La filosofía interminable de Ende: El cruce de puertas como alegoría de la vida


Roberto Carlos Garnica Castro

Silfos nocturnos, fuegos fatuos y comerrocas, una tortuga gigante, un monstruo proteico y un dragón de la suerte, oráculos y esfinges, hombres lobo, brujas y vampiros, tres niños (una emperatriz, un héroe y un lector apasionado), y muchas otras criaturas fantásticas, hacen de La historia interminable un impulso para soñar y viajar. 
Es también un texto que estimula el pensamiento. ¿Me acompañas a desentrañar sus tesoros filosóficos?


El cruce de puertas como alegoría de la vida

En Las tres puertas mágicas (capítulo sexto de La historia interminable), Atreyu sigue recibiendo los cuidados médicos de Urgl y la instrucción de Énguivuck para encontrarse con Uyulala, el Oráculo del Sur, que le revelará quién puede darle un nuevo nombre a la Emperatriz Infantil y así salvar a Fantasia de la Nada. El gnomo le explica que debe atravesar tres puertas mágicas: la Puerta del Gran Enigma que está custodiada por dos esfinges, la Puerta del Espejo Mágico que refleja quién eres en realidad y La Puerta sin Llave que sólo se abre si no deseas entrar. Y cuando llega el momento, el valiente Atreyu enfrenta las tres puertas.

Además de la historia, que es fascinante, el Capítulo VI aborda varios tópicos filosóficos: la contraposición entre conocimiento teórico y saber práctico, la medicina como elemento insuficiente para recuperar la salud (“la medicina sola no basta” -Ende 2022, p. 105-), la paciencia como base de la acción (“con prisas no se hace nada” -Ende 2022, p. 105-), lo sublime como categoría estética (“la belleza puede ser horrible” -Ende 2022, p. 115-).

En sí misma, la puerta es un símbolo muy potente asociado con el esoterismo y los ritos de paso: la frontera, la boca de la caverna, la entrada al templo, son umbrales que transforman y que no se deben franquear sin preparación, la transición de la persona liminar implica muerte y renacimiento (Turner 1980).

En ese sentido, abordaremos la aventura de las tres puertas mágicas como una alegoría de la vida y los proyectos trascendentales. Y el orden es significativo pues cada nueva puerta sólo aparece cuando se ha superado la anterior. ¿Cuáles son las características y el simbolismo de cada una de ellas?

La primera, la Puerta del Gran Enigma, siempre está abierta, pero sólo se puede cruzar si las esfinges cierran los ojos, pues su mirada expresa todos los enigmas del mundo y quien intenta enfrentarlos se queda petrificado (Cf. Ende 2022, p. 108). No hay explicación clara de cuál es la condición para que las esfinges cierren los ojos, silencien las incógnitas y permitan pasar: “han dejado entrar precisamente a algún estúpido o un infame bribón, mientras las personas más decentes y sensatas esperaban a menudo inútilmente durante meses” (Ende 2022, p. 108). Al parecer, no se puede caminar si nos esperamos a tener todas las respuestas. Como lo sugiere Kant en relación con las antinomias y Buda en la parábola de la flecha: el hombre que no presupone el libre albedrío (Kant 2005) o no se decide a seguir el camino recto hasta saber “si el mundo es eterno o no es eterno” (Díaz 2004, p. 194) es como quien, al ser herido por una flecha envenenada, muere porque no acepta el auxilio médico si antes no averigua quién lo hirió, a qué velocidad iba la flecha, de qué material era el arco, etc.

La segunda, la Puerta del Espejo Mágico, “está tanto abierta como cerrada” o, más bien, “no está cerrada ni abierta” (Ende 2022, p. 111). Se trata de una especie de espejo que no muestra el exterior sino el interior, “quien quiera atravesarlo tiene que […] penetrar en sí mismo” (Ende 2022, p. 112). Siguiendo nuestro eje interpretativo, este umbral exige que nos enfrentemos a nosotros mismos, que nos miremos como en realidad somos. Nada fácil, pues muchas veces ocurre que aquellas personas “que se consideran especialmente intachables huyen gritando del monstruo que los mira irónicamente desde el espejo” (Ende 2022, p. 112).

La tercera, la Puerta sin Llave, está cerrada. Además, “no tiene picaporte, ni pomo, ni ojo de cerradura” (Ende 2022, p. 113). Está hecha de un material especial, selén fantástico, que reacciona a la voluntad: “cuanto más se quiere entrar, tanto más se cierra la puerta” (Ende 2022, p. 113). La única manera de franquearla es suprimiendo todo deseo de hacerlo. Se trata de una paradoja en apariencia irresoluble. Sin embargo, reivindica el valor de las acciones en sí mismas: “la buena voluntad no es buena por lo que efectúe o realice […] es buena en sí misma” (Kant 1921, p. 8), “buscad el reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura” (Mateo 6, 33). De acuerdo con nuestra clave interpretativa, se aconseja que hagamos las cosas no por dinero, poder o reconocimiento sino por amor… y lo demás también vendrá. El camino inverso está cerrado y provoca frustración.

En esta entrega no abordamos todas las cuestiones filosóficas que se tocan en el Capítulo VI de La historia interminable. Ya habrá ocasión para hablar de ellas. Pero queda claro que nos propone una profunda manera de concebir la vida y nuestros proyectos: deja atrás las preguntas y las dudas (esa puerta está abierta, sólo basta que te decidas a actuar), enfréntate a ti mismo, ten el valor de ponerte delante del espejo (esa puerta está abierta y cerrada, depende de quién eres) y, finalmente, has las cosas por el gusto de hacerlas y todo saldrá bien (esa puerta está cerrada y sólo una voluntad desinteresada puede trasponerla).


Ilustración de la entrada “El reflejo del portal” por Tomás “Yami” Hernández.

Referencias.

Díaz, Carlos (2004). Manual de Historia de las religiones. Desclée De Brouwer.

Ende, Michael (2022). La historia interminable. Alfaguara.

Kant, Immanuel (1921). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Ed. Pedro M. Rosario Barbosa.

Kant, Immanuel (2005). Crítica de la razón pura. Taurus.

Turner, Victor (1980). La selva de los símbolos. Siglo XXI.

Si no los perros, la gente


Por Antonio Pacheco Zárate


Los perros aullaron la noche entera. El eco de sus aullidos provocó el canto atemporal de las cigarras y apresuró los insomnios de marzo; por eso don Simón se levantó de mal humor.

—Como si no fuera bastante con ese enjambre que no nos deja vida —le dijo a su esposa.

—Se va a morir alguien —respondió doña Sara y subió una olla de peltre al brasero.

—¿Pudiste dormir y lo soñaste?

—Lo soñaron los perros. Por eso aullaban.

Apoyó el hombro en la jamba y perdió la mirada en el verde de las montañas, donde en tiempos remotos había aparecido la milagrosa imagen de la Virgen del Silencio.

—Al menos los perros no joden a diario. El enjambre nace todos los días. Nunca se calla.

Ella dijo sí con la cabeza, metió otro leño al brasero y le sugirió que fuese al patio para que lo animaran los rayos del sol mientras preparaba el café.

