Trayectoria circular

Por Omar Flores


Cesó mi andanza:
el alma hueca,
el cuerpo solo.
La casa en duelo.
Y en el sepulcro,
unas palabras
que se me ahogaron.
Aline Pettersson, Cautiva estoy de mí.

Días y noches corriendo sin descanso. Hace tiempo que no sueño. Todo es un puro abismo; un desligarse del mundo hasta que algo me devuelva a él. Hoy fue el zumbido de una mosca que huye al primero de mis manotazos. Todavía la oigo chocar contra las ventanas.
Limpio mis lagañas mientras abro el refrigerador. Reviso la caducidad de la leche: es hoy, mejor terminarla de un trago. Encuentro una nota sobre la mesa. “Fui a hacer unos pagos, regreso al rato. Dejé tus roles en la cocina.” Son míos porque me gustan, mamá lo sabe.
El sabor de la canela se cuela entre las horas frente al televisor. El reloj me chista desde una de las paredes para que lo mire con desgana. “Cinco para las tres. ¿Dónde andas, mamá?”

“El número que usted marcó no está disponible”, cada llamada rebotada por el contestador vuelve el aire más delgado. Me visto con lo que haya de ropa sobre la cama. Ato los cordones de mis tenis y, antes de abrir la puerta, tomo una foto de ella: era joven entonces. Me sostiene en brazos y está sonriendo.
El mundo inunda mi vista al salir de casa. En sus olas se deforman los cuerpos, las calles se tuercen y el miedo brota como espuma. Acelero el paso para no sentir que me hundo en el pavimento. Sigo sus grietas cómo si fueran las rutas de un mapa pero no reconozco nada. No hay a dónde ir.

La tarde se cae a pedazos y yo sigo sin encontrarla. Todas las casas parecen deshabitadas pero las calles no. Las calles están atestadas de piernas, hombros, pasos, voces y rostros que se destiñen en cuanto los miro por no ser el suyo. Pregunto si la han visto. No, nadie, es menos que un fantasma para ellos.
Papá me llama pero no respondo. El celular resbala entre mis manos temblorosas. Sólo al sentarme sobre el suelo después de recogerlo, contesto:

—Apenas voy saliendo de la fiscalía, ¿no ha llegado?

—No.

—¿Nadie te ha marcado?

—Nadie.

—¡¿Por qué la dejaste ir sola?! ¡¿Por qué no la acompañaste?!

No sé, ¿por qué?¿Qué hice mal?¿Fue mi culpa?¿Por qué se la llevaron? ¿Por qué no me la devuelven?¿Por qué no me dicen dónde está?

Miles de pasos por una colonia imperturbable ante su ausencia. La boca agria, el cuerpo pesado: no puedo más. Adentro crece la noche horadando estas paredes que ya no la guardan. Afuera, un cielo desierto de santos para rezar por su nombre.

Un malestar retumba en mi cuerpo. Sacude mis huesos hasta acurrucarme entre las sábanas. Siento rasgarse mi alma y cómo de ella caen los recuerdos sobre la almohada. Soy yo escuchándola cantar en la cocina; yo haciéndole un café; yo despidiéndome de ella antes de subir al camión; yo molesto por sus sermones; yo pidiendo perdón por una mala respuesta; yo riéndome de sus imitaciones sobre mis gestos; yo cargando sus bolsas en un día de mercado; yo tomando su mano antes de entrar a la escuela; yo detrás de su espalda al ver una película de horror; yo dándole un beso antes de ir a dormir. Y sé que entonces había un nosotros; ahora, ya nunca.


La noche se desgaja con el silencio entre sus brazos. Lentamente, la mañana se abre. Entonces escucho el primero de los golpes. Rápidos, con un zumbido detrás de ellos, resultan muchos como para contarlos. De pronto, el zumbido está sobre mi oreja y yo, con el sueño sobre los párpados, lo ahuyento como puedo. Cuando al fin se larga, ya estoy despierto. No soñé, hace tiempo que no lo hago.

La mosca sigue por ahí, atrapada entre las cortinas de la casa. En su contienda contra las ventanas descubro mis pasos frente al refrigerador. Lo abro mientras limpio mis lagañas. Tomo uno de los cartones de leche y reviso su caducidad: es hoy, mejor terminarla de un trago. Sobre la mesa hay una nota: “Fui a hacer unos pagos, regreso al rato. Dejé tus roles en la cocina.”

Enciendo la tele. Brinco de un canal a otro mientras muerdo los roles. Reportajes, caricaturas, comerciales pero sólo uno me llama la atención. Me detengo en un canal donde una pareja abre la pista con una salsa mal ejecutada. La cámara hace lo menos posible por enfocar sus cuerpos. Torpes y lentos, intentan deslumbrar a la audiencia. No lo logran.

En las comisuras de los cuatro jueces se marca el tedio. Miran con frialdad y en los brazos entrecruzados transmiten la rigidez de su juicio. A mamá le gustaría esto. A la hora de calificar el baile, ninguno de los jueces se tienta el corazón. La crítica es dura y la pareja no tiene de otra más que aguantar. Una de las conductoras lleva su mano derecha al oído e inclina la cabeza dando a entender que está recibiendo un mensaje de último momento. A pesar del bajo puntaje, por solicitud del público, la pareja se ha salvado.

“¡Ay, qué no mamen! Ni saben bailar”, las palabras resuenan por toda la casa. Son de ella, eso diría si estuviera viendo esto. Lo dijo alguna vez. Siento mis comisuras caerse pero las manecillas del reloj impiden el resto. Están atascadas sobre una hora: “Cinco para las tres. ¿Dónde andas, mamá?”.

La casa quedó en silencio. Papá y yo no pudimos ser los mismos de siempre. Sabía que dentro de él se ahogaba un sollozo repleto de reclamos contra mí pero no decía nada. Todo lo guardaba dentro de sí cuando se encerraba en su cuarto a saberse viejo e inútil.

¿Qué tipo de pésame se le da a quien espera a su desaparecido? ¿Qué consuelo hay para nosotros? Mi familia no tenía la respuesta. Todo lo que hacían era sentarse a mi alrededor, verme de lejos y adivinar el momento de mi llanto. Algún valiente se acercaba a mí para rodear mis hombros con su brazo. «Conozco una psicóloga en tal…», «En tal… hay un grupo de ayuda», «En la página tal… dice que puedes hablar con». De tanto insistir, terminé cediendo.

Una de ellas hablaba con la voz entrecortada. Su hijo era un desaparecido. Salió de la secundaria y le permitió regresar solo porque “quería darle chance de sentirse grande”; una culpa terrible. A otro, fue su abuela: iba en dirección al departamento de una vecina para celebrar su cumpleaños y, a dos calles de su edificio, se la llevaron. A otra, fue su amiga: dejó que se volviera sola a casa porque ella no quería irse de la fiesta en la que estaban. No llegó nunca y ella todavía le manda mensajes por si de milagro contesta.

