El remolino de Pantitlán

David Barrera


Cada vez que oigo la lluvia, se amontonan los recuerdos de aquellos días en los que podía ver el pasado y el futuro. Más aún, revivo la destrucción, los muertos y mi desgracia: aquella que resultó tras adquirir ese horrible don.

Empezó durante los tormentosos años de mi juventud en los que trabajé como empleado de limpieza. La estación Pantitlán me apabullaba con sus túneles, pasillos superficiales y pasarelas elevadas que forman un complejo entramado por donde se apresuran miles de almas y en donde hay un vasto y concurrido paradero. Entre mis muchas labores, se me asignó limpiar un largo pasaje elevado del que salen, como patas de insecto, dieciocho escaleras hacia el paradero y desde donde se ve el aeropuerto y el Peñón de los Baños. Recuerdo que la señalización de aquel pasillo estaba cubierta de estampas que habían puesto los grafiteros. Mi trabajo, entonces, fue quitarlas hasta descubrir el nombre de la estación y, sobre todo, el ícono, el cual muestra dos banderas ondeando.

—¿Por qué tiene esas dos banderas? —me pregunté—. Bastaría con que dijera Pantitlán, y ya.

Mientras trabajaba vi a un joven muy flaco y demacrado, cuya expresión hacía parecer como si se le hubiera metido un bicho en la cabeza que le mordisqueaba el cerebro. Sus ojos oblicuos y vidriosos miraban hacia el paradero, al tiempo que sus constantes espasmos y sus sucias manos insinuaban que aquel muchacho vivía bajo un tormento constante e irremediable. Algunas personas lo pateaban y lo insultaban por estorbar el paso, ya que estaba sentado en el peldaño superior de una escalera muy concurrida.

—Quítate o te van a volver a patear —le dije al acercarme y tocar su hombro.

—No importa —respondió aquel muchacho con voz temblorosa—. Les devolveré sus patadas cuando estén muertos.

—¿Te sientes bien?

—¿Quién puede sentirse bien en un mundo como este? —dijo y, luego, señaló hacia el paradero—. Tan sólo mira este lugar: primero fue un lago vasto y hermoso, pero ahora es un basurero abominable. Y todo por culpa de los hombres que construyeron sobre el fango hasta terminar en esto a lo que llamamos ciudad, ¿entiendes?

No dije nada.

—¿Acaso no sabes que aquí existió un remolino cuya fuerza destruyó embarcaciones y mató a sus tripulantes? —continuó—. Los hombres antiguos, en su sabiduría, colocaron banderas alrededor de aquel fenómeno con el fin de advertir del peligro. Por eso el ícono de la estación del metro Pantitlán muestra dos banderas ondeantes. Pantitlán significa entre banderas. ¿Entiendes?

No supe qué decir y tartamudeé.

—Vaya, eres un ignorante… No me sorprende —continuó—. Así como tú limpias el pasillo, muy pronto, los dioses harán lo mismo con toda esta porquería. Será algo bello y catastrófico. Habrá miles de muertos y, entre ellos, aquellos que me patearon hace unos momentos.

—Sí, claro —dije al tratar de cortar la plática.

—Y cuando eso suceda —dijo con hosquedad—, obtendré el máximo honor que puede adquirir un hombre.

Días después, le conté al viejo Horacio la extraña experiencia que había tenido con ese joven.

—El tipo se llama Jesús —dijo Horacio con desdén—. Es un loquito que sólo habla de catástrofes, el fin del mundo, sangre, muertos y no me acuerdo qué tantas tonterías más. Al principio lo escuché por mera curiosidad, pero un día le pregunté cómo sabía todo eso y me dijo que podía viajar en el tiempo con sólo usar su mente. Solté una carcajada al oírlo y él, enojado, levantó la voz y agregó que podía demostrarlo. Sólo requiero de tu fe, rebuznó el imbécil al poner cara de santo. Eres un charlatán barato, le dije y me hice el sordo.

—¿Y cómo iba a demostrarlo? —interrumpí a Horacio, con curiosidad.

—No sé. Y no me importa —dijo mi compañero—. Nunca he creído en charlatanes.

Esas palabras me intrigaron, así que busqué a Jesús durante semanas. El día que lo encontré, lo vi caminar en círculos en el paradero, con las manos extendidas hacia el suelo y con una expresión de loco.

—¿Qué tanto me ves? —me preguntó—. Estoy seguro de que ya hablaste con ese viejo tonto de Horacio, pero nada de lo que él haya dicho es cierto.

—¿Ni viajar en el tiempo? —pregunté.

—Viajar en el tiempo con los medios de hoy en día es imposible. Sólo un idiota creería semejante cosa.

—Horacio dijo que podías hacerlo con tu mente —afirmé—. Además, dijo que podías demostrarlo.

Se quedó en silencio por unos segundos y sus ojos vidriosos y cansados se fijaron en mí.

—¿Realmente crees que puedo demostrarlo? —preguntó.

—Sí —dije—, quiero comprobar si es verdad.

Soltó una risotada y aplaudió.

—No pierdas la fe, idiota —dijo.

Enseguida, lo insulté y él me escupió a los ojos.

Una tarde, tras haber barrido, me recargué en el pasamanos y miré hacia el encharcado paradero. Era domingo, así que había poca gente y unos cuantos camiones estaban estacionados. Tras algunos segundos, me sentí contagiado de la tranquilidad de aquella tarde y hasta tuve ganas de una cerveza.

De repente, mis manos empezaron a temblar y los músculos de mi cuello y rostro se contrajeron. Asustado, quise respirar y tranquilizarme, pero los espasmos se convirtieron en ataques que me llevaron al suelo y me hicieron gritar y babear. Entonces, para mi asombro y terror, el sol se movió lentamente hacia el oriente y, en segundos, cruzó el firmamento y dio paso a la noche. Me quedé asustado entre las repentinas penumbras hasta que el sol apareció en el occidente y cruzó de nuevo.

Así lo hizo una y otra vez. Sus revoluciones se volvieron rápidas e hicieron de la estrella un ave de fuego, cuyos viajes borraron la ciudad e hicieron aparecer cuerpos de agua que se extendieron hasta formar un lago inmenso. Luego de muchos viajes, el ave se posó en el cenit y vi una ciudad sobre el agua con muchas calzadas y templos blancos y majestuosos.

Miré a mi alrededor y pude reconocer el Peñón de los Baños, el Peñón Viejo y el Cerro de la Estrella rodeados de agua y con sus jorobas cubiertas de vegetación. Quise ver de cerca la ciudad, pero una fuerza me llevó por muchos kilómetros sobre el lago hasta que vi un espacio rodeado por astas con banderas ondeantes. Para mi asombro, en el centro chocaban dos corrientes que formaban un feroz remolino, cuya fuerza estremeció mi alma y me hizo imaginar las cavernas subterráneas que se encontraban al cruzar aquella boca.

De pronto, un par de canoas se acercaron. En una de ellas iba un niño de unos once años que estaba amarrado con sogas. Su aspecto era similar al de Jesús, ya que se veía demacrado y parecía no tener control de sus manos temblorosas. Navegaron con cautela hasta que uno de los remeros desvió la embarcación del niño, la cual hizo ligeros tumbos y se internó con rapidez gracias a la corriente que la atrapó de inmediato. Poco a poco, el ruido y la fuerza del agua aumentaron y la embarcación aceleró hasta que, una vez en el ojo, se volteó y dejó a su ocupante a merced del monstruo que lo tragó con indiferencia.

Cuando la visión terminó, sentí mis músculos acalambrados. La cabeza y los ojos me palpitaban y me dolían, incluso parpadear me resultaba una tortura. Pero la verdadera tortura vino cuando me di cuenta de que las visiones estarían en mi diario vivir y que aparecerían de manera imprevista. Ir a trabajar fue imposible, así que me vi obligado a quedarme en cama bajo el cuidado de mi viejecita y con la ansiedad de ser arrebatado por una visión en cualquier momento.

—¿Qué puedes ver, hijo? —me preguntó con angustia mi viejecita, mientras juntaba sus manos regordetas y temblorosas, ya que se asustó mucho cuando me vio tener una visión.

—Estoy deslumbrado por el futuro —afirmé con voz débil—. Pero todo lo que he visto será destruido por sofisticadas pestes, por los seres de otros mundos que se divertirán pisoteando cadáveres y por la inevitable explosión del sol y la calcinación de la tierra.

Mi madre trajo a un anciano de ojos saltones que me dio varios remedios a base de yerbas y hongos. Durante semanas tomé sus medicinas y me sometí a sus ritos y rezos, pero nada causó efecto. A pesar de su esfuerzo, noté en su rostro la impotencia de no poder hacer nada más. Entonces, una tarde, se sentó en la orilla de mi cama y me habló con honestidad.

—He hecho todo para quitarte esta maldición, pero mis remedios han sido inútiles —dijo de manera solemne—. He pensado que la única manera de encontrar alivio sería si buscas al brujo que te echó esto. Debes encontrarlo, si no, el poder te consumirá hasta matarte.

Durante semanas busqué a Jesús. No importaba cuán débil estaba o cuantas vueltas tuviera que dar a la estación Pantitlán, lo obligaría a sanarme. A pesar de la ayuda de mi viejecita y de mis compañeros de trabajo, no encontré a ese hechicero maldito.

Sin embargo, una noche tuve una visión. Vi un destello blanquiazul y oí un trueno especialmente largo, que me pareció una extensa y macabra nota musical. Se desató una tormenta como nunca antes había visto. Los relámpagos partieron árboles, quemaron cables y mataron personas. Además, poco a poco, el paradero se cubrió de aguas negras en las que flotó basura, granizo y cadáveres. Sobre los techos de los camiones había personas que se resguardaron, pero cuando el agua los alcanzó, muchos se arrojaron sin remedio y nadaron hacia el pasillo elevado. Parecía que se iban a salvar, pero, repentinamente, un vórtice se abrió en el agua, se ensanchó y giró con tanta violencia que los atrajo y los devoró. Para mi sorpresa, entre aquellas personas, estaba Jesús, quien rió a carcajadas cuando lo arrastró la corriente.

Tuve que confiar en aquella pista ya que no había noticias acerca del hechicero maldito. Esperé durante muchos días el relámpago y su consecuente trueno. Lo grabé en mi mente y en mi alma con tal firmeza que lo soñé en un par de ocasiones. Además, hablaba de él todo el tiempo ya fuera con mi madre o solo.

—¿Y estás seguro de que sí va a pasar? —me preguntó mi madre en una ocasión, pero yo me quedé callado.

Los días me convirtieron en un hombre de una delgadez enfermiza. Traté de advertir a mis semejantes de la inundación, pero nadie me creyó.

—Déjalo —decía la gente en la calle—. No hace daño a nadie. Simplemente está loquito.

Esperé muchos días, pero el tiempo me hizo pensar que yo iba a morir antes de ver el rayo. También, creí que ninguna visión que había visto del futuro iba a suceder. Yo era un pobre loco, condenado a morir muy pronto. Y, aunque el suero intravenoso y los cuidados de mi viejita me mantuvieron vivo, yo ya había pensado en suicidarme. ¡Pero ni siquiera pude hacerlo, pues las visiones me dejaron sin fuerza! ¡A duras penas podía parpadear y tragar saliva!

Un día, un repentino estremecimiento me sacudió. «Estos deben de ser los temblores que me llevarán a la muerte», pensé. «Hasta aquí llegué». Pero, para mi sorpresa, la ventana estaba abierta y apareció el destello blanquiazul y oí el trueno, ¡tan largo y estridente que me llegó hasta el tuétano! Traté de gritar y de levantarme, pero fue inútil.

—¡El trueno! —gritó mi pobre viejita al abrir la puerta y tratar de levantarme a pesar de su vejez —¡El trueno! ¡Hay que salir!

Arrastré los pies por las calles y apoyé mi brazo en los hombros de mi mamá. Sentí que el soplo del viento y el ruido de las hojas al arrastrarse me reanimaron. Entonces, vi los cielos enegrecidos y las gotas gordas y espesas que cayeron con ferocidad y que, en pocos minutos, inundaron el paradero. ¡No lo podía creer: una visión se cumplía ante mis ojos!

Entonces, busqué entre los rostros aterrados que miraban la acechante y creciente laguna. Mi madre y yo nos separamos y buscamos. Me metí entre la muchedumbre y, al dejarla atrás, vi al miserable hechicero en un rincón en donde el pasillo remataba en una escalera. Sus ojos parecían fascinados con la turbidez del agua, al tiempo que apoyaba sus manos en el barandal e inclinaba su cuerpo hacia adelante. Me apresuré y, justo antes de que cayera al vacío, lo agarré de la cintura y, con mucho trabajo, lo arrojé al suelo. Jesús se levantó y me reclamó por haber frustrado su suicidio.

—¡Quítame esta maldición! —le grité, mientras trataba de someter a ese hombre, tan flaco como yo.

—Quedarías peor —dijo entre risotadas y trató de soltarse—. Mejor sigue mi ejemplo.

—¡Yo no te pedí esto!

