La autopsia de Dios

Víctor David Manzo Ozeda


El equipo llegó a las 07:47 horas. El cuerpo estaba tendido sobre una superficie irregular de roca. Medía aproximadamente ochenta y tres metros de largo. No presentaba señales de putrefacción. Tampoco había signos de violencia. La estructura era humanoide, con dos extremidades superiores, dos inferiores y una cabeza bien definida. No tenía vello. No tenía órganos genitales. La superficie de la piel era translúcida en algunas zonas y opaca en otras. No reaccionó a estímulos externos. No hubo movimiento reflejo.

Se montó un perímetro de trabajo de cuarenta metros. Se asignaron turnos de observación, toma de muestras y análisis. Se prohibió el contacto directo sin guantes. El primer corte se realizó con instrumento térmico a la altura del pecho. No hubo sangrado. La cavidad torácica estaba vacía. No se encontraron órganos vitales en su ubicación esperada. Solo una masa central, esférica, adherida al esternón interno, firme al tacto, sin pulsaciones ni temperatura. La retiramos fácilmente. Fue almacenada en contenedor clase IV.

El cráneo se abrió con equipo neumático. El proceso tardó siete horas. La estructura interna no coincidía con ningún patrón anatómico conocido. No había lóbulos cerebrales. No había médula. Solo una cavidad llena de placas lisas, similares a láminas de vidrio. Estaban colocadas una sobre otra. Ciento veintidós en total. Las examinamos bajo microscopio. Contenían inscripciones microscópicas. Algunos patrones se repetían. Otros eran únicos. Se registraron, se copiaron, se sellaron.

El resto del cuerpo fue catalogado por sectores. No se detectaron pulmones, intestinos ni sistema circulatorio. No se hallaron huesos. Todo el soporte estructural era tejido denso, compacto, sin fibras. El peso total del cuerpo era de 3,980 kilogramos. No tenía olor. No tenía sabor. No se descomponía al contacto con bacterias. No reaccionaba al ácido. No ardía con fuego. Se intentó congelarlo. No paso nada.

Después de seis días de análisis, el cuerpo comenzó a desintegrarse. El proceso fue constante, sin intervalos. No emitió calor ni energía detectable. No quedó ningún residuo. Ninguna parte fue posible conservar. Solo las láminas. Las ciento veintidós. Fueron enviadas al archivo central. El informe fue entregado. No hubo conferencias de prensa. No se autorizó publicación.

Días después del cierre del informe, volví a leer la bitácora. Buscaba algo que se me hubiera pasado. Un dato, una anomalía, una omisión. No encontré errores. Todo estaba registrado. Cada incisión, cada hallazgo, cada antecedente. Pero había una negligencia que no era técnica. No era un dato. Era la sensación constante de que habíamos llegado tarde.

No a la escena. A la pregunta.

Habíamos abierto ese cuerpo con escrupulosidad. Lo medimos, lo pesamos, lo clasificamos. Lo convertimos en fenómeno inexplicable. Pero nunca preguntamos si debíamos tocarlo. Si su forma era una respuesta o un intento de retirarse en paz. Fuimos ahí porque el protocolo nos lo exigía. Y cumplimos. Pero nadie volvió igual.

En los días siguientes, varios miembros del equipo comenzaron a escribir sin motivo. Palabras sueltas, sin estructura. Algunos quemaron sus investigaciones. Otros las escondieron. Yo las almacené. Las he leído una a una obsesivamente. No contienen información útil. Pero todas comparten una misma idea, repetida con variaciones:

“Si Dios existía, no era para ser entendido. Solo para irse sin decir nada.”

Y eso hizo. Se fue.

Sin venganza. Sin despedida.

Y el mundo siguió.

Con menos preguntas.

Con menos fe.

No porque hubiera respuestas.

Sino porque lo que nos sostuvo… ya no nos mira, porque nunca le importamos.

El Hechicero Tlacuache contra los Gatos Satánicos

Sidi A. Hdz.


―Tienes que capturar al demonio ―le dijo el Director Tejón al Hechicero Tlacuache.

Is piligrisi piri lis himinis ―remedó el Hechicero Tlacuache mientras seguía el rastro del demonio por el bosque.

Viejo ridículo, los demonios se deshacían si les caía agua. En el bosque no sobreviviría más que un par de días. Aunque, lo más probable, es que antes encontrara a algún humano y lo poseyera, pero ¿qué humano no quisiera poder trepar por las paredes y hablar en lenguas muertas?

Is nistri rispinsibilidid pritigirlis ―regañó el viejo director. Y el Hechicero Tlacuache solo había asentido con la cabeza. Tenía ganas de decirle un par de cosas, pero era su jefe, y el que firmaba sus cheques a fin de mes. Nomás que lo agarrara enojado y vería…

La noche empezaba a caer y el rastro continuaba por el bosque. Huellas que se hundían en la tierra, como si la hubieran derretido, hojas y ramas calcinadas y el nauseabundo olor a pescado descompuesto. Al parecer el demonio se dirigía hacia el poblado humano más cercano. Perfecto, lo que faltaba. Si el demonio salía del bosque, el Hechicero Tlacuache ya no tendría jurisdicción sobre él, por lo que podría regresar a sus aposentos en la escuela de magia.

Además, no es que tuviera muchas ganas de internarse en el mundo humano. Estaba lleno de máquinas, electricidad, veneno y los odiosos animales domésticos. Cómo odiaba a los domésticos.

El Hechicero Tlacuache escuchó ruidos de pelea a la lejanía. Gruñidos de un animal salvaje y latigazos, seguidos de risas de triunfo y vítores.
El Hechicero Tlacuache fue a ver qué ocurría.

Llegó a un pequeño claro sin árboles, todavía en el bosque, pero cerca del poblado humano. La escena lo sorprendió más de lo que esperaba.
El demonio, su demonio, estaba inmovilizado en la tierra, amarrado de patas y hocico con lo que parecía ser una cuerda mágica hecha de agua. Parecía como si un pequeño río se hubiera encausado alrededor de las fauces del monstruo. Alrededor de él, cuatro figuras encapuchadas y peludas maullaban con alegría mientras se lamían el pelaje calcinado.

―Buen trabajo, hermanos ―dijo una de las figuras encapuchadas mientras se lamía una parte calcinada del pelaje―. Sé que no fue fácil, pero por fin conseguimos uno.

El demonio se agitó con violencia, gruñendo mientras movía la cornamenta y trataba de zafar las garras. Por un momento los gatos se tensaron y el Hechicero Tlacuache creyó que las ataduras mágicas de agua no resistirían. El monstruo gruñó, las ataduras soltaron una pequeña nube de vapor y el monstruo quedó inmovilizado. El Hechicero Tlacuache chifló con tranquilidad.
Una gatita blanca y peluda, la más cercana a él, movió las orejas y lo miró fijamente.

―¡Un intruso! ―bufó mientras se le erizaba el pelaje.

Los demás gatos voltearon a verlo y bufaron con igual intensidad, mostrando sus pequeños colmillitos y lanzando zarpazos al aire.

―Wow, wow, wow, tranquilos ―dijo el Hechicero Tlacuache alzando las manos en señal de rendición―. Solo estaba buscando al… ¿Se lo van a llevar? ―preguntó mientras señalaba al demonio inmovilizado. Una sonrisa se asomó en su rostro. Un problema menos.

―¿Quién pregunta? ―dijo la figura encapuchada que había hablado primero. Se adelantó a las demás, descubrió su cabeza y el Hechicero Tlacuache vio a una gata parda, vieja, con el pelaje enmarañado y un poco quemado. Una cicatriz le atravesaba el ojo izquierdo y le rodeaba la cabeza. Con su único ojo bueno lo escudriñó de arriba abajo.

―Sí, es nuestro. Lo vimos primero ―dijo la gatita blanca.

―Sí. Con esta bestia todo el bosque temblará ante nuestro poder ―interrumpió un gato naranja.

―¡Cállate, Chimeco!

―Sí, cállate, Chimeco.

―¡Idiotas! Cállense todos, o éste podría meter las narices donde no lo llaman ―dijo la gata mientras desenvainaba las garras y se las empezaba a limar.

―No, no, para nada. Adelante, llévenselo. Un placer haberlos conocido, muchachos. Buena suerte ―contestó el Hechicero Tlacuache mientras se despedía y daba media vuelta.

En el pasado, los gatos ya habían intentado invadir el bosque, pero ese era problema de algún otro animal mago. El Hechicero Tlacuache ya estaba muy viejo para esos andares, además, si querían llevarse al demonio fuera del bosque, mejor para él. Lo único que le preocupaba era que todavía estuviera abierta la cafetería de la escuela para poder cenar algo antes de dormir.

―¡Está escapando! ―gritó la gatita blanca.

―Déjenlo que huya ―ordenó la gata tuerta―. Que le diga a todo el bosque que el reinado de los Gatos Satánicos está a punto de comenzar.

El Hechicero Tlacuache siguió andando. La caminata y el olor a pescado le habían abierto el apetito. Ay, cómo extrañaba su cama.

―Sí, más te vale que corras, anciano.

―No podrías contra nosotros.

―Sí, más te vale correr, rata ―gritó el gato naranja.

¿Rata…?

¡Rata!

Eso sí que no.

El Hechicero Tlacuache se giró. Un par de metros lo separaban de la secta de gatos.

―¿A quién le dijiste “rata”? ―dijo el Hechicero Tlacuache mientras alzaba una pata. El gato naranja flotó en el aire, como si lo estuvieran sosteniendo por el cuello. Los ojos le saltaron y sacó la lengua, mientras chillaba como un juguete de hule. Flotó un par de metros en el aire y cayó a tierra.

Los demás gatos lo vieron con el rostro desencajado. Hasta el demonio había dejado de retorcerse y miraba atento a la repentina explosión de magia. El gato naranja movió la pata trasera de manera espasmódica.

―¡Ataquen! ―gritó la gata tuerta.

Los cuatro gatos rodearon al Hechicero Tlacuache. Los pelajes erizados y los colmillos relucientes. Bufaban y lanzaban zarpazos. Tal vez estuviera algo oxidado, pero estos cachorros domésticos nunca se habían enfrentado a un hechicero del bosque. Les tenía que dar una lección.

La cola del Tlacuache se encendió en fuego, uno de sus más viejos trucos. De un latigazo formó un círculo a su alrededor. Si querían atacarlo, tendrían que enfrentar al fuego. A ver quién sería el primer chamuscado.

Un gato café cruzó el círculo de un salto. El Hechicero vio cómo conjuraba unos tentáculos de agua alrededor de su cuerpo. El Tlacuache fue más rápido.

―¡Risahistérica!

El hechizo golpeó al gato, el cual comenzó a reír de manera descontrolada. Su hechizo quedó cortado. Se tiró al suelo mientras movía las patas como si lo estuvieran electrificando, mientras miraba alrededor, tratando de recuperar el aliento.

La gatita blanca cayó detrás del Hechicero Tlacuache. Más rápida que su compañero, lanzó un chorro de agua salida de la nada, pero el Hechicero logró esquivarlo con facilidad. Un par de coletazos de fuego la mantuvieron a raya, pero el Tlacuache sabía que era cuestión de tiempo antes de que más gatos les saltaran encima.

―¡Vejiginflada! ―gritó el Hechicero Tlacuache. El encantamiento golpeó a la gatita en el pecho. Sus patas se levantaron lentamente del suelo y empezó a flotar hacia las ramas de los árboles. El Hechicero Tlacuache vio con satisfacción cómo la gatita pedía ayuda a sus compañeros, mientras trataba de aferrarse a alguna rama.

―¡Desgraciado! ―gritó la gata líder al saltar dentro del círculo―. ¿Por qué no te enfrentas con alguien de tu tamaño? ―el fuego se reflejaba en su único ojo bueno. El gato naranja trataba de bajar a la gatita blanca lanzándole piedras, y el gato café estaba acostado, recuperando el aliento tras tanta risa.

―Estará bien, el efecto se pasa después de un rato. Además, creí que los gatos siempre caían de pie.

―Serás el próximo sacrificio que consagremos a nuestra Diosa, rata ―contestó la líder mientras sacaba las garras y una esfera de agua empezaba a aparecer detrás de ella.

―¡Que no soy una rata! ―gritó el Hechicero Tlacuache, mientras esquivaba los chorros que trataban derribarlo. De un coletazo de fuego bloqueó un ataque, el cual se convirtió en vapor al instante. Sintió que la espalda se le humedecía, seguido de un fuerte golpe que casi lo derriba. Lanzó una bola de fuego para bloquear, a duras penas detuvo otro golpe que se dirigía directo hacia su cara, y logró lanzar un ataque hacia la gata, quien logró desviarlo de un zarpazo.

El olor a pelaje mojado y chamuscado inundaba el aire. Los tres gatos, e inclusive el demonio, veían atónitos el duelo de magia. El tlacuache y el gato saltaban, esquivaban, conjuraban bolas de fuego y agua, bloqueaban con escudos mágicos y se movían en una danza llena de vapor. Con un movimiento en espiral un tentáculo de agua golpeó al Hechicero Tlacuache en la mandíbula. Su cola se apagó momentáneamente y cayó hacia atrás, empapado y manchado de lodo.

