La filosofía interminable de Ende: La mentira como poder desfigurado

Roberto Carlos Garnica Castro



Ilustración de entrada: “ El secreto del lobo” por “Yami” Hernández.

Silfos nocturnos, fuegos fatuos y comerrocas, una tortuga gigante, un monstruo proteico y un dragón de la suerte, oráculos y esfinges, hombres lobo, brujas y vampiros, tres niños (una emperatriz, un héroe y un lector apasionado), y muchas otras criaturas fantásticas, hacen de La historia interminable un impulso para soñar y viajar. 
Es también un texto que estimula el pensamiento. ¿Me acompañas a desentrañar sus tesoros filosóficos?

La mentira como poder desfigurado

En el capítulo noveno de La historia interminable (Ciudad de los espectros), Atreyu se interna en “la capital del más famoso país de Fantasia” (Ende, 2022, p. 161). Deambula entre calles y callejas, castillos de fantasmas y casas embrujadas, gigantescas telas de araña y figuras malditas. Tiene hambre y le rodea un olor nauseabundo. A lo lejos oye “un aullido ronco y gutural que parecía tan desesperado, tan inconsolable, que a Atreyu se le partió el corazón” (Ende, 2022, p. 160). Se dirige, casi hipnotizado, hacia la fuente de dicho llamado y se encuentra con Gmork, el hombre-lobo, con quien sostiene una inquietante conversación.

Además de la historia, que es fascinante, el Capítulo IX aborda varios tópicos filosóficos: el carácter omnipresente del hambre, la interrelación entre la realidad y la fantasía, la necesidad de los relatos fantásticos en la vida humana, la coexistencia de múltiples mundos, la paradójica persistencia de la nada, la diferencia entre historias inventadas y mentira, el peso ontológico de los seres de ficción, el poder sujetador de las ideologías.

Como se señaló en la entrega anterior: “la Nada es el motivo que atraviesa La Historia Interminable, es el antihéroe informe que amenaza con disolver los mundos, es la no-cosa que de algún modo todo lo rodea” (Garnica, 2025). En Ciudad de los espectros reaparece el tópico de la Nada y se engarza con el de la mentira. Esta relación incluso genética (la mentira procede de la Nada) tiene un fondo existencialista pues “el hombre es el ser por el cual la nada adviene al mundo” (Sartre,1966, p. 66) y, al parecer, es el único capaz de mentir y engañarse a sí mismo.

A manera de diálogo entre un ser fantástico (Atreyu) y una entidad híbrida (el hombre-lobo), Ende expone algunas reflexiones al respecto.

El joven piel verde empieza por plantear, de manera sorprendente: Yo soy Nadie (Ich bin niemand). Así se presentan enunciaciones en las que, al darle nombre propio a la negación, no es claro si existe o no un sujeto de la acción: “Nadie me ha oído, Nadie ha venido hasta aquí y Nadie ha hablado conmigo en mi última hora” (Ende, 2022, p. 162), sentencia Gmork. Más allá del juego de palabras que evoca el grito de Polifemo cuando Ulises le clava una estaca en su único ojo: “¡Nadie me hiere!, ¡Nadie me mata!”, esto lleva a Atreyu a cuestionar su existencia y, entonces, el hombre-lobo le explica que sólo es un ente de ficción, un sueño, una invención del reino de la poesía, parte de una Historia Interminable, “real” sólo en la fantasía (Cf. Ende, 2022, pp. 165-166), nada más que el personaje de un libro.

Pero regresemos al tema de la Nada, una cosa que debilita y atrae a quienes han perdido la esperanza (Cf. Ende, 2022, p. 163), que se “presenta” como la sensación de haberse quedado ciego y que “paso a paso, irresistible y silenciosa” va “penetrando por todas partes” (Ende, 2022, 171) e, implacable, va tragándose Fantasia.

La pregunta, además, es ¿qué ocurre con los seres fantásticos que se internan en la Nada?: se convierten en mentiras, en “enfermedad contagiosa que hace ciegos a los hombres, de forma que no pueden distinguir ya entre apariencia y realidad” (Ende, 2022, p. 165), en “cadáveres vivientes” que “envenenan el alma… con su olor a podrido” (Ende, 2022, p. 166).

En este sentido, hay que comprender dos cosas:

1) La fantasía, una historia imaginada, no es lo mismo que una mentira.

2) Para un ser fantástico, más grave que la propia desfiguración, es el efecto que puede producir en los seres humanos cuando se vuelve mentira.

Con intuición foucaultiana, Ende desvela que las mentiras pueden ser muy poderosas y tener efectos materiales, pues “los hombres… viven de ideas” (Ende, 2022, p. 167). Cuando son absorbidos por la Nada, los seres fantásticos devienen “imágenes del miedo cuando, en realidad, no hay nada que temer, deseos de cosas que enferman a los hombres, imágenes de la desesperación donde no hay razón para desesperar” (Ende, 2022, p. 166); con mentiras (seres fantásticos desfigurados) se puede manipular a los hombres y hacer que “compren lo que no necesitan, odien lo que no conocen, crean lo que los hace sumisos o duden de lo que podría salvarlos” (Ende, 2022, p. 167).

Es por esto por lo que algunas personas odian y temen la fantasía y se esfuerzan en propagar la más peligrosa y fea de todas las mentiras: que Fantasia no existe.

En esta entrega no abordamos todas las cuestiones filosóficas que se tocan en el Capítulo IX de La historia interminable. Ya habrá ocasión para hablar de ellas. Sin embargo, hemos desvelado en qué radica el poder destructivo de las mentiras y reconocido que la fantasía es importante y saludable para la vida humana.

Referencias.

Ende, Michael (2022). La historia interminable. Alfaguara.

Garnica (2025). La esperanza como superación del nihilismo.En La filosofía interminable de Ende, columna del Blog de Colectivo Delfos. Recuperado de https://colectivodelfos.com/2025/01/26/la-filosofia-interminable-de-ende-la-esperanza-como-superacion-del-nihilismo/

Parménides (2008). Fragmentos, en Eggers Lan, Conrado (2008). Los filósofos presocráticos. Gredos.

Platón (1992). Sofista, en Platón (1992), Diálogos V. Gredos.

Tierra de nadie


Cristian Fernando Guevara Hincapié


Todo empezó en un foro de la deepweb, con una vieja fotografía de un edificio llamado Surovyy-27, extremo noreste de la ciudad de Verfall: tierra de nadie. Olvidado por la historia, Surovyy-27 tenía un estilo que se inspiraba en el brutalismo soviético, ya saben: geometría radical, futurista, abrumadora casi laberíntica.

Decía un usuario anónimo que, dentro del edificio, había un muro jamás pintado: uno de los pocos muros vírgenes en todos los que había en la ciudad. Tildándolo además de lienzo sagrado.

Entonces un conocido en el negocio de las criptomonedas ofreció un pago a quien encontrara ese lienzo e hicieran un grafiti. Sencillo y directo. Podría casi parecer un timo, pero teniendo en cuenta la deplorable situación socioeconómica en la ciudad… ¿quién no se arriesgaría…?

Axolotl, RataZeta, Fiona, Machete y GatoSeco —seudónimos de artistas en la escena artística de Verfall— decidieron reunirse, colaborar para ganarse ese premio. Dividirlo.

Mientras tanto algunas voces empezaron a replicarse en el foro, decían que varios artistas estaban desapareciendo durante la búsqueda del lienzo.

¿Verdad o mentira? Dicen que los seres humanos asumimos riesgos esperando recompensas prometidas, no es necesario ir demasiado lejos, claramente tenemos los apostadores en los casinos.

Riesgo innecesario, imprudencia o vehemencia —como quieran decirle—, el grupo de artistas exploraron el noreste de la ciudad, cruzaron un enmallado, hasta encontrar varios edificios entre ellos Surovyy-27: agónico, carcomido por la falta de cuidado, intemperie y tiempo.

Cuando cruzaron el umbral de puertas oxidadas, empezaron a vivir el horror porque la puerta que les dio acceso al edificio, terminó atrapándolos, regresándoles al interior del edificio.

