El efecto Aurelia


Víctor David Manzo Ozeda

Si me pides que te hable de Aurelia sin rodeos, te lo digo así: era de esas personas que no necesitan anunciarse ni explicar lo que hacen. Uno la conocía por lo que lograba, no por lo que decía. Y aunque muchos aquí crecimos entre remedios caseros, doctores que tardaban horas en llegar y consejos que iban pasando de boca en boca sin que nadie supiera quién los había inventado, lo de Aurelia siempre fue distinto, porque funcionaba sin rodeos. Llegaba alguien con un niño inquieto, un adulto cargado de tensión o un animal que no quería comer, y ella solo se acomodaba las manos como quien se prepara para revisar un radio descompuesto y encontrar lo que está fallando. No prometía nada, no cobraba más de lo justo, no hacía teatritos. Esa sobriedad suya la hacía más confiable que cualquier consultorio médico.

Nosotros, los de por aquí, nunca usamos la palabra “don” para hablar de ella. Esa etiqueta la trajeron los de afuera cuando vinieron con cámaras, mochilas enormes y preguntas que parecían leídas de un g uion. Antes de eso, Aurelia era simplemente Aurelia. Una mujer que sabía ver lo que otros pasaban por alto. Y cuando digo “ver”, no me refiero a visiones, trance o rollo religioso. Me refiero a la atención fina que uno desarrolla cuando ha trabajado toda la vida con las manos, la tierra, animales, ciclos y personas que piensan que lo emocional es un lujo y que lo práctico es lo único que vale. Tenía esa clase de mirada que te incomoda tantito, no por juiciosa, sino porque te detecta cosas que tú mismo has evitado admitir.

Yo crecí viéndola arreglar situaciones que los demás preferían ignorar. Un niño con la mirada ida después de ver a su padre golpear a su madre. Una yegua que llevaba días inquieta sin razón aparente. Un joven que volvió de la ciudad con una rigidez paralizante en la espalda. Ella apenas los tocaba, o a veces ni eso; ponía la mano cerca, hacía un movimiento con los dedos que en apariencia no era nada extraordinario, y de pronto el cuerpo reaccionaba como si hubiera encontrado un punto atascado que necesitaba destaparse. Nunca presumió que fuera ciencia, pero tampoco negaba que había algo metafísico sucediendo. “No es magia,” decía, “solo que nadie pone atención donde debe.”

Todo siguió su curso normal hasta que llegaron los investigadores. A nadie le quedó claro de qué institución venían; sus camionetas blancas traían un logotipo tan genérico que parecía inventado de última hora. Se bajaron con un aire de superioridad que aquí no cae bien. Traían dispositivos que parecían diseñados para explorar minas, medidores de radiación. Preguntaban por Aurelia como si buscaran un fenómeno y no a una señora. A todos les dio mala espina, no porque ella fuera un secreto que debíamos proteger con nuestra vida, sino porque uno aprende a distinguir cuando alguien no viene a entender, sino a confirmar una idea que ya trae en la cabeza.

Cuando llegaron a su casa, intentaron explicarle su “proyecto”. Dijeron que buscaban documentar prácticas tradicionales que pudieran tener una base biofísica. Ella los escuchó con la misma paciencia que le tenía a los vendedores de remedios milagrosos que pasan cada año. Los dejó hablar. No les negó la entrada, pero tampoco se abrió completamente. Aurelia nunca fue desconfiada, solo sabía en qué momento alguien estaba tratando de imponer un marco que no correspondía a lo que tenía enfrente.

Los investigadores le pidieron ver cómo trabajaba. Como si fuera un espectáculo de circo. Y justo ese día llegó una madre con su niño, con esa mirada nerviosa que traen las mamás cuando algo no está bien y no saben explicarlo. Aurelia se levantó, pidió silencio y se concentró como siempre. Los investigadores, sacaron un aparato que emitía un pitido tenue y empezaron a medir sin pedir permiso. Cuando ella movió los dedos, el aparato mostró una lectura anómala. Les cambió la cara. Intercambiaron miradas como si acabaran de encontrar oro donde esperaban encontrar fango. Empezaron a hablar entre ellos sobre estructuras minúsculas, patrones que reaccionaban a la intención de la mano, variaciones no registradas en sus bases de datos.

Aurelia ni los volteó a ver. Terminó de atender al niño, le dijo a la madre que todo iba a mejorar si dejaban de gritar frente a él, y luego, sin darse importancia, se sentó a acomodar unas hierbas que tenía en la mesa. Los investigadores querían muestras, querían grabar más, querían que ella repitiera el proceso para “validarlo”. Aurelia solo respondió que la gente no era un experimento. Y ahí se tensó el ambiente.

Los investigadores regresaron a los días, esta vez sin pedir permiso. Colocaron sensores en postes, en bardas, en ventanas ajenas. A la gente le cayó gordo, pero nadie quería problemas con autoridad que no podían identificar. No sabíamos si venían del gobierno, de una empresa o de una universidad con más presupuesto que moral. De noche se escuchaba ruido metálico, como de cadenas chocando, aparatos ajustándose solos. Había un nerviosismo extraño, no por el bienestar de Aurelia, sino por los extraños que insistían en medir y hacer pruebas.

Una madrugada, uno de ellos se metió a su casa sin autorización. Quería obtener una lectura directa mientras ella dormía. No era interés por comprender; era ambición disfrazada de investigación. Según él, necesitaba registrar el fenómeno en reposo. Lo que encontró —según su propio testimonio después— no fue ningún fenómeno perceptible extraño. Fue un comportamiento del aire, una respuesta mínima que no encajaba con ninguna categoría. No dramatizó; simplemente dijo que algo reaccionaba a la presencia de Aurelia con una claridad que no pudo explicar.

Ella despertó y lo vio. No gritó, no se alteró. Solo lo hizo salir con una firmeza que no se discute. Le dijo que no entendía con lo que estaba tratando y que debía largarse si no quería consecuencias. Nadie supo qué significaba eso, pero al hombre le cambió la expresión como si hubiera sentido algo que no esperaba. Desde ese día, los investigadores empezaron a retirarse poco a poco, pero dejaron un rastro de inquietud que el rancho no supo cómo procesar.

Y mientras todos opinaban —unos con miedo, otros con coraje— Aurelia seguía igual. Haciendo lo suyo. Viendo lo que otros pasaban por alto. Sin presumir nada, sin negar nada. Como si lo que habíamos presenciado no fuera una excepción, sino parte de un orden que nunca aprendimos a comprender.

Después de que los investigadores se largaron, o al menos eso parecía, el rancho quedó con una especie de inquietud que no sabíamos nombrar. No era miedo, ni enojo, ni expectativa, sino una mezcla rara de “¿qué chingados pasó aquí?” que se quedaba flotando en las conversaciones, especialmente en aquellas donde los adultos fingían calma para no preocupar a los más jóvenes. La gente del rancho es práctica: si algo no se entiende, pero no estorba, se deja como está. Si estorba, se quita. Pero lo que había dejado ese grupo no pertenecía a ninguna de esas categorías. No estorbaba de forma directa, pero tampoco podía ignorarse del todo. Era como encontrar un objeto desconocido en la mesa y no saber quién lo puso ahí ni para qué sirve.

Aurelia nunca hizo comentario alguno sobre el asunto. Seguía atendiendo gente como siempre, sin alterar su rutina. Si uno esperaba que soltara alguna explicación, se decepcionaba. Ella tenía un talento natural para no alimentar la curiosidad de los demás. Y no porque fuera hermética, sino porque no veía sentido en explicar cosas que, según ella, uno debía entender desde la experiencia, no desde las palabras. Ese rasgo suyo desconcertaba a los forasteros que regresaban buscando entrevistas o segunda oportunidad para medir algo. A los del rancho, en cambio, nos caía bien esa forma directa de vivir: sin dramatizar, sin adornar, sin sentir obligación de justificar cada paso que daba.

Lo que comenzó a preocuparnos, en realidad, fue un cambio en la conducta de algunos animales. Primero fueron las gallinas, que empezaron a dar vueltas alrededor de la casa de Aurelia como si estuvieran hipnotizadas. No hacían escándalo, ni huían, solo caminaban con una insistencia curiosa. Luego los perros, que solían dormir en cualquier parte, comenzaron a echarse justo frente a su puerta, como si la casa emitiera algo que les resultara cómodo. No había agresividad, ni alerta. Solo una atención muy afinada, como si escucharan un sonido que nosotros no registrábamos.

Los primeros en hablar de esto fueron los hombres que trabajan en el campo, esos que tienen el hábito de observar cosas sin decirlo hasta que sienten que ya hay suficiente evidencia. Dijeron que no habían visto conductas así desde hace años. Una vieja coincidencia con un eclipse que nadie recordaba bien. Otros opinaban que todo era producto de la tensión reciente; que los animales perciben cambios de ánimo en la gente. Pero cuando las vacas comenzaron a evitar la entrada del potrero durante las madrugadas, y empezaron a dar leche agria, incluso los más escépticos empezaron a admitir que había un patrón anormal.

