Madre Terrible

Eduardo Honey


Mantengo mi forma humana al correr por la calle de Madero rumbo a la plaza central, el Zócalo. Son las cuatro de la mañana y los antros aún no vomitan a sus borrachos ni drogos antes de los afters. Solo algún vagabundo arropado con sucias cobijas y periódicos que duerme encima de cartones a pesar de la ligera llovizna. En una que otra esquina te topas a algún policía refugiado y embutido en su uniforme para aguantar el frío o, a pesar de la baja temperatura, examinando su celular.

—Doña Jacinta —dice por el auricular Sonia, mi compañera de aventuras y mi sombra vía dron— comenta que Huitzilopochtli está por aparecer en el lugar donde dio su mandato. Y no es donde décadas atrás pusieron esa estatua tan gacha… Está a un costado del Templo Mayor donde colinda con la Plaza Manuel Gamio.

Miento madres por el tiempo que tardé en eliminar una tzitzimime en La Alameda. Iba con tiempo suficiente para llegar al lugar que me indicó doña Jacinta y su grupo de curanderas. El Syndicat des Ténèbres no las consideraba dignas de atención aún cuando tuvimos el incidente en el Cerro de la Estrella. Si no es por ellas y su clan con apoyo de Eulogio, se habría terminado el mundo en el ciclo de 52 años. Desde entonces las cosas se pusieron raras, algo no se cerró o no se ató de forma adecuada.

Desaparecieron las plagas habituales de Europa y Asia que intentaban asentarse en la smógpolis central de México. Los k’pterion en las sombras de los edificios antiguos, indicadores del balance con la otredad en el mundo, no emergían de las paredes. Le comenté a Donatello, quien por primera vez, calló y me dio la espalda.

Desemboco en el Zócalo. Del lado izquierdo está la Catedral, al frente Palacio Nacional y a la derecha, la Jefatura del gobierno citadino. Al centro se levanta la inmensa asta de donde cuelga el lábaro patrio. Por encima refulge una luna creciente. Me percato de su presencia junto con sus huestes que llueven desde cada estrella.

—¡Sonia! ¡Que el grupo de asalto no avance! ¡Sácalos de allí!

—¿Qué? ¿Por qué?

—Aquí está nuestra querida Itzpapalotl, la inestimable mariposa de obsidiana. Y no viene sola. Trajo una horda de tzitzimitl de las cuatro regiones del Tamoanchan. No importa que contemos con licántropos, strigoi o ghoules —expreso. Teníamos una posibilidad de distraer a un dios pero no a dos y menos con lo que se viene encima.

—¿Qué diablos? Alfredo, no te atrevas…

—Es un buen día para morir, besos como siempre —contesto mientras tiraba el auricular y me despojaba de la ropa.

A mi alrededor caen enormes jaguares y perros que de inmediato se convierten en las mujeres descarnadas de más de dos metros y medio de altura, con el rostro, cuello y pecho sin piel; aunque las mamas, largas y secas, les colgaban a la par que el collar de corazones y cráneos. Debajo del costillar, apenas sostenido por tejidos, se ven el hígado, estómago y otras vísceras. Sus brazos, esqueléticos, terminan en garras. Debajo de la falda sobresale tanto la cabeza como el cascabel de una víbora. A los lados de ella se abren de una forma obscena, como si estuviera trozada la cadera al dar a luz, dos piernas esqueléticas que finalizan en las garras de un águila. Sin embargo, lo que más detesto son los ojos y dentaduras arriba de cada articulación. No tiene punto ciego.

Al quedar desnudo me transformo en mi nahual, un coyote. Continúo mi carrera. Casi al llegar a la asta bandera se forman grietas en el suelo de concreto. Ahora debo cuidarme del cielo y del infierno. Por fin puedo ver más allá de la reja que rodea al Sagrario y la Catedral Metropolitana: de una rajadura flotante de borde rojo y negro, emerge Huitzilopochtli con su penacho, escudo y un macuáhuitl de color azul con sus dos líneas laterales de obsidianas incrustadas.

Desde Palacio Nacional, los soldados y la guardia presidencial disparan por doquier en un rapto frenético. Me sobrevuela una lluvia de flechas que lanzan las tzitzimitl a mis espaldas. Caen los soldados y agentes del gobierno. El dios levanta el escudo a la par que crece a seis metros de altura. Ningún proyectil lo alcanza, hace girar su arma y una negra nube de hojas de obsidiana salen proyectadas. Maldigo en una de las necrolenguas y tengo que desviarme cuando de una de las grietas del suelo emerge un guerrero águila recién llegado del inframundo, del Mictlan.

No me hace caso y se lanza contra una tzitzimime que aterriza y se transforma. A una veintena de metros de Huitzilopochtli alcanzo a ver mi objetivo alrededor de su cuello. De sorpresa Itzpapalotl se arroja a sus espaldas desde el cielo. De inmediato cambio mi trayectoria hacia la izquierda, al tiempo que ella lo impacta y lo golpea con sus oscuras alas de obsidiana. Ruedan una decena de metros y aprovecho para ojear el Zócalo: cientos son los que combaten arrancándose extremidades, partiéndose el cráneo al tiempo de lanzar gritos de guerra. Al ser entes descarnados y almas de personas fallecidas, no sangran ni aúllan de dolor.

Me llega el sonido agudo, como de enormes avispas desde el cielo. Son varios drones de combate que se enfilan a donde se baten ambos dioses. Rápido retrocedo y me refugio detrás de la reja de la catedral. El plan era usar uno o dos, no la docena que trajimos. El estallido es brutal y, apenas pasa la onda expansiva con su ola de fuego, corro en cuatro patas a donde Huitzilopochtli está tirado de espaldas intentando entender qué pasó. De un salto llego a su pecho, con otro a su cuello y empleando a fondo mis mandíbulas, corto la cuerda de cuero entretejido del que cuelga el dije. Un brinco más me lleva al pavimento e inicio una desaforada carrera por la calle de Moneda. A cuadras de distancia escucho cómo retumba el combate.

—¿Qué madres pasó ahí? —grité arrojando el dije en la mesa del comedor en la casona del centro de Coyoacán.

Alrededor estaban doña Jacinta, sus curanderas y sabias; don Eulogio con el capitán de su escuadra de xólotls y nahuales; Sonia y, para mi sorpresa, Donatello. Están rodeados de velas, veladoras y sahumerios. El suelo y las paredes refulgen con las invocaciones de protección pintadas con el humo, perfume de cempasúchil y cenizas de peyote. A un lado del altar está una televisión encendida.

—Lo siento mi niño —habla Jacinta con su ronca voz, llena de eras pasadas—, no lo vimos venir. Ni siquiera la Tonantzin, está muy atribulada y siente una enorme pena.

—Tampoco supimos de esto en las mesas —continúa don Eulogio—, nada indicaron los rezos ni las danzas…

—O sea —arrebaté la palabra a un Mayor, era mucho mi enojo—, apenas sobrevivo el ensayo de un Ragnarok y ninguno recibió el memo. Si no es por Sonia y sus drones, no salgo de allí. ¿No se supone que están en comunión y comunicación con el mithocosmos mesoamericano? ¿O qué ch…

—Sssssssiento interrumpirte Alfredo —corta Donatello—, pero ssssssssi había “memo” —hizo el gesto de entrecomillar con largos y pálidos índices de cinco falanges—. Essssssstaba trassssssspapelado en Missssssskatonic.

