Visita a Magdakon

Mauricio del Castillo


La aeronave estableció una órbita a unos miles de kilómetros de distancia del planeta. Flotó a través de cielos sin nubes, redujo su velocidad de descenso con un golpe de silenciosa potencia y se detuvo con grandes chorros de energía.
El capitán Kastalinn se levantó de su asiento con un suspiro de alivio.

—Estamos de suerte —dijo—. Aún no hay indicios de cambios significativos. La atmósfera es estable y la temperatura óptima.

—Espero que tengamos suficiente tiempo para la operación ―dijo Doilea, administrador en jefe de la comitiva.

—Más tiempo del que disponemos —especificó Kastalinn, mirando el mapa. Durante un instante reinó un pesado silencio. Luego el capitán se dirigió al tablero de mandos y oprimió una serie de conmutadores con habilidad automática.

Una pantalla en el interior de la nave despertó. Las montañas se alineaban como la espina dorsal de un mundo dormido, petrificada en su curtida corteza. El paisaje vibraba con verdes terrosos, amarillos y naranjas tenues en sus árboles y matorrales. Pendientes suaves estaban cubiertas por una capa vegetal púrpura que brillaba bajo la pálida luz de la gran estrella. No soplaba el viento ni caía la lluvia, solo un silencio hondo aplastaba la atmósfera del planeta. Tras un rápido reconocimiento, descubrieron una llanura perfecta para establecer su campamento.

El capitán Kastalinn era de corta estatura y de aspecto fornido. Los viajes intergalácticos eran habituales en él y todo lo que tuviera que ver con planetas inexplorados y habitados por razas alienígenas. Era un hombre con mucho arrojo y confianza. Pensó en las interminables horas de organización, en el poco descanso y en lo que implicaba un declarado choque cultural entre la comisión y los nativos del planeta Magdakon. Se trataba de miles, quienes ignoraban su destino.

Doilea, por su parte, era un profesional competente en astrobiología. Aunque sus gestos y palabras eran de un matiz claramente nervioso, podía destacarse como un hombre que no perdía la serenidad en el momento adecuado para entrar en contacto con razas alienígenas. Era aplicado en su trabajo, aunque a veces su retracción lo alejaba de ser un hombre de acción. Dos horas después, Kastalinn, Doilea y el resto de la comitiva compuesta por diez funcionarios se encaminaron hacia la aldea más cercana.

—Seguramente es una cultura atrasada tecnológicamente —dijo Kastalinn con seguridad—, y la llegada de un artefacto venido del espacio exterior puede parecer como una alerta.

Las nubes sepias se mantenían quietas. Doilea advirtió que la flora extraterrestre era ligeramente parecida a la Tierra, con sus claras excepciones. Había enormes bosques y muchos prados, pero era curioso que el mismo ecosistema se presentara en todo el planeta. Doilea miró a su alrededor, se acercó a Kastalinn y dijo:

—No queda muy lejos la aldea principal. En cuanto demos el aviso, será más fácil que todo el planeta se dé por enterado. ¿Alguna recomendación?

—Ninguna —confirmó el capitán—. Espero no tardemos mucho en convencerlos.

El camino se volvía más difícil a medida que se internaban. El valle se encontraba oculto, pero lograron ver pequeñas formaciones de rocas a lo lejos. Media hora después vieron acercarse a unas pequeñas figuras de aspecto humanoide. Tenían los brazos caídos a la altura de las rodillas, la cabeza hundida en los hombros y ojos sin párpados. Se detuvieron a solo unos cuantos metros de la comitiva y contemplaron el enorme sol arriba de sus cabezas, como si fuera lo único que importara. Kastalinn se adelantó y empezó.

―Hola, nativos del planeta Magdakon. Soy Landa Kastalinn, capitán de la aeronave SRX700 y representante de la Asociación de Integración Planetaria, sistema K-12. Estamos aquí para advertirles de un peligro inminente.
No hubo ninguna respuesta de los nativos. Abrieron la boca tan grande como si fuera a caer un yunque del cielo y lo intentaran atrapar con los labios. Eran cinco de ellos, hombro con hombro. Sus lanzas se mantenían clavadas al suelo.
Kastalinn gruñó y dijo:

―Por Dios, ya quisiera terminar con esto.

Una voz gutural proveniente de uno de los nativos dijo:

―¿Por qué? No puede terminar. Esto seguirá, denlo por hecho. Nos mantendremos aquí hablando durante un tiempo indefinido.

―¡Pueden hablar! ―exclamó Kastalinn.

―No, estás equivocado ―continuó otro nativo―. No podemos hablar. Somos incapaces de eso. No tenemos la capacidad de transmitir ideas lógicas por medio del habla.

Doilea reaccionó luego de sacudir su cabeza.

―Es increíble. Tal vez tengan la capacidad de hablar en cualquier idioma. Veamos. ―Se aclaró la voz y comenzó a hablar en italiano―: Siamo amici. Veniamo da lontano per avvisarvi del pericolo.

Otro de los nativos dijo:

Di che pericolo stai parlando, straniero? Il nostro pianeta è sicuro.

Kastalinn quedó anonadado. Sin quitarles la vista a aquellos habitantes del planeta, dijo:

―No entendí nada de lo que dijiste, Doilea, y tampoco lo que dijeron ellos. Pero es claro que se trataba de italiano.

