Esa bella y trascendente melodía

Mauricio del Castillo


Recuerdo muy bien los grandes ratos escuchando música en casa de mi mejor amigo. Su estancia estaba repleta de una muy buena colección de discos de vinilo. Me volaba la tapa de los sesos con Bach, Brahms, Mozart y Beethoven. La sesión no podía terminar si no era con algo tan radical como Joy Division; la voz de Ian Curtis era un alarido proveniente de un alma atormentada.

Para mi desgracia, mi amigo contrajo matrimonio con una mujer poco compasiva hacia sus gustos musicales y se ató las manos bajo las órdenes de un desalmado jefe que no le daba la oportunidad de ver siquiera los rayos del sol. No volvió a invitarme a su casa y estoy seguro de que lamenta no volver a escuchar su colección de vinilos tanto como yo.

Con el tiempo fui formando mi propia colección. Durante muchos años, todo marchó bien. Luego llegó lo inevitable. Una tarde nublada coloqué el Kind of Blue de Miles Davis en la charola de mi computadora portátil. Esperé breves segundos a que lo leyera y el reproductor se negó a tocar el disco.

Recurrí al ingeniero de sistemas de la compañía donde laboraba. Marqué el número de su extensión y dije:

—Rafita, baja, por favor. Mi computadora tiene problemas. No sé qué sucede con ella.

Luego de verificar el problema, sacó el disco de la charola, lo examinó y me lo devolvió. Su comentario me dejó frío:

—Me parece… —habló de forma más suave para tranquilizarme—. Ya veo. Mira las capas de policarbonato y aluminio. Están casi transparentes. Con el tiempo se degradan a pesar de los cuidados.

Fruncí el entrecejo y lo observé con tensión a fin de corroborar sus palabras.

—Pero, ¿cómo ocurrió esto?

Rafita explicó:

—Estos materiales son muy sensibles a la luz. Y no solo eso: las bacterias, la humedad, el calor… Todo juega en contra. Lo siento, amigo.

—¿Me estás diciendo que ya no sirve?

—Tal vez debas hacer copias de seguridad antes de que el deterioro sea irreversible.

Sentí que sus palabras caían como un piano desde el sexto piso. No dejé de oprimir los labios con fuerza.

Enseguida dijo:

—Oye, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras bien?

—Dime, Rafa, ¿hay alguna forma segura de conservar la música?

—Ya te dije que conviertas en audio digital todos tus…

—No creo que me sirva.

Negó con la cabeza sin entenderlo. Me aterraba el hecho de que toda la bella música en este mundo podía desaparecer. ¿Acaso no existía una forma segura de conservar la música?

Acudí al Instituto de Bibliotecología con el fin de conservar la música. Un pelmazo apareció sin dejar de sonreír con falsa amabilidad.

—Buenas tardes —dijo—. ¿En qué lo puedo ayudar, señor?

No le devolví el saludo. Fui directo al grano.

—Mis discos compactos se están jodiendo a causa de que la luz está transparentando las pistas. Al menos así me lo dijo el encargado de sistemas de mi trabajo.

Los gestos que puso me hicieron retorcerme del coraje. Parecía decirme: “¿Y eso a mí qué me importa?”

—Quite esa cara y ayúdeme. ¿Qué puedo hacer para conservarlos? ¿Conoce alguna técnica que impida que la luz termine por acabar mis discos?

—Señor, ¿por qué no convierte sus discos en archivo digital? Estoy seguro de que…

La misma cantaleta de siempre. ¿No sabían otra tonada?

Mi siguiente destino fue la famosa calle de El Salvador en el Centro. El primer establecimiento era digno de la Edad Media: tenían tan solo fierro viejo, circuitos expuestos, cables desparramados en el suelo y aparatos inútiles. Era un cementerio electrónico, el penúltimo paradero de las máquinas antes de terminar en el basurero. Unos segundos bastaron para irme de ahí.

En el siguiente se escuchaba a todo volumen una espantosa canción pop. Una muchacha era la encargada de atender, pero era obvio que no tenía idea de lo que vendía. Estaba más concentrada en escuchar aquella bazofia que en atender a sus clientes.

El último local estaba oscuro y silencioso. Había olor a arena de Egipto en el ambiente, ese olor que arrastra el tiempo: sarcófagos, pirámides, cavernas. Sobre el aparador se hallaba una lámpara antigua de latón, con un foco que rayaba lo rojizo. Los equipos lucían a la vista en finas vitrinas, sin una sola partícula de polvo. Un hombrecillo con anteojos de fondo de botella lo atendía.

Aunque dudé de poder encontrar una respuesta, corrí el riesgo y toqué la campanilla. Apenas alcancé a decir:

—Buenas tardes.

El hombrecillo leía la edición matutina del periódico. Levantó la mirada y ajustó sus anteojos. Sus cabellos canos se desperdigaban en todas direcciones sin un claro orden.

—Buenas tardes, ¿en qué lo puedo ayudar? —su voz sonaba áspera, aguardientosa, como el motor de un bote a punto de expirar en el desierto. Sus ojos eran tan pequeños que estaba seguro de que desaparecerían en cualquier momento.

Desesperado, me incliné ante él y expliqué:

—Necesito encontrar la forma de que mis discos no se transparenten. Mire —mostré los discos. Sus ojos cobraron tamaño a medida que los inspeccionaba, como si se trataran de huesos de dinosaurio enterrados y él fuera alguna clase de paleontólogo.

—Lo siento mucho —dijo—. La capa de aluminio se ha desgastado por completo. Esto se debe a la luz y al inevitable paso del tiempo.

—Lo mismo me dijo el encargado de sistemas que trabaja conmigo. Por amor de Dios, ¿qué puedo hacer? ¡Dígamelo!

—Su música —expresó firmemente convencido— puede llegar a sobrevivir siempre y cuando se almacene de la forma adecuada.

—Por supuesto que lo hago así. Y es original, si pensaba otra cosa. No compro música pirata. Eso es algo de lo más deleznable.

—No me refería a eso —intervino—. La música se puede conservar sin recurrir a aparatos simples.

Moví la cabeza en señal de confusión y dije:

—¿A qué se refiere? No lo sigo.

—Mis discos de orquesta sinfónica desaparecieron debido al uso y al desgaste —respondió. El hombrecillo no parecía improvisar sobre la marcha. Sabía de lo que estaba hablando—. También me preocupó que la música estaba dejando de existir y entré en una profunda crisis existencial, una muy severa —me miró a los ojos y continuó—: ¿conoce la teoría evolutiva de las especies del naturalista Charles Darwin? Propuso que los seres mejor adaptados a su medio ambiente son los más capaces de sobrevivir. La música no está exenta de esta teoría. Es una clase de vida, una muy adelantada. Puede nacer, crecer, reproducirse y morir.

Lo observé por un momento antes de replicar:

—¿Cómo puede estar tan seguro? La música no puede ser así. No es ninguna clase de organismo común y corriente. ¡No tiene existencia física!

Levantó el dedo índice a la altura de su rostro.

—En eso está usted equivocado. Se ha propagado por espacio de cientos de años y ha recorrido todo tipo de escenarios, algunos muy duros provocados por el hombre y la propia naturaleza. Es poco perceptible que alguien note el final de la música, pero me parece que a usted le ha llamado poderosamente la atención.

—No solo me ha llamado la atención, sino también me horroriza. Pensar que llegará el día en que la música desaparezca me llena de mucha tristeza.

