Reseña de “La autopsia de Dios”, de Víctor David Manzo Ozeda

Martha Camacho


Fanzine 6, Colectivo Delfos
Octubre 2025 (enero–febrero 2026) “La autopsia de Dios”, Víctor David Manzo Ozeda.

Este cuento —y su solo título— me obliga a la prudencia, dado mi agnosticismo. Víctor relata, paso a paso y de forma minuciosamente documentada, el procedimiento de autopsia de algo que fue hallado. O de alguien. Una entidad que no posee el santo y seña de la humanidad, y cuya naturaleza no logro comprender de inmediato: ¿por qué Dios?, ¿por qué algo divino?… hasta que reparo en los números.

Sin duda son una pista. Cero siete con cuarenta y siete horas. Ochenta y tres metros de altura.
Tres mil novecientos ochenta kilogramos. Hay un tres —o la ausencia de un tres— en todas partes.

¿Es una señal?

Ciento veintidós placas de cristal dentro del cráneo. ¿Pero es un cráneo? No se habla de un rostro, y me quedo con la inquietud de saber qué estaba inscrito, a nivel microscópico, en cada lámina cristalina: qué designios, qué leyes, qué hoja que no habría de moverse sin la voluntad de Dios.

El esfuerzo concienzudo de los expertos termina perdiéndose en el desconcierto ante la ausencia de un objetivo último. Porque, a fin de cuentas, una de las preguntas que plantea Víctor en su historia es brutalmente simple: por el solo hecho de que podemos hacerlo, ¿debemos hacerlo?

La narración nos obliga a confrontar toda nuestra creación —lo que hemos logrado y lo que no—: cruzar océanos de aire y de vacío, separar el átomo, crear virus mortales… todo desemboca en una incertidumbre final: ¿valió la pena?

Desde nuestros propios e insignificantes motivos —o nuestra sed de conocimiento— hasta los del Otro (ese que se supone nos creó), surge la duda esencial: ¿tenemos derecho a desmenuzarlo todo hasta un último fin? ¿O estamos destinados a toparnos con el peor de los abandonos: que nunca hubo un motivo real, que fuimos hechos de forma automática, que no existió voluntad divina y que siempre hemos estado solos?

Condenadamente solos.

¿Y por qué habríamos de importarle a algo artificial, por más que lo hayamos deificado?

Y basta de preguntas; espero no haber hecho spoiler; vayan al cuento y saquen sus propias conclusiones.

Víctor seguramente les dará su bendición.