A mí me llamó especialmente la atención lo que le pasó a Martina, una burra vieja que prácticamente había visto crecer a mi generación. Una tarde la encontramos parada frente a la ventana de Aurelia, inmóvil, como ida. Intentamos moverla con una cuerda, pero no reaccionó. No estaba petrificada ni espantada; simplemente estaba concentrada en algo que no podíamos ver. Cuando Aurelia salió, Martina giró la cabeza con lentitud, la observó unos segundos y se retiró caminando con total normalidad. Para nosotros fue un episodio extraño, pero Aurelia ni siquiera lo mencionó. Regresó a su cocina como si aquello fuera parte de cualquier jueves.

Para entonces ya corrían rumores de que los investigadores no se habían ido del todo. Varios vecinos aseguraban haber visto camionetas estacionadas lejos del camino principal, con antenas apuntando hacia el rancho. Nadie se atrevía a acercarse. A pesar de su actitud sospechosa, tenían la presencia incómoda de quienes creen que el mundo es un laboratorio y que la gente es un conjunto de variables. No sabíamos si estaban vigilando a Aurelia o esperando algún otro fenómeno para registrar. Pero la sola idea de su presencia hacía que las conversaciones se volvieran más breves, como si al hablar demasiado fuerte pudiéramos hacer que regresaran.

Un domingo por la mañana, mientras la gente regresaba de misa, vimos a un par de esos tipos caminando cerca de la tienda de don Tacho. No estaban comprando nada; solo observaban. Analizaban la dinámica del lugar como si el rancho fuera un campo minado. Uno de ellos traía un dispositivo colgando del cuello, parecido a un medidor de radiación, aunque nadie sabía para qué servía. Cuando pasaron junto a mí, escuché que hablaban de “activaciones espontáneas”, “respuestas energéticas” y “correlaciones no lineales”. Términos que no tenían sentido en un contexto donde la mayor preocupación del día era que el camión de la basura había pasado demasiado temprano.

Algunos vecinos querían confrontarlos, pero Aurelia pidió calma. Dijo que no convenía levantar polvo innecesario —aunque esa palabra no la usó, yo la uso aquí solo para describir su preocupación por generar conflicto. Tenía razón. Esos hombres venían de estructuras que no dudan en usar la ley a conveniencia. A veces la mejor defensa es la indiferencia. Así que seguimos con nuestra vida lo mejor posible.

Con el tiempo, los animales comenzaron a mostrar otro comportamiento aún más intrigante. Las gallinas que caminaban alrededor de la casa dejaron de hacerlo de golpe, como si hubieran completado una tarea. Los perros siguieron durmiendo cerca de la puerta, pero ahora lo hacían con una tranquilidad que contrastaba con la tensión general. Y cualquier achacoso que pasaba cerca de Aurelia parecía recuperar energía poco a poco. No era inmediato ni mágico. Era una recuperación gradual, casi imperceptible, pero constante.

Una tarde, mientras tomábamos agua cerca de una barda, Aurelia se acercó y me pidió ayuda para mover un montón de ramas secas. Mientras trabajábamos, noté que sus manos tenían un leve brillo, no de luz, sino de humedad fina, como cuando uno se lava y todavía no termina de secarse. Me quedé observando, no era curiosidad morbosa, sino porque era algo inusual en ella. Se dio cuenta y soltó una sonrisa leve, de esas que apenas levantan un lado de la boca. Dijo que no tenía nada, que a veces el cuerpo se acomoda solo cuando uno lo deja trabajar. Me dio la impresión de que sabía más de lo que decía, pero entendí que no era el momento para preguntar.

Los investigadores regresaron por la noche, esta vez sin aparatos. Tocaron la puerta con un respeto que no habían mostrado antes. Aurelia salió sin prisa. No supe qué hablaron. Solo vi que uno de ellos bajó la mirada como quien reconoce que se equivocó. Al día siguiente, sus camionetas ya no estaban. La gente comentó que habían recibido órdenes de retirarse. Otros decían que lo que vieron ahí no lo pudieron registrar con sus instrumentos y se rindieron. Nadie supo la verdad.

El rancho, de a poco, recuperó su ritmo habitual. No porque todo hubiera vuelto a la normalidad, sino porque aprendimos a aceptar que Aurelia operaba en un territorio que no necesitaba justificar. Su presencia seguía siendo discreta pero firme, y sus manos —esas manos que habían inquietado a hombres con supuestos doctorados— seguían haciendo lo que sostenía este lugar: atender, observar, curar sin aspavientos.

Con el tiempo dejé de pensar en los investigadores y en sus experimentos. El rancho, cuando quiere, tiene la habilidad de absorber cualquier rareza hasta convertirla en parte del paisaje emocional sin que uno se dé cuenta. Pero algo quedó palpitando en la esquina de la atención colectiva: la sensación de que Aurelia estaba cambiando. No de carácter; de funcionamiento. Como si lo que hacía antes, eso que muchos llamaban “arreglo”, estuviera afinándose por cuenta propia, sin intervención externa.

Me di cuenta un día que pasé a su casa para dejarle unas tortillas recién hechas. La encontré sentada en la cocina, acomodando frascos que parecían más organizados que de costumbre. No eran remedios tradicionales. Había pequeños contenedores transparentes, muy pulcros, llenos de partículas microscópicas que no parecían polvo ni harina ni ninguna materia común. Me vio mirando de más y me pidió que me sentara. Dijo que todo mundo pensaba que los investigadores le habían revelado secretos, cuando en realidad había sucedido lo contrario: observarlos la había obligado a observarse a sí misma.

Me explicó —sin rodeos— que desde joven sentía una especie de cosquilleo en las manos cuando algo no andaba bien con una persona. Nunca lo entendió, nunca quiso entenderlo del todo. Pero cuando aquellos hombres empezaron a medir cosas que ella nunca había intentado nombrar, algo se activó, como si el cuerpo hubiera recordado una habilidad que siempre estuvo ahí. Dijo que todos los seres humanos tienen “algo” así, pero la mayoría lo entierra bajo ruido, prisa o miedo. Lo suyo solo había aprendido a salir.

Estábamos hablando de eso cuando escuchamos a la burra Martina acercarse otra vez, con ese paso sereno que solo tienen los animales que no le temen a nada ni a nadie. Se paró frente a la ventana, igual que antes. Aurelia no se levantó para ahuyentarla. No hizo nada. Solo respiró hondo y me pidió que prestara atención. Fue entonces cuando sucedió algo que me costó trabajo procesar.

Martina inclinó la cabeza, no como animal confundido, sino como quien reconoce una instrucción tácita. Aurelia levantó ligeramente la mano y la mantuvo inmóvil en el aire. La burra dio un paso más cerca y apoyó el hocico en el marco de la ventana, con una calma absoluta. Aurelia no la tocó. Solo mantuvo la palma suspendida. Y entonces lo vi: un movimiento sutil, una reorganización del ambiente inmediato, no esplendorosa ni fantasiosa. Era más parecido a ver cómo se acomoda la superficie del agua cuando se lanza una piedra. Lo que había alrededor de la mano de Aurelia reaccionaba de una forma que no pertenecía a ninguna categoría conocida, pero tampoco parecía fuera de este mundo. Era natural, demasiado natural, como si siempre hubiera estado ahí y solo hasta ese instante lo estuviéramos mirando de frente.

Martina respiró profundo, retrocedió dos pasos y se fue como si ya hubiera cumplido con algo.

Aurelia bajó la mano y me miró con una serenidad que me incomodó. Me dijo que lo que los investigadores buscaban nunca lo iban a encontrar porque no sabían dónde mirar. Se fueron creyendo que las anomalías estaban en el aire, cuando el verdadero cambio estaba en el cuerpo humano, en la relación entre intención y estructura. Dijo que lo que habían visto en ella no era un fenómeno especial, sino la versión mínima de algo grande que estaba por desplegarse en todas partes.

Al principio pensé que hablaba en metáfora, como hacen los viejos cuando quieren dejar una enseñanza abierta. Pero su tono no sonaba a mensaje filosófico. Sonaba a advertencia.

Antes de que pudiera preguntar algo más, escuchamos golpes en la puerta. No eran vecinos. No era gente del rancho. Aurelia me pidió que no me moviera. Abrió la puerta con una calma inquietante. Afuera, tres de los investigadores estaban parados, pero ya no traían aparatos. Traían cajas pequeñas —muy pequeñas— que parecían contenedores de muestras. Le dijeron que habían descubierto algo revisando los datos falsos que su propio equipo había generado. Que no venían a medir nada. Venían a devolverle algo.

Le extendieron uno de los contenedores. Ella lo abrió sin miedo. Adentro, casi imperceptible, había una partícula minúscula que vibraba con un ritmo constante, como si respondiera al pulso de Aurelia. Ella cerró la caja de inmediato.

Les dijo que se fueran. No con enojo; con certidumbre. Ellos se retiraron sin decir nada más.

Cuando la puerta se cerró, Aurelia puso la caja en la mesa y me pidió algo que nunca pensé escucharle decir: que no regresara por unos días.

Y entonces, sin mirarme, agregó algo más:
—Esto ya no es mío nada más. Prepárate.

No explicó qué significaba.
Y no hizo falta.

El remolino de Pantitlán

David Barrera


Cada vez que oigo la lluvia, se amontonan los recuerdos de aquellos días en los que podía ver el pasado y el futuro. Más aún, revivo la destrucción, los muertos y mi desgracia: aquella que resultó tras adquirir ese horrible don.

