Reseña: “Soledad”de José Luis Ramírez Gutiérrez, RAM!

Martha Camacho



Octubre 2025 (Enero 2026)

Miguel Almanza me hace llegar el siguiente cuento y me tiro de cabeza desde el principio.

“Soledad está narrado en primera persona y describe un mundo donde muchas de las estructuras que conocemos ya no son necesarias, eso sí, el texto no propone esto como una liberación ni como una utopía.

No hay aquí un patriarcado responsable: la catástrofe proviene de otro lado, y lo más duro del escenario que plantea el cuento es que no ofrece salida.

Soledad y las suyas son elementalmente sororas, pero esa sororidad no es cálida ni amorosa.

Es utilitaria.

Cooperan porque no hay alternativa. La supervivencia sustituye al cuidado. No hay esperanza —o quizá nunca la hubo— de un cambio real. Todas están en guerra constante contra la muerte y no logran sobreponerse más allá de… pero es hacer spoiler.

En una primera pasada sentí este rollo como un “cuento de abejas”: una organización funcional, biológica, impersonal, donde cada individuo cumple un rol necesario para que el conjunto siga adelante. Pero la analogía apenas se cumple; aquí no hay armonía ni propósito compartido, sólo una forma de seguir existiendo que no concede tregua.

No es un secreto que no simpatizo con los escenarios distópicos, pero este texto está construido desde un punto de vista muy claro.

Si lo que RAM! busca es plantear un mundo sin final feliz y sostenerlo sin trampas, su cuento lo logra. La idea que me deja Soledad es incómoda: no importa cuánto se modifiquen las Condiciones Iniciales (perdón por el lenguaje de teoría del Caos porque caóloga), el resultado —el resultado infeliz— puede ser el mismo.

No propone un futuro deseable, sino uno que no deberíamos permitir: un mundo donde la humanidad queda reducida a función biológica y la cooperación existe sólo porque no hay otra opción.

Quiero creer que la especie es más capaz que el cuadro que pinta RAM!, pero el cuento insiste en algo inquietante: en condiciones de desesperación extrema, no vamos a movernos más allá de lo estrictamente necesario para sobrevivir, independientemente de quiénes queden vivos.

Tal vez sea precisamente romper esas condiciones —y ampliar las miras hacia otros lados— lo que intentamos hacer cuando escribimos ciencia ficción.

Y basta: vayan a leerlo en el Fanzine 6, a RAM! le dará gusto que lo lean y, después, vayan a contradecirlo. Miguel Almanza, por su parte, me preguntará de qué manga saqué tanto rollo.

Martha Camacho. Nacida en 1963, Michoacán. Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta 1990. Publicada en Asimov Ciencia Ficción en español y en varias antologías del género, tanto en México como en España. Jurado del Premio de Novela Fantástica de Ciencia Ficción de la Universidad de Sonora 2025. 

Al amanecer, ya no cantan los espectros (siete memorias del futuro)

Eduardo Honey


1 16 de agosto de 2142, 6:17 hrs.

Antes que salga el sol apago mi baliza, dejo el campamento y regreso para mirar la ciudad en ruinas. La Luna, partida en tres enormes fragmentos y una larga cauda de otros menores, refleja suficiente luz para alumbrar la antigua autopista por donde camino. El asfalto está resquebrajado en multitud de lugares de donde brota maleza y algún joven árbol. En uno y otro lugar hay montones de óxido sobresaliendo entre tierra y lodo. Evocaciones distantes de lo que alguna vez fueron vehículos.

Me detengo el mirador. Esta zona y las colinas alrededor de la ciudad estaban cubiertas por bosques. Ahora hay tocones y restos de troncos calcinados. Entre ellos, tímidamente, sobresale rala vegetación y pequeños árboles.

El talud desciende abruptamente un tramo y luego cambia de ángulo para llegar a las afueras de la ciudad. El sol sale a mis espaldas entre la serranía y alumbra las zigzagueantes bordes y puntas desgastas de los enormes rascacielos que no se derrumbaron. Conforme los rayos descubren la ciudad, observo los montículos que están alrededor de las marchitas superestructuras. Los trazos de las calles aún se alcanzan a ver y en varias zonas aún quedan marcas de los incendios y las deflagraciones.

Suspiro, esa vasta ciudad era el lugar donde nací, donde vivieron generaciones de mis antepasados. Y ahora está muda, quieta, silenciosa. Entonces recuerdo que el silencio es total: esta zona se llenaba con el canto de los pájaras. Muchas veces contemplé el amanecer en compañía de alguna de mis madres tras un fin de semana de campamento.

Doy la vuelta y miro al piso del mirador. Está hecho del concreto que superará en duración cualquier obra humana. Está en un leve ángulo que permite que el agua, lodo y suciedad retrocedan hacia la autopista y se desfoguen en el canal que divide a ambos.

Allí están las sombras alargadas, tatuadas en la superficie ocre del concreto. Inician donde está mis pies y se extienden casi tres metros. Eran dos, tomados o tomadas de la mano, con los cuerpos ligeramente separados pero las cabezas juntas, quizás besándose, quizás mirándose en el momento final antes de que la ola de fuego y radiación los alcanzara.

No hay espectros que tenga alas ni que canten al amanecer desde hace medio siglo. Menos de los que quedaron atrás en un último adiós.

2 6 de enero de 2092, 11:57 hrs.

Kethian camina por el boulevard principal. Cada paso que da hace que broten emojis y avatares del suelo ofreciendo links y productos diversos. No la llaman la atención, ella está sumergida en la música del reencuentro de Luna Sea tras el debatido tratamiento gerontológico de cada miembro de la banda. Música de viejitos le han dicho siempre sus buddies pero a ella no le importa. Es mucho mejor lo que comparte su abuela Mikhal que la nanomusik tan de moda, pieza de dos o tres segundos que generan tendencias que no duran más de un día.

Se detiene junto a una de las sequoias que surgen cada cinco metros y toma asiento en una de las bancas desocupadas. Trata de alcanzar con la vista donde termina el árbol pero la distraen las torres que bordean cada lado de la avenida con sus 200 ó 300 metros de altura. A pesar de sus dimensiones, el paseo arbolado palidece al lado de las superestructuras, cada una un centro comercial habitable que es la aspiración de vida de los buddies. Dentro lo aburrido de una vida real queda supeditada a una emocionante vida 3D conectada directamente al 10G de la neonet.

Por el momento, para los que viven fuera de esos castillos de acero, cristal y bits, las paredes proyectan emojinuncios, el último grito de la moda nanomusik, notas de los hi-fluencers e invitaciones para unirte a los cyberclans de cada edificio si cuentas con el perfil esperado.

—¡Holalis! Llegaste temprano, santa puntualidad —suena una musical voz a un costado. Es Myanwë quien saluda efusivamente detrás del filtro gatuno con el que viste. Kethian apaga los implantes cocleares y el visualizador en su córnea, los regalos de mamá Semia al concluir los estudios previos a la Metaversidad. No le ve mucho sentido cursar una carrera de dos años pero la abuela ha insistido, “ya ves a la tía Zarahaí, ¿no es un orgullo para nuestra familia?”

—No manchegues, Myan. Quedamos a las doce y es casi la una.

—¿Qué? ¿No te enteraste? Los Mantíkhoran están en primer lugar con su “Pa’que tempranis baby”. Toda una revoltion en la nanomusic. Y es inmoda llegar tarde: #tardisbaby es tendencia.

—¿Desde qué hora? —preguntó Kethian mientras pedía un resumen de modas y tendencias en la última hora.

—Como a las nueve inició…

—Vaya que dura más que una clase, y no baja en las charts.

—Nopnop, vámonos que quiero llegar y ganar lugar, Keth.

—¿Y la moda qué wave?

—Esa es la digivida, en la realife mis nachas necesitarán asiento.

3 16 de agosto de 2142, 8:32 hrs.

—Karent, ¿dónde vagas? —suena por mi radio. Es Yulie, nuestra coordinadora maestra, preocupada por saber de todo su rebaño

—En el mirador, quise salir a pasear.

—¿Insomnio otra vez?

—Como todas desde el accidente. Por fortuna hemos regresado.

Era un decir, fue asunto de trabajo en equipo de las treinta tripulantes y Aracné, la red de inteligencias artificiales de la nave. Lástima que Myan y Savant no sobrevivieron a sus heridas cuando salieron a apagar los motores de salto. Luego transcurrieron dos años de mucho esfuerzo y sacrificios reparándolos en un lugar de la galaxia a más de cien años luz de nuestro hogar.

Tuve que atender a la mayoría como a algunas de las IAs. En una situación desesperada el enojo, la frustración, la depresión y la desesperanza son habituales, más cuando ocurrió un accidente en un viaje de prueba que solo duraría dos semanas y cerca de la Tierra.

—Se que es duro, pero te necesito… te necesitamos por acá. Por favor, no salgas sola. No podemos arriesgarnos a perder una más. Ya sabes, no puedo perderte.

—Me regreso por la autopista del sur —respondo después de prender mi baliza. Todos necesitamos ciertas palabras como reafirmación de los hechos. Antes de tomar mi camino vuelvo a mirar la ciudad que semeja una cicatriz retorcida de acero y cristal. De forma impulsiva suelto un “Hasta el rato” a sombra de la pareja que está el piso.

4 6 de enero de 2092, 14:00 hrs.

La cúpula está activa y el día se ha oscurecido casi en su totalidad. Myanwë no cabe de gozo, alcanzaron lugar en uno de los cuadros de césped de la plaza central. Kethian está a su lado y también mira el enorme holo que se despliega en el aire al centro del lugar. Allí se proyecta el conteo final de la espacionave Spérant en su viaje de ida y vuelta a la Luna como parte del programa espacial de la UE. Ambas tienen apagados sus implantes y dispositivos para charlar a gusto, como solo los viejos lo hacen.

