Al encuentro del Tecuán: sobre la pintura de Enrique García Bruno

Por Pedro Sacristán
Artista Plástico


Las imágenes que se muestran en esta entrada no son aptas para personas sensibles ni menores de 18 años.

El oficio del pintor consiste en transformar el lienzo plano en profundidad, la mancha en luz y el color en carnación, volumen y penumbra. Aquél que lleva esta labor un poco más lejos es quién, además de artífice, ejerce la alquimia al confeccionar sus propias pinturas con toda suerte de pigmentos, aglutinantes y moleta para pulverizar colores pacientemente.


Temple semigraso – Enrique García Bruno


Para quien ha hallado la dicha en la soledad de su oficio y ha domado la locura hasta capturarla en un cuadro, le es dado realizar pinturas que van más allá de lo que ofrecen aquellas obras inofensivas, amables a la vista y que se limitan únicamente a decorar espacios. La pintura, casi convertida en espejismo, en herida abierta y poema, así es como irrumpe el Tecuán en la mirada, con el ímpetu contrario a la atmósfera de calma decadente que caracteriza a las pinturas del género de las Vanitas.


Los Borrachos – Óleo sobre tela – Enrique García Bruno 2024.

Teyollocualóyan propiamente significa: el lugar donde devoran los corazones, esta obra pintada al temple y óleo conduce al espectador hacia un espacio atemporal, una especie de limbo donde la vida termina, las opciones se acaban y el último aliento solo basta para ser devorado.


Tregua – Dibujo a tinta – Enrique García Bruno 2020.

Tecuani es el jaguar, el que come gente, imagen de la muerte que se presenta al final del tiempo, poderoso y terrible como el Saturno de Goya suspendido en la negrura con el cuerpo roto de uno de sus hijos. La transfiguración entre el jaguar y la muerte ocurre bajo una iluminación tenebrista donde se distingue un cuerpo esquelético a través de las transparencias de la piel, la máscara del Tecuán desciende para dejar al descubierto la mirada penetrante del devorador de corazones que se yergue en la oscuridad mostrando garras y dientes en actitud amenazante, es imposible distinguir si se trata de un animal, una persona o una especie de nahual maligno posado sobre una pila de corazones partidos, una red de rojas pinceladas sugieren la sinapsis que conecta cerebro, corazón y estómago, solamente interrumpida por las zarpas del Tecuán cuya triple mirada persigue al observador.


Autorretrato (detalle) – Óleo sobre tela – Enrique García Bruno 2021.

«Teyollocualóyan (El Encuentro)» ilustra la portada del número más reciente de Fanzine Delfos, fue realizado en 2023 aproximadamente en mes y medio, sin bocetos ni trazo preliminar, revelándose a su autor a medida que lo iba pintando. Ésta imagen del momento final surge de los pinceles de Enrique García Bruno quien toma la máscara de la danza de los  Tecuanes de Puebla como fuente de inspiración y durante largas sesiones nocturnas, en compañía de los diablos que habitan su taller, mezcló temple semigraso, brujerías y fondos de aceite negro cocido con litargirio en varias capas para obtener una profunda atmósfera de pintura abierta, sombras en transparencia e impasto con blanco de plomo en las zonas más iluminadas.


In necuepaliztli in nantlalli (Retorno a la madre tierra) – Óleo sobre tela – Enrique García Bruno 2018.

Elementos  esenciales de su proceso son la disciplina, la vocación, la pasión y en definitiva la obsesión. La muerte está presente de manera constante en su obra junto al erotismo que, como pulsión de vida, ejerce un contrapeso ante el miedo y la desesperación. Teyollocualóyan oscila entre varios estilos que van desde el realismo imaginario, el arte visionario, dark art e incluso dark visionary; esta obra induce al espectador a un estado de vigilia como probablemente lo hizo aquel retrato terrible que Óscar Wilde pintó con la palabra.


Enrique García Bruno en el Foro Cultural Goya.

