Del ensayo especulativo al ensayo ficticio

R. Flores
Traducido al español, dialecto mexicano, por Héctor Sapiña en 2025


Hacia la tercera década del siglo XXI, los humanos habían cuestionado los límites de la verdad tantas veces que las categorías construidas en torno a ella (o por contraste con ella) comenzaron a diluirse. Aquí me referiré específicamente al género del ensayo acompañado por los conceptos especulativo y ficción, este último equivalía a lo que en el siglo XXII denominamos potencias. La principal diferencia, sobre todo en el Periodo del Consumo, es que los humanos añadieron a lo ficcional (o ficticio) un rasgo de ingenuidad infantil; se promovía como simulación para el esparcimiento sin influencia directa sobre la vida cotidiana. Por lo tanto, no significaba un riesgo para el orden establecido.

Hay otras formas de comunicación que empezaron a tambalear por la erosión de la verdad: la noticia, el discurso político, la crónica, historia, la geografía, la reputación pública de personas físicas y de organizaciones —a lo que curiosamente llamaban imagen—, e incluso el discurso de sus artes del universo —que ingenuamente llamaron ciencia, cuyo origen lingüístico indicaba conocimiento.

Desde finales del siglo previo arrancó el proceso de reemplazar la verdad por la verosimilitud, una propiedad que se creía relegada a las artes potenciales o de la ficción. Básicamente, una afirmación verosímil es cualquier enunciado verdadero para el sujeto que lo dice o dentro del contexto en que se dice, aunque no sea cierto en otro. Si bien, este entender resulta perfectamente común para nosotros, para los humanos de la posmodernidad supuso una crisis porque durante al menos doscientos años habían justificado su estructura de poder bajo el supuesto de que la verdad única era comprensible para una cadena de instituciones autorizadas.

Pero no es el objetivo de este texto trazar el panorama histórico de la ficción (esa labor la llevan a cabo nuestros amigos del Proyecto de Erúntica Uqbar, donde quiera que anden ahora), sino explorar una de sus manifestaciones más curiosas: el ensayo especulativo y, su hijo, el ensayo ficticio.

Qué no es el ensayo

Desde los inicios de la educación pública en el Estado Moderno, el ensayo literario se enseñó como un tabique de opiniones de intelectuales donde se explicaba en qué consistía la ideología oficial o por qué era válida (por qué debía considerarse una verdad). A veces se enfocaba en enumerar los rasgos de las identidades nacionales y otras en justificar qué obras artísticas tenían valor por ser compatibles con los dos aspectos previos.

Lógicamente, conforme se resquebrajaban los proyectos nacionales, las afirmaciones ensayísticas se volvían cada vez más obsoletas, o pasaban de lo verdadero a lo verosímil. Aquí un ejemplo. Fragmento conservado del compendio «El laberinto de la soledad» (cuya autoría se perdió en los registros tras la Gran Desconexión del 2117 de la Última Era Nacional, Línea Temporal Terra-1):

El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual. Y esta tendencia beneficia a nuestra imaginación tanto como a nuestra sensibilidad, siempre afinadas y despiertas. (Anónimo, ¶1, §3; c. ½ s. XX e. n.)

Tanto por el soporte material como por el registro dialectal, los archivistas de la ATU han determinado que el texto fue escrito y distribuido en masa principalmente dentro la zona mesoamericana a inicios de la posmodernidad, Periodo del Consumo Pleno (en el entonces México: 1939-1968 e. n.). Del fragmento resulta llamativo que se considera rasgo de mexicanidad a un comportamiento que supuestamente abarca a todos los habitantes de su denominación territorial. Es decir, da por hecho que cualquier individuo que haya nacido al interior de fronteras geopolíticas artificialmente delimitadas apenas un siglo antes compartiría con su grupo la tendencia al festejo. Por las noticias que tenemos sobre el pensamiento de la mitad del siglo XX, para ese momento se consideraba superada la justificación del carácter de los pueblos con base en la genética y los elementos climáticos del entorno; sin embargo, el fragmento citado expresa una visión no menos determinista y esencialista.

