Crónicas del Hechizero Tlacuache II: «La Maldición del Baño»

Por Sidi A. Hdz.


Un retortijón recorrió las entrañas del Hechicero Tlacuache. Alzó la vista y contempló a sus Aprendices de Hechicero: ratones, erizos, mapaches y tlacuaches jóvenes, todos concentrados, resolviendo su examen, ninguno se movió, murmuró ni alzó la vista. Controlando su estómago lo mejor que pudo, entendió lo que había ocurrido.

―Malditos mocosos ―murmuró para sus adentros―. Les enseñé el hechizo diarreaexplosiva con la promesa de que solo lo usaran en situaciones de defensa propia.

Sintió como si un basilisco recorriera su intestino. Utilizando toda la concentración que le quedaba empezó a caminar hacia la puerta.

―Jóvenes, creo que el director me llama, sigan con su examen ―y desapareció por el pasillo.

Hechizar a un maestro para poder copiar en el examen era un truco muy sucio, era cierto que él mismo había recurrido a ese hechizo en un par de ocasiones, pero era algo completamente diferente, cuando averiguara quién lo había hechizado…

Un nuevo retortijón hizo que le temblaran las piernitas, no llegaría a tiempo al baño de maestros, dio vuelta en un pasillo y entró en el lugar donde ni los dioses ni los directivos han puesto un pie: el baño de alumnos.

Llevaba años sin entrar en este baño, desde su época de estudiante, tras purgar la maldición y recuperar el control de su intestino, el Hechicero Tlacuache pudo apreciar cuánto había cambiado el lugar en más de seis décadas. El olor era el mismo, penetrante y mareador, como si te dieran un puñetazo, aunque el buqué era un poco más añejo.

Las manchas misteriosas del piso y paredes seguían en el mismo lugar, aunque habían crecido. Conocer su procedencia y naturaleza eran el tipo de sabiduría que el Hechicero Tlacuache prefería ignorar, la gotera de residuos químicos que se filtraba del Laboratorio de Pociones había crecido hasta convertirse en un bello charco que cambiaba de color, e inclusive podría jurarse que gruñía.

―Tal vez debería avisar a los directivos ―pensó el Hechicero Tlacuache mientras se lavaba las manos ―. Ese charco cambia a un color amarillo que no se ve muy saludable ―movido por la curiosidad se puso a explorar las paredes.

Es bien sabido que todos los baños escolares, sobre todos los del género masculino, tienen al menos una maldición rayada en las paredes; palabrotas, afirmaciones de que Fulano es medio así, o que Mengano hizo tal cosa allá, groserías, letreros y declaraciones, tan diversas como variopintas. Sin embargo, el Hechicero Tlacuache no esperaba encontrar la pared tan saturada, era un collage inmenso de palabrotas, afirmaciones y letreros tan obscenos que creyó estar leyendo lenguaje demoníaco.

El Hechicero Tlacuache apretó el puño con ira, no podía quitar la vista de aquel muro de barbarie, no obstante, fue el símbolo que más se repetía lo que de verdad lo sacó de quicio: dos círculos pegados y entre ellos un óvalo. El símbolo se repetía una y otra vez, en todas las paredes, piso e incluso techo, con diferentes caligrafías y tintas, inclusive con diferentes figuras, pero siempre representando la misma parte del cuerpo característica de los caballeros…

Esto hizo enfurecer aún más al Hechicero Tlacuache, podían lanzarle una maldición de diarrea a él, pero faltarle el respeto a esta bella institución era ir demasiado lejos.

Él, en su época de estudiante, NUNCA se había atrevido a rayar las paredes de este sacrosanto lugar, o al menos no recordaba que lo hubieran reportado por eso.

―Esto no puede quedarse así ―dijo mientras movía las manos para concentrar el poder mágico. Murmurando en legua mágica dijo: ―Quetodoaquelquehayarayadoestasparedes, zim-zalabín, queselescaigaelpilín.

La ola de magia explotó hacia todas las direcciones, atravesando paredes, aulas y alumnos. En la lejanía el Hechicero Tlacuache escuchó los gritos de sorpresa con miedo de los estudiantes. Había sido una excelente broma, cualquier aprendiz de primero podría hacer un contrahechizo para recuperar la adhesión de cualquier parte del cuerpo que se le hubiera caído, no habría ninguna consecuencia de la cual preocuparse.

El Hechicero Tlacuache rio por lo bajo, pensando en la magnífica venganza que se había cobrado, dio un paso hacia la salida cuando de repente sintió cómo algo se separaba de su cuerpo, se deslizaba por su pierna y caía por los pliegues de su túnica.

