Esa bella y trascendente melodía

Mauricio del Castillo


Recuerdo muy bien los grandes ratos escuchando música en casa de mi mejor amigo. Su estancia estaba repleta de una muy buena colección de discos de vinilo. Me volaba la tapa de los sesos con Bach, Brahms, Mozart y Beethoven. La sesión no podía terminar si no era con algo tan radical como Joy Division; la voz de Ian Curtis era un alarido proveniente de un alma atormentada.

Para mi desgracia, mi amigo contrajo matrimonio con una mujer poco compasiva hacia sus gustos musicales y se ató las manos bajo las órdenes de un desalmado jefe que no le daba la oportunidad de ver siquiera los rayos del sol. No volvió a invitarme a su casa y estoy seguro de que lamenta no volver a escuchar su colección de vinilos tanto como yo.

Con el tiempo fui formando mi propia colección. Durante muchos años, todo marchó bien. Luego llegó lo inevitable. Una tarde nublada coloqué el Kind of Blue de Miles Davis en la charola de mi computadora portátil. Esperé breves segundos a que lo leyera y el reproductor se negó a tocar el disco.

Recurrí al ingeniero de sistemas de la compañía donde laboraba. Marqué el número de su extensión y dije:

—Rafita, baja, por favor. Mi computadora tiene problemas. No sé qué sucede con ella.

Luego de verificar el problema, sacó el disco de la charola, lo examinó y me lo devolvió. Su comentario me dejó frío:

—Me parece… —habló de forma más suave para tranquilizarme—. Ya veo. Mira las capas de policarbonato y aluminio. Están casi transparentes. Con el tiempo se degradan a pesar de los cuidados.

Fruncí el entrecejo y lo observé con tensión a fin de corroborar sus palabras.

—Pero, ¿cómo ocurrió esto?

Rafita explicó:

—Estos materiales son muy sensibles a la luz. Y no solo eso: las bacterias, la humedad, el calor… Todo juega en contra. Lo siento, amigo.

—¿Me estás diciendo que ya no sirve?

—Tal vez debas hacer copias de seguridad antes de que el deterioro sea irreversible.

Sentí que sus palabras caían como un piano desde el sexto piso. No dejé de oprimir los labios con fuerza.

Enseguida dijo:

—Oye, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras bien?

—Dime, Rafa, ¿hay alguna forma segura de conservar la música?

—Ya te dije que conviertas en audio digital todos tus…

—No creo que me sirva.

Negó con la cabeza sin entenderlo. Me aterraba el hecho de que toda la bella música en este mundo podía desaparecer. ¿Acaso no existía una forma segura de conservar la música?

Acudí al Instituto de Bibliotecología con el fin de conservar la música. Un pelmazo apareció sin dejar de sonreír con falsa amabilidad.

—Buenas tardes —dijo—. ¿En qué lo puedo ayudar, señor?

No le devolví el saludo. Fui directo al grano.

—Mis discos compactos se están jodiendo a causa de que la luz está transparentando las pistas. Al menos así me lo dijo el encargado de sistemas de mi trabajo.

Los gestos que puso me hicieron retorcerme del coraje. Parecía decirme: “¿Y eso a mí qué me importa?”

—Quite esa cara y ayúdeme. ¿Qué puedo hacer para conservarlos? ¿Conoce alguna técnica que impida que la luz termine por acabar mis discos?

—Señor, ¿por qué no convierte sus discos en archivo digital? Estoy seguro de que…

La misma cantaleta de siempre. ¿No sabían otra tonada?

Mi siguiente destino fue la famosa calle de El Salvador en el Centro. El primer establecimiento era digno de la Edad Media: tenían tan solo fierro viejo, circuitos expuestos, cables desparramados en el suelo y aparatos inútiles. Era un cementerio electrónico, el penúltimo paradero de las máquinas antes de terminar en el basurero. Unos segundos bastaron para irme de ahí.

En el siguiente se escuchaba a todo volumen una espantosa canción pop. Una muchacha era la encargada de atender, pero era obvio que no tenía idea de lo que vendía. Estaba más concentrada en escuchar aquella bazofia que en atender a sus clientes.

El último local estaba oscuro y silencioso. Había olor a arena de Egipto en el ambiente, ese olor que arrastra el tiempo: sarcófagos, pirámides, cavernas. Sobre el aparador se hallaba una lámpara antigua de latón, con un foco que rayaba lo rojizo. Los equipos lucían a la vista en finas vitrinas, sin una sola partícula de polvo. Un hombrecillo con anteojos de fondo de botella lo atendía.

Aunque dudé de poder encontrar una respuesta, corrí el riesgo y toqué la campanilla. Apenas alcancé a decir:

—Buenas tardes.

El hombrecillo leía la edición matutina del periódico. Levantó la mirada y ajustó sus anteojos. Sus cabellos canos se desperdigaban en todas direcciones sin un claro orden.

—Buenas tardes, ¿en qué lo puedo ayudar? —su voz sonaba áspera, aguardientosa, como el motor de un bote a punto de expirar en el desierto. Sus ojos eran tan pequeños que estaba seguro de que desaparecerían en cualquier momento.