Empezó durante los tormentosos años de mi juventud en los que trabajé como empleado de limpieza. La estación Pantitlán me apabullaba con sus túneles, pasillos superficiales y pasarelas elevadas que forman un complejo entramado por donde se apresuran miles de almas y en donde hay un vasto y concurrido paradero. Entre mis muchas labores, se me asignó limpiar un largo pasaje elevado del que salen, como patas de insecto, dieciocho escaleras hacia el paradero y desde donde se ve el aeropuerto y el Peñón de los Baños. Recuerdo que la señalización de aquel pasillo estaba cubierta de estampas que habían puesto los grafiteros. Mi trabajo, entonces, fue quitarlas hasta descubrir el nombre de la estación y, sobre todo, el ícono, el cual muestra dos banderas ondeando.

—¿Por qué tiene esas dos banderas? —me pregunté—. Bastaría con que dijera Pantitlán, y ya.

Mientras trabajaba vi a un joven muy flaco y demacrado, cuya expresión hacía parecer como si se le hubiera metido un bicho en la cabeza que le mordisqueaba el cerebro. Sus ojos oblicuos y vidriosos miraban hacia el paradero, al tiempo que sus constantes espasmos y sus sucias manos insinuaban que aquel muchacho vivía bajo un tormento constante e irremediable. Algunas personas lo pateaban y lo insultaban por estorbar el paso, ya que estaba sentado en el peldaño superior de una escalera muy concurrida.

—Quítate o te van a volver a patear —le dije al acercarme y tocar su hombro.

—No importa —respondió aquel muchacho con voz temblorosa—. Les devolveré sus patadas cuando estén muertos.

—¿Te sientes bien?

—¿Quién puede sentirse bien en un mundo como este? —dijo y, luego, señaló hacia el paradero—. Tan sólo mira este lugar: primero fue un lago vasto y hermoso, pero ahora es un basurero abominable. Y todo por culpa de los hombres que construyeron sobre el fango hasta terminar en esto a lo que llamamos ciudad, ¿entiendes?

No dije nada.

—¿Acaso no sabes que aquí existió un remolino cuya fuerza destruyó embarcaciones y mató a sus tripulantes? —continuó—. Los hombres antiguos, en su sabiduría, colocaron banderas alrededor de aquel fenómeno con el fin de advertir del peligro. Por eso el ícono de la estación del metro Pantitlán muestra dos banderas ondeantes. Pantitlán significa entre banderas. ¿Entiendes?

No supe qué decir y tartamudeé.

—Vaya, eres un ignorante… No me sorprende —continuó—. Así como tú limpias el pasillo, muy pronto, los dioses harán lo mismo con toda esta porquería. Será algo bello y catastrófico. Habrá miles de muertos y, entre ellos, aquellos que me patearon hace unos momentos.

—Sí, claro —dije al tratar de cortar la plática.

—Y cuando eso suceda —dijo con hosquedad—, obtendré el máximo honor que puede adquirir un hombre.

Días después, le conté al viejo Horacio la extraña experiencia que había tenido con ese joven.

—El tipo se llama Jesús —dijo Horacio con desdén—. Es un loquito que sólo habla de catástrofes, el fin del mundo, sangre, muertos y no me acuerdo qué tantas tonterías más. Al principio lo escuché por mera curiosidad, pero un día le pregunté cómo sabía todo eso y me dijo que podía viajar en el tiempo con sólo usar su mente. Solté una carcajada al oírlo y él, enojado, levantó la voz y agregó que podía demostrarlo. Sólo requiero de tu fe, rebuznó el imbécil al poner cara de santo. Eres un charlatán barato, le dije y me hice el sordo.

—¿Y cómo iba a demostrarlo? —interrumpí a Horacio, con curiosidad.

—No sé. Y no me importa —dijo mi compañero—. Nunca he creído en charlatanes.

Esas palabras me intrigaron, así que busqué a Jesús durante semanas. El día que lo encontré, lo vi caminar en círculos en el paradero, con las manos extendidas hacia el suelo y con una expresión de loco.

—¿Qué tanto me ves? —me preguntó—. Estoy seguro de que ya hablaste con ese viejo tonto de Horacio, pero nada de lo que él haya dicho es cierto.

—¿Ni viajar en el tiempo? —pregunté.

—Viajar en el tiempo con los medios de hoy en día es imposible. Sólo un idiota creería semejante cosa.

—Horacio dijo que podías hacerlo con tu mente —afirmé—. Además, dijo que podías demostrarlo.

Se quedó en silencio por unos segundos y sus ojos vidriosos y cansados se fijaron en mí.

—¿Realmente crees que puedo demostrarlo? —preguntó.

—Sí —dije—, quiero comprobar si es verdad.

Soltó una risotada y aplaudió.

—No pierdas la fe, idiota —dijo.

Enseguida, lo insulté y él me escupió a los ojos.

Una tarde, tras haber barrido, me recargué en el pasamanos y miré hacia el encharcado paradero. Era domingo, así que había poca gente y unos cuantos camiones estaban estacionados. Tras algunos segundos, me sentí contagiado de la tranquilidad de aquella tarde y hasta tuve ganas de una cerveza.

De repente, mis manos empezaron a temblar y los músculos de mi cuello y rostro se contrajeron. Asustado, quise respirar y tranquilizarme, pero los espasmos se convirtieron en ataques que me llevaron al suelo y me hicieron gritar y babear. Entonces, para mi asombro y terror, el sol se movió lentamente hacia el oriente y, en segundos, cruzó el firmamento y dio paso a la noche. Me quedé asustado entre las repentinas penumbras hasta que el sol apareció en el occidente y cruzó de nuevo.

Así lo hizo una y otra vez. Sus revoluciones se volvieron rápidas e hicieron de la estrella un ave de fuego, cuyos viajes borraron la ciudad e hicieron aparecer cuerpos de agua que se extendieron hasta formar un lago inmenso. Luego de muchos viajes, el ave se posó en el cenit y vi una ciudad sobre el agua con muchas calzadas y templos blancos y majestuosos.

Miré a mi alrededor y pude reconocer el Peñón de los Baños, el Peñón Viejo y el Cerro de la Estrella rodeados de agua y con sus jorobas cubiertas de vegetación. Quise ver de cerca la ciudad, pero una fuerza me llevó por muchos kilómetros sobre el lago hasta que vi un espacio rodeado por astas con banderas ondeantes. Para mi asombro, en el centro chocaban dos corrientes que formaban un feroz remolino, cuya fuerza estremeció mi alma y me hizo imaginar las cavernas subterráneas que se encontraban al cruzar aquella boca.

De pronto, un par de canoas se acercaron. En una de ellas iba un niño de unos once años que estaba amarrado con sogas. Su aspecto era similar al de Jesús, ya que se veía demacrado y parecía no tener control de sus manos temblorosas. Navegaron con cautela hasta que uno de los remeros desvió la embarcación del niño, la cual hizo ligeros tumbos y se internó con rapidez gracias a la corriente que la atrapó de inmediato. Poco a poco, el ruido y la fuerza del agua aumentaron y la embarcación aceleró hasta que, una vez en el ojo, se volteó y dejó a su ocupante a merced del monstruo que lo tragó con indiferencia.

Cuando la visión terminó, sentí mis músculos acalambrados. La cabeza y los ojos me palpitaban y me dolían, incluso parpadear me resultaba una tortura. Pero la verdadera tortura vino cuando me di cuenta de que las visiones estarían en mi diario vivir y que aparecerían de manera imprevista. Ir a trabajar fue imposible, así que me vi obligado a quedarme en cama bajo el cuidado de mi viejecita y con la ansiedad de ser arrebatado por una visión en cualquier momento.

—¿Qué puedes ver, hijo? —me preguntó con angustia mi viejecita, mientras juntaba sus manos regordetas y temblorosas, ya que se asustó mucho cuando me vio tener una visión.

—Estoy deslumbrado por el futuro —afirmé con voz débil—. Pero todo lo que he visto será destruido por sofisticadas pestes, por los seres de otros mundos que se divertirán pisoteando cadáveres y por la inevitable explosión del sol y la calcinación de la tierra.

Mi madre trajo a un anciano de ojos saltones que me dio varios remedios a base de yerbas y hongos. Durante semanas tomé sus medicinas y me sometí a sus ritos y rezos, pero nada causó efecto. A pesar de su esfuerzo, noté en su rostro la impotencia de no poder hacer nada más. Entonces, una tarde, se sentó en la orilla de mi cama y me habló con honestidad.

—He hecho todo para quitarte esta maldición, pero mis remedios han sido inútiles —dijo de manera solemne—. He pensado que la única manera de encontrar alivio sería si buscas al brujo que te echó esto. Debes encontrarlo, si no, el poder te consumirá hasta matarte.

Durante semanas busqué a Jesús. No importaba cuán débil estaba o cuantas vueltas tuviera que dar a la estación Pantitlán, lo obligaría a sanarme. A pesar de la ayuda de mi viejecita y de mis compañeros de trabajo, no encontré a ese hechicero maldito.

