Archivo muerto

Mayra Daniel


La silla era blanca, de dimensiones estandarizadas y totalmente anodina. La habían elegido por su precio, seguramente. Pasaba totalmente desapercibida en un largo corredor de pequeños cubículos donde se resolvían toda clase de asuntos sin importancia.

La verdad no me molestaba la burocracia. Toda la vida había llevado a cabo mis propios asuntos, tanto por un tema de discreción como por tener “todo el tiempo del mundo”. En la puerta estaba el letrero “Dirección general de asuntos generales”, un nombre de lo más conspicuo solo para ocultar su verdadera actividad, la Dirección General de Asuntos Vampíricos.

Necesaria en cualquier país, la Dirección General de Asuntos Vampíricos trabajaba en una red de colaboración Internacional para relocalizar a vampiros por el mundo, darles documentos oficiales, renovar actas de nacimiento, pasaportes, agilizar contratos de compraventa para que el dueño no fuera, por siglos, la misma persona viva. Esta oficina también ofrecía asesoría en derecho vampírico según la legislación vigente en cada país y los gobiernos la procuraban en demasía por los generosos aportes a los impuestos que siempre hicimos.

En ningún país había tenido yo problemas con la Dirección general de asuntos generales, pero recientemente había decidido mover mi residencia permanente a México por los beneficios fiscales que todos presumían. Sin embargo, me aclararon: “Bueno, viejo, es que México… Ya verás. Es otra cosa.”

Y allí estaba yo: sobre de papel manila con todo lo que me pidieron en original, dos copias, tres sellos. Todo lo que venía en la muy discreta, oculta y secreta página de la Dirección General de Asuntos Vampíricos, para formalizar mi ciudadanía vampírica en México. Cambiar de residencia: que engorro.

La puerta se abrió. La oficina solo operaba de noche, así que la luz fría de la oficina mostró una silueta rechoncha: era un tipo con una camisa azulada y una corbata a juego, ligeramente más oscura. Las manchas de sudor se le destacaban en la tela. El anómalo calor de la media noche hacía que el espacio encerrado tuviera un olor mezcla de sudor y colonia herbal barata. Parecía que había podado el pasto en algún parque público.

De su piel grasienta se le desprendía un leve brillo, como si recién hubiera salido del transporte público; sus zapatos ligeramente roídos por el tiempo parecían lustrosos, quizá demasiado, como si el zapato y el cepillo se conocieran de largo tiempo y se saludaran diario.

Una breve inspección me hizo saber que era soltero y vivía solo, atendiendo diversos malestares; apestaba a ansiedad y antiácidos.

—Víctor Ramos, a su servicio —aseguró, tendiendo su mano regordeta. La rocé ligeramente, por protocolo.

—Dígame, ¿en qué podemos ayudarlo?

—Verá usted, llené una forma XT-596 para renovar mi residencia y establecer una nueva identidad en México, pero cuando estaba por enviarlo todo vi que es un trámite que tenía que realizarse en persona.

—Así es, así es. La nueva legislación vigente nos exige unos biométricos; sin tanta importancia, no se preocupe. Además, son importantes para su afiliación tributaria. Con XT-596 podrá usted ser un vampiro mexicano —una sonrisilla jocosa se dibujó en su cara, como si hubiera contado un chiste muy gracioso. No me dio gracia y se hizo un silencio incómodo.

Le tendí el sobre de papel manila, desganadamente. Él abrió el hilillo con pasmosa lentitud, sacó el legajo y revisó todos los originales con minuciosa atención, como quien se toma muy en serio su labor o hace algo realmente importante. ¡Por favor, son copias, no neurocirugía!

Yo creía que ya no podría disimular más mi asco y mi desprecio, cuando me señaló una puerta adicional.

—Sí, sí, todo está completo; gracias. Por favor pase al otro cuarto, para tomar sus biométricos.

Vergonzoso, mínimo, que a un vampiro de mi linaje y mi alcurnia le quieran tomar fotografías, pero esta vez era una medición del iris y huellas dactilares.

Humillante.

Fatídico.

Fastidioso.

Intentando no girar los ojos al cielo permití la tramitología del caso.

—¡Hemos terminado!

—Excelente, ¿cuándo estará listo el documento de ciudadanía?

—Probablemente en unos meses, nosotros le avisa…

—¿Cómo que unos meses? ¿No se tramita en esta misma oficina?