¿Acaso no existía un solo grupo, ni una sola persona identificada como mexicana que se resistiera a las fiestas? Y, más allá de la estadística, ¿no había otros pueblos altamente rituales? ¿No, más bien, todos los pueblos poseen sus propios ritos y la excepción mundial sería encontrar uno que careciera de ellos? Más aún, ¿qué pasaría con esta definición de lo mexicano el día en que el concepto de México dejara de existir… tal como sucedió poco más de un siglo después?

Para algunos divulgadores de propaganda de aquella época, el ensayo hubiera dejado de existir si no fuera capaz de superar la prueba de la ideología nacional. O sea, si no funcionara como “expresión del espíritu de un pueblo” para esparcir el punto de vista oficial con solemnidad, erudición y pompa. Por fortuna para las expresiones humanas, el ensayo nunca se redujo únicamente a aparato ideológico. En último caso, se utilizó como herramienta de unificación política en un tiempo en que el mundo requería reflexionar sobre la nacionalidad; y eso sólo en algunos casos más visibilizados por los medios de su época. Claro que había otras maneras del ensayo, en tanto estilización del registro del pensamiento, el género ha sido independiente siempre, si bien se encuentra ligado como toda obra artística a sus coordenadas.

El ensayo, pues, nunca fue un registro de la verdad; pese a que algunos libros de texto de la época parezcan sugerirlo. Si algo compartió con la ciencia no fue la certeza del conocimiento, sino la experimentación. El ensayo, ¡su nombre lo indica!, es un laboratorio. Hacia el declive de la Última Era Nacional (prácticamente todo el siglo XXI), el ánimo relativista permitió el reconocimiento de este rasgo esencial de la escritura ensayística.

La humanidad había perdido toda certidumbre general, pero recuperó (o subrayó) la idea de que el único terreno firme del saber es el puente que se construye entre las diferencias del yo y los otros. Poco a poco, escribir artes dejó de ser una lucha por la legitimidad y se volvió una red de miradas recíprocas. En pocas palabras, terminó el dominio de la autoría y se entabló la búsqueda de la lectoría (palabra bastante desagradable al oído, pero con un proyecto menos impositivo).
¿Qué sí es el ensayo? El despliegue del pensamiento propio frente a un otro que, aunque diferente, está dispuesto a escuchar mi imaginación.

Nacimiento del ensayo especulativo

No nos engañemos, el ensayo siempre fue especulativo, en el sentido de formar conjeturas o hipótesis sobre algún aspecto. Sin embargo, en el siglo XXI se vio obligado a luchar contra el aparato que se le había impuesto para anunciar su capacidad de rebasar los límites de la “verdad”, pues su posibilidad argumentativa se había confundido con la necesidad de demostrar, de llegar a conclusiones. Ese antiguo aparato era —jugando un poco con los latinajos— al mismo tiempo aparare y aparere, es decir, dispositivo preparado con un fin (político) y también apariencia exterior que ofrece una imagen parcial de la realidad.

Desde su origen en el siglo XVI, el ensayo se sumergía en la mirada propia para descubrir en sí a la voz de otros, poner en crisis principios establecidos, imaginar caminos contrafactuales de la historia, asimilar la razón humana al juicio animal. Siempre fue especulativo. Pero desde la ilustración, el positivismo y el nacionalismo, la escritura ensayística fue enjaulada para comprometerse con los paradigmas vigentes.

En esos tiempos, la especulación ensayística no fue perseguida, sino silenciada por quienes aspiraban a un canon ajustado a la intelectualidad, la guardiana de las murallas de la élite. La especulación fue relegada a narrativas producidas en masa (o de distribución limitada), pues se entregaban al gran público a modo de autocomplacencia. El máximo valor estético para mantener el consumo era la identificación moral con el protagonista; así, la audiencia se reafirmaba sin cuestionarse. De ahí que especular ensayísticamente resultara más peligroso porque, en la imaginación argumentativa, no queda tan clara la distinción respecto al mundo “real”: ejercitar la crítica fuera de los marcos de la ficción es demasiado incómodo para un orden que se reproduce mecánicamente.

