El sonetista y su don

Autor: L. Ángel Arreola R.


En un universo paralelo, existe una tierra muy similar a la nuestra, pero con una peculiaridad: en ella la alquimia y la magia son la fuente principal de desarrollo, al igual que en el nuestro lo son la ciencia y la tecnología. Además, en esta tierra las artes tienen un gran protagonismo, y se conocen como el pentagrama de bellas artes: la pintura, la escultura, la literatura, la música y la danza. Algunas personas nacen con un don especial que las convierte en artistas capaces de llevar su arte a niveles inimaginables.

Estos artistas son tratados como superhéroes, pues usan su don para hacer el bien y proteger la vida, tanto de quienes intentan extinguirla como de quienes intentan quitársela. Esta tierra alternativa a la nuestra posee un vergel singular, no solo de flora y fauna, sino también de mentes. Es un paisaje efímero donde las ideas revolotean como mariposas, tejiendo arcoíris de esperanza; en donde cada color representa una página de superación, con matices que narran experiencias similares, pero distintas en su esencia única.

Esta es la historia de un sonetista de esa realidad, donde la magia y el arte se pueden fusionar y manifestar para solo unos cuantos elegidos por la mística energía que reside en ese mundo. El sonetista tenía un don especial, que le permitía componer versos que tocaban el alma de los oyentes, y que les hacían reflexionar sobre sus acciones y sus consecuencias.

El sonetista estaba cansado de ver cómo muchas personas de su entorno se dejaban llevar por la depresión, la ansiedad, la autodestrucción, la ambición, la codicia y la violencia, y cómo olvidaban los valores de la vida, el arte y la naturaleza. Quería provocar un cambio, un gran cambio, en la forma de pensar y de actuar de esas personas, y al mismo tiempo, quería darles una lección que no debían olvidar jamás, para que se dieran cuenta de sus errores y se arrepintieran de ellos. Así que decidió usar su don al máximo, y crear un encantamiento muy poderoso, que afectaría a toda su comunidad.

Un día, reunió a la mayor cantidad de habitantes que le fue posible, y les habló con versos que tendían puentes hacia la comprensión que les mostraban la belleza y la armonía que les rodeaban, y que les invitaban a renacer como seres mejores:

En el jardín de las mentes floridas,

en donde todos los colores cuentan,

se encuentran todas las almas que alientan,

y comparten temor agradecidas.

Tan solo necesitan ser oídas,

y que comprendan las luchas que enfrentan,

apoyando y animando a quienes mientan,

por prejuicios que nunca salvan vidas.

¡Presten atención! ¡Requieren ayuda!

Cada persona busca pervivir,

sin importar si la persona es muda.

Lo que en verdad importa es convivir,

y prevenir la existencia con duda,

demostrando esperanza y fe en vivir.

El eco de estas palabras desencadenó un cambio sutil, pero profundo en el vergel mental: el paisaje efímero donde las ideas revoloteaban como mariposas. Las mariposas, que antes eran símbolos de esperanza, comenzaron a metamorfosearse en criaturas de pesadilla, reflejando los miedos más oscuros de las mentes que las albergaban. Los arcoíris desaparecieron, y cada color, que antes representaba una página de superación, se manifestó en formas inimaginables: desde sombras que se alimentaban del temor hasta luces que destilaban conocimiento prohibido.

La comunidad, que antes vivía en armonía con la naturaleza y el arte, pero que se había sumido en una distopía mental por su mal actuar, ahora se encontraba inmersa en este poderoso encantamiento que les hacía dudar de su existencia, de su identidad, de su propósito. Descubrieron, con horror y fascinación, los monstruos que acechaban en las sombras eran manifestaciones de sus propios demonios internos: de sus culpas, de sus traumas, de sus secretos.

El horror y la fantasía se entrelazaron en una danza caótica, revelando verdades incómodas y desafíos insondables, que les obligaban a enfrentarse a sí mismos y a los demás. Incluso se materializaron seres de otros mundos, de otras realidades, que buscaban comprender la complejidad de las mentes humanas, y que se sorprendieron al ver el caos que reinaba en el vergel mental. Estos seres, curiosos y benevolentes, se aliaron con aquellos que ansiaban la verdadera esencia de la comprensión y la superación, y que no se dejaban vencer por el encantamiento del sonetista. Juntos, buscaron la forma de restaurar el equilibrio en el vergel mental y recuperar la esperanza en aquellos que la habían perdido.