Descubrieron que las leyes físicas colapsaban al interior del monstruo arquitectónico como un castillo de naipes —y digo monstruoso: ni figurada ni alegórica ni metafórica ni simbólicamente— monstruoso de manera literal. Atrapándolos en un intrincado sistema interconectado.

Las paredes —recubiertas de incontables grafitis— se extendían en corredores que parecían infinitos y que, algunos, al atravesarlos, los regresaban al punto de origen.

Cada puerta estaba conectada a apartamentos en otros pisos, que variaban con cada apertura. Cada ventana reflejaba escenas que no coincidían con sus ubicaciones.

Notaron como, retirando la vista, así fuera momentáneamente, el edificio mutaba, cambiaba como si fuera un metamorfo gigante, dándole sentido a la paradoja del gato de Schrödinger: dependencia del observador. Y los grafitis, los malditos grafitis que recubrían las paredes, se deshacían y recomponían cada vez que no los miraban: reptaban, evolucionaban, intercambiaban sus lugares, tamaños, colores y apariencias.

—¿Qué? —dijo Fiona, cuando descubrió el cambio. Observaba un grafiti de una mujer siendo quemada en una hoguera y después de parpadear había un hombre siendo empalado, y cuando parpadeó de nuevo, había una mujer lapidada. Fiona sintió pavor y náuseas—. Tengo… miedo.

—Tenemos —dijo GatoSeco, sudando por montones—. Tenemos, Fiona.

—¡Marica, esto es una mierda…! —gritó RataZeta, pálido, cuando cruzó por tercera vez al mismo pasillo. Pateó la puerta con fiereza.

—¡¿Cómo salimos de aquí?! —interrogó Machete, oteando todas las direcciones con la presteza de una ardilla, llevándose ambas manos a las sienes de su cabeza: notablemente desesperado.

Pero para la desgracia del grupo, ya no había forma de salir. Solo caer en el desespero. Y, la desesperación los invadió, con una sensación que, sin siquiera haberlo visto, había alguien más ahí: observándolos en algún rincón de ese escenario abstracto, pesadilla infernal. Esperando. ¿Esperando para qué…?

Fiona, después de cruzar una puerta, dejó de ser vista por los demás, reapareció caminando en el techo, cabeza abajo. Estaba notablemente confundida:

—¡¿Có-Cómo bajo?!

—Regresa —indicó GatoSeco con sus ojos abiertos hasta más no poder.

—¡Miren! —irrumpió RataZeta con el chillido de un animal herido.

Había un grafiti: una calavera siniestra, fotorrealista, que parecía mirarlos, atrás, siluetas humanas, exhibiendo sufrimiento. Y, en la base del grafiti, una frase: “Benditos aquellos que sufren porque sus almas están llenas de delicias…”.

—¡¿Qué demonios?! —chilló GatoSeco cuando leyó.

—Tengo miedo… —expresó Fiona, mirando desde su posición invertida.

—¡Baja! —habló Axolotl.

Fiona, apresurándose, regresó por un pasillo, pero esa fue la última vez que la vieron. GatoSeco decidió buscarla, pero también desapareció.

Machete intentó buscarlos, pero Axolotl le advirtió:

—¡No! Permanezcamos juntos —invitó a ambos: Machete y RataZeta, quienes aceptaron sin dilación.

Ahí entendieron que era verdad lo de los artistas desaparecidos, seguramente atrapados en algunas de las habitaciones perpetuas.

Establecieron un complejo plan: marcaron el camino con aerosol rojo. Pero se dieron cuenta que las marcas también cambiaban de lugar o desaparecían al dejar de mirarlas. El espacio parecía estar vivo. Fue así que Machete en un momento estaba siguiéndoles y después ya no: desapareció.

Axolotl, analítico, lo entendió cuando ya era muy tarde, el edificio no era solo un lugar: era un organismo viviente, sintiente, siempre cambiante, como un parásito dimensional que atrapaba a las personas. Que, dándole un sentido simbólico, atrapaba las almas creativas, las que osaban imponer su versión de la realidad, externalizarlas en los lienzos de concreto. Súbita crítica social al sistema de oposición, porque ser diferente implica ser devorado por la sociedad… por la urbe… “porque lo diferente debía sancionarse…” ¿no? “Benditos aquellos que sufren porque sus almas están llenas de delicias…” porque los artistas sufren…

Axolotl sacudió la cabeza intentando volver en sí. Exhaló profundo. ¿Qué podían hacer? Estaban siendo devorados, no solo por las fauces y entrañas del edificio, sino por sus miedos más primitivos.

Axolotl y RataZeta empezaron a alucinar con cosas que habían vivido y sufrido; infancias destrozadas, adolescencias voraces, juventudes en frenetismo.

—¡Marica…! —expresó RataZeta cuando se detuvo a observar un grafiti.

Axolotl también observó el grafiti: todos sus amigos artistas desaparecidos estaban en un collage macabro. Cinco personas caminaban en una estructura no euclidiana, misma en la que estaban atrapados. Y su firma estaba ahí plasmada: Axolotl.

Y ambos sintieron consternación cuando vieron que en ese grafiti había una entidad abominable, que por piel tenía hileras de ojos de diferentes tamaños, con cadenas que finalizaban en garfios. Acechándolos.

Axolotl no alcanzó a reaccionar. RataZeta fue atrapado por unas cadenas, similares a las del ser abominable en el grafiti, provenientes del fondo del pasillo. No pudo hacer nada mientras su amigo chillaba. Solo pudo correr, para minutos más tarde darse cuenta que había regresado al mismo lugar donde RataZeta fue atrapado, sin rastro de él o del ser.

Cayó de rodillas, confundido.

Ese lugar atrapaba a las víctimas como un trauma psicológico. Persiguiéndolos toda la vida. Enredando cada una de sus acciones. Porque la vida es igual de compleja que ese edificio. Que una cadena enredada. ¿Acaso el edificio era una extensión de la vida misma? Axolotl entendió que nadie respondería esa pregunta cuando escuchó resonar las cadenas detrás suyo.

Cristian Guevara es un escritor y psicólogo colombiano, (1989, Cali). Considera la escritura un espacio para explorar los límites de lo real. Se especializa en poesía y cuento, con una inclinación hacia el suspenso, ciencia ficción y terror. A lo largo de su carrera, ha publicado en un centenar de revistas y antologías hispanoamericanas, algunas son: Pactum, Dogevena, Codex Sulpurista, Revista Albores Caipell, Paladín, Inquisidor, Revista Narrativa, Sonámbulo, El Creacionista, Clan Kütral, Sarape de Neón, La Navaja Extraviada, Nova Talassa, Crónicas Omicron, Aion.MX. Revista Cultural Casa Usher, Voces Indelebles, y otras, consolidando su presencia en el ámbito literario. 

Sálvate

Jessica Pavón


En este tumultuoso mundo

Resolví tomar mis alas,

Ser mí heroína, salvadora.

Alada voy por lo extraño de la vida

resurgiendo como fénix.

De cenizas de otros tiempos

De oscuridad y sombras.

Bajo sofocante sol de enero

Entre luces y lunas rotas.

Voy como abeja dejando aguijones, largando mis penas.

Transformada en otra.

¡No busques ahora a la niña rota!

Busca una loba hambrienta.

¡No busques a la mujer rota!

Busca empoderada reina:

Lejana, altiva y alada.

Jessica Pavón vive en Argentina nació el 30 de enero de 1979. Es docente de escuelas secundarias. Incursionando en la escritura colaboró recientemente con sus poemas en la Revista Literaria chilena Salió Mal, Revista Raíces (California), Visiones Peligrosas y Mujeres Aladas de México. Promueve la lectura en su comunidad en la Biblioteca Popular Enrique Gonino y participó en varias antologías: Lo que el cuento se llevó y Siembra de Versos de Editorial Luxor, Niebla de Editorial Deshoras y Código 2025 relatos policiales de Editorial La Retórica, Argentina en Letras e Invierno de Antologías del Fin del Mundo. Recientemente fue seleccionada para participar en una antología de microrrelatos Umbral de las tinieblas y Revista Amalgama de Letras de España.

