El Hechicero Tlacuache contra los Gatos Satánicos

Sidi A. Hdz.


―Tienes que capturar al demonio ―le dijo el Director Tejón al Hechicero Tlacuache.

Is piligrisi piri lis himinis ―remedó el Hechicero Tlacuache mientras seguía el rastro del demonio por el bosque.

Viejo ridículo, los demonios se deshacían si les caía agua. En el bosque no sobreviviría más que un par de días. Aunque, lo más probable, es que antes encontrara a algún humano y lo poseyera, pero ¿qué humano no quisiera poder trepar por las paredes y hablar en lenguas muertas?

Is nistri rispinsibilidid pritigirlis ―regañó el viejo director. Y el Hechicero Tlacuache solo había asentido con la cabeza. Tenía ganas de decirle un par de cosas, pero era su jefe, y el que firmaba sus cheques a fin de mes. Nomás que lo agarrara enojado y vería…

La noche empezaba a caer y el rastro continuaba por el bosque. Huellas que se hundían en la tierra, como si la hubieran derretido, hojas y ramas calcinadas y el nauseabundo olor a pescado descompuesto. Al parecer el demonio se dirigía hacia el poblado humano más cercano. Perfecto, lo que faltaba. Si el demonio salía del bosque, el Hechicero Tlacuache ya no tendría jurisdicción sobre él, por lo que podría regresar a sus aposentos en la escuela de magia.

Además, no es que tuviera muchas ganas de internarse en el mundo humano. Estaba lleno de máquinas, electricidad, veneno y los odiosos animales domésticos. Cómo odiaba a los domésticos.

El Hechicero Tlacuache escuchó ruidos de pelea a la lejanía. Gruñidos de un animal salvaje y latigazos, seguidos de risas de triunfo y vítores.
El Hechicero Tlacuache fue a ver qué ocurría.

Llegó a un pequeño claro sin árboles, todavía en el bosque, pero cerca del poblado humano. La escena lo sorprendió más de lo que esperaba.
El demonio, su demonio, estaba inmovilizado en la tierra, amarrado de patas y hocico con lo que parecía ser una cuerda mágica hecha de agua. Parecía como si un pequeño río se hubiera encausado alrededor de las fauces del monstruo. Alrededor de él, cuatro figuras encapuchadas y peludas maullaban con alegría mientras se lamían el pelaje calcinado.

―Buen trabajo, hermanos ―dijo una de las figuras encapuchadas mientras se lamía una parte calcinada del pelaje―. Sé que no fue fácil, pero por fin conseguimos uno.

El demonio se agitó con violencia, gruñendo mientras movía la cornamenta y trataba de zafar las garras. Por un momento los gatos se tensaron y el Hechicero Tlacuache creyó que las ataduras mágicas de agua no resistirían. El monstruo gruñó, las ataduras soltaron una pequeña nube de vapor y el monstruo quedó inmovilizado. El Hechicero Tlacuache chifló con tranquilidad.
Una gatita blanca y peluda, la más cercana a él, movió las orejas y lo miró fijamente.

―¡Un intruso! ―bufó mientras se le erizaba el pelaje.

Los demás gatos voltearon a verlo y bufaron con igual intensidad, mostrando sus pequeños colmillitos y lanzando zarpazos al aire.

―Wow, wow, wow, tranquilos ―dijo el Hechicero Tlacuache alzando las manos en señal de rendición―. Solo estaba buscando al… ¿Se lo van a llevar? ―preguntó mientras señalaba al demonio inmovilizado. Una sonrisa se asomó en su rostro. Un problema menos.

―¿Quién pregunta? ―dijo la figura encapuchada que había hablado primero. Se adelantó a las demás, descubrió su cabeza y el Hechicero Tlacuache vio a una gata parda, vieja, con el pelaje enmarañado y un poco quemado. Una cicatriz le atravesaba el ojo izquierdo y le rodeaba la cabeza. Con su único ojo bueno lo escudriñó de arriba abajo.

―Sí, es nuestro. Lo vimos primero ―dijo la gatita blanca.

―Sí. Con esta bestia todo el bosque temblará ante nuestro poder ―interrumpió un gato naranja.

―¡Cállate, Chimeco!

―Sí, cállate, Chimeco.

―¡Idiotas! Cállense todos, o éste podría meter las narices donde no lo llaman ―dijo la gata mientras desenvainaba las garras y se las empezaba a limar.

―No, no, para nada. Adelante, llévenselo. Un placer haberlos conocido, muchachos. Buena suerte ―contestó el Hechicero Tlacuache mientras se despedía y daba media vuelta.

En el pasado, los gatos ya habían intentado invadir el bosque, pero ese era problema de algún otro animal mago. El Hechicero Tlacuache ya estaba muy viejo para esos andares, además, si querían llevarse al demonio fuera del bosque, mejor para él. Lo único que le preocupaba era que todavía estuviera abierta la cafetería de la escuela para poder cenar algo antes de dormir.

―¡Está escapando! ―gritó la gatita blanca.

―Déjenlo que huya ―ordenó la gata tuerta―. Que le diga a todo el bosque que el reinado de los Gatos Satánicos está a punto de comenzar.

El Hechicero Tlacuache siguió andando. La caminata y el olor a pescado le habían abierto el apetito. Ay, cómo extrañaba su cama.

―Sí, más te vale que corras, anciano.

―No podrías contra nosotros.

―Sí, más te vale correr, rata ―gritó el gato naranja.

¿Rata…?

¡Rata!

Eso sí que no.

El Hechicero Tlacuache se giró. Un par de metros lo separaban de la secta de gatos.

―¿A quién le dijiste “rata”? ―dijo el Hechicero Tlacuache mientras alzaba una pata. El gato naranja flotó en el aire, como si lo estuvieran sosteniendo por el cuello. Los ojos le saltaron y sacó la lengua, mientras chillaba como un juguete de hule. Flotó un par de metros en el aire y cayó a tierra.

Los demás gatos lo vieron con el rostro desencajado. Hasta el demonio había dejado de retorcerse y miraba atento a la repentina explosión de magia. El gato naranja movió la pata trasera de manera espasmódica.