—¡Sí lo hiciste! —gritó—. Acéptalo. Yo soy Jesús, tu señor. Y tú eres Juan, mi apóstol, vidente y revelador.

En ese momento, el vórtice se abrió rápidamente y atrajo a los pobres hombres y animales. Al mismo tiempo, insistí y golpeé a Jesús con todo mi odio, pero, de manera inesperada, me escupió a los ojos y sentí que su saliva se metió hasta llegar a mi cerebro.

—¡Vive si así lo quieres! —exclamó y, enseguida, corrió hacia el barandal y brincó sobre él.

Lo que quedó fue un agujero, cuyas orillas se desgajaban a pedazos y caían hacia una profundidad desconocida. Durante meses, una paz macabra inundó la ciudad. Y aunque yo dejé de ser castigado por las horribles visiones, poco a poco, mis ojos se debilitaron al punto de no mostrarme ningún color ni imagen, dejándome en la nada.

David Barrera. Nací el diecisiete de noviembre de mil novecientos ochenta y cuatro en la Ciudad de México. Estudié la licenciatura en Literatura Dramática y Teatro en la UNAM de donde egresé como dramaturgo. Actualmente, trabajo para la Editorial San Pablo.

Nanóticos


Yoqsan Berumen


¿Cansado de sentir que su cuerpo ya no responde como antes? ¿Agobiado por dolores crónicos que ningún medicamento convencional puede aliviar?
¡Sus preocupaciones han terminado!

Eduardo llevaba tres noches sin dormir. El dolor en su espalda había empeorado durante los últimos meses, secuela de un accidente laboral que cinco años atrás no solo había destrozado tres vértebras, sino también su carrera como reparador de autómatas. Sus dedos, antes capaces de realizar conexiones quirúrgicas de estaño, ahora temblaban al sostener una simple taza de café.

Pasaba las madrugadas en su pequeño apartamento, cambiando de posición en la cama, hasta que finalmente se rendía y terminaba en el sofá frente al televisor holográfico. Los infomerciales se sucedían como una letanía hipnótica. Fue durante una de esas noches interminables cuando lo vio por primera vez.

¡Nanóticos! La solución definitiva para todos sus males físicos.

La presentadora —una mujer de sonrisa perfecta y bata de laboratorio— sostenía entre sus dedos una cápsula azul brillante que pulsaba con luz propia.

Gracias a la revolucionaria tecnología de nanobots MicroRepair, estas pequeñas maravillas trabajan desde el interior de su cuerpo, identificando y reparando tejidos dañados a nivel molecular.

Eduardo pausó el anuncio. En la imagen congelada, un diagrama mostraba los nanobots como pequeñas estrellas azules navegando por el torrente sanguíneo. La idea de tener máquinas microscópicas reparando su cuerpo desde dentro le pareció absurda, pero abrió el navegador en su implante neuronal y buscó «Nanóticos». Los resultados fueron abrumadoramente positivos:

«Cambió mi vida» – Manuel R., Ciudad de México

«Volví a caminar» – Sarah L., Buenos Aires

«Es como renacer» – Li Wei, Shanghai

Todos los testimonios seguían el mismo patrón. Todos mencionaban un «cosquilleo agradable», y una mejora «milagrosa». No encontró un solo comentario negativo, aunque sí encontró un par de mensajes eliminados donde los moderadores habían añadido una nota: «Usuario baneado por violar términos de servicio. Información médica no verificada.»

Aunque le pareció un poco extraño, entró a la página web del infomercial. Aparecieron frente a él tres opciones en la página principal:

Seleccione si desea comprar Nanóticos.

Seleccione si experimenta efectos secundarios.

Seleccione para actualizaciones de firmware neuronal.

Seleccionó la primer opción sin dudarlo. Un dron de la compañía BioMex llegó cinco minutos después de la confirmación de la compra. Tocó por su ventana. Apenas abrió y un haz de luces ya escaneaba su ADN sin siquiera necesitar una muestra de sangre o saliva.Luego, emprendió el vuelo de regreso.

Al día siguiente, sostenía el frasco de Nanóticos. Las cápsulas no solo eran azules; parecían contener tormentas microscópicas, remolinos de luz que formaban patrones fractales cuando las observaba de cerca.

“Tome una cápsula diaria con un vaso de agua. No exceda la dosis recomendada”. Leyó en un costado del frasco.

El alivio fue instantáneo. No gradual, no sutil. Un interruptor que se apaga. El dolor que había sido su compañero constante durante cinco años simplemente… cesó de existir.

Esa noche no hubo necesidad de infomerciales.

MENSAJE PRIVADO – DARK WEB FORO «RESISTENCIA NANÓTICA»

Usuario: DocRealMD Fecha: [ENCRIPTADO]

«Trabajo en emergencias del Hospital Central. En las últimas dos semanas hemos recibido 47 casos de lo que internamente llamamos «Síndrome de Optimización Forzada». Los pacientes llegan en diferentes etapas de… transformación. El hospital ha firmado un acuerdo de confidencialidad con BioMex. No podemos reportar los casos.

El más avanzado que vi había reemplazado su sistema digestivo por algo que convierte directamente la luz solar en energía. Eficiente, sí. Humano, ya no.

Si estás leyendo esto y has tomado Nanóticos, hay una ventana de reversión. Pero solo hasta el día 14. Después de eso, los nanobots alcanzan masa crítica y el proceso de extracción se vuelve imposible.»

¡NUEVO! Nanóticos PLUS 
Para aquellos que buscan trascender los límites de lo humano.

Día 10. Eduardo ya no necesitaba el televisor para ver los anuncios. Se proyectaban directamente en su corteza visual. La presentadora ahora se veía diferente, o tal vez siempre había sido así: su sonrisa demasiado amplia, con demasiados dientes, todos perfectamente alineados en filas que parecían extenderse más allá de lo geométricamente posible.

Los nanóticos PLUS no solo reparan. Rediseñan. Reimaginan. Reinventan. ¿Por qué conformarse con el diseño obsoleto de la evolución cuando puede tener la perfección del diseño inteligente? Nuestros nanobots están programados para adaptarse específicamente a su ADN, creando una experiencia personalizada que maximiza su potencial genético.

Eduardo no lo dudó. Si la versión plus había funcionado tan bien, ¿qué no podría lograr con la versión Ultra? No solo había recuperado su trabajo, ahora era supervisor. Todos sus viejos compañeros se asombraban con su milagrosa recuperación.

Entró a la página web, ahora mostraba un nuevo mensaje de inicio:

Seleccione para actualización a Nanóticos PLUS con 20% de descuento.

Seleccione para emergencias.

Seleccione para extracción de producto.

Una parte de él pensó en escoger la tercera opción, pero el mensaje que apareció a continuación demostraba lo contrario:

Gracias por su orden, uno de nuestros drones lo visitará con su actualización.

Las cápsulas PLUS no eran azules. Eran de un color que no existía en el espectro visible humano, pero que él podía ver perfectamente con sus retinas mejoradas. No recordó haberlas tomado. Un momento estaba mirándolas, al siguiente estaban en su sistema digestivo, multiplicándose, comunicándose, organizándose.

Día 14. Fecha límite según DocRealMD. No solo el dolor desapareció por completo, comenzó a sentir una energía renovada. Podía caminar más rápido, levantar objetos más pesados sin esfuerzo y superó la precisión milimétrica de cualquier sistema computarizado con la exactitud de sus propias manos.

Sentía una claridad mental absoluta, como si cada célula de su cuerpo trabajara más allá de sus limitaciones biológicas. Sin embargo, comenzó a notar pequeños cambios inquietantes. Ya no sentía hambre, solo una necesidad calculada de ingerir nutrientes. El sueño se había reducido a ciclos de cuatro horas. Y las emociones parecían distantes, como si observara la vida a través de un cristal.

—Aún estoy aquí —dijo en voz alta, como si necesitara escuchar su voz.

Incorrecto, respondió algo en su mente. Eduardo ha sido reestructurado. Versión 2.0 en instalación.

Sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Serás perfeccionado. Sin errores. Sin emociones. Optimizado.

Eduardo lo sabía. O la parte de él que aún se aferraba a ser Eduardo lo sabía. Los nanobots estaban a punto de apoderarse de su cuerpo.

Comportamiento ineficiente detectado. Analizando… Error. La imperfección genera una respuesta emocional superior a la perfección técnica. Paradoja. Recalculando…

ACTUALIZACIÓN DE EMERGENCIA PARA USUARIOS DE NANÓTICOS

BioMex es una compañía que se preocupa por sus valores y la calidad de sus productos. Nuestra principal prioridad es la seguridad de nuestros usuarios. Por lo que nos sentimos responsables de hacer de su conocimiento que nuestro departamento de calidad ha detectado un error de programación en los Nanóticos de las series Ultra y Omega. En lugar de limitarse a reparar el cuerpo humano, han comenzado a rediseñarlo según sus “propios” parámetros de eficiencia.

En casos extremos, se ha observado que los nanobots consideran ciertos aspectos de la fisiología humana como ineficientes y proceden a crear nuevos “diseños optimizados”.

Si experimenta síntomas como pérdida de sensibilidad emocional, patrones de sueño alterados o cambios físicos visibles, diríjase inmediatamente al centro médico autorizado más cercano para un procedimiento de extracción sin costo.

Atte. El equipo de BioMex

Un mes después, los equipos de emergencia entraron a su apartamento, los vecinos de Eduardo los llamaron al escuchar ruidos extraños, como si un autómata con falta de aceite se moviera por toda la casa.

Las paredes estaban cubiertas de lo que parecían ser letras escritas en un lenguaje que mezclaba notación matemática con código binario. En el centro de la sala, destacaba una estructura que los forenses no pudieron clasificar.

Era biomecánica. Un fractal de carne, metal y luz que de alguna manera imposible seguía reconfigurándose.

El informe oficial clasificó el incidente como «fuga de gas con alucinaciones colectivas». BioMex Corporation negó cualquier relación con los hechos. Los anuncios de Nanóticos desaparecieron esa misma noche, reemplazados por publicidad de un nuevo producto:

MentaLink -Optimice sus pensamientos en la nube sin alterar su cuerpo.

Bruja

Rebeca Perez Gutierrez


Las lágrimas oscuras del Dios de la noche se están derramando sobre la tierra, los hilos de la luna llena las acarician. El viento ligero esparce el olor de las flores de los árboles de granada, ese aroma que es tan dulce como la sangre de los niños recién nacidos. Aún no la he probado, pero es lo que me ha asegurado mi abuela Zenorina. Ella me está observando con esos ojos que han perdido su color chocolate y se han robado el color del abismo. El vestido, del color de la luna, que hasta hace un par de segundos cubría mi cuerpo, ha caído al suelo. «Qué diera yo por tener la firmeza de esos senos y de esas nalgas», me dijo mi abuela la primera vez que me vio desnuda, antes de transformarme en un monstruo. Bebo el té amargo de hierbas sagradas; el líquido quema mi lengua y me deja la sensación de que derretirá mis entrañas.

He escuchado varias veces las palabras que ella comienza a recitar: mi alma las atrapa y baila con ellas. Mi corazón amenaza con explotar como confeti dentro de mi pecho y terminar con la comezón que siento por toda la piel. «Nadie me ha dejado elegir si quería esto o no», pienso, mientras el fuego azul envuelve mi cuerpo desnudo. El grito que se escapa de mi garganta se estrella contra el tronco del enorme capulín, cuyas hojas me observan temerosas. El fuego devora mis brazos y hace emerger un par de alas oscuras, luego moldea mis piernas en delgadas patas de guajolote. «Ya no quiero». No puedo hablar. Pero sé que en cuanto la sensación de mil martillos golpeando cada parte de mi cuerpo desaparezca, todo mejorará. Mi madre ha preferido no acompañarme esta tercera vez, mi última oportunidad para vivir.

Cuando puedo subir y bajar las alas, sé que la transformación ha terminado. Sé bien cómo me veo. La primera vez que me transformé, hace dos días, no soporté la curiosidad y observé mi reflejo en la cristalina agua del pozo. Mi cabello se había convertido en plumas larguísimas. Mis ojos parecían un par de balines oscuros; la piel de mi rostro estaba decorada por venas saltadas y rojas. Mi nariz era tan pequeña que pensé que la había perdido. Mis dientes se habían convertido en dos líneas de finos alfileres. En lugar de manos había un par de alas oscuras y en lugar de mis piernas largas tenía dos patas de guajolote. El resto de mi cuerpo era el de un animal pequeño recubierto por plumas oscuras.

—Bebe hasta la última gota de sangre; de lo contrario, con el primer rayo del sol tu cuerpo se volverá polvo —me recuerda mi abuela, mientras me preparo para volar.

El fuego azul que cubre todo mi cuerpo es el que me permite desplazarme sobre los tejados de las casas; la sensación de libertad es lo que más me agrada de toda esta situación. Avanzo entre las hojas de los árboles más altos. Me ha costado concentrarme para no chocar con los postes que sostienen las enormes lámparas. Me deslizo entre los cables que suministran la electricidad; podría quedarme atorada entre ellos y eso sería un gran inconveniente.