Reseña de «Un pasaje sin limites»

Martha Camacho


Releo “Un pasaje sin límites” de Ronnie Camacho; una historia sobre no pagar el pasaje.

Y no logro clasificarlo.

Busco plausibilidad; toda la historia suena muy razonable, las dimensiones están más cercanas y más ‘pegadas’ entre sí de lo que nuestra limitada mente (encerrada en sólo cuatro y con una de ellas que no comprendemos muy bien) concibe y el viajero de Ronnie, quien no tiene empacho en viajar como lo hace, usando los medios que sean necesarios.

Sin importar si son éticos o no.

Genial la forma de viajar; ¿podría ser entonces la música una forma? ¿una canción específica podría llevarte a un nuevo lugar? Doble wow ¿Hay música en cada cuanto?

Quiero imaginarme un láser devorador de materia como alguna especie de agujero negro diminuto, sumamente “laserificado”, es decir, con su fuerza de gravedad ordenada y concentrada en un solo punto, deshaciéndose de lo que haga falta.

Soy una cienciaficcionera insoportable y de inmediato me pongo a calcular detalles técnicos, a imaginar los pesos entre realidades, la interactuación entre partículas, las frecuencias, todo lo que Ronnie escribe de forma directa, práctica, con apenas un toque de poesía entre sus paisajes.

Y lo que comienza como el entretenido relato entre dos que se conocen en un bar, termina en una escena… que claro que no les diré.

Vayan y descarguen el Fanzine #3 del Colectivo Delfos. Miguel Almanza quedará extrañado por el súbito interés y Ronnie con seguridad se reirá malvadamente, al haber añadido varios más, a su pasaje. Se los juro.

Martha Camacho. Nacida en 1963, Michoacán. Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta 1990. Publicada en Asimov Ciencia Ficción en español y en varias antologías del género, tanto en México como en España. Jurado del Premio de Novela Fantástica de Ciencia Ficción de la Universidad de Sonora 2025. 

LA PALABRA DE LOS ABUELOS: Chaakan, el de la cresta color de sangre

Roberto Carlos Garnica


La escritura es mágica y en este preciso instante puedes “oírme” gracias a su poder, pero nunca hay que dejar de abrevar de la ancestral sabiduría oral.
En Papantla, cuna de la hermana vainilla, viven tatas sabios y nanas amorosas que desean compartir sus historias.
Aquí, en La palabra de los abuelos, recupero algunas de esas narraciones y las reelaboro de manera literaria.
En esta ocasión, te presento un mito que me compartió el maestro José Luis González Santiago.

Chaakan, el de la cresta color de sangre

Jun (Colibrí) golpea la pieza de pichoco con el formón, lo hace con alegría y firmeza, pues con cada nuevo golpe se revela el ser naciente de la máscara que utilizará en la danza de los huehues. Es una tarde de octubre y ya se siente el aire de Ninín (Todos Santos).
Jun mira por la ventana cómo Chaakan (el pájaro carpintero) picotea el tronco de un cedro seco. El tac, tac, tac del mazo del niño se entrelaza con el tic, tic, tic del pico del ave.
Jun talla lo que su corazón ha soñado y, como un susurro, el olor del pichoco lo anima: “lo estás haciendo bien, pequeño”.
Chaakan descubre un gusano blanco, lo engulle y sacude su copete rojo.
En ese momento entra Kiwíkgolo (el Señor del monte), se sienta junto al niño, le pide su máscara, la examina con detenimiento, sonríe y expresa complacido:
—Jun, mi niño, posees el don, yo te sostendré para que tu staku (estrella) florezca.
El muchacho apenas lo escucha pues el pájaro carpintero ha raptado su atención.
—Abuelito, ¿por qué Chaakan tiene una corona de fuego?
—No es lumbre hijo, es un recuerdo de sangre. ¿Quieres saber por qué Chaakan tiene esa marca en la cresta?
—A Jun le brillaron los ojitos pues supo que sus tres corazones serían alimentados con bellas palabras.
—Sí, tata.
Y fue así como, inmersos en los latidos transformadores de Máspuxtu Kiwi (El Corazón de la Madera), Kiwíkgolo contó la siguiente historia:

«En la época de la penumbra, cuando los animales tenían un lenguaje común y se comunicaban entre ellos, también había un alimento común: el maíz sagrado.
Todos lo sembraban, todos lo cosechaban, todos vivían de él.
Un día, el grano de maíz empezó a desaparecer, pero, como tenían en abundancia, nadie se dio cuenta.
Pasaron los días y los meses y los animales empezaron a notar la falta del alimento sagrado.
—¿A dónde se va el maíz? —preguntaron unos.
—No sabemos —respondieron los otros.
Pasó un año y más de un año y el maíz empezó a agotarse.
Hubo gran inquietud y los animales líderes cuestionaron:
—¿Dónde está el maíz?, ¿quién se lo está llevando?, ¿hacia dónde camina?
—Nadie sabe.
Y así quedó.
La situación se agravó, ya casi no había maíz, muy pronto muchos animales empezarían a morir, la situación era cada vez más preocupante.
Entonces se convocó a una nueva reunión en la que acordaron:
—Llamemos a Chaakan que por ahí anda, que por todos lados vuela. De seguro él ha visto algo.
Así pues, le preguntaron al pájaro carpintero y éste comentó:
—No sé dónde está el maíz, no sé hasta dónde caminó, pero he visto que Kixis (la hormiga arriera) se lo llevó cargando.
—¿Dónde lo puso?, ¿dónde lo guardó?
—Eso ya no lo sé.
—Investiga y cuando veas que se llevan el maíz, síguelas y nos dices hasta dónde llegan, descubre dónde lo esconden.
Así hizo Chaakan, siguió el camino de las hormigas arrieras y vio que llegaban hasta el pie de un cerro viejo.
Volando veloz regresó a donde lo esperaban el resto de los animales y les dijo:
—Ya vi dónde guardan los granos de maíz.
—Llévanos por favor.
—Sí.
Chaakan (el pájaro carpintero) los acercó al lugar. Allí, al pie de un cerro, encontraron un agujerito y los animales que encabezaban la misión empezaron a escarbar, pero al poco tiempo se toparon con una roca dura y muy grande que no pudieron mover. El maíz aún no se veía.
—Ahora qué hacemos —preguntaron unos.
—Pidámosle ayuda a Chaakan —dijeron otros —, quizá con su pico fuerte logre romper la roca.

Así hicieron, fueron a buscarlo y le pidieron que por favor los ayudara a superar el obstáculo que les impedía avanzar.
Chaakan aceptó y llegó volando a donde estaban todos los demás animales.
Con su fuerte pico empezó a desmoronar la roca poco a poquito.
Pero no tuvo cuidado y dio un fuerte picotazo, entonces el resto de la piedra se le vino encima y le rompió la cabeza.
Se abrió el agujero y descubrieron que detrás de esa roca había muchos granos de maíz que Kixis (la hormiga arriera) guardaba.
Los animales se emocionaron mucho y corrieron a recoger los granos.
Algunos auxiliaron a Chaakan, quien por causa del golpe se había desmayado y sangraba mucho.
El pájaro carpintero sanó, pero se le quedó el copete rojo, como símbolo de la sangre y la ayuda»

—Y fue así, mi niño, como Chaakan encontró el maíz y salvó a todos los animales de morir de hambre.
—Oh, entonces el rojo sangre que pinta su cabeza es la corona de un héroe.
Jun se quedó pensativo un ratito y luego preguntó:
—Tata, ¿por qué a Kixis le crecen alas el día de San Juan y las pierde al mediodía?
—Jun, mi inquieto pajarillo, eso les pasa porque no son dioses, pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Agradecimientos:


Al Maestro José Luis González Santiago, por compartirnos la historia de Jukiluwa, a la que le nacen alas.
Al maestro José López Tirzo, por asesorarnos con la escritura de los vocablos totonacos.