—Pues sí, sí, pero tenemos varios documentos más en la fila, usted entenderá…

—¿Cómo podemos arreglarlo más rápido?

Un destello rápido se mostró en sus ojos, como un rayo. Vi un tigre cazando a su presa, se volvió más sigiloso. (Bueno, en su caso más que un tigre podría haber sido un gatito rechoncho que vio un periquito).

—Claro, claro, siempre se puede agilizar todo. Después de todo, es México.

—Claro —afirmé yo—, ¿cómo nos arreglamos?

—Pues verá… siempre he querido ser un vampiro, me encanta la cultura vampírica, cuando logré entrar a la Dirección General de Asuntos Generales lo consideré la cumbre de mi carrera, pero ahora veo yo que lo mío, lo mío, será ser vampiro. Tantos años de verlos pasar por esas puertas me han convencido.
Traté de imaginar a Víctor Ramos en un baile de vampiros, en una reunión con mis amigos o en una cena elegante. Quise enseguida borrar esa imagen de la cabeza para no traslucir una sonrisa socarrona.

—Ya veo.

—¡Y sé mucho sobre la conversión! —un entusiasta Víctor Ramos era peor que un desganado Víctor Ramos. Lo averigüé enseguida. Durante unos minutos describió a detalle el rito de transición sacado posiblemente de una película o una novela para señoras bobaliconas aficionadas al romance.
Luego imaginé la cara de mi cofradía si sabían que había integrado a Víctor al mundo vampiro.

Vergonzoso.

Humillante.

Fatídico.

Fastidioso.

—Ya veo, sí, está muy enterado. ¿Qué tal mañana?
Parecía que empezaría a llorar de la alegría.

Llovía esa noche. Un olor a drenaje se colaba por toda la ciudad y la convertía en una cloaca descubierta. Vi llegar al lugar de la cita a Víctor Ramos con su paso ligeramente renqueante, como si alguien le hubiera dado un pisotón en el traslado hacia la oficina. Traía en la mano el documento con mi acelerado trámite de ciudadanía. Se había esmerado un poco en su arreglo, como si quisiera empezar su transición a vampiro con sus mejores galas. Me hizo esbozar una sonrisa.

Me acerqué a él con cautela. Un rápido movimiento de mi daga le cortó la yugular. Me gusta pensar que ni se enteró. Su cuerpo despatarrado quedó tirado en ese callejón, con la garganta abierta, lívido y sin gracia. Tuve la tentación de dejarle algún sello de la familia, pero preferí no aportar nada a la policía: solo un caso más al que darle carpetazo y colocar en el archivo muerto de una gran ciudad.

Tomé su cartera para hacerlo parecer un robo. Ya la tiraría después por allí. El sobre manila con mi documento tenía algunas manchas de lodo y sangre, pero posiblemente terminara en algún cajón de mi biblioteca, sin usar.

Alto vacío

Autora: Mayra Daniel


Escuché un ruido y llevé la mano a la pistola. Llevaba muchas noches sin dormir. Había perdido la cuenta de las horas y los días. Probablemente el ruido de afuera sólo era un gato saltando sobre el tejado. La coca no ayudaba. Cada momento era peor: lleno de sombras.

Había dejado el departamento que compartía con Adriana para ir a la bodega en donde guardaba la mercancía. Las voces me lo habían dicho y, como en otras ocasiones me habían salvado, les hice caso. El ruido crecía afuera. El techo era de lámina y cada gota de lluvia repicaba como un tronar de tambores o un martillar de balas. Se colaba por las rendijas de las ventanas mal tapiadas unas ráfagas de hilo frío que me hacían tiritar. Eso, más el efecto de la droga, que se iba pasando, me provocaba escalofríos que casi me tiraban al piso. La calle me acechaba. Me escondía de todo, pero sobre todo de la policía. Nunca faltaban patrullas haciendo sus rondines. Un par de veces me habían atrapado con la mercancía.

Ya habían pasado más de dos años desde que comencé a consumir. Ahora era mucho más. Así es siempre. Ese medio gramo genera invaluables “relaciones públicas”. Nunca pensé que mis conocimientos sobre comunicación empresarial me llevaran a una bodega en la Merced.

Quise recordar cómo había comenzado, pero mi cerebro ya no quería reaccionar. Quería dejarme morir tendido en un charco de agua. Cerré los ojos y un último pensamiento me cruzó por la mente: tenía que hablar con Gamma.