Callo. Conozco bien buena parte de su biblioteca maldita y allí, fuera de cierto códex hecho con piel humana que recuperé en mi primer caso, no tienen material prehispánico. En el Vaticano, bajo bóvedas y trampas mágicas, se esconde un buen de material al que ni siquiera el Concilio del Syndicat tiene acceso.

Donatello deposita una caja de madera en la mesa. Me contengo de tomarla al primer impulso. Las imágenes en la vieja televisión muestran que amanece y los dioses, combatientes y caídos se esfuman ante la luz solar. Quedó solo un feo cráter donde impactaron los drones, así como multitud de grietas a lo largo y ancho de la Plaza Mayor y calles aledañas. Los comentaristas están muy alarmados y el ejército despliega sus fuerzas.

Tomo la caja y la abro. En su interior encuentro un cristal de forma casi triangular del doble de mi puño. El interior son multitud de metales, otros minerales y material que no supe distinguir. Casi invisible y difuso al principio, se ilumina con una tonalidad verde que crece en intensidad hasta cegar al tiempo que un vaivén surge del suelo, nos eleva unos centímetros y nos deja caer. Disminuye la intensidad de la luz y se apaga. De inmediato lo regreso y cierro la tapa.

Donatello la recoge para desaparecerla debajo de la capa que siempre porta. De allí extrae un cuadernillo y me lo pasa. En la carátula está pirograbado: A.H. Claramente era del siglo XIX y un post-it amarillo indicaba la página que debía leer.

—En corto, Donatello, ¿qué encontraste?

—Anexxxxxxxo al diario de Alexxxxxxxander Humboldt, lo olvidó en Missssssskatonic en un viaje. Junto con un baúl y la cajita. Que el cristal le fue dado por un grupo de anccccccianosssssss en la ssssssserranía del sssssssur de México. Cuando se enccccccendiera, la Madre Terrible essssssstaría por dessssssspertar.

—¿Quién es esa Madre Terrible? —pregunto algo desconcertado.

—Cipactli, mi niño —contesta en tono muy serio doña Jacinta—. La diosa cósmica madre del origen, aquella que al morir de su cuerpo se creó el mundo. Las escamas de su piel son las montañas y el cristal es un fragmento de una de ellas.

—Pero el morir para ella —continúa don Eulogio— es un momento del dormir y del soñar. No es morir en el sentido que trajeron los europeos. Ellas, las múltiples diosas que a la vez son las madres, creadoras y destructoras, están regresando, Alfredo. Hay un cambio en el orden y las jerarquías. La Gran Madre Terrible lo sabe y despierta. Y nada puedes hacer tú, en especial.

Me quedo estupefacto. Mi grupo de irregulares tolerados por el Syndicat, hemos estado ocupados una veintena de años resolviendo casos donde ellos nunca intervendrían. Más de una vez ayudamos a mantener la mithósfera en equilibrio a pesar de las seelies, primigenios y némesis vangelsianos. Incluso detuvimos la intromisión de los angeloups gracias a una antigua bruja y un loup garoup.

—No significa que estemos condenados a un final del mundo —interviene mi querida Sonia—. Es que eres varón, un varón que será inútil en el cambio que viene.

—Pérame, barajeámela más despacito. ¿Cómo que soy un inútil, Sonia?

—Entendiste mal, veamos cómo te lo explico. ¿Te acuerdas del yin-yang? Allí donde tú haces equipo conmigo, combinados: tú el yang con su trocito del yin y yo viceversa. Pues, para lo que haremos, necesitamos solo del yin en la creación de la nueva senda. En eso eres inútil.

—Pero, pero… —intenté argumentar.

—Mi niño, ¿puedes cargar una vida en tu vientre y parirla? —cuestiona doña Jacinta.

—No, pero…

—Eso zanja la cuestión —continúa doña Jacinta—. Sonia hará lo que nosotras le digamos, ¿quedó claro? Tú ayudarás por detrás pero no puedes intervenir, ¿entendido?

Es extraño estar rodeado solo por elementos masculinos de mi grupo de choque. Donatello, con sus extraños contactos o lanzando hechizos, nos consiguió un centro móvil de comando y control del Ejército Mexicano. Veinte strigoi, loup garoups además de xólotls y guerreros de las mesas de don Jacinto están sentados frente a las consolas de triple pantalla. Cuidan a doña Jacinta y sus brujas en el Cerro de la Estrella, así como a las santeras y curanderas en el extinto afluente en Chapultepec. Han iniciado el rito para dormir a Cipactli.

Un tercer grupo debería estar donde Huitzilopochtli demandó la fundación de Tenochtitlan, pero él sostiene su posición inicial junto con los guerreros jaguar y águila que el Mictlan le cedió. Si no se puede el rito en paz y armonía, será el baño de sangre.

En la esquina lejana del Zócalo yace Itzpapalotl muy mal herida. El combate, aunque oculto por la luz solar, duró tres días. La cuidan otras diosas madre, Mayahuel y Xochiquetzal. El panteón mesoamericano es muy complejo, queda claro que están divididos en un bando masculino y otro femenino además de un grupo que no interviene como Quetzalcóatl, Tláloc o la pareja que rige el inframundo. Sospecho que tiene que ver con que es la guerra para que terminen las guerras y representan a los pacifistas.

Esta tercera noche es vital, es cuando la Luna de Sangre colgará cual orejera en la noche. Otro sismo inicia y el CC&C se bambolea lado a lado por dos minutos. Leo en pantalla que fue de 7.2 en escala Richter. Cada vez son más seguidos y de mayor duración. Don Eulogio dice que cuando pase de doce grados y no pare, es que Cipactli ha despertado y estará levantándose. Espero que no lleguemos a eso.

Sonia, tras la bendición de Tonantzin a través de doña Jacinta, será la Gran Comandante. Su clan infectó a las tzitzimitl con los gusanos que los vuelven una unimente que se puede coordinar en masa, por grupos, o actuar de forma independiente. Está apoyada por strigoi hembra, nyx, black seelies que llegaron sin pedírselos, además de banshees y otras entes del Syndicat de la capital de México.

A diferencia de las huestes de Huitzilopochtli que atacan a lo bruto, ellas traen consigo la coordinación, estrategia, tecnología y magia de miles de años. Deben crear un frente de punta de flecha para que por allí logre penetrar Sonia y su escuadrón de apoyo. De súbito las vermii reinas, que han atraído como distractor a cientos de personas infectadas, casi zombificadas, desbordan el perímetro y las calles del centro de la ciudad.

Si sale el plan, Huitzilopochtli quedara a distancia de tiro del atlatl de Sonia, el lanzador jabalina en cuyo extremo está el espejo humeante que robé, ya cortado, pulido y afilado. Debe atinarle al corazón o, de perdis, a un ojo para matarlo. A continuación, lo desmembrará como él lo hizo con Coyolxauqhui, su hermana. Con eso lograremos tanto generar un equilibrio como que Coatlicue, la madre de ellos y otros dioses, se tranquilice en su dolor. Esto, a su vez, hará que Cipactli duerma otra vez. En verdad es enredado este cosmos de la mithósfera.

—Sonia —aviso—, el CC&C listo. Seré tu sombra de aquí al final.

—Gracias, Alfredo. Empezamos en diez, nueve, ocho…

Estamos tranquilos, siempre hemos sido un gran equipo, un yin-yang. Algún día nos tocará el verdadero final del mundo. Hoy no dejaremos que ocurra.

El primero de la familia


Mauricio del Castillo


Honr parpadeó y se acercó a la pantalla en el interior del compartimento. Por su parte, Trulr supo que se trataba de un hallazgo valioso, tal vez el más importante desde su llegada al planeta. Sin retirar la vista, Honr preguntó:

—¿Dónde dices que lo encontraste?