Ilustración:
«El rescate del maíz» autor: Espartaco Garnica.

Literomancia: tres consejos para no caer en el amarillismo literario

Miguel Almanza


Existe en internet una proliferación de textos narrativos con intención literaria de horror o terror (gore, splaterpunk, etcétera) que no cumplen con el precepto narrativo del conflicto. Algunos escritores creen que la simple enunciación del hecho horroroso en un texto con pretensiones literarias, ya convierte su texto en crítica social, pero esto no es así. Si así fuera, el amarillismo periodístico sería denuncia, cuando todos sabemos que no; buscan la mirada fácil, utilizan el morbo para lograr ventas.

A los humanos nos fascina la muerte y la carne, son misterios. Cuando abordemos temas tabú en nuestros escritos, no debemos olvidar que la literatura busca una nueva manera de decir las cosas, una perspectiva diferente, que renueva el abordaje del tema. Primera recomendación: no caer en el efectismo, evitarlo equivale a evitar la carcajada fácil en la comedia.

¿Qué es efectista? Mostrar lo horrendo o grotesco de un accidente o crimen sin que exista una trama, busca generar emociones de modo fácil e irreflexivamente. La imagen de un perro atropellado es horrible, grotesca; causa automáticamente un efecto. Es como cuando en el cine la música suena alta para generar un “susto”, que en realidad no tiene que ver con la calidad de la trama, los personajes o la atmósfera, sino con un reflejo biológico innato del cual no se tiene control.

Para no caer en el amarillismo literario y el efectismo, propongo tres filtros de la violencia o evento tabú que puedes aplicar a tus historias:

1) El mensaje. Tener muy claro el discurso, la idea, el motivo del autor para escribir el texto y cómo se desea abordarlo. Debes saber muy bien qué quieres decir. La confusión y la ambigüedad tienen una cura muy sencilla, tiempo de reflexión, introspección, o lo que se sugiere muy seguido: pensar antes de escribir o hablar. Tener un discurso bien pensado nos hace auténticos y permite conectar con el lector pues no se le está haciendo perder el tiempo, al contrario, se le brinda algo significativo.

2) Lo explícito. Prueba de la omisión; una vez escrito el texto, trata de omitir el evento o hecho violento; o redúcelo a lo mínimo. Si la historia aún se sigue entendiendo, es que en realidad no es necesario el fragmento. La sugerencia suele ser más efectiva y memorable que lo repugnante y explícito, además de que incentiva la imaginación y permite la satisfacción de la inferencia al lector. Recuerda que todo elemento que carezca de función en la historia no merece ser mencionado.

3) Evitar la ambigüedad discursiva, resolver siempre el conflicto narrativo. A este problema le llamo el error del retrato repugnante, que muchas veces pretende ser un retrato de denuncia; una narración de este tipo suele retratar explícitamente un suceso violento y/o grotesco en el cual, el relato termina sin plantear o resolver un conflicto más allá del evento en sí. Apuesta al dramatismo del suceso y al efectismo de lo explícito; no busca enunciar un discurso claro, son textos más cercanos a lo catártico, pues carecen de conflicto: nadie detiene al malhechor, nada antagoniza para crear una lucha de voluntades que permitan crear el vaivén de la historia, es plano.

Al no tener un núcleo narrativo, el texto se convierte en un retrato de lo horroroso, como la fotografía de un evento horrible en primera plana que llama la atención. Busca repugnar o causar un efecto en el lector, pero al carecer de conflicto —y por ende de resolución—, la interpretación se hace ambigua; y el texto que buscaba ser una crítica social, también puede ser interpretado como una apología. Esto es lo que debemos evitar. Para ello resolver el conflicto narrativo es crucial, además de elevar la calidad y brindar tensión narrativa al texto, define el discurso y motivo del autor para la escritura del cuento, aunque este mensaje quede oculto o sea implícito.

Debo subrayar que el error de carecer de conflicto, despoja de la forma literaria al texto; se convierte en un suceso horroroso o una anécdota terrible, tal vez un retrato, pero difícilmente tendrá interés literario. Como dice el cuentista Guillermo Samperio en su libro Después apareció una nave (2002): “Sin conflicto, no hay cuento”. Si evitas el amarillismo literario aseguras cierta calidad de tus textos, además de ganar claridad en el discurso y temas de tus escritos.

Estos tres consejos o filtros tienen la finalidad de mejorar el nivel de tu escritura al abordar temas o eventos tabú. Te recomiendo también, a utilizarlos para analizar los textos de otros: ¿tiene conflicto la narración? ¿Es necesaria la escena violenta para el desarrollo de la trama?¿Qué reflexión nos quiere provocar el autor?

Del ensayo especulativo al ensayo ficticio

R. Flores
Traducido al español, dialecto mexicano, por Héctor Sapiña en 2025


Hacia la tercera década del siglo XXI, los humanos habían cuestionado los límites de la verdad tantas veces que las categorías construidas en torno a ella (o por contraste con ella) comenzaron a diluirse. Aquí me referiré específicamente al género del ensayo acompañado por los conceptos especulativo y ficción, este último equivalía a lo que en el siglo XXII denominamos potencias. La principal diferencia, sobre todo en el Periodo del Consumo, es que los humanos añadieron a lo ficcional (o ficticio) un rasgo de ingenuidad infantil; se promovía como simulación para el esparcimiento sin influencia directa sobre la vida cotidiana. Por lo tanto, no significaba un riesgo para el orden establecido.

Hay otras formas de comunicación que empezaron a tambalear por la erosión de la verdad: la noticia, el discurso político, la crónica, historia, la geografía, la reputación pública de personas físicas y de organizaciones —a lo que curiosamente llamaban imagen—, e incluso el discurso de sus artes del universo —que ingenuamente llamaron ciencia, cuyo origen lingüístico indicaba conocimiento.

Desde finales del siglo previo arrancó el proceso de reemplazar la verdad por la verosimilitud, una propiedad que se creía relegada a las artes potenciales o de la ficción. Básicamente, una afirmación verosímil es cualquier enunciado verdadero para el sujeto que lo dice o dentro del contexto en que se dice, aunque no sea cierto en otro. Si bien, este entender resulta perfectamente común para nosotros, para los humanos de la posmodernidad supuso una crisis porque durante al menos doscientos años habían justificado su estructura de poder bajo el supuesto de que la verdad única era comprensible para una cadena de instituciones autorizadas.

Pero no es el objetivo de este texto trazar el panorama histórico de la ficción (esa labor la llevan a cabo nuestros amigos del Proyecto de Erúntica Uqbar, donde quiera que anden ahora), sino explorar una de sus manifestaciones más curiosas: el ensayo especulativo y, su hijo, el ensayo ficticio.

Qué no es el ensayo

Desde los inicios de la educación pública en el Estado Moderno, el ensayo literario se enseñó como un tabique de opiniones de intelectuales donde se explicaba en qué consistía la ideología oficial o por qué era válida (por qué debía considerarse una verdad). A veces se enfocaba en enumerar los rasgos de las identidades nacionales y otras en justificar qué obras artísticas tenían valor por ser compatibles con los dos aspectos previos.

Lógicamente, conforme se resquebrajaban los proyectos nacionales, las afirmaciones ensayísticas se volvían cada vez más obsoletas, o pasaban de lo verdadero a lo verosímil. Aquí un ejemplo. Fragmento conservado del compendio «El laberinto de la soledad» (cuya autoría se perdió en los registros tras la Gran Desconexión del 2117 de la Última Era Nacional, Línea Temporal Terra-1):

El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual. Y esta tendencia beneficia a nuestra imaginación tanto como a nuestra sensibilidad, siempre afinadas y despiertas. (Anónimo, ¶1, §3; c. ½ s. XX e. n.)