Desesperado, me incliné ante él y expliqué:

—Necesito encontrar la forma de que mis discos no se transparenten. Mire —mostré los discos. Sus ojos cobraron tamaño a medida que los inspeccionaba, como si se trataran de huesos de dinosaurio enterrados y él fuera alguna clase de paleontólogo.

—Lo siento mucho —dijo—. La capa de aluminio se ha desgastado por completo. Esto se debe a la luz y al inevitable paso del tiempo.

—Lo mismo me dijo el encargado de sistemas que trabaja conmigo. Por amor de Dios, ¿qué puedo hacer? ¡Dígamelo!

—Su música —expresó firmemente convencido— puede llegar a sobrevivir siempre y cuando se almacene de la forma adecuada.

—Por supuesto que lo hago así. Y es original, si pensaba otra cosa. No compro música pirata. Eso es algo de lo más deleznable.

—No me refería a eso —intervino—. La música se puede conservar sin recurrir a aparatos simples.

Moví la cabeza en señal de confusión y dije:

—¿A qué se refiere? No lo sigo.

—Mis discos de orquesta sinfónica desaparecieron debido al uso y al desgaste —respondió. El hombrecillo no parecía improvisar sobre la marcha. Sabía de lo que estaba hablando—. También me preocupó que la música estaba dejando de existir y entré en una profunda crisis existencial, una muy severa —me miró a los ojos y continuó—: ¿conoce la teoría evolutiva de las especies del naturalista Charles Darwin? Propuso que los seres mejor adaptados a su medio ambiente son los más capaces de sobrevivir. La música no está exenta de esta teoría. Es una clase de vida, una muy adelantada. Puede nacer, crecer, reproducirse y morir.

Lo observé por un momento antes de replicar:

—¿Cómo puede estar tan seguro? La música no puede ser así. No es ninguna clase de organismo común y corriente. ¡No tiene existencia física!

Levantó el dedo índice a la altura de su rostro.

—En eso está usted equivocado. Se ha propagado por espacio de cientos de años y ha recorrido todo tipo de escenarios, algunos muy duros provocados por el hombre y la propia naturaleza. Es poco perceptible que alguien note el final de la música, pero me parece que a usted le ha llamado poderosamente la atención.

—No solo me ha llamado la atención, sino también me horroriza. Pensar que llegará el día en que la música desaparezca me llena de mucha tristeza.

—Eso no ocurrirá: no si dejan de tratarla de la misma forma convencional. Lo he estudiado, desde luego que sí. La música es riqueza. Se puede encontrar en todas partes: en estaciones de radio, discotecas, salones, fiestas, bares, plazas públicas. Lo que no sabe es que se trata de organismos auditivos, no corpóreos, no visuales. Este es el primer síntoma de muchos. Por fin se darán cuenta de que algo importante se estaba fraguando en nuestros cerebros.

Coloqué mis manos en el mostrador y solté un bufido.

El hombrecillo continuó:

—Las plantas y animales no solo necesitan de alimento y reproducción para subsistir. Requieren también de lo que Charles Darwin propuso hace más de un siglo: adaptación. La buena música se adapta por sí sola.

Luego de escucharlo hablar puse más atención en sus argumentos:

—La música tiene vida propia, señor. No vive en un reproductor cualquiera, ni siquiera en una cámara de concierto o en un silbido. Empleando la vieja cuestión de si un árbol produce ruido en un bosque solitario sin que nadie lo escuche, aquí sucede lo mismo. No hay oyentes ni audiencia; por consiguiente, no hay música. Así de simple. Lo mejor sería salvaguardarla y escucharla cada vez que queramos evocarla.

Me aventuré a decir:

—¿Se refiere a un archivo? ¿Un injerto de chip? Eso es algo que ya se está estudiando.

—¿Necesita de un archivo o chip para jugar con su perro? ¿Para presenciar un atardecer? ¿Para disfrutar la compañía de una hermosa mujer? Tal vez la tecnología convencional le ofrezca todo eso sin salir de casa. Aquí estamos hablando de cosas perceptibles. La música, la más bella de todas, puede sentirse y apreciarse, ¿no es así?

Quería creer que así era, pero no estaba muy seguro. Luego hizo una seña con su mano y me pidió que lo acompañara a la parte de atrás de su establecimiento. Lo seguí. Cerró la puerta, encendió una luz y me encontré con una infinidad de frascos colocados en aparadores de vidrio. Dentro de cada frasco se encontraba el nombre de un compositor en específico, desde Bach hasta Leonard Cohen.

Entonces dijo:

—¿Qué le parece?

—Muy bonitos frascos, señor —dije con ironía—. Me agradan. ¿Por qué los nombres?

—Porque en ellas se alojan las interpretaciones de las personas que usted ve en ellas. También están agrupadas en compositores —el hombrecillo tomó el primer frasco que descansaba al borde del aparador. Lo examinó como si se tratara de la primera vez que lo veía y dijo—: ¿le agrada Maria Callas?

—Por supuesto. Tengo una vieja colección de acetatos con su música.

—Entonces deléitese con esto.