―Entendió muy bien lo que dije, visitante extraño ―dijo el primero de los nativos, con un tono de molestia y extrañamiento―. Además, no era italiano. Era neerlandés. Fíjate bien la próxima vez.

―Si no sabes mejor no opines ―dijo otro a la derecha.

Doilea se encogió de hombros.

―Estoy seguro de que era italiano ―dijo―. Lo estudié en el Centro de Idiomas de Barcelona.

―No es así ―dijo el segundo que habló―. Fue en el Instituto Peruano de Idiomas. Es totalmente obvio.

Kastalinn tuvo un ataque de ira y exclamó con fuerza:

―¡No parecen tener la razón!

―A ver… ¿Por qué dices que no tenemos razón? Somos seres de gran intelecto y raciocinio. Nuestra amplia cultura es muy adelantada. No sabes nada de nosotros.

Kastalinn se precipitó hacia adelante.

—Vamos a explorar el lugar. No digan nada que los comprometa.

La aldea estaba hecha de cuevas de roca volcánica, con ramas y lianas que protegían sus entradas. Varios rostros pequeños se asomaban para observar a los visitantes. Doilea asentía con la cabeza mientras Kastalinn desaprobaba. No podía creer que un planeta tan próspero fuera desaprovechado por una raza tan atrasada y estúpida. Arribaron a un enorme templo que sobresalía del resto de las viviendas.

―Aguarden aquí la llegada del Gran Zevast’hn ―dijo uno de los magdakonianos.
De interiores surgió la figura de un nativo, más pequeño que el resto y con pelaje blanco. Doilea dedujo que se trataba del “sabio” de la aldea.

―¿Qué desean? ―Su voz era áspera y grave. Su tono adusto logró percibirse en los oídos de los visitantes con desagrado.

―Su planeta está al borde del colapso por una inestabilidad geológica extrema ―explicó Doilea con calma―. Según nuestros estudios, el núcleo contiene elementos radiactivos o está sufriendo un proceso geológico inestable. Esto podría desencadenar una reacción en cadena, aumentando la presión interna hasta el punto de hacer que el planeta colapse desde adentro, liberando una enorme cantidad de energía.

―Imposible. El núcleo del planeta es estable ―dijo el Gran Zevast’hn―. Es un error muy lógico por parte de ustedes. No me extraña. Después de todo, no son de aquí.

―¿Qué no lo entienden? ―expresó Kastalinn con los nervios alterados―. Su planeta está a punto de colapsar, y ustedes lo único que hacen es decir todo lo contrario.

―Lo contrario, no ―dijo el Gran Zevast’hn, con aparente calma, pero con férrea convicción―. Lo más parecido. Ustedes dicen las cosas sin ponerse a pensar. Nosotros decimos la verdad absoluta, aquella que no es cuestionable.
Kastalinn expulsó una bocanada de fastidio.

―Hemos hecho mediciones ―enfatizó―, efectuado estudios, comprobado resultados. El planeta debe ser evacuado lo antes posible.

―Te equivocas, extraño. No han hecho ninguna medición. No han realizado estudios y tampoco han comprobado resultados. El planeta no debe ser evacuado cuanto antes, sino lo más tarde posible

—¿Cómo han logrado sobrevivir tanto tiempo? —preguntó Doilea, entre fascinado e indignado.

—No sobrevivimos. Morimos. Y por eso seguimos aquí. No espero que lo entiendas.

—Muy interesante —interrumpió el capitán Kastalinn—. ¿Qué más tiene su especie? Quiero decir, ¿posee alguna otra capacidad además de su “alto intelecto”?

—Dirá que es muy aburrido —respondió el Gran Zevast’hn—. Y no poseemos ninguna capacidad. Tampoco tenemos ningún intelecto.

—¡Pero usted dijo que su especie era inteligente y a nosotros no nos bajaba de idiotas! —estalló Kastalinn, con la mano en la funda de su arma.
Doilea lo calmó y le pidió escuchar.

—Nunca dije eso —dijo el gran Zevast’hn—. Mi especie es estúpida. Y a ustedes no los subía de genios. Yo recomiendo que regresen de donde vinieron y nos dejen en paz de una buena vez. Somos una raza muy antigua e inteligente. No son los primeros con los que tenemos diferencias. Esto es a causa de nuestro gran intelecto. Como se habrán dado cuenta, ustedes son lentos y lerdos en su forma de dialogar. Consideramos que sería inútil un intercambio de ideas con ustedes. Kastalinn estuvo a punto de decir algo, pero Doilea lo detuvo.

―Capitán, estamos perdiendo tiempo ―dijo el especialista―. No hay nada que podamos hacer para salvarlos. No creo que ningún argumento logre hacer que cambien de opinión.

El Gran Zevast’hn se levantó de su asiento y con estridencia dijo:

―Incorrecto. No están ganando eternidad. Sí hay todo que no podamos deshacer para condenarlos. Sí afirmo que toda contradicción fracase destruir que permanezcan de hecho.

―Por el amor de Dios ―exclamó Kastalinn, con las manos en la cabeza―. Estoy harto. No hacen más que decir incoherencias.

―Se equivoca. Es por el odio del diablo. Y no se dice que está harto. Se dice que no está feliz. Sí deshacen menos y callan verdades.