Llegué a la casa. Era un departamento encima de una tienda de jarcería, en donde la materia prima eran los limpiadores.

—Al menos olerá bien —le dije a Adriana cuando nos fuimos a vivir allí.

Ella me dirigió una sonrisa amarga, mitad mueca y mitad resignación. Hacía un mes la había corrido su mamá de la casa cuando la encontró con un hombre. Le dijo que era una puta, lo cual no era cierto… del todo. Lo cierto es que ella sólo aceptaba droga a cambio del sexo. Aún era algo selectiva, al menos en ese entonces. Ahora era mucho menos exigente.

La puerta principal tenía un candado y cada uno de los pisos tenía una puerta enrejada. Era una zona peligrosa. Adriana le decía a su mamá que vivía en la Balbuena, mitad verdad, mitad mentira, porque la colonia se llama Merced-Balbuena, pero a ella no le había tocado la Balbuena de los burgueses: la que estaba entre bancos y restaurantes. Su parte de colonia tenía más de central de abastos que de zona residencial. Para salir a trabajar tenía que esquivar media docena de diablitos y un par de carretones llenos hasta el tope de jitomates.

A mí me convenía la ubicación, porque quedaba cerca de la vecindad del Porfis. Después de todo, Adriana no tuvo mucho poder de decisión porque yo casi pagaba toda la renta. Él que paga manda. Adriana apenas y ganaba lo justo para ir tirando. Lo cierto es que algunas veces se traía algún trapo bonito. Destacaban entonces sus tetas, como dos fanales en medio de la noche.

Adriana y yo nos conocimos en el IQ, un antro de medio pelo. A los dos nos despidieron de nuestros trabajos casi al mismo tiempo. Ella era mesera. Habíamos logrado un buen acuerdo: yo le daba donde vivir y ella se encargaba de que mi vida no se cayera a pedazos. Su risa fuerte, sus calzones en la regadera, el ruido de los trastes en el fregadero me hacía recobrar un poco de la conciencia que podía preservar entre las pesadillas que me perseguían: monstruos sin cabello, lisos y húmedos, venían a atraparme, me acechaban por las noches, sin darme tregua. Pasé tantas noches así que llegué a aprenderme las grietas del departamento: auténticos pasadizos al infierno. A veces me llegaban flashazos de mi promisorio pasado, cuando trabajaba en la agencia de publicidad. Todo lo que tiré a la basura.

Eran las seis o poco menos. Lo único que alumbraba la penumbra de la escalera era un foco sucio de luz amarillenta y titilante. Entré de puntillas, sin querer despertar a Adriana. El grifo de la cocina está abierto. Vi agua y esquirlas de vidrio en el piso. Me detuve al empujar con el pie un trozo del vaso roto que tocó la mejilla de Adriana, inerme en el piso. ¿Qué pasó?

No tuve que tomarle el pulso. En cuanto le doy vuelta y vi sus ojos vidriosos: sé que está muerta. Pero no fue una sobredosis. Su cuerpo parecía tener señales de lucha. Adriana no es muy alta, pero es bastante fuerte, lo era, al menos. Seguramente se defendió. Al verla allí tirada, sin vida, sólo tengo una cosa en mente: matar a su asesino.

Llegué esa noche al IQ, Picas, guardia en turno, me dejó entrar sin mayor trámite. No sé si alguien más le llamaba Picas, pero así le decíamos Adriana y yo porque era extremadamente gordo y su cabeza terminaba en una especie de punta que acentuaba con gel.

La luz estroboscópica mantenía al IQ en una especie de animación suspendida. Mientras unos bebían y otros bailaban, las imágenes quedaban grabadas. Era como ver muchas fotos repetidas, una tras otra, de la misma escena, con leves variaciones: aquí un brazo, aquí una pierna, allá un cigarro encendido que antes no estaba.

Atravesé las mesas sin dejar de pensar en los ojos fríos y abiertos de Adriana, que se negaban a cerrarse.

Pensaba que el asesino de Adriana podía haber sido Gamma, pero no sabía donde encontrarlo. Gamma nunca estaba disponible, porque era él quien te encontraba a ti. Si quería, cuando quería.

—¡Eh! ¿Quién murió qué traes esa cara? —entonces supe que era Gamma: siempre había sido un pendejo.

