Trayectoria circular

Por Omar Flores


Cesó mi andanza:
el alma hueca,
el cuerpo solo.
La casa en duelo.
Y en el sepulcro,
unas palabras
que se me ahogaron.
Aline Pettersson, Cautiva estoy de mí.

Días y noches corriendo sin descanso. Hace tiempo que no sueño. Todo es un puro abismo; un desligarse del mundo hasta que algo me devuelva a él. Hoy fue el zumbido de una mosca que huye al primero de mis manotazos. Todavía la oigo chocar contra las ventanas.
Limpio mis lagañas mientras abro el refrigerador. Reviso la caducidad de la leche: es hoy, mejor terminarla de un trago. Encuentro una nota sobre la mesa. “Fui a hacer unos pagos, regreso al rato. Dejé tus roles en la cocina.” Son míos porque me gustan, mamá lo sabe.
El sabor de la canela se cuela entre las horas frente al televisor. El reloj me chista desde una de las paredes para que lo mire con desgana. “Cinco para las tres. ¿Dónde andas, mamá?”

“El número que usted marcó no está disponible”, cada llamada rebotada por el contestador vuelve el aire más delgado. Me visto con lo que haya de ropa sobre la cama. Ato los cordones de mis tenis y, antes de abrir la puerta, tomo una foto de ella: era joven entonces. Me sostiene en brazos y está sonriendo.
El mundo inunda mi vista al salir de casa. En sus olas se deforman los cuerpos, las calles se tuercen y el miedo brota como espuma. Acelero el paso para no sentir que me hundo en el pavimento. Sigo sus grietas cómo si fueran las rutas de un mapa pero no reconozco nada. No hay a dónde ir.

La tarde se cae a pedazos y yo sigo sin encontrarla. Todas las casas parecen deshabitadas pero las calles no. Las calles están atestadas de piernas, hombros, pasos, voces y rostros que se destiñen en cuanto los miro por no ser el suyo. Pregunto si la han visto. No, nadie, es menos que un fantasma para ellos.
Papá me llama pero no respondo. El celular resbala entre mis manos temblorosas. Sólo al sentarme sobre el suelo después de recogerlo, contesto:

—Apenas voy saliendo de la fiscalía, ¿no ha llegado?

—No.

—¿Nadie te ha marcado?

—Nadie.

—¡¿Por qué la dejaste ir sola?! ¡¿Por qué no la acompañaste?!

No sé, ¿por qué?¿Qué hice mal?¿Fue mi culpa?¿Por qué se la llevaron? ¿Por qué no me la devuelven?¿Por qué no me dicen dónde está?

Miles de pasos por una colonia imperturbable ante su ausencia. La boca agria, el cuerpo pesado: no puedo más. Adentro crece la noche horadando estas paredes que ya no la guardan. Afuera, un cielo desierto de santos para rezar por su nombre.

Un malestar retumba en mi cuerpo. Sacude mis huesos hasta acurrucarme entre las sábanas. Siento rasgarse mi alma y cómo de ella caen los recuerdos sobre la almohada. Soy yo escuchándola cantar en la cocina; yo haciéndole un café; yo despidiéndome de ella antes de subir al camión; yo molesto por sus sermones; yo pidiendo perdón por una mala respuesta; yo riéndome de sus imitaciones sobre mis gestos; yo cargando sus bolsas en un día de mercado; yo tomando su mano antes de entrar a la escuela; yo detrás de su espalda al ver una película de horror; yo dándole un beso antes de ir a dormir. Y sé que entonces había un nosotros; ahora, ya nunca.


La noche se desgaja con el silencio entre sus brazos. Lentamente, la mañana se abre. Entonces escucho el primero de los golpes. Rápidos, con un zumbido detrás de ellos, resultan muchos como para contarlos. De pronto, el zumbido está sobre mi oreja y yo, con el sueño sobre los párpados, lo ahuyento como puedo. Cuando al fin se larga, ya estoy despierto. No soñé, hace tiempo que no lo hago.

La mosca sigue por ahí, atrapada entre las cortinas de la casa. En su contienda contra las ventanas descubro mis pasos frente al refrigerador. Lo abro mientras limpio mis lagañas. Tomo uno de los cartones de leche y reviso su caducidad: es hoy, mejor terminarla de un trago. Sobre la mesa hay una nota: “Fui a hacer unos pagos, regreso al rato. Dejé tus roles en la cocina.”

Enciendo la tele. Brinco de un canal a otro mientras muerdo los roles. Reportajes, caricaturas, comerciales pero sólo uno me llama la atención. Me detengo en un canal donde una pareja abre la pista con una salsa mal ejecutada. La cámara hace lo menos posible por enfocar sus cuerpos. Torpes y lentos, intentan deslumbrar a la audiencia. No lo logran.

En las comisuras de los cuatro jueces se marca el tedio. Miran con frialdad y en los brazos entrecruzados transmiten la rigidez de su juicio. A mamá le gustaría esto. A la hora de calificar el baile, ninguno de los jueces se tienta el corazón. La crítica es dura y la pareja no tiene de otra más que aguantar. Una de las conductoras lleva su mano derecha al oído e inclina la cabeza dando a entender que está recibiendo un mensaje de último momento. A pesar del bajo puntaje, por solicitud del público, la pareja se ha salvado.

“¡Ay, qué no mamen! Ni saben bailar”, las palabras resuenan por toda la casa. Son de ella, eso diría si estuviera viendo esto. Lo dijo alguna vez. Siento mis comisuras caerse pero las manecillas del reloj impiden el resto. Están atascadas sobre una hora: “Cinco para las tres. ¿Dónde andas, mamá?”.

La casa quedó en silencio. Papá y yo no pudimos ser los mismos de siempre. Sabía que dentro de él se ahogaba un sollozo repleto de reclamos contra mí pero no decía nada. Todo lo guardaba dentro de sí cuando se encerraba en su cuarto a saberse viejo e inútil.

¿Qué tipo de pésame se le da a quien espera a su desaparecido? ¿Qué consuelo hay para nosotros? Mi familia no tenía la respuesta. Todo lo que hacían era sentarse a mi alrededor, verme de lejos y adivinar el momento de mi llanto. Algún valiente se acercaba a mí para rodear mis hombros con su brazo. «Conozco una psicóloga en tal…», «En tal… hay un grupo de ayuda», «En la página tal… dice que puedes hablar con». De tanto insistir, terminé cediendo.

Una de ellas hablaba con la voz entrecortada. Su hijo era un desaparecido. Salió de la secundaria y le permitió regresar solo porque “quería darle chance de sentirse grande”; una culpa terrible. A otro, fue su abuela: iba en dirección al departamento de una vecina para celebrar su cumpleaños y, a dos calles de su edificio, se la llevaron. A otra, fue su amiga: dejó que se volviera sola a casa porque ella no quería irse de la fiesta en la que estaban. No llegó nunca y ella todavía le manda mensajes por si de milagro contesta.

Quien guiaba al grupo me miró un momento. Dijo mi nombre e insistió en que estaba en un lugar seguro. “Todos aquí tenemos un desaparecido. Sabemos cómo te sientes, puedes hablar con nosotros.” Pero nada. Los labios inertes dejaron crecer un silencio largo al que lo siguió un “No estás solo” y alguien más continuó la plática.

No quería la amabilidad ni la compasión de nadie. Quería saber dónde estaba mi mamá. Una de las mujeres me leyó el gesto y, acabada la sesión, se acercó a mí. Me dijo que pertenecía a un grupo de buscadoras del Estado de México. La mayoría eran mujeres pero aceptaban a cualquier persona dispuesta a ayudar. Me pasó el día, hora y lugar en que se iban a reunir para otra búsqueda.
La primera vez nos vimos en Nicólas Romero. A alguien le pasaron el dato de una fosa clandestina en los límites del municipio con Tepotzotlán. Al llegar, excavamos un pozo en el que, inmediatamente, el olor nos dio la razón. La policía llegó entrada la noche y a duras penas los convencimos de llevarse los cuerpos para la mañana siguiente. Los difuntos de aquel día no eran los nuestros. Quise creer que mamá seguía en algún otro lado.

Toluca, Izcalli, Jocotitlán, Atizapán y Tecámac fueron algunos de los municipios en los que excavamos más de una vez por cuatro años. Cavar cansa rápido, por eso tomábamos turnos al hacerlo. La tierra se alza al momento de abrirla y deja poco que ver. El polvo se vuelve bruma y adentro el miedo como un lento animal. Sus pisadas son suaves pero lo delata el lomo propio de un cazador al acecho. Cuanto más profunda era la fosa, más fuertes sus olisqueos. Sentía su saliva resbalar en mi espalda, las garras a punto de desgarrar la piel pero algo impedía la masacre. Algunas veces era el hueco recién excavado; otras, los huesos cubiertos por prendas que no concordaban con las de mamá y los reportes de la fiscalía quitaban lo que quedaba de duda.

Entonces me marchaba a casa hasta recibir la siguiente llamada. Recostado sobre el suelo esperaba su voz atravesando los azulejos para que me dijera al fin el lugar de su tumba. Pero el silencio y su frío eran lo único a mi alrededor. Lo único que permanecía cerca mío.

Visitamos otra fosa hasta Mexicaltzingo. Hallamos tres cadáveres y todos fueron enviados a que se les hiciera la prueba de ADN. Uno dio positivo: el hermano desaparecido hace siete años de una de las buscadoras.
En ese tiempo descubrí el peso de la fe y lo fácil que se acobarda dentro del vientre. Hecho un lastre de piel áspera, descompone el cuerpo de a poco hasta pudrirlo por completo. Pero uno se da cuenta muy tarde.

Nos reunió a todos en su casa para compartir la noticia. Al momento de leer el reporte de la genetista, su angustia al fin se deshizo en berridos. Quedé inmóvil sobre el marco de la puerta mientras todas corrieron hacia ella. Me invitaron a su abrazo. Observé sus lágrimas volverse rocío. Pero de mí sólo brotaron vidrios rotos. Al cortar la carne, la sangre envenenada me mostró el camino afuera.
No llovía. El cielo raso apenas dejaba crecer las sombras. Incluso debajo de los árboles había poco refugio. Tomé la ruta de siempre: Izcalli 123 Palomas. Una cumbia a todo volumen disolvió mis pensamientos. Preferí mirar fuera con la frente golpeando la ventana cada vez que pasaba un bache.

