Reseña: «El remolino de Pantitlán»

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Martha Camacho


Releo un par de veces éste cuento, como repitiendo las vueltas de un remolino; los designios de los dioses, la vaga sombra de Tláloc, las referencias al necesario sacrificio y la ignorancia del protagonista.

Las banderas sobre el lago, no quiero hacer spoiler pero ¿cómo hace David para obligarnos a dar vueltas entre escaleras, paraderos y la historia pasada, presente y futura? ¡Y lo hacemos con gusto!

Otra cosa; tal vez los tiempos son circulares y se concentran en un solo punto, al interior de nuestra mente y no los manejamos porque simplemente no los reconocemos; bien pudiera ser que en éste tramo de escaleras, en éste viaje en el metro, ya hayamos ocurrido o ya estuvimos alguna vez, en ese tiempo de agua y banderas.

O es el pasado prehispánico el que predice el futuro, usando sus avatares y demiurgos ¿quien sabe? y todo lo maneja David como una profecía oscura, remota y a la vez, clara, tan obvia que ¿Cómo diablos no se me ocurrió antes?

No se necesita ser adivino para ver lo que sucedería; una vez nos ponen algo bello en las manos lo reconvertimos por no decir otra cosa.

Recuerdo el tsunami del 11 de marzo, cuando muchos japoneses se lamentaban por supuestos pecados, seguros de que los dioses habían mandado ese castigo en forma de olas inmensas y negras de agua, como justa penitencia, como sacrificio de limpieza.

¿Sacrificio el que nos obliga a contemplar David y evitable lo que deja como huella? ¿son culpables los dioses o lo somos nosotros? ¿O fuimos nosotros los dioses y vimos la ocurrencia?

De entre todo resalta: la maldición de ver, la capacidad de mirar y regreso en otra vuelta del remolino mismo; la cosa era obvia desde un principio pero ¿cuál era el principio y cuándo será el final?

En nuestras manos está lo que vemos y de esa vista depende que ese final no se dé.

Y basta.

Vayan a leer este cuento de David Barrera; con seguridad les hará saber cómo se viaja en el tiempo, en los tiempos…

También se felicitará del temor que les ha causado.