Mauricio del Castillo
Recuerdo muy bien los grandes ratos escuchando música en casa de mi mejor amigo. Su estancia estaba repleta de una muy buena colección de discos de vinilo. Me volaba la tapa de los sesos con Bach, Brahms, Mozart y Beethoven. La sesión no podía terminar si no era con algo tan radical como Joy Division; la voz de Ian Curtis era un alarido proveniente de un alma atormentada.
Para mi desgracia, mi amigo contrajo matrimonio con una mujer poco compasiva hacia sus gustos musicales y se ató las manos bajo las órdenes de un desalmado jefe que no le daba la oportunidad de ver siquiera los rayos del sol. No volvió a invitarme a su casa y estoy seguro de que lamenta no volver a escuchar su colección de vinilos tanto como yo.
Con el tiempo fui formando mi propia colección. Durante muchos años, todo marchó bien. Luego llegó lo inevitable. Una tarde nublada coloqué el Kind of Blue de Miles Davis en la charola de mi computadora portátil. Esperé breves segundos a que lo leyera y el reproductor se negó a tocar el disco.
Recurrí al ingeniero de sistemas de la compañía donde laboraba. Marqué el número de su extensión y dije:
—Rafita, baja, por favor. Mi computadora tiene problemas. No sé qué sucede con ella.
Luego de verificar el problema, sacó el disco de la charola, lo examinó y me lo devolvió. Su comentario me dejó frío:
—Me parece… —habló de forma más suave para tranquilizarme—. Ya veo. Mira las capas de policarbonato y aluminio. Están casi transparentes. Con el tiempo se degradan a pesar de los cuidados.
Fruncí el entrecejo y lo observé con tensión a fin de corroborar sus palabras.
—Pero, ¿cómo ocurrió esto?
Rafita explicó:
—Estos materiales son muy sensibles a la luz. Y no solo eso: las bacterias, la humedad, el calor… Todo juega en contra. Lo siento, amigo.
—¿Me estás diciendo que ya no sirve?
—Tal vez debas hacer copias de seguridad antes de que el deterioro sea irreversible.
Sentí que sus palabras caían como un piano desde el sexto piso. No dejé de oprimir los labios con fuerza.
Enseguida dijo:
—Oye, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras bien?
—Dime, Rafa, ¿hay alguna forma segura de conservar la música?
—Ya te dije que conviertas en audio digital todos tus…
—No creo que me sirva.
Negó con la cabeza sin entenderlo. Me aterraba el hecho de que toda la bella música en este mundo podía desaparecer. ¿Acaso no existía una forma segura de conservar la música?
Acudí al Instituto de Bibliotecología con el fin de conservar la música. Un pelmazo apareció sin dejar de sonreír con falsa amabilidad.
—Buenas tardes —dijo—. ¿En qué lo puedo ayudar, señor?
No le devolví el saludo. Fui directo al grano.
—Mis discos compactos se están jodiendo a causa de que la luz está transparentando las pistas. Al menos así me lo dijo el encargado de sistemas de mi trabajo.
Los gestos que puso me hicieron retorcerme del coraje. Parecía decirme: “¿Y eso a mí qué me importa?”
—Quite esa cara y ayúdeme. ¿Qué puedo hacer para conservarlos? ¿Conoce alguna técnica que impida que la luz termine por acabar mis discos?
—Señor, ¿por qué no convierte sus discos en archivo digital? Estoy seguro de que…
La misma cantaleta de siempre. ¿No sabían otra tonada?
Mi siguiente destino fue la famosa calle de El Salvador en el Centro. El primer establecimiento era digno de la Edad Media: tenían tan solo fierro viejo, circuitos expuestos, cables desparramados en el suelo y aparatos inútiles. Era un cementerio electrónico, el penúltimo paradero de las máquinas antes de terminar en el basurero. Unos segundos bastaron para irme de ahí.
En el siguiente se escuchaba a todo volumen una espantosa canción pop. Una muchacha era la encargada de atender, pero era obvio que no tenía idea de lo que vendía. Estaba más concentrada en escuchar aquella bazofia que en atender a sus clientes.