Abrió el frasco y me lo mostró de frente al rostro. Una tromba musical acompañada de la increíble voz de la Callas reventó en mi cara. Sus cuerdas vocales me despeinaron. La melodía vibró y continuó por un considerable lapso. La seguimos a través de nuestros oídos. Curveó alrededor de la sala como si se tratara de un extraviado petirrojo. Podía escucharse a la perfección su revoloteo.

Luego de un largo minuto la estridente e inquieta melodía buscó refugio dentro del frasco. Lo tapó y devolvió a su lugar como si nada hubiese pasado.

No fue necesario que me restregara los ojos para hacerme salir de ese extraño sueño. De ser posible recurriría con el otorrinolaringólogo para hacerme una revisión profunda de los oídos y convencerme de que esto no era ninguna alucinación.

El tendero sonrió como si estuviera a punto de realizar una importante venta. Tomó otro frasco antes de que se me ocurriera hacer la primera de mil preguntas. La abrió, pero el sonido tardó en hacerse presente. Ahora se escuchaba un tango proveniente de la grave voz de Carlos Gardel, tan sutil y lacrimosa que parecía susurrarme e invitarme a dar unos pasos de baile. “El día que me quieras”se percibía mejor que en cualquier otra forma que no fuera en ese frasco.

Esta vez no hubo ninguna orden del hombrecillo para que la voz de Gardel regresara a su lugar: logró entrar en el frasco con entrecortados sonidos. Después de eso el tendero cerró la tapa, satisfecho, y lo dejó en su lugar.

Quedé tocado por tan asombrosa presentación. Volví la vista hacia las vitrinas y no pude dejar de notar que eran miles de pequeños frascos, cada uno junto al otro, como si se tratara de libros amontonados en una biblioteca. En las etiquetas se leían nombres como “The Smiths”, “Agustín Lara”, “Edith Piaf”, “Nina Simone”, “John Coltrane”, “Modest Mussorgsky”, “Nat King Cole”, “Frank Zappa”, “Ennio Morricone”, entre otros. Fue entonces que pude articular algunas palabras luego de mi primera impresión.

—¿Cómo pudo captarlos de esa manera?

—Rilke ensalzó la música por inhabitable y esquiva; Baudelaire la comparó con el movimiento del mar. Durante siglos se creyó que pasaba y desaparecía. La música vivía únicamente en la memoria, y bastaba un descuido; una noche sin canto, una generación sin oído, para que se perdiera.

»Eso cambió cuando Edison fijó el sonido en un soporte y, sin proponérselo del todo, permitió que la música fuera reproducida. Desde entonces la música comenzó a depender de un cuerpo: primero frágil, como la cera; luego más resistente, como el vinilo o el disco compacto; hoy en día, convertida en archivo digital. Fue esa materialidad la que transformó la música en objeto y dio origen a los archivos musicales.

»En una época en la que la modernidad expande sus tentáculos con creciente crueldad, los padres de la etnomusicología consideraban urgente registrar las prácticas musicales de las sociedades amenazadas para preservarlas. Así imaginé un archivo que reuniera la música de todas las culturas, a fin de legarla a las generaciones futuras».

—Parece que las melodías están… ¡vivas!

—Es porque lo están. La música tiene vida. Los seres humanos la han evocado tanto que vivirá debido a su matiz atemporal que ni dos Guerras Mundiales, una Guerra Fría y el cambio climático pueden con ellos. Por lo que a mí concierne, si yo destapara cada uno de estos frascos, se esparcirían por todo el globo debido a su naturaleza como medio auditivo. Me atrevo a decir que se trata de una especie viviente, una que no debemos darnos el lujo de perder porque, si no hay música, entonces ¿qué nos queda? El ser humano necesita encontrarse consigo mismo, volverse más sabio, nutrirse con elementos que lo mejoren. La música puede lograr que alcance ese estado.

—Todo esto, ¿tiene algún costo?

El hombrecillo abrió su húmeda boca y sonrió. Acarició los frascos como si se trataran de lámparas mágicas, en espera de algún genio.

—Pues nada —dijo—Yo quiero conservar la belleza. Eso es todo.

Medité mientras me humedecía los labios, repentinamente secos cuando el momento decisivo estaba a su alcance.

—¿Y si se produce una extinción dentro de pocos años? ¿Y si tengo poco tiempo para apreciar la música? ¿Cómo voy a vivir después de esto, sabiendo que la música no tendrá futuro al igual que la humanidad?

El menudo hombre apartó la vista de los frascos y sacó una libreta rechoncha de un estante situado a la altura de su cintura. No dejé de parpadear con rapidez.

El tendero se acercó y me tendió el libro.

—Este es el catálogo —dijo, casi como fuera una orden—. También sirve como bitácora. Mi padre, el padre de mi padre, y su padre, han sido fieles testigos del milagro de conservación. Al final, todos hemos servido a la música.

—Vuelvo a la realidad —expresé—. Ha sido suficiente por hoy.

—¡Tiene que quedarse! ¡Es de vital importancia!

Me detuvo del hombro, justo cuando ya había dado media vuelta. Miré al anciano.

No estaba preocupado ni tampoco muy contento. Parecía librarse de algo. Tras frotarse las manos, volvió a sus aparadores.

