Rebeca Perez Gutierrez
Las lágrimas oscuras del Dios de la noche se están derramando sobre la tierra, los hilos de la luna llena las acarician. El viento ligero esparce el olor de las flores de los árboles de granada, ese aroma que es tan dulce como la sangre de los niños recién nacidos. Aún no la he probado, pero es lo que me ha asegurado mi abuela Zenorina. Ella me está observando con esos ojos que han perdido su color chocolate y se han robado el color del abismo. El vestido, del color de la luna, que hasta hace un par de segundos cubría mi cuerpo, ha caído al suelo. «Qué diera yo por tener la firmeza de esos senos y de esas nalgas», me dijo mi abuela la primera vez que me vio desnuda, antes de transformarme en un monstruo. Bebo el té amargo de hierbas sagradas; el líquido quema mi lengua y me deja la sensación de que derretirá mis entrañas.
He escuchado varias veces las palabras que ella comienza a recitar: mi alma las atrapa y baila con ellas. Mi corazón amenaza con explotar como confeti dentro de mi pecho y terminar con la comezón que siento por toda la piel. «Nadie me ha dejado elegir si quería esto o no», pienso, mientras el fuego azul envuelve mi cuerpo desnudo. El grito que se escapa de mi garganta se estrella contra el tronco del enorme capulín, cuyas hojas me observan temerosas. El fuego devora mis brazos y hace emerger un par de alas oscuras, luego moldea mis piernas en delgadas patas de guajolote. «Ya no quiero». No puedo hablar. Pero sé que en cuanto la sensación de mil martillos golpeando cada parte de mi cuerpo desaparezca, todo mejorará. Mi madre ha preferido no acompañarme esta tercera vez, mi última oportunidad para vivir.
Cuando puedo subir y bajar las alas, sé que la transformación ha terminado. Sé bien cómo me veo. La primera vez que me transformé, hace dos días, no soporté la curiosidad y observé mi reflejo en la cristalina agua del pozo. Mi cabello se había convertido en plumas larguísimas. Mis ojos parecían un par de balines oscuros; la piel de mi rostro estaba decorada por venas saltadas y rojas. Mi nariz era tan pequeña que pensé que la había perdido. Mis dientes se habían convertido en dos líneas de finos alfileres. En lugar de manos había un par de alas oscuras y en lugar de mis piernas largas tenía dos patas de guajolote. El resto de mi cuerpo era el de un animal pequeño recubierto por plumas oscuras.
—Bebe hasta la última gota de sangre; de lo contrario, con el primer rayo del sol tu cuerpo se volverá polvo —me recuerda mi abuela, mientras me preparo para volar.
El fuego azul que cubre todo mi cuerpo es el que me permite desplazarme sobre los tejados de las casas; la sensación de libertad es lo que más me agrada de toda esta situación. Avanzo entre las hojas de los árboles más altos. Me ha costado concentrarme para no chocar con los postes que sostienen las enormes lámparas. Me deslizo entre los cables que suministran la electricidad; podría quedarme atorada entre ellos y eso sería un gran inconveniente.
Hace una semana, con ayuda de mi abuela y de mamá, elegimos a mi primer sacrificio: una beba de dos semanas de nacida. «Cuanto más tiernos, la sangre es mejor», aseguró mi abuela. «Es perfecta», dijo mi madre mientras acariciaba mi largo cabello oscuro. Tengo miedo, mucho miedo de ser siempre un monstruo que me controle y que haga conmigo lo que quiera.
Cumplir quince años es una maldición para las mujeres de la familia Tiburcio. A esta edad la magia de la tierra nos reclama y nos convierte en monstruos sedientos de sangre pura. Estamos obligadas a beber la sangre de los recién nacidos una vez al año. La magia nos da solo tres oportunidades; si no lo logramos, convierte nuestra carne en polvo. Quiero vivir, tengo muchas cosas que explorar, aún no he dado mi primer beso, tampoco me he enamorado ni me han roto el corazón, ni he salido más allá de la placa que indica el nombre del pueblo. «Tengo que lograrlo», pienso mientras coloco mis patas en el tejado; puedo oler a la pequeña, su llanto es una invitación a beber su sangre agitada.
Los nopales colgados en las ventanas son inútiles, lo mismo la sarta de objetos que se han colocado dentro de la cuna. Ninguno de ellos puede impedirme entrar. «Tienes que hacerlo», me repito. Las dos noches pasadas he entrado a la casa, pero cuando he estado a punto de clavar mis dientes de alfiler en el frágil cuerpo de la beba, me he quedado congelada. Esta vez no puedo arrepentirme, es mi vida o la de ella.
