Autora: Lety Medina (Wyber)

Título: Dream Hunter
Dimensiones: 28 x 42.99 cm
Técnica: Digital
Año: 2021
ColectivoDelfos.com licensed by https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/
Espacio virtual de formación artística alternativa y difusión cultural.
Autor: Héctor Miguel Rivero
Esa helada mañana de diciembre Daniel despertó con uno de sus ojos cubierto por una capa oscura, no física, más bien se hallaba al interior. Intentó alzar la voz, para luego arrepentirse: pronto comprendió que nadie lo escucharía dentro de las paredes del solitario departamento que habitaba. Respiró agitado. Cerró los parpados, intentando recrear en su mente las meditaciones que a diario consumía en Youtube. Dio por hecho que el velo negro que tapaba su campo visual era consecuencia de la miopía que desde niño lo aquejaba. «Seguro no es nada grave».
Aunque lo desconcertaba la imagen distorsionada de la taza de café sobre la mesa, contuvo la calma evitando entrar en pánico. Como aún faltaban dos horas para las nueve se tumbó a descansar. La estúpida reunión de staff comenzaba con el habitual: «Buenos y maravillosos días tengan todos ustedes, ¿cómo están hoy?», el falso optimismo de su manager le asqueaba.
Para ese momento ya veía con normalidad. La pared se había derrumbado. Fue tal como predijo: la sesión comenzó con los ya acostumbrados saludos matinales, pero la mujer no estaba. Su reemplazo anunció que estaría ausente por un problema de visión que ocasionó una visita al médico de último momento. Todos le desearon pronta recuperación, excepto Daniel, que no prestó mayor atención pues aún llevaba en su cabeza ese extraño despertar.
El día transcurrió sin mayores contratiempos. Al caer la noche se percató que su gran compañera, la ansiedad, sin darle tregua, lo haría suyo de nuevo. Y así fue. Se la pasó dando vueltas en la cama, bañado por un sudor frío que le recorría la espalda y ahogaba el pecho. Se levantó muy temprano, el sol irradiaba todo su fulgor, pero Daniel se lo perdía.
—¿Bueno?
—Hermano, llévame al hospital, desperté y estoy ciego.
A la espera de Andrés, Daniel intentó vestirse tanto como su visión nublada se lo permitía, pero terminó luciendo como un niño pequeño con la ropa mal puesta. El área de urgencias era una sucesión de personas formando una fila interminable.
—¿Ya viste? —preguntó Andrés—. Llevan parches, usan lentes negros.
—¿Qué esperabas? ¡Es un hospital para la ceguera!
Esperaron por dos horas hasta que el doctor los atendió:
—Y bien, ¿qué le sucedió? Cuéntamelo todo.
—Ayer desperté con la visión obstruida; bueno, más bien era como una mancha negra que cubría la mitad de mi ojo derecho. Y hoy tengo la misma sensación, sólo que en ambos ojos, ¡sí! Así fue.
El doctor se balanceaba sobre la silla giratoria, moviendo la cabeza en señal de aprobación. Apoyó el bolígrafo sobre el mentón para analizar al hombre:
—Seré muy claro con usted: a raíz del último sismo se han presentado una cantidad impresionante de casos de ceguera parcial o total. No, no se asuste, no ponga esa cara, esto se debe a la nube de partículas de concreto y metal que se formó por el derrumbe de los grandes edificios.
—Y, ¿tiene cura? —preguntó Daniel sentado al borde del asiento.
—Le voy a recetar unas gotas muy buenas, aunque costosas. ¿Cuenta con seguro de gastos médicos?
Al llegar a casa, vertió sobre sí, cada gota del medicamento todos los días, con tal religiosidad hasta que el bote se vació. Y pese a tantos cuidados seguía sin ver. La actitud positiva que el doctor mostraba, contrastaba con un Daniel cada día más impaciente, con una visión que iba y venía, a veces completa, a veces a medias, a veces nada.
¡Cuánto añoraba la vida de antes! Para matar el tiempo se la pasaba sumergido en redes sociales, deleitando su escasa vista con noticias sobre la guerra en oriente y crímenes sangrientos por todo el país. Hasta que fue imposible seguir por las náuseas que le provocó el caso del hombre que, en pleno arranque de ira, arrojó a un perro vivo en aceite hirviendo. El reel de la pantalla se quedó suspendido con el reportero que informaba frente a cámara:
—Javier, nos encontramos en casa de doña Julia, una de las múltiples víctimas de esta extraña afección que ataca a los habitantes de nuestra ciudad. Ella asegura haberse curado de forma peculiar…
—Pachita, ella lo cura —sus ojos brillaban, mostraban curiosidad por tocar el micrófono con su mano arrugada y repleta de manchas marrones. El resto de sus declaraciones se limitaron a monosílabos y frases entrecortadas. El frustrado reportero intentaba en vano arrancarle una buena declaración.
—Bueno Javier, hasta aquí mi informe. —dijo antes de mirarla con desprecio.
«¿Pachita?»
Horas más tarde, Google le mostró la historia de la mujer que dedicó su vida a curar casos de pacientes desahuciados y enfermos terminales con resultados asombrosos. Hasta que murió a finales de los ochentas. «Mucha búsqueda para nada».
Con furia lanzó el celular lo más lejos posible. No se percató de la ola de manifestantes cubiertos con pasamontañas que destruyeron una estación del Metrobús, ondeando pancartas con dibujos de rostros con parches. El aroma de la incertidumbre ennegrecía el ambiente. Una idea se le vino de repente: la mujer habló de un pueblo, pero no lograba recordar el nombre. Una búsqueda minuciosa produjo el resultado deseado:
—¿Saraguato? ¿Dónde chingados queda eso?
—Ya te lo dije Andrés, es el lugar donde nació la curandera que sanaba, ahí quedaron sus enseñanzas y con suerte hay más como ella.
—¿Quieres que te acompañe hasta allá, solo por el video de una pinche viejita?
—Busco una cura. No te imaginas el martirio de tomar esos medicamentos, ir con doctores. ¡Nadie tiene una respuesta clara! Ya no veo. ¿Qué más da?
De pronto las palabras huyeron…
—¿A qué hora salimos?
Saraguato era un poblado al norte de Hidalgo. Para llegar condujeron por tres horas en carretera, hasta que tomaron la desviación que marcaba la entrada al camino de terracería, donde un grupo de campesinos les bloqueaba el paso, exigían a las autoridades el agua necesaria para regar sus cultivos. Un examen cercano reveló los daños en sus rostros curtidos por el sol: surcos gruesos que atravesaban la piel, pero lo peculiar era la vivacidad infantil en sus ojos.
Las calles polvorientas estaban desiertas. Parecía que ni los fantasmas deseaban vivir ahí. Después de varias vueltas encontraron la única tienda abierta, había un anciano dentro, tan encorvado que apenas sobresalía del mostrador. El cabello le volaba muy despacio por el aire que emanaba de las aspas oxidadas del pequeño ventilador.
Andrés alzó la voz:
—¡Señor!
