Literomancia: “editoriales” que cobran por publicarte


Autor: Miguel Almanza

Va una reflexión respecto a «editoriales» que cobran por publicarte o que ofrecen (malos) servicios de coedición disfrazados de «premios» o selección de concurso. Pienso que si una revista te cobra por ser publicado ya es una mala práctica en sí, recordemos que alguna vez se ha remunerado y aún ahora pocas revistas o editoriales lo pagan como se debe, además de que la literatura creo que ha sido la más vilipendiada de las artes en cuanto a la remuneración económica.

La práctica de pagar para que te publiquen acostumbra a los escritores noveles a esta situación, cuando deberíamos procurar que sea al revés, que paguen los textos o que no te cobren en dado caso, pues el texto mismo es una aportación en especia. Ahora, si no pueden pagar, pueden otorgar ejemplares como retribución a los autores, que creo sería lo mínimo. Para que sea claro, si te cobran por publicarte, no te están dando un premio, están haciendo negocio con los autores o les pasan el costo de producción y aparte con la venta de ejemplares obtienen ganancias. Que te cobren por publicar es el equivalente al músico que tiene que tocar gratis para «darse a conocer»; los costos los paga el artista, las ganancias las obtienen otros.

También existe el servicio de coedición, en el cual sí te cobran por ser publicado, pero quien lo hace de manera honesta no te lo ofrece como premio de concurso; además dentro de estos servicios deberán estar dispuestos a personalizar la manufactura de tu libro, pues literalmente es mandado a hacer. No está fácil entrar al negocio editorial, se necesita conocimientos y un buen capital de inversión, es costoso imprimir y la distribución conlleva mucho esfuerzo, que muchas veces no parece ser remunerado de manera suficiente.

Ahora hablando de mi caso, parte de la idea del fanzine Delfos es iniciar mi carrera como editor, digamos que estoy haciendo mi servicio social. Tal vez no lo parezca, pero antes de lanzar el fanzine estuve tres años planeando su realización y línea editorial, no es improvisación que su publicación sea solo electrónica pues el fanzine Delfos jamás fue pensado como negocio. No podemos pagar, pero no cobramos, yo dono mi trabajo y tiempo como editor; los autores e ilustradores sus obras, ahí sí es un trueque. Los costos de distribución y realización, aunque bajos, los cubro yo. El fanzine no tiene comerciales ni anuncios de patrocinios; únicamente las obras y se ha realizado principalmente con trabajo intelectual y dedicación.

De manera paralela, tengo planeado ofrecer servicios editoriales y educativos a través de colectivodelfos.com, por el simple hecho de que necesito una fuente de ingreso y la autoexplotación ahora parece mejor opción que subsistir eternamente como empleado en las pésimas condiciones laborales de nuestro país. Como artista fue más fácil planear la revista; como emprendedor, debo admitir que me ha costado mucho trabajo elaborar un modelo de negocio honesto y al mismo tiempo redituable, el sistema capitalista premia el engaño por enajenación de la ilusión aspiracional. Y a parte de que sí, soy relativamente nuevo en esto, mi experiencia ha sido como escritor y colaborador (redactor, corrector, administrador web, promotor cultural) en otros proyectos. Es por eso que he tardado en dar con lo justo para proponer mis servicios editoriales, es un mercado muy competido y viciado, y abrirse camino es como talar monte o sembrar en el páramo. Aún así, no claudicaré, seguiré labrando la milpa digital, pues la otra opción es hacer nada. Con tiempo, dedicación, estudio y aprendizaje, espero construir un negocio honesto que me permita vivir de ello o por lo menos cubrir los costos de seguir haciendo arte. Hasta aquí la reflexión.

“Literomancia” es una columna mensual dedicada a temas editoriales y literarios, escrita por Miguel Almanza, director y editor de colectivodelfos.com y el fanzine eletrónico Delfos; estudió Ciencias de la Comunicación en la UNAM; es egresado de la Escuela de Iniciación Artística 1 del INBAL, especialidad guitarra. Actualmente estudia la licenciatura en Creación Literaria en la UACM. Visita su blog personal: https://miguelalmanzaescritor.blogspot.com/ 

El último vivac


Autor: Luis G. Torres


Para Oscar Alarcón

Son casi niños, pocos pasan de los catorce años. Llegan al lugar indicado para el campamento y proceden a instalarse. Cada grupo se organiza para armar las tiendas, hacer la fogata, juntar leña y empezar a acomodar mochilas y objetos auxiliares en las tiendas. Cada akela vigila que su manada trabaje bien y rápido. Este campamento es muy especial, se lleva a cabo cada año en el Desierto de los Leones, no lejos del ex convento del mismo nombre, ahora abandonado.

Cuando las tiendas están armadas y las mochilas acomodadas, Vicente el akela mayor llama a las tropas a reunirse, con el clásico sonido del silbato. Todos acuden con prontitud y se forman en círculo alrededor de los guías. Ahí se les dan indicaciones generales. “En este campamento no cocinaremos mucho, solo se prepararán los desayunos. Los tres días comeremos en casa de Lencho, que está a poco más de un kilómetro de aquí. También las cenas y el vivac serán en el mismo comedor, así que hay que organizarse para la caminata y estar siempre a tiempo. ¿Entendieron todos?”. ¡Si señor!, contesta la tropa al unísono. El mismo jefe pregunta: “Cuál es nuestro lema, lobatos?” a lo que todos contestan: “Siempre listos”. Dan la señal de romper filas.

La primera noche del campamento salieron los grupos llenos de ánimo. Los guiaban sus akelas. Al pasar frente al ex convento no faltó quien hiciera bromas al ver el viejo edificio del siglo XVII: “¡Aquí espantan!” o quien empezó a imitar el aullido de los lobos: “auuuuu, auuuu”. Ríen. Los akelas mandaron callar. Se oyeron muchas ricitas nerviosas. Siguieron en camino, sin detenerse. Por fin llegan al comedor de la casa de Lencho, quien los espera en el exterior. Tres granes mesas y bancas de tablones están preparadas para recibirlos. Se acomodan todos y se sientan pegados unos a otros. Lencho les da la bienvenida y les presenta a su dos hijos, Leodegario y Micaela, quienes ayudaran a servir los alimentos. En cuestión de minutos ya están sobre la mesa canastos de pan dulce, jarros de barro naranja y servilleteros. Poco a poco van trayendo lo que falta: Recipientes con tamales y jarras de chocolate caliente. Vicente, el akela mayor da las gracias y- por fin- la señal de que todos pueden empezar a comer.

Cenan rápido y con buen apetito, Se acaba todo lo que han llevado a la mesa y los jóvenes hijos de Lencho ya están recogiendo todo. Se anuncia que a las diez será el vivac. La comisión se levanta a empezar a juntar piedras y madera, para preparar el fuego. Antes de la hora pactada, las tropas se sientan alrededor de la fogata formando un círculo. A la hora exacta, Vicente y los tres akelas menores pasan al centro. Se dan las indicaciones generales, y se procede a cantar unas canciones populares. Para ello, Rubén, uno de los muchachos mayores del grupo, acompaña con una vieja y medio desafinada guitarra.

Todo se organiza para el regreso al campamento. Van contentos y de buen ánimo, después de la cena y el vivac. A los pocos metros de camino, se empezó a oír un ruido. Era como el sonido de una campana. ¿Pero cuál? El ex convento está vacío y no hay ninguna iglesia cercana. La noche estaba oscura, faltaban dos días para la luna llena, que era la única luz disponible en medio del campo. El grupo siguió caminando, hasta que otros sonidos se unieron a los de las campanas: se trataba del sonido como de grandes y oxidadas cadenas, arrastradas sobre el piso. Muchos se detuvieron. Alguien gritó: “¿Qué es eso?”. Los grupos se detuvieron por completo y empezaron a cuchichear en medio de la total oscuridad. Solo los akelas llevaban una lámpara de pilas. Había chicos que reían, pero muchos otros estaban temblando. Los akelas ordenaron silencio y seguir caminando. Ernesto, un chico flaco y desgarbado tenía la cara descompuesta. Su compañero de formación, Roberto –más bien rollizo y de copetito engominado- trataba de tranquilizarlo: “No es nada, no te asustes”. Ernesto es nervioso e impresionable. Sigue caminando, pero mira a todos lados sin fijarse bien por dónde camina. Así llegan al campamento y se meten directo a las tiendas.

Muy temprano suena el toque de silbato para levantarse. Los akelas empiezan a dar órdenes: “¡Hay que prepararse, vístanse rápido y guarden sus bolsas de dormir!”. Todo mundo se moviliza. En la tienda donde duermen Ernesto y Roberto, hay un pequeño drama. Ernesto se orinó dentro de la bolsa de dormir y está bastante mojado, no quiere salir de la tienda. Roberto le dice en voz baja: “¿No traes un cambio?, no puedes salir así, hueles a miados”. Ernesto está enojado y siente vergüenza. Tuvo una pesadilla y ni siquiera sintió que se había orinado. Al final un compañero lo salva, prestándole un pantalón corto oficial. Se cambia y sale después de todos a formación.