Quien guiaba al grupo me miró un momento. Dijo mi nombre e insistió en que estaba en un lugar seguro. “Todos aquí tenemos un desaparecido. Sabemos cómo te sientes, puedes hablar con nosotros.” Pero nada. Los labios inertes dejaron crecer un silencio largo al que lo siguió un “No estás solo” y alguien más continuó la plática.

No quería la amabilidad ni la compasión de nadie. Quería saber dónde estaba mi mamá. Una de las mujeres me leyó el gesto y, acabada la sesión, se acercó a mí. Me dijo que pertenecía a un grupo de buscadoras del Estado de México. La mayoría eran mujeres pero aceptaban a cualquier persona dispuesta a ayudar. Me pasó el día, hora y lugar en que se iban a reunir para otra búsqueda.
La primera vez nos vimos en Nicólas Romero. A alguien le pasaron el dato de una fosa clandestina en los límites del municipio con Tepotzotlán. Al llegar, excavamos un pozo en el que, inmediatamente, el olor nos dio la razón. La policía llegó entrada la noche y a duras penas los convencimos de llevarse los cuerpos para la mañana siguiente. Los difuntos de aquel día no eran los nuestros. Quise creer que mamá seguía en algún otro lado.

Toluca, Izcalli, Jocotitlán, Atizapán y Tecámac fueron algunos de los municipios en los que excavamos más de una vez por cuatro años. Cavar cansa rápido, por eso tomábamos turnos al hacerlo. La tierra se alza al momento de abrirla y deja poco que ver. El polvo se vuelve bruma y adentro el miedo como un lento animal. Sus pisadas son suaves pero lo delata el lomo propio de un cazador al acecho. Cuanto más profunda era la fosa, más fuertes sus olisqueos. Sentía su saliva resbalar en mi espalda, las garras a punto de desgarrar la piel pero algo impedía la masacre. Algunas veces era el hueco recién excavado; otras, los huesos cubiertos por prendas que no concordaban con las de mamá y los reportes de la fiscalía quitaban lo que quedaba de duda.

Entonces me marchaba a casa hasta recibir la siguiente llamada. Recostado sobre el suelo esperaba su voz atravesando los azulejos para que me dijera al fin el lugar de su tumba. Pero el silencio y su frío eran lo único a mi alrededor. Lo único que permanecía cerca mío.

Visitamos otra fosa hasta Mexicaltzingo. Hallamos tres cadáveres y todos fueron enviados a que se les hiciera la prueba de ADN. Uno dio positivo: el hermano desaparecido hace siete años de una de las buscadoras.
En ese tiempo descubrí el peso de la fe y lo fácil que se acobarda dentro del vientre. Hecho un lastre de piel áspera, descompone el cuerpo de a poco hasta pudrirlo por completo. Pero uno se da cuenta muy tarde.

Nos reunió a todos en su casa para compartir la noticia. Al momento de leer el reporte de la genetista, su angustia al fin se deshizo en berridos. Quedé inmóvil sobre el marco de la puerta mientras todas corrieron hacia ella. Me invitaron a su abrazo. Observé sus lágrimas volverse rocío. Pero de mí sólo brotaron vidrios rotos. Al cortar la carne, la sangre envenenada me mostró el camino afuera.
No llovía. El cielo raso apenas dejaba crecer las sombras. Incluso debajo de los árboles había poco refugio. Tomé la ruta de siempre: Izcalli 123 Palomas. Una cumbia a todo volumen disolvió mis pensamientos. Preferí mirar fuera con la frente golpeando la ventana cada vez que pasaba un bache.

Por los cerros se derramaba el sol. Los tostaba como a un grano de café y lo que se movía entre ellos hervía con la misma violencia. Observé mi cuerpo alejarse de mí. Lo seguí al bajar del camión. El suelo ardía y los pies no descansaban sobre él. Lo vi andar hasta la casa. Posó sus manos sobre el candado del zaguán al momento de abrirlo y, al cerrarlo, el mundo quedó detrás de él. Cerró las rendijas de las ventanas y quitó las pinzas de las cortinas. Ninguna otra sombra habitó la casa. Tomó la vieja foto de mamá y lo vi dormir en el suelo.
Entre sueños dijimos su nombre esperando que fuera ella la que viniera por nosotros.

Con la quietud de un cadáver, sueña que los días se repiten a sí mismos. Todavía duerme con la foto de mamá entre las manos. La casa es ahora uno de esos huecos que tantas veces escarbé. La tele, el reloj, las fotos, las sábanas, la vitrina, los trapos, las sillas, las cucharas, la lámpara, las cortinas; en mi oído se juntan sus voces. Se amontonan y se alzan como los ladridos de un perro. Llevan el nombre de mi madre. Quiero que se callen. Que se vayan a otro lado y me dejen morir a gusto.

Entonces rompo, quiebro, arranco, destrozo, pateo y hasta muerdo. Luego, la sangre calentando mi rostro; la garganta rota de tanto gritar. Bajo las suelas crujen las astillas de lo que antes fue. Las manos arden por los pedazos de piel fuera de su lugar. Las heridas abiertas jadean conmigo, lloran conmigo y juntos repetimos su nombre cada vez más quedo.

Vuelve la mosca azotando el cuerpo contra la ventana de la sala. Aún cuando abro las rendijas, insiste en su trayectoria circular. No le importa su cautiverio ni la libertad del otro lado. Golpe tras golpe, quiebra cada una de sus extremidades. Sobre el vidrio queda una mancha de sangre. Ahora entiendo dónde empieza la muerte.

En la boca de la oscuridad repaso los tristes pedazos de nuestra vida. Su respiración es lo único que desmiembra el tiempo con su ruido acompasado. Pero se está haciendo más suave. No falta mucho para que la pesadilla termine.

Ya nadie dice tu nombre ni el mío. Ya no existimos, mamá. La verdad se volvió nuestra tumba. Lo sé ahora con demasiada certeza.

Nadie me dirá dónde estás.

Crónicas del Hechizero Tlacuache II: «La Maldición del Baño»

Por Sidi A. Hdz.


Un retortijón recorrió las entrañas del Hechicero Tlacuache. Alzó la vista y contempló a sus Aprendices de Hechicero: ratones, erizos, mapaches y tlacuaches jóvenes, todos concentrados, resolviendo su examen, ninguno se movió, murmuró ni alzó la vista. Controlando su estómago lo mejor que pudo, entendió lo que había ocurrido.

―Malditos mocosos ―murmuró para sus adentros―. Les enseñé el hechizo diarreaexplosiva con la promesa de que solo lo usaran en situaciones de defensa propia.

Sintió como si un basilisco recorriera su intestino. Utilizando toda la concentración que le quedaba empezó a caminar hacia la puerta.

―Jóvenes, creo que el director me llama, sigan con su examen ―y desapareció por el pasillo.

Hechizar a un maestro para poder copiar en el examen era un truco muy sucio, era cierto que él mismo había recurrido a ese hechizo en un par de ocasiones, pero era algo completamente diferente, cuando averiguara quién lo había hechizado…

Un nuevo retortijón hizo que le temblaran las piernitas, no llegaría a tiempo al baño de maestros, dio vuelta en un pasillo y entró en el lugar donde ni los dioses ni los directivos han puesto un pie: el baño de alumnos.

