Limo y sangre

Miguel López González


Un auto a toda velocidad derrapa dejando una estela de polvo, se detiene a escasos centímetros de la orilla de un canal. El conductor baja con mucho cuidado de no caer a las aguas negras y se dirige a la parte de atrás del auto. Una segunda persona abre la puerta del pasajero; cuando coloca el primer pie en la tierra sucia, corta cartucho de una reluciente escuadra de 9mm y acompaña al otro sujeto.

Juntos abren el cofre de su automóvil y sacan a un hombre que está atado de pies y manos, con la boca amordazada por un cinturón cubierto de su saliva espumosa. Lo toman de los hombros y pies para arrojarlo con fuerza al suelo seco y duro. El gatillero le apunta, este se pone de rodillas con mucha dificultad; el otro tipo se acerca sereno y retira el cinturón que le tiene la boca cerrada

—Puto asco, ya me llenaste de baba, pendejo.

—Perdón, perdón. No me hagan nada, no diré nada, ya tienen mi cámara. Déjenme aquí y no me volverán a ver, yo veo cómo me regreso.

—¿Cómo ves a este wey? ¿A poco crees que te vamos a dejar ir así nomás?

—No carnalito, a ti no te queda de otra más que un balazo.

El rostro del hombre que pide clemencia se transforma de manera drástica. Pasando por el miedo absoluto, el color de su rostro cambió a un pálido casi como el color de sus dientes. Bajó la mirada comprendiendo su situación mientras lloraba.

—Mira este wey, ya se orinó, ¡ja, ja, ja, ja!

—Muchos huevos pa’ tomar fotos de nuestros bisnes, pero ya a la mera hora te frunces, pinche zacatón.

Los sollozos paran y levanta la vista hacia sus dos captores, los ojos reflejan una enorme furia, inyectados de sangre y casi saliéndose de las órbitas.


—Par de pendejos, me van a matar, pero no crean que no sé cómo van a terminar. ¡Bien pinches muertos, de seguro por alguna pendejada que se les va a regresar como siempre les pasa a vergas como ustedes! Qué pinche lástima que no voy a estar para verlos todos cagados del susto como yo.

El par de criminales abren los ojos sorprendidos por el cambio de actitud, aunque se echan a reír segundos después.

—Ay compita, que mamadas dices. Ya métele un balazo a ese ojete.
Un tiro en medio de los ojos, con una ligera inclinación hacia la derecha, acaba con la vida de su rehén. De nueva cuenta, lo toman de los pies y hombros, arrojándolo al canal; por un último segundo, antes de que cayera a las aguas contaminadas, aquellos hombres observan su rostro, el de un hombre muerto con mucha ira. Suben a su destartalado auto marchándose a toda velocidad.


Kilómetros más adelante de ese mismo canal, hacía tiempo se había gestado una forma de vida particular. Se trata de una masa viscosa, burbujeante y de un apetito insaciable. Su morada consiste en un tapón enorme de basura, con el tamaño de un campo de fútbol, y aquella sustancia se encuentra al frente de ese corcho de podredumbre urbana. ¿Su origen? Desconocido, ¿cuánto tiempo lleva ahí?, quizá años, tal vez antes de que se formara el tapón (o el tapón se formó debido a ella, difícil de saber). Su dieta consiste, principalmente, en todo lo orgánico que es llevado ante ella por la corriente del canal: desperdicios alimenticios, desechos médicos de hospitales, y cadáveres de animales que caían al canal o que sus dueños los arrojaban para deshacerse de ellos cuando morían.

Las sucias corrientes llevan el fiambre de aquel hombre de forma lenta pero directa hasta donde aquella masa amarillenta y gelatinosa se encuentra. Es bien recibida, pues, aunque la cosa viscosa había comido perros de tamaño no mayor a un rottweiler, lo más probable es que nunca se haya topado con semejante festín. Comienza devorando los pies, es fácil para ella, su composición y condición de ebullición perpetua, le resulta práctica para consumir de manera rápida la carne, con los huesos se toma un poco más de tiempo, aunque solo es cuestión de segundos extra el ingerirlos. Al momento de llegar a la cabeza consume primero los ojos, deslizándose por las cuencas entrando directo al cerebro. En el instante en que lo termina un ruido chirriante es emitido por la masa.

Aquel limo se retorcerse, tiembla, se hace jirones y finalmente se derrite para volverse a unir en su habitual constitución en un abrir y cerrar de ojos. Algo ha cambiado después de aquellos movimientos, comienza a moverse de manera lenta, precavida o quizá asustada; se arrastra contra corriente sin dificultad y al mismo tiempo va consumiendo lo que llega hasta ella, el hambre no la ha abandonado. Comió un par de ratas que se encontraban cerca de la orilla del río, las atrapa transformando partes de su cuerpo en tentáculos finos, rápidos como látigos; una nueva habilidad ha sido adquirida.

Sigue su camino, surcando las aguas del sucio canal, saliendo de ellas un poco para atrapar algún animal hambriento. Un perro blanco de pelo rizado se acerca a ella; la masa reacciona y el perro emite un quejido fugaz, el cual, es sofocado por los apéndices amarillos que rodean su pequeño hocico; en el forcejeo para llevarlo hasta donde se encuentra su depredador, el collar azul que llevaba puesto se rompe y queda cerca de la orilla. La placa mostraba un grabado con el nombre de “Muñeca”.

Después de ese peludo tentempié, retoma su trayecto, aunque un poco lenta, pues consumir aquel cuerpo humano y a Muñeca le ha hecho ganar peso; debe comer más para compensar el gasto calórico que le provoca su nuevo tamaño.
El atardecer ilumina el cielo con una mezcla de ligero violeta y un anaranjado crepuscular, los últimos rayos de sol que caen sobre aquel monstruo le dan una tonalidad casi dorada y llamativa que sobresale en las aguas negras. Cerca de una orilla del canal, un niño, no mayor a diez años, que, con una improvisada red hecha de rafia, recoge la basura que pesca de las aguas; recolecta latas y botellas, lo demás lo regresa. Arroja la red de nuevo, el subirla le presenta un gran esfuerzo, sin embargo, cuando vislumbra esa enorme cosa dorada consigue más energía; desea eso tan brillante.

Aquella sustancia glutinosa responde de manera violenta, recorre la red tomando su forma y llega hasta los delgados brazos del niño, él grita horrorizado. El alarido es escuchado, aunque solo por otro pequeño que al ver aquel lodo denso y áureo derretir el rostro de su hermano mayor, echa a correr lejos de la asquerosa y violenta escena. Los huesos del infante, al poseer una mayor flexibilidad, son más rápidos de consumir, así que, al terminar de ingerirlo por completo, la masa, ahora de un color amarillo más oscuro, toma la forma de una pelota y se va rodando hasta el canal. Parece empecinada en seguir navegándolo.

Al anochecer, y después de mucho viajar, la criatura llega a lo que parece ser su destino: el lugar donde una noche antes el hombre al que había devorado fue asesinado. Por fin se anima a salir en su totalidad del canal, se arrastra un poco, pero se detiene después de unos metros, es lenta, muy lenta. Al cabo de unos segundos comienza a separarse en algunos fragmentos, unos pequeños y otro más grande; al final, los más reducidos adoptan la forma de ratas, y el más grande, en aquel perro llamado Muñeca. Al terminar su transformación, los falsos animales se dispersan; el perro pegó su nariz al suelo y comenzó a caminar mientras olfateaba.


—¿Ya viste bien las fotos que nos tomó el wey de anoche?

—Nel, ni tiempo tuve. ¿Salí guapo?

—Ya quisieras, wey. Pinche chango, nos tomó bien atorados, wacha acá se ve como nos entregan los paquetes de coca.

—Iiiiii, no pues si nos había agarrado bien acá. Lo chido que se la peló el wey. Te rifaste con el plomazo, padrino.

—Simón, pero no te creas we, si me sacó de pedo. El vato se fue bien enchilado.

—Al final le salieron los huevos, lástima que ya lo habíamos agarrado.
La plática es interrumpida por golpeteos en la puerta de la casa en obre negra donde esos tipos se encuentran. El llamado a la puerta de aluminio suena desesperado y al final de cada toquido se escucha como si algo se restregara en ella.

—Cámara, wey. Ponte vergas. Suena raro.

—Simón, deja saco mi cuete.

Uno de los hombres, el portador del arma, se acerca a la puerta tomando sus precauciones mientras los toquidos siguen. El otro tipo abre de súbito; una chica con las manos ocupadas cargando una hielera que parecía muy pesada era la que estaba tocando.

—Ora, weyes. Ni me abren y esta madre está bien pesada.

—Pinche Lupe, nos asustaste.

—Pa’ la otra si te meto el balazo.

Uno de ellos sujeta la hielera que le entregó la mujer, ella lucía muy feliz y sorprendida.

—’Iren lo que me encontré de camino pa’ acá. Está bien chistoso, ¿verdad?
Detrás de ella, un can con el pelaje y ojos ocre asoma su cabeza y corre para meterse dentro de la casa.

—No mames Lupe, saca esa madre o le voy a tirar un plomazo.

Aquel hombre le apunta con la pistola al extraño perrito; esté comenzó a vibrar y burbujear hasta disolverse en un charco amarillento. En su shock, el dedo del matón aprieta fuerte el gatillo en dos ocasiones, dejando dos agujeros sobre aquel líquido viscoso que cierran casi al instante. Esa acción parece molestar de sobremanera al fluido; este se abalanza sobre el pecho de su atacante comenzando la ingesta.

—¡Ayúdenme, culeros! ¡Esta madre me está quemando!

Los otros dos presentes se quedaron paralizados al ver semejante suceso, con los ojos bien abiertos y las piernas temblando.

Detrás de Lupe aparecieron algunas de las ratas amarillentas; corren con gran agilidad para arrojarse como proyectiles al pobre infeliz que ya estaba con el costillar expuesto. Las ratas se unen con la masa para aumentar su tamaño y abarcar por completo el tórax y las piernas, las cuales al verse consumidas por completo hicieron que el cuerpo cayera de lado y así le fuera más fácil de consumir.

—Ayúdenme…

Ese débil susurro proveniente de lo que quedaba de la cabeza de su compañero espabila a los dos que quedaban. Lupe huye aterrada por donde vino, gritando y manoteando al aire, pensando tal vez que puede tener pegado algún pedazo de aquello tan grotesco que la devoraría. Por su parte, el hombre restante corre a la parte trasera de la casa, atravesando una reja derribando unos tambos de plástico azul en su pavorosa carrera, provocando que cayera de cara en el pasto seco del traspatio. Aturdido, levanta la mirada para ver la figura de un niño.

—Niño, niño, ¡ayúdame!

Sujeta por un pie al pequeño y su mano comenzó a derretirse, la retira de manera abrupta dejando ver un muñón con una horrible quemadura. El infante se disuelve de manera lenta, a su vez, la otra parte de la criatura sale de la casa de forma tranquila, todavía se aprecian algunos de los huesos del primer hombre en su interior; su color ahora luce azafranado por la cantidad de carne que ha comido.

—¡Mi mano, mi mano!

Antes de que el chiquillo tomara su verdadera forma por completo, la cabeza queda por encima de un charco grumoso, similar a alguien asomando su cabeza por encima del agua para tomar aire. Sus labios comenzaron a hablar con un sonido acuoso y pesado:

—MirA Esste weEy, ya sE Ooorinó, jAaa, jaaa, jAa, jaAa.

El otro fragmento réplica esa risa asquerosa y sobrenatural; le responde:

—AaaA laa meeEra hoOora te frUuncees, jjaja, jAaa, jAjja, jAa.