Por los cerros se derramaba el sol. Los tostaba como a un grano de café y lo que se movía entre ellos hervía con la misma violencia. Observé mi cuerpo alejarse de mí. Lo seguí al bajar del camión. El suelo ardía y los pies no descansaban sobre él. Lo vi andar hasta la casa. Posó sus manos sobre el candado del zaguán al momento de abrirlo y, al cerrarlo, el mundo quedó detrás de él. Cerró las rendijas de las ventanas y quitó las pinzas de las cortinas. Ninguna otra sombra habitó la casa. Tomó la vieja foto de mamá y lo vi dormir en el suelo.
Entre sueños dijimos su nombre esperando que fuera ella la que viniera por nosotros.

Con la quietud de un cadáver, sueña que los días se repiten a sí mismos. Todavía duerme con la foto de mamá entre las manos. La casa es ahora uno de esos huecos que tantas veces escarbé. La tele, el reloj, las fotos, las sábanas, la vitrina, los trapos, las sillas, las cucharas, la lámpara, las cortinas; en mi oído se juntan sus voces. Se amontonan y se alzan como los ladridos de un perro. Llevan el nombre de mi madre. Quiero que se callen. Que se vayan a otro lado y me dejen morir a gusto.

Entonces rompo, quiebro, arranco, destrozo, pateo y hasta muerdo. Luego, la sangre calentando mi rostro; la garganta rota de tanto gritar. Bajo las suelas crujen las astillas de lo que antes fue. Las manos arden por los pedazos de piel fuera de su lugar. Las heridas abiertas jadean conmigo, lloran conmigo y juntos repetimos su nombre cada vez más quedo.

Vuelve la mosca azotando el cuerpo contra la ventana de la sala. Aún cuando abro las rendijas, insiste en su trayectoria circular. No le importa su cautiverio ni la libertad del otro lado. Golpe tras golpe, quiebra cada una de sus extremidades. Sobre el vidrio queda una mancha de sangre. Ahora entiendo dónde empieza la muerte.

En la boca de la oscuridad repaso los tristes pedazos de nuestra vida. Su respiración es lo único que desmiembra el tiempo con su ruido acompasado. Pero se está haciendo más suave. No falta mucho para que la pesadilla termine.

Ya nadie dice tu nombre ni el mío. Ya no existimos, mamá. La verdad se volvió nuestra tumba. Lo sé ahora con demasiada certeza.

Nadie me dirá dónde estás.

Inevitable

Satori Ko


Al despertar.
Me doy cuenta.
Hoy es el día en que me casaré.

Sólo lo sé. Aunque no he tenido novia en años, ni siquiera prospecto, estoy seguro de que hoy es el día. Nunca he pensado con seriedad en casarme, mas esta certeza, tan firme que incluso me ha despertado, vino acompañada de una tenue y agradable sensación de bienestar. Es un buen día para casarme.
Permanezco aún un rato en la cama. No pienso en nada en especial, sólo son los nervios. No es inseguridad, sólo esa presión cuando algo de enorme importancia está a punto de suceder.

Saco mi mano de entre las sábanas y la miro entre las tinieblas. Trato de adivinar su forma mientras mis ojos se acostumbran a la penumbra. Mi mano. Ahí está ya, la veo con nitidez. Reparo en su complexión algo cuadrada, tal vez pequeña y me pregunto cómo serán las manos de otras personas. Al final, he decidido que es una buena mano, pero… ¿es en ésta en la que se lleva el anillo
Lo averiguaré en su momento, pienso. En su momento. Lo sabré justo como he sabido que me casaría desde el momento en que me desperté.

El despertador no alcanza a sonar. Mi mano, más habituada a la obscuridad que mis propios ojos, lo apaga sin hacer casi ruido. Me levanto con tranquilidad y comienzo el ritual matutino. Me paro, busco las sandalias con mis pies, me quito la pijama y me dirijo al armario. No tengo más que hurgar un momento antes de encontrar lo que busco.

Es el traje con el que se había desposado mi abuelo. No recuerdo la forma exacta en que acabó ahí. Tal vez me lo habían regalado o había llegado por accidente de la tintorería o acaso perdió su lugar en un viaje entre casa y casa. No importa, ahora está allí, justo en el momento más oportuno. Lo tomo con cierta naturalidad y me lo pongo. Me queda perfecto (bueno, un poquito largo). Me dirijo fuera del cuarto para regresar momentos después.

«Soy muy descuidado, así que será mejor que deje aquí el saco mientras desayuno y me lavo los dientes».

Desayuno con tranquilidad, me acompañan las últimas sombras de la madrugada. Disfruto la comida. El día anterior no le habría prestado atención, dado que suelo desayunar a toda prisa, inquieto, basándome en mi vieja creencia de que el desayuno con celeridad equivale a otros pocos minutos de sueño. Hoy es diferente, lo hago con lentitud, deseando saborear cada instante. Cada mordida de este pan equivale a una mordida de sosiego. Disfruto de mi último desayuno a solas, a partir de mañana seré un hombre casado. Y una sonrisa cruza por mi cara.

Después de lavarme los dientes, peinarme y ponerme algo de loción de lavanda, me coloco el saco. Sólo falta la corbata. Al terror de saberme incapaz de tal hazaña de nudos corredizos (o cómo se les llame) le sigue la tranquilidad de ver una corbata con el nudo ya hecho (¿previsión tal vez de mi madre?). Salgo como siempre, rumbo a la universidad. Llevo únicamente los útiles necesarios, nada más. No debo llevar mucho equipaje para este día tan especial. Me vuelvo a preguntar mientras espero el camión:

«¿En qué mano va el anillo?».

Me subo con cuidado pues no deseo estropear el traje. Tengo suerte y logro encontrar un lugar donde sentarme, junto a la ventana, para así poder ver las luces que la noche había prendido, la madrugada sigue manteniendo y el alba aún no despacha.

Las personas a mi alrededor me ven con cierta curiosidad. No es normal ver a un tipo de traje tan formal a esas horas de la mañana. Pero cuando uno se va a casar, tiene que lucirse un poco y vestirse lo mejor posible. El resto de los pasajeros no pueden sino coincidir con mi pensar y todos seguimos tranquilos nuestro camino. Y si algún nuevo pasajero ingresa para hacer uso del servicio público, alguien le dirá con voz cordial y amable: «ese tipo se casa hoy, debe verse bien», a lo que el nuevo asentirá con cierta complicidad.

Me bajo donde siempre y un escalofrío de emoción me recorre, falta menos para mi boda. ¿Y la novia? No lo sé, no la conozco. Pero así como yo había sabido, al despertar, que este día me casaría, lo mismo le habrá pasado a ella. La reconoceré al verle, pues en caso de que alguna duda quede, ella llevará sin falta su vestido de novia. No me cabe la menor duda en nada de ello.

Las clases pasan sin contratiempos, las felicitaciones de compañeros y maestros ante mis súbitas e inesperadas nupcias no se hacen esperar, para después seguir con el tema del día: la historia de la filosofía antigua (Heráclito y su obsesión con el devenir) o los comentarios sobre un accidente fatal del día anterior (una chica de nuestra edad que apenas logro ubicar).

Salgo de clases, entro en otras, como (con mucho cuidado para no ensuciar mi traje), y regreso a las aulas. Siempre muy atento al frufrú que pueda delatar la compleja falda de una novia así como cualquier otra señal de índole semejante. Al final, el cielo comienza a teñirse de naranja. Calculo que serán las seis de la tarde, y justo donde golpea aquel rayo anaranjado de luz me quedo estático. Aquí es el lugar. En este pequeño cruce de caminos en un remoto sitio del campus. Éste es el lugar donde conoceré por fin a la novia. Y he llegado a tiempo, compruebo con alegría al ver mi reloj. Así que espero.

Espero.

Me siento a esperar.

Y sigo esperando cuando ya la noche enciende luces por aquí y por allá.

¿Será que no se enteró de que hoy es el día de nuestros esponsales? Eso no puede ser, debe ser otra cosa, algo debió retrasarla, no es posible que no sepa que éste es el día de nuestra boda.

Nervioso y desesperado, comienzo a dar vueltas a grandes pasos, exigiendo una explicación. ¡Porque debe haberla! Si no está aquí, ¡debe haber una razón!
¡Una razón enorme, tan grande como para no asistir a su propia boda!
¡Algo como…!

Recuerdo.
Me doy cuenta de todo.
Ella no vendrá.
Ella no puede…
Hay una razón… una razón poderosa… absoluta.
Recuerdo a aquella chica, la encontraba todos los miércoles en este mismo cruce. No sé mucho de ella, pero ahora que la veo en mi mente, no me cabe de que ella es quien sería mi esposa. Pero aquel comentario de la mañana, en clases, sobre un accidente fatal cualquiera. De esos que se sienten tan lejanos incluso cuando te incumben. Ella. La chica que apenas lograba ubicar. La víctima del accidente… Ahora me era obvio por qué no había llegado.

Hoy me casaba, y ayer había enviudado.

Regreso a casa con la mirada tranquila y anegada en tristeza. La sonrisa triste y amable. Ceno aturdido, habíame hecho ya a la idea de que no volvería a comer solo durante algún tiempo. Reflexiono un momento sobre el funeral de mi esposa. ¿Dónde se llevará a cabo?, es la pregunta. A ella la habría reconocido sin problemas, ¿pero a su familia? ¿Habrá forma de contactarme con sus amigos? ¿Será buena idea ir de velorio en velorio, pasando por los dolorosos abrazos de rigor antes de echar un vistazo indiscreto al féretro? Mientras esas preguntas se suceden como en una procesión fúnebre, entro a mi cuarto y revuelvo el clóset, preguntándome si también el traje para el velorio estará ahí, listo, justo como en la mañana lo estuvo mi traje nupcial.

Pero no encuentro nada.

Con gran parsimonia me siento sobre mi cama y me debato si ir con este traje será lo mejor. Pero el cansancio del día se empieza a agolpar y con la lentitud de la melancolía me recuesto para dejar pasar las ideas y las interrogantes. Mi conciencia se adormece, se adelgaza, deja de poner atención mientras sentimientos y recuerdos dispares se suceden.