El hombrecillo no se movía, se mantenía concentrado en un punto fijo en la pared, con la mirada llena de vida, tal como sucedió con los manifestantes, que contrastaba con su cuerpo marchito y desgastado.
—Señor, buscamos a la gente de Pachita.
—Ya murió —respondió el anciano en tono seco.
—Pero hay seguidores de ella, ¿no? Vimos en televisión que…
—Váyanse. Ustedes no son de aquí, no sea que les vaya a pasar algo —pronunció con voz firme y pausada, mientras acariciaba el mango del machete que tenía enfrente.
Los hermanos terminaron de beber y colocaron las botellas de refresco con suavidad, procurando no acrecentar la molestia del anciano. La tarde se les fue aguantando negativas y puertas cerradas. Incluso al pedir indicaciones a las pocas almas que desafiaban al sol abrasador, que intentaba traspasar con ferocidad el techo metálico del auto. A punto de darse por vencidos se toparon con un oasis: la posada El Salvador.
Andrés se opuso a la idea de hospedarse:
—Estás loco. En este pueblo no hay nada, ¿a qué nos quedamos?
—Tengo un buen presentimiento, escuchaste como habló el viejo, en cuanto mencioné a Pachita cambió el tono de voz. ¡Hasta sacó el machete!
Dos veces seguidas tocaron la campanilla de la recepción. Y nada. A lo lejos resonaron los pasos de una mujer que los recibió con singular alegría:
—Sean ustedes bienvenidos —saludó con gran amabilidad, dirigiéndole a Andrés la última palabra.
Era una posada desgastada, maltrecha por el uso y el desuso, el polvo inundaba los muebles de madera, que apenas y se mantenían en pie. Ella los condujo al segundo piso, atravesando un estrecho pasillo hasta la última habitación.
—No duden en llamarme si necesitan algo— sonrió la mujer mientras cerraba la puerta muy despacio.
Andrés le devolvió la sonrisa.
Ya bien entrada la noche, Daniel se movía por el colchón que rechinaba constantemente, de nuevo víctima de sus pensamientos. Tomó una ducha de agua fría y ni así logró mitigar el calor infernal.
—¿Estás despierto?
No obtuvo respuesta. Imaginó la figura de Andrés, durmiendo plácidamente, inmune a los reclamos del cuerpo y a las penurias vividas. Entre la oscuridad buscó las sandalias y se dirigió a la otra cama, sentándose en el borde con sumo cuidado. Se conmovió al grado de pedirle perdón por traerlo a tan estéril aventura. Habló y habló en un monólogo infinito. Pero la réplica no llegaba.
—¿Estás dormido?
Corrió las sábanas y se encontró con varias almohadas apiladas a lo largo.
—¡Cabrón!
Intentó dormir de nuevo, abrazando con furia la almohada sumamente desgastada que parecía una hoja de papel. Se lanzó a hurgar en la maleta de su hermano, buscando un «toquecito» para combatir el estrés. Sacó la ropa, los zapatos, la pijama roja de franela, «¿para este calor?».De pronto se dio cuenta: su vista estaba de regreso. Toda la habitación era visible: el marco de las ventanas que corrían de techo a piso, las pesadas cortinas raídas, a través de las cuales la luz de la luna se colaba a raudales.
—¡Puedo ver! —gritó entusiasmado.
La mancha se esfumó, pero no así esos gemidos que aumentaban en intensidad. Bajó por las escaleras guiado por el sonido que crecía a cada paso, hasta adentrarse a un paraje descampado en forma de semicírculo, al centro una mezcla amorfa de cuerpos se movía con singular éxtasis: un hombre con escamas en todo su cuerpo con cabeza de reptil pasaba sus garras sobre la mujer que yacía recostada, aullando en una extraña mezcla de placer y dolor, la sangre brotaba de las cuencas vacías que por inercia se movían. La figura del reptil contrastaba con el oscuro firmamento en el que brillaban los racimos de estrellas en una procesión interminable.
Daniel intentó huir, para solo tropezar, desde el suelo contempló la hipnótica cadencia de aquellos seres. El hombre lo miraba con extrañeza, intentando captar las vibraciones que viajaban por el aire, eso causó un gran miedo en Daniel, que se levantó como de rayo y corrió tanto como pudo, atravesó laderas empinadas con la arena llegándole a los tobillos, huía del aliento caliente de la criatura, que le raspaba con sus escamas cerca de él.
Cuando se sintió a salvo, apoyó las manos sobre las piernas y se detuvo en cuclillas respirando con fuerza, hasta que comprendió que nadie lo perseguía. Estaba solo. Tan lejos, que pronto se percató que vestía una playera ligera, insuficiente para las bajas temperaturas del desierto.
El frío arreciaba en el bosque de cactus, que muy erguidos vigilaban en silencio a los malaventurados que desafiaban sus gruesas espinas, dispuestos a desgarrar hasta la coraza más dura. Caminó muy despacio por la pendiente, desde donde divisó el pueblo en total penumbra. El cactus más alto, servía de casa a un búho que giraba la cabeza casi por completo. Daniel sentía que el corazón se le reventaba, agitado por la carrera a campo traviesa. Aun en medio de la penumbra captaba todos los detalles, por monstruosos que fuesen y eso no solo le asustaba, al contrario, le producía una gran felicidad.
—Te dije que te fueras —dijo una voz madura que salía de entre las espinas.
Era el anciano de la tienda. Solo que ahora ya no se encorvaba, estaba de pie con plena fortaleza, hablando con una voz de trueno que arrasaba a su paso. Sus ojos seguían chispeantes de deseo, se cubría la espalda con la piel seca de un animal y en la mano sostenía un largo trozo de madera, a modo de báculo.
—No me voy a ir —dijo Daniel con voz entrecortada. —Quiero respuestas. —aseguró regulando la respiración.
—No seas pinche necio. Ya tienes lo que buscabas, vete de aquí, porque si no, sabrás cosas que muy pocos conocen. La Tierra habló, está indignada por el trato que le dan los de tu especie, por eso clama desde las entrañas. Todos tendrán que escucharla.
Ambos se observaron unos segundos, hasta que el joven se decidió:
—Quiero ver esas cosas de las que hablas…
El anciano suspiró. Colocó la mano a la altura de la frente de Daniel, que comenzó con un escozor y ni los movimientos bruscos de sus manos mitigaron la sensación, a tal grado que sus dedos atravesaron las capas más profundas de su entrecejo hasta formar un hueco. Buscó alivio con respiraciones rápidas y cortas. El viento lo empujaba como si cientos de rayos chocaran con su cuerpo, la sensación era muy placentera, así que olvidó por completo la advertencia del anciano:
—¡No abras los ojos por ningún motivo!
Un destelló blanquecino se abrió paso hasta que Daniel perdió la conciencia de sí mismo, pasó a un plano en el que todo le fue dado: un nuevo mañana, un amanecer atravesando la noche, un cielo tan claro que ni las nubes lo empañaban, se hallaba en medio de un valle reverdecido por cientos de flores y plantas, distinto a las tierras áridas de antes. A lo lejos vislumbró el hogar del búho, que lo miraba clavándole esas pupilas de un negro infinito en los que se diluía el tiempo.
