No molesten a su sombra

Autor: Carlos Saavedra


Despiertas a oscuras. Los murmullos de tu boca se convierten en vaho. En el rincón donde yaces, con el miedo devorándote, intentas aclarar cómo llegaste allí. Más allá de esa pared, dentro de la oscuridad, la ventisca resopla. Llueve, y el agua cae sobre el silencio. Presientes que negrura y tempestad sean testigos de un desastre.

De improviso, un ensueño llena tu cabeza de multitudes y colores. Eres un guerrero con escudo, espada y casco frente a las murallas de Troya que se yerguen sobre la arena. Atraviesas un momento de hielo y fragua, agujas de dolor maceran tu cuerpo, son cortaduras y golpes que mortifican.

Heridas que no crees tuyas, están ahí; palpas su fluido con olor a hierro que al llevar a tu lengua, sabes que es sangre. Como un anfibio que lleva entre sus fauces un légamo ancestral, el espacio te acuna entre olor a madera mojada, plantas y lodo. El goteo que persiste, no es una invención, se presenta como golpecitos sobre madera del techo manipulada por el viento donde se desaguan las regueras.

Algunos resplandores más allá entre los huecos de la cabaña, te permiten ver un bosque azotado por el viento, te imaginas la acometida de un caballo colosal. ¿Es el caballo de Troya? En tu mirada hay ansiedad. Deseas que el amanecer, con su vestidura de alba muestre su claridad, para dejar de ser un cuerpo suspendido en la noche sin memoria.

Pero, la penumbra es pesadumbre que corre por el túnel de un espacio sin ruido. Tu voz, secuela de palabras dichas con dificultad, la modulas con sigilo. Tus músculos, no responden, sufres el temor de levantarte, todo es abismo. Cada vez que logras moverte, crepitan debajo las hojas de tu lecho. No estás atado, pero te ata el miedo. Esta negrura es tu única compañía. Ella te protege, pero también aplasta, no te deja respirar.

Ah, un trueno ¡por fin! Ahora te enteras en dónde estás. Un fulgor más te hace descubrir la puerta de madera que no alcanzas. La tormenta arrecia, pareciera correr; chapotea y hace madurar el olor de la hierba. Quieres incorporarte, no tienes fuerzas, tu cuerpo es un trapo sin huesos, carne sin sangre, casi fantasma. El recuerdo es para ti otra sombra, una penumbra que hace brotar en tu mente un pasadizo donde las imágenes buscan la salida.

Un golpe repentino de agua, quizá la rotura de una canaleta del techo, baña las heridas de tu rostro, y el sufrimiento aminora. «Levántate. Sal.». No puedes. Te desplomas como un despojo, pero antes del desmayo escuchas, llamándote a la distancia, algo así como un canto de sirenas que prolongan su lamento con tono melancólico. Vas hundiéndote en la inconsciencia de tu cerrazón, donde yacen los recuerdos.

Voces de guerra avivan la lucha: Eres el jefe de las fuerzas aqueas que proclaman el triunfo, mientras golpean sus pectorales protegidos con cuero y gritan con voces entusiastas. «¡Luchemos por el atrida y Micenas!». Eres, con ellos, la punta de ataque en la batalla última de aquellos ya diez años, que intentan rendir plaza. De repente un carro, en el ímpetu de la pelea, te derriba.

Una frase de Carlos Pellicer te inunda: “Y siento ya como surgen del horizonte de mi sangre/ las tierras de un viaje de mármol/ en los que los trigales adolescentes/ duran.”

Dentro del desmayo, con ansia de estrellas y ruido del mar, te sumerges y flotas. Despiertas bajo el olor a carne asada, ¿acaso tus guerreros descansan y se alimentan mientras esperan tu salud? Hay en tu boca un sabor putrefacto. Escupes. Quieren abrir la puerta. ¿Serán tus soldados quienes vienen en tu ayuda? De pronto la noche se incendia con disparos y gritos de furia y dolor. El espanto te da la fuerza para incorporarte. Exclamas entre la red de las hojas de tu lecho: «¡sálvenme!»

Sin alcance de tus actos, ignoras que eres un escritor, quien por odio a la violencia, volcó en la prensa notas acusatorias en contra del cártel, y son ahora sus integrantes, quienes te han golpeado y te mantienen preso. Te reprendes: ¿cómo llegaste a tal peligro de muerte?

Afuera de la choza alguien viene a rescatarte de los sicarios, pero tú instinto de conservación, recelando más daño, hace que patees la pared de madera y te lances en el vértigo de la caída. Tu cuerpo rueda cuesta abajo entre el lodo y la hierba, en donde un golpe de aire como acabado de hacer, te da un respiro.

Un relámpago aparece, y puedes mirar en la lejanía cómo las nubes parecen un combate de dioses. La luz previa a la salida del sol comienza a envolver el horizonte, imita un campo en pugna donde seres celestes caen heridos. Te preguntas por tu ejército, y sus armas. «Su escudo y su espada, si ha de morir que sea como un valiente», te dice alguien. La lluvia cesa, algunas gotas atoradas entre los árboles, se desprenden, y hacen un chapoteo sobre tus ropas. Se alejan en el aire los sonidos de la sirena. Queda el viento tras el frío de la madrugada «¡Un último esfuerzo atrida!»

De pronto, ya no hay más aqueos ni troyanos, se difumina el espejismo de la realidad que evocaste, de la que sólo restan indicios. La sombra se retira entre sombras ante el advenimiento del día. Un tronco provisional se desliza por la corriente, te aferras a él. A lo lejos imaginas las costas helénicas. A la deriva, bajo la luz que se manifiesta, una nueva voz te inunda:

Y vas río abajo, como perdido, preguntando por tu nombre.

No hay niños en las calles

Uriel Velazquez Bañuelos


La lluvia dejo reposar a la ciudad. Los espectaculares recobraron su imagen, la gente transitaba las calles. El aroma a humedad se volvió una brisa caliente, gracias a los autos eléctricos y partes robóticas de las personas.

Kevin miraba desde la ventana, arriba en el departamento. Buscaba en las calles niños para salir a jugar. Pensaba que se ocultaron por la lluvia y que, ahora que se fue, saldrían a jugar. Pero solo vio a adultos y jóvenes, algunos altos otros enanos. Todos ellos portaban implantes robóticos que emitían ruidos por su sistema de ventilación.

Miró a un peatón delgado y con grandes brazos de fibra de carbono. Los hombros eran más grandes que su cabeza, y sus bíceps relucían con luces. Kevin pensó que estaba viendo a un gorila, pero ajustó la mirilla de su telescopio. Luego de ver que era real, se comparó; sus dos brazos eran como fideos.

Kevin siguió mirando por la ventana. No muy lejos, dio con una persona encapuchada. Tenía la sudadera ligeramente abierta, dejando ver su reluciente pecho. Kevin lo miró a los ojos, era como ver dos bolas negras del billar. El encapuchado le volteo la mirada y Kevin se escondió.