Ernesto es amonestado en público por no haber llegado a tiempo. Se les informan las actividades del día: habrá clases de nudos, legislación Scout, primeros auxilios y visita al ex convento, todo antes de la hora de la comida. Todo se desarrolla con normalidad. Llega la hora de visitar juntos el ex convento. La zona está integrada por el ex convento de los Carmelitas descalzos en sí, una capilla vieja y abandonada —ahora cerrada por un fuerte candado—y otras dos construcciones antiguas: la capilla de los secretos y el sótano. Este último fue una bodega en la que se guardaban desde granos hasta instrumentos de jardinería, ahora se encuentra vacío y oscuro, aunque la gran puerta de hierro forjado no tiene candado alguno.

El ex convento está construido básicamente de piedra volcánica y algunas paredes están repelladas y encaladas. Los jardines son amplios y medianamente cuidados. Hay fuentes de piedra en algunos jardines y mucha vegetación en esa época del año.

Después de las indicaciones generales, les dan tiempo libre. Los muchachos corren, entran y salen del ex convento, el sótano, llegan hasta la capilla del silencio y dicen palabras altisonantes en las esquinas, para que los que están en otras esquinas las oigan. Ríen como locos y se persiguen entre sí. Un silbatazo de Antonio, el akela de uno de los grupos, es la señal para detenerse y hacer formación. Los últimos en aparecer son Ernesto y Roberto, que vienen del sótano, caminando parsimoniosamente. Todos les gritan y les chiflan. Un nuevo silbido del akela obliga a todos a callar. Regresan sin novedad a formación y de ahí caminan directamente a casa de Lencho a tomar los alimentos. Por la tarde se hacen otras actividades. Se recoge más leña y se juega un partidito de futbol. Así se acaba la luz del día y deben hacer formación para salir a cenar.

La caminata se lleva a cabo sin incidentes, todos van muy callados, escuchando los ruidos de la noche: grillos, ranas, y el sonido del agua que corre más abajo, por el helado riachuelo. Llegan y cenan. Se organiza el vivac. Ahora en vez de canciones habrá una sesión de cuentos e historias. Empieza Oscar, el akela más experimentado. Les narra historias del ex convento, como aquella de que un fraile murió hace muchos años y no lo enterraron con las debidas ceremonias por falta de dinero. Solo se le dio sepultura, muy cerca de la bodega. Por eso se cuenta que el fantasma del padre aún aparece por las noches de luna llena, quejándose y buscando su cuerpo. Todos aplauden y ríen. Ernesto y Roberto están muy callados. No les hacen mucha gracia las sesiones de cuentos de terror, pues son muy sensibles. Siguen otros compañeros, contando historias como la del jinete sin cabeza, la llorona, los niños muertos y otras. Para narrarlas, se ponen la lámpara de pilas por debajo de la barbilla, de esa manera solo se mira una cara que hace muchas muecas y narra las historias de terror. El ambiente se densifica. El akela mayor ve el reloj y dice: “Son las diez, de la noche, hora de volver. ¡A formación!

Las manadas empiezan a caminar. Hace frío y se observa una neblina ligera alrededor del grupo. Cuando han caminado algunos minutos, el sonido de la campana vuelve, acompañado del arrastrar de cadenas. Oscar les pide que sigan sin detenerse. Algunos chicos ya tienen cara de preocupación. Para más, un nuevo ruido se incorpora: son aullidos como de coyote. Intensos, continuos. Todos se detienen y hacen una bola, como lo haría un grupo de corderos al sentirse amenazados. Los obligan a seguir caminando. Justo cuando pasan frente al ex convento, se empiezan a ver unas pequeñas luces, en varios puntos: sobre la barda, dentro de la bodega, en la ventana superior, en la fuente de piedra… ¿Quién podría prender esas luces? ¿De qué se trata esto? Los chicos se preguntan entre sí y vuelven a romper formación y hacer una bola en la que todos tratan de estar dentro, para protegerse.

Ernesto está muy descompuesto. Quiere salir corriendo de ahí, pero sus compañeros lo detienen. Roberto trata de tranquilizarlo, lo agarra fuertemente del brazo. El miedo aumenta. Entonces se oye un gran grito que proviene de la bodega. Parecería como si hubieran acuchillado a un hombre. El terror se apodera de todos y empiezan a correr en dirección al campamento. Alguno que otro tropieza y cae. Ernesto es uno de ellos. Sus compañeros lo pisan para pasar sobre él. Está asustado, lloriqueando y además pisoteado. Roberto ayuda a levantarlo y se lo lleva al campamento a jalones. Cuando llegan al campamento, dos akelas los esperan. Tratando de contener la risa, les preguntan por qué no llegaban. Ellos están aún aterrados, pero también molestos. Roberto mira al akela con unos ojos de odio, pero pocos alcanzan a notarlo. Cuentan lo sucedido… Se da la señal y cada grupo se mete a sus tiendas a dormir.

Por la mañana parece que ya se olvidó lo sucedido la noche anterior, salvo que algunos cuchichean en formación que tuvieron tanto miedo en la madrugada, que orinaron sin salir de la tienda, nada más abriendo el cierre. Ernesto le confiesa a Roberto que tuvo pesadillas otra vez. Los akelas mandan hacer silencio y organizar el desayuno. El grupo encargado empieza a prender la fogata y a sacar los víveres de la tienda-almacén. Es el último día de campamento. Quedan muchas actividades por realizar. Al día siguiente, después de desayunar, tendrán que levantar las tiendas, empacar y salir.

Por ser el último día, la comida es especial: les sirven pollo con mole y arroz, acompañado de bolillos. Hay agua de limón y de horchata. De postre, esas deliciosas galletas de Tenango, que se deshacen en la boca. Todos comen con buen apetito, risueños y platicadores. Terminan sus platos y los hijos de Lencho los levantan para llevarlos a la cocina. Agradecen la comida y regresan al campamento. Se hace una reunión para recordar las actividades del día siguiente, se acuerdan las comisiones que harán todo y se comentan las próximas salidas del grupo. Habrá un paseo largo a la cueva de las golondrinas en San Luis Potosí en dos meses. Todo se entusiasman y aseguran que asistirán.

Cuando se dan cuenta, ya es de noche y están caminando hacia casa de Lencho. Algunos portan mochila, con los materiales que usarán para el vivac. Ahora sí, la luna está totalmente llena. Parece una pantalla iluminada. Solo unas tímidas nubes la rodean. La noche está fría y silenciosa, de no ser por los grillos que nunca descansan. Los recuerdos de la noche anterior surgen, pero no se detienen, incluso aprietan el paso para llegar a cenar.

Después de tomar los alimentos, se avisa que empezará el último vivac. Se presentan varios números musicales, declamaciones y más. Al final, el grupo de los más grandes lee una historia de Alan Poe muy conocida. Se trata de “El gato negro”. Los chicos se han repartido los párrafos y lo hacen muy bien, dándole entonación y efectos corporales a lo que leen. También usan las lámparas para alumbrar a las caras del narrador, o a otros puntos alrededor de ellos, creando una atmósfera de miedo. El akela mayor los felicita por la representación. Agradecen a Lencho, Leodegario y Micaela. Ya no los verán mañana. Hacen formación y empiezan a caminar, recordando aún divertidos, el vivac. Nadie se percata de que Oscar y los otros dos akelas no van con el grupo. Debieron de haberse adelantado.

Cuando el grupo se moviliza hacia el campamento, empieza la sucesión de sonidos: campanas, cadenas que se arrastran, aullidos, el ulular de una lechuza. Casi se esperaba, pues cada noche ha sido así. La neblina es más espesa esa noche y una luna enorme y amarillenta alumbra su camino.

Antes de llegar al ex convento, se escucha un caballo, que parece seguirlos. No han visto ninguno de ellos en esos días. Es extraño que a esa hora ande por ahí, pero su cabalgar es clarísimo. Al parecer el caballo los ha adelantado, pero solo se oyen sus pisadas, nadie vio al animal ni a quien lo monta, hasta que de repente ambos llegan de frente y se pueden ver entre la neblina; es un caballo negro y grande, montado por un jinete sin cabeza y del que solo se distingue una gran capa oscura. La formación se rompe y varios corren, Están asustados por la aparición. Se oye relinchar al caballo y una risa fuerte y burlona, que no se sabe de dónde viene. En ese momento, de la bodega del ex convento sale una pequeña procesión de frailes, con sus hábitos café oscuro y las capuchas puestas sobre las cabezas. Llevan velas en las manos y al caminar agachados no se distinguen sus rostros. Los ruidos de la campana y las cadenas se intensifican. No se detienen los aullidos y el ulular de la lechuza. Todos es una confusión, Ernesto, Roberto y un explorador más, salen corriendo y se meten en el bosque. Algunos lloriquean. Se han quedado en cuclillas, petrificados, rodeados por el jinete sin cabeza y los monjes silenciosos. Cuando todo llega al máximo punto, se empiezan a oír unas risitas que pronto se vuelven carcajadas. Los monjes se levantan las capuchas y son ni más ni menos que dos de los akelas, Leodegario, Micaela y Lencho. Del caballo baja el jinete, que tenía oculta la cabeza bajo un manto negro, se descubre y es Oscar, el otro akela faltante. Los chicos no saben si reír o llorar, Están muy asustados y les causa más que risa, enojo, el haber sido engañados y burlados de esa manera.