Desde el banco de madera, las manos en las rodillas, don Simón descubrió un espléndido cielo azul sobre el caserío de las siete lomas del pueblo. Volvió a escuchar el enjambre. Lo vio elevarse por detrás de la cúpula de la iglesia convertido en una nube negra que manchó el paisaje, sobrevolar el barrio de San Luis Rey y descender en dirección a la casa, asustando a las aves guarecidas entre las ramas de las ceibas y haciendo ladrar enloquecidos a los perros que lo persiguieron hasta una de las ventanas de la cocina, por donde logró colarse. Apenas entró, salió disparado en medio de una humareda. Antes de verlo desaparecer, Don Simón sintió dos aguijonazos: uno en la oreja y otro en la frente. Su humor incendiario se acrecentó y lanzó una maldición.

—Almorzaremos al volver —fue a decirle a su esposa, que parecía apurada en volver a encender el fuego—. Ve al cuarto por tu rebozo y mi bastón.

Isidro encontró a sus padres en el camino real; volvía de ordeñar a las vacas. Supuso que iban a llevar sus condolencias a la familia de algún pariente que habría fallecido al amanecer, y por eso el escándalo de los perros.

—Vamos a buscarte esposa —le anunció su padre—. Se te está pasando la edad.

—Pero no quiero casarme.

—Son muchos años sin querer —dijo doña Sara sin mirarlo—. Tu padre hace lo correcto.

Isidro los vio alejarse rápido con pasos lentos. También estaba harto del enjambre que lo sorprendía a cualquier hora y en cualquier lugar, aguijoneándole la frente, o las mejillas, sonrojándolo como a los timadores del Chamizal cuando eran descubiertas sus tretas en las ferias, pero no creía que el matrimonio fuese la solución, aunque tampoco tuviera otra mejor.

Teresita Vargas se levantó tarde de la cama. La aulladera de los perros le había impedido dormir y tener los sueños de amores que la acechaban sin tregua desde los días en que cesaron las lluvias. En el corredor se topó a su primo. Se miraron a los ojos y él agachó la cabeza; ella apretó los labios con la cabeza altiva y se movió para evitar el roce. Después, saludó a los ancianos visitantes con la certeza de que estaban ahí para comunicarles el fallecimiento de algún familiar desconocido en un pueblo lejano; tal vez por eso habían aullado los perros. Tomó la escoba y comenzó a bajar las telarañas de las esquinas.

—Nuestro hijo Isidro —estaba diciendo el anciano— es un muchacho honrado y trabajador, y ha decidido sentar cabeza, pero es muy tímido. Por eso venimos nosotros.

—Sabemos que Teresita, aquí presente —agregó doña Sara—, está en edad de merecer. Y nuestro muchacho tiene interés en pedir su mano.

Doña Teresita madre les recalcó que lo que se decía “un muchacho”, Isidro ya no lo era. Pero tomando en cuenta sus atributos, podían ponerlo a consideración de la hija.

Teresita bajó una tarántula que se apresuró a aplastar. Otras brotaron de la araña despanzurrada y las aplastó también. De ellas brotaron más.

—¡Dios me libre de estas alimañas en el convento! —dijo.

Y les contó cómo esa madrugada, durante un sueño breve, le había sido revelada su vocación de monja.

—Igual que nuestro sobrino Gaudencio —dijo su padre—, que desde que pasó el tiempo de aguas vive aquí a la espera de ser recibido por los frailes.

Don Simón y doña Sara pretendieron convencerla de que las epifanías sucedían a las seis de la tarde y no de madrugada, y que enclaustrarse a su edad y con su belleza era una mala decisión. Pero Teresita estaba al tanto de los rumores sobre Isidro y no necesitaba meditar su respuesta.

—Les agradezco mucho el interés en mi persona —les dijo—. Pero rechazar el llamado del cielo es pecado mortal.

Doña Teresita madre, esperanzada en la posibilidad de tener una hija santa, se disculpó con ellos.

—Desgraciadamente el destino no quiso emparentarnos —les dijo—, pero con gusto podemos ser padrinos de lo que se le ofrezca a Isidro cuando encuentre esposa. Por cierto, tenemos chivos y borregos que les podemos vender a buen precio para la barbacoa.

Por cortesía, y ánimo de no ver derrotado su orgullo, don Simón pidió revisar los chivos.

—Deberíamos visitar a los parientes ya que andamos en este barrio —sugirió doña Sara cuando subieron a la loma más alta.

—¡No! —respondió tajante don Simón—. Entre ellos nació ese condenado enjambre.

Visitaron cuatro casas más, donde tampoco tuvieron suerte. Rendidos, fueron a ver a la madrina de Isidro, la vieja Damiana, una negra frondosa de carcajadas de estruendo y vestidos floreados; poco letrada, pero de reconocida sabiduría.

—Ninguna quiere ser su mujer —murmuró don Simón con tristeza de desahuciado—. Y estoy seguro de que es culpa del maldito enjambre.

Damiana soltó una risotada.

—Pero, compadre’, pue’ si yo dije desde que’l ahijao tenía quince, que ese no iba pa’ tene’ muje’. Y entonce’ lo podiamo’ mete’ a’ seminario.

—¿Qué hacemos, comadre? —preguntó doña Sara entrelazando los dedos.

—Puede pone’ una cantina —respondió revolviendo azúcar y zumo de limones en una jarra de cristal.

Ellos debieron saber que no opinaría más, porque carecía de la desvergüenza necesaria para usar rodeos y sutilezas.

Esa noche Isidro se enteró de que conseguir esposa no era asunto fácil.

—Dicen que Teresita Vargas…

—Va a ser monja —lo interrumpió doña Sara con remarcada ironía.

—Tal vez en la ciudad puedas encontrar una buena muchacha —sugirió don Simón.

—No me quiero ir.

—Nunca has querido nada. Tal vez quieras poner una cantina.

Por la mañana, Isidro descubrió que el recorrido de sus padres, en lugar de menguar el enjambre, lo había acrecentado en tal proporción que tenía encapotado el cielo.

—¡Pues no me voy! —le gritó levantando los puños.

Se dirigió a la casa de Teresita Vargas y la llamó a gritos desde los platanares en la entrada del predio. El murmullo incesante del enjambre, que ondeaba lentamente arriba, le azotaba los oídos.

—Vine a enamorarte —le dijo cuando ella acudió—. Dime qué debo hacer.

Los padres y el primo de Teresita los observaban desde el corredor.

—No puedo corresponderte. Voy a ser monja —contestó.

—Entonces ayúdame a saber cómo acabar con el enjambre.

—Eso es imposible —dijo—. Pero puedes ignorarlo como los gatos a los niños, como los nopales al desierto. Acostúmbrate y pon cara de palo.

Isidro la vio dirigirse a la casa y al primo seguirle los pasos. Sintió la mirada de lástima de los padres de Teresita y decidió estrenar el consejo. Levantó la cabeza y les sonrió.