So? ¿Enterarás a la Meta? Mejor vámonos de voyaj, conozcamos el mundo —propone Myanwë

—Es lo que la abue Mikhal quiere, que aproveche que estoy joven y le dedique a la Meta —responde Kethian—. ¿Sabes? Aún da clases de biologic y le writea.

—Vaya con la prix de tu abu, tenemos años y un siécle adelante. Ya sabes Pa’que tempranis baby, si nos queda una vidis

—¡Ya cállate! –exclama y ríe Kethian—. En verdad va de bad a malmalest los Mantíkhoran. ¿Calidad quieres? From my heart, i want to tell you, If i can see your smile forever… —canta a capella, Myanwë voltea y le roza la mano que apoya en el césped. Kethian, quien mira al aire, calla de súbito y la palidez inunda su rostro.

—¿Qué pas… —alcanza a articular Myanwë al tiempo de mirar al aire. El holo muestra en recuadro a la Spérant con las ventanillas iluminadas. Frente a ella hay un enorme vórtice, su borde, lleno de polvo y luces, gira como si fuera una galaxia. El holo principal muestra el puente de comando donde las starnautas hablan entre ellas y gesticulan con fuerza.

Casi al mismo tiempo Kethian y Myanwë activas sus implantes cocleares y oculares.

10…

Myan, ¡apaga los motores de salto!

No me deja la navegación de Aracné, dice que están apagados.

9…

¿Cómo? ¿Y eso que tenemos enfrente?

Según navegación, es una simulación.

8…

Karent, convence a Aracné de que está en un error.

Aye, Savant, es lo que trato e insiste que están apagados. Que solo están encendidos en un simulacra… intentaré algo más…

7…

Yulie, ¿entraron a ingeniería? ¿Pueden cortar el flujo? Usen un hacha…

Nos tiene fuera, selló las puertas…

6…

Savant, ya percibió que está en un error…

Gracias, Gran Gaia, gracias

5…

pero no tiene tiempo de parar el salto

¿Cómo?

4…

Tripulación, sujétense y que la suerte nos acompañe…

3…

Gracias a todas.

2…

El holo del puente es sustituido por la vista externa de la Spérant y el vórtice.

1…

0…

La nave sale disparada, penetra el negro centro rodeado por el borde giratorio que colapsa sobre sí mismo y desaparece. Sobre la superficie terrestre, cerca de donde estaba el límite del vórtice, se ven varios hongos de fuego, polvo y cenizas.

Informan de varias explosiones en Kamchatka, Corea y Japón. Aún se desconoce su origen y características, dice una voz en off mientras en el holo las bolas de fuego ascienden para toparse con la parte superior de la atmósfera y salir eyectadas al espacio. Avisan que mantengan la calma en lo que el gobierno emite su postura oficial.

El holo se apaga al igual que la oscuridad de la cúpula. La multitud alrededor grita, gesticula, varios lloran y muchos más echan a correr.

—¿Qué hacemos? —pregunta Myanwë con enorme angustia tras ponerse de pie.

—Ven, hagamos un pequeño viaje, juntas —contesta Kethien y la toma de la mano.

5 18 de agosto de 2142, 7:00 hrs.

Escucho los pasos a mis espaldas mientras contemplo de nuevo la ciudad.

—Sabía que aquí estarías, Karent. ¿Ya tomaste tu decisión? Tu voto es el que decidirá todo.

—Mal nombre le diste, no somos las siete Evas, Yulie. Somos veinte por cuestiones de edad y salud. Tenemos óvulos suficientes entre todas para procrear a varias decenas y usar a Aracné para variabilidad genética. Digo, no pensaba tener hijos, no era necesario y no estoy muy convencida. ¿Alguna Eva tuvo que decidir en continuar o extinguirse? Y mira el resultado del antes –le señalo la ciudad.

—Sabes lo que encontramos en las bitácoras estación espacial, no fuimos nosotras ni el motor de salto. Alguien saboteó las IAS, otros se sintieron amenazados y lanzaron un ataque preliminar con bombas de plasma. Luego todo escaló. Creo que será mejor la próxima vez: tenemos herramientas, tecnología, conocimientos y sabemos qué ocurrió aunque desconocemos a los culpables.

—Tengo miedo, Yulie.

—Todas tenemos pavor por la responsabilidad. Pero es envejecer y morir, dar saltos en la galaxia para ver si encontramos otro lugar. O reintentar aquí, ahora. ¿Qué decides?

6 7 de enero de 2092, 7:00 hrs.

—En neta es beauty —expresa Myanwë, arrobada por el amanecer en el mirador. Los pájaros las sobrevuelan y cantan mientras las crías llaman desde el bosque—. Aunque hace frío.

—Siempre le likeó a la tía Zarahaí y a la abu Mikhal. Me traían seguido desde peque.

—¿Tu tía era la que estaba allí, en la…

—Sipsip, era ella.

—Ya verás, en un tris prix regresará. Oye, ¿y cómo seguía esa canción que te cuttearas?

From my heart —canta Kethian—, i love you, I want to take away those tears, all of them. I for you…

Nerviosa Myanwë besa a Kethian quien cierra los ojos y mantiene el contacto entre los labios en una eternidad personal. Sobre la ciudad surge una enorme luz seguida de una ola de fuego. Las aves, los bosques, el beso y ellas se evaporan.

7 18 de agosto de 2142, 7:05 hrs.

Sorprendida veo cómo dos pares de alas cruzan el horizonte. Detrás las siguen una bandada.

—Entonces, Zarahaí, ¿qué decides? —insiste Yulie.

—Intentemos —respondo mientras abrazo a mi compañera y acerco mi rostro al de ella.

Alcanzo a ver, a nuestro costado, las sombras de la pareja que estuvo aquí como si fueran las nuestras. Mientras cierro los ojos, se que los espectros del pasado también le cantaron al amanecer.

La autopsia de Dios

Víctor David Manzo Ozeda


El equipo llegó a las 07:47 horas. El cuerpo estaba tendido sobre una superficie irregular de roca. Medía aproximadamente ochenta y tres metros de largo. No presentaba señales de putrefacción. Tampoco había signos de violencia. La estructura era humanoide, con dos extremidades superiores, dos inferiores y una cabeza bien definida. No tenía vello. No tenía órganos genitales. La superficie de la piel era translúcida en algunas zonas y opaca en otras. No reaccionó a estímulos externos. No hubo movimiento reflejo.

Se montó un perímetro de trabajo de cuarenta metros. Se asignaron turnos de observación, toma de muestras y análisis. Se prohibió el contacto directo sin guantes. El primer corte se realizó con instrumento térmico a la altura del pecho. No hubo sangrado. La cavidad torácica estaba vacía. No se encontraron órganos vitales en su ubicación esperada. Solo una masa central, esférica, adherida al esternón interno, firme al tacto, sin pulsaciones ni temperatura. La retiramos fácilmente. Fue almacenada en contenedor clase IV.

El cráneo se abrió con equipo neumático. El proceso tardó siete horas. La estructura interna no coincidía con ningún patrón anatómico conocido. No había lóbulos cerebrales. No había médula. Solo una cavidad llena de placas lisas, similares a láminas de vidrio. Estaban colocadas una sobre otra. Ciento veintidós en total. Las examinamos bajo microscopio. Contenían inscripciones microscópicas. Algunos patrones se repetían. Otros eran únicos. Se registraron, se copiaron, se sellaron.

El resto del cuerpo fue catalogado por sectores. No se detectaron pulmones, intestinos ni sistema circulatorio. No se hallaron huesos. Todo el soporte estructural era tejido denso, compacto, sin fibras. El peso total del cuerpo era de 3,980 kilogramos. No tenía olor. No tenía sabor. No se descomponía al contacto con bacterias. No reaccionaba al ácido. No ardía con fuego. Se intentó congelarlo. No paso nada.

Después de seis días de análisis, el cuerpo comenzó a desintegrarse. El proceso fue constante, sin intervalos. No emitió calor ni energía detectable. No quedó ningún residuo. Ninguna parte fue posible conservar. Solo las láminas. Las ciento veintidós. Fueron enviadas al archivo central. El informe fue entregado. No hubo conferencias de prensa. No se autorizó publicación.

Días después del cierre del informe, volví a leer la bitácora. Buscaba algo que se me hubiera pasado. Un dato, una anomalía, una omisión. No encontré errores. Todo estaba registrado. Cada incisión, cada hallazgo, cada antecedente. Pero había una negligencia que no era técnica. No era un dato. Era la sensación constante de que habíamos llegado tarde.

No a la escena. A la pregunta.

Habíamos abierto ese cuerpo con escrupulosidad. Lo medimos, lo pesamos, lo clasificamos. Lo convertimos en fenómeno inexplicable. Pero nunca preguntamos si debíamos tocarlo. Si su forma era una respuesta o un intento de retirarse en paz. Fuimos ahí porque el protocolo nos lo exigía. Y cumplimos. Pero nadie volvió igual.

En los días siguientes, varios miembros del equipo comenzaron a escribir sin motivo. Palabras sueltas, sin estructura. Algunos quemaron sus investigaciones. Otros las escondieron. Yo las almacené. Las he leído una a una obsesivamente. No contienen información útil. Pero todas comparten una misma idea, repetida con variaciones:

“Si Dios existía, no era para ser entendido. Solo para irse sin decir nada.”

Y eso hizo. Se fue.

Sin venganza. Sin despedida.

Y el mundo siguió.

Con menos preguntas.

Con menos fe.

No porque hubiera respuestas.

