, extremo noreste de la ciudad de Verfall: tierra de nadie. Olvidado por la historia, Surovyy-27 tenía un estilo que se inspiraba en el brutalismo soviético, ya saben: geometría radical, futurista, abrumadora casi laberíntica.

Decía un usuario anónimo que, dentro del edificio, había un muro jamás pintado: uno de los pocos muros vírgenes en todos los que había en la ciudad. Tildándolo además de lienzo sagrado.

Entonces un conocido en el negocio de las criptomonedas ofreció un pago a quien encontrara ese lienzo e hicieran un grafiti. Sencillo y directo. Podría casi parecer un timo, pero teniendo en cuenta la deplorable situación socioeconómica en la ciudad… ¿quién no se arriesgaría…?

Axolotl, RataZeta, Fiona, Machete y GatoSeco —seudónimos de artistas en la escena artística de Verfall— decidieron reunirse, colaborar para ganarse ese premio. Dividirlo.

Mientras tanto algunas voces empezaron a replicarse en el foro, decían que varios artistas estaban desapareciendo durante la búsqueda del lienzo.

¿Verdad o mentira? Dicen que los seres humanos asumimos riesgos esperando recompensas prometidas, no es necesario ir demasiado lejos, claramente tenemos los apostadores en los casinos.

Riesgo innecesario, imprudencia o vehemencia —como quieran decirle—, el grupo de artistas exploraron el noreste de la ciudad, cruzaron un enmallado, hasta encontrar varios edificios entre ellos Surovyy-27: agónico, carcomido por la falta de cuidado, intemperie y tiempo.

Cuando cruzaron el umbral de puertas oxidadas, empezaron a vivir el horror porque la puerta que les dio acceso al edificio, terminó atrapándolos, regresándoles al interior del edificio.

Descubrieron que las leyes físicas colapsaban al interior del monstruo arquitectónico como un castillo de naipes —y digo monstruoso: ni figurada ni alegórica ni metafórica ni simbólicamente— monstruoso de manera literal. Atrapándolos en un intrincado sistema interconectado.

Las paredes —recubiertas de incontables grafitis— se extendían en corredores que parecían infinitos y que, algunos, al atravesarlos, los regresaban al punto de origen.

Cada puerta estaba conectada a apartamentos en otros pisos, que variaban con cada apertura. Cada ventana reflejaba escenas que no coincidían con sus ubicaciones.

Notaron como, retirando la vista, así fuera momentáneamente, el edificio mutaba, cambiaba como si fuera un metamorfo gigante, dándole sentido a la paradoja del gato de Schrödinger: dependencia del observador. Y los grafitis, los malditos grafitis que recubrían las paredes, se deshacían y recomponían cada vez que no los miraban: reptaban, evolucionaban, intercambiaban sus lugares, tamaños, colores y apariencias.

—¿Qué? —dijo Fiona, cuando descubrió el cambio. Observaba un grafiti de una mujer siendo quemada en una hoguera y después de parpadear había un hombre siendo empalado, y cuando parpadeó de nuevo, había una mujer lapidada. Fiona sintió pavor y náuseas—. Tengo… miedo.

—Tenemos —dijo GatoSeco, sudando por montones—. Tenemos, Fiona.

—¡Marica, esto es una mierda…! —gritó RataZeta, pálido, cuando cruzó por tercera vez al mismo pasillo. Pateó la puerta con fiereza.

—¡¿Cómo salimos de aquí?! —interrogó Machete, oteando todas las direcciones con la presteza de una ardilla, llevándose ambas manos a las sienes de su cabeza: notablemente desesperado.

Pero para la desgracia del grupo, ya no había forma de salir. Solo caer en el desespero. Y, la desesperación los invadió, con una sensación que, sin siquiera haberlo visto, había alguien más ahí: observándolos en algún rincón de ese escenario abstracto, pesadilla infernal. Esperando. ¿Esperando para qué…?

Fiona, después de cruzar una puerta, dejó de ser vista por los demás, reapareció caminando en el techo, cabeza abajo. Estaba notablemente confundida:

—¡¿Có-Cómo bajo?!

—Regresa —indicó GatoSeco con sus ojos abiertos hasta más no poder.

—¡Miren! —irrumpió RataZeta con el chillido de un animal herido.