En medio de este caos, el sonetista emergió como el guía de la comunidad, utilizando sus versos como un faro en la tormenta que él mismo había causado, pero con un buen propósito. Logrando que cada una de sus estrofas se convirtieran en un conjuro que desafiaba a las criaturas de la oscuridad y abría puertas a nuevos horizontes de conocimiento y autodescubrimiento. Su poderoso encantamiento se desplegaba en múltiples capas, donde los límites entre la realidad y la imaginación se volvían difusos.

Dentro de esas fronteras, cada una de las palabras del sonetista era como un hilo en el tapiz de la existencia, tejiendo una narrativa que desafiaba las leyes de la lógica y exploraba los rincones más oscuros y luminosos de la mente. El sonetista, en medio de su poderoso encantamiento, se dio cuenta de que él no estaba exento de su propio poder y decidió que no solo quería cambiar a su comunidad, sino también a sí mismo. Quería comprender el origen de su don, el propósito de su arte, el sentido de su vida; liberarse de sus propias cadenas, de sus propios miedos, de sus propios secretos. Quería alcanzar la plenitud de su ser, la armonía de su alma, la belleza de su espíritu; ser el maestro de su destino, el creador de su realidad y el autor de su propia historia.

Y así, inmersos todos en el poderoso encantamiento que situaba al vergel de mentes en una realidad y fantasía que convergían en una misma, la comunidad aprendió que la verdadera superación no radicaba en evitar los miedos, sino en enfrentarlos y transformarlos en la paleta de colores que pintaban su propia historia. Con cada desafío superado, el arcoíris volvía a brillar, más fuerte y vibrante que nunca, marcando un camino iluminado por la creatividad, la comprensión y la esperanza.

A medida que las mariposas de la esperanza se enfrentaban a las criaturas de la oscuridad, las sombras se retiraban ante la luz de la comprensión y la solidaridad. La comunidad se dio cuenta de que el encantamiento del sonetista no era una maldición, sino una bendición: una oportunidad de crecer y evolucionar, de descubrir y crear, de amar y ser amados.

El sonetista, por su parte, se sentía orgulloso de su obra, pero también humilde y agradecido, pues sabía que no era el único autor de la historia, sino que cada mente era un coautor, un colaborador, un compañero. Juntos, formaban una sinfonía de voces, una obra de arte, una obra de vida. Sin embargo, cada victoria traía consigo nuevas revelaciones y desafíos, extendiendo el poderoso encantamiento hacia horizontes inexplorados.

Cuando todo parecía que estaba mejorando, surgió la penumbra de la incertidumbre. Los colores del arcoíris se intensificaron, revelando capas más profundas de la psique humana. Los alienígenas, como atentos vigilantes, se convirtieron en espejos de los anhelos y temores terrestres, desafiando las nociones preconcebidas de la realidad. Los protagonistas, ahora líderes en su propia odisea mental, se adentraron en las entrañas del vergel, enfrentándose a pesadillas que desafiaban la lógica y a seres interdimensionales que cuestionaban la propia naturaleza de la existencia.

El encantamiento se volvía una sinfonía de tensiones, fusionando las polifacéticas mentes en una danza deslumbrante. Cada paso, cada giro, cada salto, era una prueba de valor, de ingenio, de amor; cada nota, cada acorde, cada melodía, era una expresión de arte, de magia, de vida; cada mente, cada corazón, cada alma, era una chispa de luz, de esperanza, de cambio.

El sonetista, convertido en un alquimista de palabras, destilaba versos que actuaban como conjuros, moldeando la realidad a su antojo. Logrando que cada estrofa no solo narrara la historia, sino que también guiara a los personajes a través de los laberintos de su propia psique, enfrentando sus miedos más profundos y descubriendo verdades que desafiaban la razón.

En el apogeo de su encantamiento, cuando la comunidad pensaba que había alcanzado la cima de la comprensión, un giro inesperado introdujo elementos de horror puro. Las mariposas, que antes eran símbolos de esperanza, se transformaron en criaturas grotescas, representando la dualidad de la esperanza y la desesperación. En ese instante, cada batir de sus alas era un recordatorio de la fragilidad de la mente humana y la fina línea entre la cordura y la locura. Los monstruos internos, que habían sido vencidos por la luz de la comprensión, resurgieron con una ferocidad renovada, desafiando a los personajes a enfrentarse a sus propios abismos. La línea entre la realidad y la ilusión se desvanecía, sumergiendo a la comunidad en un torbellino de pesadillas que amenazaban con devorar la razón misma.