―¡Ataquen! ―gritó la gata tuerta.

Los cuatro gatos rodearon al Hechicero Tlacuache. Los pelajes erizados y los colmillos relucientes. Bufaban y lanzaban zarpazos. Tal vez estuviera algo oxidado, pero estos cachorros domésticos nunca se habían enfrentado a un hechicero del bosque. Les tenía que dar una lección.

La cola del Tlacuache se encendió en fuego, uno de sus más viejos trucos. De un latigazo formó un círculo a su alrededor. Si querían atacarlo, tendrían que enfrentar al fuego. A ver quién sería el primer chamuscado.

Un gato café cruzó el círculo de un salto. El Hechicero vio cómo conjuraba unos tentáculos de agua alrededor de su cuerpo. El Tlacuache fue más rápido.

―¡Risahistérica!

El hechizo golpeó al gato, el cual comenzó a reír de manera descontrolada. Su hechizo quedó cortado. Se tiró al suelo mientras movía las patas como si lo estuvieran electrificando, mientras miraba alrededor, tratando de recuperar el aliento.

La gatita blanca cayó detrás del Hechicero Tlacuache. Más rápida que su compañero, lanzó un chorro de agua salida de la nada, pero el Hechicero logró esquivarlo con facilidad. Un par de coletazos de fuego la mantuvieron a raya, pero el Tlacuache sabía que era cuestión de tiempo antes de que más gatos les saltaran encima.

―¡Vejiginflada! ―gritó el Hechicero Tlacuache. El encantamiento golpeó a la gatita en el pecho. Sus patas se levantaron lentamente del suelo y empezó a flotar hacia las ramas de los árboles. El Hechicero Tlacuache vio con satisfacción cómo la gatita pedía ayuda a sus compañeros, mientras trataba de aferrarse a alguna rama.

―¡Desgraciado! ―gritó la gata líder al saltar dentro del círculo―. ¿Por qué no te enfrentas con alguien de tu tamaño? ―el fuego se reflejaba en su único ojo bueno. El gato naranja trataba de bajar a la gatita blanca lanzándole piedras, y el gato café estaba acostado, recuperando el aliento tras tanta risa.

―Estará bien, el efecto se pasa después de un rato. Además, creí que los gatos siempre caían de pie.

―Serás el próximo sacrificio que consagremos a nuestra Diosa, rata ―contestó la líder mientras sacaba las garras y una esfera de agua empezaba a aparecer detrás de ella.

―¡Que no soy una rata! ―gritó el Hechicero Tlacuache, mientras esquivaba los chorros que trataban derribarlo. De un coletazo de fuego bloqueó un ataque, el cual se convirtió en vapor al instante. Sintió que la espalda se le humedecía, seguido de un fuerte golpe que casi lo derriba. Lanzó una bola de fuego para bloquear, a duras penas detuvo otro golpe que se dirigía directo hacia su cara, y logró lanzar un ataque hacia la gata, quien logró desviarlo de un zarpazo.

El olor a pelaje mojado y chamuscado inundaba el aire. Los tres gatos, e inclusive el demonio, veían atónitos el duelo de magia. El tlacuache y el gato saltaban, esquivaban, conjuraban bolas de fuego y agua, bloqueaban con escudos mágicos y se movían en una danza llena de vapor. Con un movimiento en espiral un tentáculo de agua golpeó al Hechicero Tlacuache en la mandíbula. Su cola se apagó momentáneamente y cayó hacia atrás, empapado y manchado de lodo.

―Eres un digno oponente, rata ―dijo la gata líder mientras apagaba un pequeño incendio en su túnica. Apareció una bola de agua en su pata, la cual empezó a crecer de manera amenazadora―. La Diosa estará satisfecha.

El Hechicero Tlacuache jadeó. Cuatro oponentes eran demasiado para él, por un momento se preguntó si aquel era su final, si toda su vida acabaría allí, humillado por unos gatos domésticos.

Su cola volvió a encender. La gata lanzó el ataque de agua. El Hechicero Tlacuache se levantó de un salto y golpeó el hechizo de agua con su cola en llamas, desviándolo justo a tiempo.

El hechizo de agua se deshizo en cientos de pequeños fragmentos cristalinos. Como si hubieran golpeado una esfera de hielo. Las gotas flotaron en el aire y lentamente alcanzaron al demonio.

Al entrar en contacto con su piel, el demonio aulló, pero cientas de pequeñas gotas siguieron cayéndole encima. Antes de que nadie pudiera hacer nada el demonio se encogió de tamaño, lo rodeó una nube de vapor y desapareció, apagado por la ligera llovizna que le había caído. El Hechicero Tlacuache se sacudió las manos y dijo:

―No creí que sería tan fácil.

La gata lo miró con su único ojo.

―¿No querías recuperarlo?

―Claro que no, me mandaron a deshacerme de él.

―Maldita rata… ―dijo la líder mientras se lanzaba encima del Hechicero Tlacuache. Los tentáculos de agua lo inmovilizaron en el suelo y una bola de agua le rodeó la cabeza, formándole un casco. Trató de encender la cola, pero no pudo.

Los demás gatos observaban. Su líder había sido humillada. Pero someter al idiota que les había arrebatado su trofeo sería un buen premio de consolación. La gata líder necesitaba demostrar por qué era la jefa. El Hechicero Tlacuache tragó saliva como pudo, tenía que darles una lección a estos tontos.

―No soy una rata ―dijo. Su voz distorsionada por estar debajo del agua. Empezó a conjurar uno de los encantamientos más devastadores que conocía. ―Soy el Hechicero Tlacuache.

La explosión cubrió todo el claro.

Los gatos quedaron brevemente ciegos, pero al ver cómo el humo y polvo se desvanecía, y al no sentir sus cuerpos transformados en gelatina, se levantaron uno a uno.