Llevaba años sin entrar en este baño, desde su época de estudiante, tras purgar la maldición y recuperar el control de su intestino, el Hechicero Tlacuache pudo apreciar cuánto había cambiado el lugar en más de seis décadas. El olor era el mismo, penetrante y mareador, como si te dieran un puñetazo, aunque el buqué era un poco más añejo.

Las manchas misteriosas del piso y paredes seguían en el mismo lugar, aunque habían crecido. Conocer su procedencia y naturaleza eran el tipo de sabiduría que el Hechicero Tlacuache prefería ignorar, la gotera de residuos químicos que se filtraba del Laboratorio de Pociones había crecido hasta convertirse en un bello charco que cambiaba de color, e inclusive podría jurarse que gruñía.

―Tal vez debería avisar a los directivos ―pensó el Hechicero Tlacuache mientras se lavaba las manos ―. Ese charco cambia a un color amarillo que no se ve muy saludable ―movido por la curiosidad se puso a explorar las paredes.

Es bien sabido que todos los baños escolares, sobre todos los del género masculino, tienen al menos una maldición rayada en las paredes; palabrotas, afirmaciones de que Fulano es medio así, o que Mengano hizo tal cosa allá, groserías, letreros y declaraciones, tan diversas como variopintas. Sin embargo, el Hechicero Tlacuache no esperaba encontrar la pared tan saturada, era un collage inmenso de palabrotas, afirmaciones y letreros tan obscenos que creyó estar leyendo lenguaje demoníaco.

El Hechicero Tlacuache apretó el puño con ira, no podía quitar la vista de aquel muro de barbarie, no obstante, fue el símbolo que más se repetía lo que de verdad lo sacó de quicio: dos círculos pegados y entre ellos un óvalo. El símbolo se repetía una y otra vez, en todas las paredes, piso e incluso techo, con diferentes caligrafías y tintas, inclusive con diferentes figuras, pero siempre representando la misma parte del cuerpo característica de los caballeros…

Esto hizo enfurecer aún más al Hechicero Tlacuache, podían lanzarle una maldición de diarrea a él, pero faltarle el respeto a esta bella institución era ir demasiado lejos.

Él, en su época de estudiante, NUNCA se había atrevido a rayar las paredes de este sacrosanto lugar, o al menos no recordaba que lo hubieran reportado por eso.

―Esto no puede quedarse así ―dijo mientras movía las manos para concentrar el poder mágico. Murmurando en legua mágica dijo: ―Quetodoaquelquehayarayadoestasparedes, zim-zalabín, queselescaigaelpilín.

La ola de magia explotó hacia todas las direcciones, atravesando paredes, aulas y alumnos. En la lejanía el Hechicero Tlacuache escuchó los gritos de sorpresa con miedo de los estudiantes. Había sido una excelente broma, cualquier aprendiz de primero podría hacer un contrahechizo para recuperar la adhesión de cualquier parte del cuerpo que se le hubiera caído, no habría ninguna consecuencia de la cual preocuparse.

El Hechicero Tlacuache rio por lo bajo, pensando en la magnífica venganza que se había cobrado, dio un paso hacia la salida cuando de repente sintió cómo algo se separaba de su cuerpo, se deslizaba por su pierna y caía por los pliegues de su túnica.

Sin entender bien lo que pasaba vio cómo su pilín rodaba hacia el charco de desechos químicos. ―Ay, no ―pensó el Hechicero Tlacuache antes de que su pilín desapareciera en el charco amarillo.

Limo y sangre

Miguel López González


Un auto a toda velocidad derrapa dejando una estela de polvo, se detiene a escasos centímetros de la orilla de un canal. El conductor baja con mucho cuidado de no caer a las aguas negras y se dirige a la parte de atrás del auto. Una segunda persona abre la puerta del pasajero; cuando coloca el primer pie en la tierra sucia, corta cartucho de una reluciente escuadra de 9mm y acompaña al otro sujeto.

Juntos abren el cofre de su automóvil y sacan a un hombre que está atado de pies y manos, con la boca amordazada por un cinturón cubierto de su saliva espumosa. Lo toman de los hombros y pies para arrojarlo con fuerza al suelo seco y duro. El gatillero le apunta, este se pone de rodillas con mucha dificultad; el otro tipo se acerca sereno y retira el cinturón que le tiene la boca cerrada

—Puto asco, ya me llenaste de baba, pendejo.

—Perdón, perdón. No me hagan nada, no diré nada, ya tienen mi cámara. Déjenme aquí y no me volverán a ver, yo veo cómo me regreso.

—¿Cómo ves a este wey? ¿A poco crees que te vamos a dejar ir así nomás?

—No carnalito, a ti no te queda de otra más que un balazo.

El rostro del hombre que pide clemencia se transforma de manera drástica. Pasando por el miedo absoluto, el color de su rostro cambió a un pálido casi como el color de sus dientes. Bajó la mirada comprendiendo su situación mientras lloraba.

—Mira este wey, ya se orinó, ¡ja, ja, ja, ja!

—Muchos huevos pa’ tomar fotos de nuestros bisnes, pero ya a la mera hora te frunces, pinche zacatón.

Los sollozos paran y levanta la vista hacia sus dos captores, los ojos reflejan una enorme furia, inyectados de sangre y casi saliéndose de las órbitas.


—Par de pendejos, me van a matar, pero no crean que no sé cómo van a terminar. ¡Bien pinches muertos, de seguro por alguna pendejada que se les va a regresar como siempre les pasa a vergas como ustedes! Qué pinche lástima que no voy a estar para verlos todos cagados del susto como yo.

El par de criminales abren los ojos sorprendidos por el cambio de actitud, aunque se echan a reír segundos después.

—Ay compita, que mamadas dices. Ya métele un balazo a ese ojete.
Un tiro en medio de los ojos, con una ligera inclinación hacia la derecha, acaba con la vida de su rehén. De nueva cuenta, lo toman de los pies y hombros, arrojándolo al canal; por un último segundo, antes de que cayera a las aguas contaminadas, aquellos hombres observan su rostro, el de un hombre muerto con mucha ira. Suben a su destartalado auto marchándose a toda velocidad.


Kilómetros más adelante de ese mismo canal, hacía tiempo se había gestado una forma de vida particular. Se trata de una masa viscosa, burbujeante y de un apetito insaciable. Su morada consiste en un tapón enorme de basura, con el tamaño de un campo de fútbol, y aquella sustancia se encuentra al frente de ese corcho de podredumbre urbana. ¿Su origen? Desconocido, ¿cuánto tiempo lleva ahí?, quizá años, tal vez antes de que se formara el tapón (o el tapón se formó debido a ella, difícil de saber). Su dieta consiste, principalmente, en todo lo orgánico que es llevado ante ella por la corriente del canal: desperdicios alimenticios, desechos médicos de hospitales, y cadáveres de animales que caían al canal o que sus dueños los arrojaban para deshacerse de ellos cuando morían.