Tanto por el soporte material como por el registro dialectal, los archivistas de la ATU han determinado que el texto fue escrito y distribuido en masa principalmente dentro la zona mesoamericana a inicios de la posmodernidad, Periodo del Consumo Pleno (en el entonces México: 1939-1968 e. n.). Del fragmento resulta llamativo que se considera rasgo de mexicanidad a un comportamiento que supuestamente abarca a todos los habitantes de su denominación territorial. Es decir, da por hecho que cualquier individuo que haya nacido al interior de fronteras geopolíticas artificialmente delimitadas apenas un siglo antes compartiría con su grupo la tendencia al festejo. Por las noticias que tenemos sobre el pensamiento de la mitad del siglo XX, para ese momento se consideraba superada la justificación del carácter de los pueblos con base en la genética y los elementos climáticos del entorno; sin embargo, el fragmento citado expresa una visión no menos determinista y esencialista.

¿Acaso no existía un solo grupo, ni una sola persona identificada como mexicana que se resistiera a las fiestas? Y, más allá de la estadística, ¿no había otros pueblos altamente rituales? ¿No, más bien, todos los pueblos poseen sus propios ritos y la excepción mundial sería encontrar uno que careciera de ellos? Más aún, ¿qué pasaría con esta definición de lo mexicano el día en que el concepto de México dejara de existir… tal como sucedió poco más de un siglo después?

Para algunos divulgadores de propaganda de aquella época, el ensayo hubiera dejado de existir si no fuera capaz de superar la prueba de la ideología nacional. O sea, si no funcionara como “expresión del espíritu de un pueblo” para esparcir el punto de vista oficial con solemnidad, erudición y pompa. Por fortuna para las expresiones humanas, el ensayo nunca se redujo únicamente a aparato ideológico. En último caso, se utilizó como herramienta de unificación política en un tiempo en que el mundo requería reflexionar sobre la nacionalidad; y eso sólo en algunos casos más visibilizados por los medios de su época. Claro que había otras maneras del ensayo, en tanto estilización del registro del pensamiento, el género ha sido independiente siempre, si bien se encuentra ligado como toda obra artística a sus coordenadas.

El ensayo, pues, nunca fue un registro de la verdad; pese a que algunos libros de texto de la época parezcan sugerirlo. Si algo compartió con la ciencia no fue la certeza del conocimiento, sino la experimentación. El ensayo, ¡su nombre lo indica!, es un laboratorio. Hacia el declive de la Última Era Nacional (prácticamente todo el siglo XXI), el ánimo relativista permitió el reconocimiento de este rasgo esencial de la escritura ensayística.

La humanidad había perdido toda certidumbre general, pero recuperó (o subrayó) la idea de que el único terreno firme del saber es el puente que se construye entre las diferencias del yo y los otros. Poco a poco, escribir artes dejó de ser una lucha por la legitimidad y se volvió una red de miradas recíprocas. En pocas palabras, terminó el dominio de la autoría y se entabló la búsqueda de la lectoría (palabra bastante desagradable al oído, pero con un proyecto menos impositivo).
¿Qué sí es el ensayo? El despliegue del pensamiento propio frente a un otro que, aunque diferente, está dispuesto a escuchar mi imaginación.

Nacimiento del ensayo especulativo

No nos engañemos, el ensayo siempre fue especulativo, en el sentido de formar conjeturas o hipótesis sobre algún aspecto. Sin embargo, en el siglo XXI se vio obligado a luchar contra el aparato que se le había impuesto para anunciar su capacidad de rebasar los límites de la “verdad”, pues su posibilidad argumentativa se había confundido con la necesidad de demostrar, de llegar a conclusiones. Ese antiguo aparato era —jugando un poco con los latinajos— al mismo tiempo aparare y aparere, es decir, dispositivo preparado con un fin (político) y también apariencia exterior que ofrece una imagen parcial de la realidad.

Desde su origen en el siglo XVI, el ensayo se sumergía en la mirada propia para descubrir en sí a la voz de otros, poner en crisis principios establecidos, imaginar caminos contrafactuales de la historia, asimilar la razón humana al juicio animal. Siempre fue especulativo. Pero desde la ilustración, el positivismo y el nacionalismo, la escritura ensayística fue enjaulada para comprometerse con los paradigmas vigentes.

En esos tiempos, la especulación ensayística no fue perseguida, sino silenciada por quienes aspiraban a un canon ajustado a la intelectualidad, la guardiana de las murallas de la élite. La especulación fue relegada a narrativas producidas en masa (o de distribución limitada), pues se entregaban al gran público a modo de autocomplacencia. El máximo valor estético para mantener el consumo era la identificación moral con el protagonista; así, la audiencia se reafirmaba sin cuestionarse. De ahí que especular ensayísticamente resultara más peligroso porque, en la imaginación argumentativa, no queda tan clara la distinción respecto al mundo “real”: ejercitar la crítica fuera de los marcos de la ficción es demasiado incómodo para un orden que se reproduce mecánicamente.

La paulatina liberación del ensayar especulativo suena como un triunfo emancipador…en realidad no fue así. Fue más bien un movimiento transversal que acompañó a diferentes emancipaciones. Me explico: el renacimiento de la especulación ensayística se da cuando se consolida la descentralización de los valores artísticos al final de la posmodernidad. Antes, en los siglos XIX y XX, se había llevado a cabo la gran centralización de la cultura, donde se jerarquizó con precisión taxonómica la escala de las expresiones humanas: la literatura era la reina de las artes; dentro de ella, la lírica y la novela social sus formas cumbre; de ahí hacia abajo se organizaban el resto de las artes según una dignidad inventada por las autoridades en turno. Geográficamente, mientras más cerca de una capital cultural fuera producida una obra, mayor prestigio; en cuanto al género (gender), reinaba la masculinidad. Desde el siglo XXI, como consecuencia de la Web 2.0 y el surgimiento del prosumidor, comenzó la descentralización de los contenidos.

Aunque mercantil y políticamente la (aparente) descentralización técnica generó un estado de alta confusión ideológica para lograr mayor dominio, en el ámbito de la producción artística permitió el trazo de redes colaborativas que, cuando resultaban bien, visibilizaban voces comúnmente marginadas. La transformación de la cultura hacia estas redes desvaneció poco a poco las capitales físicas de la cultura: se pasó de grandes núcleos culturales a nodos dispersos; después la crisis institucional general se llevó con ella a las capitales del arte y finalmente se transformaron también las autoridades simbólicas. En breve, los premios literarios dejaron de importar y también el reconocimiento del Autor, mito romántico que sobrevivió por un buen tiempo.

En este proceso, la literatura no dejó de ser literatura, sino que volvió a hermanarse con las demás artes. Como era en un principio, cuando nacieron en el entorno creativo rupestre. La palabra dejó de ser frontera de sí misma para reencontrarse con la imagen y el sonido y el espacio. Pronto surgieron fenómenos como arte transmedial, intermedial, escritura caligramática, iconotextualidad, crossmedia, poema objeto, arte tipográfico, fotoensayo, sinestesia artística, media migration, remediation y remix, metamedia, convergencia, cyborgmedia, artes inter-inteligencia —que combinaba obra humana con IA, entre muchos otros.

El ensayo especulativo acompañó este desvanecimiento de las fronteras porque él, en sí mismo, fue siempre el centauro de las artes, y diría yo, una flecha cruzando las potencias. Tradicionalmente se había asociado únicamente a la literatura porque (1) nació en una era que privilegiaba la expresión lingüística, (2) durante siglos fue más fácil ensayar sobre papel que sobre otros soportes. Pero en el entorno de la digitalidad, cada vez le fue más fácil encontrar su cuerpo extenso. Todo esto antes de la Gran Desconexión, claro.

En la segunda década del siglo XXI se encuentra ya un volumen donde se señala esta cualidad transfronteriza del ensayo y aparece, por primera vez (hasta donde tenemos registro), con el apellido de “especulativo”. Se trata de En una orilla brumosa, editado por Verónica Gerber Bicecci. En su prólogo, la editora definía al ensayo especulativo como “una forma de sopesar (dejarse infiltrar por fragmentos del mundo) y diagnosticar (infiltrarse en las cavidades del mundo) con herramientas verbales y visuales que, a su vez, se dirigen al pasado o al futuro para reescribir el presente” (¶3, §1; c. ¼ s. XXI u. e. n.). Esta definición deriva de las etimologías de las dos palabras:

ensayar < exagium = sopesar

+especular < speculari(s) = observar desde lo alto; lo relativo a un espejo.