La paulatina liberación del ensayar especulativo suena como un triunfo emancipador…en realidad no fue así. Fue más bien un movimiento transversal que acompañó a diferentes emancipaciones. Me explico: el renacimiento de la especulación ensayística se da cuando se consolida la descentralización de los valores artísticos al final de la posmodernidad. Antes, en los siglos XIX y XX, se había llevado a cabo la gran centralización de la cultura, donde se jerarquizó con precisión taxonómica la escala de las expresiones humanas: la literatura era la reina de las artes; dentro de ella, la lírica y la novela social sus formas cumbre; de ahí hacia abajo se organizaban el resto de las artes según una dignidad inventada por las autoridades en turno. Geográficamente, mientras más cerca de una capital cultural fuera producida una obra, mayor prestigio; en cuanto al género (gender), reinaba la masculinidad. Desde el siglo XXI, como consecuencia de la Web 2.0 y el surgimiento del prosumidor, comenzó la descentralización de los contenidos.

Aunque mercantil y políticamente la (aparente) descentralización técnica generó un estado de alta confusión ideológica para lograr mayor dominio, en el ámbito de la producción artística permitió el trazo de redes colaborativas que, cuando resultaban bien, visibilizaban voces comúnmente marginadas. La transformación de la cultura hacia estas redes desvaneció poco a poco las capitales físicas de la cultura: se pasó de grandes núcleos culturales a nodos dispersos; después la crisis institucional general se llevó con ella a las capitales del arte y finalmente se transformaron también las autoridades simbólicas. En breve, los premios literarios dejaron de importar y también el reconocimiento del Autor, mito romántico que sobrevivió por un buen tiempo.

En este proceso, la literatura no dejó de ser literatura, sino que volvió a hermanarse con las demás artes. Como era en un principio, cuando nacieron en el entorno creativo rupestre. La palabra dejó de ser frontera de sí misma para reencontrarse con la imagen y el sonido y el espacio. Pronto surgieron fenómenos como arte transmedial, intermedial, escritura caligramática, iconotextualidad, crossmedia, poema objeto, arte tipográfico, fotoensayo, sinestesia artística, media migration, remediation y remix, metamedia, convergencia, cyborgmedia, artes inter-inteligencia —que combinaba obra humana con IA, entre muchos otros.

El ensayo especulativo acompañó este desvanecimiento de las fronteras porque él, en sí mismo, fue siempre el centauro de las artes, y diría yo, una flecha cruzando las potencias. Tradicionalmente se había asociado únicamente a la literatura porque (1) nació en una era que privilegiaba la expresión lingüística, (2) durante siglos fue más fácil ensayar sobre papel que sobre otros soportes. Pero en el entorno de la digitalidad, cada vez le fue más fácil encontrar su cuerpo extenso. Todo esto antes de la Gran Desconexión, claro.

En la segunda década del siglo XXI se encuentra ya un volumen donde se señala esta cualidad transfronteriza del ensayo y aparece, por primera vez (hasta donde tenemos registro), con el apellido de “especulativo”. Se trata de En una orilla brumosa, editado por Verónica Gerber Bicecci. En su prólogo, la editora definía al ensayo especulativo como “una forma de sopesar (dejarse infiltrar por fragmentos del mundo) y diagnosticar (infiltrarse en las cavidades del mundo) con herramientas verbales y visuales que, a su vez, se dirigen al pasado o al futuro para reescribir el presente” (¶3, §1; c. ¼ s. XXI u. e. n.). Esta definición deriva de las etimologías de las dos palabras:

ensayar < exagium = sopesar

+especular < speculari(s) = observar desde lo alto; lo relativo a un espejo.

A esto añade Bicecci que la ensayística exhuma nociones del pasado para reescribir el presente, por su parte, la ficción especulativa se introduce en algún futuro posible para alumbrar el presente. Entonces, la síntesis de ambas “se trataría precisamente de algo así: una conciencia del tiempo ‘al revés’ (…) ensayar especulativamente es considerar que se pueden hacer mundos poniendo atención a lo que nos circunda” (¶4-6, §1; c. ¼ s. XXI u. e. n.). Y los textos contenidos en Una orilla brumosa hicieron justamente eso: empujar la lengua a sus límites para introducirse en el cuerpo, traspasar el tiempo, adoptar perspectivas no humanas, antagonizar la centralidad de lo masculino. El ensayo especulativo sirve como dispositivo de desplazamiento por excelencia: máquina del tiempo y del espacio.