—Ya despiértate —le gritó Andrés a la vez que le arrojaba una maraña de calcetines sucios.
Había amanecido.
—¿Dónde estuviste anoche? —preguntó Daniel bostezando.
Andrés salió del baño y contestó travieso:
—En el cielo —y rio de forma estrepitosa.
Conocía el significado de esa risa. Horas después se alistaron para hacer el check out. Los recibió la mujer que emanaba un aire de satisfacción, difícil de pasar por alto. Daniel la miraba con desdén. Durante el trayecto Andrés le contó los pormenores de su escapada con la recepcionista, era otra aventura amorosa, de esas que Daniel odiaba escuchar.
Muy pronto se halló en casa, tirado en el sofá, pensando si aquello fue un sueño o solo el producto de una imaginación desbordada. Su búsqueda no le permitió encontrar a los curanderos milagrosos. Se preguntaba cuáles eran los secretos de aquel misterio.
Su visión estaba de vuelta, renovada y fresca, incluso más que en el pasado.
Metió la mano entre una torre de publicaciones viejas a punto de caer y sacó la portada de un bebé sonriente, recostado sobre el pasto. Llevó los dedos a la frente, justo en medio de sus ojos. Colocó la otra mano a unos centímetros del papel: el artículo principal resaltaba la importancia del sueño prolongado en los niños pequeños, le pareció poco creíble ya que se basaba en conjeturas de una influencer que aseguraba ser una experta en el tema.
Arrojó la revista de un manotazo y buscó hasta dar con un thriller sobre un asesino alejado de la civilización, viviendo en un poblado lleno de otros como él, curando extraños males. El final le pareció trillado, pero después de todo, solo demoró unos cuantos minutos en devorar el contenido.
Él lo haría mejor, su libro resultaría mucho más sorprendente: un hombre que pierde la visión y la recupera después de una experiencia mística, para al final saberse portador de un gran poder: el de la visión extraocular con solo acercar su mano, como por osmosis. ¡Sí! Esa sería su historia. Después de todo, ¿quién notaría la diferencia entre la verdad y la ficción?
Autora:Karla Itzel Chable Tamayo (Emptyheart)

Título: «Deriva»
Autora: Karla Itzel Chable Tamayo
Técnica: Dibujo digital
Dimensión: 1650 X 2100 px
Año: 2024
Autora: Bianca Quijano

Bianca Quijano es abogada de formación, profesora por vocación quien encontró en el dibujo una herramienta educativa para representar el imaginario de aquellos acontecimientos que si bien, pueden ser narrados, se apoyan de las imágenes para abrir la puerta al reconocimiento de emociones. Prefiere ilustrar y escribir sobre mujeres y su relación con la naturaleza.
Actualmente vive en Tijuana donde participa en el ámbito educativo y en proyectos en beneficio de las mujeres.
Autor: Roberto Carlos Garnica Castro
Los dorados brazos de aquél que se alimenta del agua grana de los sacrificios se filtraron por la ventana de su celda, él levantó su rostro moreno y visualizó que la punta inferior de cada rayo se presentaba como una mano abierta.
Entrecerró los ojos y sintió que su cuerpo semidesnudo era como una varita de vainilla que se pone a tostar al sol. Era la época más fría del año en el Cemanáhuac y esas cálidas caricias eran uno de los mayores placeres que un muchacho como él podía experimentar.
El aspirante a sacerdote se desperezó, sacudió la cabeza, inspiró profundamente y se dispuso a herir sus brazos, sus piernas y su pene con las agudas espinas del maguey.
Todo lo hacía mecánicamente y lo mismo daba si se trataba de la mortificación matutina o nocturna, de la reproducción de imágenes mentirosas en el papel amate o con el barro, de la lectura o declamación de las flores y los cantos, por no hablar de las actividades más corrientes como comer, dormir u orinar.
—¿Acaso algo es verdad sobre la tierra? ¿Sólo venimos a soñar? —se preguntaba con insistencia.
“Aunque sea de jade se quiebra,
aunque sea oro se rompe,
aunque sea plumaje de quetzal se desgarra”
“Como una pintura nos iremos borrando,
como una flor,
nos iremos secando.”
Cuando leía, escuchaba o repetía los versos del sabio Coyotehambriento. No se trataba de palabras hueras, sutiles o simplemente bellas —como lo eran para sus compañeros y maestros— sino de filosas espadas, pesadas piedras, volcánicos fuegos.
Ya era tiempo de dirigirse al refectorio, pero en lugar de salir de su celda se sentó con calma sobre el petate color de maíz con las piernas entrecruzadas y la palma de las manos sobre sus rodillas. Estaba decidido a no volver a hablar, a no volver a caminar, a no volver a comer y ni siquiera a abrir nuevamente los ojos.
¡¿Qué más da?! Si lo mismo es hacer o no hacer, lo más juicioso es no resistir, dejar de hacer hasta no vivir más.
Fue hasta que Meztli iluminó con su pálida luz la nuca del muchacho inerte que algunos de sus compañeros, preocupados, se introdujeron en su celda para preguntarle por qué no había salido en todo el día, pero él no se inmutó y, al parecer, había logrado dejar de oír. Llamaron a sus maestros e intentaron levantarlo, pero no lograron moverlo ni un ápice, parecía una estatua de obsidiana de tonos rojizos y azulados que despedía un fuerte olor a cardosanto.
Llegó el amanecer y el joven pensador seguía allí, pasaron días, años, siglos, milenios y el viejo monje seguía ahí.
No había ya ni una piedra de su antigua escuela y los hombres del quinto sol hace mucho que habían dejado de andar sobre la tierra.
Finalmente, su corazón se llenó del Señor y de la Señora de la Dualidad, del que es invisible como el viento y de la que es negra como la noche; adquirió la capacidad de endiosar las cosas, sonrió con resignación porque a nadie podía ya transmitir su sabiduría.
Autor: Luis Flores Aguilar
La tarde ha traído consigo nubes oscuras que cubren la ciudad. Las banquetas aún están húmedas de la lluvia anterior. Algunos de los restaurantes y comercios ya están cerrando: un comedor vegetariano y su tienda naturista, del otro lado de la acera una librería baja su cortina.
Sonia camina por la acera y se detiene para ver la numeración de los edificios. Se cubre con un largo saco que le llega hasta las rodillas. Se dirige a una tienda cercana donde pregunta si está cerca de la dirección que busca. El encargado la mira antes de responder, desde sus zapatos de tacón y sus medias oscuras hasta su rostro y su largo cabello negro.
―Es aquel edificio ―le dice, y no puede dejar de mirarla después de que le agradece y se aleja con gracia. El portero del edificio la deja entrar sin preguntar a dónde va.
Sonia sube por una estrecha escalera hasta el último piso. En la puerta del departamento toca con tres golpes suaves. No hay respuesta. Vuelve a tocar un par de minutos después, con mayor fuerza. Acerca el oído a la puerta y escucha pasos adentro.