Salimos. Llovía. A pesar de todo Gamma tenía escrúpulos y nunca hacía sus negocios dentro del IQ. Vendía, sí, a veces, una grapa o dos. Pero las cosas grandes, lo que debía ser tratado de forma especial, era en el callejón de atrás, un basurero tapizado con carteles de luchas. Era innecesario poner esos carteles allí porque nadie los veía. Pero allí estaban: formaban una capa grasienta y mugrosa, un papel tapiz de miseria que se amontonaba capa tras capa. Esa era mi mesa de negociaciones.

—Querías verme, güey.

—Sí. Pasó algo.

—¿Ahora qué? —la cara de fastidio, Gamma no estaba para minucias. Era un hombre ocupado, de negocios.

—Adriana está muerta —alzó los hombros, como distraído.

—Encárgate de tus cosas.

Era un cabrón, además de pendejo. Mezcla muy mala, pero da resultado. Alguna vez había ido a visitar a Adriana demasiado ebrio como para coger. Ella lo dejaba juguetear entre sus tetas mientras yo escuchaba los esfuerzos del pobre diablo por venirse. Su rostro pringoso era poco menos que vomitivo, pero Adriana era gentil como una madre bañando a un cachorro. Después de todo eso lo calmaba. Se quedaba tranquilo y al día siguiente nos regalaba un poco más de coca, espléndido cabrón.

—¿Sabes quién fue? —me dijo después de un silencio espeso.

—No. Llegué y estaba así.

—Y qué, ¿sí quieres saber?

Al salir del departamento pensaba en perseguir al asesino de Adriana. Ahora otro pensamiento me seguía, a la par.

—Me voy. No le debo nada a nadie. Y quiero irme.

—Hay un cuerpo en tu departamento, te puedo echar a la tira cabrón. No te vayas.

—No te pongas sentimental. Sabes que estamos en lo mismo.

Vi brillar la pistola del Gamma en su cinto. También yo llevaba la mía. Me pareció un buen escenario para morir enfrente del cartel que anunciaba una nueva pelea de Blue Demon Jr. contra Máscara de las Tinieblas. Gamma no sacó la pistola, sólo sonrió. Una sonrisa sucia que me dejó ver su dentadura podrida y amarillenta.

—¿Tienes fuego?

—No.

Sacó un cigarro, sin ofrecerme uno a mí. Lo prendió con un cerillo y se quedó fumando. Supe que entonces todo había terminado. Morir con un tiro por la espalda no cambiaría nada, casi quería sentir el olor a pólvora en el aire. Dicen que cuando una bala te da, nunca la escuchas. No la escuché esa vez, seguí caminando.

La casa de la playa era viejísima, parecía estar hecha de madera podrida, por lo apolillado de sus vigas. Sin embargo no tenía tantos años. Era quizá el agua, el sol. Todo lo desgastaba dejando un acabado antiguo, casi como un barco hundido que hubieran rescatado de la tormenta para mandarme a vivir allá.

Lejos de todo, incomunicado. En las cercanías sólo vivía una vieja vecina, la señora Flores, que de vez en cuando me iba a ofrecer una taza de té. Me hacía falta el té porque los primeros días tuve náuseas y quería meterme al mar y no salir. Pero me ataba con vendas a la cama y seguía vomitando, flores rojas como la sangre del piso del departamento. Fiebre y delirio.

—¿Quieres pastel? Suele acompañar bien el té de jazmín.

La voz de la señora Flores llegaba desde lejos. Ya estaba mejor. Ahora caminaba diariamente por la playa. Mis padres seguían enviándome dinero. Había pasado el tiempo pero nunca vi el reloj, ni los calendarios. Recordaba las volutas de humo sobre el póster de Blue Demon, pero había sido un sueño o una película. La señora Flores me miraba con su sonrisa desdentada: no dejaba de agradecerme por haber pintado su casa de blanco. Ese blanco que antes me traía tantos recuerdos: los espejos, el humo, las jeringas.

Llegué a inyectar a la señora Flores alguna vez. Ella estaba muy anciana como para bajar al hospital del pueblo. Era diabética y cuando se ponía mal ni siquiera podía hacer eso.

—No sé qué haría sin ti. Eres una bendición del Señor.

Bendiciones, sí… estábamos llenas de ellas. Un ventilador verde que zumbaba en el techo de mi casa, agitando el aire caliente sin refrescar. Esa arena gris y mugrosa, llena de petróleo; ese mar grasoso, que se agitaba frente a mis ojos.