Las sucias corrientes llevan el fiambre de aquel hombre de forma lenta pero directa hasta donde aquella masa amarillenta y gelatinosa se encuentra. Es bien recibida, pues, aunque la cosa viscosa había comido perros de tamaño no mayor a un rottweiler, lo más probable es que nunca se haya topado con semejante festín. Comienza devorando los pies, es fácil para ella, su composición y condición de ebullición perpetua, le resulta práctica para consumir de manera rápida la carne, con los huesos se toma un poco más de tiempo, aunque solo es cuestión de segundos extra el ingerirlos. Al momento de llegar a la cabeza consume primero los ojos, deslizándose por las cuencas entrando directo al cerebro. En el instante en que lo termina un ruido chirriante es emitido por la masa.

Aquel limo se retorcerse, tiembla, se hace jirones y finalmente se derrite para volverse a unir en su habitual constitución en un abrir y cerrar de ojos. Algo ha cambiado después de aquellos movimientos, comienza a moverse de manera lenta, precavida o quizá asustada; se arrastra contra corriente sin dificultad y al mismo tiempo va consumiendo lo que llega hasta ella, el hambre no la ha abandonado. Comió un par de ratas que se encontraban cerca de la orilla del río, las atrapa transformando partes de su cuerpo en tentáculos finos, rápidos como látigos; una nueva habilidad ha sido adquirida.

Sigue su camino, surcando las aguas del sucio canal, saliendo de ellas un poco para atrapar algún animal hambriento. Un perro blanco de pelo rizado se acerca a ella; la masa reacciona y el perro emite un quejido fugaz, el cual, es sofocado por los apéndices amarillos que rodean su pequeño hocico; en el forcejeo para llevarlo hasta donde se encuentra su depredador, el collar azul que llevaba puesto se rompe y queda cerca de la orilla. La placa mostraba un grabado con el nombre de “Muñeca”.

Después de ese peludo tentempié, retoma su trayecto, aunque un poco lenta, pues consumir aquel cuerpo humano y a Muñeca le ha hecho ganar peso; debe comer más para compensar el gasto calórico que le provoca su nuevo tamaño.
El atardecer ilumina el cielo con una mezcla de ligero violeta y un anaranjado crepuscular, los últimos rayos de sol que caen sobre aquel monstruo le dan una tonalidad casi dorada y llamativa que sobresale en las aguas negras. Cerca de una orilla del canal, un niño, no mayor a diez años, que, con una improvisada red hecha de rafia, recoge la basura que pesca de las aguas; recolecta latas y botellas, lo demás lo regresa. Arroja la red de nuevo, el subirla le presenta un gran esfuerzo, sin embargo, cuando vislumbra esa enorme cosa dorada consigue más energía; desea eso tan brillante.

Aquella sustancia glutinosa responde de manera violenta, recorre la red tomando su forma y llega hasta los delgados brazos del niño, él grita horrorizado. El alarido es escuchado, aunque solo por otro pequeño que al ver aquel lodo denso y áureo derretir el rostro de su hermano mayor, echa a correr lejos de la asquerosa y violenta escena. Los huesos del infante, al poseer una mayor flexibilidad, son más rápidos de consumir, así que, al terminar de ingerirlo por completo, la masa, ahora de un color amarillo más oscuro, toma la forma de una pelota y se va rodando hasta el canal. Parece empecinada en seguir navegándolo.

Al anochecer, y después de mucho viajar, la criatura llega a lo que parece ser su destino: el lugar donde una noche antes el hombre al que había devorado fue asesinado. Por fin se anima a salir en su totalidad del canal, se arrastra un poco, pero se detiene después de unos metros, es lenta, muy lenta. Al cabo de unos segundos comienza a separarse en algunos fragmentos, unos pequeños y otro más grande; al final, los más reducidos adoptan la forma de ratas, y el más grande, en aquel perro llamado Muñeca. Al terminar su transformación, los falsos animales se dispersan; el perro pegó su nariz al suelo y comenzó a caminar mientras olfateaba.


—¿Ya viste bien las fotos que nos tomó el wey de anoche?

—Nel, ni tiempo tuve. ¿Salí guapo?

—Ya quisieras, wey. Pinche chango, nos tomó bien atorados, wacha acá se ve como nos entregan los paquetes de coca.

—Iiiiii, no pues si nos había agarrado bien acá. Lo chido que se la peló el wey. Te rifaste con el plomazo, padrino.

—Simón, pero no te creas we, si me sacó de pedo. El vato se fue bien enchilado.

—Al final le salieron los huevos, lástima que ya lo habíamos agarrado.
La plática es interrumpida por golpeteos en la puerta de la casa en obre negra donde esos tipos se encuentran. El llamado a la puerta de aluminio suena desesperado y al final de cada toquido se escucha como si algo se restregara en ella.

—Cámara, wey. Ponte vergas. Suena raro.

—Simón, deja saco mi cuete.

Uno de los hombres, el portador del arma, se acerca a la puerta tomando sus precauciones mientras los toquidos siguen. El otro tipo abre de súbito; una chica con las manos ocupadas cargando una hielera que parecía muy pesada era la que estaba tocando.

—Ora, weyes. Ni me abren y esta madre está bien pesada.

—Pinche Lupe, nos asustaste.

—Pa’ la otra si te meto el balazo.

Uno de ellos sujeta la hielera que le entregó la mujer, ella lucía muy feliz y sorprendida.

—’Iren lo que me encontré de camino pa’ acá. Está bien chistoso, ¿verdad?
Detrás de ella, un can con el pelaje y ojos ocre asoma su cabeza y corre para meterse dentro de la casa.

—No mames Lupe, saca esa madre o le voy a tirar un plomazo.

Aquel hombre le apunta con la pistola al extraño perrito; esté comenzó a vibrar y burbujear hasta disolverse en un charco amarillento. En su shock, el dedo del matón aprieta fuerte el gatillo en dos ocasiones, dejando dos agujeros sobre aquel líquido viscoso que cierran casi al instante. Esa acción parece molestar de sobremanera al fluido; este se abalanza sobre el pecho de su atacante comenzando la ingesta.

—¡Ayúdenme, culeros! ¡Esta madre me está quemando!

Los otros dos presentes se quedaron paralizados al ver semejante suceso, con los ojos bien abiertos y las piernas temblando.

Detrás de Lupe aparecieron algunas de las ratas amarillentas; corren con gran agilidad para arrojarse como proyectiles al pobre infeliz que ya estaba con el costillar expuesto. Las ratas se unen con la masa para aumentar su tamaño y abarcar por completo el tórax y las piernas, las cuales al verse consumidas por completo hicieron que el cuerpo cayera de lado y así le fuera más fácil de consumir.

—Ayúdenme…

Ese débil susurro proveniente de lo que quedaba de la cabeza de su compañero espabila a los dos que quedaban. Lupe huye aterrada por donde vino, gritando y manoteando al aire, pensando tal vez que puede tener pegado algún pedazo de aquello tan grotesco que la devoraría. Por su parte, el hombre restante corre a la parte trasera de la casa, atravesando una reja derribando unos tambos de plástico azul en su pavorosa carrera, provocando que cayera de cara en el pasto seco del traspatio. Aturdido, levanta la mirada para ver la figura de un niño.