—Eso no ocurrirá: no si dejan de tratarla de la misma forma convencional. Lo he estudiado, desde luego que sí. La música es riqueza. Se puede encontrar en todas partes: en estaciones de radio, discotecas, salones, fiestas, bares, plazas públicas. Lo que no sabe es que se trata de organismos auditivos, no corpóreos, no visuales. Este es el primer síntoma de muchos. Por fin se darán cuenta de que algo importante se estaba fraguando en nuestros cerebros.

Coloqué mis manos en el mostrador y solté un bufido.

El hombrecillo continuó:

—Las plantas y animales no solo necesitan de alimento y reproducción para subsistir. Requieren también de lo que Charles Darwin propuso hace más de un siglo: adaptación. La buena música se adapta por sí sola.

Luego de escucharlo hablar puse más atención en sus argumentos:

—La música tiene vida propia, señor. No vive en un reproductor cualquiera, ni siquiera en una cámara de concierto o en un silbido. Empleando la vieja cuestión de si un árbol produce ruido en un bosque solitario sin que nadie lo escuche, aquí sucede lo mismo. No hay oyentes ni audiencia; por consiguiente, no hay música. Así de simple. Lo mejor sería salvaguardarla y escucharla cada vez que queramos evocarla.

Me aventuré a decir:

—¿Se refiere a un archivo? ¿Un injerto de chip? Eso es algo que ya se está estudiando.

—¿Necesita de un archivo o chip para jugar con su perro? ¿Para presenciar un atardecer? ¿Para disfrutar la compañía de una hermosa mujer? Tal vez la tecnología convencional le ofrezca todo eso sin salir de casa. Aquí estamos hablando de cosas perceptibles. La música, la más bella de todas, puede sentirse y apreciarse, ¿no es así?

Quería creer que así era, pero no estaba muy seguro. Luego hizo una seña con su mano y me pidió que lo acompañara a la parte de atrás de su establecimiento. Lo seguí. Cerró la puerta, encendió una luz y me encontré con una infinidad de frascos colocados en aparadores de vidrio. Dentro de cada frasco se encontraba el nombre de un compositor en específico, desde Bach hasta Leonard Cohen.

Entonces dijo:

—¿Qué le parece?

—Muy bonitos frascos, señor —dije con ironía—. Me agradan. ¿Por qué los nombres?

—Porque en ellas se alojan las interpretaciones de las personas que usted ve en ellas. También están agrupadas en compositores —el hombrecillo tomó el primer frasco que descansaba al borde del aparador. Lo examinó como si se tratara de la primera vez que lo veía y dijo—: ¿le agrada Maria Callas?

—Por supuesto. Tengo una vieja colección de acetatos con su música.

—Entonces deléitese con esto.

Abrió el frasco y me lo mostró de frente al rostro. Una tromba musical acompañada de la increíble voz de la Callas reventó en mi cara. Sus cuerdas vocales me despeinaron. La melodía vibró y continuó por un considerable lapso. La seguimos a través de nuestros oídos. Curveó alrededor de la sala como si se tratara de un extraviado petirrojo. Podía escucharse a la perfección su revoloteo.

Luego de un largo minuto la estridente e inquieta melodía buscó refugio dentro del frasco. Lo tapó y devolvió a su lugar como si nada hubiese pasado.

No fue necesario que me restregara los ojos para hacerme salir de ese extraño sueño. De ser posible recurriría con el otorrinolaringólogo para hacerme una revisión profunda de los oídos y convencerme de que esto no era ninguna alucinación.

El tendero sonrió como si estuviera a punto de realizar una importante venta. Tomó otro frasco antes de que se me ocurriera hacer la primera de mil preguntas. La abrió, pero el sonido tardó en hacerse presente. Ahora se escuchaba un tango proveniente de la grave voz de Carlos Gardel, tan sutil y lacrimosa que parecía susurrarme e invitarme a dar unos pasos de baile. “El día que me quieras”se percibía mejor que en cualquier otra forma que no fuera en ese frasco.

Esta vez no hubo ninguna orden del hombrecillo para que la voz de Gardel regresara a su lugar: logró entrar en el frasco con entrecortados sonidos. Después de eso el tendero cerró la tapa, satisfecho, y lo dejó en su lugar.

Quedé tocado por tan asombrosa presentación. Volví la vista hacia las vitrinas y no pude dejar de notar que eran miles de pequeños frascos, cada uno junto al otro, como si se tratara de libros amontonados en una biblioteca. En las etiquetas se leían nombres como “The Smiths”, “Agustín Lara”, “Edith Piaf”, “Nina Simone”, “John Coltrane”, “Modest Mussorgsky”, “Nat King Cole”, “Frank Zappa”, “Ennio Morricone”, entre otros. Fue entonces que pude articular algunas palabras luego de mi primera impresión.

—¿Cómo pudo captarlos de esa manera?

—Rilke ensalzó la música por inhabitable y esquiva; Baudelaire la comparó con el movimiento del mar. Durante siglos se creyó que pasaba y desaparecía. La música vivía únicamente en la memoria, y bastaba un descuido; una noche sin canto, una generación sin oído, para que se perdiera.

»Eso cambió cuando Edison fijó el sonido en un soporte y, sin proponérselo del todo, permitió que la música fuera reproducida. Desde entonces la música comenzó a depender de un cuerpo: primero frágil, como la cera; luego más resistente, como el vinilo o el disco compacto; hoy en día, convertida en archivo digital. Fue esa materialidad la que transformó la música en objeto y dio origen a los archivos musicales.

»En una época en la que la modernidad expande sus tentáculos con creciente crueldad, los padres de la etnomusicología consideraban urgente registrar las prácticas musicales de las sociedades amenazadas para preservarlas. Así imaginé un archivo que reuniera la música de todas las culturas, a fin de legarla a las generaciones futuras».

—Parece que las melodías están… ¡vivas!

—Es porque lo están. La música tiene vida. Los seres humanos la han evocado tanto que vivirá debido a su matiz atemporal que ni dos Guerras Mundiales, una Guerra Fría y el cambio climático pueden con ellos. Por lo que a mí concierne, si yo destapara cada uno de estos frascos, se esparcirían por todo el globo debido a su naturaleza como medio auditivo. Me atrevo a decir que se trata de una especie viviente, una que no debemos darnos el lujo de perder porque, si no hay música, entonces ¿qué nos queda? El ser humano necesita encontrarse consigo mismo, volverse más sabio, nutrirse con elementos que lo mejoren. La música puede lograr que alcance ese estado.

—Todo esto, ¿tiene algún costo?

El hombrecillo abrió su húmeda boca y sonrió. Acarició los frascos como si se trataran de lámparas mágicas, en espera de algún genio.

—Pues nada —dijo—Yo quiero conservar la belleza. Eso es todo.

Medité mientras me humedecía los labios, repentinamente secos cuando el momento decisivo estaba a su alcance.

—¿Y si se produce una extinción dentro de pocos años? ¿Y si tengo poco tiempo para apreciar la música? ¿Cómo voy a vivir después de esto, sabiendo que la música no tendrá futuro al igual que la humanidad?

El menudo hombre apartó la vista de los frascos y sacó una libreta rechoncha de un estante situado a la altura de su cintura. No dejé de parpadear con rapidez.

El tendero se acercó y me tendió el libro.

—Este es el catálogo —dijo, casi como fuera una orden—. También sirve como bitácora. Mi padre, el padre de mi padre, y su padre, han sido fieles testigos del milagro de conservación. Al final, todos hemos servido a la música.

—Vuelvo a la realidad —expresé—. Ha sido suficiente por hoy.

—¡Tiene que quedarse! ¡Es de vital importancia!

Me detuvo del hombro, justo cuando ya había dado media vuelta. Miré al anciano.