Sino porque lo que nos sostuvo… ya no nos mira, porque nunca le importamos.

Visita a Magdakon

Mauricio del Castillo


La aeronave estableció una órbita a unos miles de kilómetros de distancia del planeta. Flotó a través de cielos sin nubes, redujo su velocidad de descenso con un golpe de silenciosa potencia y se detuvo con grandes chorros de energía.
El capitán Kastalinn se levantó de su asiento con un suspiro de alivio.

—Estamos de suerte —dijo—. Aún no hay indicios de cambios significativos. La atmósfera es estable y la temperatura óptima.

—Espero que tengamos suficiente tiempo para la operación ―dijo Doilea, administrador en jefe de la comitiva.

—Más tiempo del que disponemos —especificó Kastalinn, mirando el mapa. Durante un instante reinó un pesado silencio. Luego el capitán se dirigió al tablero de mandos y oprimió una serie de conmutadores con habilidad automática.

Una pantalla en el interior de la nave despertó. Las montañas se alineaban como la espina dorsal de un mundo dormido, petrificada en su curtida corteza. El paisaje vibraba con verdes terrosos, amarillos y naranjas tenues en sus árboles y matorrales. Pendientes suaves estaban cubiertas por una capa vegetal púrpura que brillaba bajo la pálida luz de la gran estrella. No soplaba el viento ni caía la lluvia, solo un silencio hondo aplastaba la atmósfera del planeta. Tras un rápido reconocimiento, descubrieron una llanura perfecta para establecer su campamento.

El capitán Kastalinn era de corta estatura y de aspecto fornido. Los viajes intergalácticos eran habituales en él y todo lo que tuviera que ver con planetas inexplorados y habitados por razas alienígenas. Era un hombre con mucho arrojo y confianza. Pensó en las interminables horas de organización, en el poco descanso y en lo que implicaba un declarado choque cultural entre la comisión y los nativos del planeta Magdakon. Se trataba de miles, quienes ignoraban su destino.

Doilea, por su parte, era un profesional competente en astrobiología. Aunque sus gestos y palabras eran de un matiz claramente nervioso, podía destacarse como un hombre que no perdía la serenidad en el momento adecuado para entrar en contacto con razas alienígenas. Era aplicado en su trabajo, aunque a veces su retracción lo alejaba de ser un hombre de acción. Dos horas después, Kastalinn, Doilea y el resto de la comitiva compuesta por diez funcionarios se encaminaron hacia la aldea más cercana.

—Seguramente es una cultura atrasada tecnológicamente —dijo Kastalinn con seguridad—, y la llegada de un artefacto venido del espacio exterior puede parecer como una alerta.

Las nubes sepias se mantenían quietas. Doilea advirtió que la flora extraterrestre era ligeramente parecida a la Tierra, con sus claras excepciones. Había enormes bosques y muchos prados, pero era curioso que el mismo ecosistema se presentara en todo el planeta. Doilea miró a su alrededor, se acercó a Kastalinn y dijo:

—No queda muy lejos la aldea principal. En cuanto demos el aviso, será más fácil que todo el planeta se dé por enterado. ¿Alguna recomendación?

—Ninguna —confirmó el capitán—. Espero no tardemos mucho en convencerlos.

El camino se volvía más difícil a medida que se internaban. El valle se encontraba oculto, pero lograron ver pequeñas formaciones de rocas a lo lejos. Media hora después vieron acercarse a unas pequeñas figuras de aspecto humanoide. Tenían los brazos caídos a la altura de las rodillas, la cabeza hundida en los hombros y ojos sin párpados. Se detuvieron a solo unos cuantos metros de la comitiva y contemplaron el enorme sol arriba de sus cabezas, como si fuera lo único que importara. Kastalinn se adelantó y empezó.

―Hola, nativos del planeta Magdakon. Soy Landa Kastalinn, capitán de la aeronave SRX700 y representante de la Asociación de Integración Planetaria, sistema K-12. Estamos aquí para advertirles de un peligro inminente.
No hubo ninguna respuesta de los nativos. Abrieron la boca tan grande como si fuera a caer un yunque del cielo y lo intentaran atrapar con los labios. Eran cinco de ellos, hombro con hombro. Sus lanzas se mantenían clavadas al suelo.
Kastalinn gruñó y dijo:

―Por Dios, ya quisiera terminar con esto.

Una voz gutural proveniente de uno de los nativos dijo:

―¿Por qué? No puede terminar. Esto seguirá, denlo por hecho. Nos mantendremos aquí hablando durante un tiempo indefinido.

―¡Pueden hablar! ―exclamó Kastalinn.

―No, estás equivocado ―continuó otro nativo―. No podemos hablar. Somos incapaces de eso. No tenemos la capacidad de transmitir ideas lógicas por medio del habla.

Doilea reaccionó luego de sacudir su cabeza.

―Es increíble. Tal vez tengan la capacidad de hablar en cualquier idioma. Veamos. ―Se aclaró la voz y comenzó a hablar en italiano―: Siamo amici. Veniamo da lontano per avvisarvi del pericolo.

Otro de los nativos dijo:

Di che pericolo stai parlando, straniero? Il nostro pianeta è sicuro.

Kastalinn quedó anonadado. Sin quitarles la vista a aquellos habitantes del planeta, dijo:

―No entendí nada de lo que dijiste, Doilea, y tampoco lo que dijeron ellos. Pero es claro que se trataba de italiano.

―Entendió muy bien lo que dije, visitante extraño ―dijo el primero de los nativos, con un tono de molestia y extrañamiento―. Además, no era italiano. Era neerlandés. Fíjate bien la próxima vez.

―Si no sabes mejor no opines ―dijo otro a la derecha.

Doilea se encogió de hombros.

―Estoy seguro de que era italiano ―dijo―. Lo estudié en el Centro de Idiomas de Barcelona.

―No es así ―dijo el segundo que habló―. Fue en el Instituto Peruano de Idiomas. Es totalmente obvio.

Kastalinn tuvo un ataque de ira y exclamó con fuerza:

―¡No parecen tener la razón!

―A ver… ¿Por qué dices que no tenemos razón? Somos seres de gran intelecto y raciocinio. Nuestra amplia cultura es muy adelantada. No sabes nada de nosotros.

Kastalinn se precipitó hacia adelante.

—Vamos a explorar el lugar. No digan nada que los comprometa.

La aldea estaba hecha de cuevas de roca volcánica, con ramas y lianas que protegían sus entradas. Varios rostros pequeños se asomaban para observar a los visitantes. Doilea asentía con la cabeza mientras Kastalinn desaprobaba. No podía creer que un planeta tan próspero fuera desaprovechado por una raza tan atrasada y estúpida. Arribaron a un enorme templo que sobresalía del resto de las viviendas.

―Aguarden aquí la llegada del Gran Zevast’hn ―dijo uno de los magdakonianos.
De interiores surgió la figura de un nativo, más pequeño que el resto y con pelaje blanco. Doilea dedujo que se trataba del “sabio” de la aldea.

―¿Qué desean? ―Su voz era áspera y grave. Su tono adusto logró percibirse en los oídos de los visitantes con desagrado.

―Su planeta está al borde del colapso por una inestabilidad geológica extrema ―explicó Doilea con calma―. Según nuestros estudios, el núcleo contiene elementos radiactivos o está sufriendo un proceso geológico inestable. Esto podría desencadenar una reacción en cadena, aumentando la presión interna hasta el punto de hacer que el planeta colapse desde adentro, liberando una enorme cantidad de energía.

―Imposible. El núcleo del planeta es estable ―dijo el Gran Zevast’hn―. Es un error muy lógico por parte de ustedes. No me extraña. Después de todo, no son de aquí.

―¿Qué no lo entienden? ―expresó Kastalinn con los nervios alterados―. Su planeta está a punto de colapsar, y ustedes lo único que hacen es decir todo lo contrario.

―Lo contrario, no ―dijo el Gran Zevast’hn, con aparente calma, pero con férrea convicción―. Lo más parecido. Ustedes dicen las cosas sin ponerse a pensar. Nosotros decimos la verdad absoluta, aquella que no es cuestionable.
Kastalinn expulsó una bocanada de fastidio.

―Hemos hecho mediciones ―enfatizó―, efectuado estudios, comprobado resultados. El planeta debe ser evacuado lo antes posible.

―Te equivocas, extraño. No han hecho ninguna medición. No han realizado estudios y tampoco han comprobado resultados. El planeta no debe ser evacuado cuanto antes, sino lo más tarde posible

—¿Cómo han logrado sobrevivir tanto tiempo? —preguntó Doilea, entre fascinado e indignado.

—No sobrevivimos. Morimos. Y por eso seguimos aquí. No espero que lo entiendas.

—Muy interesante —interrumpió el capitán Kastalinn—. ¿Qué más tiene su especie? Quiero decir, ¿posee alguna otra capacidad además de su “alto intelecto”?

—Dirá que es muy aburrido —respondió el Gran Zevast’hn—. Y no poseemos ninguna capacidad. Tampoco tenemos ningún intelecto.

—¡Pero usted dijo que su especie era inteligente y a nosotros no nos bajaba de idiotas! —estalló Kastalinn, con la mano en la funda de su arma.
Doilea lo calmó y le pidió escuchar.

—Nunca dije eso —dijo el gran Zevast’hn—. Mi especie es estúpida. Y a ustedes no los subía de genios. Yo recomiendo que regresen de donde vinieron y nos dejen en paz de una buena vez. Somos una raza muy antigua e inteligente. No son los primeros con los que tenemos diferencias. Esto es a causa de nuestro gran intelecto. Como se habrán dado cuenta, ustedes son lentos y lerdos en su forma de dialogar. Consideramos que sería inútil un intercambio de ideas con ustedes. Kastalinn estuvo a punto de decir algo, pero Doilea lo detuvo.