Sin entender bien lo que pasaba vio cómo su pilín rodaba hacia el charco de desechos químicos. ―Ay, no ―pensó el Hechicero Tlacuache antes de que su pilín desapareciera en el charco amarillo.

Los fugitivos


Ronnie Camacho Barrón


El día en que los humanos perdimos la fe, fue el mismo en que los ángeles descendieron a la tierra, al principio el mundo se maravilló ante ellos y aunque su apariencia no encajaba en el canon de las descripciones conocidas, no cabía la menor duda de quienes eran.

Pues poseían cuatro pares de gigantescas alas blancas, sus ojos resplandecían más que el propio sol, las facciones de sus finos rostros les daban un aspecto andrógino y emitían una intensa aura celestial que hacía que cada persona en un radio de diez metros a la redonda terminase rendida a sus pies.

Como era obvio, los creyentes del mundo les recibieron con los brazos abiertos, estaban ansiosos por escuchar el mensaje que seguramente Dios les había encomendado darnos.

Fue muy tarde cuando descubrimos que aquellos seres alados no eran mensajeros de buenas nuevas, sino, vengativos ejecutores.

En cuestión de días y haciendo uso del poder de sumisión que tenían sobre nosotros, comenzaron a asesinar a cada humano que se pusiera en su camino, hasta el punto, de que grandes metrópolis como la Ciudad de México, Paris y Nueva York fueron purgadas en tan solo una tarde.

Sin más alternativa, la guerra en contra de los celestiales comenzó y no fue hasta hoy, a un año de haber iniciado el conflicto que por fin hemos encontrado la respuesta a su venida.

Con mucho esfuerzo logramos derribar a uno ellos y tras cercenarle las alas, no solo inhibimos sus poderes, también logramos interrogarle y lo que dijo, nos heló la sangre.

Dios no los había enviado, fueron ellos quienes por decisión propia habían descendido a la tierra para esconderse de él, pues siguiendo los pasos de Lucifer en los comienzos de la creación, ellos también intentaron rebelarse y de igual forma, fracasaron.

Fue por eso que antes de recibir su castigo, huyeron a nuestro mundo, pues solo aquí su ira jamás los alcanzaría y al ser ellos mismos sus propios ejecutores, nadie jamás los detendría de apropiarse del planeta.

No tenemos idea de cual será nuestro siguiente movimiento, la munición que tenemos es escasa y el último reporte que obtuvimos de nuestros vigías antes de perder la comunicación con ellos, es que una brigada entera de ángeles viene para acá.

Jamás pensé que el apocalipsis sería de esta manera, ni que aquellos seres hermosos en los que mamá me enseñó a creer, se convertirían en monstruosos bastardos que se cobrarían la vida de la mitad de nuestra civilización.

Ya los veo acercarse a la distancia y aunque yo deseo correr, mi cuerpo no responde, sé que ya no sirve de nada rezar, pero señor, te lo suplico, cualquier cosa que me vayan a hacer que la hagan rápido.

La filosofía interminable de Ende: «La infinitud exponencial del libro rizoma»


Roberto Carlos Garnica Castro


Silfos nocturnos, fuegos fatuos y comerrocas, una tortuga gigante, un monstruo proteico y un dragón de la suerte, oráculos y esfinges, hombres lobo, brujas y vampiros, tres niños (una emperatriz, un héroe y un lector apasionado), y muchas otras criaturas fantásticas, hacen de La historia interminable un impulso para soñar y viajar. 
Es también un texto que estimula el pensamiento. ¿Me acompañas a desentrañar sus tesoros filosóficos?

La infinitud exponencial del libro rizoma

En Fantasia en peligro (primer capítulo de La historia interminable), un fuego fatuo, un comerrocas, un silfo nocturno y un diminutense conversan alrededor de una hoguera. Son mensajeros de sus respectivas comarcas y deben dirigirse a la Torre de Marfil para pedir ayuda: ¡la Nada ha aparecido y lo devora todo! Llegan al centro de Fantasia y se sorprenden porque infinidad de mensajeros de todos los confines han arribado allí por el mismo problema. Finalmente les informan que la Emperatriz Infantil está muy enferma y que “quizá ésa sea la causa de la incomprensible desgracia que se ha abatido sobre Fantasia” (Ende, 2022, p. 36).

Además de la historia, que es fascinante, el Capítulo I aborda varios tópicos filosóficos: el “ser” de la nada y la imposibilidad de explicar qué es “esa cosa horrible” (Ende, 2022, p. 29), la contraposición entre literatura realista y fantástica, moralizante y recreativa, el poder de la escritura para evocar sensaciones, sentimientos e ideas, la guerra, etc. En esta segunda entrega de La filosofía interminable de Ende, nos sumergiremos en dicho apartado para reflexionar en torno a la infinitud exponencial de este libro.