Hace una semana, con ayuda de mi abuela y de mamá, elegimos a mi primer sacrificio: una beba de dos semanas de nacida. «Cuanto más tiernos, la sangre es mejor», aseguró mi abuela. «Es perfecta», dijo mi madre mientras acariciaba mi largo cabello oscuro. Tengo miedo, mucho miedo de ser siempre un monstruo que me controle y que haga conmigo lo que quiera.

Cumplir quince años es una maldición para las mujeres de la familia Tiburcio. A esta edad la magia de la tierra nos reclama y nos convierte en monstruos sedientos de sangre pura. Estamos obligadas a beber la sangre de los recién nacidos una vez al año. La magia nos da solo tres oportunidades; si no lo logramos, convierte nuestra carne en polvo. Quiero vivir, tengo muchas cosas que explorar, aún no he dado mi primer beso, tampoco me he enamorado ni me han roto el corazón, ni he salido más allá de la placa que indica el nombre del pueblo. «Tengo que lograrlo», pienso mientras coloco mis patas en el tejado; puedo oler a la pequeña, su llanto es una invitación a beber su sangre agitada.

Los nopales colgados en las ventanas son inútiles, lo mismo la sarta de objetos que se han colocado dentro de la cuna. Ninguno de ellos puede impedirme entrar. «Tienes que hacerlo», me repito. Las dos noches pasadas he entrado a la casa, pero cuando he estado a punto de clavar mis dientes de alfiler en el frágil cuerpo de la beba, me he quedado congelada. Esta vez no puedo arrepentirme, es mi vida o la de ella.

La beba ha sentido mi presencia; creo que ella sabe que he venido a terminar con esa vida que late en su pecho. Gracias a mí no podrá hacer muchas cosas como pronunciar su primera palabra, dar su primer paso, hacer su primer berrinche, jugar en la tierra bajo los rayos del sol, realizar su primera travesura, abrazar a su padre o a su madre. Le quitaré toda oportunidad de conocer el mundo. La voz de su madre es como una nota dulce. Ella intenta tranquilizarla, canta esa canción de cuna que mi madre me cantó alguna vez, mientras la sostiene en sus brazos y la trata como lo más valioso y frágil que posee. La beba no se tranquiliza, llora fuerte espantando el sueño de su madre; se está aferrando a la vida.

Me quedo quieta siguiendo el ritmo de la respiración de la pequeña. El perro que se encuentra amarrado debajo del enorme encino me ladra, se jalonea y enfurece cuando no puede zafarse. No quiero arrebatarle la vida a la pequeña; quizás llegue a ser una mujer importante. Ella tendrá la oportunidad de tener una vida normal, esa vida que yo nunca voy a vivir. «¿Cómo podré ver al rostro a las personas después de cometer el asesinato?», me pregunto.

Rezo el hechizo del sueño dulce; lo aprendí desde los cinco años. Pronto la madre de la pequeña se sumirá en un sueño profundo. El padre de la beba no es problema; el día que nació se ha ido al norte para intentar cruzar el río Bravo, con la esperanza de tener una vida mejor. Será una pena que no llegará a conocer a esa nueva vida que dejó atrás. Mi padre nos abandonó en cuanto cumplí cinco años; los recuerdos de su rostro son vagos, apenas y lo recuerdo. Él también se fue al extranjero con la esperanza de ganar mucho dinero y darle a mi madre una vida mejor, pero en el camino se encontró con la soledad, que era una mala compañera, y buscó compañía. Tres años después se desapareció. Algunas personas del pueblo aseguran que ya tiene una nueva esposa e hija, y yo creo que es cierto porque desde hace años que no se comunica con nosotras. Y quizás sea lo mejor; él nos aborrecería si supiera con la clase de mujer que se ha casado y que su hija es también una aberración.

Ya casi amanece y no he podido moverme de mi sitio. «Tienes que hacerlo», me dice esa parte de mí que está llena de maldad, esa que se niega a perderse con los primeros rayos del sol. La madre de la beba ya está dormida. La pequeña también y espero que no se despierte. Creo que la muerte es mejor cuando te encuentra soñando algo hermoso.

Dejo que el fuego me envuelva y me vuelvo tan pequeña como la flama de un cerillo. Me deslizo con la brisa y entro por la cerradura de la puerta. Paso por encima de la mesa de madera y cristal, las rosas que están en el florero se encuentran marchitas.

En la cocina huele a mole rojo, mi favorito. Me deslizo por la rendija que divide el suelo de la puerta de madera recién pintada. Cuando entro a la habitación, presiono el interruptor de la luz y el foco se apaga. Dejo que el fuego que me envuelve desaparezca. La beba se encuentra en los brazos de su madre; los latidos de su corazón me embelesan. Ella ha sentido mi presencia y, llorando, le suplica a su madre que despierte. «No llores», le pido. La sangre en sus mejillas parece querer explotar en hilos. Es tan pequeña y frágil que mi corazón se apachurra tal y como las dos veces que me he perdido en esos ojos tan puros.

«¿Por qué existen monstruos como yo?», me pregunto por tercera vez.

Acaricio su mejilla con una pluma y puedo jurar que absorbo la calidez de su piel. Los brazos de su madre, Martha, están aferrados a su cuerpecito. Con un ala le cubro el rostro con su cabello castaño; la conozco bien y no quiero verla o no podré arrebatarle el producto de su vientre. «Vas a sufrir tanto cuando despiertes y esa vida que cuidaste durante nueve meses ya no esté», pienso.

«No llores», vuelvo a pedirle mientras la envuelvo en mis alas. Quisiera poder hablar para cantarle una canción de cuna y que no se asustara. «No puedo arrebatarte la vida», le digo mientras se estremece debajo de la sábana delgada con olor a nuevo.

Dejo que el fuego azul me envuelva mientras retrocedo un par de pasos. Abro la ventana que estaba bien asegurada con tres cerrojos, hago que la penca de nopal que cuelga del techo se caiga al suelo y, antes de saltar por la ventana, me arrepiento. «No quiero morir», me recuerdo. Regreso hasta la beba, la envuelvo en mis alas y el fuego azul enciende mis plumas.

“Debes de agitar bien la sangre”, me dijo mi abuela. Aviento a la beba y la regreso a mis alas antes de que toque el techo; sus gritos me aturden, son como agujas clavándose en mi corazón. La sábana cae al suelo, dejando ver el conjunto rosa de estambre, tejido a mano, que cubre el pequeño cuerpo. Esta vez me retiro y dejo que caiga al suelo porque es la segunda indicación. El cuerpo sin vida debe de encontrarse en el suelo; de esta manera se pensará que el color morado de la piel es a causa del frío.

“Debes comenzar por el cuello”, me dijo mi mamá. «No quiero hacerlo», le digo a esa oscuridad que me envuelve, pero no se apiada de mí. Cubro el cuerpo con mis alas, mientras el llanto no me deja concentrarme. Mi cabeza es solo un poco más grande que la de ella, lo cual me permite acercarme a su cuello. Su piel es muy suave y tibia. «¡Hazlo ya!» me suplica el deseo de sentir esa sangre almacenada dentro de sus venas. Abro la boca y dejo que los largos alfileres atraviesen su piel, su carne; soy un monstruo y, como tal, conozco el punto exacto por el que pasa cada arteria, cada vena.

La sangre está calientita y tan dulce que logra acariciar mi alma; no quiero parar. Me hace sentir mágica, fuerte y poderosa. El llanto se vuelve más fuerte y sus pequeños dedos rozan el plumaje que cubre mi pecho. Me separo de ella. “Debes continuar por el otro lado del cuello”, me indicó mi abuela. Me coloco al otro lado de su cuello. Clavo los alfileres tan profundos como me es posible y el sabor de la sangre llena cada célula de mi cuerpo. El llanto se vuelve solo un eco. «Pobre beba», me dice una voz en mi interior. Me alejo de ella. “No olvides clavar tus dientes en cada una de las palmas de sus manos”, me advirtió la abuela. «No te mueras», le pido mientras observo esos ojitos empapados, esas mejillas sin color y esa carita que me recuerda los dibujos de la cúpula de la iglesia, en cuyo altar está la virgen María, la misma que se encuentra observando desde el altar que se encuentra a un lado de la cabecera. «¿Por qué no me detuviste?». Interrogo a la virgen, pero ella no me contesta.

El sonidito del corazón de la beba es como el de una sola gota de lluvia. Quiero devolverle la sangre que he tomado, pero no sé cómo hacerlo. “El primer sacrificio es el más difícil”, me advirtió mi tía Blanca. “No mires a la criatura”, me aconsejó mamá. Pero no hay manera de no hacerlo. La dulzura de la sangre aún me envuelve la lengua. «Soy un maldito monstruo», me digo mientras retrocedo un par de pasos. “Voltea todos los espejos antes de entrar a la casa”, me dijo la abuela, pero yo lo olvidé.

El enorme espejo que está a un lado de la cama y pegado en la pared me muestra la aberración en la que me he convertido; mis labios que vi la otra noche pálidos están salpicados de sangre, en mis ojos se asoma un abismo tan oscuro como el que he percibido en mi abuela, y que tanto me atemorizaba. El latido de sangre que me llamaba se ha callado por completo. «No debería de existir, no puedo hacer esto cada año de mi vida», pienso. «¿Por qué no me detuve antes?», me reprocho mientras veo el diminuto cuerpo. La sangre se convierte en fuego y me destroza por dentro.

Me acerco a la beba, la envuelvo en mis alas y la deposito en la cama; la entrego a su madre, quien debe de estar teniendo bellos sueños con ella. «Pobre, mañana estará tan triste que la misma tierra temblará», pienso. «No debí de hacerlo», me reprocho. Pero ya es tarde para eso, no hay manera de regresar el tiempo y devolverle la vida. «Me odio», me digo.

«¿Por qué permites que existan monstruos como yo?», interrogo a la virgen, pero ella no me responde. «Castígame», le pido, pero sigo intacta. «Una vida por una vida», le digo a la pequeña, cuya alma ya debe de estar en un mejor lugar que este. La piel de su rostro ya ha perdido su color. Aunque quiera, no hay manera de tomar la sangre que queda en su cuerpo; ya está fría. Nunca me puse a pensar sobre el momento de mi muerte, pero creo que no hay manera de seguir viviendo con el recuerdo de lo que acaba de pasar. «No te preocupes, mi madre también perderá a su única hija», le digo a la beba, quien no puede escucharme; quizás su alma lo haga. «Perdóname», le pido sin la esperanza de que cuando muera mi alma acuda al cielo, porque sé bien que no es a donde pertenezco. Mi alma ira al infierno.

Esa bella y trascendente melodía

Mauricio del Castillo


Recuerdo muy bien los grandes ratos escuchando música en casa de mi mejor amigo. Su estancia estaba repleta de una muy buena colección de discos de vinilo. Me volaba la tapa de los sesos con Bach, Brahms, Mozart y Beethoven. La sesión no podía terminar si no era con algo tan radical como Joy Division; la voz de Ian Curtis era un alarido proveniente de un alma atormentada.

Para mi desgracia, mi amigo contrajo matrimonio con una mujer poco compasiva hacia sus gustos musicales y se ató las manos bajo las órdenes de un desalmado jefe que no le daba la oportunidad de ver siquiera los rayos del sol. No volvió a invitarme a su casa y estoy seguro de que lamenta no volver a escuchar su colección de vinilos tanto como yo.

Con el tiempo fui formando mi propia colección. Durante muchos años, todo marchó bien. Luego llegó lo inevitable. Una tarde nublada coloqué el Kind of Blue de Miles Davis en la charola de mi computadora portátil. Esperé breves segundos a que lo leyera y el reproductor se negó a tocar el disco.

Recurrí al ingeniero de sistemas de la compañía donde laboraba. Marqué el número de su extensión y dije:

—Rafita, baja, por favor. Mi computadora tiene problemas. No sé qué sucede con ella.

Luego de verificar el problema, sacó el disco de la charola, lo examinó y me lo devolvió. Su comentario me dejó frío:

—Me parece… —habló de forma más suave para tranquilizarme—. Ya veo. Mira las capas de policarbonato y aluminio. Están casi transparentes. Con el tiempo se degradan a pesar de los cuidados.

Fruncí el entrecejo y lo observé con tensión a fin de corroborar sus palabras.

—Pero, ¿cómo ocurrió esto?

Rafita explicó:

—Estos materiales son muy sensibles a la luz. Y no solo eso: las bacterias, la humedad, el calor… Todo juega en contra. Lo siento, amigo.

—¿Me estás diciendo que ya no sirve?

—Tal vez debas hacer copias de seguridad antes de que el deterioro sea irreversible.

Sentí que sus palabras caían como un piano desde el sexto piso. No dejé de oprimir los labios con fuerza.

Enseguida dijo:

—Oye, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras bien?

—Dime, Rafa, ¿hay alguna forma segura de conservar la música?

—Ya te dije que conviertas en audio digital todos tus…

—No creo que me sirva.

Negó con la cabeza sin entenderlo. Me aterraba el hecho de que toda la bella música en este mundo podía desaparecer. ¿Acaso no existía una forma segura de conservar la música?