No estaba preocupado ni tampoco muy contento. Parecía librarse de algo. Tras frotarse las manos, volvió a sus aparadores.

—No pude tener descendencia. ¿Quién querría tener una familia con un hombre excéntrico hoy en día? Necesito de alguien que pueda ayudarme a recolectar la mayor cantidad de música. Usted puede ser útil; estaría haciendo un gran favor en nombre de la humanidad y la naturaleza. Ha sido una labor que me ha tomado cincuenta años. Donde quiera que estén, los grandes intérpretes y compositores de todos los tiempos se lo agradecerán.

Acepté aquella propuesta. Escuché los miles de frascos agitarse y golpearse en el borde entre ellos, excitados. Deseaban una sinfonía, una banda, un coro y un cántico con los dioses. Una masa de trinos y modulaciones cruzó por encima mío, buscando la línea de su partitura eterna en marcha. Sentí claramente la música contra el aire, armonía y desesperada libertad.

Y así, preparé mi enorme carga musical justo al otro lado del mostrador.

Input 1

Velmar Ulises Hernández


Título: Input 1
Autor: Velmar Ulises Hernández
González
Medidas: 30.5 x 22.8 cm
Técnica: Acrílico sobre tela

Argumentación de la obra:
En un escenario cotidiano en México, donde la monotonía y la adicción a
los teléfonos impera, estamos sujetos a la gratificación inmediata que
ofrecen dichos dispositivos; nos mantienen como en una especie de encadenamiento invisible. Pienso que depende de lo que queramos meter
a nuestra mente, porque el placer inmediato no requiere ningún esfuerzo y
es altamente adictivo. Me he preguntado qué pasaría si este mismo aparato lo utilizáramos para cuestionar lo que vemos; hablo de lo que vemos con nuestros cinco sentidos –lo perceptivo−, de cuestionarnos si existen otras dimensiones, otros mundos. Quizás suena a locura, pero es algo que otras personas se han cuestionado; entre ellos, científicos. ¿Esos mundos serían mejores o peores al que vivimos? Supongamos que un día −con el conocimiento que hay en pleno año 2026−, se nos ocurre configurar nuestro dispositivo móvil con otro sistema operativo −no al habitual ni tan comercial−, usamos un lenguaje de programación, matemáticas –geometrías no euclidianas, cálculo de superficies paramétricas; incluso, fórmulas de cálculo infinitesimal y teoría de física cuántica… ¿Qué pasaría si al unir todo esto que menciono se generara una puerta a otro mundo, a otro orbe quizás mejor al que tenemos? Sería interesante si el ser que nos observa es un ser benévolo, −en vez de un ser malévolo−, y pudiéramos vivir en un estado de armonía real.

Biocalipsis

Eduardo Honey


Carol tomó el hacha de doble filo del suelo con algo de trabajo. No pude ver con claridad su rostro a través de la empañada transparencia de su casco-capucha. Sin embargo, denotaba resolución por su forma de moverse dentro de su biohazmat, el traje de protección ante peligros biológicos que debemos usar en el exterior. Como si no existieran, dejó atrás los gigantescos cuerpos de Miguel y Gabriel. En el cielo, la legión de ojos malditos nos observaba con placer.

Le indiqué a mi pelotón que recogieran la espada angelical y que avanzaran en fila tras ella. Quería examinar los restos de ambos arcángeles. Empecé por Gabriel. Sus alas estaban apenas cubiertas por deshilachadas plumas. El color blanco se tornó marrón hígado con manchas algo más claras. Al ver de cerca aprecié los minúsculos artrópodos de siete patas, que habían encajado sus quelíceros en la estructura plumaria. Sorbían lo poco del hálito de divinidad que quedaba al tiempo de excretar miles de huevecillos que se pegaban por doquier.

Presté atención al rostro: dentro del humor vítreo de los ojos firmamento nadaban vermiformas cubiertas de escamas y espinas. En la piel de la mejilla salían multitud de delgadas patas en cada forúnculo del grueso de mi pulgar. Los labios estaban secos y al entreabrir la boca noté las encías cubiertas de liquen verde excremento.

Tuve que retirarme unos metros al notar que el abdomen se hinchó súbitamente: no quería ser salpicado de más. La micótica inflorescencia surgió de golpe, arrojando putrefactas vísceras angelicales por doquier. Algunas golpearon mi traje amarillo y dejaron una estela sanguínea, espesa y pegajosa, conforme se deslizaron al suelo.

En cada punta de la inflorescencia fungal estaban plegadas las capuchas del hongo. La estructura empezó a pulsar al absorber la sangre del cuerpo y así hinchar los hongos. Cerré el audio externo para evitar escuchar su canto mientras extendían sus capuchas. Uriel, antes de morir en uno de nuestros laboratorios, alcanzó a decirnos que será maldito aquel que escuchara los necrocantos de la plaga.

Al notar que el cuerpo de Miguel seguía el mismo destino, opté por alejarme y alcanzar a mi grupo. Sabía bien lo que pasaría con la inflorescencia: en cuanto maduraran los hongos lanzarían el grito mandragórico y de sus capuchas-alas las esporas tentaculares serían vomitadas por millares. Cada una aletearía con sus minúsculas y diabólicas alas en búsqueda de su siguiente víctima-huésped.

Cuando se abrieron los sellos las huestes divinas de ángeles, encabezadas por los arcángeles, descendieron para el combate final. Traían consigo el pecado de la ira y del orgullo, así que no nos escucharon. Creían que seguíamos siendo esas entidades creadas con barro en el jardín primigenio, que éramos seres básicos, primitivos y que debido a nuestro libre albedrío habíamos perdido la fe como el camino a la salvación.

Por eso se negaron a recibir el equipo que preparamos desde que Guerra nos susurró sus sueños de armas y destrucción. Sí, resultamos más malditos y nefastos que ese jinete, por lo que, tras un esfuerzo descomunal, logramos rastrearlo y anticipar el siguiente punto para lanzar la insensata locura de pelear y destrozarnos. Descubrimos que, a pesar de ser un ángel caído, su anti divinidad no resistió cientos de megatones. Dejamos inhabitable la mitad de África.

Hambre estaba derrotada desde que llegó. Con cuarenta mil millones de personas en el planeta no bastaban los recursos ni nuestra tecnología. El 95% apenas comían lo suficiente a diario como para seguir vivos. Dejó de recorrer el mundo tras descubrir su inutilidad y fue cuando Azrael lo ensartó para quemarlo con la zarza ardiente.

Nuestro problema principal era Peste: recorría una y otra vez el planeta como si fuera un bólido color excremento amarillo. Extendía por detrás una estela de decenas de kilómetros. De esta caían plagas víricas, bacteriológicas, fúngicas e insectiles. Algunas eran nuevas como aquella que precipitaba el hierro de los tejidos en pequeñas agujas que se enterraban en su sistema sanguíneo. O la que recién detectamos: crecían cristales de obsidiana al interior de los órganos y te rebanaban desde dentro.

Alcance a Carol y el pelotón frente a la entrada a los búnkeres de la zona hospitalaria norte. Con gestos parecen discutir algo, así que me acerco y me indican que están en la frecuencia tres.

—¿Qué sucede? —pregunto.

—Este es el lugar, esto completamente segura, jefa —me explica Carol—. Los mesíasmetros nunca había marcado un nivel tan alto.

Rodolfo se acercó y me lo entregó. Uriel nos enseñó cómo construir estos dispositivos en cuanto se rindió. Con ellos podíamos triangular la posición donde nacería o nació el segundo mesías. Esto hundió la fe de buena parte de los creyentes: ¿cómo era posible que a Dios se le perdiera un hijo en mitad del Apocalipsis y se tuviera que recurrir a un GPS divino para encontrarlo?