Asomaba la cabeza de poco en poco por la ventana. Dio pequeños vistazos con su telescopio. La ciudad le parecía lo menos interesante desde que se mudó hace ya dos años. Él no lo recordaba, pero su madre le decía que allá en los bosques de plástico, solía correr y trepar por las ramas hasta cansarse. Ahí, en su nuevo hogar, sus músculos se desvanecían por la falta de actividad.

Kevin fue al baño y se miró al espejo. Su cuerpo no tenía luces, ni acabados de metal. Era orgánico hasta las muelas. Se preguntó como las personas accedían a esos cambios. ¿Era parte de algún juego? ¿Pertenecía a un equipo de futbol? No lo sabía, y antes de hacerse más preguntas, sus padres llegaron.

El señor Cournot, gracias a un refuerzo en los huesos de la muñeca, cargaba las bolsas del mercado sin problemas. La señora Cournot, con sus ojos, escaneaba la casa, en busca de partículas de polvo para limpiar.

—¿Qué vamos a comer? —preguntó Kevin a sus padres. Su papá ordeno las compras en la alacena y en el refrigerador. Su mamá, dio cuerda al ratón aspiradora, y se fue a la cocina.

El padre terminó sus deberes y se tiró al sofá. En un par de horas debía volver a la fábrica. La madre preparó un guiso y encendió el televisor. Se saltó el canal de noticias y dio con las caricaturas. No era lo que le apetecía ver, pero era lo que su hijo necesitaba.

Kevin puso su telescopio al lado del plato y comió. Su madre notó el juguete, y se volvió hacia la ventana, donde las cortinas estaban abiertas.

—Kevin Cournot. —dijo su mamá— ¿Estuviste mirando por la ventana otra vez?

Kevin se guardó el telescopio, y le sonrió a su madre. El caldo se le escurría por la boca.

—Perdón, mamá, es que estaba muy aburrido. Terminé la tarea, lo juro. —tragó el bocado.

—Sabes bien que tienes prohibido mirar por la ventana…

—Pero quería buscar a otros niños —abogó con más claridad, Kevin, interrumpiendo a su madre. —¿Qué tal si hay más?, quiero hacer amigos.

El padre, sin levantarse del sofá, agregó lúgubremente:

—No hay niños en las calles. —sentenció. Cerró los ojos y trató de recordar cuando fue la última vez que miró un parque, una plaza pública, o un centro de actividades recreativas. Lo único que se le venía a la mente fue una pequeña sala de juegos en los edificios de su trabajo, aunque el acceso solo estaba permitido para altos mandos de la compañía que, muy rara vez, se paseaban por la zona.

—Además, si sales de casa vendrá a por ti el Robot come niños, ¡eh! —agregó la mamá y le limpio la carita. Kevin guardó silencio y siguió comiendo.

Para la noche, notó que las persianas estaban cerradas. Papá estaba trabajando y mamá dormía.

A escondidas, tomó la computadora y navegó por el internet en busca del Robot come niños. Los resultados era lo que había imagino; puro cuento. Al igual que el señor del costal, que el coco y otros nombres de seres que, sin pies ni cabeza, se usaban para advertir a los niños sobre los peligros de salir afuera. Pero los robots son reales, pensó.

Kevin vio muchos robots, de diferentes tamaños y funciones. Ninguna de ellas consistía en comerse a las personas. Al contrario, la mayoría estaba al servicio de la humanidad, como sirvientes o policías. Apagó el ordenador y se tiró a la cama, decidido de que mañana sería un buen día para salir a explorar.

Y si nos basamos en las noticias, el mañana lucia prometedor para la ciudad, CloudBank. El clima permanecería nublado, con aires frescos. La criminalidad descendió. Hay rumores de guerras afueras del muro. Y empresas apuestan por nuevas prótesis y estilos de programación de robots.

Ya en la mañana, Kevin apagó el computador. Sus clases vía online terminaron. Hizo los deberes, y esperó a que sus padres se marcharan para los deberes.

Sus padres se despidieron de su hijo, aclarándole que iban por un nuevo aire acondicionado, y que no saliera de la casa, ni abriera la puerta a nadie. Kevin aguardó unos minutos a que se marcharan. Cuando notó que ya habían ido, se preparó.

Se vistió con un impermeable amarillo, en caso de que lloviera. Guardó consigo su telescopio. De sus ahorros, tomó unas moneditas, por si veía alguna golosina que comprar para sus nuevos amigos. Y ya listo, salió de casa.

La lluvia recibió a Kevin, quien se movía en las calles como un ratoncito. Empuñaba con ambas manos su telescopio. Sonidos venían a él, como látigos a las espaldas de un esclavo. Las luces y destellos de neón le abrían los parpados. Estaba sedado ante la jungla de neón.

Ojalá y pronto me tope con un parque, pensó Kevin. En un intento por sobrevivir, miró a su pasado. Recordó a su padre, cuando eran exploradores en los bosques de plástico.

—Si alguna vez te pierdes —escuchó una voz fantasmal en su cabeza— busca a las estrellas. Ellas siempre te guiaran a casa.

Kevin miró arriba. Departamentos que seguían creciendo, como la densidad de la población, al infinito. Miró a las empresas y fabricas construidas a forma de pirámides; los nuevos templos de la sociedad moderna. Y en un destello de luz, que vino de un helicóptero publicitario, se encandiló

Bajó la mirada, y siguió recordando los consejos de su padre. En su ceguera temporal, lo veía con una sonrisa y ojos soñadores.

—Ningún árbol es el mismo. Desde cada raíz, hasta cada rama, todos son distintos. Solo obsérvalos bien, para orientarte mejor y no caminar en círculos.

Kevin se quedó quieto por un minuto. En esa brevedad, miró a su alrededor, mientras era golpeado por los peatones que pasaban. Los edificios eran grises y sin decoraciones. Gigantes de concreto donde la publicidad saltaba de un muro a otro, despojándolos de la ya inexistente identidad.

El miedo escaló por el cuerpo de Kevin, como una serpiente reptando por un elefante; una emoción que jamás olvidaría. Las lágrimas lo invadieron y comenzó a correr.

—Papá, mamá, aquí estoy, aquí estoy —decía—, ya me quiero ir. Ya no quiero salir de casa, lo siento mucho.

Kevin corrió por las calles hasta estrellarse con alguien. Se limpio los ojitos para ver mejor. Estaba ante una figura encapuchada. De las luces de su cuerpo salían los colores azul y rojo. ¿La policía?, ¿o un robot que ayuda a la gente?, pensó. No. Solo era una persona a la que le gustaba esos tonos. Analizó el cuerpo de Kevin, gracias al aumento en sus ojos, y al comprobar que era orgánico, se lo llevó consigo sin mucho esfuerzo.