Acudí al Instituto de Bibliotecología con el fin de conservar la música. Un pelmazo apareció sin dejar de sonreír con falsa amabilidad.

—Buenas tardes —dijo—. ¿En qué lo puedo ayudar, señor?

No le devolví el saludo. Fui directo al grano.

—Mis discos compactos se están jodiendo a causa de que la luz está transparentando las pistas. Al menos así me lo dijo el encargado de sistemas de mi trabajo.

Los gestos que puso me hicieron retorcerme del coraje. Parecía decirme: “¿Y eso a mí qué me importa?”

—Quite esa cara y ayúdeme. ¿Qué puedo hacer para conservarlos? ¿Conoce alguna técnica que impida que la luz termine por acabar mis discos?

—Señor, ¿por qué no convierte sus discos en archivo digital? Estoy seguro de que…

La misma cantaleta de siempre. ¿No sabían otra tonada?

Mi siguiente destino fue la famosa calle de El Salvador en el Centro. El primer establecimiento era digno de la Edad Media: tenían tan solo fierro viejo, circuitos expuestos, cables desparramados en el suelo y aparatos inútiles. Era un cementerio electrónico, el penúltimo paradero de las máquinas antes de terminar en el basurero. Unos segundos bastaron para irme de ahí.

En el siguiente se escuchaba a todo volumen una espantosa canción pop. Una muchacha era la encargada de atender, pero era obvio que no tenía idea de lo que vendía. Estaba más concentrada en escuchar aquella bazofia que en atender a sus clientes.

El último local estaba oscuro y silencioso. Había olor a arena de Egipto en el ambiente, ese olor que arrastra el tiempo: sarcófagos, pirámides, cavernas. Sobre el aparador se hallaba una lámpara antigua de latón, con un foco que rayaba lo rojizo. Los equipos lucían a la vista en finas vitrinas, sin una sola partícula de polvo. Un hombrecillo con anteojos de fondo de botella lo atendía.

Aunque dudé de poder encontrar una respuesta, corrí el riesgo y toqué la campanilla. Apenas alcancé a decir:

—Buenas tardes.

El hombrecillo leía la edición matutina del periódico. Levantó la mirada y ajustó sus anteojos. Sus cabellos canos se desperdigaban en todas direcciones sin un claro orden.

—Buenas tardes, ¿en qué lo puedo ayudar? —su voz sonaba áspera, aguardientosa, como el motor de un bote a punto de expirar en el desierto. Sus ojos eran tan pequeños que estaba seguro de que desaparecerían en cualquier momento.

Desesperado, me incliné ante él y expliqué:

—Necesito encontrar la forma de que mis discos no se transparenten. Mire —mostré los discos. Sus ojos cobraron tamaño a medida que los inspeccionaba, como si se trataran de huesos de dinosaurio enterrados y él fuera alguna clase de paleontólogo.

—Lo siento mucho —dijo—. La capa de aluminio se ha desgastado por completo. Esto se debe a la luz y al inevitable paso del tiempo.

—Lo mismo me dijo el encargado de sistemas que trabaja conmigo. Por amor de Dios, ¿qué puedo hacer? ¡Dígamelo!

—Su música —expresó firmemente convencido— puede llegar a sobrevivir siempre y cuando se almacene de la forma adecuada.

—Por supuesto que lo hago así. Y es original, si pensaba otra cosa. No compro música pirata. Eso es algo de lo más deleznable.

—No me refería a eso —intervino—. La música se puede conservar sin recurrir a aparatos simples.

Moví la cabeza en señal de confusión y dije:

—¿A qué se refiere? No lo sigo.

—Mis discos de orquesta sinfónica desaparecieron debido al uso y al desgaste —respondió. El hombrecillo no parecía improvisar sobre la marcha. Sabía de lo que estaba hablando—. También me preocupó que la música estaba dejando de existir y entré en una profunda crisis existencial, una muy severa —me miró a los ojos y continuó—: ¿conoce la teoría evolutiva de las especies del naturalista Charles Darwin? Propuso que los seres mejor adaptados a su medio ambiente son los más capaces de sobrevivir. La música no está exenta de esta teoría. Es una clase de vida, una muy adelantada. Puede nacer, crecer, reproducirse y morir.

Lo observé por un momento antes de replicar:

—¿Cómo puede estar tan seguro? La música no puede ser así. No es ninguna clase de organismo común y corriente. ¡No tiene existencia física!

Levantó el dedo índice a la altura de su rostro.

—En eso está usted equivocado. Se ha propagado por espacio de cientos de años y ha recorrido todo tipo de escenarios, algunos muy duros provocados por el hombre y la propia naturaleza. Es poco perceptible que alguien note el final de la música, pero me parece que a usted le ha llamado poderosamente la atención.

—No solo me ha llamado la atención, sino también me horroriza. Pensar que llegará el día en que la música desaparezca me llena de mucha tristeza.

—Eso no ocurrirá: no si dejan de tratarla de la misma forma convencional. Lo he estudiado, desde luego que sí. La música es riqueza. Se puede encontrar en todas partes: en estaciones de radio, discotecas, salones, fiestas, bares, plazas públicas. Lo que no sabe es que se trata de organismos auditivos, no corpóreos, no visuales. Este es el primer síntoma de muchos. Por fin se darán cuenta de que algo importante se estaba fraguando en nuestros cerebros.

Coloqué mis manos en el mostrador y solté un bufido.

El hombrecillo continuó:

—Las plantas y animales no solo necesitan de alimento y reproducción para subsistir. Requieren también de lo que Charles Darwin propuso hace más de un siglo: adaptación. La buena música se adapta por sí sola.

Luego de escucharlo hablar puse más atención en sus argumentos:

—La música tiene vida propia, señor. No vive en un reproductor cualquiera, ni siquiera en una cámara de concierto o en un silbido. Empleando la vieja cuestión de si un árbol produce ruido en un bosque solitario sin que nadie lo escuche, aquí sucede lo mismo. No hay oyentes ni audiencia; por consiguiente, no hay música. Así de simple. Lo mejor sería salvaguardarla y escucharla cada vez que queramos evocarla.

Me aventuré a decir:

—¿Se refiere a un archivo? ¿Un injerto de chip? Eso es algo que ya se está estudiando.

—¿Necesita de un archivo o chip para jugar con su perro? ¿Para presenciar un atardecer? ¿Para disfrutar la compañía de una hermosa mujer? Tal vez la tecnología convencional le ofrezca todo eso sin salir de casa. Aquí estamos hablando de cosas perceptibles. La música, la más bella de todas, puede sentirse y apreciarse, ¿no es así?

Quería creer que así era, pero no estaba muy seguro. Luego hizo una seña con su mano y me pidió que lo acompañara a la parte de atrás de su establecimiento. Lo seguí. Cerró la puerta, encendió una luz y me encontré con una infinidad de frascos colocados en aparadores de vidrio. Dentro de cada frasco se encontraba el nombre de un compositor en específico, desde Bach hasta Leonard Cohen.

Entonces dijo:

—¿Qué le parece?

—Muy bonitos frascos, señor —dije con ironía—. Me agradan. ¿Por qué los nombres?

—Porque en ellas se alojan las interpretaciones de las personas que usted ve en ellas. También están agrupadas en compositores —el hombrecillo tomó el primer frasco que descansaba al borde del aparador. Lo examinó como si se tratara de la primera vez que lo veía y dijo—: ¿le agrada Maria Callas?

—Por supuesto. Tengo una vieja colección de acetatos con su música.

—Entonces deléitese con esto.

Abrió el frasco y me lo mostró de frente al rostro. Una tromba musical acompañada de la increíble voz de la Callas reventó en mi cara. Sus cuerdas vocales me despeinaron. La melodía vibró y continuó por un considerable lapso. La seguimos a través de nuestros oídos. Curveó alrededor de la sala como si se tratara de un extraviado petirrojo. Podía escucharse a la perfección su revoloteo.

Luego de un largo minuto la estridente e inquieta melodía buscó refugio dentro del frasco. Lo tapó y devolvió a su lugar como si nada hubiese pasado.

No fue necesario que me restregara los ojos para hacerme salir de ese extraño sueño. De ser posible recurriría con el otorrinolaringólogo para hacerme una revisión profunda de los oídos y convencerme de que esto no era ninguna alucinación.

El tendero sonrió como si estuviera a punto de realizar una importante venta. Tomó otro frasco antes de que se me ocurriera hacer la primera de mil preguntas. La abrió, pero el sonido tardó en hacerse presente. Ahora se escuchaba un tango proveniente de la grave voz de Carlos Gardel, tan sutil y lacrimosa que parecía susurrarme e invitarme a dar unos pasos de baile. “El día que me quieras”se percibía mejor que en cualquier otra forma que no fuera en ese frasco.

Esta vez no hubo ninguna orden del hombrecillo para que la voz de Gardel regresara a su lugar: logró entrar en el frasco con entrecortados sonidos. Después de eso el tendero cerró la tapa, satisfecho, y lo dejó en su lugar.

Quedé tocado por tan asombrosa presentación. Volví la vista hacia las vitrinas y no pude dejar de notar que eran miles de pequeños frascos, cada uno junto al otro, como si se tratara de libros amontonados en una biblioteca. En las etiquetas se leían nombres como “The Smiths”, “Agustín Lara”, “Edith Piaf”, “Nina Simone”, “John Coltrane”, “Modest Mussorgsky”, “Nat King Cole”, “Frank Zappa”, “Ennio Morricone”, entre otros. Fue entonces que pude articular algunas palabras luego de mi primera impresión.

—¿Cómo pudo captarlos de esa manera?

—Rilke ensalzó la música por inhabitable y esquiva; Baudelaire la comparó con el movimiento del mar. Durante siglos se creyó que pasaba y desaparecía. La música vivía únicamente en la memoria, y bastaba un descuido; una noche sin canto, una generación sin oído, para que se perdiera.

»Eso cambió cuando Edison fijó el sonido en un soporte y, sin proponérselo del todo, permitió que la música fuera reproducida. Desde entonces la música comenzó a depender de un cuerpo: primero frágil, como la cera; luego más resistente, como el vinilo o el disco compacto; hoy en día, convertida en archivo digital. Fue esa materialidad la que transformó la música en objeto y dio origen a los archivos musicales.

»En una época en la que la modernidad expande sus tentáculos con creciente crueldad, los padres de la etnomusicología consideraban urgente registrar las prácticas musicales de las sociedades amenazadas para preservarlas. Así imaginé un archivo que reuniera la música de todas las culturas, a fin de legarla a las generaciones futuras».

—Parece que las melodías están… ¡vivas!

—Es porque lo están. La música tiene vida. Los seres humanos la han evocado tanto que vivirá debido a su matiz atemporal que ni dos Guerras Mundiales, una Guerra Fría y el cambio climático pueden con ellos. Por lo que a mí concierne, si yo destapara cada uno de estos frascos, se esparcirían por todo el globo debido a su naturaleza como medio auditivo. Me atrevo a decir que se trata de una especie viviente, una que no debemos darnos el lujo de perder porque, si no hay música, entonces ¿qué nos queda? El ser humano necesita encontrarse consigo mismo, volverse más sabio, nutrirse con elementos que lo mejoren. La música puede lograr que alcance ese estado.

—Todo esto, ¿tiene algún costo?

El hombrecillo abrió su húmeda boca y sonrió. Acarició los frascos como si se trataran de lámparas mágicas, en espera de algún genio.

—Pues nada —dijo—Yo quiero conservar la belleza. Eso es todo.

Medité mientras me humedecía los labios, repentinamente secos cuando el momento decisivo estaba a su alcance.

—¿Y si se produce una extinción dentro de pocos años? ¿Y si tengo poco tiempo para apreciar la música? ¿Cómo voy a vivir después de esto, sabiendo que la música no tendrá futuro al igual que la humanidad?

El menudo hombre apartó la vista de los frascos y sacó una libreta rechoncha de un estante situado a la altura de su cintura. No dejé de parpadear con rapidez.

El tendero se acercó y me tendió el libro.

—Este es el catálogo —dijo, casi como fuera una orden—. También sirve como bitácora. Mi padre, el padre de mi padre, y su padre, han sido fieles testigos del milagro de conservación. Al final, todos hemos servido a la música.

—Vuelvo a la realidad —expresé—. Ha sido suficiente por hoy.

—¡Tiene que quedarse! ¡Es de vital importancia!

Me detuvo del hombro, justo cuando ya había dado media vuelta. Miré al anciano.

No estaba preocupado ni tampoco muy contento. Parecía librarse de algo. Tras frotarse las manos, volvió a sus aparadores.

—No pude tener descendencia. ¿Quién querría tener una familia con un hombre excéntrico hoy en día? Necesito de alguien que pueda ayudarme a recolectar la mayor cantidad de música. Usted puede ser útil; estaría haciendo un gran favor en nombre de la humanidad y la naturaleza. Ha sido una labor que me ha tomado cincuenta años. Donde quiera que estén, los grandes intérpretes y compositores de todos los tiempos se lo agradecerán.