El último local estaba oscuro y silencioso. Había olor a arena de Egipto en el ambiente, ese olor que arrastra el tiempo: sarcófagos, pirámides, cavernas. Sobre el aparador se hallaba una lámpara antigua de latón, con un foco que rayaba lo rojizo. Los equipos lucían a la vista en finas vitrinas, sin una sola partícula de polvo. Un hombrecillo con anteojos de fondo de botella lo atendía.
Aunque dudé de poder encontrar una respuesta, corrí el riesgo y toqué la campanilla. Apenas alcancé a decir:
—Buenas tardes.
El hombrecillo leía la edición matutina del periódico. Levantó la mirada y ajustó sus anteojos. Sus cabellos canos se desperdigaban en todas direcciones sin un claro orden.
—Buenas tardes, ¿en qué lo puedo ayudar? —su voz sonaba áspera, aguardientosa, como el motor de un bote a punto de expirar en el desierto. Sus ojos eran tan pequeños que estaba seguro de que desaparecerían en cualquier momento.
Desesperado, me incliné ante él y expliqué:
—Necesito encontrar la forma de que mis discos no se transparenten. Mire —mostré los discos. Sus ojos cobraron tamaño a medida que los inspeccionaba, como si se trataran de huesos de dinosaurio enterrados y él fuera alguna clase de paleontólogo.
—Lo siento mucho —dijo—. La capa de aluminio se ha desgastado por completo. Esto se debe a la luz y al inevitable paso del tiempo.
—Lo mismo me dijo el encargado de sistemas que trabaja conmigo. Por amor de Dios, ¿qué puedo hacer? ¡Dígamelo!
—Su música —expresó firmemente convencido— puede llegar a sobrevivir siempre y cuando se almacene de la forma adecuada.
—Por supuesto que lo hago así. Y es original, si pensaba otra cosa. No compro música pirata. Eso es algo de lo más deleznable.
—No me refería a eso —intervino—. La música se puede conservar sin recurrir a aparatos simples.
Moví la cabeza en señal de confusión y dije:
—¿A qué se refiere? No lo sigo.
—Mis discos de orquesta sinfónica desaparecieron debido al uso y al desgaste —respondió. El hombrecillo no parecía improvisar sobre la marcha. Sabía de lo que estaba hablando—. También me preocupó que la música estaba dejando de existir y entré en una profunda crisis existencial, una muy severa —me miró a los ojos y continuó—: ¿conoce la teoría evolutiva de las especies del naturalista Charles Darwin? Propuso que los seres mejor adaptados a su medio ambiente son los más capaces de sobrevivir. La música no está exenta de esta teoría. Es una clase de vida, una muy adelantada. Puede nacer, crecer, reproducirse y morir.
Lo observé por un momento antes de replicar:
—¿Cómo puede estar tan seguro? La música no puede ser así. No es ninguna clase de organismo común y corriente. ¡No tiene existencia física!
Levantó el dedo índice a la altura de su rostro.
—En eso está usted equivocado. Se ha propagado por espacio de cientos de años y ha recorrido todo tipo de escenarios, algunos muy duros provocados por el hombre y la propia naturaleza. Es poco perceptible que alguien note el final de la música, pero me parece que a usted le ha llamado poderosamente la atención.
—No solo me ha llamado la atención, sino también me horroriza. Pensar que llegará el día en que la música desaparezca me llena de mucha tristeza.
—Eso no ocurrirá: no si dejan de tratarla de la misma forma convencional. Lo he estudiado, desde luego que sí. La música es riqueza. Se puede encontrar en todas partes: en estaciones de radio, discotecas, salones, fiestas, bares, plazas públicas. Lo que no sabe es que se trata de organismos auditivos, no corpóreos, no visuales. Este es el primer síntoma de muchos. Por fin se darán cuenta de que algo importante se estaba fraguando en nuestros cerebros.
Coloqué mis manos en el mostrador y solté un bufido.
El hombrecillo continuó:
—Las plantas y animales no solo necesitan de alimento y reproducción para subsistir. Requieren también de lo que Charles Darwin propuso hace más de un siglo: adaptación. La buena música se adapta por sí sola.