—Niño, niño, ¡ayúdame!

Sujeta por un pie al pequeño y su mano comenzó a derretirse, la retira de manera abrupta dejando ver un muñón con una horrible quemadura. El infante se disuelve de manera lenta, a su vez, la otra parte de la criatura sale de la casa de forma tranquila, todavía se aprecian algunos de los huesos del primer hombre en su interior; su color ahora luce azafranado por la cantidad de carne que ha comido.

—¡Mi mano, mi mano!

Antes de que el chiquillo tomara su verdadera forma por completo, la cabeza queda por encima de un charco grumoso, similar a alguien asomando su cabeza por encima del agua para tomar aire. Sus labios comenzaron a hablar con un sonido acuoso y pesado:

—MirA Esste weEy, ya sE Ooorinó, jAaa, jaaa, jAa, jaAa.

El otro fragmento réplica esa risa asquerosa y sobrenatural; le responde:

—AaaA laa meeEra hoOora te frUuncees, jjaja, jAaa, jAjja, jAa.

Ambas plastas se dirigen hacia el infeliz para poder degustarlo de forma tranquila; él se retuerce y llora, pues nada puede hacer. El limo hace pequeños cortes sobre la piel y se introduce por ellos, aunque todo lo disolvía en cuestión de segundos, esta ocasión se dilató, lo estaba disfrutando. La fibra muscular se transforma en pudín de carne, los nervios se trozan cuales cuerdas podridas, el cartílago que cubre los huesos es retirado como un envoltorio de papel. Lo único que deja aquel ser es el cerebro, lo saca de sí misma, semejante a cuando un niño pequeño escupe alguna verdura

Al finalizar todo, la masa se funde en una sola, ahora es una sustancia color granada, brillante por las pocas luces de las casas. Toma de nuevo la forma de bola, solo que ahora aún más grande que la primera vez; rueda tranquila y satisfecha, retomando su camino hacia el canal. Se da un gran chapuzón en aquellas aguas negruzcas, desplegando todo su volumen y nada a contra corriente, pues la ruta que eligió es la que le lleva de vuelta a su hogar.

Inevitable

Satori Ko


Al despertar.
Me doy cuenta.
Hoy es el día en que me casaré.

Sólo lo sé. Aunque no he tenido novia en años, ni siquiera prospecto, estoy seguro de que hoy es el día. Nunca he pensado con seriedad en casarme, mas esta certeza, tan firme que incluso me ha despertado, vino acompañada de una tenue y agradable sensación de bienestar. Es un buen día para casarme.
Permanezco aún un rato en la cama. No pienso en nada en especial, sólo son los nervios. No es inseguridad, sólo esa presión cuando algo de enorme importancia está a punto de suceder.

Saco mi mano de entre las sábanas y la miro entre las tinieblas. Trato de adivinar su forma mientras mis ojos se acostumbran a la penumbra. Mi mano. Ahí está ya, la veo con nitidez. Reparo en su complexión algo cuadrada, tal vez pequeña y me pregunto cómo serán las manos de otras personas. Al final, he decidido que es una buena mano, pero… ¿es en ésta en la que se lleva el anillo
Lo averiguaré en su momento, pienso. En su momento. Lo sabré justo como he sabido que me casaría desde el momento en que me desperté.

El despertador no alcanza a sonar. Mi mano, más habituada a la obscuridad que mis propios ojos, lo apaga sin hacer casi ruido. Me levanto con tranquilidad y comienzo el ritual matutino. Me paro, busco las sandalias con mis pies, me quito la pijama y me dirijo al armario. No tengo más que hurgar un momento antes de encontrar lo que busco.

Es el traje con el que se había desposado mi abuelo. No recuerdo la forma exacta en que acabó ahí. Tal vez me lo habían regalado o había llegado por accidente de la tintorería o acaso perdió su lugar en un viaje entre casa y casa. No importa, ahora está allí, justo en el momento más oportuno. Lo tomo con cierta naturalidad y me lo pongo. Me queda perfecto (bueno, un poquito largo). Me dirijo fuera del cuarto para regresar momentos después.

«Soy muy descuidado, así que será mejor que deje aquí el saco mientras desayuno y me lavo los dientes».

Desayuno con tranquilidad, me acompañan las últimas sombras de la madrugada. Disfruto la comida. El día anterior no le habría prestado atención, dado que suelo desayunar a toda prisa, inquieto, basándome en mi vieja creencia de que el desayuno con celeridad equivale a otros pocos minutos de sueño. Hoy es diferente, lo hago con lentitud, deseando saborear cada instante. Cada mordida de este pan equivale a una mordida de sosiego. Disfruto de mi último desayuno a solas, a partir de mañana seré un hombre casado. Y una sonrisa cruza por mi cara.

Después de lavarme los dientes, peinarme y ponerme algo de loción de lavanda, me coloco el saco. Sólo falta la corbata. Al terror de saberme incapaz de tal hazaña de nudos corredizos (o cómo se les llame) le sigue la tranquilidad de ver una corbata con el nudo ya hecho (¿previsión tal vez de mi madre?). Salgo como siempre, rumbo a la universidad. Llevo únicamente los útiles necesarios, nada más. No debo llevar mucho equipaje para este día tan especial. Me vuelvo a preguntar mientras espero el camión:

«¿En qué mano va el anillo?».

Me subo con cuidado pues no deseo estropear el traje. Tengo suerte y logro encontrar un lugar donde sentarme, junto a la ventana, para así poder ver las luces que la noche había prendido, la madrugada sigue manteniendo y el alba aún no despacha.

Las personas a mi alrededor me ven con cierta curiosidad. No es normal ver a un tipo de traje tan formal a esas horas de la mañana. Pero cuando uno se va a casar, tiene que lucirse un poco y vestirse lo mejor posible. El resto de los pasajeros no pueden sino coincidir con mi pensar y todos seguimos tranquilos nuestro camino. Y si algún nuevo pasajero ingresa para hacer uso del servicio público, alguien le dirá con voz cordial y amable: «ese tipo se casa hoy, debe verse bien», a lo que el nuevo asentirá con cierta complicidad.

Me bajo donde siempre y un escalofrío de emoción me recorre, falta menos para mi boda. ¿Y la novia? No lo sé, no la conozco. Pero así como yo había sabido, al despertar, que este día me casaría, lo mismo le habrá pasado a ella. La reconoceré al verle, pues en caso de que alguna duda quede, ella llevará sin falta su vestido de novia. No me cabe la menor duda en nada de ello.

Las clases pasan sin contratiempos, las felicitaciones de compañeros y maestros ante mis súbitas e inesperadas nupcias no se hacen esperar, para después seguir con el tema del día: la historia de la filosofía antigua (Heráclito y su obsesión con el devenir) o los comentarios sobre un accidente fatal del día anterior (una chica de nuestra edad que apenas logro ubicar).