Ambas plastas se dirigen hacia el infeliz para poder degustarlo de forma tranquila; él se retuerce y llora, pues nada puede hacer. El limo hace pequeños cortes sobre la piel y se introduce por ellos, aunque todo lo disolvía en cuestión de segundos, esta ocasión se dilató, lo estaba disfrutando. La fibra muscular se transforma en pudín de carne, los nervios se trozan cuales cuerdas podridas, el cartílago que cubre los huesos es retirado como un envoltorio de papel. Lo único que deja aquel ser es el cerebro, lo saca de sí misma, semejante a cuando un niño pequeño escupe alguna verdura

Al finalizar todo, la masa se funde en una sola, ahora es una sustancia color granada, brillante por las pocas luces de las casas. Toma de nuevo la forma de bola, solo que ahora aún más grande que la primera vez; rueda tranquila y satisfecha, retomando su camino hacia el canal. Se da un gran chapuzón en aquellas aguas negruzcas, desplegando todo su volumen y nada a contra corriente, pues la ruta que eligió es la que le lleva de vuelta a su hogar.

Inevitable

Satori Ko


Al despertar.
Me doy cuenta.
Hoy es el día en que me casaré.

Sólo lo sé. Aunque no he tenido novia en años, ni siquiera prospecto, estoy seguro de que hoy es el día. Nunca he pensado con seriedad en casarme, mas esta certeza, tan firme que incluso me ha despertado, vino acompañada de una tenue y agradable sensación de bienestar. Es un buen día para casarme.
Permanezco aún un rato en la cama. No pienso en nada en especial, sólo son los nervios. No es inseguridad, sólo esa presión cuando algo de enorme importancia está a punto de suceder.

Saco mi mano de entre las sábanas y la miro entre las tinieblas. Trato de adivinar su forma mientras mis ojos se acostumbran a la penumbra. Mi mano. Ahí está ya, la veo con nitidez. Reparo en su complexión algo cuadrada, tal vez pequeña y me pregunto cómo serán las manos de otras personas. Al final, he decidido que es una buena mano, pero… ¿es en ésta en la que se lleva el anillo
Lo averiguaré en su momento, pienso. En su momento. Lo sabré justo como he sabido que me casaría desde el momento en que me desperté.

El despertador no alcanza a sonar. Mi mano, más habituada a la obscuridad que mis propios ojos, lo apaga sin hacer casi ruido. Me levanto con tranquilidad y comienzo el ritual matutino. Me paro, busco las sandalias con mis pies, me quito la pijama y me dirijo al armario. No tengo más que hurgar un momento antes de encontrar lo que busco.

Es el traje con el que se había desposado mi abuelo. No recuerdo la forma exacta en que acabó ahí. Tal vez me lo habían regalado o había llegado por accidente de la tintorería o acaso perdió su lugar en un viaje entre casa y casa. No importa, ahora está allí, justo en el momento más oportuno. Lo tomo con cierta naturalidad y me lo pongo. Me queda perfecto (bueno, un poquito largo). Me dirijo fuera del cuarto para regresar momentos después.

«Soy muy descuidado, así que será mejor que deje aquí el saco mientras desayuno y me lavo los dientes».

Desayuno con tranquilidad, me acompañan las últimas sombras de la madrugada. Disfruto la comida. El día anterior no le habría prestado atención, dado que suelo desayunar a toda prisa, inquieto, basándome en mi vieja creencia de que el desayuno con celeridad equivale a otros pocos minutos de sueño. Hoy es diferente, lo hago con lentitud, deseando saborear cada instante. Cada mordida de este pan equivale a una mordida de sosiego. Disfruto de mi último desayuno a solas, a partir de mañana seré un hombre casado. Y una sonrisa cruza por mi cara.

Después de lavarme los dientes, peinarme y ponerme algo de loción de lavanda, me coloco el saco. Sólo falta la corbata. Al terror de saberme incapaz de tal hazaña de nudos corredizos (o cómo se les llame) le sigue la tranquilidad de ver una corbata con el nudo ya hecho (¿previsión tal vez de mi madre?). Salgo como siempre, rumbo a la universidad. Llevo únicamente los útiles necesarios, nada más. No debo llevar mucho equipaje para este día tan especial. Me vuelvo a preguntar mientras espero el camión:

«¿En qué mano va el anillo?».

Me subo con cuidado pues no deseo estropear el traje. Tengo suerte y logro encontrar un lugar donde sentarme, junto a la ventana, para así poder ver las luces que la noche había prendido, la madrugada sigue manteniendo y el alba aún no despacha.

Las personas a mi alrededor me ven con cierta curiosidad. No es normal ver a un tipo de traje tan formal a esas horas de la mañana. Pero cuando uno se va a casar, tiene que lucirse un poco y vestirse lo mejor posible. El resto de los pasajeros no pueden sino coincidir con mi pensar y todos seguimos tranquilos nuestro camino. Y si algún nuevo pasajero ingresa para hacer uso del servicio público, alguien le dirá con voz cordial y amable: «ese tipo se casa hoy, debe verse bien», a lo que el nuevo asentirá con cierta complicidad.

Me bajo donde siempre y un escalofrío de emoción me recorre, falta menos para mi boda. ¿Y la novia? No lo sé, no la conozco. Pero así como yo había sabido, al despertar, que este día me casaría, lo mismo le habrá pasado a ella. La reconoceré al verle, pues en caso de que alguna duda quede, ella llevará sin falta su vestido de novia. No me cabe la menor duda en nada de ello.

Las clases pasan sin contratiempos, las felicitaciones de compañeros y maestros ante mis súbitas e inesperadas nupcias no se hacen esperar, para después seguir con el tema del día: la historia de la filosofía antigua (Heráclito y su obsesión con el devenir) o los comentarios sobre un accidente fatal del día anterior (una chica de nuestra edad que apenas logro ubicar).

Salgo de clases, entro en otras, como (con mucho cuidado para no ensuciar mi traje), y regreso a las aulas. Siempre muy atento al frufrú que pueda delatar la compleja falda de una novia así como cualquier otra señal de índole semejante. Al final, el cielo comienza a teñirse de naranja. Calculo que serán las seis de la tarde, y justo donde golpea aquel rayo anaranjado de luz me quedo estático. Aquí es el lugar. En este pequeño cruce de caminos en un remoto sitio del campus. Éste es el lugar donde conoceré por fin a la novia. Y he llegado a tiempo, compruebo con alegría al ver mi reloj. Así que espero.

Espero.

Me siento a esperar.

Y sigo esperando cuando ya la noche enciende luces por aquí y por allá.

¿Será que no se enteró de que hoy es el día de nuestros esponsales? Eso no puede ser, debe ser otra cosa, algo debió retrasarla, no es posible que no sepa que éste es el día de nuestra boda.

Nervioso y desesperado, comienzo a dar vueltas a grandes pasos, exigiendo una explicación. ¡Porque debe haberla! Si no está aquí, ¡debe haber una razón!
¡Una razón enorme, tan grande como para no asistir a su propia boda!
¡Algo como…!

Recuerdo.
Me doy cuenta de todo.
Ella no vendrá.
Ella no puede…
Hay una razón… una razón poderosa… absoluta.
Recuerdo a aquella chica, la encontraba todos los miércoles en este mismo cruce. No sé mucho de ella, pero ahora que la veo en mi mente, no me cabe de que ella es quien sería mi esposa. Pero aquel comentario de la mañana, en clases, sobre un accidente fatal cualquiera. De esos que se sienten tan lejanos incluso cuando te incumben. Ella. La chica que apenas lograba ubicar. La víctima del accidente… Ahora me era obvio por qué no había llegado.

Hoy me casaba, y ayer había enviudado.

Regreso a casa con la mirada tranquila y anegada en tristeza. La sonrisa triste y amable. Ceno aturdido, habíame hecho ya a la idea de que no volvería a comer solo durante algún tiempo. Reflexiono un momento sobre el funeral de mi esposa. ¿Dónde se llevará a cabo?, es la pregunta. A ella la habría reconocido sin problemas, ¿pero a su familia? ¿Habrá forma de contactarme con sus amigos? ¿Será buena idea ir de velorio en velorio, pasando por los dolorosos abrazos de rigor antes de echar un vistazo indiscreto al féretro? Mientras esas preguntas se suceden como en una procesión fúnebre, entro a mi cuarto y revuelvo el clóset, preguntándome si también el traje para el velorio estará ahí, listo, justo como en la mañana lo estuvo mi traje nupcial.

Pero no encuentro nada.

Con gran parsimonia me siento sobre mi cama y me debato si ir con este traje será lo mejor. Pero el cansancio del día se empieza a agolpar y con la lentitud de la melancolía me recuesto para dejar pasar las ideas y las interrogantes. Mi conciencia se adormece, se adelgaza, deja de poner atención mientras sentimientos y recuerdos dispares se suceden.

Mi cuerpo está relajado. Inmóvil y pesado. En un resquicio mental pienso que estoy casi inerte… como mi esposa. La tristeza se derrama sobre mí, concentrada y pura. Sin la multitud de mensajes que mi sistema nervioso suele enviar y sin pensamientos de fuerza suficiente como para ocupar mi conciencia. Estoy vacío, en blanco. Como una hoja de papel inmaculada donde un sentimiento cae áspero y nítido como una mancha de tinta negra. Tristeza sin diluir que abre grietas y las llena, quemando como ácido frío.

La imagen de una mañana, una comida en compañía, miradas tras el velo, sonrojos, rutinas que no llegaron a existir más allá del germen, el paseo con la familia, mi familia, mi esposa, mi hija, sonrien….

¡Mi hija…!

Abro los ojos aterrado.

Mi conciencia se reestablece y todos mis músculos responden al llamado del sistema nervioso central. Me concentro:

«Mi hija, ¿dónde está mi hija?».

Busco con la mirada alrededor del cuarto en busca de una pista sobre lo que debo hacer. Pero las tinieblas callan, negándome la respuesta que sólo puedo encontrar en mí. Cierro los ojos. Mi hija, huérfana de madre ahora, está afuera, en algún lugar. Será grave no asistir al funeral de mi propia esposa, pero mi hija está primero, ella, mi querida esposa, que en paz descanse, lo habría querido así.

Salto de la cama. Por la ventana ya se vislumbran las primeras luces del amanecer. No puedo perder más tiempo. Pido un auto prestado y salgo en busca de mi niña. No repararé hasta dentro de varios días que no sé manejar, pero uno hace cosas increíbles por los hijos.

Cerca de las once, tras una infructuosa mañana de vueltas erráticas por toda la ciudad, la encuentro en una intersección de avenidas vendiendo dulces a los conductores. Le pido que se acerque y ella parece intuir la noticia, pues se echa a llorar apenas se acerca lo suficiente para reconocerme. Trato de consolarla con toda la torpeza de un papá primerizo. Por una vez el tráfico es condescendiente con nosotros. Nadie brama o desgañita su auto, ella ha perdido a su mamá y yo, a mi esposa.

Regresamos a casa juntos, haciendo un pequeño desvío para comprar algunos enseres. En otra situación habría sido una actividad jubilosa, todo un jolgorio. Pero en este caso nos sonreímos tratando de animarnos el uno al otro.
Ya en la casa, toma un baño y se pone ropas limpias (las que recién compramos). Se suelta a llorar nuevamente hasta dormirse con los ojos cansados. Su mano no deja de apretar mi camisa, así que decido dormir a su lado. La verdad, yo tampoco quiero dormir solo.