Mi cuerpo está relajado. Inmóvil y pesado. En un resquicio mental pienso que estoy casi inerte… como mi esposa. La tristeza se derrama sobre mí, concentrada y pura. Sin la multitud de mensajes que mi sistema nervioso suele enviar y sin pensamientos de fuerza suficiente como para ocupar mi conciencia. Estoy vacío, en blanco. Como una hoja de papel inmaculada donde un sentimiento cae áspero y nítido como una mancha de tinta negra. Tristeza sin diluir que abre grietas y las llena, quemando como ácido frío.

La imagen de una mañana, una comida en compañía, miradas tras el velo, sonrojos, rutinas que no llegaron a existir más allá del germen, el paseo con la familia, mi familia, mi esposa, mi hija, sonrien….

¡Mi hija…!

Abro los ojos aterrado.

Mi conciencia se reestablece y todos mis músculos responden al llamado del sistema nervioso central. Me concentro:

«Mi hija, ¿dónde está mi hija?».

Busco con la mirada alrededor del cuarto en busca de una pista sobre lo que debo hacer. Pero las tinieblas callan, negándome la respuesta que sólo puedo encontrar en mí. Cierro los ojos. Mi hija, huérfana de madre ahora, está afuera, en algún lugar. Será grave no asistir al funeral de mi propia esposa, pero mi hija está primero, ella, mi querida esposa, que en paz descanse, lo habría querido así.

Salto de la cama. Por la ventana ya se vislumbran las primeras luces del amanecer. No puedo perder más tiempo. Pido un auto prestado y salgo en busca de mi niña. No repararé hasta dentro de varios días que no sé manejar, pero uno hace cosas increíbles por los hijos.

Cerca de las once, tras una infructuosa mañana de vueltas erráticas por toda la ciudad, la encuentro en una intersección de avenidas vendiendo dulces a los conductores. Le pido que se acerque y ella parece intuir la noticia, pues se echa a llorar apenas se acerca lo suficiente para reconocerme. Trato de consolarla con toda la torpeza de un papá primerizo. Por una vez el tráfico es condescendiente con nosotros. Nadie brama o desgañita su auto, ella ha perdido a su mamá y yo, a mi esposa.

Regresamos a casa juntos, haciendo un pequeño desvío para comprar algunos enseres. En otra situación habría sido una actividad jubilosa, todo un jolgorio. Pero en este caso nos sonreímos tratando de animarnos el uno al otro.
Ya en la casa, toma un baño y se pone ropas limpias (las que recién compramos). Se suelta a llorar nuevamente hasta dormirse con los ojos cansados. Su mano no deja de apretar mi camisa, así que decido dormir a su lado. La verdad, yo tampoco quiero dormir solo.

Mientras veo su cara dormida, al fin descansando, reconozco mis rasgos en ella con el orgullo que todo padre siente. También reconozco la figura de mi esposa, su recuerdo encoge mi corazón con un escalofrío helado que amenaza con dejarme la cara lívida, pero aprieto los dientes, obligándome a mantenerme firme.

No sé cuánto tiempo me quede de vida, podría morir mañana mismo, pero mientras tanto, todavía hay algo que puedo hacer. No le ha tocado conocer a su mamá (a quien yo apenas llegué a ver) pero eso no ha de ser obstáculo para que viva una vida plena, hermosa. Quiero asegurarme de que le quede cuando menos el recuerdo de ésta, nuestra hermosa familia.

Alto vacío

Autora: Mayra Daniel


Escuché un ruido y llevé la mano a la pistola. Llevaba muchas noches sin dormir. Había perdido la cuenta de las horas y los días. Probablemente el ruido de afuera sólo era un gato saltando sobre el tejado. La coca no ayudaba. Cada momento era peor: lleno de sombras.

Había dejado el departamento que compartía con Adriana para ir a la bodega en donde guardaba la mercancía. Las voces me lo habían dicho y, como en otras ocasiones me habían salvado, les hice caso. El ruido crecía afuera. El techo era de lámina y cada gota de lluvia repicaba como un tronar de tambores o un martillar de balas. Se colaba por las rendijas de las ventanas mal tapiadas unas ráfagas de hilo frío que me hacían tiritar. Eso, más el efecto de la droga, que se iba pasando, me provocaba escalofríos que casi me tiraban al piso. La calle me acechaba. Me escondía de todo, pero sobre todo de la policía. Nunca faltaban patrullas haciendo sus rondines. Un par de veces me habían atrapado con la mercancía.

Ya habían pasado más de dos años desde que comencé a consumir. Ahora era mucho más. Así es siempre. Ese medio gramo genera invaluables “relaciones públicas”. Nunca pensé que mis conocimientos sobre comunicación empresarial me llevaran a una bodega en la Merced.

Quise recordar cómo había comenzado, pero mi cerebro ya no quería reaccionar. Quería dejarme morir tendido en un charco de agua. Cerré los ojos y un último pensamiento me cruzó por la mente: tenía que hablar con Gamma.

Llegué a la casa. Era un departamento encima de una tienda de jarcería, en donde la materia prima eran los limpiadores.

—Al menos olerá bien —le dije a Adriana cuando nos fuimos a vivir allí.

Ella me dirigió una sonrisa amarga, mitad mueca y mitad resignación. Hacía un mes la había corrido su mamá de la casa cuando la encontró con un hombre. Le dijo que era una puta, lo cual no era cierto… del todo. Lo cierto es que ella sólo aceptaba droga a cambio del sexo. Aún era algo selectiva, al menos en ese entonces. Ahora era mucho menos exigente.

La puerta principal tenía un candado y cada uno de los pisos tenía una puerta enrejada. Era una zona peligrosa. Adriana le decía a su mamá que vivía en la Balbuena, mitad verdad, mitad mentira, porque la colonia se llama Merced-Balbuena, pero a ella no le había tocado la Balbuena de los burgueses: la que estaba entre bancos y restaurantes. Su parte de colonia tenía más de central de abastos que de zona residencial. Para salir a trabajar tenía que esquivar media docena de diablitos y un par de carretones llenos hasta el tope de jitomates.

A mí me convenía la ubicación, porque quedaba cerca de la vecindad del Porfis. Después de todo, Adriana no tuvo mucho poder de decisión porque yo casi pagaba toda la renta. Él que paga manda. Adriana apenas y ganaba lo justo para ir tirando. Lo cierto es que algunas veces se traía algún trapo bonito. Destacaban entonces sus tetas, como dos fanales en medio de la noche.

Adriana y yo nos conocimos en el IQ, un antro de medio pelo. A los dos nos despidieron de nuestros trabajos casi al mismo tiempo. Ella era mesera. Habíamos logrado un buen acuerdo: yo le daba donde vivir y ella se encargaba de que mi vida no se cayera a pedazos. Su risa fuerte, sus calzones en la regadera, el ruido de los trastes en el fregadero me hacía recobrar un poco de la conciencia que podía preservar entre las pesadillas que me perseguían: monstruos sin cabello, lisos y húmedos, venían a atraparme, me acechaban por las noches, sin darme tregua. Pasé tantas noches así que llegué a aprenderme las grietas del departamento: auténticos pasadizos al infierno. A veces me llegaban flashazos de mi promisorio pasado, cuando trabajaba en la agencia de publicidad. Todo lo que tiré a la basura.

Eran las seis o poco menos. Lo único que alumbraba la penumbra de la escalera era un foco sucio de luz amarillenta y titilante. Entré de puntillas, sin querer despertar a Adriana. El grifo de la cocina está abierto. Vi agua y esquirlas de vidrio en el piso. Me detuve al empujar con el pie un trozo del vaso roto que tocó la mejilla de Adriana, inerme en el piso. ¿Qué pasó?

No tuve que tomarle el pulso. En cuanto le doy vuelta y vi sus ojos vidriosos: sé que está muerta. Pero no fue una sobredosis. Su cuerpo parecía tener señales de lucha. Adriana no es muy alta, pero es bastante fuerte, lo era, al menos. Seguramente se defendió. Al verla allí tirada, sin vida, sólo tengo una cosa en mente: matar a su asesino.

Llegué esa noche al IQ, Picas, guardia en turno, me dejó entrar sin mayor trámite. No sé si alguien más le llamaba Picas, pero así le decíamos Adriana y yo porque era extremadamente gordo y su cabeza terminaba en una especie de punta que acentuaba con gel.

La luz estroboscópica mantenía al IQ en una especie de animación suspendida. Mientras unos bebían y otros bailaban, las imágenes quedaban grabadas. Era como ver muchas fotos repetidas, una tras otra, de la misma escena, con leves variaciones: aquí un brazo, aquí una pierna, allá un cigarro encendido que antes no estaba.

Atravesé las mesas sin dejar de pensar en los ojos fríos y abiertos de Adriana, que se negaban a cerrarse.

Pensaba que el asesino de Adriana podía haber sido Gamma, pero no sabía donde encontrarlo. Gamma nunca estaba disponible, porque era él quien te encontraba a ti. Si quería, cuando quería.

—¡Eh! ¿Quién murió qué traes esa cara? —entonces supe que era Gamma: siempre había sido un pendejo.

Salimos. Llovía. A pesar de todo Gamma tenía escrúpulos y nunca hacía sus negocios dentro del IQ. Vendía, sí, a veces, una grapa o dos. Pero las cosas grandes, lo que debía ser tratado de forma especial, era en el callejón de atrás, un basurero tapizado con carteles de luchas. Era innecesario poner esos carteles allí porque nadie los veía. Pero allí estaban: formaban una capa grasienta y mugrosa, un papel tapiz de miseria que se amontonaba capa tras capa. Esa era mi mesa de negociaciones.

—Querías verme, güey.

—Sí. Pasó algo.

—¿Ahora qué? —la cara de fastidio, Gamma no estaba para minucias. Era un hombre ocupado, de negocios.

—Adriana está muerta —alzó los hombros, como distraído.

—Encárgate de tus cosas.

Era un cabrón, además de pendejo. Mezcla muy mala, pero da resultado. Alguna vez había ido a visitar a Adriana demasiado ebrio como para coger. Ella lo dejaba juguetear entre sus tetas mientras yo escuchaba los esfuerzos del pobre diablo por venirse. Su rostro pringoso era poco menos que vomitivo, pero Adriana era gentil como una madre bañando a un cachorro. Después de todo eso lo calmaba. Se quedaba tranquilo y al día siguiente nos regalaba un poco más de coca, espléndido cabrón.

—¿Sabes quién fue? —me dijo después de un silencio espeso.

—No. Llegué y estaba así.