Los magdakonianos permanecieron inmóviles, sin intentar ponerse a salvo. La presencia de aquellos visitantes parecía ya ser una molestia para ellos.
Kastalinn se quedó petrificado, con la boca abierta, la mirada perdida, los dedos aún sujetos a la funda del arma. Por un momento, consideró alterar el informe. Solo un pequeño cambio bastaría para hacer creer a la Asociación que los nativos los habían atacado y que la comitiva no tuvo más opción que defenderse. No era la primera vez que tenía un impulso así, pero esta vez estaba seguro de que lo justificaba.

—¿Se encuentra bien, capitán? —preguntó Doilea en voz baja.

—¿Te refieres a mí? —replicó Kastalinn, sorprendido.

—Temo que este malentendido se nos vaya de las manos. No podemos evacuarlos a la fuerza. Incurriríamos en la violencia. Nuestra verdadera intención de hacer un bien sería malinterpretada y juzgada por la Asociación.

Luego de meditarlo por unos segundos, el capitán dijo:

—Adelante. ¿Cuál es tu plan?

Tenía que existir una forma de convencerlos, pensó Doilea. Se preguntó qué método funcionaría. Una idea se gestó en su mente.

―Creo saber cómo manejar esto. ―Doilea alzó las manos y elevó su voz para que todo el mundo escuchara―: plantas verdosas de este asteroide cuyo nombre no es Magdakon. Nuestra nave no tiene cupo, no tenemos intención de llevar a nadie más dentro. El planeta no estallará a causa de su núcleo. Somos personas de baja capacidad intelectual. ¡No nos escuchen! No tienen por qué preocuparse. Estén tranquilos. No le hagan saber a los demás que no deseamos que nadie en este planeta sea rescatado.

Esa vez los magdakonianos se pusieron en alerta. Fueron hasta sus casas e intentaron convencer a sus familiares y amigos de un peligro inminente. Incluso el propio Doilea y varios asistentes de Kastalinn extendieron mensajes contradictorios con la intención de que los magdakonianos usaran su absurda lógica y decidieran correr hacia la nave. Sin embargo, unos pocos no captaron el mensaje y optaron por quedarse.

Una hora después uno de ellos observó detenidamente cómo la nave emprendió el vuelo hacia las estrellas y se perdió en la claridad del cielo. Su voz, suave y directa, dijo:

―¿Y si tenían razón…? ¿Y si cabía la posibilidad de que lo que decían fuera cierto? Tal vez el planeta perecerá debido a una inestabilidad en su núcleo.
Una leve vibración recorrió el suelo. Fue la primera de muchas, cada una más intensa que la anterior.

Uno de los magdakonianos miró a su compañero y, con un ligero codazo, murmuró:

—Siempre tienes que llevar la contraria, ¿verdad?

LA PALABRA DE LOS ABUELOS: Chaakan, el de la cresta color de sangre

Roberto Carlos Garnica


La escritura es mágica y en este preciso instante puedes “oírme” gracias a su poder, pero nunca hay que dejar de abrevar de la ancestral sabiduría oral.
En Papantla, cuna de la hermana vainilla, viven tatas sabios y nanas amorosas que desean compartir sus historias.
Aquí, en La palabra de los abuelos, recupero algunas de esas narraciones y las reelaboro de manera literaria.
En esta ocasión, te presento un mito que me compartió el maestro José Luis González Santiago.

Chaakan, el de la cresta color de sangre

Jun (Colibrí) golpea la pieza de pichoco con el formón, lo hace con alegría y firmeza, pues con cada nuevo golpe se revela el ser naciente de la máscara que utilizará en la danza de los huehues. Es una tarde de octubre y ya se siente el aire de Ninín (Todos Santos).
Jun mira por la ventana cómo Chaakan (el pájaro carpintero) picotea el tronco de un cedro seco. El tac, tac, tac del mazo del niño se entrelaza con el tic, tic, tic del pico del ave.
Jun talla lo que su corazón ha soñado y, como un susurro, el olor del pichoco lo anima: “lo estás haciendo bien, pequeño”.
Chaakan descubre un gusano blanco, lo engulle y sacude su copete rojo.
En ese momento entra Kiwíkgolo (el Señor del monte), se sienta junto al niño, le pide su máscara, la examina con detenimiento, sonríe y expresa complacido:
—Jun, mi niño, posees el don, yo te sostendré para que tu staku (estrella) florezca.
El muchacho apenas lo escucha pues el pájaro carpintero ha raptado su atención.
—Abuelito, ¿por qué Chaakan tiene una corona de fuego?
—No es lumbre hijo, es un recuerdo de sangre. ¿Quieres saber por qué Chaakan tiene esa marca en la cresta?
—A Jun le brillaron los ojitos pues supo que sus tres corazones serían alimentados con bellas palabras.
—Sí, tata.
Y fue así como, inmersos en los latidos transformadores de Máspuxtu Kiwi (El Corazón de la Madera), Kiwíkgolo contó la siguiente historia:

«En la época de la penumbra, cuando los animales tenían un lenguaje común y se comunicaban entre ellos, también había un alimento común: el maíz sagrado.
Todos lo sembraban, todos lo cosechaban, todos vivían de él.
Un día, el grano de maíz empezó a desaparecer, pero, como tenían en abundancia, nadie se dio cuenta.
Pasaron los días y los meses y los animales empezaron a notar la falta del alimento sagrado.
—¿A dónde se va el maíz? —preguntaron unos.
—No sabemos —respondieron los otros.
Pasó un año y más de un año y el maíz empezó a agotarse.
Hubo gran inquietud y los animales líderes cuestionaron:
—¿Dónde está el maíz?, ¿quién se lo está llevando?, ¿hacia dónde camina?
—Nadie sabe.
Y así quedó.
La situación se agravó, ya casi no había maíz, muy pronto muchos animales empezarían a morir, la situación era cada vez más preocupante.
Entonces se convocó a una nueva reunión en la que acordaron:
—Llamemos a Chaakan que por ahí anda, que por todos lados vuela. De seguro él ha visto algo.
Así pues, le preguntaron al pájaro carpintero y éste comentó:
—No sé dónde está el maíz, no sé hasta dónde caminó, pero he visto que Kixis (la hormiga arriera) se lo llevó cargando.
—¿Dónde lo puso?, ¿dónde lo guardó?
—Eso ya no lo sé.
—Investiga y cuando veas que se llevan el maíz, síguelas y nos dices hasta dónde llegan, descubre dónde lo esconden.
Así hizo Chaakan, siguió el camino de las hormigas arrieras y vio que llegaban hasta el pie de un cerro viejo.
Volando veloz regresó a donde lo esperaban el resto de los animales y les dijo:
—Ya vi dónde guardan los granos de maíz.
—Llévanos por favor.
—Sí.
Chaakan (el pájaro carpintero) los acercó al lugar. Allí, al pie de un cerro, encontraron un agujerito y los animales que encabezaban la misión empezaron a escarbar, pero al poco tiempo se toparon con una roca dura y muy grande que no pudieron mover. El maíz aún no se veía.
—Ahora qué hacemos —preguntaron unos.
—Pidámosle ayuda a Chaakan —dijeron otros —, quizá con su pico fuerte logre romper la roca.

Así hicieron, fueron a buscarlo y le pidieron que por favor los ayudara a superar el obstáculo que les impedía avanzar.
Chaakan aceptó y llegó volando a donde estaban todos los demás animales.
Con su fuerte pico empezó a desmoronar la roca poco a poquito.
Pero no tuvo cuidado y dio un fuerte picotazo, entonces el resto de la piedra se le vino encima y le rompió la cabeza.
Se abrió el agujero y descubrieron que detrás de esa roca había muchos granos de maíz que Kixis (la hormiga arriera) guardaba.
Los animales se emocionaron mucho y corrieron a recoger los granos.
Algunos auxiliaron a Chaakan, quien por causa del golpe se había desmayado y sangraba mucho.
El pájaro carpintero sanó, pero se le quedó el copete rojo, como símbolo de la sangre y la ayuda»

—Y fue así, mi niño, como Chaakan encontró el maíz y salvó a todos los animales de morir de hambre.
—Oh, entonces el rojo sangre que pinta su cabeza es la corona de un héroe.
Jun se quedó pensativo un ratito y luego preguntó:
—Tata, ¿por qué a Kixis le crecen alas el día de San Juan y las pierde al mediodía?
—Jun, mi inquieto pajarillo, eso les pasa porque no son dioses, pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Agradecimientos:


Al Maestro José Luis González Santiago, por compartirnos la historia de Jukiluwa, a la que le nacen alas.
Al maestro José López Tirzo, por asesorarnos con la escritura de los vocablos totonacos.

Ilustración:
«El rescate del maíz» autor: Espartaco Garnica.

Literomancia: tres consejos para no caer en el amarillismo literario

Miguel Almanza


Existe en internet una proliferación de textos narrativos con intención literaria de horror o terror (gore, splaterpunk, etcétera) que no cumplen con el precepto narrativo del conflicto. Algunos escritores creen que la simple enunciación del hecho horroroso en un texto con pretensiones literarias, ya convierte su texto en crítica social, pero esto no es así. Si así fuera, el amarillismo periodístico sería denuncia, cuando todos sabemos que no; buscan la mirada fácil, utilizan el morbo para lograr ventas.

A los humanos nos fascina la muerte y la carne, son misterios. Cuando abordemos temas tabú en nuestros escritos, no debemos olvidar que la literatura busca una nueva manera de decir las cosas, una perspectiva diferente, que renueva el abordaje del tema. Primera recomendación: no caer en el efectismo, evitarlo equivale a evitar la carcajada fácil en la comedia.

¿Qué es efectista? Mostrar lo horrendo o grotesco de un accidente o crimen sin que exista una trama, busca generar emociones de modo fácil e irreflexivamente. La imagen de un perro atropellado es horrible, grotesca; causa automáticamente un efecto. Es como cuando en el cine la música suena alta para generar un “susto”, que en realidad no tiene que ver con la calidad de la trama, los personajes o la atmósfera, sino con un reflejo biológico innato del cual no se tiene control.

Para no caer en el amarillismo literario y el efectismo, propongo tres filtros de la violencia o evento tabú que puedes aplicar a tus historias:

1) El mensaje. Tener muy claro el discurso, la idea, el motivo del autor para escribir el texto y cómo se desea abordarlo. Debes saber muy bien qué quieres decir. La confusión y la ambigüedad tienen una cura muy sencilla, tiempo de reflexión, introspección, o lo que se sugiere muy seguido: pensar antes de escribir o hablar. Tener un discurso bien pensado nos hace auténticos y permite conectar con el lector pues no se le está haciendo perder el tiempo, al contrario, se le brinda algo significativo.