Enrique García Bruno es un artista versátil que ha incursionado en la aerografía, el tatuaje, la talla de ámbar y ónix, escultura e incluso taxidermia. Se presenta a sí mismo inmerso en un mundo de oscuridad, asumiendo el dolor de la muerte con la misma disposición que el placer, ejemplo de ello es su impactante autorretrato con el cráneo empalado en el tzompantli, en avanzado estado de descomposición y a medio comer por los gusanos, acompañado de una máscara cráneo de un sacrificado con cuchillos de obsidiana en nariz y boca; también se ha retratado en dibujos a tinta donde con cruel ironía se muestra con el rostro atravesado por dagas o cuervos sacándole los ojos que, de alguna manera recuerdan a los geniales autorretratos de Julio Ruelas quien solía representar su propia muerte como si se tratase de una broma del destino.


Cara de Niño (Holy Child) – Temple semigraso y óleo sobre tela – Enrique García Bruno 2021.


En la pintura de Enrique García Bruno se distingue una pasión por los temas mexicanos, los mitos prehispánicos, el día de muertos, el paisaje y el bodegón como un pequeño descanso cotidiano del dolor de la vida. El humor y la crítica a la sociedad también son algunos de los elementos que componen el cuerpo de sus obras, así como el desafío constante de hallar la belleza en lo grotesco y el placer en el dolor, ejemplos de esto son las pinturas «Cara de Niño (Holy Child)» e «Imagine» que fueron exhibidas junto con «Los Borrachos» en el evento de presentación del cuarto número de Fanzine Delfos en el Foro Cultural Goya el 30 de agosto, en una pequeña pero nutrida exposición en compañía de las pinturas de Gabriel García Morales y Mario Sánchez Martínez.


«Teyollocualóyan (El Encuentro)» formó parte de la exposición Felinos de México en la Sala de Exposiciones Alas de Libertad de la FES Cuautitlán durante el mes de agosto.

Instagram: www.instagram.com/enriquegarciabruno

Email: ap.enriquegb@gmail.com

Literomancia: el porqué del fanzine Delfos

Autor: Miguel Almanza


¿Por qué estoy haciendo el fanzine Delfos?

En primer lugar, a nivel personal cumple una necesidad artística y espiritual. Soy fanático de la fantasía y la ciencia-ficción, me fascinan las criaturas extrañas y los monstruos desde que era niño. También tengo cierta afición a coleccionar. Y creo que estos dos aspectos se combinan muy bien en editar cuentos e ilustraciones. También pienso que los escritores somos reorganizadores de conceptos, así como los editores, que en otra escala reordenan las ideas al determinar la presentación de una publicación. Y eso me gusta mucho, crear secuencias. Por otro lado, hacer un fanzine es el pretexto perfecto para que te conozcan y conocer gente en un tema especializado, es una forma de explorar el mundo.

Con el fanzine Delfos también quiero demostrar que mi selección y curaduría tienen sentido, busco que el lector no pueda soltar el fanzine desde el inicio, que no pueda resistirse a la tentación de hojearlo. Quiero dar muestra memorable de mi trabajo como editor y tallerista. Además nací en los ochentas y me atrae la tecnología, por lo que creo ser algo cyberpunk, y después de todo, ¿qué más cyberpunk que hacer un fanzine electrónico? Es ciencia-ficción hecha realidad.

¿Quién paga el costo del fanzine Delfos?

El costo monetario del fanzine es bajo, puesto que se trata de una publicación electrónica en PDF. El costo del dominio y el hosting del portal lo pago de mi bolsillo porque creo que estoy sembrando milpa digital para cosechar a futuro. No podemos remunerar a los colaboradores, pero abrimos un espacio digno, además de hacer difusión cultural; es un trueque colaborativo para tratar de dar a conocer nuestro trabajo. Es por ello que pienso, si te vas a dar a conocer, que sea con tu mejor trabajo posible. Y sí, requirió una inversión inicial, a veces he gastado en balde y sin planeación adecuada. Casi todos mis recursos iniciales se esfumaron en el primer año.