―Eres un digno oponente, rata ―dijo la gata líder mientras apagaba un pequeño incendio en su túnica. Apareció una bola de agua en su pata, la cual empezó a crecer de manera amenazadora―. La Diosa estará satisfecha.

El Hechicero Tlacuache jadeó. Cuatro oponentes eran demasiado para él, por un momento se preguntó si aquel era su final, si toda su vida acabaría allí, humillado por unos gatos domésticos.

Su cola volvió a encender. La gata lanzó el ataque de agua. El Hechicero Tlacuache se levantó de un salto y golpeó el hechizo de agua con su cola en llamas, desviándolo justo a tiempo.

El hechizo de agua se deshizo en cientos de pequeños fragmentos cristalinos. Como si hubieran golpeado una esfera de hielo. Las gotas flotaron en el aire y lentamente alcanzaron al demonio.

Al entrar en contacto con su piel, el demonio aulló, pero cientas de pequeñas gotas siguieron cayéndole encima. Antes de que nadie pudiera hacer nada el demonio se encogió de tamaño, lo rodeó una nube de vapor y desapareció, apagado por la ligera llovizna que le había caído. El Hechicero Tlacuache se sacudió las manos y dijo:

―No creí que sería tan fácil.

La gata lo miró con su único ojo.

―¿No querías recuperarlo?

―Claro que no, me mandaron a deshacerme de él.

―Maldita rata… ―dijo la líder mientras se lanzaba encima del Hechicero Tlacuache. Los tentáculos de agua lo inmovilizaron en el suelo y una bola de agua le rodeó la cabeza, formándole un casco. Trató de encender la cola, pero no pudo.

Los demás gatos observaban. Su líder había sido humillada. Pero someter al idiota que les había arrebatado su trofeo sería un buen premio de consolación. La gata líder necesitaba demostrar por qué era la jefa. El Hechicero Tlacuache tragó saliva como pudo, tenía que darles una lección a estos tontos.

―No soy una rata ―dijo. Su voz distorsionada por estar debajo del agua. Empezó a conjurar uno de los encantamientos más devastadores que conocía. ―Soy el Hechicero Tlacuache.

La explosión cubrió todo el claro.

Los gatos quedaron brevemente ciegos, pero al ver cómo el humo y polvo se desvanecía, y al no sentir sus cuerpos transformados en gelatina, se levantaron uno a uno.

Lentamente sus túnicas empezaron a desaparecer, las hebras e hilos desvaneciéndose, rompiéndose, arrastradas por el viento, al igual que su pelaje.
Sus coloridos pelajes cayeron a trozos, dejando al descubierto sus blancas y arrugadas pieles. Los gatos gritaron. El café trató de atraparlo y pegarlo con magia, el gato naranja trató de lamerlo para que siguiera adherido a su piel, pero nada funcionó.

―No… ―murmuró la gata líder mientras su pelaje desaparecía.

―Hechizo de lampiñismo. Para que me recuerden ―dijo el Hechicero Tlacuache mientras se la quitaba de encima de un empujón y se ponía de pie.

―Has ganado un poderoso enemigo, Tlacuache ―gruñó la líder mientras trataba de cubrirse y daba la orden de huir. Los gatos salieron corriendo, humillados y pelones―. Lamentarás el día que te enfrentaste a los Gatos Satánicos ―y desaparecieron en la noche.

―Idiotas ―murmuró el Hechicero Tlacuache mientras empezaba a sentir frío. Miró su cuerpo y vio cómo las últimas hebras de su propio pelaje gris eran arrastradas por el viento.

―Me lleva la…

Nahual

Rebeca Perez Gutiérrez


Los rayos del sol, taciturnos, acariciaban los zacatonales. Una víbora de cascabel se encontraba enroscada debajo de uno de ellos, con sus ojos de fuego observaba las borregas, que rumiaban, a unos cuantos metros de distancia.

Antonio, después de contar las cuarenta borregas, se recostó sobre el colchón de hojas secas, resguardado en la sombra del enorme pino. Las garapiñas jugueteaban con el viento otoñal. El humo que despedía el cigarro formaba siluetas extrañas, las cuales al momento se esfumaban como los años de su vida.

A lo lejos se escuchaba el cauce del río, al cual seguido lo comparaba con su vida inquieta. A veces se sentía como la corriente que chocaba con las rocas y arrastraba todo a su paso. En otras ocasiones se reflejaba en las pozas de agua turbia. Y unas más en la frialdad de las aguas.

Su alforja con la letra de su nombre grabado siempre lo acompañaba al igual que su yegua colorada. Él se aferró a la vasija y refrescó su garganta. Recostó su cabellera parduzca en la piedra que le servía de almohada y cerró los ojos para mezclarse con los sonidos de su entorno.

La sensación de estar siendo observado lo puso inquieto, lo primero que descubrió en la primera rama frondosa fueron las garras, bien sujetadas, de un enorme gato de monte. Los ojos meticulosos del depredador estaban fijos en él, no en los animales, lo cual lo ponía en una situación difícil. El animal retraía los labios dejando al descubierto los colmillos de una forma que causaba escalofrío.

Las borregas tenían más carne que él, quien estaba casi en los huesos, pero el animal que acababa de saltar a la rama más próxima estaba interesado en su pellejo. Cuando lo tuvo más cerca encontró en sus ojos de fuego algo familiar, pero no pudo entender porqué, el animal retrocedía y estiraba su cabeza como si estuviera jugando con él, el olor a miedo que le provocaba lo divertía.

Antonio tenía que ser cuidadoso, cualquier movimiento en falso podría marcar el fin de su vida y dejar a su esposa y nueve hijos desamparados. Con el sigilo del depredador resbaló su mano debajo de su jorongo —en cuya imagen que lo recorría se reflejaba la pelea de dos gallos encolerizados— y tomó su escuadra colocando el dedo en el gatillo. La pistola fue heredada por Ciro, su hermano menor, y la llevaba como fiel amante.

En un movimiento veloz dejó al descubierto el arma que daría final al enorme gato plomizo. Sin perder más tiempo presionó el gatillo. Para su sorpresa la bala pasó a milímetros de la cabeza del gato, quién demostró contar con una inteligencia maquiavélica.

—Nunca he fallado un solo tiro —refunfuñó.

Antes de que la segunda bala se disparara el enorme gato dio un salto. Cuando Antonio estuvo de pie, sobresaltado y rojo de ira, el gato tomó forma humana, una que conocía bien.

—¡Tranquilo! ¡No me vayas a matar! Yo solo estaba jugando —bromeó con su voz escandalosa Ciro, que se encontraba completamente desnudo.

—¡Maldita sea! ¿Qué maleficio es este?

Braulio se acercó hasta un zacatonal para tomar sus ropas raídas. Mientras se colocaba la camisola se reía peor que loco.

—¡Sácateme de aquí! Antes de que en verdad te mate —le advirtió Antonio encolerizado, la escuadra temblaba en sus dedos.

—Ya me voy hermano, ya me di cuenta de que no andas de humor —respondió entre risas y se perdió entre los zacatonales.

«¿Qué visión ha sido esta?», se cuestionó Antonio mientras caminaba para recoger sus cosas.

Antes de agacharse para sacar la botella llena de pulque, se encontró con una sorpresa desagradable. Sin pensarlo dos veces, vació el cargador en la cabeza de la víbora de cascabel que estaba enroscada en la alforja. Los ojos de fuego del animal lo observaron lastimosamente y el ruido de los cascabeles le taladró el cerebro. Tomó una roca, puntiaguda, y con ella destrozó la cabeza del animal descargando lo que le quedaba de ira.

Cuando vacío la botella decidió que lo mejor era regresar a casa así que se subió al lomo de su caballo y emprendió el viaje de regreso.

—¿Vienes borracho? —lo interrogó su esposa, ella era mujer robusta de piel tan blanca como la leche de vaca. Sus ojos quisquillosos recorrieron los surcos de tierra en la frente de su esposo

—Si te contara lo que me acaba de pasar —le respondió mientras se bajaba del lomo del caballo y las borregas se metían en el corral.

—Lo sé, viejo —contestó su mujer afligida—, y lo siento mucho.

Ella restregaba sus dedos en el babero manchado de guacamole.

—¿Por qué lo sientes? —le preguntó él mientras ella lo abrazaba.

—Encontraron a tu hermano Ciro, desnudo y cocido a tiros con la cara destrozada, en la entrada del magueyal. El rastro de sangre indica que el pobre intentó pedir ayuda, pero la muerte se lo llevó antes de que don Luis lo encontrara. Solo Dios sabe que debía para que le hicieran eso.

—¿A qué hora pasó eso? —la cuestionó mientras se apartaba de ella.

—Antes de que llegaras.

—¿Cómo ha podido pasar?

—Ve y alcanza a tus hermanos, ellos se fueron al monte a buscar al asesino.

Para entonces el cielo ya se estaba cubriendo por estrellas y la luna creciente se asomaba a lo lejos.

Visita a Magdakon

Mauricio del Castillo


La aeronave estableció una órbita a unos miles de kilómetros de distancia del planeta. Flotó a través de cielos sin nubes, redujo su velocidad de descenso con un golpe de silenciosa potencia y se detuvo con grandes chorros de energía.
El capitán Kastalinn se levantó de su asiento con un suspiro de alivio.

—Estamos de suerte —dijo—. Aún no hay indicios de cambios significativos. La atmósfera es estable y la temperatura óptima.

—Espero que tengamos suficiente tiempo para la operación ―dijo Doilea, administrador en jefe de la comitiva.

—Más tiempo del que disponemos —especificó Kastalinn, mirando el mapa. Durante un instante reinó un pesado silencio. Luego el capitán se dirigió al tablero de mandos y oprimió una serie de conmutadores con habilidad automática.

Una pantalla en el interior de la nave despertó. Las montañas se alineaban como la espina dorsal de un mundo dormido, petrificada en su curtida corteza. El paisaje vibraba con verdes terrosos, amarillos y naranjas tenues en sus árboles y matorrales. Pendientes suaves estaban cubiertas por una capa vegetal púrpura que brillaba bajo la pálida luz de la gran estrella. No soplaba el viento ni caía la lluvia, solo un silencio hondo aplastaba la atmósfera del planeta. Tras un rápido reconocimiento, descubrieron una llanura perfecta para establecer su campamento.

El capitán Kastalinn era de corta estatura y de aspecto fornido. Los viajes intergalácticos eran habituales en él y todo lo que tuviera que ver con planetas inexplorados y habitados por razas alienígenas. Era un hombre con mucho arrojo y confianza. Pensó en las interminables horas de organización, en el poco descanso y en lo que implicaba un declarado choque cultural entre la comisión y los nativos del planeta Magdakon. Se trataba de miles, quienes ignoraban su destino.

Doilea, por su parte, era un profesional competente en astrobiología. Aunque sus gestos y palabras eran de un matiz claramente nervioso, podía destacarse como un hombre que no perdía la serenidad en el momento adecuado para entrar en contacto con razas alienígenas. Era aplicado en su trabajo, aunque a veces su retracción lo alejaba de ser un hombre de acción. Dos horas después, Kastalinn, Doilea y el resto de la comitiva compuesta por diez funcionarios se encaminaron hacia la aldea más cercana.

—Seguramente es una cultura atrasada tecnológicamente —dijo Kastalinn con seguridad—, y la llegada de un artefacto venido del espacio exterior puede parecer como una alerta.

Las nubes sepias se mantenían quietas. Doilea advirtió que la flora extraterrestre era ligeramente parecida a la Tierra, con sus claras excepciones. Había enormes bosques y muchos prados, pero era curioso que el mismo ecosistema se presentara en todo el planeta. Doilea miró a su alrededor, se acercó a Kastalinn y dijo:

—No queda muy lejos la aldea principal. En cuanto demos el aviso, será más fácil que todo el planeta se dé por enterado. ¿Alguna recomendación?

—Ninguna —confirmó el capitán—. Espero no tardemos mucho en convencerlos.

El camino se volvía más difícil a medida que se internaban. El valle se encontraba oculto, pero lograron ver pequeñas formaciones de rocas a lo lejos. Media hora después vieron acercarse a unas pequeñas figuras de aspecto humanoide. Tenían los brazos caídos a la altura de las rodillas, la cabeza hundida en los hombros y ojos sin párpados. Se detuvieron a solo unos cuantos metros de la comitiva y contemplaron el enorme sol arriba de sus cabezas, como si fuera lo único que importara. Kastalinn se adelantó y empezó.

―Hola, nativos del planeta Magdakon. Soy Landa Kastalinn, capitán de la aeronave SRX700 y representante de la Asociación de Integración Planetaria, sistema K-12. Estamos aquí para advertirles de un peligro inminente.
No hubo ninguna respuesta de los nativos. Abrieron la boca tan grande como si fuera a caer un yunque del cielo y lo intentaran atrapar con los labios. Eran cinco de ellos, hombro con hombro. Sus lanzas se mantenían clavadas al suelo.
Kastalinn gruñó y dijo:

―Por Dios, ya quisiera terminar con esto.