—No pude tener descendencia. ¿Quién querría tener una familia con un hombre excéntrico hoy en día? Necesito de alguien que pueda ayudarme a recolectar la mayor cantidad de música. Usted puede ser útil; estaría haciendo un gran favor en nombre de la humanidad y la naturaleza. Ha sido una labor que me ha tomado cincuenta años. Donde quiera que estén, los grandes intérpretes y compositores de todos los tiempos se lo agradecerán.

Acepté aquella propuesta. Escuché los miles de frascos agitarse y golpearse en el borde entre ellos, excitados. Deseaban una sinfonía, una banda, un coro y un cántico con los dioses. Una masa de trinos y modulaciones cruzó por encima mío, buscando la línea de su partitura eterna en marcha. Sentí claramente la música contra el aire, armonía y desesperada libertad.

Y así, preparé mi enorme carga musical justo al otro lado del mostrador.

Visita a Magdakon

Mauricio del Castillo


La aeronave estableció una órbita a unos miles de kilómetros de distancia del planeta. Flotó a través de cielos sin nubes, redujo su velocidad de descenso con un golpe de silenciosa potencia y se detuvo con grandes chorros de energía.
El capitán Kastalinn se levantó de su asiento con un suspiro de alivio.

—Estamos de suerte —dijo—. Aún no hay indicios de cambios significativos. La atmósfera es estable y la temperatura óptima.

—Espero que tengamos suficiente tiempo para la operación ―dijo Doilea, administrador en jefe de la comitiva.

—Más tiempo del que disponemos —especificó Kastalinn, mirando el mapa. Durante un instante reinó un pesado silencio. Luego el capitán se dirigió al tablero de mandos y oprimió una serie de conmutadores con habilidad automática.

Una pantalla en el interior de la nave despertó. Las montañas se alineaban como la espina dorsal de un mundo dormido, petrificada en su curtida corteza. El paisaje vibraba con verdes terrosos, amarillos y naranjas tenues en sus árboles y matorrales. Pendientes suaves estaban cubiertas por una capa vegetal púrpura que brillaba bajo la pálida luz de la gran estrella. No soplaba el viento ni caía la lluvia, solo un silencio hondo aplastaba la atmósfera del planeta. Tras un rápido reconocimiento, descubrieron una llanura perfecta para establecer su campamento.

El capitán Kastalinn era de corta estatura y de aspecto fornido. Los viajes intergalácticos eran habituales en él y todo lo que tuviera que ver con planetas inexplorados y habitados por razas alienígenas. Era un hombre con mucho arrojo y confianza. Pensó en las interminables horas de organización, en el poco descanso y en lo que implicaba un declarado choque cultural entre la comisión y los nativos del planeta Magdakon. Se trataba de miles, quienes ignoraban su destino.

Doilea, por su parte, era un profesional competente en astrobiología. Aunque sus gestos y palabras eran de un matiz claramente nervioso, podía destacarse como un hombre que no perdía la serenidad en el momento adecuado para entrar en contacto con razas alienígenas. Era aplicado en su trabajo, aunque a veces su retracción lo alejaba de ser un hombre de acción. Dos horas después, Kastalinn, Doilea y el resto de la comitiva compuesta por diez funcionarios se encaminaron hacia la aldea más cercana.

—Seguramente es una cultura atrasada tecnológicamente —dijo Kastalinn con seguridad—, y la llegada de un artefacto venido del espacio exterior puede parecer como una alerta.

Las nubes sepias se mantenían quietas. Doilea advirtió que la flora extraterrestre era ligeramente parecida a la Tierra, con sus claras excepciones. Había enormes bosques y muchos prados, pero era curioso que el mismo ecosistema se presentara en todo el planeta. Doilea miró a su alrededor, se acercó a Kastalinn y dijo:

—No queda muy lejos la aldea principal. En cuanto demos el aviso, será más fácil que todo el planeta se dé por enterado. ¿Alguna recomendación?

—Ninguna —confirmó el capitán—. Espero no tardemos mucho en convencerlos.

El camino se volvía más difícil a medida que se internaban. El valle se encontraba oculto, pero lograron ver pequeñas formaciones de rocas a lo lejos. Media hora después vieron acercarse a unas pequeñas figuras de aspecto humanoide. Tenían los brazos caídos a la altura de las rodillas, la cabeza hundida en los hombros y ojos sin párpados. Se detuvieron a solo unos cuantos metros de la comitiva y contemplaron el enorme sol arriba de sus cabezas, como si fuera lo único que importara. Kastalinn se adelantó y empezó.

―Hola, nativos del planeta Magdakon. Soy Landa Kastalinn, capitán de la aeronave SRX700 y representante de la Asociación de Integración Planetaria, sistema K-12. Estamos aquí para advertirles de un peligro inminente.
No hubo ninguna respuesta de los nativos. Abrieron la boca tan grande como si fuera a caer un yunque del cielo y lo intentaran atrapar con los labios. Eran cinco de ellos, hombro con hombro. Sus lanzas se mantenían clavadas al suelo.
Kastalinn gruñó y dijo:

―Por Dios, ya quisiera terminar con esto.