Aún así el costo de realización del fanzine es principalmente en tiempo y trabajo, del cual ejerzo buena parte. Claro que me ayudan otras personas, el medio electrónico nos brinda grandes ventajas, la colaboración se hace a distancia y cada quién en su momento. El mayor esfuerzo ha sido al principio para el desarrollo del concepto y después en el diseño, como quitar monte y arar la tierra. Ya después hacemos convocatoria y difusión por redes sociales (sembramos). Y de ese modo llegan, en cinco o seis meses, alrededor de cincuenta cuentos y una veintena de ilustraciones. Suficiente material para poder trabajar en una edición, que en cada convocatoria, ha ido creciendo en cantidad de participantes y calidad de obras. Así cosechamos dos fanzines al año.

¿Cómo hacemos el fanzine electrónico Delfos?

Al principio hubo tropiezos, como en todas las cosas, pero ya después, al momento de poner manos a la obra, fuimos cuatro creando el fanzine Delfos: Mayra, Yolanda, Marisela y yo. Con Yolanda, consultaba mis dudas de diseño; ella me daba recomendaciones y me corregía en este aspecto. Mientras que con Mayra me he apoyado en corregir los textos y consultar mis dudas editoriales. Creo que una revista se sostiene por dos grandes columnas: calidad de texto y calidad visual. Ambos aspectos son difíciles. Así que me he apoyado en ambas, a quienes les agradezco profundamente. La tercera persona que me ha ayudado es mi madre, Marisela Hernández, quien me ha aportado la logística y gastos: la computadora y sus periféricos, los servicios y el espacio físico. Es por eso que tiene el crédito de productora ejecutiva. La selección de cuentos y corrección la realizo yo principalmente, aunque también Mayra me apoya. En caso de empate técnico en la selección de cuentos, consulto al consejo editorial. Para seleccionar las ilustraciones votamos los miembros del consejo editorial del fanzine.

Para el fanzine Delfos 2, Yolanda se comprometió más con el proyecto y elevó el nivel de diseño, rediseñando el logotipo, pues ahora está mejor acoplado al concepto editorial. A partir del fanzine Delfos 4, la publicación ha crecido con la colaboración del artista plástico Pedro Sacristán como director de arte. Pedro nos propone artistas a invitar; de los cuales escogemos las tres posiciones más importantes de la revista: portada, páginas centrales y contraportada. Así agregamos las secciones de artistas invitados. La portada tiene una sola condición: debe rememorar o albergar características de lo mexicano y lo fantástico.

En cuanto a los programas, utilizamos software de código abierto, sin costo. Utilizo modeladores algorítmicos para “crear imágenes” que acompañan a los cuentos. También hago filtro de inteligencia artificial en los textos para verificar si fueron escritos por humanos.

Distribuimos el fanzine con la licencia Creative Commons, porque creemos en la libre difusión de la tecnología, la cultura y el arte. Y claro está, no contamos con grandes recursos, más allá de nuestra creatividad e imaginación. Además me gusta mucho el lema: “Hazlo tú mismo”.

Esta última frase también me motivó a crear esta publicación, pensé: ¿por qué no lo hago yo? Creo que a veces muchos esperamos “ser descubiertos”; ahora pienso que es mejor el autodescubrimiento, es decir, hacerlo yo mismo. Así me autodescubro ante ustedes con este trabajo, proponiéndome como escritor, editor y promotor cultural. Y les invito a lo mismo, autodescubrirse en este colectivo Delfos. Muchas gracias a todas las personas que han hecho realidad este sueño eléctrico.