Acepté aquella propuesta. Escuché los miles de frascos agitarse y golpearse en el borde entre ellos, excitados. Deseaban una sinfonía, una banda, un coro y un cántico con los dioses. Una masa de trinos y modulaciones cruzó por encima mío, buscando la línea de su partitura eterna en marcha. Sentí claramente la música contra el aire, armonía y desesperada libertad.

Y así, preparé mi enorme carga musical justo al otro lado del mostrador.

Biocalipsis

Eduardo Honey


Carol tomó el hacha de doble filo del suelo con algo de trabajo. No pude ver con claridad su rostro a través de la empañada transparencia de su casco-capucha. Sin embargo, denotaba resolución por su forma de moverse dentro de su biohazmat, el traje de protección ante peligros biológicos que debemos usar en el exterior. Como si no existieran, dejó atrás los gigantescos cuerpos de Miguel y Gabriel. En el cielo, la legión de ojos malditos nos observaba con placer.

Le indiqué a mi pelotón que recogieran la espada angelical y que avanzaran en fila tras ella. Quería examinar los restos de ambos arcángeles. Empecé por Gabriel. Sus alas estaban apenas cubiertas por deshilachadas plumas. El color blanco se tornó marrón hígado con manchas algo más claras. Al ver de cerca aprecié los minúsculos artrópodos de siete patas, que habían encajado sus quelíceros en la estructura plumaria. Sorbían lo poco del hálito de divinidad que quedaba al tiempo de excretar miles de huevecillos que se pegaban por doquier.

Presté atención al rostro: dentro del humor vítreo de los ojos firmamento nadaban vermiformas cubiertas de escamas y espinas. En la piel de la mejilla salían multitud de delgadas patas en cada forúnculo del grueso de mi pulgar. Los labios estaban secos y al entreabrir la boca noté las encías cubiertas de liquen verde excremento.

Tuve que retirarme unos metros al notar que el abdomen se hinchó súbitamente: no quería ser salpicado de más. La micótica inflorescencia surgió de golpe, arrojando putrefactas vísceras angelicales por doquier. Algunas golpearon mi traje amarillo y dejaron una estela sanguínea, espesa y pegajosa, conforme se deslizaron al suelo.

En cada punta de la inflorescencia fungal estaban plegadas las capuchas del hongo. La estructura empezó a pulsar al absorber la sangre del cuerpo y así hinchar los hongos. Cerré el audio externo para evitar escuchar su canto mientras extendían sus capuchas. Uriel, antes de morir en uno de nuestros laboratorios, alcanzó a decirnos que será maldito aquel que escuchara los necrocantos de la plaga.

Al notar que el cuerpo de Miguel seguía el mismo destino, opté por alejarme y alcanzar a mi grupo. Sabía bien lo que pasaría con la inflorescencia: en cuanto maduraran los hongos lanzarían el grito mandragórico y de sus capuchas-alas las esporas tentaculares serían vomitadas por millares. Cada una aletearía con sus minúsculas y diabólicas alas en búsqueda de su siguiente víctima-huésped.

Cuando se abrieron los sellos las huestes divinas de ángeles, encabezadas por los arcángeles, descendieron para el combate final. Traían consigo el pecado de la ira y del orgullo, así que no nos escucharon. Creían que seguíamos siendo esas entidades creadas con barro en el jardín primigenio, que éramos seres básicos, primitivos y que debido a nuestro libre albedrío habíamos perdido la fe como el camino a la salvación.

Por eso se negaron a recibir el equipo que preparamos desde que Guerra nos susurró sus sueños de armas y destrucción. Sí, resultamos más malditos y nefastos que ese jinete, por lo que, tras un esfuerzo descomunal, logramos rastrearlo y anticipar el siguiente punto para lanzar la insensata locura de pelear y destrozarnos. Descubrimos que, a pesar de ser un ángel caído, su anti divinidad no resistió cientos de megatones. Dejamos inhabitable la mitad de África.

Hambre estaba derrotada desde que llegó. Con cuarenta mil millones de personas en el planeta no bastaban los recursos ni nuestra tecnología. El 95% apenas comían lo suficiente a diario como para seguir vivos. Dejó de recorrer el mundo tras descubrir su inutilidad y fue cuando Azrael lo ensartó para quemarlo con la zarza ardiente.

Nuestro problema principal era Peste: recorría una y otra vez el planeta como si fuera un bólido color excremento amarillo. Extendía por detrás una estela de decenas de kilómetros. De esta caían plagas víricas, bacteriológicas, fúngicas e insectiles. Algunas eran nuevas como aquella que precipitaba el hierro de los tejidos en pequeñas agujas que se enterraban en su sistema sanguíneo. O la que recién detectamos: crecían cristales de obsidiana al interior de los órganos y te rebanaban desde dentro.

Alcance a Carol y el pelotón frente a la entrada a los búnkeres de la zona hospitalaria norte. Con gestos parecen discutir algo, así que me acerco y me indican que están en la frecuencia tres.

—¿Qué sucede? —pregunto.

—Este es el lugar, esto completamente segura, jefa —me explica Carol—. Los mesíasmetros nunca había marcado un nivel tan alto.

Rodolfo se acercó y me lo entregó. Uriel nos enseñó cómo construir estos dispositivos en cuanto se rindió. Con ellos podíamos triangular la posición donde nacería o nació el segundo mesías. Esto hundió la fe de buena parte de los creyentes: ¿cómo era posible que a Dios se le perdiera un hijo en mitad del Apocalipsis y se tuviera que recurrir a un GPS divino para encontrarlo?

—El problema —tomó Rodolfo la palabra—, jefa, es que la puerta está destruida y el interior debe estar totalmente infectado. Nadie pudo sobrevivir.

Maldigo en silencio, medito y ordeno que entremos, que localicemos lo que sea del mesías recién nacido.

Horas después estamos en el área de ginecobstetricia. En una cama reposan los restos del cuerpo de una mujer que fue roída por ratas. Gusanos y artrópodos daemonia siguen devorando la carne. El expediente que Rodolfo encontró reza: “María Guadalupe Zumárraga Díeguez […] 16 años, solicita aborto en el quinto mes […] complicaciones que la ponen en riesgo mortal […] realizado con éxito el […]”. La fecha fue cinco meses atrás lo que implica que daría a luz en el periodo cuando se rompieron los sellos, sonaron las trompetas y se derramaron los cálices.

—Con razón —susurra alguien de la tropa por la radio—el Apocalipsis ha sido un desastre peor, por eso los ángeles y arcángeles estaban tan perdidos. Si había un plan, este se vino abajo.

Estoy por ordenar que nos retiremos cuando Carol nos pide que la esperemos. Minutos más tarde llega con un maletín cubierto de los símbolos de bio y chemohazard.

—Perdón —expresa ella—, tardé en encontrar patología y más en localizar esto.

Abre el maletín que está lleno de frascos con tamaños diversos que contiene sumergidas en algún líquido el corazón, brazos, pies, manos, ojos y corazón de un feto. También hay placas selladas con muestras de tejidos. Carol rompe el silencio y expresa con enorme reverencia:

—Con solo una célula sana que no haya sido alcanzada Peste, podemos clonarla en tres días, jefa.

—¿Clonarla?

—Iba a ser niña, jefa. Y si la clonamos será un nacimiento virgen, ¿entiende?

Al salir, la legión de ojos demoníacos en el firmamento nos mira con odio. Lejos, en el horizonte, se acercan el infecto cometa que es Muerte y el verdiamarillento de Peste.

Le entrego el hacha angelical a Rodolfo y le pido que prepare un perímetro defensivo mientras informa nuestra situación. Podemos resistir con tácticas nucleares y otras sorpresas que cargamos. Mientras sopeso la espada de Miguel le ordeno a Carol y a los dos médicos que corran sin detenerse hacia nuestro búnker. En nuestros laboratorios aguarda nuestra famélica, humana, esperanza. Quizás solo así podamos resolver lo que no logró un Dios difunto, ni sus exterminadas huestes divinas.

Legado de fuego (audiocuento)

Miguel López González


Pancho lo encontró cuando hicieron su casa de adobe. En aquel pedacito de terreno que compraron por unos pesos hace muchos años, allá en Milpa Alta.

Era un huevo carmesí, con el tamaño de un bebé recién nacido.

—Estamos bendecidos, vieja.

—¡Es un huevo de Xiuhcóatl!—le respondió su esposa, María.

—Nunca pasaremos hambre, traen buena fortuna.

—Lo pondré en el fogón debajo de todas las cenizas para que guarde calorcito.

Colocaron el huevo en medio de las tres piedras, lo mantuvieron caliente todos los días del año, y en el ritual anual de la limpia del fogón, mamá María lo cargaba como si fuera un dulce pequeño, arrullándolo con su voz:

Ce conetl moma huiltiaya

Ixpantzico meztli

Huan moilnamiquilliaya

Niquicta meztli in malacath

Tlan íc tlalli

Tlaco malacatl

Huan occe tlacomalacatl

Huan occe tlacomalacatl

Huan occe tlacomalacatl…

Un bebé jugaba

Frente a la luna

Y recordaba

Estoy viendo la redondez de la luna

Le voy a poner a esta redondez

Un medio círculo

Y otro medio círculo

Y otro medio círculo

Y otro medio círculo…i

Pasaron los años, nunca faltó comida, salud y sobre todo el calor en aquella casita. La familia creció y, ahora don José, tataranieto de Pancho, se encuentra dando indicaciones a su sobrino.

—La tarea fue heredada por varias generaciones. El primogénito tiene que quedarse a cuidar del huevo y ahora es tu turno, Simón. Yo ya estoy muy viejo y el huevo requiere más y más calor. Ya no puedo con la responsabilidad.

—¿Por qué necesita más calor?

—En cada generación pide más fuego, su alimento natural hasta que pida nacer —dijo don José—. Ahora vete y preséntate con la pequeña.

Simón no era ajeno a aquel huevo. Era una arcaica costumbre qué lo alcanzó, pues en la línea familiar él era el siguiente. Ahora viviría ahí y abandonaría su casa en la ciudad. Algo en extremo molesto, aunque su familia lo mantendría, pues gracias a su serpentina suerte, hicieron una buena cantidad de dinero y así sustentaban la vida de quien se convertía en el guardián.

El muchacho colocó la madera ardiente al lado de las piedras del fogón; con el atizador retiró la ceniza para dejar al descubierto aquel óvalo colorado. Simón tomó su posición, hincándose y agachando la cabeza.

NotokaiiSimón. Mi tío ya debe descansar, así que a partir de ahora yo lo haré. Cuidare de él y de ti.

Debido a que el huevo se encontraba a contraluz de las llamas, pudo ver en su interior una sombra que reaccionó a esas palabras; culebreó dentro de su cascaron. Sorprendió, Simón corrió donde su tío.

—¡Tío, tío!, ¡se movió, se movió! Me presenté con ella y la vi.

—¡Qué bueno, hijo! Ya te ha aceptado. Ahora tú estás a cargo.

Simón cumplió su palabra. Iba al centro a comprar los alimentos para los dos, trabajaba en la pequeña milpa cosechando y siempre se encargaba de que el fogón tuviera lumbre. Platicaba con don José de sus vivencias; la vida de su tío fue la de un ermitaño, nunca se casó, pues ninguna de sus parejas quiso vivir en aquella casa tan lejos de todo y de todos. No se lamentaba, con ese pequeño sacrificio ayudaba a la familia.

Pasaron los días, semanas y casi al llegar el año, don José agonizaba en su cama.

—Ni modo mijo, aún con todas las medicinas y las visitas de los doctores privados uno solo vive lo que tiene que vivir.

—¡Vamos al pueblo! Todavía podemos hacer algo.

Simón tomó a José como pudo, lo levantó y caminaron hacia la puerta. Al momento de pasar por el fogón el huevo emitió un chillido; iba a nacer.

—La Xiuhcóatl, Simón. Déjame verla.

—Tío no tenemos tiempo para eso.

Con dificultad, don José se agachó frente al huevo; parecía un carbón al rojo vivo. Su cansado corazón no pudo con la impresión y cayó al suelo.

—Hijo… hazme caso. Afuera hay botes con gasolina, prende la casa. Solo así la ayudaremos.

—¿Cómo me pides hacer eso? ¡Tenemos que ir al hospital!

—Haz lo que te digo…yo ya no tengo salvación…alguien tiene que dar la vida para que ella nazca.

Simón con lágrimas en los ojos acató la petición. Roció por dentro y por fuera la casa con la gasolina. Regresó para despedirse de don José.

—¡Tío!

—No te preocupes… voy con ella al quinto cielo. Ya vete…vete lejos.

Dentro de la casa, don José inició el incendio mientras abrazaba el huevo con todo el amor que le quedaba en el cuerpo y comenzó a cantar suspirando:

Huan occe tlacomalacatl

Huan occe tlacomalacatl

Huan occe tlacomalacatl…

La casita finalmente cedió ante el fuego y colapsó. Simón veía de lejos la escena con una tormenta en sus ojos. De pronto, el suelo comenzó a vibrar con violencia, y un rugido ensordecedor irrumpió el silencio de la noche. El suelo se resquebrajó como un plato de barro al chocar contra el suelo, las grietas formadas dejaban escapar un fulgor carmesí y naranja, mientras un enorme montículo de tierra hacía volar por los aires los viejos ladrillos de adobe.