Salgo de clases, entro en otras, como (con mucho cuidado para no ensuciar mi traje), y regreso a las aulas. Siempre muy atento al frufrú que pueda delatar la compleja falda de una novia así como cualquier otra señal de índole semejante. Al final, el cielo comienza a teñirse de naranja. Calculo que serán las seis de la tarde, y justo donde golpea aquel rayo anaranjado de luz me quedo estático. Aquí es el lugar. En este pequeño cruce de caminos en un remoto sitio del campus. Éste es el lugar donde conoceré por fin a la novia. Y he llegado a tiempo, compruebo con alegría al ver mi reloj. Así que espero.

Espero.

Me siento a esperar.

Y sigo esperando cuando ya la noche enciende luces por aquí y por allá.

¿Será que no se enteró de que hoy es el día de nuestros esponsales? Eso no puede ser, debe ser otra cosa, algo debió retrasarla, no es posible que no sepa que éste es el día de nuestra boda.

Nervioso y desesperado, comienzo a dar vueltas a grandes pasos, exigiendo una explicación. ¡Porque debe haberla! Si no está aquí, ¡debe haber una razón!
¡Una razón enorme, tan grande como para no asistir a su propia boda!
¡Algo como…!

Recuerdo.
Me doy cuenta de todo.
Ella no vendrá.
Ella no puede…
Hay una razón… una razón poderosa… absoluta.
Recuerdo a aquella chica, la encontraba todos los miércoles en este mismo cruce. No sé mucho de ella, pero ahora que la veo en mi mente, no me cabe de que ella es quien sería mi esposa. Pero aquel comentario de la mañana, en clases, sobre un accidente fatal cualquiera. De esos que se sienten tan lejanos incluso cuando te incumben. Ella. La chica que apenas lograba ubicar. La víctima del accidente… Ahora me era obvio por qué no había llegado.

Hoy me casaba, y ayer había enviudado.

Regreso a casa con la mirada tranquila y anegada en tristeza. La sonrisa triste y amable. Ceno aturdido, habíame hecho ya a la idea de que no volvería a comer solo durante algún tiempo. Reflexiono un momento sobre el funeral de mi esposa. ¿Dónde se llevará a cabo?, es la pregunta. A ella la habría reconocido sin problemas, ¿pero a su familia? ¿Habrá forma de contactarme con sus amigos? ¿Será buena idea ir de velorio en velorio, pasando por los dolorosos abrazos de rigor antes de echar un vistazo indiscreto al féretro? Mientras esas preguntas se suceden como en una procesión fúnebre, entro a mi cuarto y revuelvo el clóset, preguntándome si también el traje para el velorio estará ahí, listo, justo como en la mañana lo estuvo mi traje nupcial.

Pero no encuentro nada.

Con gran parsimonia me siento sobre mi cama y me debato si ir con este traje será lo mejor. Pero el cansancio del día se empieza a agolpar y con la lentitud de la melancolía me recuesto para dejar pasar las ideas y las interrogantes. Mi conciencia se adormece, se adelgaza, deja de poner atención mientras sentimientos y recuerdos dispares se suceden.

Mi cuerpo está relajado. Inmóvil y pesado. En un resquicio mental pienso que estoy casi inerte… como mi esposa. La tristeza se derrama sobre mí, concentrada y pura. Sin la multitud de mensajes que mi sistema nervioso suele enviar y sin pensamientos de fuerza suficiente como para ocupar mi conciencia. Estoy vacío, en blanco. Como una hoja de papel inmaculada donde un sentimiento cae áspero y nítido como una mancha de tinta negra. Tristeza sin diluir que abre grietas y las llena, quemando como ácido frío.

La imagen de una mañana, una comida en compañía, miradas tras el velo, sonrojos, rutinas que no llegaron a existir más allá del germen, el paseo con la familia, mi familia, mi esposa, mi hija, sonrien….

¡Mi hija…!

Abro los ojos aterrado.

Mi conciencia se reestablece y todos mis músculos responden al llamado del sistema nervioso central. Me concentro:

«Mi hija, ¿dónde está mi hija?».

Busco con la mirada alrededor del cuarto en busca de una pista sobre lo que debo hacer. Pero las tinieblas callan, negándome la respuesta que sólo puedo encontrar en mí. Cierro los ojos. Mi hija, huérfana de madre ahora, está afuera, en algún lugar. Será grave no asistir al funeral de mi propia esposa, pero mi hija está primero, ella, mi querida esposa, que en paz descanse, lo habría querido así.

Salto de la cama. Por la ventana ya se vislumbran las primeras luces del amanecer. No puedo perder más tiempo. Pido un auto prestado y salgo en busca de mi niña. No repararé hasta dentro de varios días que no sé manejar, pero uno hace cosas increíbles por los hijos.

Cerca de las once, tras una infructuosa mañana de vueltas erráticas por toda la ciudad, la encuentro en una intersección de avenidas vendiendo dulces a los conductores. Le pido que se acerque y ella parece intuir la noticia, pues se echa a llorar apenas se acerca lo suficiente para reconocerme. Trato de consolarla con toda la torpeza de un papá primerizo. Por una vez el tráfico es condescendiente con nosotros. Nadie brama o desgañita su auto, ella ha perdido a su mamá y yo, a mi esposa.

Regresamos a casa juntos, haciendo un pequeño desvío para comprar algunos enseres. En otra situación habría sido una actividad jubilosa, todo un jolgorio. Pero en este caso nos sonreímos tratando de animarnos el uno al otro.
Ya en la casa, toma un baño y se pone ropas limpias (las que recién compramos). Se suelta a llorar nuevamente hasta dormirse con los ojos cansados. Su mano no deja de apretar mi camisa, así que decido dormir a su lado. La verdad, yo tampoco quiero dormir solo.

Mientras veo su cara dormida, al fin descansando, reconozco mis rasgos en ella con el orgullo que todo padre siente. También reconozco la figura de mi esposa, su recuerdo encoge mi corazón con un escalofrío helado que amenaza con dejarme la cara lívida, pero aprieto los dientes, obligándome a mantenerme firme.

No sé cuánto tiempo me quede de vida, podría morir mañana mismo, pero mientras tanto, todavía hay algo que puedo hacer. No le ha tocado conocer a su mamá (a quien yo apenas llegué a ver) pero eso no ha de ser obstáculo para que viva una vida plena, hermosa. Quiero asegurarme de que le quede cuando menos el recuerdo de ésta, nuestra hermosa familia.

Allá lejos y hace tiempo

Por Miguel Ángel Castelo


En uno de los tantos domingos que salía de trabajar, dando gracias a Dios que ya no iría lunes y martes, me desvié a casa de mis padres. Hacía algunas semanas que no los visitaba. Cuando llegué, me llevé la grata sorpresa de que mi tío Ambrosio, hermano de mi papá, y su esposa Avelina llegaron desde la Ciudad de México. La última vez que los vi fue cuando estaba en cuarto semestre de preparatoria. Los saludé gustoso. Mi mamá me ofreció, aparte de una silla, un vaso de Coca Cola bien fría y, de paso, sirvió también a mi tío. Mi tía rechazó el refresco, pero aceptó una manzana.