***

Cuando los padres de Kevin llegaron a casa, con las manos vacías, notaron la ausencia de su hijo. De inmediato llamaron a la policía, los cuales llegaron tan pronto como pudieron. Aunque su eficiencia no dio para más, pues de la búsqueda solo quedaron intentos sin resolverse. A cada minuto las probabilidades de encontrarlo descendían, junto con el animo de la familia Cournot.

—Es mi culpa —dijo el papá—, si yo no hubiera aceptado el trabajo, no estaríamos aquí.

—No, es mi culpa —arremetió la mamá—, si le hubiera educado mejor, él no hubiera salido.

Continuaron hablando, hasta que las palabras se llevaron la razón; eran solo víctimas de lo que ofrecía Cloudbank. Y cuando no hubo más que decir, se abrazaron y lloraron hasta dormir.

***

Kevin, despertó, aunque sentía que estaba atrapado en un sueño. Es una pesadilla, pensó. Quiso decir “Mamá, papá, despiértenme, por favor, ya dormí mucho”, para que, de alguna forma, su subconsciente escapará de la ensoñación para hablar en la vigilia. Pensaba que así era como los sonámbulos hacían sus cosas. Pero estaba lejos de ser un sueño.

Kevin se percató de que su boca no movió ni un musculo. Intentó sacudirse, pero las extremidades no le respondían.

Una luz se encendió en la habitación. Kevin, escuchó un mecanismo moverse, por encima suyo. Era una grúa que lo transportaba. Lo guio hasta frenarse ante a una ventana. No los escuchaba, pero veía como dos personas lo estudiaban. Un logo, una píldora en la palma de la mano de un robot, colgaba de la pared. Una frase, que no logró leer con claridad, se unía al decorado. Un recordatorio al objetivo y meta de los empleados de la fábrica.

Kevin miró la ventanilla, y desde cierto ángulo, vio su propio reflejo. No creía lo que veía, solo pudo llorar. Estaba atado a una bandeja de plata, dentro de una bolsa que lo mantenían helado, a temperatura para preservar el cuerpo. Le faltaban los brazos, la nariz y el pene. Tenía una cicatriz que recorría, verticalmente, la mitad de su cuerpo.

Mi telescopio, pensó, ¿Dónde está mi telescopio?

Y los dos hombres miraron el cuerpo de Kevin, preguntándose que órgano podría servir para el mercado. Se enfocaron en su frente. Y pulsando un par de botones, la grúa descendió y las luces se apagaron. En alguna parte de la fábrica, un brazo suyo recibía nutrientes, para crecer en tamaño y forma para su futuro comprador; un joven de veintiocho años que deseaba volver a sentir el tacto luego de no estar muy convencido de su nueva prótesis. Lo que mostraba los informes recopilados.

Y ahí en la oscuridad, Kevin cerró los ojos. Sus lágrimas ya no fluían, y su respiración se calmó. Era como si lo hubieran despertado con un botón, como si fuera una lampara. Y antes de dormir, creyó escuchar la respiración de otros niños en su cercanía.

***

Inviernos pasaron, como un auto en pleno tráfico: Lento y tedioso. La familia Cournot se cambió de ciudad. Pensaron que un nuevo aire les ayudaría a superar la perdida.

A su nuevo hogar, recién trajeron uno de esos robots que hacían función de aire acondicionado. Debido a que la temperatura en la ciudad era sofocante. El robot se paseaba por la sala, repartiendo su ventilación fresca.

La madre miraba por el periódico algún trabajo de doble tiempo. Estar afuera era mejor que acabar a solas en casa con sus pensamientos. Su padre, yacía despierto. Tomaba medicamentos para no dormir y tener sueños sobre el pasado.

El robot cumplía su funcionamiento, hasta que, atraído por el telescopio del señor Cournot, cambió. Tomó el telescopio, y fue a la ventana, donde abrió las cortinas y miró mejor el exterior.

Los padres no supieron de la acción, hasta que comenzaron a sudar y sentir calor. La madre en la sala, y el padre en su cuarto, buscaron al robot, hasta que ambas partes se encontraron ante él.

—¿Qué se supone que estás haciendo? —preguntó el padre. El robot poseía una mente que los hacia dóciles y capaces de reflexionar sobre las dudas. Una nueva función traída por la compañía más potente del mercado. Pues, más allá de ser meros productos, se les dio el regalo de ser la compañía deseada.

El robot abrazó el telescopio, se volvió hacia ellos, y dijo:

—Busco las estrellas. Quiero volver a casa.

Y los padres se tumbaron al suelo.

Viaje nocturno

Autora: Gabriela Ladrón de Guevara


Estaba oscuro, frío. Una fina lluvia impedía ver la carretera. Ella seguía avanzando. Debía llegar a su destino. No le gustaba manejar con lluvia, pero no tenía opciones. El hombre la vio conduciendo sola y pensó que era una víctima ideal. La siguió, con instinto depredador, con toda la intención de atacar en el momento preciso. Ella conducía ajena a todo. Cuando él pudo alcanzarla, una sonrisa macabra se dibujó en su rostro. Ella lo vio y adivinó de inmediato sus intenciones. Eso mejoró su ánimo. Feliz, detuvo el auto, esperándolo. La expectativa de enterrar dos cadáveres en vez de uno, la hizo estremecerse de placer.

Créditos fanzine Delfos #2

Consejo Editorial Fanzine Electrónico Delfos

Dirección y edición: Miguel Ángel Almanza Hernández

Diseño y maquetación: Yolanda Pomposo Díaz

Producción ejecutiva: Marisela Hernández Barrientos

Consultoría y prólogo: Mayra Daniel Arganis


Agradecimientos especiales a:

Lorena Amkie que nos concedió una agradable y amable entrevista.

Pedro Sacristán que colaboró con los bellísimos forros que adornan este fanzine digital.

Nuestra tallerista invitada: Dilsia Zoskia que nos brindó una excelente narración con el audiocuento “Buscadoras de tesoros”.

A todos nuestros lectores y organizaciones amigas:

¡Muchas Gracias!


Colaboradores del Fanzine Delfos #2

Escritores

Aldo Hernández Zúñiga estudió la Licenciatura en Lingüística en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). Se tituló con mención honorífica con la tesis titulada Estructura argumental preferida en lacandón del sur. Actualmente, colabora como docente y asesor en el Centro de Escritura y Argumentación de la UAM Cuajimalpa y se dedica a la enseñanza del español a extranjeros en la escuela Lengua & Cultura. Además, tiene interés por la creación literaria tanto de cuentos como de guiones de cine enfocados al género de terror. Ha publicado un cuento con la editorial Alas de Cuervo y tiene otro cuento en proceso de publicación con la editorial Komala. 
Carlos de la Torre Fregoso es un escritor que se ha desenvuelto de manera significativa en el género de terror. Su talento y dedicación lo han llevado a ser reconocido por varias editoriales destacadas en el ámbito del terror, como Editorial Alas de Cuervo y  Editorial Mandrágora. Uno de sus logros más destacados es la publicación de su libro "El Legado del anticuario" bajo el sello de Mandrágora. Además de su labor como escritor, Carlos de la Torre también ha participado activamente en la comunidad de aficionados al terror. Su presencia en eventos como el Festival Gótico en el Faro Azcapotzalco Xochicalli demuestra su compromiso con el género y su deseo de conectarse con otros entusiastas. También ha incursionado en el mundo digital, contribuyendo con relatos de terror a canales de YouTube populares como Proyecto Paranormal y ARLOF. Además, ha creado su propio canal de YouTube llamado "Cazamitos: Historias de Horror", donde narra sus cuentos de terror. Este canal es una plataforma adicional para compartir sus historias y conectar con una audiencia más amplia.
Carlos Saavedra. Originario de la Ciudad de México. Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas. UNAM, graduado en 1990 con Mención Honorífica. Como profesor ha impartido en nivel básico y medio superior; como escritor ha publicado en  Amazon; ha colaborado con poemas y cuentos en suplementos periodísticos y en diversas revistas de la Ciudad de México y Guadalajara. 