Un mes después murió don Simón. Durante el entierro, Isidro escuchó decir que Teresita Vargas estaba embarazada; nadie sabía de quién, si de su casa no salía y tenía decidido enclaustrarse. Sintió lástima por ella. Supo que si don Simón hubiera conocido y puesto en práctica el consejo de Teresita, habría vivido menos agobiado sus últimos días.

Esa noche los perros volvieron a aullar sin misericordia. Pero mientras le servía el desayuno a Isidro, doña Sara le respondió que no había escuchado otra cosa que el ruido brutal de los recuerdos; tal vez, agregó, significaba que el muerto no sería un conocido. En el ir y venir del brasero, vio por la puerta, con el rabillo del ojo, que algo se aproximaba veloz bajo las nubes. Se llevó una mano a la frente para distinguirlo entre la luz. Era el enjambre. Corrió al brasero y azotó furiosa los leños contra la ceniza. No consiguió verlo entre la espesura de la humareda, pero sintió dos aguijonazos: uno en la oreja y otro en el pecho.

Antonio Pacheco Zárate es originario de Oaxaca, México. Escritor autodidacta, inició su formación en foros literarios de internet. Ha publicado cuentos en diversas revistas, antologías y portales literarios de México y el extranjero.

LA PALABRA DE LOS ABUELOS: «Jun, el que regresa al cielo»

Roberto Carlos Garnica


La escritura es mágica y en este preciso instante puedes “oírme” gracias a su poder, pero nunca hay que dejar de abrevar de la ancestral sabiduría oral.
En Papantla, cuna de la hermana vainilla, viven muchos abuelos que desean compartir sus historias. Aquí, en La palabra de los abuelos, recupero algunas de esas narraciones y las reelaboro de manera literaria.
En esta ocasión, te presento un mito que me compartió Alfonso Hernández San Juan de la comunidad de San Lorenzo, Tajín.

Jun, el que regresa al cielo

Jun (Colibrí) anda entre las flexibles ramas de un puan. Coge y come sus frutillas dulces y rojas. Un colibrí se acerca, roza las hojas de variados tonos verdes y chupa alegre el néctar de las florecitas blancas. Sin esperarlo, Jun (el niño) y jun (el pajarillo) se encuentran frente a frente. El niño se lleva un puan a la boca y se extasía con el batir tornasol de las alas del chuparrosa, el pajarillo sumerge su lengua en la miel y sus ojos sonríen, no tiene miedo.
Kiwíkgolo, el dueño del monte, se acerca al pie del árbol y su corazón se hinche de emoción al verlos juntos. “Ya era tiempo de que mis nietos se miraran” le comenta a Pa’un (el Viento).
Jun (el pajarillo) traza una cruz en el aire y luego se lanza veloz hacia lo alto, hasta perderse en el blanquiazul techo del mundo. Jun (el niño) lo mira alejarse y lo despide con un leve vaivén de la mano.

—¿Viste, abuelito?, nuestros ojos se hablaron, ahora somos espejos.

—Sí, mi niño.

—Tenemos el mismo nombre…

—Sí, Jun (colibrí), tus padres lo eligieron para orientar tu staku (estrella).

—Ya no lo veo, ¿a dónde fue?

—Fue a dar una vuelta al cielo.

—¿Hasta el cielo?

—Sí, es el único que puede hacerlo. ¿Quieres saber cómo obtuvo ese don (staku)?

Al niño le brillaron los ojos pues supo que sus tres corazones serían alimentados con bellas palabras.

—¡Sí, abuelito!

—Te lo contaré mientras juntas puanes para tu abuelita y para mí.
Y fue así como, mientras Jun (el niño) se fundía en la imaginación con jun (el pajarillo), Kiwíkgolo narró esta historia:


«El mundo ha acabado muchas veces y de diferentes formas. Una vez se acabó con un diluvio. La tierra entera se cubrió de agua. El tiempo pasaba y no había lugar seco en ninguna parte. Los dioses se dirigieron a Chuun (Zopilote), que es un pájaro muy grande, y le pidieron:

—Baja a la tierra. Ve si ya hay lugar seco, ve si ya se puede pisar, ve si ya se puede vivir.

Chuun extendió sus alas negras y se dispuso a planear y recorrer el mundo.

—Pero no comas nada de lo que hay abajo, porque si lo haces ya no podrás regresar —le advirtieron con severidad.

Chuun descubrió que el nivel del agua había bajado y que algunos lugares ya estaban secos. El pájaro encontró gran cantidad de cadáveres, se trataba de alimento prohibido, pero tenía mucha hambre. Entonces desobedeció el mandato y se alimentó con carne muerta. Es por eso por lo que Chuun ya no regresó al cielo.


Después de algún tiempo sin recibir noticia, los dioses decidieron enviar a otras aves de grandes alas y a todas señalaron:

—Baja a la tierra. Ve si ya hay lugar seco, ve si ya se puede pisar, ve si ya se puede vivir. Pero no comas nada de lo que hay abajo, porque si lo haces ya no podrás regresar.

Después de tanto volar todas las aves sintieron hambre y comieron carne muerta. Ninguna regresó al cielo.

Los dioses se preguntaron:

—¿Qué podemos hacer?

—Enviemos a Jun —dijeron unos.

—Él no podrá, es muy pequeño —dijeron otros.

—¿Entonces que hacemos?

—Yo iré —dijo el pequeño Jun.

—Está bien, pero no comas nada de lo que hay abajo, porque si lo haces ya no podrás regresar.

Jun (colibrí) bajó a la tierra y vio que el agua ya se había acomodado y había dejado espacio para las flores, para los árboles y para los animales que caminan. Tenía mucha hambre, pero resistió. Obedeció a los dioses: no comió el alimento prohibido y regresó al cielo:

—Abajo, en la tierra, ya hay lugar seco, ya se puede pisar, ya se puede sembrar, ya se puede vivir —anunció».


—Y es por eso, mi niño, que a Jun se le entregaron tres dones: alimentarse del divino néctar (no come nada, sólo la miel de las flores), ser muy veloz a pesar de su pequeño tamaño y volar alto, muy alto, hasta alcanzar el cielo.

—Abuelito, yo quisiera ser como Jun.

—Mi niño, tú eres Jun.

—Quisiera volar.

—Poco a poco comprenderás el sentido de tu nombre y de tu estrella (staku).
Jun se quedó pensativo unos segundos. Entonces brillaron sus ojos porque una imagen se le presentó como la promesa de una nueva historia.

—Abuelito, he visto que los zopilotes no tienen plumas en la cabeza ni alrededor del cuello, como si estuvieran chamuscados.

—Jun, mi inquieto pajarillo, eres muy observador y todo tiene su razón de ser, también Chuun (Zopilote) cumple su encomienda, pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Agradecimientos:
A Alfonso Hernández San Juan de la comunidad de San Lorenzo, Tajín por compartirnos la historia de Jun, el que vuela al cielo.
Al maestro José López Tirzo, por asesorarnos con la escritura de los vocablos totonacos.

