«Fragmentación de la realidad» portada y contraportada del Fanzine Delfos 7

Velmar Ulises Hernández


"Fragmentación de la realidad" por Velmar Ulises Hernández
«Fragmentación de la realidad» por Velmar Ulises Hernández
Título:Fragmentación de la realidad 
Autor: Velmar Ulises Hernández González
Medidas: 50 x 70 cm
Técnica: Acrílico sobre tela

Argumentación de la obra: a través de esta pintura quise capturar algo de lo que podemos ver en nuestros teléfonos inteligentes y lo que observamos en la vida cotidiana, con el uso diario de estos dispositivos. Muestro un vehículo fantástico, simulando que se ve a través del efecto virtual de la realidad aumentada (RA), como si fuera un holograma con color creado por el artefacto.

Sin embargo, durante el proceso creativo de esta obra surgieron varias preguntas que me llevaron a indagar temas como el almacenamiento de la información en pixeles, la descomposición virtual de una imagen —según la teoría de James Clerk Maxwell— y la distorsión de imágenes, al existir errores en la pantalla de un ordenador. Todo lo que menciono me lo fue cuestionan la obra conforme evolucionó; al finalizar y observarla me pregunté: ¿qué pasaría si la realidad que percibimos tiene diversas maneras de verse o asimilarse? ¿Qué es real y qué no es real?

Portada Fanzine Electrónico Delfos 7 "Fragmentación de la realidad" por Velmar Hernández
Portada Fanzine Electrónico Delfos 7 «Fragmentación de la realidad» por Velmar Hernández

Semblanza
Velmar Ulises Hernández González (1982)
Artista autodidacta, diseñador industrial y profesor nacido en la Ciudad de
México. Mezcla el surrealismo, el arte fantástico, el arte pop y el realismo.
Combina escenarios nubosos u acuosos, con ideas oníricas que son fruto
de la experimentación del dibujo. Ha participado en varias exposiciones a
nivel nacional e internacional, de las que destacan: “Transformaciones en
la vida cotidiana por el covid-19” Universidad Ibagué, Tolima, Colombia
(2021); “Rangsaaz Art Foundation”, en Delhi, India (2023); exposición de
cómic de divulgación científica, Museo Yancuic, Ciudad de Mexico (2025).
Obtuvo dos certificados de mérito artístico, en el “Luxembourg Art Prize”
2024 y 2025.

"Fragmentación de la realidad" por Velmar Ulises Hernández. Contraportada del Fanzine Electrónico Delfos 7
«Fragmentación de la realidad» por Velmar Ulises Hernández. Contraportada del Fanzine Electrónico Delfos 7

Legado de fuego (audiocuento)

Miguel López González


Pancho lo encontró cuando hicieron su casa de adobe. En aquel pedacito de terreno que compraron por unos pesos hace muchos años, allá en Milpa Alta.

Era un huevo carmesí, con el tamaño de un bebé recién nacido.

—Estamos bendecidos, vieja.

—¡Es un huevo de Xiuhcóatl!—le respondió su esposa, María.

—Nunca pasaremos hambre, traen buena fortuna.

—Lo pondré en el fogón debajo de todas las cenizas para que guarde calorcito.

Colocaron el huevo en medio de las tres piedras, lo mantuvieron caliente todos los días del año, y en el ritual anual de la limpia del fogón, mamá María lo cargaba como si fuera un dulce pequeño, arrullándolo con su voz:

Ce conetl moma huiltiaya

Ixpantzico meztli

Huan moilnamiquilliaya

Niquicta meztli in malacath

Tlan íc tlalli

Tlaco malacatl

Huan occe tlacomalacatl

Huan occe tlacomalacatl

Huan occe tlacomalacatl…

Un bebé jugaba

Frente a la luna

Y recordaba

Estoy viendo la redondez de la luna

Le voy a poner a esta redondez

Un medio círculo

Y otro medio círculo

Y otro medio círculo

Y otro medio círculo…i

Pasaron los años, nunca faltó comida, salud y sobre todo el calor en aquella casita. La familia creció y, ahora don José, tataranieto de Pancho, se encuentra dando indicaciones a su sobrino.

—La tarea fue heredada por varias generaciones. El primogénito tiene que quedarse a cuidar del huevo y ahora es tu turno, Simón. Yo ya estoy muy viejo y el huevo requiere más y más calor. Ya no puedo con la responsabilidad.

—¿Por qué necesita más calor?