—Hace tiempo, a una de mis hijas se le hinchó la cara. El lado derecho. Así nomás, como si le hubieran pegado. Fuimos con los doctores y le dijeron que estaba bien. Que si no era alérgica a nada —dijo mi tío.
—Capaz que era ojo… —habló mi papá, mientras soplaba su café para dar un sorbo.
—Una vez a mí el ojo derecho se me infló como globo. ¿Se acuerdan? —volteé a ver a mis papás.
—Sí. Estuvo feo. Creí que le iba a explotar el ojo —dijo mi madre.
—¿Y tú lo curaste? —preguntó mi tía Avelina.
—Sí, lo curé —respondió mi papá.
—Ambrosio también es brujo —contó mi tía mientras mordía la manzana.
—Pues es que nuestro abuelo nos enseñó. ¿Sí o no, carnal? —mi papá dio una palmada en la espalda su hermano.
—Sí. Nuestro tata Macario sabía mucho. Nomás que ya no le hago a eso.
—Fue desde aquella vez que llegaste de madrugada, todo blanco y frio —dijo mi tía mientras masticaba otro pedazo de manzana.
—Sí, lo recuerdo, nomás que no te lo he contado —mi tío se acomodó en su lugar. Yo bebí un poco de Coca.
—De verdad doy gracias a Dios —se levantó levemente la gorra que traía—, que ese día llegué a la casa. Esto ya pasó hace tiempo y creo, mujer, aprovechando que estamos aquí, es hora de contarte:



En una noche de borrachera, tú te has de acordar bien, estábamos como cuatro o cinco en el patio de la casa. Nosotros vivimos en la Xico. Casi cada semana nos juntábamos algunos vecinos a tomar y esa vez llegó un señor que no había visto. No estaba tan grande, tenía como 35 años. Conforme pasaba la noche, llegó la mujer de este chavo.
—¿No te da vergüenza, Elías? —así se llamaba este amigo. Hasta ese rato supe su nombre—, saliste de trabajar a las 6 de la tarde y prefieres tragar mierda que ver a tu hija enferma —La voz de la señora, aparte de enojada, se oía muy triste.
—¿Qué le pasa a su hija? —le pregunté yo.
—Nada —Me contestó de rápido él —. Está mal de su cabeza.
—Esa es tu gran explicación. Yo sé que mi niña no está loca.
—Conste que yo no lo dije —le contestó casi riéndose el marido. Aquí ya empecé a dudar y le volví a preguntar a la señora.
—Pues nomás se la pasa en el rincón del cuarto como agachadita. Dice que en el techo andan caminando gatos negros y que se le quieren aventar encima, que la quieren arañar —la señora empezó a llorar—. No sale en el día, ni a la escuela la puedo llevar. Y a veces, en las noches, camina sola para afuera de la casa, pero está dormida. Y no la despierto porque dicen que es peligroso.
—Ya te dije, Pilar, que esa chamaca está loca. Se debe internar antes de que nos haga algo a tí o a mí —dijo Elías.
—¡Tiene 12 años! ¡No nos puede hacer nada!
—¿Le ha notado golpes? ¿O que su color es diferente? —le pregunté.
—Sí, en los brazos sobre todo y cada día está más pálida. Pareciera que la muerte la reclama.
Me puse a pensar mientras ellos discutían. Recordé que en el pueblo le pasó lo mismo a una chamaquilla y nuestro tata la curó. Me acabé la cerveza y me levanté.
—¿Me deja ver a su niña? —le dije a la señora en buen plan.
—¿Y tú qué sabes? ¿Eres doctor o qué? —Elías también se levantó y se me puso muy cerca, como si me quisiera pegar.
—Esto no es cosa de médicos.
—¡Creencias de gente pendeja!
—¡Cálmate, Elías! —le gritó la mujer.
—¿De veras usted sabe curar?
—Sí —le dije—. Yo sé de esas cosas.
—Créame que la he llevado con muchos doctores, hasta particulares, y ninguno me ha sabido dar respuesta. Vamos, pues. No pierdo nada con que usted la vea.
Y pues me llevó a su casa en Tláhuac. Pasé a ver a la niña y sí, estaba bastante mal. Pareciera como la niña de la película esta “El aro”: blanca, blanca, con el pelo negro, negro para enfrente, con moretones en las piernitas y los bracitos. Le hablé y me miró muy feo, como si estuviera endemoniada. Le pedí a Elías que se saliera del cuarto. Se enojó mucho más que cuando me ofrecí a ver a su hija, pero se salió mentando madres.
—Mija, este señor te va a curar —le dijo su mamá.
—¿De veras, mamá? —preguntó la niña.
Para ese rato su mirada se le cambió a algo más normal.
—¿Ya no se me van a venir los gatos encima? —me preguntó la niña.
—Pues vamos a hacer lo posible —le contesté—. Acuéstate en tu cama, así como estás.
Cuando se acostó, accidentalmente se le alzó un poco el shortsito negro que traía puesto y le alcancé a ver unas marcas como de dedos arriba de las piernas, casi en el muslo. Le dije a Pilar que le alzara más la ropa y, aparte de las marcas, había golpes. Pedí tres huevos criollos, alcohol, ruda, albahaca y pirul. Me salí junto con la señora y vi a Elías en el marco de la puerta fumando, muy quitado de la pena. Pilar lo mandó por las cosas y él, de mala gana, salió a la calle. Me quedé afuera y al rato llegó Elías. Se me quedó viendo como con desprecio.
—No hubo huevos criollos. Nomás de los normales.
—No le hace. Sirven para lo mismo.
—¿Quién te enseñó?
—Mi abuelo. No sé si era brujo, pero de que sabía, sabía.
—Bueno, pues ya veremos.
Entramos juntos al cuarto de la niña. Encima de una mesita puso las cosas. Cuando me acerqué a tomar las hierbas, empezó a oler como a drenaje, pero horrible, tanto así que me mareó el aroma. Mojé con un poco de alcohol mi mano y la acerqué a la nariz. Armé el manojo, le eché alcohol, me persigné y empecé a ramearla por todo su cuerpito. Desde arriba hasta abajo. Bien, bien rameada. Mientras rezaba un Padre Nuestro, me andaba mareando, ya no por el olor, sino por la vibra que se andaba quitando. Después le pasé los tres huevos, de uno en uno. Ahí me vinieron más mareos, pero logré acabar.
—¿Tienes gasolina? ¿Petróleo? ¿Algo fuerte para quemar? —le pregunté a la señora.
—Sí —me dijo. Me llevó gasolina, una caja de cerillos y salimos a la calle.
Puse los tres huevos en triangulo, eché suficiente gasolina. Les pedí que se alejaran un poco para que no les cayera llama. Elías se quedó en la puerta de nuevo, fumándose otro cigarro. Prendí un cerillo, lo aventé y en cuanto prendió, la lumbre se alzó alto, muy alto y los huevos empezaron a tronar, como si anduvieran echando balazos.
Cuando acabó de tronar, a lo lejos se escuchó unos gritos, pero fuertísimos, como si alguien se estuviera quemando. Nos sorprendimos mucho, la sincera verdad. Ardió por mucho tiempo eso y hasta remolinos se hacían y eso que no había aire. Yo nomás rezaba. Ya que se quemó bien todo, fuimos a ver a la niña. Estaba dormidita, pero el color le volvió. Fui todavía a curarla unas tres o cuatro veces.