En sentido aparente, La historia interminable es algo acabado, es decir, tiene una página inicial y una página final. Sin embargo, como sugerí en Elementos para una escritura y una antropología rizomáticas, La historia interminable es un tipo especial de texto que debe abordarse como obra abierta (Garnica, 2019). No concluye, sino que queda en puntos suspensivos y “cierra” con un lema que es una auténtica línea de fuga: “pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión” (Ende, 2022, p. 489).

La primera vez que aparece el lema es, precisamente, al final del Capítulo I. Y con dicha fórmula expresa que, aunque debido a las exigencias narrativas debe seguir un hilo central, cada historia que aparece sigue su propio camino.

De manera específica, Ende comenta que Blubb, Pyernrajzark, Vúschvusul y Úckuck, los cuatro seres fantásticos que se conocieron en el Bosque de Haule, se hicieron amigos y vivieron muchas aventuras… pero él debe continuar relatando lo que ocurre con Bastián y la Emperatriz infantil.

"Elementales", autor:Yami 2024
«Elementales», autor:Yami Hernández, 2024

Ilustración de la entrada «Elementales» por Yami Hernández.

En este sentido, La historia interminable posee lo que Deleuze y Guattari (2002) denominan ruptura asignificante: “un rizoma puede ser roto, interrumpido en cualquier parte, pero siempre recomienza según ésta o aquella de sus líneas y según otras” (p. 15). Esta novela es esencialmente infinita porque contiene innumerables líneas de fuga que, a su vez, se ramifican exponencialmente.

Aunque hay un personaje central y un eje conductor, cada personaje y cada lugar tienen su propia historia. Cada persona, además, se relaciona con otras y carga con la historia de su pueblo y su entorno.

Del diminutense, por ejemplo, se nos cuenta que se llama Úckuck, que posee un extraordinario caracol de carreras y cuyo pueblo construye “ciudades enteras en las ramas de los árboles, en las que las casitas estaban unidas entre sí por escalerillas, escalas de cuerda y toboganes” (Ende, 2022, p. 25). Y dicha microhistoria puede expandirse si la alimentamos de fértiles preguntas: ¿cuál es el nombre de las ciudades?, ¿cuál es su organización política?, ¿cómo domesticaron a los caracoles de carreras?, ¿quiénes son los padres de Úckuck?, ¿está casado y tiene hijos?, ¿cómo conoció a su esposa?… sin olvidar, por supuesto, ¿qué aventuras vivió después con el comerrocas, el fuego fatuo y el silfo nocturno?1

Blubb, el fuego fatuo, habla de su patria, Podrepantano y de un importante lago que existía allí, Cálidocaldo, y de manera marginal menciona al “Supersapo Sumpf, que vivía con su pueblo en el lago Cálidocaldo” (Ende, 2022, p. 29). También se pueden ampliar esas historias: ¿cómo son esos lugares?, ¿quiénes viven allí?, ¿qué relaciones hay entre ellos? No desestimemos que un lago y hasta una gota de agua pueden concebirse como universos en sí mismos.

La historia interminable, como un rizoma, puede extenderse hacia atrás, hacia adelante y hacia los lados, y cada punto es una nueva línea de fuga…

Por si fuera poco, esta obra del género fantástico está plagada de personajes que se remiten a otros contextos. Estas son algunas de las referencias de intertextualidad milenaria que aparecen en el primer capítulo: Pegaso, Ave Fénix, grifos, yinnis, duendes, trolls, hadas, faunos, etc.

En esta entrega no abordamos todas las cuestiones filosóficas que se tocan en el Capítulo I de La historia interminable. Pero queda claro que se trata de un libro que da qué pensar y que posee, por su ruptura asignificante, una infinitud exponencial. ¿Cuenta con otras características rizomáticas? Al menos, por estar escrito en dos tintas que jerarquizan ontológicamente lo narrado, sigue los principios de conexión y heterogeneidad y saluda al mundo exterior al libro… “pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión” (Ende, 2022, p. 37).


1 Por cierto, esta historia y todas las que nuestro autor deja explícitamente abiertas ya fueron desarrolladas en Ende interminable (2022).

Referencias.

Deleuze, Guilles y Guattari, Félix (2002). Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Pre-Textos.

Ende, Michael (2022). La historia interminable. Alfaguara.