—El problema —tomó Rodolfo la palabra—, jefa, es que la puerta está destruida y el interior debe estar totalmente infectado. Nadie pudo sobrevivir.

Maldigo en silencio, medito y ordeno que entremos, que localicemos lo que sea del mesías recién nacido.

Horas después estamos en el área de ginecobstetricia. En una cama reposan los restos del cuerpo de una mujer que fue roída por ratas. Gusanos y artrópodos daemonia siguen devorando la carne. El expediente que Rodolfo encontró reza: “María Guadalupe Zumárraga Díeguez […] 16 años, solicita aborto en el quinto mes […] complicaciones que la ponen en riesgo mortal […] realizado con éxito el […]”. La fecha fue cinco meses atrás lo que implica que daría a luz en el periodo cuando se rompieron los sellos, sonaron las trompetas y se derramaron los cálices.

—Con razón —susurra alguien de la tropa por la radio—el Apocalipsis ha sido un desastre peor, por eso los ángeles y arcángeles estaban tan perdidos. Si había un plan, este se vino abajo.

Estoy por ordenar que nos retiremos cuando Carol nos pide que la esperemos. Minutos más tarde llega con un maletín cubierto de los símbolos de bio y chemohazard.

—Perdón —expresa ella—, tardé en encontrar patología y más en localizar esto.

Abre el maletín que está lleno de frascos con tamaños diversos que contiene sumergidas en algún líquido el corazón, brazos, pies, manos, ojos y corazón de un feto. También hay placas selladas con muestras de tejidos. Carol rompe el silencio y expresa con enorme reverencia:

—Con solo una célula sana que no haya sido alcanzada Peste, podemos clonarla en tres días, jefa.

—¿Clonarla?

—Iba a ser niña, jefa. Y si la clonamos será un nacimiento virgen, ¿entiende?

Al salir, la legión de ojos demoníacos en el firmamento nos mira con odio. Lejos, en el horizonte, se acercan el infecto cometa que es Muerte y el verdiamarillento de Peste.

Le entrego el hacha angelical a Rodolfo y le pido que prepare un perímetro defensivo mientras informa nuestra situación. Podemos resistir con tácticas nucleares y otras sorpresas que cargamos. Mientras sopeso la espada de Miguel le ordeno a Carol y a los dos médicos que corran sin detenerse hacia nuestro búnker. En nuestros laboratorios aguarda nuestra famélica, humana, esperanza. Quizás solo así podamos resolver lo que no logró un Dios difunto, ni sus exterminadas huestes divinas.

Reseña de “La autopsia de Dios”, de Víctor David Manzo Ozeda

Martha Camacho


Fanzine 6, Colectivo Delfos
Octubre 2025 (enero–febrero 2026) “La autopsia de Dios”, Víctor David Manzo Ozeda.

Este cuento —y su solo título— me obliga a la prudencia, dado mi agnosticismo. Víctor relata, paso a paso y de forma minuciosamente documentada, el procedimiento de autopsia de algo que fue hallado. O de alguien. Una entidad que no posee el santo y seña de la humanidad, y cuya naturaleza no logro comprender de inmediato: ¿por qué Dios?, ¿por qué algo divino?… hasta que reparo en los números.

Sin duda son una pista. Cero siete con cuarenta y siete horas. Ochenta y tres metros de altura.
Tres mil novecientos ochenta kilogramos. Hay un tres —o la ausencia de un tres— en todas partes.

¿Es una señal?

Ciento veintidós placas de cristal dentro del cráneo. ¿Pero es un cráneo? No se habla de un rostro, y me quedo con la inquietud de saber qué estaba inscrito, a nivel microscópico, en cada lámina cristalina: qué designios, qué leyes, qué hoja que no habría de moverse sin la voluntad de Dios.

El esfuerzo concienzudo de los expertos termina perdiéndose en el desconcierto ante la ausencia de un objetivo último. Porque, a fin de cuentas, una de las preguntas que plantea Víctor en su historia es brutalmente simple: por el solo hecho de que podemos hacerlo, ¿debemos hacerlo?

La narración nos obliga a confrontar toda nuestra creación —lo que hemos logrado y lo que no—: cruzar océanos de aire y de vacío, separar el átomo, crear virus mortales… todo desemboca en una incertidumbre final: ¿valió la pena?

Desde nuestros propios e insignificantes motivos —o nuestra sed de conocimiento— hasta los del Otro (ese que se supone nos creó), surge la duda esencial: ¿tenemos derecho a desmenuzarlo todo hasta un último fin? ¿O estamos destinados a toparnos con el peor de los abandonos: que nunca hubo un motivo real, que fuimos hechos de forma automática, que no existió voluntad divina y que siempre hemos estado solos?

Condenadamente solos.

¿Y por qué habríamos de importarle a algo artificial, por más que lo hayamos deificado?

Y basta de preguntas; espero no haber hecho spoiler; vayan al cuento y saquen sus propias conclusiones.

Víctor seguramente les dará su bendición.

Martha Camacho. Nacida en 1963, Michoacán. Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta 1990. Publicada en Asimov Ciencia Ficción en español y en varias antologías del género, tanto en México como en España. Jurado del Premio de Novela Fantástica de Ciencia Ficción de la Universidad de Sonora 2025. 

Reseña: “Soledad”de José Luis Ramírez Gutiérrez, RAM!

Martha Camacho



Octubre 2025 (Enero 2026)

Miguel Almanza me hace llegar el siguiente cuento y me tiro de cabeza desde el principio.

“Soledad está narrado en primera persona y describe un mundo donde muchas de las estructuras que conocemos ya no son necesarias, eso sí, el texto no propone esto como una liberación ni como una utopía.

No hay aquí un patriarcado responsable: la catástrofe proviene de otro lado, y lo más duro del escenario que plantea el cuento es que no ofrece salida.

Soledad y las suyas son elementalmente sororas, pero esa sororidad no es cálida ni amorosa.

Es utilitaria.

Cooperan porque no hay alternativa. La supervivencia sustituye al cuidado. No hay esperanza —o quizá nunca la hubo— de un cambio real. Todas están en guerra constante contra la muerte y no logran sobreponerse más allá de… pero es hacer spoiler.

En una primera pasada sentí este rollo como un “cuento de abejas”: una organización funcional, biológica, impersonal, donde cada individuo cumple un rol necesario para que el conjunto siga adelante. Pero la analogía apenas se cumple; aquí no hay armonía ni propósito compartido, sólo una forma de seguir existiendo que no concede tregua.

No es un secreto que no simpatizo con los escenarios distópicos, pero este texto está construido desde un punto de vista muy claro.

Si lo que RAM! busca es plantear un mundo sin final feliz y sostenerlo sin trampas, su cuento lo logra. La idea que me deja Soledad es incómoda: no importa cuánto se modifiquen las Condiciones Iniciales (perdón por el lenguaje de teoría del Caos porque caóloga), el resultado —el resultado infeliz— puede ser el mismo.

No propone un futuro deseable, sino uno que no deberíamos permitir: un mundo donde la humanidad queda reducida a función biológica y la cooperación existe sólo porque no hay otra opción.

Quiero creer que la especie es más capaz que el cuadro que pinta RAM!, pero el cuento insiste en algo inquietante: en condiciones de desesperación extrema, no vamos a movernos más allá de lo estrictamente necesario para sobrevivir, independientemente de quiénes queden vivos.

Tal vez sea precisamente romper esas condiciones —y ampliar las miras hacia otros lados— lo que intentamos hacer cuando escribimos ciencia ficción.

