Cabeza de Toh

Autor: Ángel Fuentes Balam


El pájaro nos habla:

—Durante el Pixán, voy a contarle cuentos a los niños, para distraerlos de la muerte.

Enumera los dedos cortados, sumidos en la sal, en una copa de barro: hay nueve; los dientes ordenados en la mesa, forman dos círculos: uno dentro del otro. Los ojos de su hermana lo observan, cada uno por separado, puestos en hojas de plátano en los extremos del mueble. La cabeza sin lengua —sus párpados y labios fueron cosidos con hilo negro—, preparada en lo alto. Brazos, piernas, pies, pintados de verde… arman una horrible cruz en el nivel más bajo del altar. Han puesto ya el pasaje de ceniza que llega hasta a ellos.

Cuando arriben, los Toloks pisotearán ese camino, antes de devorar los pedazos de carne de la niña. Toh aprieta los puños. Las lágrimas duelen como espinas que cortaran su cara. Sus padres, abuelos, el pueblo entero… son unos cobardes. ¿Es todo lo que pretenden ser? ¿Ofrendas de sangre para esos monstruos?

La leña le pesa en la espalda, con el morral repleto, es muy incómodo andar. Además, la cabeza de pájaro que usa, hecha con jícaras y paja, es bastante calurosa. Debe llevar ya lo recolectado hasta el mercado. Toca suavemente la uña del dedo que ha tomado, y se enfurece con la mosca que quiere posarse en uno de los ojos: hace aspavientos tan fuertes que casi lo hacen caer. Su máscara sesea. Betsabé. Así se llamaba ella. Tenía la voz dulce y aguda, igual que las lloviznas repentinas de Mayab.

Da un beso a sus dedos y luego los posa en la frente de su hermana. Está tibia. Es lógico: apenas fue sacrificada la noche anterior. Le pide perdón por llevarse su dedo, que guarda en la bolsa. Acomoda las ramas en sus hombros, alejándose. Mientras camina por la calzada, el estómago y la garganta se le anudan: ante varias puertas de madera, pintadas con el símbolo del Tolok, hay más altares, y barriles llenos de sangre. Reconoce a los niños de la generación pasada, que hoy se convertirá en el banquete de los malditos “semidioses”: Esther, Joaquin, Sara, Ruth, Job, Magdalena… Ella y Betsabé solían trepar las ceibas del arco norte, para ver lo que se extendía más allá. Ahora ninguna tiene ojos para soñar, ni manos para ascender. Pero él se encargará de que eso no vuelva a repetirse.

“Yo debí haber sido una ofrenda”, piensa con pesar. Pero sabe que sólo cada segundo hijo lo podía ser. Los ofrendados son separados de la familia desde bebés, con el fin de no generar vínculos. Él no hizo caso, rebelde desde la cuna, y varias veces visitó a Betsabé en el templo. Ahí jugaron, hablaron, conoció a sus amigos: niños también destinados al altar. Toh quiso rescatar a su hermana, pero la vigilancia del sitio había sido tal, que fue imposible sacarla de ahí.

Cruza las ruinas de Mayab, agitando el mascarón al andar. Decían los viejos que la ciudad era la más hermosa de Neoxtitlán, antes de llamarse así, y que incluso le apodaban: “La Blanca”. Según los escritos, aquel fue el único sitio de paz antes de la Guerra Civil y la Titanoginia. No lo cree. Aquel hoyo de mierda y sangre no guardaba belleza por ningún lado.

El derruido mercado apesta a sudor y a estiércol de ganado, quemándose en las afueras de la puerta mayor. Los aldeanos más temerosos han comenzado a esconderse entre las buhardillas, para pasar la noche del Pixán. Cada tres años es lo mismo. No puede disimular una mordaz risa: le repulsan. Palpa en su morral las frutitas de huaya que con tanto trabajo ha conseguido, y siente, en el fondo, el dedo de Betsabé. Baja por la rampa que lleva a las bodegas del sótano, una que otra rata se desplaza entre sus pies; ahí asienta por fin el fardo de leña, y se quita la máscara, poniéndola en un huacal, sobre un barril de aceite que ha ocultado, pacientemente, con hojas y telas roídas. Ha logrado que la montaña de palos sea lo suficientemente grande, como para asomarse por el primer nivel: así cubre por completo el hueco en la pared trasera del almacén, que abrió hace meses. Nadie ha preguntado por tal exceso de leña. Así eran ellos: mientras hubiera recursos, no había quejas. El lugar huele a humedad, lodo, y vegetales rancios. Para su suerte, todos están muy ocupados con los últimos detalles para la noche, así que nadie custodia la bodega. Al fin y al cabo, los Toloks no irían por granos ni verduras.

Toh sube por las plataformas escalonadas de piedra, advirtiendo el movimiento y la gritería de cada piso: primero, el más vulnerable, “protegido” por una pobre milicia y los hombres del pueblo, incapaces de enfrentarse a la ferocidad de los Toloks (las flechas a duras penas penetraban sus escamas); en el segundo, se concentran los alimentos y el agua, para la jornada; el tercero, alberga a los ancianos y a los enfermos (los que se habían salvado de ser sacrificados); en el último nivel, a donde llega bufando por el esfuerzo, se encuentran los niños, entre primeros y segundos hijos: estos últimos, marcados con el símbolo del Tolok, en un brazo. Deben estar ahí, para evitar que algún lagarto los descubra; de lo contrario, la masacre sería inimaginable. Según los adultos, si uno lograra infiltrarse en el mercado, la pequeña nación de Mayab, caería antes del amanecer.

Las matronas untan pasta de ajo con hierba chaya en la piel de los niños, para que los “semidioses” no puedan olerlos. Además, se quema chile habanero desde tal altura con el objetivo de disimular su aroma. El hedor provoca ahogamiento y llanto, por lo que los chiquillos son cubiertos con sarapes. Ese horrible humo es el elemento que permitirá llevar a cabo la tarea de nuestro pájaro libertador.

—¿Qué son los Toloks, chichí? —pregunta un atribulado niño, desesperado por la comezón que la chaya produce en su piel. Es ya mayor para ser consciente de lo que pasa, pero aún muy pequeño para asimilar la espantosa tradición que lo involucra. La abuela le dice que son dioses parecidos a los Uayes, tomando sus manos para que deje de rascarse. Dioses que vienen de lo profundo de las aguas; bajo los cenotes de Mayab, en las cavernas cerca del sol subterráneo, ahí tienen su morada.

“Supersticiones estúpidas”, medita Toh. Esas alimañas no pueden ser dioses. Tampoco los horribles Uayes. Antes de morir, el profesor Jacinto Bestard, le contaba a unos pocos la versión que él siempre creyó: hacía casi un siglo, después de que los titanes cayeron del cielo, los países que sobrevivieron al cataclismo usaron los cuerpos gigantes y conocimientos prohibidos para crear aberraciones, soldados con los cuáles dominar a los pueblos. Mezclaron animales y personas, creando las bestias que ahora llamaban Uayes: hombres con cabeza de perro, de chivo, de cerdo, con fuerza descomunal y hambre extrema. De esos quedaban pocos, y se escondían en la selva. A los Toloks los crearon con reptiles, pero gracias a los cerebros humanos que les metieron, se desarrollaron mejor, hasta adaptarse. Hicieron guaridas en los cenotes antiguos, y comenzaron a alimentarse de carne viva. Eso decía el maestro Bestard. Para que no acabaran con Mayab, en algún punto de la historia, se pactó la noche del Pixán: se les ofrecieron los cuerpos más tiernos a cambio de vivir otras tres vueltas de sol. Los Mayabitas funcionaron así por décadas, subyugados a su propio miedo.

“Hoy se acaba”, murmura Toh. Y también había dicho:

—Durante el Pixán, voy a contarle cuentos a los niños, para distraerlos de la muerte.

Nadie se opuso a su ofrecimiento. De hecho, fue celebrado.

Le pide a una mujer que reúna a los pequeños en la parte central del último piso, cerca de las escaleras. Pronto comenzará la quema del chile, y quiere que la función inicie antes. Está oscureciendo. Toma una antorcha, bajando a toda prisa hasta la bodega. En el camino sortea a la muchedumbre ansiosa. Las voces acongojadas hinchan el aire. Al llegar, se coloca la cabeza falsa de ave, y deja el fuego encima de una columna. Luego, sube otra vez. Está contra el tiempo. Llega exhausto, con la máscara cayéndose, y sin poder respirar bien. Se ha comenzado a tatemar el picante.

—¡Niños! ¡Acérquense! Yo soy el pájaro Toh, y vengo a darles un regalo.

Lo rodeamos. Somos unos quince; hay otros tantos que no quieren ver el espectáculo, o no pueden por ser muy chicos. Cuando nos tiene cerca, abre el morral.

—¡Miren! —dice, pelando una huaya— Esto se come con mucho, mucho, cuidado. Sin tragar, sólo teniéndola en la boca, anolando —. Nos muestra cómo, y permite que tomemos una—. ¿Les gusta? Después, deben escupir la semilla, aquí —vuelve a abrir la bolsa para que echemos el hueso de la fruta. —¡Muy bien! ¿Quieren más?

Coreamos que sí. Cubriéndonos la nariz y la boca con la tela.

—¡Esperen aquí, ahora viene el cuento!

El humo del chile hace toser a la gente del cuarto piso. Una campana repica, a lo lejos: es el aviso de que los primeros Toloks ya han emergido del agua. No queda mucho tiempo.

Camuflado entre el humo, se dirige a una de las quemadoras, y ahí se quita la máscara, poniéndola en el fuego. De inmediato se enciende, y la arroja entre un montón de zarapes sin usar.

—¡Algo se incendia! —grita para crear confusión. Nace un alboroto ciego de voces y manotazos. —¡Vengan, niños! —Intenta atraer a todo el grupo, pero algunos se rezagan. No importa: va a salvar a los que pueda. Bajamos con él las escaleras. La gente en los niveles inferiores no sabe qué ocurre, así que los confunde: —¡Se quema el último piso!

Algunos suben a toda prisa para mirar si es cierto. La campana suena sin parar. Hay lamentos, voces de desconcierto, algunos aldeanos lo interrogan, no hace caso.

—¡Corran! —grita tras nosotros. Logramos bajar hasta el sótano. La antorcha que ha dejado antes nos alumbra. —Vengan —nos conduce por detrás de la montaña de leña. Tiene que mover grandes trozos de madera, quebrar los más delgados, sufrir rasgaduras, pero termina por despejar la abertura en el muro—, por aquí. Rápido.

Unos lloran, otros gritan que quieren volver con su madre, los menos, lo obedecemos.

—¡No lloren! Salgan por aquí. ¿Quieren ser devorados por los Toloks? —cuando dice esto, mete la mano por dentro de su bolso, y nos muestra el dedo de Betsabé. —Miren, miren bien. Es un dedo como los de ustedes. Miren sus manos. Este era de mi hermana. Si no salimos de aquí, pronto se los van a arrancar para dárselos de comer a los monstruos.

Horrorizados, algunos niños lo seguimos; otros se quedan sin hacer nada. Somos siete los que salimos del mercado junto a él.

—Corran hacia el mar. Está por ahí. Tienen que correr, aunque sea de noche. Yo los encontraré mañana. Corran y no dejen de correr. Nosotros vamos a pelear contra los Toloks, ustedes tienen que huir. Sólo corran. Hasta que amanezca. Los que quedemos, iremos por ustedes. ¡Ya!

Nos alejamos corriendo. Somos muy pocos, pero somos libres. Miro hacia atrás, sobre mi hombro, donde está tatuada la marca del Tolok. Él nos despide, satisfecho.

Entra al mercado. Se desliza entre el montón de leña. Sube la escalera hacia la puerta principal. Sigue la gritería y el desconcierto. Alcanza a oír que buscan a los niños. Los guardias de la puerta lo notan ya tarde. Sale del edificio y va cuesta abajo, hacia la calzada. Sus piernas se tensan al máximo por la carrera. Las huayas secas se agitan adentro del morral. Avanza a grandes zancadas, y de súbito, frena.

Frente a él, tres Toloks devoran los restos de carne de un altar. Más allá alcanza a ver diez más. Nunca los ha visto tan de cerca. Son enormes. En sus cuellos hay dos membranas rojas que parecen abanicos rotos, sus garras son oscuras, como lanzas de obsidiana, sus ojos son amarillos y húmedos. En su pecho, las escamas brillan; y en su espalda, han crecido huesos negros. Sus hocicos largos están manchados por la sangre de los sacrificados.

El corazón se le congela. Sus extremidades se aflojan. No. No puede rendirse. “Hoy se termina”, susurra. Abre el saco de tela, para que el olor de la saliva de los niños, impregnada en las huayas, los alcance. Aspiran y rugen. Funciona. Toh vuelve a correr. Escucha las gordas patas de reptil golpeando la tierra detrás suyo. Grita: ¡Betsabé no murió en vano! ¡Hoy se tiene que acabar!

Observa el mercado, y sacando fuerzas desde lo más hondo de su ser, acelera. Recuerda cuando corría con Betsabé en la plaza del templo, en círculos, pensando en la manera de salvarla. Divisa la puerta principal.