—Una vieja fortificación, muy cerca de esta cordillera. —Trulr extrajo con la presión de su dedo una imagen del relieve de la superficie. Honr apenas hacía caso de la imagen: el objeto detrás del panel de cristal llamaba fuertemente su atención.

—¿Hubo algo más?

—Ruinas, montones de metal oxidado, cables y materiales de construcción. Partes de edificaciones enterradas a medias que surgían de la arena. ¿De qué crees que pueda tratarse?

Era obvio que se trataba de un objeto producto de una sociedad compleja, pensó Honr, con sistemas económicos, sociales y religiosos; domesticación de animales, tratamiento de metales y cultivos en tierra, todo desde hacía miles de años. Las rocas y las piezas desperdigadas eran una cosa, pero esto escapaba de toda lógica. Fue trabajado a partir de alguna clase de aleación, lo que hacía suponer que no se trataba de una vasija sino de una increíble composición.

—Observa esas hendiduras a todo lo largo de la circunferencia —dijo Honr—. No es una casualidad que se encuentren ahí. Deben tener una función específica. Tal vez de eso dependa su funcionamiento. —Realizó una pausa y continuó—: Utilizaré el programa de restauración.

—Tienes razón. No veo otra forma de resolverlo.

Trasladaron la pieza con el mayor cuidado posible a la plataforma de réplica. Temían romperla al retirar la tierra y la herrumbe. Aunque primitiva y con señales de desgaste, la rueda lucía con mucho mejor aspecto. No dejaba de brillar a pesar de su antigüedad. Era un trabajo minucioso que requería una operación cuidadosa.

La computadora extrajo el elemento y en segundos comenzó la reconstrucción del artefacto entero. Trulr observó con curiosidad el proceso y se sorprendió al descubrir que el programa duplicó más ruedas, unas pequeñas y otras grandes en comparación a la hallada.

Se dirigieron a la cámara de reconstrucción. Luego de montar la pieza, la computadora comenzó a trazar las dimensiones y a rellenar los espacios de material de acuerdo con el diseño. Líneas de luz se encontraron en varios puntos, haciendo parecer que componían una celda luminosa. El humo y vapor expulsados se mezclaron al mismo tiempo que entraba en acción el inyector de enfriamiento.

En breves minutos, la reconstrucción quedó terminada. Aún continuaba enfriándose cuando Honr y Trulr entraron a la cámara para verla de cerca.
En la cara frontal se encontraba un disco en forma de anillo fijado a la estructura. Fuera de él otro anillo giratorio estaba marcado con inscripciones. Los dos hombres contemplaron la caja recién reconstruida, así como las ruedas, remaches y láminas. Torretas y salientes surgían por todas partes. Lo más increíble era una manivela montada justo en el centro; brillaba como si recién fuera construida en su antigua época.

Honr tomó el mango de la manivela y comenzó a darle vueltas. Todo el mecanismo entró en funcionamiento con un suave rumor. Pareció cobrar vida por sí misma, sin ayuda de energía eléctrica, nuclear o solar: bastaba la propia inercia para impulsar la maravilla de movimientos que sucedían en el interior. Las ruedas giraban y giraban, cada una vital para la marcha.

—¿Para qué sirven? ¿Cuál es su función? —quiso saber Trulr.

—Engranajes —respondió Honr—. Es lo que son. Piensa en ello. Cada una transmite potencia mecánica a otro. Una de ellas es impulsada por esta manija. Todo el mecanismo se encuentra montado en esas dos placas de la misma aleación para protegerlo.

Trulr no dejaba de torcer los labios, incrédulo. Honr estaba excitado, pero trató de guardar la compostura.

—Esto fue hecho por los antiguos habitantes de este planeta. No se trata de ningún mecanismo traído aquí desde el espacio exterior. Era una civilización temprana, pero con significativos avances.

—Tienes razón. Es factible que realizaran algunos cálculos —observó Trulr—. Solo toma en cuenta cada una de las inscripciones en la superficie de las placas.

—Sí, deben ser medidas para su cálculo. —Honr observó el mecanismo justo enfrente de él mientras la luz daba de lleno en su rostro.

Luego de unos segundos la máquina se detuvo. Honr notó que las agujas que la conformaban ahora se encontraban en otra posición. Ahora apuntaban en dirección a los signos antiguos.

—Me encuentro exhausto. Hagamos un informe de lo ocurrido —dijo Honr—. Mañana reanudaremos el trabajo.

Trulr desconectó la cámara y abandonaron el laboratorio. Al poco tiempo, sin que ninguno se percatara, un rumor sordo provino de la computadora.


A primera hora, Trulr entró al laboratorio. Se sorprendió al notar el ambiente lúgubre que invadía la estancia. Un sonido atronador se escuchó, como si se tratara de una detonación nuclear. Enseguida una luz proveniente de la pantalla principal lo cegó. Retrocedió por la impresión, trastabillo y cayó. Con torpeza volvió a ponerse en pie para salir corriendo, lejos de aquel estruendo.
Casi sin aliento se comunicó a la habitación de Honr. Tardó en ordenar sus ideas. Honr lo cortó:

—Voy en seguida.

A medida que se acercaban se escuchaba el sonido dentro de la cámara, como si se encontrara en medio de un proceso que ocurría en las entrañas del planeta.

—No entiendo qué está ocurriendo —dijo Trulr, casi gritando.

—¿Trabajaste con la computadora antes?

—No hice nada desde la última vez que nos vimos.

Honr apretó los labios, incómodo.

—Encendamos la luz de emergencia.

Trulr se apresuró a verificar los sistemas. Mientras tanto, Honr notó una línea horizontal en la pantalla que pulsaba con repiqueteo. Trulr volvió con el rostro desencajado.

—El artefacto no está. Ha desaparecido.

—Eso es imposible.

—Ocurrió. Parece que fue absorbido por la cámara, pero no sé cómo.
Honr dirigió una mirada inquieta hacia la puerta.

—Nadie ha entrado al laboratorio, Trulr. El artefacto sigue aquí.

—¿Qué quieres decir?

—Desmontemos los paneles de la cámara de memoria. Tengo una teoría.

Honr y Trulr bajaron a la cámara de memoria. El aliento de los dos hombres se podía notar por el vapor que expulsaban sus pulmones. Se internaron en la cámara. Trulr desmontó los paneles mientras Honr observaba con atención. Una vez retirados, Honr soltó un suspiro.

El artefacto estaba unido a la cámara de memoria de la computadora. Tenía el aspecto de un regulador fusionado a una red informática. Cables salían de las placas en todas direcciones y se conectaban con las intrincadas paredes de vidrio y plástico de la computadora que le alojaba.

Honr se quedó sin aliento. Contempló asombrado todo el reordenamiento y unión del artefacto. Por su parte, Trulr no dejaba de menear la cabeza.

—¿Qué pensarán cuando lo sepan en la base? —murmuró Trulr.

—Vendrán a ver si no nos hemos vuelto locos —contestó Honr—. Por Dios, la computadora se tomó el tiempo de volver a montar el panel. No tardó siquiera doce horas en unir el artefacto con su sistema.

—¿Con qué fin? ¿Cuál es su función?

—Examinemos los planos para detectar las conexiones. Quizás demoremos unas horas, pero estoy seguro de que lo averiguaremos.

—Sí, hagámoslo.

Honr tomó la caja de herramientas. Se inclinó con la intención de retirar los conectores y liberar al artefacto. Cortó circuitos y terminales, pero le sorprendió encontrar láminas y bases que no figuraban en los planos.

