Boca del Diablo


Por David Barrera Sánchez


Aquellos días fueron tan asfixiantes y abrasadores que los habitantes del puerto, al intuir lo que estaba por venir, empezaron a hablar con dramatismo mientras limpiaban sus frentes con las manos temblorosas. Pero no era propiamente a la canícula a lo que temían, sino a lo que ésta anunciaba: la visita del Diablo y el inevitable hecho de que se llevaría a alguno de ellos.

¿A quién tendrá en mente en esta ocasión?, se preguntaba la gente.
Debido al inusual calor, los apagones sumieron al puerto en la penumbra. Y durante noches enteras me vi obligado a dormir en la hamaca que colgaba en mi patio.

Mi casa se encuentra en los límites de la ciudad y la reserva natural conocida como Boca del Diablo, la cual es el hábitat de los monos aulladores a quienes había estudiado durante más de veinte años. Fueron ellos el motivo por el cual me había mudado al puerto y la razón por la que me dediqué a hacer todo cuanto pudiera para salvarlos de la depredación.

Se volvió común que a cualquier hora se oyeran vociferaciones provenientes de las zonas protegidas. Era una repentina y demencial mezcolanza de aullidos, cacareos, rugidos y demás exclamaciones al unísono que se prolongaban durante diez o quince segundos hasta apagarse con lentitud. «¿Qué diablos los hace reaccionar así?», pensaba. Por desgracia, fueron pocas mis incursiones a la reserva durante la canícula y no pude descubrir la causa hasta muchos días después.

Cierta mañana, salí temprano para comprar comida y medicamentos. Como ningún servicio de taxi estuvo disponible —o mejor dicho, nadie quiso trabajar—, me trasladé a pie a pesar del horrible calor. El camino, custodiado por enormes árboles parecía concentrar la humedad. No había viento. Y de vez en vez, oía caer los mangos hasta golpear el suelo con un sonido seco. Aquellos frutos eran invadidos casi de inmediato por las moscas; y el infecto olor de los que ya llevaban días en el suelo me provocó náuseas.

Cuando recorrí unos ochenta metros, me detuve al oír la voz de mi vecina, Dolores, quien me hacía una seña para que me acercara a su casa cuyo patio estaba sombreado por un árbol de aguacates. Su rostro lucía brilloso por el sudor, sus trenzas se veían chuecas y comía un mango petacón al que le dio una mordida:

—¿Qué no sabe que hay que guardarse hasta que se acabe el calorón?

—Necesito hacer algunas compras —respondí—. Y de paso no me caería mal echarme un chapuzón.

—¡Válgame el cielo! —Exclamó con nerviosismo.— ¡No se le ocurra hacer semejante cosa! —Y movió las manos como si las tuviera acalambradas.— Sepa usted que, mientras caiga fuego del cielo, Él dominará las aguas y la tierra.

—¿Quién? —pregunté.

—¡Pues quién más! —Y agarró sus trenzas entrecanas y las levantó como si fueran cuernos. 

Solté una carcajada al ver su ridícula caracterización.

—¡No, no se ría! —Dijo después de bajar sus trenzas.— Dios no quiera que le metan un buen susto por andar en donde no se debe.

—¿No me diga que cree en esas patrañas?

—Qué gano con mentirle —contestó—. Siga mi consejo y quédese encerrado.

—¿Encerrado sin ventilador?

—Así es. En estos días hasta el patio es peligroso.

—Vaya locura —dije mientras me rascaba las ronchas del brazo—. No se puede vivir así. Simplemente no se puede.

—Hay que aguantarse, don Fausto. No hay de otra. Aunque fíjese que para estos calores ayuda mucho comer carne de chango. Es buenísima porque tiene una vitamina muy especial que vigoriza el cuerpo y el alma. Si quiere le preparo uno.

—¡Vaya descaro! ¡Qué no sabe que está prohibido cazarlos!

—Ay, relájese, señor. Para usted todo está prohibido. Nada le quita si prueba un poco —dijo con desenfado—. Ya verá qué sabroso me queda y, sobre todo, lo mucho que le va a ayudar a aguantar el calor.

—Quisiera saber cómo va a conseguir al simio ahora que las leyes son más severas.

—Serán más severas en el papel, pero en la vida real no hacen ni cosquillas. Le adelanto que voy a conseguir al chango de la misma manera en que he conseguido a los otros animales. Pero no se preocupe, siempre dejaré unos cuantos para que los pueda ver con esa cara de bobo que pone —dijo y, de inmediato, puso los ojos en blanco y se quedó con la boca abierta.

Enojado, di media vuelta y, tras recorrer un par de metros, escuché de nuevo su voz:

—¡Se lo dejo en su cocina, como la vez anterior que preparé tortuga!

Acabada la charla, seguí mi camino y resonó en mi mente aquella frase que había usado Dolores: «cuando cae fuego del cielo». La primera vez que la escuché fue durante mi primer visita a la Boca del Diablo.

Tendría acaso veintitrés años cuando el camión me dejó en la terminal de autobuses en donde contacté a un guía, quién me llevó por las calles principales hasta desembocar en el camino que lleva a la boca. Durante el trayecto, las nubes se tornaron grises al tiempo que aparecieron robustos árboles por donde volaban aves y trepaban simios que nos miraban con curiosidad.

Más adelante, el sendero se volvió escarpado, pedregoso y con raíces que se asomaban de la superficie; no obstante, avancé cuesta arriba con todo y tropiezos hasta que los árboles quedaron atrás y me permitieron ver la famosa Boca del Diablo que estaba a unos treinta o cuarenta metros de distancia. Vista desde lejos la boca me infundió temor, pero una vez que estuve frente a ella me di cuenta de que sólo se trataba de un cúmulo de árboles y enredaderas que formaban una abertura como de unos diez metros de alto en donde se amontonan las sombras.

—¿Qué te parece? —preguntó el guía.

—Desde mi punto de vista, es una simple tomada de pelo o una broma pesada por parte de la naturaleza. No menosprecio el valor que pueda tener su leyenda, pero estoy más interesado en su valor biológico.

—Tal vez tienes razón —dijo el guía, mientras el ruido del trueno me estremecía—. Algunas personas creen que este lugar no es la Boca del Diablo. De hecho, hay gente mayor que sugiere que la boca no está en un lugar en específico, sino que puede aparecer en cualquier parte. Hay un par de ancianos que cuentan haber visto el momento en que la boca apareció. Uno de ellos dice que la vio en la playa, y el otro en plena avenida costera.

—¿Y te contaron cómo era? —pregunté.

—Sólo dicen que es un lugar horrible y que aparece cuando cae fuego del cielo.

«Cuando cae fuego del cielo», pensé mientras me refugiaba bajo la sombra de una marquesina y secaba mi arrugada frente. Tuvieron que pasar más de veinte años para que volviera a oír esa frase y, sobre todo, para que pudiera entender su significado. Mi paso lento y un tanto torpe me llevó a las calles del centro.

Semanas antes, en aquel lugar, la brisa agitó los cabellos de las muchachas bronceadas que sonreían a sus amantes con la inocencia y el deseo de la juventud. No había lugar que no fuera perfumado por las flores, la fruta y el café recién tostado; especialmente en la pequeña librería en donde los gatos se echaban en las mesas repletas de libros para dejarse rascar la panza.

Pero, durante los días de la canícula, las calles fueron gobernadas por una inquietante inmovilidad al tiempo que oleadas de luz solar parecían calcinar con lentitud la viveza multicolor de las casas. Si bien el silencio no era total, pesaba lo suficiente como para hacer notar que había algo único y perturbador. Así lo sentí y creo que así lo sintió también la poca gente que deambulaba nerviosa y que se perdía al dar vuelta de manera brusca en los cruces, con lo que daban la impresión de ser fantasmas.

En algunos comercios y casas —sobre todo los más cercanos al malecón—había electricidad. Sin embargo, conforme avanzó la mañana, la electricidad se volvió intermitente y el mal humor se evidenció en los rostros de los trabajadores y clientes que buscaban refugio en el aire acondicionado. Poco a poco, las discusiones por cualquier nimiedad transformaron el rostro de los clientes que empezaron a insultar y a desear que el diablo viniera por los dueños de la tienda. A pesar de todo, hice mis compras y dejé atrás aquel hervidero para encaminarme a la playa.

Dejé mis bolsas debajo de una solitaria sombrilla y contemplé al inmenso monstruo salado que me llamaba con el rumor de su oleaje. Me dirigí a él y, poco a poco, su frialdad alivió el bochorno que llevaba a cuestas, al tiempo que su constante ir y venir me relajó. Y cuando el agua me llegó al pecho, nadé como en mis buenos tiempos y me quedé boca arriba una vez que ya estaba exhausto. Después, miré en dirección a la playa y vi la ciudad que parecía un conjunto de gemas multicolores. Detrás de ella, se veían los picos de los cerros colmados de verdor y, encima, el inmenso firmamento endiabladamente azul. «Y pensar que el caos reina en aquella ciudad tan callada», pensé.

De pronto, me pareció oír sutiles murmullos a mi alrededor, por lo que miré en todas direcciones pero sólo el océano estaba presente con su inquietante movimiento. Sin embargo, los murmullos continuaron y se convirtieron en burlas hechas por una voz rasposa que hizo que me estremeciera y nadara de regreso pero, durante el trayecto, alguien me sujetó de la cabeza y me sumergió con violencia hasta que mis pies tocaron fondo. Rasguñe y golpeé aquellas manos que se sentían de acero y que estaban saturadas de pelos gruesos cuyas uñas se enterraron en mi cabeza. La lucha fue inútil. Los segundos hicieron que mis fuerzas se acabaran.

Creí que perdería el conocimiento pero, sorpresivamente, las mismas manos que me tenían sujeto me sacaron del agua con un movimiento y me arrojaron por el aire hasta caer de nuevo en el mar. Saqué la cabeza y jalé aire con desesperación. El mar estaba embravecido y me empujó una y otra vez con desprecio hasta dejarme arrumbado en la playa como si fuera un cadáver indeseado.

Ya en la playa, escupí el agua salada y un intenso ardor me castigó las heridas que tenía en el rostro. Entonces, al normalizar mi respiración, vi cómo el mar pasó del fragor al sosiego en cuestión de segundos. Me quedé perplejo ante tan brusco cambio; fue como si aquel inmenso monstruo azul hubiera obedecido una orden. Y una vez que las olas restablecieron ese ir y venir hipnótico, vino de nuevo a mis oídos ese murmullo ronco que, en ese momento, se expresó de forma burlona:

—¿Quieres entrar otra vez?

Asustado, corrí hacia la avenida que bordea la costa y me llevé las manos a la sienes.

—¡Cálmate, cálmate! ¡No fue real, no fue real! —dije una y otra vez hasta que vi mis manos manchadas de sangre.

Para mi fortuna, no estaba muy lejos la sombrilla en donde había dejado mis compras, así que las tomé y regresé a la avenida en donde vi un taxi estacionado. Al acercarme, noté que el chofer se pasó una botella de cerveza por la frente y luego bebió con avidez como si tomara de una simple botella de agua.

—Por favor, ayúdeme —dije con voz temblorosa.

El hombre no volteó, pues aún estaba en el éxtasis que provoca un buen trago de cerveza. No obstante, una vez que bajó la botella, soltó un ronco eructo y su rostro se puso pálido al verme.

—Por favor, ayúdeme.

—No… no puedo —respondió—. No estoy en servicio.

—Por favor, necesito que me lleve al doctor. Ya no puedo caminar con este calor y me duelen mucho las heridas de mi rostro.

El chófer no quitaba su cara de terror. Insistí y le conté mi horrible experiencia. Entonces, paulatinamente, su expresión cambió a la de un estúpido que miraba sin reaccionar hasta que, luego de carraspear y escupir hacia la calle, fijó sus ojos en mí al tiempo que le dio un trago a la botella.

—¿Qué no sabe que en estos días no se debe andar en la calle? —preguntó.

—Necesitaba comprar medicinas y comida.

De inmediato me ayudó a subir al auto y condujo hasta un pequeño consultorio en donde me esperó. Me sentí contento al subir de nuevo a su auto, pensé que mi pesadilla se había acabado, pero mi tranquilidad terminó cuando vi la cara del chofer que me veía por el espejo retrovisor.

—Tiene que saber que hace más de veinte años vi al diablo a la cara —dijo y abrió otra botella de cerveza a la que le dio un buen trago—. En ese entonces llegó en forma de viejito y era muy parecido a usted… Bueno, quizá era un poco más alto, pero se veía igual de flaco y estaba lleno de vellos en los brazos. Usaba pantalón blanco, guayabera, sombrero tipo Panamá y lentes de sol. Me acuerdo que cuando entró al auto se quitó las gafas y el sombrero, su cabello era abundante y blanco. Sus ojos eran de un azul diabólico, casi como el que se puede ver en el mar durante estos días de calor.

—No sé si sentirme halagado o avergonzado por tal semejanza, pero pierda cuidado, no soy el diablo y no pienso llevarlo conmigo.

—Ya sé que no es usted. Y si lo fuera, qué más da si me lleva. Confieso que no he sido el mejor cristiano. La verdad es que le he sido infiel a mi mujer en un par de ocasiones; nada fuera de lo normal para estas tierras en donde todos engañan a todos. Pero el tema no soy yo… Sino usted.

Noté que sus ojos tenían una expresión burlona que rayaba en la locura:

—¿Yo?

—Sí, usted. Debería pensar en que si ya lo atacó mientras nadaba, puede que le prepare algo peor.