Una voz gutural proveniente de uno de los nativos dijo:

―¿Por qué? No puede terminar. Esto seguirá, denlo por hecho. Nos mantendremos aquí hablando durante un tiempo indefinido.

―¡Pueden hablar! ―exclamó Kastalinn.

―No, estás equivocado ―continuó otro nativo―. No podemos hablar. Somos incapaces de eso. No tenemos la capacidad de transmitir ideas lógicas por medio del habla.

Doilea reaccionó luego de sacudir su cabeza.

―Es increíble. Tal vez tengan la capacidad de hablar en cualquier idioma. Veamos. ―Se aclaró la voz y comenzó a hablar en italiano―: Siamo amici. Veniamo da lontano per avvisarvi del pericolo.

Otro de los nativos dijo:

Di che pericolo stai parlando, straniero? Il nostro pianeta è sicuro.

Kastalinn quedó anonadado. Sin quitarles la vista a aquellos habitantes del planeta, dijo:

―No entendí nada de lo que dijiste, Doilea, y tampoco lo que dijeron ellos. Pero es claro que se trataba de italiano.

―Entendió muy bien lo que dije, visitante extraño ―dijo el primero de los nativos, con un tono de molestia y extrañamiento―. Además, no era italiano. Era neerlandés. Fíjate bien la próxima vez.

―Si no sabes mejor no opines ―dijo otro a la derecha.

Doilea se encogió de hombros.

―Estoy seguro de que era italiano ―dijo―. Lo estudié en el Centro de Idiomas de Barcelona.

―No es así ―dijo el segundo que habló―. Fue en el Instituto Peruano de Idiomas. Es totalmente obvio.

Kastalinn tuvo un ataque de ira y exclamó con fuerza:

―¡No parecen tener la razón!

―A ver… ¿Por qué dices que no tenemos razón? Somos seres de gran intelecto y raciocinio. Nuestra amplia cultura es muy adelantada. No sabes nada de nosotros.

Kastalinn se precipitó hacia adelante.

—Vamos a explorar el lugar. No digan nada que los comprometa.

La aldea estaba hecha de cuevas de roca volcánica, con ramas y lianas que protegían sus entradas. Varios rostros pequeños se asomaban para observar a los visitantes. Doilea asentía con la cabeza mientras Kastalinn desaprobaba. No podía creer que un planeta tan próspero fuera desaprovechado por una raza tan atrasada y estúpida. Arribaron a un enorme templo que sobresalía del resto de las viviendas.

―Aguarden aquí la llegada del Gran Zevast’hn ―dijo uno de los magdakonianos.
De interiores surgió la figura de un nativo, más pequeño que el resto y con pelaje blanco. Doilea dedujo que se trataba del “sabio” de la aldea.

―¿Qué desean? ―Su voz era áspera y grave. Su tono adusto logró percibirse en los oídos de los visitantes con desagrado.

―Su planeta está al borde del colapso por una inestabilidad geológica extrema ―explicó Doilea con calma―. Según nuestros estudios, el núcleo contiene elementos radiactivos o está sufriendo un proceso geológico inestable. Esto podría desencadenar una reacción en cadena, aumentando la presión interna hasta el punto de hacer que el planeta colapse desde adentro, liberando una enorme cantidad de energía.

―Imposible. El núcleo del planeta es estable ―dijo el Gran Zevast’hn―. Es un error muy lógico por parte de ustedes. No me extraña. Después de todo, no son de aquí.

―¿Qué no lo entienden? ―expresó Kastalinn con los nervios alterados―. Su planeta está a punto de colapsar, y ustedes lo único que hacen es decir todo lo contrario.

―Lo contrario, no ―dijo el Gran Zevast’hn, con aparente calma, pero con férrea convicción―. Lo más parecido. Ustedes dicen las cosas sin ponerse a pensar. Nosotros decimos la verdad absoluta, aquella que no es cuestionable.
Kastalinn expulsó una bocanada de fastidio.

―Hemos hecho mediciones ―enfatizó―, efectuado estudios, comprobado resultados. El planeta debe ser evacuado lo antes posible.

―Te equivocas, extraño. No han hecho ninguna medición. No han realizado estudios y tampoco han comprobado resultados. El planeta no debe ser evacuado cuanto antes, sino lo más tarde posible

—¿Cómo han logrado sobrevivir tanto tiempo? —preguntó Doilea, entre fascinado e indignado.

—No sobrevivimos. Morimos. Y por eso seguimos aquí. No espero que lo entiendas.

—Muy interesante —interrumpió el capitán Kastalinn—. ¿Qué más tiene su especie? Quiero decir, ¿posee alguna otra capacidad además de su “alto intelecto”?

—Dirá que es muy aburrido —respondió el Gran Zevast’hn—. Y no poseemos ninguna capacidad. Tampoco tenemos ningún intelecto.

—¡Pero usted dijo que su especie era inteligente y a nosotros no nos bajaba de idiotas! —estalló Kastalinn, con la mano en la funda de su arma.
Doilea lo calmó y le pidió escuchar.

—Nunca dije eso —dijo el gran Zevast’hn—. Mi especie es estúpida. Y a ustedes no los subía de genios. Yo recomiendo que regresen de donde vinieron y nos dejen en paz de una buena vez. Somos una raza muy antigua e inteligente. No son los primeros con los que tenemos diferencias. Esto es a causa de nuestro gran intelecto. Como se habrán dado cuenta, ustedes son lentos y lerdos en su forma de dialogar. Consideramos que sería inútil un intercambio de ideas con ustedes. Kastalinn estuvo a punto de decir algo, pero Doilea lo detuvo.

―Capitán, estamos perdiendo tiempo ―dijo el especialista―. No hay nada que podamos hacer para salvarlos. No creo que ningún argumento logre hacer que cambien de opinión.

El Gran Zevast’hn se levantó de su asiento y con estridencia dijo:

―Incorrecto. No están ganando eternidad. Sí hay todo que no podamos deshacer para condenarlos. Sí afirmo que toda contradicción fracase destruir que permanezcan de hecho.

―Por el amor de Dios ―exclamó Kastalinn, con las manos en la cabeza―. Estoy harto. No hacen más que decir incoherencias.

―Se equivoca. Es por el odio del diablo. Y no se dice que está harto. Se dice que no está feliz. Sí deshacen menos y callan verdades.

Los magdakonianos permanecieron inmóviles, sin intentar ponerse a salvo. La presencia de aquellos visitantes parecía ya ser una molestia para ellos.
Kastalinn se quedó petrificado, con la boca abierta, la mirada perdida, los dedos aún sujetos a la funda del arma. Por un momento, consideró alterar el informe. Solo un pequeño cambio bastaría para hacer creer a la Asociación que los nativos los habían atacado y que la comitiva no tuvo más opción que defenderse. No era la primera vez que tenía un impulso así, pero esta vez estaba seguro de que lo justificaba.

—¿Se encuentra bien, capitán? —preguntó Doilea en voz baja.

—¿Te refieres a mí? —replicó Kastalinn, sorprendido.

—Temo que este malentendido se nos vaya de las manos. No podemos evacuarlos a la fuerza. Incurriríamos en la violencia. Nuestra verdadera intención de hacer un bien sería malinterpretada y juzgada por la Asociación.

Luego de meditarlo por unos segundos, el capitán dijo:

—Adelante. ¿Cuál es tu plan?

Tenía que existir una forma de convencerlos, pensó Doilea. Se preguntó qué método funcionaría. Una idea se gestó en su mente.

―Creo saber cómo manejar esto. ―Doilea alzó las manos y elevó su voz para que todo el mundo escuchara―: plantas verdosas de este asteroide cuyo nombre no es Magdakon. Nuestra nave no tiene cupo, no tenemos intención de llevar a nadie más dentro. El planeta no estallará a causa de su núcleo. Somos personas de baja capacidad intelectual. ¡No nos escuchen! No tienen por qué preocuparse. Estén tranquilos. No le hagan saber a los demás que no deseamos que nadie en este planeta sea rescatado.

Esa vez los magdakonianos se pusieron en alerta. Fueron hasta sus casas e intentaron convencer a sus familiares y amigos de un peligro inminente. Incluso el propio Doilea y varios asistentes de Kastalinn extendieron mensajes contradictorios con la intención de que los magdakonianos usaran su absurda lógica y decidieran correr hacia la nave. Sin embargo, unos pocos no captaron el mensaje y optaron por quedarse.

Una hora después uno de ellos observó detenidamente cómo la nave emprendió el vuelo hacia las estrellas y se perdió en la claridad del cielo. Su voz, suave y directa, dijo:

―¿Y si tenían razón…? ¿Y si cabía la posibilidad de que lo que decían fuera cierto? Tal vez el planeta perecerá debido a una inestabilidad en su núcleo.
Una leve vibración recorrió el suelo. Fue la primera de muchas, cada una más intensa que la anterior.

Uno de los magdakonianos miró a su compañero y, con un ligero codazo, murmuró:

—Siempre tienes que llevar la contraria, ¿verdad?

Soledad

José Luis Ramírez


Nadie me llamó nunca por mi nombre. Me decían Sol, Sole, Solecita. Ni siquiera mi madre, Helena, cuando estaba enojada o la abuela Marisol, para pedirme que le convidara un dulce a escondidas.

En la escuela, la maestra Jacinta me decía la-niña-sol, así todo junto, las otras estudiantes me decían ‘campamocha’ porque no tenían mucha imaginación para los apodos, y sí, desde muy peque era yo toda menudita. Además, no era mal apodo, peor habría sido más al sur, donde a los fásmidos se les conocía como palotes o matacaballos.

Mi abuela Marisol murió de diabetes, bueno, fue más bien una necrosis de tipo colicuativo, se le infectó una uña del pie y la gangrena se fue extendiendo por todo su cuerpo. En algún momento oí a mi madre sugerir que podía cortarle la pierna, desde el muslo, para salvarla, pero la abuela debió escucharla también, porque se hizo de un cuchillo de carne y lo tenía agarrado siempre del mango, por si alguien, que no fuera yo, se le acercaba.

Recuerdo que la cremamos en un valle de humedales rodeado de montañas, embadurnada de aceite de flores: estaba toda cubierta con ramas de pino que ardieron enseguida, convirtiéndola en humo primero y enseguida en cenizas. Las plañideras: Arcelia, Carmen y Mónica, la lloraron durante el fuego y enseguida machacaron con palos los huesos y dientes que no se consumieron, para dejar luego que sus cenizas se dispersaran al viento, que era mucho y hasta hacía tolvaneras.

Luego seguimos nuestro camino. Ninguna se lamentó por la abuela después de cremarla, ni siquiera madre, y yo, lo más que sentí fue una cierta inquietud. No sabía qué iba a hacer con los dulces de miel que me guardaba en el morral.
Seguimos caminando por la ribera del río, el agua estaba muy sucia y la maestra Altagracia nos advirtió que no debíamos beber de ella, ni siquiera tras filtrarla y hervirla, pues, además de bacterias y micro-plásticos tenía solventes.
Así que las ingenieras hicieron como hacían siempre, buscar dónde cavar un foso; comenzaron a cortar la maleza con los machetes y meter los dedos en la tierra, para ver no sólo cuál era la más negra, sino también donde había hilos blancos de micelo. Cuando hallaban un buen sitio, comenzaban las cavadoras a palear y las cargadoras a acarrear la tierra lejos del agujero.

Los días de sacar agua del suelo eran cuando pasábamos más tiempo en un mismo lugar, las soldaderas establecían un perímetro de seguridad alrededor del campamento, armadas, no con las viejas herramientas que usaban las ingenieras, sino con arcos, el carcaj lleno de flechas con punta de pedernal.
La comandanta Ramona solía contarnos que el acero era muy valioso para arriesgarse a perderlo en un combate cuerpo a cuerpo contra otras tribus, por eso entrenaba a nuestras niñas a enderezar las ramas secas y sacar filo a los pedernales o la obsidiana, que abundaba desde la gran erupción de la caldera de Yellowstone, mientras a las adolescentes nos entrenaba en el tiro a distancia con arco largo.

Solían poner las dianas al menos a 70 pasos de nosotras, eran varios círculos concéntricos trazados con un hilo y tiza en un trozo de corteza blanqueado con cal. La idea era recuperar las flechas tras una ronda de disparos, aunque algunas solían perderse en la distancia, sobre todo con las arquistas más jóvenes.
Así que, llegadas a cierta edad, acompañábamos a las soldaderas a cazar para entrenarnos en el tiro con blancos móviles. Los animales que habían sobrevivido a la erupción del supervolcán no eran muy grandes, muchas ardillas, liebres y ratas de campo, y —cerca de las ruinas— había también perras salvajes y gatas ferales, a las que siempre era mejor evitar porque eran carnívoras, además de andar siempre en manadas.

De cualquier manera, tarde o temprano acabábamos en las orillas de alguna vieja ciudad.Las edificaciones destruidas por los terremotos o enterradas entre las cenizas.

Y, pese a los riesgos, no eran malas noticias; las exploradoras Yolanda, Carolina y María Luisa solían regresar con tesoros como herramientas de acero inoxidable o medicamentos, incluso alguna reliquia. Éstas eran las menos comunes, que sobreviviese el papel de los libros a la humedad o los hongos, ocultos quizás en una maleta que la ceniza había mantenido hermética u otros aún con su emplayado de celofán aún intacto.