Mientras veo su cara dormida, al fin descansando, reconozco mis rasgos en ella con el orgullo que todo padre siente. También reconozco la figura de mi esposa, su recuerdo encoge mi corazón con un escalofrío helado que amenaza con dejarme la cara lívida, pero aprieto los dientes, obligándome a mantenerme firme.

No sé cuánto tiempo me quede de vida, podría morir mañana mismo, pero mientras tanto, todavía hay algo que puedo hacer. No le ha tocado conocer a su mamá (a quien yo apenas llegué a ver) pero eso no ha de ser obstáculo para que viva una vida plena, hermosa. Quiero asegurarme de que le quede cuando menos el recuerdo de ésta, nuestra hermosa familia.

Allá lejos y hace tiempo

Por Miguel Ángel Castelo


En uno de los tantos domingos que salía de trabajar, dando gracias a Dios que ya no iría lunes y martes, me desvié a casa de mis padres. Hacía algunas semanas que no los visitaba. Cuando llegué, me llevé la grata sorpresa de que mi tío Ambrosio, hermano de mi papá, y su esposa Avelina llegaron desde la Ciudad de México. La última vez que los vi fue cuando estaba en cuarto semestre de preparatoria. Los saludé gustoso. Mi mamá me ofreció, aparte de una silla, un vaso de Coca Cola bien fría y, de paso, sirvió también a mi tío. Mi tía rechazó el refresco, pero aceptó una manzana.


—Hace tiempo, a una de mis hijas se le hinchó la cara. El lado derecho. Así nomás, como si le hubieran pegado. Fuimos con los doctores y le dijeron que estaba bien. Que si no era alérgica a nada —dijo mi tío.
—Capaz que era ojo… —habló mi papá, mientras soplaba su café para dar un sorbo.
—Una vez a mí el ojo derecho se me infló como globo. ¿Se acuerdan? —volteé a ver a mis papás.
—Sí. Estuvo feo. Creí que le iba a explotar el ojo —dijo mi madre.
—¿Y tú lo curaste? —preguntó mi tía Avelina.
—Sí, lo curé —respondió mi papá.
—Ambrosio también es brujo —contó mi tía mientras mordía la manzana.
—Pues es que nuestro abuelo nos enseñó. ¿Sí o no, carnal? —mi papá dio una palmada en la espalda su hermano.
—Sí. Nuestro tata Macario sabía mucho. Nomás que ya no le hago a eso.
—Fue desde aquella vez que llegaste de madrugada, todo blanco y frio —dijo mi tía mientras masticaba otro pedazo de manzana.
—Sí, lo recuerdo, nomás que no te lo he contado —mi tío se acomodó en su lugar. Yo bebí un poco de Coca.
—De verdad doy gracias a Dios —se levantó levemente la gorra que traía—, que ese día llegué a la casa. Esto ya pasó hace tiempo y creo, mujer, aprovechando que estamos aquí, es hora de contarte:



En una noche de borrachera, tú te has de acordar bien, estábamos como cuatro o cinco en el patio de la casa. Nosotros vivimos en la Xico. Casi cada semana nos juntábamos algunos vecinos a tomar y esa vez llegó un señor que no había visto. No estaba tan grande, tenía como 35 años. Conforme pasaba la noche, llegó la mujer de este chavo.
—¿No te da vergüenza, Elías? —así se llamaba este amigo. Hasta ese rato supe su nombre—, saliste de trabajar a las 6 de la tarde y prefieres tragar mierda que ver a tu hija enferma —La voz de la señora, aparte de enojada, se oía muy triste.
—¿Qué le pasa a su hija? —le pregunté yo.
—Nada —Me contestó de rápido él —. Está mal de su cabeza.
—Esa es tu gran explicación. Yo sé que mi niña no está loca.
—Conste que yo no lo dije —le contestó casi riéndose el marido. Aquí ya empecé a dudar y le volví a preguntar a la señora.
—Pues nomás se la pasa en el rincón del cuarto como agachadita. Dice que en el techo andan caminando gatos negros y que se le quieren aventar encima, que la quieren arañar —la señora empezó a llorar—. No sale en el día, ni a la escuela la puedo llevar. Y a veces, en las noches, camina sola para afuera de la casa, pero está dormida. Y no la despierto porque dicen que es peligroso.
—Ya te dije, Pilar, que esa chamaca está loca. Se debe internar antes de que nos haga algo a tí o a mí —dijo Elías.
—¡Tiene 12 años! ¡No nos puede hacer nada!
—¿Le ha notado golpes? ¿O que su color es diferente? —le pregunté.
—Sí, en los brazos sobre todo y cada día está más pálida. Pareciera que la muerte la reclama.
Me puse a pensar mientras ellos discutían. Recordé que en el pueblo le pasó lo mismo a una chamaquilla y nuestro tata la curó. Me acabé la cerveza y me levanté.
—¿Me deja ver a su niña? —le dije a la señora en buen plan.
—¿Y tú qué sabes? ¿Eres doctor o qué? —Elías también se levantó y se me puso muy cerca, como si me quisiera pegar.
—Esto no es cosa de médicos.
—¡Creencias de gente pendeja!
—¡Cálmate, Elías! —le gritó la mujer.
—¿De veras usted sabe curar?
—Sí —le dije—. Yo sé de esas cosas.
—Créame que la he llevado con muchos doctores, hasta particulares, y ninguno me ha sabido dar respuesta. Vamos, pues. No pierdo nada con que usted la vea.
Y pues me llevó a su casa en Tláhuac. Pasé a ver a la niña y sí, estaba bastante mal. Pareciera como la niña de la película esta “El aro”: blanca, blanca, con el pelo negro, negro para enfrente, con moretones en las piernitas y los bracitos. Le hablé y me miró muy feo, como si estuviera endemoniada. Le pedí a Elías que se saliera del cuarto. Se enojó mucho más que cuando me ofrecí a ver a su hija, pero se salió mentando madres.
—Mija, este señor te va a curar —le dijo su mamá.
—¿De veras, mamá? —preguntó la niña.
Para ese rato su mirada se le cambió a algo más normal.
—¿Ya no se me van a venir los gatos encima? —me preguntó la niña.
—Pues vamos a hacer lo posible —le contesté—. Acuéstate en tu cama, así como estás.
Cuando se acostó, accidentalmente se le alzó un poco el shortsito negro que traía puesto y le alcancé a ver unas marcas como de dedos arriba de las piernas, casi en el muslo. Le dije a Pilar que le alzara más la ropa y, aparte de las marcas, había golpes. Pedí tres huevos criollos, alcohol, ruda, albahaca y pirul. Me salí junto con la señora y vi a Elías en el marco de la puerta fumando, muy quitado de la pena. Pilar lo mandó por las cosas y él, de mala gana, salió a la calle. Me quedé afuera y al rato llegó Elías. Se me quedó viendo como con desprecio.
—No hubo huevos criollos. Nomás de los normales.
—No le hace. Sirven para lo mismo.
—¿Quién te enseñó?
—Mi abuelo. No sé si era brujo, pero de que sabía, sabía.
—Bueno, pues ya veremos.
Entramos juntos al cuarto de la niña. Encima de una mesita puso las cosas. Cuando me acerqué a tomar las hierbas, empezó a oler como a drenaje, pero horrible, tanto así que me mareó el aroma. Mojé con un poco de alcohol mi mano y la acerqué a la nariz. Armé el manojo, le eché alcohol, me persigné y empecé a ramearla por todo su cuerpito. Desde arriba hasta abajo. Bien, bien rameada. Mientras rezaba un Padre Nuestro, me andaba mareando, ya no por el olor, sino por la vibra que se andaba quitando. Después le pasé los tres huevos, de uno en uno. Ahí me vinieron más mareos, pero logré acabar.
—¿Tienes gasolina? ¿Petróleo? ¿Algo fuerte para quemar? —le pregunté a la señora.
—Sí —me dijo. Me llevó gasolina, una caja de cerillos y salimos a la calle.
Puse los tres huevos en triangulo, eché suficiente gasolina. Les pedí que se alejaran un poco para que no les cayera llama. Elías se quedó en la puerta de nuevo, fumándose otro cigarro. Prendí un cerillo, lo aventé y en cuanto prendió, la lumbre se alzó alto, muy alto y los huevos empezaron a tronar, como si anduvieran echando balazos.
Cuando acabó de tronar, a lo lejos se escuchó unos gritos, pero fuertísimos, como si alguien se estuviera quemando. Nos sorprendimos mucho, la sincera verdad. Ardió por mucho tiempo eso y hasta remolinos se hacían y eso que no había aire. Yo nomás rezaba. Ya que se quemó bien todo, fuimos a ver a la niña. Estaba dormidita, pero el color le volvió. Fui todavía a curarla unas tres o cuatro veces.


—Pero no fue ese día. Fue más después, que llegaste al día siguiente —interrumpió mi tía.
—Espérate, mujer. Esto nomás fue un… ¿cómo le llaman a esto? Cuando quieres explicar antes…
—Un preámbulo, tío… —le dije yo. Volví a dar un sorbo a mi vaso.
—Ándale, un preámbulo a lo que pasó esa vez:


Varias noches después, Elías volvió a la casa a tomar. Ya andaba más calmado. Me llamó aparte, ya bien borrachos.
—Te voy a invitar a una fiesta, como agradecimiento por la curada de mi hija.
—No fue nada —le dije yo—. No te preocupes. Es más, hasta creí que no te importaba tu chamaca.
—Pues ya ves, uno que le anda jugando al descreído. Ándale, no me desprecies. Nos la vamos a pasar bien —me dijo.
Y pues le dije que sí. Nos fuimos caminando de Xico. Caminamos casi una hora. Empecé a ver que nos alejábamos de la colonia. Nomás veía las casas allá lejos con sus lucecitas bien chiquitas. Llegamos como a un desierto.
—¿Cuánto falta? —le pregunté. Ya andaba cansado.
—No mucho —me dijo—. Es nomás aquí adelante. Ya mero llegamos.
Bueno, seguimos. Ya llegamos a un cerro. Había unas cuantas casitas en la base. Caminando más derecho, vi como una cueva que se metía adentro del cerro. Se miraba una luz, pero como roja y en la entrada, un montón de muchachas bonitas. Entramos, nos acercamos a la barra, él pidió cerveza y tomamos otro poco. Una de las muchachas se me acercó y me dijo que si no le invitaba una cerveza. Le hice seña de que se fuera, que no tenía dinero. Andaba muy cansado y me quería ir, pero Elías me dijo que nada más nos acabábamos esa cerveza y me llevaba de regreso.
Como a la hora ya nos salimos los dos. Empezamos a caminar de regreso y cuando andábamos por el desiertito ese, empezó a oler como a quemado. Caminé otro poco y, luego, luego, salieron de la nada unas llamaradas bien altas y como a unos metros enfrente de mí, una lumbrada como de dos metros de alto, pero bien roja. Todo alrededor se veía. Sentí que alguien estaba tras de mí y que me agarra del cuello con su brazo.
—¡Ahora sí! ¡Te voy a matar, brujo jijo de la chingada! —por la voz, reconocí que era el papá de la niña. Inocentemente caí en una trampa.
—Yo no te he hecho nada. ¿Por qué me quieres matar? —empecé a escuchar muchas voces, pero muchas, como si estuvieran cantando en la iglesia.
—Ahora te voy a mandar con el Hermano… —me dijo.
Al otro lado de la lumbre, vi sombras, pero de a madres. Estaban encapuchadas y nomás se les veían los ojos rojos, eran como del color de la sangre. Como pude me le zafé y corrí. Hasta la borrachera se me bajó. Conforme me alejaba, las voces se escuchaban más y más lejos. Cuando vi casas, empecé a tocar las puertas, pero nadie me escuchó. Me escondí en una barda. Yo nomás oía los gritos de aquel: «¡Sal, brujo jijo de la chingada! ¡Te voy a matar! Hijo de tu puta madre, ¡sal que te mato!». Y pues no salí y no salí, hasta que ya no lo escuché.
Corrí viendo hacia atrás, hasta que llegué como a una carretera. Fácil eran las tres de la mañana. No tenía ni un peso y no pasaban carros para la ciudad. Anduve un buen tramo, hasta que me encontré con una pareja de viejitos en una carretita jalada por dos burros. Andaban los dos de blanco, pero la señora traía un rebozo azul cielo que le tapaba la cabeza, pero se le veía la cara.
—¿Qué andas haciendo a esta hora, hijo? —me preguntó la señora.
—Me quisieron matar. Ando perdido —le dije.
—¿Para dónde vas? —me preguntó el señor.
—A Tláhuac.
—No mijo. Tláhuac está pa’l otro lado. Camínale pa’allá y llegarás a Tláhuac.
—Gracias.
—Que Dios te cuide —me dijo la señora.
Me fui para donde me dijeron. De rato volteaba y ya no los vi, ni se oía el ruido de la carreta. Se fueron para el silencio. En ese momento ni me importó. Luego vi una panadería. Ya tenía la luz prendida. Me acerqué a tocar y no me quisieron abrir. A lo mejor me vieron desde la ventana y pensaron que les quería robar. Seguí caminando y como a la hora vi una luz. Era una combi. Le hice señas y se orilló. Creí que se pasaría de largo.
—¿Qué te pasó?
—Me quisieron matar.
—¿Y eso?
—No lo sé.
—¿Para dónde vas?
—A Tláhuac.
—¿Y de ahí?
—A Xico.
—Súbete, te llevo.
Y me llevó hasta la base para agarrar el carro a Xico. Cuando me bajé ahí, me dio dinero para pagar el transporte a la casa. Ya andaba amaneciendo. Llegué casi a las siete de la mañana.
—Ya llegué, gracias a Dios. Bendito Dios que ya estoy en mi casa.
—¿Tú qué traes que andas bendiciendo tan temprano?
—Ya llegué, mujer —me quité la chamarra y me acosté—. Abrázame, por favor.
—No, vete para allá. Andas muy frio.