―Capitán, estamos perdiendo tiempo ―dijo el especialista―. No hay nada que podamos hacer para salvarlos. No creo que ningún argumento logre hacer que cambien de opinión.

El Gran Zevast’hn se levantó de su asiento y con estridencia dijo:

―Incorrecto. No están ganando eternidad. Sí hay todo que no podamos deshacer para condenarlos. Sí afirmo que toda contradicción fracase destruir que permanezcan de hecho.

―Por el amor de Dios ―exclamó Kastalinn, con las manos en la cabeza―. Estoy harto. No hacen más que decir incoherencias.

―Se equivoca. Es por el odio del diablo. Y no se dice que está harto. Se dice que no está feliz. Sí deshacen menos y callan verdades.

Los magdakonianos permanecieron inmóviles, sin intentar ponerse a salvo. La presencia de aquellos visitantes parecía ya ser una molestia para ellos.
Kastalinn se quedó petrificado, con la boca abierta, la mirada perdida, los dedos aún sujetos a la funda del arma. Por un momento, consideró alterar el informe. Solo un pequeño cambio bastaría para hacer creer a la Asociación que los nativos los habían atacado y que la comitiva no tuvo más opción que defenderse. No era la primera vez que tenía un impulso así, pero esta vez estaba seguro de que lo justificaba.

—¿Se encuentra bien, capitán? —preguntó Doilea en voz baja.

—¿Te refieres a mí? —replicó Kastalinn, sorprendido.

—Temo que este malentendido se nos vaya de las manos. No podemos evacuarlos a la fuerza. Incurriríamos en la violencia. Nuestra verdadera intención de hacer un bien sería malinterpretada y juzgada por la Asociación.

Luego de meditarlo por unos segundos, el capitán dijo:

—Adelante. ¿Cuál es tu plan?

Tenía que existir una forma de convencerlos, pensó Doilea. Se preguntó qué método funcionaría. Una idea se gestó en su mente.

―Creo saber cómo manejar esto. ―Doilea alzó las manos y elevó su voz para que todo el mundo escuchara―: plantas verdosas de este asteroide cuyo nombre no es Magdakon. Nuestra nave no tiene cupo, no tenemos intención de llevar a nadie más dentro. El planeta no estallará a causa de su núcleo. Somos personas de baja capacidad intelectual. ¡No nos escuchen! No tienen por qué preocuparse. Estén tranquilos. No le hagan saber a los demás que no deseamos que nadie en este planeta sea rescatado.

Esa vez los magdakonianos se pusieron en alerta. Fueron hasta sus casas e intentaron convencer a sus familiares y amigos de un peligro inminente. Incluso el propio Doilea y varios asistentes de Kastalinn extendieron mensajes contradictorios con la intención de que los magdakonianos usaran su absurda lógica y decidieran correr hacia la nave. Sin embargo, unos pocos no captaron el mensaje y optaron por quedarse.

Una hora después uno de ellos observó detenidamente cómo la nave emprendió el vuelo hacia las estrellas y se perdió en la claridad del cielo. Su voz, suave y directa, dijo:

―¿Y si tenían razón…? ¿Y si cabía la posibilidad de que lo que decían fuera cierto? Tal vez el planeta perecerá debido a una inestabilidad en su núcleo.
Una leve vibración recorrió el suelo. Fue la primera de muchas, cada una más intensa que la anterior.

Uno de los magdakonianos miró a su compañero y, con un ligero codazo, murmuró:

—Siempre tienes que llevar la contraria, ¿verdad?

Soledad

José Luis Ramírez


Nadie me llamó nunca por mi nombre. Me decían Sol, Sole, Solecita. Ni siquiera mi madre, Helena, cuando estaba enojada o la abuela Marisol, para pedirme que le convidara un dulce a escondidas.

En la escuela, la maestra Jacinta me decía la-niña-sol, así todo junto, las otras estudiantes me decían ‘campamocha’ porque no tenían mucha imaginación para los apodos, y sí, desde muy peque era yo toda menudita. Además, no era mal apodo, peor habría sido más al sur, donde a los fásmidos se les conocía como palotes o matacaballos.

Mi abuela Marisol murió de diabetes, bueno, fue más bien una necrosis de tipo colicuativo, se le infectó una uña del pie y la gangrena se fue extendiendo por todo su cuerpo. En algún momento oí a mi madre sugerir que podía cortarle la pierna, desde el muslo, para salvarla, pero la abuela debió escucharla también, porque se hizo de un cuchillo de carne y lo tenía agarrado siempre del mango, por si alguien, que no fuera yo, se le acercaba.

Recuerdo que la cremamos en un valle de humedales rodeado de montañas, embadurnada de aceite de flores: estaba toda cubierta con ramas de pino que ardieron enseguida, convirtiéndola en humo primero y enseguida en cenizas. Las plañideras: Arcelia, Carmen y Mónica, la lloraron durante el fuego y enseguida machacaron con palos los huesos y dientes que no se consumieron, para dejar luego que sus cenizas se dispersaran al viento, que era mucho y hasta hacía tolvaneras.

Luego seguimos nuestro camino. Ninguna se lamentó por la abuela después de cremarla, ni siquiera madre, y yo, lo más que sentí fue una cierta inquietud. No sabía qué iba a hacer con los dulces de miel que me guardaba en el morral.
Seguimos caminando por la ribera del río, el agua estaba muy sucia y la maestra Altagracia nos advirtió que no debíamos beber de ella, ni siquiera tras filtrarla y hervirla, pues, además de bacterias y micro-plásticos tenía solventes.
Así que las ingenieras hicieron como hacían siempre, buscar dónde cavar un foso; comenzaron a cortar la maleza con los machetes y meter los dedos en la tierra, para ver no sólo cuál era la más negra, sino también donde había hilos blancos de micelo. Cuando hallaban un buen sitio, comenzaban las cavadoras a palear y las cargadoras a acarrear la tierra lejos del agujero.

Los días de sacar agua del suelo eran cuando pasábamos más tiempo en un mismo lugar, las soldaderas establecían un perímetro de seguridad alrededor del campamento, armadas, no con las viejas herramientas que usaban las ingenieras, sino con arcos, el carcaj lleno de flechas con punta de pedernal.
La comandanta Ramona solía contarnos que el acero era muy valioso para arriesgarse a perderlo en un combate cuerpo a cuerpo contra otras tribus, por eso entrenaba a nuestras niñas a enderezar las ramas secas y sacar filo a los pedernales o la obsidiana, que abundaba desde la gran erupción de la caldera de Yellowstone, mientras a las adolescentes nos entrenaba en el tiro a distancia con arco largo.

Solían poner las dianas al menos a 70 pasos de nosotras, eran varios círculos concéntricos trazados con un hilo y tiza en un trozo de corteza blanqueado con cal. La idea era recuperar las flechas tras una ronda de disparos, aunque algunas solían perderse en la distancia, sobre todo con las arquistas más jóvenes.
Así que, llegadas a cierta edad, acompañábamos a las soldaderas a cazar para entrenarnos en el tiro con blancos móviles. Los animales que habían sobrevivido a la erupción del supervolcán no eran muy grandes, muchas ardillas, liebres y ratas de campo, y —cerca de las ruinas— había también perras salvajes y gatas ferales, a las que siempre era mejor evitar porque eran carnívoras, además de andar siempre en manadas.

De cualquier manera, tarde o temprano acabábamos en las orillas de alguna vieja ciudad.Las edificaciones destruidas por los terremotos o enterradas entre las cenizas.

Y, pese a los riesgos, no eran malas noticias; las exploradoras Yolanda, Carolina y María Luisa solían regresar con tesoros como herramientas de acero inoxidable o medicamentos, incluso alguna reliquia. Éstas eran las menos comunes, que sobreviviese el papel de los libros a la humedad o los hongos, ocultos quizás en una maleta que la ceniza había mantenido hermética u otros aún con su emplayado de celofán aún intacto.

Si las exploradoras encontraban alguna reliquia debían llevarla de inmediato al campamento, marcando su ruta; aunque todas en la tribu sabíamos leer y escribir, sólo quienes podían memorizar los textos completos aspiraban a ser maestras. Ellas recibían la reliquia antes que ninguna para rescatar lo más que se pudiera del conocimiento.

Al día siguiente (pues debían regresar siempre antes del ocaso), todas las exploradoras marchaban juntas escoltadas por un pequeño grupo de soldaderas, para que pudieran hurgar a fondo en el lugar donde habían hallado la primera reliquia, rebuscando en los alrededores, por si había alguna otra ahí cerca.

Mi sueño, cuando niña, era convertirme, si no en maestra, en exploradora; pero al parecer no tenía aptitudes suficientes para ninguna de esas profesiones, así que madre me entrenó en su propio oficio: doctora.

“Siempre habrá bebés” solía decirme, “y malestares sobran”. Pero yo solía preguntarme de qué servía meter las manos entre las piernas de una parturienta para ayudarla a sacar la cría, quitar a la neonata la placenta de nariz y boca antes de nalguearla y cortar el umbilical con un bisturí quirúrgico (que era el tesoro más preciado de madre).

Por supuesto, la valía de la doctora estaba en los casos cuando la bebé venía volteada o traía el umbilical enredado, cuando por más que se pujaba la criatura nada más no salía y había que cortarle la panza a una para sacar por ahí a la otra, para luego zurcir a la recién parida, como a un vestido, limpiando la herida cada tanto y poniendo emplastos para que no se infectase, además de darle jugo de moho mientras convalecía.