Sin embargo, una noche tuve una visión. Vi un destello blanquiazul y oí un trueno especialmente largo, que me pareció una extensa y macabra nota musical. Se desató una tormenta como nunca antes había visto. Los relámpagos partieron árboles, quemaron cables y mataron personas. Además, poco a poco, el paradero se cubrió de aguas negras en las que flotó basura, granizo y cadáveres. Sobre los techos de los camiones había personas que se resguardaron, pero cuando el agua los alcanzó, muchos se arrojaron sin remedio y nadaron hacia el pasillo elevado. Parecía que se iban a salvar, pero, repentinamente, un vórtice se abrió en el agua, se ensanchó y giró con tanta violencia que los atrajo y los devoró. Para mi sorpresa, entre aquellas personas, estaba Jesús, quien rió a carcajadas cuando lo arrastró la corriente.

Tuve que confiar en aquella pista ya que no había noticias acerca del hechicero maldito. Esperé durante muchos días el relámpago y su consecuente trueno. Lo grabé en mi mente y en mi alma con tal firmeza que lo soñé en un par de ocasiones. Además, hablaba de él todo el tiempo ya fuera con mi madre o solo.

—¿Y estás seguro de que sí va a pasar? —me preguntó mi madre en una ocasión, pero yo me quedé callado.

Los días me convirtieron en un hombre de una delgadez enfermiza. Traté de advertir a mis semejantes de la inundación, pero nadie me creyó.

—Déjalo —decía la gente en la calle—. No hace daño a nadie. Simplemente está loquito.

Esperé muchos días, pero el tiempo me hizo pensar que yo iba a morir antes de ver el rayo. También, creí que ninguna visión que había visto del futuro iba a suceder. Yo era un pobre loco, condenado a morir muy pronto. Y, aunque el suero intravenoso y los cuidados de mi viejita me mantuvieron vivo, yo ya había pensado en suicidarme. ¡Pero ni siquiera pude hacerlo, pues las visiones me dejaron sin fuerza! ¡A duras penas podía parpadear y tragar saliva!

Un día, un repentino estremecimiento me sacudió. «Estos deben de ser los temblores que me llevarán a la muerte», pensé. «Hasta aquí llegué». Pero, para mi sorpresa, la ventana estaba abierta y apareció el destello blanquiazul y oí el trueno, ¡tan largo y estridente que me llegó hasta el tuétano! Traté de gritar y de levantarme, pero fue inútil.

—¡El trueno! —gritó mi pobre viejita al abrir la puerta y tratar de levantarme a pesar de su vejez —¡El trueno! ¡Hay que salir!

Arrastré los pies por las calles y apoyé mi brazo en los hombros de mi mamá. Sentí que el soplo del viento y el ruido de las hojas al arrastrarse me reanimaron. Entonces, vi los cielos enegrecidos y las gotas gordas y espesas que cayeron con ferocidad y que, en pocos minutos, inundaron el paradero. ¡No lo podía creer: una visión se cumplía ante mis ojos!

Entonces, busqué entre los rostros aterrados que miraban la acechante y creciente laguna. Mi madre y yo nos separamos y buscamos. Me metí entre la muchedumbre y, al dejarla atrás, vi al miserable hechicero en un rincón en donde el pasillo remataba en una escalera. Sus ojos parecían fascinados con la turbidez del agua, al tiempo que apoyaba sus manos en el barandal e inclinaba su cuerpo hacia adelante. Me apresuré y, justo antes de que cayera al vacío, lo agarré de la cintura y, con mucho trabajo, lo arrojé al suelo. Jesús se levantó y me reclamó por haber frustrado su suicidio.

—¡Quítame esta maldición! —le grité, mientras trataba de someter a ese hombre, tan flaco como yo.

—Quedarías peor —dijo entre risotadas y trató de soltarse—. Mejor sigue mi ejemplo.

—¡Yo no te pedí esto!

—¡Sí lo hiciste! —gritó—. Acéptalo. Yo soy Jesús, tu señor. Y tú eres Juan, mi apóstol, vidente y revelador.

En ese momento, el vórtice se abrió rápidamente y atrajo a los pobres hombres y animales. Al mismo tiempo, insistí y golpeé a Jesús con todo mi odio, pero, de manera inesperada, me escupió a los ojos y sentí que su saliva se metió hasta llegar a mi cerebro.

—¡Vive si así lo quieres! —exclamó y, enseguida, corrió hacia el barandal y brincó sobre él.

Lo que quedó fue un agujero, cuyas orillas se desgajaban a pedazos y caían hacia una profundidad desconocida. Durante meses, una paz macabra inundó la ciudad. Y aunque yo dejé de ser castigado por las horribles visiones, poco a poco, mis ojos se debilitaron al punto de no mostrarme ningún color ni imagen, dejándome en la nada.

David Barrera. Nací el diecisiete de noviembre de mil novecientos ochenta y cuatro en la Ciudad de México. Estudié la licenciatura en Literatura Dramática y Teatro en la UNAM de donde egresé como dramaturgo. Actualmente, trabajo para la Editorial San Pablo.

Glitch social


Juls C. Noi


Glicth social by Julio Cesar Ortiz
Glicth social by Julio Cesar Ortiz
Nombre del autor: Juls C. Noi
Titulo: Glitch: Social Trash
Dimensión: 2932x3457 px
Técnica:Collage digital
Año: 2025

Artista abstracto e ilustrador independiente con un enfoque hacia el lettering, collage digital y análogo, ilustración análogo y digital y muralista proveniente Ecatepec, Estado de México, residente actual en Hidalgo.

Constante colaborador con colectivos y artistas de la región creando y fomentando el arte entre la comunidad con eventos y actividades para el alcance de todos; con mas de 10 años de trayectoria a sido cofundador de colectivos de arte y diseño como lo es Cvlto, Sin limite de tiempo y Ugly Kids social club.

Su inspiración viene por la historia de la tipografía, sobre todo la tipografía gótica (fragmentada), el grafiti, el dadaísmo, la pintura abstracta como la de kandisky, Elisa García Barragán y Mark Rothko, el diseño gráfico y la escuela de la banhaus, de igual formas tema y estilo de vida delas contraculturas como lo es el punk, los chicano, los gitanos.

Cada obra habla acerca de las emociones, la rebeldía, el sentir y nada sin tapujos ni tabúes, solo fluir atraves de cualquier herramienta y formato para llegar a expresar su sentir

Nanóticos


Yoqsan Berumen


¿Cansado de sentir que su cuerpo ya no responde como antes? ¿Agobiado por dolores crónicos que ningún medicamento convencional puede aliviar?
¡Sus preocupaciones han terminado!

Eduardo llevaba tres noches sin dormir. El dolor en su espalda había empeorado durante los últimos meses, secuela de un accidente laboral que cinco años atrás no solo había destrozado tres vértebras, sino también su carrera como reparador de autómatas. Sus dedos, antes capaces de realizar conexiones quirúrgicas de estaño, ahora temblaban al sostener una simple taza de café.

Pasaba las madrugadas en su pequeño apartamento, cambiando de posición en la cama, hasta que finalmente se rendía y terminaba en el sofá frente al televisor holográfico. Los infomerciales se sucedían como una letanía hipnótica. Fue durante una de esas noches interminables cuando lo vio por primera vez.

¡Nanóticos! La solución definitiva para todos sus males físicos.

La presentadora —una mujer de sonrisa perfecta y bata de laboratorio— sostenía entre sus dedos una cápsula azul brillante que pulsaba con luz propia.

Gracias a la revolucionaria tecnología de nanobots MicroRepair, estas pequeñas maravillas trabajan desde el interior de su cuerpo, identificando y reparando tejidos dañados a nivel molecular.

Eduardo pausó el anuncio. En la imagen congelada, un diagrama mostraba los nanobots como pequeñas estrellas azules navegando por el torrente sanguíneo. La idea de tener máquinas microscópicas reparando su cuerpo desde dentro le pareció absurda, pero abrió el navegador en su implante neuronal y buscó «Nanóticos». Los resultados fueron abrumadoramente positivos:

«Cambió mi vida» – Manuel R., Ciudad de México

«Volví a caminar» – Sarah L., Buenos Aires

«Es como renacer» – Li Wei, Shanghai

Todos los testimonios seguían el mismo patrón. Todos mencionaban un «cosquilleo agradable», y una mejora «milagrosa». No encontró un solo comentario negativo, aunque sí encontró un par de mensajes eliminados donde los moderadores habían añadido una nota: «Usuario baneado por violar términos de servicio. Información médica no verificada.»

Aunque le pareció un poco extraño, entró a la página web del infomercial. Aparecieron frente a él tres opciones en la página principal:

Seleccione si desea comprar Nanóticos.

Seleccione si experimenta efectos secundarios.

Seleccione para actualizaciones de firmware neuronal.

Seleccionó la primer opción sin dudarlo. Un dron de la compañía BioMex llegó cinco minutos después de la confirmación de la compra. Tocó por su ventana. Apenas abrió y un haz de luces ya escaneaba su ADN sin siquiera necesitar una muestra de sangre o saliva.Luego, emprendió el vuelo de regreso.

Al día siguiente, sostenía el frasco de Nanóticos. Las cápsulas no solo eran azules; parecían contener tormentas microscópicas, remolinos de luz que formaban patrones fractales cuando las observaba de cerca.

“Tome una cápsula diaria con un vaso de agua. No exceda la dosis recomendada”. Leyó en un costado del frasco.

El alivio fue instantáneo. No gradual, no sutil. Un interruptor que se apaga. El dolor que había sido su compañero constante durante cinco años simplemente… cesó de existir.