Garnica, Roberto Carlos. (2020). Elementos para una escritura y una antropología rizomáticas. Cuicuilco Revista De Ciencias Antropológicas26(76), 129–151. Recuperado de https://revistas.inah.gob.mx/index.php/cuicuilco/article/view/15464

VV. AA. (2002). Ende interminable. Tinta Púrpura Ediciones.

Revivirán sus rostros

Autora: Yolanda Pomposo


En esta sección presentamos cuentos que fueron trabajados en el Taller Delfos de Escritura Creativa narrados en voz de los propios autores. Da click en el enlace para escucharlo en la plataforma IVOX.

Revivirán sus rostros

Yolanda Pomposo Díaz

El asiento del autobús está cómodo. Mando el último correo para confirmar que esta mañana, los voluntarios ya tomamos la primera dosis de la vacuna Patria. Reviso mis redes sociales. Una publicación que me interesa dice:

La estación Palenque del Tren Maya estará inspirada en el arte antiguo y en la máscara funeraria de Pakal, gobernante de la ciudad maya.

Cuando despierte Oscar le diré de esta noticia y que ya se publicaron las vacantes para el nuevo museo en Palenque, es una excelente oportunidad para nosotros. Oscar despierta, parece que va a vomitar.

—¿Qué tienes? —Le pregunté.

Con un gesto de asco contestó:

—Por un momento me sentí muy mal, pero ya pasó. Ya vamos a llegar, ¿verdad?

—Sí, probablemente es una reacción a la vacuna, ¿quieres decirles que te sientes mal?

—No, yo creo que bajando me sentiré mejor.

Llegando a la zona arqueológica rodeada de selva, tomamos nuestro equipo y continuamos hacia los túneles de la excavación, ahí le volví a preguntar:

—¿Cómo te sientes?

—Solo me siento un poco cansado, pero presiento que hoy encontraremos la cámara funeraria y no me lo voy a perder.

—Oscar, te veo mal, regresa para que te revisen.

—No Jaime, ya estamos cerca.

—Pero estas sudando mucho.

—Tienes razón, Jaime. Saldré a tomar aire fresco.

—Te acompaño, tal vez será mejor que te vuelvan a tomar tus signos.

—No, quédate con el equipo, descanso un rato y regreso.

Ya deberíamos estar cerca de la tumba. Ahora a mí me cuesta trabajo respirar. Solo no podría regresar con todo el equipo. Estas piedras se ven firmes. Descenderé por aquí. Las rocas están muy húmedas. ¡No! ¡Me resbalo! Ojalá que Oscar venga a rescatarme.

Me duele el cuerpo. ¿Cuánto tiempo llevo desmayado? Tengo suerte de no haber quedado sepultado. Si provoco un derrumbe podría quedar atrapado como los mineros de Pinabete. Traigo una lámpara en el bolsillo. Afortunadamente no se rompió. ¡Un sarcófago! Tiene una losa que lo cubre. Es imponente. Está esculpida con bajorrelieves, hay glifos alusivos a la muerte de Pakal y la figura de un hombre maya. Es parecido al del Templo de las Inscripciones. La losa está ligeramente desplazada. Eso debe ser una ofrenda mortuoria. Creo que puedo moverla un poco. Un poco más. Contiene un ajuar funerario. ¡Una máscara igual a la del rey Pakal! Hecha de fragmentos de jade sus ojos de concha e iris de obsidiana. Las noticias dirán que se encontró otro relieve con un astronauta. Siento un escalofrío. Me incita a ponérmela. ¡Todo está negro! ¿Qué pasa? No puedo respirar. ¿Por qué no puedo quitármela? Mejor me calmo. Esto no puede estar sucediéndome. Las piedras que toco se volvieron húmedas y frías. Es como agarrar hielo. Parece que un musgo cubre todo. Si no consigo aire me voy a asfixiar. He caminado en la oscuridad. ¡Caigo! ¡Un vértigo! Todo está resbaloso. No me puedo agarrar. Vuelo y siento un golpe en todo mi cuerpo. Es un río, la corriente es muy fuerte. El dolor de cabeza es insoportable. La corriente me arrastra. Necesito aire. Todo está oscuro.

No sé si estoy alucinando o mejora mi visión. Es sorprendente que pueda nadar y respirar. Ya no me siento cansado ni adolorido. Sigo la corriente, debe tener una salida. Creo que hay una caída adelante. Esta aumentado la velocidad. No quiero morir así.

Regresó el dolor de cabeza. Debo estar en el campamento. Estoy conectado a un suero. Ahí viene Oscar.

—Jaime, cálmate, no te levantes. ¿Cómo te sientes? ¿Puedes hablar? Sospechan que te pudo dar un infarto. Te encontraron en el río, con una máscara. Creen que es una máscara del rey K’inich Janaab Pakal.