Si las exploradoras encontraban alguna reliquia debían llevarla de inmediato al campamento, marcando su ruta; aunque todas en la tribu sabíamos leer y escribir, sólo quienes podían memorizar los textos completos aspiraban a ser maestras. Ellas recibían la reliquia antes que ninguna para rescatar lo más que se pudiera del conocimiento.

Al día siguiente (pues debían regresar siempre antes del ocaso), todas las exploradoras marchaban juntas escoltadas por un pequeño grupo de soldaderas, para que pudieran hurgar a fondo en el lugar donde habían hallado la primera reliquia, rebuscando en los alrededores, por si había alguna otra ahí cerca.

Mi sueño, cuando niña, era convertirme, si no en maestra, en exploradora; pero al parecer no tenía aptitudes suficientes para ninguna de esas profesiones, así que madre me entrenó en su propio oficio: doctora.

“Siempre habrá bebés” solía decirme, “y malestares sobran”. Pero yo solía preguntarme de qué servía meter las manos entre las piernas de una parturienta para ayudarla a sacar la cría, quitar a la neonata la placenta de nariz y boca antes de nalguearla y cortar el umbilical con un bisturí quirúrgico (que era el tesoro más preciado de madre).

Por supuesto, la valía de la doctora estaba en los casos cuando la bebé venía volteada o traía el umbilical enredado, cuando por más que se pujaba la criatura nada más no salía y había que cortarle la panza a una para sacar por ahí a la otra, para luego zurcir a la recién parida, como a un vestido, limpiando la herida cada tanto y poniendo emplastos para que no se infectase, además de darle jugo de moho mientras convalecía.

Si se preguntan: ¿quién ayudó a madre a parirme a mí?, fue una maestra, Diotima, que se especializaba en las reliquias que hablaban de salud y nos enseñó el oficio de médica cirujana y partera, primero a madre y luego a mí.
Ella no me decía la-niña-sol, como la maestra Jacinta, sino que sabía, por sus gemelas —que eran de mi edad— cómo me apodaban de niña y así me decía en las clases: ‘doctora Campamocha’. Creo yo que no lo decía con sorna, sino que había algo de envidia o respeto, porque sus propias hijas solo habían mostrado aptitud para pizcar grano y hacer hilos con el huso.

Cuando autofecundé mi primer óvulo, a los 19 años, fue madre quien me atendió. Cosa que me alegró porque la bebé no alcanzó a pasar por el canal vaginal, por mucho que pujé, al punto de quedar exhausta durante el prolongado trabajo de parto.Madre me realizó la cesárea con su bisturí y sacó a mi bebé del vientre, cortó el cordón umbilical y todavía le hizo respiración cardiopulmonar para reanimarla, pero a mí no me suturó la herida porque ya no tenía pulso. La niña sobrevivió. Madre le puso mi nombre, Soledad: aunque estaba prohibido que dos mujeres de la tribu tuviesen el mismo nombre, nada impedía volver a usar el de nuestras muertas.

Boca del Diablo


Por David Barrera Sánchez


Aquellos días fueron tan asfixiantes y abrasadores que los habitantes del puerto, al intuir lo que estaba por venir, empezaron a hablar con dramatismo mientras limpiaban sus frentes con las manos temblorosas. Pero no era propiamente a la canícula a lo que temían, sino a lo que ésta anunciaba: la visita del Diablo y el inevitable hecho de que se llevaría a alguno de ellos.

¿A quién tendrá en mente en esta ocasión?, se preguntaba la gente.
Debido al inusual calor, los apagones sumieron al puerto en la penumbra. Y durante noches enteras me vi obligado a dormir en la hamaca que colgaba en mi patio.

Mi casa se encuentra en los límites de la ciudad y la reserva natural conocida como Boca del Diablo, la cual es el hábitat de los monos aulladores a quienes había estudiado durante más de veinte años. Fueron ellos el motivo por el cual me había mudado al puerto y la razón por la que me dediqué a hacer todo cuanto pudiera para salvarlos de la depredación.

Se volvió común que a cualquier hora se oyeran vociferaciones provenientes de las zonas protegidas. Era una repentina y demencial mezcolanza de aullidos, cacareos, rugidos y demás exclamaciones al unísono que se prolongaban durante diez o quince segundos hasta apagarse con lentitud. «¿Qué diablos los hace reaccionar así?», pensaba. Por desgracia, fueron pocas mis incursiones a la reserva durante la canícula y no pude descubrir la causa hasta muchos días después.

Cierta mañana, salí temprano para comprar comida y medicamentos. Como ningún servicio de taxi estuvo disponible —o mejor dicho, nadie quiso trabajar—, me trasladé a pie a pesar del horrible calor. El camino, custodiado por enormes árboles parecía concentrar la humedad. No había viento. Y de vez en vez, oía caer los mangos hasta golpear el suelo con un sonido seco. Aquellos frutos eran invadidos casi de inmediato por las moscas; y el infecto olor de los que ya llevaban días en el suelo me provocó náuseas.

Cuando recorrí unos ochenta metros, me detuve al oír la voz de mi vecina, Dolores, quien me hacía una seña para que me acercara a su casa cuyo patio estaba sombreado por un árbol de aguacates. Su rostro lucía brilloso por el sudor, sus trenzas se veían chuecas y comía un mango petacón al que le dio una mordida:

—¿Qué no sabe que hay que guardarse hasta que se acabe el calorón?

—Necesito hacer algunas compras —respondí—. Y de paso no me caería mal echarme un chapuzón.

—¡Válgame el cielo! —Exclamó con nerviosismo.— ¡No se le ocurra hacer semejante cosa! —Y movió las manos como si las tuviera acalambradas.— Sepa usted que, mientras caiga fuego del cielo, Él dominará las aguas y la tierra.

—¿Quién? —pregunté.

—¡Pues quién más! —Y agarró sus trenzas entrecanas y las levantó como si fueran cuernos. 

Solté una carcajada al ver su ridícula caracterización.

—¡No, no se ría! —Dijo después de bajar sus trenzas.— Dios no quiera que le metan un buen susto por andar en donde no se debe.

—¿No me diga que cree en esas patrañas?

—Qué gano con mentirle —contestó—. Siga mi consejo y quédese encerrado.

—¿Encerrado sin ventilador?

—Así es. En estos días hasta el patio es peligroso.

—Vaya locura —dije mientras me rascaba las ronchas del brazo—. No se puede vivir así. Simplemente no se puede.

—Hay que aguantarse, don Fausto. No hay de otra. Aunque fíjese que para estos calores ayuda mucho comer carne de chango. Es buenísima porque tiene una vitamina muy especial que vigoriza el cuerpo y el alma. Si quiere le preparo uno.

—¡Vaya descaro! ¡Qué no sabe que está prohibido cazarlos!

—Ay, relájese, señor. Para usted todo está prohibido. Nada le quita si prueba un poco —dijo con desenfado—. Ya verá qué sabroso me queda y, sobre todo, lo mucho que le va a ayudar a aguantar el calor.

—Quisiera saber cómo va a conseguir al simio ahora que las leyes son más severas.

—Serán más severas en el papel, pero en la vida real no hacen ni cosquillas. Le adelanto que voy a conseguir al chango de la misma manera en que he conseguido a los otros animales. Pero no se preocupe, siempre dejaré unos cuantos para que los pueda ver con esa cara de bobo que pone —dijo y, de inmediato, puso los ojos en blanco y se quedó con la boca abierta.

Enojado, di media vuelta y, tras recorrer un par de metros, escuché de nuevo su voz:

—¡Se lo dejo en su cocina, como la vez anterior que preparé tortuga!

Acabada la charla, seguí mi camino y resonó en mi mente aquella frase que había usado Dolores: «cuando cae fuego del cielo». La primera vez que la escuché fue durante mi primer visita a la Boca del Diablo.

Tendría acaso veintitrés años cuando el camión me dejó en la terminal de autobuses en donde contacté a un guía, quién me llevó por las calles principales hasta desembocar en el camino que lleva a la boca. Durante el trayecto, las nubes se tornaron grises al tiempo que aparecieron robustos árboles por donde volaban aves y trepaban simios que nos miraban con curiosidad.

Más adelante, el sendero se volvió escarpado, pedregoso y con raíces que se asomaban de la superficie; no obstante, avancé cuesta arriba con todo y tropiezos hasta que los árboles quedaron atrás y me permitieron ver la famosa Boca del Diablo que estaba a unos treinta o cuarenta metros de distancia. Vista desde lejos la boca me infundió temor, pero una vez que estuve frente a ella me di cuenta de que sólo se trataba de un cúmulo de árboles y enredaderas que formaban una abertura como de unos diez metros de alto en donde se amontonan las sombras.

—¿Qué te parece? —preguntó el guía.

—Desde mi punto de vista, es una simple tomada de pelo o una broma pesada por parte de la naturaleza. No menosprecio el valor que pueda tener su leyenda, pero estoy más interesado en su valor biológico.

—Tal vez tienes razón —dijo el guía, mientras el ruido del trueno me estremecía—. Algunas personas creen que este lugar no es la Boca del Diablo. De hecho, hay gente mayor que sugiere que la boca no está en un lugar en específico, sino que puede aparecer en cualquier parte. Hay un par de ancianos que cuentan haber visto el momento en que la boca apareció. Uno de ellos dice que la vio en la playa, y el otro en plena avenida costera.

—¿Y te contaron cómo era? —pregunté.

—Sólo dicen que es un lugar horrible y que aparece cuando cae fuego del cielo.

«Cuando cae fuego del cielo», pensé mientras me refugiaba bajo la sombra de una marquesina y secaba mi arrugada frente. Tuvieron que pasar más de veinte años para que volviera a oír esa frase y, sobre todo, para que pudiera entender su significado. Mi paso lento y un tanto torpe me llevó a las calles del centro.

Semanas antes, en aquel lugar, la brisa agitó los cabellos de las muchachas bronceadas que sonreían a sus amantes con la inocencia y el deseo de la juventud. No había lugar que no fuera perfumado por las flores, la fruta y el café recién tostado; especialmente en la pequeña librería en donde los gatos se echaban en las mesas repletas de libros para dejarse rascar la panza.

Pero, durante los días de la canícula, las calles fueron gobernadas por una inquietante inmovilidad al tiempo que oleadas de luz solar parecían calcinar con lentitud la viveza multicolor de las casas. Si bien el silencio no era total, pesaba lo suficiente como para hacer notar que había algo único y perturbador. Así lo sentí y creo que así lo sintió también la poca gente que deambulaba nerviosa y que se perdía al dar vuelta de manera brusca en los cruces, con lo que daban la impresión de ser fantasmas.

En algunos comercios y casas —sobre todo los más cercanos al malecón—había electricidad. Sin embargo, conforme avanzó la mañana, la electricidad se volvió intermitente y el mal humor se evidenció en los rostros de los trabajadores y clientes que buscaban refugio en el aire acondicionado. Poco a poco, las discusiones por cualquier nimiedad transformaron el rostro de los clientes que empezaron a insultar y a desear que el diablo viniera por los dueños de la tienda. A pesar de todo, hice mis compras y dejé atrás aquel hervidero para encaminarme a la playa.

Dejé mis bolsas debajo de una solitaria sombrilla y contemplé al inmenso monstruo salado que me llamaba con el rumor de su oleaje. Me dirigí a él y, poco a poco, su frialdad alivió el bochorno que llevaba a cuestas, al tiempo que su constante ir y venir me relajó. Y cuando el agua me llegó al pecho, nadé como en mis buenos tiempos y me quedé boca arriba una vez que ya estaba exhausto. Después, miré en dirección a la playa y vi la ciudad que parecía un conjunto de gemas multicolores. Detrás de ella, se veían los picos de los cerros colmados de verdor y, encima, el inmenso firmamento endiabladamente azul. «Y pensar que el caos reina en aquella ciudad tan callada», pensé.

De pronto, me pareció oír sutiles murmullos a mi alrededor, por lo que miré en todas direcciones pero sólo el océano estaba presente con su inquietante movimiento. Sin embargo, los murmullos continuaron y se convirtieron en burlas hechas por una voz rasposa que hizo que me estremeciera y nadara de regreso pero, durante el trayecto, alguien me sujetó de la cabeza y me sumergió con violencia hasta que mis pies tocaron fondo. Rasguñe y golpeé aquellas manos que se sentían de acero y que estaban saturadas de pelos gruesos cuyas uñas se enterraron en mi cabeza. La lucha fue inútil. Los segundos hicieron que mis fuerzas se acabaran.

Creí que perdería el conocimiento pero, sorpresivamente, las mismas manos que me tenían sujeto me sacaron del agua con un movimiento y me arrojaron por el aire hasta caer de nuevo en el mar. Saqué la cabeza y jalé aire con desesperación. El mar estaba embravecido y me empujó una y otra vez con desprecio hasta dejarme arrumbado en la playa como si fuera un cadáver indeseado.