Lentamente sus túnicas empezaron a desaparecer, las hebras e hilos desvaneciéndose, rompiéndose, arrastradas por el viento, al igual que su pelaje.
Sus coloridos pelajes cayeron a trozos, dejando al descubierto sus blancas y arrugadas pieles. Los gatos gritaron. El café trató de atraparlo y pegarlo con magia, el gato naranja trató de lamerlo para que siguiera adherido a su piel, pero nada funcionó.

―No… ―murmuró la gata líder mientras su pelaje desaparecía.

―Hechizo de lampiñismo. Para que me recuerden ―dijo el Hechicero Tlacuache mientras se la quitaba de encima de un empujón y se ponía de pie.

―Has ganado un poderoso enemigo, Tlacuache ―gruñó la líder mientras trataba de cubrirse y daba la orden de huir. Los gatos salieron corriendo, humillados y pelones―. Lamentarás el día que te enfrentaste a los Gatos Satánicos ―y desaparecieron en la noche.

―Idiotas ―murmuró el Hechicero Tlacuache mientras empezaba a sentir frío. Miró su cuerpo y vio cómo las últimas hebras de su propio pelaje gris eran arrastradas por el viento.

―Me lleva la…

Tiempo

Samantha Aguilar Pérez


Tiempo by Samantha Aguilar Pérez
Tiempo by Samantha Aguilar Pérez
Título: El tiempo no espera a nadie 
Autora: Samantha Aguilar Pérez
Dimensiones: 768 x 1067 px (formato digital)
Técnica: Ilustración digital mixta, surrealismo digital
Color: Paleta fría dominante (violetas y azules)
Con acentos cálidos (dorado y beige).
Herramientas utilizadas: pinceles suaves, aerógrafos.
Utilización de blend modes (capas sobre expuestas).
Año de realización: 2025

Bebitos

G. Maraña


Lo encontré convaleciente junto a la lavadora. Pequeño y arrugado. Al principio pensé que era una ardilla bebé que el gato había traído, pero tenía manitas y una dentadura humana demasiado grande para su cuerpo. Lo metí en una caja, le puse unos periódicos y le di agua y pan como si se tratara de un pajarito lastimado. Para que no sintiera frío, lo dejé junto al calentador que estaba en mi cuarto. Era feo, pero me inspiraba una incomprensible ternura y yo, que siempre pensé tener el instinto maternal de una lenteja, me sentí de pronto tocada por el amor, como iluminada bajo una luz suave.

Esa noche casi no pegué ojo. El animalito roncaba desde su caja y el ruido se parecía mucho al que haría un mandril si alguien decidiera meterlo en una trituradora. Me quedé escuchándolo en la oscuridad, sintiéndome extrañamente conmovida, como si ese berrido horrendo fuera el latido de mi corazón. Al día siguiente fui a la farmacia. Compré fórmula de bebé y un biberón.

Lo senté en mis rodillas y le di de comer. Tuve que sostener la botella firmemente para evitar que me la arrancara de las manos. Era mucho más fuerte de lo que su cuerpo demacrado y enfermizo dejaba suponer. Al terminar, lanzó un eructo digno de un trailero.

Una mañana, entré al baño y lo descubrí retorciéndose junto al excusado, mucho más delgado que el día anterior. Alarmada, porque pensé que se me estaba muriendo, me incliné para levantarlo y me di cuenta de que él no era él. Se le parecía mucho, pero ya viéndolo mejor, tenía sus patitas peludas y palmeadas.

Fui a la cocina para preparar un biberón con fórmula, luego regresé al baño y, con mucho cuidado, lo levanté y lo alimenté. Al igual que su hermano, era fuerte. Después, lo dejé en la caja. Poco a poco, fueron apareciendo por toda mi casa distintas versiones de esa misma cosa. Con cola, sin cola, con alas desplumadas de gallina hervida, con hocicos alargados de coyote flaco o caras planas de chango disecado. La única constante era la dentadura. Blanca. Enorme.

Mi cariño se fue haciendo más profundo. Puse un colchón en la base de la caja para que estuvieran más cómodos y hasta les dejé un osito de peluche que destriparon a los dos minutos de tenerlo. Los bañaba en la tina con agua tibia (y guantes para soldar porque mordían); les leía cuentos a pesar de que sus enormes ojos de murciélago ciego y confundido no parecían entender nada, y los vestía con mamelucos de colores. Parecían tlacuaches sarnosos disfrazados de muñeca, pero para mí eran preciosos (imagino que es una sensación muy parecida a la que experimentan las personas que tienen esas ratas sin pelo de mascota).

Pronto ya no cupieron en la caja, así que decidí dejarles mi cama. Todas las noches los arropaba y los besaba en sus frentecitas calvas. Lo hacía despacio, porque, como dije, mordían (mis lindos bichitos espantosos eran bastante gruñones). Yo saqué un catre del cuarto de servicio y me acomodé junto a ellos. Aunque había terminado por acostumbrarme a sus ronquidos, frecuentemente me despertaba en la oscuridad con el pecho hecho una tripa, temiendo que les hubiera pasado algo.

Tenía pesadillas donde se me perdían o se morían. Entonces, me levantaba y prendía la lámpara de la cómoda para asegurarme de que se encontraran bien. Ahí estaban, con los ojos abiertos (eran incapaces de cerrarlos, ni siquiera parpadeaban), mirando la nada. Después volvía a acostarme, pero el susto ya no me dejaba dormir y me quedaba escuchando esos bramidos que se habían convertido para mí en una segunda respiración.

Mi ternura ocupaba todo. Ignoraba el teléfono cuando sonaba, descuidé mi trabajo hasta que me despidieron. En la cocina los platos se acumulaban y mis muebles se llenaban de polvo. No leía, no escuchaba música, no veía televisión y, si no era para salir a comprarles comida, no salía. Lo único que hacía era cuidar a mis animalitos que con los días se habían ido multiplicando.

El mundo a su alrededor se volvía cada vez más borroso. Solo los veía a ellos. A veces olvidaba bañarme. A veces pasaba el día entero sin comer o tomar agua. No me percaté de lo mucho que había adelgazado hasta que los pantalones se me empezaron a caer; y me tomó un buen rato darme cuenta de que el gato llevaba ya varios días sin aparecerse. Encontré su collar, pero de él ni rastro. Me sorprendió lo poco que me importó, hasta hace no mucho había sido mi adoración.