El volumen se corona con el ensayo “Hacer mundos” de Ursula K. Le Guin, texto de 1989 que la editora hizo viajar a su presente para indicar que los nuevos mundos se construyen sobre los anteriores. Le Guin afirma que una artista hace “una selección particularmente hábil del cosmos (…) hace del mundo su mundo” y, aunque en ese ensayo no da el paso hacia el otro cosmos (el ficticio), sugiere que la línea entre nacer, mirar al futuro y escribir ficción es mucho más delgada de lo que parece.

El ensayo ficticio

Para la humanidad actual todo ensayo es ficticio en tanto expresa una potencia. Puesto que es imposible abarcar con certeza la totalidad de un conocimiento, el acto de ensayar es en sí mismo un reconocimiento de que la reflexión sobre la experiencia propia nunca alcanza a establecer hechos universales. La ensayística ni siquiera registra verdades irrevocables para el yo que habla, pues, por su naturaleza dubitativa, el ensayista volverá a titubear sobre sus conclusiones, sea un año más tarde o una hora después de la publicación. Ya Montaigne auguraba la incertidumbre científica cuando criticaba la necedad de registrar un saber acabado:

Yo quisiera que cada cual escribiese sobre aquello que conoce bien (…) pues tal puede hallarse que posea particular ciencia o experiencia de la naturaleza de un río o de una fuente y que en lo demás sea lego en absoluto. Sin embargo, si le viene a las mientes escribir sobre el río o la fuente, englobará con ello toda la ciencia física. De este vicio surgen varios inconvenientes. (¶7, §30; 1590, Era Protonacional)

Todo ensayo que aspira a un conocimiento estable se encuentra condenado a la obsolescencia. Ensayar, por lo tanto, es triangular la vivencia, el saber heredado y la especulación. ¡Pero he ahí algunos que sucumben a la tentación de desbordar el eje de lo especulativo! Y por la necesidad de hacer caso a la voz que aparece en su cabeza arrastran las coordenadas convencionales del ensayo hacia otros mundos. De ello deriva una relocalización del yo ensayístico en el problema del What if? especulativo:

• ¿Qué pasaría si no fuera el yo de Montaigne quien se pregunta por la amistad, sino un colonizador de Marte?
• ¿Qué diría José Arcadio Buendía si se sentara a escribir por qué todos los días son lunes?
• ¿Qué escribiría un prologuista humano de una antología de literatura elaborada por inteligencias artificiales?
• ¿Cómo justificaría un tlacuache su rescate de los libros legados por la humanidad tras el apocalipsis climático?

Aquí se da el paso del ensayo especulativo al ficticio. La diferencia fundamental es que, mientras el primero hace una síntesis del pasado y el futuro desde el presente, el segundo no se resiste a proyectar el futuro (entendiendo futuro no sólo como el devenir en alguna cronología específica, sino como todo lo no visto).

Aunque con antecedentes notables, el ensayo ficticio proliferó a mediados del siglo XXI. Por las razones ya mencionadas y algunas más: relativismo e incertidumbre, reflexión y autorreflexión de la transversalidad mediática, pero también la creciente autonomía de las culturas IA y sus detractores, la disolución definitiva de las fronteras nacionales, el descubrimiento y catalogación de líneas temporales paralelas a las de Terra 1, la posibilidad de la escritura cuántica y el advenimiento de las lenguas no lineales, etc.

En su momento de mayor auge, la noción de autoría se había reemplazado por la de lectoría. No profundizaremos al respecto aquí, pero a grandes rasgos es una consecuencia tardía del surgimiento del prosumidor en las redes culturales: el mito del autor como genio singular responsable de la producción estética cedió su lugar al entendimiento de que un artista configura su obra en colaboración con otros (muertos y vivos), incluido el receptor. El arte, por lo tanto, es fruto de un diálogo colectivo; muchas veces incluso conflictivo.

