David Barrera
En el reporte que llegó a las oficinas del instituto se informó que un hombre de treinta y dos años, originario del municipio de Coatlinchán, había encontrado huesos humanos al cavar en su patio con el fin de instalar una cisterna. Al no haber suficiente personal, se me asignó ir al domicilio indicado para verificar si el hallazgo era autentico, tomar fotografías y orientar a quien había hecho el descubrimiento.
Cuando llegué al pueblo, detuve mi auto en la plaza cívica que está frente a la iglesia para admirar el monolito de más de ciento sesenta toneladas que se posa sobre un espejo de agua. Aquel símbolo de Coatlinchán es identificado por algunos colegas como Tláloc y, por otros, como Chalchiutlicue. «Hay una gran riqueza bajo este suelo», pensé y, acto seguido, seguí mi camino por las angostas calles empedradas hasta que llegué a una zona de lomeríos, cuyas casas tienen patios amplios en donde la gente cría animales o siembra su milpa.
Al llegar al domicilio, me recibió un hombre de complexión robusta, expresión serena y carácter introvertido llamado Mario, plomero de oficio, quien dijo haber encontrado la osamenta en cuestión. Además de él, estaban sus padres: Ramón y Justina, ambos rondaban los setenta años y mostraban preocupación al saber que dentro del hoyo yacía un esqueleto humano.
—Pase usted y mire al difunto que encontró Mario en el agujero —dijo Ramón—. No hemos movido nada desde que lo destapó.
La excavación se encontraba a unos cinco metros del portón y era lo suficientemente profunda como para meter la cisterna. Miré hacia el interior y pude ver las cavidades oculares del esqueleto que parecían asomarse desde un rincón. Di un brinco al fondo y, tras una inspección más detallada, noté que el cráneo, posiblemente de una mujer debido a su dimensión, mostraba deformación en forma tubular erecta y que los dientes incisivos y caninos habían sido limados y tenían incrustaciones de jade. El resto de los huesos parecían servir como cama para el cráneo, lo cual me sugirió que el individuo en cuestión había sido enterrado en posición fetal y que había sido envuelto con una manta de la que encontré unos cuantos restos. A simple vista, no había nada más en aquel agujero, pero no se podía descartar la posibilidad de que más huesos u objetos estuvieran enterrados.
Tomé fotografías e hice los procedimientos que marca el protocolo. Entonces, le expliqué a Mario y a sus padres que ya no debían cavar, ni mover los huesos o enterrarlos. Además, tenían que esperar algunos días para que el personal calificado del instituto realizara los estudios pertinentes y dictaminara cuál sería la acción por seguir. Noté que Mario y sus padres se mostraron nerviosos, como si quisieran decirme algo, pero no se atrevieron hasta que Mario codeó ligeramente a Justina.
—Creímos que te ibas a llevar los huesos —dijo la mujer con nerviosismo—. Por eso llamamos. La verdad es que me da miedo ese esqueleto con cabeza de marciano.
—No me los puedo llevar —respondí—. El equipo de arqueólogos tiene que inspeccionarlos y, además, tiene que asegurarse de que no haya más restos, vasijas u otros objetos enterrados.
—Es que esos huesos tienen algo malo —afirmó Justina—. Parecen más de un monstruo que de un cristiano.
—Es un ser humano, se lo aseguro —dije—. Tenemos que investigar por qué tiene esa deformación en la cabeza. Fue una práctica común en otras regiones, pero aquí resulta inusual. Fuera de eso, no hay nada extraño ni mucho menos malo en aquel esqueleto.
—Pues, lo que pasa es que… —dijo Justina y, acto seguido, miró a Mario—. A ver, tú dile.
Mario se veía nervioso. Trató de hablar, pero tartamudeó y no dio una respuesta concreta, tan sólo se limitó a negar con la cabeza y a decir entre dientes que no había problema.
Enseguida, coloqué tablas sobre el agujero y una lona con el fin de proteger los huesos del agresivo sol y de los animales. Le di mi número a Ramón y a Justina, les pedí que tuvieran paciencia, les reiteré las indicaciones y me retiré.
Al siguiente día, en la mañana, mi teléfono sonó y, tras contestar, oí la voz de Justina que me dijo que su hijo había sido llevado por un terror repentino e intentó enterrar los huesos.
—Mi esposo y yo pudimos convencerlo de que no hiciera semejante cosa —dijo la mujer.