Le sonreía a la señora Flores y la miraba. Su cuello arrugadito y frágil, sus tetas colgantes que debieron ser apetitosas alguna vez. ¿Como las de Adriana? Hacía un tiempo que no pensaba en ella.

—¿Tiene fotos de cuando era joven, señora Flores?

—¡Ah! Sí, tengo algunas. ¿Quieres verlas?

El calor seguía metiéndose por la ventana. Ese pesado calor que se viene con la marea del medio día. No quería moverme y hasta ver a la anciana merodear me daba vértigo. Cuando la vieja regresó, me encontró con los ojos cerrados. Tal vez por eso me sorprendió más al abrirlos y ver su foto en traje de baño: ese par de tetas, como dos fanales de auto, apuntando en la noche ciega de un mar oleaginoso.

—Sé que es una foto atrevida, pero… ya sabes, cuando una es joven se cometen tantas locuras… —dijo la anciana riéndose por lo bajo.

—Sí, lo sé —me surgió una sonrisa cálida.

Sentí esa sonrisa expandirse por mi rostro mientras mis manos se acercaban al cuello de la señora Flores, apreté hasta que hizo “crack”, sin más escándalo que el de un pollo. Era maravilloso tener el control. Es sorprendente tener la vida de una persona entre las manos y entregarse al alto vacío.

Luego me metí al mar grasoso y turbio. Hacía un calor de los mil demonios, pero estaba contento: al fin había descubierto al asesino de Adriana.

Misión Cyborg en el MIDE (Museo Interactivo de Economía)

Reseña por Mayra Daniel

Sin saberlo, diariamente se libra una batalla en el mundo: los Estafadroides, malhechores que amenazan las finanzas personales de las personas en todo el mundo se enfrentan a los Gladiadores. Esta es la trama detrás de «Misión Cyborg», la exposición del Museo Interactivo de Economía que celebra 18 años.

El Museo Interactivo de Economía, que ocupa el lugar que fuera el Antiguo Convento de la Orden de los hermanos de Belén, es ahora el escenario de esta exposición temporal en la que la Ciencia Ficción es clave para explicar los riesgos de bajar la guardia y hacer transacciones digitales descuidadas o tener contraseñas fáciles de adivinar.

La «Resistencia», todos los visitantes, podrán visitar el NODO, la central de reclutamiento donde los aspirantes a Gladiadores tendrán que aprender técnicas que te permitirán enfrentarte exitosamente a los Estafadroides: fortalecer tus contraseñas digitales, reconocer páginas falsas que solo buscan quitarte tus datos personales, no caer en promociones e invitaciones que son simples trampas para apoderarse de tus bienes digitales.

La red es un auténtico Laberinto y en Misión Cyborg puedes recorrerlo para aprender más sobre los consejos que te pueden proteger; además en el Coliseo podrás escuchar la historia del enfrentamiento permanente entre los Estafadroides y los Gladiadores.

El MIDE está de fiesta, pues este museo de la ciudad recientemente cumplió 18 años, así que al visitar esta exposición temporal serás parte de la celebración. ¡No te la pierdas! El Mide se encuentra en Tacuba 17, Centro Histórico, Ciudad de México.

Prólogo

Autora: Mayra Daniel


Como una araña que escudriña en archivos digitales, esta edición llega a explorar los entresijos de la oscuridad humana y los brillantes rincones en los que la luz parece herir los ojos. Esta exploración, aparentemente casual, reta también a los lectores a la experiencia de zambullirse en estas profundidad de peces abisales. ¿Es un agujero profundo en el jardín el hogar de un milagro o de un peligro demoníaco? La invitación es una herida abierta: imposible despegar la mirada.

Aunque hay debate sobre si el tiempo dedicado a la ficción es «tiempo perdido», en el sentido de que no se produce algo; quisiera señalar la relación simbiótica que escritor y lector logran en este acto de complicidad, caso como una función biológica. Esta fascinación lectora es un hilo metafísico: la vista traspasa el espacio entre la pantalla y la córnea.

El pacto silencioso entre el lector y la obra también es un desafío a la memoria, la presunción de que este lapso de atención quedará como en una de esas impresiones de luz solar de, cuando eramos niños, se quedaban incluso al cerrar los ojos.