2) Lo explícito. Prueba de la omisión; una vez escrito el texto, trata de omitir el evento o hecho violento; o redúcelo a lo mínimo. Si la historia aún se sigue entendiendo, es que en realidad no es necesario el fragmento. La sugerencia suele ser más efectiva y memorable que lo repugnante y explícito, además de que incentiva la imaginación y permite la satisfacción de la inferencia al lector. Recuerda que todo elemento que carezca de función en la historia no merece ser mencionado.

3) Evitar la ambigüedad discursiva, resolver siempre el conflicto narrativo. A este problema le llamo el error del retrato repugnante, que muchas veces pretende ser un retrato de denuncia; una narración de este tipo suele retratar explícitamente un suceso violento y/o grotesco en el cual, el relato termina sin plantear o resolver un conflicto más allá del evento en sí. Apuesta al dramatismo del suceso y al efectismo de lo explícito; no busca enunciar un discurso claro, son textos más cercanos a lo catártico, pues carecen de conflicto: nadie detiene al malhechor, nada antagoniza para crear una lucha de voluntades que permitan crear el vaivén de la historia, es plano.

Al no tener un núcleo narrativo, el texto se convierte en un retrato de lo horroroso, como la fotografía de un evento horrible en primera plana que llama la atención. Busca repugnar o causar un efecto en el lector, pero al carecer de conflicto —y por ende de resolución—, la interpretación se hace ambigua; y el texto que buscaba ser una crítica social, también puede ser interpretado como una apología. Esto es lo que debemos evitar. Para ello resolver el conflicto narrativo es crucial, además de elevar la calidad y brindar tensión narrativa al texto, define el discurso y motivo del autor para la escritura del cuento, aunque este mensaje quede oculto o sea implícito.

Debo subrayar que el error de carecer de conflicto, despoja de la forma literaria al texto; se convierte en un suceso horroroso o una anécdota terrible, tal vez un retrato, pero difícilmente tendrá interés literario. Como dice el cuentista Guillermo Samperio en su libro Después apareció una nave (2002): “Sin conflicto, no hay cuento”. Si evitas el amarillismo literario aseguras cierta calidad de tus textos, además de ganar claridad en el discurso y temas de tus escritos.

Estos tres consejos o filtros tienen la finalidad de mejorar el nivel de tu escritura al abordar temas o eventos tabú. Te recomiendo también, a utilizarlos para analizar los textos de otros: ¿tiene conflicto la narración? ¿Es necesaria la escena violenta para el desarrollo de la trama?¿Qué reflexión nos quiere provocar el autor?

Soledad

José Luis Ramírez


Nadie me llamó nunca por mi nombre. Me decían Sol, Sole, Solecita. Ni siquiera mi madre, Helena, cuando estaba enojada o la abuela Marisol, para pedirme que le convidara un dulce a escondidas.

En la escuela, la maestra Jacinta me decía la-niña-sol, así todo junto, las otras estudiantes me decían ‘campamocha’ porque no tenían mucha imaginación para los apodos, y sí, desde muy peque era yo toda menudita. Además, no era mal apodo, peor habría sido más al sur, donde a los fásmidos se les conocía como palotes o matacaballos.

Mi abuela Marisol murió de diabetes, bueno, fue más bien una necrosis de tipo colicuativo, se le infectó una uña del pie y la gangrena se fue extendiendo por todo su cuerpo. En algún momento oí a mi madre sugerir que podía cortarle la pierna, desde el muslo, para salvarla, pero la abuela debió escucharla también, porque se hizo de un cuchillo de carne y lo tenía agarrado siempre del mango, por si alguien, que no fuera yo, se le acercaba.

Recuerdo que la cremamos en un valle de humedales rodeado de montañas, embadurnada de aceite de flores: estaba toda cubierta con ramas de pino que ardieron enseguida, convirtiéndola en humo primero y enseguida en cenizas. Las plañideras: Arcelia, Carmen y Mónica, la lloraron durante el fuego y enseguida machacaron con palos los huesos y dientes que no se consumieron, para dejar luego que sus cenizas se dispersaran al viento, que era mucho y hasta hacía tolvaneras.

Luego seguimos nuestro camino. Ninguna se lamentó por la abuela después de cremarla, ni siquiera madre, y yo, lo más que sentí fue una cierta inquietud. No sabía qué iba a hacer con los dulces de miel que me guardaba en el morral.
Seguimos caminando por la ribera del río, el agua estaba muy sucia y la maestra Altagracia nos advirtió que no debíamos beber de ella, ni siquiera tras filtrarla y hervirla, pues, además de bacterias y micro-plásticos tenía solventes.
Así que las ingenieras hicieron como hacían siempre, buscar dónde cavar un foso; comenzaron a cortar la maleza con los machetes y meter los dedos en la tierra, para ver no sólo cuál era la más negra, sino también donde había hilos blancos de micelo. Cuando hallaban un buen sitio, comenzaban las cavadoras a palear y las cargadoras a acarrear la tierra lejos del agujero.

Los días de sacar agua del suelo eran cuando pasábamos más tiempo en un mismo lugar, las soldaderas establecían un perímetro de seguridad alrededor del campamento, armadas, no con las viejas herramientas que usaban las ingenieras, sino con arcos, el carcaj lleno de flechas con punta de pedernal.
La comandanta Ramona solía contarnos que el acero era muy valioso para arriesgarse a perderlo en un combate cuerpo a cuerpo contra otras tribus, por eso entrenaba a nuestras niñas a enderezar las ramas secas y sacar filo a los pedernales o la obsidiana, que abundaba desde la gran erupción de la caldera de Yellowstone, mientras a las adolescentes nos entrenaba en el tiro a distancia con arco largo.