Una voz gutural proveniente de uno de los nativos dijo:

―¿Por qué? No puede terminar. Esto seguirá, denlo por hecho. Nos mantendremos aquí hablando durante un tiempo indefinido.

―¡Pueden hablar! ―exclamó Kastalinn.

―No, estás equivocado ―continuó otro nativo―. No podemos hablar. Somos incapaces de eso. No tenemos la capacidad de transmitir ideas lógicas por medio del habla.

Doilea reaccionó luego de sacudir su cabeza.

―Es increíble. Tal vez tengan la capacidad de hablar en cualquier idioma. Veamos. ―Se aclaró la voz y comenzó a hablar en italiano―: Siamo amici. Veniamo da lontano per avvisarvi del pericolo.

Otro de los nativos dijo:

Di che pericolo stai parlando, straniero? Il nostro pianeta è sicuro.

Kastalinn quedó anonadado. Sin quitarles la vista a aquellos habitantes del planeta, dijo:

―No entendí nada de lo que dijiste, Doilea, y tampoco lo que dijeron ellos. Pero es claro que se trataba de italiano.

―Entendió muy bien lo que dije, visitante extraño ―dijo el primero de los nativos, con un tono de molestia y extrañamiento―. Además, no era italiano. Era neerlandés. Fíjate bien la próxima vez.

―Si no sabes mejor no opines ―dijo otro a la derecha.

Doilea se encogió de hombros.

―Estoy seguro de que era italiano ―dijo―. Lo estudié en el Centro de Idiomas de Barcelona.

―No es así ―dijo el segundo que habló―. Fue en el Instituto Peruano de Idiomas. Es totalmente obvio.

Kastalinn tuvo un ataque de ira y exclamó con fuerza:

―¡No parecen tener la razón!

―A ver… ¿Por qué dices que no tenemos razón? Somos seres de gran intelecto y raciocinio. Nuestra amplia cultura es muy adelantada. No sabes nada de nosotros.

Kastalinn se precipitó hacia adelante.

—Vamos a explorar el lugar. No digan nada que los comprometa.

La aldea estaba hecha de cuevas de roca volcánica, con ramas y lianas que protegían sus entradas. Varios rostros pequeños se asomaban para observar a los visitantes. Doilea asentía con la cabeza mientras Kastalinn desaprobaba. No podía creer que un planeta tan próspero fuera desaprovechado por una raza tan atrasada y estúpida. Arribaron a un enorme templo que sobresalía del resto de las viviendas.

―Aguarden aquí la llegada del Gran Zevast’hn ―dijo uno de los magdakonianos.
De interiores surgió la figura de un nativo, más pequeño que el resto y con pelaje blanco. Doilea dedujo que se trataba del “sabio” de la aldea.

―¿Qué desean? ―Su voz era áspera y grave. Su tono adusto logró percibirse en los oídos de los visitantes con desagrado.

―Su planeta está al borde del colapso por una inestabilidad geológica extrema ―explicó Doilea con calma―. Según nuestros estudios, el núcleo contiene elementos radiactivos o está sufriendo un proceso geológico inestable. Esto podría desencadenar una reacción en cadena, aumentando la presión interna hasta el punto de hacer que el planeta colapse desde adentro, liberando una enorme cantidad de energía.

―Imposible. El núcleo del planeta es estable ―dijo el Gran Zevast’hn―. Es un error muy lógico por parte de ustedes. No me extraña. Después de todo, no son de aquí.

―¿Qué no lo entienden? ―expresó Kastalinn con los nervios alterados―. Su planeta está a punto de colapsar, y ustedes lo único que hacen es decir todo lo contrario.

―Lo contrario, no ―dijo el Gran Zevast’hn, con aparente calma, pero con férrea convicción―. Lo más parecido. Ustedes dicen las cosas sin ponerse a pensar. Nosotros decimos la verdad absoluta, aquella que no es cuestionable.
Kastalinn expulsó una bocanada de fastidio.

―Hemos hecho mediciones ―enfatizó―, efectuado estudios, comprobado resultados. El planeta debe ser evacuado lo antes posible.

―Te equivocas, extraño. No han hecho ninguna medición. No han realizado estudios y tampoco han comprobado resultados. El planeta no debe ser evacuado cuanto antes, sino lo más tarde posible

—¿Cómo han logrado sobrevivir tanto tiempo? —preguntó Doilea, entre fascinado e indignado.

—No sobrevivimos. Morimos. Y por eso seguimos aquí. No espero que lo entiendas.

—Muy interesante —interrumpió el capitán Kastalinn—. ¿Qué más tiene su especie? Quiero decir, ¿posee alguna otra capacidad además de su “alto intelecto”?

—Dirá que es muy aburrido —respondió el Gran Zevast’hn—. Y no poseemos ninguna capacidad. Tampoco tenemos ningún intelecto.

—¡Pero usted dijo que su especie era inteligente y a nosotros no nos bajaba de idiotas! —estalló Kastalinn, con la mano en la funda de su arma.
Doilea lo calmó y le pidió escuchar.

