R. Flores
Traducido al español, dialecto mexicano, por Héctor Sapiña en 2025
Hacia la tercera década del siglo XXI, los humanos habían cuestionado los límites de la verdad tantas veces que las categorías construidas en torno a ella (o por contraste con ella) comenzaron a diluirse. Aquí me referiré específicamente al género del ensayo acompañado por los conceptos especulativo y ficción, este último equivalía a lo que en el siglo XXII denominamos potencias. La principal diferencia, sobre todo en el Periodo del Consumo, es que los humanos añadieron a lo ficcional (o ficticio) un rasgo de ingenuidad infantil; se promovía como simulación para el esparcimiento sin influencia directa sobre la vida cotidiana. Por lo tanto, no significaba un riesgo para el orden establecido.
Hay otras formas de comunicación que empezaron a tambalear por la erosión de la verdad: la noticia, el discurso político, la crónica, historia, la geografía, la reputación pública de personas físicas y de organizaciones —a lo que curiosamente llamaban imagen—, e incluso el discurso de sus artes del universo —que ingenuamente llamaron ciencia, cuyo origen lingüístico indicaba conocimiento.
Desde finales del siglo previo arrancó el proceso de reemplazar la verdad por la verosimilitud, una propiedad que se creía relegada a las artes potenciales o de la ficción. Básicamente, una afirmación verosímil es cualquier enunciado verdadero para el sujeto que lo dice o dentro del contexto en que se dice, aunque no sea cierto en otro. Si bien, este entender resulta perfectamente común para nosotros, para los humanos de la posmodernidad supuso una crisis porque durante al menos doscientos años habían justificado su estructura de poder bajo el supuesto de que la verdad única era comprensible para una cadena de instituciones autorizadas.
Pero no es el objetivo de este texto trazar el panorama histórico de la ficción (esa labor la llevan a cabo nuestros amigos del Proyecto de Erúntica Uqbar, donde quiera que anden ahora), sino explorar una de sus manifestaciones más curiosas: el ensayo especulativo y, su hijo, el ensayo ficticio.
Qué no es el ensayo
Desde los inicios de la educación pública en el Estado Moderno, el ensayo literario se enseñó como un tabique de opiniones de intelectuales donde se explicaba en qué consistía la ideología oficial o por qué era válida (por qué debía considerarse una verdad). A veces se enfocaba en enumerar los rasgos de las identidades nacionales y otras en justificar qué obras artísticas tenían valor por ser compatibles con los dos aspectos previos.
Lógicamente, conforme se resquebrajaban los proyectos nacionales, las afirmaciones ensayísticas se volvían cada vez más obsoletas, o pasaban de lo verdadero a lo verosímil. Aquí un ejemplo. Fragmento conservado del compendio «El laberinto de la soledad» (cuya autoría se perdió en los registros tras la Gran Desconexión del 2117 de la Última Era Nacional, Línea Temporal Terra-1):
El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual. Y esta tendencia beneficia a nuestra imaginación tanto como a nuestra sensibilidad, siempre afinadas y despiertas. (Anónimo, ¶1, §3; c. ½ s. XX e. n.)
Tanto por el soporte material como por el registro dialectal, los archivistas de la ATU han determinado que el texto fue escrito y distribuido en masa principalmente dentro la zona mesoamericana a inicios de la posmodernidad, Periodo del Consumo Pleno (en el entonces México: 1939-1968 e. n.). Del fragmento resulta llamativo que se considera rasgo de mexicanidad a un comportamiento que supuestamente abarca a todos los habitantes de su denominación territorial. Es decir, da por hecho que cualquier individuo que haya nacido al interior de fronteras geopolíticas artificialmente delimitadas apenas un siglo antes compartiría con su grupo la tendencia al festejo. Por las noticias que tenemos sobre el pensamiento de la mitad del siglo XX, para ese momento se consideraba superada la justificación del carácter de los pueblos con base en la genética y los elementos climáticos del entorno; sin embargo, el fragmento citado expresa una visión no menos determinista y esencialista.
¿Acaso no existía un solo grupo, ni una sola persona identificada como mexicana que se resistiera a las fiestas? Y, más allá de la estadística, ¿no había otros pueblos altamente rituales? ¿No, más bien, todos los pueblos poseen sus propios ritos y la excepción mundial sería encontrar uno que careciera de ellos? Más aún, ¿qué pasaría con esta definición de lo mexicano el día en que el concepto de México dejara de existir… tal como sucedió poco más de un siglo después?