—Ese día que entró al cuarto, lo vi blanco, blanco. Y le toqué la mano y estaba fría, fría, peor que muerto —dijo mi tía mientras soltaba una risita y tiraba la basura de la manzana.
—¿Y en qué acabó todo eso? —preguntó mi papá.
—Resultó que Elías estaba abusando de la niña, por eso los moretones en las piernas. Y aparte, me dijo Pilar después que, a los días, llegó una mujer toda quemada a su casa a pedirles perdón. Ella confesó que Elías la buscó para hacerle un trabajo a la niña para que la mamá no se enterara de las barbaridades que este cabrón le hacía.
—Pero también a él le fue mal —dijo mi tía—. Como a los dos meses, lo encontraron muerto bajo un puente. Según, que por sobredosis de droga.
—Eso dicen, mujer. Cuando haces el mal se te regresa y al doble. Yo por eso nomás le pido a Dios —volvió a levantarse la gorra— que nos vaya bien. Este mundo está lleno de maldad.
Mis tíos se irán mañana. Una verdadera lástima. Estoy seguro que como esta, tienen más historias, pero ya no me tocará oírlas hasta que ellos vuelvan. Espero que se animen a volver.

Los últimos pasos del amor


Por Javier Huaman


Lo que importa no es lo que te sucede, sino cómo lo llevas”

Séneca

Se había puesto su vestido más elegante, por la ciudad lucía sus finísimos zapatos, haciendo sentir con sus tacones firmeza y seguridad. Por donde iba enamoraba a más de un semental, pero ella no respondía a esas miradas lascivas y dándoles la espalda, disipaba alguna oportunidad amatoria.

Al llegar a su destino, indicó que tenía cita programada. Unos minutos después, la puerta del consultorio se abrió, ella ingresó con su elegante andar.

El doctor miró a contraluz las tomografías, leyó el informe médico y dio su diagnóstico con un tono a sermón rutinario:

―No hay nada que hacer, esto es irreversible, lo siento señora.

―¿Cuánto tiempo? ―preguntó ella, tratando de ser valiente.

―Seis meses, y le aconsejo que para entonces ponga en orden todos sus asuntos ―fue una frase imperativa.

Ella se quedó pensativa unos instantes, para luego marcharse, dejando en el aire del consultorio el aroma de su perfume.

Una vez en casa, ella cruzó la gran sala y corrió las cortinas; tras las ventanas, pudo ver el jardín y el ocaso de aquel inolvidable día. «Se muere el sol, se muere el día, me muero yo», pensó. Llevó a sus delgados labios un vaso de Gin & Tonic; poniendo el codo sobre la chimenea de mármol, y cuidando siempre; de no manchar unos papeles mecanografiados sobre el escritorio.

Sintió su vida flaquear, pronto viviría con un dolor agonizante. No quiso ponerse melancólica ni tampoco llorar, trató de ser de hierro, como le había enseñado su padre, pero no pudo, la cruda realidad era innegable. Se moría.

«Cómo es la vida, a mi mediana edad me viene a dar esta enfermedad, yo que todo el tiempo me cuidé, no lo entiendo» Dijo en la soledad de la habitación. Sacó un espejo de su bolso, todavía mantenía su hermosura, y así se la imaginaría siempre, incluso cuando llegue su hora final. Probó una copa más y siguió reflexionando: «En el colegio, la maestra decía, que todos los días muere una célula de nuestro cuerpo, sí, tenía razón, pero en mi caso son miles de células; y esto me empuja ante el inevitable fin».

El esposo llegó para saber cómo estaba su mujer, la encontró en la sala viendo la noche; y el rostro de la luna triste se ocultaba entre las nubes, impotente de consolarla. Ninguno de los dos habló, al cabo de unos instantes, sin perder su garbo; ella volteó a mirarlo, hubo cierta tensión, como en una pelea de gallos.

Ella dejó el vaso en el escritorio y le dijo:

—Hoy estuviste muy profesional en la consulta, tu diagnostico me sorprendió y aún trato de asimilarlo; pero lo que más me llamó la atención, fue tu frase: “le aconsejo que para entonces ponga en orden todos sus asuntos”. Escúchame querido, esos “asuntos” ya los puse en orden.

Y agarrando las hojas mecanografiadas, las aventó en la mesa:

—Son los papeles del divorcio, hoy los he firmado, ¡Vamos! ¡Cógelos! ¿No es eso lo que tanto querías? —exclamó, al mismo tiempo que se arrepentía de no haberlo hecho tiempo atrás.

Él quiso decir algo, pero ella con un ademán de que no la interrumpiera, continuó:

―En este momento de mi vida, solo puedo cargar una cruz, y esa es mi enfermedad. Y añadió una frase estoica: “No tenemos poco tiempo, sino que perdemos mucho”. Y nuestro amor hace años que se perdió.¡Así que se acabó! Me marcho a disfrutar y resistir lo que me queda de vida; toma las llaves si quieres, y no me jodas más, ¡Adiós!

La puerta se cerró bruscamente, y solo quedó el eco del sonido de sus tacones.

Los fugitivos


Ronnie Camacho Barrón


El día en que los humanos perdimos la fe, fue el mismo en que los ángeles descendieron a la tierra, al principio el mundo se maravilló ante ellos y aunque su apariencia no encajaba en el canon de las descripciones conocidas, no cabía la menor duda de quienes eran.

Pues poseían cuatro pares de gigantescas alas blancas, sus ojos resplandecían más que el propio sol, las facciones de sus finos rostros les daban un aspecto andrógino y emitían una intensa aura celestial que hacía que cada persona en un radio de diez metros a la redonda terminase rendida a sus pies.

Como era obvio, los creyentes del mundo les recibieron con los brazos abiertos, estaban ansiosos por escuchar el mensaje que seguramente Dios les había encomendado darnos.

Fue muy tarde cuando descubrimos que aquellos seres alados no eran mensajeros de buenas nuevas, sino, vengativos ejecutores.

En cuestión de días y haciendo uso del poder de sumisión que tenían sobre nosotros, comenzaron a asesinar a cada humano que se pusiera en su camino, hasta el punto, de que grandes metrópolis como la Ciudad de México, Paris y Nueva York fueron purgadas en tan solo una tarde.

Sin más alternativa, la guerra en contra de los celestiales comenzó y no fue hasta hoy, a un año de haber iniciado el conflicto que por fin hemos encontrado la respuesta a su venida.

Con mucho esfuerzo logramos derribar a uno ellos y tras cercenarle las alas, no solo inhibimos sus poderes, también logramos interrogarle y lo que dijo, nos heló la sangre.

Dios no los había enviado, fueron ellos quienes por decisión propia habían descendido a la tierra para esconderse de él, pues siguiendo los pasos de Lucifer en los comienzos de la creación, ellos también intentaron rebelarse y de igual forma, fracasaron.

Fue por eso que antes de recibir su castigo, huyeron a nuestro mundo, pues solo aquí su ira jamás los alcanzaría y al ser ellos mismos sus propios ejecutores, nadie jamás los detendría de apropiarse del planeta.

No tenemos idea de cual será nuestro siguiente movimiento, la munición que tenemos es escasa y el último reporte que obtuvimos de nuestros vigías antes de perder la comunicación con ellos, es que una brigada entera de ángeles viene para acá.

Jamás pensé que el apocalipsis sería de esta manera, ni que aquellos seres hermosos en los que mamá me enseñó a creer, se convertirían en monstruosos bastardos que se cobrarían la vida de la mitad de nuestra civilización.

Ya los veo acercarse a la distancia y aunque yo deseo correr, mi cuerpo no responde, sé que ya no sirve de nada rezar, pero señor, te lo suplico, cualquier cosa que me vayan a hacer que la hagan rápido.

Sueños


Carolina Carmona Maldonado


A veces uno se pregunta el significado de sus sueños, el porqué de aquel hombre o ser que apareció, del porque viste esa persona muerta que extrañas mucho y en si quiso darte un mensaje o simplemente quieres volver a verla. Pero yo nunca encuentro un significado apropiado o elocuente. ¿Por qué? Porque la incoherencia de mi mente me lleva a los sueños más retorcidos y extraños que cualquiera de mis conocidos podría siquiera imaginar.

Me siento en un lugar cómodo y sonrío al volver a recordar ese sueño, en ese último momento donde perseguía a un pastelito de chocolate, el cual corría con terror por una calle angosta, y cuando lo alcancé, le di una mordida y saboreé su deliciosa consistencia esponjosa. Claro está que ese pobre postre no le ha gustado ser víctima del terror y de que le hayan arrancado una parte de sí. ¡Pero estaba delicioso! Me dije para justificar haberlo mordido. Luego de recordar aquello, mi estómago crujió ya que no había desayunado esa mañana.

Trato de olvidarme del hambre y leo en mi libreta uno de esos sueños incomprensibles esperando descifrar su significado ¡si es que lo tiene! Pero por más empeño que le pongo no lo consigo, sobre todo porque hay un pensamiento que distrae mi mente el cual consiste en correr ¿A dónde? Me pregunto, y ¿por qué? Miro hacia todos lados como si algo buscara de mi entorno, tal vez algún peligro, pero solo veo arboles pequeños, pájaros peleando y un parque vacío de personas. Miro al cielo esperando ver nubes negras o algún indicio de lluvia, tal vez esa sea la razón por la que mi mente piensa en correr, pero nada, todo es soleado y sin nubes a la vista.