Tras sus palabras, y a pesar del calor, mi cuerpo se congeló y sentí que un sudor frío corría por mi espalda.

—Tome en cuenta lo que le pasó, señor… En fin, yo ya cumplí con decirle. Espero equivocarme.

Las palabras del chófer hicieron eco en mi cabeza incluso después de haber llegado a casa. No pude leer ni hacer nada como hubiera querido. En su lugar, recorrí las habitaciones y pasillos con una sensación de espanto; y cuando entré al baño y vi mi rostro pálido y bañado en sudor, pensé que estaría a un paso de volverme loco. Entonces, abrí la llave de la regadera y dejé que el agua relajara mis viejos músculos.

«Te tienes que calmar, Fausto —me dije—. Vaya calamidad: mi nombre no ayuda en mucho para esta situación. ¡Serénate, hombre! El chofer estaba borracho… Y lo que pasó en el mar debe tener alguna explicación, sí, debe tener alguna explicación. No hay razón para que te lleve a ti, no has hecho nada malo… ¿O sí?».

La noche llegó colmada de profundas sombras, cuyas entrañas eran habitadas por los mosquitos hambrientos. No tuve otra opción que dormir en mi hamaca; pero mi sueño fue intranquilo y despertaba a los pocos minutos con pesadez en los ojos y bañado en sudor. Noté que las sombras se acumulaban delante de mí, y nunca antes me habían parecido tan espantosas pues me imaginé que alguien las habitaba: «¡El Diablo está por llegar! ¡El Diablo está cerca! ¡Está cerca!», pensaba una y otra vez.

En medio de mis pensamientos, repentinamente, oí un alarido… Pero, por curioso que parezca, no me causó miedo pues lo reconocí de inmediato. 
Fui hacia la ventana de la sala y, al recorrer la cortina con discreción, vi una sombra en medio del camino iluminada por la luz de la luna. Miré por varios segundos pero la sombra no se movió. Entonces, abrí lentamente la ventana y apunté la linterna hacia aquel personaje oscuro. ¡Y cuál fue mi sorpresa cuando la luz mostró la inconfundible y extraordinaria figura de un mono aullador que, al sentir la luz, desplegó su cola y puso sus ojos en mí!

—¡Qué bello ejemplar! —dije al ver su tamaño y su pelaje negro y brilloso. Noté que estaba asustado y de su hocico escurría sangre; además, parecía que abrazaba un objeto contra su pecho que ocultaba de mi vista. «Esconde a su cría», pensé. El mono comenzó a aullar, así que, sin haber cerrado la ventana, me metí a la cocina y corté una manzana. Cuando regresé a la sala, los aullidos ya no se oían y me topé con una extraña sorpresa: Dolores se asomaba hacia el interior de mi casa desde la ventana que yo había dejado abierta. 

—¿Qué diablos hace aquí? —pregunté de manera hosca—. ¡No quiero su maldito guisado, váyase!

—Olvídate del guisado, Fausto —dijo Dolores—. Vengo por ti… ¡Vengo por ti miserable fisgón! —entonces soltó una risita siniestra cuyo tono agudo cambió lentamente a uno grave y rasposo.

—¿Qué le pasa?

Acto seguido, la cabeza de Dolores se movió como si fuera la de un títere: se inclinaba de un lado a otro al tiempo que sonreía. Enseguida, me sobresalté al notar que del cuello colgaban nervios y venas como jirones de ropa y que una pequeña mano la sujetaba de la columna vertebral. O, mejor dicho, lo que quedaba de la columna.

—He venido por ti, Fausto. ¡He venido por ti! —dijo el titiritero y saltó al marco y comenzó a aullar.

El terror me hizo huir. Quizá tropecé en un par de ocasiones, pero me levanté cada vez que oía las pisadas del mono. De pronto, lo vi trepar con rapidez de una copa a otra con la cabeza de Dolores en su mano.

—¡Se hizo chango! ¡Se hizo chango! —gritó la anciana una y otra vez— ¡Lo iba a cocinar y resultó que era Él! ¡Era Él!

Oí las exclamaciones de los animales y me dieron la impresión de que celebraban los actos del simio. También creí que se reían de mí, de mi vejez y de lo ignorante que había sido al creer que conocía todo sobre ellos.

Exhausto, tropecé y sentí que mi pecho iba a estallar. Puse mis manos en el suelo y cerré los puños al palpar la tierra. Entonces, para mi asombro, la luna comenzó a apagarse con lentitud al tiempo que los alaridos se intensificaron. De pronto, levanté la vista y me encontré dentro de una inmensa bóveda oscura que me pareció tan vasta como el universo, sólo que no tenía estrellas y era habitada por el grito de las especies al que se añadieron voces de hombres y mujeres que eran torturados.

—¡Se hizo chango! ¡Se hizo chango! —escuché la voz de Dolores entre tanta vociferación hasta que la debilidad me atenazó y perdí el conocimiento.

Si no los perros, la gente


Por Antonio Pacheco Zárate


Los perros aullaron la noche entera. El eco de sus aullidos provocó el canto atemporal de las cigarras y apresuró los insomnios de marzo; por eso don Simón se levantó de mal humor.

—Como si no fuera bastante con ese enjambre que no nos deja vida —le dijo a su esposa.

—Se va a morir alguien —respondió doña Sara y subió una olla de peltre al brasero.

—¿Pudiste dormir y lo soñaste?

—Lo soñaron los perros. Por eso aullaban.

Apoyó el hombro en la jamba y perdió la mirada en el verde de las montañas, donde en tiempos remotos había aparecido la milagrosa imagen de la Virgen del Silencio.

—Al menos los perros no joden a diario. El enjambre nace todos los días. Nunca se calla.

Ella dijo sí con la cabeza, metió otro leño al brasero y le sugirió que fuese al patio para que lo animaran los rayos del sol mientras preparaba el café.

Desde el banco de madera, las manos en las rodillas, don Simón descubrió un espléndido cielo azul sobre el caserío de las siete lomas del pueblo. Volvió a escuchar el enjambre. Lo vio elevarse por detrás de la cúpula de la iglesia convertido en una nube negra que manchó el paisaje, sobrevolar el barrio de San Luis Rey y descender en dirección a la casa, asustando a las aves guarecidas entre las ramas de las ceibas y haciendo ladrar enloquecidos a los perros que lo persiguieron hasta una de las ventanas de la cocina, por donde logró colarse. Apenas entró, salió disparado en medio de una humareda. Antes de verlo desaparecer, Don Simón sintió dos aguijonazos: uno en la oreja y otro en la frente. Su humor incendiario se acrecentó y lanzó una maldición.

—Almorzaremos al volver —fue a decirle a su esposa, que parecía apurada en volver a encender el fuego—. Ve al cuarto por tu rebozo y mi bastón.

Isidro encontró a sus padres en el camino real; volvía de ordeñar a las vacas. Supuso que iban a llevar sus condolencias a la familia de algún pariente que habría fallecido al amanecer, y por eso el escándalo de los perros.

—Vamos a buscarte esposa —le anunció su padre—. Se te está pasando la edad.

—Pero no quiero casarme.

—Son muchos años sin querer —dijo doña Sara sin mirarlo—. Tu padre hace lo correcto.

Isidro los vio alejarse rápido con pasos lentos. También estaba harto del enjambre que lo sorprendía a cualquier hora y en cualquier lugar, aguijoneándole la frente, o las mejillas, sonrojándolo como a los timadores del Chamizal cuando eran descubiertas sus tretas en las ferias, pero no creía que el matrimonio fuese la solución, aunque tampoco tuviera otra mejor.

Teresita Vargas se levantó tarde de la cama. La aulladera de los perros le había impedido dormir y tener los sueños de amores que la acechaban sin tregua desde los días en que cesaron las lluvias. En el corredor se topó a su primo. Se miraron a los ojos y él agachó la cabeza; ella apretó los labios con la cabeza altiva y se movió para evitar el roce. Después, saludó a los ancianos visitantes con la certeza de que estaban ahí para comunicarles el fallecimiento de algún familiar desconocido en un pueblo lejano; tal vez por eso habían aullado los perros. Tomó la escoba y comenzó a bajar las telarañas de las esquinas.

—Nuestro hijo Isidro —estaba diciendo el anciano— es un muchacho honrado y trabajador, y ha decidido sentar cabeza, pero es muy tímido. Por eso venimos nosotros.

—Sabemos que Teresita, aquí presente —agregó doña Sara—, está en edad de merecer. Y nuestro muchacho tiene interés en pedir su mano.

Doña Teresita madre les recalcó que lo que se decía “un muchacho”, Isidro ya no lo era. Pero tomando en cuenta sus atributos, podían ponerlo a consideración de la hija.

Teresita bajó una tarántula que se apresuró a aplastar. Otras brotaron de la araña despanzurrada y las aplastó también. De ellas brotaron más.

—¡Dios me libre de estas alimañas en el convento! —dijo.

Y les contó cómo esa madrugada, durante un sueño breve, le había sido revelada su vocación de monja.

—Igual que nuestro sobrino Gaudencio —dijo su padre—, que desde que pasó el tiempo de aguas vive aquí a la espera de ser recibido por los frailes.

Don Simón y doña Sara pretendieron convencerla de que las epifanías sucedían a las seis de la tarde y no de madrugada, y que enclaustrarse a su edad y con su belleza era una mala decisión. Pero Teresita estaba al tanto de los rumores sobre Isidro y no necesitaba meditar su respuesta.

—Les agradezco mucho el interés en mi persona —les dijo—. Pero rechazar el llamado del cielo es pecado mortal.

Doña Teresita madre, esperanzada en la posibilidad de tener una hija santa, se disculpó con ellos.

—Desgraciadamente el destino no quiso emparentarnos —les dijo—, pero con gusto podemos ser padrinos de lo que se le ofrezca a Isidro cuando encuentre esposa. Por cierto, tenemos chivos y borregos que les podemos vender a buen precio para la barbacoa.

Por cortesía, y ánimo de no ver derrotado su orgullo, don Simón pidió revisar los chivos.

—Deberíamos visitar a los parientes ya que andamos en este barrio —sugirió doña Sara cuando subieron a la loma más alta.

—¡No! —respondió tajante don Simón—. Entre ellos nació ese condenado enjambre.

Visitaron cuatro casas más, donde tampoco tuvieron suerte. Rendidos, fueron a ver a la madrina de Isidro, la vieja Damiana, una negra frondosa de carcajadas de estruendo y vestidos floreados; poco letrada, pero de reconocida sabiduría.

—Ninguna quiere ser su mujer —murmuró don Simón con tristeza de desahuciado—. Y estoy seguro de que es culpa del maldito enjambre.

Damiana soltó una risotada.

—Pero, compadre’, pue’ si yo dije desde que’l ahijao tenía quince, que ese no iba pa’ tene’ muje’. Y entonce’ lo podiamo’ mete’ a’ seminario.

—¿Qué hacemos, comadre? —preguntó doña Sara entrelazando los dedos.

—Puede pone’ una cantina —respondió revolviendo azúcar y zumo de limones en una jarra de cristal.

Ellos debieron saber que no opinaría más, porque carecía de la desvergüenza necesaria para usar rodeos y sutilezas.

Esa noche Isidro se enteró de que conseguir esposa no era asunto fácil.

—Dicen que Teresita Vargas…

—Va a ser monja —lo interrumpió doña Sara con remarcada ironía.

—Tal vez en la ciudad puedas encontrar una buena muchacha —sugirió don Simón.

—No me quiero ir.

—Nunca has querido nada. Tal vez quieras poner una cantina.

Por la mañana, Isidro descubrió que el recorrido de sus padres, en lugar de menguar el enjambre, lo había acrecentado en tal proporción que tenía encapotado el cielo.

—¡Pues no me voy! —le gritó levantando los puños.

Se dirigió a la casa de Teresita Vargas y la llamó a gritos desde los platanares en la entrada del predio. El murmullo incesante del enjambre, que ondeaba lentamente arriba, le azotaba los oídos.

—Vine a enamorarte —le dijo cuando ella acudió—. Dime qué debo hacer.

Los padres y el primo de Teresita los observaban desde el corredor.

—No puedo corresponderte. Voy a ser monja —contestó.

—Entonces ayúdame a saber cómo acabar con el enjambre.

—Eso es imposible —dijo—. Pero puedes ignorarlo como los gatos a los niños, como los nopales al desierto. Acostúmbrate y pon cara de palo.

Isidro la vio dirigirse a la casa y al primo seguirle los pasos. Sintió la mirada de lástima de los padres de Teresita y decidió estrenar el consejo. Levantó la cabeza y les sonrió.

Un mes después murió don Simón. Durante el entierro, Isidro escuchó decir que Teresita Vargas estaba embarazada; nadie sabía de quién, si de su casa no salía y tenía decidido enclaustrarse. Sintió lástima por ella. Supo que si don Simón hubiera conocido y puesto en práctica el consejo de Teresita, habría vivido menos agobiado sus últimos días.

Esa noche los perros volvieron a aullar sin misericordia. Pero mientras le servía el desayuno a Isidro, doña Sara le respondió que no había escuchado otra cosa que el ruido brutal de los recuerdos; tal vez, agregó, significaba que el muerto no sería un conocido. En el ir y venir del brasero, vio por la puerta, con el rabillo del ojo, que algo se aproximaba veloz bajo las nubes. Se llevó una mano a la frente para distinguirlo entre la luz. Era el enjambre. Corrió al brasero y azotó furiosa los leños contra la ceniza. No consiguió verlo entre la espesura de la humareda, pero sintió dos aguijonazos: uno en la oreja y otro en el pecho.