La beba ha sentido mi presencia; creo que ella sabe que he venido a terminar con esa vida que late en su pecho. Gracias a mí no podrá hacer muchas cosas como pronunciar su primera palabra, dar su primer paso, hacer su primer berrinche, jugar en la tierra bajo los rayos del sol, realizar su primera travesura, abrazar a su padre o a su madre. Le quitaré toda oportunidad de conocer el mundo. La voz de su madre es como una nota dulce. Ella intenta tranquilizarla, canta esa canción de cuna que mi madre me cantó alguna vez, mientras la sostiene en sus brazos y la trata como lo más valioso y frágil que posee. La beba no se tranquiliza, llora fuerte espantando el sueño de su madre; se está aferrando a la vida.
Me quedo quieta siguiendo el ritmo de la respiración de la pequeña. El perro que se encuentra amarrado debajo del enorme encino me ladra, se jalonea y enfurece cuando no puede zafarse. No quiero arrebatarle la vida a la pequeña; quizás llegue a ser una mujer importante. Ella tendrá la oportunidad de tener una vida normal, esa vida que yo nunca voy a vivir. «¿Cómo podré ver al rostro a las personas después de cometer el asesinato?», me pregunto.
Rezo el hechizo del sueño dulce; lo aprendí desde los cinco años. Pronto la madre de la pequeña se sumirá en un sueño profundo. El padre de la beba no es problema; el día que nació se ha ido al norte para intentar cruzar el río Bravo, con la esperanza de tener una vida mejor. Será una pena que no llegará a conocer a esa nueva vida que dejó atrás. Mi padre nos abandonó en cuanto cumplí cinco años; los recuerdos de su rostro son vagos, apenas y lo recuerdo. Él también se fue al extranjero con la esperanza de ganar mucho dinero y darle a mi madre una vida mejor, pero en el camino se encontró con la soledad, que era una mala compañera, y buscó compañía. Tres años después se desapareció. Algunas personas del pueblo aseguran que ya tiene una nueva esposa e hija, y yo creo que es cierto porque desde hace años que no se comunica con nosotras. Y quizás sea lo mejor; él nos aborrecería si supiera con la clase de mujer que se ha casado y que su hija es también una aberración.
Ya casi amanece y no he podido moverme de mi sitio. «Tienes que hacerlo», me dice esa parte de mí que está llena de maldad, esa que se niega a perderse con los primeros rayos del sol. La madre de la beba ya está dormida. La pequeña también y espero que no se despierte. Creo que la muerte es mejor cuando te encuentra soñando algo hermoso.
Dejo que el fuego me envuelva y me vuelvo tan pequeña como la flama de un cerillo. Me deslizo con la brisa y entro por la cerradura de la puerta. Paso por encima de la mesa de madera y cristal, las rosas que están en el florero se encuentran marchitas.
En la cocina huele a mole rojo, mi favorito. Me deslizo por la rendija que divide el suelo de la puerta de madera recién pintada. Cuando entro a la habitación, presiono el interruptor de la luz y el foco se apaga. Dejo que el fuego que me envuelve desaparezca. La beba se encuentra en los brazos de su madre; los latidos de su corazón me embelesan. Ella ha sentido mi presencia y, llorando, le suplica a su madre que despierte. «No llores», le pido. La sangre en sus mejillas parece querer explotar en hilos. Es tan pequeña y frágil que mi corazón se apachurra tal y como las dos veces que me he perdido en esos ojos tan puros.
«¿Por qué existen monstruos como yo?», me pregunto por tercera vez.
Acaricio su mejilla con una pluma y puedo jurar que absorbo la calidez de su piel. Los brazos de su madre, Martha, están aferrados a su cuerpecito. Con un ala le cubro el rostro con su cabello castaño; la conozco bien y no quiero verla o no podré arrebatarle el producto de su vientre. «Vas a sufrir tanto cuando despiertes y esa vida que cuidaste durante nueve meses ya no esté», pienso.
«No llores», vuelvo a pedirle mientras la envuelvo en mis alas. Quisiera poder hablar para cantarle una canción de cuna y que no se asustara. «No puedo arrebatarte la vida», le digo mientras se estremece debajo de la sábana delgada con olor a nuevo.
Dejo que el fuego azul me envuelva mientras retrocedo un par de pasos. Abro la ventana que estaba bien asegurada con tres cerrojos, hago que la penca de nopal que cuelga del techo se caiga al suelo y, antes de saltar por la ventana, me arrepiento. «No quiero morir», me recuerdo. Regreso hasta la beba, la envuelvo en mis alas y el fuego azul enciende mis plumas.