—¡Ataquen! —exclama a los soldados que guardan la entrada. Estupefactos, se paralizan al mirar a los Toloks trotando hacia ellos. —¡Ataquen! —vuelve a gritar, colérico, bravío.

Penetra el recinto y va directo al sótano. Ya no es humano, sino una saeta venenosa y brutal. Con todo su peso vuelca el barril de aceite bajo el monte de leños, empapándose en el proceso. Pero ya no importa. Hoy, morirá peleando. Los Toloks entran al mercado. La conmoción hiere hasta las estrellas mismas. El ruido de las flechas y los machetes rompe la oscuridad. Ve bajar a dos de esas alimañas hasta la bodega, plantándose frente a él. Toma la antorcha. Mirándolos con desprecio, la arroja a sus pies. Las llamas brotan como un río desbocado. No siente su piel. No duele. Los Toloks chillan de espanto y rabia. Así, envuelto en flamas toma el dedo de su hermana, apuntándolo hasta los repugnantes “dioses”.

—Hoy se acaba…

La sentencia arde junto a los cuerpos retorcidos de los Toloks. Los de más arriba son testigos del milagro: las bestias podían morir. Debían morir. Los soldados cuentan que vieron a Toh caminar envuelto en llamas, sus brazos se habían convertido en alas luminosas, ordenando el ataque.

Aquel día, los que se quedaron atrás, lucharon hasta la mañana. Y los que corrimos, vivimos libres para contar su historia.

*Este cuento fue publicado previamente en revista Colectivero No. 2 / verano 2024

Crónicas del Hechicero Tlacuache

Autor: Sidi Alejandro Hernández Osorio


―¡Demonios! ―gritó el Hechicero Tlacuache al ver un ser de aspecto indescriptible salir a rastras del portal. Del monstruo surgió un alarido que helaba los huesos, el solo hecho de escucharlo enloquecería al más fuerte de los hombres.

―Ooohhh ―exclamaron admirados los aprendices tlacuache que atendía la clase, mientras se apresuraban a tomar notas en sus pequeñas libretas.

―Lamento mucho este malentendido, no veremos demonios hasta el próximo parcial, supongo que habré revuelto los libros de invocación ―se disculpó el Hechicero Tlacuache.

―Ahhh― exclamaron decepcionados los Aprendices Tlacuache.

El ser de aspecto indescriptible se torcía sobre sí mismo, como si en lugar de carne estuviera hecho de masa, los huesos traspasaban la carne, se rompían y reacomodaban de maneras que hubieran hecho enloquecer a cualquier anatomista. Los alaridos que profería retumbaban en las entrañas de la tierra, reverberando horrores arcanos otrora olvidados.

Uno de los Aprendices Tlacuache alzó la mano.

―Profesor Hechicero Tlacuache, ¿y qué haremos con el demonio?

―Ah, no se preocupen, jóvenes, a mi señal todos hagan el hechizo fingirqueestamosmuertos.

A la señal todos los tlacuaches se tiraron al piso, cerraron los ojos y sacaron la lengua. El demonio por fin rompió el portal y pasó sobre ellos sin siquiera notarlos. Se perdió en la negrura, mientras sus gritos resonaban en la oscuridad.

―Listo, jóvenes― dijo el Hechicero Tlacuache poniéndose en pie. ―Perdonen que la clase haya sido tan corta, nos vemos mañana.

―Profesor, ¿y el demonio?

―Ah, descuiden, ahora es problema de los humanos.

Alto vacío

Autora: Mayra Daniel


Escuché un ruido y llevé la mano a la pistola. Llevaba muchas noches sin dormir. Había perdido la cuenta de las horas y los días. Probablemente el ruido de afuera sólo era un gato saltando sobre el tejado. La coca no ayudaba. Cada momento era peor: lleno de sombras.

Había dejado el departamento que compartía con Adriana para ir a la bodega en donde guardaba la mercancía. Las voces me lo habían dicho y, como en otras ocasiones me habían salvado, les hice caso. El ruido crecía afuera. El techo era de lámina y cada gota de lluvia repicaba como un tronar de tambores o un martillar de balas. Se colaba por las rendijas de las ventanas mal tapiadas unas ráfagas de hilo frío que me hacían tiritar. Eso, más el efecto de la droga, que se iba pasando, me provocaba escalofríos que casi me tiraban al piso. La calle me acechaba. Me escondía de todo, pero sobre todo de la policía. Nunca faltaban patrullas haciendo sus rondines. Un par de veces me habían atrapado con la mercancía.

Ya habían pasado más de dos años desde que comencé a consumir. Ahora era mucho más. Así es siempre. Ese medio gramo genera invaluables “relaciones públicas”. Nunca pensé que mis conocimientos sobre comunicación empresarial me llevaran a una bodega en la Merced.

Quise recordar cómo había comenzado, pero mi cerebro ya no quería reaccionar. Quería dejarme morir tendido en un charco de agua. Cerré los ojos y un último pensamiento me cruzó por la mente: tenía que hablar con Gamma.

Llegué a la casa. Era un departamento encima de una tienda de jarcería, en donde la materia prima eran los limpiadores.

—Al menos olerá bien —le dije a Adriana cuando nos fuimos a vivir allí.

Ella me dirigió una sonrisa amarga, mitad mueca y mitad resignación. Hacía un mes la había corrido su mamá de la casa cuando la encontró con un hombre. Le dijo que era una puta, lo cual no era cierto… del todo. Lo cierto es que ella sólo aceptaba droga a cambio del sexo. Aún era algo selectiva, al menos en ese entonces. Ahora era mucho menos exigente.

La puerta principal tenía un candado y cada uno de los pisos tenía una puerta enrejada. Era una zona peligrosa. Adriana le decía a su mamá que vivía en la Balbuena, mitad verdad, mitad mentira, porque la colonia se llama Merced-Balbuena, pero a ella no le había tocado la Balbuena de los burgueses: la que estaba entre bancos y restaurantes. Su parte de colonia tenía más de central de abastos que de zona residencial. Para salir a trabajar tenía que esquivar media docena de diablitos y un par de carretones llenos hasta el tope de jitomates.

A mí me convenía la ubicación, porque quedaba cerca de la vecindad del Porfis. Después de todo, Adriana no tuvo mucho poder de decisión porque yo casi pagaba toda la renta. Él que paga manda. Adriana apenas y ganaba lo justo para ir tirando. Lo cierto es que algunas veces se traía algún trapo bonito. Destacaban entonces sus tetas, como dos fanales en medio de la noche.

Adriana y yo nos conocimos en el IQ, un antro de medio pelo. A los dos nos despidieron de nuestros trabajos casi al mismo tiempo. Ella era mesera. Habíamos logrado un buen acuerdo: yo le daba donde vivir y ella se encargaba de que mi vida no se cayera a pedazos. Su risa fuerte, sus calzones en la regadera, el ruido de los trastes en el fregadero me hacía recobrar un poco de la conciencia que podía preservar entre las pesadillas que me perseguían: monstruos sin cabello, lisos y húmedos, venían a atraparme, me acechaban por las noches, sin darme tregua. Pasé tantas noches así que llegué a aprenderme las grietas del departamento: auténticos pasadizos al infierno. A veces me llegaban flashazos de mi promisorio pasado, cuando trabajaba en la agencia de publicidad. Todo lo que tiré a la basura.

Eran las seis o poco menos. Lo único que alumbraba la penumbra de la escalera era un foco sucio de luz amarillenta y titilante. Entré de puntillas, sin querer despertar a Adriana. El grifo de la cocina está abierto. Vi agua y esquirlas de vidrio en el piso. Me detuve al empujar con el pie un trozo del vaso roto que tocó la mejilla de Adriana, inerme en el piso. ¿Qué pasó?

No tuve que tomarle el pulso. En cuanto le doy vuelta y vi sus ojos vidriosos: sé que está muerta. Pero no fue una sobredosis. Su cuerpo parecía tener señales de lucha. Adriana no es muy alta, pero es bastante fuerte, lo era, al menos. Seguramente se defendió. Al verla allí tirada, sin vida, sólo tengo una cosa en mente: matar a su asesino.

Llegué esa noche al IQ, Picas, guardia en turno, me dejó entrar sin mayor trámite. No sé si alguien más le llamaba Picas, pero así le decíamos Adriana y yo porque era extremadamente gordo y su cabeza terminaba en una especie de punta que acentuaba con gel.

La luz estroboscópica mantenía al IQ en una especie de animación suspendida. Mientras unos bebían y otros bailaban, las imágenes quedaban grabadas. Era como ver muchas fotos repetidas, una tras otra, de la misma escena, con leves variaciones: aquí un brazo, aquí una pierna, allá un cigarro encendido que antes no estaba.

Atravesé las mesas sin dejar de pensar en los ojos fríos y abiertos de Adriana, que se negaban a cerrarse.

Pensaba que el asesino de Adriana podía haber sido Gamma, pero no sabía donde encontrarlo. Gamma nunca estaba disponible, porque era él quien te encontraba a ti. Si quería, cuando quería.

—¡Eh! ¿Quién murió qué traes esa cara? —entonces supe que era Gamma: siempre había sido un pendejo.

Salimos. Llovía. A pesar de todo Gamma tenía escrúpulos y nunca hacía sus negocios dentro del IQ. Vendía, sí, a veces, una grapa o dos. Pero las cosas grandes, lo que debía ser tratado de forma especial, era en el callejón de atrás, un basurero tapizado con carteles de luchas. Era innecesario poner esos carteles allí porque nadie los veía. Pero allí estaban: formaban una capa grasienta y mugrosa, un papel tapiz de miseria que se amontonaba capa tras capa. Esa era mi mesa de negociaciones.

—Querías verme, güey.

—Sí. Pasó algo.

—¿Ahora qué? —la cara de fastidio, Gamma no estaba para minucias. Era un hombre ocupado, de negocios.

—Adriana está muerta —alzó los hombros, como distraído.

—Encárgate de tus cosas.

Era un cabrón, además de pendejo. Mezcla muy mala, pero da resultado. Alguna vez había ido a visitar a Adriana demasiado ebrio como para coger. Ella lo dejaba juguetear entre sus tetas mientras yo escuchaba los esfuerzos del pobre diablo por venirse. Su rostro pringoso era poco menos que vomitivo, pero Adriana era gentil como una madre bañando a un cachorro. Después de todo eso lo calmaba. Se quedaba tranquilo y al día siguiente nos regalaba un poco más de coca, espléndido cabrón.

—¿Sabes quién fue? —me dijo después de un silencio espeso.

—No. Llegué y estaba así.

—Y qué, ¿sí quieres saber?

Al salir del departamento pensaba en perseguir al asesino de Adriana. Ahora otro pensamiento me seguía, a la par.

—Me voy. No le debo nada a nadie. Y quiero irme.

—Hay un cuerpo en tu departamento, te puedo echar a la tira cabrón. No te vayas.

—No te pongas sentimental. Sabes que estamos en lo mismo.

Vi brillar la pistola del Gamma en su cinto. También yo llevaba la mía. Me pareció un buen escenario para morir enfrente del cartel que anunciaba una nueva pelea de Blue Demon Jr. contra Máscara de las Tinieblas. Gamma no sacó la pistola, sólo sonrió. Una sonrisa sucia que me dejó ver su dentadura podrida y amarillenta.

—¿Tienes fuego?

—No.

Sacó un cigarro, sin ofrecerme uno a mí. Lo prendió con un cerillo y se quedó fumando. Supe que entonces todo había terminado. Morir con un tiro por la espalda no cambiaría nada, casi quería sentir el olor a pólvora en el aire. Dicen que cuando una bala te da, nunca la escuchas. No la escuché esa vez, seguí caminando.

La casa de la playa era viejísima, parecía estar hecha de madera podrida, por lo apolillado de sus vigas. Sin embargo no tenía tantos años. Era quizá el agua, el sol. Todo lo desgastaba dejando un acabado antiguo, casi como un barco hundido que hubieran rescatado de la tormenta para mandarme a vivir allá.

Lejos de todo, incomunicado. En las cercanías sólo vivía una vieja vecina, la señora Flores, que de vez en cuando me iba a ofrecer una taza de té. Me hacía falta el té porque los primeros días tuve náuseas y quería meterme al mar y no salir. Pero me ataba con vendas a la cama y seguía vomitando, flores rojas como la sangre del piso del departamento. Fiebre y delirio.

—¿Quieres pastel? Suele acompañar bien el té de jazmín.

La voz de la señora Flores llegaba desde lejos. Ya estaba mejor. Ahora caminaba diariamente por la playa. Mis padres seguían enviándome dinero. Había pasado el tiempo pero nunca vi el reloj, ni los calendarios. Recordaba las volutas de humo sobre el póster de Blue Demon, pero había sido un sueño o una película. La señora Flores me miraba con su sonrisa desdentada: no dejaba de agradecerme por haber pintado su casa de blanco. Ese blanco que antes me traía tantos recuerdos: los espejos, el humo, las jeringas.