Insiste nuevamente, diciendo:
―Ábrame por favor, necesito una medicina.
―Ya cerramos, venga mañana ―se oye una voz grave detrás de la puerta.
―Por favor, me urge, tengo un enfermo que la necesita.
La puerta se entreabre, apenas lo suficiente para que el inquilino examine a Sonia.
Sus ojos son grandes y oscuros, rodeados de arrugas, unas cejas poco pobladas y unas bolsas que cuelgan del párpado.
―El vendedor ya se fue a casa, mujer; regresa por la mañana, él te atenderá.
―No puedo esperar señor, tengo que llevarle la medicina a mi madre enferma, solo aquí la puedo conseguir.
El hombre da un largo suspiro y cierra la puerta. Sonia se mantiene a la expectativa, oyendo los pasos dentro del departamento.
Momentos después escucha los cerrojos de la puerta abrirse.
―Pasa muchacha, no tengo mucho tiempo para atenderte, así que dime que cosa necesitas.
El hombre de algo más de cincuenta años de edad, de cara redonda, algo pálido, lleva puesto una especie de sombrero, un turbante, que le cubre la cabeza hasta arriba de las cejas, muy abultado sobre su frente.
La habitación se encuentra cubierta de estantes y repisas con frascos y cajas de diversas formas y tamaños, hay un olor a hierbas, alcohol e incienso, por todos lados hay amuletos y figurillas de porcelana.
―¿Tiene Raíz del misionero? ―Pregunta Sonia tímidamente.
―¿Por eso me quitas el tiempo? ¿Cuánto quieres?
Sonia no le responde, tan solo mira al hombre; de uno de los estantes toma una caja de cartón, la abre y saca una bolsa que contiene la raíz. Toma una bolsa de papel y espera la respuesta de Sonia.
―¿Entonces qué? ¿La vas a llevar o no?
―Usted es Don Pantaleón, ¿verdad?
El hombre deja la caja y la bolsa, tuerce la boca en un gesto de enfado.
―Ya veo, viniste aquí a tratar de engañarme.
―No, le aseguro que todo es cierto, necesito una medicina para mi madre enferma, una medicina que solo usted me puede dar.
―Olvida lo que te han contado, no hay nada mágico en eso, solo estas perdiendo el tiempo.
―La gente que me mandó dice todo lo contrario.
―Sí, me imagino quién te habrá mandado. Hay quienes pagarían una fortuna por él, pero puedes decirle que no va a obtener nada de mí, ya me cansé de que me esté molestando.
―Por favor, señor, solo necesito un poco; con un trozo pequeño bastará.
―No quiero hablar más de eso, vete muchacha que me quitas el tiempo.
Pantaleón abre la puerta y con suavidad empuja a Sonia, pero ella se resiste.
―Se lo ruego, le daré lo que usted me pida, solo un pedacito.
De su bolso Sonia saca un fajo de billetes que muestra a los ojos de Pantaleón.
―No seas ilusa niña, no podrías llegar a tentarme, siquiera.
―Tengo más. Del otro bolsillo extrae un collar de diamantes que igualmente le ofrece.
―Sal de una vez, que me vas a enfadar. Con delicadeza, pero firme Pantaleón pone a Sonia fuera del departamento, ella aún se resiste y sigue rogando.
―Por lo que más quiera, haré lo que sea.
Antes de cerrar totalmente la puerta Pantaleón afloja la fuerza con la que la empuja fuera.
―Lo que sea por un trozo, lo que usted me pida.
Con nuevo interés Pantaleón vuelve a mirar a Sonia desde la misma rendija. Sonia entiende lo que el hombre está pensando, acaricia la mano con la que Pantaleón empuja.
Sin palabras la puerta se abre, Sonia vuelve a entrar. Pantaleón pone el cerrojo, medita parado junto a la puerta.
―Entonces, esto es por lo que vienes.
Se quita el turbante, descubriendo su cabeza y un cuerno que surge de su frente, cual unicornio.
Sonia lo mira con admiración, es del largo y el grueso de un dedo índice, blanco como hueso; ha crecido en espiral como caracol marino.
―Es hermoso, ¿por qué?
―¿Quieres decir que cómo me salió? Yo mismo no lo sé, un día me apareció una bolita dura en la frente y siguió creciendo; los doctores dicen que es una malformación, los religiosos dicen que es una señal diabólica, otros dicen que es un milagro. Durante algún tiempo viaje con un circo, ahí fue donde empezaron a decir que es mágico. Y la gente lo creyó, a cada rato llega alguien que quiere un pedazo de mi cuerno; dicen que tiene propiedades medicinales, que aumenta el vigor y no sé cuántas patrañas más. Pero por más que les explico que nada de eso es cierto, siempre llega un ingenuo como tú, dispuesto a todo por un trozo de magia verdadera.
Sonia lo mira pensativa, como si dudara entre la palabra de Pantaleón y su propia fe.
―Bien muchacha, ¿sigues tan segura de darme lo que quiera por un poco de mi tumor?
Sonia se quita el saco y lo deja caer al suelo. Se acuclilla frente a Pantaleón.
―Espera niña ―Dice excitado―. Tengo un lugar especial para esto, sígueme.
Pasan a otra habitación a través de una cortina de cuentas.
El suelo entero está cubierto por un colchón de pared a pared, encima hay mantas, almohadas y cojines. Pantaleón ajusta la luz de la habitación a una media penumbra, enciende un tocacintas y surge música hindú.
―Ten cuidado con el cuerno muchacha, una vez le saque el ojo a una mujer.
El acercamiento fue lento, pero tuvieron sexo intenso y prolongado, ambos conocían las técnicas del Kamasutra.
Acostados uno junto al otro se toman un respiro.
―Hace tiempo que no me sentía tan bien ―Murmura Pantaleón—. ¿Por qué no vienes mañana a esta misma hora? Verás lo que te puedo preparar, placer ilimitado.
Sonia sonríe, gira para colocarse sobre Pantaleón, lo besa girando el cuello para evitar lastimarse con el cuerno.
—Lo siento, únicamente son negocios.
Sonia agarra con su mano derecha el cuerno y con la izquierda se apoya en la cara de Pantaleón haciendo presión y asfixiándolo a la vez.
Se revuelca tratando de librarse, pero ella lo sujeta con todo su peso encima de él.
Sonia jala con todas sus fuerzas, Pantaleón lanza un grito de dolor y coraje cuando con un crujido se desprende el cuerno desde su base. Con un máximo esfuerzo logra liberar sus brazos, pero siente la punta del cuerno clavándose sobre su corazón. Se queda quieto. Sonia mantiene el cuerno presionando su pecho como una daga.
―Te vas a quedar ahí, sin moverte, hasta que yo me haya ido o verás lo que te pasa.
Sin quitarle la vista de encima, Sonia se cubre con su saco.
―¿Sabes? —dice Pantaleón con voz resignada― En verdad creí lo de tu madre enferma.
―La codicia es enfermedad del alma ―responde Sonia antes de salir.