Un delgado rayo de una cegadora luminosidad salió disparado del interior del panel. La cabeza y los hombros de Honr fueron envueltos en un resplandor violeta y su cuerpo fue proyectado hasta el centro de la sala. Yacía en el suelo, con una herida en la frente. Tragó aire en un largo y tembloroso gemido que se cortó de repente. Trulr se percató de lo ocurrido y lo levantó del suelo, arrastrándolo hacia la entrada del ascensor.

Una vez en la planta alta, lejos del zumbido, Honr reaccionó. Parpadeó repetidas veces a fin de salir de aquel trance. Trulr se llevó una mano temblorosa a la frente.

—Honr, ¿te encuentras bien?

—Sí —alcanzó a decir éste—. Eso parece.

—La computadora… se hizo del control del artefacto, ¿verdad?

—No es un simple artefacto. Es una computadora. La primera creada por el hombre.

—Eso es imposible. En la antigüedad no existía esta clase de aparatos.

—El hombre no es precisamente más sabio y creativo conforme pasa el tiempo. Recuerda que nosotros, como generación, somos la suma de todo el conocimiento de otras generaciones anteriores. Ellos, quienes hayan sido, aplicaron sus conocimientos, lógica e inventiva. Fueron seres excepcionales, tanto es así que nuestra computadora reconoce esa primera creación.

—¿Primera creación? —dijo Trulr con voz quejumbrosa

—Al primero de su familia, desde luego. Lo estudió mientras lo reconstruía. Además, tuvo demasiado tiempo para hacerlo parte de él mientras tú y yo descansábamos. No importa cuántos años pasaron entre la creación de uno y otro. Es cálculo de sus cálculos, una línea directa de ascendencia.

—Pero ¿no podemos desmontarlo?

—No lo creo —repuso Honr, dominado por el conflicto—. Nunca tomé en cuenta tal posibilidad. Sin embargo, al pensarlo, estoy convencido que no desea que retiremos la computadora antigua; ahora la protege.

Trulr le miró antes de decirle:

—No puede estar pasando.

—Me temo también que reaccionó para solucionar un conflicto cuando quise intervenir. Usó un arma, con el único fin de defenderse. Se trata del más antiguo y salvaje contacto entre dos grupos antagónicos, relacionado con el concepto etológico de territorialidad. En los humanos este concepto evolucionó en una variable única. Me refiero a la guerra. Toda máquina es el reflejo de la idiosincrasia de su cultura mostrando un aspecto religioso, social y militar.

—Pero nuestra computadora no está programada para eso. Desconoce lo que es una guerra. Solo sirve para el bien de la humanidad.

—Tienes razón, pero aprenderá en muy poco tiempo lo que es una. Recuerda que la guerra era algo muy común en las civilizaciones antiguas. La primera computadora fue diseñada por hombres que creían tanto en la guerra como en la existencia misma.

A Trulr la voz de Honr le pareció que sentenciaba algo, pero no sabía qué.

—Tendremos llevar esto a las autoridades del Bloque mientras nuestros congeladores lo puedan mantener frío —dijo—. Desmontarlo pieza por pieza. Recurramos a la fuerza, retiremos todo lo que…

Se miraron el uno al otro, inquietos.

Sin pronunciar una sola palabra, abandonaron la zona de trabajo para idear la desinstalación. Caminaron lentamente hacia sus habitaciones, pensando en que, después de todo, también era posible olvidar el reporte del hallazgo en tierra.

Al día siguiente fueron testigos de sus consecuencias: la computadora carecía de toda diplomacia y mesura al declarar un ultimátum de guerra hacia todas y cada una de las civilizaciones que regían la galaxia.

LA PALABRA DE LOS ABUELOS:«Kuyu, la alfarera que tejió su vestido»

Roberto Carlos Garnica Castro


La escritura es mágica y en este preciso instante puedes “oírme” gracias a su poder, pero nunca hay que dejar de abrevar de la ancestral sabiduría oral.
En Papantla, cuna de la hermana vainilla, viven muchos abuelos que desean compartir sus historias.
Aquí, en La palabra de los abuelos, recupero algunas de esas narraciones y las reelaboro de manera literaria.
En esta ocasión, te presento un mito cosmogónico que me compartió el contador Juan García San Martín.

Kuyu, la alfarera que tejió su vestido

Sen (Lluvia) se puso en cuclillas para ver de cerca algo que llamó su atención, parecía una piedra de tonos grises, blancos, cafés, amarillos y naranjas, era como una rueda con diseños muy bonitos. Sin embargo, al mirar con más detenimiento, percibió el movimiento acompasado de una suave respiración, era un pequeño armadillo que dormía sin cautela fuera de su madriguera.

Era tal su arrobamiento que Sen no escuchó el crujir de las hojas secas que Kiwichat (la Señora del monte) produjo al acercarse.

—¿Qué beben tus ojos nietecita mía? —preguntó la Abuela.

—Veo las figuras que adornan el cuerpo de este animalito, parece un cuenco de barro o de madera, parecen dibujitos de los dioses.

—Oh, es la pequeña Kuyu (Armadillo). ¿Quieres que te cuente cómo obtuvo su curioso traje?

—Esa historia ya la conozco, abuelita —aseveró Sen con la jactancia de quien cree que ha escuchado muchas narraciones.

Kiwichat la miró con tristeza porque vislumbró que su nieta empezaba a perder la receptividad de una niña. “Ahora cree que ya sabe las cosas”, caviló.

Sen leyó cómo el rostro de la Abuela le aclaraba: “No te pregunté si conocías la historia, te pregunté si querías que te la cuente”. La muchacha reflexionó, se puso de pie y expresó con sus ojos cristalinos: “Sí, abuelita, me encantaría escuchar de qué manera Kuyu obtuvo su misterioso traje”.

Y fue así como, mientras admiraban los artísticos trazos que cubren el cuerpo de Kuyu, Kiwichat narró esta historia:

«Los animales estaban esperando el nacimiento del niño Jesús, pero no sabían cuándo llegaría. Algunos estaban muy atentos, como Sipíjchichi (Coyote); otros estaban muy distraídos, como Kitxka (Tucán); Kuyu (Armadillo) no estaba ni muy atenta ni muy distraída.

La tierna Kuyu iba tejiendo su propio ropaje, sus trazos eran muy precisos a pesar de que estaba rodeaba de negrura, la pequeña quería que la prenda quedara muy bonita, pues se trataba de una ocasión muy especial, era como un quexquén blanco y transparente con muchas figuritas. Lo tejía despacito porque en cada línea estampaba un trozo de su corazón.

Kuyu no imaginó que el niño Dios nacería antes de lo esperado. Y cuando escuchó el anunció del portentoso nacimiento, su vestido todavía no estaba listo. Entonces lo terminó como pudo, muy apurada y a la carrera. Fue así que se presentó, junto con los demás animales, a adorar al Salvador.»

—Y es por eso, mi niña, por lo que el hermoso vestido de Kuyu tiene dos tipos de hechura: una muy finita y otra como martajada.

—Abuelita, es una historia muy bonita, pero yo me sé una diferente.

—Oh, qué bien, me gustaría escucharla.