Para algunos divulgadores de propaganda de aquella época, el ensayo hubiera dejado de existir si no fuera capaz de superar la prueba de la ideología nacional. O sea, si no funcionara como “expresión del espíritu de un pueblo” para esparcir el punto de vista oficial con solemnidad, erudición y pompa. Por fortuna para las expresiones humanas, el ensayo nunca se redujo únicamente a aparato ideológico. En último caso, se utilizó como herramienta de unificación política en un tiempo en que el mundo requería reflexionar sobre la nacionalidad; y eso sólo en algunos casos más visibilizados por los medios de su época. Claro que había otras maneras del ensayo, en tanto estilización del registro del pensamiento, el género ha sido independiente siempre, si bien se encuentra ligado como toda obra artística a sus coordenadas.
El ensayo, pues, nunca fue un registro de la verdad; pese a que algunos libros de texto de la época parezcan sugerirlo. Si algo compartió con la ciencia no fue la certeza del conocimiento, sino la experimentación. El ensayo, ¡su nombre lo indica!, es un laboratorio. Hacia el declive de la Última Era Nacional (prácticamente todo el siglo XXI), el ánimo relativista permitió el reconocimiento de este rasgo esencial de la escritura ensayística.
La humanidad había perdido toda certidumbre general, pero recuperó (o subrayó) la idea de que el único terreno firme del saber es el puente que se construye entre las diferencias del yo y los otros. Poco a poco, escribir artes dejó de ser una lucha por la legitimidad y se volvió una red de miradas recíprocas. En pocas palabras, terminó el dominio de la autoría y se entabló la búsqueda de la lectoría (palabra bastante desagradable al oído, pero con un proyecto menos impositivo).
¿Qué sí es el ensayo? El despliegue del pensamiento propio frente a un otro que, aunque diferente, está dispuesto a escuchar mi imaginación.
Nacimiento del ensayo especulativo
No nos engañemos, el ensayo siempre fue especulativo, en el sentido de formar conjeturas o hipótesis sobre algún aspecto. Sin embargo, en el siglo XXI se vio obligado a luchar contra el aparato que se le había impuesto para anunciar su capacidad de rebasar los límites de la “verdad”, pues su posibilidad argumentativa se había confundido con la necesidad de demostrar, de llegar a conclusiones. Ese antiguo aparato era —jugando un poco con los latinajos— al mismo tiempo aparare y aparere, es decir, dispositivo preparado con un fin (político) y también apariencia exterior que ofrece una imagen parcial de la realidad.
Desde su origen en el siglo XVI, el ensayo se sumergía en la mirada propia para descubrir en sí a la voz de otros, poner en crisis principios establecidos, imaginar caminos contrafactuales de la historia, asimilar la razón humana al juicio animal. Siempre fue especulativo. Pero desde la ilustración, el positivismo y el nacionalismo, la escritura ensayística fue enjaulada para comprometerse con los paradigmas vigentes.
En esos tiempos, la especulación ensayística no fue perseguida, sino silenciada por quienes aspiraban a un canon ajustado a la intelectualidad, la guardiana de las murallas de la élite. La especulación fue relegada a narrativas producidas en masa (o de distribución limitada), pues se entregaban al gran público a modo de autocomplacencia. El máximo valor estético para mantener el consumo era la identificación moral con el protagonista; así, la audiencia se reafirmaba sin cuestionarse. De ahí que especular ensayísticamente resultara más peligroso porque, en la imaginación argumentativa, no queda tan clara la distinción respecto al mundo “real”: ejercitar la crítica fuera de los marcos de la ficción es demasiado incómodo para un orden que se reproduce mecánicamente.
La paulatina liberación del ensayar especulativo suena como un triunfo emancipador…en realidad no fue así. Fue más bien un movimiento transversal que acompañó a diferentes emancipaciones. Me explico: el renacimiento de la especulación ensayística se da cuando se consolida la descentralización de los valores artísticos al final de la posmodernidad. Antes, en los siglos XIX y XX, se había llevado a cabo la gran centralización de la cultura, donde se jerarquizó con precisión taxonómica la escala de las expresiones humanas: la literatura era la reina de las artes; dentro de ella, la lírica y la novela social sus formas cumbre; de ahí hacia abajo se organizaban el resto de las artes según una dignidad inventada por las autoridades en turno. Geográficamente, mientras más cerca de una capital cultural fuera producida una obra, mayor prestigio; en cuanto al género (gender), reinaba la masculinidad. Desde el siglo XXI, como consecuencia de la Web 2.0 y el surgimiento del prosumidor, comenzó la descentralización de los contenidos.