***
―Fue tal como usted me dijo, maestra, aquí está el cuerno.
Sonia lo entrega a una mujer madura que lo recibe con evidente satisfacción.
―Lo conseguiste entero hija mía, me has superado, felicidades.
―Tenía razón, su debilidad son las mujeres.
―Así es, Sonia. Ahora debemos usar esto con prudencia, porque la próxima vez será más difícil de conseguir.
―¿Acaso le volverá a crecer?
―Ya le ha crecido muchas veces antes y le saldrá uno nuevo en poco tiempo. Se volverá más desconfiado; pero hoy has hecho un buen trabajo.
Sonia sonríe satisfecha de haber complacido a su maestra, una mujer de un solo ojo.
Autor: Pedro N. Sacristán

Título: "Un Dragón para San Jorge" Técnica: dibujo a tinta 35 cm x 26 cm 2005 Autor: Pedro Sacristán
Autor: Miguel López González
Otro día aburrido en el lugar donde trabaja Víctor, es un martes lento para la oficina de registro de autores. Un par de canciones melosas, un autor primerizo que se tuvo que guiar de cabo a rabo para que al final no cumpliera con los requisitos y un joven escritor que llevó una antología de cuentos modernos, esa fue su carga laboral del día que ya casi terminaba.
Justo media hora antes del cierre, llegó un hombre a su ventanilla. Estirando un poco su joroba de burócrata, Víctor comenzó a atenderlo de la manera usual.
—Buenas tardes, señor. ¿Qué tramite desea realizar? —dijo Víctor en su casi robótica bienvenida de siempre.
—Buenas tardes —respondió aquel hombre— vengo a registrar esta novela.
El hombre, que a duras penas media un 1.50, sacó de su maletín de piel maltratada, un pequeño libro no mayor a cien páginas. La portada era un dibujo de una especie de cavernícola de color verde y un hombre del espacio apuntándolo con una pistola de rayos láser; una ilustración bastante retro. El arte le recordó a Víctor esas caricaturas viejas de Flash Gordon de los años ochenta que vio en televisión, pensó que algo así era anticuado para la época actual, pero ¿quién era él para juzgar?
—Muy bien señor, permítame sus dos ejemplares, su identificación, el formato ya lleno con todos los datos y su comprobante de pago.
El señor procedió a dar todo que le habían pedido de manera algo nerviosa, algo normal cuando se trata de realizar un trámite en cualquiera que fuere la oficina de gobierno.
—Al parecer todos sus documentos están correctos —indicó Víctor— su obra es una novela con nombre “Encuentro en la nebulosa”, ¿es correcto?
—Así es, joven.
—Su nombre es Rafael Jiménez Prieto y es el autor, ¿correcto? —preguntó nuevamente el burócrata.
—Si joven, ese mi nombre y yo soy el autor.
Víctor comenzó a revisar uno de los ejemplares que le fueron entregados. Se trataba de una novela con algunas ilustraciones a color, se quedó viendo una de ellas: la escena consistía en aquel cavernícola de la portada, este se encontraba escondido en una especie de fábrica abandonada y dos hombres futuristas parecían estarlo buscando. Aquel dibujo le causó una buena impresión, pues el arte manejaba muy bien las luces y las sombras dándole un aspecto simiesco al cavernícola; mientras que los hombres del espacio portaban cascos metálicos muy bien detallados, además que los gestos de los personajes se notaban muy bien trazados y expresivos. Pensó que tal vez antes de pasar los ejemplares a la siguiente oficina debería de echarle un buen ojo a uno, a veces las obras que le tocaba procesar resultaban excelentes trabajos y esta le había llamado bastante la atención.
Después de regresar a la realidad y espabilar un poco, Víctor notó que la computadora le estaba enviando una advertencia: la obra ya había sido registrada y hace tan solo dos minutos.
—Señor, la computadora me indica que esta obra ya ha sido registrada hoy mismo —dijo Víctor, leyendo lo que indicaba el monitor— a nombre de… Rosa Preciado Estévez.
—Eso es imposible, ¡esto lo escribí yo! —afirmó de manera muy enérgica el hombre bajito.
Víctor salió de su ventanilla y fue preguntando en cada una de las ventanillas de sus compañeros por la mujer que había registrado la novela. En la penúltima de estas, una de sus compañeras platicaba con una mujer algo escandalosa. Decidió interrumpir la charla tan amena que estaban teniendo.
—Disculpe señora, ¿es usted la autora de “Encuentro en la nebulosa”?
—Sí joven, yo soy la escritora, ¿tan rápido me he vuelto famosa? —respondió la mujer con un tono entre broma y egocentrismo.
La susodicha autora no era mayor a los cincuenta años y parecía una señora que podrías encontrar en la fila de las tortillas: una mujer robusta, de cabello rubio teñido, un vestido de flores y anillos de fantasía en cada uno de los dedos regordetes de sus manos. “A veces los escritores son muy llamativos, pero también había sus excepciones”, pensó Víctor.
—¿Podría ir a ventanilla número tres por favor? —pidió Víctor a la mujer— mientras tomó uno de sus ejemplares que se encontraba en el escritorio de su compañera.
En la ventanilla de Víctor los dos autores se encontraron. Se dieron las buenas tardes y el trabajador de la numero tres comenzó a hablar:
—Estas cosas suelen ocurrir, pero nunca me había tocado que los dos posibles autores de una obra trataran de registrarla al mismo tiempo —mencionó Víctor—. Los dos indican ser los autores de la misma novela.
La pareja de autores se miró con ojos grandes como de gato lampareado, no dejaron de mirarse de arriba hacia abajo, sin embargo, la mujer fue la primera en hablar:
—Es imposible que este hombre diga ser el autor, yo escribí eso y solo yo puedo ser la autora de la obra —sentenció de una forma muy tajante la señora Rosa.
—Señora no quiero ser grosero, pero si hay un autor yo lo soy. Además, seguro que solo estamos coincidiendo en el nombre —respondió de manera tranquila el hombre bajito.
Víctor pensó en esa posibilidad también, aunque cuando vio el ejemplar de la mujer, esa casualidad dejo de ser posible. La portada, si bien no era idéntica, tenía demasiadas similitudes, empezando porque se trataba de un cavernícola verde y un hombre futurista, solo que el arte era diferente, parecía haber sido pintado con acuarela en vez de tintas vinílicas como lo era la portada del señor Rafael.
—No sé de que se trate, pero podríamos hacer una pequeña prueba. Abriré una página al azar en uno de los libros y buscaré la misma página en el otro, veremos si coinciden o hay alguna variación —les dijo Víctor.
Así lo hizo. La página setenta y dos comenzaba con: “ciertamente no esperábamos tanta resistencia de un ser tan primitivo como lo era él”. No había ninguna duda, se trataba de la misma historia, así que rápidamente buscó la primera ilustración que había llamado su atención en el primer ejemplar y lo cotejó con el de la señora Rosa. Ahí se encontraba la misma escena: el cavernícola escondido y los hombres buscándolo en una especie de fábrica abandonada; aunque claro, el arte era diferente, era más bien como una escena acuosa debido a las acuarelas y no había tanto juego de luces como en la primera ilustración del señor Rafael.