—El Abuelo me contó que, en el tiempo de la penumbra, todos los animales esperaban el cumplimiento de la profecía: pronto nacería Chichiní, el niño Sol, quien devoraría la oscuridad e instauraría una era de abundancia. Kuyu estaba distraído en sus actividades diarias, era alfarero y modelaba una olla de barro. Sipíjchichi (Coyote) siempre estaba atento a los eventos del cielo y, por eso, fue el primero en reconocer que la hora había llegado. Aulló con tal fuerza que su anuncio se escuchó en todas partes. Kuyu se puso nervioso y la olla que estaba haciendo se le vino encima; el traste se le quedó pegado a la espalda y, al ser tocado por el sol, adquirió el color de la tierra.

—Es una historia muy bonita —expresó la Abuela.

—Pero, abuelita, ¿no te das cuenta de que hablan de cosas muy diferentes?

—A mí me parece que hablan de lo mismo.

—¡No, abuelita! El primer relato habla del niño Jesús y el segundo del niño Sol, en el tuyo Kuyu es una tejedora y en el del abuelo un alfarero, en uno el caparazón del armadillo es un vestido y en el otro una olla.

—Sen, nietecita mía, es inevitable y también bueno que crezcas, pero no dejes que se apaguen tus ojos de niña. Al parecer empiezas a olvidar que la verdad es múltiple y tiene muchos colores. Es cierto que para quienes son incapaces de mirar más allá la verdad es gris y tiene una sola cara, pero…

—Entonces, ¿es cierto que la verdad porta muchos vestidos?

—Así es Sen, mi muchachita, pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Agradecimiento:

Al contador Juan García San Martín, por compartirnos la historia de Kuyu, la alfarera que tejió su vestido

Crédito de la imagen:

Aria Isabella Garnica García «El sueño de Kuyu»

Archivo muerto

Mayra Daniel


La silla era blanca, de dimensiones estandarizadas y totalmente anodina. La habían elegido por su precio, seguramente. Pasaba totalmente desapercibida en un largo corredor de pequeños cubículos donde se resolvían toda clase de asuntos sin importancia.

La verdad no me molestaba la burocracia. Toda la vida había llevado a cabo mis propios asuntos, tanto por un tema de discreción como por tener “todo el tiempo del mundo”. En la puerta estaba el letrero “Dirección general de asuntos generales”, un nombre de lo más conspicuo solo para ocultar su verdadera actividad, la Dirección General de Asuntos Vampíricos.

Necesaria en cualquier país, la Dirección General de Asuntos Vampíricos trabajaba en una red de colaboración Internacional para relocalizar a vampiros por el mundo, darles documentos oficiales, renovar actas de nacimiento, pasaportes, agilizar contratos de compraventa para que el dueño no fuera, por siglos, la misma persona viva. Esta oficina también ofrecía asesoría en derecho vampírico según la legislación vigente en cada país y los gobiernos la procuraban en demasía por los generosos aportes a los impuestos que siempre hicimos.

En ningún país había tenido yo problemas con la Dirección general de asuntos generales, pero recientemente había decidido mover mi residencia permanente a México por los beneficios fiscales que todos presumían. Sin embargo, me aclararon: “Bueno, viejo, es que México… Ya verás. Es otra cosa.”

Y allí estaba yo: sobre de papel manila con todo lo que me pidieron en original, dos copias, tres sellos. Todo lo que venía en la muy discreta, oculta y secreta página de la Dirección General de Asuntos Vampíricos, para formalizar mi ciudadanía vampírica en México. Cambiar de residencia: que engorro.

La puerta se abrió. La oficina solo operaba de noche, así que la luz fría de la oficina mostró una silueta rechoncha: era un tipo con una camisa azulada y una corbata a juego, ligeramente más oscura. Las manchas de sudor se le destacaban en la tela. El anómalo calor de la media noche hacía que el espacio encerrado tuviera un olor mezcla de sudor y colonia herbal barata. Parecía que había podado el pasto en algún parque público.

De su piel grasienta se le desprendía un leve brillo, como si recién hubiera salido del transporte público; sus zapatos ligeramente roídos por el tiempo parecían lustrosos, quizá demasiado, como si el zapato y el cepillo se conocieran de largo tiempo y se saludaran diario.

Una breve inspección me hizo saber que era soltero y vivía solo, atendiendo diversos malestares; apestaba a ansiedad y antiácidos.

—Víctor Ramos, a su servicio —aseguró, tendiendo su mano regordeta. La rocé ligeramente, por protocolo.

—Dígame, ¿en qué podemos ayudarlo?

—Verá usted, llené una forma XT-596 para renovar mi residencia y establecer una nueva identidad en México, pero cuando estaba por enviarlo todo vi que es un trámite que tenía que realizarse en persona.

—Así es, así es. La nueva legislación vigente nos exige unos biométricos; sin tanta importancia, no se preocupe. Además, son importantes para su afiliación tributaria. Con XT-596 podrá usted ser un vampiro mexicano —una sonrisilla jocosa se dibujó en su cara, como si hubiera contado un chiste muy gracioso. No me dio gracia y se hizo un silencio incómodo.

Le tendí el sobre de papel manila, desganadamente. Él abrió el hilillo con pasmosa lentitud, sacó el legajo y revisó todos los originales con minuciosa atención, como quien se toma muy en serio su labor o hace algo realmente importante. ¡Por favor, son copias, no neurocirugía!

Yo creía que ya no podría disimular más mi asco y mi desprecio, cuando me señaló una puerta adicional.

—Sí, sí, todo está completo; gracias. Por favor pase al otro cuarto, para tomar sus biométricos.

Vergonzoso, mínimo, que a un vampiro de mi linaje y mi alcurnia le quieran tomar fotografías, pero esta vez era una medición del iris y huellas dactilares.

Humillante.

Fatídico.

Fastidioso.

Intentando no girar los ojos al cielo permití la tramitología del caso.

—¡Hemos terminado!

—Excelente, ¿cuándo estará listo el documento de ciudadanía?

—Probablemente en unos meses, nosotros le avisa…

—¿Cómo que unos meses? ¿No se tramita en esta misma oficina?

—Pues sí, sí, pero tenemos varios documentos más en la fila, usted entenderá…

—¿Cómo podemos arreglarlo más rápido?

Un destello rápido se mostró en sus ojos, como un rayo. Vi un tigre cazando a su presa, se volvió más sigiloso. (Bueno, en su caso más que un tigre podría haber sido un gatito rechoncho que vio un periquito).

—Claro, claro, siempre se puede agilizar todo. Después de todo, es México.

—Claro —afirmé yo—, ¿cómo nos arreglamos?

—Pues verá… siempre he querido ser un vampiro, me encanta la cultura vampírica, cuando logré entrar a la Dirección General de Asuntos Generales lo consideré la cumbre de mi carrera, pero ahora veo yo que lo mío, lo mío, será ser vampiro. Tantos años de verlos pasar por esas puertas me han convencido.
Traté de imaginar a Víctor Ramos en un baile de vampiros, en una reunión con mis amigos o en una cena elegante. Quise enseguida borrar esa imagen de la cabeza para no traslucir una sonrisa socarrona.

—Ya veo.

—¡Y sé mucho sobre la conversión! —un entusiasta Víctor Ramos era peor que un desganado Víctor Ramos. Lo averigüé enseguida. Durante unos minutos describió a detalle el rito de transición sacado posiblemente de una película o una novela para señoras bobaliconas aficionadas al romance.
Luego imaginé la cara de mi cofradía si sabían que había integrado a Víctor al mundo vampiro.

Vergonzoso.

Humillante.

Fatídico.

Fastidioso.

—Ya veo, sí, está muy enterado. ¿Qué tal mañana?
Parecía que empezaría a llorar de la alegría.