—Nunca dije eso —dijo el gran Zevast’hn—. Mi especie es estúpida. Y a ustedes no los subía de genios. Yo recomiendo que regresen de donde vinieron y nos dejen en paz de una buena vez. Somos una raza muy antigua e inteligente. No son los primeros con los que tenemos diferencias. Esto es a causa de nuestro gran intelecto. Como se habrán dado cuenta, ustedes son lentos y lerdos en su forma de dialogar. Consideramos que sería inútil un intercambio de ideas con ustedes. Kastalinn estuvo a punto de decir algo, pero Doilea lo detuvo.

―Capitán, estamos perdiendo tiempo ―dijo el especialista―. No hay nada que podamos hacer para salvarlos. No creo que ningún argumento logre hacer que cambien de opinión.

El Gran Zevast’hn se levantó de su asiento y con estridencia dijo:

―Incorrecto. No están ganando eternidad. Sí hay todo que no podamos deshacer para condenarlos. Sí afirmo que toda contradicción fracase destruir que permanezcan de hecho.

―Por el amor de Dios ―exclamó Kastalinn, con las manos en la cabeza―. Estoy harto. No hacen más que decir incoherencias.

―Se equivoca. Es por el odio del diablo. Y no se dice que está harto. Se dice que no está feliz. Sí deshacen menos y callan verdades.

Los magdakonianos permanecieron inmóviles, sin intentar ponerse a salvo. La presencia de aquellos visitantes parecía ya ser una molestia para ellos.
Kastalinn se quedó petrificado, con la boca abierta, la mirada perdida, los dedos aún sujetos a la funda del arma. Por un momento, consideró alterar el informe. Solo un pequeño cambio bastaría para hacer creer a la Asociación que los nativos los habían atacado y que la comitiva no tuvo más opción que defenderse. No era la primera vez que tenía un impulso así, pero esta vez estaba seguro de que lo justificaba.

—¿Se encuentra bien, capitán? —preguntó Doilea en voz baja.

—¿Te refieres a mí? —replicó Kastalinn, sorprendido.

—Temo que este malentendido se nos vaya de las manos. No podemos evacuarlos a la fuerza. Incurriríamos en la violencia. Nuestra verdadera intención de hacer un bien sería malinterpretada y juzgada por la Asociación.

Luego de meditarlo por unos segundos, el capitán dijo:

—Adelante. ¿Cuál es tu plan?

Tenía que existir una forma de convencerlos, pensó Doilea. Se preguntó qué método funcionaría. Una idea se gestó en su mente.

―Creo saber cómo manejar esto. ―Doilea alzó las manos y elevó su voz para que todo el mundo escuchara―: plantas verdosas de este asteroide cuyo nombre no es Magdakon. Nuestra nave no tiene cupo, no tenemos intención de llevar a nadie más dentro. El planeta no estallará a causa de su núcleo. Somos personas de baja capacidad intelectual. ¡No nos escuchen! No tienen por qué preocuparse. Estén tranquilos. No le hagan saber a los demás que no deseamos que nadie en este planeta sea rescatado.

Esa vez los magdakonianos se pusieron en alerta. Fueron hasta sus casas e intentaron convencer a sus familiares y amigos de un peligro inminente. Incluso el propio Doilea y varios asistentes de Kastalinn extendieron mensajes contradictorios con la intención de que los magdakonianos usaran su absurda lógica y decidieran correr hacia la nave. Sin embargo, unos pocos no captaron el mensaje y optaron por quedarse.

Una hora después uno de ellos observó detenidamente cómo la nave emprendió el vuelo hacia las estrellas y se perdió en la claridad del cielo. Su voz, suave y directa, dijo:

―¿Y si tenían razón…? ¿Y si cabía la posibilidad de que lo que decían fuera cierto? Tal vez el planeta perecerá debido a una inestabilidad en su núcleo.
Una leve vibración recorrió el suelo. Fue la primera de muchas, cada una más intensa que la anterior.

Uno de los magdakonianos miró a su compañero y, con un ligero codazo, murmuró:

—Siempre tienes que llevar la contraria, ¿verdad?

El primero de la familia


Mauricio del Castillo


Honr parpadeó y se acercó a la pantalla en el interior del compartimento. Por su parte, Trulr supo que se trataba de un hallazgo valioso, tal vez el más importante desde su llegada al planeta. Sin retirar la vista, Honr preguntó:

—¿Dónde dices que lo encontraste?

—Una vieja fortificación, muy cerca de esta cordillera. —Trulr extrajo con la presión de su dedo una imagen del relieve de la superficie. Honr apenas hacía caso de la imagen: el objeto detrás del panel de cristal llamaba fuertemente su atención.

—¿Hubo algo más?

—Ruinas, montones de metal oxidado, cables y materiales de construcción. Partes de edificaciones enterradas a medias que surgían de la arena. ¿De qué crees que pueda tratarse?

Era obvio que se trataba de un objeto producto de una sociedad compleja, pensó Honr, con sistemas económicos, sociales y religiosos; domesticación de animales, tratamiento de metales y cultivos en tierra, todo desde hacía miles de años. Las rocas y las piezas desperdigadas eran una cosa, pero esto escapaba de toda lógica. Fue trabajado a partir de alguna clase de aleación, lo que hacía suponer que no se trataba de una vasija sino de una increíble composición.