Antonio Pacheco Zárate es originario de Oaxaca, México. Escritor autodidacta, inició su formación en foros literarios de internet. Ha publicado cuentos en diversas revistas, antologías y portales literarios de México y el extranjero.

Sueño recurrente

por Sandra Santos


“Sueño recurrente”, autora y voz: Sandra Santos
Música: Ev Vega (2007) Trío para flautas: I Swallowind: basada en el Sótano de las Golondrinas. Cuento trabajado y presentado en el Taller Delfos de Escritura Creativa durante el año 2024.

Llegaste agitada a casa, te quitaste el suéter del uniforme y lo aventaste al sillón, le diste un beso a tu madre quien al recibirlo notó que tenías la cara mojada de sudor, recogió el pelo de tu rostro, te miró a los ojos y te preguntó:

—¿Qué hiciste?

—Jugamos a las correteadas —respondiste rápidamente, después sacaste aquella libreta con un pequeño candado que llevabas a todos lados, mezclaste la contraseña, se abrió y antes de sumergirte en ella, dirigiste una mano a tu boca, comenzaste a morderte las uñas como lo hacías desde hace no sé cuánto tiempo, al arrancarte un pellejito del dedo índice comenzaste a sangrar, una pequeña gota manchó tus labios dejando un rojizo líquido, muy tenue en ellos, te lamiste.

De pronto, un sonido proveniente del exterior te hizo voltear para después dirigirte a la ventana, afuera, un par de perros copulaban, tiraban baba mientras sacaban la lengua, la perra emitía pequeños chillidos mientras el perro pegado a ella no dejaba de menear su rabo, un señor pasó con su hijo y le tapó los ojos para evitar que el pequeño viera la grotesca escena, el niño intentaba no perder el equilibrio:

—¡Órale, perros puercos! —gritaba el padre, haciendo ademanes con los que sin tener éxito los echaba del sitio.

Una señora salió con una cubeta llena de agua y se las echó encima pero tampoco logró que los perros se separaran. Tú mirabas por la ventana, tenías una ligera sonrisa en tu rostro, probablemente se debía a la escena un tanto caricaturesca, le preguntaste a tu madre desde el sitio en donde estabas por qué el señor llamaba puercos a esos perros. Te respondió irritada: “Esas cosas no se preguntan”.

En casa muchas cosas no se preguntan, ni se hablan, ni se dicen, ni se hacen —al menos eso cree ella—, así que poco a poco las verdades se convierten en secretos, los secretos en heridas, y las heridas en silencios.

Volviste a sentarte, continuaste mordiendo tus uñas, esta vez con mayor intensidad, tus dedos estaban cocidos como cuando pasabas mucho tiempo en la regadera, sangrabas, de tus uñas no quedaba ni un milímetro, pero seguías mordiendo, y aunque te dolía evadías el dolor, quizá en algún momento quisiste comer tus dedos, tus manos, todo, para no tener más esa sensación que desde hacía tiempo te acechaba…

Aquello que provenía de tu interior, de las noches extrañas en las que en sueños tus manos viajaban por todo tu cuerpo, las ganas de tocar tu lugar prohibido, ya no querías hacer esas cochinadas como le llamaba tu madre, no querías defraudarla, pero era inevitable, de manera que lo hacías a escondidas.

***

Querido diario, hace unos días conocí a Paco, el niño más grande de la cuadra en la que juego todas las tardes, quien a pesar de ser más grande que yo y mis amigas de pronto le dio por jugar con nosotras. Fue extraño, jugábamos a las escondidas, yo estaba detrás de un arbusto entonces llegó por detrás y me tapó la boca para que no gritara: Un dos tres por ti y por todas tus amigas, me dijo.

Desde aquel día me la paso contando las horas para poder volver a verlo, el más grande de los vecinos juega sólo conmigo. Metidos entre las pacas del zacate mientras mis amigas corren, se esconden, saltan la cuerda, se ríen entre sí, nosotros inventamos juegos.

Me enseñó algunos trucos para no ser encontrada, trepamos árboles, colocamos trampas con el pasto para que al pasar corriendo los demás niños se caigan, y el otro día me enseñó la diferencia entre mi “cosa” y la suya, algo nos habían dicho en la escuela sobre las diferencias entre niñas y niños, pero no es lo mismo verlo en libros a verlo con los propios ojos. Me dijo que si me lo mostraba, yo haría lo mismo, entonces se bajó los pantalones, después los calzones y en medio de la milpa lo vi, una manguera pequeña, habitaba entre sus piernas, era como el moco de guajolote colgando, me dijo que lo tocara, entonces acerqué poco a poco mi mano, pero no lo toqué completamente, solo alcancé a rozar mi dedo con eso cuando agitó la manguera y me dijo ¡Bu! Es un menso.

Era mi turno, tardé en hacerlo pero había dado mi palabra, las piernas me temblaban y conforme mi falda subía, se me hacia la piel de gallina, Paco me miraba curioso, cuando dejé al descubierto eso de lo que mamá me prohíbe hablar, pensé que quizá no era tan malo, Paco miró por un rato, pero no me tocó, quizá no quiso, quizá simplemente porque no le dije que lo hiciera, después solté mi falda y me subí los calzones rápido. Éste es un secreto. Esa tarde reí mucho con Paco, al parecer los secretos unen a las personas.

Querido diario, hoy vi a unos perros haciendo perritos afuera de mi casa, le pregunté a mamá que porqué un señor los llamaba “perros puercos”, ella se enojó, siempre se enoja, en cambio papá solo mira, mira y calla, me gusta que papá calle, aunque a veces es incómodo.

Querido diario, hace unos días Paco y yo nos besamos, pensé que sería como en las telenovelas que ve mamá, pero no, fue chistoso, teníamos los ojos y también los labios cerrados después me dijo que sacara la lengua y lo hice, entonces él sacó la suya y nuestras lenguas se encontraron, pero no se movieron, eran como chicles pegados, ¿así que los besos de lengua son estos? ¡Qué chiste! Pasó un rato, no sé si un minuto, menos o más, abrí los ojos y me encontré con los de él, me dio pena, los cerré al momento para no parecer tonta, por fin nos separamos. No sé por qué los adultos no quieren hablar de estas cosas, si en realidad no son la gran cosa.

Llegué a casa volando porque me quedé tiempo de más con Paco, mamá me preguntó que en dónde estaba y qué había hecho porque estaba sudando, no sé si fue por correr o porque pareciera que mamá todo lo ve y sus preguntas me ponen aún más nerviosa, pareciera que ya sabe que él y yo nos besamos, le dije que había jugado a las correteadas, pero siento que no me cree, nunca me cree.

Nunca me cree, pero tampoco nunca me pregunta más, mis papás son extraños, o son dos extraños, ella es regañona y preguntona, pero en realidad, no quiere hablar, papá en cambio nunca quiere hablar, es silencioso, es como un mueble, la diferencia es que mientras el mueble no hace nada, a papá lo único que se le mueven son los ojos, aun me mira, me mira mucho, pero no me habla.

Querido diario, hoy de nuevo soñé que algo o alguien estaba en los pies de mi cama, después se acercó y de repente sentí un gran peso sobre mí, Paco dice que se me subió el muerto. Mi abuela decía que los muertos se convertían en polvo y yo he visto en la tele que cuando los muertos son quemados se hace un polvo muy pequeño que se pierde en el aire, así que le he dicho a Paco que el muerto que me acecha es muy pesado, él se ríe, pero yo no. ¿Qué será? Quizá deba hacer caso a mamá y deba ir con ella a misa, ¿Verdad?

***

Tu madre te ordena acomodar tus cosas, lavarte los dientes y ponerte el pijama, te pregunta si terminaste la tarea, le dices que sí, metes tus cosas a la mochila, te lavas los dientes, vas a tu cuarto y como cada noche dejas la puerta entreabierta, dejando pasar un resquicio de luz apenas un rayo porque te da miedo que la oscuridad posea a tu cuarto contigo incluida, te duermes tranquila porque estás en casa y en casa todos los niños están a salvo.

Dejo pasar un par de horas, espero que tu madre duerma, entonces pienso en ti, en lo que haces con Paco cuando crees que nadie te ve, pienso en lo que piensas al ver a esos perros cogiendo. ¿Quién eres niña?

Voy al baño, de regreso observo a tu madre, está dormida, camino un par de metros, tu puerta entreabierta me invita a entrar, no me cuesta trabajo, no hay ruido, me paro en los pies de tu cama, me gusta mirarte, me pregunto si siempre será así. Duermes profundamente, das un par de giros en la cama, algo sueñas, doy un par de pasos más cerca de ti.

Sientes que alguien te mira porque te mueves levemente pero tu sueño es pesado, sí, algo sueñas, aunque quisiera mirarte toda la noche, como lo hago durante el día, tengo que salir, estaba a punto de hacerlo cuando de pronto dijiste su nombre: Paco, con esa voz que está cruzando entre la infancia y la pérdida de ella. Quizá en tus sueños ha aparecido él pidiéndote que saques la lengua, porque la sacas y la mueves como si tu fuera un pez fuera del agua, tus manos viajan y husmean en tus pantalones aquello.

A pesar de estar lo suficientemente cerca quisiera hacerlo un poco más, sólo un poco más, subir a tu cama, olerte, al fin y al cabo, eres mía. Jadeas como los perros que habías visto mientras tus dedos chatos acarician ese lugar del que no se habla, de pronto, después de un largo quejido te quedas quieta y continúas envuelta en la madrugada, espero aún un par de minutos, estoy sudando al igual que tú, debí de haber hecho algún ruido, ya que al dar un paso a la salida escucho tu voz:

—¿Papi? —dices alcanzando a entreabrir tus ojos.

—Estás dormida nena.

Madre Terrible

Eduardo Honey


Mantengo mi forma humana al correr por la calle de Madero rumbo a la plaza central, el Zócalo. Son las cuatro de la mañana y los antros aún no vomitan a sus borrachos ni drogos antes de los afters. Solo algún vagabundo arropado con sucias cobijas y periódicos que duerme encima de cartones a pesar de la ligera llovizna. En una que otra esquina te topas a algún policía refugiado y embutido en su uniforme para aguantar el frío o, a pesar de la baja temperatura, examinando su celular.

—Doña Jacinta —dice por el auricular Sonia, mi compañera de aventuras y mi sombra vía dron— comenta que Huitzilopochtli está por aparecer en el lugar donde dio su mandato. Y no es donde décadas atrás pusieron esa estatua tan gacha… Está a un costado del Templo Mayor donde colinda con la Plaza Manuel Gamio.

Miento madres por el tiempo que tardé en eliminar una tzitzimime en La Alameda. Iba con tiempo suficiente para llegar al lugar que me indicó doña Jacinta y su grupo de curanderas. El Syndicat des Ténèbres no las consideraba dignas de atención aún cuando tuvimos el incidente en el Cerro de la Estrella. Si no es por ellas y su clan con apoyo de Eulogio, se habría terminado el mundo en el ciclo de 52 años. Desde entonces las cosas se pusieron raras, algo no se cerró o no se ató de forma adecuada.

Desaparecieron las plagas habituales de Europa y Asia que intentaban asentarse en la smógpolis central de México. Los k’pterion en las sombras de los edificios antiguos, indicadores del balance con la otredad en el mundo, no emergían de las paredes. Le comenté a Donatello, quien por primera vez, calló y me dio la espalda.

Desemboco en el Zócalo. Del lado izquierdo está la Catedral, al frente Palacio Nacional y a la derecha, la Jefatura del gobierno citadino. Al centro se levanta la inmensa asta de donde cuelga el lábaro patrio. Por encima refulge una luna creciente. Me percato de su presencia junto con sus huestes que llueven desde cada estrella.

—¡Sonia! ¡Que el grupo de asalto no avance! ¡Sácalos de allí!

—¿Qué? ¿Por qué?

—Aquí está nuestra querida Itzpapalotl, la inestimable mariposa de obsidiana. Y no viene sola. Trajo una horda de tzitzimitl de las cuatro regiones del Tamoanchan. No importa que contemos con licántropos, strigoi o ghoules —expreso. Teníamos una posibilidad de distraer a un dios pero no a dos y menos con lo que se viene encima.

—¿Qué diablos? Alfredo, no te atrevas…

—Es un buen día para morir, besos como siempre —contesto mientras tiraba el auricular y me despojaba de la ropa.

A mi alrededor caen enormes jaguares y perros que de inmediato se convierten en las mujeres descarnadas de más de dos metros y medio de altura, con el rostro, cuello y pecho sin piel; aunque las mamas, largas y secas, les colgaban a la par que el collar de corazones y cráneos. Debajo del costillar, apenas sostenido por tejidos, se ven el hígado, estómago y otras vísceras. Sus brazos, esqueléticos, terminan en garras. Debajo de la falda sobresale tanto la cabeza como el cascabel de una víbora. A los lados de ella se abren de una forma obscena, como si estuviera trozada la cadera al dar a luz, dos piernas esqueléticas que finalizan en las garras de un águila. Sin embargo, lo que más detesto son los ojos y dentaduras arriba de cada articulación. No tiene punto ciego.

Al quedar desnudo me transformo en mi nahual, un coyote. Continúo mi carrera. Casi al llegar a la asta bandera se forman grietas en el suelo de concreto. Ahora debo cuidarme del cielo y del infierno. Por fin puedo ver más allá de la reja que rodea al Sagrario y la Catedral Metropolitana: de una rajadura flotante de borde rojo y negro, emerge Huitzilopochtli con su penacho, escudo y un macuáhuitl de color azul con sus dos líneas laterales de obsidianas incrustadas.