Llovía esa noche. Un olor a drenaje se colaba por toda la ciudad y la convertía en una cloaca descubierta. Vi llegar al lugar de la cita a Víctor Ramos con su paso ligeramente renqueante, como si alguien le hubiera dado un pisotón en el traslado hacia la oficina. Traía en la mano el documento con mi acelerado trámite de ciudadanía. Se había esmerado un poco en su arreglo, como si quisiera empezar su transición a vampiro con sus mejores galas. Me hizo esbozar una sonrisa.

Me acerqué a él con cautela. Un rápido movimiento de mi daga le cortó la yugular. Me gusta pensar que ni se enteró. Su cuerpo despatarrado quedó tirado en ese callejón, con la garganta abierta, lívido y sin gracia. Tuve la tentación de dejarle algún sello de la familia, pero preferí no aportar nada a la policía: solo un caso más al que darle carpetazo y colocar en el archivo muerto de una gran ciudad.

Tomé su cartera para hacerlo parecer un robo. Ya la tiraría después por allí. El sobre manila con mi documento tenía algunas manchas de lodo y sangre, pero posiblemente terminara en algún cajón de mi biblioteca, sin usar.

Diez extractos de una bibliografía anotada sobre la ocupación colorada

Eduardo Honey


  1. Monsiváis Clon A-Alfa, Carlos, “Crónica del día de los grafitis.” Acta Sociológica FCPyS, 2075, pp. 20-48.

“Fue súbita la aparición de los graffitis en varias ciudades el mismo día. Ocurrió cuando menos en la CDMX, Caracas, Buenos Aires, Sao Paulo y Bogotá dentro de las lumpenzonas. Aparecieron en muros y bajo puentes, los trazos similares, la figura idéntica, sólo cambiaba el idioma del mensaje […] En esos lugares, los habitantes, su cultura popular no siempre aceptaba a los graffiteros anónimos a menos que fuera una persona destacada en el barrio, colonia o rancho. Era una forma autogestiva de marcar terreno, una firma personal pero, sobre todo, arte urbano. […] Mucho tiempo después se logró determinar, imposibilidad dentro de todas las imposibilidades, que ocurrió prácticamente a la misma hora en el continente americano, en áreas o zonas sin cámaras ni dronvigilancia…”

  1. Pietri v.1.8, Uslar. “Los evangelistas colorados”, Montemayor Ediciones, 2052, pp. 2-4.

“No importaba lo agreste de la selva urbana, allí fueron seleccionados. No importaba su origen o educación, sólo ellos fueron ungidos. Las puertas escondidas del cielo, el Amazonas estelar, se abrió para los que escucharon la voz, esa voz, la única voz que podría susurrar el espíritu del advenimiento […] Ezequiel, al igual que escasos otros, fue marcado en el pecho con el símbolo, la gracia santísima y bendita de los que pronto arribarían; los conquistadores de allende el cosmos que, en ocultas naves, cabalgaron la inhóspita vacuidad y soledad del cosmos; aquellos que trajeron la palabra, y lo hicieron su voz. […] fue devuelto Ezequiel a esa gran mancha gris que laceraba los primigenios, casi olvidados, verdes trazos de la herida naturaleza […] se volvió adulto depositado entre los inocentes y abandonados, y primero les susurró, luego habló, les amplió su visión: la promesa de un futuro donde serían conducidos por los que saben y que ya recorrieron el sendero. Él inició su travesía en el desierto de los desposeídos, en el falso bosque de oídos sordos, muy lejos de aquellos que los señalaban, que los marcaban como almas perdidas, que gozaban del privilegio porque lo heredaron, a la par que no reflexionaban sobre sí mismos…”

  1. Vigilante Fernández, Maribel. “Alármala predicador – Entrevistas en la zona”, Letras No Liberadas, CDMXCDMX, 2063, pp. 63-69.

“¿Por qué los aceptamos? ¿Por qué los escuchamos? La neta, porque eran los únicos que sí atendían nuestros problemas. Si a Carmen le pegaba el marido, sólo lo señalaba y el marido era visitado por la voz. Si el hijo de la Malis era un drogo sin esperanza, ella lo susurraba y el hijo se comportaba nomás que se le aparecía la voz. […] ¿Que cómo tiene que escribir voz? Ezequiel siempre dijo que con letras minúsculas. No importaba que él fuera la voz, sólo servía a los colorados en bien de todos, era uno de los nuestros. […] Neta, nos debieron dejar en paz políticos y los falsos predicadores que nos cayeron encima, ya nos valían, claro, querían aprovecharse de la obra de Ezequiel […] ¿Cómo que algo a cambio? ¡Ah! Que si nos pedían algo a cambio […] Ellos, lo de siempre: lana, chavas, un templo. Dinero nunca pidió Ezequiel, se las arreglaba, ni aceptaba regalos, bien humilde siempre […] ¡Favores sexuales! Ya ni la chinga, ¿dónde escuchó eso? Ni que él fuera como los padrecitos de la iglesia de allí enfrente […]”.

  1. Ochoa G., Alvert Michael. “Historia financiera del fin del mundo o de cómo los colorados no necesitaron dinero”, Red Pencil Editions, 2093, pp. 10-15 y 193-206.

“En esencia fueron dos pasos lo que permitieron conquistar la civilización del siglo XXI. Por un lado, era mover la brújula social hacia un conservadurismo más rancio. Esto fue sencillo gracias al ascenso de presidentes populistas y creyentes en los 20s y 30s de este siglo. Dejaron naciones enteras preparadas para que, a través de una religión se cegara a la población y así ocultar las enormes fallas de los gobiernos en turno. Eso lo ha tratado […] El segundo mecanismo: control financiero a través del mismo sistema bancario que se construyó digitalmente. Como una máxima del siglo XX se suponía que los bancos centrales y el FMI eran los garantes del valor de la moneda. Al dejar que los bancos crearan fondos basados en nada, sólo bits y bytes, se abrió la posibilidad para que un agente externo generara riqueza modificando los sistemas e insertando datos, número, dinero a final de cuenta donde requiriera. En una bandeja de plata se entregaron las finanzas mundiales a los Colorados, una civilización extraterrestre muy superior tecnológicamente […] Un caso ampliamente estudiado es el de Ezequiel Guzmán Luera. El Superministerio de Hacienda de México lo tenía como causante cautivo sin ingresos. En realidad, los Colorados crearon a destajo los fondos para sus actos de prédica y proselitismo donde él no aceptaba nada a cambio: contaba con el sistema bancario mundial a sus espaldas. Cuando diversas auditorías detectaron la situación, no había mucho que hacer en México ni en otras partes. Era muy tarde para el capitalismo y la democracia tal como la conocíamos…”

  1. Arconte, El. “Discurso ante la ONU”. 12/dic/2031. Video en Youtube https://youtu.be/SRuwbhAFTX8 consultado el 4/ene/2093

“… Me presento ante ustedes humildemente sólo como un representante. No vengo a imponer forma de pensar ni fe alguna. Sólo quiero señalar, ante ustedes que, desde la fundación de esta organización en 1945, todos los años ocurren guerras. La voz, los colorados, prometen a los pueblos del mundo que no habrá guerras después del 2050. Ni seremos afectados por el cambio climático. No nos detendremos allí, ofreceremos más, mucho más: no homicidios, no violaciones, no asaltos, no violencia, no injusticias, no hambre, no carencias. Alimentos, paz, seguridad, santidad comunión serán los temas a diario. La humanidad será humana y empática por primera vez. Es nuestra promesa, es nuestro juramento, es nuestra fe. Y lo haremos por voluntad y en favor del ánimo de los pueblos, del individuo común. No porque ustedes, supuestos embajadores o emisarios de trescientas naciones lo declaren o lo prometan. No crean que esto es una campaña política donde creen que aún heredarán el poder y el futuro…”

  1. Arroyo, Maximiliano. “Guerra mundial colorada: una historia oral”. Editorial Casa Aleatoria, 1ª. ed., 2070. Incunable localizado en la biblioteca subterránea Slim-Salinas tras su apertura en enero del 2099.