“La literatura y escribir han sido para mí el descubrimiento de mí mismo como vecino del mundo que me ha visto crecer. En ello se encierran parte de todos aquellos momentos en los que ha discurrido mi vida con los ojos cerrados y con los ojos abiertos; hacia dos flancos complementarios: uno que mira hacia adentro  y extraer lo que día  a día se ha ido acumulando con alegría o desespero, y otro que ve hacia el exterior para buscar la sustancia que alimente el interior como  evidencia de que el alma dialoga con el cuerpo.”
Ernesto Issac Osorio Hernández. Actor y director escénico nacido en la Ciudad de México con más de veinticuatro años de experiencia comprobable en el quehacer artístico; incursionando en el teatro, cine, música, circo, radio, televisión y medios digitales. Desde temprana edad supo que cualquier disciplina artística es el vínculo adecuado para transmitir y compartir ideas, generar empatía, crear alegría y paz; por lo que desde entonces se comprometió al estudio y preparación del quehacer escénico a través de talleres, clases, diplomados y cursos que se relacionan de manera directa o indirecta con estás inquietudes. Siendo esta disposición de aprender y compartir la que hizo que formara parte de varias compañías de teatro, circos, colectivos escénicos; tanto independientes como institucionales como de cine, radio y televisión; cuya visión y misión eran afines a él. Ha obtenido reconocimientos y premiaciones en diferentes estados de la república mexicana, así como en Estados Unidos, Chile, Argentina, Colombia, Perú y Brasil.

Actualmente es director del “Proyecto bla, bla, bla y etcéteras”; desde hace más de ocho años lleva a cabo intervenciones escénicas en espacios no convencionales para poblaciones socialmente marginadas y comunidades vulnerables. Esto junto con un talentoso grupo de artistas de diferentes disciplinas artísticas.
Gabriela Ladrón de Guevara de León Mexicana. Doctora en Educación.
Profesora-Investigadora en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.
Narradora oral y escritora. Su poemario “Ciudad: Mujer en movimiento” ha sido publicado por Enero Once Editorial que próximamente lanzará su libro de cuentos “La extraña Vida Diaria”.
Ross Sotomayor es docente por vocación y escritora por afición. Trabaja en la Preparatoria Lic Benito Juárez García de la Buap. La docencia le llevó a buscar otras nuevas formas de poder hacer llegar ciencia y Literatura a sus alumnas y alumnos. 
Participó en la 4 Muestra Internacional de Monólogos Y Stand UP científicos que organiza Divulgaciencia México, y en el 2º Festival internacional de Rap científico. 
Ha escrito en revistas como Fantastique, La tinta del silencio, en la Revista Penumbria 53, en Fobica Fest. Recientemente, publicó en la Revista Anapoyesis con “el último horizonte” y en El espejo Humeante y en editorial Akera. 
Miguel López González, mexicano. Nacido en el Distrito Federal, ahora llamado Ciudad de México o CDMX. Egresado de la Universidad Intercultural y Licenciado en Lengua y Cultura. Enfocado a la recopilación y estudio de la tradición oral de la cultura mazahua en el Estado de México. 
Entusiasta del terror y la ciencia ficción desde pequeño, fan de los maestros como H.P. Lovecraft, Edgar Alan Poe, Dean Koontz, Ramsey Campbell, Amparo Dávila y otros más. Escritor en desarrollo y en constante estudio. Sus trabajos se enfocan principalmente en el folklor, creación propia y en sueños que son llevados a cuentos.
Rafael Silva colaboró en el fanzine Delfos#2 con el cuento: Rebel-IA.
Ronnie Camacho Barrón (Matamoros, Tamaulipas, México, 1994) Escritor, Lic. en comercio internacional y Aduanas, y Técnico analista programador bilingüe. Autor de 2 Novelas "Las Crónicas del Quinto Sol 1: El Campeón De Xólotl" (Amazon 2019) y "Carlos Navarro y El Aprendiz Del Diablo" (Editorial Pathbooks 2020-2022), también 10 libros infantiles traducidos a 6 idiomas. Su más reciente obra es la antología de cuentos: "Entre Nosotros" (Amazon 2021). Colaboró en 11 antologías, muchos de sus cuentos, relatos y ensayos han sido publicados en más de 131 revistas y blogs tanto nacionales e internacionales.
Uriel Velázquez Bañuelos (Guadalajara, Jalisco, México, 1998) Estudiante en la licenciatura en Escritura Creativa de la Universidad de Guadalajara. Miembro del Gran Colisionador de Textos Especulativos y de la Asociación de Literatura de Ciencia Ficción y Fantástica Chilena.
Su escritura se ha extendido por varios géneros literarios, como el cuento, poesía, dramaturgia y novela. En ellos, se ha aventurado dentro de lo que sería la ciencia ficción, fantasía, el terror y horror, erotismo, realismo sucio, la ficción negra y más. Sus trabajos más destacados han aparecido en distintas antologías:
Carbono, en El Pueblo De Los Gatos y Otros Relatos Singulares, por Editorial Dreamers (2019). El muñequito de madera, en Historias Fantásticas Para Soñar Despierto de Mandrágora Ediciones (2019). El baile secreto de los gatos, en Gatos, Arte y Amor por 9editores (2020). Entre las Luces y las sombras, en Los Mundos Que Se Agotan Cuentos Apocalípticos, por Paraíso Perdido (2020) y en Mundos En Colisión por Gran Colisionador de Textos Especulativos (2023). Negra Paranoia, en La Amante y Otros Microrrelatos, por Ediciones Rubeo (2023). Canción de un ave metálica, en Materiales Ficticios Volumen I, por Editorial Claymore (2023). Las Raíces de la Tumba, en Xalisco Monstruoso, por Mandrágora Ediciones (2023).