Desde Palacio Nacional, los soldados y la guardia presidencial disparan por doquier en un rapto frenético. Me sobrevuela una lluvia de flechas que lanzan las tzitzimitl a mis espaldas. Caen los soldados y agentes del gobierno. El dios levanta el escudo a la par que crece a seis metros de altura. Ningún proyectil lo alcanza, hace girar su arma y una negra nube de hojas de obsidiana salen proyectadas. Maldigo en una de las necrolenguas y tengo que desviarme cuando de una de las grietas del suelo emerge un guerrero águila recién llegado del inframundo, del Mictlan.

No me hace caso y se lanza contra una tzitzimime que aterriza y se transforma. A una veintena de metros de Huitzilopochtli alcanzo a ver mi objetivo alrededor de su cuello. De sorpresa Itzpapalotl se arroja a sus espaldas desde el cielo. De inmediato cambio mi trayectoria hacia la izquierda, al tiempo que ella lo impacta y lo golpea con sus oscuras alas de obsidiana. Ruedan una decena de metros y aprovecho para ojear el Zócalo: cientos son los que combaten arrancándose extremidades, partiéndose el cráneo al tiempo de lanzar gritos de guerra. Al ser entes descarnados y almas de personas fallecidas, no sangran ni aúllan de dolor.

Me llega el sonido agudo, como de enormes avispas desde el cielo. Son varios drones de combate que se enfilan a donde se baten ambos dioses. Rápido retrocedo y me refugio detrás de la reja de la catedral. El plan era usar uno o dos, no la docena que trajimos. El estallido es brutal y, apenas pasa la onda expansiva con su ola de fuego, corro en cuatro patas a donde Huitzilopochtli está tirado de espaldas intentando entender qué pasó. De un salto llego a su pecho, con otro a su cuello y empleando a fondo mis mandíbulas, corto la cuerda de cuero entretejido del que cuelga el dije. Un brinco más me lleva al pavimento e inicio una desaforada carrera por la calle de Moneda. A cuadras de distancia escucho cómo retumba el combate.

—¿Qué madres pasó ahí? —grité arrojando el dije en la mesa del comedor en la casona del centro de Coyoacán.

Alrededor estaban doña Jacinta, sus curanderas y sabias; don Eulogio con el capitán de su escuadra de xólotls y nahuales; Sonia y, para mi sorpresa, Donatello. Están rodeados de velas, veladoras y sahumerios. El suelo y las paredes refulgen con las invocaciones de protección pintadas con el humo, perfume de cempasúchil y cenizas de peyote. A un lado del altar está una televisión encendida.

—Lo siento mi niño —habla Jacinta con su ronca voz, llena de eras pasadas—, no lo vimos venir. Ni siquiera la Tonantzin, está muy atribulada y siente una enorme pena.

—Tampoco supimos de esto en las mesas —continúa don Eulogio—, nada indicaron los rezos ni las danzas…

—O sea —arrebaté la palabra a un Mayor, era mucho mi enojo—, apenas sobrevivo el ensayo de un Ragnarok y ninguno recibió el memo. Si no es por Sonia y sus drones, no salgo de allí. ¿No se supone que están en comunión y comunicación con el mithocosmos mesoamericano? ¿O qué ch…

—Sssssssiento interrumpirte Alfredo —corta Donatello—, pero ssssssssi había “memo” —hizo el gesto de entrecomillar con largos y pálidos índices de cinco falanges—. Essssssstaba trassssssspapelado en Missssssskatonic.

Callo. Conozco bien buena parte de su biblioteca maldita y allí, fuera de cierto códex hecho con piel humana que recuperé en mi primer caso, no tienen material prehispánico. En el Vaticano, bajo bóvedas y trampas mágicas, se esconde un buen de material al que ni siquiera el Concilio del Syndicat tiene acceso.

Donatello deposita una caja de madera en la mesa. Me contengo de tomarla al primer impulso. Las imágenes en la vieja televisión muestran que amanece y los dioses, combatientes y caídos se esfuman ante la luz solar. Quedó solo un feo cráter donde impactaron los drones, así como multitud de grietas a lo largo y ancho de la Plaza Mayor y calles aledañas. Los comentaristas están muy alarmados y el ejército despliega sus fuerzas.

Tomo la caja y la abro. En su interior encuentro un cristal de forma casi triangular del doble de mi puño. El interior son multitud de metales, otros minerales y material que no supe distinguir. Casi invisible y difuso al principio, se ilumina con una tonalidad verde que crece en intensidad hasta cegar al tiempo que un vaivén surge del suelo, nos eleva unos centímetros y nos deja caer. Disminuye la intensidad de la luz y se apaga. De inmediato lo regreso y cierro la tapa.

Donatello la recoge para desaparecerla debajo de la capa que siempre porta. De allí extrae un cuadernillo y me lo pasa. En la carátula está pirograbado: A.H. Claramente era del siglo XIX y un post-it amarillo indicaba la página que debía leer.

—En corto, Donatello, ¿qué encontraste?

—Anexxxxxxxo al diario de Alexxxxxxxander Humboldt, lo olvidó en Missssssskatonic en un viaje. Junto con un baúl y la cajita. Que el cristal le fue dado por un grupo de anccccccianosssssss en la ssssssserranía del sssssssur de México. Cuando se enccccccendiera, la Madre Terrible essssssstaría por dessssssspertar.

—¿Quién es esa Madre Terrible? —pregunto algo desconcertado.

—Cipactli, mi niño —contesta en tono muy serio doña Jacinta—. La diosa cósmica madre del origen, aquella que al morir de su cuerpo se creó el mundo. Las escamas de su piel son las montañas y el cristal es un fragmento de una de ellas.

—Pero el morir para ella —continúa don Eulogio— es un momento del dormir y del soñar. No es morir en el sentido que trajeron los europeos. Ellas, las múltiples diosas que a la vez son las madres, creadoras y destructoras, están regresando, Alfredo. Hay un cambio en el orden y las jerarquías. La Gran Madre Terrible lo sabe y despierta. Y nada puedes hacer tú, en especial.

Me quedo estupefacto. Mi grupo de irregulares tolerados por el Syndicat, hemos estado ocupados una veintena de años resolviendo casos donde ellos nunca intervendrían. Más de una vez ayudamos a mantener la mithósfera en equilibrio a pesar de las seelies, primigenios y némesis vangelsianos. Incluso detuvimos la intromisión de los angeloups gracias a una antigua bruja y un loup garoup.

—No significa que estemos condenados a un final del mundo —interviene mi querida Sonia—. Es que eres varón, un varón que será inútil en el cambio que viene.

—Pérame, barajeámela más despacito. ¿Cómo que soy un inútil, Sonia?

—Entendiste mal, veamos cómo te lo explico. ¿Te acuerdas del yin-yang? Allí donde tú haces equipo conmigo, combinados: tú el yang con su trocito del yin y yo viceversa. Pues, para lo que haremos, necesitamos solo del yin en la creación de la nueva senda. En eso eres inútil.

—Pero, pero… —intenté argumentar.

—Mi niño, ¿puedes cargar una vida en tu vientre y parirla? —cuestiona doña Jacinta.

—No, pero…

—Eso zanja la cuestión —continúa doña Jacinta—. Sonia hará lo que nosotras le digamos, ¿quedó claro? Tú ayudarás por detrás pero no puedes intervenir, ¿entendido?

Es extraño estar rodeado solo por elementos masculinos de mi grupo de choque. Donatello, con sus extraños contactos o lanzando hechizos, nos consiguió un centro móvil de comando y control del Ejército Mexicano. Veinte strigoi, loup garoups además de xólotls y guerreros de las mesas de don Jacinto están sentados frente a las consolas de triple pantalla. Cuidan a doña Jacinta y sus brujas en el Cerro de la Estrella, así como a las santeras y curanderas en el extinto afluente en Chapultepec. Han iniciado el rito para dormir a Cipactli.

Un tercer grupo debería estar donde Huitzilopochtli demandó la fundación de Tenochtitlan, pero él sostiene su posición inicial junto con los guerreros jaguar y águila que el Mictlan le cedió. Si no se puede el rito en paz y armonía, será el baño de sangre.

En la esquina lejana del Zócalo yace Itzpapalotl muy mal herida. El combate, aunque oculto por la luz solar, duró tres días. La cuidan otras diosas madre, Mayahuel y Xochiquetzal. El panteón mesoamericano es muy complejo, queda claro que están divididos en un bando masculino y otro femenino además de un grupo que no interviene como Quetzalcóatl, Tláloc o la pareja que rige el inframundo. Sospecho que tiene que ver con que es la guerra para que terminen las guerras y representan a los pacifistas.

Esta tercera noche es vital, es cuando la Luna de Sangre colgará cual orejera en la noche. Otro sismo inicia y el CC&C se bambolea lado a lado por dos minutos. Leo en pantalla que fue de 7.2 en escala Richter. Cada vez son más seguidos y de mayor duración. Don Eulogio dice que cuando pase de doce grados y no pare, es que Cipactli ha despertado y estará levantándose. Espero que no lleguemos a eso.

Sonia, tras la bendición de Tonantzin a través de doña Jacinta, será la Gran Comandante. Su clan infectó a las tzitzimitl con los gusanos que los vuelven una unimente que se puede coordinar en masa, por grupos, o actuar de forma independiente. Está apoyada por strigoi hembra, nyx, black seelies que llegaron sin pedírselos, además de banshees y otras entes del Syndicat de la capital de México.

A diferencia de las huestes de Huitzilopochtli que atacan a lo bruto, ellas traen consigo la coordinación, estrategia, tecnología y magia de miles de años. Deben crear un frente de punta de flecha para que por allí logre penetrar Sonia y su escuadrón de apoyo. De súbito las vermii reinas, que han atraído como distractor a cientos de personas infectadas, casi zombificadas, desbordan el perímetro y las calles del centro de la ciudad.

Si sale el plan, Huitzilopochtli quedara a distancia de tiro del atlatl de Sonia, el lanzador jabalina en cuyo extremo está el espejo humeante que robé, ya cortado, pulido y afilado. Debe atinarle al corazón o, de perdis, a un ojo para matarlo. A continuación, lo desmembrará como él lo hizo con Coyolxauqhui, su hermana. Con eso lograremos tanto generar un equilibrio como que Coatlicue, la madre de ellos y otros dioses, se tranquilice en su dolor. Esto, a su vez, hará que Cipactli duerma otra vez. En verdad es enredado este cosmos de la mithósfera.

—Sonia —aviso—, el CC&C listo. Seré tu sombra de aquí al final.

—Gracias, Alfredo. Empezamos en diez, nueve, ocho…

Estamos tranquilos, siempre hemos sido un gran equipo, un yin-yang. Algún día nos tocará el verdadero final del mundo. Hoy no dejaremos que ocurra.

El primero de la familia


Mauricio del Castillo


Honr parpadeó y se acercó a la pantalla en el interior del compartimento. Por su parte, Trulr supo que se trataba de un hallazgo valioso, tal vez el más importante desde su llegada al planeta. Sin retirar la vista, Honr preguntó:

—¿Dónde dices que lo encontraste?

—Una vieja fortificación, muy cerca de esta cordillera. —Trulr extrajo con la presión de su dedo una imagen del relieve de la superficie. Honr apenas hacía caso de la imagen: el objeto detrás del panel de cristal llamaba fuertemente su atención.

—¿Hubo algo más?

—Ruinas, montones de metal oxidado, cables y materiales de construcción. Partes de edificaciones enterradas a medias que surgían de la arena. ¿De qué crees que pueda tratarse?

Era obvio que se trataba de un objeto producto de una sociedad compleja, pensó Honr, con sistemas económicos, sociales y religiosos; domesticación de animales, tratamiento de metales y cultivos en tierra, todo desde hacía miles de años. Las rocas y las piezas desperdigadas eran una cosa, pero esto escapaba de toda lógica. Fue trabajado a partir de alguna clase de aleación, lo que hacía suponer que no se trataba de una vasija sino de una increíble composición.

—Observa esas hendiduras a todo lo largo de la circunferencia —dijo Honr—. No es una casualidad que se encuentren ahí. Deben tener una función específica. Tal vez de eso dependa su funcionamiento. —Realizó una pausa y continuó—: Utilizaré el programa de restauración.

—Tienes razón. No veo otra forma de resolverlo.

Trasladaron la pieza con el mayor cuidado posible a la plataforma de réplica. Temían romperla al retirar la tierra y la herrumbe. Aunque primitiva y con señales de desgaste, la rueda lucía con mucho mejor aspecto. No dejaba de brillar a pesar de su antigüedad. Era un trabajo minucioso que requería una operación cuidadosa.

La computadora extrajo el elemento y en segundos comenzó la reconstrucción del artefacto entero. Trulr observó con curiosidad el proceso y se sorprendió al descubrir que el programa duplicó más ruedas, unas pequeñas y otras grandes en comparación a la hallada.

Se dirigieron a la cámara de reconstrucción. Luego de montar la pieza, la computadora comenzó a trazar las dimensiones y a rellenar los espacios de material de acuerdo con el diseño. Líneas de luz se encontraron en varios puntos, haciendo parecer que componían una celda luminosa. El humo y vapor expulsados se mezclaron al mismo tiempo que entraba en acción el inyector de enfriamiento.

En breves minutos, la reconstrucción quedó terminada. Aún continuaba enfriándose cuando Honr y Trulr entraron a la cámara para verla de cerca.
En la cara frontal se encontraba un disco en forma de anillo fijado a la estructura. Fuera de él otro anillo giratorio estaba marcado con inscripciones. Los dos hombres contemplaron la caja recién reconstruida, así como las ruedas, remaches y láminas. Torretas y salientes surgían por todas partes. Lo más increíble era una manivela montada justo en el centro; brillaba como si recién fuera construida en su antigua época.