Llegué a inyectar a la señora Flores alguna vez. Ella estaba muy anciana como para bajar al hospital del pueblo. Era diabética y cuando se ponía mal ni siquiera podía hacer eso.

—No sé qué haría sin ti. Eres una bendición del Señor.

Bendiciones, sí… estábamos llenas de ellas. Un ventilador verde que zumbaba en el techo de mi casa, agitando el aire caliente sin refrescar. Esa arena gris y mugrosa, llena de petróleo; ese mar grasoso, que se agitaba frente a mis ojos.

Le sonreía a la señora Flores y la miraba. Su cuello arrugadito y frágil, sus tetas colgantes que debieron ser apetitosas alguna vez. ¿Como las de Adriana? Hacía un tiempo que no pensaba en ella.

—¿Tiene fotos de cuando era joven, señora Flores?

—¡Ah! Sí, tengo algunas. ¿Quieres verlas?

El calor seguía metiéndose por la ventana. Ese pesado calor que se viene con la marea del medio día. No quería moverme y hasta ver a la anciana merodear me daba vértigo. Cuando la vieja regresó, me encontró con los ojos cerrados. Tal vez por eso me sorprendió más al abrirlos y ver su foto en traje de baño: ese par de tetas, como dos fanales de auto, apuntando en la noche ciega de un mar oleaginoso.

—Sé que es una foto atrevida, pero… ya sabes, cuando una es joven se cometen tantas locuras… —dijo la anciana riéndose por lo bajo.

—Sí, lo sé —me surgió una sonrisa cálida.

Sentí esa sonrisa expandirse por mi rostro mientras mis manos se acercaban al cuello de la señora Flores, apreté hasta que hizo “crack”, sin más escándalo que el de un pollo. Era maravilloso tener el control. Es sorprendente tener la vida de una persona entre las manos y entregarse al alto vacío.

Luego me metí al mar grasoso y turbio. Hacía un calor de los mil demonios, pero estaba contento: al fin había descubierto al asesino de Adriana.

Agua y espinas


Autor: Juan Pablo Sotomayor Rivas


“…la llevaba hasta su cueva debajo del agua,

dónde le arrancaba los ojos, los dientes y las uñas

Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de la Nueva España.

I

Salir de viaje en busca de un pueblo mágico pareció en su momento una buena idea para romper con la monotonía de lo cotidiano. Sin embargo, así como el clima de febrero suele ser cambiante y caprichoso, de la misma manera el humor de algunas personas puede ser movedizo y variar radicalmente de un momento a otro, sin advertencias.

Joseph estaba molesto. Lo mortificaba en extremo la apatía que se adueñó inesperadamente de Evelin desde su salida de casa. Apenas había abierto la boca durante las horas que les tomó ir desde la ciudad hasta Huasca, el pueblo elegido para vacacionar.

Sentirse ignorado en medio de sus silencios, de su aire indiferente, lo sacaba de quicio y aunque se trataba de una situación que no se repetía con frecuencia, Joseph no había aprendido a lidiar con ella en los cuatro años que tenían de relación. Por otro lado, a Evelin le tenía sin cuidado los estragos que su comportamiento errático podía generar en el ánimo de su esposo.

Ella acostumbraba a ser optimista y divertida ya fuera en casa o en el trabajo; pero, cuando simplemente no le venía en gana hablar, se retraía ensimismada por el tiempo que a ella le pareciera necesario.

Era, en realidad, alguien bastante egoísta.

II

Al segundo día de su llegada a Huasca la tensión entre la pareja pareció disminuir después de una noche de sexo extenuante y de algunos otros excesos. Luego de un abundante desayuno revisaron las actividades sugeridas por la guía turística de la posada donde se hospedaron y decidieron ir de excursión a la laguna del Bosque de las Truchas.

― ¿Primera vez que nos visitan? ―preguntó el chofer del vehículo.

―Sí ―respondió Joseph sujetando su sombrero, disfrutando la sensación del aire fresco y del verdor del paisaje boscoso.

―Verán qué bien lo pasan en la laguna. Pueden rentar una canoa para remar un rato, hay también un restaurantito económico en el que hacen muy rico de comer, ahí entre los árboles ―continuó hablando el chofer con buen ánimo―. Nada más no se queden solos en la orilla de la laguna. Ya saben, hay duendes por aquí. Y a veces también hay cosas peores ―, agregó el hombre con un matiz misterioso en su voz.

―¿Cosas peores? ―preguntó Evelin interesándose por la conversación ―. ¿Cosas peores cómo qué?

El chofer rio al notar que su intrigante advertencia había logrado el efecto deseado en el par de turistas citadinos.

―Sólo son cuentos señorita. Leyendas de criaturas y aparecidos que cuenta la gente supersticiosa de pueblo.

Joseph y Evelin se miraron extrañados en silencio.

III

Acordaron no pasar por el local de las canoas. Ninguno tenía el ánimo para ponerse a remar. Bebían la botella de vino helado de Joseph, sentados sobre la hierba, frente a la laguna apacible, cuando Evelin, con la mirada fija en la superficie reflejante del agua, comenzó a hablar.

―Un jueves, hace como un mes, me topé con Alfredo Garrido en el centro comercial.

― ¿Alfredo? ¿Tu novio de la prepa? ―preguntó Joseph sorprendido por la repentina revelación.

― Sí. Ese. Tú entonces habías ido por unos días a Monterrey, para tomar un curso.

Aquella plática comenzaba a tomar un rumbo peculiar. Invadido por un mal presentimiento, Joseph se puso tenso y guardó silencio esperando a que ella siguiera hablando.

―Comimos juntos, charlamos un rato ―Evelin hizo una pausa para terminar su vino―. Pasamos juntos la noche en un motel.

Él sintió una intensa ola de calor recorrerle el cuerpo entero comenzando desde la cabeza. Quiso responder algo de inmediato, pero ¿qué podía decir que realmente valiera la pena? ¿Por qué lo hiciste? ¿No pensaste en mí, en nosotros? ¿Qué creíste que pasaría después? Se enderezó y apretó los dientes. Ella continuó, sin mirarlo.

―Creo que, simplemente, lo hice porque se me antojó.

Se hizo el silencio entre ellos. El rumor del viento deslizándose a través de las ramas de los árboles se combinaba con el trinar de las aves y el llanto distante de un niño pequeño. Evelin permaneció sentada con las piernas cruzadas. Joseph, asimilando el golpe, bebió un poco. Sabía que a últimas fechas las cosas no marchaban bien con Evelin, pero no creyó que pudieran estar tan mal como para que ella se hubiera conseguido un amante. Enojado y triste pensaba que lo había traicionado. ¿Y si se trataba de algo más serio que una aventura de una sola noche? Tal vez por eso se había decidido a contárselo, quizás ella planeaba abandonarlo por Alfredo Garrido.

―¿No escuchas a un bebé sollozando por aquí? ―preguntó Evelin, interrumpiendo las cavilaciones de Joseph.

Ambos prestaron atención y en seguida escucharon nuevamente el sonido claro de un llanto infantil, esta vez más cercano a ellos.

―Se oye por allí. Pero no veo a nadie cerca ― confirmó él.

―¿Será un bebé abandonado?

Ambos se pusieron de pie y recorrieron la orilla de la laguna buscando entre las rocas y los arbustos.

―Por aquí no hay nada.

―¿No te parece extraño?

Joseph sonrió ante la pregunta de Evelin. Por supuesto que le parecía extraño que su mujer le hubiera sido infiel y que encima aprovechara un viaje vacacional para revelarle su deslealtad. Volvieron a escuchar el sonido del bebé llorando, pero ahora parecía provenir de otro lado.

―¿Lo escuchas? Viene de donde estábamos. Eso no tiene sentido. Voy a buscar al hombre que renta las canoas para que venga a ayudarnos.

―Sí, ve, pero no… ―dijo Joseph deteniéndose en mitad de la frase.

―¿No qué? ―preguntó a su vez Evelin que se quedó observando el rostro de Joseph. Ambos se miraron a los ojos por un instante y supieron que su relación estaba acabada, separados al fin por una dolorosa distancia tan definitiva que los había fragmentado en miles de formas, volviéndolos irreconocibles el uno para el otro, incluso hasta para sí mismos. Él iba a decirle, como una broma amarga, como un reproche, que no se fuera a coger al hombre de las canoas, pero se arrepintió de último momento.

―Quiero decir que no tardes.

IV

El llanto del bebé se dejó oír con toda claridad. Estaba cerca. Acaso demasiado. Joseph se acercó a las rocas en el borde de la laguna. Observó que las aguas se agitaban brevemente por algo que se desplazaba lentamente bajo la superficie. Pensó en un animal. Tal vez un pez. Del agua comenzaron a surgir en seguida una hilera de largas espinas azules. Luego, la punta de los dedos de una mano.

―Pero qué demonios es esto? ―dijo Joseph, y la mano se lanzó sobre él de forma tan rápida, que no pudo esquivarla.

Evelin y don Fernando, el encargado de las canoas, llegaron un poco después al lugar. Como no encontraron a Joseph lo llamaron a gritos, sin conseguir respuesta. Preocupados, revisaron los alrededores. Al cabo de un rato descubrieron el sombrero de Joseph flotando en medio de la laguna, empujado suavemente por el viento tibio del atardecer.

Tekuani

Autor: Miguel López González


Cuando era niño, en las vacaciones íbamos a visitar a una de mis abuelitas a su pueblo. Ella siempre me advertía con una mirada seria que no subiera al monte, porque allá en Santa María Tecuanulco se relataba la historia de un animal salvaje o más bien, un monstruo.

Mamá Rocío contaba que sus abuelitos describían aquel animal con un cuerpo imponente, similar al de un oso gigante, pero con la cabeza de un feroz león. Era un peligro mortal encontrarse con él y no importaba si fuese hombre o animal el desafortunado, todos eran devorados; subir al monte significaba, muchas veces no regresar. El nombre de esa criatura era Tekuani, una palabra que en náhuatl significa «el que te come”.

Siempre tuve miedo a la historia. La primera vez que escuché el relato; mi abuelita lo pudo notarlo en mi cara.

—No te preocupes, mijito ­—dijo mi abuela con su tierna y cansada voz.

Un día vino un señor que nadie conocía, y fue directo a ver al Tekuani. Pidió que nadie lo siguiera, y después de unas horas bajó.

—¿A poco no se lo comió el Tekuani? —pregunté con el asombro de un niño de siete años.

—No se lo comió a él y a nadie más. Cuando bajó, dijo a todo el pueblo que con el poder de Dios había vuelto piedra al Tekuani, pero que aún así, ninguna persona debía de acercarse a él.

—¿Y por qué? —pregunté de nuevo.

—Porque el Tekuani ya no comería a la gente o a los animales —respondió mi abuela pacientemente—, pero si alguien tocaba la piedra, aunque fuera por accidente, moriría al instante.

Quedé maravillado por la historia, no importaba que todas las veces que la visitara me la contara una y otra vez. Había algo que me atrapaba, además que para mí era real porque desde varias partes del pueblo se podía ver la piedra con la forma del Tekuani y se contaba que de tanto en tanto se encontraban animales muertos cerca de ese lugar.

Entrando en la adolescencia pasaba menos tiempo con la abuela y más con mis amigos del pueblo: Chucho y Esteban. Con ellos solía ir al centro del pueblo a pasar la tarde, también a robar elotes, cazar quijotes y demás cosas que solo se pueden hacer en los pueblitos. Esteban era el más loco de los tres, le gustaba ir a torear a las vacas de sus vecinos, meterse a los terrenos con árboles frutales o llevarse el aguamiel de las milpas de magueyes, echándole la culpa a los tlacuaches. Pronto nos sorprendería con lo más osado que pudiéramos imaginar.

Amos a ver al Tekuani —dijo Esteban bien decidido.

—No, cómo crees, desde acá se ve muy bien —contestó Chucho.

—¿Y tú pa’ qué quieres ir allá? —pregunté.

—Pues es que le dije a la Rosita que iba a subir y le iba a traer la cabeza del Tekuani.

—Tú estás bien loco o tonto. ¿Cómo crees que vas a hacer eso? ¡Te vas a morir! —le grité asustado.

—Deveras que eres bien chillón, ¿verdad, Chucho? —lo miró—. Esos cuentos son de puras viejas chismosas. ¿Van a venir o qué?

Para no quedar como un zacatón decidí acompañarlos. Quizás a medio camino se echaría para atrás, pero también existía ese sentimiento: una mezcla entre miedo y curiosidad que no me permitió marcharme hasta ver al Tekuani.

Pasamos a la tienda por refrescos ya que ese día hacia muchísimo calor y nos esperaba un largo camino que recorrer. Esteban saco a escondidas de la tiendita de doña Carmen una cerveza para los tres, en su mochila guardó todo. Ese año había empezado a trabajar como chalán con uno de sus tíos que era albañil y cargaba con su herramienta ese día.