Crédito de la imagen:
«Pequeño Jun» por Rufina Pérez Jiménez

Los últimos pasos del amor


Por Javier Huaman


Lo que importa no es lo que te sucede, sino cómo lo llevas”

Séneca

Se había puesto su vestido más elegante, por la ciudad lucía sus finísimos zapatos, haciendo sentir con sus tacones firmeza y seguridad. Por donde iba enamoraba a más de un semental, pero ella no respondía a esas miradas lascivas y dándoles la espalda, disipaba alguna oportunidad amatoria.

Al llegar a su destino, indicó que tenía cita programada. Unos minutos después, la puerta del consultorio se abrió, ella ingresó con su elegante andar.

El doctor miró a contraluz las tomografías, leyó el informe médico y dio su diagnóstico con un tono a sermón rutinario:

―No hay nada que hacer, esto es irreversible, lo siento señora.

―¿Cuánto tiempo? ―preguntó ella, tratando de ser valiente.

―Seis meses, y le aconsejo que para entonces ponga en orden todos sus asuntos ―fue una frase imperativa.

Ella se quedó pensativa unos instantes, para luego marcharse, dejando en el aire del consultorio el aroma de su perfume.

Una vez en casa, ella cruzó la gran sala y corrió las cortinas; tras las ventanas, pudo ver el jardín y el ocaso de aquel inolvidable día. «Se muere el sol, se muere el día, me muero yo», pensó. Llevó a sus delgados labios un vaso de Gin & Tonic; poniendo el codo sobre la chimenea de mármol, y cuidando siempre; de no manchar unos papeles mecanografiados sobre el escritorio.

Sintió su vida flaquear, pronto viviría con un dolor agonizante. No quiso ponerse melancólica ni tampoco llorar, trató de ser de hierro, como le había enseñado su padre, pero no pudo, la cruda realidad era innegable. Se moría.

«Cómo es la vida, a mi mediana edad me viene a dar esta enfermedad, yo que todo el tiempo me cuidé, no lo entiendo» Dijo en la soledad de la habitación. Sacó un espejo de su bolso, todavía mantenía su hermosura, y así se la imaginaría siempre, incluso cuando llegue su hora final. Probó una copa más y siguió reflexionando: «En el colegio, la maestra decía, que todos los días muere una célula de nuestro cuerpo, sí, tenía razón, pero en mi caso son miles de células; y esto me empuja ante el inevitable fin».

El esposo llegó para saber cómo estaba su mujer, la encontró en la sala viendo la noche; y el rostro de la luna triste se ocultaba entre las nubes, impotente de consolarla. Ninguno de los dos habló, al cabo de unos instantes, sin perder su garbo; ella volteó a mirarlo, hubo cierta tensión, como en una pelea de gallos.

Ella dejó el vaso en el escritorio y le dijo:

—Hoy estuviste muy profesional en la consulta, tu diagnostico me sorprendió y aún trato de asimilarlo; pero lo que más me llamó la atención, fue tu frase: “le aconsejo que para entonces ponga en orden todos sus asuntos”. Escúchame querido, esos “asuntos” ya los puse en orden.

Y agarrando las hojas mecanografiadas, las aventó en la mesa:

—Son los papeles del divorcio, hoy los he firmado, ¡Vamos! ¡Cógelos! ¿No es eso lo que tanto querías? —exclamó, al mismo tiempo que se arrepentía de no haberlo hecho tiempo atrás.

Él quiso decir algo, pero ella con un ademán de que no la interrumpiera, continuó:

―En este momento de mi vida, solo puedo cargar una cruz, y esa es mi enfermedad. Y añadió una frase estoica: “No tenemos poco tiempo, sino que perdemos mucho”. Y nuestro amor hace años que se perdió.¡Así que se acabó! Me marcho a disfrutar y resistir lo que me queda de vida; toma las llaves si quieres, y no me jodas más, ¡Adiós!

La puerta se cerró bruscamente, y solo quedó el eco del sonido de sus tacones.

La filosofía interminable de Ende: el grito que destroza la barrera ontológica

Roberto Carlos Garnica Castro


Silfos nocturnos, fuegos fatuos y comerrocas, una tortuga gigante, un monstruo proteico y un dragón de la suerte, oráculos y esfinges, hombres lobo, brujas y vampiros, tres niños (una emperatriz, un héroe y un lector apasionado), y muchas otras criaturas fantásticas, hacen de La historia interminable un impulso para soñar y viajar.

Es también un texto que estimula el pensamiento. ¿Me acompañas a desentrañar sus tesoros filosóficos?

El grito que destroza la barrera ontológica

En Ygrámul el Múltiple (cuarto capítulo de La historia interminable) Atreyu, dejando atrás el Pantano de la Tristeza, se interna en las Montañas Muertas, “un desierto de piedra en el que no había un ser vivo… ni siquiera los buitres que suelen seguir a los caminantes perdidos” (Ende, 2022, p. 77). Sabe que si sigue avanzando se encontrará en el Abismo Profundo con Ygrámul el Múltiple, terrible criatura que adopta innumerables formas y posee un veneno que, aunque mata en una hora, “da también a quien lo recibe la facultad de trasladarse al lugar de Fantasia que desee” (Ende, 2022, p. 86). En un intento desesperado por llegar al Oráculo del sur, Atreyu se deja envenenar.

Además de la historia, que es fascinante, el Capítulo IV aborda varios tópicos filosóficos: la desesperanza y la pérdida del impulso para continuar, el compromiso con los demás, la relación entre lo real y lo imaginario, la exigencia de que el que gobierna respete la esencia de los seres, etc. En esta quinta entrega de La filosofía interminable de Ende, nos sumergimos en dicho apartado para reflexionar en torno a la conexión subyacente entre el libro y la realidad exterior.

El trueno que provoca esta filosófica reacción en cadena es un grito que proviene de otro mundo. Esta es la escena:

Atreyu camina al borde de un gran abismo y se encuentra con una gigantesca telaraña que cuelga de un extremo a otro. Atrapado en sus hilos hay un majestuoso dragón blanco y, mortificándolo, una extraña criatura compuesta de innumerables bichos azules que cambia continuamente de forma: “tan pronto parecía una araña gigante de grandes patas, muchos ojos ardientes… como se convertía en una gran mano de largas garras… y al momento siguiente se transformaba en un gigantesco escorpión negro” (Ende, 2022, p. 82).

Ygrámul, la bestia proteica que ataca al dragón de la suerte, siente la presencia de Atreyu y “da la vuelta con la rapidez de un relámpago, y su aspecto era horrible: ahora era sólo un rostro gigantesco de color azul acerado, con un único ojo” (Ende, 2022, p. 83).

En ese momento Ende cambia la tinta verde por la púrpura y apunta: “Bastián lanzó una pequeña exclamación de horror” (Ibidem.). Y, retomando el verde en el siguiente renglón, relata cómo “un grito de horror resonó en la garganta ­­­­­[de la montaña], rebotando de un lado a otro como un eco” (Ibidem.). Todos se sorprendieron porque no había alma humana que pudiera emitir sonido alguno en cientos de kilómetros a la redonda.