Los colectivos de lectores de ensayo ficticio más notables en América Latina surgieron de lo que a principios del siglo XXI se llamaba “literatura independiente” por oposición a la literatura comercial y/o institucionalizada. Entre las formas y temas más explorados se encuentran: la reescritura de ensayos de la verdad, los ensayos transmedia e intermedia, las crónicas de posthumanas, las reflexiones sobre la mortalidad en voces inmortales, las diplomacias cyborg-robot y las dignidades animales.

Nota final

Nunca existió la no-ficción. Hoy todavía podemos pasearnos por los restos de las librerías y encontrar estanterías con el rótulo “no ficción”. El término, más que un género discursivo estable, era una etiqueta para inventariar bienes y acelerar el proceso consumo. Si en el siglo XXII nos hemos decantado por el concepto de potencia no ha sido mero capricho, el declive de la idea de ficción se debe a que dependía de la verdad y la referencialidad. Muerta la primera, inestable la segunda y comprobado el multiverso, hemos preferido construir categorías que reemplacen el criterio de lo que no es por lo que puede ser bajo otras condiciones.

El ensayo no habita en un reino, viaja entre todos. Si es o no ensayo depende de sus funciones internas —ante todo, predominio del flujo de pensamiento sobre el lirismo o el relato— y si es o no ficcional depende de qué tanto se aventure a rebasar los límites del yo-ahora. Cuando rompemos el grillete para ingresar en la voz del tú posible, inauguramos otro mundo.

Corredor Abyamericano
Lugosto 2187


Héctor Sapiña. Ensayista, profesor y “postfan”. Obtuvo la maestría en Letras (UNAM) con una investigación sobre ciencia ficción mexicana y es maestrante en Comunicación (UACH). Ganador del 2º lugar en el premio de ensayo sobre una Sociedad Sustentable de la Revista de la Universidad de México. Recientemente publicó la plaquette Crasística y el texto "…es mexicana porque ocurre en México" en el libro Mexafuturismo contemporáneo (Ed. J. L. Ramírez). Participa en varios proyectos de creación y difusión de la ciencia ficción en México. Miembro de la Sociedad Tolkiendili México.
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El nuevo circo romano


Por Victor D. Manzo Ozeda


La multitud ruge. No es el rugido orgánico de los cuerpos amontonados bajo el sol abrasador del coliseo, pero es el mismo en su esencia. Un clamor sordo, pixelado, que se extiende por las redes como una marea incontenible. No hay arena, pero hay un escenario. No hay gladiadores, pero hay víctimas. La cultura de la cancelación no es otra cosa que el circo romano renacido, adaptado al siglo XXI: un espectáculo de condena pública donde el placer no está en la justicia, sino en el castigo.

Antes, los gladiadores luchaban por sus vidas mientras el público exigía sangre. Hoy, los «culpables» son arrastrados a la arena virtual, expuestos, despojados de contexto, y ofrecidos como sacrificios al dios de la moral moderna. El «cancelado» no es un humano; es un símbolo, un avatar de todo lo que el público rechaza en sí mismo. La multitud no lo odia por lo que hizo, sino porque en él se refleja su propia fragilidad, sus propios errores que, por suerte, todavía no han sido descubiertos.

Los emperadores ya no alzan el pulgar hacia arriba o hacia abajo; el juicio se dicta en hilos de Twitter, en foros, en comentarios replicados hasta la saciedad. Pero el veredicto es siempre el mismo: culpable. Porque en este circo no hay espacio para la absolución, para el arrepentimiento, para la redención. No se busca educar al acusado ni transformar al público. Solo se busca el espectáculo, la emoción efímera de ver a alguien caer.

La multitud cree que su furia es justicia, pero en realidad es hambre. Hambre de castigo, de sentir que su propia moralidad está intacta, de señalar con el dedo y gritar «¡no soy yo, es él!». Cancelar a alguien es el nuevo deporte de la época: una manera de demostrar superioridad sin necesidad de construir nada. En el coliseo romano, la violencia era física, brutal, inmediata. En el circo moderno, la violencia es simbólica, pero no menos devastadora. Y como en los viejos tiempos, cuando el espectáculo termina, la multitud se va a casa, satisfecha, esperando el próximo sacrificio.