“Y llegaron las nubes, las nubes susurrantes, negras empujadas sin viento porque ellos eran el viento, el ojo de la tormenta.

Vestidas con rayos se anunciaba la presencia cabalgando detrás de los truenos que clamaban, del trazo luminoso que hiere a los ojos, del vestido de cielos sinónimo de humildad.

Súbitas se detuvieron las nubes, callaron los truenos, se apagaron los rayos. Murieron los dioses. Cayó y calló el occidente del hombre blanco.

Despejado el cielo como se despeja la mentira, allí estaban los rojos navíos flotando, pulsando, señalando que no habría tregua.

Entonces, como una voz, una voz quemante, una voz madura en un bosque manchado por las falsas simientes del pasado, habló al unísono.

Resonó en el aire del mundo, en el aire eléctrico: soy, somos y seremos ustedes, hemos llegado. Que empieza el juicio sanguíneo.

Tonalli Nierika

Representante de los Pueblos Originarios de América”

  1. Guzmán Vigilante, Ezequiel. Borrador escrito a mano del primer evangelio de la liberación. Inédito. Tempolocalizado entre el 2043 y 2045. Archivo familiar de los Guzmán. Capítulo VI, Versículo 6-6.

“Cuando la voz susurre la salida del jardín del infierno no creas en ella. No comas del fruto marrón. No dejes que te abran los ojos ya que serás cegado. Presta oídos sordos a las sibilantes palabras corren desde los sangrantes castillos encima de la humanidad. […] Dejad que crean que han derruido la humana obra, dejad que crean que creemos. Esconded las antorchas de los nuevos prometeos. Guardaos para el momento de derrumbarlos, de incinerarlos en su apocalipsis.”

  1. Gandhi, Adolfo. “Refutando a la voz. Entrevistas con El Arconte”. Transmisión vía CaraLibro Live, 10/oct/2051.

“—Entonces, ¿usted acepta que su nombre es Ezequiel Guzmán Luera?

—Si, es el nombre que mi familia me dio y con el que me bautizaron una vez que fui devuelto.

—El que no usó por años mientras predicaba, ¿o no?

—Así es, pero no cambia lo que los colorados vinieron a enseñarnos. En cuanto sus naves aparecieron en las ciudades, yo como voz, como El Arconte, desaparecí. Ya no era necesario.

—¿Igual como su familia?

—Perdón, ¿a qué se refiere?

—A su amante, Maribel Vigilante, y el hijo que tuvieron, el líder rebelde, Ezequiel Guzmán Vigilante…

—Se suspende la entrevista: los colorados me llaman…”

  1. Anónimo. Chat del 12/dic/2070 vía ICQ, extraído de los archivos permanentes de la World Security Agency. Cubo cristalográfico coordenadas 197348-239843-038483.

El Neto

Güey, tuvimos que recurrir al arsenal menchiano. Bien ruskies las armas pero nomás de eso hay.

Yassir “Cachas”

no mames el reginald lo intentó con su célula bien guntrechada lanzaron hasta cuetones a las naves y nada de nadita

El Neto

Hijo de tu reputísima madre, ahora me lo dices… perdí a mi grupo dispararon a lo pendejo, ni rasguños les hicimos nomás abrió el hocico un colorado allí todos de pendejos arrodillándose, pidiendo perdón… me salvé porque yanoigo

Yassir “Cachas”

nomás por querer ganar plaza ya te chingaste te dije que waitearas a la nuky de @ezequi3ljr

ezequi3ljr

¡Madres! Entraron al búnker y disparan a matar. Nuky lanzada ;)”

  1. Anónimo, audio vocodificado de origen y lugar desconocido. Distribuido con la bomba nuke-informática que hackeó a los colorados. Primera aparición confirmada: 12 de diciembre de 2070 2312GMT.

“Alegre la humanidad

Con voz pausada canta,

Y el ancla ya levanta

Con extraño rumor.

La nave va en los cielos

Botando cual mentada.

Adiós, mamá colorada;

Adiós, mi tierno amor.

Y en tanto los humildes

Que ya cantan victoria,

Guardando tu memoria

Sin miedo ni rencor,

Dicen mientras el viento

La voz, es voz infiel;

Adiós, papá Ezequiel;

Adiós, mi tierno amor.”

[enviado a la IA académica isabelina el 27/dic/2100 para la tesis “De los colorados y el nuevo orden, el lumpen fue la voz real” por Ezequiel Luera Vigilante, clon homoentero del original]

Britany

Héctor Cruz Pineda


La patrulla paró en calzada Tlalpan, toda la avenida estaba medio vacía, con una que otra luz de auto pasando en gran velocidad. Yo veía como pasaban como flashes desde atrás de la patrulla, sintiendo como poco a poco mi ojo derecho se iba hinchando. Del lado de la calle solo los anuncios de hoteles y moteles que hay en la calzada brillaban, y bajo ellos prostitutas con cara de aburrición esperaban a algún cliente.

—Es hora de trabajar compañero —dijo el policía en el asiento del copiloto, mientras una risita tonta salía de su boca decorada con un bigote ralo.

El otro policía, gordo y con la cara hinchada se limitó a gruñir aprobando. Con una sonrisa tonta, el policía de bigote ralo salió de la patrulla. Vi cómo se acercaba una de las prostitutas, mucho más alta que el policía y con un vestido tan corto que apenas la cubría en una noche tan fría.

—Oficial Ruíz, ¿cómo estás guapo? ¿Se te ofrece algo? —alcancé a escuchar la voz ronca de la prostituta. Mientras el oficial Ruíz prendía un cigarrillo y reía con más ganas como estúpido.

—¡Jajaja! No preciosa, esta noche no. Tú sabes a que vine, así que, no te hagas pendeja —dijo, mientras extendía la mano. La cara de la prostituta cambio totalmente, con asco y disgusto, la sonrisa coqueta se le borró de inmediato.

—¡No mames Camilo, con lo que te doy a ti y a Juan me quedo sin nada!

—Si quieres te meto a la patrulla, le haces compañía al drogo que tengo ahí atrás.

—¡Huevos! —le gritó, pero de mala gana le dio un pequeño fajo de billetes.

—Ya está. Ahora lárgate que estoy trabajando.

—Vale, ya quedamos preciosa. Solo un favorcito más. Acá el compañero, anda buscando a Britany ¿de casualidad no la haz visto?

—¡Ash! —soltó de hartazgo la prostituta—. Estaba en la esquina de más adelante, con un cliente.

—¡Gracias, y suerte en el trabajo! —gritó burlándose de ella, mientras entraba en la patrulla. Se andaba riendo como si hubiera escuchado un buen chiste, en lo que contaba los billetes que antes le habían dado.

Yo me quedé pegado a la ventana viendo a las chicas, y la misma que le dio el dinero al oficial Ruíz me pintó dedo. Oía como pasaba sus manos flacas en los billetes y reía con una sonrisa simplona.

—Su parte compañerito —le entregó unos billetes y el otro policía solo gruñó, agarrando el dinero—. Y me dicen que aquí adelantito anda la Britany, pero a ver si la encontramos, que está atendiendo a otro caballero —dijo con voz burlona, aunque parecía que al otro oficial no le importó.