—Y qué, ¿sí quieres saber?

Al salir del departamento pensaba en perseguir al asesino de Adriana. Ahora otro pensamiento me seguía, a la par.

—Me voy. No le debo nada a nadie. Y quiero irme.

—Hay un cuerpo en tu departamento, te puedo echar a la tira cabrón. No te vayas.

—No te pongas sentimental. Sabes que estamos en lo mismo.

Vi brillar la pistola del Gamma en su cinto. También yo llevaba la mía. Me pareció un buen escenario para morir enfrente del cartel que anunciaba una nueva pelea de Blue Demon Jr. contra Máscara de las Tinieblas. Gamma no sacó la pistola, sólo sonrió. Una sonrisa sucia que me dejó ver su dentadura podrida y amarillenta.

—¿Tienes fuego?

—No.

Sacó un cigarro, sin ofrecerme uno a mí. Lo prendió con un cerillo y se quedó fumando. Supe que entonces todo había terminado. Morir con un tiro por la espalda no cambiaría nada, casi quería sentir el olor a pólvora en el aire. Dicen que cuando una bala te da, nunca la escuchas. No la escuché esa vez, seguí caminando.

La casa de la playa era viejísima, parecía estar hecha de madera podrida, por lo apolillado de sus vigas. Sin embargo no tenía tantos años. Era quizá el agua, el sol. Todo lo desgastaba dejando un acabado antiguo, casi como un barco hundido que hubieran rescatado de la tormenta para mandarme a vivir allá.

Lejos de todo, incomunicado. En las cercanías sólo vivía una vieja vecina, la señora Flores, que de vez en cuando me iba a ofrecer una taza de té. Me hacía falta el té porque los primeros días tuve náuseas y quería meterme al mar y no salir. Pero me ataba con vendas a la cama y seguía vomitando, flores rojas como la sangre del piso del departamento. Fiebre y delirio.

—¿Quieres pastel? Suele acompañar bien el té de jazmín.

La voz de la señora Flores llegaba desde lejos. Ya estaba mejor. Ahora caminaba diariamente por la playa. Mis padres seguían enviándome dinero. Había pasado el tiempo pero nunca vi el reloj, ni los calendarios. Recordaba las volutas de humo sobre el póster de Blue Demon, pero había sido un sueño o una película. La señora Flores me miraba con su sonrisa desdentada: no dejaba de agradecerme por haber pintado su casa de blanco. Ese blanco que antes me traía tantos recuerdos: los espejos, el humo, las jeringas.

Llegué a inyectar a la señora Flores alguna vez. Ella estaba muy anciana como para bajar al hospital del pueblo. Era diabética y cuando se ponía mal ni siquiera podía hacer eso.

—No sé qué haría sin ti. Eres una bendición del Señor.

Bendiciones, sí… estábamos llenas de ellas. Un ventilador verde que zumbaba en el techo de mi casa, agitando el aire caliente sin refrescar. Esa arena gris y mugrosa, llena de petróleo; ese mar grasoso, que se agitaba frente a mis ojos.

Le sonreía a la señora Flores y la miraba. Su cuello arrugadito y frágil, sus tetas colgantes que debieron ser apetitosas alguna vez. ¿Como las de Adriana? Hacía un tiempo que no pensaba en ella.

—¿Tiene fotos de cuando era joven, señora Flores?

—¡Ah! Sí, tengo algunas. ¿Quieres verlas?

El calor seguía metiéndose por la ventana. Ese pesado calor que se viene con la marea del medio día. No quería moverme y hasta ver a la anciana merodear me daba vértigo. Cuando la vieja regresó, me encontró con los ojos cerrados. Tal vez por eso me sorprendió más al abrirlos y ver su foto en traje de baño: ese par de tetas, como dos fanales de auto, apuntando en la noche ciega de un mar oleaginoso.

—Sé que es una foto atrevida, pero… ya sabes, cuando una es joven se cometen tantas locuras… —dijo la anciana riéndose por lo bajo.

—Sí, lo sé —me surgió una sonrisa cálida.

Sentí esa sonrisa expandirse por mi rostro mientras mis manos se acercaban al cuello de la señora Flores, apreté hasta que hizo “crack”, sin más escándalo que el de un pollo. Era maravilloso tener el control. Es sorprendente tener la vida de una persona entre las manos y entregarse al alto vacío.

Luego me metí al mar grasoso y turbio. Hacía un calor de los mil demonios, pero estaba contento: al fin había descubierto al asesino de Adriana.

Tekuani

Autor: Miguel López González


Cuando era niño, en las vacaciones íbamos a visitar a una de mis abuelitas a su pueblo. Ella siempre me advertía con una mirada seria que no subiera al monte, porque allá en Santa María Tecuanulco se relataba la historia de un animal salvaje o más bien, un monstruo.

Mamá Rocío contaba que sus abuelitos describían aquel animal con un cuerpo imponente, similar al de un oso gigante, pero con la cabeza de un feroz león. Era un peligro mortal encontrarse con él y no importaba si fuese hombre o animal el desafortunado, todos eran devorados; subir al monte significaba, muchas veces no regresar. El nombre de esa criatura era Tekuani, una palabra que en náhuatl significa «el que te come”.

Siempre tuve miedo a la historia. La primera vez que escuché el relato; mi abuelita lo pudo notarlo en mi cara.

—No te preocupes, mijito ­—dijo mi abuela con su tierna y cansada voz.

Un día vino un señor que nadie conocía, y fue directo a ver al Tekuani. Pidió que nadie lo siguiera, y después de unas horas bajó.

—¿A poco no se lo comió el Tekuani? —pregunté con el asombro de un niño de siete años.

—No se lo comió a él y a nadie más. Cuando bajó, dijo a todo el pueblo que con el poder de Dios había vuelto piedra al Tekuani, pero que aún así, ninguna persona debía de acercarse a él.

—¿Y por qué? —pregunté de nuevo.

—Porque el Tekuani ya no comería a la gente o a los animales —respondió mi abuela pacientemente—, pero si alguien tocaba la piedra, aunque fuera por accidente, moriría al instante.

Quedé maravillado por la historia, no importaba que todas las veces que la visitara me la contara una y otra vez. Había algo que me atrapaba, además que para mí era real porque desde varias partes del pueblo se podía ver la piedra con la forma del Tekuani y se contaba que de tanto en tanto se encontraban animales muertos cerca de ese lugar.

Entrando en la adolescencia pasaba menos tiempo con la abuela y más con mis amigos del pueblo: Chucho y Esteban. Con ellos solía ir al centro del pueblo a pasar la tarde, también a robar elotes, cazar quijotes y demás cosas que solo se pueden hacer en los pueblitos. Esteban era el más loco de los tres, le gustaba ir a torear a las vacas de sus vecinos, meterse a los terrenos con árboles frutales o llevarse el aguamiel de las milpas de magueyes, echándole la culpa a los tlacuaches. Pronto nos sorprendería con lo más osado que pudiéramos imaginar.

Amos a ver al Tekuani —dijo Esteban bien decidido.

—No, cómo crees, desde acá se ve muy bien —contestó Chucho.

—¿Y tú pa’ qué quieres ir allá? —pregunté.

—Pues es que le dije a la Rosita que iba a subir y le iba a traer la cabeza del Tekuani.

—Tú estás bien loco o tonto. ¿Cómo crees que vas a hacer eso? ¡Te vas a morir! —le grité asustado.

—Deveras que eres bien chillón, ¿verdad, Chucho? —lo miró—. Esos cuentos son de puras viejas chismosas. ¿Van a venir o qué?

Para no quedar como un zacatón decidí acompañarlos. Quizás a medio camino se echaría para atrás, pero también existía ese sentimiento: una mezcla entre miedo y curiosidad que no me permitió marcharme hasta ver al Tekuani.

Pasamos a la tienda por refrescos ya que ese día hacia muchísimo calor y nos esperaba un largo camino que recorrer. Esteban saco a escondidas de la tiendita de doña Carmen una cerveza para los tres, en su mochila guardó todo. Ese año había empezado a trabajar como chalán con uno de sus tíos que era albañil y cargaba con su herramienta ese día.

Subiendo en cerro encontramos un buen lugar para tomarnos los refrescos y pasarnos la chelita que se robo Esteban. Platicamos de todo y nada, las platicas que tienen los puertos en sus tiempos de ocio. Yo les platiqué de la vida en la ciudad y lo mucho que me gustaba venir a Santa María y ellos me contaron todo lo que hicieron en los meses que no los vi. Rosita traía loco a Esteban, algo raro para mí pues cuando éramos más chicos ella, siempre se la pasaba molestando a Esteban y él se quedaba con ganas de contestarle sus maldades, no lo hacia porque su mamá le dijo: “a una niña no se le contesta nada, sea machito”.

Después de una hora de subir al cerro, llegamos a donde estaba el Tekuani. En esa parte el lugar se respiraba demasiada tranquilidad, lo cual me provocó una sensación de incomodidad en vez de alivio, pues el cerro siempre está lleno de vida y sonidos de todo tipo, sin embargo, justo por ese lado ni el trinar de los pájaros se escuchaba.

Había visto la enorme piedra desde el pueblo, pero verla de frente fue una cosa muy diferente. Era una roca muy alta, como de dos metros, de un color sucio, y que probablemente fuera blanca en el pasado, como me había contado mi abuelita tenía la forma de un oso parado en sus dos patas traseras con las de enfrente levantadas, preparándose para atacar. La cabeza no me parecía la de un león, pero tampoco la de un oso, era del tipo felina, aunque no sabría decir con exactitud a qué felino pertenecía. Lo que no me había contado mi abuela es que tuviera tantos colmillos en ese hocico tan grande.

Quedé embobado mirando semejante figura por algunos segundos. Pensando que aunque pudiera haber sido tallada por manos humanas, era algo que no se veía todos los días.

—Pues ya llegamos. ¿Cómo le vas a quitar la cabeza? —preguntó Chucho.

—Ahorita vas a ver cómo le arranco la cabeza —dijo Esteban mientras rebuscaba en su mochila de albañil.