Y basta: vayan a leerlo en el Fanzine 6, a RAM! le dará gusto que lo lean y, después, vayan a contradecirlo. Miguel Almanza, por su parte, me preguntará de qué manga saqué tanto rollo.

Martha Camacho. Nacida en 1963, Michoacán. Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta 1990. Publicada en Asimov Ciencia Ficción en español y en varias antologías del género, tanto en México como en España. Jurado del Premio de Novela Fantástica de Ciencia Ficción de la Universidad de Sonora 2025. 

Al amanecer, ya no cantan los espectros (siete memorias del futuro)

Eduardo Honey


1 16 de agosto de 2142, 6:17 hrs.

Antes que salga el sol apago mi baliza, dejo el campamento y regreso para mirar la ciudad en ruinas. La Luna, partida en tres enormes fragmentos y una larga cauda de otros menores, refleja suficiente luz para alumbrar la antigua autopista por donde camino. El asfalto está resquebrajado en multitud de lugares de donde brota maleza y algún joven árbol. En uno y otro lugar hay montones de óxido sobresaliendo entre tierra y lodo. Evocaciones distantes de lo que alguna vez fueron vehículos.

Me detengo el mirador. Esta zona y las colinas alrededor de la ciudad estaban cubiertas por bosques. Ahora hay tocones y restos de troncos calcinados. Entre ellos, tímidamente, sobresale rala vegetación y pequeños árboles.

El talud desciende abruptamente un tramo y luego cambia de ángulo para llegar a las afueras de la ciudad. El sol sale a mis espaldas entre la serranía y alumbra las zigzagueantes bordes y puntas desgastas de los enormes rascacielos que no se derrumbaron. Conforme los rayos descubren la ciudad, observo los montículos que están alrededor de las marchitas superestructuras. Los trazos de las calles aún se alcanzan a ver y en varias zonas aún quedan marcas de los incendios y las deflagraciones.

Suspiro, esa vasta ciudad era el lugar donde nací, donde vivieron generaciones de mis antepasados. Y ahora está muda, quieta, silenciosa. Entonces recuerdo que el silencio es total: esta zona se llenaba con el canto de los pájaras. Muchas veces contemplé el amanecer en compañía de alguna de mis madres tras un fin de semana de campamento.

Doy la vuelta y miro al piso del mirador. Está hecho del concreto que superará en duración cualquier obra humana. Está en un leve ángulo que permite que el agua, lodo y suciedad retrocedan hacia la autopista y se desfoguen en el canal que divide a ambos.

Allí están las sombras alargadas, tatuadas en la superficie ocre del concreto. Inician donde está mis pies y se extienden casi tres metros. Eran dos, tomados o tomadas de la mano, con los cuerpos ligeramente separados pero las cabezas juntas, quizás besándose, quizás mirándose en el momento final antes de que la ola de fuego y radiación los alcanzara.

No hay espectros que tenga alas ni que canten al amanecer desde hace medio siglo. Menos de los que quedaron atrás en un último adiós.

2 6 de enero de 2092, 11:57 hrs.

Kethian camina por el boulevard principal. Cada paso que da hace que broten emojis y avatares del suelo ofreciendo links y productos diversos. No la llaman la atención, ella está sumergida en la música del reencuentro de Luna Sea tras el debatido tratamiento gerontológico de cada miembro de la banda. Música de viejitos le han dicho siempre sus buddies pero a ella no le importa. Es mucho mejor lo que comparte su abuela Mikhal que la nanomusik tan de moda, pieza de dos o tres segundos que generan tendencias que no duran más de un día.

Se detiene junto a una de las sequoias que surgen cada cinco metros y toma asiento en una de las bancas desocupadas. Trata de alcanzar con la vista donde termina el árbol pero la distraen las torres que bordean cada lado de la avenida con sus 200 ó 300 metros de altura. A pesar de sus dimensiones, el paseo arbolado palidece al lado de las superestructuras, cada una un centro comercial habitable que es la aspiración de vida de los buddies. Dentro lo aburrido de una vida real queda supeditada a una emocionante vida 3D conectada directamente al 10G de la neonet.

Por el momento, para los que viven fuera de esos castillos de acero, cristal y bits, las paredes proyectan emojinuncios, el último grito de la moda nanomusik, notas de los hi-fluencers e invitaciones para unirte a los cyberclans de cada edificio si cuentas con el perfil esperado.

—¡Holalis! Llegaste temprano, santa puntualidad —suena una musical voz a un costado. Es Myanwë quien saluda efusivamente detrás del filtro gatuno con el que viste. Kethian apaga los implantes cocleares y el visualizador en su córnea, los regalos de mamá Semia al concluir los estudios previos a la Metaversidad. No le ve mucho sentido cursar una carrera de dos años pero la abuela ha insistido, “ya ves a la tía Zarahaí, ¿no es un orgullo para nuestra familia?”

—No manchegues, Myan. Quedamos a las doce y es casi la una.

—¿Qué? ¿No te enteraste? Los Mantíkhoran están en primer lugar con su “Pa’que tempranis baby”. Toda una revoltion en la nanomusic. Y es inmoda llegar tarde: #tardisbaby es tendencia.

—¿Desde qué hora? —preguntó Kethian mientras pedía un resumen de modas y tendencias en la última hora.

—Como a las nueve inició…

—Vaya que dura más que una clase, y no baja en las charts.

—Nopnop, vámonos que quiero llegar y ganar lugar, Keth.

—¿Y la moda qué wave?

—Esa es la digivida, en la realife mis nachas necesitarán asiento.

3 16 de agosto de 2142, 8:32 hrs.

—Karent, ¿dónde vagas? —suena por mi radio. Es Yulie, nuestra coordinadora maestra, preocupada por saber de todo su rebaño

—En el mirador, quise salir a pasear.

—¿Insomnio otra vez?

—Como todas desde el accidente. Por fortuna hemos regresado.

Era un decir, fue asunto de trabajo en equipo de las treinta tripulantes y Aracné, la red de inteligencias artificiales de la nave. Lástima que Myan y Savant no sobrevivieron a sus heridas cuando salieron a apagar los motores de salto. Luego transcurrieron dos años de mucho esfuerzo y sacrificios reparándolos en un lugar de la galaxia a más de cien años luz de nuestro hogar.

Tuve que atender a la mayoría como a algunas de las IAs. En una situación desesperada el enojo, la frustración, la depresión y la desesperanza son habituales, más cuando ocurrió un accidente en un viaje de prueba que solo duraría dos semanas y cerca de la Tierra.

—Se que es duro, pero te necesito… te necesitamos por acá. Por favor, no salgas sola. No podemos arriesgarnos a perder una más. Ya sabes, no puedo perderte.

—Me regreso por la autopista del sur —respondo después de prender mi baliza. Todos necesitamos ciertas palabras como reafirmación de los hechos. Antes de tomar mi camino vuelvo a mirar la ciudad que semeja una cicatriz retorcida de acero y cristal. De forma impulsiva suelto un “Hasta el rato” a sombra de la pareja que está el piso.

4 6 de enero de 2092, 14:00 hrs.

La cúpula está activa y el día se ha oscurecido casi en su totalidad. Myanwë no cabe de gozo, alcanzaron lugar en uno de los cuadros de césped de la plaza central. Kethian está a su lado y también mira el enorme holo que se despliega en el aire al centro del lugar. Allí se proyecta el conteo final de la espacionave Spérant en su viaje de ida y vuelta a la Luna como parte del programa espacial de la UE. Ambas tienen apagados sus implantes y dispositivos para charlar a gusto, como solo los viejos lo hacen.