Ilustradores:

Ángel Leonardo Alcántara Castro es autor del dibujo a lápiz que hemos editado en el fanzine Delfos#2 con el título de "Profundos".
Antonio Morales García autor de la pintura: “El que habla desde lejos” pseudónimo Iscariot Cioran. 
Octavio Nava Hernández “Tezazacatl”. Ciudad de México, 06 de Junio de 1969.
Estudio Licenciatura en Ciencias de la Comunicación, especialidad en Comunicación Política SUA-FCPyS, estudio fotografía bajo la enseñanza del Maestro Lázaro Blanco en la Casa del Lago de la UNAM, cursó fotografía en el Ateneo Mexicano de Fotografía. Miembro del Club Fotográfico de México. Ha realizado coberturas para campañas políticas, la Visita George W. Bush, el Plan Mérida, y el Certamen Miss Universo, Conflicto Oaxaca, Huracán Paulina, Entrevistas Exclusivas Artistas plásticos México. Conflicto armado Chiapas 1994. Reportaje especial policía comunitaria estado de Guerrero.
Trabajó para los siguiente medios Periódicos: El País Función: Fotógrafo ( Colaborador) 1998 Uno más Uno Función: Fotógrafo 1999, El Gallo Ilustrado, Sección cultural de El Día ( Director Raúl Díaz) Función: Fotógrafo Voz Publica ( Director Francisco Huerta) Semanario La Crisis con periodista Carlos Ramírez, Editor del Semanario Politico.Maestro en la Escuela Nacional de Fotografía 205-2007. Maestro de Fotografía Centro de Estudios en Ciencias de la Comunicación 2000-2003
Iván Ambrouken (1995-  ) En 2014 ingresa a la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM para estudiar la licenciatura de Artes Visuales. En el año siguiente expone una de sus piezas en la Biblioteca Vasconcelos de la Ciudad de México con motivo del concurso Diálogo Abierto “Retrato/Antirretrato”. En el 2020 exhibe en Aguafuerte Galería representado al Estado de México en una exposición colectiva, así como en Plaza Loreto y en el Museo del Tequila y el Mezcal con motivo del Octavo Concurso Nacional de Pintura Rodin-Royal Talens. Al año siguiente se integra a Classic Times Studio, donde obtuvo experiencia en el ámbito del tatuaje. En 2022 concluye el “Diplomado en Dirección de Arte para Cine” de la Facultad de Artes y Diseño con motivo de titulación, participando en varios proyectos audiovisuales, entre los que destacan los comerciales para cosméticos Maybelline, videclips para músicos independientes y dos cortometrajes. En el presente año expone en colectivo dos piezas con motivo del concurso internacional “La Expresión Dibujística” en Galería Goya.
Leonel Díaz.  Autor y lector de historietas, docente  e Ilustrador a Sueldo. Cómo autor a publicado "La Senda de los Avatares", "Aventuras Sobrenaturales de Catrina y Kyra" y "Hell Yeah", siendo la primera la más conocida y con mayor número de páginas. Es y ha Sido docente de Dibujo, Ilustración y Fotografía, y dirigido tesis sobre auto publicación, webcomic y cartel, entre otras. Cómo ilustrador ha publicado obra de manera independiente, presentándose como vendedor de la misma en Printfest, Pixelatl, La Mole, La FIL Guadalajara, etc. Ha publicado ilustraciones en diversos números de la revista Crisálida y en el FANZINE Delfos número 2. Ha escrito algunas reseñas de historietas Mexicanas para la página web de Tandem Cómics. Actualmente inicia también sus incursiones en Art Toy con su personaje "Lucho" y en el terreno de los videojuegos independientes.
Pedro N. Sacristán.Ciudad de México, 1980. Artista plástico y coleccionista. Maestro de dibujo y pintura con 20 años de experiencia. Actualmente se dedica a la producción de arte sacro y fantástico, ilustración, publicidad, ex libris y proyectos interdisciplinarios diversos. Su obra describe la identidad mexicana en presente, pasado y futuro; discurre entre la cosmovisión prehispánica y la fantasía gótica para mostrar al mexicano como un ser universal.

"Concibo la pintura como una forma de poesía que se halla entre la mirada y la palabra; el dibujo, aún más certero, tan directo y potente como la escritura."
Velmar Ulises Hernández González. Nacido en la Ciudad de México. Mi lenguaje ha oscilado hacia el surrealismo, el arte fantástico y el realismo. Estudié la Licenciatura en Diseño Industrial en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco (UAM-A). He participado en exposiciones de arte, como: la exposición “Pets” de Adriana Maar (2017); la intervención plástica colectiva de un mural para el “Primer Festival de las Jacarandas” en la UAM Azcapotzalco (2018); la exposición colectiva “Chulo Multiverso”, organizada por comunidad  22 albures, en Ecatepec (2018); la Creación del mural colectivo CODEX TORNEL, en Casa del tiempo, de la Universidad Autónoma Metropolitana, Ciudad de México; la exposición internacional “Transformaciones en la vida cotidiana por el covid-19”, de la Universidad Ibagué, en Colombia, en 2021; participé en el LXII Concurso Anual para aficionados a la acuarela, llamado “La Paz”, en el Museo Nacional de la Acuarela (MUNACUA), y en la exposición “Jardín de arte”, en la UAM Xochimilco, en 2022. También participé en la exposición virtual internacional de Rangsaaz Art Foundation, en Delhi, India. Finalmente participé en la exposición mixta (virtual y presencial) internacional, organizada por ECOS, Colectivo de Arte y Cultura, en Cholula, Puebla –ambas exposiciones son del año 2023. 

Portada del Fanzine Delfos #2

Portada del Fanzine Electrónico Delfos#2, acuarela realizada por Pedro N. Sacristán

La portada y la contraportada del Fanzine Electrónico Delfos #2 la ilustra Pedro N. Sacristán. “Jardín de Fuego” nos adentra en un mundo fantástico, rico en simbolismos prehispánicos y bellísimas imágenes; es una obra que alienta a una deliciosa contemplación.

«Jardín de Fuego» Acuarela 53 cm x 38 cm Pedro Sacristán ©2017.

Pedro Sacristán

Concibo la pintura como una forma de poesía que se halla entre la mirada y la palabra; el dibujo, aún más certero, tan directo y potente como la escritura.

Ciudad de México 1980. Artista plástico y coleccionista. Maestro de dibujo y pintura con 20 años de experiencia. Actualmente se dedica a la producción de arte sacro y fantástico, ilustración, publicidad, ex libris y proyectos interdisciplinarios diversos. Su obra describe la identidad mexicana en presente, pasado y futuro; discurre entre la cosmovisión prehispánica y la fantasía gótica para mostrar al mexicano como un ser universal.