De la mochila, con imagen de “Dora la exploradora”, sacó un pequeño marro que utilizaba en su trabajo. Se colocó detrás de la estatua con mucho cuidado de no tocarla, supongo que a pesar de todo tenía miedo de morir por su toque, para tomar impulso y fuerza. Dio un tremendo golpe al Tekuani, pero no fue suficiente. Un segundo intento fue lo que se necesitó para arrancarle la cabeza, sin embargo, fue tanta la fuerza del impacto que las piernas de Esteban tambalearon y lo hicieron tropezar. La cabeza del Tekuani se fue rodando cuesta abajo del cerro y Esteban la acompañaba entre gritos. Chucho y yo salimos corriendo para el pueblo a avisarle a todos.

Dos horas después, algunos hombres de Santa María hallaron el cuerpo de Esteban. Se encontraba con los huesos rotos, algunos expuestos de maneras horribles, un pie en la dirección opuesta y una mano partida a la mitad. Sin embargo, lo más horrible de toda la escena fue que la cabeza del Tekuani estaba a su lado, viéndolo con la boca llena de sangre, como si le hubiera dado un buen mordisco al pobre, aunque en su cuerpo no se veía mordida alguna.

La cabeza del Tekuani aún permanece allí, ya que nadie se atrevió a tocarla.

«Prosopagnosia» contraportada del fanzine Delfos 4

Autor: Mario Sánchez M.


«Prosopagnosia» autor Mario Sanchéz M.

"Prosopagnosia"
50 x 40 cm 
2017

Mario Sánchez M. nace en la ciudad de México (1982) es licenciado en Artes Visuales, por la Escuela Nacional de Artes Plásticas, UNAM, donde se formó por más de seis años especializándose en la práctica y teoría pictórica. Durante dicha formación y a la fecha exhibe gran interés en las técnicas tradicionales de la pintura, el conocimiento de los materiales y la generación de un discurso propio. Aspectos como el inconsciente, las condiciones del ser humano, la insinuación, lo filosófico, el comportamiento de la psique, lo femenino y las experiencias, dan forma a su obra.

Se desempeña como docente desde el año 2006, en instituciones privadas y públicas dando cátedra en Educación Visual, Historia del Arte, Dibujo Artístico y Pintura. Ha acreditado cursos y seminarios en pedagogía de las artes, generación de programas y planes de estudio, y enseñanza con enfoque en competencias. Como artista plástico profesional cuenta con más de 40 exposiciones, colectivas e individuales, en el país y el extranjero: España, Colombia, Italia y Guatemala. Ha sido seleccionado en exhibiciones nacionales e internacionales como Entijuanarte2010, y la Bienal de Florencia 2017. Actualmente, colabora en conjunto con diversas galerías en la Ciudad de México.

El último vivac


Autor: Luis G. Torres


Para Oscar Alarcón

Son casi niños, pocos pasan de los catorce años. Llegan al lugar indicado para el campamento y proceden a instalarse. Cada grupo se organiza para armar las tiendas, hacer la fogata, juntar leña y empezar a acomodar mochilas y objetos auxiliares en las tiendas. Cada akela vigila que su manada trabaje bien y rápido. Este campamento es muy especial, se lleva a cabo cada año en el Desierto de los Leones, no lejos del ex convento del mismo nombre, ahora abandonado.

Cuando las tiendas están armadas y las mochilas acomodadas, Vicente el akela mayor llama a las tropas a reunirse, con el clásico sonido del silbato. Todos acuden con prontitud y se forman en círculo alrededor de los guías. Ahí se les dan indicaciones generales. “En este campamento no cocinaremos mucho, solo se prepararán los desayunos. Los tres días comeremos en casa de Lencho, que está a poco más de un kilómetro de aquí. También las cenas y el vivac serán en el mismo comedor, así que hay que organizarse para la caminata y estar siempre a tiempo. ¿Entendieron todos?”. ¡Si señor!, contesta la tropa al unísono. El mismo jefe pregunta: “Cuál es nuestro lema, lobatos?” a lo que todos contestan: “Siempre listos”. Dan la señal de romper filas.

La primera noche del campamento salieron los grupos llenos de ánimo. Los guiaban sus akelas. Al pasar frente al ex convento no faltó quien hiciera bromas al ver el viejo edificio del siglo XVII: “¡Aquí espantan!” o quien empezó a imitar el aullido de los lobos: “auuuuu, auuuu”. Ríen. Los akelas mandaron callar. Se oyeron muchas ricitas nerviosas. Siguieron en camino, sin detenerse. Por fin llegan al comedor de la casa de Lencho, quien los espera en el exterior. Tres granes mesas y bancas de tablones están preparadas para recibirlos. Se acomodan todos y se sientan pegados unos a otros. Lencho les da la bienvenida y les presenta a su dos hijos, Leodegario y Micaela, quienes ayudaran a servir los alimentos. En cuestión de minutos ya están sobre la mesa canastos de pan dulce, jarros de barro naranja y servilleteros. Poco a poco van trayendo lo que falta: Recipientes con tamales y jarras de chocolate caliente. Vicente, el akela mayor da las gracias y- por fin- la señal de que todos pueden empezar a comer.

Cenan rápido y con buen apetito, Se acaba todo lo que han llevado a la mesa y los jóvenes hijos de Lencho ya están recogiendo todo. Se anuncia que a las diez será el vivac. La comisión se levanta a empezar a juntar piedras y madera, para preparar el fuego. Antes de la hora pactada, las tropas se sientan alrededor de la fogata formando un círculo. A la hora exacta, Vicente y los tres akelas menores pasan al centro. Se dan las indicaciones generales, y se procede a cantar unas canciones populares. Para ello, Rubén, uno de los muchachos mayores del grupo, acompaña con una vieja y medio desafinada guitarra.

Todo se organiza para el regreso al campamento. Van contentos y de buen ánimo, después de la cena y el vivac. A los pocos metros de camino, se empezó a oír un ruido. Era como el sonido de una campana. ¿Pero cuál? El ex convento está vacío y no hay ninguna iglesia cercana. La noche estaba oscura, faltaban dos días para la luna llena, que era la única luz disponible en medio del campo. El grupo siguió caminando, hasta que otros sonidos se unieron a los de las campanas: se trataba del sonido como de grandes y oxidadas cadenas, arrastradas sobre el piso. Muchos se detuvieron. Alguien gritó: “¿Qué es eso?”. Los grupos se detuvieron por completo y empezaron a cuchichear en medio de la total oscuridad. Solo los akelas llevaban una lámpara de pilas. Había chicos que reían, pero muchos otros estaban temblando. Los akelas ordenaron silencio y seguir caminando. Ernesto, un chico flaco y desgarbado tenía la cara descompuesta. Su compañero de formación, Roberto –más bien rollizo y de copetito engominado- trataba de tranquilizarlo: “No es nada, no te asustes”. Ernesto es nervioso e impresionable. Sigue caminando, pero mira a todos lados sin fijarse bien por dónde camina. Así llegan al campamento y se meten directo a las tiendas.

Muy temprano suena el toque de silbato para levantarse. Los akelas empiezan a dar órdenes: “¡Hay que prepararse, vístanse rápido y guarden sus bolsas de dormir!”. Todo mundo se moviliza. En la tienda donde duermen Ernesto y Roberto, hay un pequeño drama. Ernesto se orinó dentro de la bolsa de dormir y está bastante mojado, no quiere salir de la tienda. Roberto le dice en voz baja: “¿No traes un cambio?, no puedes salir así, hueles a miados”. Ernesto está enojado y siente vergüenza. Tuvo una pesadilla y ni siquiera sintió que se había orinado. Al final un compañero lo salva, prestándole un pantalón corto oficial. Se cambia y sale después de todos a formación.

Ernesto es amonestado en público por no haber llegado a tiempo. Se les informan las actividades del día: habrá clases de nudos, legislación Scout, primeros auxilios y visita al ex convento, todo antes de la hora de la comida. Todo se desarrolla con normalidad. Llega la hora de visitar juntos el ex convento. La zona está integrada por el ex convento de los Carmelitas descalzos en sí, una capilla vieja y abandonada —ahora cerrada por un fuerte candado—y otras dos construcciones antiguas: la capilla de los secretos y el sótano. Este último fue una bodega en la que se guardaban desde granos hasta instrumentos de jardinería, ahora se encuentra vacío y oscuro, aunque la gran puerta de hierro forjado no tiene candado alguno.

El ex convento está construido básicamente de piedra volcánica y algunas paredes están repelladas y encaladas. Los jardines son amplios y medianamente cuidados. Hay fuentes de piedra en algunos jardines y mucha vegetación en esa época del año.

Después de las indicaciones generales, les dan tiempo libre. Los muchachos corren, entran y salen del ex convento, el sótano, llegan hasta la capilla del silencio y dicen palabras altisonantes en las esquinas, para que los que están en otras esquinas las oigan. Ríen como locos y se persiguen entre sí. Un silbatazo de Antonio, el akela de uno de los grupos, es la señal para detenerse y hacer formación. Los últimos en aparecer son Ernesto y Roberto, que vienen del sótano, caminando parsimoniosamente. Todos les gritan y les chiflan. Un nuevo silbido del akela obliga a todos a callar. Regresan sin novedad a formación y de ahí caminan directamente a casa de Lencho a tomar los alimentos. Por la tarde se hacen otras actividades. Se recoge más leña y se juega un partidito de futbol. Así se acaba la luz del día y deben hacer formación para salir a cenar.

La caminata se lleva a cabo sin incidentes, todos van muy callados, escuchando los ruidos de la noche: grillos, ranas, y el sonido del agua que corre más abajo, por el helado riachuelo. Llegan y cenan. Se organiza el vivac. Ahora en vez de canciones habrá una sesión de cuentos e historias. Empieza Oscar, el akela más experimentado. Les narra historias del ex convento, como aquella de que un fraile murió hace muchos años y no lo enterraron con las debidas ceremonias por falta de dinero. Solo se le dio sepultura, muy cerca de la bodega. Por eso se cuenta que el fantasma del padre aún aparece por las noches de luna llena, quejándose y buscando su cuerpo. Todos aplauden y ríen. Ernesto y Roberto están muy callados. No les hacen mucha gracia las sesiones de cuentos de terror, pues son muy sensibles. Siguen otros compañeros, contando historias como la del jinete sin cabeza, la llorona, los niños muertos y otras. Para narrarlas, se ponen la lámpara de pilas por debajo de la barbilla, de esa manera solo se mira una cara que hace muchas muecas y narra las historias de terror. El ambiente se densifica. El akela mayor ve el reloj y dice: “Son las diez, de la noche, hora de volver. ¡A formación!