Ya en la playa, escupí el agua salada y un intenso ardor me castigó las heridas que tenía en el rostro. Entonces, al normalizar mi respiración, vi cómo el mar pasó del fragor al sosiego en cuestión de segundos. Me quedé perplejo ante tan brusco cambio; fue como si aquel inmenso monstruo azul hubiera obedecido una orden. Y una vez que las olas restablecieron ese ir y venir hipnótico, vino de nuevo a mis oídos ese murmullo ronco que, en ese momento, se expresó de forma burlona:

—¿Quieres entrar otra vez?

Asustado, corrí hacia la avenida que bordea la costa y me llevé las manos a la sienes.

—¡Cálmate, cálmate! ¡No fue real, no fue real! —dije una y otra vez hasta que vi mis manos manchadas de sangre.

Para mi fortuna, no estaba muy lejos la sombrilla en donde había dejado mis compras, así que las tomé y regresé a la avenida en donde vi un taxi estacionado. Al acercarme, noté que el chofer se pasó una botella de cerveza por la frente y luego bebió con avidez como si tomara de una simple botella de agua.

—Por favor, ayúdeme —dije con voz temblorosa.

El hombre no volteó, pues aún estaba en el éxtasis que provoca un buen trago de cerveza. No obstante, una vez que bajó la botella, soltó un ronco eructo y su rostro se puso pálido al verme.

—Por favor, ayúdeme.

—No… no puedo —respondió—. No estoy en servicio.

—Por favor, necesito que me lleve al doctor. Ya no puedo caminar con este calor y me duelen mucho las heridas de mi rostro.

El chófer no quitaba su cara de terror. Insistí y le conté mi horrible experiencia. Entonces, paulatinamente, su expresión cambió a la de un estúpido que miraba sin reaccionar hasta que, luego de carraspear y escupir hacia la calle, fijó sus ojos en mí al tiempo que le dio un trago a la botella.

—¿Qué no sabe que en estos días no se debe andar en la calle? —preguntó.

—Necesitaba comprar medicinas y comida.

De inmediato me ayudó a subir al auto y condujo hasta un pequeño consultorio en donde me esperó. Me sentí contento al subir de nuevo a su auto, pensé que mi pesadilla se había acabado, pero mi tranquilidad terminó cuando vi la cara del chofer que me veía por el espejo retrovisor.

—Tiene que saber que hace más de veinte años vi al diablo a la cara —dijo y abrió otra botella de cerveza a la que le dio un buen trago—. En ese entonces llegó en forma de viejito y era muy parecido a usted… Bueno, quizá era un poco más alto, pero se veía igual de flaco y estaba lleno de vellos en los brazos. Usaba pantalón blanco, guayabera, sombrero tipo Panamá y lentes de sol. Me acuerdo que cuando entró al auto se quitó las gafas y el sombrero, su cabello era abundante y blanco. Sus ojos eran de un azul diabólico, casi como el que se puede ver en el mar durante estos días de calor.

—No sé si sentirme halagado o avergonzado por tal semejanza, pero pierda cuidado, no soy el diablo y no pienso llevarlo conmigo.

—Ya sé que no es usted. Y si lo fuera, qué más da si me lleva. Confieso que no he sido el mejor cristiano. La verdad es que le he sido infiel a mi mujer en un par de ocasiones; nada fuera de lo normal para estas tierras en donde todos engañan a todos. Pero el tema no soy yo… Sino usted.

Noté que sus ojos tenían una expresión burlona que rayaba en la locura:

—¿Yo?

—Sí, usted. Debería pensar en que si ya lo atacó mientras nadaba, puede que le prepare algo peor.

Tras sus palabras, y a pesar del calor, mi cuerpo se congeló y sentí que un sudor frío corría por mi espalda.

—Tome en cuenta lo que le pasó, señor… En fin, yo ya cumplí con decirle. Espero equivocarme.

Las palabras del chófer hicieron eco en mi cabeza incluso después de haber llegado a casa. No pude leer ni hacer nada como hubiera querido. En su lugar, recorrí las habitaciones y pasillos con una sensación de espanto; y cuando entré al baño y vi mi rostro pálido y bañado en sudor, pensé que estaría a un paso de volverme loco. Entonces, abrí la llave de la regadera y dejé que el agua relajara mis viejos músculos.

«Te tienes que calmar, Fausto —me dije—. Vaya calamidad: mi nombre no ayuda en mucho para esta situación. ¡Serénate, hombre! El chofer estaba borracho… Y lo que pasó en el mar debe tener alguna explicación, sí, debe tener alguna explicación. No hay razón para que te lleve a ti, no has hecho nada malo… ¿O sí?».

La noche llegó colmada de profundas sombras, cuyas entrañas eran habitadas por los mosquitos hambrientos. No tuve otra opción que dormir en mi hamaca; pero mi sueño fue intranquilo y despertaba a los pocos minutos con pesadez en los ojos y bañado en sudor. Noté que las sombras se acumulaban delante de mí, y nunca antes me habían parecido tan espantosas pues me imaginé que alguien las habitaba: «¡El Diablo está por llegar! ¡El Diablo está cerca! ¡Está cerca!», pensaba una y otra vez.

En medio de mis pensamientos, repentinamente, oí un alarido… Pero, por curioso que parezca, no me causó miedo pues lo reconocí de inmediato. 
Fui hacia la ventana de la sala y, al recorrer la cortina con discreción, vi una sombra en medio del camino iluminada por la luz de la luna. Miré por varios segundos pero la sombra no se movió. Entonces, abrí lentamente la ventana y apunté la linterna hacia aquel personaje oscuro. ¡Y cuál fue mi sorpresa cuando la luz mostró la inconfundible y extraordinaria figura de un mono aullador que, al sentir la luz, desplegó su cola y puso sus ojos en mí!

—¡Qué bello ejemplar! —dije al ver su tamaño y su pelaje negro y brilloso. Noté que estaba asustado y de su hocico escurría sangre; además, parecía que abrazaba un objeto contra su pecho que ocultaba de mi vista. «Esconde a su cría», pensé. El mono comenzó a aullar, así que, sin haber cerrado la ventana, me metí a la cocina y corté una manzana. Cuando regresé a la sala, los aullidos ya no se oían y me topé con una extraña sorpresa: Dolores se asomaba hacia el interior de mi casa desde la ventana que yo había dejado abierta. 

—¿Qué diablos hace aquí? —pregunté de manera hosca—. ¡No quiero su maldito guisado, váyase!

—Olvídate del guisado, Fausto —dijo Dolores—. Vengo por ti… ¡Vengo por ti miserable fisgón! —entonces soltó una risita siniestra cuyo tono agudo cambió lentamente a uno grave y rasposo.

—¿Qué le pasa?

Acto seguido, la cabeza de Dolores se movió como si fuera la de un títere: se inclinaba de un lado a otro al tiempo que sonreía. Enseguida, me sobresalté al notar que del cuello colgaban nervios y venas como jirones de ropa y que una pequeña mano la sujetaba de la columna vertebral. O, mejor dicho, lo que quedaba de la columna.

—He venido por ti, Fausto. ¡He venido por ti! —dijo el titiritero y saltó al marco y comenzó a aullar.

El terror me hizo huir. Quizá tropecé en un par de ocasiones, pero me levanté cada vez que oía las pisadas del mono. De pronto, lo vi trepar con rapidez de una copa a otra con la cabeza de Dolores en su mano.

—¡Se hizo chango! ¡Se hizo chango! —gritó la anciana una y otra vez— ¡Lo iba a cocinar y resultó que era Él! ¡Era Él!

Oí las exclamaciones de los animales y me dieron la impresión de que celebraban los actos del simio. También creí que se reían de mí, de mi vejez y de lo ignorante que había sido al creer que conocía todo sobre ellos.

Exhausto, tropecé y sentí que mi pecho iba a estallar. Puse mis manos en el suelo y cerré los puños al palpar la tierra. Entonces, para mi asombro, la luna comenzó a apagarse con lentitud al tiempo que los alaridos se intensificaron. De pronto, levanté la vista y me encontré dentro de una inmensa bóveda oscura que me pareció tan vasta como el universo, sólo que no tenía estrellas y era habitada por el grito de las especies al que se añadieron voces de hombres y mujeres que eran torturados.

—¡Se hizo chango! ¡Se hizo chango! —escuché la voz de Dolores entre tanta vociferación hasta que la debilidad me atenazó y perdí el conocimiento.

Si no los perros, la gente


Por Antonio Pacheco Zárate


Los perros aullaron la noche entera. El eco de sus aullidos provocó el canto atemporal de las cigarras y apresuró los insomnios de marzo; por eso don Simón se levantó de mal humor.

—Como si no fuera bastante con ese enjambre que no nos deja vida —le dijo a su esposa.

—Se va a morir alguien —respondió doña Sara y subió una olla de peltre al brasero.

—¿Pudiste dormir y lo soñaste?

—Lo soñaron los perros. Por eso aullaban.

Apoyó el hombro en la jamba y perdió la mirada en el verde de las montañas, donde en tiempos remotos había aparecido la milagrosa imagen de la Virgen del Silencio.

—Al menos los perros no joden a diario. El enjambre nace todos los días. Nunca se calla.

Ella dijo sí con la cabeza, metió otro leño al brasero y le sugirió que fuese al patio para que lo animaran los rayos del sol mientras preparaba el café.

Desde el banco de madera, las manos en las rodillas, don Simón descubrió un espléndido cielo azul sobre el caserío de las siete lomas del pueblo. Volvió a escuchar el enjambre. Lo vio elevarse por detrás de la cúpula de la iglesia convertido en una nube negra que manchó el paisaje, sobrevolar el barrio de San Luis Rey y descender en dirección a la casa, asustando a las aves guarecidas entre las ramas de las ceibas y haciendo ladrar enloquecidos a los perros que lo persiguieron hasta una de las ventanas de la cocina, por donde logró colarse. Apenas entró, salió disparado en medio de una humareda. Antes de verlo desaparecer, Don Simón sintió dos aguijonazos: uno en la oreja y otro en la frente. Su humor incendiario se acrecentó y lanzó una maldición.

—Almorzaremos al volver —fue a decirle a su esposa, que parecía apurada en volver a encender el fuego—. Ve al cuarto por tu rebozo y mi bastón.

Isidro encontró a sus padres en el camino real; volvía de ordeñar a las vacas. Supuso que iban a llevar sus condolencias a la familia de algún pariente que habría fallecido al amanecer, y por eso el escándalo de los perros.

—Vamos a buscarte esposa —le anunció su padre—. Se te está pasando la edad.

—Pero no quiero casarme.

—Son muchos años sin querer —dijo doña Sara sin mirarlo—. Tu padre hace lo correcto.

Isidro los vio alejarse rápido con pasos lentos. También estaba harto del enjambre que lo sorprendía a cualquier hora y en cualquier lugar, aguijoneándole la frente, o las mejillas, sonrojándolo como a los timadores del Chamizal cuando eran descubiertas sus tretas en las ferias, pero no creía que el matrimonio fuese la solución, aunque tampoco tuviera otra mejor.

Teresita Vargas se levantó tarde de la cama. La aulladera de los perros le había impedido dormir y tener los sueños de amores que la acechaban sin tregua desde los días en que cesaron las lluvias. En el corredor se topó a su primo. Se miraron a los ojos y él agachó la cabeza; ella apretó los labios con la cabeza altiva y se movió para evitar el roce. Después, saludó a los ancianos visitantes con la certeza de que estaban ahí para comunicarles el fallecimiento de algún familiar desconocido en un pueblo lejano; tal vez por eso habían aullado los perros. Tomó la escoba y comenzó a bajar las telarañas de las esquinas.

—Nuestro hijo Isidro —estaba diciendo el anciano— es un muchacho honrado y trabajador, y ha decidido sentar cabeza, pero es muy tímido. Por eso venimos nosotros.

—Sabemos que Teresita, aquí presente —agregó doña Sara—, está en edad de merecer. Y nuestro muchacho tiene interés en pedir su mano.

Doña Teresita madre les recalcó que lo que se decía “un muchacho”, Isidro ya no lo era. Pero tomando en cuenta sus atributos, podían ponerlo a consideración de la hija.

Teresita bajó una tarántula que se apresuró a aplastar. Otras brotaron de la araña despanzurrada y las aplastó también. De ellas brotaron más.

—¡Dios me libre de estas alimañas en el convento! —dijo.

Y les contó cómo esa madrugada, durante un sueño breve, le había sido revelada su vocación de monja.

—Igual que nuestro sobrino Gaudencio —dijo su padre—, que desde que pasó el tiempo de aguas vive aquí a la espera de ser recibido por los frailes.

Don Simón y doña Sara pretendieron convencerla de que las epifanías sucedían a las seis de la tarde y no de madrugada, y que enclaustrarse a su edad y con su belleza era una mala decisión. Pero Teresita estaba al tanto de los rumores sobre Isidro y no necesitaba meditar su respuesta.

—Les agradezco mucho el interés en mi persona —les dijo—. Pero rechazar el llamado del cielo es pecado mortal.

Doña Teresita madre, esperanzada en la posibilidad de tener una hija santa, se disculpó con ellos.

—Desgraciadamente el destino no quiso emparentarnos —les dijo—, pero con gusto podemos ser padrinos de lo que se le ofrezca a Isidro cuando encuentre esposa. Por cierto, tenemos chivos y borregos que les podemos vender a buen precio para la barbacoa.