El akela mayor se pone al frente y les explica que se trataba de una prueba de valor, a la que todos los exploradores del grupo son expuestos. Agrega que cada año se realiza y que los padres están informados y dieron su consentimiento. Entre los murmullos se oyen voces que dicen; “! ¡Qué poca madre!, ¡De haberlo sabido!” Uno de los exploradores dice riéndose: “Yo si lo sabía, ¡mi hermano mayor que vino hace años, me lo advirtió”! Los monjes y el jinete –ahora con cabeza- se insertan al grupo. Todos empiezan a caminar rumbo al campamente, de manera más o menos desorganizada, comentando lo sucedido. De repente alguien declara: “Ernesto y dos más no están, salieron corriendo a la hora del susto mayor”. Vicente, el akela principal le indica a Oscar que regrese por ellos, Felipe, otro akela se ofrece a acompañarlo. Ambos se separan del grupo, aun con los disfraces puestos y van hacia el ex convento.

Como ya que se han apagado las veladoras que se prendieron en la ventana, la bodega, la fuente, la barda y otros sitios, el convento está totalmente oscuro. Oscar y Felipe se separan para buscarlos en los alrededores, sin encontrarlos. Gritan de vez en vez sus nombres, sin tener respuesta alguna.

Dentro de la bodega, Roberto y los otros dos chicos, están escondidos en la oscuridad, tiritando de miedo y frio. No han escuchado lo que pasó fuera y sienten que aún corren peligro. No se mueven, ni hacen ruido. Solo se escucha el ligero castañear de sus dientes y sus respiraciones continuas.

Oscar y Felipe los buscan en la capilla de los secretos, atrás del convento y por cuantos pasillos y corredores que se pueden acceder. Al fin, cansados de buscar se detiene frente a la bodega, Roberto hace la seña de que guarde silencio a Felipe y entra sigiloso por la vieja puerta de hierro, caminado de puntitas para no hace ruido. Adentro todo está oscuro, pero no trajeron lámparas. Cuando apenas han caminado unos pasos, sienten la presencia de alguien más y en ese justo momento, solo se escucha una orden: “¡Ataquen!” y todo se vuelve una confusión. Grandes rocas caen sobre sus cabezas y espaldas. Entre los tres chicos golpean a los akelas sin piedad, usando esas grandes piedras. Roberto ha sacado de su mochila un hacha y otro de ellos, porta un cuchillo de montaña. Los akelas alcanzan a soltar unos gritos de dolor, pero tienen encima a sus atacantes, cortándoles con el cuchillo y el hacha sobre el tórax y extremidades y moliéndolos con la piedra sobre la cabeza, con una saña que solo el odio o el miedo pueden infundir en un adolescente de su edad y fuerza.

Todo termina. Los cadáveres de los dos jóvenes quedan en el piso ensangrentado y la tercia de exploradores sale de la bodega, sumida en la oscuridad. Los tres están como en un frenesí asesino, sudados, ensangrentados y temblorosos. Roberto porta el hacha, llena de sangre y uno más, no suelta el cuchillo de su mano ensangrentada. La luna, inmensa, alumbra sus rostros. Respiran con dificultad. El tercero le dice a Roberto: “¡Creo que eran Oscar y otro akela!”, aterrado. Roberto se limpia la cara con la manga del suéter, sus ojos aún están desorbitados. Casi escupiéndolo le contesta: “¡Lo sé, claro que lo sé!”.

La palabra de los abuelos: «Tukay, la tejedora cósmica»

Autor: Roberto Carlos Garnica Castro

La escritura es mágica y en este preciso instante puedes “oírme” gracias a su poder, pero nunca hay que dejar de abrevar de la ancestral sabiduría oral.
En Papantla, cuna de la hermana vainilla, viven muchos abuelos que desean compartir sus historias. Aquí, en La palabra de los abuelos, recupero algunas de esas narraciones y las reelaboro de manera literaria. En esta ocasión, te presento un mito cosmogónico que me compartió el maestro Romualdo García de Luna.

Tukay, la tejedora cósmica

Era una noche clara, pues Papa’, la luna, brillaba imponente. Sus rayos se reflejaban plateados en los delgados hilos de una tela de araña. La pequeña Sen (Lluvia) miraba con terror cómo Tukay envolvía a su presa.

Kiwichat, la dueña del monte, se acercó con su característico andar felino.

—¿Qué te tiene tan arrobada, nietecita mía?

Sen pegó un brinco pues se asustó con la aparición inesperada de la Abuela.

—Miro a la terrible Tukay, abuelita.

—¿Terrible?, mira bien, Tukay es muy hermosa.

—Pero devora sin piedad a otros seres.

—Sen, todos los seres tienen su propósito. ¿Quieres saber cómo Tukay se convirtió en la tejedora cósmica?

A la niña le brillaron los ojos pues supo que sus tres corazones serían alimentados con bellas palabras.

—¡Sí, abuelita!

—Ven, sentémonos sobre este viejo tronco.

Y fue así como, a la luz de la luna y debajo de los plateados hilos de la tejedora, Kiwichat narró esta historia:

«Antes del nacimiento de Chichiní, el sol dador de vida, sólo había oscuridad.

En medio de esa gran penumbra, a la que todos los seres de la tierra se habían acostumbrado, Jilina, el abuelo, dios del agua, del trueno y del huracán, le dijo a Jokgchilit, el pájaro carpintero:

—Ha llegado el momento. Éste es mi deseo: convoca a todos los animales a una reunión. Diles que el abuelo necesita saber si ya descubrieron su staku, su estrella. Diles que el abuelo necesita ver su gran don, pues pronto nacerá el niño sol y todos los animales le deben presentar un regalo. Primero se presentará el que tiene el don de tejer, luego el que tiene el don de la música, posteriormente el que tiene el don de la danza, y así hasta que pasen todos.

Cuando Jokgchilit transmitió el mensaje, todos los animales respondieron al unísono:

—¡Estamos preparados!

—Bien —dijo el pájaro carpintero— estén atentos al llamado de Sipíjchichi, el coyote: cuando oigan su aullido presentarán sus dones en el gran templo, el animal cuya estrella es tejer será el primero.

El tiempo pasó y, en medio de la gran penumbra, se escuchó el anuncio de Sipíjchichi y todos se dirigieron al gran templo.

La primera en llegar fue Sukchalh, la calandria, pues era muy veloz. Presentó un morralito hecho de bejucos y dijo con voz cantarina:

—Éste es mi regalo.

Jilina, el gran abuelo, lo vio y señaló:

—Está muy bonito tu morral, pero no te corresponde ser Stawana’, quien posee el don de tejer.

Enseguida llegó Xkgonipakga, el papán real, quien presentó un morral más grande de varios bejucos.

—Ésta es mi ofrenda, abuelo.

—Es un buen trabajo, pero no serás Stawana’, sigue buscando tu estrella —dictaminó Jilina.

También llegó Kuyu, el armadillo, y presentó su ofrenda.

—Se ve bien, pero no está parejo, sigue intentando, tampoco serás Stawana’ —sentenció el abuelo.

Así pasaron muchos otros animales queriendo ser Stawana’, pero nadie lo conseguía.

Hasta que llegó Tukay, la araña, quien, para sorpresa de todos, no traía nada en las manos.

—¿Dónde está tu pieza? —la cuestionó Jilina.

—Aquí, conmigo —respondió Tukay y, en seguida, comenzó a tejer con tal maestría que todos quedaron maravillados.

—Tú serás la gran Stawana’, la que tiene el don de tejer, has descubierto tu propósito. Cuando Chichiní, el que todo lo ve, se coloque en lo alto y todo empiece a tener movimiento y camino, tú tejerás el cosmos y serás, para toda la eternidad, fuente de inspiración para sus hijos, los hombres.»

—Y fue así, mi niña, como la bella Tukay se convirtió en la tejedora del cosmos y maestra de todos los que de alguna manera tejen.

—¡Qué bonita historia abuelita! Pero no entendí bien por qué dice que la Calandria y el Papán real presentaron un morralito.

—Sen, cuando camines no sólo mires al piso. Mañana, al amanecer, cuando escuches las voces de Sukchalh y Xkgonipakga, observa sus nidos y comprenderás esa parte de la historia.

—¿Y qué pasó con los animales que aún no descubrieron su don?

—Sen, mi hermosa niña, ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

“La palabra de los abuelos” es una columna mensual con la misión de recuperar y difundir mitos de la tradición oral totonaca en la región de Veracruz adaptados por Roberto Garnica  quien se ha desarrollado principalmente en el ámbito académico como filósofo, antropólogo e historiador, ha publicado también en libros y revistas nacionales e internacionales.

Agradecimientos:

Al maestro Romualdo García de Luna, por compartirnos la historia de «Tukay, la tejedora cósmica».

Al maestro José López Tirzo, por asesorarnos con la escritura de los vocablos totonacos.

Crédito de la imagen: Espartaco Garnica.

¿Quién cuida al que cuida?