Las manadas empiezan a caminar. Hace frío y se observa una neblina ligera alrededor del grupo. Cuando han caminado algunos minutos, el sonido de la campana vuelve, acompañado del arrastrar de cadenas. Oscar les pide que sigan sin detenerse. Algunos chicos ya tienen cara de preocupación. Para más, un nuevo ruido se incorpora: son aullidos como de coyote. Intensos, continuos. Todos se detienen y hacen una bola, como lo haría un grupo de corderos al sentirse amenazados. Los obligan a seguir caminando. Justo cuando pasan frente al ex convento, se empiezan a ver unas pequeñas luces, en varios puntos: sobre la barda, dentro de la bodega, en la ventana superior, en la fuente de piedra… ¿Quién podría prender esas luces? ¿De qué se trata esto? Los chicos se preguntan entre sí y vuelven a romper formación y hacer una bola en la que todos tratan de estar dentro, para protegerse.

Ernesto está muy descompuesto. Quiere salir corriendo de ahí, pero sus compañeros lo detienen. Roberto trata de tranquilizarlo, lo agarra fuertemente del brazo. El miedo aumenta. Entonces se oye un gran grito que proviene de la bodega. Parecería como si hubieran acuchillado a un hombre. El terror se apodera de todos y empiezan a correr en dirección al campamento. Alguno que otro tropieza y cae. Ernesto es uno de ellos. Sus compañeros lo pisan para pasar sobre él. Está asustado, lloriqueando y además pisoteado. Roberto ayuda a levantarlo y se lo lleva al campamento a jalones. Cuando llegan al campamento, dos akelas los esperan. Tratando de contener la risa, les preguntan por qué no llegaban. Ellos están aún aterrados, pero también molestos. Roberto mira al akela con unos ojos de odio, pero pocos alcanzan a notarlo. Cuentan lo sucedido… Se da la señal y cada grupo se mete a sus tiendas a dormir.

Por la mañana parece que ya se olvidó lo sucedido la noche anterior, salvo que algunos cuchichean en formación que tuvieron tanto miedo en la madrugada, que orinaron sin salir de la tienda, nada más abriendo el cierre. Ernesto le confiesa a Roberto que tuvo pesadillas otra vez. Los akelas mandan hacer silencio y organizar el desayuno. El grupo encargado empieza a prender la fogata y a sacar los víveres de la tienda-almacén. Es el último día de campamento. Quedan muchas actividades por realizar. Al día siguiente, después de desayunar, tendrán que levantar las tiendas, empacar y salir.

Por ser el último día, la comida es especial: les sirven pollo con mole y arroz, acompañado de bolillos. Hay agua de limón y de horchata. De postre, esas deliciosas galletas de Tenango, que se deshacen en la boca. Todos comen con buen apetito, risueños y platicadores. Terminan sus platos y los hijos de Lencho los levantan para llevarlos a la cocina. Agradecen la comida y regresan al campamento. Se hace una reunión para recordar las actividades del día siguiente, se acuerdan las comisiones que harán todo y se comentan las próximas salidas del grupo. Habrá un paseo largo a la cueva de las golondrinas en San Luis Potosí en dos meses. Todo se entusiasman y aseguran que asistirán.

Cuando se dan cuenta, ya es de noche y están caminando hacia casa de Lencho. Algunos portan mochila, con los materiales que usarán para el vivac. Ahora sí, la luna está totalmente llena. Parece una pantalla iluminada. Solo unas tímidas nubes la rodean. La noche está fría y silenciosa, de no ser por los grillos que nunca descansan. Los recuerdos de la noche anterior surgen, pero no se detienen, incluso aprietan el paso para llegar a cenar.

Después de tomar los alimentos, se avisa que empezará el último vivac. Se presentan varios números musicales, declamaciones y más. Al final, el grupo de los más grandes lee una historia de Alan Poe muy conocida. Se trata de “El gato negro”. Los chicos se han repartido los párrafos y lo hacen muy bien, dándole entonación y efectos corporales a lo que leen. También usan las lámparas para alumbrar a las caras del narrador, o a otros puntos alrededor de ellos, creando una atmósfera de miedo. El akela mayor los felicita por la representación. Agradecen a Lencho, Leodegario y Micaela. Ya no los verán mañana. Hacen formación y empiezan a caminar, recordando aún divertidos, el vivac. Nadie se percata de que Oscar y los otros dos akelas no van con el grupo. Debieron de haberse adelantado.

Cuando el grupo se moviliza hacia el campamento, empieza la sucesión de sonidos: campanas, cadenas que se arrastran, aullidos, el ulular de una lechuza. Casi se esperaba, pues cada noche ha sido así. La neblina es más espesa esa noche y una luna enorme y amarillenta alumbra su camino.

Antes de llegar al ex convento, se escucha un caballo, que parece seguirlos. No han visto ninguno de ellos en esos días. Es extraño que a esa hora ande por ahí, pero su cabalgar es clarísimo. Al parecer el caballo los ha adelantado, pero solo se oyen sus pisadas, nadie vio al animal ni a quien lo monta, hasta que de repente ambos llegan de frente y se pueden ver entre la neblina; es un caballo negro y grande, montado por un jinete sin cabeza y del que solo se distingue una gran capa oscura. La formación se rompe y varios corren, Están asustados por la aparición. Se oye relinchar al caballo y una risa fuerte y burlona, que no se sabe de dónde viene. En ese momento, de la bodega del ex convento sale una pequeña procesión de frailes, con sus hábitos café oscuro y las capuchas puestas sobre las cabezas. Llevan velas en las manos y al caminar agachados no se distinguen sus rostros. Los ruidos de la campana y las cadenas se intensifican. No se detienen los aullidos y el ulular de la lechuza. Todos es una confusión, Ernesto, Roberto y un explorador más, salen corriendo y se meten en el bosque. Algunos lloriquean. Se han quedado en cuclillas, petrificados, rodeados por el jinete sin cabeza y los monjes silenciosos. Cuando todo llega al máximo punto, se empiezan a oír unas risitas que pronto se vuelven carcajadas. Los monjes se levantan las capuchas y son ni más ni menos que dos de los akelas, Leodegario, Micaela y Lencho. Del caballo baja el jinete, que tenía oculta la cabeza bajo un manto negro, se descubre y es Oscar, el otro akela faltante. Los chicos no saben si reír o llorar, Están muy asustados y les causa más que risa, enojo, el haber sido engañados y burlados de esa manera.

El akela mayor se pone al frente y les explica que se trataba de una prueba de valor, a la que todos los exploradores del grupo son expuestos. Agrega que cada año se realiza y que los padres están informados y dieron su consentimiento. Entre los murmullos se oyen voces que dicen; “! ¡Qué poca madre!, ¡De haberlo sabido!” Uno de los exploradores dice riéndose: “Yo si lo sabía, ¡mi hermano mayor que vino hace años, me lo advirtió”! Los monjes y el jinete –ahora con cabeza- se insertan al grupo. Todos empiezan a caminar rumbo al campamente, de manera más o menos desorganizada, comentando lo sucedido. De repente alguien declara: “Ernesto y dos más no están, salieron corriendo a la hora del susto mayor”. Vicente, el akela principal le indica a Oscar que regrese por ellos, Felipe, otro akela se ofrece a acompañarlo. Ambos se separan del grupo, aun con los disfraces puestos y van hacia el ex convento.

Como ya que se han apagado las veladoras que se prendieron en la ventana, la bodega, la fuente, la barda y otros sitios, el convento está totalmente oscuro. Oscar y Felipe se separan para buscarlos en los alrededores, sin encontrarlos. Gritan de vez en vez sus nombres, sin tener respuesta alguna.

Dentro de la bodega, Roberto y los otros dos chicos, están escondidos en la oscuridad, tiritando de miedo y frio. No han escuchado lo que pasó fuera y sienten que aún corren peligro. No se mueven, ni hacen ruido. Solo se escucha el ligero castañear de sus dientes y sus respiraciones continuas.

Oscar y Felipe los buscan en la capilla de los secretos, atrás del convento y por cuantos pasillos y corredores que se pueden acceder. Al fin, cansados de buscar se detiene frente a la bodega, Roberto hace la seña de que guarde silencio a Felipe y entra sigiloso por la vieja puerta de hierro, caminado de puntitas para no hace ruido. Adentro todo está oscuro, pero no trajeron lámparas. Cuando apenas han caminado unos pasos, sienten la presencia de alguien más y en ese justo momento, solo se escucha una orden: “¡Ataquen!” y todo se vuelve una confusión. Grandes rocas caen sobre sus cabezas y espaldas. Entre los tres chicos golpean a los akelas sin piedad, usando esas grandes piedras. Roberto ha sacado de su mochila un hacha y otro de ellos, porta un cuchillo de montaña. Los akelas alcanzan a soltar unos gritos de dolor, pero tienen encima a sus atacantes, cortándoles con el cuchillo y el hacha sobre el tórax y extremidades y moliéndolos con la piedra sobre la cabeza, con una saña que solo el odio o el miedo pueden infundir en un adolescente de su edad y fuerza.

Todo termina. Los cadáveres de los dos jóvenes quedan en el piso ensangrentado y la tercia de exploradores sale de la bodega, sumida en la oscuridad. Los tres están como en un frenesí asesino, sudados, ensangrentados y temblorosos. Roberto porta el hacha, llena de sangre y uno más, no suelta el cuchillo de su mano ensangrentada. La luna, inmensa, alumbra sus rostros. Respiran con dificultad. El tercero le dice a Roberto: “¡Creo que eran Oscar y otro akela!”, aterrado. Roberto se limpia la cara con la manga del suéter, sus ojos aún están desorbitados. Casi escupiéndolo le contesta: “¡Lo sé, claro que lo sé!”.

¿Quién cuida al que cuida?

Autor: Javier Huaman


En su desordenada habitación, sentado al pie de su cama, apoyando sus rechonchas manos sobre una mesa de mármol añejo, no tiene una frase precisa para iniciar un relato. Mientras el silencio era desesperante, el simple sonido del crujir de la puerta del cuarto que se abría y cerraba por el empuje del viento le fastidiaba al punto de recordar aquellos tiempos de irritabilidad que vivió ―que se creía superado― pero que eran como la noche, que siempre vuelve.