—¿Y la máscara?

—La llevaron al contenedor, está segura. ¿De dónde la sacaste? ¿Pensabas robarla? —Lo dice con mirada sospechosa.

—¡No! ¿Cómo crees?

—Una ambulancia te trasladará a un hospital. Yo también he estado en observación, estuve a punto de desmayarme cuando salí de la pirámide. Muchos de los que recibimos la vacuna hemos tenido reacciones secundarias. Te dejo porque ya está por salir un autobús. Estaré al pendiente.

Oscar salió de la carpa. Recuerdo todo. Me sentí fuerte, ágil. ¿Así se siente experimentar drogas? Tengo que verla, juro que tengo que verla. La máscara mortuoria de jade representa la promesa del renacimiento del rey Pakal. Puedo intentar buscarla en la bodega, sé la contraseña.

Aquí afuera ya está oscuro. Mi corazón se acelera, tengo miedo y no sé de qué. La contraseña no ha cambiado. Tiene que estar en las últimas cajas. Debe estar en una de estas. ¡La tengo! Es impactante. Siento su poder electrizante. Parece que brilla para mí. A esto se refiere la sentencia del Popol Vuh: “Así revivirán sus rostros”.

Se acercan voces afuera. Ya vienen los guardias. Tengo miedo, pero si quiero salir de esta mejor me la pongo. Quiero sentirme nuevamente poderoso. ¡Corro! ¡Siento que tengo la velocidad de un jaguar! ¡Doy zancadas de varios metros! ¡Puedo saltar de un árbol a otro! Sus disparos quedaron lejos. Me integro con la selva que me da su bienvenida.

Cabeza de Toh

Autor: Ángel Fuentes Balam


El pájaro nos habla:

—Durante el Pixán, voy a contarle cuentos a los niños, para distraerlos de la muerte.

Enumera los dedos cortados, sumidos en la sal, en una copa de barro: hay nueve; los dientes ordenados en la mesa, forman dos círculos: uno dentro del otro. Los ojos de su hermana lo observan, cada uno por separado, puestos en hojas de plátano en los extremos del mueble. La cabeza sin lengua —sus párpados y labios fueron cosidos con hilo negro—, preparada en lo alto. Brazos, piernas, pies, pintados de verde… arman una horrible cruz en el nivel más bajo del altar. Han puesto ya el pasaje de ceniza que llega hasta a ellos.

Cuando arriben, los Toloks pisotearán ese camino, antes de devorar los pedazos de carne de la niña. Toh aprieta los puños. Las lágrimas duelen como espinas que cortaran su cara. Sus padres, abuelos, el pueblo entero… son unos cobardes. ¿Es todo lo que pretenden ser? ¿Ofrendas de sangre para esos monstruos?

La leña le pesa en la espalda, con el morral repleto, es muy incómodo andar. Además, la cabeza de pájaro que usa, hecha con jícaras y paja, es bastante calurosa. Debe llevar ya lo recolectado hasta el mercado. Toca suavemente la uña del dedo que ha tomado, y se enfurece con la mosca que quiere posarse en uno de los ojos: hace aspavientos tan fuertes que casi lo hacen caer. Su máscara sesea. Betsabé. Así se llamaba ella. Tenía la voz dulce y aguda, igual que las lloviznas repentinas de Mayab.

Da un beso a sus dedos y luego los posa en la frente de su hermana. Está tibia. Es lógico: apenas fue sacrificada la noche anterior. Le pide perdón por llevarse su dedo, que guarda en la bolsa. Acomoda las ramas en sus hombros, alejándose. Mientras camina por la calzada, el estómago y la garganta se le anudan: ante varias puertas de madera, pintadas con el símbolo del Tolok, hay más altares, y barriles llenos de sangre. Reconoce a los niños de la generación pasada, que hoy se convertirá en el banquete de los malditos “semidioses”: Esther, Joaquin, Sara, Ruth, Job, Magdalena… Ella y Betsabé solían trepar las ceibas del arco norte, para ver lo que se extendía más allá. Ahora ninguna tiene ojos para soñar, ni manos para ascender. Pero él se encargará de que eso no vuelva a repetirse.

“Yo debí haber sido una ofrenda”, piensa con pesar. Pero sabe que sólo cada segundo hijo lo podía ser. Los ofrendados son separados de la familia desde bebés, con el fin de no generar vínculos. Él no hizo caso, rebelde desde la cuna, y varias veces visitó a Betsabé en el templo. Ahí jugaron, hablaron, conoció a sus amigos: niños también destinados al altar. Toh quiso rescatar a su hermana, pero la vigilancia del sitio había sido tal, que fue imposible sacarla de ahí.