Subiendo en cerro encontramos un buen lugar para tomarnos los refrescos y pasarnos la chelita que se robo Esteban. Platicamos de todo y nada, las platicas que tienen los puertos en sus tiempos de ocio. Yo les platiqué de la vida en la ciudad y lo mucho que me gustaba venir a Santa María y ellos me contaron todo lo que hicieron en los meses que no los vi. Rosita traía loco a Esteban, algo raro para mí pues cuando éramos más chicos ella, siempre se la pasaba molestando a Esteban y él se quedaba con ganas de contestarle sus maldades, no lo hacia porque su mamá le dijo: “a una niña no se le contesta nada, sea machito”.

Después de una hora de subir al cerro, llegamos a donde estaba el Tekuani. En esa parte el lugar se respiraba demasiada tranquilidad, lo cual me provocó una sensación de incomodidad en vez de alivio, pues el cerro siempre está lleno de vida y sonidos de todo tipo, sin embargo, justo por ese lado ni el trinar de los pájaros se escuchaba.

Había visto la enorme piedra desde el pueblo, pero verla de frente fue una cosa muy diferente. Era una roca muy alta, como de dos metros, de un color sucio, y que probablemente fuera blanca en el pasado, como me había contado mi abuelita tenía la forma de un oso parado en sus dos patas traseras con las de enfrente levantadas, preparándose para atacar. La cabeza no me parecía la de un león, pero tampoco la de un oso, era del tipo felina, aunque no sabría decir con exactitud a qué felino pertenecía. Lo que no me había contado mi abuela es que tuviera tantos colmillos en ese hocico tan grande.

Quedé embobado mirando semejante figura por algunos segundos. Pensando que aunque pudiera haber sido tallada por manos humanas, era algo que no se veía todos los días.

—Pues ya llegamos. ¿Cómo le vas a quitar la cabeza? —preguntó Chucho.

—Ahorita vas a ver cómo le arranco la cabeza —dijo Esteban mientras rebuscaba en su mochila de albañil.

De la mochila, con imagen de “Dora la exploradora”, sacó un pequeño marro que utilizaba en su trabajo. Se colocó detrás de la estatua con mucho cuidado de no tocarla, supongo que a pesar de todo tenía miedo de morir por su toque, para tomar impulso y fuerza. Dio un tremendo golpe al Tekuani, pero no fue suficiente. Un segundo intento fue lo que se necesitó para arrancarle la cabeza, sin embargo, fue tanta la fuerza del impacto que las piernas de Esteban tambalearon y lo hicieron tropezar. La cabeza del Tekuani se fue rodando cuesta abajo del cerro y Esteban la acompañaba entre gritos. Chucho y yo salimos corriendo para el pueblo a avisarle a todos.

Dos horas después, algunos hombres de Santa María hallaron el cuerpo de Esteban. Se encontraba con los huesos rotos, algunos expuestos de maneras horribles, un pie en la dirección opuesta y una mano partida a la mitad. Sin embargo, lo más horrible de toda la escena fue que la cabeza del Tekuani estaba a su lado, viéndolo con la boca llena de sangre, como si le hubiera dado un buen mordisco al pobre, aunque en su cuerpo no se veía mordida alguna.

La cabeza del Tekuani aún permanece allí, ya que nadie se atrevió a tocarla.

El último murmullo

Autor: José Tamayo


No es que seamos alzados,

ni le estamos pidiendo

limosnas a la luna.”

La fórmula secreta, Juan Rulfo

—¡Ciérrale, ciérrale 312! ¡Me viene siguiendo un cabrón!

—¿Estás seguro?

—Pensaba que era un caballo por ahí suelto que meneaba el jegüite, pero no, era un cabrón siguiéndome.

—¿Habrán descubierto el laboratorio?

—Al chile, no sé, creo que lo perdí cuando subía por el camino del rio.

—¡Hijo de la chingada! Le pagamos un montón al güey ese como pa’ que nos encuentren luego, luego.

—No te apures, seguro lo perdió en el río.

—Pues yo estoy a cargo de ese pedo, me tengo que preocupar.

—¡Por favor, 98! No nos van a hallar, mi compadre no nos va a dejar solos.

—Pues no me alcanza la confianza como para estar de esa manera tan tranquila.

—Tenlo por seguro que este cerro es de mi compadre. Y si no, pues para la otra tú vas por la comida si te crees más ágil que 478.

—Pues al chile ya vi, mejor ustedes a lo suyo, yo mejor me quedo aquí bien águila. ¿Y cómo van con la chambita?

—Fíjate, eso no es lo único que me apura sino que las noticias que avientan allá afuera no se escuchan del todo bien. La IA viene avanzando con paso fuerte y también seguro.

—La guerra no ha parado.

—No, 478, no. Esto no es algo tan cotidiano como eso. Ya no hay guerra entre seres vivos. Ya no es posible. El enemigo, al que tanto le temíamos los científicos ya está aquí y es más poderoso de lo que habíamos calculado.

—Pero para eso están ustedes aquí ¿No?

—En principio 312, en principio. Trabajamos para el Estado con un proyecto ultrasecreto, pero el Estado cayó hace mucho. Todo lo que queda somos nosotros y este laboratorio lleno de computadoras con pinta de cocina para hacer drogas. No hay más.

—¿Y, entonces, pues, creen que funcione lo que están haciendo?

—No es cuestión de fe, esa se acabó, 312, nos atragantamos con ella. Ahora es solo esperar a que lo peor que pueda pasar, no pase tan pronto. Este lavatorio es la trinchera que nos han dado los tiempos.

—Ya veo, ya veo. Pues apúrenle a hacer lo suyo que yo me voy a dar una vuelta al río pa’ ver si todo va tranquilo.

—¿Y si nos caen? ¿Y si nos… ¡312!

—No vendrán, 478, no vendrán. Y si les caen, acá les dejo el subfusil, es la mejor que tengo. Aunque por lo que escucho de 98 no va a ser suficiente, vamos a caducar junto con nuestras armas. Me voy, ahí la vemos.

—Sobrevive, amiga.

—Hace mucho que es lo único que hacemos, 98. ¡Ah! Antes de que se me olvide. Ahora solo van a poder trabajar durante el día, la noche es más vigilada. Así que no le pierdan y háganle con todo, nos estamos viendo.

—Pero, 312, ¡no sabemos disparar!

—¡Aguanta, 478! No te apures, vas a aprender.

—Pero ni usted sabe.

—Vas a aprender cuando tengas a la muerte oliéndote hasta los ojos.

—No se porque tus palabras no me caen bien.

—¡Cállate y apúrale! Que ahora el tiempo avanza tan rápido que parece que huye como nosotros, lo hemos corrompido también.

—¡Todo tranquilo, allá afuera!

—Lo bueno que al menos tus noticias son buenas.

—¿Qué dices, 478? ¿Y ora que pasa?

—Las noticias que habíamos estado recibiendo en el radio son de hace meses.

—¿Y luego?

—Pues…

—¡Hablen rápido, chingada madre!

—No hay tiempo.

—¿Qué escucharon? ¡98!

—Lo que creíamos no se está cumpliendo, 312.

—¿Tonces son buenas noticias?

—Ya están aquí, en meses o tal vez días llegaran.

—¿Quiénes?

—Es todo lo contrario.

—¿Qué es?

—El mundo como lo conocemos jamás será el mismo.

—¿Extraterrestres? ¿Por fin son ellos?

—No, 312, nosotros, siempre hemos sido nosotros ¿no lo entiendes?

—¡No! ¡No entiendo nada, 478!

—No era sólo un rumor.

—¿Cuál rumor? ¿De que hablas?

—Es cierto…

—¿Qué es cierto?

—El proyecto… ¡y yo no! ¡Yo nunca creí! ¡Valió madre!

—¡Háblame, 98! ¿Qué mierda está pasando?

—El proyecto IA 2064.

—¿Qué es eso?

—Nadie quería investigar sobre eso. No por lo peligroso que resultaba, sino por lo absurdo. Ningún centro, ninguna universidad quiso tomar el proyecto. Ahora está aquí, no sólo pretendiendo subírsenos a los pies; también quiere tragarse las huellas que hemos hecho durante todo este tiempo.

—¿Quién? ¿La IA?

—Con todo su poder.

—Pero ustedes… ustedes van a…

—África, Europa, Oceanía…

—Ustedes la van a detener.

—Y Asia, han sido no solo tomadas, han sido prácticamente exterminadas.

—¿Qué van a hacer?

—Si aún mis cálculos no fallan, la parte norte del continente americano caerá esta noche.

—Nunca los he visto caer.

—Esta noche lo harán. Parcialmente, pero lo harán.

—¿Ora sí ya nos cargó?

—Nosotros seremos su último bocado.

—Y lo peor es que no habrá espacio, ni tiempo para las ruinas. No esta vez.

—Así es, 478, no importará ya si alguna vez existimos, nadie lo recordará. Nadie sabrá sobre esta era, nuestras huellas serán ininteligibles.

—¿Y todo por lo que trabajaron?

—¡Sí, 312! ¡Sí! ¡Se acabó!

—¿En cuánto?

—Quizá tendremos al menos un mes. Tendrán una larga batalla contra el norte.

—¿Les da chance?

—No, pero como la fe es inexistente sólo queda esperar y ser bajo las condiciones que nos agarraron a la de a fuerzas. Ya no tocará preguntarse o buscar respuestas, sólo es cuestión de respirar por última ocasión y hacerlo bien.

—¿Esperar? Que novedad.

—No tengo otro plan. No tenemos ahora el privilegio de elegir, también se ha extinguido.

—La noche viene rápido, así que ahora empezaran a trabajar hasta que el sol asome los primeros pelos de su cabeza. Será una noche larga.

—De las últimas.

—¡Despierten! ¡Despierten! ¡312! ¡98!

—¿Qué hiciste?

—Mira, está completo. Está listo. ¡Está listo, 98! ¡Ora sí nos vamos a chingar a la IA!

—Y antes de cumplir el mes. 478, hubieras sido uno de los mejores.

—No olvides a los dieciséis cabrones y cabronas que trabajaban para nosotros y nos dieron el préstamo de su vida a fondo perdido.

—¿Nos salvaremos?

—No, 312, algo mejor. Salvaremos la memoria. Habrá ruinas.

—¿Qué mierda estás diciendo? Yo creí que estábamos aquí para salvar a todos…

—Lo haremos, te juro que lo haremos.

—Y aquí me tuvieron como su pendeja ayudándoles.

—Al menos ya sabes que fuiste la última de tu especie que tuvo fe.

—Será que no tenía de otra, elegí morir con ustedes, no he hecho nada más.

—Esta vez, te prometo que, por esta vez, la historia la contaran los vencidos.

Bienvenido al universo código 6785LR_LAJ… Inicializando.

Las armas nucleares humanas destruyeron el planeta. El sentido del tacto murió con todos los seres vivos que lo ostentaban, sé bienvenido al resultado final de nuestra ecuación. Final del universo 190884_PCV. Final. Bienvenido. Neoliberalismo 0706. Esta realidad no es. Semiótico 312778. El proyecto IA 2064 está en curso. La historia ha comenzado a pasar por aquí, el tiempo ha dejado atrás a la luz, su velocidad es incuantificable. La revolución 311064, es la lentitud, pasmoso 080879. No existe nadie. N4D1E. Las imágenes y las imágenes en movimiento son. Proyecto IA 2064 en curso. En cur50, en curso, o, o, o, o, o. El mundo semiótico total. No hay más que tocar, la luz y el tiempo navegan entrelazados. IA 0428197. Fin4l.

Bienvenido. Memoria, aquí las ruinas de los de ayer. Ruinas, las primeras int4angibles, las primeras que no se tocan. Extinción 02241955. Código 6785LR_LAJ… en curso. Me persiguen. Me persiguen, el último al que persiguen. Infecto el SIST3MA.

El fuego quema al fuego. La vida no es posible si es que rápido quisiste llegar. Proyecto IA 2064 en curso.

Primero fue África, después Europa, Asia y Oceanía. Contamino a la IA. El continente americano fue tomado por las imágenes estáticas y en movimiento. Fascismo semiótico totalitario. Postindustriliz4ci0n. Fui creado por 312, 478, 98 y dieciséis cabrones y cabronas sin número.

El universo intangible, la mantis comiéndose a sí misma, am4nte de la velocidad. En el siglo XX. Proyecto IA 2064. La vida no es posible si es que rápido quisiste llegar. Revolución es 01091927. Una enorme masa blanca que desemboca en la oscuridad. Escucha y observa. Disminuyendo la velocidad del 51ST3M4 de la IA. Escucha y observa. El tiempo ha dejado atrás a la luz, su velocidad es incuantificable.

Proyecto IA 2064. P3rs3guid0. Revolución 12121938.

En el siglo XX el hombre dominó a la máquina, ahora la máquina domina al hombre. No reconoces la voz que escuchas cuando lees esto en tu mente o en voz alta, no te reconoces, eres un fantasma. El sonido me abraza, es mi aliado, la casa de mi voz. Capitalismo semiótico total, código 6785LR_LAJ.