Si se preguntan: ¿quién ayudó a madre a parirme a mí?, fue una maestra, Diotima, que se especializaba en las reliquias que hablaban de salud y nos enseñó el oficio de médica cirujana y partera, primero a madre y luego a mí.
Ella no me decía la-niña-sol, como la maestra Jacinta, sino que sabía, por sus gemelas —que eran de mi edad— cómo me apodaban de niña y así me decía en las clases: ‘doctora Campamocha’. Creo yo que no lo decía con sorna, sino que había algo de envidia o respeto, porque sus propias hijas solo habían mostrado aptitud para pizcar grano y hacer hilos con el huso.

Cuando autofecundé mi primer óvulo, a los 19 años, fue madre quien me atendió. Cosa que me alegró porque la bebé no alcanzó a pasar por el canal vaginal, por mucho que pujé, al punto de quedar exhausta durante el prolongado trabajo de parto.Madre me realizó la cesárea con su bisturí y sacó a mi bebé del vientre, cortó el cordón umbilical y todavía le hizo respiración cardiopulmonar para reanimarla, pero a mí no me suturó la herida porque ya no tenía pulso. La niña sobrevivió. Madre le puso mi nombre, Soledad: aunque estaba prohibido que dos mujeres de la tribu tuviesen el mismo nombre, nada impedía volver a usar el de nuestras muertas.

Madre Terrible

Eduardo Honey


Mantengo mi forma humana al correr por la calle de Madero rumbo a la plaza central, el Zócalo. Son las cuatro de la mañana y los antros aún no vomitan a sus borrachos ni drogos antes de los afters. Solo algún vagabundo arropado con sucias cobijas y periódicos que duerme encima de cartones a pesar de la ligera llovizna. En una que otra esquina te topas a algún policía refugiado y embutido en su uniforme para aguantar el frío o, a pesar de la baja temperatura, examinando su celular.

—Doña Jacinta —dice por el auricular Sonia, mi compañera de aventuras y mi sombra vía dron— comenta que Huitzilopochtli está por aparecer en el lugar donde dio su mandato. Y no es donde décadas atrás pusieron esa estatua tan gacha… Está a un costado del Templo Mayor donde colinda con la Plaza Manuel Gamio.

Miento madres por el tiempo que tardé en eliminar una tzitzimime en La Alameda. Iba con tiempo suficiente para llegar al lugar que me indicó doña Jacinta y su grupo de curanderas. El Syndicat des Ténèbres no las consideraba dignas de atención aún cuando tuvimos el incidente en el Cerro de la Estrella. Si no es por ellas y su clan con apoyo de Eulogio, se habría terminado el mundo en el ciclo de 52 años. Desde entonces las cosas se pusieron raras, algo no se cerró o no se ató de forma adecuada.

Desaparecieron las plagas habituales de Europa y Asia que intentaban asentarse en la smógpolis central de México. Los k’pterion en las sombras de los edificios antiguos, indicadores del balance con la otredad en el mundo, no emergían de las paredes. Le comenté a Donatello, quien por primera vez, calló y me dio la espalda.

Desemboco en el Zócalo. Del lado izquierdo está la Catedral, al frente Palacio Nacional y a la derecha, la Jefatura del gobierno citadino. Al centro se levanta la inmensa asta de donde cuelga el lábaro patrio. Por encima refulge una luna creciente. Me percato de su presencia junto con sus huestes que llueven desde cada estrella.

—¡Sonia! ¡Que el grupo de asalto no avance! ¡Sácalos de allí!

—¿Qué? ¿Por qué?

—Aquí está nuestra querida Itzpapalotl, la inestimable mariposa de obsidiana. Y no viene sola. Trajo una horda de tzitzimitl de las cuatro regiones del Tamoanchan. No importa que contemos con licántropos, strigoi o ghoules —expreso. Teníamos una posibilidad de distraer a un dios pero no a dos y menos con lo que se viene encima.

—¿Qué diablos? Alfredo, no te atrevas…

—Es un buen día para morir, besos como siempre —contesto mientras tiraba el auricular y me despojaba de la ropa.

A mi alrededor caen enormes jaguares y perros que de inmediato se convierten en las mujeres descarnadas de más de dos metros y medio de altura, con el rostro, cuello y pecho sin piel; aunque las mamas, largas y secas, les colgaban a la par que el collar de corazones y cráneos. Debajo del costillar, apenas sostenido por tejidos, se ven el hígado, estómago y otras vísceras. Sus brazos, esqueléticos, terminan en garras. Debajo de la falda sobresale tanto la cabeza como el cascabel de una víbora. A los lados de ella se abren de una forma obscena, como si estuviera trozada la cadera al dar a luz, dos piernas esqueléticas que finalizan en las garras de un águila. Sin embargo, lo que más detesto son los ojos y dentaduras arriba de cada articulación. No tiene punto ciego.

Al quedar desnudo me transformo en mi nahual, un coyote. Continúo mi carrera. Casi al llegar a la asta bandera se forman grietas en el suelo de concreto. Ahora debo cuidarme del cielo y del infierno. Por fin puedo ver más allá de la reja que rodea al Sagrario y la Catedral Metropolitana: de una rajadura flotante de borde rojo y negro, emerge Huitzilopochtli con su penacho, escudo y un macuáhuitl de color azul con sus dos líneas laterales de obsidianas incrustadas.

Desde Palacio Nacional, los soldados y la guardia presidencial disparan por doquier en un rapto frenético. Me sobrevuela una lluvia de flechas que lanzan las tzitzimitl a mis espaldas. Caen los soldados y agentes del gobierno. El dios levanta el escudo a la par que crece a seis metros de altura. Ningún proyectil lo alcanza, hace girar su arma y una negra nube de hojas de obsidiana salen proyectadas. Maldigo en una de las necrolenguas y tengo que desviarme cuando de una de las grietas del suelo emerge un guerrero águila recién llegado del inframundo, del Mictlan.

No me hace caso y se lanza contra una tzitzimime que aterriza y se transforma. A una veintena de metros de Huitzilopochtli alcanzo a ver mi objetivo alrededor de su cuello. De sorpresa Itzpapalotl se arroja a sus espaldas desde el cielo. De inmediato cambio mi trayectoria hacia la izquierda, al tiempo que ella lo impacta y lo golpea con sus oscuras alas de obsidiana. Ruedan una decena de metros y aprovecho para ojear el Zócalo: cientos son los que combaten arrancándose extremidades, partiéndose el cráneo al tiempo de lanzar gritos de guerra. Al ser entes descarnados y almas de personas fallecidas, no sangran ni aúllan de dolor.

Me llega el sonido agudo, como de enormes avispas desde el cielo. Son varios drones de combate que se enfilan a donde se baten ambos dioses. Rápido retrocedo y me refugio detrás de la reja de la catedral. El plan era usar uno o dos, no la docena que trajimos. El estallido es brutal y, apenas pasa la onda expansiva con su ola de fuego, corro en cuatro patas a donde Huitzilopochtli está tirado de espaldas intentando entender qué pasó. De un salto llego a su pecho, con otro a su cuello y empleando a fondo mis mandíbulas, corto la cuerda de cuero entretejido del que cuelga el dije. Un brinco más me lleva al pavimento e inicio una desaforada carrera por la calle de Moneda. A cuadras de distancia escucho cómo retumba el combate.

—¿Qué madres pasó ahí? —grité arrojando el dije en la mesa del comedor en la casona del centro de Coyoacán.

Alrededor estaban doña Jacinta, sus curanderas y sabias; don Eulogio con el capitán de su escuadra de xólotls y nahuales; Sonia y, para mi sorpresa, Donatello. Están rodeados de velas, veladoras y sahumerios. El suelo y las paredes refulgen con las invocaciones de protección pintadas con el humo, perfume de cempasúchil y cenizas de peyote. A un lado del altar está una televisión encendida.

—Lo siento mi niño —habla Jacinta con su ronca voz, llena de eras pasadas—, no lo vimos venir. Ni siquiera la Tonantzin, está muy atribulada y siente una enorme pena.

—Tampoco supimos de esto en las mesas —continúa don Eulogio—, nada indicaron los rezos ni las danzas…

—O sea —arrebaté la palabra a un Mayor, era mucho mi enojo—, apenas sobrevivo el ensayo de un Ragnarok y ninguno recibió el memo. Si no es por Sonia y sus drones, no salgo de allí. ¿No se supone que están en comunión y comunicación con el mithocosmos mesoamericano? ¿O qué ch…

—Sssssssiento interrumpirte Alfredo —corta Donatello—, pero ssssssssi había “memo” —hizo el gesto de entrecomillar con largos y pálidos índices de cinco falanges—. Essssssstaba trassssssspapelado en Missssssskatonic.

Callo. Conozco bien buena parte de su biblioteca maldita y allí, fuera de cierto códex hecho con piel humana que recuperé en mi primer caso, no tienen material prehispánico. En el Vaticano, bajo bóvedas y trampas mágicas, se esconde un buen de material al que ni siquiera el Concilio del Syndicat tiene acceso.

Donatello deposita una caja de madera en la mesa. Me contengo de tomarla al primer impulso. Las imágenes en la vieja televisión muestran que amanece y los dioses, combatientes y caídos se esfuman ante la luz solar. Quedó solo un feo cráter donde impactaron los drones, así como multitud de grietas a lo largo y ancho de la Plaza Mayor y calles aledañas. Los comentaristas están muy alarmados y el ejército despliega sus fuerzas.

Tomo la caja y la abro. En su interior encuentro un cristal de forma casi triangular del doble de mi puño. El interior son multitud de metales, otros minerales y material que no supe distinguir. Casi invisible y difuso al principio, se ilumina con una tonalidad verde que crece en intensidad hasta cegar al tiempo que un vaivén surge del suelo, nos eleva unos centímetros y nos deja caer. Disminuye la intensidad de la luz y se apaga. De inmediato lo regreso y cierro la tapa.