El sonetista, consciente de su responsabilidad, se propuso poner fin a su encantamiento, pero pronto se dio cuenta de que no era tan fácil. Su obra se había vuelto autónoma, y él ya no tenía el control. Su don se había convertido en su maldición, y su arte en su condena. Solo le quedaba una esperanza: confiar en la fuerza de su comunidad, en la capacidad de superación de cada mente, en el poder del amor y la solidaridad. Solo así podrían escapar de la pesadilla, y volver a la armonía.

El sonetista, preocupado por el rumbo que había tomado su obra, decidió concentrar todo el poder que le quedaba y desempeñar ahora el papel de chamán poético, para liderar a su comunidad a través de este laberinto onírico. Tejiendo versos que actuaban como anclas en la realidad distorsionada, en su hechizo cada palabra gestaba un brillo propio, que guiaba a los personajes a través de los reinos del horror, donde lo incomprensible se entrelazaba con lo inefable.

Los seres interdimensionales, que habían llegado como curiosos observadores, presentaban tecnologías alienígenas que desafiaban las leyes conocidas de la física y la lógica. Los protagonistas se encontraban atrapados en realidades alternas, donde las reglas del tiempo y el espacio se retorcían como hilos en un telar del multiverso desconocido. En este crisol del hechizo, el encantamiento se desbordaba con nuevos personajes, cada uno aportando su propia perspectiva única a la historia. Aliados inesperados surgían de los pliegues del espacio-tiempo, ofreciendo su ayuda y su sabiduría, mientras enemigos ancestrales amenazaban con desentrañar la tejedura misma de la realidad, buscando su destrucción y su dominio.

El sonetista, que había pasado de ser un simple chamán poético a un narrador omnisciente, narraba con versatilidad, adaptando su tono poético a las cambiantes circunstancias. En donde, cada descripción era una obra maestra literaria, pintando cuadros mentales vívidos que transportaban a los lectores a dimensiones inexploradas. A medida que el encantamiento se expandía hacia nuevos horizontes, los personajes se enfrentaban no solo a los horrores externos, sino también a los demonios internos que se revelaban en las profundidades de sus almas.

El pasado y el presente se entrelazaban en una danza melancólica, revelando conexiones inesperadas y verdades sepultadas bajo capas de olvido. La tensión alcanzaba su punto álgido cuando los protagonistas se encontraban en el epicentro de un cataclismo cósmico, donde la realidad misma estaba en juego. Allí, debían tomar una decisión crucial: seguir el camino del sonetista, que les prometía una nueva era de comprensión y armonía, o rebelarse contra su encantamiento, que les imponía una visión única y autoritaria. La elección no era fácil, pues implicaba renunciar a una parte de sí mismos, a una parte de su historia, a una parte de su realidad. ¿Qué harían los protagonistas? ¿Qué haría el sonetista? ¿Qué haría el lector?

El sonetista, que había asumido el papel de narrador omnisciente, decidió convertirse también en guía espiritual, para intentar salvar a la mayor cantidad de almas posibles. Recitando versos que resonaban en las fibras del universo, desencadenaba un éxtasis poético que desafiaba las fuerzas oscuras que amenazaban con devorar la existencia misma. En el clímax de su obra, donde los límites entre la fantasía y la realidad se desdibujaban, los personajes se enfrentaban a una elección trascendental: sucumbir a la oscuridad o abrazar la luz interior que yacía en lo más profundo de sus seres.

La narrativa se volvía una reflexión filosófica sobre la naturaleza del miedo, la esperanza y la redención. En ese momento, el sonetista tejía un epílogo con cada palabra que resonaba en las almas de los lectores, dejando una impronta indeleble en la historia del vergel de mentes. La comunidad, transformada por las vicisitudes de su odisea, emergía como una entidad colectiva, un tejido de experiencias entrelazadas que formaban el tapiz de la existencia misma.