Honr tomó el mango de la manivela y comenzó a darle vueltas. Todo el mecanismo entró en funcionamiento con un suave rumor. Pareció cobrar vida por sí misma, sin ayuda de energía eléctrica, nuclear o solar: bastaba la propia inercia para impulsar la maravilla de movimientos que sucedían en el interior. Las ruedas giraban y giraban, cada una vital para la marcha.

—¿Para qué sirven? ¿Cuál es su función? —quiso saber Trulr.

—Engranajes —respondió Honr—. Es lo que son. Piensa en ello. Cada una transmite potencia mecánica a otro. Una de ellas es impulsada por esta manija. Todo el mecanismo se encuentra montado en esas dos placas de la misma aleación para protegerlo.

Trulr no dejaba de torcer los labios, incrédulo. Honr estaba excitado, pero trató de guardar la compostura.

—Esto fue hecho por los antiguos habitantes de este planeta. No se trata de ningún mecanismo traído aquí desde el espacio exterior. Era una civilización temprana, pero con significativos avances.

—Tienes razón. Es factible que realizaran algunos cálculos —observó Trulr—. Solo toma en cuenta cada una de las inscripciones en la superficie de las placas.

—Sí, deben ser medidas para su cálculo. —Honr observó el mecanismo justo enfrente de él mientras la luz daba de lleno en su rostro.

Luego de unos segundos la máquina se detuvo. Honr notó que las agujas que la conformaban ahora se encontraban en otra posición. Ahora apuntaban en dirección a los signos antiguos.

—Me encuentro exhausto. Hagamos un informe de lo ocurrido —dijo Honr—. Mañana reanudaremos el trabajo.

Trulr desconectó la cámara y abandonaron el laboratorio. Al poco tiempo, sin que ninguno se percatara, un rumor sordo provino de la computadora.


A primera hora, Trulr entró al laboratorio. Se sorprendió al notar el ambiente lúgubre que invadía la estancia. Un sonido atronador se escuchó, como si se tratara de una detonación nuclear. Enseguida una luz proveniente de la pantalla principal lo cegó. Retrocedió por la impresión, trastabillo y cayó. Con torpeza volvió a ponerse en pie para salir corriendo, lejos de aquel estruendo.
Casi sin aliento se comunicó a la habitación de Honr. Tardó en ordenar sus ideas. Honr lo cortó:

—Voy en seguida.

A medida que se acercaban se escuchaba el sonido dentro de la cámara, como si se encontrara en medio de un proceso que ocurría en las entrañas del planeta.

—No entiendo qué está ocurriendo —dijo Trulr, casi gritando.

—¿Trabajaste con la computadora antes?

—No hice nada desde la última vez que nos vimos.

Honr apretó los labios, incómodo.

—Encendamos la luz de emergencia.

Trulr se apresuró a verificar los sistemas. Mientras tanto, Honr notó una línea horizontal en la pantalla que pulsaba con repiqueteo. Trulr volvió con el rostro desencajado.

—El artefacto no está. Ha desaparecido.

—Eso es imposible.

—Ocurrió. Parece que fue absorbido por la cámara, pero no sé cómo.
Honr dirigió una mirada inquieta hacia la puerta.

—Nadie ha entrado al laboratorio, Trulr. El artefacto sigue aquí.

—¿Qué quieres decir?

—Desmontemos los paneles de la cámara de memoria. Tengo una teoría.

Honr y Trulr bajaron a la cámara de memoria. El aliento de los dos hombres se podía notar por el vapor que expulsaban sus pulmones. Se internaron en la cámara. Trulr desmontó los paneles mientras Honr observaba con atención. Una vez retirados, Honr soltó un suspiro.

El artefacto estaba unido a la cámara de memoria de la computadora. Tenía el aspecto de un regulador fusionado a una red informática. Cables salían de las placas en todas direcciones y se conectaban con las intrincadas paredes de vidrio y plástico de la computadora que le alojaba.

Honr se quedó sin aliento. Contempló asombrado todo el reordenamiento y unión del artefacto. Por su parte, Trulr no dejaba de menear la cabeza.

—¿Qué pensarán cuando lo sepan en la base? —murmuró Trulr.

—Vendrán a ver si no nos hemos vuelto locos —contestó Honr—. Por Dios, la computadora se tomó el tiempo de volver a montar el panel. No tardó siquiera doce horas en unir el artefacto con su sistema.

—¿Con qué fin? ¿Cuál es su función?

—Examinemos los planos para detectar las conexiones. Quizás demoremos unas horas, pero estoy seguro de que lo averiguaremos.

—Sí, hagámoslo.

Honr tomó la caja de herramientas. Se inclinó con la intención de retirar los conectores y liberar al artefacto. Cortó circuitos y terminales, pero le sorprendió encontrar láminas y bases que no figuraban en los planos.

Un delgado rayo de una cegadora luminosidad salió disparado del interior del panel. La cabeza y los hombros de Honr fueron envueltos en un resplandor violeta y su cuerpo fue proyectado hasta el centro de la sala. Yacía en el suelo, con una herida en la frente. Tragó aire en un largo y tembloroso gemido que se cortó de repente. Trulr se percató de lo ocurrido y lo levantó del suelo, arrastrándolo hacia la entrada del ascensor.

Una vez en la planta alta, lejos del zumbido, Honr reaccionó. Parpadeó repetidas veces a fin de salir de aquel trance. Trulr se llevó una mano temblorosa a la frente.

—Honr, ¿te encuentras bien?

—Sí —alcanzó a decir éste—. Eso parece.

—La computadora… se hizo del control del artefacto, ¿verdad?

—No es un simple artefacto. Es una computadora. La primera creada por el hombre.

—Eso es imposible. En la antigüedad no existía esta clase de aparatos.

—El hombre no es precisamente más sabio y creativo conforme pasa el tiempo. Recuerda que nosotros, como generación, somos la suma de todo el conocimiento de otras generaciones anteriores. Ellos, quienes hayan sido, aplicaron sus conocimientos, lógica e inventiva. Fueron seres excepcionales, tanto es así que nuestra computadora reconoce esa primera creación.

—¿Primera creación? —dijo Trulr con voz quejumbrosa

—Al primero de su familia, desde luego. Lo estudió mientras lo reconstruía. Además, tuvo demasiado tiempo para hacerlo parte de él mientras tú y yo descansábamos. No importa cuántos años pasaron entre la creación de uno y otro. Es cálculo de sus cálculos, una línea directa de ascendencia.

—Pero ¿no podemos desmontarlo?

—No lo creo —repuso Honr, dominado por el conflicto—. Nunca tomé en cuenta tal posibilidad. Sin embargo, al pensarlo, estoy convencido que no desea que retiremos la computadora antigua; ahora la protege.

Trulr le miró antes de decirle:

—No puede estar pasando.

—Me temo también que reaccionó para solucionar un conflicto cuando quise intervenir. Usó un arma, con el único fin de defenderse. Se trata del más antiguo y salvaje contacto entre dos grupos antagónicos, relacionado con el concepto etológico de territorialidad. En los humanos este concepto evolucionó en una variable única. Me refiero a la guerra. Toda máquina es el reflejo de la idiosincrasia de su cultura mostrando un aspecto religioso, social y militar.

—Pero nuestra computadora no está programada para eso. Desconoce lo que es una guerra. Solo sirve para el bien de la humanidad.

—Tienes razón, pero aprenderá en muy poco tiempo lo que es una. Recuerda que la guerra era algo muy común en las civilizaciones antiguas. La primera computadora fue diseñada por hombres que creían tanto en la guerra como en la existencia misma.

A Trulr la voz de Honr le pareció que sentenciaba algo, pero no sabía qué.

—Tendremos llevar esto a las autoridades del Bloque mientras nuestros congeladores lo puedan mantener frío —dijo—. Desmontarlo pieza por pieza. Recurramos a la fuerza, retiremos todo lo que…

Se miraron el uno al otro, inquietos.

Sin pronunciar una sola palabra, abandonaron la zona de trabajo para idear la desinstalación. Caminaron lentamente hacia sus habitaciones, pensando en que, después de todo, también era posible olvidar el reporte del hallazgo en tierra.

Al día siguiente fueron testigos de sus consecuencias: la computadora carecía de toda diplomacia y mesura al declarar un ultimátum de guerra hacia todas y cada una de las civilizaciones que regían la galaxia.

Archivo muerto

Mayra Daniel


La silla era blanca, de dimensiones estandarizadas y totalmente anodina. La habían elegido por su precio, seguramente. Pasaba totalmente desapercibida en un largo corredor de pequeños cubículos donde se resolvían toda clase de asuntos sin importancia.

La verdad no me molestaba la burocracia. Toda la vida había llevado a cabo mis propios asuntos, tanto por un tema de discreción como por tener “todo el tiempo del mundo”. En la puerta estaba el letrero “Dirección general de asuntos generales”, un nombre de lo más conspicuo solo para ocultar su verdadera actividad, la Dirección General de Asuntos Vampíricos.

Necesaria en cualquier país, la Dirección General de Asuntos Vampíricos trabajaba en una red de colaboración Internacional para relocalizar a vampiros por el mundo, darles documentos oficiales, renovar actas de nacimiento, pasaportes, agilizar contratos de compraventa para que el dueño no fuera, por siglos, la misma persona viva. Esta oficina también ofrecía asesoría en derecho vampírico según la legislación vigente en cada país y los gobiernos la procuraban en demasía por los generosos aportes a los impuestos que siempre hicimos.

En ningún país había tenido yo problemas con la Dirección general de asuntos generales, pero recientemente había decidido mover mi residencia permanente a México por los beneficios fiscales que todos presumían. Sin embargo, me aclararon: “Bueno, viejo, es que México… Ya verás. Es otra cosa.”

Y allí estaba yo: sobre de papel manila con todo lo que me pidieron en original, dos copias, tres sellos. Todo lo que venía en la muy discreta, oculta y secreta página de la Dirección General de Asuntos Vampíricos, para formalizar mi ciudadanía vampírica en México. Cambiar de residencia: que engorro.

La puerta se abrió. La oficina solo operaba de noche, así que la luz fría de la oficina mostró una silueta rechoncha: era un tipo con una camisa azulada y una corbata a juego, ligeramente más oscura. Las manchas de sudor se le destacaban en la tela. El anómalo calor de la media noche hacía que el espacio encerrado tuviera un olor mezcla de sudor y colonia herbal barata. Parecía que había podado el pasto en algún parque público.

De su piel grasienta se le desprendía un leve brillo, como si recién hubiera salido del transporte público; sus zapatos ligeramente roídos por el tiempo parecían lustrosos, quizá demasiado, como si el zapato y el cepillo se conocieran de largo tiempo y se saludaran diario.

Una breve inspección me hizo saber que era soltero y vivía solo, atendiendo diversos malestares; apestaba a ansiedad y antiácidos.

—Víctor Ramos, a su servicio —aseguró, tendiendo su mano regordeta. La rocé ligeramente, por protocolo.

—Dígame, ¿en qué podemos ayudarlo?

—Verá usted, llené una forma XT-596 para renovar mi residencia y establecer una nueva identidad en México, pero cuando estaba por enviarlo todo vi que es un trámite que tenía que realizarse en persona.

—Así es, así es. La nueva legislación vigente nos exige unos biométricos; sin tanta importancia, no se preocupe. Además, son importantes para su afiliación tributaria. Con XT-596 podrá usted ser un vampiro mexicano —una sonrisilla jocosa se dibujó en su cara, como si hubiera contado un chiste muy gracioso. No me dio gracia y se hizo un silencio incómodo.

Le tendí el sobre de papel manila, desganadamente. Él abrió el hilillo con pasmosa lentitud, sacó el legajo y revisó todos los originales con minuciosa atención, como quien se toma muy en serio su labor o hace algo realmente importante. ¡Por favor, son copias, no neurocirugía!

Yo creía que ya no podría disimular más mi asco y mi desprecio, cuando me señaló una puerta adicional.

—Sí, sí, todo está completo; gracias. Por favor pase al otro cuarto, para tomar sus biométricos.

Vergonzoso, mínimo, que a un vampiro de mi linaje y mi alcurnia le quieran tomar fotografías, pero esta vez era una medición del iris y huellas dactilares.

Humillante.

Fatídico.

Fastidioso.

Intentando no girar los ojos al cielo permití la tramitología del caso.

—¡Hemos terminado!

—Excelente, ¿cuándo estará listo el documento de ciudadanía?

—Probablemente en unos meses, nosotros le avisa…

—¿Cómo que unos meses? ¿No se tramita en esta misma oficina?

—Pues sí, sí, pero tenemos varios documentos más en la fila, usted entenderá…

—¿Cómo podemos arreglarlo más rápido?

Un destello rápido se mostró en sus ojos, como un rayo. Vi un tigre cazando a su presa, se volvió más sigiloso. (Bueno, en su caso más que un tigre podría haber sido un gatito rechoncho que vio un periquito).

—Claro, claro, siempre se puede agilizar todo. Después de todo, es México.

—Claro —afirmé yo—, ¿cómo nos arreglamos?

—Pues verá… siempre he querido ser un vampiro, me encanta la cultura vampírica, cuando logré entrar a la Dirección General de Asuntos Generales lo consideré la cumbre de mi carrera, pero ahora veo yo que lo mío, lo mío, será ser vampiro. Tantos años de verlos pasar por esas puertas me han convencido.
Traté de imaginar a Víctor Ramos en un baile de vampiros, en una reunión con mis amigos o en una cena elegante. Quise enseguida borrar esa imagen de la cabeza para no traslucir una sonrisa socarrona.