Autor: Javier Huamán


En su desordenada habitación, sentado al pie de su cama, apoyando sus rechonchas manos sobre una mesa de mármol añejo, no tiene una frase precisa para iniciar un relato. Mientras el silencio era desesperante, el simple sonido del crujir de la puerta del cuarto que se abría y cerraba por el empuje del viento le fastidiaba al punto de recordar aquellos tiempos de irritabilidad que vivió ―que se creía superado― pero que eran como la noche, que siempre vuelve.

Sus manos temblaban como hojas luchando ante un gélido invierno, desde su vientre hasta la garganta se erigía un ahogo creciente, la hinchazón de su pecho lo hacía resoplar aires agónicos, un zumbido de voces le incordian el cerebro, y el oído se agudizó tanto a tal punto, que ahora si escuchaba hasta el más mínimo sonido de la ciudad, un pitillo incesante rompió su sien. No quería llorar, lo que quería era gritar, sí, tan fuerte y vomitar la ansiedad para siempre.

Mientras tanto alguien en la sala buscaba algo, se irritaba más cuando escuchaba que buscaban reiteradamente sobre las mismas cosas. Tenía miedo a sus pensamientos, ya la frontera de su paciencia cada vez era menos y cualquier día todo esto podría terminar en una tragedia. Sus pies como raíces de árbol viejo se aferraban al suelo, sus extremidades empezaron a tener un raro movimiento muy parecido a los insectos. El frío sudor como un camino de bichos le recorría la espalda. Cruzó sus dedos y apretó fuertemente las manos para rezar, pero era tan fuerte el movimiento tembloroso de sus manos que vencían a su solicitud divina.

Se le dificulta hablar, no podía decirles que se callen, o que dejen de buscar ese no sé qué en la sala “No puedo, no puedo, no puedo”, decía a duras penas al aire pesado que invadió su cuarto. Sus dientes rechinaban como las ratas cuando se pelean por la comida entre ellas. Sentía mareos y la sensación de que todo en aquel lugar se movía desordenadamente; cerraba los ojos y desde muy adentro de su ser por su boca seca salían las palabras: ¡Piedad, piedad! Emitiendo un llanto silencioso, un quejido de aquellos que sufren en el alma, cruzó de brazos apretándose todo el pecho, apeado al lado izquierdo de su cama, después de los gemidos y la respuesta de un cuerpo asustado, sintió unas débiles manos ―como de ángeles― que le sobaba la espalda, al tiempo que le decían: “Tranquilo hijo, tranquilo, no pasa nada, son solo los nervios”, reconoció la voz, era de aquél que buscaba unas monedas para comprar su pan y las buscaba en el mismo sitio una y otra vez, y cuando dejó de calmar a su hijo, las había vuelto a perder. “¿Dónde dejé la plata?”, decía el hombre cuyos recuerdos de nombres, personas, vivencias se iban yendo cada día de su memoria para jamás volver. Después de una larga y dura lucha, los momentos de martirio mental iban ya desvaneciéndose: se había cansado de llorar. Sin embargo, volvió a sentir el horrible silencio, ese que desespera, que nos mata de saber que nos acompañará en el descanso eterno. El crepúsculo entraba por las sucias ventanas de aquella casa de dos cuartitos, pero que en el fondo era una casa con alma de sanatorio, la de dos seres sufribles que se cuidaban uno del otro de sus crisis, miedos y demás latigazos de la vida.

Después de esa experiencia, suspiró algo aliviado y ahora sí tenía por fin la frase idónea

para empezar su relato:

—Les voy a contar como es el infierno…

Exposición Génesis: entre el mito y la realidad

Autor: Pedro Sacristán


Mundos imaginarios que se entrelazan con el misterio de la naturaleza y cobran forma en la plástica.

Génesis – Entre el Mito y la Realidad en Burial Art Gallery es una de las mejores exposiciones en las que he participado y reúne a varios artistas destacados en la ilustración científica, taxidermia y osteotecnia, cuyo montaje está inspirado en los gabinetes de curiosidades del siglo XIX. Génesis nos brinda una mirada al mundo natural partiendo de la labor científica que se extiende hasta el imaginario fantástico de las artes visuales en el presente; levanta para nosotros el velo de la realidad manteniendo un asombro constante y la fascinación por la naturaleza en una exhibición de obras muy complejas y variadas tanto en propuesta como en ejecución. La curaduría estuvo a cargo del artista Pedro Bulsara a quien debemos la magia de esta exposición.

La narrativa de la exposición concentra en el espacio de la galería obras que difícilmente volverán a verse juntas, Génesis se presenta como un viaje a través de las eras para quien contempla las formas sútiles del Archeoptherix fosilizado o el imponente cráneo del Gigantopithecus Blacki.

De forma casi imperceptible aparece la fantasía que conduce al mito, entre aves que permanecen suspendidas al vuelo y las ballenas jorobadas que nadan plácidamente debajo de ellas, manifestando en pinceladas al artista  que, como un niño, continúa soñando despierto.

Tal es el carácter del arte que vuelve caprichosamente dócil al Dragón de Komodo, derribando la barrera de la imposibilidad en la mirada que se pasea en los patrones de sus escamas y formas sinuosas o aquellas escenas de cocodrilos luchando con jaguares que podría decirse son solo sueños que ocurren bajo un manto de manglares y la sorpresiva labor, casi de relojero, de la fascinante osteotecnia que descansa a su lado.

Fragmentación – Gyotaku Impresión directa  monotipo  de un jaguar.
Ulises Tovar. 

Desde el inicio de la exhibición se mantiene esa aura mezclada con sorpresa que provocan las piezas a la entrada; la pequeña taxidermia del pajarito que evoca la muerte de un poeta, el ímpetu del jaguar que yace dormido en el poema de vida y muerte, que concebimos como realidad, y su huella bermellón,  salvaje pero delicada a la vez, impresa en el papel. El unicornio infernal, las criaturas de cielo, mar y tierra junto los dibujos de animales extintos, los Nepenthes y el Miraestrella al fondo de la galería dan la sensación de estar inmerso en un bestiario que se torna tangible en esqueletos e incluso miradas que arrojan las taxidermias desde lo alto de la galería, el capelo y la cuenca vacía de los cráneos.

Génesis suscita en el recorrido las mismas preguntas que todos tuvimos de niños al hojear cualquier libro sobre animales: ¿Realmente existieron estas criaturas? ¿Cómo era el mundo que habitaban? ¿Por qué se extinguieron? etc.

Junto al misterio de la vida, la muerte y todo lo que yace entre ellas, está la ensoñación que produce el arte para todo aquel que se atreve a contemplarlo.

Esta pequeña taxidermia abre la exposición.

Rimbaud – Dibujo a lápices de color sobre una página de Una Temporada en el Infierno.
Pedro Sacristán © 2019.

Thylacosmylus Atrox – Dibujo a lápiz de grafito.
Pedro Bulsara 2024. 

Astroscopus Zephyreus (Miraestrella perro) – Gyotaku Impresión directa  monotipo.
Gyotaku – Do.

Mi visita a Burial Art Gallery. Foto: Mérida Beristain

El altar del Hombre Abeja

Autor: Roberto Rodríguez


Roberto Rodríguez nació en Juchipila Zacatecas el 29 de enero de 1992 . Criado en la comunidad de El Remolino frente a la zona arqueológica "Cerro de Las Ventanas". Desde pequeño se interesó por la historia, arqueología y relatos de su comunidad.

La combinación de influencias de autores como H.P Lovecraft, Edgar Alan Poe y Robert E. Howard; con su gusto por practicar la danza y música folclórica, lo encaminaron a crear relatos de folk horror, tomando en cuenta elementos del ecosistema de su comunidad.
Actualmente continúa formándose como escritor en “Taller Delfos de Escritura Creativa".
En esta sección presentamos cuentos que fueron trabajados en el Taller Delfos de Escritura Creativa en voz de los propios autores. Escucha el audiocuento desde la plataforma IVOX en voz de su autor.


En medio del Cerro de las Ventanas y el Cerro de Contitlán, a un lado del río, vivían en una choza a las faldas del cerro: Manuel con su hermana mayor, Avelina, y su madre Fátima. El lugar pertenecía al hacendado, se los había prestado desde hace mucho tiempo a sus antepasados. Los abuelos de Manuel habían fallecido cuando él era un bebé. Aunque era un joven majadero y frío, siempre fue criado de manera amorosa por su hermana y su madre. Nunca conoció a su padre, pues dicen que cuando él era pequeño, se fue a Nayarit a trabajar en las cosechas y nunca se supo más de él.

Vivía un tanto alejado del pueblo, las pocas veces que podía convivir con otras personas, era cuando iban al pueblo a comprar lo que en el cerro no podían conseguir. También para vender lo que ellos recolectaban en el lugar donde vivían: algodón de pochote, mango barranqueño, ciruela amarilla, pitayas de todos los colores, guamúchiles, guaches, conchitas del río, plumas de coa, elotes, calabazas y lo más preciado: miel de abeja.

Este último producto lo obtenían con la ayuda de don Nieves, un viejo amigo de su abuelo. Él era el único que se atrevía a subir a los alto de los cerros, amarrarse de los árboles, y bajar para castrar las colmenas que se formaban en los acantilados del cerro.