El cono volcánico se formó a causa del magma que salía escurriendo como miel de las grietas. Una erupción violenta iluminó el cielo, rasgando la tela nocturna y devorando la luz de las estrellas. Del cráter emergió una lengua de fuego descomunal.

—¡Xiuhcóatl! —gritó Simón.

i Arrullo originario de Milpa Alta, Ciudad de México

ii Mi nombre es o Soy. Lengua náhuatl, variante del centro de México.

Bitácora de la doctora Xóchitl

Miguel López González


Hospital San Rafael

Turno: Vespertino

8:30 a.m. – Consulta, masculino, 37 años.

Nombre del paciente: Víctor Castro Álvarez.

Motivo de consulta: Dolor agudo en el flanco izquierdo, irradiado hacia la región inguinal. El paciente se mostraba visiblemente incómodo. Describió la molestia como punzante y sumamente dolorosa. Comenzó un día antes y el primer síntoma fue orina con sangre. Sus signos revelaban una hipertensión y febrícula.

Durante la exploración, el paciente señaló que hace un par de años había presentado cálculos renales, pero la situación, sus palabras, no se podía comparar a la de aquella vez.

09:15 a.m. – Hipótesis y estudios:

Análisis de orina: Evidencia de hematuria.

Ultrasonido renal: Presencia de dilatación de la pelvis renal izquierda. Se identificó una sombra acústica, urolitiasis, sin embargo, la sombra posee una morfología atípica, no se parece a algo que haya visto en pacientes o en libros.

Diagnóstico probable: Presencia de cálculos y/o cuerpos extraños; posible litiasis ureteral con obstrucción parcial.

11:45 a.m. – Ingreso del paciente.

Se ingresó al paciente, afortunadamente, había cama disponible. Se administraron analgésicos y antiespasmódicos vía intravenosa, así como suero para mantenerlo hidratado. El paciente expresó: Doctora, ayúdeme por favor. Siento que me desgarro por dentro. Lucía asustado, pude escuchar una leve risa, deben ser sus nervios. Se programó una cirugía para más tarde.

12:27 p.m. – Toma de signos preoperatoria.

La enfermera Laguna, tomó los signos. El paciente mostraba un ritmo cardiaco de 110 latidos por minuto, algo normal dada la situación que experimentaba. Con él se encontraba un colega de su trabajo que funge como contacto de emergencia; se le informó de la situación, sin embargo, solo se limitó a asentir y sonreír.

1:27 p.m. – Cirugía: litiasis renal.

Debido al tamaño, la litotripsia extracorpórea no fue una opción. Se optó por la nefrolitotomía percutánea litiasis renal. Realizar el abordaje percutáneo fue sencillo, rutinario diría sin duda, sin embargo, al introducir el elemento flexible comenzaron los problemas.

Dicho elemento fue introducido con sumo cuidado, como siempre se ha realizado, más grande fue nuestra sorpresa cuando el catéter flexible fue halado hacia adentro del cuerpo del paciente con una velocidad impresionante. El doctor Terrones tuvo que soltarlo pues la fricción quemó sus guantes y ambas manos, tan solo pudo cortar la tira con un escalpelo antes de que toda desapareciera dentro del paciente.

El monitor no mostró nada anómalo, todo era estático salvo la sombra del tubo flexible enrollado en forma de espiral dentro del riñón. La operación no pudo ser llevada a cabo como se planeó; dadas las extrañas circunstancias, se votó por realizar una extracción total del órgano. Al realizar el primer corte escuchamos una risa ahogada, nos miramos los unos a los otros y el anestesista revisó a Víctor, pero este se encontraba sedado.

Terrones trajo el instrumental para laparoscopia, tres tubos con cámaras para maniobrar correctamente. Al realizar las otras dos incisiones la risa se hizo más fuerte, se escuchó cavernosa y líquida; venía del interior de Víctor. La enfermera Cruz, aterrada por lo que escuchó, abandonó su puesto y no puedo culparla, la situación ya poseía tintes inverosímiles; solo quedamos Terrones, García el anestesiólogo y yo.

No fingiré que me encontraba tranquila, no creo que exista una persona con nervios de acero que pudiese mantenerse enteramente calmada ante a lo que nos enfrentamos.Entonces lo vimos, por tan solo unos breves segundos, quizá milésimas, antes de que la cámara fuera destrozada y tuviéramos que retirar el endoscopio. Yo quedé helada, Terrones logró pinchar esa cosa con la aguja de Veress y la escuchamos chillar; fue espantoso y repugnante.

Nos miramos a los ojos, incrédulos de lo que acababa de pasar. Sin embargo, no podíamos dejar al paciente con eso dentro de él. No tuvimos elección, no nos dejó extirparlo con métodos no invasivos. Terrones y yo decidimos hablamos susurrando, no fue intencional, fue una reacción meramente instintiva. Utilizaríamos un método que se califica como salvaje en estos tiempos. Me concentré y dejé atrás mi nerviosismo, puesto Terrones al atacar aquella cosa ya no se encontraba en las condiciones ideales; podía ver en su rostro una expresión de asco, miedo y duda. Considero que yo tampoco contaba con una estabilidad perfecta sobre todo porque aquella asquerosa risa seguía y seguía.

Realicé la incisión correspondiente para la nefrectomía radical. Mi pulso tembló un poco, pero nada significativo que hubiera comprometido la vida del paciente; tal vez dejaría una cicatriz irregular. La sangre fluyó de manera normal, nada extraño, si dejamos de lado la risa de aquello, hasta que llegamos a la zona; tomamos mucha precaución pues si aquella anomalía había podido trozar el instrumento nuestros dedos no le producirían ningún problema. Coloqué los fórceps y lo observamos claramente. Era un riñón, mostraba una sonrisa retorcida y ensangrentada; pudimos distinguir incisivos, premolares y caninos. Mi estómago se comprimió y los pies me temblaron cuando abrió su cavidad bucal para soltar esa risa vomitiva.

Abrimos lo más que pudimos la incisión, el órgano lanzaba mordiscos al azar; Terrones vigilaba aquella criatura, dueña de esa enferma dentadura, con mucho cuidado de que ninguno de los dos fuera presa de sus salvajes mordidas. Tuve que actuar rápido y acepto la culpa por el trabajo tan descuidado realizado en el paciente, sin embargo, a riesgo de sonar repetitiva, la situación desbordaba al equipo. Al finalizar con la última incisión y separar aquella cosa, comenzó a chillar y a reír más fuerte; sentí mis oídos perforados, juro que sentí recorrer esa carcajada por todo mi ser; me descuidé.

Justo cuando lo retirábamos el riñón dio una gran mordida a los tejidos del paciente, vimos brotar su sangre y terminó por romperme. Solté los fórceps con el monstruo y este rodó por el suelo, dejando un rastro de sangre tras él. Doy gracias al cielo que García intervino; tomó un hemostato y apuñaló a esa cosa que se encontraba ahogándose y riendo con la carne de Víctor. Terrones le proporcionó un recipiente redondo para cubrirla.

No sabíamos qué hacer y pensé en el alcohol y grité: ¡Tenemos que quemarlo, ahora!

Corrí por la botella y con mucho cuidado levantamos un lado del cuenco y vertí dentro el líquido, afortunadamente García además de ser un excelente anestesiólogo es un fumador consumado; tomó sus cerillos y le prendió fuego. Aquello se retorcía, gritaba y reía de manera frenética hasta que paró después de unos minutos.

Tuvimos miedo de levantar el recipiente, pues no estábamos seguros de que aquel “ser” estuviera muerto. Terrones colocó todo lo que pudo sobre él cuenco y procedimos a controlar la hemorragia de Víctor para estabilizarlo y revisar el daño que habíamos provocado y la monstruosa mordida que sufrió.

4:52 p.m. – Postoperatorio.

El riñón, el monstruo, no sé cómo referirme a eso, fue llevado por García al incinerador para eliminarlo por completo. Víctor estuvo sedado y monitorizado ante cualquier anomalía. El equipo y yo estuvimos preocupados por la situación, decidimos realizar un reporte normal, pues nadie podría creer lo vivido en la cirugía. El paciente despertó y honestamente desearía que eso no hubiera pasado.

Víctor mencionó encontrarse bien, adolorido como era de esperarse y con una presión extraña en el pecho. Al momento de auscultar, lo escuché. Entre los palpitares, una etérea risa se manifestaba en su corazón. Abandoné la habitación sin decir nada y presenté mi renuncia.

12:43 a.m. – En casa.

No pienso volver al hospital. Aún percibo esa maldita risa, ¿está grabada en mi mente? Rio de nerviosismo…eso es… sólo se trata de nerviosismo.

Colaboración especial de Iván Ambrouken quien ilustró este cuento con su obra «La Criatura».

Colmillos en la Jalisco

Adriana de Jesús Casas Moreno


Todo comenzó una noche cualquiera en el Parque Rojo. Yo había salido a despejarme porque el WiFi de mi casa se fue, y con él, mi voluntad de vivir. Caminaba como zombi, pero no de los cool de las películas. Yo era más bien un desempleado con acné adulto, o sea: un triste mortal.

Y ahí estaba ella.

Sentada en una banca, como si estuviera esperando desde hace siglos. Vestía de negro, con un corset que parecía sacado de una subasta gótica del 1800. No pestañeaba. No se movía. No parpadeaba. Claramente, pensé: esta morra es arte… o me va a asaltar.

—¿Te perdiste? —me preguntó con una voz tan dulce como la de Alexa, pero más hipnotizante.

—Eh… no. Bueno, un poco sí. De la vida.

Sonrió. Sus colmillos, largos y afilados, brillaron con la luz de la farola. Pero mi mente, en su infinita negación, decidió ignorarlos como ignoro las notificaciones del SAT.

—Soy Vanessa. ¿Y tú?

—Ulises, como el del libro. Pero sin barco. Ni gloria.

Esa noche hablamos horas. De literatura, de la muerte, de cómo los mangos con chile del parque Rojo están sobrevalorados. Todo muy normal, salvo porque ella nunca parpadeó ni una vez. Tampoco respiró. Yo, por supuesto, no le di importancia. Estaba ocupado enamorándome.

Pasaron varias noches. Un día, Vanessa me invitó a su casa en la colonia Jalisco. «Vive con su abuela», pensé. «O con gatos.» Lo que no pensé es que viviría… en un ataúd.

—¿Ese es tu… clóset horizontal? —pregunté, fingiendo calma mientras veía el sarcófago tapizado en terciopelo rojo.

—Es mi lecho eterno —respondió mientras se quitaba los botines. ¿Quién se quita los botines para meterse a un ataúd? Ella.

—¿Eres…? —no me salían las palabras. Ni la saliva.

—No muerta. Vampira. Vampiresa, si prefieres el término con perspectiva de género.

Yo, que hasta entonces solo había lidiado con exnovias pasivo-agresivas, estaba ante una mujer que dormía en ataúd y tomaba sangre. Y sin embargo, le dije:

—Muérdeme.

—¿Estás seguro?

—Mi única otra opción era volver con mi ex o trabajar en un call center.

Esa noche me mordió el cuello con ternura y firmeza, como quien da el primer beso pero también te chupa el alma. Cuando desperté, tenía colmillos, sed de sangre… y una inexplicable necesidad de burlarme de los humanos.

Desde entonces, Vanessa y yo nos convertimos en los Bonnie y Clyde vampíricos de la colonia Jalisco. Nadie sospechaba. Con nuestras chamarras negras, parecíamos pareja darks saliendo del Salón Guadalajara. Pero en realidad, estábamos cenando.

Nuestro menú: transeúntes imprudentes, amantes distraídos, y ocasionalmente, vendedores de seguros. Para despistar, les robábamos la cartera después del mordisco, así los medios decían que fue «la maña». Pero la verdadera maña éramos nosotros: dos muertos vivientes con problemas de control de impulsos.

El tiempo pasó. Llegaron los tianguis navideños. ¡Benditos sean los buñuelos y las multitudes! Para nosotros era como un bufet nocturno: luces de colores, posadas, niños cantando villancicos mientras nosotros cazábamos en silencio.

Yo me encargaba de los que se quedaban atrás, tomándose selfies con inflables de Santa Claus. Vanessa era más poética: elegía a quienes compraban piñatas de Hello Kitty. “Nadie que compre eso merece vivir”, decía, mientras les daba el beso final.

A veces nos escondíamos entre los puestos de luces LED y películas piratas. Escogíamos bien. Nada de niños ni ancianos. Solo adultos medio tontos. O sea, bastantes.

Y así, en cada banqueta húmeda de la colonia, dejábamos cuerpos exangües con cara de haber visto algo más feo que el recibo de la luz.

Nunca nos atraparon.

Una noche, mientras descansábamos en el techo de una casa de lámina, Vanessa me miró con esa mirada que solo los muertos saben dar.

—¿Te arrepientes?

—Solo de no haberte conocido antes. Cuando todavía tenía seguro médico.

Nos reímos. Un perro ladró. Una sirena de patrulla pasó de largo. Ahí seguimos. Enamorados. Eternos. Raros.