En esta coyuntura de sucesos, los colores del arcoíris se fusionaban en un resplandor etéreo, simbolizando la síntesis de las experiencias humanas. Todas las experiencias de las mentes involucradas convergían en una amalgama única, donde la creatividad y la exploración de la psique humana se erigían como pilares fundamentales. Dejando atrás la travesía a través de los reinos de la imaginación, donde las palabras del sonetista actuaron como un conjuro que desentrañó los misterios del alma humana, la comunidad se preparaba para afrontar un nuevo desafío: integrar lo aprendido en su vida cotidiana, y compartirlo con el resto del mundo. En este vergel de mentes, donde la realidad y la fantasía se entrelazan, la comunidad aprendió que, al enfrentar los horrores internos, se forjaba la verdadera superación; y que la esperanza, como el arcoíris, resplandece más intensamente después de la tormenta.

En un último destello de poesía cósmica, el sonetista alzó su pluma como una varita mágica, trazando un verso final que resonaría a través de los tiempos. Las mariposas, que habían sido criaturas de pesadilla, se transformaron en fulgores de luz que ascendieron hacia el firmamento, disipando las sombras y llevando consigo los miedos que alguna vez habitaron las mentes. Los protagonistas, que habían adquirido sabiduría y fortaleza, contemplaron el horizonte de posibilidades infinitas que se desplegaba ante ellos. Los colores del arcoíris se dispersaron en el cosmos, sembrando semillas de inspiración en cada rincón de la existencia. El vergel de mentes, que había sido iluminado por la resplandeciente huella de la superación, se erigía como un monumento a la capacidad humana de transformar la oscuridad en luz.

En el silencio interdimensional que siguió, el sonetista, con una mirada serena y cansada cerró el libro de esta odisea literaria, justo antes de caer al suelo. Había pagado un alto precio por su obra maestra: al trazar el verso final, agotó toda la energía y el poder que le quedaban, quedando al borde de la muerte. Su comunidad, unida por la experiencia compartida que llevaba consigo las lecciones aprendidas en el vergel de mentes, se había vuelto sabia y fuerte, después de haberse aventurado a explorar los límites de la imaginación.

Entonces, antes de que decidieran dispersarse hacia nuevos horizontes, la comunidad se dio cuenta de todo el esfuerzo que hizo el sonetista, de todo lo que pasó, de todo lo que tuvo que hacer y del máximo sacrificio que hizo: dar todo por ellos. Así que, se reunió toda la comunidad y formó un círculo alrededor de él; todos colocaron sus manos unos sobre otros, y los más cercanos al sonetista, que se encontraba tirado en el suelo, pusieron sus palmas sobre él, cubriéndolo por completo, comenzándose a formar un aura colorida alrededor. Habían logrado transmitir el sentir colectivo y transformarlo en energía mística, la misma que les propiciaba el don a los elegidos. Momentos después, el aura que lo envolvía se fusionó con él, salvando su vida. Él se levantó y observó a todos a su alrededor y, con lágrimas en los ojos, les dijo:

—Muchas gracias por haberme escuchado y leído. ¡Gracias!

Las palabras son el instrumento más poderoso que tenemos para crear o destruir nuestra realidad, para iluminar o ensombrecer nuestra mente, para conectar o alejar a las personas, para expresar o reprimir nuestro ser. Usémoslas con responsabilidad, sabiduría y amor.

Nota del editor. 
Posterior a la publicación y edición de este número, el editor detecto uso de inteligencia artificial (I)A en este texto, lo cual obligó a reconsiderar los términos de la convocatoria y añadir un límite de uso a un máximo de 5%. Es interesante cómo la tecnología ha incrementado nuestras capacidades, sin embargo, la búsqueda de esta publicación es de textos honestos y humanos que busquen trascender a su autor para formar parte de la gran tradición literaria, así como incentivar al público general a permitirse la maravillosa experiencia de la escritura. Al momento de haberse publicado este cuento, no existía pronunciación alguna en nuestra convocatoria respecto al uso de IA, por lo cual, se considera legítima la publicación en el sentido de que aquello que no está prohibido, está permitido.

33:01 P.M.

Autor: Ernesto Issac Osorio


Pausa.

La araña de mi cuarto que está llegando a mi fosforescente luna, me acaba de descubrir y yo a ella.
El silencio nos une a escasos cuatro nudos de viento.

No hay nada que haga descubrir el rastro de su fuga.

Nos miramos.