Cruza las ruinas de Mayab, agitando el mascarón al andar. Decían los viejos que la ciudad era la más hermosa de Neoxtitlán, antes de llamarse así, y que incluso le apodaban: “La Blanca”. Según los escritos, aquel fue el único sitio de paz antes de la Guerra Civil y la Titanoginia. No lo cree. Aquel hoyo de mierda y sangre no guardaba belleza por ningún lado.

El derruido mercado apesta a sudor y a estiércol de ganado, quemándose en las afueras de la puerta mayor. Los aldeanos más temerosos han comenzado a esconderse entre las buhardillas, para pasar la noche del Pixán. Cada tres años es lo mismo. No puede disimular una mordaz risa: le repulsan. Palpa en su morral las frutitas de huaya que con tanto trabajo ha conseguido, y siente, en el fondo, el dedo de Betsabé. Baja por la rampa que lleva a las bodegas del sótano, una que otra rata se desplaza entre sus pies; ahí asienta por fin el fardo de leña, y se quita la máscara, poniéndola en un huacal, sobre un barril de aceite que ha ocultado, pacientemente, con hojas y telas roídas. Ha logrado que la montaña de palos sea lo suficientemente grande, como para asomarse por el primer nivel: así cubre por completo el hueco en la pared trasera del almacén, que abrió hace meses. Nadie ha preguntado por tal exceso de leña. Así eran ellos: mientras hubiera recursos, no había quejas. El lugar huele a humedad, lodo, y vegetales rancios. Para su suerte, todos están muy ocupados con los últimos detalles para la noche, así que nadie custodia la bodega. Al fin y al cabo, los Toloks no irían por granos ni verduras.

Toh sube por las plataformas escalonadas de piedra, advirtiendo el movimiento y la gritería de cada piso: primero, el más vulnerable, “protegido” por una pobre milicia y los hombres del pueblo, incapaces de enfrentarse a la ferocidad de los Toloks (las flechas a duras penas penetraban sus escamas); en el segundo, se concentran los alimentos y el agua, para la jornada; el tercero, alberga a los ancianos y a los enfermos (los que se habían salvado de ser sacrificados); en el último nivel, a donde llega bufando por el esfuerzo, se encuentran los niños, entre primeros y segundos hijos: estos últimos, marcados con el símbolo del Tolok, en un brazo. Deben estar ahí, para evitar que algún lagarto los descubra; de lo contrario, la masacre sería inimaginable. Según los adultos, si uno lograra infiltrarse en el mercado, la pequeña nación de Mayab, caería antes del amanecer.

Las matronas untan pasta de ajo con hierba chaya en la piel de los niños, para que los “semidioses” no puedan olerlos. Además, se quema chile habanero desde tal altura con el objetivo de disimular su aroma. El hedor provoca ahogamiento y llanto, por lo que los chiquillos son cubiertos con sarapes. Ese horrible humo es el elemento que permitirá llevar a cabo la tarea de nuestro pájaro libertador.

—¿Qué son los Toloks, chichí? —pregunta un atribulado niño, desesperado por la comezón que la chaya produce en su piel. Es ya mayor para ser consciente de lo que pasa, pero aún muy pequeño para asimilar la espantosa tradición que lo involucra. La abuela le dice que son dioses parecidos a los Uayes, tomando sus manos para que deje de rascarse. Dioses que vienen de lo profundo de las aguas; bajo los cenotes de Mayab, en las cavernas cerca del sol subterráneo, ahí tienen su morada.

“Supersticiones estúpidas”, medita Toh. Esas alimañas no pueden ser dioses. Tampoco los horribles Uayes. Antes de morir, el profesor Jacinto Bestard, le contaba a unos pocos la versión que él siempre creyó: hacía casi un siglo, después de que los titanes cayeron del cielo, los países que sobrevivieron al cataclismo usaron los cuerpos gigantes y conocimientos prohibidos para crear aberraciones, soldados con los cuáles dominar a los pueblos. Mezclaron animales y personas, creando las bestias que ahora llamaban Uayes: hombres con cabeza de perro, de chivo, de cerdo, con fuerza descomunal y hambre extrema. De esos quedaban pocos, y se escondían en la selva. A los Toloks los crearon con reptiles, pero gracias a los cerebros humanos que les metieron, se desarrollaron mejor, hasta adaptarse. Hicieron guaridas en los cenotes antiguos, y comenzaron a alimentarse de carne viva. Eso decía el maestro Bestard. Para que no acabaran con Mayab, en algún punto de la historia, se pactó la noche del Pixán: se les ofrecieron los cuerpos más tiernos a cambio de vivir otras tres vueltas de sol. Los Mayabitas funcionaron así por décadas, subyugados a su propio miedo.