Me cruzo de brazos y siento un escalofrió recorrer mi espalda ¿Habré olvidado apagar la luz al salir? ¿Habré dejado la puerta abierta de la casa? Cada pregunta que me hago se hace más inquietante y poco a poco comienzo a entrar en pánico ¡Necesito saber por qué debo correr! Me levanto de golpe y camino rápidamente hacia casa esperando encontrar todo en orden, y aunque trato de controlar mis nervios no lo consigo, por lo que comienzo a correr como si no hubiera un mañana y sin querer empujo a varios transeúntes: ¡Tengo que llegar! Me digo y sigo corriendo.

Al llegar, veo que todo estaba tal y como lo había dejado, la cama tendida, los platos lavados, una revista abierta a la mitad en el sofá y migajas de pan en la mesa ¡Que alegría! Sonrió de oreja a oreja, es entonces cuando recobro la otra parte del sueño: recuerdo haberme puesto azul y acostarme en el suelo después de comer ese enorme postre: ¡Que extraño! Digo en voz alta para luego sentarme en el sofá y sostener la revista en mis manos. Después de leer unos párrafos, me surge la urgencia de ir al baño, por lo que camino lentamente y entonces la razón por la que corría. Mi cuerpo estaba tirado en el piso. No había llegado a tiempo.

Cuando los perros ladran en orden

Autora: Patricia Torres Herrera


Viví mi infancia al lado de mamá Viro, mi abuela materna, y mis tíos Rulo y Nina, hermanos de mi mamá. Vivíamos en un pueblito que se encontraba a varias horas de la ciudad de Morelia. Sobre una antigua carretera se podía ver un letrero de color verde desgastado con letras blancas, apenas legibles, que decía Churikua, palabra purépecha que significa “de noche”. Debajo del nombre había una flecha que indicaba la entrada al pueblo.

El camino que permite recorrer el pueblo es una pendiente, debido a que Churikua está construido sobre la espalda de un cerro. En aquel entonces, no éramos muchos habitantes, sin embargo, había diversas casas de adobe con tejados color arrebol a lo largo de aquel camino que cruza todo el pueblo. La casa de mamá Viro no estaba ni al inicio ni al final de ese camino. Podemos decir que vivíamos justo a la mitad, es decir, a media espalda del cerro. Aun así, cuando íbamos a la ciudad había que caminar mucho para llegar a la carretera y tomar el autobús. En época de calor era desgastante caminar bajo el sol, parecía como si lo fuéramos cargando, y en época de lluvias lo complicado era andar sobre el gran lodazal que se formaba en el camino.

Lo malo de ser un pueblito recóndito, como lo era Churikua, es que muchos de los grandes inventos, creados por los hombres de ciencia, no llegan o llegan mucho tiempo después. Así, en aquella época, nosotros no contábamos con servicio eléctrico a pesar de que ya existía; por ende no gozábamos de ningún instrumento, equipo o aparato que requiriera de electricidad, esto impregnaba de gran silencio la atmósfera de aquel lugar a cualquier hora del día. No obstante, la ausencia de luz artificial por las noches fomentaba la creación de numerosas historias de espantos entre quienes habitábamos aquel poblado.

Recuerdo que era muy común escuchar historias acerca de la existencia de las brujas. Se contaba que éstas salían a medianoche montadas sobre sus escobas, y la luz de la luna dejaba ver su reflejo en el cielo. Salían en busca de bebés y niños pequeños para chuparles la sangre y alimentarse de ellos, en el mejor de los casos, porque también se rumoraba que podían llevárselos y no se les volvía a ver jamás. Las mamás siempre tomaban sus precauciones al respecto, procuraban poner las tijeras de costura debajo de las almohadillas de los niños, las ponían abiertas en forma de cruz, se creía que aquello ahuyentaba la presencia de las maléficas y los pequeños quedaban a salvo.

También se decía que las brujas se acercaban a los hombres que transitaban de manera solitaria por el camino a altas horas de la noche. Nunca les hablaban de frente, solo se posicionaban detrás de ellos y les hablaban muy dulcemente tratando de seducirlos. Si lograban su cometido, al día siguiente el cuerpo del seducido aparecía desnudo y tirado en un barranco. Sobre el cuello amoratado se podían ver las marcas que habían dejado los dientes de éstas malignas.

Por eso, a manera de precaución, cuando a algún varón le agarraba la noche fuera de casa y tenía que transitar por el negro camino, siempre iba cantando a todo pulmón o chiflando, para no tomar el riesgo de escuchar el susurro de la bruja detrás de sí. Aunque, más bien, creo que lo hacían para ahuyentar su propio miedo.

De noche podías ver difuntos, al mismísimo diablo o seres de mediana estatura con ojos luminosos que salían de entre las milpas en busca de alimentos y mujeres. Cuando de niña escuchaba esas historias me provocaban mucho temor, tanto que sólo quería estar pegada a mamá Viro. Pero también llegaba a sentir mucha curiosidad porque, en realidad, yo jamás había presenciado nada de eso.

Mi vida cambio el día que la Muerte visitó el pueblo. Mi tío Rulo me contó que la Muerte visitaba nuestro pueblo cada cierto tiempo y que su próxima visita sería en dos días más. Le pregunté que a qué se debía su presencia, y él me dijo que lo hacía porque iba en busca de personas que estuvieran enfermas para llevárselas. También le pregunté que él cómo sabía cuando la Muerte estaba de visita y si alguna vez la había visto. Me dijo que nosotros los humanos no tenemos la capacidad para poder verla, los únicos que poseen esa cualidad son los perros y son ellos los que nos dan la señal de su llegada y presencia en el pueblo.

Me contó que sabría de su llegada porque, cuando la Muerte entra al pueblo, los perros de las primeras casas visitadas empiezan a ladrar con gran enjundia y desesperación. Después, conforme ella va subiendo por el camino, los perros de las primeras casas se callan, pero los de las siguientes empiezan a ladrar y así sucesivamente. Podríamos decir que, los ladridos de los perros funcionarían como una especie de alarma; ésta se encendería ante la presencia de la visitante y se apagaría toda vez que ya no la percibiera, pero se encenderían las alarmas de la siguiente casa visitada y así consecutivamente hasta que culminara el recorrido de la Muerte en la última casa que se encuentra sobre la cima del cerro.

Como dato extra, me dijo que si una persona quería ver a la Muerte, podía untarse en los ojos las chingüiñas de los perros y eso le daría el poder para ver la imponente presencia de ésta. Dicho lo anterior, la tía Nina, que andaba por ahí regando las plantas, alzó la voz y muy determinada me dijo: “¡Mariana, ni se te ocurra hacerlo! Porque lo único que vas a pescar con toda seguridad es una buena infección”. Quizá me lo advirtió porque bien sabía de lo que yo era capaz.

Todo el día anduve pensando en lo que me había contado el tío Rulo, varias cosas me daban vuelta en mi cabeza. Me acerqué a Capulín y a Palomo, nuestros perros, para inspeccionarlos, les revisé cuidadosamente los ojos, pero no veía chingüiña alguna, quizá a esa hora del día y con el trajín en el que siempre andan envueltos, la lagaña ya había quedado embarrada en la hierba o en algún otro lugar. ¿Cómo haría para conseguirla y después conservarla?, pues necesitaba untármela justo antes de que la Muerte visitara nuestra casa y así poder verla.

En una de esas, recordé que en mi libro de lecturas de español venía una historia acerca de la Muerte, se llamaba: “Francisca y la Muerte”. Rápidamente fui a buscar mi libro, leí nuevamente la historia, aunque en ese caso la Muerte no era exclusiva de la noche pues aparecía de día y sabía bien a quién buscar, no necesitaba hacer ningún recorrido. ¿Por qué la nuestra actuaba distinto? ¿Acaso las reglas habían cambiado? De pronto, empecé a observar la vestimenta que llevaba puesta la Muerte del cuento, llevaba un sombrero de paja sobre su cabeza y vestía ropa muy parecida a la que usaba papá Pánfilo en vida. En la historia se decía que el color de su mano, y por ende de su cara, era de color amarillo, dato que yo no podría corroborar en la oscuridad de la noche a menos que las lagañas fueran de alto poder. Eso de momento no lo sabía, por lo pronto, creo que sólo podría saber que era ella porque el rostro era una calaca y llevaba en la mano una guadaña.

En las próximas horas tuve la sensación de que la tía Nina me espiaba, ¿acaso sospechaba de mis intenciones? Era muy probable, después de todo, yo tenía mi propia historia y ella me conocía muy bien, así que opté por ser muy discreta. Al siguiente día, cuando regresé de la escuela, me enfoqué en la búsqueda de un pequeño recipiente donde pudiera guardar las lagañas que extraería de Capulín o de Palomo. Aunque después se me ocurrió que podía ser de ambos para ir a la segura.

A un costado de la casa teníamos un basurero, ahí mamá Viro solía tirar todos los desechos que se generaban en el día a día. La basura nunca se acumulaba porque a un cierto tiempo aquello que no se degradaba el tío Rulo lo quemaba para evitar que se nos acumulara. Afortunadamente para mí, mi tío aún no había quemado nada, así que haría una muy buena pesquisa. O al menos eso es lo que yo había creído, porque he de decir que en aquel tiempo la mayoría de las cosas se reutilizaban. Por ejemplo, las bolsas de plástico, que eran muy escasas, no solían desecharse a menos que estuvieran muy rotas ya que se hacía el mayor uso posible de ellas. La mayoría de los productos sólidos nos los daban en envoltorios de papel y en el caso de los líquidos, nosotros debíamos llevar nuestro propio recipiente. De hecho, los envases de refresco eran todos de vidrio, no existían los de plástico. Considerando la situación, recuerdo que no encontré lo que yo necesitaba, en cuestión de recipientes sólo encontré unas latas de sardina y unos botes de plástico todos rotos. Y ahora qué haría… Opté por ir a buscar a la cocina, quizá podría haber algún frasquillo por ahí que se ajustara a mis necesidades.

Por las tardes mamá Viro y mi tía Nina se sentaban en el patio a bordar y a tejer; solían pasar ahí casi toda la tarde. Eso me venía bastante bien, tenía tiempo suficiente para buscar en la cocina sin que nadie pudiera verme. Al hacer mi búsqueda, la cual tuvo que ser con el mayor silencio posible para evitar que, sobre todo, la tía Nina me escuchara, me di cuenta de que la mayoría de las cosas eran trastes de gran tamaño, nada que se ajustara a mis necesidades. Empecé a sentir un poco de frustración, de repente, sobre la mesa vi el pequeño salero de vidrio, sí, era pequeño, gordito y de boca ancha, ¡qué bien me venía!, no importaba que la tapa estuviera perforada.

Y ahora qué… sabía que lo quería, pero seguramente era algo que echarían de menos y cómo justificar su ausencia sobre la mesa. Finalmente, y no sin sentir un poco de nerviosismo, decidí tomarlo y salí de la cocina a toda velocidad como si llevara un perro rabioso detrás de mí, tenía miedo de que en el último momento alguien me descubriera. Aunque ahora que lo pienso, mi actitud se debía al reclamo de mi consciencia por lo que acababa de hacer.