Cuando los perros ladran en orden

Autora: Patricia Torres Herrera


Viví mi infancia al lado de mamá Viro, mi abuela materna, y mis tíos Rulo y Nina, hermanos de mi mamá. Vivíamos en un pueblito que se encontraba a varias horas de la ciudad de Morelia. Sobre una antigua carretera se podía ver un letrero de color verde desgastado con letras blancas, apenas legibles, que decía Churikua, palabra purépecha que significa “de noche”. Debajo del nombre había una flecha que indicaba la entrada al pueblo.

El camino que permite recorrer el pueblo es una pendiente, debido a que Churikua está construido sobre la espalda de un cerro. En aquel entonces, no éramos muchos habitantes, sin embargo, había diversas casas de adobe con tejados color arrebol a lo largo de aquel camino que cruza todo el pueblo. La casa de mamá Viro no estaba ni al inicio ni al final de ese camino. Podemos decir que vivíamos justo a la mitad, es decir, a media espalda del cerro. Aun así, cuando íbamos a la ciudad había que caminar mucho para llegar a la carretera y tomar el autobús. En época de calor era desgastante caminar bajo el sol, parecía como si lo fuéramos cargando, y en época de lluvias lo complicado era andar sobre el gran lodazal que se formaba en el camino.

Lo malo de ser un pueblito recóndito, como lo era Churikua, es que muchos de los grandes inventos, creados por los hombres de ciencia, no llegan o llegan mucho tiempo después. Así, en aquella época, nosotros no contábamos con servicio eléctrico a pesar de que ya existía; por ende no gozábamos de ningún instrumento, equipo o aparato que requiriera de electricidad, esto impregnaba de gran silencio la atmósfera de aquel lugar a cualquier hora del día. No obstante, la ausencia de luz artificial por las noches fomentaba la creación de numerosas historias de espantos entre quienes habitábamos aquel poblado.

Recuerdo que era muy común escuchar historias acerca de la existencia de las brujas. Se contaba que éstas salían a medianoche montadas sobre sus escobas, y la luz de la luna dejaba ver su reflejo en el cielo. Salían en busca de bebés y niños pequeños para chuparles la sangre y alimentarse de ellos, en el mejor de los casos, porque también se rumoraba que podían llevárselos y no se les volvía a ver jamás. Las mamás siempre tomaban sus precauciones al respecto, procuraban poner las tijeras de costura debajo de las almohadillas de los niños, las ponían abiertas en forma de cruz, se creía que aquello ahuyentaba la presencia de las maléficas y los pequeños quedaban a salvo.

También se decía que las brujas se acercaban a los hombres que transitaban de manera solitaria por el camino a altas horas de la noche. Nunca les hablaban de frente, solo se posicionaban detrás de ellos y les hablaban muy dulcemente tratando de seducirlos. Si lograban su cometido, al día siguiente el cuerpo del seducido aparecía desnudo y tirado en un barranco. Sobre el cuello amoratado se podían ver las marcas que habían dejado los dientes de éstas malignas.

Por eso, a manera de precaución, cuando a algún varón le agarraba la noche fuera de casa y tenía que transitar por el negro camino, siempre iba cantando a todo pulmón o chiflando, para no tomar el riesgo de escuchar el susurro de la bruja detrás de sí. Aunque, más bien, creo que lo hacían para ahuyentar su propio miedo.

De noche podías ver difuntos, al mismísimo diablo o seres de mediana estatura con ojos luminosos que salían de entre las milpas en busca de alimentos y mujeres. Cuando de niña escuchaba esas historias me provocaban mucho temor, tanto que sólo quería estar pegada a mamá Viro. Pero también llegaba a sentir mucha curiosidad porque, en realidad, yo jamás había presenciado nada de eso.

Mi vida cambio el día que la Muerte visitó el pueblo. Mi tío Rulo me contó que la Muerte visitaba nuestro pueblo cada cierto tiempo y que su próxima visita sería en dos días más. Le pregunté que a qué se debía su presencia, y él me dijo que lo hacía porque iba en busca de personas que estuvieran enfermas para llevárselas. También le pregunté que él cómo sabía cuando la Muerte estaba de visita y si alguna vez la había visto. Me dijo que nosotros los humanos no tenemos la capacidad para poder verla, los únicos que poseen esa cualidad son los perros y son ellos los que nos dan la señal de su llegada y presencia en el pueblo.