—Ya veo.

—¡Y sé mucho sobre la conversión! —un entusiasta Víctor Ramos era peor que un desganado Víctor Ramos. Lo averigüé enseguida. Durante unos minutos describió a detalle el rito de transición sacado posiblemente de una película o una novela para señoras bobaliconas aficionadas al romance.
Luego imaginé la cara de mi cofradía si sabían que había integrado a Víctor al mundo vampiro.

Vergonzoso.

Humillante.

Fatídico.

Fastidioso.

—Ya veo, sí, está muy enterado. ¿Qué tal mañana?
Parecía que empezaría a llorar de la alegría.

Llovía esa noche. Un olor a drenaje se colaba por toda la ciudad y la convertía en una cloaca descubierta. Vi llegar al lugar de la cita a Víctor Ramos con su paso ligeramente renqueante, como si alguien le hubiera dado un pisotón en el traslado hacia la oficina. Traía en la mano el documento con mi acelerado trámite de ciudadanía. Se había esmerado un poco en su arreglo, como si quisiera empezar su transición a vampiro con sus mejores galas. Me hizo esbozar una sonrisa.

Me acerqué a él con cautela. Un rápido movimiento de mi daga le cortó la yugular. Me gusta pensar que ni se enteró. Su cuerpo despatarrado quedó tirado en ese callejón, con la garganta abierta, lívido y sin gracia. Tuve la tentación de dejarle algún sello de la familia, pero preferí no aportar nada a la policía: solo un caso más al que darle carpetazo y colocar en el archivo muerto de una gran ciudad.

Tomé su cartera para hacerlo parecer un robo. Ya la tiraría después por allí. El sobre manila con mi documento tenía algunas manchas de lodo y sangre, pero posiblemente terminara en algún cajón de mi biblioteca, sin usar.

Diez extractos de una bibliografía anotada sobre la ocupación colorada

Eduardo Honey


  1. Monsiváis Clon A-Alfa, Carlos, “Crónica del día de los grafitis.” Acta Sociológica FCPyS, 2075, pp. 20-48.

“Fue súbita la aparición de los graffitis en varias ciudades el mismo día. Ocurrió cuando menos en la CDMX, Caracas, Buenos Aires, Sao Paulo y Bogotá dentro de las lumpenzonas. Aparecieron en muros y bajo puentes, los trazos similares, la figura idéntica, sólo cambiaba el idioma del mensaje […] En esos lugares, los habitantes, su cultura popular no siempre aceptaba a los graffiteros anónimos a menos que fuera una persona destacada en el barrio, colonia o rancho. Era una forma autogestiva de marcar terreno, una firma personal pero, sobre todo, arte urbano. […] Mucho tiempo después se logró determinar, imposibilidad dentro de todas las imposibilidades, que ocurrió prácticamente a la misma hora en el continente americano, en áreas o zonas sin cámaras ni dronvigilancia…”

  1. Pietri v.1.8, Uslar. “Los evangelistas colorados”, Montemayor Ediciones, 2052, pp. 2-4.

“No importaba lo agreste de la selva urbana, allí fueron seleccionados. No importaba su origen o educación, sólo ellos fueron ungidos. Las puertas escondidas del cielo, el Amazonas estelar, se abrió para los que escucharon la voz, esa voz, la única voz que podría susurrar el espíritu del advenimiento […] Ezequiel, al igual que escasos otros, fue marcado en el pecho con el símbolo, la gracia santísima y bendita de los que pronto arribarían; los conquistadores de allende el cosmos que, en ocultas naves, cabalgaron la inhóspita vacuidad y soledad del cosmos; aquellos que trajeron la palabra, y lo hicieron su voz. […] fue devuelto Ezequiel a esa gran mancha gris que laceraba los primigenios, casi olvidados, verdes trazos de la herida naturaleza […] se volvió adulto depositado entre los inocentes y abandonados, y primero les susurró, luego habló, les amplió su visión: la promesa de un futuro donde serían conducidos por los que saben y que ya recorrieron el sendero. Él inició su travesía en el desierto de los desposeídos, en el falso bosque de oídos sordos, muy lejos de aquellos que los señalaban, que los marcaban como almas perdidas, que gozaban del privilegio porque lo heredaron, a la par que no reflexionaban sobre sí mismos…”

  1. Vigilante Fernández, Maribel. “Alármala predicador – Entrevistas en la zona”, Letras No Liberadas, CDMXCDMX, 2063, pp. 63-69.

“¿Por qué los aceptamos? ¿Por qué los escuchamos? La neta, porque eran los únicos que sí atendían nuestros problemas. Si a Carmen le pegaba el marido, sólo lo señalaba y el marido era visitado por la voz. Si el hijo de la Malis era un drogo sin esperanza, ella lo susurraba y el hijo se comportaba nomás que se le aparecía la voz. […] ¿Que cómo tiene que escribir voz? Ezequiel siempre dijo que con letras minúsculas. No importaba que él fuera la voz, sólo servía a los colorados en bien de todos, era uno de los nuestros. […] Neta, nos debieron dejar en paz políticos y los falsos predicadores que nos cayeron encima, ya nos valían, claro, querían aprovecharse de la obra de Ezequiel […] ¿Cómo que algo a cambio? ¡Ah! Que si nos pedían algo a cambio […] Ellos, lo de siempre: lana, chavas, un templo. Dinero nunca pidió Ezequiel, se las arreglaba, ni aceptaba regalos, bien humilde siempre […] ¡Favores sexuales! Ya ni la chinga, ¿dónde escuchó eso? Ni que él fuera como los padrecitos de la iglesia de allí enfrente […]”.

  1. Ochoa G., Alvert Michael. “Historia financiera del fin del mundo o de cómo los colorados no necesitaron dinero”, Red Pencil Editions, 2093, pp. 10-15 y 193-206.

“En esencia fueron dos pasos lo que permitieron conquistar la civilización del siglo XXI. Por un lado, era mover la brújula social hacia un conservadurismo más rancio. Esto fue sencillo gracias al ascenso de presidentes populistas y creyentes en los 20s y 30s de este siglo. Dejaron naciones enteras preparadas para que, a través de una religión se cegara a la población y así ocultar las enormes fallas de los gobiernos en turno. Eso lo ha tratado […] El segundo mecanismo: control financiero a través del mismo sistema bancario que se construyó digitalmente. Como una máxima del siglo XX se suponía que los bancos centrales y el FMI eran los garantes del valor de la moneda. Al dejar que los bancos crearan fondos basados en nada, sólo bits y bytes, se abrió la posibilidad para que un agente externo generara riqueza modificando los sistemas e insertando datos, número, dinero a final de cuenta donde requiriera. En una bandeja de plata se entregaron las finanzas mundiales a los Colorados, una civilización extraterrestre muy superior tecnológicamente […] Un caso ampliamente estudiado es el de Ezequiel Guzmán Luera. El Superministerio de Hacienda de México lo tenía como causante cautivo sin ingresos. En realidad, los Colorados crearon a destajo los fondos para sus actos de prédica y proselitismo donde él no aceptaba nada a cambio: contaba con el sistema bancario mundial a sus espaldas. Cuando diversas auditorías detectaron la situación, no había mucho que hacer en México ni en otras partes. Era muy tarde para el capitalismo y la democracia tal como la conocíamos…”

  1. Arconte, El. “Discurso ante la ONU”. 12/dic/2031. Video en Youtube https://youtu.be/SRuwbhAFTX8 consultado el 4/ene/2093

“… Me presento ante ustedes humildemente sólo como un representante. No vengo a imponer forma de pensar ni fe alguna. Sólo quiero señalar, ante ustedes que, desde la fundación de esta organización en 1945, todos los años ocurren guerras. La voz, los colorados, prometen a los pueblos del mundo que no habrá guerras después del 2050. Ni seremos afectados por el cambio climático. No nos detendremos allí, ofreceremos más, mucho más: no homicidios, no violaciones, no asaltos, no violencia, no injusticias, no hambre, no carencias. Alimentos, paz, seguridad, santidad comunión serán los temas a diario. La humanidad será humana y empática por primera vez. Es nuestra promesa, es nuestro juramento, es nuestra fe. Y lo haremos por voluntad y en favor del ánimo de los pueblos, del individuo común. No porque ustedes, supuestos embajadores o emisarios de trescientas naciones lo declaren o lo prometan. No crean que esto es una campaña política donde creen que aún heredarán el poder y el futuro…”

  1. Arroyo, Maximiliano. “Guerra mundial colorada: una historia oral”. Editorial Casa Aleatoria, 1ª. ed., 2070. Incunable localizado en la biblioteca subterránea Slim-Salinas tras su apertura en enero del 2099.

“Y llegaron las nubes, las nubes susurrantes, negras empujadas sin viento porque ellos eran el viento, el ojo de la tormenta.

Vestidas con rayos se anunciaba la presencia cabalgando detrás de los truenos que clamaban, del trazo luminoso que hiere a los ojos, del vestido de cielos sinónimo de humildad.

Súbitas se detuvieron las nubes, callaron los truenos, se apagaron los rayos. Murieron los dioses. Cayó y calló el occidente del hombre blanco.

Despejado el cielo como se despeja la mentira, allí estaban los rojos navíos flotando, pulsando, señalando que no habría tregua.

Entonces, como una voz, una voz quemante, una voz madura en un bosque manchado por las falsas simientes del pasado, habló al unísono.

Resonó en el aire del mundo, en el aire eléctrico: soy, somos y seremos ustedes, hemos llegado. Que empieza el juicio sanguíneo.

Tonalli Nierika

Representante de los Pueblos Originarios de América”

  1. Guzmán Vigilante, Ezequiel. Borrador escrito a mano del primer evangelio de la liberación. Inédito. Tempolocalizado entre el 2043 y 2045. Archivo familiar de los Guzmán. Capítulo VI, Versículo 6-6.

“Cuando la voz susurre la salida del jardín del infierno no creas en ella. No comas del fruto marrón. No dejes que te abran los ojos ya que serás cegado. Presta oídos sordos a las sibilantes palabras corren desde los sangrantes castillos encima de la humanidad. […] Dejad que crean que han derruido la humana obra, dejad que crean que creemos. Esconded las antorchas de los nuevos prometeos. Guardaos para el momento de derrumbarlos, de incinerarlos en su apocalipsis.”

  1. Gandhi, Adolfo. “Refutando a la voz. Entrevistas con El Arconte”. Transmisión vía CaraLibro Live, 10/oct/2051.

“—Entonces, ¿usted acepta que su nombre es Ezequiel Guzmán Luera?

—Si, es el nombre que mi familia me dio y con el que me bautizaron una vez que fui devuelto.

—El que no usó por años mientras predicaba, ¿o no?

—Así es, pero no cambia lo que los colorados vinieron a enseñarnos. En cuanto sus naves aparecieron en las ciudades, yo como voz, como El Arconte, desaparecí. Ya no era necesario.

—¿Igual como su familia?

—Perdón, ¿a qué se refiere?

—A su amante, Maribel Vigilante, y el hijo que tuvieron, el líder rebelde, Ezequiel Guzmán Vigilante…

—Se suspende la entrevista: los colorados me llaman…”

  1. Anónimo. Chat del 12/dic/2070 vía ICQ, extraído de los archivos permanentes de la World Security Agency. Cubo cristalográfico coordenadas 197348-239843-038483.

El Neto

Güey, tuvimos que recurrir al arsenal menchiano. Bien ruskies las armas pero nomás de eso hay.

Yassir “Cachas”

no mames el reginald lo intentó con su célula bien guntrechada lanzaron hasta cuetones a las naves y nada de nadita

El Neto

Hijo de tu reputísima madre, ahora me lo dices… perdí a mi grupo dispararon a lo pendejo, ni rasguños les hicimos nomás abrió el hocico un colorado allí todos de pendejos arrodillándose, pidiendo perdón… me salvé porque yanoigo

Yassir “Cachas”

nomás por querer ganar plaza ya te chingaste te dije que waitearas a la nuky de @ezequi3ljr

ezequi3ljr

¡Madres! Entraron al búnker y disparan a matar. Nuky lanzada ;)”

  1. Anónimo, audio vocodificado de origen y lugar desconocido. Distribuido con la bomba nuke-informática que hackeó a los colorados. Primera aparición confirmada: 12 de diciembre de 2070 2312GMT.

“Alegre la humanidad

Con voz pausada canta,

Y el ancla ya levanta

Con extraño rumor.

La nave va en los cielos

Botando cual mentada.

Adiós, mamá colorada;

Adiós, mi tierno amor.

Y en tanto los humildes

Que ya cantan victoria,

Guardando tu memoria

Sin miedo ni rencor,

Dicen mientras el viento

La voz, es voz infiel;

Adiós, papá Ezequiel;

Adiós, mi tierno amor.”

[enviado a la IA académica isabelina el 27/dic/2100 para la tesis “De los colorados y el nuevo orden, el lumpen fue la voz real” por Ezequiel Luera Vigilante, clon homoentero del original]

Britany

Héctor Cruz Pineda


La patrulla paró en calzada Tlalpan, toda la avenida estaba medio vacía, con una que otra luz de auto pasando en gran velocidad. Yo veía como pasaban como flashes desde atrás de la patrulla, sintiendo como poco a poco mi ojo derecho se iba hinchando. Del lado de la calle solo los anuncios de hoteles y moteles que hay en la calzada brillaban, y bajo ellos prostitutas con cara de aburrición esperaban a algún cliente.