“Debes de agitar bien la sangre”, me dijo mi abuela. Aviento a la beba y la regreso a mis alas antes de que toque el techo; sus gritos me aturden, son como agujas clavándose en mi corazón. La sábana cae al suelo, dejando ver el conjunto rosa de estambre, tejido a mano, que cubre el pequeño cuerpo. Esta vez me retiro y dejo que caiga al suelo porque es la segunda indicación. El cuerpo sin vida debe de encontrarse en el suelo; de esta manera se pensará que el color morado de la piel es a causa del frío.
“Debes comenzar por el cuello”, me dijo mi mamá. «No quiero hacerlo», le digo a esa oscuridad que me envuelve, pero no se apiada de mí. Cubro el cuerpo con mis alas, mientras el llanto no me deja concentrarme. Mi cabeza es solo un poco más grande que la de ella, lo cual me permite acercarme a su cuello. Su piel es muy suave y tibia. «¡Hazlo ya!» me suplica el deseo de sentir esa sangre almacenada dentro de sus venas. Abro la boca y dejo que los largos alfileres atraviesen su piel, su carne; soy un monstruo y, como tal, conozco el punto exacto por el que pasa cada arteria, cada vena.
La sangre está calientita y tan dulce que logra acariciar mi alma; no quiero parar. Me hace sentir mágica, fuerte y poderosa. El llanto se vuelve más fuerte y sus pequeños dedos rozan el plumaje que cubre mi pecho. Me separo de ella. “Debes continuar por el otro lado del cuello”, me indicó mi abuela. Me coloco al otro lado de su cuello. Clavo los alfileres tan profundos como me es posible y el sabor de la sangre llena cada célula de mi cuerpo. El llanto se vuelve solo un eco. «Pobre beba», me dice una voz en mi interior. Me alejo de ella. “No olvides clavar tus dientes en cada una de las palmas de sus manos”, me advirtió la abuela. «No te mueras», le pido mientras observo esos ojitos empapados, esas mejillas sin color y esa carita que me recuerda los dibujos de la cúpula de la iglesia, en cuyo altar está la virgen María, la misma que se encuentra observando desde el altar que se encuentra a un lado de la cabecera. «¿Por qué no me detuviste?». Interrogo a la virgen, pero ella no me contesta.
El sonidito del corazón de la beba es como el de una sola gota de lluvia. Quiero devolverle la sangre que he tomado, pero no sé cómo hacerlo. “El primer sacrificio es el más difícil”, me advirtió mi tía Blanca. “No mires a la criatura”, me aconsejó mamá. Pero no hay manera de no hacerlo. La dulzura de la sangre aún me envuelve la lengua. «Soy un maldito monstruo», me digo mientras retrocedo un par de pasos. “Voltea todos los espejos antes de entrar a la casa”, me dijo la abuela, pero yo lo olvidé.
El enorme espejo que está a un lado de la cama y pegado en la pared me muestra la aberración en la que me he convertido; mis labios que vi la otra noche pálidos están salpicados de sangre, en mis ojos se asoma un abismo tan oscuro como el que he percibido en mi abuela, y que tanto me atemorizaba. El latido de sangre que me llamaba se ha callado por completo. «No debería de existir, no puedo hacer esto cada año de mi vida», pienso. «¿Por qué no me detuve antes?», me reprocho mientras veo el diminuto cuerpo. La sangre se convierte en fuego y me destroza por dentro.
Me acerco a la beba, la envuelvo en mis alas y la deposito en la cama; la entrego a su madre, quien debe de estar teniendo bellos sueños con ella. «Pobre, mañana estará tan triste que la misma tierra temblará», pienso. «No debí de hacerlo», me reprocho. Pero ya es tarde para eso, no hay manera de regresar el tiempo y devolverle la vida. «Me odio», me digo.
«¿Por qué permites que existan monstruos como yo?», interrogo a la virgen, pero ella no me responde. «Castígame», le pido, pero sigo intacta. «Una vida por una vida», le digo a la pequeña, cuya alma ya debe de estar en un mejor lugar que este. La piel de su rostro ya ha perdido su color. Aunque quiera, no hay manera de tomar la sangre que queda en su cuerpo; ya está fría. Nunca me puse a pensar sobre el momento de mi muerte, pero creo que no hay manera de seguir viviendo con el recuerdo de lo que acaba de pasar. «No te preocupes, mi madre también perderá a su única hija», le digo a la beba, quien no puede escucharme; quizás su alma lo haga. «Perdóname», le pido sin la esperanza de que cuando muera mi alma acuda al cielo, porque sé bien que no es a donde pertenezco. Mi alma ira al infierno.