Me deshice de la sal que contenía el salero y guardé el frasco. Al día siguiente, por la mañana, tomaría las apreciadas chinguiñas de los ojos de Capulín y Palomo, que me llevarían a conocer lo nunca antes visto. Me desperté un poco antes de la hora acostumbrada para que me diera tiempo de inspeccionar los ojos de mis adorados perrunos. Salí en busca de ellos, pero no los vi. Estaba a punto de gritarles para llamarlos cuando la tía Nina me preguntó qué hacía, le dije que quería ver a Palomo y a Capulín pues normalmente a esa hora ellos estaban en el patio y ahora no, quería saber si estaban bien. Es probable que la tía no me haya creído, pero me aclaró que los perros se habían ido con mi tío Rulo al monte, pues era día de ir a buscar hongos, así que nuestros guardianes lo habían acompañado.

Efectivamente, el día anterior el tío Rulo había comentado acerca de su ida a buscar hongos y traerlos para desayunar, ¡qué frustración! Porque para cuando ellos llegaran, yo ya no estaría en casa, pues tenía que ir a la escuela. ¿Qué posibilidades había de recuperar las secreciones de los perros? No lo sabía, mas no había otra cosa qué hacer, sólo conservar la esperanza de que para cuando yo regresara aún pudiera recuperar aunque fuera una pequeña reminiscencia de la tan deseada excreción, que daría visibilidad a mis ojos en la oscuridad.

Me volví a mi cuarto y empecé a prepararme para ir a la escuela. Cuando vi a mis amigos tuve ganas de compartirles lo que sucedería ese día por la noche, quería contarles todo lo que mi tío Rulo me había dicho. Después pensé que lo mejor sería contárselos para cuando yo ya hubiera logrado tal hazaña.

Cuando regresé a casa, Capulín y Palomo salieron muy alegres a recibirme, yo los vi con más cariño y alegría de lo normal, agarré a Capulín de la cabeza y le empecé a revisar los ojos, él me veía fijamente y empezó a querer lamerme la cara, pensó que yo quería arrumacos y después me costó un buen de trabajo tranquilizarlo, una vez que tuve la situación bajo control pude ver que él estaba limpio. Ahora era el momento de revisar a Palomo, aunque creo que éste pensó que ahora era su turno de demostrarme todo su cariño y para cuando reaccioné ya me tenía debajo, cubierta por completo, pues Palomo es un perro grande, su pelo es largo y abundante. Así que quedé sepultada debajo de aquel enorme peluche color blanco. Con trabajos pude quitármelo de encima, aunque al tiempo que lo hacía logré ver que tenía una chingüiña en su ojo izquierdo. Inmediatamente fui a mi cuarto en busca del frasquito, ¡no lo encontré! Según yo, lo había guardado dentro de una pequeña canasta de paja que me había regalado mamá Viro, estaba ahí junto con mis trastecitos.

Instantes después recordé que se me había hecho más fácil dejarlo debajo de mi cama, detrás de una de las patas de adelante, así que fui a revisar, pero ya no estaba. Me tiré de panza sobre el suelo e inspeccioné muy bien debajo de la cama, ahí no había ni polvo. Estaba segura de que lo había dejado ahí, me preguntaba ¿qué había pasado? Por pura curiosidad fui a ver a la cocina y ¡oh sorpresa!, el salero estaba sobre la mesa. En el mismo instante en que lo vi también estaba la tía Nina observándome, así que mientras yo veía el salero ella me veía a mí, ¡ni qué hacer! Sólo volteé a verla y le sonreí. Estaba a punto de salir cuándo me preguntó si quería algo, le dije que había llegado con mucha hambre de la escuela y que quería un pedazo de pan. Me pidió que me sentara a la mesa y me sirvió un plato de peras cocidas con miel, no sin antes aclararme que no había pan.

Afortunadamente sí tenía hambre, así que pude comerme las peras sin mayor problema. Solo que no quería sentarme a la mesa por temor a que la tía Nina me hiciera algún comentario respecto al salero, pero ella después de servirme se fue hacia donde estaban los fogones y empezó a hacer las tortillas. Opté por comer en absoluto silencio, no quería dar paso a que mi tía me fuera a hacer alguna pregunta incómoda, aunque la vi tan concentrada en su actividad que supuse que ella tampoco tenía intención alguna de hablar del tema, ¡qué alivio! Una vez que terminé de comer mis peras, salí al patio, quería ver a Palomo, pero ya no estaba, de hecho, ya no estaba ninguno de los dos y no tenía idea de en dónde podrían andar.

Detrás de la casa había unas cajas de madera que eran especiales para poner los bulbos de las flores que sembraba mi tío Rulo, cuando éstas estaban desocupadas me gustaba agarrarlas y armar con ellas una casita y meterme ahí. Así que fui para allá, armé mi casita y me metí a pensar en mi fallido intento por conseguir la sustancia mágica que me permitiría conocer a la Muerte. ¿Cómo era que la tía Nina había encontrado el salero? Después caí en la cuenta de que lo había encontrado a la hora de hacer la limpieza, seguramente al barrer y meter la escoba debajo de la cama, en algún momento el salero salió rodando y quedó expuesto a ojos de la tía. ¿Por qué no había pensado en esa posibilidad? Y ahora qué… ¡nada! Ya no había nada qué hacer, había perdido mi oportunidad de conocer a la Muerte.

Ahora, dadas las circunstancias, sólo tenía que conformarme con escuchar a los perros ladrar, en señal de su presencia. La única forma de corroborar que se trataba de ella era que los perros tenían que ladrar con cierto orden, primero los de las casas que están a la entrada del pueblo, después los que viven en las casas de más arriba y así sucesivamente hasta pasar por la casa de mamá Viro y continuar hacia la cima del cerro.

Por la noche, después de merendar, cada quien se retiró a su cuarto, yo dormía en el mismo que mamá Viro, aunque cada quien en su cama. Me acosté y después mi mamá apago la vela y se acostó también. Minutos después mamá Viro, como siempre, roncaba ásperamente. Yo en cambio, estaba dispuesta a no dormir y a esperar a nuestra visitante. Al principio estaba muy atenta, después comencé a sentir que ya había pasado mucho tiempo, finalmente, empecé a sentir mis ojos cansados, los párpados se me querían cerrar, me resistía a ello y de cuando en cuando me cambiaba de posición para espantar mi sueño. Al cabo de un rato, alcancé a escuchar el lejano ladrido de un perro, en ese momento el sueño que me acedía se esfumó, mis neuronas se activaron y mis oídos se aguzaron, me puse en estado de alerta.

Efectivamente, ahí estaban los primeros ladridos y si mis oídos no me fallaban, venían de las casas que están a la entrada del pueblo. Puse toda la atención que pude para tratar de seguir la secuencia de aquellos aullidos. Al parecer, sí había un orden e iban avanzando y cada vez se iban escuchando más cerca de la casa de mamá Viro. Después de un rato los empecé a escuchar a poca distancia, casi podía adivinar en casa de quién estaba la Muerte en ese momento.

Unos instantes más y los ladridos se escuchaban a tres casas de la mía, sin entender por qué, mi corazón empezó a latir un poco más rápido de lo normal, no sé si me emocionaba o me daba miedo el hecho de que en muy poco tiempo Capulín y Palomo empezarían a ladrar en señal de la visita de la Muerte. Para cuando empezaron a ladrar los perros de la casa de al lado, mi corazón ya estaba latiendo aún más, latía con tal fuerza que alcanzaba a escucharlo perfectamente.

Palomo fue el primero en empezar a gruñir, después le siguió Capulín, en escasos segundos ambos perros ladraban con furor y corrían de un lado a otro en el patio, se les oía desesperados. Casi por instinto, sólo atiné a taparme de pies a cabeza con las cobijas que tenía. Sabía que la Muerte estaba en nuestra casa, ahora era nuestro turno. La respiración me empezó a fallar, sentía que me faltaba el aire, empecé a sudar a mares y tenía mis piernas rígidas, justo en eso, escuché ladrar a Palomo muy cerca de la puerta del cuarto donde estábamos mi mamá y yo, ladraba con gran exasperación. De repente, se oyó un ligero rechinido de la puerta de madera. Palomo había dejado de ladrar, pero ahora gruñía en señal de amenaza, en tanto que Capulín emitió un aullido de ansiedad.

Mi asfixia iba en aumento, ¡ya no podía más! Con cierto esfuerzo alcé las cobijas e hice un pequeño hueco para robarle tantito oxígeno a la atmósfera. Sin duda alguna yo ya estaba muy asustada, temía que la Muerte hubiera entrado y se llevara a mamá Viro, después de todo, ella era la única que siempre tenía achaques, además de que seguía roncando sin parar, por lo que la descubriría muy fácilmente.

Después de unos segundos, nuestros guardianes ya no emitían gruñido alguno y mamá Viro había dejado de roncar, aquello era un silencio total, estaba segura de que la muerte ya había descubierto a mi mamá y se la había llevado, ¡todo se había acabado! Empecé a sollozar sin querer, cuando de manera súbita, sentí sobre mis hombros unas manos que me apretaban fuertemente, terminé emitiendo un grito de terror. Enseguida escuché la voz de mamá Viro que me decía: “Mariana, ¿qué te pasa?”, en ese momento empecé a llorar tan fuerte como un bebé que recién acaba de llegar a este mundo.

Instantes después, mi mamá encendió la vela que está sobre la repisa de la virgen de Guadalupe, me quitó las cobijas de encima y empezó a revisarme. Me preguntaba una y otra vez que si estaba bien. Cuando a ella también se le pasó el susto de verme llorando y toda empapada en sudor, me llamó la atención y me dijo que eso pasaba por dormirme cubierta de pies a cabeza, todo aquello era consecuencia de la falta de oxígeno.

Me ayudó a cambiarme de ropa, me recostó en su cama y me cubrió con una sábana. Me dijo que no debía cubrirme el rostro, que era importante que respirara el aire del ambiente; así que acaté las órdenes. Mamá Viro apagó la vela y se recostó al lado mío, yo me quedé muy quieta, mi respiración se tornó normal y mi temperatura también.

Empecé a recuperar mi tranquilidad y aún más porque estaba al lado de mi mamá, eso me daba mucha seguridad.Sin embargo, volví a tomar consciencia de mi entorno y enseguida escuché ladridos de perros, solo que ahora se escuchaban más arriba de nuestra casa. Asumí entonces que la Muerte había seguido su recorrido.

Repentinamente me asaltó la duda, ya no escuchaba ruido alguno por parte de Palomo y Capulín, y si en lugar de llevarse a mamá Viro, la Muerte se había llevado a alguno de nuestros perrunos… Aunque, por otro lado, no sabía a ciencia cierta, si la Muerte que se lleva a las personas era la misma que se llevaba a los animales. Eso era algo que tenía que preguntarle al tío Rulo al día siguiente. Por lo pronto, me sentía con la necesidad de ir a buscar a Palomo y a Capulín.

Estaba a punto de ponerme de pie cuando escuche un profundo y delicioso bostezo detrás de la puerta, ese era Palomo, sin duda alguna, él siempre se echaba a dormir ahí y, por lo visto, en ese momento ya estaba dispuesto a entregarse al sueño que emerge de la noche. Casi enseguida, escuché que alguien arrastraba algo, el sonido era muy parecido al de una bota que estaba siendo sacudida con gran vehemencia, ese alguien era Capulín que ya había logrado sustraer una de las botas del tío Rulo y se divertía con ella con singular alegría. De tan solo imaginar cómo quedaría la bota y la cara que pondría mi tío al día siguiente cuando la viera, me dieron muchas ganas de reír, pero me aguanté.