Pero hay algo perverso en este circo contemporáneo, algo que lo distingue de su antecesor histórico. En el coliseo, los gladiadores sabían a lo que se enfrentaban. Entraban a la arena conscientes de su destino, preparados para luchar o morir. Hoy, nadie sabe cuándo será su turno. Cualquiera puede ser arrastrado a la arena sin previo aviso. Una palabra mal dicha, un comentario descontextualizado, un tuit de hace diez años. Las reglas no están claras, porque no hay reglas. Solo hay una multitud que observa, que espera, que ruge.

Y, como el coliseo, la cultura de la cancelación necesita víctimas para sobrevivir. Es un ciclo interminable, un motor que no puede detenerse porque vive de su propia destrucción. Si un día no hubiera nadie a quien cancelar, el circo se derrumbaría. Pero siempre habrá alguien, porque la multitud siempre encuentra una nueva razón para gritar. La cancelación no es el fin; es el medio. Un medio para perpetuar el ruido, para mantener viva la ilusión de que el mundo puede ser purificado a través del sacrificio.

Sin embargo, el verdadero espectáculo no está en la arena, sino en la multitud misma. Porque lo que el circo romano moderno revela no es la culpa del cancelado, sino la hipocresía de los espectadores. Nos gusta pensar que hemos evolucionado, que somos mejores que las multitudes que pedían la crucifixión de un hombre o la muerte de un gladiador. Pero el circo nos delata. Seguimos siendo los mismos, disfrazando nuestra sed de sangre con el lenguaje de la moralidad, escondiendo nuestra crueldad detrás de pantallas y palabras bonitas.

El circo romano nunca desapareció; solo cambió de forma. Y, como entonces, su fin no será la justicia, sino el hastío. Porque llegará un día en que la multitud, aburrida de su propio ruido, buscará un nuevo espectáculo. Y cuando eso ocurra, el coliseo quedará vacío, y lo único que quedará será el silencio de nuestras propias contradicciones.

Prólogo

Autora: Mayra Daniel


Como una araña que escudriña en archivos digitales, esta edición llega a explorar los entresijos de la oscuridad humana y los brillantes rincones en los que la luz parece herir los ojos. Esta exploración, aparentemente casual, reta también a los lectores a la experiencia de zambullirse en estas profundidad de peces abisales. ¿Es un agujero profundo en el jardín el hogar de un milagro o de un peligro demoníaco? La invitación es una herida abierta: imposible despegar la mirada.

Aunque hay debate sobre si el tiempo dedicado a la ficción es «tiempo perdido», en el sentido de que no se produce algo; quisiera señalar la relación simbiótica que escritor y lector logran en este acto de complicidad, caso como una función biológica. Esta fascinación lectora es un hilo metafísico: la vista traspasa el espacio entre la pantalla y la córnea.

El pacto silencioso entre el lector y la obra también es un desafío a la memoria, la presunción de que este lapso de atención quedará como en una de esas impresiones de luz solar de, cuando eramos niños, se quedaban incluso al cerrar los ojos.

Una colección como esta no es necesariamente un espacio prohibido, pero desafía la oferta de contenido que nos llama con ambiciosas promesas de colores, entretenimiento y risas. Dedicar, entonces, un momento para ver el vacío, la oscuridad, lo terrible, lo fantástico, es una decisión consciente.

No hay un consumo ingenuo de estas distopías, sabemos —desde el principio—, que algunos de estos espectros podrían quedarse a nuestra espalda, que algunas de estas incursiones a los pozos desvencijados del inconsciente de otra persona: el temor de ser secuestrado, la inquietud vaga de una vida solitaria o la resbalosa sensación de un reptil recorriendo tu piel desnuda, ese escalofrío podría permanecer en tu memoria por segundos… o décadas.

No pretende este prólogo ser un antídoto al miedo, ni un faro en la oscuridad: ¡al contrario! Desde esta esquina del mundo es la voz que te invita a sumergirte, el eco que te susurra: hazlo, viaja por la zona más umbría del alma.

Cuando haya un hueco en tu vida

Autora: Mayra Daniel


Siempre que haya un hueco en tu vida llénalo de amor.

Adolescente, joven, viejo: siempre que haya un hueco en tu vida llénalo de amor.

En cuanto sepas que tienes delante de ti un tiempo baldío, ve a buscar el amor.