Sus manos temblaban como hojas luchando ante un gélido invierno, desde su vientre hasta la garganta se erigía un ahogo creciente, la hinchazón de su pecho lo hacía resoplar aires agónicos, un zumbido de voces le incordian el cerebro, y el oído se agudizó tanto a tal punto, que ahora si escuchaba hasta el más mínimo sonido de la ciudad, un pitillo incesante rompió su sien. No quería llorar, lo que quería era gritar, sí, tan fuerte y vomitar la ansiedad para siempre.

Mientras tanto alguien en la sala buscaba algo, se irritaba más cuando escuchaba que buscaban reiteradamente sobre las mismas cosas. Tenía miedo a sus pensamientos, ya la frontera de su paciencia cada vez era menos y cualquier día todo esto podría terminar en una tragedia. Sus pies como raíces de árbol viejo se aferraban al suelo, sus extremidades empezaron a tener un raro movimiento muy parecido a los insectos. El frío sudor como un camino de bichos le recorría la espalda. Cruzó sus dedos y apretó fuertemente las manos para rezar, pero era tan fuerte el movimiento tembloroso de sus manos que vencían a su solicitud divina.

Se le dificulta hablar, no podía decirles que se callen, o que dejen de buscar ese no sé qué en la sala “No puedo, no puedo, no puedo”, decía a duras penas al aire pesado que invadió su cuarto. Sus dientes rechinaban como las ratas cuando se pelean por la comida entre ellas. Sentía mareos y la sensación de que todo en aquel lugar se movía desordenadamente; cerraba los ojos y desde muy adentro de su ser por su boca seca salían las palabras: ¡Piedad, piedad! Emitiendo un llanto silencioso, un quejido de aquellos que sufren en el alma, cruzó de brazos apretándose todo el pecho, apeado al lado izquierdo de su cama, después de los gemidos y la respuesta de un cuerpo asustado, sintió unas débiles manos ―como de ángeles― que le sobaba la espalda, al tiempo que le decían: “Tranquilo hijo, tranquilo, no pasa nada, son solo los nervios”, reconoció la voz, era de aquél que buscaba unas monedas para comprar su pan y las buscaba en el mismo sitio una y otra vez, y cuando dejó de calmar a su hijo, las había vuelto a perder. “¿Dónde dejé la plata?”, decía el hombre cuyos recuerdos de nombres, personas, vivencias se iban yendo cada día de su memoria para jamás volver. Después de una larga y dura lucha, los momentos de martirio mental iban ya desvaneciéndose: se había cansado de llorar. Sin embargo, volvió a sentir el horrible silencio, ese que desespera, que nos mata de saber que nos acompañará en el descanso eterno. El crepúsculo entraba por las sucias ventanas de aquella casa de dos cuartitos, pero que en el fondo era una casa con alma de sanatorio, la de dos seres sufribles que se cuidaban uno del otro de sus crisis, miedos y demás latigazos de la vida.

Después de esa experiencia, suspiró algo aliviado y ahora sí tenía por fin la frase idónea

para empezar su relato:

—Les voy a contar como es el infierno…

Buscadoras de tesoros


Autora: Dilsia Zoskia

En esta sección presentamos cuentos que fueron trabajados en el Taller Delfos de Escritura Creativa narrados en voz de los propios autores. Escucha el audiocuento desde la plataforma IVOX.


Aquel hombre sostiene mi deforme cabeza sin piel, ojos, dientes y sin lengua. La hace ver hacia arriba; exponiendo mi gaznate, mientras la mujer me rebana con fuerza el cuello a machete Con mis brazos sin manos, lanzo golpes al aire, intentando defenderme en vano.

Recuerdo que de niña le temía al Diablo, aunque ahora, le tengo mucho cariño. Siempre me dio lástima saber que era un ángel hermoso al que expulsaron de su hogar. A Él era fácil ahuyentarlo con solo rezar a la Virgen o a San Orlando de Ledezma. Hoy en día, en este país, nadie puede emplear ese artificio cuando tenemos miedo. Pues, tal y como mi madre decía: encontrarte frente a Ellos significa no volver con vida, si es que acaso, algún pedazo de ti pudiera ser reconocido y volver. Todo ha sido rojo en esta tierra. Lo sé desde que veía el atardecer sobre las copas de los encinos, y en los matorrales a lo largo del rancho. Eran buenos tiempos, que olían a tierra mojada, a dulce de cajeta y cenizas del fogón, con el canto de los grillos y el viento de fondo.

El cobijo de los días sin prisa, cuando mi madre lavaba a la orilla del río, mientras mi padre y hermanos se hallaban trabajando en la siembra. Antes de que yo fuera la maestra del pueblo. Eso fue hace más de treinta años, porque ya no se planta más maíz por acá. Hay muchas cosas que dejaron de hacerse desde que llegaron Ellos.

Nunca tuve fiesta de quince años. Mis padres nunca se atrevieron a señalar que en su casa había una muchachita de esa edad. Vagamente comprendí que ese silencio provenía del miedo, pues era sumamente riesgoso hacer reuniones o que se notara cierta estabilidad económica. Esas fueron algunas de las primeras cosas que dejamos de hacer, con tal de mantenernos al margen del cambio brutal y las desapariciones que estábamos experimentando.

Pareciera que de pronto comenzamos a escuchar por todos lados que la hija del panadero, la sobrina del señor de las aguas frescas o la nieta de la abuela que recogía las limosnas en la iglesia habían desaparecido. Al principio sólo fueron mujeres, luego también comenzarían a esfumarse varones de todas edades. Las cosas sencillas de siempre no pudimos hacerlas más. Esa sensación de cotidianidad ahora son un sueño ajeno, imposible e increíblemente lejano. Cosas simples como tomar una nieve en el parque, ir a los bailes de Suntecopac, manejar de noche en carretera, disfrutar los ricos guisados en alguna fonda, invertir en un negocio, asistir a la escuela, trabajar, cultivar tus tierras, andar en bicicleta, reunirte con amigos, noviar e incluso sonreír.

Todo, todo, absolutamente todo causa derecho de cobro. Es tarde, pronto va a oscurecer. Deseo tanto que esto acabe. Hace calor, estoy escurriendo por todos lados, ungida de pies a cabeza con mi color favorito: el rojo pletórico de vida. Miro mi cuerpo desnudo, mis senos enormes que cuelgan y se bambolean a cada paso mientras aquel grupo de hombres y mujeres me dan la bienvenida entre risas y silbidos, ocultándome entre bromas sobre cómo comenzará aquella fiesta privada, sólo para mí.

Entre aplausos, gritos y música de banda acompaño mis pasos lentos con la sensación de que no me agrada el olor a cigarro, mota y alcohol. Esta mañana la entrada de la casa me parece tan desconocida, aunque siempre ha sido la quinta ubicada a las afueras de Teotonango, sobre la carretera que entronca con la salida de Tehuala. Toda la vida estuvo ahí, como parte natural del camino junto a los árboles de aguacate y los campos plantados de colitas de borrego.

Ahora que lo pienso, aquel recinto siempre ha estado a medio construir: con algunas de sus paredes pintadas de color verde menta y las varillas oxidadas sobresaliendo en la losa del techo. Me divertía que mi hija mayor siempre eligiera ese color para decorar su habitación. Sus hermanos le hacían burla, sobre si es que la cubeta “se la había regalado el gobierno, pues ese era el color que siempre donaban a las familias más pobres.

Siempre pensaré en mi hija y aún puedo recordarla en una sola pieza, a pesar de haberla encontrado hecha pedazos al interior de esa fosa lodosa, acompañada sólo por este color que en todos sus tonos ha pintado por entero mi mundo. Desde que mi niña desapareció, y, hasta que pude encontrarla, o lo que de ella me dejaron en aquel agujero sólo he tenido cansancio, sueño y dolor. Día a día, mi fieles compañeras han sido la incertidumbre y la angustia, dedicando cada sábado de mi vida a tratar de hallar bajo la tierra roja, a otras personas que tampoco han vuelto a casa, agrupándome con otras madres rastreadoras”, que, varilla en mano buscamos bajo los montículos irregulares de tierra a nuestros desaparecidos.

Tras largas caminatas en terrenos peligrosos, vamos picando profundamente el suelo terregoso con aquel fierro oxidado al que llamamos Lavidente, pues sólo ella sabe como hallar a los muertos. Buscamos ahí, donde el follaje está quemado o amarillento, porque cuando un cuerpo se descompone, las plantas cambian aún color más claro, y es fácil adivinar qué hay debajo de nuestros pies. La necesidad de encontrarlos nos ha obligado a aprender como los animales a distinguir el olor de la muerte.

Perforamos la tierra con la varilla oxidada y antes de excavar, la extraemos, la venteamos y con nuestras narices aspiramos el putrefacto olor de la carroña. Si el olor nos lo indica, desenterramos los restos, deseando en el fondo no encontrar respuesta a la ausencia de nuestros seres queridos, muy en el fondo, no queremos encontrar así a nuestros amados Tesoros. Tesoros para nosotros, basura para la autoridades, quienes sólo han visto en ellos miles de nombres que alimentan a manera de combustible político sus campañas electoreras.

Siempre, al igual que toda mi familia fui creyente de la Virgen de las Canicas, pero debo confesar que después de ver tanta mierda no creo en ella. Mucho menos en la justicia, ni en los gobiernos. Me cuesta creer, pero muy en el fondo se que si alguien pudiera escucharme aún, sería aquel ángel perdido. Porque si es que un Ser superior existe ¿será que se divierte bebiendo y fumando igual que estos seres monstruosos, que irrumpen a cualquier momento del día o de la noche, arrancando personas de nuestras vidas para su propio placer?.

¡Hasta el Diablo tiene más madre! De Él se dicen muchas cosas, pero sobre todo que detesta lo vulgar, que ama la inteligencia y la belleza. Y por estos rumbos no hay nada más vil que esos engendros que se reproducen sin control. Con gusto le vendería mi alma y las de mis hijos con tal de que nos sacara de todo este horror.

Mi madre solía decir a los más pequeños en casa que no salieran de noche, porque a esa hora salían a cazar en sus camionetones Ellos, quienes según las Escrituras de Terciopelo Sagrado, estaba escrito que llegarían antes del Final de los tiempos y eran tan antiguos, que existían desde antes que los europeos conquistaran estas tierras, y sólo retrocedían ante la presencia milagrosa de la Virgen y su pureza redonda de cristal. Los describía con formas de diversos animales, dotándolos con una fuerza sobrehumana tremenda, algunos con forma de insectos, otros con piel de reptil y algunos más con poderosas mandíbulas de coyote. Todos compartían la habilidad de hacerse pasar por humanos, con sus ojos rojos que te miraban con una frialdad de muerte.