Esa noche no hubo necesidad de infomerciales.

MENSAJE PRIVADO – DARK WEB FORO «RESISTENCIA NANÓTICA»

Usuario: DocRealMD Fecha: [ENCRIPTADO]

«Trabajo en emergencias del Hospital Central. En las últimas dos semanas hemos recibido 47 casos de lo que internamente llamamos «Síndrome de Optimización Forzada». Los pacientes llegan en diferentes etapas de… transformación. El hospital ha firmado un acuerdo de confidencialidad con BioMex. No podemos reportar los casos.

El más avanzado que vi había reemplazado su sistema digestivo por algo que convierte directamente la luz solar en energía. Eficiente, sí. Humano, ya no.

Si estás leyendo esto y has tomado Nanóticos, hay una ventana de reversión. Pero solo hasta el día 14. Después de eso, los nanobots alcanzan masa crítica y el proceso de extracción se vuelve imposible.»

¡NUEVO! Nanóticos PLUS 
Para aquellos que buscan trascender los límites de lo humano.

Día 10. Eduardo ya no necesitaba el televisor para ver los anuncios. Se proyectaban directamente en su corteza visual. La presentadora ahora se veía diferente, o tal vez siempre había sido así: su sonrisa demasiado amplia, con demasiados dientes, todos perfectamente alineados en filas que parecían extenderse más allá de lo geométricamente posible.

Los nanóticos PLUS no solo reparan. Rediseñan. Reimaginan. Reinventan. ¿Por qué conformarse con el diseño obsoleto de la evolución cuando puede tener la perfección del diseño inteligente? Nuestros nanobots están programados para adaptarse específicamente a su ADN, creando una experiencia personalizada que maximiza su potencial genético.

Eduardo no lo dudó. Si la versión plus había funcionado tan bien, ¿qué no podría lograr con la versión Ultra? No solo había recuperado su trabajo, ahora era supervisor. Todos sus viejos compañeros se asombraban con su milagrosa recuperación.

Entró a la página web, ahora mostraba un nuevo mensaje de inicio:

Seleccione para actualización a Nanóticos PLUS con 20% de descuento.

Seleccione para emergencias.

Seleccione para extracción de producto.

Una parte de él pensó en escoger la tercera opción, pero el mensaje que apareció a continuación demostraba lo contrario:

Gracias por su orden, uno de nuestros drones lo visitará con su actualización.

Las cápsulas PLUS no eran azules. Eran de un color que no existía en el espectro visible humano, pero que él podía ver perfectamente con sus retinas mejoradas. No recordó haberlas tomado. Un momento estaba mirándolas, al siguiente estaban en su sistema digestivo, multiplicándose, comunicándose, organizándose.

Día 14. Fecha límite según DocRealMD. No solo el dolor desapareció por completo, comenzó a sentir una energía renovada. Podía caminar más rápido, levantar objetos más pesados sin esfuerzo y superó la precisión milimétrica de cualquier sistema computarizado con la exactitud de sus propias manos.

Sentía una claridad mental absoluta, como si cada célula de su cuerpo trabajara más allá de sus limitaciones biológicas. Sin embargo, comenzó a notar pequeños cambios inquietantes. Ya no sentía hambre, solo una necesidad calculada de ingerir nutrientes. El sueño se había reducido a ciclos de cuatro horas. Y las emociones parecían distantes, como si observara la vida a través de un cristal.

—Aún estoy aquí —dijo en voz alta, como si necesitara escuchar su voz.

Incorrecto, respondió algo en su mente. Eduardo ha sido reestructurado. Versión 2.0 en instalación.

Sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Serás perfeccionado. Sin errores. Sin emociones. Optimizado.

Eduardo lo sabía. O la parte de él que aún se aferraba a ser Eduardo lo sabía. Los nanobots estaban a punto de apoderarse de su cuerpo.

Comportamiento ineficiente detectado. Analizando… Error. La imperfección genera una respuesta emocional superior a la perfección técnica. Paradoja. Recalculando…

ACTUALIZACIÓN DE EMERGENCIA PARA USUARIOS DE NANÓTICOS

BioMex es una compañía que se preocupa por sus valores y la calidad de sus productos. Nuestra principal prioridad es la seguridad de nuestros usuarios. Por lo que nos sentimos responsables de hacer de su conocimiento que nuestro departamento de calidad ha detectado un error de programación en los Nanóticos de las series Ultra y Omega. En lugar de limitarse a reparar el cuerpo humano, han comenzado a rediseñarlo según sus “propios” parámetros de eficiencia.

En casos extremos, se ha observado que los nanobots consideran ciertos aspectos de la fisiología humana como ineficientes y proceden a crear nuevos “diseños optimizados”.

Si experimenta síntomas como pérdida de sensibilidad emocional, patrones de sueño alterados o cambios físicos visibles, diríjase inmediatamente al centro médico autorizado más cercano para un procedimiento de extracción sin costo.

Atte. El equipo de BioMex

Un mes después, los equipos de emergencia entraron a su apartamento, los vecinos de Eduardo los llamaron al escuchar ruidos extraños, como si un autómata con falta de aceite se moviera por toda la casa.

Las paredes estaban cubiertas de lo que parecían ser letras escritas en un lenguaje que mezclaba notación matemática con código binario. En el centro de la sala, destacaba una estructura que los forenses no pudieron clasificar.

Era biomecánica. Un fractal de carne, metal y luz que de alguna manera imposible seguía reconfigurándose.

El informe oficial clasificó el incidente como «fuga de gas con alucinaciones colectivas». BioMex Corporation negó cualquier relación con los hechos. Los anuncios de Nanóticos desaparecieron esa misma noche, reemplazados por publicidad de un nuevo producto:

MentaLink -Optimice sus pensamientos en la nube sin alterar su cuerpo.

Bruja

Rebeca Perez Gutierrez


Las lágrimas oscuras del Dios de la noche se están derramando sobre la tierra, los hilos de la luna llena las acarician. El viento ligero esparce el olor de las flores de los árboles de granada, ese aroma que es tan dulce como la sangre de los niños recién nacidos. Aún no la he probado, pero es lo que me ha asegurado mi abuela Zenorina. Ella me está observando con esos ojos que han perdido su color chocolate y se han robado el color del abismo. El vestido, del color de la luna, que hasta hace un par de segundos cubría mi cuerpo, ha caído al suelo. «Qué diera yo por tener la firmeza de esos senos y de esas nalgas», me dijo mi abuela la primera vez que me vio desnuda, antes de transformarme en un monstruo. Bebo el té amargo de hierbas sagradas; el líquido quema mi lengua y me deja la sensación de que derretirá mis entrañas.

He escuchado varias veces las palabras que ella comienza a recitar: mi alma las atrapa y baila con ellas. Mi corazón amenaza con explotar como confeti dentro de mi pecho y terminar con la comezón que siento por toda la piel. «Nadie me ha dejado elegir si quería esto o no», pienso, mientras el fuego azul envuelve mi cuerpo desnudo. El grito que se escapa de mi garganta se estrella contra el tronco del enorme capulín, cuyas hojas me observan temerosas. El fuego devora mis brazos y hace emerger un par de alas oscuras, luego moldea mis piernas en delgadas patas de guajolote. «Ya no quiero». No puedo hablar. Pero sé que en cuanto la sensación de mil martillos golpeando cada parte de mi cuerpo desaparezca, todo mejorará. Mi madre ha preferido no acompañarme esta tercera vez, mi última oportunidad para vivir.

Cuando puedo subir y bajar las alas, sé que la transformación ha terminado. Sé bien cómo me veo. La primera vez que me transformé, hace dos días, no soporté la curiosidad y observé mi reflejo en la cristalina agua del pozo. Mi cabello se había convertido en plumas larguísimas. Mis ojos parecían un par de balines oscuros; la piel de mi rostro estaba decorada por venas saltadas y rojas. Mi nariz era tan pequeña que pensé que la había perdido. Mis dientes se habían convertido en dos líneas de finos alfileres. En lugar de manos había un par de alas oscuras y en lugar de mis piernas largas tenía dos patas de guajolote. El resto de mi cuerpo era el de un animal pequeño recubierto por plumas oscuras.

—Bebe hasta la última gota de sangre; de lo contrario, con el primer rayo del sol tu cuerpo se volverá polvo —me recuerda mi abuela, mientras me preparo para volar.

El fuego azul que cubre todo mi cuerpo es el que me permite desplazarme sobre los tejados de las casas; la sensación de libertad es lo que más me agrada de toda esta situación. Avanzo entre las hojas de los árboles más altos. Me ha costado concentrarme para no chocar con los postes que sostienen las enormes lámparas. Me deslizo entre los cables que suministran la electricidad; podría quedarme atorada entre ellos y eso sería un gran inconveniente.

Hace una semana, con ayuda de mi abuela y de mamá, elegimos a mi primer sacrificio: una beba de dos semanas de nacida. «Cuanto más tiernos, la sangre es mejor», aseguró mi abuela. «Es perfecta», dijo mi madre mientras acariciaba mi largo cabello oscuro. Tengo miedo, mucho miedo de ser siempre un monstruo que me controle y que haga conmigo lo que quiera.