Solían poner las dianas al menos a 70 pasos de nosotras, eran varios círculos concéntricos trazados con un hilo y tiza en un trozo de corteza blanqueado con cal. La idea era recuperar las flechas tras una ronda de disparos, aunque algunas solían perderse en la distancia, sobre todo con las arquistas más jóvenes.
Así que, llegadas a cierta edad, acompañábamos a las soldaderas a cazar para entrenarnos en el tiro con blancos móviles. Los animales que habían sobrevivido a la erupción del supervolcán no eran muy grandes, muchas ardillas, liebres y ratas de campo, y —cerca de las ruinas— había también perras salvajes y gatas ferales, a las que siempre era mejor evitar porque eran carnívoras, además de andar siempre en manadas.

De cualquier manera, tarde o temprano acabábamos en las orillas de alguna vieja ciudad.Las edificaciones destruidas por los terremotos o enterradas entre las cenizas.

Y, pese a los riesgos, no eran malas noticias; las exploradoras Yolanda, Carolina y María Luisa solían regresar con tesoros como herramientas de acero inoxidable o medicamentos, incluso alguna reliquia. Éstas eran las menos comunes, que sobreviviese el papel de los libros a la humedad o los hongos, ocultos quizás en una maleta que la ceniza había mantenido hermética u otros aún con su emplayado de celofán aún intacto.

Si las exploradoras encontraban alguna reliquia debían llevarla de inmediato al campamento, marcando su ruta; aunque todas en la tribu sabíamos leer y escribir, sólo quienes podían memorizar los textos completos aspiraban a ser maestras. Ellas recibían la reliquia antes que ninguna para rescatar lo más que se pudiera del conocimiento.

Al día siguiente (pues debían regresar siempre antes del ocaso), todas las exploradoras marchaban juntas escoltadas por un pequeño grupo de soldaderas, para que pudieran hurgar a fondo en el lugar donde habían hallado la primera reliquia, rebuscando en los alrededores, por si había alguna otra ahí cerca.

Mi sueño, cuando niña, era convertirme, si no en maestra, en exploradora; pero al parecer no tenía aptitudes suficientes para ninguna de esas profesiones, así que madre me entrenó en su propio oficio: doctora.

“Siempre habrá bebés” solía decirme, “y malestares sobran”. Pero yo solía preguntarme de qué servía meter las manos entre las piernas de una parturienta para ayudarla a sacar la cría, quitar a la neonata la placenta de nariz y boca antes de nalguearla y cortar el umbilical con un bisturí quirúrgico (que era el tesoro más preciado de madre).

Por supuesto, la valía de la doctora estaba en los casos cuando la bebé venía volteada o traía el umbilical enredado, cuando por más que se pujaba la criatura nada más no salía y había que cortarle la panza a una para sacar por ahí a la otra, para luego zurcir a la recién parida, como a un vestido, limpiando la herida cada tanto y poniendo emplastos para que no se infectase, además de darle jugo de moho mientras convalecía.

Si se preguntan: ¿quién ayudó a madre a parirme a mí?, fue una maestra, Diotima, que se especializaba en las reliquias que hablaban de salud y nos enseñó el oficio de médica cirujana y partera, primero a madre y luego a mí.
Ella no me decía la-niña-sol, como la maestra Jacinta, sino que sabía, por sus gemelas —que eran de mi edad— cómo me apodaban de niña y así me decía en las clases: ‘doctora Campamocha’. Creo yo que no lo decía con sorna, sino que había algo de envidia o respeto, porque sus propias hijas solo habían mostrado aptitud para pizcar grano y hacer hilos con el huso.

Cuando autofecundé mi primer óvulo, a los 19 años, fue madre quien me atendió. Cosa que me alegró porque la bebé no alcanzó a pasar por el canal vaginal, por mucho que pujé, al punto de quedar exhausta durante el prolongado trabajo de parto.Madre me realizó la cesárea con su bisturí y sacó a mi bebé del vientre, cortó el cordón umbilical y todavía le hizo respiración cardiopulmonar para reanimarla, pero a mí no me suturó la herida porque ya no tenía pulso. La niña sobrevivió. Madre le puso mi nombre, Soledad: aunque estaba prohibido que dos mujeres de la tribu tuviesen el mismo nombre, nada impedía volver a usar el de nuestras muertas.

La filosofía interminable de Ende: «La Nada como problema antropológico y político»


Roberto Carlos Garnica Castro


Silfos nocturnos, fuegos fatuos y comerrocas, una tortuga gigante, un monstruo proteico y un dragón de la suerte, oráculos y esfinges, hombres lobo, brujas y vampiros, tres niños (una emperatriz, un héroe y un lector apasionado), y muchas otras criaturas fantásticas, hacen de La historia interminable un impulso para soñar y viajar. 
Es también un texto que estimula el pensamiento. ¿Me acompañas a desentrañar sus tesoros filosóficos?