Un paréntesis: recordemos que La historia interminable está escrita en dos tintas: “en púrpura se narra lo que ocurre en el mundo real de Bastián y en verde lo que sucede en el mundo imaginario de Fantasia” (Garnica, 2024a). Y aunque ambos mundos conviven en “el no-lugar del lenguaje” (Foucault, 1968, p. 2), de acuerdo con la lógica interna del libro se trata de dos dimensiones insalvables.

Así pues, con un grito que nace en el “mundo real”, pero que se escucha en el “mundo imaginado”, Ende destroza una barrera ontológica.

Con la breve exclamación de horror de Bastián, La historia interminable se convierte en libro-rizoma que distribuye “en una sola página, en una misma playa: acontecimientos vividos, determinaciones históricas, conceptos pensados, individuos…” (Deleuze y Guattari 2002, p. 15), “no es una imagen o representación del mundo, sino que hace rizoma con él” (Garnica, 2020, p. 141). Como sugerimos en La infinitud exponencial del libro rizoma: el relato sin fin de Ende, al “estar escrito en dos tintas que jerarquizan ontológicamente lo narrado, sigue los principios de conexión y heterogeneidad y saluda al mundo exterior” (Garnica, 2024b).

Finalmente, iluminado por un relámpago de metaconciencia, Bastián, quien hasta el momento se considera un lector pasivo al margen de la historia, se cuestiona si los personajes del libro pudieron escuchar su grito, pero el sentido común le advierte: “No es posible” (Ende, 2022, p. 84).

Y tú, ¿de qué manera te conectas con el relato y con esta reflexión?, ¿qué ocurriría si agregas un comentario al final de este escrito?, ¿podría escucharte?

En esta entrega no abordamos todas las cuestiones filosóficas que se tocan en el Capítulo IV de La historia interminable. Ya habrá ocasión para hablar de ellas. Pero queda claro que tratamos con un libro fantástico y peligroso que amenaza, mi querido lector, con convertirte en un personaje más del libro… “pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión” (Ende, 2022, p. 37).

Créditos de la imagen:
«Trato con la oscuridad por una luz de esperanza» ilustración de: Tomás «Yami» Hernández.

Referencias.

Deleuze, Guilles y Guattari, Félix (2002). Mil mesetas. Pre-Textos.

Ende, Michael (2022). La historia interminable. Alfaguara.

Foucault, Michel (1968). Las palabras y las cosas. Siglo XXI.

Garnica, Roberto (2020). Elementos para una escritura y una antropología rizomáticas. Cuicuilco Revista De Ciencias Antropológicas, 26(76), 129–151. Recuperado de https://revistas.inah.gob.mx/index.php/cuicuilco/article/view/15464

Garnica, Roberto (2024a). La aventura de la recursividad, en La filosofía interminable de Ende. Colectivo Delfos. Recuperado de https://colectivodelfos.com/2024/10/06/la-filosofia-interminable-de-ende-la-aventura-de-la-recursividad/

Garnica, Roberto (2024b). La infinitud exponencial del libro rizoma, en La filosofía interminable de Ende. Colectivo Delfos. Recuperado de https://colectivodelfos.com/2024/11/17/la-filosofia-interminable-de-ende-la-infinitud-exponencial-del-libro-rizoma/

LA PALABRA DE LOS ABUELOS: «Juan Aktsin, el que retumba en el fondo del mar»

Por Roberto Carlos Garnica Castro


La escritura es mágica y en este preciso instante puedes “oírme” gracias a su poder, pero nunca hay que dejar de abrevar de la ancestral sabiduría oral.

En Papantla, cuna de la hermana vainilla, viven muchos abuelos que desean compartir sus historias.

Aquí, en La palabra de los abuelos, recupero algunas de esas narraciones y las reelaboro de manera literaria.

En esta ocasión, te presento un mito meteorológico que me compartió el maestro Antonio Pérez Jiménez.

Juan Aktsin, el que retumba en el fondo del mar

Era 24 de junio al mediodía. De algún modo los animales y los sabios sentían en sus cuerpos la transición de la primavera al verano. La pequeña Sen (Lluvia) y su abuelo Kiwíkgolo, el Señor del monte, caminaban bajo la mirada del poderoso Chichiní (Sol).

—Abuelito, ¿es cierto que siempre llueve el día de San Juan? —inquirió Sen.

—Así ha sido desde tiempos inmemoriales —sentenció Kiwíkgolo.

—Pero, no está ni un poquito nublado.

—El andar de Kgatuxawat (la Naturaleza) es misterioso, mi río celeste.

En ese momento se escuchó un terrible estruendo que hizo brincar a Sen.

—¡Son truenos de tormenta abuelito!

—No, es el rugido de Juan Aktsin que está encadenado en el fondo del mar.

—¿Hablas del Señor del agua y el trueno? —preguntó asombrada.

—¿Quieres qué te cuente cómo amarraron a Juan Aktsin y lo exiliaron en el fondo del mar?

A Sen le brillaron los ojitos pues supo que sus tres corazones serían alimentados con bellas palabras.

—¡Sí, abuelito!

—Escucha mientras seguimos adelante.

Y fue así como, mientras los abrazaba el corpulento Chichiní y una nube gris florecía en el horizonte, Kiwíkgolo narró esta historia:

***

«Juan Aktsin era el aprendiz de los dioses y vivía con ellos. El pequeño nunca supo de dónde vino ni cuándo nació.

Un día que los dioses debían salir le encargaron el lugar.

—Nosotros no estaremos durante un tiempo. Por favor, cuida la casa —le dijeron.

Le hicieron muchas recomendaciones y, de manera especial, le advirtieron:

—Juan, por ningún motivo te acerques a este baúl.

Pero Juan Aktsin era muy curioso y no respetó la prohibición. No sólo se acercó al baúl, sino que lo tocó, lo abrió y hurgó en sus entrañas.

Allí descansaban una misteriosa capa y una espada brillante.

Se puso la capa y empezó a volar. Atravesó las nubes. Nunca había experimentado una emoción tan grande. Se sentía el Señor del cielo.

Entonces levantó la espada plateada y la agitó. Hasta el más leve movimiento de la poderosa punta producía un relámpago. A Juan le divirtió mucho eso: ver las luces multicolores, oír los ensordecedores truenos. Pero esa imprudencia abrió de par en par las compuertas del cielo y desató las tempestades prohibidas; el agua, el aire y el fuego amenazaban con destruir la tierra.

Cuando los dioses regresaron, se dieron cuenta del trascendental peligro y se preocuparon. Intentaron detener al travieso Juan, pero nadie pudo hacerlo.

La única persona que quizá podía evitar la catástrofe inminente era la Virgen.

—¿Podrías detener al chamaco? Sólo a ti te obedece —le rogaron.

—Veré qué puedo hacer —anunció Ella.

Sin embargo, Juan Aktsin tampoco le hizo caso a la Virgen, se había fundido con la capa y la espada.

Como último recurso, Ella le prometió:

—¡Tranquilízate, Juan! Si dejas todo eso, te regalaré uno de mis preciosos cabellos.

El joven aceptó; se quitó la capa y entregó la espada.