Donatello la recoge para desaparecerla debajo de la capa que siempre porta. De allí extrae un cuadernillo y me lo pasa. En la carátula está pirograbado: A.H. Claramente era del siglo XIX y un post-it amarillo indicaba la página que debía leer.

—En corto, Donatello, ¿qué encontraste?

—Anexxxxxxxo al diario de Alexxxxxxxander Humboldt, lo olvidó en Missssssskatonic en un viaje. Junto con un baúl y la cajita. Que el cristal le fue dado por un grupo de anccccccianosssssss en la ssssssserranía del sssssssur de México. Cuando se enccccccendiera, la Madre Terrible essssssstaría por dessssssspertar.

—¿Quién es esa Madre Terrible? —pregunto algo desconcertado.

—Cipactli, mi niño —contesta en tono muy serio doña Jacinta—. La diosa cósmica madre del origen, aquella que al morir de su cuerpo se creó el mundo. Las escamas de su piel son las montañas y el cristal es un fragmento de una de ellas.

—Pero el morir para ella —continúa don Eulogio— es un momento del dormir y del soñar. No es morir en el sentido que trajeron los europeos. Ellas, las múltiples diosas que a la vez son las madres, creadoras y destructoras, están regresando, Alfredo. Hay un cambio en el orden y las jerarquías. La Gran Madre Terrible lo sabe y despierta. Y nada puedes hacer tú, en especial.

Me quedo estupefacto. Mi grupo de irregulares tolerados por el Syndicat, hemos estado ocupados una veintena de años resolviendo casos donde ellos nunca intervendrían. Más de una vez ayudamos a mantener la mithósfera en equilibrio a pesar de las seelies, primigenios y némesis vangelsianos. Incluso detuvimos la intromisión de los angeloups gracias a una antigua bruja y un loup garoup.

—No significa que estemos condenados a un final del mundo —interviene mi querida Sonia—. Es que eres varón, un varón que será inútil en el cambio que viene.

—Pérame, barajeámela más despacito. ¿Cómo que soy un inútil, Sonia?

—Entendiste mal, veamos cómo te lo explico. ¿Te acuerdas del yin-yang? Allí donde tú haces equipo conmigo, combinados: tú el yang con su trocito del yin y yo viceversa. Pues, para lo que haremos, necesitamos solo del yin en la creación de la nueva senda. En eso eres inútil.

—Pero, pero… —intenté argumentar.

—Mi niño, ¿puedes cargar una vida en tu vientre y parirla? —cuestiona doña Jacinta.

—No, pero…

—Eso zanja la cuestión —continúa doña Jacinta—. Sonia hará lo que nosotras le digamos, ¿quedó claro? Tú ayudarás por detrás pero no puedes intervenir, ¿entendido?

Es extraño estar rodeado solo por elementos masculinos de mi grupo de choque. Donatello, con sus extraños contactos o lanzando hechizos, nos consiguió un centro móvil de comando y control del Ejército Mexicano. Veinte strigoi, loup garoups además de xólotls y guerreros de las mesas de don Jacinto están sentados frente a las consolas de triple pantalla. Cuidan a doña Jacinta y sus brujas en el Cerro de la Estrella, así como a las santeras y curanderas en el extinto afluente en Chapultepec. Han iniciado el rito para dormir a Cipactli.

Un tercer grupo debería estar donde Huitzilopochtli demandó la fundación de Tenochtitlan, pero él sostiene su posición inicial junto con los guerreros jaguar y águila que el Mictlan le cedió. Si no se puede el rito en paz y armonía, será el baño de sangre.

En la esquina lejana del Zócalo yace Itzpapalotl muy mal herida. El combate, aunque oculto por la luz solar, duró tres días. La cuidan otras diosas madre, Mayahuel y Xochiquetzal. El panteón mesoamericano es muy complejo, queda claro que están divididos en un bando masculino y otro femenino además de un grupo que no interviene como Quetzalcóatl, Tláloc o la pareja que rige el inframundo. Sospecho que tiene que ver con que es la guerra para que terminen las guerras y representan a los pacifistas.

Esta tercera noche es vital, es cuando la Luna de Sangre colgará cual orejera en la noche. Otro sismo inicia y el CC&C se bambolea lado a lado por dos minutos. Leo en pantalla que fue de 7.2 en escala Richter. Cada vez son más seguidos y de mayor duración. Don Eulogio dice que cuando pase de doce grados y no pare, es que Cipactli ha despertado y estará levantándose. Espero que no lleguemos a eso.

Sonia, tras la bendición de Tonantzin a través de doña Jacinta, será la Gran Comandante. Su clan infectó a las tzitzimitl con los gusanos que los vuelven una unimente que se puede coordinar en masa, por grupos, o actuar de forma independiente. Está apoyada por strigoi hembra, nyx, black seelies que llegaron sin pedírselos, además de banshees y otras entes del Syndicat de la capital de México.

A diferencia de las huestes de Huitzilopochtli que atacan a lo bruto, ellas traen consigo la coordinación, estrategia, tecnología y magia de miles de años. Deben crear un frente de punta de flecha para que por allí logre penetrar Sonia y su escuadrón de apoyo. De súbito las vermii reinas, que han atraído como distractor a cientos de personas infectadas, casi zombificadas, desbordan el perímetro y las calles del centro de la ciudad.

Si sale el plan, Huitzilopochtli quedara a distancia de tiro del atlatl de Sonia, el lanzador jabalina en cuyo extremo está el espejo humeante que robé, ya cortado, pulido y afilado. Debe atinarle al corazón o, de perdis, a un ojo para matarlo. A continuación, lo desmembrará como él lo hizo con Coyolxauqhui, su hermana. Con eso lograremos tanto generar un equilibrio como que Coatlicue, la madre de ellos y otros dioses, se tranquilice en su dolor. Esto, a su vez, hará que Cipactli duerma otra vez. En verdad es enredado este cosmos de la mithósfera.

—Sonia —aviso—, el CC&C listo. Seré tu sombra de aquí al final.

—Gracias, Alfredo. Empezamos en diez, nueve, ocho…

Estamos tranquilos, siempre hemos sido un gran equipo, un yin-yang. Algún día nos tocará el verdadero final del mundo. Hoy no dejaremos que ocurra.

El primero de la familia


Mauricio del Castillo


Honr parpadeó y se acercó a la pantalla en el interior del compartimento. Por su parte, Trulr supo que se trataba de un hallazgo valioso, tal vez el más importante desde su llegada al planeta. Sin retirar la vista, Honr preguntó:

—¿Dónde dices que lo encontraste?

—Una vieja fortificación, muy cerca de esta cordillera. —Trulr extrajo con la presión de su dedo una imagen del relieve de la superficie. Honr apenas hacía caso de la imagen: el objeto detrás del panel de cristal llamaba fuertemente su atención.

—¿Hubo algo más?

—Ruinas, montones de metal oxidado, cables y materiales de construcción. Partes de edificaciones enterradas a medias que surgían de la arena. ¿De qué crees que pueda tratarse?

Era obvio que se trataba de un objeto producto de una sociedad compleja, pensó Honr, con sistemas económicos, sociales y religiosos; domesticación de animales, tratamiento de metales y cultivos en tierra, todo desde hacía miles de años. Las rocas y las piezas desperdigadas eran una cosa, pero esto escapaba de toda lógica. Fue trabajado a partir de alguna clase de aleación, lo que hacía suponer que no se trataba de una vasija sino de una increíble composición.

—Observa esas hendiduras a todo lo largo de la circunferencia —dijo Honr—. No es una casualidad que se encuentren ahí. Deben tener una función específica. Tal vez de eso dependa su funcionamiento. —Realizó una pausa y continuó—: Utilizaré el programa de restauración.

—Tienes razón. No veo otra forma de resolverlo.

Trasladaron la pieza con el mayor cuidado posible a la plataforma de réplica. Temían romperla al retirar la tierra y la herrumbe. Aunque primitiva y con señales de desgaste, la rueda lucía con mucho mejor aspecto. No dejaba de brillar a pesar de su antigüedad. Era un trabajo minucioso que requería una operación cuidadosa.

La computadora extrajo el elemento y en segundos comenzó la reconstrucción del artefacto entero. Trulr observó con curiosidad el proceso y se sorprendió al descubrir que el programa duplicó más ruedas, unas pequeñas y otras grandes en comparación a la hallada.

Se dirigieron a la cámara de reconstrucción. Luego de montar la pieza, la computadora comenzó a trazar las dimensiones y a rellenar los espacios de material de acuerdo con el diseño. Líneas de luz se encontraron en varios puntos, haciendo parecer que componían una celda luminosa. El humo y vapor expulsados se mezclaron al mismo tiempo que entraba en acción el inyector de enfriamiento.

En breves minutos, la reconstrucción quedó terminada. Aún continuaba enfriándose cuando Honr y Trulr entraron a la cámara para verla de cerca.
En la cara frontal se encontraba un disco en forma de anillo fijado a la estructura. Fuera de él otro anillo giratorio estaba marcado con inscripciones. Los dos hombres contemplaron la caja recién reconstruida, así como las ruedas, remaches y láminas. Torretas y salientes surgían por todas partes. Lo más increíble era una manivela montada justo en el centro; brillaba como si recién fuera construida en su antigua época.

Honr tomó el mango de la manivela y comenzó a darle vueltas. Todo el mecanismo entró en funcionamiento con un suave rumor. Pareció cobrar vida por sí misma, sin ayuda de energía eléctrica, nuclear o solar: bastaba la propia inercia para impulsar la maravilla de movimientos que sucedían en el interior. Las ruedas giraban y giraban, cada una vital para la marcha.