Por lo visto, Capulín y yo sufríamos de insomnio, pero ambos éramos muy felices en ese momento, él con su bota y yo de que todos estuviéramos bien.

Patricia Torres Herrera. Estudió la licenciatura en Biología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y recientemente terminó la licenciatura en Lingüística en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

Colaboró en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), en la elaboración de reseñas de libros, mismas que se publican en la página electrónica Tianguis de letras.

"Siempre he sentido una gran pasión por la escritura, y ésta es la primera vez que me atrevo a compartir algo de lo que he escrito de narrativa. El cuento que les comparto se llama Cuando los perros ladran en orden".

Revivirán sus rostros

Autora: Yolanda Pomposo


En esta sección presentamos cuentos que fueron trabajados en el Taller Delfos de Escritura Creativa narrados en voz de los propios autores. Da click en el enlace para escucharlo en la plataforma IVOX.

Revivirán sus rostros

Yolanda Pomposo Díaz

El asiento del autobús está cómodo. Mando el último correo para confirmar que esta mañana, los voluntarios ya tomamos la primera dosis de la vacuna Patria. Reviso mis redes sociales. Una publicación que me interesa dice:

La estación Palenque del Tren Maya estará inspirada en el arte antiguo y en la máscara funeraria de Pakal, gobernante de la ciudad maya.

Cuando despierte Oscar le diré de esta noticia y que ya se publicaron las vacantes para el nuevo museo en Palenque, es una excelente oportunidad para nosotros. Oscar despierta, parece que va a vomitar.

—¿Qué tienes? —Le pregunté.

Con un gesto de asco contestó:

—Por un momento me sentí muy mal, pero ya pasó. Ya vamos a llegar, ¿verdad?

—Sí, probablemente es una reacción a la vacuna, ¿quieres decirles que te sientes mal?

—No, yo creo que bajando me sentiré mejor.

Llegando a la zona arqueológica rodeada de selva, tomamos nuestro equipo y continuamos hacia los túneles de la excavación, ahí le volví a preguntar:

—¿Cómo te sientes?

—Solo me siento un poco cansado, pero presiento que hoy encontraremos la cámara funeraria y no me lo voy a perder.

—Oscar, te veo mal, regresa para que te revisen.

—No Jaime, ya estamos cerca.

—Pero estas sudando mucho.

—Tienes razón, Jaime. Saldré a tomar aire fresco.

—Te acompaño, tal vez será mejor que te vuelvan a tomar tus signos.

—No, quédate con el equipo, descanso un rato y regreso.

Ya deberíamos estar cerca de la tumba. Ahora a mí me cuesta trabajo respirar. Solo no podría regresar con todo el equipo. Estas piedras se ven firmes. Descenderé por aquí. Las rocas están muy húmedas. ¡No! ¡Me resbalo! Ojalá que Oscar venga a rescatarme.

Me duele el cuerpo. ¿Cuánto tiempo llevo desmayado? Tengo suerte de no haber quedado sepultado. Si provoco un derrumbe podría quedar atrapado como los mineros de Pinabete. Traigo una lámpara en el bolsillo. Afortunadamente no se rompió. ¡Un sarcófago! Tiene una losa que lo cubre. Es imponente. Está esculpida con bajorrelieves, hay glifos alusivos a la muerte de Pakal y la figura de un hombre maya. Es parecido al del Templo de las Inscripciones. La losa está ligeramente desplazada. Eso debe ser una ofrenda mortuoria. Creo que puedo moverla un poco. Un poco más. Contiene un ajuar funerario. ¡Una máscara igual a la del rey Pakal! Hecha de fragmentos de jade sus ojos de concha e iris de obsidiana. Las noticias dirán que se encontró otro relieve con un astronauta. Siento un escalofrío. Me incita a ponérmela. ¡Todo está negro! ¿Qué pasa? No puedo respirar. ¿Por qué no puedo quitármela? Mejor me calmo. Esto no puede estar sucediéndome. Las piedras que toco se volvieron húmedas y frías. Es como agarrar hielo. Parece que un musgo cubre todo. Si no consigo aire me voy a asfixiar. He caminado en la oscuridad. ¡Caigo! ¡Un vértigo! Todo está resbaloso. No me puedo agarrar. Vuelo y siento un golpe en todo mi cuerpo. Es un río, la corriente es muy fuerte. El dolor de cabeza es insoportable. La corriente me arrastra. Necesito aire. Todo está oscuro.

No sé si estoy alucinando o mejora mi visión. Es sorprendente que pueda nadar y respirar. Ya no me siento cansado ni adolorido. Sigo la corriente, debe tener una salida. Creo que hay una caída adelante. Esta aumentado la velocidad. No quiero morir así.

Regresó el dolor de cabeza. Debo estar en el campamento. Estoy conectado a un suero. Ahí viene Oscar.

—Jaime, cálmate, no te levantes. ¿Cómo te sientes? ¿Puedes hablar? Sospechan que te pudo dar un infarto. Te encontraron en el río, con una máscara. Creen que es una máscara del rey K’inich Janaab Pakal.

—¿Y la máscara?

—La llevaron al contenedor, está segura. ¿De dónde la sacaste? ¿Pensabas robarla? —Lo dice con mirada sospechosa.

—¡No! ¿Cómo crees?

—Una ambulancia te trasladará a un hospital. Yo también he estado en observación, estuve a punto de desmayarme cuando salí de la pirámide. Muchos de los que recibimos la vacuna hemos tenido reacciones secundarias. Te dejo porque ya está por salir un autobús. Estaré al pendiente.

Oscar salió de la carpa. Recuerdo todo. Me sentí fuerte, ágil. ¿Así se siente experimentar drogas? Tengo que verla, juro que tengo que verla. La máscara mortuoria de jade representa la promesa del renacimiento del rey Pakal. Puedo intentar buscarla en la bodega, sé la contraseña.

Aquí afuera ya está oscuro. Mi corazón se acelera, tengo miedo y no sé de qué. La contraseña no ha cambiado. Tiene que estar en las últimas cajas. Debe estar en una de estas. ¡La tengo! Es impactante. Siento su poder electrizante. Parece que brilla para mí. A esto se refiere la sentencia del Popol Vuh: “Así revivirán sus rostros”.

Se acercan voces afuera. Ya vienen los guardias. Tengo miedo, pero si quiero salir de esta mejor me la pongo. Quiero sentirme nuevamente poderoso. ¡Corro! ¡Siento que tengo la velocidad de un jaguar! ¡Doy zancadas de varios metros! ¡Puedo saltar de un árbol a otro! Sus disparos quedaron lejos. Me integro con la selva que me da su bienvenida.

Cabeza de Toh

Autor: Ángel Fuentes Balam


El pájaro nos habla:

—Durante el Pixán, voy a contarle cuentos a los niños, para distraerlos de la muerte.

Enumera los dedos cortados, sumidos en la sal, en una copa de barro: hay nueve; los dientes ordenados en la mesa, forman dos círculos: uno dentro del otro. Los ojos de su hermana lo observan, cada uno por separado, puestos en hojas de plátano en los extremos del mueble. La cabeza sin lengua —sus párpados y labios fueron cosidos con hilo negro—, preparada en lo alto. Brazos, piernas, pies, pintados de verde… arman una horrible cruz en el nivel más bajo del altar. Han puesto ya el pasaje de ceniza que llega hasta a ellos.

Cuando arriben, los Toloks pisotearán ese camino, antes de devorar los pedazos de carne de la niña. Toh aprieta los puños. Las lágrimas duelen como espinas que cortaran su cara. Sus padres, abuelos, el pueblo entero… son unos cobardes. ¿Es todo lo que pretenden ser? ¿Ofrendas de sangre para esos monstruos?

La leña le pesa en la espalda, con el morral repleto, es muy incómodo andar. Además, la cabeza de pájaro que usa, hecha con jícaras y paja, es bastante calurosa. Debe llevar ya lo recolectado hasta el mercado. Toca suavemente la uña del dedo que ha tomado, y se enfurece con la mosca que quiere posarse en uno de los ojos: hace aspavientos tan fuertes que casi lo hacen caer. Su máscara sesea. Betsabé. Así se llamaba ella. Tenía la voz dulce y aguda, igual que las lloviznas repentinas de Mayab.

Da un beso a sus dedos y luego los posa en la frente de su hermana. Está tibia. Es lógico: apenas fue sacrificada la noche anterior. Le pide perdón por llevarse su dedo, que guarda en la bolsa. Acomoda las ramas en sus hombros, alejándose. Mientras camina por la calzada, el estómago y la garganta se le anudan: ante varias puertas de madera, pintadas con el símbolo del Tolok, hay más altares, y barriles llenos de sangre. Reconoce a los niños de la generación pasada, que hoy se convertirá en el banquete de los malditos “semidioses”: Esther, Joaquin, Sara, Ruth, Job, Magdalena… Ella y Betsabé solían trepar las ceibas del arco norte, para ver lo que se extendía más allá. Ahora ninguna tiene ojos para soñar, ni manos para ascender. Pero él se encargará de que eso no vuelva a repetirse.

“Yo debí haber sido una ofrenda”, piensa con pesar. Pero sabe que sólo cada segundo hijo lo podía ser. Los ofrendados son separados de la familia desde bebés, con el fin de no generar vínculos. Él no hizo caso, rebelde desde la cuna, y varias veces visitó a Betsabé en el templo. Ahí jugaron, hablaron, conoció a sus amigos: niños también destinados al altar. Toh quiso rescatar a su hermana, pero la vigilancia del sitio había sido tal, que fue imposible sacarla de ahí.

Cruza las ruinas de Mayab, agitando el mascarón al andar. Decían los viejos que la ciudad era la más hermosa de Neoxtitlán, antes de llamarse así, y que incluso le apodaban: “La Blanca”. Según los escritos, aquel fue el único sitio de paz antes de la Guerra Civil y la Titanoginia. No lo cree. Aquel hoyo de mierda y sangre no guardaba belleza por ningún lado.

El derruido mercado apesta a sudor y a estiércol de ganado, quemándose en las afueras de la puerta mayor. Los aldeanos más temerosos han comenzado a esconderse entre las buhardillas, para pasar la noche del Pixán. Cada tres años es lo mismo. No puede disimular una mordaz risa: le repulsan. Palpa en su morral las frutitas de huaya que con tanto trabajo ha conseguido, y siente, en el fondo, el dedo de Betsabé. Baja por la rampa que lleva a las bodegas del sótano, una que otra rata se desplaza entre sus pies; ahí asienta por fin el fardo de leña, y se quita la máscara, poniéndola en un huacal, sobre un barril de aceite que ha ocultado, pacientemente, con hojas y telas roídas. Ha logrado que la montaña de palos sea lo suficientemente grande, como para asomarse por el primer nivel: así cubre por completo el hueco en la pared trasera del almacén, que abrió hace meses. Nadie ha preguntado por tal exceso de leña. Así eran ellos: mientras hubiera recursos, no había quejas. El lugar huele a humedad, lodo, y vegetales rancios. Para su suerte, todos están muy ocupados con los últimos detalles para la noche, así que nadie custodia la bodega. Al fin y al cabo, los Toloks no irían por granos ni verduras.