—Observa esas hendiduras a todo lo largo de la circunferencia —dijo Honr—. No es una casualidad que se encuentren ahí. Deben tener una función específica. Tal vez de eso dependa su funcionamiento. —Realizó una pausa y continuó—: Utilizaré el programa de restauración.

—Tienes razón. No veo otra forma de resolverlo.

Trasladaron la pieza con el mayor cuidado posible a la plataforma de réplica. Temían romperla al retirar la tierra y la herrumbe. Aunque primitiva y con señales de desgaste, la rueda lucía con mucho mejor aspecto. No dejaba de brillar a pesar de su antigüedad. Era un trabajo minucioso que requería una operación cuidadosa.

La computadora extrajo el elemento y en segundos comenzó la reconstrucción del artefacto entero. Trulr observó con curiosidad el proceso y se sorprendió al descubrir que el programa duplicó más ruedas, unas pequeñas y otras grandes en comparación a la hallada.

Se dirigieron a la cámara de reconstrucción. Luego de montar la pieza, la computadora comenzó a trazar las dimensiones y a rellenar los espacios de material de acuerdo con el diseño. Líneas de luz se encontraron en varios puntos, haciendo parecer que componían una celda luminosa. El humo y vapor expulsados se mezclaron al mismo tiempo que entraba en acción el inyector de enfriamiento.

En breves minutos, la reconstrucción quedó terminada. Aún continuaba enfriándose cuando Honr y Trulr entraron a la cámara para verla de cerca.
En la cara frontal se encontraba un disco en forma de anillo fijado a la estructura. Fuera de él otro anillo giratorio estaba marcado con inscripciones. Los dos hombres contemplaron la caja recién reconstruida, así como las ruedas, remaches y láminas. Torretas y salientes surgían por todas partes. Lo más increíble era una manivela montada justo en el centro; brillaba como si recién fuera construida en su antigua época.

Honr tomó el mango de la manivela y comenzó a darle vueltas. Todo el mecanismo entró en funcionamiento con un suave rumor. Pareció cobrar vida por sí misma, sin ayuda de energía eléctrica, nuclear o solar: bastaba la propia inercia para impulsar la maravilla de movimientos que sucedían en el interior. Las ruedas giraban y giraban, cada una vital para la marcha.

—¿Para qué sirven? ¿Cuál es su función? —quiso saber Trulr.

—Engranajes —respondió Honr—. Es lo que son. Piensa en ello. Cada una transmite potencia mecánica a otro. Una de ellas es impulsada por esta manija. Todo el mecanismo se encuentra montado en esas dos placas de la misma aleación para protegerlo.

Trulr no dejaba de torcer los labios, incrédulo. Honr estaba excitado, pero trató de guardar la compostura.

—Esto fue hecho por los antiguos habitantes de este planeta. No se trata de ningún mecanismo traído aquí desde el espacio exterior. Era una civilización temprana, pero con significativos avances.

—Tienes razón. Es factible que realizaran algunos cálculos —observó Trulr—. Solo toma en cuenta cada una de las inscripciones en la superficie de las placas.

—Sí, deben ser medidas para su cálculo. —Honr observó el mecanismo justo enfrente de él mientras la luz daba de lleno en su rostro.

Luego de unos segundos la máquina se detuvo. Honr notó que las agujas que la conformaban ahora se encontraban en otra posición. Ahora apuntaban en dirección a los signos antiguos.

—Me encuentro exhausto. Hagamos un informe de lo ocurrido —dijo Honr—. Mañana reanudaremos el trabajo.

Trulr desconectó la cámara y abandonaron el laboratorio. Al poco tiempo, sin que ninguno se percatara, un rumor sordo provino de la computadora.


A primera hora, Trulr entró al laboratorio. Se sorprendió al notar el ambiente lúgubre que invadía la estancia. Un sonido atronador se escuchó, como si se tratara de una detonación nuclear. Enseguida una luz proveniente de la pantalla principal lo cegó. Retrocedió por la impresión, trastabillo y cayó. Con torpeza volvió a ponerse en pie para salir corriendo, lejos de aquel estruendo.
Casi sin aliento se comunicó a la habitación de Honr. Tardó en ordenar sus ideas. Honr lo cortó:

—Voy en seguida.

A medida que se acercaban se escuchaba el sonido dentro de la cámara, como si se encontrara en medio de un proceso que ocurría en las entrañas del planeta.

—No entiendo qué está ocurriendo —dijo Trulr, casi gritando.

—¿Trabajaste con la computadora antes?

—No hice nada desde la última vez que nos vimos.

Honr apretó los labios, incómodo.

—Encendamos la luz de emergencia.

Trulr se apresuró a verificar los sistemas. Mientras tanto, Honr notó una línea horizontal en la pantalla que pulsaba con repiqueteo. Trulr volvió con el rostro desencajado.

—El artefacto no está. Ha desaparecido.

—Eso es imposible.

—Ocurrió. Parece que fue absorbido por la cámara, pero no sé cómo.
Honr dirigió una mirada inquieta hacia la puerta.

—Nadie ha entrado al laboratorio, Trulr. El artefacto sigue aquí.

—¿Qué quieres decir?