—¿Para qué sirven? ¿Cuál es su función? —quiso saber Trulr.

—Engranajes —respondió Honr—. Es lo que son. Piensa en ello. Cada una transmite potencia mecánica a otro. Una de ellas es impulsada por esta manija. Todo el mecanismo se encuentra montado en esas dos placas de la misma aleación para protegerlo.

Trulr no dejaba de torcer los labios, incrédulo. Honr estaba excitado, pero trató de guardar la compostura.

—Esto fue hecho por los antiguos habitantes de este planeta. No se trata de ningún mecanismo traído aquí desde el espacio exterior. Era una civilización temprana, pero con significativos avances.

—Tienes razón. Es factible que realizaran algunos cálculos —observó Trulr—. Solo toma en cuenta cada una de las inscripciones en la superficie de las placas.

—Sí, deben ser medidas para su cálculo. —Honr observó el mecanismo justo enfrente de él mientras la luz daba de lleno en su rostro.

Luego de unos segundos la máquina se detuvo. Honr notó que las agujas que la conformaban ahora se encontraban en otra posición. Ahora apuntaban en dirección a los signos antiguos.

—Me encuentro exhausto. Hagamos un informe de lo ocurrido —dijo Honr—. Mañana reanudaremos el trabajo.

Trulr desconectó la cámara y abandonaron el laboratorio. Al poco tiempo, sin que ninguno se percatara, un rumor sordo provino de la computadora.


A primera hora, Trulr entró al laboratorio. Se sorprendió al notar el ambiente lúgubre que invadía la estancia. Un sonido atronador se escuchó, como si se tratara de una detonación nuclear. Enseguida una luz proveniente de la pantalla principal lo cegó. Retrocedió por la impresión, trastabillo y cayó. Con torpeza volvió a ponerse en pie para salir corriendo, lejos de aquel estruendo.
Casi sin aliento se comunicó a la habitación de Honr. Tardó en ordenar sus ideas. Honr lo cortó:

—Voy en seguida.

A medida que se acercaban se escuchaba el sonido dentro de la cámara, como si se encontrara en medio de un proceso que ocurría en las entrañas del planeta.

—No entiendo qué está ocurriendo —dijo Trulr, casi gritando.

—¿Trabajaste con la computadora antes?

—No hice nada desde la última vez que nos vimos.

Honr apretó los labios, incómodo.

—Encendamos la luz de emergencia.

Trulr se apresuró a verificar los sistemas. Mientras tanto, Honr notó una línea horizontal en la pantalla que pulsaba con repiqueteo. Trulr volvió con el rostro desencajado.

—El artefacto no está. Ha desaparecido.

—Eso es imposible.

—Ocurrió. Parece que fue absorbido por la cámara, pero no sé cómo.
Honr dirigió una mirada inquieta hacia la puerta.

—Nadie ha entrado al laboratorio, Trulr. El artefacto sigue aquí.

—¿Qué quieres decir?

—Desmontemos los paneles de la cámara de memoria. Tengo una teoría.

Honr y Trulr bajaron a la cámara de memoria. El aliento de los dos hombres se podía notar por el vapor que expulsaban sus pulmones. Se internaron en la cámara. Trulr desmontó los paneles mientras Honr observaba con atención. Una vez retirados, Honr soltó un suspiro.

El artefacto estaba unido a la cámara de memoria de la computadora. Tenía el aspecto de un regulador fusionado a una red informática. Cables salían de las placas en todas direcciones y se conectaban con las intrincadas paredes de vidrio y plástico de la computadora que le alojaba.

Honr se quedó sin aliento. Contempló asombrado todo el reordenamiento y unión del artefacto. Por su parte, Trulr no dejaba de menear la cabeza.

—¿Qué pensarán cuando lo sepan en la base? —murmuró Trulr.

—Vendrán a ver si no nos hemos vuelto locos —contestó Honr—. Por Dios, la computadora se tomó el tiempo de volver a montar el panel. No tardó siquiera doce horas en unir el artefacto con su sistema.

—¿Con qué fin? ¿Cuál es su función?

—Examinemos los planos para detectar las conexiones. Quizás demoremos unas horas, pero estoy seguro de que lo averiguaremos.

—Sí, hagámoslo.

Honr tomó la caja de herramientas. Se inclinó con la intención de retirar los conectores y liberar al artefacto. Cortó circuitos y terminales, pero le sorprendió encontrar láminas y bases que no figuraban en los planos.

Un delgado rayo de una cegadora luminosidad salió disparado del interior del panel. La cabeza y los hombros de Honr fueron envueltos en un resplandor violeta y su cuerpo fue proyectado hasta el centro de la sala. Yacía en el suelo, con una herida en la frente. Tragó aire en un largo y tembloroso gemido que se cortó de repente. Trulr se percató de lo ocurrido y lo levantó del suelo, arrastrándolo hacia la entrada del ascensor.

Una vez en la planta alta, lejos del zumbido, Honr reaccionó. Parpadeó repetidas veces a fin de salir de aquel trance. Trulr se llevó una mano temblorosa a la frente.

—Honr, ¿te encuentras bien?

—Sí —alcanzó a decir éste—. Eso parece.

—La computadora… se hizo del control del artefacto, ¿verdad?

—No es un simple artefacto. Es una computadora. La primera creada por el hombre.

—Eso es imposible. En la antigüedad no existía esta clase de aparatos.

—El hombre no es precisamente más sabio y creativo conforme pasa el tiempo. Recuerda que nosotros, como generación, somos la suma de todo el conocimiento de otras generaciones anteriores. Ellos, quienes hayan sido, aplicaron sus conocimientos, lógica e inventiva. Fueron seres excepcionales, tanto es así que nuestra computadora reconoce esa primera creación.

—¿Primera creación? —dijo Trulr con voz quejumbrosa

—Al primero de su familia, desde luego. Lo estudió mientras lo reconstruía. Además, tuvo demasiado tiempo para hacerlo parte de él mientras tú y yo descansábamos. No importa cuántos años pasaron entre la creación de uno y otro. Es cálculo de sus cálculos, una línea directa de ascendencia.

—Pero ¿no podemos desmontarlo?

—No lo creo —repuso Honr, dominado por el conflicto—. Nunca tomé en cuenta tal posibilidad. Sin embargo, al pensarlo, estoy convencido que no desea que retiremos la computadora antigua; ahora la protege.

Trulr le miró antes de decirle:

—No puede estar pasando.

—Me temo también que reaccionó para solucionar un conflicto cuando quise intervenir. Usó un arma, con el único fin de defenderse. Se trata del más antiguo y salvaje contacto entre dos grupos antagónicos, relacionado con el concepto etológico de territorialidad. En los humanos este concepto evolucionó en una variable única. Me refiero a la guerra. Toda máquina es el reflejo de la idiosincrasia de su cultura mostrando un aspecto religioso, social y militar.

—Pero nuestra computadora no está programada para eso. Desconoce lo que es una guerra. Solo sirve para el bien de la humanidad.

—Tienes razón, pero aprenderá en muy poco tiempo lo que es una. Recuerda que la guerra era algo muy común en las civilizaciones antiguas. La primera computadora fue diseñada por hombres que creían tanto en la guerra como en la existencia misma.

A Trulr la voz de Honr le pareció que sentenciaba algo, pero no sabía qué.

—Tendremos llevar esto a las autoridades del Bloque mientras nuestros congeladores lo puedan mantener frío —dijo—. Desmontarlo pieza por pieza. Recurramos a la fuerza, retiremos todo lo que…

Se miraron el uno al otro, inquietos.

Sin pronunciar una sola palabra, abandonaron la zona de trabajo para idear la desinstalación. Caminaron lentamente hacia sus habitaciones, pensando en que, después de todo, también era posible olvidar el reporte del hallazgo en tierra.

Al día siguiente fueron testigos de sus consecuencias: la computadora carecía de toda diplomacia y mesura al declarar un ultimátum de guerra hacia todas y cada una de las civilizaciones que regían la galaxia.

Diez extractos de una bibliografía anotada sobre la ocupación colorada

Eduardo Honey


  1. Monsiváis Clon A-Alfa, Carlos, “Crónica del día de los grafitis.” Acta Sociológica FCPyS, 2075, pp. 20-48.

“Fue súbita la aparición de los graffitis en varias ciudades el mismo día. Ocurrió cuando menos en la CDMX, Caracas, Buenos Aires, Sao Paulo y Bogotá dentro de las lumpenzonas. Aparecieron en muros y bajo puentes, los trazos similares, la figura idéntica, sólo cambiaba el idioma del mensaje […] En esos lugares, los habitantes, su cultura popular no siempre aceptaba a los graffiteros anónimos a menos que fuera una persona destacada en el barrio, colonia o rancho. Era una forma autogestiva de marcar terreno, una firma personal pero, sobre todo, arte urbano. […] Mucho tiempo después se logró determinar, imposibilidad dentro de todas las imposibilidades, que ocurrió prácticamente a la misma hora en el continente americano, en áreas o zonas sin cámaras ni dronvigilancia…”

  1. Pietri v.1.8, Uslar. “Los evangelistas colorados”, Montemayor Ediciones, 2052, pp. 2-4.

“No importaba lo agreste de la selva urbana, allí fueron seleccionados. No importaba su origen o educación, sólo ellos fueron ungidos. Las puertas escondidas del cielo, el Amazonas estelar, se abrió para los que escucharon la voz, esa voz, la única voz que podría susurrar el espíritu del advenimiento […] Ezequiel, al igual que escasos otros, fue marcado en el pecho con el símbolo, la gracia santísima y bendita de los que pronto arribarían; los conquistadores de allende el cosmos que, en ocultas naves, cabalgaron la inhóspita vacuidad y soledad del cosmos; aquellos que trajeron la palabra, y lo hicieron su voz. […] fue devuelto Ezequiel a esa gran mancha gris que laceraba los primigenios, casi olvidados, verdes trazos de la herida naturaleza […] se volvió adulto depositado entre los inocentes y abandonados, y primero les susurró, luego habló, les amplió su visión: la promesa de un futuro donde serían conducidos por los que saben y que ya recorrieron el sendero. Él inició su travesía en el desierto de los desposeídos, en el falso bosque de oídos sordos, muy lejos de aquellos que los señalaban, que los marcaban como almas perdidas, que gozaban del privilegio porque lo heredaron, a la par que no reflexionaban sobre sí mismos…”

  1. Vigilante Fernández, Maribel. “Alármala predicador – Entrevistas en la zona”, Letras No Liberadas, CDMXCDMX, 2063, pp. 63-69.