Ella clava ocho ojos sobre mi cuerpo inmóvil por el pánico.

No parpadeo. Suprimí, extirpé y escupí esa función de mi cerebro, con un exhalo.

No dejo de mirarla con mis dos ojos con cascos.

Me cuestiono serio, si es que me susurra algo o será el tren que silba a la distancia.

Da algunos pasos lentos.

Se debe cuestionar, seria si es que le susurro algo o será el tren que silba a la distancia.

Miro de reojo si por alguna estrella cercana tiene cómplices…
Siento que más de cien ojos recaen sobre mi cabeza.
No me permito girar más allá de aquel cuerpo oscuro y delicado que está casi encima mío.

Y respira, ella se da licencia en dos de sus pares de ojos para visualizar su siguiente movimiento.
Afila las estilizadas patas y se mete a un cráter.

En la fracción de tiempo que cabe en cuatro zancadas arácnidas, cierro rápido mis ojos y los vuelvo a abrir. Seguimos enfrascados en una tensión ante la cual esta recamara comienza a quedar chica.

Recojo las piernas, para en el momento que se presente la oportunidad, saltar de la cama y tomar algún arma que se encuentre en el suelo helado; una antorcha o un cuchillo enterrado en la maceta que tengo en la mira con el rabillo del ojo.

Bajo los párpados.

Y me veo aferrado de cabeza a una orilla de plástico mientras afilo mis estilizadas patas y huyo de la luna.

Sigo avanzando y cierro todos mis ojos que arden y que pesan, mientras en la conciencia que me llega en el cenit, me dejo caer.


Cuatro nudos.
Tres nudos.
Dos nudos.
Un nudo.


Levanto los párpados.
Coloco las pupilas duras al centro de mis cristales, buscando entre las galaxias de mi techo…

Cierro los ojos.
Abro los ojos.

Alucino.


No molesten a su sombra

Autor: Carlos Saavedra


Despiertas a oscuras. Los murmullos de tu boca se convierten en vaho. En el rincón donde yaces, con el miedo devorándote, intentas aclarar cómo llegaste allí. Más allá de esa pared, dentro de la oscuridad, la ventisca resopla. Llueve, y el agua cae sobre el silencio. Presientes que negrura y tempestad sean testigos de un desastre.

De improviso, un ensueño llena tu cabeza de multitudes y colores. Eres un guerrero con escudo, espada y casco frente a las murallas de Troya que se yerguen sobre la arena. Atraviesas un momento de hielo y fragua, agujas de dolor maceran tu cuerpo, son cortaduras y golpes que mortifican.

Heridas que no crees tuyas, están ahí; palpas su fluido con olor a hierro que al llevar a tu lengua, sabes que es sangre. Como un anfibio que lleva entre sus fauces un légamo ancestral, el espacio te acuna entre olor a madera mojada, plantas y lodo. El goteo que persiste, no es una invención, se presenta como golpecitos sobre madera del techo manipulada por el viento donde se desaguan las regueras.

Algunos resplandores más allá entre los huecos de la cabaña, te permiten ver un bosque azotado por el viento, te imaginas la acometida de un caballo colosal. ¿Es el caballo de Troya? En tu mirada hay ansiedad. Deseas que el amanecer, con su vestidura de alba muestre su claridad, para dejar de ser un cuerpo suspendido en la noche sin memoria.

Pero, la penumbra es pesadumbre que corre por el túnel de un espacio sin ruido. Tu voz, secuela de palabras dichas con dificultad, la modulas con sigilo. Tus músculos, no responden, sufres el temor de levantarte, todo es abismo. Cada vez que logras moverte, crepitan debajo las hojas de tu lecho. No estás atado, pero te ata el miedo. Esta negrura es tu única compañía. Ella te protege, pero también aplasta, no te deja respirar.

Ah, un trueno ¡por fin! Ahora te enteras en dónde estás. Un fulgor más te hace descubrir la puerta de madera que no alcanzas. La tormenta arrecia, pareciera correr; chapotea y hace madurar el olor de la hierba. Quieres incorporarte, no tienes fuerzas, tu cuerpo es un trapo sin huesos, carne sin sangre, casi fantasma. El recuerdo es para ti otra sombra, una penumbra que hace brotar en tu mente un pasadizo donde las imágenes buscan la salida.