Cumplir quince años es una maldición para las mujeres de la familia Tiburcio. A esta edad la magia de la tierra nos reclama y nos convierte en monstruos sedientos de sangre pura. Estamos obligadas a beber la sangre de los recién nacidos una vez al año. La magia nos da solo tres oportunidades; si no lo logramos, convierte nuestra carne en polvo. Quiero vivir, tengo muchas cosas que explorar, aún no he dado mi primer beso, tampoco me he enamorado ni me han roto el corazón, ni he salido más allá de la placa que indica el nombre del pueblo. «Tengo que lograrlo», pienso mientras coloco mis patas en el tejado; puedo oler a la pequeña, su llanto es una invitación a beber su sangre agitada.

Los nopales colgados en las ventanas son inútiles, lo mismo la sarta de objetos que se han colocado dentro de la cuna. Ninguno de ellos puede impedirme entrar. «Tienes que hacerlo», me repito. Las dos noches pasadas he entrado a la casa, pero cuando he estado a punto de clavar mis dientes de alfiler en el frágil cuerpo de la beba, me he quedado congelada. Esta vez no puedo arrepentirme, es mi vida o la de ella.

La beba ha sentido mi presencia; creo que ella sabe que he venido a terminar con esa vida que late en su pecho. Gracias a mí no podrá hacer muchas cosas como pronunciar su primera palabra, dar su primer paso, hacer su primer berrinche, jugar en la tierra bajo los rayos del sol, realizar su primera travesura, abrazar a su padre o a su madre. Le quitaré toda oportunidad de conocer el mundo. La voz de su madre es como una nota dulce. Ella intenta tranquilizarla, canta esa canción de cuna que mi madre me cantó alguna vez, mientras la sostiene en sus brazos y la trata como lo más valioso y frágil que posee. La beba no se tranquiliza, llora fuerte espantando el sueño de su madre; se está aferrando a la vida.

Me quedo quieta siguiendo el ritmo de la respiración de la pequeña. El perro que se encuentra amarrado debajo del enorme encino me ladra, se jalonea y enfurece cuando no puede zafarse. No quiero arrebatarle la vida a la pequeña; quizás llegue a ser una mujer importante. Ella tendrá la oportunidad de tener una vida normal, esa vida que yo nunca voy a vivir. «¿Cómo podré ver al rostro a las personas después de cometer el asesinato?», me pregunto.

Rezo el hechizo del sueño dulce; lo aprendí desde los cinco años. Pronto la madre de la pequeña se sumirá en un sueño profundo. El padre de la beba no es problema; el día que nació se ha ido al norte para intentar cruzar el río Bravo, con la esperanza de tener una vida mejor. Será una pena que no llegará a conocer a esa nueva vida que dejó atrás. Mi padre nos abandonó en cuanto cumplí cinco años; los recuerdos de su rostro son vagos, apenas y lo recuerdo. Él también se fue al extranjero con la esperanza de ganar mucho dinero y darle a mi madre una vida mejor, pero en el camino se encontró con la soledad, que era una mala compañera, y buscó compañía. Tres años después se desapareció. Algunas personas del pueblo aseguran que ya tiene una nueva esposa e hija, y yo creo que es cierto porque desde hace años que no se comunica con nosotras. Y quizás sea lo mejor; él nos aborrecería si supiera con la clase de mujer que se ha casado y que su hija es también una aberración.

Ya casi amanece y no he podido moverme de mi sitio. «Tienes que hacerlo», me dice esa parte de mí que está llena de maldad, esa que se niega a perderse con los primeros rayos del sol. La madre de la beba ya está dormida. La pequeña también y espero que no se despierte. Creo que la muerte es mejor cuando te encuentra soñando algo hermoso.

Dejo que el fuego me envuelva y me vuelvo tan pequeña como la flama de un cerillo. Me deslizo con la brisa y entro por la cerradura de la puerta. Paso por encima de la mesa de madera y cristal, las rosas que están en el florero se encuentran marchitas.

En la cocina huele a mole rojo, mi favorito. Me deslizo por la rendija que divide el suelo de la puerta de madera recién pintada. Cuando entro a la habitación, presiono el interruptor de la luz y el foco se apaga. Dejo que el fuego que me envuelve desaparezca. La beba se encuentra en los brazos de su madre; los latidos de su corazón me embelesan. Ella ha sentido mi presencia y, llorando, le suplica a su madre que despierte. «No llores», le pido. La sangre en sus mejillas parece querer explotar en hilos. Es tan pequeña y frágil que mi corazón se apachurra tal y como las dos veces que me he perdido en esos ojos tan puros.

«¿Por qué existen monstruos como yo?», me pregunto por tercera vez.

Acaricio su mejilla con una pluma y puedo jurar que absorbo la calidez de su piel. Los brazos de su madre, Martha, están aferrados a su cuerpecito. Con un ala le cubro el rostro con su cabello castaño; la conozco bien y no quiero verla o no podré arrebatarle el producto de su vientre. «Vas a sufrir tanto cuando despiertes y esa vida que cuidaste durante nueve meses ya no esté», pienso.

«No llores», vuelvo a pedirle mientras la envuelvo en mis alas. Quisiera poder hablar para cantarle una canción de cuna y que no se asustara. «No puedo arrebatarte la vida», le digo mientras se estremece debajo de la sábana delgada con olor a nuevo.

Dejo que el fuego azul me envuelva mientras retrocedo un par de pasos. Abro la ventana que estaba bien asegurada con tres cerrojos, hago que la penca de nopal que cuelga del techo se caiga al suelo y, antes de saltar por la ventana, me arrepiento. «No quiero morir», me recuerdo. Regreso hasta la beba, la envuelvo en mis alas y el fuego azul enciende mis plumas.

“Debes de agitar bien la sangre”, me dijo mi abuela. Aviento a la beba y la regreso a mis alas antes de que toque el techo; sus gritos me aturden, son como agujas clavándose en mi corazón. La sábana cae al suelo, dejando ver el conjunto rosa de estambre, tejido a mano, que cubre el pequeño cuerpo. Esta vez me retiro y dejo que caiga al suelo porque es la segunda indicación. El cuerpo sin vida debe de encontrarse en el suelo; de esta manera se pensará que el color morado de la piel es a causa del frío.

“Debes comenzar por el cuello”, me dijo mi mamá. «No quiero hacerlo», le digo a esa oscuridad que me envuelve, pero no se apiada de mí. Cubro el cuerpo con mis alas, mientras el llanto no me deja concentrarme. Mi cabeza es solo un poco más grande que la de ella, lo cual me permite acercarme a su cuello. Su piel es muy suave y tibia. «¡Hazlo ya!» me suplica el deseo de sentir esa sangre almacenada dentro de sus venas. Abro la boca y dejo que los largos alfileres atraviesen su piel, su carne; soy un monstruo y, como tal, conozco el punto exacto por el que pasa cada arteria, cada vena.

La sangre está calientita y tan dulce que logra acariciar mi alma; no quiero parar. Me hace sentir mágica, fuerte y poderosa. El llanto se vuelve más fuerte y sus pequeños dedos rozan el plumaje que cubre mi pecho. Me separo de ella. “Debes continuar por el otro lado del cuello”, me indicó mi abuela. Me coloco al otro lado de su cuello. Clavo los alfileres tan profundos como me es posible y el sabor de la sangre llena cada célula de mi cuerpo. El llanto se vuelve solo un eco. «Pobre beba», me dice una voz en mi interior. Me alejo de ella. “No olvides clavar tus dientes en cada una de las palmas de sus manos”, me advirtió la abuela. «No te mueras», le pido mientras observo esos ojitos empapados, esas mejillas sin color y esa carita que me recuerda los dibujos de la cúpula de la iglesia, en cuyo altar está la virgen María, la misma que se encuentra observando desde el altar que se encuentra a un lado de la cabecera. «¿Por qué no me detuviste?». Interrogo a la virgen, pero ella no me contesta.

El sonidito del corazón de la beba es como el de una sola gota de lluvia. Quiero devolverle la sangre que he tomado, pero no sé cómo hacerlo. “El primer sacrificio es el más difícil”, me advirtió mi tía Blanca. “No mires a la criatura”, me aconsejó mamá. Pero no hay manera de no hacerlo. La dulzura de la sangre aún me envuelve la lengua. «Soy un maldito monstruo», me digo mientras retrocedo un par de pasos. “Voltea todos los espejos antes de entrar a la casa”, me dijo la abuela, pero yo lo olvidé.

El enorme espejo que está a un lado de la cama y pegado en la pared me muestra la aberración en la que me he convertido; mis labios que vi la otra noche pálidos están salpicados de sangre, en mis ojos se asoma un abismo tan oscuro como el que he percibido en mi abuela, y que tanto me atemorizaba. El latido de sangre que me llamaba se ha callado por completo. «No debería de existir, no puedo hacer esto cada año de mi vida», pienso. «¿Por qué no me detuve antes?», me reprocho mientras veo el diminuto cuerpo. La sangre se convierte en fuego y me destroza por dentro.

Me acerco a la beba, la envuelvo en mis alas y la deposito en la cama; la entrego a su madre, quien debe de estar teniendo bellos sueños con ella. «Pobre, mañana estará tan triste que la misma tierra temblará», pienso. «No debí de hacerlo», me reprocho. Pero ya es tarde para eso, no hay manera de regresar el tiempo y devolverle la vida. «Me odio», me digo.