So? ¿Enterarás a la Meta? Mejor vámonos de voyaj, conozcamos el mundo —propone Myanwë

—Es lo que la abue Mikhal quiere, que aproveche que estoy joven y le dedique a la Meta —responde Kethian—. ¿Sabes? Aún da clases de biologic y le writea.

—Vaya con la prix de tu abu, tenemos años y un siécle adelante. Ya sabes Pa’que tempranis baby, si nos queda una vidis

—¡Ya cállate! –exclama y ríe Kethian—. En verdad va de bad a malmalest los Mantíkhoran. ¿Calidad quieres? From my heart, i want to tell you, If i can see your smile forever… —canta a capella, Myanwë voltea y le roza la mano que apoya en el césped. Kethian, quien mira al aire, calla de súbito y la palidez inunda su rostro.

—¿Qué pas… —alcanza a articular Myanwë al tiempo de mirar al aire. El holo muestra en recuadro a la Spérant con las ventanillas iluminadas. Frente a ella hay un enorme vórtice, su borde, lleno de polvo y luces, gira como si fuera una galaxia. El holo principal muestra el puente de comando donde las starnautas hablan entre ellas y gesticulan con fuerza.

Casi al mismo tiempo Kethian y Myanwë activas sus implantes cocleares y oculares.

10…

Myan, ¡apaga los motores de salto!

No me deja la navegación de Aracné, dice que están apagados.

9…

¿Cómo? ¿Y eso que tenemos enfrente?

Según navegación, es una simulación.

8…

Karent, convence a Aracné de que está en un error.

Aye, Savant, es lo que trato e insiste que están apagados. Que solo están encendidos en un simulacra… intentaré algo más…

7…

Yulie, ¿entraron a ingeniería? ¿Pueden cortar el flujo? Usen un hacha…

Nos tiene fuera, selló las puertas…

6…

Savant, ya percibió que está en un error…

Gracias, Gran Gaia, gracias

5…

pero no tiene tiempo de parar el salto

¿Cómo?

4…

Tripulación, sujétense y que la suerte nos acompañe…

3…

Gracias a todas.

2…

El holo del puente es sustituido por la vista externa de la Spérant y el vórtice.

1…

0…

La nave sale disparada, penetra el negro centro rodeado por el borde giratorio que colapsa sobre sí mismo y desaparece. Sobre la superficie terrestre, cerca de donde estaba el límite del vórtice, se ven varios hongos de fuego, polvo y cenizas.

Informan de varias explosiones en Kamchatka, Corea y Japón. Aún se desconoce su origen y características, dice una voz en off mientras en el holo las bolas de fuego ascienden para toparse con la parte superior de la atmósfera y salir eyectadas al espacio. Avisan que mantengan la calma en lo que el gobierno emite su postura oficial.

El holo se apaga al igual que la oscuridad de la cúpula. La multitud alrededor grita, gesticula, varios lloran y muchos más echan a correr.

—¿Qué hacemos? —pregunta Myanwë con enorme angustia tras ponerse de pie.

—Ven, hagamos un pequeño viaje, juntas —contesta Kethien y la toma de la mano.

5 18 de agosto de 2142, 7:00 hrs.

Escucho los pasos a mis espaldas mientras contemplo de nuevo la ciudad.

—Sabía que aquí estarías, Karent. ¿Ya tomaste tu decisión? Tu voto es el que decidirá todo.

—Mal nombre le diste, no somos las siete Evas, Yulie. Somos veinte por cuestiones de edad y salud. Tenemos óvulos suficientes entre todas para procrear a varias decenas y usar a Aracné para variabilidad genética. Digo, no pensaba tener hijos, no era necesario y no estoy muy convencida. ¿Alguna Eva tuvo que decidir en continuar o extinguirse? Y mira el resultado del antes –le señalo la ciudad.

—Sabes lo que encontramos en las bitácoras estación espacial, no fuimos nosotras ni el motor de salto. Alguien saboteó las IAS, otros se sintieron amenazados y lanzaron un ataque preliminar con bombas de plasma. Luego todo escaló. Creo que será mejor la próxima vez: tenemos herramientas, tecnología, conocimientos y sabemos qué ocurrió aunque desconocemos a los culpables.

—Tengo miedo, Yulie.

—Todas tenemos pavor por la responsabilidad. Pero es envejecer y morir, dar saltos en la galaxia para ver si encontramos otro lugar. O reintentar aquí, ahora. ¿Qué decides?

6 7 de enero de 2092, 7:00 hrs.

—En neta es beauty —expresa Myanwë, arrobada por el amanecer en el mirador. Los pájaros las sobrevuelan y cantan mientras las crías llaman desde el bosque—. Aunque hace frío.

—Siempre le likeó a la tía Zarahaí y a la abu Mikhal. Me traían seguido desde peque.

—¿Tu tía era la que estaba allí, en la…

—Sipsip, era ella.

—Ya verás, en un tris prix regresará. Oye, ¿y cómo seguía esa canción que te cuttearas?

From my heart —canta Kethian—, i love you, I want to take away those tears, all of them. I for you…

Nerviosa Myanwë besa a Kethian quien cierra los ojos y mantiene el contacto entre los labios en una eternidad personal. Sobre la ciudad surge una enorme luz seguida de una ola de fuego. Las aves, los bosques, el beso y ellas se evaporan.

7 18 de agosto de 2142, 7:05 hrs.

Sorprendida veo cómo dos pares de alas cruzan el horizonte. Detrás las siguen una bandada.

—Entonces, Zarahaí, ¿qué decides? —insiste Yulie.

—Intentemos —respondo mientras abrazo a mi compañera y acerco mi rostro al de ella.

Alcanzo a ver, a nuestro costado, las sombras de la pareja que estuvo aquí como si fueran las nuestras. Mientras cierro los ojos, se que los espectros del pasado también le cantaron al amanecer.

La autopsia de Dios

Víctor David Manzo Ozeda


El equipo llegó a las 07:47 horas. El cuerpo estaba tendido sobre una superficie irregular de roca. Medía aproximadamente ochenta y tres metros de largo. No presentaba señales de putrefacción. Tampoco había signos de violencia. La estructura era humanoide, con dos extremidades superiores, dos inferiores y una cabeza bien definida. No tenía vello. No tenía órganos genitales. La superficie de la piel era translúcida en algunas zonas y opaca en otras. No reaccionó a estímulos externos. No hubo movimiento reflejo.

Se montó un perímetro de trabajo de cuarenta metros. Se asignaron turnos de observación, toma de muestras y análisis. Se prohibió el contacto directo sin guantes. El primer corte se realizó con instrumento térmico a la altura del pecho. No hubo sangrado. La cavidad torácica estaba vacía. No se encontraron órganos vitales en su ubicación esperada. Solo una masa central, esférica, adherida al esternón interno, firme al tacto, sin pulsaciones ni temperatura. La retiramos fácilmente. Fue almacenada en contenedor clase IV.

El cráneo se abrió con equipo neumático. El proceso tardó siete horas. La estructura interna no coincidía con ningún patrón anatómico conocido. No había lóbulos cerebrales. No había médula. Solo una cavidad llena de placas lisas, similares a láminas de vidrio. Estaban colocadas una sobre otra. Ciento veintidós en total. Las examinamos bajo microscopio. Contenían inscripciones microscópicas. Algunos patrones se repetían. Otros eran únicos. Se registraron, se copiaron, se sellaron.

El resto del cuerpo fue catalogado por sectores. No se detectaron pulmones, intestinos ni sistema circulatorio. No se hallaron huesos. Todo el soporte estructural era tejido denso, compacto, sin fibras. El peso total del cuerpo era de 3,980 kilogramos. No tenía olor. No tenía sabor. No se descomponía al contacto con bacterias. No reaccionaba al ácido. No ardía con fuego. Se intentó congelarlo. No paso nada.