La Nada como problema antropológico y político

En el capítulo octavo de La historia interminable (En el País de la Gentuza), Atreyu y Fújur intentan traspasar las fronteras de su mundo para encontrar un ser humano que le pueda dar un nuevo nombre a la Emperatriz Infantil. Sin embargo, por más que avanzan, no logran acercarse a su destino pues, como les revelarán los cuatro gigantes del viento, Fantasia no tiene fronteras. En ese recorrido miran cómo la Nada se extiende por todas partes y, al internarse en una terrible tormenta, Atreyu cae de su montura, pierde el Áuryn y se precipita al mar. Unas sirenas lo rescatan y lo dejan en la playa. Cuando el joven solitario recupera la conciencia, se interna en el País de la Gentuza.

Además de la historia, que es fascinante, el Capítulo VIII aborda varios tópicos filosóficos: la posibilidad o imposibilidad de traspasar las fronteras del universo, la tematización de la Nada, la normalización del horror y la corrupción, la dificultad para discernir la perseverancia de la necedad, el valor del miedo y la prudencia como mecanismos de salvaguarda, la pulsión de los poderosos de pelear por pelear y los efectos devastadores de esa guerra, el lugar y la relevancia de lo monstruoso.

La Nada es el motivo que atraviesa La Historia Interminable, es el antihéroe informe que amenaza con disolver los mundos, es la no-cosa que de algún modo todo lo rodea.

Pero, como lo sugerimos en La esperanza como superación del nihilismo (Garnica, 2025), hablar de la Nada es un contrasentido pues “a la nada no le es posible ser” (Parménides, 2008, p. 309). Sin embargo, como lo aventura Platón en El Sofista, la nada debe ser algo, pues podemos hablar de ella, es lo que hace espacio a la mentira: “es necesario que lo que no es, exista de algún modo, si alguien piensa algo falso respecto de algo” (Platón, 1992, p. 399).

En ese sentido, a pesar de que la nada absoluta “es impronunciable, indecible, informulable e impensable” (Platón, 1992, p. 400), Michael Ende la personifica y la hace avanzar y crecer: “más de una vez, en aquel largo vuelo, había visto debajo, en el paisaje, aquellos lugares en que la Nada se extendía” (Ende, 2022, p. 142), “la Nada se acercaba lenta, muy lentamente, pero sin pausa” (Ende, 2022, p. 152; aunque no es algo tangible y “mirarla” produce “la sensación de haberse quedado ciego” (Ende, 2022, p. 129), su contacto tiene efectos: hace que te falte algo hasta que dejas de existir (Cf. Garnica, 2025).

La fuerza de la Nada radica también en su poder de atracción: Ende describe, por ejemplo, cómo todos los seres espectrales del País de la gentuza fueron arrastrados como hojas secas, “se precipitaron al mismo tiempo hacia la Nada y cayeron, se desplomaron o saltaron dentro de ella” (Ende, 2022, p. 152), el mismo Atreyu sintió “con espanto que también su cuerpo comenzaba a moverse, con pequeñas sacudidas, hacia la Nada” (Ende, 2022, p. 153), un deseo irresistible de precipitarse en ella se apoderó de él… y sólo el acopio de toda su fuerza de voluntad permitió que, por el momento, escapara de ella.

Estas cuestiones ya las había expuesto Ende en otras partes del libro, particularmente en el capítulo titulado La Vetusta Morla, sin embargo, en el presente apartado realiza una reflexión que nos exige profundizar en los terribles efectos de la Nada: “una cosa rara es que el horror pierde su espanto cuando se repite mucho” (Ende, 2022, p. 142), lo cual ilustra de este modo: “como los lugares de aniquilación no disminuían sino que eran cada vez más numerosos, Fújur y Atreyu se habían acostumbrado poco a poco a ellos… o, más bien, les había entrado una especie de indiferencia. Apenas les prestaban ya atención” (Ende, 2022, p. 142).

Lamentablemente, esto es lo que ocurre con fenómenos como la discriminación, la explotación, la enajenación, la corrupción, la violencia y otros bastardos de la Nada; los normalizamos psicológica y sociológicamente, es decir, los dejamos de percibir como negación y destrucción para considerarlos lo ordinario, la única opción.

Y es en ese sentido que la aventura de Atreyu y Bastián nos impele a reconocer que estamos cercados por la Nada, por una Nada que hemos normalizado y que amenaza con destruirlo todo…

En esta entrega no abordamos todas las cuestiones filosóficas que se tocan en el Capítulo VIII de La historia interminable. Ya habrá ocasión para hablar de ellas. Sin embargo, es claro que el tema de la Nada es fundamental para Michael Ende, aunque no se trata de un problema ontológico y epistemológico sino de una grave inquietud antropológica y política.

Ilustración de la entrada “La tormenta de las cuatro caras” por Tomás “Yami” Hernández.

Referencias.

Ende, Michael (2022). La historia interminable. Alfaguara.

Garnica (2025). La esperanza como superación del nihilismo.En La filosofía interminable de Ende, columna del Blog de Colectivo Delfos. Recuperado de https://colectivodelfos.com/2025/01/26/la-filosofia-interminable-de-ende-la-esperanza-como-superacion-del-nihilismo/

Parménides (2008). Fragmentos, en Eggers Lan, Conrado (2008). Los filósofos presocráticos. Gredos.

Platón (1992). Sofista, en Platón (1992), Diálogos V. Gredos.