La aventura de descubrir el cómic. Entrevista a Mario González Nájera


Mario Alberto González Nájera es docente, investigador, editor, guionista, consultor, expositor, curador. fotógrafo y periodista especializado en temas de narrativa gráfica, ha impartido el Taller de Análisis y Producción de Cómics y Narrativa Gráfica desde el año 2016 en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. 
Creador del sistema de información en redes sociales especializado en narrativa gráfica mexicana: Multiversos-NGM. Editor de las antologías de narrativa gráfica 12M, Primera Caída, Segunda Caída, Tercera Caída y la novela gráfica Ladrones de Flores, para ARCOM Producciones.
Coautor del libro Análisis de los Lenguajes Audiovisuales en la Era Digital (2018), editado por la UNAM. 
Organizador del Encuentro Multiversos-NGM, realizado en el Museo de la Ciudad de México en junio de 2022 y en el Centro Cultural El Rule en 2023, así como del Festival de Narrativa Gráfica Mexicana, efectuado en diferentes recintos culturales en la Ciudad de México en 2022. 
Curador de las exposiciones colectivas "Los Modernos Tlacuilos: Multiversos de Narradores Gráficos Mexicanos" y "En Búsqueda de la Identidad de la Narrativa Gráfica Mexicana", así como de su exposición fotográfica "Narrativas Gráficas y Musicales". 

La primera pregunta, es por una broma que usted nos hizo en clase de Análisis y Producción de Narrativa Gráfica que imparte aquí en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Dijo usted que era como “el Indiana Jones del cómic”, ¿podría hablar más de ello? ¿Como antologador, cuál es la meta o la visión de su trabajo?

«Bueno, fue una frase un poco de broma, pero haciendo alusión a mí trabajo que es como de aventura y hacer rescate arqueológico prácticamente, de la narrativa gráfica mexicana en este caso. Y es para centrarse en la investigación desde nuestros orígenes prehispánicos en nuestra narrativa gráfica hasta la actualidad, pasando por diferentes formatos, editoriales, personajes. Es estar buscando constantemente en diferentes lugares.»

Entonces, ¿su visión es como rescatista, un poco?

Sí, es conocer. Conocer para entender y para promover la lectura de la narrativa gráfica, principalmente en los cómics que es lo que nos atañe. Desde los formatos impresos en papel hasta los web cómics contemporáneos, pero también sin dejar de darle su importancia a nuestros orígenes, como te había dicho, prehispánicos, que los podemos ver en códices, en murales, en vasijas, en diferentes plataformas. Y que de alguna forma, pues es parte de nuestra herencia cultural que también es el interés en conocerla, entenderla y promoverla.

Portada de la Antología de Narrativa Gráfica Mexicana Primera Caída, con ilustración de José Quintero
Portada de la Antología de Narrativa Gráfica Mexicana Primera Caída, con ilustración de José Quintero.

¿Cree que exista ya en México un estilo característico del cómic, que se pueda distinguir por ejemplo del cómic oriental o del cómic norteamericano?

Veo que hay vertientes que van a la par, que nosotros como pueblo mexicano siempre hemos sido característicos de incorporar elementos de otras culturas. Somos un pueblo mestizo en su origen y seguimos con esa tradición. Algunos dirían hasta malinchismo, de que se le da más importancia a lo que viene del extranjero. Pero pues es parte de nuestra tradición.

Yo lo veo como eso: cómo de alguna manera ha influido el estilo de la narrativa gráfica estadounidense en un momento dado y actualmente el japonés que tiene mucha fuerza. Y vemos que eso se ve en la producción de autores mexicanos, que muchos siguen por esa línea, del estilo del manga japonés o el manhwa coreano.

Pero también vemos que hay otra parte que está buscando esa identidad propia, ya no tanto como una identidad mexicana, sino más bien una identidad como autor, de que lo distingan de otros autores. Yo creo que estamos ahorita, como narrativa gráfica mexicana, en un contexto de esa producción autoral, más que de hacer en serie ciertos personajes. Estamos más en la etapa de la autopublicación o la publicación de editoriales independientes que le dan salida a la obra del autor por encima de un personaje en particular.

Es decir, ¿no formamos todavía una corriente?

Yo creo que seguimos en esa búsqueda.

Respecto a esta visión del cómic mexicano, ¿cree que podría volver a surgir una industria?

Siempre es difícil saber el futuro o verlo. Parece que el futuro iría más por la publicación en línea, en plataformas digitales y la publicación impresa más para coleccionistas, para la gente que le gusta más lo vintage, por así decirlo. Pero que se puede llamar como industria, sería como alguna vez dijo Luis Gantús en una entrevista que la narrativa gráfica sería parte de la industria editorial. Pero una industria por sí sola, no creo que vuelva a serlo, como en algún momento del siglo XX lo llegó a ser.

Desde nuestra perspectiva editorial de Colectivo Delfos, notamos que hay un campo de la fantasía y ciencia ficción mexicana que por un lado se desarrolla en la escritura con diversos autores, y por otro lado también con la narrativa gráfica o el cómic, pero creo que es de manera paralela, con pocas intersecciones, ¿a qué cree que se deba esto? ¿O está de acuerdo con este planteamiento que tenemos?

Me parece un planteamiento algo complejo, a lo mejor no lo entendí, ¿podrías repetirlo?

Sí, por ejemplo, hay autores como Alberto Chimal, Raquel Castro, José Luis Zárate, Bernardo Fernández que se les reconoce por su escritura en prosa y en esa esfera se mueven. Y yo noto, o notamos, que la fantasía y ciencia ficción también se está desarrollando por el lado de la narrativa gráfica, pero muy pocas veces hay interrelación. Creo que de Chimal hay un guion para Batman reciente, y el caso de Bef que se mueve en ambas esferas. Pero de ahí en fuera, no notamos que haya más comunicación.

No es muy común, normalmente los autores en prosa ya se sienten cómodos. Hay pocos ejemplos de gente que ha escrito guiones, novelas o cuentos en prosa que quieran dar el salto a la narrativa gráfica. Se me ocurre ahorita Luis Villoro que hizo un trabajo con Bef; Haghenbeck hizo trabajos de guionista para cómic y guion para televisión, para cine, por citar algunos.

Pero como que cada quién se queda en el nicho en el que se siente más cómodo o identificado. Al fin de cuentas es un trabajo artístico, yo creo que depende de cada artista cuando quiere experimentar en otro medio.

Pero no lo veo como algo negativo o positivo, simplemente ocurre, no hay tanto esa transición. Y no solamente en México, creo que a nivel mundial, vemos a Allan Moore, sí tiene, pero es más conocido por su obra en narrativa gráfica que su obra en prosa y tiene trabajo a la par. Neil Gaiman es un caso similar, como Jodorowsky.

Entonces no es algo exclusivo de México, pero yo creo que también hace falta alguien que los motive, podría ser un nicho de oportunidad.

Cartel del Encuentro Multiversos-NGM 2022, ilustración realizada por “Racrufi”, Raúl Cruz Figueroa.
Cartel del Encuentro Multiversos-NGM 2022, ilustración realizada por “Racrufi”, Raúl Cruz Figueroa.

¿Qué opina de los eventos de encuentros de narrativas gráficas con otros autores? ¿Cuál sería su visión de esto?