—Es hora de trabajar compañero —dijo el policía en el asiento del copiloto, mientras una risita tonta salía de su boca decorada con un bigote ralo.

El otro policía, gordo y con la cara hinchada se limitó a gruñir aprobando. Con una sonrisa tonta, el policía de bigote ralo salió de la patrulla. Vi cómo se acercaba una de las prostitutas, mucho más alta que el policía y con un vestido tan corto que apenas la cubría en una noche tan fría.

—Oficial Ruíz, ¿cómo estás guapo? ¿Se te ofrece algo? —alcancé a escuchar la voz ronca de la prostituta. Mientras el oficial Ruíz prendía un cigarrillo y reía con más ganas como estúpido.

—¡Jajaja! No preciosa, esta noche no. Tú sabes a que vine, así que, no te hagas pendeja —dijo, mientras extendía la mano. La cara de la prostituta cambio totalmente, con asco y disgusto, la sonrisa coqueta se le borró de inmediato.

—¡No mames Camilo, con lo que te doy a ti y a Juan me quedo sin nada!

—Si quieres te meto a la patrulla, le haces compañía al drogo que tengo ahí atrás.

—¡Huevos! —le gritó, pero de mala gana le dio un pequeño fajo de billetes.

—Ya está. Ahora lárgate que estoy trabajando.

—Vale, ya quedamos preciosa. Solo un favorcito más. Acá el compañero, anda buscando a Britany ¿de casualidad no la haz visto?

—¡Ash! —soltó de hartazgo la prostituta—. Estaba en la esquina de más adelante, con un cliente.

—¡Gracias, y suerte en el trabajo! —gritó burlándose de ella, mientras entraba en la patrulla. Se andaba riendo como si hubiera escuchado un buen chiste, en lo que contaba los billetes que antes le habían dado.

Yo me quedé pegado a la ventana viendo a las chicas, y la misma que le dio el dinero al oficial Ruíz me pintó dedo. Oía como pasaba sus manos flacas en los billetes y reía con una sonrisa simplona.

—Su parte compañerito —le entregó unos billetes y el otro policía solo gruñó, agarrando el dinero—. Y me dicen que aquí adelantito anda la Britany, pero a ver si la encontramos, que está atendiendo a otro caballero —dijo con voz burlona, aunque parecía que al otro oficial no le importó.

La patrulla avanzó lentamente por la calzada, y llegamos a la siguiente esquina. Estaba muy oscura, el poste de luz estaba fundido y se podía oler a orines de vagabundo. Más al fondo en la calle oscura, se veía un montón de bolsas de basura negra y encima una capa de piel, parecía un perro acostado. Estacionaron la patrulla, apagaron las luces, y el oficial Ruíz tiró por la ventana su cigarrillo.

—Se me hace que no está, mi querido compañero. Ni modo, ya mejor mañana vuelve.

Su compañero volvió a gruñir, pero no movió el auto. Con el auto detenido en medio de la oscuridad, sentí como aumentaba el frío de la noche, sobre todo, me entraba frío donde me habían golpeado, en el abdomen y las piernas. Empecé a toser y temblar, tratando de acostarme en la parte de atrás.

—¡Cállate cabrón! —gritó el oficial Ruíz—. Y te sientas bien, estas arrestado, cabrón, no es un motel barato para que descanse la princesa.

Mientras me volvía a sentar en el asiento, volteé a mi derecha, mi ojo hinchado estaba casi cerrado, y de la calle oscura pude ver una sombra acercándose poco a poco a la patrulla. Era la figura de una mujer, delgada, pero desde la sombra se notaba voluptuosa, su andar era hipnótico, sin prisa cada paso revelaba su figura sexy y de a poco unos tacones sonaban. Cuando llegó junto a la ventana de Ruíz, reveló su rostro fino y pelo tan oscuro como la calle de donde salió.

—Hola Manuelito —dijo con una voz aguda y femenina—, ¿cómo haz estado?

El oficial al volante, con su cara regordeta y nariz chata estaba serio, pero noté en sus ojos un deseo muy raro, estaba concentrado en el rostro y cuerpo de la mujer. Gruñendo le dio un codazo a Ruíz y lo obligo a bajarse de la patrulla.

—Ya voy compañerito, no hay necesidad de la violencia —dijo mientras bajaba y corría a abrir la puerta de atrás donde yo estaba recargado—. Tú disculparas preciosa, pero vas a tener compañía de este animal. ¡A ver wey, muévete y hazle espacio a la señorita ¡Permítame limpiar el cochinero que trae aquí este cabrón, ¡ya está! Siéntese, señorita.

Britany se sentó junto a mi sutilmente, con elegancia, mientras Ruíz cerraba la puerta. No podía evitar mirar a Britany, había algo en ella que hacía que no le quitara los ojos de encima, su piel era tan blanca que parecía brillar en medio de la oscuridad del lugar. Y más se notaba por la brillantina que parecía tener en su cuerpo. En ese momento ella volteó a verme, y me dio una sonrisa coqueta con sus labios rojos intensos. Pero de sus ojos noté un brillo verdoso que me asustó, porque no se movían, parecían ojos muertos.

La patrulla avanzó por la calle oscura de donde había salido Britany, se paró justo al lado de la pila de bolsas de basura. No podía dejar de notar el brillo de la piel de la chica, también que el frío era casi insoportable en mis huesos y manos, inclusive los policías y yo exhalábamos vaho, solo Britany parecía cómoda.

—Ahora sí. Date gusto compañerito. Aquí yo te cuido al drogadicto de atrás, y pues disfrutaremos el show. ¿O no, mi pendejo? —dijo Ruíz volteándome a ver desde el retrovisor.

El oficial Manuel volvió a gruñir, mientras con fuerza abría su puerta y salía con trabajos de la patrulla. Yo seguía temblando por el frío, mientras veía a Britany, sus ojos con un brillo verde raro y muertos, su piel brillosa, o acaso ¿viscosa? Esta pregunta pasaba por mi mente, cuando del oído de la mujer empezó a brotar un líquido verde espeso, que resbalaba lentamente por su cara. No pude evitar gritar, mientras el corazón se me aceleraba y traté de abrir la puerta con pánico. Ella se limpió el líquido con la mano, se me quedó viendo y lentamente lamió su mano con una sonrisa juguetona.

—¿Qué paso drogadicto? ¿Te dan miedo las mujeres? ¡Ya cállate! O voy a ir ahí atrás a terminar de romperte tu jeta de animal que tienes.

El oficial Manuel abrió la puerta de Britany, pero ella no dejaba de verme, sonriendo, aún con restos del líquido verde en sus dientes. Con gentileza el policía la sacó de la patrulla. Yo traté de salir gateando por esa puerta, pero de la nada volví a sentir todo el puño del policía gordo en mi mandíbula, lo que llenó de sangre mi boca. El oficial cerró la puerta y me quedé solo con la risa estúpida de Ruíz.

—Tú no te preocupes cabroncito. Solo disfruta el show. ¡Jajajajajaja! ¿Dónde está mi linterna? Quiero ver.

Me levanté como pude, y limpié la ventana empañada de la patrulla. Afuera, junto a la basura, el oficial Manuel estaba pegando contra la pared sucia y despedazada a Britany. Apenas se distinguían en la oscuridad, y solo se oían sonidos de atragantamiento. En ese momento la linterna de Ruíz se encendió, y mis ojos vieron algo que al día de hoy no encuentro explicación.

La linterna mostró a Britany parada desnuda, con la boca enorme y abierta, su mandíbula llegaba hasta las rodillas y unos dientes desiguales como pedazos de vidrio se mostraban. De la enorme mandíbula abierta parecía que salía una enorme lengua roja y viscosa, que chorreaba ese líquido espeso, que caía lentamente en gotas al suelo. La lengua estaba alrededor del oficial Manuel como una anaconda carmesí, cargándolo, lo estaba introduciendo en su boca; ya solo podíamos ver la mitad baja del policía, el resto se perdía en la oscuridad de las fauces del monstruo. Ruíz y yo nos quedamos congelados ante la escena, no podíamos quitar los ojos de lo que veíamos. Vimos cómo, lentamente, mientras se atragantaba, iba introduciendo en su interior lo que sobraba del oficial Manuel. Su lengua fue poco a poco regresando a su interior, mientras la criatura chorreaba de todos sus orificios el líquido.

Cuando terminó, su mandíbula empezó a retorcerse, parecía que le causaba mucho dolor. Pero terminó por quedar como la había conocido. En todo ese tiempo no parecía habernos notado, o simplemente no le importamos. Desnuda empezó a caminar hacía la calzada, y volteo a verme, con esos ojos muertos, se limpió la boca roja del líquido verde y me lanzó un beso. Se volteó y siguió caminando, en ese momento Ruíz apago la linterna.

Por fin pude moverme, mi cuerpo se descongelo y me despegue de la ventana de la puerta. Ninguno de los dos habló, escuchaba el sollozo de Ruíz en la oscuridad del auto. Mi cabeza estaba reventándome, y me acurruque con el frío de la noche. No recuerdo haber dormido, tal vez si lo hice, no estoy seguro, pero cuando el Sol salió, Ruíz abrió la puerta de atrás. Salí a rastras, me dolía todo el cuerpo, ya afuera vi el rostro de Ruíz, perdido, con ojeras y no parpadeaba. No me dijo nada y yo tampoco a él. Caminé a la calzada, las prostitutas ya no estaban y su lugar era tomado por un mar de gente saliendo y entrando al metro.

Llegue a una pequeña farmacia, pedí que me atendiera un doctor, aunque el encargado me vio con asco me dijo que me sentara en la sala de espera, el doctor no iba a tardar en llegar. Así que me senté, y esperé en silencio.

Trayectoria circular

Por Omar Flores


Cesó mi andanza:
el alma hueca,
el cuerpo solo.
La casa en duelo.
Y en el sepulcro,
unas palabras
que se me ahogaron.
Aline Pettersson, Cautiva estoy de mí.

Días y noches corriendo sin descanso. Hace tiempo que no sueño. Todo es un puro abismo; un desligarse del mundo hasta que algo me devuelva a él. Hoy fue el zumbido de una mosca que huye al primero de mis manotazos. Todavía la oigo chocar contra las ventanas.
Limpio mis lagañas mientras abro el refrigerador. Reviso la caducidad de la leche: es hoy, mejor terminarla de un trago. Encuentro una nota sobre la mesa. “Fui a hacer unos pagos, regreso al rato. Dejé tus roles en la cocina.” Son míos porque me gustan, mamá lo sabe.
El sabor de la canela se cuela entre las horas frente al televisor. El reloj me chista desde una de las paredes para que lo mire con desgana. “Cinco para las tres. ¿Dónde andas, mamá?”

“El número que usted marcó no está disponible”, cada llamada rebotada por el contestador vuelve el aire más delgado. Me visto con lo que haya de ropa sobre la cama. Ato los cordones de mis tenis y, antes de abrir la puerta, tomo una foto de ella: era joven entonces. Me sostiene en brazos y está sonriendo.
El mundo inunda mi vista al salir de casa. En sus olas se deforman los cuerpos, las calles se tuercen y el miedo brota como espuma. Acelero el paso para no sentir que me hundo en el pavimento. Sigo sus grietas cómo si fueran las rutas de un mapa pero no reconozco nada. No hay a dónde ir.

La tarde se cae a pedazos y yo sigo sin encontrarla. Todas las casas parecen deshabitadas pero las calles no. Las calles están atestadas de piernas, hombros, pasos, voces y rostros que se destiñen en cuanto los miro por no ser el suyo. Pregunto si la han visto. No, nadie, es menos que un fantasma para ellos.
Papá me llama pero no respondo. El celular resbala entre mis manos temblorosas. Sólo al sentarme sobre el suelo después de recogerlo, contesto:

—Apenas voy saliendo de la fiscalía, ¿no ha llegado?

—No.

—¿Nadie te ha marcado?

—Nadie.

—¡¿Por qué la dejaste ir sola?! ¡¿Por qué no la acompañaste?!

No sé, ¿por qué?¿Qué hice mal?¿Fue mi culpa?¿Por qué se la llevaron? ¿Por qué no me la devuelven?¿Por qué no me dicen dónde está?

Miles de pasos por una colonia imperturbable ante su ausencia. La boca agria, el cuerpo pesado: no puedo más. Adentro crece la noche horadando estas paredes que ya no la guardan. Afuera, un cielo desierto de santos para rezar por su nombre.

Un malestar retumba en mi cuerpo. Sacude mis huesos hasta acurrucarme entre las sábanas. Siento rasgarse mi alma y cómo de ella caen los recuerdos sobre la almohada. Soy yo escuchándola cantar en la cocina; yo haciéndole un café; yo despidiéndome de ella antes de subir al camión; yo molesto por sus sermones; yo pidiendo perdón por una mala respuesta; yo riéndome de sus imitaciones sobre mis gestos; yo cargando sus bolsas en un día de mercado; yo tomando su mano antes de entrar a la escuela; yo detrás de su espalda al ver una película de horror; yo dándole un beso antes de ir a dormir. Y sé que entonces había un nosotros; ahora, ya nunca.


La noche se desgaja con el silencio entre sus brazos. Lentamente, la mañana se abre. Entonces escucho el primero de los golpes. Rápidos, con un zumbido detrás de ellos, resultan muchos como para contarlos. De pronto, el zumbido está sobre mi oreja y yo, con el sueño sobre los párpados, lo ahuyento como puedo. Cuando al fin se larga, ya estoy despierto. No soñé, hace tiempo que no lo hago.