Por eso siempre usaban gafas, aún de noche, para que no pudieras verlos acechando. A estos seres no podía detenérseles ni con el fuego o con las armas. Encontrárselos de frente significaba la muerte: te llevarían a lo más profundo del monte para soportar dolores inmensos, ya que el aroma del miedo abría su apetito por la carne humana. Y ellos lo hacían con gusto y tal devoción tal como su dios les había enseñado . Desde tiempos atrás, antes de que llegaran los hombres blancos.

Entre las cosas que solían hacer a sus cautivos, estaba el dejarte sin comer, mientras Ellos cenaban pollo rostizado con papas horneadas y chiles curtidos. Al terminar te embadurnaban con los sobrantes de la grasa todo el cuerpo, para que las hormigas se te subieran y picaran. Si llorabas o te quejabas entonces vendría el Jefe deEllos. Y entonces, sin mediar palabra te arrancaría las uñas de los pies, y cortaría uno a uno los dedos de tus manos, filetearían tus muslos, tetas, testículos y nalgas. Te sacarían los ojos y los dientes, para finalmente, abrirte el pecho con su machete, jalando hacia afuera con ambas manos tu costillas y poder morder tu asustado corazón, aún latiendo. El resto de tu carne sería troceada y cocinada para preparar el pozole en su próxima fiesta con el gobernador.

Si por el contrario no te quejabas durante el ataque del hormiguero y sobrevivías, tendrías que comer carne de otro asesinado y sólo entonces te convertirían en uno de Ellos, quienes te brindarían una vida de riquezas e impunidad, pero tan sólo por cinco años. Al terminar ese plazo, sin más, te decapitarían, porque ya sabías demasiado de sus costumbres, y tu cuerpo hecho pedacitos sería enterrado en algún lugar olvidado del monte.

Si eras hombre te pasaría eso y si eras mujer, te hacían básicamente lo mismo pero antes, Ellos te violarían de todas las formas posibles por días, hasta que probaras ser lo suficientemente obediente para no escapar. No había modo de detenerlos, sólo escondiéndote en casa, evitándolos por las calles. Ellos eran fuertes, bien organizados y siempre estaban armados, entrenados para no sentir frío, calor, dolor, hambre, compasión o miedo.

Ejércitos sin fin capaces de comerse una granada de mano o a una persona entera sin que se les moviera un solo pelo. Y a Ellos les gustaban los niños pequeños, porque podían tenerlos más tiempo en sus dominios y hacerlos parte de su tribu, aunque también se llevaban a hombres y mujeres de más edad para servirles. Esas son las historias, los cuentos de mi pueblo que los niños escuchan desde pequeños. Así aprenden a no salir de casa, pues los que salen rara vez vuelven .

Buscadora, buscadora,

no te canses de buscar,

que los restos de los tuyos

algún día encontrarás.

¿Dónde están, dónde están?

nuestros hijos, dónde están?

La canción tantas veces entonada en innumerables marchas de protesta, frente a las autoridades del Estado resuenan una y otra vez dentro de mi cabeza. Estoy más allá del miedo. Madre Virgen cuya pureza redonda de cristal engendró a su Única Hija escúchame. Tú o el Diablo, quien sea, no me abandonen, también soy un ángel al que le han arrebatado su hogar. Sentada y atendida por uno de los hombres de la fiesta, me sorprendo al estar dentro de la casa color verde menta. Es tal mi angustia que no puedo gritar, ni moverme, se que van a matarme tan sólo por respirar y sudar.

Olvidé cómo es que llegué a esta casa. El último recuerdo que tengo es del momento en que manejaba mi camioneta en compañía de mi sobrina. Habíamos pasado a la tienda a comprar unas cervezas, tan sólo para refrescarnos de la tremenda sed, después de la faena sabatina. Después de estar venteando todo el día, oliendo como perras de caza la punta de la barreta. Y luego; el chirriar de neumáticos, las mentadas de madre, los putazos y las risas de Ellos. Pronto estaré agusanándome, sabe el Diablo dónde. Es curioso, pero un cadáver humano no huele igual a uno de animal. No. Es terriblemente diferente. Nuestra carne huele a podrido, a sueños perdidos, al miedo de no volver a casa, y al orín de los niños que se mean de terror en su cama, aguardando a que sus padres o abuelos enciendan la luz.

Para nuestros desaparecidos la obscuridad sólo termina cada vez que logramos arrancárselos a las entrañas de la tierra, cuando podemos finalmente abrazar el sudario andrajoso, hecho con bolsas negras, alambres de púas, cintas plásticas, trozos de tela y pedacería humana.

“¡Déjate de mamadas hija de tu puta madre , ya te dijimos que dejen de buscar!” Es lo que nos han dicho una y otra vez por teléfono. Pero el amor es más fuerte que el miedo. O eso pensaba hasta ese día que llegamos a la gallera del rancho de San Fermín de los Palos. Nunca esperamos ver el lugar donde dicen que “pozolean” a la gente. Por dentro de ese rancho, en la casa más lejana, encontramos aquel cuarto asqueroso de paredes sucias con piso de cemento. Al fondo vimos algunos costales llenos de cal, un tinaco de plástico azul y una silla de madera rodeada de cuajarones de sangre.

Por todos lados hay pedazos de carne seca parecida al chicharrón, pero no es comida, son trozos de cuero cabelludo aún con la melena pegada, algunos bien quemados. A unos pasos estaba una cubeta negra llena de agua con cables y un par de pinzas a esos que les dicen “caimán”. Botellas de refresco, colillas de cigarro, latas de cerveza y ropa sucia en un rincón. Sobre nuestras cabezas pendía un solitario foco de luz que no era necesario encender, porque la luz del día se filtraba por la lámina de asbesto del techo y por las ventanas laterales.

Las compañeras y yo salimos corriendo de ahí sin pensarlo. En nuestra huida logramos ver un par de machetes ensangrentados y varios tinacos azules como el que estaba adentro. Pero lo que más se grabó en mi mente, a pesar del horror que significa ser rastreadora, fue una de las paredes en la que estaba pintada con aerosol negro la firma del grupo de Ellos. Nunca denunciamos nada. Sabemos que si lo hacíamos, apenas saliendo del Ministerio y a plena luz del día, aparecerían en sus camionetas sin placas, arma en mano, mirándonos a través de sus gafas obscuras, prestos a darnos un “levantón” y desaparecernos para siempre.

Nadie a parte de quienes estuvimos en la gallera supo de lo que vimos. Nadie debía saberlo. Tener conocimiento de ello sería una sentencia muerte. Por meses traté de esconderme de Ellos como mi madre siempre nos aconsejaba, pero no pude, yo no podía quedarme en casa oculta con los niños pequeños. No podía seguir viviendo como si nada hubiera pasado. Como si mi hija jamás hubiera existido. En este país sin ley, a pesar del miedo y el horror, tuve que salir a buscar a mi niña. Porque a nadie, ni al presidente, ni a los gobernadores les importa una mierda nuestro dolor.

Tengo los ojos vendados, estoy atada a una silla. Sólo puedo escuchar los pasos y las voces que se aproximan. Se abre una puerta y me quitan la venda. Puedo verlos. Algunos se van quitando el pasamontañas y los pantalones. Se han sentado a observar. Sonríen, hacen bromas cerveza en mano, o frotándose la nariz después de meterse una línea de coca. Moriré sin saber quién nos sirvió en bandeja de plata. Escucho que van a violarme cuando esté bien mojadita de sangre.

Una mujer de no más de treinta años me acerca unas alicatas a los pezones y a los dedos de los pies preguntándoles qué es lo que quieren ver primero. El hombre recio que la acompaña me pega un par de puñetazos al costado de la cabeza. Todos ríen. Deseo morir. El dolor me ha acompañado desde que se llevaron a mi pequeña. Sólo me resta morir rogando a quien sea, que no se prolongue más este dolor en mi carne. Suben el volumen comenzando una nueva lista de corridos y música disco. Alzo la cabeza, desorientada por los golpes, a través de la sangre que me empapa el rostro y pecho, logro enfocar la mirada. ¡Mi madre tenía razón! ¡Ellos no pueden ser humanos!

Miro a los que están sentados, unos se masturban, hacen crecer sus hocicos y lomos peludos, otros desencajan sus mandíbulas y unos más se extienden mostrando varios pares de brazos saliendo de sus morenos torsos, llenos de tatuajes. Me paraliza la frialdad de sus ojos rojizos que me devoran. Tienen esa hambre y sed que sólo se sacia con la brutalidad de los pueblos antiguos. La mujer con pinzas en mano, me jala del cabello y alza mi rostro obligándome a mirar el techo. Alzo la vista y ahí, en el sucio techo de cemento también está la firma de Ellos pintada con sangre seca.

La engendro me mete la herramienta por la fuerza en mi boca, mientras el hombre abre mis quijadas con sus manos. La mujer me prensa el primero de los dientes y comienza a jalarlo hacia afuera. Cruje, se rompe, y me ahoga con la sangre que deja a su paso. Ojalá y alguien más busque mi cadáver, para que mi madre pueda llorarlo en algún cementerio. Sé que es el último día de mi vida, y también el más largo. La tortura acaba de comenzar.

—¡Te dijimos que te dejaras de mamar pendeja, y que dejaras de buscar! —grita aquel hombre—¡ coyote.

—¡Ya te cargó la mera verga hija de tu puta madre! —brama la mujer a quien le han salido varios brazos de su torso, mientras dos hombres serpiente me separan las piernas, y ella alza las pinzas, con mi primer diente ensangrentado y metiéndome de golpe con uno de sus brazos, un puño en la vagina . Ellos enloquecen de gusto silbando, gritando y aullando. El olor a sangre los excita: quieren más. Y tendrán más, mucho más.

Una mujer con la cara escamosa comienza a cortarme los muslos, jalando la piel hacia arriba, mientras los hombres araña me sostienen los brazos y otra mujer gusano se dispone a darme de machetazos en las manos. Un hombre-coyote me vierte encima gasolina, presto para quemarme. Ellos no mentían, y es verdad: ¡Ya me cargó mi puta madre!