Don Nieves era una figura de autoridad para Manuel, pues lo consideraba un hombre valiente como ninguno, pero al mismo tiempo, también le tenía un poco de coraje, puesto que lo regañaba por tratar mal a su hermana y madre. Para rematar le decía: «Por eso ninguna mujer te quiere para marido», esa frase y sus malas experiencias amorosas lo fueron marcando de por vida.

Don Nieves les había conseguido un lugar para ofrecer sus productos en el tianguis de Juchipila. Dada la buena reputación que tenía don Nieves, la gente pronto atendía la recomendación y compraban en el puesto de doña Fátima, la madre de Manuel.

Una tarde a la choza del río, llegó un hombre que vestía un tanto raro para lo acostumbrado en el pueblo. Fue recibido por Avelina y Manuel, pronto aquel hombre se presentó con un tono de voz altanero:

—Hola, soy Raúl Ordóñez , trabajo como arqueólogo. Vengo desde Guadalajara porque me han dicho que aquí Manuelito, conoce muy bien el Cerro de las Ventanas.

Avelina, de manera amable le contestó:

—Así es señor, mi hermano tiene desde bien chiquito que anda por todo el cerro y lo conoce muy bien. Bueno, casi muy bien ¿pero qué anda buscando usted, señor?

—Verá, cómo lo mencioné antes busco… algo que tenga que ver con objetos o construcciones que dejaron los indios.

Avelina hizo una pausa, dudando si contar o no lo que ella sabía, lo pensó un momento. Al recordar que aquél hombre se presentó como un arqueólogo; creyó que sus intenciones eran buenas.

—Mmm, pues desde que tengo memoria mi mamá me llevaba a un lugar a dejar muchas muchas flores y frutas, dice que se hace eso para agradecer los frutos de las plantas y los arboles. Luego le sopla a un caracol para llamar al Dios de las Abejas y se pone a decir unas palabras en lengua de los ancestros. El lugar tiene así como muchos escaloncitos, en la parte alta una figura de un mono colgado boca abajo, este tiene cuerpo de persona y alas como de abeja.

El arqueólogo cerró ligeramente los ojos, se quedó pensando un momento y en tono curioso le preguntó a Avelina

—¿Alguna de las palabras que dice es: Ah Muzenkab?

La chica hizo una afirmación con la cabeza, entonces aquel hombre supo lo que era dicho lugar: un altar dedicado al dios maya de las abejas: «Ah Muzenkab». Le pareció algo raro, puesto que el Cerro de las Ventanas se encontraba al sur de Zacatecas; demasiado alejado de los territorios de aquella antigua civilización.

Al reflexionar sobre la rareza de la situación, puso cara de sorprendido, mostró una sonrisa perversa y con tono codicioso le dijo a Avelina:

—Sabe usted señorita, lo que me acaba de mencionar nos puede dejar un gran negocio. Solo necesito que me lleven a ese lugar, yo traeré a mi gente y nos llevaremos la escultura. El comprador me mandó personalmente, les daremos tanto dinero que ya no necesitarán trabajar ni vivir en este salvaje lugar, ¿qué le parece la oferta señorita?

Avelina no aceptó pues tenía mucho respeto por las enseñanzas de su madre y los ancestros. Sin embargo Manuel tomó otra decisión e intervino la negociación:

—¡Yo también sé dónde está ese lugar! Las he seguido un par de veces a escondidas, a mí nunca me han querido llevar. Dicen ellas que yo no tengo el don. Pero ya me cansé de estar en este lugar, me la paso subiendo y bajando estos malditos cerros buscando que comer; nadie me da trabajo porque a la gente le da miedo eso que hacen mi madre y mi hermana.

En ese momento la madre de los muchachos salió de atrás de un árbol, todos se asustaron porque no sabía que estuviera ahí.

Fátima la madre de los chicos, con tono molesto se paró frente al hombre y le dijo:

—Está usted loco, señor, es gracias a esa figura que tenemos siempre algo que comer en el cerro. Si se la llevan de aquí las siembras no darán cosechas, ni los arboles darán frutos

El hombre con su tono altanero y burlándose le dijo a la mujer:

—Pero, señora, ¡qué pensamiento tiene! Esas cosas que me dijo su hija son puras tonterías, no sirven para nada. Pero respetando su creencia igual le digo: con lo que vamos a ganar no van a tener que trabajar nunca más. Mi comprador es un arqueólogo checoslovaco llamado Alesh Hasrlichka. Él ya había escuchado de ese lugar en una ocasión que vino a hacer sus estudios, pero nadie se atrevía siquiera a buscar el lugar. A mí me pidió que viniera a encontrar esa escultura y llevársela sin importar el costo.

—Pues será muy estudiado y rico el viejo aquel, pero no sabe nada de lo que pasaría si se llevan la figura de su altar. Sobre todo, lo que les pasará a los que se atrevan a moverlo de ahí.

El arqueólogo se molestó por las amenazas de la mujer, entonces con tono agresivo le dijo:

—¡Uy! Qué miedo pinche vieja, aparte de pendeja ahora resulta que me amenaza . Pues sepa que ya hablé con el dueño del cerro, ya le di su parte a él y usted no va a detenerme.

Raúl Ordóñez sacó de entre sus ropas una bolsa llena de monedas de plata, la que abrió frente a Manuel y le dijo:

—Mira muchacho así como esta, tengo otras diez bolsas para darte. No seas igual de pendejo que tú madre y tu hermana, con esto puedes comparte lo que quieras, hasta una casa en el pueblo. [Te las daré, pero solo si me llevas a ese lugar.

Manuel con cara de ambición y locura comenzó a caminar en dirección de aquél lugar. Su madre intentó detenerlo, pero el joven fornido se zafó fácilmente. Enseguida entre su madre y su hermana le cerraron el paso para intentar detenerlo. La ambición cegadora lo hizo reaccionar de forma violenta: lanzando una brutal bofetada a su madre, la mujer se desvaneció bruscamente estrellando su cabeza contra una afilada piedra. La sangre brotó a chorros y pronto su madre comenzó a convulsionar, sacudiéndose de forma anormal.

La hija pronto reaccionó: se acercó a su madre, puso la cabeza de la mujer herida sobre sus piernas. Entonces comenzó a llorar e insultar.

Mientras la madre convulsionaba, de su boca se escuchaba recitar una oración en alguna lengua desconocida para Manuel y Raúl, pero no para Avelina quién prestaba atención y repetía las palabras en voz baja para después recordarlas:

Yuum le kaabo’obo’

Ko’oten tuméen múultuune’

Ku yokol tin wíinkilil

Ts’áaten a páajtalil

Kíinsik le wíiniko’ob.

Teech ka k’áata’al…

Antes de poder terminar la oración, la madre lanzó un último suspiro y con la mirada dirigida hacia Manuel. Había fallecido.

Avelina puso su cabeza junto a la de su madre, lloró desgarradoramente por unos segundos. Después se quedó en silencio. Temblando de coraje, con sus manos limpió sus lágrimas que se mezclaron con la sangre de su madre, tomó un collar que traía en el cuello la difunta, lo arrancó y llevándolo a su pecho recordó y terminó aquella oración que había dicho su madre:

Yuum le kaabo’obo’

Ko’oten tuméen múultuune’

Ku yokol tin wíinkilil

Ts’áaten a páajtalil

Kíinsik le wíiniko’ob.

Teech ka k’áata’al Ah Muzenkab*

En ese momento, entre los cerros se escuchó el eco de un colosal enjambre que se acercaba. Desconcertados, el par de hombres buscaron en el cielo y vieron como unos segundos después, todo se oscurecía por aquel enjambre de miles y miles de abejas.

El arqueólogo tratando de ser inteligente corrió al río, pues había escuchado que entrando en el agua las abejas no te atacan; pero antes de entrar al río fue alcanzado y envuelto por el enjambre que lo elevó al cielo. El hombre se sacudía y trataba de arrancar aquellas abejas que rodeaban su cuerpo, solo consiguió que lo atacaran. Aquellas abejas no eran normales, sus aguijones parecían más bien largas y afiladas agujas negras que llegaban a traspasar el cuerpo del hombre. Su veneno producía al instante gigantes llagas rellenas de negra pus, las cuales estallaban poco después provocando hemorragias por todo su cuerpo. Los gritos de dolor de aquel hombre se intensificaron conforme su cuerpo iba estallando: primero fueron sus piernas y brazos, dejando sus huesos al descubierto bañados en sangre y pus negra. Después su abdomen se inflamó tanto que parecía un enorme globo, al estallar, todos sus órganos quedaron expuestos y colgando. Finalmente, cuándo su cabeza se volvió una enorme llaga que al explotar, lanzó masa encefálica por todos lados. Las abejas se dispersaron y desparecieron, desde lo alto dejaron caer frente Manuel y Fátima aquella grotesca y asquerosa deformidad que se habían convertido en los restos del ambicioso arqueólogo.

El chico estaba paralizado de miedo, llorando de locura y desesperación. Su cuerpo comenzó a temblar cuando miró que había algo raro le sucedía su hermana.