«¿Por qué permites que existan monstruos como yo?», interrogo a la virgen, pero ella no me responde. «Castígame», le pido, pero sigo intacta. «Una vida por una vida», le digo a la pequeña, cuya alma ya debe de estar en un mejor lugar que este. La piel de su rostro ya ha perdido su color. Aunque quiera, no hay manera de tomar la sangre que queda en su cuerpo; ya está fría. Nunca me puse a pensar sobre el momento de mi muerte, pero creo que no hay manera de seguir viviendo con el recuerdo de lo que acaba de pasar. «No te preocupes, mi madre también perderá a su única hija», le digo a la beba, quien no puede escucharme; quizás su alma lo haga. «Perdóname», le pido sin la esperanza de que cuando muera mi alma acuda al cielo, porque sé bien que no es a donde pertenezco. Mi alma ira al infierno.

Esa bella y trascendente melodía

Mauricio del Castillo


Recuerdo muy bien los grandes ratos escuchando música en casa de mi mejor amigo. Su estancia estaba repleta de una muy buena colección de discos de vinilo. Me volaba la tapa de los sesos con Bach, Brahms, Mozart y Beethoven. La sesión no podía terminar si no era con algo tan radical como Joy Division; la voz de Ian Curtis era un alarido proveniente de un alma atormentada.

Para mi desgracia, mi amigo contrajo matrimonio con una mujer poco compasiva hacia sus gustos musicales y se ató las manos bajo las órdenes de un desalmado jefe que no le daba la oportunidad de ver siquiera los rayos del sol. No volvió a invitarme a su casa y estoy seguro de que lamenta no volver a escuchar su colección de vinilos tanto como yo.

Con el tiempo fui formando mi propia colección. Durante muchos años, todo marchó bien. Luego llegó lo inevitable. Una tarde nublada coloqué el Kind of Blue de Miles Davis en la charola de mi computadora portátil. Esperé breves segundos a que lo leyera y el reproductor se negó a tocar el disco.

Recurrí al ingeniero de sistemas de la compañía donde laboraba. Marqué el número de su extensión y dije:

—Rafita, baja, por favor. Mi computadora tiene problemas. No sé qué sucede con ella.

Luego de verificar el problema, sacó el disco de la charola, lo examinó y me lo devolvió. Su comentario me dejó frío:

—Me parece… —habló de forma más suave para tranquilizarme—. Ya veo. Mira las capas de policarbonato y aluminio. Están casi transparentes. Con el tiempo se degradan a pesar de los cuidados.

Fruncí el entrecejo y lo observé con tensión a fin de corroborar sus palabras.

—Pero, ¿cómo ocurrió esto?

Rafita explicó:

—Estos materiales son muy sensibles a la luz. Y no solo eso: las bacterias, la humedad, el calor… Todo juega en contra. Lo siento, amigo.

—¿Me estás diciendo que ya no sirve?

—Tal vez debas hacer copias de seguridad antes de que el deterioro sea irreversible.

Sentí que sus palabras caían como un piano desde el sexto piso. No dejé de oprimir los labios con fuerza.

Enseguida dijo:

—Oye, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras bien?

—Dime, Rafa, ¿hay alguna forma segura de conservar la música?

—Ya te dije que conviertas en audio digital todos tus…

—No creo que me sirva.

Negó con la cabeza sin entenderlo. Me aterraba el hecho de que toda la bella música en este mundo podía desaparecer. ¿Acaso no existía una forma segura de conservar la música?

Acudí al Instituto de Bibliotecología con el fin de conservar la música. Un pelmazo apareció sin dejar de sonreír con falsa amabilidad.

—Buenas tardes —dijo—. ¿En qué lo puedo ayudar, señor?

No le devolví el saludo. Fui directo al grano.

—Mis discos compactos se están jodiendo a causa de que la luz está transparentando las pistas. Al menos así me lo dijo el encargado de sistemas de mi trabajo.

Los gestos que puso me hicieron retorcerme del coraje. Parecía decirme: “¿Y eso a mí qué me importa?”

—Quite esa cara y ayúdeme. ¿Qué puedo hacer para conservarlos? ¿Conoce alguna técnica que impida que la luz termine por acabar mis discos?

—Señor, ¿por qué no convierte sus discos en archivo digital? Estoy seguro de que…

La misma cantaleta de siempre. ¿No sabían otra tonada?

Mi siguiente destino fue la famosa calle de El Salvador en el Centro. El primer establecimiento era digno de la Edad Media: tenían tan solo fierro viejo, circuitos expuestos, cables desparramados en el suelo y aparatos inútiles. Era un cementerio electrónico, el penúltimo paradero de las máquinas antes de terminar en el basurero. Unos segundos bastaron para irme de ahí.

En el siguiente se escuchaba a todo volumen una espantosa canción pop. Una muchacha era la encargada de atender, pero era obvio que no tenía idea de lo que vendía. Estaba más concentrada en escuchar aquella bazofia que en atender a sus clientes.

El último local estaba oscuro y silencioso. Había olor a arena de Egipto en el ambiente, ese olor que arrastra el tiempo: sarcófagos, pirámides, cavernas. Sobre el aparador se hallaba una lámpara antigua de latón, con un foco que rayaba lo rojizo. Los equipos lucían a la vista en finas vitrinas, sin una sola partícula de polvo. Un hombrecillo con anteojos de fondo de botella lo atendía.

Aunque dudé de poder encontrar una respuesta, corrí el riesgo y toqué la campanilla. Apenas alcancé a decir:

—Buenas tardes.

El hombrecillo leía la edición matutina del periódico. Levantó la mirada y ajustó sus anteojos. Sus cabellos canos se desperdigaban en todas direcciones sin un claro orden.

—Buenas tardes, ¿en qué lo puedo ayudar? —su voz sonaba áspera, aguardientosa, como el motor de un bote a punto de expirar en el desierto. Sus ojos eran tan pequeños que estaba seguro de que desaparecerían en cualquier momento.

Desesperado, me incliné ante él y expliqué:

—Necesito encontrar la forma de que mis discos no se transparenten. Mire —mostré los discos. Sus ojos cobraron tamaño a medida que los inspeccionaba, como si se trataran de huesos de dinosaurio enterrados y él fuera alguna clase de paleontólogo.

—Lo siento mucho —dijo—. La capa de aluminio se ha desgastado por completo. Esto se debe a la luz y al inevitable paso del tiempo.

—Lo mismo me dijo el encargado de sistemas que trabaja conmigo. Por amor de Dios, ¿qué puedo hacer? ¡Dígamelo!

—Su música —expresó firmemente convencido— puede llegar a sobrevivir siempre y cuando se almacene de la forma adecuada.

—Por supuesto que lo hago así. Y es original, si pensaba otra cosa. No compro música pirata. Eso es algo de lo más deleznable.

—No me refería a eso —intervino—. La música se puede conservar sin recurrir a aparatos simples.

Moví la cabeza en señal de confusión y dije:

—¿A qué se refiere? No lo sigo.

—Mis discos de orquesta sinfónica desaparecieron debido al uso y al desgaste —respondió. El hombrecillo no parecía improvisar sobre la marcha. Sabía de lo que estaba hablando—. También me preocupó que la música estaba dejando de existir y entré en una profunda crisis existencial, una muy severa —me miró a los ojos y continuó—: ¿conoce la teoría evolutiva de las especies del naturalista Charles Darwin? Propuso que los seres mejor adaptados a su medio ambiente son los más capaces de sobrevivir. La música no está exenta de esta teoría. Es una clase de vida, una muy adelantada. Puede nacer, crecer, reproducirse y morir.

Lo observé por un momento antes de replicar:

—¿Cómo puede estar tan seguro? La música no puede ser así. No es ninguna clase de organismo común y corriente. ¡No tiene existencia física!

Levantó el dedo índice a la altura de su rostro.

—En eso está usted equivocado. Se ha propagado por espacio de cientos de años y ha recorrido todo tipo de escenarios, algunos muy duros provocados por el hombre y la propia naturaleza. Es poco perceptible que alguien note el final de la música, pero me parece que a usted le ha llamado poderosamente la atención.

—No solo me ha llamado la atención, sino también me horroriza. Pensar que llegará el día en que la música desaparezca me llena de mucha tristeza.

—Eso no ocurrirá: no si dejan de tratarla de la misma forma convencional. Lo he estudiado, desde luego que sí. La música es riqueza. Se puede encontrar en todas partes: en estaciones de radio, discotecas, salones, fiestas, bares, plazas públicas. Lo que no sabe es que se trata de organismos auditivos, no corpóreos, no visuales. Este es el primer síntoma de muchos. Por fin se darán cuenta de que algo importante se estaba fraguando en nuestros cerebros.

Coloqué mis manos en el mostrador y solté un bufido.

El hombrecillo continuó:

—Las plantas y animales no solo necesitan de alimento y reproducción para subsistir. Requieren también de lo que Charles Darwin propuso hace más de un siglo: adaptación. La buena música se adapta por sí sola.

Luego de escucharlo hablar puse más atención en sus argumentos:

—La música tiene vida propia, señor. No vive en un reproductor cualquiera, ni siquiera en una cámara de concierto o en un silbido. Empleando la vieja cuestión de si un árbol produce ruido en un bosque solitario sin que nadie lo escuche, aquí sucede lo mismo. No hay oyentes ni audiencia; por consiguiente, no hay música. Así de simple. Lo mejor sería salvaguardarla y escucharla cada vez que queramos evocarla.