Una semana después, mientras venía de regreso a mi casa con la bolsa del supermercado cargada de leche en polvo, oí por casualidad a dos vecinas hablando en la calle; al parecer un animal raro se había metido en la casa de una de ellas y se había comido a su canario.

―Era un como chango o tlacuache con alas ―explicaba―. Alcancé a verlo con el rabillo del ojo. No sé qué cosa era, pero era fea. Abrió la jaula y se lo tragó de un bocado.

Pronto comenzaron a desaparecer otras mascotas. Los folletos con perros y gatos extraviados se multiplicaban por mi calle. Sabía que eran ellos. Escondían los huesos en las macetas, bajo la cama, entre la estufa y la pared. Al principio pensé que era porque no querían que los encontrara, pero cuando vi que no les afectaba en nada verme sacar un fémur de abajo de uno de los cojines del sillón, me di cuenta de que lo hacían por instinto nada más, como las ardillas que guardan sus nueces en algún rincón.

De haber sido una buena madre (porque a esas alturas ya eran mis niños) los habría regañado, pero cuando veía sus caritas tan horrorosas y tan lindas, el corazón se me hacía un durazno tierno y no podía. Lo único que quería era abrazarlos y besarlos, aunque amenazaran con arrancarme los dedos a mordidas. Entonces, empezaron a desaparecer niños.

En las calles veía a las patrullas desfilar y a los padres llorando y gritando mientras le explicaban a la policía que no entendían cómo había podido pasar una cosa así. Las historias que contaban eran inverosímiles, animales de una raza indeterminada secuestraban a sus hijos de sus cunas o sus camas. Supe que estaba albergando pequeños asesinos y la idea me horrorizó brevemente. Consideré entregarlos. Vi de pronto mi casa hecha una sopa incongruente de mugre y ropa sucia tirada por todas partes, vi mi cuerpo delgado, mi cara demacrada, el pelo que se me caía a jirones por no comer, por no dormir, y tuve ganas de sonarme la pared a patadas; pero luego, casi de inmediato, me sentí culpable.

Me dije que esto había pasado por haber sido tan permisiva. Los había malcriado. Ellos, pobrecitos, no hicieron nada malo. Necesitaban que los guiara y les fallé. Decidí reunirlos. Los puse en un semicírculo y les expliqué que comer niños era malo. Lo hice con mucha dulzura, claro. Lo último que quería era dañar su autoestima. Ellos eran inocentes en todo esto. Sin embargo, los niños siguieron desapareciendo, luego los ancianos y, por último, los adultos. Pero para ese punto yo había llegado a la conclusión de que mis espantosos bebitos preciosos necesitaban comer carne humana. Son como cualquier ser vivo, me decía a mí misma, solo quieren sobrevivir. Y cuando pensaba en sus cuerpecitos huesudos y sus patéticos ojitos amoratados de pájaro recién nacido recorriendo este mundo cruel, el cariño me rebasaba y me entraban ganas de llorar.

Así que ignoré lo que estaba pasando y seguí haciendo lo que hasta ahora había hecho: preparar, obsesivamente, una olla tras otra de leche en polvo que ya ni siquiera probaban porque era evidente que lo que se les antojaba era algo muy distinto. El líquido blanco que se quedaba sobre la estufa o la encimera, eventualmente se llenaba de moho y empezaba a apestar. Sin embargo, no tenía el valor para tirarlo.

Un día, mientras tendía la cama donde mis hijitos dormían (la única cosa que me molestaba en mantener limpia y ordenada), me desplomé del cansancio. El primero de todos, el más arrugado y el más querido por ser mi primogénito, viéndome ahí tirada sin poder levantarme, se me acercó y me mordió la pierna. Uno a uno sus hermanos siguieron su ejemplo. Lo único que podía hacer mientras me devoraban, era preguntarme angustiada qué iba a ser de mis niños lindos ahora que yo ya no estaba.

Nahual

Rebeca Perez Gutiérrez


Los rayos del sol, taciturnos, acariciaban los zacatonales. Una víbora de cascabel se encontraba enroscada debajo de uno de ellos, con sus ojos de fuego observaba las borregas, que rumiaban, a unos cuantos metros de distancia.

Antonio, después de contar las cuarenta borregas, se recostó sobre el colchón de hojas secas, resguardado en la sombra del enorme pino. Las garapiñas jugueteaban con el viento otoñal. El humo que despedía el cigarro formaba siluetas extrañas, las cuales al momento se esfumaban como los años de su vida.

A lo lejos se escuchaba el cauce del río, al cual seguido lo comparaba con su vida inquieta. A veces se sentía como la corriente que chocaba con las rocas y arrastraba todo a su paso. En otras ocasiones se reflejaba en las pozas de agua turbia. Y unas más en la frialdad de las aguas.

Su alforja con la letra de su nombre grabado siempre lo acompañaba al igual que su yegua colorada. Él se aferró a la vasija y refrescó su garganta. Recostó su cabellera parduzca en la piedra que le servía de almohada y cerró los ojos para mezclarse con los sonidos de su entorno.

La sensación de estar siendo observado lo puso inquieto, lo primero que descubrió en la primera rama frondosa fueron las garras, bien sujetadas, de un enorme gato de monte. Los ojos meticulosos del depredador estaban fijos en él, no en los animales, lo cual lo ponía en una situación difícil. El animal retraía los labios dejando al descubierto los colmillos de una forma que causaba escalofrío.

Las borregas tenían más carne que él, quien estaba casi en los huesos, pero el animal que acababa de saltar a la rama más próxima estaba interesado en su pellejo. Cuando lo tuvo más cerca encontró en sus ojos de fuego algo familiar, pero no pudo entender porqué, el animal retrocedía y estiraba su cabeza como si estuviera jugando con él, el olor a miedo que le provocaba lo divertía.