Pues es importante para que siga la promoción de la narrativa gráfica. Yo creo que cualquier esfuerzo que se haga con eventos virtuales o eventos presenciales, dan un foro para que los autores puedan mostrar su obra sin necesidad de intermediarios. Y que mejor que estos eventos sean gratuitos, para que la gente no tenga que desembolsar en la entrada de un recinto, lo que podría desembolsar mejor en la compra de obra que va a apoyar a que los autores sigan produciendo. Y además que tengan esa forma de interactuar, para que también alguien como tú les diga, oye, me gusta tu obra o siento que podría ir por acá.
Que pueda haber esa retroalimentación que también es necesaria.

Por nuestra parte sería todo, no sé si guste agregar algo respecto al taller específicamente, pues creo que salen proyectos de aquí, ¿un trailer próximo de lo que pueda venir?

Pues el taller está enfocado en la promoción de narrativa gráfica, en conocerla, en difundir, producirla y en que la gente se anime a hacerla. Es una muy buena manera de entenderla, el producirla. Porque van viendo todos los pasos que hay que seguir, te vas conociendo a ti mismo. Cuáles son tus limitaciones, cuáles son tus fortalezas, cuáles son tus áreas de oportunidad y con base en eso, puedes ir formándote un mejor conocimiento acerca de la narrativa gráfica y tú como persona.

De nuestra parte sería todo, muchas gracias profesor.

Gracias a ti.

Un metro de sangre

Autor: Miguel Ángel Almanza Hernández.


Te voy a contar una historia que nadie me cree. Y si te la cuento es porque el metro a estas horas ya está muy solo, creo que éste es el último tren. Nada más te pido, por favor, no me interrumpas:

Esa noche era como hoy pero no tan solo, en el andén habíamos dos: yo, y un tipo barbudo. En las pantallas, intercalados con las noticias y comerciales, pasaban un video musical pop de lo más genérico. Adolescentes plásticos y bonitos, bailando una hueca monodia: “Todo está bien”.

Y apesta, si la música oliera a mierda, ése es su sonido. Y nadie nota que el puto video es un himno al control mental. Otro día más de pandemia y encierro.

Tres chicas escandalosas con sus risas y juegos entraron al andén, cantando el sonsonete de la canción estúpida e inventando sus propias letras. Si acaso la más grande tendría veintitrés años. Sus risas llamaban la atención —son atractivas y lo saben—, se pavoneaban y mostraban desafiantes su cuerpo. La tez morena y el falso color rubio, contrastaban con la mezclilla rota y las faldas cortas. Jugaban con sus smartphones y tomaban fotos, dos que tres selfies cantando.

El metro apareció por fin. El viento que acompaña su llegada llenó todo con su ruido y mis oídos lo agradecieron, porque las dejé de escuchar. Nos subimos. El tren era de esos que parecen la tripa de un gusano, desde adentro se puede ver el principio y el fondo.

Las chicas se subieron al mismo vagón y siguieron fastidiando con su tonada pop y lujuria juvenil. Nosotros, los grises y semi dormidos en fines de quincena, aguantamos saber que la vida no siempre es así. Ni las miramos. Y menos les avisamos de la mierda que les espera, ahí, a la vuelta de la esquina.

En el vagón había un borracho dormido sobre varios asientos. Una pareja de ancianos le miraban con desprecio. Las muchachas seguían haciendo ruido, como si no fueran casi las doce de la noche y su puta juventud no se les vaya acabar nunca. En el vagón de adelante, el barbudo también se subió, jugando sus videojuegos con el celular.

Mi cubrebocas me hacía sudar la cara, me daba comezón y me lo quité. Los pinches viejitos no me dijeron nada, pero me picaron con los ojos como si fueran cuchillos. Pasando Chabacano, por ir en la pendeja, no me fijé en las estaciones y ya no sabía en cuál iba. Según yo, seguía Zócalo.

Después de un rato, noté que llevábamos mucho tiempo en el túnel, más de cinco minutos. Pero los demás no parecían notarlo: los ancianos, el borracho y las tres muchachas seguían en lo suyo. En eso, el pinche metro se detuvo. El ruido disminuyó tan de golpe que nos sorprendió el silencio.

Las luces del vagón de enfrente se apagaron de chingadazo y se escuchó un gran estruendo metálico. Pensé que nos habían chocado. Una de las chicas gritó. La sangre escurría desde el lugar en que estaba sentado el barbudo, sus piernas se asomaban retorcidas por debajo de los fierros.

Los vagones traseros del metro se escuchaban rechinar y crujir a lo lejos, las luces parpadeaban y se apagaban. Era como si una sombra se fuera comiendo el fondo del tren, un animal que no alcanzábamos a ver.

Los ancianos estaban aterrorizados, la señora levantó el indice para señalar algo que se movía fuera de la ventana. Al principio no vi nada, nos quedamos callados por un momento.

Una de las chicas quiso hablar, en eso, el techo y la mitad de la pared se partieron y algo aplastó a los ancianos, los hizo mierda. La sangre brinco por la fuerza y rapidez, parecía que siempre habían sido burbujas a punto de estallar.

Las tres chicas gritaban histéricas, una de ellas se aferró de mi brazo y señaló el agujero del techo. La verdad, hasta yo dudo de lo que vi. Si lo cuento, de todos modos no pienso que alguien me crea.

Era una mano gigantesca como una garra de cuatro dedos, parecía de simio con piel gris de reptil. Quiso tomar a las chicas de un manotazo, pero falló porque la tercera se aferró a mí. Yo me tuve que abrazar del tubo para que no me llevara de pilón.

Ella estaba agarrándome tan duro del brazo que me lastimaba, traté de soltarme, sólo logré que me abrazara. Sus amigas seguían gritando frenéticas, pero se escuchaban cada vez más lejos.

Nos quedamos así un rato, solos.

Bueno, el borracho seguía ahí, tirado en el suelo, y dudé si estuvo vivo desde un principio. Entonces le dije a la chica:

—Mira, nos tenemos que ir. Este tren ya valió madres, nos vamos a bajar y nos regresamos a la estación anterior.

—¡Noo, noo, no, nos va a comer, como a los viejitos! ¡Tú lo viste! ¿Verdad que también lo viste? ¡Se los comió, como si fueran nada! ¡Los mató, los mató!

Se soltó a llorar sobre mí, al tiempo que relajó su cuerpo, parecía que se iba a desmayar. Le di unas leves cachetadas:

—Oye, no te duermas. ¡Despierta, nos tenemos que ir, oye, oye vámonos! ¿cómo te llamas?

—Me llamo Norma —respondió por fin, tratando de contenerse el llanto—. No me dejes, voy contigo.

—Pues levántate y agárrate. Nos vamos a ir, me bajo primero y luego te ayudo a bajar, ¿sale?