Una colección como esta no es necesariamente un espacio prohibido, pero desafía la oferta de contenido que nos llama con ambiciosas promesas de colores, entretenimiento y risas. Dedicar, entonces, un momento para ver el vacío, la oscuridad, lo terrible, lo fantástico, es una decisión consciente.

No hay un consumo ingenuo de estas distopías, sabemos —desde el principio—, que algunos de estos espectros podrían quedarse a nuestra espalda, que algunas de estas incursiones a los pozos desvencijados del inconsciente de otra persona: el temor de ser secuestrado, la inquietud vaga de una vida solitaria o la resbalosa sensación de un reptil recorriendo tu piel desnuda, ese escalofrío podría permanecer en tu memoria por segundos… o décadas.

No pretende este prólogo ser un antídoto al miedo, ni un faro en la oscuridad: ¡al contrario! Desde esta esquina del mundo es la voz que te invita a sumergirte, el eco que te susurra: hazlo, viaja por la zona más umbría del alma.

Cuando haya un hueco en tu vida

Autora: Mayra Daniel


Siempre que haya un hueco en tu vida llénalo de amor.

Adolescente, joven, viejo: siempre que haya un hueco en tu vida llénalo de amor.

En cuanto sepas que tienes delante de ti un tiempo baldío, ve a buscar el amor.

No pienses: “sufriré”

No pienses: “me engañarán”

No pienses: “dudaré”

Ve, simplemente, diáfanamente, regocijadamente, en busca del amor.

¿Qué índole de amor? No importa: todo amor está lleno de excelencia y de nobleza.

Ama como puedas, ama a quien puedas, ama todo lo que puedas… pero ama siempre.

No te preocupes de la finalidad de tu amor.

El amor lleva en sí mismo su finalidad.

No te juzgues incompleto porque no se responden a tus ternuras: el amor lleva en sí su propia plenitud.

Siempre que haya un hueco en tu vida, llénalo de amor

Amado Nervo

Cuando haya un hueco en tu vida llénalo de ensayo. Es lo que este 2021 me ha enseñado: mientras trataba de revitalizar el impulso creativo, buscando hasta debajo de las piedras, no me percaté como las digresiones y las ideas se multiplicaron solas. Como esos musgos que crecen sobre las rocas, en una red poco comprendida de argumentaciones que se sostenían y se recuperaban solas, sin ser notadas.

Esa tarde había llegado tarde al taller de cuento y el coordinador estaba ya presumiendo su nueva lectura: una ficción que retrata los retos de un policía que se enfrentaba al crimen organizado en México. El libro, lleno de banderitas de colores separaba los momentos favoritos de su lector.

—¡Mira nada más esta chulada! Tan solo por este párrafo ya vale la pena todo el libro.

“Lo único verdaderamente organizado en México, es el crimen”, decía el subrayado imaginario de mi amigo.

Me pareció curioso que, la réplica desgajada del sentido, fuera en sí una tesis digna para un ensayo.

Me remonté en ese momento a una poesía de mi temprana adolescencia, cuando llenaba las hojas de un cuaderno con mis poemas favoritos y me encontré este de Amado Nervio, que me acompañó por años como un mantra: “Siempre que haya un hueco en tu vida, llénalo de amor”

Adolescente, joven, viejo…

El carácter atemporal del ensayo y su validez sin importar; y es que aunque la atribución hegemónica del pensar se le atribuye a los hombres, las ideas ensayísticas pueden vivir en cualquier lado y nacer de cualquier cabeza.

“No cualquiera puede ser un gran chef, pero un gran chef puede nacer en cualquier parte”

¿Cuántas veces hemos escuchado el más genial de los argumentos en la voz de un joven taxista o hemos sorprendido a la señora de las tortillas en formal locución sobre la economía doméstica? Sin importar el género o la edad, el tener ideas propicias para un ensayo no es algo privativo, por ello es el género en que nos permite indagar en la grandeza del alma humana.

¿De qué ha dependido que las ideas de ensayo dependan de hombres blancos europeos? De que generalmente tienen más tiempo para darle importancia al discurrir de sus pensamientos y uno tiene que hacer malabares entre las tareas de cuidado. Pero: ¿qué hay de ese gran ensayo que se te ocurre mientras le sacas las manchas a las calcetas de tu niño pequeño?