—En cada generación pide más fuego, su alimento natural hasta que pida nacer —dijo don José—. Ahora vete y preséntate con la pequeña.

Simón no era ajeno a aquel huevo. Era una arcaica costumbre qué lo alcanzó, pues en la línea familiar él era el siguiente. Ahora viviría ahí y abandonaría su casa en la ciudad. Algo en extremo molesto, aunque su familia lo mantendría, pues gracias a su serpentina suerte, hicieron una buena cantidad de dinero y así sustentaban la vida de quien se convertía en el guardián.

El muchacho colocó la madera ardiente al lado de las piedras del fogón; con el atizador retiró la ceniza para dejar al descubierto aquel óvalo colorado. Simón tomó su posición, hincándose y agachando la cabeza.

NotokaiiSimón. Mi tío ya debe descansar, así que a partir de ahora yo lo haré. Cuidare de él y de ti.

Debido a que el huevo se encontraba a contraluz de las llamas, pudo ver en su interior una sombra que reaccionó a esas palabras; culebreó dentro de su cascaron. Sorprendió, Simón corrió donde su tío.

—¡Tío, tío!, ¡se movió, se movió! Me presenté con ella y la vi.

—¡Qué bueno, hijo! Ya te ha aceptado. Ahora tú estás a cargo.

Simón cumplió su palabra. Iba al centro a comprar los alimentos para los dos, trabajaba en la pequeña milpa cosechando y siempre se encargaba de que el fogón tuviera lumbre. Platicaba con don José de sus vivencias; la vida de su tío fue la de un ermitaño, nunca se casó, pues ninguna de sus parejas quiso vivir en aquella casa tan lejos de todo y de todos. No se lamentaba, con ese pequeño sacrificio ayudaba a la familia.

Pasaron los días, semanas y casi al llegar el año, don José agonizaba en su cama.

—Ni modo mijo, aún con todas las medicinas y las visitas de los doctores privados uno solo vive lo que tiene que vivir.

—¡Vamos al pueblo! Todavía podemos hacer algo.

Simón tomó a José como pudo, lo levantó y caminaron hacia la puerta. Al momento de pasar por el fogón el huevo emitió un chillido; iba a nacer.

—La Xiuhcóatl, Simón. Déjame verla.

—Tío no tenemos tiempo para eso.

Con dificultad, don José se agachó frente al huevo; parecía un carbón al rojo vivo. Su cansado corazón no pudo con la impresión y cayó al suelo.

—Hijo… hazme caso. Afuera hay botes con gasolina, prende la casa. Solo así la ayudaremos.

—¿Cómo me pides hacer eso? ¡Tenemos que ir al hospital!

—Haz lo que te digo…yo ya no tengo salvación…alguien tiene que dar la vida para que ella nazca.

Simón con lágrimas en los ojos acató la petición. Roció por dentro y por fuera la casa con la gasolina. Regresó para despedirse de don José.

—¡Tío!

—No te preocupes… voy con ella al quinto cielo. Ya vete…vete lejos.

Dentro de la casa, don José inició el incendio mientras abrazaba el huevo con todo el amor que le quedaba en el cuerpo y comenzó a cantar suspirando:

Huan occe tlacomalacatl

Huan occe tlacomalacatl

Huan occe tlacomalacatl…

La casita finalmente cedió ante el fuego y colapsó. Simón veía de lejos la escena con una tormenta en sus ojos. De pronto, el suelo comenzó a vibrar con violencia, y un rugido ensordecedor irrumpió el silencio de la noche. El suelo se resquebrajó como un plato de barro al chocar contra el suelo, las grietas formadas dejaban escapar un fulgor carmesí y naranja, mientras un enorme montículo de tierra hacía volar por los aires los viejos ladrillos de adobe.

El cono volcánico se formó a causa del magma que salía escurriendo como miel de las grietas. Una erupción violenta iluminó el cielo, rasgando la tela nocturna y devorando la luz de las estrellas. Del cráter emergió una lengua de fuego descomunal.

—¡Xiuhcóatl! —gritó Simón.

i Arrullo originario de Milpa Alta, Ciudad de México

ii Mi nombre es o Soy. Lengua náhuatl, variante del centro de México.

El Hechicero Tlacuache contra los Gatos Satánicos

Sidi A. Hdz.


―Tienes que capturar al demonio ―le dijo el Director Tejón al Hechicero Tlacuache.

Is piligrisi piri lis himinis ―remedó el Hechicero Tlacuache mientras seguía el rastro del demonio por el bosque.