Me tardé un rato en abrir una de las puertas y descolgar la escalera de emergencia que estaba debajo del asiento. El túnel era tan grande, que la luz interior del metro no alcanzaba a iluminar sus muros. Encendí la luz de mi celular y aún así era difícil ver, las paredes del techo estaban a unos quince metros. Percibí el declive del suelo, estábamos en una línea más profunda. No era un túnel regular.

Regresamos caminando junto al riel, tratando de ignorar los vagones aplastados como latas de aluminio por algún pie gigante. Intenté llamar a emergencias, pero no había señal. Norma vio la luz primero:

—Mira, ¿qué es eso?

—¿Qué cosa?

—Esa luz… una luz roja moviéndose.

La luz se movía como llamándonos a la salida. Aceleramos el paso, porque a lo mejor nos encontraba alguien de mantenimiento o el policía de la estación. Cuando nos acercamos lo suficiente, Norma ya no quiso caminar:

—¿Qué tienes? ¿Qué pasa? Ya nos encontraron, no va a pasar nada.

—Fíjate bien desde aquí. Que raro, la persona que tiene la luz…

Noté a lo que se refería. Era un hombre de unos sesenta años de edad, su cabello era largo, negro y entrecano, arreglado al modo de los indígenas. Llevaba un topilli en la frente, adornado con un tocado de plumas, sólo una era de quetzal. Vestía un atuendo completo, maxtlatl negro con tilmatl rojo. Con su mano derecha, sostenía un bastón eléctrico, la luz roja provenía de uno de sus extremos.

El hombre nos esperó por unos segundos, luego la luz se movió a la izquierda y desapareció, engullida por la oscuridad. Nos acercamos con recelo, le dije a Norma que lo más probable es que ahí se encontrara el camino a la salida y fuimos.

Había una puerta que daba a unas escaleras de concreto. Estaba oscuro, pero nos alumbramos bien con los celulares y subimos, la escalera se hacia estrecha y tenía una extravagante forma de caracol. Conforme subimos, las losas ya no eran del mismo material, parecían de tezontle y piedra volcánica.

Hasta que subimos entendí porqué. No era la salida, era un salón de ceremonias. Parecía una caverna, pero la arquitectura esculpida directa en la piedra, denotaban una capacidad superior.

El resplandor del fuego alumbraba el zomplantli, el trepidar de las llamas y el olor del copal, parecían sacados fuera del tiempo. Estábamos viendo muertos, a los antiguos mexicas.

Ya sabes, debajo de toda nuestra mierda de concreto, aquí antes hubo un mundo. Nosotros somos posapocalípticos. Para ellos todo se ha perdido, ya nada queda, más que seguramente: la venganza.

Vi al viejo junto a la fogata que iluminaba a las otras chicas tiradas sobre una piedra circular, tallada con grecas y glifos. Norma gritaba histérica:

—¡Mirna, Mirna! ¡Chicas, despierten! ¿Qué les pasó? ¿Están bien? Blanca, por favor, ¡despierten! ¡No se mueran!

Pero las chicas no despertaban. El anciano comenzó a caminar a la derecha encendiendo cada ciertos pasos, unas lámparas de aceite hechas con ollas de barro. Así fue iluminaba la caratula de piedra, adornada por millares de cráneos humanos: el rostro de Tzinacantecuhtli Camazotz.

Atrás de mí, escuché el sonido cavernoso de algo enorme que se movía hacia nosotros. Para cuando giré, sólo pude agacharme. Vi su garra gigante estirarse sobre mí y agarrar a Mirna. La tomó como si fuera una muñeca y antes de que ella pudiera terminar su último alarido, le arrancó la cabeza de una mordida.

El monstruo masticaba lento, triturando bien con sus muelas de elefante los huesos de la chica. El viejo comenzó a cantar en náhuatl, y Camazotz se detuvo frente a la piedra de sacrificio, como si fuera su plato de cena.

Sus ojos era azules con bordes rojos, el hocico parecía el de un gran cerdo horrible con enormes colmillos; no entendí si eran protuberancias o tenía varias fosas nasales. Desde sus axilas se desprendían unos asquerosos pliegues de carne que le colgaban hasta llegar al suelo. Al caminar, o mejor dicho, arrastrarse, parecía un pingüino gigantesco y obeso, como oso deforme.

Cuando acabó de engullir a Mirna, con la garra izquierda, acarició la espalda de Blanca que seguía inconsciente. La muchacha despertó desorientada, le miró con horror, al tiempo que gritó aferrándose al brazo de Norma. El coro de alaridos llegó a su cúspide, cuando la bestia tomó entre sus garras la cabeza de Norma y la torció de golpe en un terrible crack; luego, la arrancó de cuajo y se la comió, como si fuera uva pasa.

Ya no pude más y traté de huir. El viejo estaba esperándome con el otro extremo del bastón eléctrico encendido. No me dejé amedrentar, e intenté pasar corriendo, pero me electrocutó el cabrón

Desperté en el piso, vi que ya estaba terminando de masticar a Blanca. Y seguía yo. Medio consciente, también vi al borracho que creí muerto, hablando con el viejo que le decía:

—Esta vez no estuvo tan mal, pero te trajiste a éste pendejo. Acuérdate que estos, luego no se los come.

—Pos yo que voy a saber que se le antoja.

—Si no es antojo, pendejo, así también te salvaste tú. ¡Ya cállate y vete a esconder todo, que van a andar como locos buscando ese tren y todavía no has pagado tu deuda!

Entonces despidió al borracho, que más bien parecía sobrio. El anciano notó que recobraba la conciencia y se acercó para electrocutarme otra vez.

Cuando desperté, ya estaba en la piedra de sacrificio. Los cabrones me habían encuerado y amarrado. No sé que chingados me dieron, pero clarito vi cómo el viejo me abrió el pecho con un cuchillo de obsidiana. Esculcó con sus dedos dentro de mí, lo sentí debajo de mi piel como una quemadura que no puedes localizar. Luego, sacó un bulto envuelto en grumos de sangre. Yo gritaba como loco.

El monstruo también estaba ahí. El anciano le ofreció con las dos manos mi corazón y la bestia resopló para olfatearlo. De su hocico babeante, estiró una lengua bífida para probar la ofrenda. Gruñó como si fuera una carcajada gruesa y deforme. Luego se retiró en la oscuridad, mientras sus fosforescentes ojos azules me miraban hasta el fondo del pensamiento.

El anciano metió otra vez sus manos a mi pecho, luego agarró una espina de maguey e hilo, y tejió mis adentros. Me dijo al oído antes de desmayarme:

—Te salvaste, cabrón jodido. Resulta que tienes más sangre nuestra de la que mereces.

Te lo dije, nadie me cree. Pero la verdad no me importa. De todos modos, casi completo la deuda de sangre. Y lo bueno, es que logré traerte al metro a estas horas.

Escucha el cuento en voz de su autor da click en el enlace:
https://youtu.be/oA8K4ykE_vg
Ilustración de portada fanzine Delfos#1: KAMAZOTZ TZINAKANTEKUHTLI realizado por Humberto Morales "Humo"