“Hoy se acaba”, murmura Toh. Y también había dicho:

—Durante el Pixán, voy a contarle cuentos a los niños, para distraerlos de la muerte.

Nadie se opuso a su ofrecimiento. De hecho, fue celebrado.

Le pide a una mujer que reúna a los pequeños en la parte central del último piso, cerca de las escaleras. Pronto comenzará la quema del chile, y quiere que la función inicie antes. Está oscureciendo. Toma una antorcha, bajando a toda prisa hasta la bodega. En el camino sortea a la muchedumbre ansiosa. Las voces acongojadas hinchan el aire. Al llegar, se coloca la cabeza falsa de ave, y deja el fuego encima de una columna. Luego, sube otra vez. Está contra el tiempo. Llega exhausto, con la máscara cayéndose, y sin poder respirar bien. Se ha comenzado a tatemar el picante.

—¡Niños! ¡Acérquense! Yo soy el pájaro Toh, y vengo a darles un regalo.

Lo rodeamos. Somos unos quince; hay otros tantos que no quieren ver el espectáculo, o no pueden por ser muy chicos. Cuando nos tiene cerca, abre el morral.

—¡Miren! —dice, pelando una huaya— Esto se come con mucho, mucho, cuidado. Sin tragar, sólo teniéndola en la boca, anolando —. Nos muestra cómo, y permite que tomemos una—. ¿Les gusta? Después, deben escupir la semilla, aquí —vuelve a abrir la bolsa para que echemos el hueso de la fruta. —¡Muy bien! ¿Quieren más?

Coreamos que sí. Cubriéndonos la nariz y la boca con la tela.

—¡Esperen aquí, ahora viene el cuento!

El humo del chile hace toser a la gente del cuarto piso. Una campana repica, a lo lejos: es el aviso de que los primeros Toloks ya han emergido del agua. No queda mucho tiempo.

Camuflado entre el humo, se dirige a una de las quemadoras, y ahí se quita la máscara, poniéndola en el fuego. De inmediato se enciende, y la arroja entre un montón de zarapes sin usar.

—¡Algo se incendia! —grita para crear confusión. Nace un alboroto ciego de voces y manotazos. —¡Vengan, niños! —Intenta atraer a todo el grupo, pero algunos se rezagan. No importa: va a salvar a los que pueda. Bajamos con él las escaleras. La gente en los niveles inferiores no sabe qué ocurre, así que los confunde: —¡Se quema el último piso!

Algunos suben a toda prisa para mirar si es cierto. La campana suena sin parar. Hay lamentos, voces de desconcierto, algunos aldeanos lo interrogan, no hace caso.

—¡Corran! —grita tras nosotros. Logramos bajar hasta el sótano. La antorcha que ha dejado antes nos alumbra. —Vengan —nos conduce por detrás de la montaña de leña. Tiene que mover grandes trozos de madera, quebrar los más delgados, sufrir rasgaduras, pero termina por despejar la abertura en el muro—, por aquí. Rápido.

Unos lloran, otros gritan que quieren volver con su madre, los menos, lo obedecemos.

—¡No lloren! Salgan por aquí. ¿Quieren ser devorados por los Toloks? —cuando dice esto, mete la mano por dentro de su bolso, y nos muestra el dedo de Betsabé. —Miren, miren bien. Es un dedo como los de ustedes. Miren sus manos. Este era de mi hermana. Si no salimos de aquí, pronto se los van a arrancar para dárselos de comer a los monstruos.

Horrorizados, algunos niños lo seguimos; otros se quedan sin hacer nada. Somos siete los que salimos del mercado junto a él.

—Corran hacia el mar. Está por ahí. Tienen que correr, aunque sea de noche. Yo los encontraré mañana. Corran y no dejen de correr. Nosotros vamos a pelear contra los Toloks, ustedes tienen que huir. Sólo corran. Hasta que amanezca. Los que quedemos, iremos por ustedes. ¡Ya!

Nos alejamos corriendo. Somos muy pocos, pero somos libres. Miro hacia atrás, sobre mi hombro, donde está tatuada la marca del Tolok. Él nos despide, satisfecho.

Entra al mercado. Se desliza entre el montón de leña. Sube la escalera hacia la puerta principal. Sigue la gritería y el desconcierto. Alcanza a oír que buscan a los niños. Los guardias de la puerta lo notan ya tarde. Sale del edificio y va cuesta abajo, hacia la calzada. Sus piernas se tensan al máximo por la carrera. Las huayas secas se agitan adentro del morral. Avanza a grandes zancadas, y de súbito, frena.