Luego de escucharlo hablar puse más atención en sus argumentos:
—La música tiene vida propia, señor. No vive en un reproductor cualquiera, ni siquiera en una cámara de concierto o en un silbido. Empleando la vieja cuestión de si un árbol produce ruido en un bosque solitario sin que nadie lo escuche, aquí sucede lo mismo. No hay oyentes ni audiencia; por consiguiente, no hay música. Así de simple. Lo mejor sería salvaguardarla y escucharla cada vez que queramos evocarla.
Me aventuré a decir:
—¿Se refiere a un archivo? ¿Un injerto de chip? Eso es algo que ya se está estudiando.
—¿Necesita de un archivo o chip para jugar con su perro? ¿Para presenciar un atardecer? ¿Para disfrutar la compañía de una hermosa mujer? Tal vez la tecnología convencional le ofrezca todo eso sin salir de casa. Aquí estamos hablando de cosas perceptibles. La música, la más bella de todas, puede sentirse y apreciarse, ¿no es así?
Quería creer que así era, pero no estaba muy seguro. Luego hizo una seña con su mano y me pidió que lo acompañara a la parte de atrás de su establecimiento. Lo seguí. Cerró la puerta, encendió una luz y me encontré con una infinidad de frascos colocados en aparadores de vidrio. Dentro de cada frasco se encontraba el nombre de un compositor en específico, desde Bach hasta Leonard Cohen.
Entonces dijo:
—¿Qué le parece?
—Muy bonitos frascos, señor —dije con ironía—. Me agradan. ¿Por qué los nombres?
—Porque en ellas se alojan las interpretaciones de las personas que usted ve en ellas. También están agrupadas en compositores —el hombrecillo tomó el primer frasco que descansaba al borde del aparador. Lo examinó como si se tratara de la primera vez que lo veía y dijo—: ¿le agrada Maria Callas?
—Por supuesto. Tengo una vieja colección de acetatos con su música.
—Entonces deléitese con esto.
Abrió el frasco y me lo mostró de frente al rostro. Una tromba musical acompañada de la increíble voz de la Callas reventó en mi cara. Sus cuerdas vocales me despeinaron. La melodía vibró y continuó por un considerable lapso. La seguimos a través de nuestros oídos. Curveó alrededor de la sala como si se tratara de un extraviado petirrojo. Podía escucharse a la perfección su revoloteo.
Luego de un largo minuto la estridente e inquieta melodía buscó refugio dentro del frasco. Lo tapó y devolvió a su lugar como si nada hubiese pasado.
No fue necesario que me restregara los ojos para hacerme salir de ese extraño sueño. De ser posible recurriría con el otorrinolaringólogo para hacerme una revisión profunda de los oídos y convencerme de que esto no era ninguna alucinación.
El tendero sonrió como si estuviera a punto de realizar una importante venta. Tomó otro frasco antes de que se me ocurriera hacer la primera de mil preguntas. La abrió, pero el sonido tardó en hacerse presente. Ahora se escuchaba un tango proveniente de la grave voz de Carlos Gardel, tan sutil y lacrimosa que parecía susurrarme e invitarme a dar unos pasos de baile. “El día que me quieras”se percibía mejor que en cualquier otra forma que no fuera en ese frasco.
Esta vez no hubo ninguna orden del hombrecillo para que la voz de Gardel regresara a su lugar: logró entrar en el frasco con entrecortados sonidos. Después de eso el tendero cerró la tapa, satisfecho, y lo dejó en su lugar.
Quedé tocado por tan asombrosa presentación. Volví la vista hacia las vitrinas y no pude dejar de notar que eran miles de pequeños frascos, cada uno junto al otro, como si se tratara de libros amontonados en una biblioteca. En las etiquetas se leían nombres como “The Smiths”, “Agustín Lara”, “Edith Piaf”, “Nina Simone”, “John Coltrane”, “Modest Mussorgsky”, “Nat King Cole”, “Frank Zappa”, “Ennio Morricone”, entre otros. Fue entonces que pude articular algunas palabras luego de mi primera impresión.