Entonces la Virgen se arrancó el cabello más largo y negro y se lo ofreció a Juan Aktsin.

Al muchacho se le encendieron los ojos y se le alegró el corazón. Pero en el momento que tomó el cabello éste se convirtió en irrompibles cadenas que lo sujetaron con fuerza.

Así apresado, los dioses lo arrojaron al fondo del mar.

—Allí te quedarás, Juan, hasta que descubras cuándo cumples años —lo sentenciaron.

Desde entonces, los días señalados, Juan Aktsin grita y pregunta cuándo es el día de su cumpleaños, pero ninguno de los dioses se lo revelará. No pueden liberarlo porque tomará otra vez la capa y la espada y provocará destrucción. No lo hace por maldad, sino por juego y diversión, para él las luces de los relámpagos y el ¡brooom!, ¡bruuum! de los truenos es pura fiesta».

***

—Y fue así, mi niña, como Juan Aktsin fue atado con cadenas y exiliado en el fondo del mar. Y cuando se escucha un fragor que parece trueno, incluso los días en los que el cielo está despejado, el grito no viene de arriba sino del fondo del mar, es Juan Aktsin que quiere saber cuándo es el día de su cumpleaños.

—¿Y cuándo cumple años, abuelito?

—El 24 de junio.

—Estoy un poco confundida, esta historia me recuerda la de Tajín y los siete truenos, ¿Juan Akstin es Aktsini-Tajín?, ¿es San Juan?, ¿quién es la Virgen?

—Sen, mi hermosa niña, ésas son otras historias y deben ser contadas en otra ocasión.

Agradecimiento:

Al maestro Antonio Pérez Jiménez, por compartirnos la historia de Juan Aktsin.

Crédito de la imagen:

Espartaco Garnica García. «La espada de Juan Aktsin»

El nuevo circo romano


Por Victor D. Manzo Ozeda


La multitud ruge. No es el rugido orgánico de los cuerpos amontonados bajo el sol abrasador del coliseo, pero es el mismo en su esencia. Un clamor sordo, pixelado, que se extiende por las redes como una marea incontenible. No hay arena, pero hay un escenario. No hay gladiadores, pero hay víctimas. La cultura de la cancelación no es otra cosa que el circo romano renacido, adaptado al siglo XXI: un espectáculo de condena pública donde el placer no está en la justicia, sino en el castigo.

Antes, los gladiadores luchaban por sus vidas mientras el público exigía sangre. Hoy, los «culpables» son arrastrados a la arena virtual, expuestos, despojados de contexto, y ofrecidos como sacrificios al dios de la moral moderna. El «cancelado» no es un humano; es un símbolo, un avatar de todo lo que el público rechaza en sí mismo. La multitud no lo odia por lo que hizo, sino porque en él se refleja su propia fragilidad, sus propios errores que, por suerte, todavía no han sido descubiertos.

Los emperadores ya no alzan el pulgar hacia arriba o hacia abajo; el juicio se dicta en hilos de Twitter, en foros, en comentarios replicados hasta la saciedad. Pero el veredicto es siempre el mismo: culpable. Porque en este circo no hay espacio para la absolución, para el arrepentimiento, para la redención. No se busca educar al acusado ni transformar al público. Solo se busca el espectáculo, la emoción efímera de ver a alguien caer.

La multitud cree que su furia es justicia, pero en realidad es hambre. Hambre de castigo, de sentir que su propia moralidad está intacta, de señalar con el dedo y gritar «¡no soy yo, es él!». Cancelar a alguien es el nuevo deporte de la época: una manera de demostrar superioridad sin necesidad de construir nada. En el coliseo romano, la violencia era física, brutal, inmediata. En el circo moderno, la violencia es simbólica, pero no menos devastadora. Y como en los viejos tiempos, cuando el espectáculo termina, la multitud se va a casa, satisfecha, esperando el próximo sacrificio.

Pero hay algo perverso en este circo contemporáneo, algo que lo distingue de su antecesor histórico. En el coliseo, los gladiadores sabían a lo que se enfrentaban. Entraban a la arena conscientes de su destino, preparados para luchar o morir. Hoy, nadie sabe cuándo será su turno. Cualquiera puede ser arrastrado a la arena sin previo aviso. Una palabra mal dicha, un comentario descontextualizado, un tuit de hace diez años. Las reglas no están claras, porque no hay reglas. Solo hay una multitud que observa, que espera, que ruge.

Y, como el coliseo, la cultura de la cancelación necesita víctimas para sobrevivir. Es un ciclo interminable, un motor que no puede detenerse porque vive de su propia destrucción. Si un día no hubiera nadie a quien cancelar, el circo se derrumbaría. Pero siempre habrá alguien, porque la multitud siempre encuentra una nueva razón para gritar. La cancelación no es el fin; es el medio. Un medio para perpetuar el ruido, para mantener viva la ilusión de que el mundo puede ser purificado a través del sacrificio.

Sin embargo, el verdadero espectáculo no está en la arena, sino en la multitud misma. Porque lo que el circo romano moderno revela no es la culpa del cancelado, sino la hipocresía de los espectadores. Nos gusta pensar que hemos evolucionado, que somos mejores que las multitudes que pedían la crucifixión de un hombre o la muerte de un gladiador. Pero el circo nos delata. Seguimos siendo los mismos, disfrazando nuestra sed de sangre con el lenguaje de la moralidad, escondiendo nuestra crueldad detrás de pantallas y palabras bonitas.

El circo romano nunca desapareció; solo cambió de forma. Y, como entonces, su fin no será la justicia, sino el hastío. Porque llegará un día en que la multitud, aburrida de su propio ruido, buscará un nuevo espectáculo. Y cuando eso ocurra, el coliseo quedará vacío, y lo único que quedará será el silencio de nuestras propias contradicciones.

La filosofía interminable de Ende: la esperanza como superación del nihilismo


Roberto Carlos Garnica Castro


Silfos nocturnos, fuegos fatuos y comerrocas, una tortuga gigante, un monstruo proteico y un dragón de la suerte, oráculos y esfinges, hombres lobo, brujas y vampiros, tres niños (una emperatriz, un héroe y un lector apasionado), y muchas otras criaturas fantásticas, hacen de La historia interminable un impulso para soñar y viajar. 
Es también un texto que estimula el pensamiento. ¿Me acompañas a desentrañar sus tesoros filosóficos?

La esperanza como superación del nihilismo

En La Vetusta Morla (tercer capítulo de La historia interminable) Atreyu se interna en la Gran Búsqueda y recorre fantásticas regiones en las que habitan mágicos árboles que cantan al crecer, personas que capturan la luz de las estrellas, seres con cuerpo de fuego, hombres “que nacen viejos y mueren cuando son bebés” (Ende, 2022, p. 62). En el bosque de Haule se enfrenta por primera vez a la Nada y en el Pantano de la Tristeza pierde a su fiel amigo Ártax. Finalmente, se encuentra con la Vetusta Morla, quien ha vivido tanto que sólo percibe sinsentido y desesperanza.