Viejo ridículo, los demonios se deshacían si les caía agua. En el bosque no sobreviviría más que un par de días. Aunque, lo más probable, es que antes encontrara a algún humano y lo poseyera, pero ¿qué humano no quisiera poder trepar por las paredes y hablar en lenguas muertas?

Is nistri rispinsibilidid pritigirlis ―regañó el viejo director. Y el Hechicero Tlacuache solo había asentido con la cabeza. Tenía ganas de decirle un par de cosas, pero era su jefe, y el que firmaba sus cheques a fin de mes. Nomás que lo agarrara enojado y vería…

La noche empezaba a caer y el rastro continuaba por el bosque. Huellas que se hundían en la tierra, como si la hubieran derretido, hojas y ramas calcinadas y el nauseabundo olor a pescado descompuesto. Al parecer el demonio se dirigía hacia el poblado humano más cercano. Perfecto, lo que faltaba. Si el demonio salía del bosque, el Hechicero Tlacuache ya no tendría jurisdicción sobre él, por lo que podría regresar a sus aposentos en la escuela de magia.

Además, no es que tuviera muchas ganas de internarse en el mundo humano. Estaba lleno de máquinas, electricidad, veneno y los odiosos animales domésticos. Cómo odiaba a los domésticos.

El Hechicero Tlacuache escuchó ruidos de pelea a la lejanía. Gruñidos de un animal salvaje y latigazos, seguidos de risas de triunfo y vítores.
El Hechicero Tlacuache fue a ver qué ocurría.

Llegó a un pequeño claro sin árboles, todavía en el bosque, pero cerca del poblado humano. La escena lo sorprendió más de lo que esperaba.
El demonio, su demonio, estaba inmovilizado en la tierra, amarrado de patas y hocico con lo que parecía ser una cuerda mágica hecha de agua. Parecía como si un pequeño río se hubiera encausado alrededor de las fauces del monstruo. Alrededor de él, cuatro figuras encapuchadas y peludas maullaban con alegría mientras se lamían el pelaje calcinado.

―Buen trabajo, hermanos ―dijo una de las figuras encapuchadas mientras se lamía una parte calcinada del pelaje―. Sé que no fue fácil, pero por fin conseguimos uno.

El demonio se agitó con violencia, gruñendo mientras movía la cornamenta y trataba de zafar las garras. Por un momento los gatos se tensaron y el Hechicero Tlacuache creyó que las ataduras mágicas de agua no resistirían. El monstruo gruñó, las ataduras soltaron una pequeña nube de vapor y el monstruo quedó inmovilizado. El Hechicero Tlacuache chifló con tranquilidad.
Una gatita blanca y peluda, la más cercana a él, movió las orejas y lo miró fijamente.

―¡Un intruso! ―bufó mientras se le erizaba el pelaje.

Los demás gatos voltearon a verlo y bufaron con igual intensidad, mostrando sus pequeños colmillitos y lanzando zarpazos al aire.

―Wow, wow, wow, tranquilos ―dijo el Hechicero Tlacuache alzando las manos en señal de rendición―. Solo estaba buscando al… ¿Se lo van a llevar? ―preguntó mientras señalaba al demonio inmovilizado. Una sonrisa se asomó en su rostro. Un problema menos.

―¿Quién pregunta? ―dijo la figura encapuchada que había hablado primero. Se adelantó a las demás, descubrió su cabeza y el Hechicero Tlacuache vio a una gata parda, vieja, con el pelaje enmarañado y un poco quemado. Una cicatriz le atravesaba el ojo izquierdo y le rodeaba la cabeza. Con su único ojo bueno lo escudriñó de arriba abajo.

―Sí, es nuestro. Lo vimos primero ―dijo la gatita blanca.

―Sí. Con esta bestia todo el bosque temblará ante nuestro poder ―interrumpió un gato naranja.

―¡Cállate, Chimeco!

―Sí, cállate, Chimeco.

―¡Idiotas! Cállense todos, o éste podría meter las narices donde no lo llaman ―dijo la gata mientras desenvainaba las garras y se las empezaba a limar.

―No, no, para nada. Adelante, llévenselo. Un placer haberlos conocido, muchachos. Buena suerte ―contestó el Hechicero Tlacuache mientras se despedía y daba media vuelta.

En el pasado, los gatos ya habían intentado invadir el bosque, pero ese era problema de algún otro animal mago. El Hechicero Tlacuache ya estaba muy viejo para esos andares, además, si querían llevarse al demonio fuera del bosque, mejor para él. Lo único que le preocupaba era que todavía estuviera abierta la cafetería de la escuela para poder cenar algo antes de dormir.