La mosca sigue por ahí, atrapada entre las cortinas de la casa. En su contienda contra las ventanas descubro mis pasos frente al refrigerador. Lo abro mientras limpio mis lagañas. Tomo uno de los cartones de leche y reviso su caducidad: es hoy, mejor terminarla de un trago. Sobre la mesa hay una nota: “Fui a hacer unos pagos, regreso al rato. Dejé tus roles en la cocina.”

Enciendo la tele. Brinco de un canal a otro mientras muerdo los roles. Reportajes, caricaturas, comerciales pero sólo uno me llama la atención. Me detengo en un canal donde una pareja abre la pista con una salsa mal ejecutada. La cámara hace lo menos posible por enfocar sus cuerpos. Torpes y lentos, intentan deslumbrar a la audiencia. No lo logran.

En las comisuras de los cuatro jueces se marca el tedio. Miran con frialdad y en los brazos entrecruzados transmiten la rigidez de su juicio. A mamá le gustaría esto. A la hora de calificar el baile, ninguno de los jueces se tienta el corazón. La crítica es dura y la pareja no tiene de otra más que aguantar. Una de las conductoras lleva su mano derecha al oído e inclina la cabeza dando a entender que está recibiendo un mensaje de último momento. A pesar del bajo puntaje, por solicitud del público, la pareja se ha salvado.

“¡Ay, qué no mamen! Ni saben bailar”, las palabras resuenan por toda la casa. Son de ella, eso diría si estuviera viendo esto. Lo dijo alguna vez. Siento mis comisuras caerse pero las manecillas del reloj impiden el resto. Están atascadas sobre una hora: “Cinco para las tres. ¿Dónde andas, mamá?”.

La casa quedó en silencio. Papá y yo no pudimos ser los mismos de siempre. Sabía que dentro de él se ahogaba un sollozo repleto de reclamos contra mí pero no decía nada. Todo lo guardaba dentro de sí cuando se encerraba en su cuarto a saberse viejo e inútil.

¿Qué tipo de pésame se le da a quien espera a su desaparecido? ¿Qué consuelo hay para nosotros? Mi familia no tenía la respuesta. Todo lo que hacían era sentarse a mi alrededor, verme de lejos y adivinar el momento de mi llanto. Algún valiente se acercaba a mí para rodear mis hombros con su brazo. «Conozco una psicóloga en tal…», «En tal… hay un grupo de ayuda», «En la página tal… dice que puedes hablar con». De tanto insistir, terminé cediendo.

Una de ellas hablaba con la voz entrecortada. Su hijo era un desaparecido. Salió de la secundaria y le permitió regresar solo porque “quería darle chance de sentirse grande”; una culpa terrible. A otro, fue su abuela: iba en dirección al departamento de una vecina para celebrar su cumpleaños y, a dos calles de su edificio, se la llevaron. A otra, fue su amiga: dejó que se volviera sola a casa porque ella no quería irse de la fiesta en la que estaban. No llegó nunca y ella todavía le manda mensajes por si de milagro contesta.

Quien guiaba al grupo me miró un momento. Dijo mi nombre e insistió en que estaba en un lugar seguro. “Todos aquí tenemos un desaparecido. Sabemos cómo te sientes, puedes hablar con nosotros.” Pero nada. Los labios inertes dejaron crecer un silencio largo al que lo siguió un “No estás solo” y alguien más continuó la plática.

No quería la amabilidad ni la compasión de nadie. Quería saber dónde estaba mi mamá. Una de las mujeres me leyó el gesto y, acabada la sesión, se acercó a mí. Me dijo que pertenecía a un grupo de buscadoras del Estado de México. La mayoría eran mujeres pero aceptaban a cualquier persona dispuesta a ayudar. Me pasó el día, hora y lugar en que se iban a reunir para otra búsqueda.
La primera vez nos vimos en Nicólas Romero. A alguien le pasaron el dato de una fosa clandestina en los límites del municipio con Tepotzotlán. Al llegar, excavamos un pozo en el que, inmediatamente, el olor nos dio la razón. La policía llegó entrada la noche y a duras penas los convencimos de llevarse los cuerpos para la mañana siguiente. Los difuntos de aquel día no eran los nuestros. Quise creer que mamá seguía en algún otro lado.

Toluca, Izcalli, Jocotitlán, Atizapán y Tecámac fueron algunos de los municipios en los que excavamos más de una vez por cuatro años. Cavar cansa rápido, por eso tomábamos turnos al hacerlo. La tierra se alza al momento de abrirla y deja poco que ver. El polvo se vuelve bruma y adentro el miedo como un lento animal. Sus pisadas son suaves pero lo delata el lomo propio de un cazador al acecho. Cuanto más profunda era la fosa, más fuertes sus olisqueos. Sentía su saliva resbalar en mi espalda, las garras a punto de desgarrar la piel pero algo impedía la masacre. Algunas veces era el hueco recién excavado; otras, los huesos cubiertos por prendas que no concordaban con las de mamá y los reportes de la fiscalía quitaban lo que quedaba de duda.

Entonces me marchaba a casa hasta recibir la siguiente llamada. Recostado sobre el suelo esperaba su voz atravesando los azulejos para que me dijera al fin el lugar de su tumba. Pero el silencio y su frío eran lo único a mi alrededor. Lo único que permanecía cerca mío.

Visitamos otra fosa hasta Mexicaltzingo. Hallamos tres cadáveres y todos fueron enviados a que se les hiciera la prueba de ADN. Uno dio positivo: el hermano desaparecido hace siete años de una de las buscadoras.
En ese tiempo descubrí el peso de la fe y lo fácil que se acobarda dentro del vientre. Hecho un lastre de piel áspera, descompone el cuerpo de a poco hasta pudrirlo por completo. Pero uno se da cuenta muy tarde.

Nos reunió a todos en su casa para compartir la noticia. Al momento de leer el reporte de la genetista, su angustia al fin se deshizo en berridos. Quedé inmóvil sobre el marco de la puerta mientras todas corrieron hacia ella. Me invitaron a su abrazo. Observé sus lágrimas volverse rocío. Pero de mí sólo brotaron vidrios rotos. Al cortar la carne, la sangre envenenada me mostró el camino afuera.
No llovía. El cielo raso apenas dejaba crecer las sombras. Incluso debajo de los árboles había poco refugio. Tomé la ruta de siempre: Izcalli 123 Palomas. Una cumbia a todo volumen disolvió mis pensamientos. Preferí mirar fuera con la frente golpeando la ventana cada vez que pasaba un bache.

Por los cerros se derramaba el sol. Los tostaba como a un grano de café y lo que se movía entre ellos hervía con la misma violencia. Observé mi cuerpo alejarse de mí. Lo seguí al bajar del camión. El suelo ardía y los pies no descansaban sobre él. Lo vi andar hasta la casa. Posó sus manos sobre el candado del zaguán al momento de abrirlo y, al cerrarlo, el mundo quedó detrás de él. Cerró las rendijas de las ventanas y quitó las pinzas de las cortinas. Ninguna otra sombra habitó la casa. Tomó la vieja foto de mamá y lo vi dormir en el suelo.
Entre sueños dijimos su nombre esperando que fuera ella la que viniera por nosotros.

Con la quietud de un cadáver, sueña que los días se repiten a sí mismos. Todavía duerme con la foto de mamá entre las manos. La casa es ahora uno de esos huecos que tantas veces escarbé. La tele, el reloj, las fotos, las sábanas, la vitrina, los trapos, las sillas, las cucharas, la lámpara, las cortinas; en mi oído se juntan sus voces. Se amontonan y se alzan como los ladridos de un perro. Llevan el nombre de mi madre. Quiero que se callen. Que se vayan a otro lado y me dejen morir a gusto.

Entonces rompo, quiebro, arranco, destrozo, pateo y hasta muerdo. Luego, la sangre calentando mi rostro; la garganta rota de tanto gritar. Bajo las suelas crujen las astillas de lo que antes fue. Las manos arden por los pedazos de piel fuera de su lugar. Las heridas abiertas jadean conmigo, lloran conmigo y juntos repetimos su nombre cada vez más quedo.

Vuelve la mosca azotando el cuerpo contra la ventana de la sala. Aún cuando abro las rendijas, insiste en su trayectoria circular. No le importa su cautiverio ni la libertad del otro lado. Golpe tras golpe, quiebra cada una de sus extremidades. Sobre el vidrio queda una mancha de sangre. Ahora entiendo dónde empieza la muerte.

En la boca de la oscuridad repaso los tristes pedazos de nuestra vida. Su respiración es lo único que desmiembra el tiempo con su ruido acompasado. Pero se está haciendo más suave. No falta mucho para que la pesadilla termine.

Ya nadie dice tu nombre ni el mío. Ya no existimos, mamá. La verdad se volvió nuestra tumba. Lo sé ahora con demasiada certeza.

Nadie me dirá dónde estás.

Crónicas del Hechizero Tlacuache II: «La Maldición del Baño»

Por Sidi A. Hdz.


Un retortijón recorrió las entrañas del Hechicero Tlacuache. Alzó la vista y contempló a sus Aprendices de Hechicero: ratones, erizos, mapaches y tlacuaches jóvenes, todos concentrados, resolviendo su examen, ninguno se movió, murmuró ni alzó la vista. Controlando su estómago lo mejor que pudo, entendió lo que había ocurrido.

―Malditos mocosos ―murmuró para sus adentros―. Les enseñé el hechizo diarreaexplosiva con la promesa de que solo lo usaran en situaciones de defensa propia.

Sintió como si un basilisco recorriera su intestino. Utilizando toda la concentración que le quedaba empezó a caminar hacia la puerta.

―Jóvenes, creo que el director me llama, sigan con su examen ―y desapareció por el pasillo.

Hechizar a un maestro para poder copiar en el examen era un truco muy sucio, era cierto que él mismo había recurrido a ese hechizo en un par de ocasiones, pero era algo completamente diferente, cuando averiguara quién lo había hechizado…

Un nuevo retortijón hizo que le temblaran las piernitas, no llegaría a tiempo al baño de maestros, dio vuelta en un pasillo y entró en el lugar donde ni los dioses ni los directivos han puesto un pie: el baño de alumnos.

Llevaba años sin entrar en este baño, desde su época de estudiante, tras purgar la maldición y recuperar el control de su intestino, el Hechicero Tlacuache pudo apreciar cuánto había cambiado el lugar en más de seis décadas. El olor era el mismo, penetrante y mareador, como si te dieran un puñetazo, aunque el buqué era un poco más añejo.

Las manchas misteriosas del piso y paredes seguían en el mismo lugar, aunque habían crecido. Conocer su procedencia y naturaleza eran el tipo de sabiduría que el Hechicero Tlacuache prefería ignorar, la gotera de residuos químicos que se filtraba del Laboratorio de Pociones había crecido hasta convertirse en un bello charco que cambiaba de color, e inclusive podría jurarse que gruñía.

―Tal vez debería avisar a los directivos ―pensó el Hechicero Tlacuache mientras se lavaba las manos ―. Ese charco cambia a un color amarillo que no se ve muy saludable ―movido por la curiosidad se puso a explorar las paredes.

Es bien sabido que todos los baños escolares, sobre todos los del género masculino, tienen al menos una maldición rayada en las paredes; palabrotas, afirmaciones de que Fulano es medio así, o que Mengano hizo tal cosa allá, groserías, letreros y declaraciones, tan diversas como variopintas. Sin embargo, el Hechicero Tlacuache no esperaba encontrar la pared tan saturada, era un collage inmenso de palabrotas, afirmaciones y letreros tan obscenos que creyó estar leyendo lenguaje demoníaco.

El Hechicero Tlacuache apretó el puño con ira, no podía quitar la vista de aquel muro de barbarie, no obstante, fue el símbolo que más se repetía lo que de verdad lo sacó de quicio: dos círculos pegados y entre ellos un óvalo. El símbolo se repetía una y otra vez, en todas las paredes, piso e incluso techo, con diferentes caligrafías y tintas, inclusive con diferentes figuras, pero siempre representando la misma parte del cuerpo característica de los caballeros…

Esto hizo enfurecer aún más al Hechicero Tlacuache, podían lanzarle una maldición de diarrea a él, pero faltarle el respeto a esta bella institución era ir demasiado lejos.

Él, en su época de estudiante, NUNCA se había atrevido a rayar las paredes de este sacrosanto lugar, o al menos no recordaba que lo hubieran reportado por eso.

―Esto no puede quedarse así ―dijo mientras movía las manos para concentrar el poder mágico. Murmurando en legua mágica dijo: ―Quetodoaquelquehayarayadoestasparedes, zim-zalabín, queselescaigaelpilín.

La ola de magia explotó hacia todas las direcciones, atravesando paredes, aulas y alumnos. En la lejanía el Hechicero Tlacuache escuchó los gritos de sorpresa con miedo de los estudiantes. Había sido una excelente broma, cualquier aprendiz de primero podría hacer un contrahechizo para recuperar la adhesión de cualquier parte del cuerpo que se le hubiera caído, no habría ninguna consecuencia de la cual preocuparse.

El Hechicero Tlacuache rio por lo bajo, pensando en la magnífica venganza que se había cobrado, dio un paso hacia la salida cuando de repente sintió cómo algo se separaba de su cuerpo, se deslizaba por su pierna y caía por los pliegues de su túnica.

Sin entender bien lo que pasaba vio cómo su pilín rodaba hacia el charco de desechos químicos. ―Ay, no ―pensó el Hechicero Tlacuache antes de que su pilín desapareciera en el charco amarillo.