No pienses: “sufriré”

No pienses: “me engañarán”

No pienses: “dudaré”

Ve, simplemente, diáfanamente, regocijadamente, en busca del amor.

¿Qué índole de amor? No importa: todo amor está lleno de excelencia y de nobleza.

Ama como puedas, ama a quien puedas, ama todo lo que puedas… pero ama siempre.

No te preocupes de la finalidad de tu amor.

El amor lleva en sí mismo su finalidad.

No te juzgues incompleto porque no se responden a tus ternuras: el amor lleva en sí su propia plenitud.

Siempre que haya un hueco en tu vida, llénalo de amor

Amado Nervo

Cuando haya un hueco en tu vida llénalo de ensayo. Es lo que este 2021 me ha enseñado: mientras trataba de revitalizar el impulso creativo, buscando hasta debajo de las piedras, no me percaté como las digresiones y las ideas se multiplicaron solas. Como esos musgos que crecen sobre las rocas, en una red poco comprendida de argumentaciones que se sostenían y se recuperaban solas, sin ser notadas.

Esa tarde había llegado tarde al taller de cuento y el coordinador estaba ya presumiendo su nueva lectura: una ficción que retrata los retos de un policía que se enfrentaba al crimen organizado en México. El libro, lleno de banderitas de colores separaba los momentos favoritos de su lector.

—¡Mira nada más esta chulada! Tan solo por este párrafo ya vale la pena todo el libro.

“Lo único verdaderamente organizado en México, es el crimen”, decía el subrayado imaginario de mi amigo.

Me pareció curioso que, la réplica desgajada del sentido, fuera en sí una tesis digna para un ensayo.

Me remonté en ese momento a una poesía de mi temprana adolescencia, cuando llenaba las hojas de un cuaderno con mis poemas favoritos y me encontré este de Amado Nervio, que me acompañó por años como un mantra: “Siempre que haya un hueco en tu vida, llénalo de amor”

Adolescente, joven, viejo…

El carácter atemporal del ensayo y su validez sin importar; y es que aunque la atribución hegemónica del pensar se le atribuye a los hombres, las ideas ensayísticas pueden vivir en cualquier lado y nacer de cualquier cabeza.

“No cualquiera puede ser un gran chef, pero un gran chef puede nacer en cualquier parte”

¿Cuántas veces hemos escuchado el más genial de los argumentos en la voz de un joven taxista o hemos sorprendido a la señora de las tortillas en formal locución sobre la economía doméstica? Sin importar el género o la edad, el tener ideas propicias para un ensayo no es algo privativo, por ello es el género en que nos permite indagar en la grandeza del alma humana.

¿De qué ha dependido que las ideas de ensayo dependan de hombres blancos europeos? De que generalmente tienen más tiempo para darle importancia al discurrir de sus pensamientos y uno tiene que hacer malabares entre las tareas de cuidado. Pero: ¿qué hay de ese gran ensayo que se te ocurre mientras le sacas las manchas a las calcetas de tu niño pequeño?

“Se va la vida, se va al agujero, como la mugre en el lavadero…”

En cuanto tengas un tiempo baldío

¿Cuánto tarda uno en escribir un ensayo? Esperando el desánimo de las multitudes se nos dice que el ensayo es un género exigente: requiere documentarse, se nos explica, se necesita mucha fortaleza argumentativa, se nos alerta; es una cosa muy seria, se nos previene.

Todas estas acotaciones alejan del ensayo a algunos, retomando este género como una hidra de muchas cabezas de serpiente maliciosas y dispuestas a soltarte una mordida al menor descuido.

¡No parpadees!

Sin embargo la generosa naturaleza del ensayo permite que las ideas sean incluso parabólicas, que tengan el vaivén de un barquito en la fuente: no todos los ensayos son la flecha de Guilermo Tell, ¡al contrario! Diría que algunos se regocijan en su ambigüedad y se explayan en sus metáforas.

Así como quien comienza la tarea de sembrar un huerto, sin saber exactamente el camino que tomarán las plantas que en él crecen, confiando en que las cucurbitáceas y las lilifloras tomarán cada una el espacio y la altura que necesitan, siempre que tengan el suelo fértil. Así las ideas y sus expresiones tendrán el espacio que necesitan, solo acotado por esa cerca final que es la fecha de entrega.