Si alguna vez visitas la colonia Jalisco de noche y ves dos sombras besándose cerca del tianguis… corre.

O mejor quédate. Puede que te toque un beso que dure para siempre.

Al amanecer, ya no cantan los espectros (siete memorias del futuro)

Eduardo Honey


1 16 de agosto de 2142, 6:17 hrs.

Antes que salga el sol apago mi baliza, dejo el campamento y regreso para mirar la ciudad en ruinas. La Luna, partida en tres enormes fragmentos y una larga cauda de otros menores, refleja suficiente luz para alumbrar la antigua autopista por donde camino. El asfalto está resquebrajado en multitud de lugares de donde brota maleza y algún joven árbol. En uno y otro lugar hay montones de óxido sobresaliendo entre tierra y lodo. Evocaciones distantes de lo que alguna vez fueron vehículos.

Me detengo el mirador. Esta zona y las colinas alrededor de la ciudad estaban cubiertas por bosques. Ahora hay tocones y restos de troncos calcinados. Entre ellos, tímidamente, sobresale rala vegetación y pequeños árboles.

El talud desciende abruptamente un tramo y luego cambia de ángulo para llegar a las afueras de la ciudad. El sol sale a mis espaldas entre la serranía y alumbra las zigzagueantes bordes y puntas desgastas de los enormes rascacielos que no se derrumbaron. Conforme los rayos descubren la ciudad, observo los montículos que están alrededor de las marchitas superestructuras. Los trazos de las calles aún se alcanzan a ver y en varias zonas aún quedan marcas de los incendios y las deflagraciones.

Suspiro, esa vasta ciudad era el lugar donde nací, donde vivieron generaciones de mis antepasados. Y ahora está muda, quieta, silenciosa. Entonces recuerdo que el silencio es total: esta zona se llenaba con el canto de los pájaras. Muchas veces contemplé el amanecer en compañía de alguna de mis madres tras un fin de semana de campamento.

Doy la vuelta y miro al piso del mirador. Está hecho del concreto que superará en duración cualquier obra humana. Está en un leve ángulo que permite que el agua, lodo y suciedad retrocedan hacia la autopista y se desfoguen en el canal que divide a ambos.

Allí están las sombras alargadas, tatuadas en la superficie ocre del concreto. Inician donde está mis pies y se extienden casi tres metros. Eran dos, tomados o tomadas de la mano, con los cuerpos ligeramente separados pero las cabezas juntas, quizás besándose, quizás mirándose en el momento final antes de que la ola de fuego y radiación los alcanzara.

No hay espectros que tenga alas ni que canten al amanecer desde hace medio siglo. Menos de los que quedaron atrás en un último adiós.

2 6 de enero de 2092, 11:57 hrs.

Kethian camina por el boulevard principal. Cada paso que da hace que broten emojis y avatares del suelo ofreciendo links y productos diversos. No la llaman la atención, ella está sumergida en la música del reencuentro de Luna Sea tras el debatido tratamiento gerontológico de cada miembro de la banda. Música de viejitos le han dicho siempre sus buddies pero a ella no le importa. Es mucho mejor lo que comparte su abuela Mikhal que la nanomusik tan de moda, pieza de dos o tres segundos que generan tendencias que no duran más de un día.

Se detiene junto a una de las sequoias que surgen cada cinco metros y toma asiento en una de las bancas desocupadas. Trata de alcanzar con la vista donde termina el árbol pero la distraen las torres que bordean cada lado de la avenida con sus 200 ó 300 metros de altura. A pesar de sus dimensiones, el paseo arbolado palidece al lado de las superestructuras, cada una un centro comercial habitable que es la aspiración de vida de los buddies. Dentro lo aburrido de una vida real queda supeditada a una emocionante vida 3D conectada directamente al 10G de la neonet.

Por el momento, para los que viven fuera de esos castillos de acero, cristal y bits, las paredes proyectan emojinuncios, el último grito de la moda nanomusik, notas de los hi-fluencers e invitaciones para unirte a los cyberclans de cada edificio si cuentas con el perfil esperado.

—¡Holalis! Llegaste temprano, santa puntualidad —suena una musical voz a un costado. Es Myanwë quien saluda efusivamente detrás del filtro gatuno con el que viste. Kethian apaga los implantes cocleares y el visualizador en su córnea, los regalos de mamá Semia al concluir los estudios previos a la Metaversidad. No le ve mucho sentido cursar una carrera de dos años pero la abuela ha insistido, “ya ves a la tía Zarahaí, ¿no es un orgullo para nuestra familia?”

—No manchegues, Myan. Quedamos a las doce y es casi la una.

—¿Qué? ¿No te enteraste? Los Mantíkhoran están en primer lugar con su “Pa’que tempranis baby”. Toda una revoltion en la nanomusic. Y es inmoda llegar tarde: #tardisbaby es tendencia.

—¿Desde qué hora? —preguntó Kethian mientras pedía un resumen de modas y tendencias en la última hora.

—Como a las nueve inició…

—Vaya que dura más que una clase, y no baja en las charts.

—Nopnop, vámonos que quiero llegar y ganar lugar, Keth.

—¿Y la moda qué wave?

—Esa es la digivida, en la realife mis nachas necesitarán asiento.

3 16 de agosto de 2142, 8:32 hrs.

—Karent, ¿dónde vagas? —suena por mi radio. Es Yulie, nuestra coordinadora maestra, preocupada por saber de todo su rebaño

—En el mirador, quise salir a pasear.

—¿Insomnio otra vez?

—Como todas desde el accidente. Por fortuna hemos regresado.

Era un decir, fue asunto de trabajo en equipo de las treinta tripulantes y Aracné, la red de inteligencias artificiales de la nave. Lástima que Myan y Savant no sobrevivieron a sus heridas cuando salieron a apagar los motores de salto. Luego transcurrieron dos años de mucho esfuerzo y sacrificios reparándolos en un lugar de la galaxia a más de cien años luz de nuestro hogar.

Tuve que atender a la mayoría como a algunas de las IAs. En una situación desesperada el enojo, la frustración, la depresión y la desesperanza son habituales, más cuando ocurrió un accidente en un viaje de prueba que solo duraría dos semanas y cerca de la Tierra.

—Se que es duro, pero te necesito… te necesitamos por acá. Por favor, no salgas sola. No podemos arriesgarnos a perder una más. Ya sabes, no puedo perderte.

—Me regreso por la autopista del sur —respondo después de prender mi baliza. Todos necesitamos ciertas palabras como reafirmación de los hechos. Antes de tomar mi camino vuelvo a mirar la ciudad que semeja una cicatriz retorcida de acero y cristal. De forma impulsiva suelto un “Hasta el rato” a sombra de la pareja que está el piso.

4 6 de enero de 2092, 14:00 hrs.

La cúpula está activa y el día se ha oscurecido casi en su totalidad. Myanwë no cabe de gozo, alcanzaron lugar en uno de los cuadros de césped de la plaza central. Kethian está a su lado y también mira el enorme holo que se despliega en el aire al centro del lugar. Allí se proyecta el conteo final de la espacionave Spérant en su viaje de ida y vuelta a la Luna como parte del programa espacial de la UE. Ambas tienen apagados sus implantes y dispositivos para charlar a gusto, como solo los viejos lo hacen.

So? ¿Enterarás a la Meta? Mejor vámonos de voyaj, conozcamos el mundo —propone Myanwë

—Es lo que la abue Mikhal quiere, que aproveche que estoy joven y le dedique a la Meta —responde Kethian—. ¿Sabes? Aún da clases de biologic y le writea.

—Vaya con la prix de tu abu, tenemos años y un siécle adelante. Ya sabes Pa’que tempranis baby, si nos queda una vidis

—¡Ya cállate! –exclama y ríe Kethian—. En verdad va de bad a malmalest los Mantíkhoran. ¿Calidad quieres? From my heart, i want to tell you, If i can see your smile forever… —canta a capella, Myanwë voltea y le roza la mano que apoya en el césped. Kethian, quien mira al aire, calla de súbito y la palidez inunda su rostro.

—¿Qué pas… —alcanza a articular Myanwë al tiempo de mirar al aire. El holo muestra en recuadro a la Spérant con las ventanillas iluminadas. Frente a ella hay un enorme vórtice, su borde, lleno de polvo y luces, gira como si fuera una galaxia. El holo principal muestra el puente de comando donde las starnautas hablan entre ellas y gesticulan con fuerza.

Casi al mismo tiempo Kethian y Myanwë activas sus implantes cocleares y oculares.

10…

Myan, ¡apaga los motores de salto!

No me deja la navegación de Aracné, dice que están apagados.

9…

¿Cómo? ¿Y eso que tenemos enfrente?

Según navegación, es una simulación.

8…

Karent, convence a Aracné de que está en un error.

Aye, Savant, es lo que trato e insiste que están apagados. Que solo están encendidos en un simulacra… intentaré algo más…

7…

Yulie, ¿entraron a ingeniería? ¿Pueden cortar el flujo? Usen un hacha…

Nos tiene fuera, selló las puertas…

6…

Savant, ya percibió que está en un error…

Gracias, Gran Gaia, gracias

5…

pero no tiene tiempo de parar el salto

¿Cómo?

4…

Tripulación, sujétense y que la suerte nos acompañe…

3…

Gracias a todas.

2…

El holo del puente es sustituido por la vista externa de la Spérant y el vórtice.

1…

0…

La nave sale disparada, penetra el negro centro rodeado por el borde giratorio que colapsa sobre sí mismo y desaparece. Sobre la superficie terrestre, cerca de donde estaba el límite del vórtice, se ven varios hongos de fuego, polvo y cenizas.

Informan de varias explosiones en Kamchatka, Corea y Japón. Aún se desconoce su origen y características, dice una voz en off mientras en el holo las bolas de fuego ascienden para toparse con la parte superior de la atmósfera y salir eyectadas al espacio. Avisan que mantengan la calma en lo que el gobierno emite su postura oficial.

El holo se apaga al igual que la oscuridad de la cúpula. La multitud alrededor grita, gesticula, varios lloran y muchos más echan a correr.

—¿Qué hacemos? —pregunta Myanwë con enorme angustia tras ponerse de pie.

—Ven, hagamos un pequeño viaje, juntas —contesta Kethien y la toma de la mano.

5 18 de agosto de 2142, 7:00 hrs.

Escucho los pasos a mis espaldas mientras contemplo de nuevo la ciudad.

—Sabía que aquí estarías, Karent. ¿Ya tomaste tu decisión? Tu voto es el que decidirá todo.

—Mal nombre le diste, no somos las siete Evas, Yulie. Somos veinte por cuestiones de edad y salud. Tenemos óvulos suficientes entre todas para procrear a varias decenas y usar a Aracné para variabilidad genética. Digo, no pensaba tener hijos, no era necesario y no estoy muy convencida. ¿Alguna Eva tuvo que decidir en continuar o extinguirse? Y mira el resultado del antes –le señalo la ciudad.

—Sabes lo que encontramos en las bitácoras estación espacial, no fuimos nosotras ni el motor de salto. Alguien saboteó las IAS, otros se sintieron amenazados y lanzaron un ataque preliminar con bombas de plasma. Luego todo escaló. Creo que será mejor la próxima vez: tenemos herramientas, tecnología, conocimientos y sabemos qué ocurrió aunque desconocemos a los culpables.

—Tengo miedo, Yulie.

—Todas tenemos pavor por la responsabilidad. Pero es envejecer y morir, dar saltos en la galaxia para ver si encontramos otro lugar. O reintentar aquí, ahora. ¿Qué decides?

6 7 de enero de 2092, 7:00 hrs.

—En neta es beauty —expresa Myanwë, arrobada por el amanecer en el mirador. Los pájaros las sobrevuelan y cantan mientras las crías llaman desde el bosque—. Aunque hace frío.

—Siempre le likeó a la tía Zarahaí y a la abu Mikhal. Me traían seguido desde peque.

—¿Tu tía era la que estaba allí, en la…

—Sipsip, era ella.

—Ya verás, en un tris prix regresará. Oye, ¿y cómo seguía esa canción que te cuttearas?

From my heart —canta Kethian—, i love you, I want to take away those tears, all of them. I for you…

Nerviosa Myanwë besa a Kethian quien cierra los ojos y mantiene el contacto entre los labios en una eternidad personal. Sobre la ciudad surge una enorme luz seguida de una ola de fuego. Las aves, los bosques, el beso y ellas se evaporan.

7 18 de agosto de 2142, 7:05 hrs.

Sorprendida veo cómo dos pares de alas cruzan el horizonte. Detrás las siguen una bandada.

—Entonces, Zarahaí, ¿qué decides? —insiste Yulie.

—Intentemos —respondo mientras abrazo a mi compañera y acerco mi rostro al de ella.

Alcanzo a ver, a nuestro costado, las sombras de la pareja que estuvo aquí como si fueran las nuestras. Mientras cierro los ojos, se que los espectros del pasado también le cantaron al amanecer.