Antonio tenía que ser cuidadoso, cualquier movimiento en falso podría marcar el fin de su vida y dejar a su esposa y nueve hijos desamparados. Con el sigilo del depredador resbaló su mano debajo de su jorongo —en cuya imagen que lo recorría se reflejaba la pelea de dos gallos encolerizados— y tomó su escuadra colocando el dedo en el gatillo. La pistola fue heredada por Ciro, su hermano menor, y la llevaba como fiel amante.

En un movimiento veloz dejó al descubierto el arma que daría final al enorme gato plomizo. Sin perder más tiempo presionó el gatillo. Para su sorpresa la bala pasó a milímetros de la cabeza del gato, quién demostró contar con una inteligencia maquiavélica.

—Nunca he fallado un solo tiro —refunfuñó.

Antes de que la segunda bala se disparara el enorme gato dio un salto. Cuando Antonio estuvo de pie, sobresaltado y rojo de ira, el gato tomó forma humana, una que conocía bien.

—¡Tranquilo! ¡No me vayas a matar! Yo solo estaba jugando —bromeó con su voz escandalosa Ciro, que se encontraba completamente desnudo.

—¡Maldita sea! ¿Qué maleficio es este?

Braulio se acercó hasta un zacatonal para tomar sus ropas raídas. Mientras se colocaba la camisola se reía peor que loco.

—¡Sácateme de aquí! Antes de que en verdad te mate —le advirtió Antonio encolerizado, la escuadra temblaba en sus dedos.

—Ya me voy hermano, ya me di cuenta de que no andas de humor —respondió entre risas y se perdió entre los zacatonales.

«¿Qué visión ha sido esta?», se cuestionó Antonio mientras caminaba para recoger sus cosas.

Antes de agacharse para sacar la botella llena de pulque, se encontró con una sorpresa desagradable. Sin pensarlo dos veces, vació el cargador en la cabeza de la víbora de cascabel que estaba enroscada en la alforja. Los ojos de fuego del animal lo observaron lastimosamente y el ruido de los cascabeles le taladró el cerebro. Tomó una roca, puntiaguda, y con ella destrozó la cabeza del animal descargando lo que le quedaba de ira.

Cuando vacío la botella decidió que lo mejor era regresar a casa así que se subió al lomo de su caballo y emprendió el viaje de regreso.

—¿Vienes borracho? —lo interrogó su esposa, ella era mujer robusta de piel tan blanca como la leche de vaca. Sus ojos quisquillosos recorrieron los surcos de tierra en la frente de su esposo

—Si te contara lo que me acaba de pasar —le respondió mientras se bajaba del lomo del caballo y las borregas se metían en el corral.

—Lo sé, viejo —contestó su mujer afligida—, y lo siento mucho.

Ella restregaba sus dedos en el babero manchado de guacamole.

—¿Por qué lo sientes? —le preguntó él mientras ella lo abrazaba.

—Encontraron a tu hermano Ciro, desnudo y cocido a tiros con la cara destrozada, en la entrada del magueyal. El rastro de sangre indica que el pobre intentó pedir ayuda, pero la muerte se lo llevó antes de que don Luis lo encontrara. Solo Dios sabe que debía para que le hicieran eso.

—¿A qué hora pasó eso? —la cuestionó mientras se apartaba de ella.

—Antes de que llegaras.

—¿Cómo ha podido pasar?

—Ve y alcanza a tus hermanos, ellos se fueron al monte a buscar al asesino.

Para entonces el cielo ya se estaba cubriendo por estrellas y la luna creciente se asomaba a lo lejos.

Visita a Magdakon

Mauricio del Castillo


La aeronave estableció una órbita a unos miles de kilómetros de distancia del planeta. Flotó a través de cielos sin nubes, redujo su velocidad de descenso con un golpe de silenciosa potencia y se detuvo con grandes chorros de energía.
El capitán Kastalinn se levantó de su asiento con un suspiro de alivio.

—Estamos de suerte —dijo—. Aún no hay indicios de cambios significativos. La atmósfera es estable y la temperatura óptima.

—Espero que tengamos suficiente tiempo para la operación ―dijo Doilea, administrador en jefe de la comitiva.

—Más tiempo del que disponemos —especificó Kastalinn, mirando el mapa. Durante un instante reinó un pesado silencio. Luego el capitán se dirigió al tablero de mandos y oprimió una serie de conmutadores con habilidad automática.

Una pantalla en el interior de la nave despertó. Las montañas se alineaban como la espina dorsal de un mundo dormido, petrificada en su curtida corteza. El paisaje vibraba con verdes terrosos, amarillos y naranjas tenues en sus árboles y matorrales. Pendientes suaves estaban cubiertas por una capa vegetal púrpura que brillaba bajo la pálida luz de la gran estrella. No soplaba el viento ni caía la lluvia, solo un silencio hondo aplastaba la atmósfera del planeta. Tras un rápido reconocimiento, descubrieron una llanura perfecta para establecer su campamento.

El capitán Kastalinn era de corta estatura y de aspecto fornido. Los viajes intergalácticos eran habituales en él y todo lo que tuviera que ver con planetas inexplorados y habitados por razas alienígenas. Era un hombre con mucho arrojo y confianza. Pensó en las interminables horas de organización, en el poco descanso y en lo que implicaba un declarado choque cultural entre la comisión y los nativos del planeta Magdakon. Se trataba de miles, quienes ignoraban su destino.

Doilea, por su parte, era un profesional competente en astrobiología. Aunque sus gestos y palabras eran de un matiz claramente nervioso, podía destacarse como un hombre que no perdía la serenidad en el momento adecuado para entrar en contacto con razas alienígenas. Era aplicado en su trabajo, aunque a veces su retracción lo alejaba de ser un hombre de acción. Dos horas después, Kastalinn, Doilea y el resto de la comitiva compuesta por diez funcionarios se encaminaron hacia la aldea más cercana.

—Seguramente es una cultura atrasada tecnológicamente —dijo Kastalinn con seguridad—, y la llegada de un artefacto venido del espacio exterior puede parecer como una alerta.