La chica levantó la cara, sus ojos se ennegrecieron totalmente, sus dedos se habían secado y podrido adquiriendo forma de afiladas púas. Metió dos de ellas en el extremo de su boca y cortó sus mejillas, al instante brotaron unas especies de tenazas dentadas de ahí. Después clavó las púas en su propio cuerpo, arrancando las costillas y separándolas del esternón. Las costillas se abrieron formando una especie de alas que se alargaron. Su columna se encorvó, y el coxis le creció hasta sus rodillas, tomando la forma de una afilada lanza.

Manuel no podía soportar lo que veía: sentándose en el suelo, cerrando los ojos, tapando sus oídos y llevando su cabeza hacía sus rodillas, comenzó a llorar desenfrenadamente. Unos pocos segundos después todo era silencio. El chico se percató de ello, dejó de llorar, y aún con un poco de miedo, fue quitando lentamente sus manos mientras limpiaba las lágrimas de sus ojos.

No se encontraba nada extraño a su alrededor: ni su hermana, ni su madre, ni el cuerpo del arqueólogo. Pensó que se había quedado dormido y había tenido una pesadilla. Manuel se levantó, decidió ir hacía su choza para pedir disculpas a su madre y hermana por todas las ocasiones en que las había ofendido.

Llegó al árbol de mango que estaba a un lado de su casa, tuvo la sensación de que algo lo miraba desde arriba. Al voltear encontró aquella monstruosidad en la que se había convertido su hermana, quiso correr de inmediato, pero apenas dio unos cuantos pasos, sintió como algo le atravesaba la espalda y salía por su pecho.

Era el aguijón de aquel monstruo que lo elevó del suelo. El pico del aparato bucal de aquel ser, se introdujo por la boca de Manuel, este sentía ahogarse por aquel grueso órgano que impedía el paso de oxígeno a su pulmones. Sintió un inmenso y desesperante dolor cuándo todos sus órganos eran poco a poco destruidos por una dura y dentada lengua que molió todo a su paso. El chico se sacudía, manoteaba y pataleaba de aquel insoportable dolor. En su interior todos sus órganos habían formado una repulsiva pulpa sustanciosa de sangre, excremento y orina. Sirvió de alimento para el monstruo en qué se había convertido su hermana Avelina, quien succionó todo aquello.

Después de esto, en los pocos minutos en el que el cerebro de Manuel seguía haciendo funcionar su vista y su tacto; miró y sintió como aquel ser lo bañaba de una viscosa sustancia cálida que envolvió su cuerpo. Después de esto, el monstruo se elevó por los cielos con el cuerpo de Manuel. Lo último que miró aquel chico, fue el enjambre de abejas que acompañaba el vuelo del monstruo, hacía una oscura cueva en el cerro.

Tiempo después a don Nieves se le hizo raro no ver a la familia en su puesto del tianguis. Fue a buscarlos a la choza pues había escuchado del arqueólogo que andaba preguntando por Manuel. Al llegar a la choza no encontró a nadie, pero aprovechó la vuelta porque en una cueva cerca de ahí, siempre se formaba una buena colmena.

El señor subió al cerro, llevaba consigo unos pasojos de vaca, los cuales encendió para producir humo. Con cuidadosa puntería, los dejó caer al interior de la cueva.

Pronto un centenar de abejas salieron de la cueva. Don nieves amarró su cuerda a un árbol luego, lanzó la punta hacia abajo y enredo un tramo a su cintura. Comenzó a bajar cuidadosamente por las paredes del cerro. Al llegar a la cueva, desató la cuerda y se acercó cautelosamente para no llamar la atención de las abejas. A los pocos segundos se escuchó un grito de desesperación que retumbó por entre los acantilados de los cerros. Nieves trepó rápidamente y se fue corriendo para la iglesia, le platicó al cura lo que había visto. La gente que lo había mirado entrar, pronto especuló que se trataba de la familia que vivía en el río .

Después de ese día, el pobre hombre tenía pesadillas todos los días, nunca más volvió a castrar una colmena. La última vez que lo vieron treparse a un cerro, fue para lanzarse desde lo alto y terminar con su vida.

El cura y el doctor del pueblo, quedándose solos en el panteón después del entierro de Nieves, conversaron lo siguiente:

—Me dijo que encontró el cuerpo de Manuel en perfectas condiciones, totalmente recubierto de cera

—Había escuchado que la cera de abeja tiene propiedades hidratantes y frena la aparición de arrugas; pero tanto así como preservar el cuerpo de una persona que pudo haber muerto hace un mes, yo no lo creo .

—También me dijo que el cuerpo tenía en su interior mucha miel de abeja.

—Entonces esa sería la razón por la cual el cuerpo no se había descompuesto, la miel tiene propiedades antibacterianas. Pero se me hace algo exagerado por el calor que hace todo el año en la región.

—Pero esa no fue la razón por la cual aquel hombre quedó traumado.

—¿Entonces cuál fue?

—Dijo haber visto un ser horrible colgado de lo alto de la cueva, como si fuera una mujer con el cuerpo deformado, parecido al de una abeja. Aquel ser y él se observaron mutuamente, incluso le habló y reconoció su voz. Fue ahí donde le hombre comenzó su locura.

—Pues esa última parte si está muy fantasiosa la verdad, yo creo que a lo mejor había comido peyote o…

De repente una voz de mujer interrumpió al doctor:

—Recuerde que la ciencia aún no lo ha podido explicar todo, mi querido doctor.

El doctor reconoció la voz de aquella mujer.

—Mi querida amiga y casi colega, Matilde. Veo que no has perdido tu don de andar de chismosilla escuchando platicas ajenas.

—Ni tan ajenas doctor, usted sabe que esos terrenos son míos . Y dígame, señor cura, ¿qué pasó después?

El cura un poco desconfiado por no saber quién era la mujer, dio un rápido fin a la historia:

—Nunca nadie más volvió siquiera a mencionar la existencia de la familia de Manuel y mucho menos de aquel extraño altar del Hombre Abeja por el que el arqueólogo había preguntado.

Matilde respondió:

—Es mejor que así sea. Dígales en misa a los hombres que no deberían levantar nunca la mano en contra de ninguna mujer, los hombres están para proteger, para eso deben usar su fuerza y para trabajar. Porque luego la mujer tiene otros medios para vengarse.

En cuanto Matilde dijo estás palabras, un fuerte zumbido de abejas se escuchó cerca. El par de hombres se tiraron al piso asustados temiendo el ataque de las abejas. Pero a los pocos segundos después, el enjambre se había ido, los hombres se levantaron y se percataron de que Matilde había desaparecido.

*Dios de las abejas

Ven por la pirámide

Entra en mi cuerpo

Dame tu poder

Mata a los hombres.

Te lo pido

Dios de las abejas

Ven por la pirámide

Entra en mi cuerpo

Dame tu poder

Mata a los hombres.

Te lo pido Ah Muzenkab

Entrevista a Armando Saldaña


Armando Saldaña Salinas es escritor, guionista, traductor, empezó a publicar profesionalmente en el año 2000. Ganador del Premio de Primera Novela “Sergio Galindo” 2017 por LEYENDAS DEL CAFÉ HABANA. Mención honorífica Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2018 por LA CANCIÓN DE DURANDAL. Tiene casi diez libros publicados, entre novelas y colecciones de cuentos, en papel y formato digital, todos disponibles a través de Amazon. Escribe reseñas de cine, televisión y comics en publicaciones varias, entre ellas la revista SuperSonic de España, las revistas Horizontum y Comikaze en México, así como en los portales de Lee+, Bunker, Metrópoli Ficción, Opción (la revista cultural del ITAM), y la Revista Digital de la UNAM.

Entrevista realizada el día 29 de noviembre 2023 en Desposeidxs, la guarida cyberpunk.

Colectivo Delfos: Quisiéramos que nos platicarás respecto al panorama de fantasía-ciencia ficción que existe en México, por ejemplo, la producción contemporánea, ¿cómo la ves? ¿Qué opinas?

Armando Saldaña: Pues mira, yo la verdad estoy de acuerdo de que no estamos donde deberíamos de estar. Pero cuando escucho gente quejándose de la escena editorial en México de géneros de fantasía, ciencia ficción, de terror, inclusive; la verdad estamos mucho, mucho mejor de cuando yo empecé. Claro, como tú sabes, soy ancianito yo empecé hace mucho. En mis tiempos para empezar no había mercado, para serte honesto; si te iba bien, pues algún conocido publicaba un fanzine, y ahí tú podías meter de alguna manera un texto tuyo. Pero en cierta forma como que la recompensa, pues era esa, que te iban a publicar. Obviamente no había dinero, nadie te pagaba; y la verdad como era fanzine de amigos por amigos para amigos, pues la distribución era muy limitada. Muy poca gente te leía, entonces la verdad era un mercado completamente distinto. fanzine de amigos por amigos para amigos, pues la distribución era muy limitada.

Te estoy hablando de fines de los noventa, todavía pre-internet. En esa época “prehistórica” era muy difícil darte a conocer, no tanto tú, pero tu obra, tus escritos. Mientras que ahora con internet, es ya otro mundo. Puedes mandar tus textos a editorial para que te hagan dictamen, los puedes mandar a un concurso para intentar ganar algo de dinero, algo de plata. Y a lo que voy es que gracias al internet, ahora lo puedes hacer gratis. Puedes mandar el texto digital, en otras palabras.