—Señores, no sé qué decir al respecto. Supongo que alguno de los dos le robó la idea al otro, pues sería mucha coincidencia que escribieran el mismo libro, además, como se puede ver a simple vista dudo que se conozcan.
—¡Claro que no conozco a esta mujer! —vociferó el señor Rafael— debe de ser una ladrona. Debió de obtener mi manuscrito de alguna manera.
—Disculpe chaparro, pero yo no le he robado nada —se defendió la mujer— ¡Porque todo esto yo lo he soñado!
El pequeño hombre quedó impresionado con la respuesta, y balbuceó de manera torpe:
—Pe-pero si-si yo también lo he soñado.
El rostro de la señora Rosa dejó muy en claro que no esperaba esa respuesta y del color rojo carmesí que tenía a causa de la ira que sentía, su rostro se tornó de un color pálido como el yeso de un solo golpe.
Un silencio incomodo invadió la oficina de registro por algunos segundos, mientras todos los trabajadores y personas que se encontraban realizando sus trámites dirigieron sus miradas hacia la ventanilla donde estaba ocurriendo la escena. Después todos regresaron a sus actividades burocráticas al ver que nada más pasaba.
—Señores, creo que esto lo tendrán que arreglar en alguna instancia. Les invito a que se retiren y preparen bien su caso —mencionó con un tono conciliador Víctor—. Puedo decir que será algo difícil para sus abogados.
No hubo más pelea ni alegatos entre los susodichos autores de la novela, lo extraño de la situación los había dejado sin ganas para seguir la discusión. Debido a lo acontecido, ambos se retiraron, aunque guardando su distancia y con una precaución que estaba a nada de convertirse en miedo.
Víctor tenía una sensación extraña, pero lo más seguro es que alguno de los dos le haya robado al otro su texto y que posiblemente tuvieran que ir a juicio para pelear por la autoría como suele pasar en esas situaciones.
Al otro día, la oficina recibió a siete personas tratando de registrar “Encuentro en la nebulosa”, todas afirmaban tres cosas: ser el autor, la historia la habían soñado y sus ejemplares, al igual que los del día de ayer, eran idénticos, exceptuando las ilustraciones que tenían la misma idea, aunque los estilos artísticos eran diferentes. Todo esto generó un caos y el director de la oficina tuvo que intervenir, aunque sin una solución rápida, pues era la primera vez que se presentaba semejante situación y no había algún protocolo para algo así.
Al finalizar la jornada se llamó a junta. Víctor expuso la situación que había tenido lugar el día de anterior, como él también se había sorprendido y hoy lo estaba más al ver que el caso se había multiplicado. La conclusión a la que la junta había llegado es que posiblemente se trataba de una broma o algo elaborado por el señor Rafael o la señora Rosa; quizá con el objetivo de entorpecer el registro o molestar a la oficina, asimismo se planeó en no hacerle acaso ni atender a las personas si es que sucedía de nuevo. Llamar a la policía sería la mejor opción.
Al día siguiente aún más autores aparecieron, esta vez eran más de quince y todo se volvió un caos pues nadie sabía qué hacer con semejante caso. Conforme pasaron los días de la semana, el número de asistentes a realizar el registro crecía sin control. La administración decidió suspender actividades en la dependencia hasta nuevo aviso ya que la situación se estaba saliendo de las manos. A causa de esto mandaron a todo el personal a casa hasta que se elaborara un plan ante lo acontecido.
Tomando su merecido descanso, sin goce de suelto eso sí, Víctor comenzó a ver que el evento ya era cubierto por noticias de otros estados del país y hasta casos en el extranjero se estaban presentando. Era el comienzo de una extraña epidemia.
Una mañana Víctor se despertó con una necesidad desesperada y frenética de escribir; tomó su laptop y comenzó a teclear de una manera que parecía poseído. Sus dedos volaban en el aire, ni siquiera en la época en que se dedicó a llenar bases de datos se habían movido de esa manera tan demencial, casi fantasmagórica.
Al finalizar su trance, se dio cuenta que en el monitor se encontraba escrito un título: “Encuentro en la nebulosa». No le interesó lo que acababa de suceder, pues en su interior una idea, una necesidad, una tarea se sobrepuso a cualquier otro asunto en su mente. Tan solo pudo susurrar para él mismo:
“Debo ilustrarla”.
Autor: L. Ángel Arreola R.
En un universo paralelo, existe una tierra muy similar a la nuestra, pero con una peculiaridad: en ella la alquimia y la magia son la fuente principal de desarrollo, al igual que en el nuestro lo son la ciencia y la tecnología. Además, en esta tierra las artes tienen un gran protagonismo, y se conocen como el pentagrama de bellas artes: la pintura, la escultura, la literatura, la música y la danza. Algunas personas nacen con un don especial que las convierte en artistas capaces de llevar su arte a niveles inimaginables.
Estos artistas son tratados como superhéroes, pues usan su don para hacer el bien y proteger la vida, tanto de quienes intentan extinguirla como de quienes intentan quitársela. Esta tierra alternativa a la nuestra posee un vergel singular, no solo de flora y fauna, sino también de mentes. Es un paisaje efímero donde las ideas revolotean como mariposas, tejiendo arcoíris de esperanza; en donde cada color representa una página de superación, con matices que narran experiencias similares, pero distintas en su esencia única.
Esta es la historia de un sonetista de esa realidad, donde la magia y el arte se pueden fusionar y manifestar para solo unos cuantos elegidos por la mística energía que reside en ese mundo. El sonetista tenía un don especial, que le permitía componer versos que tocaban el alma de los oyentes, y que les hacían reflexionar sobre sus acciones y sus consecuencias.
El sonetista estaba cansado de ver cómo muchas personas de su entorno se dejaban llevar por la depresión, la ansiedad, la autodestrucción, la ambición, la codicia y la violencia, y cómo olvidaban los valores de la vida, el arte y la naturaleza. Quería provocar un cambio, un gran cambio, en la forma de pensar y de actuar de esas personas, y al mismo tiempo, quería darles una lección que no debían olvidar jamás, para que se dieran cuenta de sus errores y se arrepintieran de ellos. Así que decidió usar su don al máximo, y crear un encantamiento muy poderoso, que afectaría a toda su comunidad.
Un día, reunió a la mayor cantidad de habitantes que le fue posible, y les habló con versos que tendían puentes hacia la comprensión que les mostraban la belleza y la armonía que les rodeaban, y que les invitaban a renacer como seres mejores:
En el jardín de las mentes floridas,
en donde todos los colores cuentan,
se encuentran todas las almas que alientan,
y comparten temor agradecidas.
Tan solo necesitan ser oídas,
y que comprendan las luchas que enfrentan,
apoyando y animando a quienes mientan,
por prejuicios que nunca salvan vidas.
¡Presten atención! ¡Requieren ayuda!
Cada persona busca pervivir,
sin importar si la persona es muda.