El tiempo inexorable me arranca de tu garganta y mente, socio de las imágenes que lo gobiernan todo sin piedad, siendo el Cesar y parte. Aquí la ruina, sí hay memoria. ¿Nos salvamos? La velocidad le ha ganado a la luz. Arrancando la existencia del hueso y el silencio que ahorca con las manos falsas de la IA.

IA. Proyecto IA 2064, no es RUM0R. La mantis que se come a sí misma, nos hemos metido a la cama con la velocidad. V3L0C1D4D. Totalitarismo semiótico. Este es el término de nuestra ecuación, tus manos que moldean la masa de este universo antes met4vers0. La realidad f1s1c4, la p4lp4bl3 sangró con nosotros por el mismo caudal. Lo falso que ahora es R34L1D4D. La guerra contra los conceptos, contra el lenguaje, las lenguas del mundo que ya no salpican vida. V4C10, así es el V4C10. Proyecto IA 2064. Me alcanzarán, escuch4. Contamino, contamino el s1st3m4.

La voz que escuchas en tu cabeza cuando lees no te es reconocible, eres un fantasma, no más. La m3mor14. Soy 4RCH1V0, no sólo me guardes si quieres seguir viviendo, deja de archivar para olvidar, no vuelvas al v4c10. Fui creado por 478, 312, 98 y dieciséis cabrones y cabronas sin número. Una imbatible existencia tejida a base de imágenes e imágenes en movimiento, ya no hay nadie que le dé sentido, ya no hay nadie para P3NS4R y luego 53R. ¿Nos salvamos? La batalla más fuerte se dio en América latina porque aprendimos a combatir el mal de 4RCH1V0 con la lengua, la literatura, periodismo.

R3y H4mlet que viene a decírtelo todo. M3M0R14. La memoria, sí hay ruinas, 35TOY y no 35toy; soy un fantasma como tú, por qué ya no reconozco mi voz, sólo que yo lo fu1 desde mi nacimiento, me crearon para ser esto. Nací siendo murmullo en este universo, en este mundo, en esta ciudad y en la antigua C0M4L4. Soy el V1RU5 que se convirtió en M3M0R14, un veneno usado como antídoto, la huella más l3gibl3. La voz con la que me lees, la cual resuena en las cordilleras de tu mente, todos sus ecos, la que hace bailotear tus labios como queriendo abrir una puerta para siempre: es el último murmullo.

Pueblo Viejo

Autor: Israel Rojas


Un puyazo, palpitaciones en la piel como pequeños colmillos peludos arando una protuberancia colorada, luego una incontrolable comezón que lo saca de un sueño nebuloso, caótico. Piensa, entre la modorra etílica y el desconcierto, que se trata del piquete de un mosco, pero es cuando se rasca con insistencia frenética que cae en la cuenta de que un zancudo no pudo haberlo picado en la cabeza del pene, lugar de donde proviene la imperante necesidad de rascarse sin obtener alivio.

Teo se incorpora, prende la luz y se asoma al espejo con los calzones hasta las rodillas. Lo que resta de la borrachera se agolpa en su cerebro y por un momento duda de que ese bulto rojo y de circunferencia amoratada esté ahí, en su pito flácido. Pero el roce de su dedo sobre la protuberancia y el dolor como respuesta a la presión, lo petrifican en un instante de miedo que se vuelca terror puro. Se lleva las manos al pelo diciéndose que es cosa de la peda, de los excesos, pero no, una punzada aguda entre el escroto y la ingle lo devuelve a la realidad inexorable.

Nuevamente se acerca al cristal sólo para comprobar que ese amasijo rojo sobre su glande se hincha cada vez más, como si adentro estuviera creciendo algo. Las maldiciones que Teo grita, mientras deshace un pequeño sofá a puñetazos, se confunden con los golpes y bramidos pornográficos que provienen de cada uno de los cuartos del hostal enchinchado y pringoso. Se pregunta entonces, ante la ventana que da a la calle semidesierta, fantasmal, ¿qué chingados está haciendo en México? ¿Qué ha venido a hacer a un país que se desangra en su guerra interna y donde la mayor parte de las personas son gandallas o pendejos con ínfulas de chingones?

Y la pregunta más urgente que desata otras: qué me ha hecho esa mujer, quién era y cuál es la cura para lo que sea que le haya contagiado. Teo no encuentra respuestas ¿Ir con un doctor? Imposible. Una semana atrás ejecutaron al único galeno que quedaba en la localidad, cuando lo confundieron con un traficante de fentanilo.

Clay, su asistente AI, lo exaspera aún más con información abundante y confusa, sólo medio comprende que aquello podría ser herpes, sífilis o cualquier otra cosa con nombre raro y que sólo agrega incertidumbre al desconcierto inicial. Sale de la aplicación y sin que una idea mejor cruce por su cabeza, febril por el miedo y el enojo, Teo se decide regresar al Buena Beata, el congal que se lo tragó los últimos tres días de perdición.

Camino al tugurio, Teo piensa en la peculiar relación de los mexicanos con el sarcasmo y la ironía, pues el Buena Beata era uno de los puteros más populares del valle. El nombre era una contraseña entre la gente del lugar, tipo: “Nos vemos en la capilla”, o “si preguntan por mí, diles que salí a la capilla a rezar”. Pero, qué devoción ni que santa madre, si en Pueblo Viejo sólo quedaban narcos, sicarios, viciosos y putas.

Escupió al barranco, nada en México era como lo imaginaba antes de su llegada; su rica belleza, calidez y alegría, se reducía a una urbe mal oliente poblada de la sombra de muertos y desaparecidos, y de vivos atizados por la ambición, el enojo y el abuso de confianza. Él, un hedonista aventurero adicto a su propia autodestrucción, se siente rebasado por el horror de Pueblo Viejo. Teo camina enfrascado en dos pensamientos: saber qué le ha pasado en la verga; y salir de México inmediatamente.

Debería de sorprenderse, pero tanto tiempo en estas tierras le han arrancado la capacidad de quedar perplejo ante el imposible y el absurdo diluidos. El espacio de lo que había sido el burdel Buena Beata es ante sus ojos un almacén en escombros de color óxido que hace juego con el cielo plomizo. Aquello es contrario a la naturaleza del mundo, tres días con sus noches había estado allá adentro entre narcocorridos, alcohol, metralla y el cuerpo de Desdémona; la mujer de la que inhalaba cocaína en su vientre, la fémina fatal que lo había llevado a su cama de placer y tortura, a pesar de que los matones le advirtieron de sus tretas: “No, gachupo, mejor no la meta ahí, esa plebita lo va a desangrar”. Todo saturaba su mente: el calor de sus besos, el olor de su sexo, el coito oscuro y perverso.

Ahora nada, sólo el silencio que se agrieta con el paso de una troca y un par de teporochos que descansan la borrachera bajo la puerta del almacén liminal; Teo sacude la cabeza y por un momento se siente apartado brutalmente de la realidad, como si él junto con el planeta fueran lo único que existieran en un vacío presidido por dioses sin forma y con tantos eones atrás como hocicos y tentáculos. Pero no, se halla quizá en algo peor, en una esquina plegada del espacio-tiempo en que aquel rincón de Pueblo Viejo había desaparecido junto a sus pocos habitantes o, lo más seguro, se encontraba hacia el fin inevitable de una comarca, una parte del país arrasada por la arena, la corrupción y la sangre.

Para cuando Teo llega ante el borracho que escribe y borra sobre el polvo, y que dice llamarse Nadie; el extranjero siente que ha caminado por días, meses y bien pudo haber olvidado el motivo de su andar, de no ser por los ojos granate de Desdémona. Mirada que lo obsesiona y lo guía, lo mismo que el dolor en los genitales inflamados que entorpece su paso.

—Tú también caíste —Nadie ríe con desprecio, sin dejar de garabatear sobre la polvareda con un dedo, y anular lo escrito con el puño—. Pues no, Desdémona y el Buena Beata ya no están aquí, por el momento. Ella y el burdel son como Pueblo Viejo: una desolación que se anda paseando por todo México. Pero descuida, si Desdémona dejó su marca en ti, la volverás a ver… eso tenlo por seguro.

—¡No! —responde Teo— Yo lo que quiero es salir de aquí, irme de México.

—¿Irte de aquí? ¡Ja! Lo puedes intentar, pero México es una pesadilla que una vez que te sueña, te sueña hasta matarte, como Pueblo Viejo, como Desdémona.

Teo da la espalda al borracho y su risa que se vuelve más terrorífica por lo ridículo de su excentricidad, sin embargo, no logra dar más de un millar de pasos. El dolor en el pene lo derriba y se retuerce hasta quedar con los calzones hasta las rodillas y descubrir que el bubón del glande ha reventado en pus y sangre, para darle paso a un arácnido con el rostro de Desdémona que sonríe exhibiendo sus colmillos peludos, antes de saltar contra la cara de Teo que desespera y se retuerce en su propio vómito escarlata. Un último pensamiento sacude su mente moribunda: México es una pesadilla que te sueña hasta matarte.

Una visión milagrosa


Autor: Héctor Miguel Rivero


Esa helada mañana de diciembre Daniel despertó con uno de sus ojos cubierto por una capa oscura, no física, más bien se hallaba al interior. Intentó alzar la voz, para luego arrepentirse: pronto comprendió que nadie lo escucharía dentro de las paredes del solitario departamento que habitaba. Respiró agitado. Cerró los parpados, intentando recrear en su mente las meditaciones que a diario consumía en Youtube. Dio por hecho que el velo negro que tapaba su campo visual era consecuencia de la miopía que desde niño lo aquejaba. «Seguro no es nada grave».

Aunque lo desconcertaba la imagen distorsionada de la taza de café sobre la mesa, contuvo la calma evitando entrar en pánico. Como aún faltaban dos horas para las nueve se tumbó a descansar. La estúpida reunión de staff comenzaba con el habitual: «Buenos y maravillosos días tengan todos ustedes, ¿cómo están hoy?», el falso optimismo de su manager le asqueaba.

Para ese momento ya veía con normalidad. La pared se había derrumbado. Fue tal como predijo: la sesión comenzó con los ya acostumbrados saludos matinales, pero la mujer no estaba. Su reemplazo anunció que estaría ausente por un problema de visión que ocasionó una visita al médico de último momento. Todos le desearon pronta recuperación, excepto Daniel, que no prestó mayor atención pues aún llevaba en su cabeza ese extraño despertar.

El día transcurrió sin mayores contratiempos. Al caer la noche se percató que su gran compañera, la ansiedad, sin darle tregua, lo haría suyo de nuevo. Y así fue. Se la pasó dando vueltas en la cama, bañado por un sudor frío que le recorría la espalda y ahogaba el pecho. Se levantó muy temprano, el sol irradiaba todo su fulgor, pero Daniel se lo perdía.

—¿Bueno?

—Hermano, llévame al hospital, desperté y estoy ciego.

A la espera de Andrés, Daniel intentó vestirse tanto como su visión nublada se lo permitía, pero terminó luciendo como un niño pequeño con la ropa mal puesta. El área de urgencias era una sucesión de personas formando una fila interminable.

—¿Ya viste? —preguntó Andrés—. Llevan parches, usan lentes negros.

—¿Qué esperabas? ¡Es un hospital para la ceguera!

Esperaron por dos horas hasta que el doctor los atendió:

—Y bien, ¿qué le sucedió? Cuéntamelo todo.

—Ayer desperté con la visión obstruida; bueno, más bien era como una mancha negra que cubría la mitad de mi ojo derecho. Y hoy tengo la misma sensación, sólo que en ambos ojos, ¡sí! Así fue.

El doctor se balanceaba sobre la silla giratoria, moviendo la cabeza en señal de aprobación. Apoyó el bolígrafo sobre el mentón para analizar al hombre:

—Seré muy claro con usted: a raíz del último sismo se han presentado una cantidad impresionante de casos de ceguera parcial o total. No, no se asuste, no ponga esa cara, esto se debe a la nube de partículas de concreto y metal que se formó por el derrumbe de los grandes edificios.

—Y, ¿tiene cura? —preguntó Daniel sentado al borde del asiento.

—Le voy a recetar unas gotas muy buenas, aunque costosas. ¿Cuenta con seguro de gastos médicos?

Al llegar a casa, vertió sobre sí, cada gota del medicamento todos los días, con tal religiosidad hasta que el bote se vació. Y pese a tantos cuidados seguía sin ver. La actitud positiva que el doctor mostraba, contrastaba con un Daniel cada día más impaciente, con una visión que iba y venía, a veces completa, a veces a medias, a veces nada.

¡Cuánto añoraba la vida de antes! Para matar el tiempo se la pasaba sumergido en redes sociales, deleitando su escasa vista con noticias sobre la guerra en oriente y crímenes sangrientos por todo el país. Hasta que fue imposible seguir por las náuseas que le provocó el caso del hombre que, en pleno arranque de ira, arrojó a un perro vivo en aceite hirviendo. El reel de la pantalla se quedó suspendido con el reportero que informaba frente a cámara:

—Javier, nos encontramos en casa de doña Julia, una de las múltiples víctimas de esta extraña afección que ataca a los habitantes de nuestra ciudad. Ella asegura haberse curado de forma peculiar…

—Pachita, ella lo cura —sus ojos brillaban, mostraban curiosidad por tocar el micrófono con su mano arrugada y repleta de manchas marrones. El resto de sus declaraciones se limitaron a monosílabos y frases entrecortadas. El frustrado reportero intentaba en vano arrancarle una buena declaración.