Aunque mercantil y políticamente la (aparente) descentralización técnica generó un estado de alta confusión ideológica para lograr mayor dominio, en el ámbito de la producción artística permitió el trazo de redes colaborativas que, cuando resultaban bien, visibilizaban voces comúnmente marginadas. La transformación de la cultura hacia estas redes desvaneció poco a poco las capitales físicas de la cultura: se pasó de grandes núcleos culturales a nodos dispersos; después la crisis institucional general se llevó con ella a las capitales del arte y finalmente se transformaron también las autoridades simbólicas. En breve, los premios literarios dejaron de importar y también el reconocimiento del Autor, mito romántico que sobrevivió por un buen tiempo.
En este proceso, la literatura no dejó de ser literatura, sino que volvió a hermanarse con las demás artes. Como era en un principio, cuando nacieron en el entorno creativo rupestre. La palabra dejó de ser frontera de sí misma para reencontrarse con la imagen y el sonido y el espacio. Pronto surgieron fenómenos como arte transmedial, intermedial, escritura caligramática, iconotextualidad, crossmedia, poema objeto, arte tipográfico, fotoensayo, sinestesia artística, media migration, remediation y remix, metamedia, convergencia, cyborgmedia, artes inter-inteligencia —que combinaba obra humana con IA, entre muchos otros.
El ensayo especulativo acompañó este desvanecimiento de las fronteras porque él, en sí mismo, fue siempre el centauro de las artes, y diría yo, una flecha cruzando las potencias. Tradicionalmente se había asociado únicamente a la literatura porque (1) nació en una era que privilegiaba la expresión lingüística, (2) durante siglos fue más fácil ensayar sobre papel que sobre otros soportes. Pero en el entorno de la digitalidad, cada vez le fue más fácil encontrar su cuerpo extenso. Todo esto antes de la Gran Desconexión, claro.
En la segunda década del siglo XXI se encuentra ya un volumen donde se señala esta cualidad transfronteriza del ensayo y aparece, por primera vez (hasta donde tenemos registro), con el apellido de “especulativo”. Se trata de En una orilla brumosa, editado por Verónica Gerber Bicecci. En su prólogo, la editora definía al ensayo especulativo como “una forma de sopesar (dejarse infiltrar por fragmentos del mundo) y diagnosticar (infiltrarse en las cavidades del mundo) con herramientas verbales y visuales que, a su vez, se dirigen al pasado o al futuro para reescribir el presente” (¶3, §1; c. ¼ s. XXI u. e. n.). Esta definición deriva de las etimologías de las dos palabras:
ensayar < exagium = sopesar
+especular < speculari(s) = observar desde lo alto; lo relativo a un espejo.
A esto añade Bicecci que la ensayística exhuma nociones del pasado para reescribir el presente, por su parte, la ficción especulativa se introduce en algún futuro posible para alumbrar el presente. Entonces, la síntesis de ambas “se trataría precisamente de algo así: una conciencia del tiempo ‘al revés’ (…) ensayar especulativamente es considerar que se pueden hacer mundos poniendo atención a lo que nos circunda” (¶4-6, §1; c. ¼ s. XXI u. e. n.). Y los textos contenidos en Una orilla brumosa hicieron justamente eso: empujar la lengua a sus límites para introducirse en el cuerpo, traspasar el tiempo, adoptar perspectivas no humanas, antagonizar la centralidad de lo masculino. El ensayo especulativo sirve como dispositivo de desplazamiento por excelencia: máquina del tiempo y del espacio.
El volumen se corona con el ensayo “Hacer mundos” de Ursula K. Le Guin, texto de 1989 que la editora hizo viajar a su presente para indicar que los nuevos mundos se construyen sobre los anteriores. Le Guin afirma que una artista hace “una selección particularmente hábil del cosmos (…) hace del mundo su mundo” y, aunque en ese ensayo no da el paso hacia el otro cosmos (el ficticio), sugiere que la línea entre nacer, mirar al futuro y escribir ficción es mucho más delgada de lo que parece.