Después de seis días de análisis, el cuerpo comenzó a desintegrarse. El proceso fue constante, sin intervalos. No emitió calor ni energía detectable. No quedó ningún residuo. Ninguna parte fue posible conservar. Solo las láminas. Las ciento veintidós. Fueron enviadas al archivo central. El informe fue entregado. No hubo conferencias de prensa. No se autorizó publicación.

Días después del cierre del informe, volví a leer la bitácora. Buscaba algo que se me hubiera pasado. Un dato, una anomalía, una omisión. No encontré errores. Todo estaba registrado. Cada incisión, cada hallazgo, cada antecedente. Pero había una negligencia que no era técnica. No era un dato. Era la sensación constante de que habíamos llegado tarde.

No a la escena. A la pregunta.

Habíamos abierto ese cuerpo con escrupulosidad. Lo medimos, lo pesamos, lo clasificamos. Lo convertimos en fenómeno inexplicable. Pero nunca preguntamos si debíamos tocarlo. Si su forma era una respuesta o un intento de retirarse en paz. Fuimos ahí porque el protocolo nos lo exigía. Y cumplimos. Pero nadie volvió igual.

En los días siguientes, varios miembros del equipo comenzaron a escribir sin motivo. Palabras sueltas, sin estructura. Algunos quemaron sus investigaciones. Otros las escondieron. Yo las almacené. Las he leído una a una obsesivamente. No contienen información útil. Pero todas comparten una misma idea, repetida con variaciones:

“Si Dios existía, no era para ser entendido. Solo para irse sin decir nada.”

Y eso hizo. Se fue.

Sin venganza. Sin despedida.

Y el mundo siguió.

Con menos preguntas.

Con menos fe.

No porque hubiera respuestas.

Sino porque lo que nos sostuvo… ya no nos mira, porque nunca le importamos.

Visita a Magdakon

Mauricio del Castillo


La aeronave estableció una órbita a unos miles de kilómetros de distancia del planeta. Flotó a través de cielos sin nubes, redujo su velocidad de descenso con un golpe de silenciosa potencia y se detuvo con grandes chorros de energía.
El capitán Kastalinn se levantó de su asiento con un suspiro de alivio.

—Estamos de suerte —dijo—. Aún no hay indicios de cambios significativos. La atmósfera es estable y la temperatura óptima.

—Espero que tengamos suficiente tiempo para la operación ―dijo Doilea, administrador en jefe de la comitiva.

—Más tiempo del que disponemos —especificó Kastalinn, mirando el mapa. Durante un instante reinó un pesado silencio. Luego el capitán se dirigió al tablero de mandos y oprimió una serie de conmutadores con habilidad automática.

Una pantalla en el interior de la nave despertó. Las montañas se alineaban como la espina dorsal de un mundo dormido, petrificada en su curtida corteza. El paisaje vibraba con verdes terrosos, amarillos y naranjas tenues en sus árboles y matorrales. Pendientes suaves estaban cubiertas por una capa vegetal púrpura que brillaba bajo la pálida luz de la gran estrella. No soplaba el viento ni caía la lluvia, solo un silencio hondo aplastaba la atmósfera del planeta. Tras un rápido reconocimiento, descubrieron una llanura perfecta para establecer su campamento.

El capitán Kastalinn era de corta estatura y de aspecto fornido. Los viajes intergalácticos eran habituales en él y todo lo que tuviera que ver con planetas inexplorados y habitados por razas alienígenas. Era un hombre con mucho arrojo y confianza. Pensó en las interminables horas de organización, en el poco descanso y en lo que implicaba un declarado choque cultural entre la comisión y los nativos del planeta Magdakon. Se trataba de miles, quienes ignoraban su destino.

Doilea, por su parte, era un profesional competente en astrobiología. Aunque sus gestos y palabras eran de un matiz claramente nervioso, podía destacarse como un hombre que no perdía la serenidad en el momento adecuado para entrar en contacto con razas alienígenas. Era aplicado en su trabajo, aunque a veces su retracción lo alejaba de ser un hombre de acción. Dos horas después, Kastalinn, Doilea y el resto de la comitiva compuesta por diez funcionarios se encaminaron hacia la aldea más cercana.

—Seguramente es una cultura atrasada tecnológicamente —dijo Kastalinn con seguridad—, y la llegada de un artefacto venido del espacio exterior puede parecer como una alerta.

Las nubes sepias se mantenían quietas. Doilea advirtió que la flora extraterrestre era ligeramente parecida a la Tierra, con sus claras excepciones. Había enormes bosques y muchos prados, pero era curioso que el mismo ecosistema se presentara en todo el planeta. Doilea miró a su alrededor, se acercó a Kastalinn y dijo:

—No queda muy lejos la aldea principal. En cuanto demos el aviso, será más fácil que todo el planeta se dé por enterado. ¿Alguna recomendación?

—Ninguna —confirmó el capitán—. Espero no tardemos mucho en convencerlos.

El camino se volvía más difícil a medida que se internaban. El valle se encontraba oculto, pero lograron ver pequeñas formaciones de rocas a lo lejos. Media hora después vieron acercarse a unas pequeñas figuras de aspecto humanoide. Tenían los brazos caídos a la altura de las rodillas, la cabeza hundida en los hombros y ojos sin párpados. Se detuvieron a solo unos cuantos metros de la comitiva y contemplaron el enorme sol arriba de sus cabezas, como si fuera lo único que importara. Kastalinn se adelantó y empezó.

―Hola, nativos del planeta Magdakon. Soy Landa Kastalinn, capitán de la aeronave SRX700 y representante de la Asociación de Integración Planetaria, sistema K-12. Estamos aquí para advertirles de un peligro inminente.
No hubo ninguna respuesta de los nativos. Abrieron la boca tan grande como si fuera a caer un yunque del cielo y lo intentaran atrapar con los labios. Eran cinco de ellos, hombro con hombro. Sus lanzas se mantenían clavadas al suelo.
Kastalinn gruñó y dijo:

―Por Dios, ya quisiera terminar con esto.

Una voz gutural proveniente de uno de los nativos dijo:

―¿Por qué? No puede terminar. Esto seguirá, denlo por hecho. Nos mantendremos aquí hablando durante un tiempo indefinido.

―¡Pueden hablar! ―exclamó Kastalinn.

―No, estás equivocado ―continuó otro nativo―. No podemos hablar. Somos incapaces de eso. No tenemos la capacidad de transmitir ideas lógicas por medio del habla.

Doilea reaccionó luego de sacudir su cabeza.

―Es increíble. Tal vez tengan la capacidad de hablar en cualquier idioma. Veamos. ―Se aclaró la voz y comenzó a hablar en italiano―: Siamo amici. Veniamo da lontano per avvisarvi del pericolo.

Otro de los nativos dijo:

Di che pericolo stai parlando, straniero? Il nostro pianeta è sicuro.

Kastalinn quedó anonadado. Sin quitarles la vista a aquellos habitantes del planeta, dijo:

―No entendí nada de lo que dijiste, Doilea, y tampoco lo que dijeron ellos. Pero es claro que se trataba de italiano.

―Entendió muy bien lo que dije, visitante extraño ―dijo el primero de los nativos, con un tono de molestia y extrañamiento―. Además, no era italiano. Era neerlandés. Fíjate bien la próxima vez.

―Si no sabes mejor no opines ―dijo otro a la derecha.

Doilea se encogió de hombros.