En mi época si era un concurso de novela, pues tenías que imprimir tu mamotreto de trescientas páginas por triplicado, obviamente pagarlo tú, engargolarlo, mandar esos tres mamotretos en un sobre y si era un concurso extranjero —porque yo participé un par de veces en un concurso de España—, pues imagínate lo que me costaba mandar casi un kilo de texto y papel a través del Atlántico.

Recuerdo una vez participé en un concurso de novela en España y fueron casi mil pesos, ¡del puro envío! Cuando yo sabía que lo más seguro es que no iba a ganar, entonces si era muy oneroso, la verdad, pues obviamente quién tiene para andar gastando mil pesos; además, no participas en un solo concurso, intentas participar en varios. Mientras que hoy en día, ya tienes la opción de que leen tu texto en digital, están dispuestos, ya sea en PDF o en Word o lo que tu quieras. Pero es gratis. En otras palabras, aún si te dice que no, bueno, a lo mejor perdiste tu tiempo, tu ilusión; pero no te costó un centavo. Puedes volver a intentar e intentar hasta que pegue con suerte y no te está costando nada. Mientras que antes sí era una inversión demasiado costosa.

Ahora es, no sé, por eso mismo a lo que iba, una de las cosas que se ha mejorado la escena aquí en México, es que por el mismo internet ahora más personas participan. Ya no es un monopolio anglosajón, ya hay inclusive mujeres escribiendo y publicando; que ahora podrá parecer poca cosa, pero en mi época era… ¡¿Mujeres? Existía este estigma social de que la gente que leía ciencia ficción y fantasía, pues eramos puros hombres. Existía esta fantasía de que esto es para desadaptados, no es para mujeres; cuando por el contrario, la mayor cantidad de lectores que había era entre el público femenino. Pero no tenían esta apertura, si intentabas publicar un texto y tu nombre era de mujer, pues ya desde ahí, como que era una traba. Entonces esto como que se ha abierto poco a poco, estoy de acuerdo en que no estamos donde deberíamos estar. Pero la verdad, yo veo el mercado editorial en latinoamerica, para no solo incluir a México mucho, mucho más saludable a como estaba en mis épocas.

Colectivo Delfos: En esta evolución que comentas, está esa apertura femenina; desde los noventas para acá, los últimos treinta años, en cuanto a temáticas, ¿crees que ha variado? ¿Seguimos en las mismas?

Armando Saldaña: Por supuesto, vaya, el chiste de que haya mujeres escritores es precisamente, no por cuestión de ideología, sino que tienen otras preocupaciones distintas a las de un hombre. A lo mejor una mujer se va a preocupar por cosas que a mí, no es que no me preocupe, pero no es lo primero que yo quisiera publicar en un texto. Entonces si tu lees un cuento de Gaby Damián, por ejemplo, pues va a tener otras preocupaciones que yo no reflejaría en mi obra, que un escritor masculino no reflejaría. Claro, lo estoy poniendo de una manera muy simple, muy blanco y negro, pero sí me parece que ahora la temática se ha expandido. A que ahora tenemos este influjo de mujeres escritoras escribiendo textos de ciencia ficción y fantasía.

Colectivo Delfos: En tu presentación el sábado pasado, comentabas respecto a la ciencia ficción dura y blanda, ¿cómo definirías una de otra?

Armando Saldaña: Bueno, para mí la definición está muy fácil: ciencia ficción dura es más importante el aspecto ciencia que la de ficción; es decir, ciencia (ficción) dura, la trama depende, su resolución depende de algún aspecto de la tecnología. Es decir, si tienes que ser, existe este cliché, de que son textos escritos por ingenieros para ingenieros, que de nuevo es muy simplista, pero hasta cierto punto creo que lo expresa muy gráficamente. Por que sí, no cualquiera puede escribir ciencia ficción dura —a riesgo de sonar pedante— creo que sí necesitas tener cierta preparación, e inclusive, lo ideal es que no, pero me parece que, necesitas tener cierta preparación para entender y apreciar lo que te está intentando dar el autor.

Por eso mismo, inclusive en Estados Unidos, no es un problema solo de México o Latinoamerica; por ejemplo la revista Analog, que se dedica exclusivamente a ciencia ficción dura porque ahí sí, es más para académicos; mientras que los que pretenden una ciencia ficción más literaria, compran Asimov, Fantasy Science Ficcion; ya saben a lo que va, a ellos les interesa más el desarrollo de personaje, les interesa más la trama, inclusive, la prosa que tenga un nivel literario mínimo. Mientras que en ciencia ficción dura, de nuevo no es general pero la mayoría, el escritor de ciencia ficción dura no se preocupa tanto por esos aspectos. Yo conozco, por ejemplo a varios amigos aquí en México que para ellos el atractivo de la ciencia ficción es como una especie de promover las ciencias. Gente que da clases en la UNAM, por ejemplo, son muy fanáticos de Paul Anderson, inclusive del buen doctor Asimov que en su época por supuesto, hoy ya no se consideraría quizá ciencia ficción dura, hay que entender que fue hace ochenta, setenta años. El chiste y hasta cierto punto de la ciencia ficción dura hoy, es que estás leyendo de vanguardia. Es un algún lector que se leyó su Scientific American, ya ni siquiera es revista —me estoy balconeando lo viejo que soy— lo habrán leído en línea, habrán visto algún concepto científico que da sentido de la maravilla, como cuando leyeron de la nanotecnología en los años ochenta o las Esferas de Dyson en los años setentas, ¡ah, que interesante! Y de alguna manera, construir un texto una obra alrededor de ese concepto como lo hizo Niben con mundo anillo. Y es lo que sin ser yo así, no soy científico, no es mi formación, yo soy economista.


Disfruta de la entrevista completa en nuestro canal de Youtube Colectivo Delfos TV.

El rugido

Autor: Ynad Bond


Nunca le presté atención a los detalles de la vida, y aquel día no fue la excepción. Comenzó como cualquier otro en la ciudad; corrí hasta la oficina, no tuve tiempo de despedirme de mi familia, ni de hablarle a mis padres. Iba con prisa, como siempre.

Ante mí tenía una enorme pila de trabajo esperando disminuir, como siempre, estuviera yo o no, el trabajo nunca terminaría, no obstante, la paga era buena y era lo único que me importaba. Jugaba con el teclado mientras esperaba la actualización de mi computadora, como dije, un día normal hasta que todo se movió a mi alrededor. Me pregunté si era solo yo o si el estrés por fin me estaba afectando, hasta que los artículos de la oficina cayeron al suelo y mis compañeros dieron la señal de alarma.

Un sismo no era algo que tomáramos a la ligera, salimos de la forma más ordenada posible hasta que un extraño ruido, similar a un rugido, nos paralizó a todos, nos miramos unos a los otros, quizá era un rechinido del mismo edificio, una señal de que podría caer. Salimos corriendo hacia la calle y esta nos recibió con una densa nube de polvo, gente llena de pánico que gritaba por ayuda y autos accidentados. El pavimento a mis pies se agrietaba a una velocidad anormal, el agua de las tuberías salía a chorros y en medio del caos pude ver una gigantesca garra que apareció de entre el polvo, disipándolo. Y de nuevo el rugido, una mezcla del lamento de una ballena y la furia de un oso.

Una densa nube de polvo surgió de la nada, cubriéndonos a todos. Yo caí al suelo, sintiendo las pisadas de la gente a mi alrededor, incapaz de levantarme o de siquiera ver. No podía creer que este fuera mi final. El suelo se movió con mayor violencia y comenzó a cuartearse, y en un solo instante, la nube de polvo se disipó y una enorme pila de roca surgió ante mis ojos… solo que no era roca ni tierra, era piel, una gigantesca garra aferrada al concreto justo frente a mí.

El terror de contemplar algo tan grande, algo que desafiaba mi concepto de realidad, no me permitió correr. La garra se levantó desprendiendo escombros a su alrededor; en ese momento me percaté de que en realidad se trataba de la punta de un apéndice aún mayor, similar a una aleta que al retraerse se enrollaba alrededor de un brazo gigantesco. Miré hacia arriba, con lágrimas en mis ojos y vi cientos o miles de tentáculos que colgaban de un cuerpo gris; los tentáculos se movían al unísono y otro brazo cayó frente a mí, ejerciendo una gran fuerza en el piso para poder arrastrar a la colosal criatura.

El movimiento se detuvo y del cielo descendió lo que parecía una ballena jorobada, sus aletas se levantaron y dos ojos rojos ocultos se revelaron ante mí. Era un monstruo de proporciones gigantescas, y la punta de su cabeza era una maldita ballena. Los ojos me miraron por eternos segundos y una lágrima escurrió por uno de ellos. Los tentáculos se movieron hacia otro ángulo, apuntando hacia el frente de la criatura, y la aleta de ballena regresó a su lugar, para ocultar aquellos ojos que me observaron. Otro par de poderosos brazos golpearon el piso y la parte delantera de la criatura se elevó, emitiendo una vez más ese sonido abrumador y a la vez increíblemente triste.