El ensayo ficticio
Para la humanidad actual todo ensayo es ficticio en tanto expresa una potencia. Puesto que es imposible abarcar con certeza la totalidad de un conocimiento, el acto de ensayar es en sí mismo un reconocimiento de que la reflexión sobre la experiencia propia nunca alcanza a establecer hechos universales. La ensayística ni siquiera registra verdades irrevocables para el yo que habla, pues, por su naturaleza dubitativa, el ensayista volverá a titubear sobre sus conclusiones, sea un año más tarde o una hora después de la publicación. Ya Montaigne auguraba la incertidumbre científica cuando criticaba la necedad de registrar un saber acabado:
Yo quisiera que cada cual escribiese sobre aquello que conoce bien (…) pues tal puede hallarse que posea particular ciencia o experiencia de la naturaleza de un río o de una fuente y que en lo demás sea lego en absoluto. Sin embargo, si le viene a las mientes escribir sobre el río o la fuente, englobará con ello toda la ciencia física. De este vicio surgen varios inconvenientes. (¶7, §30; 1590, Era Protonacional)
Todo ensayo que aspira a un conocimiento estable se encuentra condenado a la obsolescencia. Ensayar, por lo tanto, es triangular la vivencia, el saber heredado y la especulación. ¡Pero he ahí algunos que sucumben a la tentación de desbordar el eje de lo especulativo! Y por la necesidad de hacer caso a la voz que aparece en su cabeza arrastran las coordenadas convencionales del ensayo hacia otros mundos. De ello deriva una relocalización del yo ensayístico en el problema del What if? especulativo:
• ¿Qué pasaría si no fuera el yo de Montaigne quien se pregunta por la amistad, sino un colonizador de Marte?
• ¿Qué diría José Arcadio Buendía si se sentara a escribir por qué todos los días son lunes?
• ¿Qué escribiría un prologuista humano de una antología de literatura elaborada por inteligencias artificiales?
• ¿Cómo justificaría un tlacuache su rescate de los libros legados por la humanidad tras el apocalipsis climático?
Aquí se da el paso del ensayo especulativo al ficticio. La diferencia fundamental es que, mientras el primero hace una síntesis del pasado y el futuro desde el presente, el segundo no se resiste a proyectar el futuro (entendiendo futuro no sólo como el devenir en alguna cronología específica, sino como todo lo no visto).
Aunque con antecedentes notables, el ensayo ficticio proliferó a mediados del siglo XXI. Por las razones ya mencionadas y algunas más: relativismo e incertidumbre, reflexión y autorreflexión de la transversalidad mediática, pero también la creciente autonomía de las culturas IA y sus detractores, la disolución definitiva de las fronteras nacionales, el descubrimiento y catalogación de líneas temporales paralelas a las de Terra 1, la posibilidad de la escritura cuántica y el advenimiento de las lenguas no lineales, etc.
En su momento de mayor auge, la noción de autoría se había reemplazado por la de lectoría. No profundizaremos al respecto aquí, pero a grandes rasgos es una consecuencia tardía del surgimiento del prosumidor en las redes culturales: el mito del autor como genio singular responsable de la producción estética cedió su lugar al entendimiento de que un artista configura su obra en colaboración con otros (muertos y vivos), incluido el receptor. El arte, por lo tanto, es fruto de un diálogo colectivo; muchas veces incluso conflictivo.
Los colectivos de lectores de ensayo ficticio más notables en América Latina surgieron de lo que a principios del siglo XXI se llamaba “literatura independiente” por oposición a la literatura comercial y/o institucionalizada. Entre las formas y temas más explorados se encuentran: la reescritura de ensayos de la verdad, los ensayos transmedia e intermedia, las crónicas de posthumanas, las reflexiones sobre la mortalidad en voces inmortales, las diplomacias cyborg-robot y las dignidades animales.
Nota final
Nunca existió la no-ficción. Hoy todavía podemos pasearnos por los restos de las librerías y encontrar estanterías con el rótulo “no ficción”. El término, más que un género discursivo estable, era una etiqueta para inventariar bienes y acelerar el proceso consumo. Si en el siglo XXII nos hemos decantado por el concepto de potencia no ha sido mero capricho, el declive de la idea de ficción se debe a que dependía de la verdad y la referencialidad. Muerta la primera, inestable la segunda y comprobado el multiverso, hemos preferido construir categorías que reemplacen el criterio de lo que no es por lo que puede ser bajo otras condiciones.
El ensayo no habita en un reino, viaja entre todos. Si es o no ensayo depende de sus funciones internas —ante todo, predominio del flujo de pensamiento sobre el lirismo o el relato— y si es o no ficcional depende de qué tanto se aventure a rebasar los límites del yo-ahora. Cuando rompemos el grillete para ingresar en la voz del tú posible, inauguramos otro mundo.
Corredor Abyamericano
Lugosto 2187
Héctor Sapiña. Ensayista, profesor y “postfan”. Obtuvo la maestría en Letras (UNAM) con una investigación sobre ciencia ficción mexicana y es maestrante en Comunicación (UACH). Ganador del 2º lugar en el premio de ensayo sobre una Sociedad Sustentable de la Revista de la Universidad de México. Recientemente publicó la plaquette Crasística y el texto "…es mexicana porque ocurre en México" en el libro Mexafuturismo contemporáneo (Ed. J. L. Ramírez). Participa en varios proyectos de creación y difusión de la ciencia ficción en México. Miembro de la Sociedad Tolkiendili México.
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