Un golpe repentino de agua, quizá la rotura de una canaleta del techo, baña las heridas de tu rostro, y el sufrimiento aminora. «Levántate. Sal.». No puedes. Te desplomas como un despojo, pero antes del desmayo escuchas, llamándote a la distancia, algo así como un canto de sirenas que prolongan su lamento con tono melancólico. Vas hundiéndote en la inconsciencia de tu cerrazón, donde yacen los recuerdos.

Voces de guerra avivan la lucha: Eres el jefe de las fuerzas aqueas que proclaman el triunfo, mientras golpean sus pectorales protegidos con cuero y gritan con voces entusiastas. «¡Luchemos por el atrida y Micenas!». Eres, con ellos, la punta de ataque en la batalla última de aquellos ya diez años, que intentan rendir plaza. De repente un carro, en el ímpetu de la pelea, te derriba.

Una frase de Carlos Pellicer te inunda: “Y siento ya como surgen del horizonte de mi sangre/ las tierras de un viaje de mármol/ en los que los trigales adolescentes/ duran.”

Dentro del desmayo, con ansia de estrellas y ruido del mar, te sumerges y flotas. Despiertas bajo el olor a carne asada, ¿acaso tus guerreros descansan y se alimentan mientras esperan tu salud? Hay en tu boca un sabor putrefacto. Escupes. Quieren abrir la puerta. ¿Serán tus soldados quienes vienen en tu ayuda? De pronto la noche se incendia con disparos y gritos de furia y dolor. El espanto te da la fuerza para incorporarte. Exclamas entre la red de las hojas de tu lecho: «¡sálvenme!»

Sin alcance de tus actos, ignoras que eres un escritor, quien por odio a la violencia, volcó en la prensa notas acusatorias en contra del cártel, y son ahora sus integrantes, quienes te han golpeado y te mantienen preso. Te reprendes: ¿cómo llegaste a tal peligro de muerte?

Afuera de la choza alguien viene a rescatarte de los sicarios, pero tú instinto de conservación, recelando más daño, hace que patees la pared de madera y te lances en el vértigo de la caída. Tu cuerpo rueda cuesta abajo entre el lodo y la hierba, en donde un golpe de aire como acabado de hacer, te da un respiro.

Un relámpago aparece, y puedes mirar en la lejanía cómo las nubes parecen un combate de dioses. La luz previa a la salida del sol comienza a envolver el horizonte, imita un campo en pugna donde seres celestes caen heridos. Te preguntas por tu ejército, y sus armas. «Su escudo y su espada, si ha de morir que sea como un valiente», te dice alguien. La lluvia cesa, algunas gotas atoradas entre los árboles, se desprenden, y hacen un chapoteo sobre tus ropas. Se alejan en el aire los sonidos de la sirena. Queda el viento tras el frío de la madrugada «¡Un último esfuerzo atrida!»

De pronto, ya no hay más aqueos ni troyanos, se difumina el espejismo de la realidad que evocaste, de la que sólo restan indicios. La sombra se retira entre sombras ante el advenimiento del día. Un tronco provisional se desliza por la corriente, te aferras a él. A lo lejos imaginas las costas helénicas. A la deriva, bajo la luz que se manifiesta, una nueva voz te inunda:

Y vas río abajo, como perdido, preguntando por tu nombre.

Gesta para una última canción

Autor: José Gaona.


Araldor, matador de demonios, último heredero de una antigua estirpe de caballeros errantes y la espada más valerosa del reino, estaba muerto. O lo estaría en muy poco tiempo. Aquel era el devastador diagnóstico que había dado su hermano, el hechicero Raslim.

—Todos estos años le he sanado incontables veces, arrebatándoselo a la muerte no pocas de ellas, pero se acabó, Amoryl, tiene la sangre envenenada. Ni la magia más poderosa puede hacer algo en esta ocasión. Este es el precio que se paga tarde o temprano, ¿sabes? El precio de llevar una vida de héroe.

Amoryl contempló el cuerpo tendido sobre el jergón, febril, cubierto de arañazos, contusiones y cardenales. Las palabras del hechicero no eran un consuelo, después de todo se trataba de Araldor, el amor de su vida.

Amoryl lo había conocido siendo apenas una adolecente que servía en el mesón donde cierta noche el campeón pernoctó. Ya por aquel entonces las andanzas de Araldor, que aún no rebasaba ni la veintena de años, estaban ganando fama y renombre. Y ella, una jovencita huérfana, enclenque y de enmarañada cabellera bermeja, se había empecinado en seguirlo.