―¡Está escapando! ―gritó la gatita blanca.

―Déjenlo que huya ―ordenó la gata tuerta―. Que le diga a todo el bosque que el reinado de los Gatos Satánicos está a punto de comenzar.

El Hechicero Tlacuache siguió andando. La caminata y el olor a pescado le habían abierto el apetito. Ay, cómo extrañaba su cama.

―Sí, más te vale que corras, anciano.

―No podrías contra nosotros.

―Sí, más te vale correr, rata ―gritó el gato naranja.

¿Rata…?

¡Rata!

Eso sí que no.

El Hechicero Tlacuache se giró. Un par de metros lo separaban de la secta de gatos.

―¿A quién le dijiste “rata”? ―dijo el Hechicero Tlacuache mientras alzaba una pata. El gato naranja flotó en el aire, como si lo estuvieran sosteniendo por el cuello. Los ojos le saltaron y sacó la lengua, mientras chillaba como un juguete de hule. Flotó un par de metros en el aire y cayó a tierra.

Los demás gatos lo vieron con el rostro desencajado. Hasta el demonio había dejado de retorcerse y miraba atento a la repentina explosión de magia. El gato naranja movió la pata trasera de manera espasmódica.

―¡Ataquen! ―gritó la gata tuerta.

Los cuatro gatos rodearon al Hechicero Tlacuache. Los pelajes erizados y los colmillos relucientes. Bufaban y lanzaban zarpazos. Tal vez estuviera algo oxidado, pero estos cachorros domésticos nunca se habían enfrentado a un hechicero del bosque. Les tenía que dar una lección.

La cola del Tlacuache se encendió en fuego, uno de sus más viejos trucos. De un latigazo formó un círculo a su alrededor. Si querían atacarlo, tendrían que enfrentar al fuego. A ver quién sería el primer chamuscado.

Un gato café cruzó el círculo de un salto. El Hechicero vio cómo conjuraba unos tentáculos de agua alrededor de su cuerpo. El Tlacuache fue más rápido.

―¡Risahistérica!

El hechizo golpeó al gato, el cual comenzó a reír de manera descontrolada. Su hechizo quedó cortado. Se tiró al suelo mientras movía las patas como si lo estuvieran electrificando, mientras miraba alrededor, tratando de recuperar el aliento.

La gatita blanca cayó detrás del Hechicero Tlacuache. Más rápida que su compañero, lanzó un chorro de agua salida de la nada, pero el Hechicero logró esquivarlo con facilidad. Un par de coletazos de fuego la mantuvieron a raya, pero el Tlacuache sabía que era cuestión de tiempo antes de que más gatos les saltaran encima.

―¡Vejiginflada! ―gritó el Hechicero Tlacuache. El encantamiento golpeó a la gatita en el pecho. Sus patas se levantaron lentamente del suelo y empezó a flotar hacia las ramas de los árboles. El Hechicero Tlacuache vio con satisfacción cómo la gatita pedía ayuda a sus compañeros, mientras trataba de aferrarse a alguna rama.

―¡Desgraciado! ―gritó la gata líder al saltar dentro del círculo―. ¿Por qué no te enfrentas con alguien de tu tamaño? ―el fuego se reflejaba en su único ojo bueno. El gato naranja trataba de bajar a la gatita blanca lanzándole piedras, y el gato café estaba acostado, recuperando el aliento tras tanta risa.

―Estará bien, el efecto se pasa después de un rato. Además, creí que los gatos siempre caían de pie.

―Serás el próximo sacrificio que consagremos a nuestra Diosa, rata ―contestó la líder mientras sacaba las garras y una esfera de agua empezaba a aparecer detrás de ella.

―¡Que no soy una rata! ―gritó el Hechicero Tlacuache, mientras esquivaba los chorros que trataban derribarlo. De un coletazo de fuego bloqueó un ataque, el cual se convirtió en vapor al instante. Sintió que la espalda se le humedecía, seguido de un fuerte golpe que casi lo derriba. Lanzó una bola de fuego para bloquear, a duras penas detuvo otro golpe que se dirigía directo hacia su cara, y logró lanzar un ataque hacia la gata, quien logró desviarlo de un zarpazo.