Lo que en verdad importa es convivir,
y prevenir la existencia con duda,
demostrando esperanza y fe en vivir.
El eco de estas palabras desencadenó un cambio sutil, pero profundo en el vergel mental: el paisaje efímero donde las ideas revoloteaban como mariposas. Las mariposas, que antes eran símbolos de esperanza, comenzaron a metamorfosearse en criaturas de pesadilla, reflejando los miedos más oscuros de las mentes que las albergaban. Los arcoíris desaparecieron, y cada color, que antes representaba una página de superación, se manifestó en formas inimaginables: desde sombras que se alimentaban del temor hasta luces que destilaban conocimiento prohibido.
La comunidad, que antes vivía en armonía con la naturaleza y el arte, pero que se había sumido en una distopía mental por su mal actuar, ahora se encontraba inmersa en este poderoso encantamiento que les hacía dudar de su existencia, de su identidad, de su propósito. Descubrieron, con horror y fascinación, los monstruos que acechaban en las sombras eran manifestaciones de sus propios demonios internos: de sus culpas, de sus traumas, de sus secretos.
El horror y la fantasía se entrelazaron en una danza caótica, revelando verdades incómodas y desafíos insondables, que les obligaban a enfrentarse a sí mismos y a los demás. Incluso se materializaron seres de otros mundos, de otras realidades, que buscaban comprender la complejidad de las mentes humanas, y que se sorprendieron al ver el caos que reinaba en el vergel mental. Estos seres, curiosos y benevolentes, se aliaron con aquellos que ansiaban la verdadera esencia de la comprensión y la superación, y que no se dejaban vencer por el encantamiento del sonetista. Juntos, buscaron la forma de restaurar el equilibrio en el vergel mental y recuperar la esperanza en aquellos que la habían perdido.
En medio de este caos, el sonetista emergió como el guía de la comunidad, utilizando sus versos como un faro en la tormenta que él mismo había causado, pero con un buen propósito. Logrando que cada una de sus estrofas se convirtieran en un conjuro que desafiaba a las criaturas de la oscuridad y abría puertas a nuevos horizontes de conocimiento y autodescubrimiento. Su poderoso encantamiento se desplegaba en múltiples capas, donde los límites entre la realidad y la imaginación se volvían difusos.
Dentro de esas fronteras, cada una de las palabras del sonetista era como un hilo en el tapiz de la existencia, tejiendo una narrativa que desafiaba las leyes de la lógica y exploraba los rincones más oscuros y luminosos de la mente. El sonetista, en medio de su poderoso encantamiento, se dio cuenta de que él no estaba exento de su propio poder y decidió que no solo quería cambiar a su comunidad, sino también a sí mismo. Quería comprender el origen de su don, el propósito de su arte, el sentido de su vida; liberarse de sus propias cadenas, de sus propios miedos, de sus propios secretos. Quería alcanzar la plenitud de su ser, la armonía de su alma, la belleza de su espíritu; ser el maestro de su destino, el creador de su realidad y el autor de su propia historia.
Y así, inmersos todos en el poderoso encantamiento que situaba al vergel de mentes en una realidad y fantasía que convergían en una misma, la comunidad aprendió que la verdadera superación no radicaba en evitar los miedos, sino en enfrentarlos y transformarlos en la paleta de colores que pintaban su propia historia. Con cada desafío superado, el arcoíris volvía a brillar, más fuerte y vibrante que nunca, marcando un camino iluminado por la creatividad, la comprensión y la esperanza.
A medida que las mariposas de la esperanza se enfrentaban a las criaturas de la oscuridad, las sombras se retiraban ante la luz de la comprensión y la solidaridad. La comunidad se dio cuenta de que el encantamiento del sonetista no era una maldición, sino una bendición: una oportunidad de crecer y evolucionar, de descubrir y crear, de amar y ser amados.
El sonetista, por su parte, se sentía orgulloso de su obra, pero también humilde y agradecido, pues sabía que no era el único autor de la historia, sino que cada mente era un coautor, un colaborador, un compañero. Juntos, formaban una sinfonía de voces, una obra de arte, una obra de vida. Sin embargo, cada victoria traía consigo nuevas revelaciones y desafíos, extendiendo el poderoso encantamiento hacia horizontes inexplorados.
Cuando todo parecía que estaba mejorando, surgió la penumbra de la incertidumbre. Los colores del arcoíris se intensificaron, revelando capas más profundas de la psique humana. Los alienígenas, como atentos vigilantes, se convirtieron en espejos de los anhelos y temores terrestres, desafiando las nociones preconcebidas de la realidad. Los protagonistas, ahora líderes en su propia odisea mental, se adentraron en las entrañas del vergel, enfrentándose a pesadillas que desafiaban la lógica y a seres interdimensionales que cuestionaban la propia naturaleza de la existencia.
El encantamiento se volvía una sinfonía de tensiones, fusionando las polifacéticas mentes en una danza deslumbrante. Cada paso, cada giro, cada salto, era una prueba de valor, de ingenio, de amor; cada nota, cada acorde, cada melodía, era una expresión de arte, de magia, de vida; cada mente, cada corazón, cada alma, era una chispa de luz, de esperanza, de cambio.
El sonetista, convertido en un alquimista de palabras, destilaba versos que actuaban como conjuros, moldeando la realidad a su antojo. Logrando que cada estrofa no solo narrara la historia, sino que también guiara a los personajes a través de los laberintos de su propia psique, enfrentando sus miedos más profundos y descubriendo verdades que desafiaban la razón.
En el apogeo de su encantamiento, cuando la comunidad pensaba que había alcanzado la cima de la comprensión, un giro inesperado introdujo elementos de horror puro. Las mariposas, que antes eran símbolos de esperanza, se transformaron en criaturas grotescas, representando la dualidad de la esperanza y la desesperación. En ese instante, cada batir de sus alas era un recordatorio de la fragilidad de la mente humana y la fina línea entre la cordura y la locura. Los monstruos internos, que habían sido vencidos por la luz de la comprensión, resurgieron con una ferocidad renovada, desafiando a los personajes a enfrentarse a sus propios abismos. La línea entre la realidad y la ilusión se desvanecía, sumergiendo a la comunidad en un torbellino de pesadillas que amenazaban con devorar la razón misma.
El sonetista, consciente de su responsabilidad, se propuso poner fin a su encantamiento, pero pronto se dio cuenta de que no era tan fácil. Su obra se había vuelto autónoma, y él ya no tenía el control. Su don se había convertido en su maldición, y su arte en su condena. Solo le quedaba una esperanza: confiar en la fuerza de su comunidad, en la capacidad de superación de cada mente, en el poder del amor y la solidaridad. Solo así podrían escapar de la pesadilla, y volver a la armonía.
El sonetista, preocupado por el rumbo que había tomado su obra, decidió concentrar todo el poder que le quedaba y desempeñar ahora el papel de chamán poético, para liderar a su comunidad a través de este laberinto onírico. Tejiendo versos que actuaban como anclas en la realidad distorsionada, en su hechizo cada palabra gestaba un brillo propio, que guiaba a los personajes a través de los reinos del horror, donde lo incomprensible se entrelazaba con lo inefable.