No por verdadero afecto hacia él (al menos no en un principio), sino porque Amoryl, como toda chiquilla, anhelaba una vida libre, con todos los caminos abiertos, y en Araldor había visto el subterfugio perfecto para conseguir ese sueño. Pero al pasar el tiempo ella no pudo evitar abrir su corazón al hombre que se había convertido en su guía, y él, por su parte, tampoco se había resistido a la atracción que le despertaba aquella joven tozuda y voluntariosa.

Así pues, el amor brotó irrefrenable entre ellos como un renuevo en primavera. Amoryl se había convertido en su inseparable aliada, amiga y consorte. No obstante, en las canciones de los trovadores su nombre apenas y se mencionaba, lo cual resultaba lógico, desde luego, pues el héroe de las gestas era Araldor. Para Amoryl estaba bien, ella no buscaba fama. Se sentía satisfecha con haber escogido aquella vida, dejándose llevar primero por sus sueños y después por su corazón.

Pero el camino que habían recorrido juntos ahora llegaba a un punto sin retorno. Araldor había perdido su última batalla con Hálito de Muerte, uno de los más terribles demonios del Inframundo.

No era una buena noticia para el reino libre de Svanda, pues desde hacía mucho tiempo la Liga de Naciones del Norte veía con codicia las ricas tierras svandianas, y era precisamente por ello que el Consejo de la Liga había acudido a los Señores del Inframundo, quienes satisfechos con los orgiásticos y sangrientos aquelarres ofrendados en su honor, habían aceptado liberar al demonio.

Por tres días y sus noches Araldor agonizó en medio de fiebres y convulsiones. Amoryl no pudo por menos que ofrecerle toda la atención posible, y, aunque el dolor y su propia agonía la atenazaban por dentro, se mostró impasible, aportando la fuerza y el temple que ambos necesitaban en aquella hora tan aciaga.

La mañana del cuarto día lo encontró en el umbral del cobertizo abandonado donde ambos se refugiaban. Parecía que parte de su antigua fuerza le había regresado, pero cuando ella se aproximó y contempló el macilento rostro de su amado, con unas repentinas canas manchando de gris la barba y el ondulante cabello oscuro, supo que aquella inesperada recuperación duraría poco.

—Ninguna historia de héroes debería terminar así —exclamó Araldor con una mirada febril y afligida perdida en el pálido resplandor del amanecer—. Mi destino está sellado, lo sé, pero no puedo irme así, no sería justo. Quisiera darles una última gesta, Amoryl, un último acto heroico para que sea cantado por los trovadores hasta el final de los tiempos.

***

Svanda había caído finalmente. En la plaza de Dareloth, sede del reino, los embajadores de la Liga estaban reunidos para aceptar la rendición del rey y atestiguar su sometimiento. Rostros sombríos observaban impotentes el acto, pues Loethegar era un hombre amado por su pueblo y ningún svandiano habría querido abandonar a su soberano en el momento más ignominioso de su reinado.

De pronto se oyó el golpeteó de unos cascos sobre el adoquinado de la plaza. La multitud se hizo a un lado entre murmullos ante el paso de un jinete. Surgieron entonces expresiones de sorpresa y gritos contenidos, pues no tardaron en reconocer la armadura que portaba el recién llegado, así como el emblema de su escudo: un dragón blanco sobre fondo azabache como el cielo de medianoche. Todos conocían la historia, aquella era la primera bestia a la que Araldor había dado muerte cuando aún era un mozuelo de doce años. ¡Araldor! ¡Araldor aún vivía!

El héroe desmontó y se plantó desafiante ante los embajadores, aunque se le veía más enjuto y frágil bajo la coraza. La visera del yelmo mantenía oculto el rostro, pero muchos ya imaginaban con angustia el aspecto demacrado y ceniciento que el guerrero debía estar escondiendo bajo la placa de metal.

Presas del desconcierto, los embajadores no perdieron tiempo y convocaron al demonio, que se había mantenido oculto entre las sombras.