No tardaron en llegar los policías junto con el ejército con sus sirenas activas y sus vehículos de guerra. La criatura parecía responder al sonido que hacían los jets de combate al pasar por encima. Debí correr, pero mis piernas no respondían, entonces comenzaron las explosiones. Solo fui capaz de ver el fuego rojo con negro y la onda expansiva me arrojó hacia las ruinas de lo que había sido un elegante edificio, sumiéndome en la oscuridad. Desperté con el rostro en el suelo, aspirando el polvo y una tos incontrolable, me dolía respirar, uno de mis oídos no funcionaba y mis ojos no paraban de llorar. Me levanté sin saber cómo lo logré y caminé como si estuviera en un sueño, bamboleándome, sin poder ver bien. Pensé en mi familia, en mis amigos, si se encontraban bien y a salvo, solo entonces consideré mi situación: si moriría en medio de esta destrucción, si este en verdad era el fin… También medité en aquella criatura, no parecía solo una bestia, pues al ver esos ojos, incluso llegué a pensar que poseía inteligencia y sentimientos.

Caminé sin rumbo en medio del caos hasta que una mano fuerte me sujetó por la espalda. Giré mi rostro y pude ver que se trataba de un soldado que movía su boca hablándome sin que yo pudiera escuchar nada más que un pitido; ni siquiera me preocupé si me había quedado sordo, solo miraba como me hablaba sin decir nada y señalaba hacia una enorme grieta en el concreto que conducía a un gigantesco cráter. Debía medir lo mismo que un estadio de futbol y sin duda era allí donde la criatura se refugió.

El soldado me dirigió hacia un sitio seguro, donde varios refugiados y heridos estaban descansando, había comida y agua que daban los militares, así como tiendas de campaña para poder descansar y personal médico que no dejaban de moverse. Me llevó hasta una de las tiendas de lona donde me ofrecieron un plato con comida y un lugar para sentarme, por desgracia, al intentar tomar una de las botellas de agua se me resbaló de las manos. Al principio pensé que solo estaba nervioso, intenté cerrar los ojos para descansar, pero no podía pensar en nada más que en esos ojos rojos mirándome, analizándome, juzgando mi alma.

No podía soportarlo más, me alejé de la base y regresé hasta el gigantesco hoyo por donde escapó el monstruo. Quedé frente a aquel abismo negro por mucho tiempo, sin poder recordar a mi familia, ni a mis amigos, ni siquiera mi nombre… toda mi mente estaba centrada en esa mirada. Tomé una decisión y descendí por el escabroso camino, con precaución para no caer y morir. Conforme descendía, la oscuridad era más densa, no podía ver nada, sin embargo, sabía exactamente el camino que debía tomar. Atravesé tuberías, vagones de tren subterráneos y cuevas con pequeños ríos, sin perder nunca mi rumbo, sin percatarme que era observado por cientos de ojos no humanos.

Avancé hasta que un animal se interpuso en mi camino, tenía un caparazón como si fuera un cangrejo, con largas antenas, era casi de mi tamaño, sus seis patas largas le permitían moverse con rapidez a través de las rocas. Entonces sus tenazas se abrieron y mostró unas manos parecidas a las mías, en su asqueroso rostro de insecto se formó una sonrisa. De manera inesperada, sentí un terrible peso que me derribó y, casi sin aliento, vi como decenas de criaturas similares se abalanzaron sobre mí, me sujetaban con fuerza para inmovilizarme, mientras yo me resistía presa del pánico.

Una de las criaturas insectoides se acercó a mí, uno de sus dedos sostenía un gusano que se retorcía en el aire y lo colocó sobre mi estómago. Grité, luché y me desesperé, intenté con todas mis fuerzas moverme para quitármelo de encima; todo era inútil, el gusano se arrastró dejando un rastro de baba sobre mi cuerpo hasta que llegó a mi rostro. Podía sentir la humedad en mi piel, aunque movía mi cabeza de un lado a otro con violencia, el gusano se posó en mis labios y luchaba para poder abrirse paso a través de ellos. Deseaba gritar, pedir ayuda, pero si lo hacía, esa cosa entraría en mí. Cerré mis ojos, esforzándome por mantener mis labios apretados hasta que el gusano cambio de objetivo y entró por mi nariz. Me quemaba por dentro, lloré e intenté gritar sin éxito alguno, esa cosa bloqueaba mi garganta al grado de impedirme respirar. Dejé de resistirme, mi cabeza daba vueltas y la imagen de aquel ojo misterioso regresó a mi mente.

Para mi sorpresa no estaba muerto, al menos aún no. En lugar de eso desperté en un lugar frío, solo y oscuro, un pequeño rayo de luz se filtraba por el techo, mostrándome que se trataba de una gigantesca cueva con estalactitas en el techo por donde goteaba el agua y el sonido que hacían las gotas al caer resonaba por todo el lugar. Lo primero que hice fue sentarme y de inmediato sentí el ardor en todo mi cuerpo, las náuseas y el dolor de los huesos, sentía como si me hubieran dado una paliza. Intenté ponerme de pie sin lograrlo, entonces un aterrador sonido hizo eco en toda la bóveda, un sonido similar a un lamento inhumano que hacía vibrar mis huesos. En ese momento una luz roja apareció frente a mí. Como un insecto me dirigí hacia ella, y de pronto se volvió enorme, un gran círculo rojo y sin avisar, apareció otro círculo rojo… se trataban de ojos.

—Has venido.

Retrocedí lleno de terror, no podía hablar, tal vez en verdad estaba muerto.

—No estás muerto… aún.

Caí de rodillas al borde de la desesperación, ¿qué estaba pasando? ¿Quién me hablaba?

—No tengo nombre, y al igual que tú y tu raza, estoy perdido en este mundo.

¿Mi raza? Esos ojos, ya los había visto antes.

—Nací en un sitio como este, rodeado de oscuridad; fui atacado, mi existencia se vio en riesgo y tuve que huir: Pero estaba muriendo, muriendo como las criaturas con las que comparten este planeta: podía sentir su dolor, su sufrimiento, su agonía al perder la vida con lentitud en aquellos mares que alguna vez fueron la fuente misma de vida. Así que solo las abracé; las abracé para reconfortarlas, para aminorar su dolor, para que no estuvieran solas al momento de perecer.

Era la criatura gigante… ¡Estaba hablando conmigo! No, no hablaba, se comunicaba de manera diferente al sonido. Podía escuchar su voz ¿En mi mente?

—Por desgracia, el veneno que rocían hasta el fondo de sus océanos me cambió, me afectó y el gesto que debía ser de amor, se convirtió en uno de transformación. Dejé de ser quien era y me convertí en lo que debía ser.

—¿Quién eres? ¿Qué eres? —Grité con mi voz a punto de quebrarse.

—Fui formado en las oscuras aguas de la profundidad más extrema. Recorrí caminos que con su sola existencia aniquilarían humanos como tú; navegué a través de ríos de lava por el centro del planeta y pude sentir como sufría nuestro hogar.

Esto no tenía sentido, estaba loco por completo. Me levanté, no podía ver nada, los ojos desaparecieron y una luz me cegó; froté mis párpados con ambas manos para recuperar la vista. Entonces la vi, la criatura se encontraba justo frente a mí, tan gigantesca como el rascacielos más alto y de una forma que me atormentaría en mis más oscuras pesadillas. Pero lo más inquietante era su voz y el mensaje que transmitía:

—Yo nunca debí existir, sin embargo, a causa de su raza estoy aquí. Y defenderé mi nuevo hogar de cualquier amenaza que surja dentro o fuera de él. Te has convertido en mi heraldo y te comisiono para que lances una única advertencia… Todavía pueden sobrevivir algunos, no me genera placer lo que debo hacer, actuaré por el bien de todos los seres vivos en este planeta. Si les adviertes a los de tu raza, a los tuyos, todavía existe la esperanza de salvar a los que te escuchen.

En mis ojos se reflejaba la figura que se comunicaba frente a mí: brazos enormes, seis de ellos que podían ser garras o aletas, tentáculos que caían por todo su vientre hasta el pico de su cabeza, que parecía tener una ballena jorobada; pero ese no era su rostro, por encima de sus brazos había cuatro pares de aletas, unas grandes y otras más chicas, allí estaba su rostro.

La criatura se alejó de mí, arrastrándose por el camino mientras podía ver como de su piel se formaban enormes llagas que amenazaban con explotar en cualquier momento, de su cola salían cientos de látigos gigantescos que terminaban en púas. A mí alrededor aparecieron decenas, cientos de esos extraños crustáceos humanoides que se arrodillaron ante el monstruo y al cabo de unos segundos, desaparecieron todos en la oscuridad.

Desperté aterrado, estaba en mi oficina, mi computadora estaba en su lugar, aún actualizándose, uno de mis compañeros de trabajo me observaba con curiosidad. Me levanté de inmediato y palpé mi rostro y cuerpo para saber si no estaba muerto, miré por la ventana y no vi ni un solo rastro de destrucción, el terremoto, la criatura… todo había sido una alucinación, una pesadilla.

Cerré mis ojos, tratando de olvidar, sin embargo, solo venía a mi cabeza aquellas palabras: “tú todavía puedes salvar a algunos” y de pronto un rugido estremeció el ambiente, un rugido que parecía el lamento de una ballena y la furia de un oso.