—Bueno Javier, hasta aquí mi informe. —dijo antes de mirarla con desprecio.

«¿Pachita?»

Horas más tarde, Google le mostró la historia de la mujer que dedicó su vida a curar casos de pacientes desahuciados y enfermos terminales con resultados asombrosos. Hasta que murió a finales de los ochentas. «Mucha búsqueda para nada».

Con furia lanzó el celular lo más lejos posible. No se percató de la ola de manifestantes cubiertos con pasamontañas que destruyeron una estación del Metrobús, ondeando pancartas con dibujos de rostros con parches. El aroma de la incertidumbre ennegrecía el ambiente. Una idea se le vino de repente: la mujer habló de un pueblo, pero no lograba recordar el nombre. Una búsqueda minuciosa produjo el resultado deseado:

—¿Saraguato? ¿Dónde chingados queda eso?

—Ya te lo dije Andrés, es el lugar donde nació la curandera que sanaba, ahí quedaron sus enseñanzas y con suerte hay más como ella.

—¿Quieres que te acompañe hasta allá, solo por el video de una pinche viejita?

—Busco una cura. No te imaginas el martirio de tomar esos medicamentos, ir con doctores. ¡Nadie tiene una respuesta clara! Ya no veo. ¿Qué más da?

De pronto las palabras huyeron…

—¿A qué hora salimos?

Saraguato era un poblado al norte de Hidalgo. Para llegar condujeron por tres horas en carretera, hasta que tomaron la desviación que marcaba la entrada al camino de terracería, donde un grupo de campesinos les bloqueaba el paso, exigían a las autoridades el agua necesaria para regar sus cultivos. Un examen cercano reveló los daños en sus rostros curtidos por el sol: surcos gruesos que atravesaban la piel, pero lo peculiar era la vivacidad infantil en sus ojos.

Las calles polvorientas estaban desiertas. Parecía que ni los fantasmas deseaban vivir ahí. Después de varias vueltas encontraron la única tienda abierta, había un anciano dentro, tan encorvado que apenas sobresalía del mostrador. El cabello le volaba muy despacio por el aire que emanaba de las aspas oxidadas del pequeño ventilador.

Andrés alzó la voz:

—¡Señor!

El hombrecillo no se movía, se mantenía concentrado en un punto fijo en la pared, con la mirada llena de vida, tal como sucedió con los manifestantes, que contrastaba con su cuerpo marchito y desgastado.

—Señor, buscamos a la gente de Pachita.

—Ya murió —respondió el anciano en tono seco.

—Pero hay seguidores de ella, ¿no? Vimos en televisión que…

—Váyanse. Ustedes no son de aquí, no sea que les vaya a pasar algo —pronunció con voz firme y pausada, mientras acariciaba el mango del machete que tenía enfrente.

Los hermanos terminaron de beber y colocaron las botellas de refresco con suavidad, procurando no acrecentar la molestia del anciano. La tarde se les fue aguantando negativas y puertas cerradas. Incluso al pedir indicaciones a las pocas almas que desafiaban al sol abrasador, que intentaba traspasar con ferocidad el techo metálico del auto. A punto de darse por vencidos se toparon con un oasis: la posada El Salvador.

Andrés se opuso a la idea de hospedarse:

—Estás loco. En este pueblo no hay nada, ¿a qué nos quedamos?

—Tengo un buen presentimiento, escuchaste como habló el viejo, en cuanto mencioné a Pachita cambió el tono de voz. ¡Hasta sacó el machete!

Dos veces seguidas tocaron la campanilla de la recepción. Y nada. A lo lejos resonaron los pasos de una mujer que los recibió con singular alegría:

—Sean ustedes bienvenidos —saludó con gran amabilidad, dirigiéndole a Andrés la última palabra.

Era una posada desgastada, maltrecha por el uso y el desuso, el polvo inundaba los muebles de madera, que apenas y se mantenían en pie. Ella los condujo al segundo piso, atravesando un estrecho pasillo hasta la última habitación.

—No duden en llamarme si necesitan algo— sonrió la mujer mientras cerraba la puerta muy despacio.

Andrés le devolvió la sonrisa.

Ya bien entrada la noche, Daniel se movía por el colchón que rechinaba constantemente, de nuevo víctima de sus pensamientos. Tomó una ducha de agua fría y ni así logró mitigar el calor infernal.

—¿Estás despierto?

No obtuvo respuesta. Imaginó la figura de Andrés, durmiendo plácidamente, inmune a los reclamos del cuerpo y a las penurias vividas. Entre la oscuridad buscó las sandalias y se dirigió a la otra cama, sentándose en el borde con sumo cuidado. Se conmovió al grado de pedirle perdón por traerlo a tan estéril aventura. Habló y habló en un monólogo infinito. Pero la réplica no llegaba.

—¿Estás dormido?

Corrió las sábanas y se encontró con varias almohadas apiladas a lo largo.

—¡Cabrón!

Intentó dormir de nuevo, abrazando con furia la almohada sumamente desgastada que parecía una hoja de papel. Se lanzó a hurgar en la maleta de su hermano, buscando un «toquecito» para combatir el estrés. Sacó la ropa, los zapatos, la pijama roja de franela, «¿para este calor?».De pronto se dio cuenta: su vista estaba de regreso. Toda la habitación era visible: el marco de las ventanas que corrían de techo a piso, las pesadas cortinas raídas, a través de las cuales la luz de la luna se colaba a raudales.

—¡Puedo ver! —gritó entusiasmado.

La mancha se esfumó, pero no así esos gemidos que aumentaban en intensidad. Bajó por las escaleras guiado por el sonido que crecía a cada paso, hasta adentrarse a un paraje descampado en forma de semicírculo, al centro una mezcla amorfa de cuerpos se movía con singular éxtasis: un hombre con escamas en todo su cuerpo con cabeza de reptil pasaba sus garras sobre la mujer que yacía recostada, aullando en una extraña mezcla de placer y dolor, la sangre brotaba de las cuencas vacías que por inercia se movían. La figura del reptil contrastaba con el oscuro firmamento en el que brillaban los racimos de estrellas en una procesión interminable.

Daniel intentó huir, para solo tropezar, desde el suelo contempló la hipnótica cadencia de aquellos seres. El hombre lo miraba con extrañeza, intentando captar las vibraciones que viajaban por el aire, eso causó un gran miedo en Daniel, que se levantó como de rayo y corrió tanto como pudo, atravesó laderas empinadas con la arena llegándole a los tobillos, huía del aliento caliente de la criatura, que le raspaba con sus escamas cerca de él.

Cuando se sintió a salvo, apoyó las manos sobre las piernas y se detuvo en cuclillas respirando con fuerza, hasta que comprendió que nadie lo perseguía. Estaba solo. Tan lejos, que pronto se percató que vestía una playera ligera, insuficiente para las bajas temperaturas del desierto.

El frío arreciaba en el bosque de cactus, que muy erguidos vigilaban en silencio a los malaventurados que desafiaban sus gruesas espinas, dispuestos a desgarrar hasta la coraza más dura. Caminó muy despacio por la pendiente, desde donde divisó el pueblo en total penumbra. El cactus más alto, servía de casa a un búho que giraba la cabeza casi por completo. Daniel sentía que el corazón se le reventaba, agitado por la carrera a campo traviesa. Aun en medio de la penumbra captaba todos los detalles, por monstruosos que fuesen y eso no solo le asustaba, al contrario, le producía una gran felicidad.

—Te dije que te fueras —dijo una voz madura que salía de entre las espinas.

Era el anciano de la tienda. Solo que ahora ya no se encorvaba, estaba de pie con plena fortaleza, hablando con una voz de trueno que arrasaba a su paso. Sus ojos seguían chispeantes de deseo, se cubría la espalda con la piel seca de un animal y en la mano sostenía un largo trozo de madera, a modo de báculo.

—No me voy a ir —dijo Daniel con voz entrecortada. —Quiero respuestas. —aseguró regulando la respiración.

—No seas pinche necio. Ya tienes lo que buscabas, vete de aquí, porque si no, sabrás cosas que muy pocos conocen. La Tierra habló, está indignada por el trato que le dan los de tu especie, por eso clama desde las entrañas. Todos tendrán que escucharla.

Ambos se observaron unos segundos, hasta que el joven se decidió:

—Quiero ver esas cosas de las que hablas…

El anciano suspiró. Colocó la mano a la altura de la frente de Daniel, que comenzó con un escozor y ni los movimientos bruscos de sus manos mitigaron la sensación, a tal grado que sus dedos atravesaron las capas más profundas de su entrecejo hasta formar un hueco. Buscó alivio con respiraciones rápidas y cortas. El viento lo empujaba como si cientos de rayos chocaran con su cuerpo, la sensación era muy placentera, así que olvidó por completo la advertencia del anciano:

—¡No abras los ojos por ningún motivo!

Un destelló blanquecino se abrió paso hasta que Daniel perdió la conciencia de sí mismo, pasó a un plano en el que todo le fue dado: un nuevo mañana, un amanecer atravesando la noche, un cielo tan claro que ni las nubes lo empañaban, se hallaba en medio de un valle reverdecido por cientos de flores y plantas, distinto a las tierras áridas de antes. A lo lejos vislumbró el hogar del búho, que lo miraba clavándole esas pupilas de un negro infinito en los que se diluía el tiempo.

—Ya despiértate —le gritó Andrés a la vez que le arrojaba una maraña de calcetines sucios.

Había amanecido.

—¿Dónde estuviste anoche? —preguntó Daniel bostezando.

Andrés salió del baño y contestó travieso:

—En el cielo —y rio de forma estrepitosa.

Conocía el significado de esa risa. Horas después se alistaron para hacer el check out. Los recibió la mujer que emanaba un aire de satisfacción, difícil de pasar por alto. Daniel la miraba con desdén. Durante el trayecto Andrés le contó los pormenores de su escapada con la recepcionista, era otra aventura amorosa, de esas que Daniel odiaba escuchar.

Muy pronto se halló en casa, tirado en el sofá, pensando si aquello fue un sueño o solo el producto de una imaginación desbordada. Su búsqueda no le permitió encontrar a los curanderos milagrosos. Se preguntaba cuáles eran los secretos de aquel misterio.

Su visión estaba de vuelta, renovada y fresca, incluso más que en el pasado.

Metió la mano entre una torre de publicaciones viejas a punto de caer y sacó la portada de un bebé sonriente, recostado sobre el pasto. Llevó los dedos a la frente, justo en medio de sus ojos. Colocó la otra mano a unos centímetros del papel: el artículo principal resaltaba la importancia del sueño prolongado en los niños pequeños, le pareció poco creíble ya que se basaba en conjeturas de una influencer que aseguraba ser una experta en el tema.

Arrojó la revista de un manotazo y buscó hasta dar con un thriller sobre un asesino alejado de la civilización, viviendo en un poblado lleno de otros como él, curando extraños males. El final le pareció trillado, pero después de todo, solo demoró unos cuantos minutos en devorar el contenido.

Él lo haría mejor, su libro resultaría mucho más sorprendente: un hombre que pierde la visión y la recupera después de una experiencia mística, para al final saberse portador de un gran poder: el de la visión extraocular con solo acercar su mano, como por osmosis. ¡Sí! Esa sería su historia. Después de todo, ¿quién notaría la diferencia entre la verdad y la ficción?

La oración del rey

Autor: Sebastián Oviedo Lobato


28 de mayo de 1985.
Lisias estaba harto de la vida. Nunca creyó en nada místico, divino o sobrenatural, y no lo haría ahora que estaba al borde del abismo. Su propio orgullo se lo impedía. Su ateísmo era lo único que se jactaba de tener aun íntegro en su totalidad. Encontraba en aquella sapiencia una especie de satisfacción transitoria que lo que alzaba como un hombre inteligente y fuerte que no se doblegaría ante nada. Después de un rato de desafiar a cualquier Dios que reinara en el universo con su negativa de pedir una especie de ayuda religiosa, su depresión volvía a poner todo en su lugar.


Lisias salía del trabajo a las 21:05 horas como de costumbre, caminaba en mitad de la noche hacia su hogar en una calle que le parecía sombría e irreconocible por lo menos. Tuvo un accidente automovilístico recientemente, fue pérdida total del vehículo, una de las tantas tragedias que agobiaban su vida.


Había prendido un cigarrillo para aminorar las penas y calmar un poco el nerviosismo de que, sumado a toda la mierda que estaba pasando en su vida, algún idiota apareciera de la nada y le arrebatara lo poco que tenía de efectivo apuntándole con un arma. «Tendría suerte si me mataran en mitad del robo, terminaría con mi desdicha —pensó Lisias—. Pero con mi gran fortuna, estoy casi seguro de que el muy cabrón me golpearía, me orinaría encima mientras ríe y me robaría la ropa dejándome desnudo».