Me contó que sabría de su llegada porque, cuando la Muerte entra al pueblo, los perros de las primeras casas visitadas empiezan a ladrar con gran enjundia y desesperación. Después, conforme ella va subiendo por el camino, los perros de las primeras casas se callan, pero los de las siguientes empiezan a ladrar y así sucesivamente. Podríamos decir que, los ladridos de los perros funcionarían como una especie de alarma; ésta se encendería ante la presencia de la visitante y se apagaría toda vez que ya no la percibiera, pero se encenderían las alarmas de la siguiente casa visitada y así consecutivamente hasta que culminara el recorrido de la Muerte en la última casa que se encuentra sobre la cima del cerro.

Como dato extra, me dijo que si una persona quería ver a la Muerte, podía untarse en los ojos las chingüiñas de los perros y eso le daría el poder para ver la imponente presencia de ésta. Dicho lo anterior, la tía Nina, que andaba por ahí regando las plantas, alzó la voz y muy determinada me dijo: “¡Mariana, ni se te ocurra hacerlo! Porque lo único que vas a pescar con toda seguridad es una buena infección”. Quizá me lo advirtió porque bien sabía de lo que yo era capaz.

Todo el día anduve pensando en lo que me había contado el tío Rulo, varias cosas me daban vuelta en mi cabeza. Me acerqué a Capulín y a Palomo, nuestros perros, para inspeccionarlos, les revisé cuidadosamente los ojos, pero no veía chingüiña alguna, quizá a esa hora del día y con el trajín en el que siempre andan envueltos, la lagaña ya había quedado embarrada en la hierba o en algún otro lugar. ¿Cómo haría para conseguirla y después conservarla?, pues necesitaba untármela justo antes de que la Muerte visitara nuestra casa y así poder verla.

En una de esas, recordé que en mi libro de lecturas de español venía una historia acerca de la Muerte, se llamaba: “Francisca y la Muerte”. Rápidamente fui a buscar mi libro, leí nuevamente la historia, aunque en ese caso la Muerte no era exclusiva de la noche pues aparecía de día y sabía bien a quién buscar, no necesitaba hacer ningún recorrido. ¿Por qué la nuestra actuaba distinto? ¿Acaso las reglas habían cambiado? De pronto, empecé a observar la vestimenta que llevaba puesta la Muerte del cuento, llevaba un sombrero de paja sobre su cabeza y vestía ropa muy parecida a la que usaba papá Pánfilo en vida. En la historia se decía que el color de su mano, y por ende de su cara, era de color amarillo, dato que yo no podría corroborar en la oscuridad de la noche a menos que las lagañas fueran de alto poder. Eso de momento no lo sabía, por lo pronto, creo que sólo podría saber que era ella porque el rostro era una calaca y llevaba en la mano una guadaña.

En las próximas horas tuve la sensación de que la tía Nina me espiaba, ¿acaso sospechaba de mis intenciones? Era muy probable, después de todo, yo tenía mi propia historia y ella me conocía muy bien, así que opté por ser muy discreta. Al siguiente día, cuando regresé de la escuela, me enfoqué en la búsqueda de un pequeño recipiente donde pudiera guardar las lagañas que extraería de Capulín o de Palomo. Aunque después se me ocurrió que podía ser de ambos para ir a la segura.