Por cortesía, y ánimo de no ver derrotado su orgullo, don Simón pidió revisar los chivos.

—Deberíamos visitar a los parientes ya que andamos en este barrio —sugirió doña Sara cuando subieron a la loma más alta.

—¡No! —respondió tajante don Simón—. Entre ellos nació ese condenado enjambre.

Visitaron cuatro casas más, donde tampoco tuvieron suerte. Rendidos, fueron a ver a la madrina de Isidro, la vieja Damiana, una negra frondosa de carcajadas de estruendo y vestidos floreados; poco letrada, pero de reconocida sabiduría.

—Ninguna quiere ser su mujer —murmuró don Simón con tristeza de desahuciado—. Y estoy seguro de que es culpa del maldito enjambre.

Damiana soltó una risotada.

—Pero, compadre’, pue’ si yo dije desde que’l ahijao tenía quince, que ese no iba pa’ tene’ muje’. Y entonce’ lo podiamo’ mete’ a’ seminario.

—¿Qué hacemos, comadre? —preguntó doña Sara entrelazando los dedos.

—Puede pone’ una cantina —respondió revolviendo azúcar y zumo de limones en una jarra de cristal.

Ellos debieron saber que no opinaría más, porque carecía de la desvergüenza necesaria para usar rodeos y sutilezas.

Esa noche Isidro se enteró de que conseguir esposa no era asunto fácil.

—Dicen que Teresita Vargas…

—Va a ser monja —lo interrumpió doña Sara con remarcada ironía.

—Tal vez en la ciudad puedas encontrar una buena muchacha —sugirió don Simón.

—No me quiero ir.

—Nunca has querido nada. Tal vez quieras poner una cantina.

Por la mañana, Isidro descubrió que el recorrido de sus padres, en lugar de menguar el enjambre, lo había acrecentado en tal proporción que tenía encapotado el cielo.

—¡Pues no me voy! —le gritó levantando los puños.

Se dirigió a la casa de Teresita Vargas y la llamó a gritos desde los platanares en la entrada del predio. El murmullo incesante del enjambre, que ondeaba lentamente arriba, le azotaba los oídos.

—Vine a enamorarte —le dijo cuando ella acudió—. Dime qué debo hacer.

Los padres y el primo de Teresita los observaban desde el corredor.

—No puedo corresponderte. Voy a ser monja —contestó.

—Entonces ayúdame a saber cómo acabar con el enjambre.

—Eso es imposible —dijo—. Pero puedes ignorarlo como los gatos a los niños, como los nopales al desierto. Acostúmbrate y pon cara de palo.

Isidro la vio dirigirse a la casa y al primo seguirle los pasos. Sintió la mirada de lástima de los padres de Teresita y decidió estrenar el consejo. Levantó la cabeza y les sonrió.

Un mes después murió don Simón. Durante el entierro, Isidro escuchó decir que Teresita Vargas estaba embarazada; nadie sabía de quién, si de su casa no salía y tenía decidido enclaustrarse. Sintió lástima por ella. Supo que si don Simón hubiera conocido y puesto en práctica el consejo de Teresita, habría vivido menos agobiado sus últimos días.

Esa noche los perros volvieron a aullar sin misericordia. Pero mientras le servía el desayuno a Isidro, doña Sara le respondió que no había escuchado otra cosa que el ruido brutal de los recuerdos; tal vez, agregó, significaba que el muerto no sería un conocido. En el ir y venir del brasero, vio por la puerta, con el rabillo del ojo, que algo se aproximaba veloz bajo las nubes. Se llevó una mano a la frente para distinguirlo entre la luz. Era el enjambre. Corrió al brasero y azotó furiosa los leños contra la ceniza. No consiguió verlo entre la espesura de la humareda, pero sintió dos aguijonazos: uno en la oreja y otro en el pecho.

Antonio Pacheco Zárate es originario de Oaxaca, México. Escritor autodidacta, inició su formación en foros literarios de internet. Ha publicado cuentos en diversas revistas, antologías y portales literarios de México y el extranjero.

Sueño recurrente

por Sandra Santos


“Sueño recurrente”, autora y voz: Sandra Santos
Música: Ev Vega (2007) Trío para flautas: I Swallowind: basada en el Sótano de las Golondrinas. Cuento trabajado y presentado en el Taller Delfos de Escritura Creativa durante el año 2024.

Llegaste agitada a casa, te quitaste el suéter del uniforme y lo aventaste al sillón, le diste un beso a tu madre quien al recibirlo notó que tenías la cara mojada de sudor, recogió el pelo de tu rostro, te miró a los ojos y te preguntó:

—¿Qué hiciste?

—Jugamos a las correteadas —respondiste rápidamente, después sacaste aquella libreta con un pequeño candado que llevabas a todos lados, mezclaste la contraseña, se abrió y antes de sumergirte en ella, dirigiste una mano a tu boca, comenzaste a morderte las uñas como lo hacías desde hace no sé cuánto tiempo, al arrancarte un pellejito del dedo índice comenzaste a sangrar, una pequeña gota manchó tus labios dejando un rojizo líquido, muy tenue en ellos, te lamiste.

De pronto, un sonido proveniente del exterior te hizo voltear para después dirigirte a la ventana, afuera, un par de perros copulaban, tiraban baba mientras sacaban la lengua, la perra emitía pequeños chillidos mientras el perro pegado a ella no dejaba de menear su rabo, un señor pasó con su hijo y le tapó los ojos para evitar que el pequeño viera la grotesca escena, el niño intentaba no perder el equilibrio:

—¡Órale, perros puercos! —gritaba el padre, haciendo ademanes con los que sin tener éxito los echaba del sitio.

Una señora salió con una cubeta llena de agua y se las echó encima pero tampoco logró que los perros se separaran. Tú mirabas por la ventana, tenías una ligera sonrisa en tu rostro, probablemente se debía a la escena un tanto caricaturesca, le preguntaste a tu madre desde el sitio en donde estabas por qué el señor llamaba puercos a esos perros. Te respondió irritada: “Esas cosas no se preguntan”.

En casa muchas cosas no se preguntan, ni se hablan, ni se dicen, ni se hacen —al menos eso cree ella—, así que poco a poco las verdades se convierten en secretos, los secretos en heridas, y las heridas en silencios.

Volviste a sentarte, continuaste mordiendo tus uñas, esta vez con mayor intensidad, tus dedos estaban cocidos como cuando pasabas mucho tiempo en la regadera, sangrabas, de tus uñas no quedaba ni un milímetro, pero seguías mordiendo, y aunque te dolía evadías el dolor, quizá en algún momento quisiste comer tus dedos, tus manos, todo, para no tener más esa sensación que desde hacía tiempo te acechaba…

Aquello que provenía de tu interior, de las noches extrañas en las que en sueños tus manos viajaban por todo tu cuerpo, las ganas de tocar tu lugar prohibido, ya no querías hacer esas cochinadas como le llamaba tu madre, no querías defraudarla, pero era inevitable, de manera que lo hacías a escondidas.

***

Querido diario, hace unos días conocí a Paco, el niño más grande de la cuadra en la que juego todas las tardes, quien a pesar de ser más grande que yo y mis amigas de pronto le dio por jugar con nosotras. Fue extraño, jugábamos a las escondidas, yo estaba detrás de un arbusto entonces llegó por detrás y me tapó la boca para que no gritara: Un dos tres por ti y por todas tus amigas, me dijo.

Desde aquel día me la paso contando las horas para poder volver a verlo, el más grande de los vecinos juega sólo conmigo. Metidos entre las pacas del zacate mientras mis amigas corren, se esconden, saltan la cuerda, se ríen entre sí, nosotros inventamos juegos.

Me enseñó algunos trucos para no ser encontrada, trepamos árboles, colocamos trampas con el pasto para que al pasar corriendo los demás niños se caigan, y el otro día me enseñó la diferencia entre mi “cosa” y la suya, algo nos habían dicho en la escuela sobre las diferencias entre niñas y niños, pero no es lo mismo verlo en libros a verlo con los propios ojos. Me dijo que si me lo mostraba, yo haría lo mismo, entonces se bajó los pantalones, después los calzones y en medio de la milpa lo vi, una manguera pequeña, habitaba entre sus piernas, era como el moco de guajolote colgando, me dijo que lo tocara, entonces acerqué poco a poco mi mano, pero no lo toqué completamente, solo alcancé a rozar mi dedo con eso cuando agitó la manguera y me dijo ¡Bu! Es un menso.

Era mi turno, tardé en hacerlo pero había dado mi palabra, las piernas me temblaban y conforme mi falda subía, se me hacia la piel de gallina, Paco me miraba curioso, cuando dejé al descubierto eso de lo que mamá me prohíbe hablar, pensé que quizá no era tan malo, Paco miró por un rato, pero no me tocó, quizá no quiso, quizá simplemente porque no le dije que lo hiciera, después solté mi falda y me subí los calzones rápido. Éste es un secreto. Esa tarde reí mucho con Paco, al parecer los secretos unen a las personas.

Querido diario, hoy vi a unos perros haciendo perritos afuera de mi casa, le pregunté a mamá que porqué un señor los llamaba “perros puercos”, ella se enojó, siempre se enoja, en cambio papá solo mira, mira y calla, me gusta que papá calle, aunque a veces es incómodo.

Querido diario, hace unos días Paco y yo nos besamos, pensé que sería como en las telenovelas que ve mamá, pero no, fue chistoso, teníamos los ojos y también los labios cerrados después me dijo que sacara la lengua y lo hice, entonces él sacó la suya y nuestras lenguas se encontraron, pero no se movieron, eran como chicles pegados, ¿así que los besos de lengua son estos? ¡Qué chiste! Pasó un rato, no sé si un minuto, menos o más, abrí los ojos y me encontré con los de él, me dio pena, los cerré al momento para no parecer tonta, por fin nos separamos. No sé por qué los adultos no quieren hablar de estas cosas, si en realidad no son la gran cosa.

Llegué a casa volando porque me quedé tiempo de más con Paco, mamá me preguntó que en dónde estaba y qué había hecho porque estaba sudando, no sé si fue por correr o porque pareciera que mamá todo lo ve y sus preguntas me ponen aún más nerviosa, pareciera que ya sabe que él y yo nos besamos, le dije que había jugado a las correteadas, pero siento que no me cree, nunca me cree.

Nunca me cree, pero tampoco nunca me pregunta más, mis papás son extraños, o son dos extraños, ella es regañona y preguntona, pero en realidad, no quiere hablar, papá en cambio nunca quiere hablar, es silencioso, es como un mueble, la diferencia es que mientras el mueble no hace nada, a papá lo único que se le mueven son los ojos, aun me mira, me mira mucho, pero no me habla.

Querido diario, hoy de nuevo soñé que algo o alguien estaba en los pies de mi cama, después se acercó y de repente sentí un gran peso sobre mí, Paco dice que se me subió el muerto. Mi abuela decía que los muertos se convertían en polvo y yo he visto en la tele que cuando los muertos son quemados se hace un polvo muy pequeño que se pierde en el aire, así que le he dicho a Paco que el muerto que me acecha es muy pesado, él se ríe, pero yo no. ¿Qué será? Quizá deba hacer caso a mamá y deba ir con ella a misa, ¿Verdad?

***

Tu madre te ordena acomodar tus cosas, lavarte los dientes y ponerte el pijama, te pregunta si terminaste la tarea, le dices que sí, metes tus cosas a la mochila, te lavas los dientes, vas a tu cuarto y como cada noche dejas la puerta entreabierta, dejando pasar un resquicio de luz apenas un rayo porque te da miedo que la oscuridad posea a tu cuarto contigo incluida, te duermes tranquila porque estás en casa y en casa todos los niños están a salvo.

Dejo pasar un par de horas, espero que tu madre duerma, entonces pienso en ti, en lo que haces con Paco cuando crees que nadie te ve, pienso en lo que piensas al ver a esos perros cogiendo. ¿Quién eres niña?

Voy al baño, de regreso observo a tu madre, está dormida, camino un par de metros, tu puerta entreabierta me invita a entrar, no me cuesta trabajo, no hay ruido, me paro en los pies de tu cama, me gusta mirarte, me pregunto si siempre será así. Duermes profundamente, das un par de giros en la cama, algo sueñas, doy un par de pasos más cerca de ti.

Sientes que alguien te mira porque te mueves levemente pero tu sueño es pesado, sí, algo sueñas, aunque quisiera mirarte toda la noche, como lo hago durante el día, tengo que salir, estaba a punto de hacerlo cuando de pronto dijiste su nombre: Paco, con esa voz que está cruzando entre la infancia y la pérdida de ella. Quizá en tus sueños ha aparecido él pidiéndote que saques la lengua, porque la sacas y la mueves como si tu fuera un pez fuera del agua, tus manos viajan y husmean en tus pantalones aquello.