Los seres interdimensionales, que habían llegado como curiosos observadores, presentaban tecnologías alienígenas que desafiaban las leyes conocidas de la física y la lógica. Los protagonistas se encontraban atrapados en realidades alternas, donde las reglas del tiempo y el espacio se retorcían como hilos en un telar del multiverso desconocido. En este crisol del hechizo, el encantamiento se desbordaba con nuevos personajes, cada uno aportando su propia perspectiva única a la historia. Aliados inesperados surgían de los pliegues del espacio-tiempo, ofreciendo su ayuda y su sabiduría, mientras enemigos ancestrales amenazaban con desentrañar la tejedura misma de la realidad, buscando su destrucción y su dominio.
El sonetista, que había pasado de ser un simple chamán poético a un narrador omnisciente, narraba con versatilidad, adaptando su tono poético a las cambiantes circunstancias. En donde, cada descripción era una obra maestra literaria, pintando cuadros mentales vívidos que transportaban a los lectores a dimensiones inexploradas. A medida que el encantamiento se expandía hacia nuevos horizontes, los personajes se enfrentaban no solo a los horrores externos, sino también a los demonios internos que se revelaban en las profundidades de sus almas.
El pasado y el presente se entrelazaban en una danza melancólica, revelando conexiones inesperadas y verdades sepultadas bajo capas de olvido. La tensión alcanzaba su punto álgido cuando los protagonistas se encontraban en el epicentro de un cataclismo cósmico, donde la realidad misma estaba en juego. Allí, debían tomar una decisión crucial: seguir el camino del sonetista, que les prometía una nueva era de comprensión y armonía, o rebelarse contra su encantamiento, que les imponía una visión única y autoritaria. La elección no era fácil, pues implicaba renunciar a una parte de sí mismos, a una parte de su historia, a una parte de su realidad. ¿Qué harían los protagonistas? ¿Qué haría el sonetista? ¿Qué haría el lector?
El sonetista, que había asumido el papel de narrador omnisciente, decidió convertirse también en guía espiritual, para intentar salvar a la mayor cantidad de almas posibles. Recitando versos que resonaban en las fibras del universo, desencadenaba un éxtasis poético que desafiaba las fuerzas oscuras que amenazaban con devorar la existencia misma. En el clímax de su obra, donde los límites entre la fantasía y la realidad se desdibujaban, los personajes se enfrentaban a una elección trascendental: sucumbir a la oscuridad o abrazar la luz interior que yacía en lo más profundo de sus seres.
La narrativa se volvía una reflexión filosófica sobre la naturaleza del miedo, la esperanza y la redención. En ese momento, el sonetista tejía un epílogo con cada palabra que resonaba en las almas de los lectores, dejando una impronta indeleble en la historia del vergel de mentes. La comunidad, transformada por las vicisitudes de su odisea, emergía como una entidad colectiva, un tejido de experiencias entrelazadas que formaban el tapiz de la existencia misma.
En esta coyuntura de sucesos, los colores del arcoíris se fusionaban en un resplandor etéreo, simbolizando la síntesis de las experiencias humanas. Todas las experiencias de las mentes involucradas convergían en una amalgama única, donde la creatividad y la exploración de la psique humana se erigían como pilares fundamentales. Dejando atrás la travesía a través de los reinos de la imaginación, donde las palabras del sonetista actuaron como un conjuro que desentrañó los misterios del alma humana, la comunidad se preparaba para afrontar un nuevo desafío: integrar lo aprendido en su vida cotidiana, y compartirlo con el resto del mundo. En este vergel de mentes, donde la realidad y la fantasía se entrelazan, la comunidad aprendió que, al enfrentar los horrores internos, se forjaba la verdadera superación; y que la esperanza, como el arcoíris, resplandece más intensamente después de la tormenta.
En un último destello de poesía cósmica, el sonetista alzó su pluma como una varita mágica, trazando un verso final que resonaría a través de los tiempos. Las mariposas, que habían sido criaturas de pesadilla, se transformaron en fulgores de luz que ascendieron hacia el firmamento, disipando las sombras y llevando consigo los miedos que alguna vez habitaron las mentes. Los protagonistas, que habían adquirido sabiduría y fortaleza, contemplaron el horizonte de posibilidades infinitas que se desplegaba ante ellos. Los colores del arcoíris se dispersaron en el cosmos, sembrando semillas de inspiración en cada rincón de la existencia. El vergel de mentes, que había sido iluminado por la resplandeciente huella de la superación, se erigía como un monumento a la capacidad humana de transformar la oscuridad en luz.
En el silencio interdimensional que siguió, el sonetista, con una mirada serena y cansada cerró el libro de esta odisea literaria, justo antes de caer al suelo. Había pagado un alto precio por su obra maestra: al trazar el verso final, agotó toda la energía y el poder que le quedaban, quedando al borde de la muerte. Su comunidad, unida por la experiencia compartida que llevaba consigo las lecciones aprendidas en el vergel de mentes, se había vuelto sabia y fuerte, después de haberse aventurado a explorar los límites de la imaginación.
Entonces, antes de que decidieran dispersarse hacia nuevos horizontes, la comunidad se dio cuenta de todo el esfuerzo que hizo el sonetista, de todo lo que pasó, de todo lo que tuvo que hacer y del máximo sacrificio que hizo: dar todo por ellos. Así que, se reunió toda la comunidad y formó un círculo alrededor de él; todos colocaron sus manos unos sobre otros, y los más cercanos al sonetista, que se encontraba tirado en el suelo, pusieron sus palmas sobre él, cubriéndolo por completo, comenzándose a formar un aura colorida alrededor. Habían logrado transmitir el sentir colectivo y transformarlo en energía mística, la misma que les propiciaba el don a los elegidos. Momentos después, el aura que lo envolvía se fusionó con él, salvando su vida. Él se levantó y observó a todos a su alrededor y, con lágrimas en los ojos, les dijo:
—Muchas gracias por haberme escuchado y leído. ¡Gracias!
Las palabras son el instrumento más poderoso que tenemos para crear o destruir nuestra realidad, para iluminar o ensombrecer nuestra mente, para conectar o alejar a las personas, para expresar o reprimir nuestro ser. Usémoslas con responsabilidad, sabiduría y amor.
Nota del editor.
Posterior a la publicación y edición de este número, el editor detecto uso de inteligencia artificial (I)A en este texto, lo cual obligó a reconsiderar los términos de la convocatoria y añadir un límite de uso a un máximo de 5%. Es interesante cómo la tecnología ha incrementado nuestras capacidades, sin embargo, la búsqueda de esta publicación es de textos honestos y humanos que busquen trascender a su autor para formar parte de la gran tradición literaria, así como incentivar al público general a permitirse la maravillosa experiencia de la escritura. Al momento de haberse publicado este cuento, no existía pronunciación alguna en nuestra convocatoria respecto al uso de IA, por lo cual, se considera legítima la publicación en el sentido de que aquello que no está prohibido, está permitido.