—Hicieron bien en impedírselo —afirmé aliviado de saber que ellos habían seguido mis indicaciones—. Si se entierran los huesos de nuevo, el proceso de deterioro se hubiera acelerado.
—Haznos el favor de ayudarnos —dijo Justina—. Me preocupa mucho mi hijo. Se ve peor que cuando se emborracha y no quiero que haga una tontería de la que se arrepienta después.
Para mi fortuna, al llegar al domicilio, me di cuenta de que la osamenta estaba intacta, pero Mario lucía demacrado y nervioso. Estaba acosado con un evidente sentimiento de angustia que se notó en la manera en la que se rascó las manos y en la forma en la que miró con manía los muros; además, su rostro estaba cubierto de sudor y le temblaban los músculos de la cara. A pesar del calor, se cubrió completamente con un edredón al verme y habló para sí como si algo lo atormentara. Por un momento me sentí como un sacerdote frente a un poseso, pero era necesario que le advirtiera de los problemas en los que se involucraría si no seguía mis indicaciones.
Tras sentarme a un lado de la cama, empecé a charlar con él de manera amable e hice preguntas con las que mostré interés en ayudarlo, aunque, en ocasiones, mis palabras eran interrumpidas por los cuestionamientos de Ramón y Justina, quienes querían respuestas rápidas.
—Les diré la verdad —afirmó Mario, luego de quitarse el edredón de la cabeza—: quiero enterrar los huesos porque creo que es la única forma de impedir que la calaca siga hablando a mi mente. Desde que le quité la tierra de encima no dejo de ver el cráneo deforme en mi mente, ni de oír su voz… Porque es su voz, sí, es su voz la que no me deja en paz.
Ramón y Justina se quedaron en silencio, sorprendidos por las palabras de su hijo.
—¿Qué es lo que te ha dicho? —pregunté, en medio de aquel silencio tan incómodo.
—Me dijo que se llama Nueve—Lluvia y que es hija de Chalchiutlicue —afirmó, al tiempo que me sorprendí al darme cuenta de que Mario había usado un nombre de la época prehispánica. «¿Cómo es que los conoce?», pensé.
—Dices puras tonterías, Mario —exclamó Justina—. Ya estás mal de la cabeza por tanta cerveza que tomas.
—Si quedo loco, no va a ser por la cerveza, sino por la voz, pues ella tiene una voz muy dulce y persuasiva —continuó Mario—. Si la oyeras, obedecerías y pensarías que canta a tu corazón, de no ser por lo que me ha pedido.
—¿Qué te ha pedido? —pregunté.
—Quiere que me acueste a su lado —dijo con nerviosismo.
—¿Con qué fin? —pregunté.
—No sé… —respondió Mario con angustia—. Pero no creo que sea para algo bueno. Tengo que ganarle y no dejar que me persuada, por eso quiero volver a enterrar los huesos, quizá así deje de escuchar sus propuestas tan macabras.
—Entiendo que estás en una situación difícil, pero no puedes enterrar los huesos —dije—. Tal vez tuviste una pesadilla, amigo. Las pesadillas son finalmente sueños y ya, no hay nada más. No debes sugestionarte por ellos, ni actuar de manera irracional o impulsiva. Si hubieras enterrado los huesos, su deterioro se hubiera acelerado, se perdería información arqueológica importante y estarías en problemas legales.
Tras aquellas palabras, Mario soltó una risotada estruendosa y grotesca; su boca se abrió tanto que vi las amalgamas negruzcas de sus molares y sus dientes caninos superpuestos por los que escurrían hilos de saliva.
—¡Poco me importan los problemas legales si el muerto me sigue hablando! —dijo Mario, al tiempo que se sentó en la cama y continuó con su carcajada.
—Escúchame, Mario… Tengo una amiga que es psicóloga, te prometo que la traeré para que te ayude.
—Mejor sería que tú enterraras los huesos —dijo entre risas.
—Mucho mejor sería que te los llevaras —me dijo Justina—. A decir verdad, siento que esa calaca nos está volviendo locos a los tres.
—No puedo hacer eso —afirmé—. Soy arqueólogo y quiero estudiar los huesos. Además, si los entierro, me corren del instituto.
Nos quedamos en silencio. Enseguida, Mario, con un dejo de decepción en su rostro, cerró los ojos y se acostó —: los enterraré en caso de que ella quiera entrar de nuevo en mi cabeza. No quiero ser controlado por la huesuda.