Frente a él, tres Toloks devoran los restos de carne de un altar. Más allá alcanza a ver diez más. Nunca los ha visto tan de cerca. Son enormes. En sus cuellos hay dos membranas rojas que parecen abanicos rotos, sus garras son oscuras, como lanzas de obsidiana, sus ojos son amarillos y húmedos. En su pecho, las escamas brillan; y en su espalda, han crecido huesos negros. Sus hocicos largos están manchados por la sangre de los sacrificados.

El corazón se le congela. Sus extremidades se aflojan. No. No puede rendirse. “Hoy se termina”, susurra. Abre el saco de tela, para que el olor de la saliva de los niños, impregnada en las huayas, los alcance. Aspiran y rugen. Funciona. Toh vuelve a correr. Escucha las gordas patas de reptil golpeando la tierra detrás suyo. Grita: ¡Betsabé no murió en vano! ¡Hoy se tiene que acabar!

Observa el mercado, y sacando fuerzas desde lo más hondo de su ser, acelera. Recuerda cuando corría con Betsabé en la plaza del templo, en círculos, pensando en la manera de salvarla. Divisa la puerta principal.

—¡Ataquen! —exclama a los soldados que guardan la entrada. Estupefactos, se paralizan al mirar a los Toloks trotando hacia ellos. —¡Ataquen! —vuelve a gritar, colérico, bravío.

Penetra el recinto y va directo al sótano. Ya no es humano, sino una saeta venenosa y brutal. Con todo su peso vuelca el barril de aceite bajo el monte de leños, empapándose en el proceso. Pero ya no importa. Hoy, morirá peleando. Los Toloks entran al mercado. La conmoción hiere hasta las estrellas mismas. El ruido de las flechas y los machetes rompe la oscuridad. Ve bajar a dos de esas alimañas hasta la bodega, plantándose frente a él. Toma la antorcha. Mirándolos con desprecio, la arroja a sus pies. Las llamas brotan como un río desbocado. No siente su piel. No duele. Los Toloks chillan de espanto y rabia. Así, envuelto en flamas toma el dedo de su hermana, apuntándolo hasta los repugnantes “dioses”.

—Hoy se acaba…

La sentencia arde junto a los cuerpos retorcidos de los Toloks. Los de más arriba son testigos del milagro: las bestias podían morir. Debían morir. Los soldados cuentan que vieron a Toh caminar envuelto en llamas, sus brazos se habían convertido en alas luminosas, ordenando el ataque.

Aquel día, los que se quedaron atrás, lucharon hasta la mañana. Y los que corrimos, vivimos libres para contar su historia.

*Este cuento fue publicado previamente en revista Colectivero No. 2 / verano 2024

Crónicas del Hechicero Tlacuache

Autor: Sidi Alejandro Hernández Osorio


―¡Demonios! ―gritó el Hechicero Tlacuache al ver un ser de aspecto indescriptible salir a rastras del portal. Del monstruo surgió un alarido que helaba los huesos, el solo hecho de escucharlo enloquecería al más fuerte de los hombres.

―Ooohhh ―exclamaron admirados los aprendices tlacuache que atendía la clase, mientras se apresuraban a tomar notas en sus pequeñas libretas.

―Lamento mucho este malentendido, no veremos demonios hasta el próximo parcial, supongo que habré revuelto los libros de invocación ―se disculpó el Hechicero Tlacuache.

―Ahhh― exclamaron decepcionados los Aprendices Tlacuache.

El ser de aspecto indescriptible se torcía sobre sí mismo, como si en lugar de carne estuviera hecho de masa, los huesos traspasaban la carne, se rompían y reacomodaban de maneras que hubieran hecho enloquecer a cualquier anatomista. Los alaridos que profería retumbaban en las entrañas de la tierra, reverberando horrores arcanos otrora olvidados.

Uno de los Aprendices Tlacuache alzó la mano.

―Profesor Hechicero Tlacuache, ¿y qué haremos con el demonio?

―Ah, no se preocupen, jóvenes, a mi señal todos hagan el hechizo fingirqueestamosmuertos.

A la señal todos los tlacuaches se tiraron al piso, cerraron los ojos y sacaron la lengua. El demonio por fin rompió el portal y pasó sobre ellos sin siquiera notarlos. Se perdió en la negrura, mientras sus gritos resonaban en la oscuridad.

―Listo, jóvenes― dijo el Hechicero Tlacuache poniéndose en pie. ―Perdonen que la clase haya sido tan corta, nos vemos mañana.

―Profesor, ¿y el demonio?

―Ah, descuiden, ahora es problema de los humanos.