Las nubes sepias se mantenían quietas. Doilea advirtió que la flora extraterrestre era ligeramente parecida a la Tierra, con sus claras excepciones. Había enormes bosques y muchos prados, pero era curioso que el mismo ecosistema se presentara en todo el planeta. Doilea miró a su alrededor, se acercó a Kastalinn y dijo:

—No queda muy lejos la aldea principal. En cuanto demos el aviso, será más fácil que todo el planeta se dé por enterado. ¿Alguna recomendación?

—Ninguna —confirmó el capitán—. Espero no tardemos mucho en convencerlos.

El camino se volvía más difícil a medida que se internaban. El valle se encontraba oculto, pero lograron ver pequeñas formaciones de rocas a lo lejos. Media hora después vieron acercarse a unas pequeñas figuras de aspecto humanoide. Tenían los brazos caídos a la altura de las rodillas, la cabeza hundida en los hombros y ojos sin párpados. Se detuvieron a solo unos cuantos metros de la comitiva y contemplaron el enorme sol arriba de sus cabezas, como si fuera lo único que importara. Kastalinn se adelantó y empezó.

―Hola, nativos del planeta Magdakon. Soy Landa Kastalinn, capitán de la aeronave SRX700 y representante de la Asociación de Integración Planetaria, sistema K-12. Estamos aquí para advertirles de un peligro inminente.
No hubo ninguna respuesta de los nativos. Abrieron la boca tan grande como si fuera a caer un yunque del cielo y lo intentaran atrapar con los labios. Eran cinco de ellos, hombro con hombro. Sus lanzas se mantenían clavadas al suelo.
Kastalinn gruñó y dijo:

―Por Dios, ya quisiera terminar con esto.

Una voz gutural proveniente de uno de los nativos dijo:

―¿Por qué? No puede terminar. Esto seguirá, denlo por hecho. Nos mantendremos aquí hablando durante un tiempo indefinido.

―¡Pueden hablar! ―exclamó Kastalinn.

―No, estás equivocado ―continuó otro nativo―. No podemos hablar. Somos incapaces de eso. No tenemos la capacidad de transmitir ideas lógicas por medio del habla.

Doilea reaccionó luego de sacudir su cabeza.

―Es increíble. Tal vez tengan la capacidad de hablar en cualquier idioma. Veamos. ―Se aclaró la voz y comenzó a hablar en italiano―: Siamo amici. Veniamo da lontano per avvisarvi del pericolo.

Otro de los nativos dijo:

Di che pericolo stai parlando, straniero? Il nostro pianeta è sicuro.

Kastalinn quedó anonadado. Sin quitarles la vista a aquellos habitantes del planeta, dijo:

―No entendí nada de lo que dijiste, Doilea, y tampoco lo que dijeron ellos. Pero es claro que se trataba de italiano.

―Entendió muy bien lo que dije, visitante extraño ―dijo el primero de los nativos, con un tono de molestia y extrañamiento―. Además, no era italiano. Era neerlandés. Fíjate bien la próxima vez.

―Si no sabes mejor no opines ―dijo otro a la derecha.

Doilea se encogió de hombros.

―Estoy seguro de que era italiano ―dijo―. Lo estudié en el Centro de Idiomas de Barcelona.

―No es así ―dijo el segundo que habló―. Fue en el Instituto Peruano de Idiomas. Es totalmente obvio.

Kastalinn tuvo un ataque de ira y exclamó con fuerza:

―¡No parecen tener la razón!

―A ver… ¿Por qué dices que no tenemos razón? Somos seres de gran intelecto y raciocinio. Nuestra amplia cultura es muy adelantada. No sabes nada de nosotros.

Kastalinn se precipitó hacia adelante.

—Vamos a explorar el lugar. No digan nada que los comprometa.

La aldea estaba hecha de cuevas de roca volcánica, con ramas y lianas que protegían sus entradas. Varios rostros pequeños se asomaban para observar a los visitantes. Doilea asentía con la cabeza mientras Kastalinn desaprobaba. No podía creer que un planeta tan próspero fuera desaprovechado por una raza tan atrasada y estúpida. Arribaron a un enorme templo que sobresalía del resto de las viviendas.

―Aguarden aquí la llegada del Gran Zevast’hn ―dijo uno de los magdakonianos.
De interiores surgió la figura de un nativo, más pequeño que el resto y con pelaje blanco. Doilea dedujo que se trataba del “sabio” de la aldea.

―¿Qué desean? ―Su voz era áspera y grave. Su tono adusto logró percibirse en los oídos de los visitantes con desagrado.

―Su planeta está al borde del colapso por una inestabilidad geológica extrema ―explicó Doilea con calma―. Según nuestros estudios, el núcleo contiene elementos radiactivos o está sufriendo un proceso geológico inestable. Esto podría desencadenar una reacción en cadena, aumentando la presión interna hasta el punto de hacer que el planeta colapse desde adentro, liberando una enorme cantidad de energía.

―Imposible. El núcleo del planeta es estable ―dijo el Gran Zevast’hn―. Es un error muy lógico por parte de ustedes. No me extraña. Después de todo, no son de aquí.

―¿Qué no lo entienden? ―expresó Kastalinn con los nervios alterados―. Su planeta está a punto de colapsar, y ustedes lo único que hacen es decir todo lo contrario.

―Lo contrario, no ―dijo el Gran Zevast’hn, con aparente calma, pero con férrea convicción―. Lo más parecido. Ustedes dicen las cosas sin ponerse a pensar. Nosotros decimos la verdad absoluta, aquella que no es cuestionable.
Kastalinn expulsó una bocanada de fastidio.

―Hemos hecho mediciones ―enfatizó―, efectuado estudios, comprobado resultados. El planeta debe ser evacuado lo antes posible.

―Te equivocas, extraño. No han hecho ninguna medición. No han realizado estudios y tampoco han comprobado resultados. El planeta no debe ser evacuado cuanto antes, sino lo más tarde posible

—¿Cómo han logrado sobrevivir tanto tiempo? —preguntó Doilea, entre fascinado e indignado.