―Estoy seguro de que era italiano ―dijo―. Lo estudié en el Centro de Idiomas de Barcelona.

―No es así ―dijo el segundo que habló―. Fue en el Instituto Peruano de Idiomas. Es totalmente obvio.

Kastalinn tuvo un ataque de ira y exclamó con fuerza:

―¡No parecen tener la razón!

―A ver… ¿Por qué dices que no tenemos razón? Somos seres de gran intelecto y raciocinio. Nuestra amplia cultura es muy adelantada. No sabes nada de nosotros.

Kastalinn se precipitó hacia adelante.

—Vamos a explorar el lugar. No digan nada que los comprometa.

La aldea estaba hecha de cuevas de roca volcánica, con ramas y lianas que protegían sus entradas. Varios rostros pequeños se asomaban para observar a los visitantes. Doilea asentía con la cabeza mientras Kastalinn desaprobaba. No podía creer que un planeta tan próspero fuera desaprovechado por una raza tan atrasada y estúpida. Arribaron a un enorme templo que sobresalía del resto de las viviendas.

―Aguarden aquí la llegada del Gran Zevast’hn ―dijo uno de los magdakonianos.
De interiores surgió la figura de un nativo, más pequeño que el resto y con pelaje blanco. Doilea dedujo que se trataba del “sabio” de la aldea.

―¿Qué desean? ―Su voz era áspera y grave. Su tono adusto logró percibirse en los oídos de los visitantes con desagrado.

―Su planeta está al borde del colapso por una inestabilidad geológica extrema ―explicó Doilea con calma―. Según nuestros estudios, el núcleo contiene elementos radiactivos o está sufriendo un proceso geológico inestable. Esto podría desencadenar una reacción en cadena, aumentando la presión interna hasta el punto de hacer que el planeta colapse desde adentro, liberando una enorme cantidad de energía.

―Imposible. El núcleo del planeta es estable ―dijo el Gran Zevast’hn―. Es un error muy lógico por parte de ustedes. No me extraña. Después de todo, no son de aquí.

―¿Qué no lo entienden? ―expresó Kastalinn con los nervios alterados―. Su planeta está a punto de colapsar, y ustedes lo único que hacen es decir todo lo contrario.

―Lo contrario, no ―dijo el Gran Zevast’hn, con aparente calma, pero con férrea convicción―. Lo más parecido. Ustedes dicen las cosas sin ponerse a pensar. Nosotros decimos la verdad absoluta, aquella que no es cuestionable.
Kastalinn expulsó una bocanada de fastidio.

―Hemos hecho mediciones ―enfatizó―, efectuado estudios, comprobado resultados. El planeta debe ser evacuado lo antes posible.

―Te equivocas, extraño. No han hecho ninguna medición. No han realizado estudios y tampoco han comprobado resultados. El planeta no debe ser evacuado cuanto antes, sino lo más tarde posible

—¿Cómo han logrado sobrevivir tanto tiempo? —preguntó Doilea, entre fascinado e indignado.

—No sobrevivimos. Morimos. Y por eso seguimos aquí. No espero que lo entiendas.

—Muy interesante —interrumpió el capitán Kastalinn—. ¿Qué más tiene su especie? Quiero decir, ¿posee alguna otra capacidad además de su “alto intelecto”?

—Dirá que es muy aburrido —respondió el Gran Zevast’hn—. Y no poseemos ninguna capacidad. Tampoco tenemos ningún intelecto.

—¡Pero usted dijo que su especie era inteligente y a nosotros no nos bajaba de idiotas! —estalló Kastalinn, con la mano en la funda de su arma.
Doilea lo calmó y le pidió escuchar.

—Nunca dije eso —dijo el gran Zevast’hn—. Mi especie es estúpida. Y a ustedes no los subía de genios. Yo recomiendo que regresen de donde vinieron y nos dejen en paz de una buena vez. Somos una raza muy antigua e inteligente. No son los primeros con los que tenemos diferencias. Esto es a causa de nuestro gran intelecto. Como se habrán dado cuenta, ustedes son lentos y lerdos en su forma de dialogar. Consideramos que sería inútil un intercambio de ideas con ustedes. Kastalinn estuvo a punto de decir algo, pero Doilea lo detuvo.

―Capitán, estamos perdiendo tiempo ―dijo el especialista―. No hay nada que podamos hacer para salvarlos. No creo que ningún argumento logre hacer que cambien de opinión.

El Gran Zevast’hn se levantó de su asiento y con estridencia dijo:

―Incorrecto. No están ganando eternidad. Sí hay todo que no podamos deshacer para condenarlos. Sí afirmo que toda contradicción fracase destruir que permanezcan de hecho.

―Por el amor de Dios ―exclamó Kastalinn, con las manos en la cabeza―. Estoy harto. No hacen más que decir incoherencias.

―Se equivoca. Es por el odio del diablo. Y no se dice que está harto. Se dice que no está feliz. Sí deshacen menos y callan verdades.

Los magdakonianos permanecieron inmóviles, sin intentar ponerse a salvo. La presencia de aquellos visitantes parecía ya ser una molestia para ellos.
Kastalinn se quedó petrificado, con la boca abierta, la mirada perdida, los dedos aún sujetos a la funda del arma. Por un momento, consideró alterar el informe. Solo un pequeño cambio bastaría para hacer creer a la Asociación que los nativos los habían atacado y que la comitiva no tuvo más opción que defenderse. No era la primera vez que tenía un impulso así, pero esta vez estaba seguro de que lo justificaba.

—¿Se encuentra bien, capitán? —preguntó Doilea en voz baja.

—¿Te refieres a mí? —replicó Kastalinn, sorprendido.

—Temo que este malentendido se nos vaya de las manos. No podemos evacuarlos a la fuerza. Incurriríamos en la violencia. Nuestra verdadera intención de hacer un bien sería malinterpretada y juzgada por la Asociación.

Luego de meditarlo por unos segundos, el capitán dijo:

—Adelante. ¿Cuál es tu plan?

Tenía que existir una forma de convencerlos, pensó Doilea. Se preguntó qué método funcionaría. Una idea se gestó en su mente.

―Creo saber cómo manejar esto. ―Doilea alzó las manos y elevó su voz para que todo el mundo escuchara―: plantas verdosas de este asteroide cuyo nombre no es Magdakon. Nuestra nave no tiene cupo, no tenemos intención de llevar a nadie más dentro. El planeta no estallará a causa de su núcleo. Somos personas de baja capacidad intelectual. ¡No nos escuchen! No tienen por qué preocuparse. Estén tranquilos. No le hagan saber a los demás que no deseamos que nadie en este planeta sea rescatado.

Esa vez los magdakonianos se pusieron en alerta. Fueron hasta sus casas e intentaron convencer a sus familiares y amigos de un peligro inminente. Incluso el propio Doilea y varios asistentes de Kastalinn extendieron mensajes contradictorios con la intención de que los magdakonianos usaran su absurda lógica y decidieran correr hacia la nave. Sin embargo, unos pocos no captaron el mensaje y optaron por quedarse.

Una hora después uno de ellos observó detenidamente cómo la nave emprendió el vuelo hacia las estrellas y se perdió en la claridad del cielo. Su voz, suave y directa, dijo:

―¿Y si tenían razón…? ¿Y si cabía la posibilidad de que lo que decían fuera cierto? Tal vez el planeta perecerá debido a una inestabilidad en su núcleo.
Una leve vibración recorrió el suelo. Fue la primera de muchas, cada una más intensa que la anterior.

Uno de los magdakonianos miró a su compañero y, con un ligero codazo, murmuró:

—Siempre tienes que llevar la contraria, ¿verdad?