A pesar de estar lo suficientemente cerca quisiera hacerlo un poco más, sólo un poco más, subir a tu cama, olerte, al fin y al cabo, eres mía. Jadeas como los perros que habías visto mientras tus dedos chatos acarician ese lugar del que no se habla, de pronto, después de un largo quejido te quedas quieta y continúas envuelta en la madrugada, espero aún un par de minutos, estoy sudando al igual que tú, debí de haber hecho algún ruido, ya que al dar un paso a la salida escucho tu voz:

—¿Papi? —dices alcanzando a entreabrir tus ojos.

—Estás dormida nena.

Madre Terrible

Eduardo Honey


Mantengo mi forma humana al correr por la calle de Madero rumbo a la plaza central, el Zócalo. Son las cuatro de la mañana y los antros aún no vomitan a sus borrachos ni drogos antes de los afters. Solo algún vagabundo arropado con sucias cobijas y periódicos que duerme encima de cartones a pesar de la ligera llovizna. En una que otra esquina te topas a algún policía refugiado y embutido en su uniforme para aguantar el frío o, a pesar de la baja temperatura, examinando su celular.

—Doña Jacinta —dice por el auricular Sonia, mi compañera de aventuras y mi sombra vía dron— comenta que Huitzilopochtli está por aparecer en el lugar donde dio su mandato. Y no es donde décadas atrás pusieron esa estatua tan gacha… Está a un costado del Templo Mayor donde colinda con la Plaza Manuel Gamio.

Miento madres por el tiempo que tardé en eliminar una tzitzimime en La Alameda. Iba con tiempo suficiente para llegar al lugar que me indicó doña Jacinta y su grupo de curanderas. El Syndicat des Ténèbres no las consideraba dignas de atención aún cuando tuvimos el incidente en el Cerro de la Estrella. Si no es por ellas y su clan con apoyo de Eulogio, se habría terminado el mundo en el ciclo de 52 años. Desde entonces las cosas se pusieron raras, algo no se cerró o no se ató de forma adecuada.

Desaparecieron las plagas habituales de Europa y Asia que intentaban asentarse en la smógpolis central de México. Los k’pterion en las sombras de los edificios antiguos, indicadores del balance con la otredad en el mundo, no emergían de las paredes. Le comenté a Donatello, quien por primera vez, calló y me dio la espalda.

Desemboco en el Zócalo. Del lado izquierdo está la Catedral, al frente Palacio Nacional y a la derecha, la Jefatura del gobierno citadino. Al centro se levanta la inmensa asta de donde cuelga el lábaro patrio. Por encima refulge una luna creciente. Me percato de su presencia junto con sus huestes que llueven desde cada estrella.

—¡Sonia! ¡Que el grupo de asalto no avance! ¡Sácalos de allí!

—¿Qué? ¿Por qué?

—Aquí está nuestra querida Itzpapalotl, la inestimable mariposa de obsidiana. Y no viene sola. Trajo una horda de tzitzimitl de las cuatro regiones del Tamoanchan. No importa que contemos con licántropos, strigoi o ghoules —expreso. Teníamos una posibilidad de distraer a un dios pero no a dos y menos con lo que se viene encima.

—¿Qué diablos? Alfredo, no te atrevas…

—Es un buen día para morir, besos como siempre —contesto mientras tiraba el auricular y me despojaba de la ropa.

A mi alrededor caen enormes jaguares y perros que de inmediato se convierten en las mujeres descarnadas de más de dos metros y medio de altura, con el rostro, cuello y pecho sin piel; aunque las mamas, largas y secas, les colgaban a la par que el collar de corazones y cráneos. Debajo del costillar, apenas sostenido por tejidos, se ven el hígado, estómago y otras vísceras. Sus brazos, esqueléticos, terminan en garras. Debajo de la falda sobresale tanto la cabeza como el cascabel de una víbora. A los lados de ella se abren de una forma obscena, como si estuviera trozada la cadera al dar a luz, dos piernas esqueléticas que finalizan en las garras de un águila. Sin embargo, lo que más detesto son los ojos y dentaduras arriba de cada articulación. No tiene punto ciego.

Al quedar desnudo me transformo en mi nahual, un coyote. Continúo mi carrera. Casi al llegar a la asta bandera se forman grietas en el suelo de concreto. Ahora debo cuidarme del cielo y del infierno. Por fin puedo ver más allá de la reja que rodea al Sagrario y la Catedral Metropolitana: de una rajadura flotante de borde rojo y negro, emerge Huitzilopochtli con su penacho, escudo y un macuáhuitl de color azul con sus dos líneas laterales de obsidianas incrustadas.

Desde Palacio Nacional, los soldados y la guardia presidencial disparan por doquier en un rapto frenético. Me sobrevuela una lluvia de flechas que lanzan las tzitzimitl a mis espaldas. Caen los soldados y agentes del gobierno. El dios levanta el escudo a la par que crece a seis metros de altura. Ningún proyectil lo alcanza, hace girar su arma y una negra nube de hojas de obsidiana salen proyectadas. Maldigo en una de las necrolenguas y tengo que desviarme cuando de una de las grietas del suelo emerge un guerrero águila recién llegado del inframundo, del Mictlan.

No me hace caso y se lanza contra una tzitzimime que aterriza y se transforma. A una veintena de metros de Huitzilopochtli alcanzo a ver mi objetivo alrededor de su cuello. De sorpresa Itzpapalotl se arroja a sus espaldas desde el cielo. De inmediato cambio mi trayectoria hacia la izquierda, al tiempo que ella lo impacta y lo golpea con sus oscuras alas de obsidiana. Ruedan una decena de metros y aprovecho para ojear el Zócalo: cientos son los que combaten arrancándose extremidades, partiéndose el cráneo al tiempo de lanzar gritos de guerra. Al ser entes descarnados y almas de personas fallecidas, no sangran ni aúllan de dolor.

Me llega el sonido agudo, como de enormes avispas desde el cielo. Son varios drones de combate que se enfilan a donde se baten ambos dioses. Rápido retrocedo y me refugio detrás de la reja de la catedral. El plan era usar uno o dos, no la docena que trajimos. El estallido es brutal y, apenas pasa la onda expansiva con su ola de fuego, corro en cuatro patas a donde Huitzilopochtli está tirado de espaldas intentando entender qué pasó. De un salto llego a su pecho, con otro a su cuello y empleando a fondo mis mandíbulas, corto la cuerda de cuero entretejido del que cuelga el dije. Un brinco más me lleva al pavimento e inicio una desaforada carrera por la calle de Moneda. A cuadras de distancia escucho cómo retumba el combate.

—¿Qué madres pasó ahí? —grité arrojando el dije en la mesa del comedor en la casona del centro de Coyoacán.

Alrededor estaban doña Jacinta, sus curanderas y sabias; don Eulogio con el capitán de su escuadra de xólotls y nahuales; Sonia y, para mi sorpresa, Donatello. Están rodeados de velas, veladoras y sahumerios. El suelo y las paredes refulgen con las invocaciones de protección pintadas con el humo, perfume de cempasúchil y cenizas de peyote. A un lado del altar está una televisión encendida.

—Lo siento mi niño —habla Jacinta con su ronca voz, llena de eras pasadas—, no lo vimos venir. Ni siquiera la Tonantzin, está muy atribulada y siente una enorme pena.

—Tampoco supimos de esto en las mesas —continúa don Eulogio—, nada indicaron los rezos ni las danzas…

—O sea —arrebaté la palabra a un Mayor, era mucho mi enojo—, apenas sobrevivo el ensayo de un Ragnarok y ninguno recibió el memo. Si no es por Sonia y sus drones, no salgo de allí. ¿No se supone que están en comunión y comunicación con el mithocosmos mesoamericano? ¿O qué ch…

—Sssssssiento interrumpirte Alfredo —corta Donatello—, pero ssssssssi había “memo” —hizo el gesto de entrecomillar con largos y pálidos índices de cinco falanges—. Essssssstaba trassssssspapelado en Missssssskatonic.

Callo. Conozco bien buena parte de su biblioteca maldita y allí, fuera de cierto códex hecho con piel humana que recuperé en mi primer caso, no tienen material prehispánico. En el Vaticano, bajo bóvedas y trampas mágicas, se esconde un buen de material al que ni siquiera el Concilio del Syndicat tiene acceso.

Donatello deposita una caja de madera en la mesa. Me contengo de tomarla al primer impulso. Las imágenes en la vieja televisión muestran que amanece y los dioses, combatientes y caídos se esfuman ante la luz solar. Quedó solo un feo cráter donde impactaron los drones, así como multitud de grietas a lo largo y ancho de la Plaza Mayor y calles aledañas. Los comentaristas están muy alarmados y el ejército despliega sus fuerzas.

Tomo la caja y la abro. En su interior encuentro un cristal de forma casi triangular del doble de mi puño. El interior son multitud de metales, otros minerales y material que no supe distinguir. Casi invisible y difuso al principio, se ilumina con una tonalidad verde que crece en intensidad hasta cegar al tiempo que un vaivén surge del suelo, nos eleva unos centímetros y nos deja caer. Disminuye la intensidad de la luz y se apaga. De inmediato lo regreso y cierro la tapa.

Donatello la recoge para desaparecerla debajo de la capa que siempre porta. De allí extrae un cuadernillo y me lo pasa. En la carátula está pirograbado: A.H. Claramente era del siglo XIX y un post-it amarillo indicaba la página que debía leer.

—En corto, Donatello, ¿qué encontraste?

—Anexxxxxxxo al diario de Alexxxxxxxander Humboldt, lo olvidó en Missssssskatonic en un viaje. Junto con un baúl y la cajita. Que el cristal le fue dado por un grupo de anccccccianosssssss en la ssssssserranía del sssssssur de México. Cuando se enccccccendiera, la Madre Terrible essssssstaría por dessssssspertar.

—¿Quién es esa Madre Terrible? —pregunto algo desconcertado.

—Cipactli, mi niño —contesta en tono muy serio doña Jacinta—. La diosa cósmica madre del origen, aquella que al morir de su cuerpo se creó el mundo. Las escamas de su piel son las montañas y el cristal es un fragmento de una de ellas.

—Pero el morir para ella —continúa don Eulogio— es un momento del dormir y del soñar. No es morir en el sentido que trajeron los europeos. Ellas, las múltiples diosas que a la vez son las madres, creadoras y destructoras, están regresando, Alfredo. Hay un cambio en el orden y las jerarquías. La Gran Madre Terrible lo sabe y despierta. Y nada puedes hacer tú, en especial.

Me quedo estupefacto. Mi grupo de irregulares tolerados por el Syndicat, hemos estado ocupados una veintena de años resolviendo casos donde ellos nunca intervendrían. Más de una vez ayudamos a mantener la mithósfera en equilibrio a pesar de las seelies, primigenios y némesis vangelsianos. Incluso detuvimos la intromisión de los angeloups gracias a una antigua bruja y un loup garoup.

—No significa que estemos condenados a un final del mundo —interviene mi querida Sonia—. Es que eres varón, un varón que será inútil en el cambio que viene.

—Pérame, barajeámela más despacito. ¿Cómo que soy un inútil, Sonia?

—Entendiste mal, veamos cómo te lo explico. ¿Te acuerdas del yin-yang? Allí donde tú haces equipo conmigo, combinados: tú el yang con su trocito del yin y yo viceversa. Pues, para lo que haremos, necesitamos solo del yin en la creación de la nueva senda. En eso eres inútil.

—Pero, pero… —intenté argumentar.

—Mi niño, ¿puedes cargar una vida en tu vientre y parirla? —cuestiona doña Jacinta.

—No, pero…

—Eso zanja la cuestión —continúa doña Jacinta—. Sonia hará lo que nosotras le digamos, ¿quedó claro? Tú ayudarás por detrás pero no puedes intervenir, ¿entendido?

Es extraño estar rodeado solo por elementos masculinos de mi grupo de choque. Donatello, con sus extraños contactos o lanzando hechizos, nos consiguió un centro móvil de comando y control del Ejército Mexicano. Veinte strigoi, loup garoups además de xólotls y guerreros de las mesas de don Jacinto están sentados frente a las consolas de triple pantalla. Cuidan a doña Jacinta y sus brujas en el Cerro de la Estrella, así como a las santeras y curanderas en el extinto afluente en Chapultepec. Han iniciado el rito para dormir a Cipactli.

Un tercer grupo debería estar donde Huitzilopochtli demandó la fundación de Tenochtitlan, pero él sostiene su posición inicial junto con los guerreros jaguar y águila que el Mictlan le cedió. Si no se puede el rito en paz y armonía, será el baño de sangre.

En la esquina lejana del Zócalo yace Itzpapalotl muy mal herida. El combate, aunque oculto por la luz solar, duró tres días. La cuidan otras diosas madre, Mayahuel y Xochiquetzal. El panteón mesoamericano es muy complejo, queda claro que están divididos en un bando masculino y otro femenino además de un grupo que no interviene como Quetzalcóatl, Tláloc o la pareja que rige el inframundo. Sospecho que tiene que ver con que es la guerra para que terminen las guerras y representan a los pacifistas.

Esta tercera noche es vital, es cuando la Luna de Sangre colgará cual orejera en la noche. Otro sismo inicia y el CC&C se bambolea lado a lado por dos minutos. Leo en pantalla que fue de 7.2 en escala Richter. Cada vez son más seguidos y de mayor duración. Don Eulogio dice que cuando pase de doce grados y no pare, es que Cipactli ha despertado y estará levantándose. Espero que no lleguemos a eso.