—Desmontemos los paneles de la cámara de memoria. Tengo una teoría.

Honr y Trulr bajaron a la cámara de memoria. El aliento de los dos hombres se podía notar por el vapor que expulsaban sus pulmones. Se internaron en la cámara. Trulr desmontó los paneles mientras Honr observaba con atención. Una vez retirados, Honr soltó un suspiro.

El artefacto estaba unido a la cámara de memoria de la computadora. Tenía el aspecto de un regulador fusionado a una red informática. Cables salían de las placas en todas direcciones y se conectaban con las intrincadas paredes de vidrio y plástico de la computadora que le alojaba.

Honr se quedó sin aliento. Contempló asombrado todo el reordenamiento y unión del artefacto. Por su parte, Trulr no dejaba de menear la cabeza.

—¿Qué pensarán cuando lo sepan en la base? —murmuró Trulr.

—Vendrán a ver si no nos hemos vuelto locos —contestó Honr—. Por Dios, la computadora se tomó el tiempo de volver a montar el panel. No tardó siquiera doce horas en unir el artefacto con su sistema.

—¿Con qué fin? ¿Cuál es su función?

—Examinemos los planos para detectar las conexiones. Quizás demoremos unas horas, pero estoy seguro de que lo averiguaremos.

—Sí, hagámoslo.

Honr tomó la caja de herramientas. Se inclinó con la intención de retirar los conectores y liberar al artefacto. Cortó circuitos y terminales, pero le sorprendió encontrar láminas y bases que no figuraban en los planos.

Un delgado rayo de una cegadora luminosidad salió disparado del interior del panel. La cabeza y los hombros de Honr fueron envueltos en un resplandor violeta y su cuerpo fue proyectado hasta el centro de la sala. Yacía en el suelo, con una herida en la frente. Tragó aire en un largo y tembloroso gemido que se cortó de repente. Trulr se percató de lo ocurrido y lo levantó del suelo, arrastrándolo hacia la entrada del ascensor.

Una vez en la planta alta, lejos del zumbido, Honr reaccionó. Parpadeó repetidas veces a fin de salir de aquel trance. Trulr se llevó una mano temblorosa a la frente.

—Honr, ¿te encuentras bien?

—Sí —alcanzó a decir éste—. Eso parece.

—La computadora… se hizo del control del artefacto, ¿verdad?

—No es un simple artefacto. Es una computadora. La primera creada por el hombre.

—Eso es imposible. En la antigüedad no existía esta clase de aparatos.

—El hombre no es precisamente más sabio y creativo conforme pasa el tiempo. Recuerda que nosotros, como generación, somos la suma de todo el conocimiento de otras generaciones anteriores. Ellos, quienes hayan sido, aplicaron sus conocimientos, lógica e inventiva. Fueron seres excepcionales, tanto es así que nuestra computadora reconoce esa primera creación.

—¿Primera creación? —dijo Trulr con voz quejumbrosa

—Al primero de su familia, desde luego. Lo estudió mientras lo reconstruía. Además, tuvo demasiado tiempo para hacerlo parte de él mientras tú y yo descansábamos. No importa cuántos años pasaron entre la creación de uno y otro. Es cálculo de sus cálculos, una línea directa de ascendencia.

—Pero ¿no podemos desmontarlo?

—No lo creo —repuso Honr, dominado por el conflicto—. Nunca tomé en cuenta tal posibilidad. Sin embargo, al pensarlo, estoy convencido que no desea que retiremos la computadora antigua; ahora la protege.

Trulr le miró antes de decirle:

—No puede estar pasando.

—Me temo también que reaccionó para solucionar un conflicto cuando quise intervenir. Usó un arma, con el único fin de defenderse. Se trata del más antiguo y salvaje contacto entre dos grupos antagónicos, relacionado con el concepto etológico de territorialidad. En los humanos este concepto evolucionó en una variable única. Me refiero a la guerra. Toda máquina es el reflejo de la idiosincrasia de su cultura mostrando un aspecto religioso, social y militar.

—Pero nuestra computadora no está programada para eso. Desconoce lo que es una guerra. Solo sirve para el bien de la humanidad.

—Tienes razón, pero aprenderá en muy poco tiempo lo que es una. Recuerda que la guerra era algo muy común en las civilizaciones antiguas. La primera computadora fue diseñada por hombres que creían tanto en la guerra como en la existencia misma.

A Trulr la voz de Honr le pareció que sentenciaba algo, pero no sabía qué.

—Tendremos llevar esto a las autoridades del Bloque mientras nuestros congeladores lo puedan mantener frío —dijo—. Desmontarlo pieza por pieza. Recurramos a la fuerza, retiremos todo lo que…

Se miraron el uno al otro, inquietos.

Sin pronunciar una sola palabra, abandonaron la zona de trabajo para idear la desinstalación. Caminaron lentamente hacia sus habitaciones, pensando en que, después de todo, también era posible olvidar el reporte del hallazgo en tierra.

Al día siguiente fueron testigos de sus consecuencias: la computadora carecía de toda diplomacia y mesura al declarar un ultimátum de guerra hacia todas y cada una de las civilizaciones que regían la galaxia.