La patrulla avanzó lentamente por la calzada, y llegamos a la siguiente esquina. Estaba muy oscura, el poste de luz estaba fundido y se podía oler a orines de vagabundo. Más al fondo en la calle oscura, se veía un montón de bolsas de basura negra y encima una capa de piel, parecía un perro acostado. Estacionaron la patrulla, apagaron las luces, y el oficial Ruíz tiró por la ventana su cigarrillo.

—Se me hace que no está, mi querido compañero. Ni modo, ya mejor mañana vuelve.

Su compañero volvió a gruñir, pero no movió el auto. Con el auto detenido en medio de la oscuridad, sentí como aumentaba el frío de la noche, sobre todo, me entraba frío donde me habían golpeado, en el abdomen y las piernas. Empecé a toser y temblar, tratando de acostarme en la parte de atrás.

—¡Cállate cabrón! —gritó el oficial Ruíz—. Y te sientas bien, estas arrestado, cabrón, no es un motel barato para que descanse la princesa.

Mientras me volvía a sentar en el asiento, volteé a mi derecha, mi ojo hinchado estaba casi cerrado, y de la calle oscura pude ver una sombra acercándose poco a poco a la patrulla. Era la figura de una mujer, delgada, pero desde la sombra se notaba voluptuosa, su andar era hipnótico, sin prisa cada paso revelaba su figura sexy y de a poco unos tacones sonaban. Cuando llegó junto a la ventana de Ruíz, reveló su rostro fino y pelo tan oscuro como la calle de donde salió.

—Hola Manuelito —dijo con una voz aguda y femenina—, ¿cómo haz estado?

El oficial al volante, con su cara regordeta y nariz chata estaba serio, pero noté en sus ojos un deseo muy raro, estaba concentrado en el rostro y cuerpo de la mujer. Gruñendo le dio un codazo a Ruíz y lo obligo a bajarse de la patrulla.

—Ya voy compañerito, no hay necesidad de la violencia —dijo mientras bajaba y corría a abrir la puerta de atrás donde yo estaba recargado—. Tú disculparas preciosa, pero vas a tener compañía de este animal. ¡A ver wey, muévete y hazle espacio a la señorita ¡Permítame limpiar el cochinero que trae aquí este cabrón, ¡ya está! Siéntese, señorita.

Britany se sentó junto a mi sutilmente, con elegancia, mientras Ruíz cerraba la puerta. No podía evitar mirar a Britany, había algo en ella que hacía que no le quitara los ojos de encima, su piel era tan blanca que parecía brillar en medio de la oscuridad del lugar. Y más se notaba por la brillantina que parecía tener en su cuerpo. En ese momento ella volteó a verme, y me dio una sonrisa coqueta con sus labios rojos intensos. Pero de sus ojos noté un brillo verdoso que me asustó, porque no se movían, parecían ojos muertos.

La patrulla avanzó por la calle oscura de donde había salido Britany, se paró justo al lado de la pila de bolsas de basura. No podía dejar de notar el brillo de la piel de la chica, también que el frío era casi insoportable en mis huesos y manos, inclusive los policías y yo exhalábamos vaho, solo Britany parecía cómoda.

—Ahora sí. Date gusto compañerito. Aquí yo te cuido al drogadicto de atrás, y pues disfrutaremos el show. ¿O no, mi pendejo? —dijo Ruíz volteándome a ver desde el retrovisor.

El oficial Manuel volvió a gruñir, mientras con fuerza abría su puerta y salía con trabajos de la patrulla. Yo seguía temblando por el frío, mientras veía a Britany, sus ojos con un brillo verde raro y muertos, su piel brillosa, o acaso ¿viscosa? Esta pregunta pasaba por mi mente, cuando del oído de la mujer empezó a brotar un líquido verde espeso, que resbalaba lentamente por su cara. No pude evitar gritar, mientras el corazón se me aceleraba y traté de abrir la puerta con pánico. Ella se limpió el líquido con la mano, se me quedó viendo y lentamente lamió su mano con una sonrisa juguetona.

—¿Qué paso drogadicto? ¿Te dan miedo las mujeres? ¡Ya cállate! O voy a ir ahí atrás a terminar de romperte tu jeta de animal que tienes.

El oficial Manuel abrió la puerta de Britany, pero ella no dejaba de verme, sonriendo, aún con restos del líquido verde en sus dientes. Con gentileza el policía la sacó de la patrulla. Yo traté de salir gateando por esa puerta, pero de la nada volví a sentir todo el puño del policía gordo en mi mandíbula, lo que llenó de sangre mi boca. El oficial cerró la puerta y me quedé solo con la risa estúpida de Ruíz.

—Tú no te preocupes cabroncito. Solo disfruta el show. ¡Jajajajajaja! ¿Dónde está mi linterna? Quiero ver.

Me levanté como pude, y limpié la ventana empañada de la patrulla. Afuera, junto a la basura, el oficial Manuel estaba pegando contra la pared sucia y despedazada a Britany. Apenas se distinguían en la oscuridad, y solo se oían sonidos de atragantamiento. En ese momento la linterna de Ruíz se encendió, y mis ojos vieron algo que al día de hoy no encuentro explicación.

La linterna mostró a Britany parada desnuda, con la boca enorme y abierta, su mandíbula llegaba hasta las rodillas y unos dientes desiguales como pedazos de vidrio se mostraban. De la enorme mandíbula abierta parecía que salía una enorme lengua roja y viscosa, que chorreaba ese líquido espeso, que caía lentamente en gotas al suelo. La lengua estaba alrededor del oficial Manuel como una anaconda carmesí, cargándolo, lo estaba introduciendo en su boca; ya solo podíamos ver la mitad baja del policía, el resto se perdía en la oscuridad de las fauces del monstruo. Ruíz y yo nos quedamos congelados ante la escena, no podíamos quitar los ojos de lo que veíamos. Vimos cómo, lentamente, mientras se atragantaba, iba introduciendo en su interior lo que sobraba del oficial Manuel. Su lengua fue poco a poco regresando a su interior, mientras la criatura chorreaba de todos sus orificios el líquido.

Cuando terminó, su mandíbula empezó a retorcerse, parecía que le causaba mucho dolor. Pero terminó por quedar como la había conocido. En todo ese tiempo no parecía habernos notado, o simplemente no le importamos. Desnuda empezó a caminar hacía la calzada, y volteo a verme, con esos ojos muertos, se limpió la boca roja del líquido verde y me lanzó un beso. Se volteó y siguió caminando, en ese momento Ruíz apago la linterna.

Por fin pude moverme, mi cuerpo se descongelo y me despegue de la ventana de la puerta. Ninguno de los dos habló, escuchaba el sollozo de Ruíz en la oscuridad del auto. Mi cabeza estaba reventándome, y me acurruque con el frío de la noche. No recuerdo haber dormido, tal vez si lo hice, no estoy seguro, pero cuando el Sol salió, Ruíz abrió la puerta de atrás. Salí a rastras, me dolía todo el cuerpo, ya afuera vi el rostro de Ruíz, perdido, con ojeras y no parpadeaba. No me dijo nada y yo tampoco a él. Caminé a la calzada, las prostitutas ya no estaban y su lugar era tomado por un mar de gente saliendo y entrando al metro.

Llegue a una pequeña farmacia, pedí que me atendiera un doctor, aunque el encargado me vio con asco me dijo que me sentara en la sala de espera, el doctor no iba a tardar en llegar. Así que me senté, y esperé en silencio.