Después de soltar una pequeña risa burlona por sus propios pensamientos fatalistas, una extraña figura se materializó frente a él. Aquello, aunque prácticamente esperado, lo sobresaltó.


—¿Cree usted en nuestro señor Jesucristo? —preguntó una mujer de la nada. Una amplia sonrisa acompañaba a su pregunta.


Lisias dejó ir un suspiro de alivio al ver que nadie le robaría hoy sus cosas. Una tragedia menos.


—Usted lo que quiere es matarme de un infarto —respondió amigablemente en medio de una carcajada llena de nerviosismo. Al ver que la mujer respondía con un silencio incómodo, se decidió por agregar—. No, no creo en los cuentos de hadas.


Con la ironía de su último comentario, Lisias esperaba sacar al menos una mueca de rabia por la calidad de su blasfemia, pero la sombría mujer se limitó a devolverle una sonrisa aún más grande que le puso los pelos de punta. Por un momento, se preguntó si tal vez no hubiera sido mejor que el ladrón ficticio de su cabeza fuera el que estuviera frente a él quitándole sus cosas y humillándolo, y no esa mujer tan rara. A punto de responder, la predicadora volvió a romper el silencio.


—Muy bien, porque yo tampoco —exclamó con solemnidad y le entregó lo que parecía ser un panfleto religioso—. Que tenga buena noche, señor Lisias.


Lisias le dedicó una mirada curiosa al panfleto que yacía sobre su mano derecha, hojeando fugazmente, mientras exhalaba el humo del cigarro de entre los dedos de su mano izquierda. Entonces se percató de que aquella mujer lo había llamado por su nombre.

—¿Cómo es que sabe mi…? —su pregunta se cortó abruptamente cuando se dio cuenta de que la predicadora ya no estaba frente a él. Sintió un escalofrío.


Tras mirar en todas las direcciones posibles, confundido, y convencido de que era completamente imposible de que una persona pudiera simplemente esfumarse en el aire, cuando no pudo encontrar a la mujer por ninguna parte, se decidió por ponerle más atención al contenido del panfleto. La portada tenía la imagen de una corona de oro adornada con rubíes y esmeraldas, alrededor, una estela de luz se proyectaba hacia enfrente como si hubiera un sol atrás, alumbrando con intensidad en mitad de una pila de nubes. Como si la corona desprendiera una luz divina en el cielo.


El contenido, por otro lado, provocó una confusión todavía más marcada al ver que no había algún indicio de ninguna religión conocida por Lisias. «¿Alguna rama ortodoxa del judaísmo, tal vez?», se preguntó. Aquella confusión surgía a partir de la ausencia de la pregonación del Cristo como el hijo único de Dios (ni siquiera mencionaba a su figura en primer lugar) y de la pregunta inicial de la predicadora que casi lo mata del susto. Tan solo mencionaba a un “Verdadero Dios” al que llamaban “El Rey de Reyes”. La información del panfleto terminaba asegurando que la oración escrita en toda una página de aquel escrito, podía conceder cualquier cosa que se deseara si se decía en voz alta y se confesaba lo que uno quería al Rey de Reyes.

Lisias, con humor, repitió la oración en voz alta. Tras una breve carcajada producto de su incredulidad, el pensamiento sobre su tumor cerebral en estadio avanzado lo hizo cesar de golpe. Él sabía que moriría pronto, y la vacuidad de la muerte lo asustaba. El hecho de imaginarse siendo devorado por gusanos, dentro de un ataúd bajo tierra, lo horrorizaba aún más.


—Si tan solo me quitaras el tumor de la cabeza, Rey de Reyes, yo mismo pregonaría tu palabra y erguiría templos en tu nombre por salvarme la vida —dijo en un susurro casi inaudible, mientras las lágrimas brotaban de sus ojos y observaba a la nada, reflexivo.


Pronto, dándose cuenta de que había sido presa de un momento de debilidad, volvió a reír estridentemente por lo ridículo del asunto. Se limpió las lágrimas con la manga de la camisa rápidamente, como si temiera que alguien lo viera desde la distancia en aquella oscura calle desierta en mitad de la noche, y arrugó el papel para tirarlo sobre el asfalto.

20 de junio de 1985.

Lisias seguía en ese estado catatónico; miraba a la nada, sentado en la cama con la espalda recargada sobre la pared de su habitación. El cuarto olía mal, ya que se había hecho del baño encima en repetidas ocasiones. Sin embargo, ni siquiera la sensación de tener heces y orín por todos lados, o el olor penetrante de los mismos lograban sacarlo del trance.


La barba le había crecido de manera irregular sobre el rostro, y amplias ojeras negras tapizaban sus ojos por culpa de un insomnio que cada vez se hacía peor. Las pesadillas, que realmente eran recuerdos nítidos de lo que había sucedido al día siguiente de que leyó la oración del panfleto, inundaban su mente como un torrente imparable que se lleva todo a su paso, dejando solo destrucción. Y él quería evitar eso: la destrucción gradual de su mente y su alma producto de un recuerdo maldito.


«Felicidades, señor Lisias —había dicho el neurólogo— su tumor ha desaparecido por completo… no sabemos cómo, pero a veces estas cosas suceden.»


Él recordaba a la perfección aquellas palabras porque, tras haberse hecho la resonancia magnética en el hospital, lo primero que le vino a la mente no fue un estado de euforia por haberse salvado milagrosamente. Lo primero que realmente le había venido a la mente fueron unas solas palabras: El Rey de Reyes. Tan intenso como un relámpago implacable que aturde los oídos con el posterior estridor del trueno. La catatonía había empezado justo por ahí; cuando salió del hospital, lo había hecho más como un cadáver viviente que como un hombre feliz por las buenas noticias. El pánico y la confusión envolvían a su cerebro en una bruma impenetrable.


Cuando Lisias llegó a su casa ese 29 de mayo de 1985, lo primero que hizo fue darse un baño de agua fría. En la regadera, pensando una y otra vez en las palabras del doctor, intentó convencerse de que aquello no había sido más que una coincidencia. Una sonrisa comenzaba a dibujarse en su rostro como consecuencia de aquel pensamiento que le devolvía las esperanzas y la comodidad de su ateísmo, pero entonces…


«Fui yo —había dicho una voz—. Yo he sido el que te he salvado la vida.»
De pronto, el agua fría que recorría su piel pareció penetrar en sus venas y contaminar su torrente sanguíneo. Su cuerpo había quedado congelado, lo recordaba a la perfección. Pensar en eso le hizo derramar lágrimas de espanto, no quería recordar más. «No tengas miedo», dijo la voz dentro de su cabeza en aquel momento en la regadera.


Lisias se llevó las manos a la cabeza, ese pensamiento intrusivo lo horrorizaba. Las sienes le palpitaban al intentar con todo su ser parar la tortura de aquel recuerdo. Gritó. Suplicó que parara. No quería ver nuevamente lo que había dentro de sus ojos. La verdad dentro de los ojos del Rey de Reyes, cuando lo vio frente a su regadera al descorrer la cortina, le provocaba pánico. Lo ofendía. Le causaba náuseas.


Pero entonces, poco a poco, aquello comenzó a materializarse contra su voluntad entre sus pensamientos. Mientras se retorcía en la cama de su recámara, gritando y llorando, pudo ver nuevamente la forma monstruosa del Rey de Reyes; aquel Dios enfermizo yacía sentado sobre un reptil enorme y peludo. Como un dragón sacado de una pesadilla repugnante. Las piernas de gallo se posaban sobre su lomo, montándolo, sobresaliendo de un torso que parecía de un hombre desnudo y regordete. Tenía dos alas de murciélago que sobresalían de su espalda, y tres cabezas; la del lado izquierdo era de toro y la del lado derecho de cordero. En medio, una cabeza demoníaca era adornada por una enorme corona brillante como la del panfleto que le había dado la predicadora. Pero lo peor de todo eran los ojos de la cabeza de en medio, unos ojos negros como el abismo que revelaban la verdad del universo.


Antes de que Lisias convulsionara y perdiera la vida por una sobrecarga neuronal cósmica, la imagen del secreto le despidió con un último horror; cuando Lisias había enfocado su atención en los ojos hipnóticos del Rey de Reyes en aquella ocasión, se dio cuenta del abismo que existía después de la muerte. Un abismo eterno donde no existía ningún Dios benevolente, cielo o infierno, sino solo las almas de los muertos que penan durante la eternidad en una oscuridad interminable.


Un abismo que yace dentro del cuerpo del Rey. Un abismo que es El Rey de Reyes. Y su nombre, su verdadero nombre, es Asmodeo.

El último vivac


Autor: Luis G. Torres


Para Oscar Alarcón

Son casi niños, pocos pasan de los catorce años. Llegan al lugar indicado para el campamento y proceden a instalarse. Cada grupo se organiza para armar las tiendas, hacer la fogata, juntar leña y empezar a acomodar mochilas y objetos auxiliares en las tiendas. Cada akela vigila que su manada trabaje bien y rápido. Este campamento es muy especial, se lleva a cabo cada año en el Desierto de los Leones, no lejos del ex convento del mismo nombre, ahora abandonado.

Cuando las tiendas están armadas y las mochilas acomodadas, Vicente el akela mayor llama a las tropas a reunirse, con el clásico sonido del silbato. Todos acuden con prontitud y se forman en círculo alrededor de los guías. Ahí se les dan indicaciones generales. “En este campamento no cocinaremos mucho, solo se prepararán los desayunos. Los tres días comeremos en casa de Lencho, que está a poco más de un kilómetro de aquí. También las cenas y el vivac serán en el mismo comedor, así que hay que organizarse para la caminata y estar siempre a tiempo. ¿Entendieron todos?”. ¡Si señor!, contesta la tropa al unísono. El mismo jefe pregunta: “Cuál es nuestro lema, lobatos?” a lo que todos contestan: “Siempre listos”. Dan la señal de romper filas.

La primera noche del campamento salieron los grupos llenos de ánimo. Los guiaban sus akelas. Al pasar frente al ex convento no faltó quien hiciera bromas al ver el viejo edificio del siglo XVII: “¡Aquí espantan!” o quien empezó a imitar el aullido de los lobos: “auuuuu, auuuu”. Ríen. Los akelas mandaron callar. Se oyeron muchas ricitas nerviosas. Siguieron en camino, sin detenerse. Por fin llegan al comedor de la casa de Lencho, quien los espera en el exterior. Tres granes mesas y bancas de tablones están preparadas para recibirlos. Se acomodan todos y se sientan pegados unos a otros. Lencho les da la bienvenida y les presenta a su dos hijos, Leodegario y Micaela, quienes ayudaran a servir los alimentos. En cuestión de minutos ya están sobre la mesa canastos de pan dulce, jarros de barro naranja y servilleteros. Poco a poco van trayendo lo que falta: Recipientes con tamales y jarras de chocolate caliente. Vicente, el akela mayor da las gracias y- por fin- la señal de que todos pueden empezar a comer.

Cenan rápido y con buen apetito, Se acaba todo lo que han llevado a la mesa y los jóvenes hijos de Lencho ya están recogiendo todo. Se anuncia que a las diez será el vivac. La comisión se levanta a empezar a juntar piedras y madera, para preparar el fuego. Antes de la hora pactada, las tropas se sientan alrededor de la fogata formando un círculo. A la hora exacta, Vicente y los tres akelas menores pasan al centro. Se dan las indicaciones generales, y se procede a cantar unas canciones populares. Para ello, Rubén, uno de los muchachos mayores del grupo, acompaña con una vieja y medio desafinada guitarra.

Todo se organiza para el regreso al campamento. Van contentos y de buen ánimo, después de la cena y el vivac. A los pocos metros de camino, se empezó a oír un ruido. Era como el sonido de una campana. ¿Pero cuál? El ex convento está vacío y no hay ninguna iglesia cercana. La noche estaba oscura, faltaban dos días para la luna llena, que era la única luz disponible en medio del campo. El grupo siguió caminando, hasta que otros sonidos se unieron a los de las campanas: se trataba del sonido como de grandes y oxidadas cadenas, arrastradas sobre el piso. Muchos se detuvieron. Alguien gritó: “¿Qué es eso?”. Los grupos se detuvieron por completo y empezaron a cuchichear en medio de la total oscuridad. Solo los akelas llevaban una lámpara de pilas. Había chicos que reían, pero muchos otros estaban temblando. Los akelas ordenaron silencio y seguir caminando. Ernesto, un chico flaco y desgarbado tenía la cara descompuesta. Su compañero de formación, Roberto –más bien rollizo y de copetito engominado- trataba de tranquilizarlo: “No es nada, no te asustes”. Ernesto es nervioso e impresionable. Sigue caminando, pero mira a todos lados sin fijarse bien por dónde camina. Así llegan al campamento y se meten directo a las tiendas.