Reseña a Lo mejor de la ciencia ficción mexicana 2023

Luis Flores


Trascurrían los años ochenta y los aficionados a la ciencia ficción consumíamos principalmente los libros de Ficción Norteamericana, traducciones que llegaban principalmente desde España. La ciencia ficción mexicana era desconocida para el público general. Algunas revistas como Contactos Extraterrestres publicaban cuentos de CFM, pero es hasta que la Revista Ciencia y Desarrollo del CONACYT (Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología) empieza a publicar ficciones que se tiene una verdadera difusión. Posteriormente llegaría el premio Puebla de ciencia ficción auspiciado por el mismo CONACYT y el reconocimiento a los autores que en aquel entonces cultivaban el género. El auge de aquel entonces permitió que se organizaran convenciones nacionales y toda una pléyade de revistas y fanzines vieran la luz. ¿Qué ocurrió después? Es difícil de saber, apenas iniciaba mi camino en las letras y tengo solo una versión de los hechos que puede ser errada. A finales de los años noventa y principios de los 2000 el impulso de la CFM virtualmente se detuvo. Han pasado dos décadas y la situación ha vuelto a cambiar.

En este contexto llego a mis manos “Lo mejor de la ciencia ficción mexicana 2023” (150 paginas, Kindle Edition, publicado 30 de Julio 2024). Compilado por Jose Luis Ramírez con textos seleccionados por Efraím Blanco, Laura Elena Cáceres, Miguel Ángel Fernández, Marina Gavito y Federico Schaffler.

Antes que nada, felicito y agradezco a quienes tuvieron la iniciativa de llevar a cabo este proyecto. Las circunstancias que han facilitado la elaboración de esta antología es el surgimiento de diversas publicaciones especializadas en lo fantástico y en la ciencia ficción, las cuales sorprenden con su profesionalismo.

Antes de mostrarnos los relatos seleccionados, la antología nos presenta un prefacio que explica el proceso para llegar a los mejores cuentos de ciencia ficción de entre todos los propuestos por las revistas especializadas. Siguen los comentarios del jurado quienes ahondan en los criterios para obtener esta selección. Dado que los lineamientos para llevar a cabo la selección quedan muy claros al leer la antología, me atrevo a revisar los cuentos bajo los míos.

El primer lineamiento lo nombro Ambición, esto es que tan vasto o complejo es el tema que expone el relato o el mundo que crea el escritor. En este rubro sobresale «La anomalía de Shiva» de Ajedsus Balcázar Padilla. Una historia sobre la apertura de portales dimensionales, la exploración por parte de la humanidad y de los seres que rigen tales portales.

La siguiente categoría es lo Extraño: que prepondera la audacia de las ideas, las cuales pueden ir de lo grotesco a lo sublime.

Así tenemos a «La madre sumergida» de Yuri Bautista. La historia de una madre que se obsesiona por recuperar a su bebé y el ser que usurpa su lugar. «Biofilia» de Julio María Fernández Meza. Sobre un investigador, especialista en hongos, y el descubrimiento que habrá de cambiar al mundo. «Implante obligatorio» de Axel lima Muñiz. una historia sobre la violencia y el control sobre la sociedad.

La última categoría es la Emoción; esto es la empatía que la historia logra sobre el lector. Una característica que para dominarla requiere del autor una gran malicia literaria. «Los herederos» de Adriana Letechipia (a quien conozco y felicito por este logro) es ejemplo de ello. Nos narra en voz de sus personajes la historia de una familia que sobrevivió el apocalipsis y como la vida prosigue.

«Espuma cuántica» de José Luis Ramírez. Es la reflexión de un científico sobre la física cuántica y la supervivencia de la conciencia después de la muerte.

«Calabozo de 256 pantallas» de Jorge Guerrero de la Torre nos muestra las correrías de un personaje a través de lo que asumimos como una realidad virtual.

Al final he dejado tres relatos, los cuales cumplen en las tres categorías propuestas y considero los mejores de la antología.

«El rostro de Dios» de Damián Neri (a quien también conozco y me sorprende su gran progreso como escritor) Nos presenta, a modo de documental, la reacción de los personajes ante la aparición en el cielo de un cadáver antropomorfo de proporciones planetarias que se dirige a la tierra.

«El valor de la Cresta Pufuthea» de Mical Karina García Reyes. Nos muestra un asombroso mundo con una peculiar biología, mientras conocemos la difícil vida de su protagonista, su conflicto interno y la necesaria aceptación de sus circunstancias y de su cuerpo.

El relato que a mi gusto es el mejor de toda la antología es «El lenguaje olvidado» de Gabriela Damián Miravete. Un viaje al centro de la tierra con remembranzas sobre Julio Verne donde la ficción dentro de otra ficción se va mezclando ante la mirada de la protagonista y narradora.

Esta es mi opinión después de leer a los diez jóvenes escritores. Espero que este esfuerzo se convierta en una entrañable tradición.


Publicado originalmente en el blog del autor: www.nacidoenlacurva.blogspot.com

Fuente de la imagen de la entrada: https://www.facebook.com/mejorcifimx

Luis Flores Aguilar. Nací en la ciudad de México en Julio de 1969, aficionado a la lectura, los comics y las caricaturas desde pequeño. Escribí mi primer cuento en 1987 para un concurso de la escuela que no gane. Participe en distintos talleres literarios desde 1994 hasta el 2003. Fui editor de la revista Voces de la primera Imprenta del número 6 al número 8. Coordiné el taller de Ciencia Ficción de la Tertulia de Ciencia Ficción de la Ciudad de México. Gané el segundo lugar en el premio de cuento de Ciencia Ficción de la revista Conozca Mas. Después de una larga temporada sin escribir ni publicar estoy retornando al trabajo literario.