A esto añade Bicecci que la ensayística exhuma nociones del pasado para reescribir el presente, por su parte, la ficción especulativa se introduce en algún futuro posible para alumbrar el presente. Entonces, la síntesis de ambas “se trataría precisamente de algo así: una conciencia del tiempo ‘al revés’ (…) ensayar especulativamente es considerar que se pueden hacer mundos poniendo atención a lo que nos circunda” (¶4-6, §1; c. ¼ s. XXI u. e. n.). Y los textos contenidos en Una orilla brumosa hicieron justamente eso: empujar la lengua a sus límites para introducirse en el cuerpo, traspasar el tiempo, adoptar perspectivas no humanas, antagonizar la centralidad de lo masculino. El ensayo especulativo sirve como dispositivo de desplazamiento por excelencia: máquina del tiempo y del espacio.

El volumen se corona con el ensayo “Hacer mundos” de Ursula K. Le Guin, texto de 1989 que la editora hizo viajar a su presente para indicar que los nuevos mundos se construyen sobre los anteriores. Le Guin afirma que una artista hace “una selección particularmente hábil del cosmos (…) hace del mundo su mundo” y, aunque en ese ensayo no da el paso hacia el otro cosmos (el ficticio), sugiere que la línea entre nacer, mirar al futuro y escribir ficción es mucho más delgada de lo que parece.

El ensayo ficticio

Para la humanidad actual todo ensayo es ficticio en tanto expresa una potencia. Puesto que es imposible abarcar con certeza la totalidad de un conocimiento, el acto de ensayar es en sí mismo un reconocimiento de que la reflexión sobre la experiencia propia nunca alcanza a establecer hechos universales. La ensayística ni siquiera registra verdades irrevocables para el yo que habla, pues, por su naturaleza dubitativa, el ensayista volverá a titubear sobre sus conclusiones, sea un año más tarde o una hora después de la publicación. Ya Montaigne auguraba la incertidumbre científica cuando criticaba la necedad de registrar un saber acabado:

Yo quisiera que cada cual escribiese sobre aquello que conoce bien (…) pues tal puede hallarse que posea particular ciencia o experiencia de la naturaleza de un río o de una fuente y que en lo demás sea lego en absoluto. Sin embargo, si le viene a las mientes escribir sobre el río o la fuente, englobará con ello toda la ciencia física. De este vicio surgen varios inconvenientes. (¶7, §30; 1590, Era Protonacional)

Todo ensayo que aspira a un conocimiento estable se encuentra condenado a la obsolescencia. Ensayar, por lo tanto, es triangular la vivencia, el saber heredado y la especulación. ¡Pero he ahí algunos que sucumben a la tentación de desbordar el eje de lo especulativo! Y por la necesidad de hacer caso a la voz que aparece en su cabeza arrastran las coordenadas convencionales del ensayo hacia otros mundos. De ello deriva una relocalización del yo ensayístico en el problema del What if? especulativo:

• ¿Qué pasaría si no fuera el yo de Montaigne quien se pregunta por la amistad, sino un colonizador de Marte?
• ¿Qué diría José Arcadio Buendía si se sentara a escribir por qué todos los días son lunes?
• ¿Qué escribiría un prologuista humano de una antología de literatura elaborada por inteligencias artificiales?
• ¿Cómo justificaría un tlacuache su rescate de los libros legados por la humanidad tras el apocalipsis climático?

Aquí se da el paso del ensayo especulativo al ficticio. La diferencia fundamental es que, mientras el primero hace una síntesis del pasado y el futuro desde el presente, el segundo no se resiste a proyectar el futuro (entendiendo futuro no sólo como el devenir en alguna cronología específica, sino como todo lo no visto).

Aunque con antecedentes notables, el ensayo ficticio proliferó a mediados del siglo XXI. Por las razones ya mencionadas y algunas más: relativismo e incertidumbre, reflexión y autorreflexión de la transversalidad mediática, pero también la creciente autonomía de las culturas IA y sus detractores, la disolución definitiva de las fronteras nacionales, el descubrimiento y catalogación de líneas temporales paralelas a las de Terra 1, la posibilidad de la escritura cuántica y el advenimiento de las lenguas no lineales, etc.

En su momento de mayor auge, la noción de autoría se había reemplazado por la de lectoría. No profundizaremos al respecto aquí, pero a grandes rasgos es una consecuencia tardía del surgimiento del prosumidor en las redes culturales: el mito del autor como genio singular responsable de la producción estética cedió su lugar al entendimiento de que un artista configura su obra en colaboración con otros (muertos y vivos), incluido el receptor. El arte, por lo tanto, es fruto de un diálogo colectivo; muchas veces incluso conflictivo.

Los colectivos de lectores de ensayo ficticio más notables en América Latina surgieron de lo que a principios del siglo XXI se llamaba “literatura independiente” por oposición a la literatura comercial y/o institucionalizada. Entre las formas y temas más explorados se encuentran: la reescritura de ensayos de la verdad, los ensayos transmedia e intermedia, las crónicas de posthumanas, las reflexiones sobre la mortalidad en voces inmortales, las diplomacias cyborg-robot y las dignidades animales.

Nota final

Nunca existió la no-ficción. Hoy todavía podemos pasearnos por los restos de las librerías y encontrar estanterías con el rótulo “no ficción”. El término, más que un género discursivo estable, era una etiqueta para inventariar bienes y acelerar el proceso consumo. Si en el siglo XXII nos hemos decantado por el concepto de potencia no ha sido mero capricho, el declive de la idea de ficción se debe a que dependía de la verdad y la referencialidad. Muerta la primera, inestable la segunda y comprobado el multiverso, hemos preferido construir categorías que reemplacen el criterio de lo que no es por lo que puede ser bajo otras condiciones.

El ensayo no habita en un reino, viaja entre todos. Si es o no ensayo depende de sus funciones internas —ante todo, predominio del flujo de pensamiento sobre el lirismo o el relato— y si es o no ficcional depende de qué tanto se aventure a rebasar los límites del yo-ahora. Cuando rompemos el grillete para ingresar en la voz del tú posible, inauguramos otro mundo.

Corredor Abyamericano
Lugosto 2187


Héctor Sapiña. Ensayista, profesor y “postfan”. Obtuvo la maestría en Letras (UNAM) con una investigación sobre ciencia ficción mexicana y es maestrante en Comunicación (UACH). Ganador del 2º lugar en el premio de ensayo sobre una Sociedad Sustentable de la Revista de la Universidad de México. Recientemente publicó la plaquette Crasística y el texto "…es mexicana porque ocurre en México" en el libro Mexafuturismo contemporáneo (Ed. J. L. Ramírez). Participa en varios proyectos de creación y difusión de la ciencia ficción en México. Miembro de la Sociedad Tolkiendili México.
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«La grieta» y «El vientre de la noche»

Por Persefone


El vientre de la noche

Caminaba solo, siempre de noche, porque la noche era un vientre seguro. Allí, donde nadie puede verme, la luna era mi cómplice, el asfalto, mi altar.

Un día, me encontré con él: un hombre que llevaba los ojos vacíos, el alma rota y el cuerpo de espinas. “Te está esperando”. No dijo quién.

Corrí sin parar, sin encontrar salida. Pero la noche tenía dientes y me atrapó. Allí quedé, una figura de carne olvidada, un cuerpo mudo devorado por su propia sombra.

La grieta

Desperté con el pecho abierto. Una grieta inmensa se extendía del ombligo a la garganta, y en ella, latía un silencio vivo.

Intenté cerrarla con las manos, pero entre mis dedos salía un viento helado, un eco de voces que decían mi nombre y lo olvidaban.

Me levanté tambaleante, con la grieta exhalando sombras. Al mirarme en el espejo, supe: ya no había nada que reparar.