A un costado de la casa teníamos un basurero, ahí mamá Viro solía tirar todos los desechos que se generaban en el día a día. La basura nunca se acumulaba porque a un cierto tiempo aquello que no se degradaba el tío Rulo lo quemaba para evitar que se nos acumulara. Afortunadamente para mí, mi tío aún no había quemado nada, así que haría una muy buena pesquisa. O al menos eso es lo que yo había creído, porque he de decir que en aquel tiempo la mayoría de las cosas se reutilizaban. Por ejemplo, las bolsas de plástico, que eran muy escasas, no solían desecharse a menos que estuvieran muy rotas ya que se hacía el mayor uso posible de ellas. La mayoría de los productos sólidos nos los daban en envoltorios de papel y en el caso de los líquidos, nosotros debíamos llevar nuestro propio recipiente. De hecho, los envases de refresco eran todos de vidrio, no existían los de plástico. Considerando la situación, recuerdo que no encontré lo que yo necesitaba, en cuestión de recipientes sólo encontré unas latas de sardina y unos botes de plástico todos rotos. Y ahora qué haría… Opté por ir a buscar a la cocina, quizá podría haber algún frasquillo por ahí que se ajustara a mis necesidades.

Por las tardes mamá Viro y mi tía Nina se sentaban en el patio a bordar y a tejer; solían pasar ahí casi toda la tarde. Eso me venía bastante bien, tenía tiempo suficiente para buscar en la cocina sin que nadie pudiera verme. Al hacer mi búsqueda, la cual tuvo que ser con el mayor silencio posible para evitar que, sobre todo, la tía Nina me escuchara, me di cuenta de que la mayoría de las cosas eran trastes de gran tamaño, nada que se ajustara a mis necesidades. Empecé a sentir un poco de frustración, de repente, sobre la mesa vi el pequeño salero de vidrio, sí, era pequeño, gordito y de boca ancha, ¡qué bien me venía!, no importaba que la tapa estuviera perforada.

Y ahora qué… sabía que lo quería, pero seguramente era algo que echarían de menos y cómo justificar su ausencia sobre la mesa. Finalmente, y no sin sentir un poco de nerviosismo, decidí tomarlo y salí de la cocina a toda velocidad como si llevara un perro rabioso detrás de mí, tenía miedo de que en el último momento alguien me descubriera. Aunque ahora que lo pienso, mi actitud se debía al reclamo de mi consciencia por lo que acababa de hacer.

Me deshice de la sal que contenía el salero y guardé el frasco. Al día siguiente, por la mañana, tomaría las apreciadas chinguiñas de los ojos de Capulín y Palomo, que me llevarían a conocer lo nunca antes visto. Me desperté un poco antes de la hora acostumbrada para que me diera tiempo de inspeccionar los ojos de mis adorados perrunos. Salí en busca de ellos, pero no los vi. Estaba a punto de gritarles para llamarlos cuando la tía Nina me preguntó qué hacía, le dije que quería ver a Palomo y a Capulín pues normalmente a esa hora ellos estaban en el patio y ahora no, quería saber si estaban bien. Es probable que la tía no me haya creído, pero me aclaró que los perros se habían ido con mi tío Rulo al monte, pues era día de ir a buscar hongos, así que nuestros guardianes lo habían acompañado.

Efectivamente, el día anterior el tío Rulo había comentado acerca de su ida a buscar hongos y traerlos para desayunar, ¡qué frustración! Porque para cuando ellos llegaran, yo ya no estaría en casa, pues tenía que ir a la escuela. ¿Qué posibilidades había de recuperar las secreciones de los perros? No lo sabía, mas no había otra cosa qué hacer, sólo conservar la esperanza de que para cuando yo regresara aún pudiera recuperar aunque fuera una pequeña reminiscencia de la tan deseada excreción, que daría visibilidad a mis ojos en la oscuridad.

Me volví a mi cuarto y empecé a prepararme para ir a la escuela. Cuando vi a mis amigos tuve ganas de compartirles lo que sucedería ese día por la noche, quería contarles todo lo que mi tío Rulo me había dicho. Después pensé que lo mejor sería contárselos para cuando yo ya hubiera logrado tal hazaña.