Un silencio agorero cayó sobre la congregación cuando Hálito de Muerte se mostró. Se decía que Araldor había perdido en su primer encuentro porque no había sido capaz de blandir su espada contra aquella jovencita arrebatadoramente hermosa, de piel perlina y grandes ojos de ámbar bajo una sedosa melena como oro líquido. Usaba un vestido muy bello y elegante, blanco como las nieves del invierno. Lo único avieso en su apariencia eran las garras ponzoñosas que remataban los delicados dedos femeninos.

Cuando Hálito de Muerte atacó, él se limitó a rechazar y esquivar aquellas garras que se movían a la velocidad del relámpago, como si una vez más se sintiera impedido de atacar a la encantadora muchacha, la princesa del Inframundo.

El demonio acometía con una fuerza abrumadora, pero Araldor demostró tener aún la suficiente destreza para eludir y bloquear los bestiales zarpazos. No obstante, el resultado era previsible. Todos sabían que el guerrero sólo estaba alargando su agonía.

Y en efecto, sucedió que tras varios minutos un exhausto y jadeante Araldor cayó al fin de rodillas, el escudo rebotó contra los adoquines en medio de un estruendo metálico, con el otrora deslumbrante dragón casi borrado del todo bajo los profundos arañazos. Más que derrotado, Araldor parecía arrobado ante su contrincante. Hálito se aproximó y le miró, altiva y terrible en su belleza, disfrutando por segunda ocasión su triunfo, consciente de que jamás hombre alguno osaría alzar una mano en su contra.

Por ello no vio la daga que, rápida y certera, se encajó entre sus costillas. Ni tampoco previó, cuando anonadada bajó la mirada, el tajo de la espada que llegó desde un costado.

El campeón se puso en pie, levantó la cabeza cercenada del demonio y la arrojó a los pies de los embajadores, salpicándolos de una sangre negruzca y maloliente. Por un largo instante reinó de nuevo el silencio, la estupefacción marcada en todos los espectadores. Para cuando los vítores atronaron en la plaza, y la guardia de Loethegar se adelantó para someter a los desamparados embajadores de la Liga (tal era su arrogancia y estupidez que sólo se habían procurado la protección del demonio), el caballero ya había montado y dado media vuelta en dirección al puente levadizo, alejándose de la ciudad a todo galope.

***

Se detuvieron a media pendiente de una loma solitaria azotada por el viento.

—Hasta aquí está bien —dijo el caballo entre resoplidos—. Necesito recuperar el aliento.

Amoryl se desprendió el yelmo y dejó que la suave caricia del viento le refrescara el rostro. Su larga cabellera escarlata cayó liberada del nudo y se agitó como un fuego vivo.

—Eso me pasa por usar un hechicero en lugar de una montura verdadera —desmontó y subió a la cresta, donde un único aliso se elevaba viejo y robusto.

A la sombra de las ramas frondosas había un montículo de tierra recién removida. Allí se detuvo la mujer. El semblante sereno, pero un profundo dolor en la mirada. Un momento después clavó la espada a los pies del montículo y depositó el yelmo sobre la empuñadura. Raslim, habiendo recobrado su forma humana, se acercó

—¿Qué harás ahora, Amoryl? Espero no pienses de verdad dedicarte a esto y reemplazar a Araldor. Tú, mejor que nadie, sabes que la vida de un héroe puede ser azarosa y, en ocasiones, muy breve.

—Sólo le dimos a los trovadores la gesta que necesitaban para una canción más —dijo ella con una voz que apenas se elevaba por encima del murmullo—, la última canción de nuestro amado héroe —abandonó por fin su contemplación y se encaminó colina abajo.

—¿Adónde irás entonces?

—De momento a buscar un río, necesito lavarme. Y que ni se te ocurra seguirme, hechicero.

Raslim sonrió y la vio alejarse, resignado a que ella siguiera su propio camino, como había hecho siempre.

Presagio 2

Autora: Alejandra Romano

Esta obra está realizada en acuarela en un formato de 8.5 x 11 pulgadas respondiendo a la conceptualización e inspiración de arte fantástico y simbolismo, la libélula simboliza sabiduría, cambio, transformación y luz. 

Alejandra Romano, es diseñadora gráfica e Ilustradora egresada de Universidad del Tepeyac, participando en eventos como Feria del libro con AMDIilustradores, convención La Mole, exposición Día de muertos, exposición colectiva Homenaje a Leonora Carrington, Leonardo Da Vinci y colaboración para color digital en cómic independiente. 

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