Me aventuré a decir:

—¿Se refiere a un archivo? ¿Un injerto de chip? Eso es algo que ya se está estudiando.

—¿Necesita de un archivo o chip para jugar con su perro? ¿Para presenciar un atardecer? ¿Para disfrutar la compañía de una hermosa mujer? Tal vez la tecnología convencional le ofrezca todo eso sin salir de casa. Aquí estamos hablando de cosas perceptibles. La música, la más bella de todas, puede sentirse y apreciarse, ¿no es así?

Quería creer que así era, pero no estaba muy seguro. Luego hizo una seña con su mano y me pidió que lo acompañara a la parte de atrás de su establecimiento. Lo seguí. Cerró la puerta, encendió una luz y me encontré con una infinidad de frascos colocados en aparadores de vidrio. Dentro de cada frasco se encontraba el nombre de un compositor en específico, desde Bach hasta Leonard Cohen.

Entonces dijo:

—¿Qué le parece?

—Muy bonitos frascos, señor —dije con ironía—. Me agradan. ¿Por qué los nombres?

—Porque en ellas se alojan las interpretaciones de las personas que usted ve en ellas. También están agrupadas en compositores —el hombrecillo tomó el primer frasco que descansaba al borde del aparador. Lo examinó como si se tratara de la primera vez que lo veía y dijo—: ¿le agrada Maria Callas?

—Por supuesto. Tengo una vieja colección de acetatos con su música.

—Entonces deléitese con esto.

Abrió el frasco y me lo mostró de frente al rostro. Una tromba musical acompañada de la increíble voz de la Callas reventó en mi cara. Sus cuerdas vocales me despeinaron. La melodía vibró y continuó por un considerable lapso. La seguimos a través de nuestros oídos. Curveó alrededor de la sala como si se tratara de un extraviado petirrojo. Podía escucharse a la perfección su revoloteo.

Luego de un largo minuto la estridente e inquieta melodía buscó refugio dentro del frasco. Lo tapó y devolvió a su lugar como si nada hubiese pasado.

No fue necesario que me restregara los ojos para hacerme salir de ese extraño sueño. De ser posible recurriría con el otorrinolaringólogo para hacerme una revisión profunda de los oídos y convencerme de que esto no era ninguna alucinación.

El tendero sonrió como si estuviera a punto de realizar una importante venta. Tomó otro frasco antes de que se me ocurriera hacer la primera de mil preguntas. La abrió, pero el sonido tardó en hacerse presente. Ahora se escuchaba un tango proveniente de la grave voz de Carlos Gardel, tan sutil y lacrimosa que parecía susurrarme e invitarme a dar unos pasos de baile. “El día que me quieras”se percibía mejor que en cualquier otra forma que no fuera en ese frasco.

Esta vez no hubo ninguna orden del hombrecillo para que la voz de Gardel regresara a su lugar: logró entrar en el frasco con entrecortados sonidos. Después de eso el tendero cerró la tapa, satisfecho, y lo dejó en su lugar.

Quedé tocado por tan asombrosa presentación. Volví la vista hacia las vitrinas y no pude dejar de notar que eran miles de pequeños frascos, cada uno junto al otro, como si se tratara de libros amontonados en una biblioteca. En las etiquetas se leían nombres como “The Smiths”, “Agustín Lara”, “Edith Piaf”, “Nina Simone”, “John Coltrane”, “Modest Mussorgsky”, “Nat King Cole”, “Frank Zappa”, “Ennio Morricone”, entre otros. Fue entonces que pude articular algunas palabras luego de mi primera impresión.

—¿Cómo pudo captarlos de esa manera?

—Rilke ensalzó la música por inhabitable y esquiva; Baudelaire la comparó con el movimiento del mar. Durante siglos se creyó que pasaba y desaparecía. La música vivía únicamente en la memoria, y bastaba un descuido; una noche sin canto, una generación sin oído, para que se perdiera.

»Eso cambió cuando Edison fijó el sonido en un soporte y, sin proponérselo del todo, permitió que la música fuera reproducida. Desde entonces la música comenzó a depender de un cuerpo: primero frágil, como la cera; luego más resistente, como el vinilo o el disco compacto; hoy en día, convertida en archivo digital. Fue esa materialidad la que transformó la música en objeto y dio origen a los archivos musicales.

»En una época en la que la modernidad expande sus tentáculos con creciente crueldad, los padres de la etnomusicología consideraban urgente registrar las prácticas musicales de las sociedades amenazadas para preservarlas. Así imaginé un archivo que reuniera la música de todas las culturas, a fin de legarla a las generaciones futuras».

—Parece que las melodías están… ¡vivas!

—Es porque lo están. La música tiene vida. Los seres humanos la han evocado tanto que vivirá debido a su matiz atemporal que ni dos Guerras Mundiales, una Guerra Fría y el cambio climático pueden con ellos. Por lo que a mí concierne, si yo destapara cada uno de estos frascos, se esparcirían por todo el globo debido a su naturaleza como medio auditivo. Me atrevo a decir que se trata de una especie viviente, una que no debemos darnos el lujo de perder porque, si no hay música, entonces ¿qué nos queda? El ser humano necesita encontrarse consigo mismo, volverse más sabio, nutrirse con elementos que lo mejoren. La música puede lograr que alcance ese estado.

—Todo esto, ¿tiene algún costo?

El hombrecillo abrió su húmeda boca y sonrió. Acarició los frascos como si se trataran de lámparas mágicas, en espera de algún genio.

—Pues nada —dijo—Yo quiero conservar la belleza. Eso es todo.

Medité mientras me humedecía los labios, repentinamente secos cuando el momento decisivo estaba a su alcance.

—¿Y si se produce una extinción dentro de pocos años? ¿Y si tengo poco tiempo para apreciar la música? ¿Cómo voy a vivir después de esto, sabiendo que la música no tendrá futuro al igual que la humanidad?

El menudo hombre apartó la vista de los frascos y sacó una libreta rechoncha de un estante situado a la altura de su cintura. No dejé de parpadear con rapidez.

El tendero se acercó y me tendió el libro.

—Este es el catálogo —dijo, casi como fuera una orden—. También sirve como bitácora. Mi padre, el padre de mi padre, y su padre, han sido fieles testigos del milagro de conservación. Al final, todos hemos servido a la música.

—Vuelvo a la realidad —expresé—. Ha sido suficiente por hoy.

—¡Tiene que quedarse! ¡Es de vital importancia!

Me detuvo del hombro, justo cuando ya había dado media vuelta. Miré al anciano.

No estaba preocupado ni tampoco muy contento. Parecía librarse de algo. Tras frotarse las manos, volvió a sus aparadores.

—No pude tener descendencia. ¿Quién querría tener una familia con un hombre excéntrico hoy en día? Necesito de alguien que pueda ayudarme a recolectar la mayor cantidad de música. Usted puede ser útil; estaría haciendo un gran favor en nombre de la humanidad y la naturaleza. Ha sido una labor que me ha tomado cincuenta años. Donde quiera que estén, los grandes intérpretes y compositores de todos los tiempos se lo agradecerán.

Acepté aquella propuesta. Escuché los miles de frascos agitarse y golpearse en el borde entre ellos, excitados. Deseaban una sinfonía, una banda, un coro y un cántico con los dioses. Una masa de trinos y modulaciones cruzó por encima mío, buscando la línea de su partitura eterna en marcha. Sentí claramente la música contra el aire, armonía y desesperada libertad.

Y así, preparé mi enorme carga musical justo al otro lado del mostrador.

Input 1

Velmar Ulises Hernández


Título: Input 1
Autor: Velmar Ulises Hernández
González
Medidas: 30.5 x 22.8 cm
Técnica: Acrílico sobre tela

Argumentación de la obra:
En un escenario cotidiano en México, donde la monotonía y la adicción a
los teléfonos impera, estamos sujetos a la gratificación inmediata que
ofrecen dichos dispositivos; nos mantienen como en una especie de encadenamiento invisible. Pienso que depende de lo que queramos meter
a nuestra mente, porque el placer inmediato no requiere ningún esfuerzo y
es altamente adictivo. Me he preguntado qué pasaría si este mismo aparato lo utilizáramos para cuestionar lo que vemos; hablo de lo que vemos con nuestros cinco sentidos –lo perceptivo−, de cuestionarnos si existen otras dimensiones, otros mundos. Quizás suena a locura, pero es algo que otras personas se han cuestionado; entre ellos, científicos. ¿Esos mundos serían mejores o peores al que vivimos? Supongamos que un día −con el conocimiento que hay en pleno año 2026−, se nos ocurre configurar nuestro dispositivo móvil con otro sistema operativo −no al habitual ni tan comercial−, usamos un lenguaje de programación, matemáticas –geometrías no euclidianas, cálculo de superficies paramétricas; incluso, fórmulas de cálculo infinitesimal y teoría de física cuántica… ¿Qué pasaría si al unir todo esto que menciono se generara una puerta a otro mundo, a otro orbe quizás mejor al que tenemos? Sería interesante si el ser que nos observa es un ser benévolo, −en vez de un ser malévolo−, y pudiéramos vivir en un estado de armonía real.