Muy temprano suena el toque de silbato para levantarse. Los akelas empiezan a dar órdenes: “¡Hay que prepararse, vístanse rápido y guarden sus bolsas de dormir!”. Todo mundo se moviliza. En la tienda donde duermen Ernesto y Roberto, hay un pequeño drama. Ernesto se orinó dentro de la bolsa de dormir y está bastante mojado, no quiere salir de la tienda. Roberto le dice en voz baja: “¿No traes un cambio?, no puedes salir así, hueles a miados”. Ernesto está enojado y siente vergüenza. Tuvo una pesadilla y ni siquiera sintió que se había orinado. Al final un compañero lo salva, prestándole un pantalón corto oficial. Se cambia y sale después de todos a formación.

Ernesto es amonestado en público por no haber llegado a tiempo. Se les informan las actividades del día: habrá clases de nudos, legislación Scout, primeros auxilios y visita al ex convento, todo antes de la hora de la comida. Todo se desarrolla con normalidad. Llega la hora de visitar juntos el ex convento. La zona está integrada por el ex convento de los Carmelitas descalzos en sí, una capilla vieja y abandonada —ahora cerrada por un fuerte candado—y otras dos construcciones antiguas: la capilla de los secretos y el sótano. Este último fue una bodega en la que se guardaban desde granos hasta instrumentos de jardinería, ahora se encuentra vacío y oscuro, aunque la gran puerta de hierro forjado no tiene candado alguno.

El ex convento está construido básicamente de piedra volcánica y algunas paredes están repelladas y encaladas. Los jardines son amplios y medianamente cuidados. Hay fuentes de piedra en algunos jardines y mucha vegetación en esa época del año.

Después de las indicaciones generales, les dan tiempo libre. Los muchachos corren, entran y salen del ex convento, el sótano, llegan hasta la capilla del silencio y dicen palabras altisonantes en las esquinas, para que los que están en otras esquinas las oigan. Ríen como locos y se persiguen entre sí. Un silbatazo de Antonio, el akela de uno de los grupos, es la señal para detenerse y hacer formación. Los últimos en aparecer son Ernesto y Roberto, que vienen del sótano, caminando parsimoniosamente. Todos les gritan y les chiflan. Un nuevo silbido del akela obliga a todos a callar. Regresan sin novedad a formación y de ahí caminan directamente a casa de Lencho a tomar los alimentos. Por la tarde se hacen otras actividades. Se recoge más leña y se juega un partidito de futbol. Así se acaba la luz del día y deben hacer formación para salir a cenar.

La caminata se lleva a cabo sin incidentes, todos van muy callados, escuchando los ruidos de la noche: grillos, ranas, y el sonido del agua que corre más abajo, por el helado riachuelo. Llegan y cenan. Se organiza el vivac. Ahora en vez de canciones habrá una sesión de cuentos e historias. Empieza Oscar, el akela más experimentado. Les narra historias del ex convento, como aquella de que un fraile murió hace muchos años y no lo enterraron con las debidas ceremonias por falta de dinero. Solo se le dio sepultura, muy cerca de la bodega. Por eso se cuenta que el fantasma del padre aún aparece por las noches de luna llena, quejándose y buscando su cuerpo. Todos aplauden y ríen. Ernesto y Roberto están muy callados. No les hacen mucha gracia las sesiones de cuentos de terror, pues son muy sensibles. Siguen otros compañeros, contando historias como la del jinete sin cabeza, la llorona, los niños muertos y otras. Para narrarlas, se ponen la lámpara de pilas por debajo de la barbilla, de esa manera solo se mira una cara que hace muchas muecas y narra las historias de terror. El ambiente se densifica. El akela mayor ve el reloj y dice: “Son las diez, de la noche, hora de volver. ¡A formación!

Las manadas empiezan a caminar. Hace frío y se observa una neblina ligera alrededor del grupo. Cuando han caminado algunos minutos, el sonido de la campana vuelve, acompañado del arrastrar de cadenas. Oscar les pide que sigan sin detenerse. Algunos chicos ya tienen cara de preocupación. Para más, un nuevo ruido se incorpora: son aullidos como de coyote. Intensos, continuos. Todos se detienen y hacen una bola, como lo haría un grupo de corderos al sentirse amenazados. Los obligan a seguir caminando. Justo cuando pasan frente al ex convento, se empiezan a ver unas pequeñas luces, en varios puntos: sobre la barda, dentro de la bodega, en la ventana superior, en la fuente de piedra… ¿Quién podría prender esas luces? ¿De qué se trata esto? Los chicos se preguntan entre sí y vuelven a romper formación y hacer una bola en la que todos tratan de estar dentro, para protegerse.

Ernesto está muy descompuesto. Quiere salir corriendo de ahí, pero sus compañeros lo detienen. Roberto trata de tranquilizarlo, lo agarra fuertemente del brazo. El miedo aumenta. Entonces se oye un gran grito que proviene de la bodega. Parecería como si hubieran acuchillado a un hombre. El terror se apodera de todos y empiezan a correr en dirección al campamento. Alguno que otro tropieza y cae. Ernesto es uno de ellos. Sus compañeros lo pisan para pasar sobre él. Está asustado, lloriqueando y además pisoteado. Roberto ayuda a levantarlo y se lo lleva al campamento a jalones. Cuando llegan al campamento, dos akelas los esperan. Tratando de contener la risa, les preguntan por qué no llegaban. Ellos están aún aterrados, pero también molestos. Roberto mira al akela con unos ojos de odio, pero pocos alcanzan a notarlo. Cuentan lo sucedido… Se da la señal y cada grupo se mete a sus tiendas a dormir.

Por la mañana parece que ya se olvidó lo sucedido la noche anterior, salvo que algunos cuchichean en formación que tuvieron tanto miedo en la madrugada, que orinaron sin salir de la tienda, nada más abriendo el cierre. Ernesto le confiesa a Roberto que tuvo pesadillas otra vez. Los akelas mandan hacer silencio y organizar el desayuno. El grupo encargado empieza a prender la fogata y a sacar los víveres de la tienda-almacén. Es el último día de campamento. Quedan muchas actividades por realizar. Al día siguiente, después de desayunar, tendrán que levantar las tiendas, empacar y salir.

Por ser el último día, la comida es especial: les sirven pollo con mole y arroz, acompañado de bolillos. Hay agua de limón y de horchata. De postre, esas deliciosas galletas de Tenango, que se deshacen en la boca. Todos comen con buen apetito, risueños y platicadores. Terminan sus platos y los hijos de Lencho los levantan para llevarlos a la cocina. Agradecen la comida y regresan al campamento. Se hace una reunión para recordar las actividades del día siguiente, se acuerdan las comisiones que harán todo y se comentan las próximas salidas del grupo. Habrá un paseo largo a la cueva de las golondrinas en San Luis Potosí en dos meses. Todo se entusiasman y aseguran que asistirán.

Cuando se dan cuenta, ya es de noche y están caminando hacia casa de Lencho. Algunos portan mochila, con los materiales que usarán para el vivac. Ahora sí, la luna está totalmente llena. Parece una pantalla iluminada. Solo unas tímidas nubes la rodean. La noche está fría y silenciosa, de no ser por los grillos que nunca descansan. Los recuerdos de la noche anterior surgen, pero no se detienen, incluso aprietan el paso para llegar a cenar.

Después de tomar los alimentos, se avisa que empezará el último vivac. Se presentan varios números musicales, declamaciones y más. Al final, el grupo de los más grandes lee una historia de Alan Poe muy conocida. Se trata de “El gato negro”. Los chicos se han repartido los párrafos y lo hacen muy bien, dándole entonación y efectos corporales a lo que leen. También usan las lámparas para alumbrar a las caras del narrador, o a otros puntos alrededor de ellos, creando una atmósfera de miedo. El akela mayor los felicita por la representación. Agradecen a Lencho, Leodegario y Micaela. Ya no los verán mañana. Hacen formación y empiezan a caminar, recordando aún divertidos, el vivac. Nadie se percata de que Oscar y los otros dos akelas no van con el grupo. Debieron de haberse adelantado.

Cuando el grupo se moviliza hacia el campamento, empieza la sucesión de sonidos: campanas, cadenas que se arrastran, aullidos, el ulular de una lechuza. Casi se esperaba, pues cada noche ha sido así. La neblina es más espesa esa noche y una luna enorme y amarillenta alumbra su camino.

Antes de llegar al ex convento, se escucha un caballo, que parece seguirlos. No han visto ninguno de ellos en esos días. Es extraño que a esa hora ande por ahí, pero su cabalgar es clarísimo. Al parecer el caballo los ha adelantado, pero solo se oyen sus pisadas, nadie vio al animal ni a quien lo monta, hasta que de repente ambos llegan de frente y se pueden ver entre la neblina; es un caballo negro y grande, montado por un jinete sin cabeza y del que solo se distingue una gran capa oscura. La formación se rompe y varios corren, Están asustados por la aparición. Se oye relinchar al caballo y una risa fuerte y burlona, que no se sabe de dónde viene. En ese momento, de la bodega del ex convento sale una pequeña procesión de frailes, con sus hábitos café oscuro y las capuchas puestas sobre las cabezas. Llevan velas en las manos y al caminar agachados no se distinguen sus rostros. Los ruidos de la campana y las cadenas se intensifican. No se detienen los aullidos y el ulular de la lechuza. Todos es una confusión, Ernesto, Roberto y un explorador más, salen corriendo y se meten en el bosque. Algunos lloriquean. Se han quedado en cuclillas, petrificados, rodeados por el jinete sin cabeza y los monjes silenciosos. Cuando todo llega al máximo punto, se empiezan a oír unas risitas que pronto se vuelven carcajadas. Los monjes se levantan las capuchas y son ni más ni menos que dos de los akelas, Leodegario, Micaela y Lencho. Del caballo baja el jinete, que tenía oculta la cabeza bajo un manto negro, se descubre y es Oscar, el otro akela faltante. Los chicos no saben si reír o llorar, Están muy asustados y les causa más que risa, enojo, el haber sido engañados y burlados de esa manera.

El akela mayor se pone al frente y les explica que se trataba de una prueba de valor, a la que todos los exploradores del grupo son expuestos. Agrega que cada año se realiza y que los padres están informados y dieron su consentimiento. Entre los murmullos se oyen voces que dicen; “! ¡Qué poca madre!, ¡De haberlo sabido!” Uno de los exploradores dice riéndose: “Yo si lo sabía, ¡mi hermano mayor que vino hace años, me lo advirtió”! Los monjes y el jinete –ahora con cabeza- se insertan al grupo. Todos empiezan a caminar rumbo al campamente, de manera más o menos desorganizada, comentando lo sucedido. De repente alguien declara: “Ernesto y dos más no están, salieron corriendo a la hora del susto mayor”. Vicente, el akela principal le indica a Oscar que regrese por ellos, Felipe, otro akela se ofrece a acompañarlo. Ambos se separan del grupo, aun con los disfraces puestos y van hacia el ex convento.

Como ya que se han apagado las veladoras que se prendieron en la ventana, la bodega, la fuente, la barda y otros sitios, el convento está totalmente oscuro. Oscar y Felipe se separan para buscarlos en los alrededores, sin encontrarlos. Gritan de vez en vez sus nombres, sin tener respuesta alguna.

Dentro de la bodega, Roberto y los otros dos chicos, están escondidos en la oscuridad, tiritando de miedo y frio. No han escuchado lo que pasó fuera y sienten que aún corren peligro. No se mueven, ni hacen ruido. Solo se escucha el ligero castañear de sus dientes y sus respiraciones continuas.

Oscar y Felipe los buscan en la capilla de los secretos, atrás del convento y por cuantos pasillos y corredores que se pueden acceder. Al fin, cansados de buscar se detiene frente a la bodega, Roberto hace la seña de que guarde silencio a Felipe y entra sigiloso por la vieja puerta de hierro, caminado de puntitas para no hace ruido. Adentro todo está oscuro, pero no trajeron lámparas. Cuando apenas han caminado unos pasos, sienten la presencia de alguien más y en ese justo momento, solo se escucha una orden: “¡Ataquen!” y todo se vuelve una confusión. Grandes rocas caen sobre sus cabezas y espaldas. Entre los tres chicos golpean a los akelas sin piedad, usando esas grandes piedras. Roberto ha sacado de su mochila un hacha y otro de ellos, porta un cuchillo de montaña. Los akelas alcanzan a soltar unos gritos de dolor, pero tienen encima a sus atacantes, cortándoles con el cuchillo y el hacha sobre el tórax y extremidades y moliéndolos con la piedra sobre la cabeza, con una saña que solo el odio o el miedo pueden infundir en un adolescente de su edad y fuerza.

Todo termina. Los cadáveres de los dos jóvenes quedan en el piso ensangrentado y la tercia de exploradores sale de la bodega, sumida en la oscuridad. Los tres están como en un frenesí asesino, sudados, ensangrentados y temblorosos. Roberto porta el hacha, llena de sangre y uno más, no suelta el cuchillo de su mano ensangrentada. La luna, inmensa, alumbra sus rostros. Respiran con dificultad. El tercero le dice a Roberto: “¡Creo que eran Oscar y otro akela!”, aterrado. Roberto se limpia la cara con la manga del suéter, sus ojos aún están desorbitados. Casi escupiéndolo le contesta: “¡Lo sé, claro que lo sé!”.