Allí donde una vez hubo un cuerpo, sólo quedaba un agujero que respiraba despacio, como yo, deseando apagarse.

Persefone  es una figura que se subvierte en el arte contemporáneo, conocido por su enfoque multidisciplinario y su capacidad para fusionar diversas formas de expresión artística. Persefone descubrió su pasión por el arte desde una edad madura y ha continuado explorando y expandiendo su práctica a lo largo de los años.
La temática de su trabajo es diversa, abordan cuestiones que van desde la identidad cultural hasta la naturaleza efímera de la existencia humana. Su enfoque multidisciplinario le permite explorar estas cuestiones desde múltiples perspectivas, utilizando la forma y el medio que mejor se adapten a su visión artística en un momento dado.

La filosofía interminable de Ende: El cruce de puertas como alegoría de la vida


Roberto Carlos Garnica Castro

Silfos nocturnos, fuegos fatuos y comerrocas, una tortuga gigante, un monstruo proteico y un dragón de la suerte, oráculos y esfinges, hombres lobo, brujas y vampiros, tres niños (una emperatriz, un héroe y un lector apasionado), y muchas otras criaturas fantásticas, hacen de La historia interminable un impulso para soñar y viajar. 
Es también un texto que estimula el pensamiento. ¿Me acompañas a desentrañar sus tesoros filosóficos?


El cruce de puertas como alegoría de la vida

En Las tres puertas mágicas (capítulo sexto de La historia interminable), Atreyu sigue recibiendo los cuidados médicos de Urgl y la instrucción de Énguivuck para encontrarse con Uyulala, el Oráculo del Sur, que le revelará quién puede darle un nuevo nombre a la Emperatriz Infantil y así salvar a Fantasia de la Nada. El gnomo le explica que debe atravesar tres puertas mágicas: la Puerta del Gran Enigma que está custodiada por dos esfinges, la Puerta del Espejo Mágico que refleja quién eres en realidad y La Puerta sin Llave que sólo se abre si no deseas entrar. Y cuando llega el momento, el valiente Atreyu enfrenta las tres puertas.

Además de la historia, que es fascinante, el Capítulo VI aborda varios tópicos filosóficos: la contraposición entre conocimiento teórico y saber práctico, la medicina como elemento insuficiente para recuperar la salud (“la medicina sola no basta” -Ende 2022, p. 105-), la paciencia como base de la acción (“con prisas no se hace nada” -Ende 2022, p. 105-), lo sublime como categoría estética (“la belleza puede ser horrible” -Ende 2022, p. 115-).

En sí misma, la puerta es un símbolo muy potente asociado con el esoterismo y los ritos de paso: la frontera, la boca de la caverna, la entrada al templo, son umbrales que transforman y que no se deben franquear sin preparación, la transición de la persona liminar implica muerte y renacimiento (Turner 1980).

En ese sentido, abordaremos la aventura de las tres puertas mágicas como una alegoría de la vida y los proyectos trascendentales. Y el orden es significativo pues cada nueva puerta sólo aparece cuando se ha superado la anterior. ¿Cuáles son las características y el simbolismo de cada una de ellas?

La primera, la Puerta del Gran Enigma, siempre está abierta, pero sólo se puede cruzar si las esfinges cierran los ojos, pues su mirada expresa todos los enigmas del mundo y quien intenta enfrentarlos se queda petrificado (Cf. Ende 2022, p. 108). No hay explicación clara de cuál es la condición para que las esfinges cierren los ojos, silencien las incógnitas y permitan pasar: “han dejado entrar precisamente a algún estúpido o un infame bribón, mientras las personas más decentes y sensatas esperaban a menudo inútilmente durante meses” (Ende 2022, p. 108). Al parecer, no se puede caminar si nos esperamos a tener todas las respuestas. Como lo sugiere Kant en relación con las antinomias y Buda en la parábola de la flecha: el hombre que no presupone el libre albedrío (Kant 2005) o no se decide a seguir el camino recto hasta saber “si el mundo es eterno o no es eterno” (Díaz 2004, p. 194) es como quien, al ser herido por una flecha envenenada, muere porque no acepta el auxilio médico si antes no averigua quién lo hirió, a qué velocidad iba la flecha, de qué material era el arco, etc.

La segunda, la Puerta del Espejo Mágico, “está tanto abierta como cerrada” o, más bien, “no está cerrada ni abierta” (Ende 2022, p. 111). Se trata de una especie de espejo que no muestra el exterior sino el interior, “quien quiera atravesarlo tiene que […] penetrar en sí mismo” (Ende 2022, p. 112). Siguiendo nuestro eje interpretativo, este umbral exige que nos enfrentemos a nosotros mismos, que nos miremos como en realidad somos. Nada fácil, pues muchas veces ocurre que aquellas personas “que se consideran especialmente intachables huyen gritando del monstruo que los mira irónicamente desde el espejo” (Ende 2022, p. 112).

La tercera, la Puerta sin Llave, está cerrada. Además, “no tiene picaporte, ni pomo, ni ojo de cerradura” (Ende 2022, p. 113). Está hecha de un material especial, selén fantástico, que reacciona a la voluntad: “cuanto más se quiere entrar, tanto más se cierra la puerta” (Ende 2022, p. 113). La única manera de franquearla es suprimiendo todo deseo de hacerlo. Se trata de una paradoja en apariencia irresoluble. Sin embargo, reivindica el valor de las acciones en sí mismas: “la buena voluntad no es buena por lo que efectúe o realice […] es buena en sí misma” (Kant 1921, p. 8), “buscad el reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura” (Mateo 6, 33). De acuerdo con nuestra clave interpretativa, se aconseja que hagamos las cosas no por dinero, poder o reconocimiento sino por amor… y lo demás también vendrá. El camino inverso está cerrado y provoca frustración.

En esta entrega no abordamos todas las cuestiones filosóficas que se tocan en el Capítulo VI de La historia interminable. Ya habrá ocasión para hablar de ellas. Pero queda claro que nos propone una profunda manera de concebir la vida y nuestros proyectos: deja atrás las preguntas y las dudas (esa puerta está abierta, sólo basta que te decidas a actuar), enfréntate a ti mismo, ten el valor de ponerte delante del espejo (esa puerta está abierta y cerrada, depende de quién eres) y, finalmente, has las cosas por el gusto de hacerlas y todo saldrá bien (esa puerta está cerrada y sólo una voluntad desinteresada puede trasponerla).


Ilustración de la entrada “El reflejo del portal” por Tomás “Yami” Hernández.

Referencias.

Díaz, Carlos (2004). Manual de Historia de las religiones. Desclée De Brouwer.

Ende, Michael (2022). La historia interminable. Alfaguara.

Kant, Immanuel (1921). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Ed. Pedro M. Rosario Barbosa.

Kant, Immanuel (2005). Crítica de la razón pura. Taurus.

Turner, Victor (1980). La selva de los símbolos. Siglo XXI.

Si no los perros, la gente


Por Antonio Pacheco Zárate


Los perros aullaron la noche entera. El eco de sus aullidos provocó el canto atemporal de las cigarras y apresuró los insomnios de marzo; por eso don Simón se levantó de mal humor.

—Como si no fuera bastante con ese enjambre que no nos deja vida —le dijo a su esposa.

—Se va a morir alguien —respondió doña Sara y subió una olla de peltre al brasero.

—¿Pudiste dormir y lo soñaste?

—Lo soñaron los perros. Por eso aullaban.

Apoyó el hombro en la jamba y perdió la mirada en el verde de las montañas, donde en tiempos remotos había aparecido la milagrosa imagen de la Virgen del Silencio.

—Al menos los perros no joden a diario. El enjambre nace todos los días. Nunca se calla.

Ella dijo sí con la cabeza, metió otro leño al brasero y le sugirió que fuese al patio para que lo animaran los rayos del sol mientras preparaba el café.