No pienses que tipo de ensayo

También ensayar es como bailar: mientras más piensas en ello, menos te sale; en algún momento debes dejarte fluir en ese cadencioso mar de letras tintineantes y entender que las clasificaciones son excelentes, maravillosas, muy necesarias. Todas estas taxonomías están hechas para que en las clases nos quede todo más claro.

Pero al escribir el lenguaje se desborda. (¿El ensayo será Piscis?), requiere una entrega, una rendición total, una delicada renuncia. Y es así, cuando colmada la sed de ensayar, nuestros labios saciados de ideas se detengan llegan los puntos finales y los compases de cierre que se van haciendo lentos, como el Fade Out de una canción que te encanta.

El ensayo lleva en sí su propia plenitud

¿Para qué escribimos ensayo? ¿Es para que otros piensen igual que nosotros? ¿Para demostrarnos algo? ¿Porque esas ideas necesitan un sustento material o digital que nos permita dejar una constancia de su existencia? ¿La idea misma existía antes de ser ensayada en nuestra cabeza?

El objetivo del ensayo parece ser elusivo, porque aunque leas un ensayo de algo en lo que no estás de acuerdo su propia existencia es transformativa: de la existencia del ensayo puede nacer su antítesis y su síntesis, pero sin esa semilla germinal no hay nada.

Es por ello que el ensayo lleva en sí su propia plenitud: la existencia de la idea. De allí que la frase de René Descartes podría reformularse: Pienso, por lo tanto ensayo.

Está lleno de excelencia y de nobleza

Veamos con detenimiento estos adjetivos, en el caso de Amado Nervo atribuídos al amor, en este símil, recién establecido, atribuibles al ensayo:

Excelencia: superior calidad o bondad que hace digna de aprecio y estima a una cosa o persona

¿Podemos querer un ensayo?, ¿un ensayo puede estar lleno de bondad y calidad?, ¿podemos llegar a apreciarlo y estimarlo?

En esta trayectoria de 5 meses leyendo ensayos recuerdo algunos que se han quedado a vivir en mi cabeza sin pagar renta, quizá el que más ternura me ha causado es “La anciana espacial” de Ursula K. Le Guin, pero también me hizo reír mucho G. K. Chesterton y sin duda entendí que los ensayos pueden ser excelentes.

Noble: viene de la latina Nobilis, que es lo mismo que non vilis, no vil o villano. Pero la verdad es que, Nobilis, se deriva del verbo Nosco, que es conocer, y así Nobiles es lo mismo que Noscivitas, de suerte que se llaman Nobiles, porque son conocidos, notables o notorios, en su calidad y sangre.

Ensayos conocidos y notables podemos encontrar también muchos; algunos, escritos con letra de oro en las bibliografías académicas, otros, descubiertos en revistas o encontrados en talleres como el que dio origen a estas reflexiones. Lo notable de un texto, nuevamente, no depende de su origen, si no de sus alas y las alturas de pensamiento que alcance.

No pienses: “sufriré”, no pienses: “me engañarán”, no pienses: “dudaré”

Pero eso sí, al leer ensayo siempre es necesaria una cierta complicidad, un cierto acuerdo entre ensayista y lector, en el que el mundo en el que transcurre el ensayo, sea ficcional o no ficcional, puede establecer su set de reglas del juego. Esta complicidad entregada del lector del ensayo con quien lo está escribiendo requiere esa disposición de ánimo que lleva su propia recompensa.

Ve, simple, diáfana, regocijadamente, en busca del ensayo.

El proceso mental para crear un ensayo a veces parece perseguirnos, buscarnos en las esquinas, jugar con nosotros en los letreros de los edificios y en las citas de los libros que leemos; algunos ensayos nos persiguen con regocijo, como quien juega a las escondidas, como quien se deleita provocándonos.

Seguir el juego del ensayo es seguir al propio pensamiento, ese conejo blanco que nos puede sorprender saltando de repente. Y en nuestra búsqueda de la idea siempre vamos un poco tarde, de allí que salir corriendo detrás de ella sea indispensable.