El olor a pelaje mojado y chamuscado inundaba el aire. Los tres gatos, e inclusive el demonio, veían atónitos el duelo de magia. El tlacuache y el gato saltaban, esquivaban, conjuraban bolas de fuego y agua, bloqueaban con escudos mágicos y se movían en una danza llena de vapor. Con un movimiento en espiral un tentáculo de agua golpeó al Hechicero Tlacuache en la mandíbula. Su cola se apagó momentáneamente y cayó hacia atrás, empapado y manchado de lodo.

―Eres un digno oponente, rata ―dijo la gata líder mientras apagaba un pequeño incendio en su túnica. Apareció una bola de agua en su pata, la cual empezó a crecer de manera amenazadora―. La Diosa estará satisfecha.

El Hechicero Tlacuache jadeó. Cuatro oponentes eran demasiado para él, por un momento se preguntó si aquel era su final, si toda su vida acabaría allí, humillado por unos gatos domésticos.

Su cola volvió a encender. La gata lanzó el ataque de agua. El Hechicero Tlacuache se levantó de un salto y golpeó el hechizo de agua con su cola en llamas, desviándolo justo a tiempo.

El hechizo de agua se deshizo en cientos de pequeños fragmentos cristalinos. Como si hubieran golpeado una esfera de hielo. Las gotas flotaron en el aire y lentamente alcanzaron al demonio.

Al entrar en contacto con su piel, el demonio aulló, pero cientas de pequeñas gotas siguieron cayéndole encima. Antes de que nadie pudiera hacer nada el demonio se encogió de tamaño, lo rodeó una nube de vapor y desapareció, apagado por la ligera llovizna que le había caído. El Hechicero Tlacuache se sacudió las manos y dijo:

―No creí que sería tan fácil.

La gata lo miró con su único ojo.

―¿No querías recuperarlo?

―Claro que no, me mandaron a deshacerme de él.

―Maldita rata… ―dijo la líder mientras se lanzaba encima del Hechicero Tlacuache. Los tentáculos de agua lo inmovilizaron en el suelo y una bola de agua le rodeó la cabeza, formándole un casco. Trató de encender la cola, pero no pudo.

Los demás gatos observaban. Su líder había sido humillada. Pero someter al idiota que les había arrebatado su trofeo sería un buen premio de consolación. La gata líder necesitaba demostrar por qué era la jefa. El Hechicero Tlacuache tragó saliva como pudo, tenía que darles una lección a estos tontos.

―No soy una rata ―dijo. Su voz distorsionada por estar debajo del agua. Empezó a conjurar uno de los encantamientos más devastadores que conocía. ―Soy el Hechicero Tlacuache.

La explosión cubrió todo el claro.

Los gatos quedaron brevemente ciegos, pero al ver cómo el humo y polvo se desvanecía, y al no sentir sus cuerpos transformados en gelatina, se levantaron uno a uno.

Lentamente sus túnicas empezaron a desaparecer, las hebras e hilos desvaneciéndose, rompiéndose, arrastradas por el viento, al igual que su pelaje.
Sus coloridos pelajes cayeron a trozos, dejando al descubierto sus blancas y arrugadas pieles. Los gatos gritaron. El café trató de atraparlo y pegarlo con magia, el gato naranja trató de lamerlo para que siguiera adherido a su piel, pero nada funcionó.

―No… ―murmuró la gata líder mientras su pelaje desaparecía.

―Hechizo de lampiñismo. Para que me recuerden ―dijo el Hechicero Tlacuache mientras se la quitaba de encima de un empujón y se ponía de pie.

―Has ganado un poderoso enemigo, Tlacuache ―gruñó la líder mientras trataba de cubrirse y daba la orden de huir. Los gatos salieron corriendo, humillados y pelones―. Lamentarás el día que te enfrentaste a los Gatos Satánicos ―y desaparecieron en la noche.

―Idiotas ―murmuró el Hechicero Tlacuache mientras empezaba a sentir frío. Miró su cuerpo y vio cómo las últimas hebras de su propio pelaje gris eran arrastradas por el viento.

―Me lleva la…

Tiempo

Samantha Aguilar Pérez


Tiempo by Samantha Aguilar Pérez
Tiempo by Samantha Aguilar Pérez
Título: El tiempo no espera a nadie 
Autora: Samantha Aguilar Pérez
Dimensiones: 768 x 1067 px (formato digital)
Técnica: Ilustración digital mixta, surrealismo digital
Color: Paleta fría dominante (violetas y azules)
Con acentos cálidos (dorado y beige).
Herramientas utilizadas: pinceles suaves, aerógrafos.
Utilización de blend modes (capas sobre expuestas).
Año de realización: 2025