—¿Cómo pudo captarlos de esa manera?
—Rilke ensalzó la música por inhabitable y esquiva; Baudelaire la comparó con el movimiento del mar. Durante siglos se creyó que pasaba y desaparecía. La música vivía únicamente en la memoria, y bastaba un descuido; una noche sin canto, una generación sin oído, para que se perdiera.
»Eso cambió cuando Edison fijó el sonido en un soporte y, sin proponérselo del todo, permitió que la música fuera reproducida. Desde entonces la música comenzó a depender de un cuerpo: primero frágil, como la cera; luego más resistente, como el vinilo o el disco compacto; hoy en día, convertida en archivo digital. Fue esa materialidad la que transformó la música en objeto y dio origen a los archivos musicales.
»En una época en la que la modernidad expande sus tentáculos con creciente crueldad, los padres de la etnomusicología consideraban urgente registrar las prácticas musicales de las sociedades amenazadas para preservarlas. Así imaginé un archivo que reuniera la música de todas las culturas, a fin de legarla a las generaciones futuras».
—Parece que las melodías están… ¡vivas!
—Es porque lo están. La música tiene vida. Los seres humanos la han evocado tanto que vivirá debido a su matiz atemporal que ni dos Guerras Mundiales, una Guerra Fría y el cambio climático pueden con ellos. Por lo que a mí concierne, si yo destapara cada uno de estos frascos, se esparcirían por todo el globo debido a su naturaleza como medio auditivo. Me atrevo a decir que se trata de una especie viviente, una que no debemos darnos el lujo de perder porque, si no hay música, entonces ¿qué nos queda? El ser humano necesita encontrarse consigo mismo, volverse más sabio, nutrirse con elementos que lo mejoren. La música puede lograr que alcance ese estado.
—Todo esto, ¿tiene algún costo?
El hombrecillo abrió su húmeda boca y sonrió. Acarició los frascos como si se trataran de lámparas mágicas, en espera de algún genio.
—Pues nada —dijo—Yo quiero conservar la belleza. Eso es todo.
Medité mientras me humedecía los labios, repentinamente secos cuando el momento decisivo estaba a su alcance.
—¿Y si se produce una extinción dentro de pocos años? ¿Y si tengo poco tiempo para apreciar la música? ¿Cómo voy a vivir después de esto, sabiendo que la música no tendrá futuro al igual que la humanidad?
El menudo hombre apartó la vista de los frascos y sacó una libreta rechoncha de un estante situado a la altura de su cintura. No dejé de parpadear con rapidez.
El tendero se acercó y me tendió el libro.
—Este es el catálogo —dijo, casi como fuera una orden—. También sirve como bitácora. Mi padre, el padre de mi padre, y su padre, han sido fieles testigos del milagro de conservación. Al final, todos hemos servido a la música.
—Vuelvo a la realidad —expresé—. Ha sido suficiente por hoy.
—¡Tiene que quedarse! ¡Es de vital importancia!
Me detuvo del hombro, justo cuando ya había dado media vuelta. Miré al anciano.
No estaba preocupado ni tampoco muy contento. Parecía librarse de algo. Tras frotarse las manos, volvió a sus aparadores.
—No pude tener descendencia. ¿Quién querría tener una familia con un hombre excéntrico hoy en día? Necesito de alguien que pueda ayudarme a recolectar la mayor cantidad de música. Usted puede ser útil; estaría haciendo un gran favor en nombre de la humanidad y la naturaleza. Ha sido una labor que me ha tomado cincuenta años. Donde quiera que estén, los grandes intérpretes y compositores de todos los tiempos se lo agradecerán.
Acepté aquella propuesta. Escuché los miles de frascos agitarse y golpearse en el borde entre ellos, excitados. Deseaban una sinfonía, una banda, un coro y un cántico con los dioses. Una masa de trinos y modulaciones cruzó por encima mío, buscando la línea de su partitura eterna en marcha. Sentí claramente la música contra el aire, armonía y desesperada libertad.
Y así, preparé mi enorme carga musical justo al otro lado del mostrador.