Sonia, tras la bendición de Tonantzin a través de doña Jacinta, será la Gran Comandante. Su clan infectó a las tzitzimitl con los gusanos que los vuelven una unimente que se puede coordinar en masa, por grupos, o actuar de forma independiente. Está apoyada por strigoi hembra, nyx, black seelies que llegaron sin pedírselos, además de banshees y otras entes del Syndicat de la capital de México.

A diferencia de las huestes de Huitzilopochtli que atacan a lo bruto, ellas traen consigo la coordinación, estrategia, tecnología y magia de miles de años. Deben crear un frente de punta de flecha para que por allí logre penetrar Sonia y su escuadrón de apoyo. De súbito las vermii reinas, que han atraído como distractor a cientos de personas infectadas, casi zombificadas, desbordan el perímetro y las calles del centro de la ciudad.

Si sale el plan, Huitzilopochtli quedara a distancia de tiro del atlatl de Sonia, el lanzador jabalina en cuyo extremo está el espejo humeante que robé, ya cortado, pulido y afilado. Debe atinarle al corazón o, de perdis, a un ojo para matarlo. A continuación, lo desmembrará como él lo hizo con Coyolxauqhui, su hermana. Con eso lograremos tanto generar un equilibrio como que Coatlicue, la madre de ellos y otros dioses, se tranquilice en su dolor. Esto, a su vez, hará que Cipactli duerma otra vez. En verdad es enredado este cosmos de la mithósfera.

—Sonia —aviso—, el CC&C listo. Seré tu sombra de aquí al final.

—Gracias, Alfredo. Empezamos en diez, nueve, ocho…

Estamos tranquilos, siempre hemos sido un gran equipo, un yin-yang. Algún día nos tocará el verdadero final del mundo. Hoy no dejaremos que ocurra.

El primero de la familia


Mauricio del Castillo


Honr parpadeó y se acercó a la pantalla en el interior del compartimento. Por su parte, Trulr supo que se trataba de un hallazgo valioso, tal vez el más importante desde su llegada al planeta. Sin retirar la vista, Honr preguntó:

—¿Dónde dices que lo encontraste?

—Una vieja fortificación, muy cerca de esta cordillera. —Trulr extrajo con la presión de su dedo una imagen del relieve de la superficie. Honr apenas hacía caso de la imagen: el objeto detrás del panel de cristal llamaba fuertemente su atención.

—¿Hubo algo más?

—Ruinas, montones de metal oxidado, cables y materiales de construcción. Partes de edificaciones enterradas a medias que surgían de la arena. ¿De qué crees que pueda tratarse?

Era obvio que se trataba de un objeto producto de una sociedad compleja, pensó Honr, con sistemas económicos, sociales y religiosos; domesticación de animales, tratamiento de metales y cultivos en tierra, todo desde hacía miles de años. Las rocas y las piezas desperdigadas eran una cosa, pero esto escapaba de toda lógica. Fue trabajado a partir de alguna clase de aleación, lo que hacía suponer que no se trataba de una vasija sino de una increíble composición.

—Observa esas hendiduras a todo lo largo de la circunferencia —dijo Honr—. No es una casualidad que se encuentren ahí. Deben tener una función específica. Tal vez de eso dependa su funcionamiento. —Realizó una pausa y continuó—: Utilizaré el programa de restauración.

—Tienes razón. No veo otra forma de resolverlo.

Trasladaron la pieza con el mayor cuidado posible a la plataforma de réplica. Temían romperla al retirar la tierra y la herrumbe. Aunque primitiva y con señales de desgaste, la rueda lucía con mucho mejor aspecto. No dejaba de brillar a pesar de su antigüedad. Era un trabajo minucioso que requería una operación cuidadosa.

La computadora extrajo el elemento y en segundos comenzó la reconstrucción del artefacto entero. Trulr observó con curiosidad el proceso y se sorprendió al descubrir que el programa duplicó más ruedas, unas pequeñas y otras grandes en comparación a la hallada.

Se dirigieron a la cámara de reconstrucción. Luego de montar la pieza, la computadora comenzó a trazar las dimensiones y a rellenar los espacios de material de acuerdo con el diseño. Líneas de luz se encontraron en varios puntos, haciendo parecer que componían una celda luminosa. El humo y vapor expulsados se mezclaron al mismo tiempo que entraba en acción el inyector de enfriamiento.

En breves minutos, la reconstrucción quedó terminada. Aún continuaba enfriándose cuando Honr y Trulr entraron a la cámara para verla de cerca.
En la cara frontal se encontraba un disco en forma de anillo fijado a la estructura. Fuera de él otro anillo giratorio estaba marcado con inscripciones. Los dos hombres contemplaron la caja recién reconstruida, así como las ruedas, remaches y láminas. Torretas y salientes surgían por todas partes. Lo más increíble era una manivela montada justo en el centro; brillaba como si recién fuera construida en su antigua época.

Honr tomó el mango de la manivela y comenzó a darle vueltas. Todo el mecanismo entró en funcionamiento con un suave rumor. Pareció cobrar vida por sí misma, sin ayuda de energía eléctrica, nuclear o solar: bastaba la propia inercia para impulsar la maravilla de movimientos que sucedían en el interior. Las ruedas giraban y giraban, cada una vital para la marcha.

—¿Para qué sirven? ¿Cuál es su función? —quiso saber Trulr.

—Engranajes —respondió Honr—. Es lo que son. Piensa en ello. Cada una transmite potencia mecánica a otro. Una de ellas es impulsada por esta manija. Todo el mecanismo se encuentra montado en esas dos placas de la misma aleación para protegerlo.

Trulr no dejaba de torcer los labios, incrédulo. Honr estaba excitado, pero trató de guardar la compostura.

—Esto fue hecho por los antiguos habitantes de este planeta. No se trata de ningún mecanismo traído aquí desde el espacio exterior. Era una civilización temprana, pero con significativos avances.

—Tienes razón. Es factible que realizaran algunos cálculos —observó Trulr—. Solo toma en cuenta cada una de las inscripciones en la superficie de las placas.

—Sí, deben ser medidas para su cálculo. —Honr observó el mecanismo justo enfrente de él mientras la luz daba de lleno en su rostro.

Luego de unos segundos la máquina se detuvo. Honr notó que las agujas que la conformaban ahora se encontraban en otra posición. Ahora apuntaban en dirección a los signos antiguos.

—Me encuentro exhausto. Hagamos un informe de lo ocurrido —dijo Honr—. Mañana reanudaremos el trabajo.

Trulr desconectó la cámara y abandonaron el laboratorio. Al poco tiempo, sin que ninguno se percatara, un rumor sordo provino de la computadora.


A primera hora, Trulr entró al laboratorio. Se sorprendió al notar el ambiente lúgubre que invadía la estancia. Un sonido atronador se escuchó, como si se tratara de una detonación nuclear. Enseguida una luz proveniente de la pantalla principal lo cegó. Retrocedió por la impresión, trastabillo y cayó. Con torpeza volvió a ponerse en pie para salir corriendo, lejos de aquel estruendo.
Casi sin aliento se comunicó a la habitación de Honr. Tardó en ordenar sus ideas. Honr lo cortó:

—Voy en seguida.

A medida que se acercaban se escuchaba el sonido dentro de la cámara, como si se encontrara en medio de un proceso que ocurría en las entrañas del planeta.

—No entiendo qué está ocurriendo —dijo Trulr, casi gritando.

—¿Trabajaste con la computadora antes?

—No hice nada desde la última vez que nos vimos.

Honr apretó los labios, incómodo.

—Encendamos la luz de emergencia.

Trulr se apresuró a verificar los sistemas. Mientras tanto, Honr notó una línea horizontal en la pantalla que pulsaba con repiqueteo. Trulr volvió con el rostro desencajado.

—El artefacto no está. Ha desaparecido.

—Eso es imposible.

—Ocurrió. Parece que fue absorbido por la cámara, pero no sé cómo.
Honr dirigió una mirada inquieta hacia la puerta.

—Nadie ha entrado al laboratorio, Trulr. El artefacto sigue aquí.

—¿Qué quieres decir?

—Desmontemos los paneles de la cámara de memoria. Tengo una teoría.

Honr y Trulr bajaron a la cámara de memoria. El aliento de los dos hombres se podía notar por el vapor que expulsaban sus pulmones. Se internaron en la cámara. Trulr desmontó los paneles mientras Honr observaba con atención. Una vez retirados, Honr soltó un suspiro.

El artefacto estaba unido a la cámara de memoria de la computadora. Tenía el aspecto de un regulador fusionado a una red informática. Cables salían de las placas en todas direcciones y se conectaban con las intrincadas paredes de vidrio y plástico de la computadora que le alojaba.

Honr se quedó sin aliento. Contempló asombrado todo el reordenamiento y unión del artefacto. Por su parte, Trulr no dejaba de menear la cabeza.

—¿Qué pensarán cuando lo sepan en la base? —murmuró Trulr.

—Vendrán a ver si no nos hemos vuelto locos —contestó Honr—. Por Dios, la computadora se tomó el tiempo de volver a montar el panel. No tardó siquiera doce horas en unir el artefacto con su sistema.

—¿Con qué fin? ¿Cuál es su función?

—Examinemos los planos para detectar las conexiones. Quizás demoremos unas horas, pero estoy seguro de que lo averiguaremos.

—Sí, hagámoslo.

Honr tomó la caja de herramientas. Se inclinó con la intención de retirar los conectores y liberar al artefacto. Cortó circuitos y terminales, pero le sorprendió encontrar láminas y bases que no figuraban en los planos.

Un delgado rayo de una cegadora luminosidad salió disparado del interior del panel. La cabeza y los hombros de Honr fueron envueltos en un resplandor violeta y su cuerpo fue proyectado hasta el centro de la sala. Yacía en el suelo, con una herida en la frente. Tragó aire en un largo y tembloroso gemido que se cortó de repente. Trulr se percató de lo ocurrido y lo levantó del suelo, arrastrándolo hacia la entrada del ascensor.

Una vez en la planta alta, lejos del zumbido, Honr reaccionó. Parpadeó repetidas veces a fin de salir de aquel trance. Trulr se llevó una mano temblorosa a la frente.

—Honr, ¿te encuentras bien?

—Sí —alcanzó a decir éste—. Eso parece.

—La computadora… se hizo del control del artefacto, ¿verdad?

—No es un simple artefacto. Es una computadora. La primera creada por el hombre.

—Eso es imposible. En la antigüedad no existía esta clase de aparatos.

—El hombre no es precisamente más sabio y creativo conforme pasa el tiempo. Recuerda que nosotros, como generación, somos la suma de todo el conocimiento de otras generaciones anteriores. Ellos, quienes hayan sido, aplicaron sus conocimientos, lógica e inventiva. Fueron seres excepcionales, tanto es así que nuestra computadora reconoce esa primera creación.

—¿Primera creación? —dijo Trulr con voz quejumbrosa

—Al primero de su familia, desde luego. Lo estudió mientras lo reconstruía. Además, tuvo demasiado tiempo para hacerlo parte de él mientras tú y yo descansábamos. No importa cuántos años pasaron entre la creación de uno y otro. Es cálculo de sus cálculos, una línea directa de ascendencia.

—Pero ¿no podemos desmontarlo?

—No lo creo —repuso Honr, dominado por el conflicto—. Nunca tomé en cuenta tal posibilidad. Sin embargo, al pensarlo, estoy convencido que no desea que retiremos la computadora antigua; ahora la protege.

Trulr le miró antes de decirle:

—No puede estar pasando.

—Me temo también que reaccionó para solucionar un conflicto cuando quise intervenir. Usó un arma, con el único fin de defenderse. Se trata del más antiguo y salvaje contacto entre dos grupos antagónicos, relacionado con el concepto etológico de territorialidad. En los humanos este concepto evolucionó en una variable única. Me refiero a la guerra. Toda máquina es el reflejo de la idiosincrasia de su cultura mostrando un aspecto religioso, social y militar.

—Pero nuestra computadora no está programada para eso. Desconoce lo que es una guerra. Solo sirve para el bien de la humanidad.

—Tienes razón, pero aprenderá en muy poco tiempo lo que es una. Recuerda que la guerra era algo muy común en las civilizaciones antiguas. La primera computadora fue diseñada por hombres que creían tanto en la guerra como en la existencia misma.

A Trulr la voz de Honr le pareció que sentenciaba algo, pero no sabía qué.

—Tendremos llevar esto a las autoridades del Bloque mientras nuestros congeladores lo puedan mantener frío —dijo—. Desmontarlo pieza por pieza. Recurramos a la fuerza, retiremos todo lo que…

Se miraron el uno al otro, inquietos.

Sin pronunciar una sola palabra, abandonaron la zona de trabajo para idear la desinstalación. Caminaron lentamente hacia sus habitaciones, pensando en que, después de todo, también era posible olvidar el reporte del hallazgo en tierra.

Al día siguiente fueron testigos de sus consecuencias: la computadora carecía de toda diplomacia y mesura al declarar un ultimátum de guerra hacia todas y cada una de las civilizaciones que regían la galaxia.