—Pero no fue ese día. Fue más después, que llegaste al día siguiente —interrumpió mi tía.
—Espérate, mujer. Esto nomás fue un… ¿cómo le llaman a esto? Cuando quieres explicar antes…
—Un preámbulo, tío… —le dije yo. Volví a dar un sorbo a mi vaso.
—Ándale, un preámbulo a lo que pasó esa vez:


Varias noches después, Elías volvió a la casa a tomar. Ya andaba más calmado. Me llamó aparte, ya bien borrachos.
—Te voy a invitar a una fiesta, como agradecimiento por la curada de mi hija.
—No fue nada —le dije yo—. No te preocupes. Es más, hasta creí que no te importaba tu chamaca.
—Pues ya ves, uno que le anda jugando al descreído. Ándale, no me desprecies. Nos la vamos a pasar bien —me dijo.
Y pues le dije que sí. Nos fuimos caminando de Xico. Caminamos casi una hora. Empecé a ver que nos alejábamos de la colonia. Nomás veía las casas allá lejos con sus lucecitas bien chiquitas. Llegamos como a un desierto.
—¿Cuánto falta? —le pregunté. Ya andaba cansado.
—No mucho —me dijo—. Es nomás aquí adelante. Ya mero llegamos.
Bueno, seguimos. Ya llegamos a un cerro. Había unas cuantas casitas en la base. Caminando más derecho, vi como una cueva que se metía adentro del cerro. Se miraba una luz, pero como roja y en la entrada, un montón de muchachas bonitas. Entramos, nos acercamos a la barra, él pidió cerveza y tomamos otro poco. Una de las muchachas se me acercó y me dijo que si no le invitaba una cerveza. Le hice seña de que se fuera, que no tenía dinero. Andaba muy cansado y me quería ir, pero Elías me dijo que nada más nos acabábamos esa cerveza y me llevaba de regreso.
Como a la hora ya nos salimos los dos. Empezamos a caminar de regreso y cuando andábamos por el desiertito ese, empezó a oler como a quemado. Caminé otro poco y, luego, luego, salieron de la nada unas llamaradas bien altas y como a unos metros enfrente de mí, una lumbrada como de dos metros de alto, pero bien roja. Todo alrededor se veía. Sentí que alguien estaba tras de mí y que me agarra del cuello con su brazo.
—¡Ahora sí! ¡Te voy a matar, brujo jijo de la chingada! —por la voz, reconocí que era el papá de la niña. Inocentemente caí en una trampa.
—Yo no te he hecho nada. ¿Por qué me quieres matar? —empecé a escuchar muchas voces, pero muchas, como si estuvieran cantando en la iglesia.
—Ahora te voy a mandar con el Hermano… —me dijo.
Al otro lado de la lumbre, vi sombras, pero de a madres. Estaban encapuchadas y nomás se les veían los ojos rojos, eran como del color de la sangre. Como pude me le zafé y corrí. Hasta la borrachera se me bajó. Conforme me alejaba, las voces se escuchaban más y más lejos. Cuando vi casas, empecé a tocar las puertas, pero nadie me escuchó. Me escondí en una barda. Yo nomás oía los gritos de aquel: «¡Sal, brujo jijo de la chingada! ¡Te voy a matar! Hijo de tu puta madre, ¡sal que te mato!». Y pues no salí y no salí, hasta que ya no lo escuché.
Corrí viendo hacia atrás, hasta que llegué como a una carretera. Fácil eran las tres de la mañana. No tenía ni un peso y no pasaban carros para la ciudad. Anduve un buen tramo, hasta que me encontré con una pareja de viejitos en una carretita jalada por dos burros. Andaban los dos de blanco, pero la señora traía un rebozo azul cielo que le tapaba la cabeza, pero se le veía la cara.
—¿Qué andas haciendo a esta hora, hijo? —me preguntó la señora.
—Me quisieron matar. Ando perdido —le dije.
—¿Para dónde vas? —me preguntó el señor.
—A Tláhuac.
—No mijo. Tláhuac está pa’l otro lado. Camínale pa’allá y llegarás a Tláhuac.
—Gracias.
—Que Dios te cuide —me dijo la señora.
Me fui para donde me dijeron. De rato volteaba y ya no los vi, ni se oía el ruido de la carreta. Se fueron para el silencio. En ese momento ni me importó. Luego vi una panadería. Ya tenía la luz prendida. Me acerqué a tocar y no me quisieron abrir. A lo mejor me vieron desde la ventana y pensaron que les quería robar. Seguí caminando y como a la hora vi una luz. Era una combi. Le hice señas y se orilló. Creí que se pasaría de largo.
—¿Qué te pasó?
—Me quisieron matar.
—¿Y eso?
—No lo sé.
—¿Para dónde vas?
—A Tláhuac.
—¿Y de ahí?
—A Xico.
—Súbete, te llevo.
Y me llevó hasta la base para agarrar el carro a Xico. Cuando me bajé ahí, me dio dinero para pagar el transporte a la casa. Ya andaba amaneciendo. Llegué casi a las siete de la mañana.
—Ya llegué, gracias a Dios. Bendito Dios que ya estoy en mi casa.
—¿Tú qué traes que andas bendiciendo tan temprano?
—Ya llegué, mujer —me quité la chamarra y me acosté—. Abrázame, por favor.
—No, vete para allá. Andas muy frio.



—Ese día que entró al cuarto, lo vi blanco, blanco. Y le toqué la mano y estaba fría, fría, peor que muerto —dijo mi tía mientras soltaba una risita y tiraba la basura de la manzana.
—¿Y en qué acabó todo eso? —preguntó mi papá.
—Resultó que Elías estaba abusando de la niña, por eso los moretones en las piernas. Y aparte, me dijo Pilar después que, a los días, llegó una mujer toda quemada a su casa a pedirles perdón. Ella confesó que Elías la buscó para hacerle un trabajo a la niña para que la mamá no se enterara de las barbaridades que este cabrón le hacía.
—Pero también a él le fue mal —dijo mi tía—. Como a los dos meses, lo encontraron muerto bajo un puente. Según, que por sobredosis de droga.
—Eso dicen, mujer. Cuando haces el mal se te regresa y al doble. Yo por eso nomás le pido a Dios —volvió a levantarse la gorra— que nos vaya bien. Este mundo está lleno de maldad.
Mis tíos se irán mañana. Una verdadera lástima. Estoy seguro que como esta, tienen más historias, pero ya no me tocará oírlas hasta que ellos vuelvan. Espero que se animen a volver.