Además de la historia, que es fascinante, el Capítulo III aborda varios tópicos filosóficos: la relevancia y el poder de los nombres, la existencia al margen del tiempo, la tristeza y la desesperanza, el carácter de la Nada, la relatividad, el sentido de la vida, etc. En esta cuarta entrega de La filosofía interminable de Ende, nos sumergiremos en dicho apartado para reflexionar en torno al sinsentido de la existencia humana.

Recurriendo a potentes imágenes y símbolos, Michael Ende retoma el tema de la Nada. Reconoce que hablar de ella es un contrasentido pues, como asentó Parménides, “a la nada no le es posible ser” (Parménides, 2008, p. 309). Así pues, aunque entiende que es extraño “decir que la nada aumenta” (Ende, 2022, p. 63), de alguna manera ésta crece con la aniquilación. La describe como algo que en realidad no se ve, “no era un lugar pelado, una zona oscura, ni tampoco una clara; era algo insoportable para los ojos y que producía la sensación de haberse quedado uno ciego” (Ende, 2022, p. 64).

A pesar de su irrealidad, el contacto con la Nada tiene efectos: “no se siente nada. Sólo te falta algo y cada día te falta algo más” (Ende, 2022, p. 63), hasta que dejas de existir. Además, posee un poder de atracción irresistible.

No se trata sólo de un problema ontológico sino de una preocupación antropológica. La intuición de la Nada puede inclinarnos a la tristeza, la desesperación e incluso el suicidio. Una de las partes más desgarradoras de la historia es cuando Ártax, el caballo parlante de Atreyu y su fiel compañero, muere en el Pantano de la tristeza: empieza por hundirse un poco, considera que deben volver, que no tiene sentido perseguir “algo que sólo has soñado” (Ende, 2022, p. 67); conforme avanza se siente enfermo, “la tristeza de mi corazón aumenta. Ya no tengo esperanzas, señor. Y me siento cansado, tan cansado… Creo que no puedo más” (Ende, 2022, p. 67), hasta que, sin resistencia, abraza la muerte. Lo más terrible es que Atreyu no puede hacer nada para salvar a su amigo.

En el diálogo con la Vetusta Morla, una tortuga que ha vivido eones, se profundiza la cuestión. La anciana explica que su larga experiencia le permite comprender que “nada tiene importancia… Todo da lo mismo, exactamente lo mismo” (Ende, 2022, p. 70). En sintonía con el Eclesiastés que declara: “¡Esto no tiene sentido, nada a qué aferrarse!… Una generación se va y viene la otra… El sol sale, el sol se pone… lo que pasará es lo que ya pasó, y todo lo que se hará ha sido ya hecho” (Ecles. 1, 2-9); la tortuga explica: “todo se repite eternamente: el día y la noche, el verano y el invierno…, el mundo está vacío y no tiene sentido. Todo se mueve en círculos. Lo que aparece debe desaparecer, y lo que nace debe morir” (Ende,2022, p. 70-71).

Esta postura no es solo nihilista sino también relativista, escéptica y pesimista: “Todo pasa: el bien y el mal, la estupidez y la sabiduría, la belleza y la fealdad. Todo está vacío. Nada es verdad. Nada es importante” (Ende, 2022, p. 71), “si fueras tan viejo como nosotras sabrías que no hay más que tristeza” (Ende, 2022, p. 71).

De manera radical se sugiere, haciendo un guiño al existencialismo, que la Nada nos rodea. Sin embargo, “Atreyu recurrió a toda su fuerza de voluntad para contrarrestar el entumecimiento que le producía la mirada de la Vetusta Morla” (Ende, 2022, p. 71). Entonces se sobrepone y grita: “no es verdad que todo te dé lo mismo ¡Ni siquiera tú crees lo que dices!” (Ende, 2022, p. 71)

En esta entrega no abordamos todas las cuestiones filosóficas que se tocan en el Capítulo III de La historia interminable. Ya habrá ocasión para hablar de ellas. Pero hemos mostrado un interesante acercamiento al problema ontológico y antropológico de la Nada que propone superar la depresión y la inmovilidad con la fantasía y la esperanza.

Referencias.

Ende, Michael (2022). La historia interminable. Alfaguara.

Eclesiastés (2002), en La Biblia (2002). Editorial Verbo Divino.

Parménides (2008). Fragmentos, en Eggers Lan, Conrado (2008). Los filósofos presocráticos. Gredos.

Crédito ilustración de la entrada: «Duelo en el valle» por Yami Hernández @yamiherdez

Los fugitivos


Ronnie Camacho Barrón


El día en que los humanos perdimos la fe, fue el mismo en que los ángeles descendieron a la tierra, al principio el mundo se maravilló ante ellos y aunque su apariencia no encajaba en el canon de las descripciones conocidas, no cabía la menor duda de quienes eran.

Pues poseían cuatro pares de gigantescas alas blancas, sus ojos resplandecían más que el propio sol, las facciones de sus finos rostros les daban un aspecto andrógino y emitían una intensa aura celestial que hacía que cada persona en un radio de diez metros a la redonda terminase rendida a sus pies.

Como era obvio, los creyentes del mundo les recibieron con los brazos abiertos, estaban ansiosos por escuchar el mensaje que seguramente Dios les había encomendado darnos.

Fue muy tarde cuando descubrimos que aquellos seres alados no eran mensajeros de buenas nuevas, sino, vengativos ejecutores.

En cuestión de días y haciendo uso del poder de sumisión que tenían sobre nosotros, comenzaron a asesinar a cada humano que se pusiera en su camino, hasta el punto, de que grandes metrópolis como la Ciudad de México, Paris y Nueva York fueron purgadas en tan solo una tarde.

Sin más alternativa, la guerra en contra de los celestiales comenzó y no fue hasta hoy, a un año de haber iniciado el conflicto que por fin hemos encontrado la respuesta a su venida.

Con mucho esfuerzo logramos derribar a uno ellos y tras cercenarle las alas, no solo inhibimos sus poderes, también logramos interrogarle y lo que dijo, nos heló la sangre.

Dios no los había enviado, fueron ellos quienes por decisión propia habían descendido a la tierra para esconderse de él, pues siguiendo los pasos de Lucifer en los comienzos de la creación, ellos también intentaron rebelarse y de igual forma, fracasaron.

Fue por eso que antes de recibir su castigo, huyeron a nuestro mundo, pues solo aquí su ira jamás los alcanzaría y al ser ellos mismos sus propios ejecutores, nadie jamás los detendría de apropiarse del planeta.

No tenemos idea de cual será nuestro siguiente movimiento, la munición que tenemos es escasa y el último reporte que obtuvimos de nuestros vigías antes de perder la comunicación con ellos, es que una brigada entera de ángeles viene para acá.

Jamás pensé que el apocalipsis sería de esta manera, ni que aquellos seres hermosos en los que mamá me enseñó a creer, se convertirían en monstruosos bastardos que se cobrarían la vida de la mitad de nuestra civilización.

Ya los veo acercarse a la distancia y aunque yo deseo correr, mi cuerpo no responde, sé que ya no sirve de nada rezar, pero señor, te lo suplico, cualquier cosa que me vayan a hacer que la hagan rápido.