“Se va la vida, se va al agujero, como la mugre en el lavadero…”

En cuanto tengas un tiempo baldío

¿Cuánto tarda uno en escribir un ensayo? Esperando el desánimo de las multitudes se nos dice que el ensayo es un género exigente: requiere documentarse, se nos explica, se necesita mucha fortaleza argumentativa, se nos alerta; es una cosa muy seria, se nos previene.

Todas estas acotaciones alejan del ensayo a algunos, retomando este género como una hidra de muchas cabezas de serpiente maliciosas y dispuestas a soltarte una mordida al menor descuido.

¡No parpadees!

Sin embargo la generosa naturaleza del ensayo permite que las ideas sean incluso parabólicas, que tengan el vaivén de un barquito en la fuente: no todos los ensayos son la flecha de Guilermo Tell, ¡al contrario! Diría que algunos se regocijan en su ambigüedad y se explayan en sus metáforas.

Así como quien comienza la tarea de sembrar un huerto, sin saber exactamente el camino que tomarán las plantas que en él crecen, confiando en que las cucurbitáceas y las lilifloras tomarán cada una el espacio y la altura que necesitan, siempre que tengan el suelo fértil. Así las ideas y sus expresiones tendrán el espacio que necesitan, solo acotado por esa cerca final que es la fecha de entrega.

No pienses que tipo de ensayo

También ensayar es como bailar: mientras más piensas en ello, menos te sale; en algún momento debes dejarte fluir en ese cadencioso mar de letras tintineantes y entender que las clasificaciones son excelentes, maravillosas, muy necesarias. Todas estas taxonomías están hechas para que en las clases nos quede todo más claro.

Pero al escribir el lenguaje se desborda. (¿El ensayo será Piscis?), requiere una entrega, una rendición total, una delicada renuncia. Y es así, cuando colmada la sed de ensayar, nuestros labios saciados de ideas se detengan llegan los puntos finales y los compases de cierre que se van haciendo lentos, como el Fade Out de una canción que te encanta.

El ensayo lleva en sí su propia plenitud

¿Para qué escribimos ensayo? ¿Es para que otros piensen igual que nosotros? ¿Para demostrarnos algo? ¿Porque esas ideas necesitan un sustento material o digital que nos permita dejar una constancia de su existencia? ¿La idea misma existía antes de ser ensayada en nuestra cabeza?

El objetivo del ensayo parece ser elusivo, porque aunque leas un ensayo de algo en lo que no estás de acuerdo su propia existencia es transformativa: de la existencia del ensayo puede nacer su antítesis y su síntesis, pero sin esa semilla germinal no hay nada.

Es por ello que el ensayo lleva en sí su propia plenitud: la existencia de la idea. De allí que la frase de René Descartes podría reformularse: Pienso, por lo tanto ensayo.

Está lleno de excelencia y de nobleza

Veamos con detenimiento estos adjetivos, en el caso de Amado Nervo atribuídos al amor, en este símil, recién establecido, atribuibles al ensayo:

Excelencia: superior calidad o bondad que hace digna de aprecio y estima a una cosa o persona

¿Podemos querer un ensayo?, ¿un ensayo puede estar lleno de bondad y calidad?, ¿podemos llegar a apreciarlo y estimarlo?

En esta trayectoria de 5 meses leyendo ensayos recuerdo algunos que se han quedado a vivir en mi cabeza sin pagar renta, quizá el que más ternura me ha causado es “La anciana espacial” de Ursula K. Le Guin, pero también me hizo reír mucho G. K. Chesterton y sin duda entendí que los ensayos pueden ser excelentes.

Noble: viene de la latina Nobilis, que es lo mismo que non vilis, no vil o villano. Pero la verdad es que, Nobilis, se deriva del verbo Nosco, que es conocer, y así Nobiles es lo mismo que Noscivitas, de suerte que se llaman Nobiles, porque son conocidos, notables o notorios, en su calidad y sangre.

Ensayos conocidos y notables podemos encontrar también muchos; algunos, escritos con letra de oro en las bibliografías académicas, otros, descubiertos en revistas o encontrados en talleres como el que dio origen a estas reflexiones. Lo notable de un texto, nuevamente, no depende de su origen, si no de sus alas y las alturas de pensamiento que alcance.