Dos policías me aseguraron que rondarían la casa y que arrestarían a Mario en caso de que éste intentara enterrar los huesos. Por otro lado, tras llamar a mi jefe, el equipo de arqueólogos confirmó que irían a Coatlinchán al siguiente día para realizar los estudios correspondientes. Así pues, con más personas involucradas, no había motivo para que me preocupara. No obstante, como ya es sabido, regresé a Coatlinchán esa misma noche. ¿Qué me hizo volver? Sólo puedo decir que me impulsó una perspectiva paranoica que me acosó durante todo aquel día tan peculiarmente horrible.
Así pues, llevado por un impulso irracional, llegué a Coatlinchán en un momento en el que parecía que aquel era un pueblo fantasma. Tras pasar el monolito, conduje un par de cuadras más hasta que, para mi sorpresa, vi salir de entre las sombras a Mario, quien corrió hacia mi auto, saltó al cofre y siguió su carrera sobre el techo y el maletero hasta bajar y correr por la calle. Me quedé perplejo ante tal acción. Me pareció que había visto un espectro fugaz y extraño de rostro inexpresivo y rígido.
—¡A dónde vas! —dije al sacar mi rostro por la ventana, pero él no volteó.
Acto seguido, eché el auto en reversa y lo detuve al llegar a la plaza. Entonces, vi a Mario que brincó al espejo de agua y corrió hacia el monolito para arrodillarse, besar los pies de roca volcánica y sollozar. De manera inesperada, dijo algunas frases incomprensibles con un dejo de profundo dolor y en un timbre de voz más agudo que el que le había oído, lo cual me pareció raro. «Quizá ya se volvió loco», pensé.
—¡Oye, Mario! —dije, pero, cuando me acerqué, él huyo.
Pensé en seguirlo, pero me detuve de inmediato, pues si él no estaba en sus cabales, posiblemente ya había enterrado los huesos. «¡Maldito loco!»
Enseguida, me dirigí a la casa de Mario con la idea de que él había huido de la patrulla y que ésta saldría a mi encuentro en cualquier momento, sin embargo, no vi policía alguno. Cuando llegué al domicilio, percibí un olor fuerte, parecido al de las vísceras y acompañado de un bochorno similar al de un baño de vapor. También, oí alaridos y chillidos graves que se intercalaban con una risa histérica. Entonces, me acerqué a la puerta y noté que estaba entreabierta. Al asomarme, vi a Ramón sentado cerca de la entrada y noté que era él quien vociferaba aquellos llantos, al mismo tiempo que se mordía las manos y reía de manera espontánea.
—Ramón, ¿qué pasó? —pregunté con preocupación al acercarme.
—Lo vi salir al patio —dijo Ramón tras un gran esfuerzo por articular sus palabras—. Pensé que finalmente iba a agarrar la pala y echarle tierra al difunto, pero, en vez de eso, se metió al hoyo y…
Ya no pudo hablar. Sus ojos miraban con horror hacia el hoyo, al mismo tiempo que trató de expresarse al hacer aspavientos. Enseguida, oí la voz lastimera de Justina quien apareció entre las sombras y mostró su rostro pálido y enloquecido.
—Salió del hoyo —exclamó—. Yo lo vi salir del hoyo… Era él. Yo lo vi… Era Mario.
Corrí hacia el agujero y me di cuenta de que ya no estaba cubierto por las tablas y la lona. Enseguida, mientras percibí que la boca del hoyo expulsaba un horrible olor a vísceras, apunté la luz de la linterna hacia el fondo y me di cuenta de que la osamenta sobresalía en medio de un charco de sangre.
—Se acaban de meter en un gran problema —afirmé y di un brinco hacia el interior del agujero.
—Yo vi que apoyó las manos en la orilla —dijo Justina entre sollozos—. Mi hijo se apoyó y se impulsó hasta salir corriendo. ¡Te juro que era él!
Las paredes y el fondo del agujero se sentían blandos y húmedos por la sangre, incluso las suelas de mis zapatos se hundieron. Enseguida, agarré el cráneo con sumo cuidado y, tras examinarlo, llegué a la conclusión de que me estaban jugando una broma, pues, además de ser más robusto, no tenía la deformación tubular erecta. Además, los dientes no tenían incrustaciones de jade ni estaban limados, más bien, la dentadura lucía completa, fresca, húmeda por la sangre y la saliva, con amalgamas negruzcas en los molares y con los dientes caninos superpuestos.