El hombre del sur

David Barrera Sánchez


Don Luis fue un chamán que dedicó su vida curar a los enfermos y afligidos por medio de plantas y raíces. Sin embargo, durante sus últimos años, y de manera inesperada, aquel pulcro anciano dejó a sus enfermos, se volvió huraño y descuidado en su arreglo personal.

—¡Ya no voy a curar a nadie! —le gritó en una ocasión a un grupo que tocó a su puerta—. ¡Lárguense!

Así pues, la clientela dejó de hacer fila frente a la casa del anciano y creyó que éste se había ido de la ciudad pues, paulatinamente, la basura se acumuló en la puerta y aparecieron grafitis obscenos en la fachada de lo que antes se consideró un templo.

Por otro lado, yo tenía un serio problema: el alcohol. Disponía de dinero y tiempo para beber a diario; además, no tenía familia y los amigos y amigas nunca faltaron en mi casa, por lo que bebí a rienda suelta cualquier botella que cayera en mis manos sin importarme la resaca, al fin de cuentas, me aliviaba con más alcohol.

Así llevé mi vida durante varios años hasta que aparecieron ligeras palpitaciones en mi abdomen que con el tiempo se convirtieron en intensos dolores acompañados de vómito y diarrea. Consulté a varios doctores y me sometí a los tratamientos que señalaron, pero no mejoré; antes bien, mi piel se tornó amarillenta y me vi obligado a quedarme en casa sin otra cosa más que hacer que beber, beber y beber.

Una tarde, mientras padecía por el malestar, salí al patio para tomar aire fresco y, luego de caminar alrededor de mi árbol de zapote, tosí con tanta violencia que escupí sangre en la base del tronco.

—Te espera una muerte lenta y dolorosa —oí de repente una voz y de inmediato miré en dirección del sonido. Enseguida, vi una cabeza colmada de abundante cabello entrecano que se asomaba sobre el muro que divide mi casa de la de don Luis.

—¿Quién eres? —pregunté.

—Luis, tu vecino —dijo.

Acto seguido, el anciano apoyó sus manos sobre la barda y me horroricé al ver sus uñas gruesas color ámbar que rebasaban el metro de largo. Más que parecer garras, sus uñas eran un grotesco desorden de puntas que se curvaban hacia adentro o hacia fuera según el dedo del que habían nacido. Y pude ver el mismo fenómeno cuando don Luis apoyó los pies en la barda.

–—Don Luis! —exclamé, mientras recuperaba el aliento y sentía la sangre escurrir por la boca—. ¡Qué le pasó!

Los ojos del chamán parecieron brillar entre sus abundantes cabellos que le llegaban hasta la cintura. Me miró en silencio por varios segundos y, de pronto, me habló con aquella voz aguardentosa que tanto le caracterizaba:

—Lo que me haya pasado no importa. Mejor pregúntate qué te pasó a ti. ¿Por qué no has ido al doctor?

—He visto a muchos doctores y ninguno me ha podido ayudar –dije–. Creo que ya no tengo cura.

—No digas eso —dijo, al tiempo que dio un brinco y cayó en mí patio—, es indudable que te ves acabado, pero, con el tratamiento adecuado podrás vivir. Si quieres yo te puedo curar.

—Creí que ya había dejado de dar consultas.

—Lo he dejado, sin duda –afirmó–. Soy muy viejo para ese trabajo, pero haré una excepción contigo. Del precio hablaremos después. Por lo pronto, entra a tu cocina y te diré qué debes preparar para que no vuelvas a vomitar sangre.

Don Luis me dijo qué ingredientes debía usar para las pociones que yo mismo debía preparar pues, debido a la longitud de sus uñas, al chamán le era imposible manipular objetos.

—¿Por qué se ha dejado las uñas tan largas? —pregunté.

—Pronto lo sabrás —respondió y, acto seguido, señaló hacia su casa con la larga uña de su índice—. Ahora, ve a mi casa y trae yerbas, muchas yerbas.

El constante burbujear del agua y los vapores espesos que salían de cada olla nublaron mi vista y despidieron un olor a yerbas, hongos, moho y raíces. Acalorado, intenté abrir la ventana, pero don Luis extendió su mano y con sus largas uñas me impidió avanzar.

—No dejes que se vayan esos vapores —dijo el anciano—. Deja que entren por tus poros y que te hagan sudar.

Al principio, las pociones eran insípidas y me provocaron somnolencia; pero con el paso de los días, adquirieron un sabor sumamente amargo que me provocó diarrea, vómito, insomnio y hasta alucinaciones.

—Imagina que es una cerveza caliente —dijo don Luis al ver mi aversión por tomar las pociones.

—Ya no quiero —dije—. Me siento peor. Si no muero de cirrosis, moriré por sus brebajes.

—Es normal que te de diarrea o que alucines —afirmó con indiferencia—. Mejor eso a que te mueras.

Día tras día, las infusiones y los vapores me azotaban con nausea y vómito. Al mismo tiempo, el chamán se acostaba en mi sofá y extendía sus horribles pies y manos, cuyas uñas se habían engrosado y llegaban al metro y medio de largo.

Una tarde, don Luis me pidió que me acostara en mi cama y respirara profundamente. Entonces, frotó mi espalda a la altura de mis riñones y dio golpecitos de vez en vez que me causaron un agudo dolor y que me angustiaron, pues sus largas uñas rozaban mi cabeza y mi espalda o se enredaban entre mi cabello. Tras el masaje dormí profundamente.

Desperté una vez que había caído la noche. Enseguida, me sentí libre de la enfermedad que me había atormentado y hasta tuve ganas de beber, pero, al levantarme, vi a don Luis sentado en una silla de mimbre en medio de los claroscuros de mi habitación. El anciano apoyaba sus manos en los descansabrazos y las uñas caían al suelo como si fueran lianas, mientras que las uñas de los pies se proyectaban hacia enfrente de manera desordenada.

—Muchacho, debes saber que mi muerte está cerca —dijo el anciano—. Por ello, fíjate bien lo que vas a hacer como pago por haberte sanado: me llevarás en tu camioneta a mi pueblo y, una vez que lleguemos, regresarás a tu casa y no le dirás a nadie que te curé, ni mucho menos que me llevaste al sur, ¿entendido?

A la mañana siguiente, preparé una mochila y le ayudé a don Luis a acostarse en el asiento trasero. Entonces, cerré la puerta, me senté frente al volante y encendí el motor sin saber de antemano a dónde iba.

—Agarra para el sur como si fueras a Tuxtla Gutiérrez —dijo don Luis—, y conduce sin desesperarte porque el viaje será largo… Muy largo.

—Está bien —dije—. Pero, antes de partir, me gustaría que al fin me dijera por qué se ha dejado las uñas tan largas.

—Mis uñas… Pues verás —dijo y soltó una risita nerviosa—: quiero batir el récord del hombre con las uñas más largas del mundo.

—¿En serio? —pregunté, luego de soltar una risotada.

—Sí, señor —dijo—. El representante de los récords llegará a mi pueblo para darme mi diploma. Seré famoso antes de estirar la pata.

Pasamos por muchos poblados y ciudades hasta que nos acercamos a la frontera con Guatemala. Durante el trayecto, la selva pareció querer invadir las pronunciadas curvas, mientras las nubes nos persiguieron con chaparrones y truenos apocalípticos. Don Luis viajó acostado y en completa tranquilidad; dormía la mayor parte del tiempo y hablaba sólo para dar indicaciones.

—Sigue por ahí, sigue —decía sin siquiera levantarse de su asiento—. No te distraigas porque el camino se pondrá peor.

Y vaya que tuvo razón pues las pronunciadas curvas nos mostraron barrancos por los que se apreciaban cadenas de montañas bajo las nubes espesas y lloronas. De pronto, al entrar en una recta techada por los brazos de los árboles, las aves cantaron de manera desquiciada y se desplazaron entre las ramas sin quitarnos la mirada de encima. «Qué diablos le pasa a esos pájaros», pensé.

—Oríllate, por favor —dijo don Luis con urgencia—. Oríllate, necesito orinar.

Entonces, estacioné la camioneta y bajé del auto.

—Apúrate, por favor —afirmó el anciano—. Ya no aguanto.

Tras abrirle la puerta, don Luis descendió como si hubiera sido un reptil puesto en libertad y se internó entre los troncos mohosos hasta perderse de mi vista. Asustado por su forma de desplazarse, me quedé en silencio y lo seguí con la mirada.

Esperé con paciencia minuto tras minuto pero el anciano no regresó, así que me vi obligado a ir en su búsqueda. Enseguida, me interné entre la densa vegetación y seguí las huellas que el curandero había dejado a su paso; mi frente escurría sin cesar, mientras sentía un insoportable bochorno.

Así y todo, anduve hasta que llegué a una zona casi despejada en donde me encontré, como a unos ocho o diez metros de distancia, con dos pirules y una parvada que volaba en círculos sobre ellos. Al no ver rastro alguno, llamé a don Luis en varias ocasiones hasta que oí un grito que vino de los dos árboles que se levantaban frente a mí. Antes de correr en dirección del sonido, el suelo tembló con violencia e hizo que las copas se agitarán y dejaran caer sus hojas. Entonces, apareció una multitud de ramas detrás de los pirules que se movían como si fueran dedos deseosos de atrapar a los pájaros; y, una vez que las ramas llegaron a una altura de unos quince o veinte metros, se poblaron de hojas en cuestión de segundos hasta camuflarse con el resto del paisaje.

Cuando terminó de temblar, vi correr a muchos animales en dirección del árbol. Parecían una estampida ansiosa de ver al nuevo inquilino que brillaba entre el resto de sus semejantes. Al llegar, me asombré cuando vi que los tlacuaches, jaguares, monos, venados, armadillos y demás especies olfateaban meticulosamente al árbol; además, se trepaban a él y se frotaban contra su dura corteza una y otra vez. Aquella imagen me pareció irreal —casi como sacada de un cuento de fantasía o de una propaganda religiosa—, pues, en circunstancias normales los animales se atacarían y los más pequeños huirían de sus depredadores. Pero no sucedió así. Sin lugar a dudas, un poder desconocido los obligaba a hacer tregua. Quizá estaba frente a un acuerdo antiguo, secreto e instintivo que ellos daban por hecho y que estaba vedado para el hombre.

Paulatinamente, los animales se fueron y yo me acerqué al árbol. Vi su superficie áspera en donde se deslizaba una culebra que dejaba atrás a una fila de hormigas. Levanté la vista y vi a una multitud de quetzales que cantaban con arrebatada alegría, mientras hinchaban su colorido plumaje entre las ramas colmadas de frutos y hojas endiabladamente verdes. «Esto no parece real», pensé

Regresé a mi camioneta y conduje sin importar a dónde iba. «Necesito un trago», me decía de manera reiterada, al tiempo que la carretera se convertía en un camino fangoso, estrecho y sin señalamientos: «Estoy perdido… Qué maldita suerte tengo».

Conduje hasta llegar a las inmediaciones de un poblado y me sorprendí al ver —quizá a unos quince metros de distancia— una figura encorvada, enjuta y de largas uñas y cabellos que andaba con lentitud a un lado del camino.

—¡Don Luis! —grité, al tiempo que emparejaba la camioneta con el anciano—. ¡Don Luis! ¡Deténgase!

El hombre inclinó la cabeza y aceleró su marcha.Vaya viejo loco. Detuve la camioneta y corrí hacia él. Y una vez que le di alcance, lo tomé de los hombros y lo sacudí ligeramente.

—¡Sabe cuánto tiempo lo he buscado! —exclamé, pero él inclinó la mirada y sus cabellos cubrieron su rostro—. Hable, viejo loco. ¡Hablé!

—Déjeme por favor —dijo al fin—. Déjeme ir.

—Ahora mismo me va a decir cómo regresar a mi casa, ¿entiende?

—¡No, no! —respondió sin dejar de sollozar.

De pronto, oí un silbido a mi costado y vi a un joven que cargaba un machete.

—¿Qué ocupas de mi abuelo? —preguntó el joven de manera hosca al tiempo que un grupo de hombres y mujeres me rodearon.

—Este hombre me hizo conducir desde México hasta este pueblo —respondí—. Exijo que al menos me diga cómo regresar.

—Mi abuelo nunca ha salido de este pueblo —dijo—. Suéltalo o te cortaré las manos.

Tras oírlo, miré a las personas que se habían reunido y noté que los ancianos tenían el cabello y las uñas muy largos a diferencia de los jóvenes que vestían con pulcritud y llevaban el cabello bien recortado.

—Suelta a mi abuelo —reiteró el joven del machete.

Obedecí. Acto seguido, el hombre me permitió ver su rostro y, pese al gran parecido que tenía con don Luis, noté que aquel anciano era tuerto.

—Vete o te corto el cuello —dijo el muchacho.

Aproveché la indulgencia y me apresuré a mi vehículo; no obstante, la gente mayor me siguió y me gritó con furia. Una vez dentro de mi camioneta, traté de encender el motor, mientras los ancianos golpeaban el parabrisas y las ventanillas con sus largas uñas. Repentinamente, las piedras comenzaron a golpear los vidrios y creí que mi linchamiento era inevitable hasta que el motor encendió y aceleré.

«Necesito un buen trago», pensé.