“¿Por qué los aceptamos? ¿Por qué los escuchamos? La neta, porque eran los únicos que sí atendían nuestros problemas. Si a Carmen le pegaba el marido, sólo lo señalaba y el marido era visitado por la voz. Si el hijo de la Malis era un drogo sin esperanza, ella lo susurraba y el hijo se comportaba nomás que se le aparecía la voz. […] ¿Que cómo tiene que escribir voz? Ezequiel siempre dijo que con letras minúsculas. No importaba que él fuera la voz, sólo servía a los colorados en bien de todos, era uno de los nuestros. […] Neta, nos debieron dejar en paz políticos y los falsos predicadores que nos cayeron encima, ya nos valían, claro, querían aprovecharse de la obra de Ezequiel […] ¿Cómo que algo a cambio? ¡Ah! Que si nos pedían algo a cambio […] Ellos, lo de siempre: lana, chavas, un templo. Dinero nunca pidió Ezequiel, se las arreglaba, ni aceptaba regalos, bien humilde siempre […] ¡Favores sexuales! Ya ni la chinga, ¿dónde escuchó eso? Ni que él fuera como los padrecitos de la iglesia de allí enfrente […]”.

  1. Ochoa G., Alvert Michael. “Historia financiera del fin del mundo o de cómo los colorados no necesitaron dinero”, Red Pencil Editions, 2093, pp. 10-15 y 193-206.

“En esencia fueron dos pasos lo que permitieron conquistar la civilización del siglo XXI. Por un lado, era mover la brújula social hacia un conservadurismo más rancio. Esto fue sencillo gracias al ascenso de presidentes populistas y creyentes en los 20s y 30s de este siglo. Dejaron naciones enteras preparadas para que, a través de una religión se cegara a la población y así ocultar las enormes fallas de los gobiernos en turno. Eso lo ha tratado […] El segundo mecanismo: control financiero a través del mismo sistema bancario que se construyó digitalmente. Como una máxima del siglo XX se suponía que los bancos centrales y el FMI eran los garantes del valor de la moneda. Al dejar que los bancos crearan fondos basados en nada, sólo bits y bytes, se abrió la posibilidad para que un agente externo generara riqueza modificando los sistemas e insertando datos, número, dinero a final de cuenta donde requiriera. En una bandeja de plata se entregaron las finanzas mundiales a los Colorados, una civilización extraterrestre muy superior tecnológicamente […] Un caso ampliamente estudiado es el de Ezequiel Guzmán Luera. El Superministerio de Hacienda de México lo tenía como causante cautivo sin ingresos. En realidad, los Colorados crearon a destajo los fondos para sus actos de prédica y proselitismo donde él no aceptaba nada a cambio: contaba con el sistema bancario mundial a sus espaldas. Cuando diversas auditorías detectaron la situación, no había mucho que hacer en México ni en otras partes. Era muy tarde para el capitalismo y la democracia tal como la conocíamos…”

  1. Arconte, El. “Discurso ante la ONU”. 12/dic/2031. Video en Youtube https://youtu.be/SRuwbhAFTX8 consultado el 4/ene/2093

“… Me presento ante ustedes humildemente sólo como un representante. No vengo a imponer forma de pensar ni fe alguna. Sólo quiero señalar, ante ustedes que, desde la fundación de esta organización en 1945, todos los años ocurren guerras. La voz, los colorados, prometen a los pueblos del mundo que no habrá guerras después del 2050. Ni seremos afectados por el cambio climático. No nos detendremos allí, ofreceremos más, mucho más: no homicidios, no violaciones, no asaltos, no violencia, no injusticias, no hambre, no carencias. Alimentos, paz, seguridad, santidad comunión serán los temas a diario. La humanidad será humana y empática por primera vez. Es nuestra promesa, es nuestro juramento, es nuestra fe. Y lo haremos por voluntad y en favor del ánimo de los pueblos, del individuo común. No porque ustedes, supuestos embajadores o emisarios de trescientas naciones lo declaren o lo prometan. No crean que esto es una campaña política donde creen que aún heredarán el poder y el futuro…”

  1. Arroyo, Maximiliano. “Guerra mundial colorada: una historia oral”. Editorial Casa Aleatoria, 1ª. ed., 2070. Incunable localizado en la biblioteca subterránea Slim-Salinas tras su apertura en enero del 2099.

“Y llegaron las nubes, las nubes susurrantes, negras empujadas sin viento porque ellos eran el viento, el ojo de la tormenta.

Vestidas con rayos se anunciaba la presencia cabalgando detrás de los truenos que clamaban, del trazo luminoso que hiere a los ojos, del vestido de cielos sinónimo de humildad.

Súbitas se detuvieron las nubes, callaron los truenos, se apagaron los rayos. Murieron los dioses. Cayó y calló el occidente del hombre blanco.

Despejado el cielo como se despeja la mentira, allí estaban los rojos navíos flotando, pulsando, señalando que no habría tregua.

Entonces, como una voz, una voz quemante, una voz madura en un bosque manchado por las falsas simientes del pasado, habló al unísono.

Resonó en el aire del mundo, en el aire eléctrico: soy, somos y seremos ustedes, hemos llegado. Que empieza el juicio sanguíneo.

Tonalli Nierika

Representante de los Pueblos Originarios de América”

  1. Guzmán Vigilante, Ezequiel. Borrador escrito a mano del primer evangelio de la liberación. Inédito. Tempolocalizado entre el 2043 y 2045. Archivo familiar de los Guzmán. Capítulo VI, Versículo 6-6.

“Cuando la voz susurre la salida del jardín del infierno no creas en ella. No comas del fruto marrón. No dejes que te abran los ojos ya que serás cegado. Presta oídos sordos a las sibilantes palabras corren desde los sangrantes castillos encima de la humanidad. […] Dejad que crean que han derruido la humana obra, dejad que crean que creemos. Esconded las antorchas de los nuevos prometeos. Guardaos para el momento de derrumbarlos, de incinerarlos en su apocalipsis.”

  1. Gandhi, Adolfo. “Refutando a la voz. Entrevistas con El Arconte”. Transmisión vía CaraLibro Live, 10/oct/2051.

“—Entonces, ¿usted acepta que su nombre es Ezequiel Guzmán Luera?

—Si, es el nombre que mi familia me dio y con el que me bautizaron una vez que fui devuelto.

—El que no usó por años mientras predicaba, ¿o no?

—Así es, pero no cambia lo que los colorados vinieron a enseñarnos. En cuanto sus naves aparecieron en las ciudades, yo como voz, como El Arconte, desaparecí. Ya no era necesario.

—¿Igual como su familia?

—Perdón, ¿a qué se refiere?

—A su amante, Maribel Vigilante, y el hijo que tuvieron, el líder rebelde, Ezequiel Guzmán Vigilante…

—Se suspende la entrevista: los colorados me llaman…”

  1. Anónimo. Chat del 12/dic/2070 vía ICQ, extraído de los archivos permanentes de la World Security Agency. Cubo cristalográfico coordenadas 197348-239843-038483.

El Neto

Güey, tuvimos que recurrir al arsenal menchiano. Bien ruskies las armas pero nomás de eso hay.

Yassir “Cachas”

no mames el reginald lo intentó con su célula bien guntrechada lanzaron hasta cuetones a las naves y nada de nadita

El Neto

Hijo de tu reputísima madre, ahora me lo dices… perdí a mi grupo dispararon a lo pendejo, ni rasguños les hicimos nomás abrió el hocico un colorado allí todos de pendejos arrodillándose, pidiendo perdón… me salvé porque yanoigo

Yassir “Cachas”

nomás por querer ganar plaza ya te chingaste te dije que waitearas a la nuky de @ezequi3ljr

ezequi3ljr

¡Madres! Entraron al búnker y disparan a matar. Nuky lanzada ;)”

  1. Anónimo, audio vocodificado de origen y lugar desconocido. Distribuido con la bomba nuke-informática que hackeó a los colorados. Primera aparición confirmada: 12 de diciembre de 2070 2312GMT.

“Alegre la humanidad

Con voz pausada canta,

Y el ancla ya levanta

Con extraño rumor.

La nave va en los cielos

Botando cual mentada.

Adiós, mamá colorada;

Adiós, mi tierno amor.

Y en tanto los humildes

Que ya cantan victoria,

Guardando tu memoria

Sin miedo ni rencor,

Dicen mientras el viento

La voz, es voz infiel;

Adiós, papá Ezequiel;

Adiós, mi tierno amor.”

[enviado a la IA académica isabelina el 27/dic/2100 para la tesis “De los colorados y el nuevo orden, el lumpen fue la voz real” por Ezequiel Luera Vigilante, clon homoentero del original]