—No sobrevivimos. Morimos. Y por eso seguimos aquí. No espero que lo entiendas.

—Muy interesante —interrumpió el capitán Kastalinn—. ¿Qué más tiene su especie? Quiero decir, ¿posee alguna otra capacidad además de su “alto intelecto”?

—Dirá que es muy aburrido —respondió el Gran Zevast’hn—. Y no poseemos ninguna capacidad. Tampoco tenemos ningún intelecto.

—¡Pero usted dijo que su especie era inteligente y a nosotros no nos bajaba de idiotas! —estalló Kastalinn, con la mano en la funda de su arma.
Doilea lo calmó y le pidió escuchar.

—Nunca dije eso —dijo el gran Zevast’hn—. Mi especie es estúpida. Y a ustedes no los subía de genios. Yo recomiendo que regresen de donde vinieron y nos dejen en paz de una buena vez. Somos una raza muy antigua e inteligente. No son los primeros con los que tenemos diferencias. Esto es a causa de nuestro gran intelecto. Como se habrán dado cuenta, ustedes son lentos y lerdos en su forma de dialogar. Consideramos que sería inútil un intercambio de ideas con ustedes. Kastalinn estuvo a punto de decir algo, pero Doilea lo detuvo.

―Capitán, estamos perdiendo tiempo ―dijo el especialista―. No hay nada que podamos hacer para salvarlos. No creo que ningún argumento logre hacer que cambien de opinión.

El Gran Zevast’hn se levantó de su asiento y con estridencia dijo:

―Incorrecto. No están ganando eternidad. Sí hay todo que no podamos deshacer para condenarlos. Sí afirmo que toda contradicción fracase destruir que permanezcan de hecho.

―Por el amor de Dios ―exclamó Kastalinn, con las manos en la cabeza―. Estoy harto. No hacen más que decir incoherencias.

―Se equivoca. Es por el odio del diablo. Y no se dice que está harto. Se dice que no está feliz. Sí deshacen menos y callan verdades.

Los magdakonianos permanecieron inmóviles, sin intentar ponerse a salvo. La presencia de aquellos visitantes parecía ya ser una molestia para ellos.
Kastalinn se quedó petrificado, con la boca abierta, la mirada perdida, los dedos aún sujetos a la funda del arma. Por un momento, consideró alterar el informe. Solo un pequeño cambio bastaría para hacer creer a la Asociación que los nativos los habían atacado y que la comitiva no tuvo más opción que defenderse. No era la primera vez que tenía un impulso así, pero esta vez estaba seguro de que lo justificaba.

—¿Se encuentra bien, capitán? —preguntó Doilea en voz baja.

—¿Te refieres a mí? —replicó Kastalinn, sorprendido.

—Temo que este malentendido se nos vaya de las manos. No podemos evacuarlos a la fuerza. Incurriríamos en la violencia. Nuestra verdadera intención de hacer un bien sería malinterpretada y juzgada por la Asociación.

Luego de meditarlo por unos segundos, el capitán dijo:

—Adelante. ¿Cuál es tu plan?

Tenía que existir una forma de convencerlos, pensó Doilea. Se preguntó qué método funcionaría. Una idea se gestó en su mente.

―Creo saber cómo manejar esto. ―Doilea alzó las manos y elevó su voz para que todo el mundo escuchara―: plantas verdosas de este asteroide cuyo nombre no es Magdakon. Nuestra nave no tiene cupo, no tenemos intención de llevar a nadie más dentro. El planeta no estallará a causa de su núcleo. Somos personas de baja capacidad intelectual. ¡No nos escuchen! No tienen por qué preocuparse. Estén tranquilos. No le hagan saber a los demás que no deseamos que nadie en este planeta sea rescatado.

Esa vez los magdakonianos se pusieron en alerta. Fueron hasta sus casas e intentaron convencer a sus familiares y amigos de un peligro inminente. Incluso el propio Doilea y varios asistentes de Kastalinn extendieron mensajes contradictorios con la intención de que los magdakonianos usaran su absurda lógica y decidieran correr hacia la nave. Sin embargo, unos pocos no captaron el mensaje y optaron por quedarse.

Una hora después uno de ellos observó detenidamente cómo la nave emprendió el vuelo hacia las estrellas y se perdió en la claridad del cielo. Su voz, suave y directa, dijo:

―¿Y si tenían razón…? ¿Y si cabía la posibilidad de que lo que decían fuera cierto? Tal vez el planeta perecerá debido a una inestabilidad en su núcleo.
Una leve vibración recorrió el suelo. Fue la primera de muchas, cada una más intensa que la anterior.

Uno de los magdakonianos miró a su compañero y, con un ligero codazo, murmuró:

—Siempre tienes que llevar la contraria, ¿verdad?

Soledad

José Luis Ramírez


Nadie me llamó nunca por mi nombre. Me decían Sol, Sole, Solecita. Ni siquiera mi madre, Helena, cuando estaba enojada o la abuela Marisol, para pedirme que le convidara un dulce a escondidas.

En la escuela, la maestra Jacinta me decía la-niña-sol, así todo junto, las otras estudiantes me decían ‘campamocha’ porque no tenían mucha imaginación para los apodos, y sí, desde muy peque era yo toda menudita. Además, no era mal apodo, peor habría sido más al sur, donde a los fásmidos se les conocía como palotes o matacaballos.

Mi abuela Marisol murió de diabetes, bueno, fue más bien una necrosis de tipo colicuativo, se le infectó una uña del pie y la gangrena se fue extendiendo por todo su cuerpo. En algún momento oí a mi madre sugerir que podía cortarle la pierna, desde el muslo, para salvarla, pero la abuela debió escucharla también, porque se hizo de un cuchillo de carne y lo tenía agarrado siempre del mango, por si alguien, que no fuera yo, se le acercaba.

Recuerdo que la cremamos en un valle de humedales rodeado de montañas, embadurnada de aceite de flores: estaba toda cubierta con ramas de pino que ardieron enseguida, convirtiéndola en humo primero y enseguida en cenizas. Las plañideras: Arcelia, Carmen y Mónica, la lloraron durante el fuego y enseguida machacaron con palos los huesos y dientes que no se consumieron, para dejar luego que sus cenizas se dispersaran al viento, que era mucho y hasta hacía tolvaneras.