No pienses: “sufriré”, no pienses: “me engañarán”, no pienses: “dudaré”

Pero eso sí, al leer ensayo siempre es necesaria una cierta complicidad, un cierto acuerdo entre ensayista y lector, en el que el mundo en el que transcurre el ensayo, sea ficcional o no ficcional, puede establecer su set de reglas del juego. Esta complicidad entregada del lector del ensayo con quien lo está escribiendo requiere esa disposición de ánimo que lleva su propia recompensa.

Ve, simple, diáfana, regocijadamente, en busca del ensayo.

El proceso mental para crear un ensayo a veces parece perseguirnos, buscarnos en las esquinas, jugar con nosotros en los letreros de los edificios y en las citas de los libros que leemos; algunos ensayos nos persiguen con regocijo, como quien juega a las escondidas, como quien se deleita provocándonos.

Seguir el juego del ensayo es seguir al propio pensamiento, ese conejo blanco que nos puede sorprender saltando de repente. Y en nuestra búsqueda de la idea siempre vamos un poco tarde, de allí que salir corriendo detrás de ella sea indispensable.

Tener la razón

Por Mayra Daniel


El tiempo me dará la razón”

Dicen: “el tiempo todo lo cura”; yo no estoy seguro que sea cierto. A veces, desde esta altura, pienso en que he sido poco razonable. Aunque en teoría mis pasos siempre van a un mismo ritmo, sé que los ojos que me miran, lánguidos, a veces están hechos para odiarme.

Pero, ¿acaso tengo yo la culpa? Es cierto, mi propósito es unívoco, no tengo forma de retroceder o ir más rápido: mi camino es claro y mi finalidad, exacta.

Ser el guardián del tiempo no es para nada un tema sencillo, pero tampoco puedo intervenir y hacer que el galán de esa muchachita llegue más rápido o ir más lento para que aquél joven llegue a su cita de trabajo.

Desde aquí veo muchas tragedias: perritos de peluche que se caen a los andenes y hasta uno que otro zafarrancho.

Mis días son tranquilos, hasta eso: van cambiando las publicidades en los carteles, veo nuevos peinados en las señoras y nuevos estilos en el ir y venir de los muchachos.

En todo este tiempo no he curado nada: estoy cierto, pero también he visto muchos encuentros. Parejas que corren uno a los brazos del otro, dedos que se entrelazan, mejillas que se besan.

A veces creo que no sirvo para nada, sí… Es que mis antepasados: un reloj de arena y una clepsidra, poseían éste misticismo de conectar con los elementos, pero yo fui hecho digitalmente, con un montón de cables y foquitos, a veces me siento desconectado.

Sí, he sido desconectado varias veces: una vez incluso me quedé detenido a las 14:20. Lo único que me consolaba, era saber que incluso un reloj de metro detenido tiene la razón dos veces al día.

Mi hermano está del otro lado del andén, hace mucho no lo veo de cerca. Íbamos en la misma caja el día que nos instalaron, pero desde entonces creo que estoy destinado a la soledad.

El tiempo es también una medida solitaria, quizá por eso nos entendemos. No está destinado ser para nadie, a complacer o cuidar. Diría que su vocación, por el contrario, es esa entropía del desgaste y el fallo.

Cuando me arreglaron me llevaron a un taller y quedé sincronizado con el reloj mundial; al menos eso dijo el técnico: “Quedó de diez”.

Acá abajo pasa de todo, cuando llegan los cantantes me gusta: el tiempo y la música se llevan bien. Yo solo cuento, ellos cantan: “Reloj, no marques las horas, porque voy a enloquecer… ella se irá para siempre de mí, cuando amanezca otra vez. Reloj, detén tu camino, porque mi vida se acaba, ella es la estrella que alumbra mi ser, yo sin su amor no soy nada”.

Nunca he visto las estrellas, eso me hubiera gustado. Ser un reloj que pudiera ver el cielo, que se alineara con los cuerpos celestes. Solo los conozco en los carteles de la publicidad en las paredes.

Un día dejé de ver personas: solo se iba a parar por allí el policía, hacía un rondín pequeño y se desaparecía. Debí suponer que ese sería el principio del fin.

“Si un árbol cae en medio del bosque y nadie lo escucha: ¿en verdad cayó?”, si un reloj marca el tiempo en una estación vacía y nadie lo mira, ¿en verdad pasa el tiempo?

Así, suspendido, vi desde el andén contrario como llegaba un técnico a desinstalar a mi hermano y lo sustituía por una televisión que nunca calla su voz. Mis días están contados, concluí.