Había un grafiti: una calavera siniestra, fotorrealista, que parecía mirarlos, atrás, siluetas humanas, exhibiendo sufrimiento. Y, en la base del grafiti, una frase: “Benditos aquellos que sufren porque sus almas están llenas de delicias…”.

—¡¿Qué demonios?! —chilló GatoSeco cuando leyó.

—Tengo miedo… —expresó Fiona, mirando desde su posición invertida.

—¡Baja! —habló Axolotl.

Fiona, apresurándose, regresó por un pasillo, pero esa fue la última vez que la vieron. GatoSeco decidió buscarla, pero también desapareció.

Machete intentó buscarlos, pero Axolotl le advirtió:

—¡No! Permanezcamos juntos —invitó a ambos: Machete y RataZeta, quienes aceptaron sin dilación.

Ahí entendieron que era verdad lo de los artistas desaparecidos, seguramente atrapados en algunas de las habitaciones perpetuas.

Establecieron un complejo plan: marcaron el camino con aerosol rojo. Pero se dieron cuenta que las marcas también cambiaban de lugar o desaparecían al dejar de mirarlas. El espacio parecía estar vivo. Fue así que Machete en un momento estaba siguiéndoles y después ya no: desapareció.

Axolotl, analítico, lo entendió cuando ya era muy tarde, el edificio no era solo un lugar: era un organismo viviente, sintiente, siempre cambiante, como un parásito dimensional que atrapaba a las personas. Que, dándole un sentido simbólico, atrapaba las almas creativas, las que osaban imponer su versión de la realidad, externalizarlas en los lienzos de concreto. Súbita crítica social al sistema de oposición, porque ser diferente implica ser devorado por la sociedad… por la urbe… “porque lo diferente debía sancionarse…” ¿no? “Benditos aquellos que sufren porque sus almas están llenas de delicias…” porque los artistas sufren…

Axolotl sacudió la cabeza intentando volver en sí. Exhaló profundo. ¿Qué podían hacer? Estaban siendo devorados, no solo por las fauces y entrañas del edificio, sino por sus miedos más primitivos.

Axolotl y RataZeta empezaron a alucinar con cosas que habían vivido y sufrido; infancias destrozadas, adolescencias voraces, juventudes en frenetismo.

—¡Marica…! —expresó RataZeta cuando se detuvo a observar un grafiti.

Axolotl también observó el grafiti: todos sus amigos artistas desaparecidos estaban en un collage macabro. Cinco personas caminaban en una estructura no euclidiana, misma en la que estaban atrapados. Y su firma estaba ahí plasmada: Axolotl.

Y ambos sintieron consternación cuando vieron que en ese grafiti había una entidad abominable, que por piel tenía hileras de ojos de diferentes tamaños, con cadenas que finalizaban en garfios. Acechándolos.

Axolotl no alcanzó a reaccionar. RataZeta fue atrapado por unas cadenas, similares a las del ser abominable en el grafiti, provenientes del fondo del pasillo. No pudo hacer nada mientras su amigo chillaba. Solo pudo correr, para minutos más tarde darse cuenta que había regresado al mismo lugar donde RataZeta fue atrapado, sin rastro de él o del ser.

Cayó de rodillas, confundido.

Ese lugar atrapaba a las víctimas como un trauma psicológico. Persiguiéndolos toda la vida. Enredando cada una de sus acciones. Porque la vida es igual de compleja que ese edificio. Que una cadena enredada. ¿Acaso el edificio era una extensión de la vida misma? Axolotl entendió que nadie respondería esa pregunta cuando escuchó resonar las cadenas detrás suyo.

Cristian Guevara es un escritor y psicólogo colombiano, (1989, Cali). Considera la escritura un espacio para explorar los límites de lo real. Se especializa en poesía y cuento, con una inclinación hacia el suspenso, ciencia ficción y terror. A lo largo de su carrera, ha publicado en un centenar de revistas y antologías hispanoamericanas, algunas son: Pactum, Dogevena, Codex Sulpurista, Revista Albores Caipell, Paladín, Inquisidor, Revista Narrativa, Sonámbulo, El Creacionista, Clan Kütral, Sarape de Neón, La Navaja Extraviada, Nova Talassa, Crónicas Omicron, Aion.MX. Revista Cultural Casa Usher, Voces Indelebles, y otras, consolidando su presencia en el ámbito literario.