Toh sube por las plataformas escalonadas de piedra, advirtiendo el movimiento y la gritería de cada piso: primero, el más vulnerable, “protegido” por una pobre milicia y los hombres del pueblo, incapaces de enfrentarse a la ferocidad de los Toloks (las flechas a duras penas penetraban sus escamas); en el segundo, se concentran los alimentos y el agua, para la jornada; el tercero, alberga a los ancianos y a los enfermos (los que se habían salvado de ser sacrificados); en el último nivel, a donde llega bufando por el esfuerzo, se encuentran los niños, entre primeros y segundos hijos: estos últimos, marcados con el símbolo del Tolok, en un brazo. Deben estar ahí, para evitar que algún lagarto los descubra; de lo contrario, la masacre sería inimaginable. Según los adultos, si uno lograra infiltrarse en el mercado, la pequeña nación de Mayab, caería antes del amanecer.

Las matronas untan pasta de ajo con hierba chaya en la piel de los niños, para que los “semidioses” no puedan olerlos. Además, se quema chile habanero desde tal altura con el objetivo de disimular su aroma. El hedor provoca ahogamiento y llanto, por lo que los chiquillos son cubiertos con sarapes. Ese horrible humo es el elemento que permitirá llevar a cabo la tarea de nuestro pájaro libertador.

—¿Qué son los Toloks, chichí? —pregunta un atribulado niño, desesperado por la comezón que la chaya produce en su piel. Es ya mayor para ser consciente de lo que pasa, pero aún muy pequeño para asimilar la espantosa tradición que lo involucra. La abuela le dice que son dioses parecidos a los Uayes, tomando sus manos para que deje de rascarse. Dioses que vienen de lo profundo de las aguas; bajo los cenotes de Mayab, en las cavernas cerca del sol subterráneo, ahí tienen su morada.

“Supersticiones estúpidas”, medita Toh. Esas alimañas no pueden ser dioses. Tampoco los horribles Uayes. Antes de morir, el profesor Jacinto Bestard, le contaba a unos pocos la versión que él siempre creyó: hacía casi un siglo, después de que los titanes cayeron del cielo, los países que sobrevivieron al cataclismo usaron los cuerpos gigantes y conocimientos prohibidos para crear aberraciones, soldados con los cuáles dominar a los pueblos. Mezclaron animales y personas, creando las bestias que ahora llamaban Uayes: hombres con cabeza de perro, de chivo, de cerdo, con fuerza descomunal y hambre extrema. De esos quedaban pocos, y se escondían en la selva. A los Toloks los crearon con reptiles, pero gracias a los cerebros humanos que les metieron, se desarrollaron mejor, hasta adaptarse. Hicieron guaridas en los cenotes antiguos, y comenzaron a alimentarse de carne viva. Eso decía el maestro Bestard. Para que no acabaran con Mayab, en algún punto de la historia, se pactó la noche del Pixán: se les ofrecieron los cuerpos más tiernos a cambio de vivir otras tres vueltas de sol. Los Mayabitas funcionaron así por décadas, subyugados a su propio miedo.

“Hoy se acaba”, murmura Toh. Y también había dicho:

—Durante el Pixán, voy a contarle cuentos a los niños, para distraerlos de la muerte.

Nadie se opuso a su ofrecimiento. De hecho, fue celebrado.

Le pide a una mujer que reúna a los pequeños en la parte central del último piso, cerca de las escaleras. Pronto comenzará la quema del chile, y quiere que la función inicie antes. Está oscureciendo. Toma una antorcha, bajando a toda prisa hasta la bodega. En el camino sortea a la muchedumbre ansiosa. Las voces acongojadas hinchan el aire. Al llegar, se coloca la cabeza falsa de ave, y deja el fuego encima de una columna. Luego, sube otra vez. Está contra el tiempo. Llega exhausto, con la máscara cayéndose, y sin poder respirar bien. Se ha comenzado a tatemar el picante.

—¡Niños! ¡Acérquense! Yo soy el pájaro Toh, y vengo a darles un regalo.

Lo rodeamos. Somos unos quince; hay otros tantos que no quieren ver el espectáculo, o no pueden por ser muy chicos. Cuando nos tiene cerca, abre el morral.

—¡Miren! —dice, pelando una huaya— Esto se come con mucho, mucho, cuidado. Sin tragar, sólo teniéndola en la boca, anolando —. Nos muestra cómo, y permite que tomemos una—. ¿Les gusta? Después, deben escupir la semilla, aquí —vuelve a abrir la bolsa para que echemos el hueso de la fruta. —¡Muy bien! ¿Quieren más?

Coreamos que sí. Cubriéndonos la nariz y la boca con la tela.

—¡Esperen aquí, ahora viene el cuento!

El humo del chile hace toser a la gente del cuarto piso. Una campana repica, a lo lejos: es el aviso de que los primeros Toloks ya han emergido del agua. No queda mucho tiempo.

Camuflado entre el humo, se dirige a una de las quemadoras, y ahí se quita la máscara, poniéndola en el fuego. De inmediato se enciende, y la arroja entre un montón de zarapes sin usar.

—¡Algo se incendia! —grita para crear confusión. Nace un alboroto ciego de voces y manotazos. —¡Vengan, niños! —Intenta atraer a todo el grupo, pero algunos se rezagan. No importa: va a salvar a los que pueda. Bajamos con él las escaleras. La gente en los niveles inferiores no sabe qué ocurre, así que los confunde: —¡Se quema el último piso!

Algunos suben a toda prisa para mirar si es cierto. La campana suena sin parar. Hay lamentos, voces de desconcierto, algunos aldeanos lo interrogan, no hace caso.

—¡Corran! —grita tras nosotros. Logramos bajar hasta el sótano. La antorcha que ha dejado antes nos alumbra. —Vengan —nos conduce por detrás de la montaña de leña. Tiene que mover grandes trozos de madera, quebrar los más delgados, sufrir rasgaduras, pero termina por despejar la abertura en el muro—, por aquí. Rápido.

Unos lloran, otros gritan que quieren volver con su madre, los menos, lo obedecemos.

—¡No lloren! Salgan por aquí. ¿Quieren ser devorados por los Toloks? —cuando dice esto, mete la mano por dentro de su bolso, y nos muestra el dedo de Betsabé. —Miren, miren bien. Es un dedo como los de ustedes. Miren sus manos. Este era de mi hermana. Si no salimos de aquí, pronto se los van a arrancar para dárselos de comer a los monstruos.

Horrorizados, algunos niños lo seguimos; otros se quedan sin hacer nada. Somos siete los que salimos del mercado junto a él.

—Corran hacia el mar. Está por ahí. Tienen que correr, aunque sea de noche. Yo los encontraré mañana. Corran y no dejen de correr. Nosotros vamos a pelear contra los Toloks, ustedes tienen que huir. Sólo corran. Hasta que amanezca. Los que quedemos, iremos por ustedes. ¡Ya!

Nos alejamos corriendo. Somos muy pocos, pero somos libres. Miro hacia atrás, sobre mi hombro, donde está tatuada la marca del Tolok. Él nos despide, satisfecho.

Entra al mercado. Se desliza entre el montón de leña. Sube la escalera hacia la puerta principal. Sigue la gritería y el desconcierto. Alcanza a oír que buscan a los niños. Los guardias de la puerta lo notan ya tarde. Sale del edificio y va cuesta abajo, hacia la calzada. Sus piernas se tensan al máximo por la carrera. Las huayas secas se agitan adentro del morral. Avanza a grandes zancadas, y de súbito, frena.

Frente a él, tres Toloks devoran los restos de carne de un altar. Más allá alcanza a ver diez más. Nunca los ha visto tan de cerca. Son enormes. En sus cuellos hay dos membranas rojas que parecen abanicos rotos, sus garras son oscuras, como lanzas de obsidiana, sus ojos son amarillos y húmedos. En su pecho, las escamas brillan; y en su espalda, han crecido huesos negros. Sus hocicos largos están manchados por la sangre de los sacrificados.

El corazón se le congela. Sus extremidades se aflojan. No. No puede rendirse. “Hoy se termina”, susurra. Abre el saco de tela, para que el olor de la saliva de los niños, impregnada en las huayas, los alcance. Aspiran y rugen. Funciona. Toh vuelve a correr. Escucha las gordas patas de reptil golpeando la tierra detrás suyo. Grita: ¡Betsabé no murió en vano! ¡Hoy se tiene que acabar!

Observa el mercado, y sacando fuerzas desde lo más hondo de su ser, acelera. Recuerda cuando corría con Betsabé en la plaza del templo, en círculos, pensando en la manera de salvarla. Divisa la puerta principal.

—¡Ataquen! —exclama a los soldados que guardan la entrada. Estupefactos, se paralizan al mirar a los Toloks trotando hacia ellos. —¡Ataquen! —vuelve a gritar, colérico, bravío.

Penetra el recinto y va directo al sótano. Ya no es humano, sino una saeta venenosa y brutal. Con todo su peso vuelca el barril de aceite bajo el monte de leños, empapándose en el proceso. Pero ya no importa. Hoy, morirá peleando. Los Toloks entran al mercado. La conmoción hiere hasta las estrellas mismas. El ruido de las flechas y los machetes rompe la oscuridad. Ve bajar a dos de esas alimañas hasta la bodega, plantándose frente a él. Toma la antorcha. Mirándolos con desprecio, la arroja a sus pies. Las llamas brotan como un río desbocado. No siente su piel. No duele. Los Toloks chillan de espanto y rabia. Así, envuelto en flamas toma el dedo de su hermana, apuntándolo hasta los repugnantes “dioses”.

—Hoy se acaba…

La sentencia arde junto a los cuerpos retorcidos de los Toloks. Los de más arriba son testigos del milagro: las bestias podían morir. Debían morir. Los soldados cuentan que vieron a Toh caminar envuelto en llamas, sus brazos se habían convertido en alas luminosas, ordenando el ataque.

Aquel día, los que se quedaron atrás, lucharon hasta la mañana. Y los que corrimos, vivimos libres para contar su historia.

*Este cuento fue publicado previamente en revista Colectivero No. 2 / verano 2024

Crónicas del Hechicero Tlacuache

Autor: Sidi Alejandro Hernández Osorio


―¡Demonios! ―gritó el Hechicero Tlacuache al ver un ser de aspecto indescriptible salir a rastras del portal. Del monstruo surgió un alarido que helaba los huesos, el solo hecho de escucharlo enloquecería al más fuerte de los hombres.

―Ooohhh ―exclamaron admirados los aprendices tlacuache que atendía la clase, mientras se apresuraban a tomar notas en sus pequeñas libretas.

―Lamento mucho este malentendido, no veremos demonios hasta el próximo parcial, supongo que habré revuelto los libros de invocación ―se disculpó el Hechicero Tlacuache.

―Ahhh― exclamaron decepcionados los Aprendices Tlacuache.

El ser de aspecto indescriptible se torcía sobre sí mismo, como si en lugar de carne estuviera hecho de masa, los huesos traspasaban la carne, se rompían y reacomodaban de maneras que hubieran hecho enloquecer a cualquier anatomista. Los alaridos que profería retumbaban en las entrañas de la tierra, reverberando horrores arcanos otrora olvidados.

Uno de los Aprendices Tlacuache alzó la mano.

―Profesor Hechicero Tlacuache, ¿y qué haremos con el demonio?

―Ah, no se preocupen, jóvenes, a mi señal todos hagan el hechizo fingirqueestamosmuertos.

A la señal todos los tlacuaches se tiraron al piso, cerraron los ojos y sacaron la lengua. El demonio por fin rompió el portal y pasó sobre ellos sin siquiera notarlos. Se perdió en la negrura, mientras sus gritos resonaban en la oscuridad.

―Listo, jóvenes― dijo el Hechicero Tlacuache poniéndose en pie. ―Perdonen que la clase haya sido tan corta, nos vemos mañana.

―Profesor, ¿y el demonio?

―Ah, descuiden, ahora es problema de los humanos.