Desde el banco de madera, las manos en las rodillas, don Simón descubrió un espléndido cielo azul sobre el caserío de las siete lomas del pueblo. Volvió a escuchar el enjambre. Lo vio elevarse por detrás de la cúpula de la iglesia convertido en una nube negra que manchó el paisaje, sobrevolar el barrio de San Luis Rey y descender en dirección a la casa, asustando a las aves guarecidas entre las ramas de las ceibas y haciendo ladrar enloquecidos a los perros que lo persiguieron hasta una de las ventanas de la cocina, por donde logró colarse. Apenas entró, salió disparado en medio de una humareda. Antes de verlo desaparecer, Don Simón sintió dos aguijonazos: uno en la oreja y otro en la frente. Su humor incendiario se acrecentó y lanzó una maldición.

—Almorzaremos al volver —fue a decirle a su esposa, que parecía apurada en volver a encender el fuego—. Ve al cuarto por tu rebozo y mi bastón.

Isidro encontró a sus padres en el camino real; volvía de ordeñar a las vacas. Supuso que iban a llevar sus condolencias a la familia de algún pariente que habría fallecido al amanecer, y por eso el escándalo de los perros.

—Vamos a buscarte esposa —le anunció su padre—. Se te está pasando la edad.

—Pero no quiero casarme.

—Son muchos años sin querer —dijo doña Sara sin mirarlo—. Tu padre hace lo correcto.

Isidro los vio alejarse rápido con pasos lentos. También estaba harto del enjambre que lo sorprendía a cualquier hora y en cualquier lugar, aguijoneándole la frente, o las mejillas, sonrojándolo como a los timadores del Chamizal cuando eran descubiertas sus tretas en las ferias, pero no creía que el matrimonio fuese la solución, aunque tampoco tuviera otra mejor.

Teresita Vargas se levantó tarde de la cama. La aulladera de los perros le había impedido dormir y tener los sueños de amores que la acechaban sin tregua desde los días en que cesaron las lluvias. En el corredor se topó a su primo. Se miraron a los ojos y él agachó la cabeza; ella apretó los labios con la cabeza altiva y se movió para evitar el roce. Después, saludó a los ancianos visitantes con la certeza de que estaban ahí para comunicarles el fallecimiento de algún familiar desconocido en un pueblo lejano; tal vez por eso habían aullado los perros. Tomó la escoba y comenzó a bajar las telarañas de las esquinas.

—Nuestro hijo Isidro —estaba diciendo el anciano— es un muchacho honrado y trabajador, y ha decidido sentar cabeza, pero es muy tímido. Por eso venimos nosotros.

—Sabemos que Teresita, aquí presente —agregó doña Sara—, está en edad de merecer. Y nuestro muchacho tiene interés en pedir su mano.

Doña Teresita madre les recalcó que lo que se decía “un muchacho”, Isidro ya no lo era. Pero tomando en cuenta sus atributos, podían ponerlo a consideración de la hija.

Teresita bajó una tarántula que se apresuró a aplastar. Otras brotaron de la araña despanzurrada y las aplastó también. De ellas brotaron más.

—¡Dios me libre de estas alimañas en el convento! —dijo.

Y les contó cómo esa madrugada, durante un sueño breve, le había sido revelada su vocación de monja.

—Igual que nuestro sobrino Gaudencio —dijo su padre—, que desde que pasó el tiempo de aguas vive aquí a la espera de ser recibido por los frailes.

Don Simón y doña Sara pretendieron convencerla de que las epifanías sucedían a las seis de la tarde y no de madrugada, y que enclaustrarse a su edad y con su belleza era una mala decisión. Pero Teresita estaba al tanto de los rumores sobre Isidro y no necesitaba meditar su respuesta.

—Les agradezco mucho el interés en mi persona —les dijo—. Pero rechazar el llamado del cielo es pecado mortal.

Doña Teresita madre, esperanzada en la posibilidad de tener una hija santa, se disculpó con ellos.

—Desgraciadamente el destino no quiso emparentarnos —les dijo—, pero con gusto podemos ser padrinos de lo que se le ofrezca a Isidro cuando encuentre esposa. Por cierto, tenemos chivos y borregos que les podemos vender a buen precio para la barbacoa.

Por cortesía, y ánimo de no ver derrotado su orgullo, don Simón pidió revisar los chivos.

—Deberíamos visitar a los parientes ya que andamos en este barrio —sugirió doña Sara cuando subieron a la loma más alta.

—¡No! —respondió tajante don Simón—. Entre ellos nació ese condenado enjambre.

Visitaron cuatro casas más, donde tampoco tuvieron suerte. Rendidos, fueron a ver a la madrina de Isidro, la vieja Damiana, una negra frondosa de carcajadas de estruendo y vestidos floreados; poco letrada, pero de reconocida sabiduría.

—Ninguna quiere ser su mujer —murmuró don Simón con tristeza de desahuciado—. Y estoy seguro de que es culpa del maldito enjambre.

Damiana soltó una risotada.

—Pero, compadre’, pue’ si yo dije desde que’l ahijao tenía quince, que ese no iba pa’ tene’ muje’. Y entonce’ lo podiamo’ mete’ a’ seminario.

—¿Qué hacemos, comadre? —preguntó doña Sara entrelazando los dedos.

—Puede pone’ una cantina —respondió revolviendo azúcar y zumo de limones en una jarra de cristal.

Ellos debieron saber que no opinaría más, porque carecía de la desvergüenza necesaria para usar rodeos y sutilezas.

Esa noche Isidro se enteró de que conseguir esposa no era asunto fácil.

—Dicen que Teresita Vargas…

—Va a ser monja —lo interrumpió doña Sara con remarcada ironía.

—Tal vez en la ciudad puedas encontrar una buena muchacha —sugirió don Simón.

—No me quiero ir.

—Nunca has querido nada. Tal vez quieras poner una cantina.

Por la mañana, Isidro descubrió que el recorrido de sus padres, en lugar de menguar el enjambre, lo había acrecentado en tal proporción que tenía encapotado el cielo.

—¡Pues no me voy! —le gritó levantando los puños.

Se dirigió a la casa de Teresita Vargas y la llamó a gritos desde los platanares en la entrada del predio. El murmullo incesante del enjambre, que ondeaba lentamente arriba, le azotaba los oídos.

—Vine a enamorarte —le dijo cuando ella acudió—. Dime qué debo hacer.

Los padres y el primo de Teresita los observaban desde el corredor.

—No puedo corresponderte. Voy a ser monja —contestó.

—Entonces ayúdame a saber cómo acabar con el enjambre.

—Eso es imposible —dijo—. Pero puedes ignorarlo como los gatos a los niños, como los nopales al desierto. Acostúmbrate y pon cara de palo.

Isidro la vio dirigirse a la casa y al primo seguirle los pasos. Sintió la mirada de lástima de los padres de Teresita y decidió estrenar el consejo. Levantó la cabeza y les sonrió.

Un mes después murió don Simón. Durante el entierro, Isidro escuchó decir que Teresita Vargas estaba embarazada; nadie sabía de quién, si de su casa no salía y tenía decidido enclaustrarse. Sintió lástima por ella. Supo que si don Simón hubiera conocido y puesto en práctica el consejo de Teresita, habría vivido menos agobiado sus últimos días.

Esa noche los perros volvieron a aullar sin misericordia. Pero mientras le servía el desayuno a Isidro, doña Sara le respondió que no había escuchado otra cosa que el ruido brutal de los recuerdos; tal vez, agregó, significaba que el muerto no sería un conocido. En el ir y venir del brasero, vio por la puerta, con el rabillo del ojo, que algo se aproximaba veloz bajo las nubes. Se llevó una mano a la frente para distinguirlo entre la luz. Era el enjambre. Corrió al brasero y azotó furiosa los leños contra la ceniza. No consiguió verlo entre la espesura de la humareda, pero sintió dos aguijonazos: uno en la oreja y otro en el pecho.

Antonio Pacheco Zárate es originario de Oaxaca, México. Escritor autodidacta, inició su formación en foros literarios de internet. Ha publicado cuentos en diversas revistas, antologías y portales literarios de México y el extranjero.