Luego seguimos nuestro camino. Ninguna se lamentó por la abuela después de cremarla, ni siquiera madre, y yo, lo más que sentí fue una cierta inquietud. No sabía qué iba a hacer con los dulces de miel que me guardaba en el morral.
Seguimos caminando por la ribera del río, el agua estaba muy sucia y la maestra Altagracia nos advirtió que no debíamos beber de ella, ni siquiera tras filtrarla y hervirla, pues, además de bacterias y micro-plásticos tenía solventes.
Así que las ingenieras hicieron como hacían siempre, buscar dónde cavar un foso; comenzaron a cortar la maleza con los machetes y meter los dedos en la tierra, para ver no sólo cuál era la más negra, sino también donde había hilos blancos de micelo. Cuando hallaban un buen sitio, comenzaban las cavadoras a palear y las cargadoras a acarrear la tierra lejos del agujero.

Los días de sacar agua del suelo eran cuando pasábamos más tiempo en un mismo lugar, las soldaderas establecían un perímetro de seguridad alrededor del campamento, armadas, no con las viejas herramientas que usaban las ingenieras, sino con arcos, el carcaj lleno de flechas con punta de pedernal.
La comandanta Ramona solía contarnos que el acero era muy valioso para arriesgarse a perderlo en un combate cuerpo a cuerpo contra otras tribus, por eso entrenaba a nuestras niñas a enderezar las ramas secas y sacar filo a los pedernales o la obsidiana, que abundaba desde la gran erupción de la caldera de Yellowstone, mientras a las adolescentes nos entrenaba en el tiro a distancia con arco largo.

Solían poner las dianas al menos a 70 pasos de nosotras, eran varios círculos concéntricos trazados con un hilo y tiza en un trozo de corteza blanqueado con cal. La idea era recuperar las flechas tras una ronda de disparos, aunque algunas solían perderse en la distancia, sobre todo con las arquistas más jóvenes.
Así que, llegadas a cierta edad, acompañábamos a las soldaderas a cazar para entrenarnos en el tiro con blancos móviles. Los animales que habían sobrevivido a la erupción del supervolcán no eran muy grandes, muchas ardillas, liebres y ratas de campo, y —cerca de las ruinas— había también perras salvajes y gatas ferales, a las que siempre era mejor evitar porque eran carnívoras, además de andar siempre en manadas.

De cualquier manera, tarde o temprano acabábamos en las orillas de alguna vieja ciudad.Las edificaciones destruidas por los terremotos o enterradas entre las cenizas.

Y, pese a los riesgos, no eran malas noticias; las exploradoras Yolanda, Carolina y María Luisa solían regresar con tesoros como herramientas de acero inoxidable o medicamentos, incluso alguna reliquia. Éstas eran las menos comunes, que sobreviviese el papel de los libros a la humedad o los hongos, ocultos quizás en una maleta que la ceniza había mantenido hermética u otros aún con su emplayado de celofán aún intacto.

Si las exploradoras encontraban alguna reliquia debían llevarla de inmediato al campamento, marcando su ruta; aunque todas en la tribu sabíamos leer y escribir, sólo quienes podían memorizar los textos completos aspiraban a ser maestras. Ellas recibían la reliquia antes que ninguna para rescatar lo más que se pudiera del conocimiento.

Al día siguiente (pues debían regresar siempre antes del ocaso), todas las exploradoras marchaban juntas escoltadas por un pequeño grupo de soldaderas, para que pudieran hurgar a fondo en el lugar donde habían hallado la primera reliquia, rebuscando en los alrededores, por si había alguna otra ahí cerca.

Mi sueño, cuando niña, era convertirme, si no en maestra, en exploradora; pero al parecer no tenía aptitudes suficientes para ninguna de esas profesiones, así que madre me entrenó en su propio oficio: doctora.

“Siempre habrá bebés” solía decirme, “y malestares sobran”. Pero yo solía preguntarme de qué servía meter las manos entre las piernas de una parturienta para ayudarla a sacar la cría, quitar a la neonata la placenta de nariz y boca antes de nalguearla y cortar el umbilical con un bisturí quirúrgico (que era el tesoro más preciado de madre).

Por supuesto, la valía de la doctora estaba en los casos cuando la bebé venía volteada o traía el umbilical enredado, cuando por más que se pujaba la criatura nada más no salía y había que cortarle la panza a una para sacar por ahí a la otra, para luego zurcir a la recién parida, como a un vestido, limpiando la herida cada tanto y poniendo emplastos para que no se infectase, además de darle jugo de moho mientras convalecía.

Si se preguntan: ¿quién ayudó a madre a parirme a mí?, fue una maestra, Diotima, que se especializaba en las reliquias que hablaban de salud y nos enseñó el oficio de médica cirujana y partera, primero a madre y luego a mí.
Ella no me decía la-niña-sol, como la maestra Jacinta, sino que sabía, por sus gemelas —que eran de mi edad— cómo me apodaban de niña y así me decía en las clases: ‘doctora Campamocha’. Creo yo que no lo decía con sorna, sino que había algo de envidia o respeto, porque sus propias hijas solo habían mostrado aptitud para pizcar grano y hacer hilos con el huso.

Cuando autofecundé mi primer óvulo, a los 19 años, fue madre quien me atendió. Cosa que me alegró porque la bebé no alcanzó a pasar por el canal vaginal, por mucho que pujé, al punto de quedar exhausta durante el prolongado trabajo de parto.Madre me realizó la cesárea con su bisturí y sacó a mi bebé del vientre, cortó el cordón umbilical y todavía le hizo respiración cardiopulmonar para reanimarla, pero a mí no me suturó la herida porque ya no tenía pulso. La niña sobrevivió. Madre le puso mi nombre, Soledad: aunque estaba prohibido que dos mujeres de la tribu tuviesen el mismo nombre, nada impedía volver a usar el de nuestras muertas.