La palabra de los abuelos: «Xtan, el que trajo el fuego»

Roberto Carlos Garnica


La escritura es mágica y en este preciso instante puedes “oírme” gracias a su poder, pero nunca hay que dejar de abrevar de la ancestral sabiduría oral.
En Papantla, cuna de la hermana vainilla, viven muchos abuelos que desean compartir sus historias.
Aquí, en La palabra de los abuelos, recupero algunas de esas narraciones y las reelaboro de manera literaria.
En esta ocasión, te presento un mito cosmogónico que me compartió el maestro Romualdo García de Luna.

Xtan, el que trajo el fuego

Es la quinta noche de enero, el viento rasga las manos y los rostros descubiertos. No hay luna ni estrellas. La llama de tonos rojos y azules es la única fuente de luz y calor en el cerro.

La señora y el señor del monte (Kiwichat y Kiwíkgolo), Sen y Jun (Lluvia y Colibrí) conversan frente al fogón.

—Abuelitos, ¿por qué hace tanto frío? —pregunta Jun y tiembla.

—¡Imagínate si no existiera la lumbre, hermanito! —comenta Sen y lo abraza.

—Pues hubo un tiempo en el que no había fuego —asevera la gran abuela.

Los niños se miran sorprendidos.

—¿Quieren saber de qué manera Xtan (Tlacuache) trajo el fuego sagrado al mundo? —inquiere Kiwíkgolo.

A los niños les brillaron los ojos pues supieron que sus seis corazones serían alimentados con bellas palabras.

—¡Sí, abuelito! —exclaman al unísono.

—Abran su corazón y atiendan.

Y fue así como, mientras bebían una olorosa taza de café, Kiwíkgolo narró esta historia:

«Se cumplió la profecía. En tiempos de la Penumbra nacieron los gemelos sagrados, Chichiní y Papa’, el niño Sol y la niña Luna. Las veinticuatro abuelas cósmicas fueron las parteras y ahora los cuidaban. Aún no había día ni noche, la temperatura era diferente, hacía mucho frío, helaba. Nadie podía calentar al niño Sol y a la niña Luna. Todos se inquietaban. Los recién nacidos no paraban de llorar. Nadie sabía cómo contentarlos. Los animales, las abuelas y las demás deidades sufrían por eso.

Xtan (Tlacuache), muy preocupado, le dijo a su compadre Monkgxnú (Tecolote):

—¿Cómo le hacemos? Tú que tienes mucho conocimiento, ayúdanos a que el Niño y la Niña estén tranquilos y contentos.

—Debemos traer fuego —sentenció Monkgxnú.

—¿Qué? —preguntó extrañado Xtan, pues en aquel tiempo no se conocía el fuego.

—Debemos ir al inframundo.

—Pero no conocemos el Kgalhinín (Camino al inframundo). Busquemos a otro compañero que nos ayude. Pero ¿quién podrá?

—Hay que pedirle ayuda a Sáka (Tuza), ella puede hacer túneles, ella recorre las profundidades de la tierra —sugirió Monkgxnú.

Así pues, fueron con Sáka, le plantearon la idea y juntos emprendieron el viaje.

Se dirigieron al centro de la tierra. No tardaron en llegar pues Sáka conocía bien ese lugar.

En la boca del inframundo había un guardián infranqueable.

—¿Cómo podremos entrar? —preguntó Xtan (Tlacuache).

—Es complicado, no podremos distraer al que cuida la puerta —comentó Sáka (Tuza).

—No se preocupen, yo lo haré. Cuando lo distraiga ustedes pasarán y luego yo los seguiré —propuso Monkgxnú (Tecolote) y empezó a cantar.

El guardián nunca había escuchado un canto tan doloroso y profundo, sintió curiosidad y empezó a buscar al autor de aquel lamento.

Cuando el vigilante descuidó la entrada Xtan y Sáka ingresaron.

El guardia siguió la fuente del sonido, pero sólo encontró una flor amarilla, era Kalhpuxun (Cempasúchil); admirado la tocó y Kalhpuxun se multiplicó. Monkgxnú aprovechó ese momento y, como pudo, alcanzó a sus dos compañeros.

El fuego sagrado estaba custodiado por una abuela de cabellera larga, era un fuego diferente al del plano terrenal que conocemos hoy, era violeta, descansaba en una vasija rota y no tenía leña ni nada porque no necesita de otro elemento para existir.

—¡Ahí está el fuego! ¿Cómo lo vamos a llevar? —exclamó Sáka.

—Tú puedes llevarlo en el hombro —sugirió Monkgxnú.

—Pero ¿cómo vamos a distraer a la abuela? —preguntó Xtan.

—Yo la distraigo —propuso Monkgxnú.

Y fue así como Tecolote empezó a entonar nuevamente su canto doloroso, su canto triste, su canto sobrenatural. La abuela nunca había escuchado esa melodía, buscó de dónde venía y también se encontró con Kalhpuxun. La tocó y empezaron a brotar muchas flores amarillas, rojas y naranjas, nacían una tras otra y tapizaron el inframundo.

Los compadres aprovecharon la distracción de la abuela para tomar el fuego.

—Échenlo en mi hombro —pidió Tuza.

Pero el fuego no se podía sostener.

Entonces Tlacuache metió su larga cola de dos metros y, de alguna manera, el fuego se fusionó con él.

Cuando la abuela se dio cuenta los tres compadres iniciaron la huida, el camino tapizado de Cempasúchil fue su guía para salir del inframundo, muchos animales los perseguían y querían devorarlos.

—¡Súbanse a mis hombros! —gritó Monkgxnú mientras desplegaba sus alas.

Y fue así como lograron regresar al plano terrenal con un gran regalo: el fuego.

En el nacimiento, Sol y Luna seguían llorando, pero cuando sintieron la energía del fuego cesó el frío y el llanto.

Sáka (Tuza) se convirtió en la guardiana de la superficie terrestre, Monkgxnú (Tecolote) adquirió más sabiduría y Xtan (Tlacuache) fue bendecido con siete dones.»

—Y fue así, mis niños, como el Tlacuache, con la ayuda de sus amigos, trajo el fuego del inframundo para calentar a los gemelos sagrados y, desde entonces, también calienta e ilumina a los hombres —concluyó Kiwíkgolo.

—¡Qué bonita historia, abuelito! ¿Y cuáles son los siete dones que entregaron a Xtan? —preguntó Sen.

—Abuelito, dijiste que Xtan tenía una cola de dos metros, ¿era un gigante? —inquirió Jun.

—Nietecitos míos, en el principio los animales hablaban y eran muy diferentes a cómo son ahora, pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión —sentenció Kiwichat.

Agradecimientos:

Al maestro Romualdo García de Luna, por compartirnos la historia del Tlacuache.

Al maestro José López Tirzo, por asesorarnos con la escritura de los vocablos totonacos.

Crédito de la imagen:

Lluvia Garnica. «Xtan, Monkgxnú y Sáka en el Inframundo»