Cuando regresé a casa, Capulín y Palomo salieron muy alegres a recibirme, yo los vi con más cariño y alegría de lo normal, agarré a Capulín de la cabeza y le empecé a revisar los ojos, él me veía fijamente y empezó a querer lamerme la cara, pensó que yo quería arrumacos y después me costó un buen de trabajo tranquilizarlo, una vez que tuve la situación bajo control pude ver que él estaba limpio. Ahora era el momento de revisar a Palomo, aunque creo que éste pensó que ahora era su turno de demostrarme todo su cariño y para cuando reaccioné ya me tenía debajo, cubierta por completo, pues Palomo es un perro grande, su pelo es largo y abundante. Así que quedé sepultada debajo de aquel enorme peluche color blanco. Con trabajos pude quitármelo de encima, aunque al tiempo que lo hacía logré ver que tenía una chingüiña en su ojo izquierdo. Inmediatamente fui a mi cuarto en busca del frasquito, ¡no lo encontré! Según yo, lo había guardado dentro de una pequeña canasta de paja que me había regalado mamá Viro, estaba ahí junto con mis trastecitos.

Instantes después recordé que se me había hecho más fácil dejarlo debajo de mi cama, detrás de una de las patas de adelante, así que fui a revisar, pero ya no estaba. Me tiré de panza sobre el suelo e inspeccioné muy bien debajo de la cama, ahí no había ni polvo. Estaba segura de que lo había dejado ahí, me preguntaba ¿qué había pasado? Por pura curiosidad fui a ver a la cocina y ¡oh sorpresa!, el salero estaba sobre la mesa. En el mismo instante en que lo vi también estaba la tía Nina observándome, así que mientras yo veía el salero ella me veía a mí, ¡ni qué hacer! Sólo volteé a verla y le sonreí. Estaba a punto de salir cuándo me preguntó si quería algo, le dije que había llegado con mucha hambre de la escuela y que quería un pedazo de pan. Me pidió que me sentara a la mesa y me sirvió un plato de peras cocidas con miel, no sin antes aclararme que no había pan.

Afortunadamente sí tenía hambre, así que pude comerme las peras sin mayor problema. Solo que no quería sentarme a la mesa por temor a que la tía Nina me hiciera algún comentario respecto al salero, pero ella después de servirme se fue hacia donde estaban los fogones y empezó a hacer las tortillas. Opté por comer en absoluto silencio, no quería dar paso a que mi tía me fuera a hacer alguna pregunta incómoda, aunque la vi tan concentrada en su actividad que supuse que ella tampoco tenía intención alguna de hablar del tema, ¡qué alivio! Una vez que terminé de comer mis peras, salí al patio, quería ver a Palomo, pero ya no estaba, de hecho, ya no estaba ninguno de los dos y no tenía idea de en dónde podrían andar.

Detrás de la casa había unas cajas de madera que eran especiales para poner los bulbos de las flores que sembraba mi tío Rulo, cuando éstas estaban desocupadas me gustaba agarrarlas y armar con ellas una casita y meterme ahí. Así que fui para allá, armé mi casita y me metí a pensar en mi fallido intento por conseguir la sustancia mágica que me permitiría conocer a la Muerte. ¿Cómo era que la tía Nina había encontrado el salero? Después caí en la cuenta de que lo había encontrado a la hora de hacer la limpieza, seguramente al barrer y meter la escoba debajo de la cama, en algún momento el salero salió rodando y quedó expuesto a ojos de la tía. ¿Por qué no había pensado en esa posibilidad? Y ahora qué… ¡nada! Ya no había nada qué hacer, había perdido mi oportunidad de conocer a la Muerte.

Ahora, dadas las circunstancias, sólo tenía que conformarme con escuchar a los perros ladrar, en señal de su presencia. La única forma de corroborar que se trataba de ella era que los perros tenían que ladrar con cierto orden, primero los de las casas que están a la entrada del pueblo, después los que viven en las casas de más arriba y así sucesivamente hasta pasar por la casa de mamá Viro y continuar hacia la cima del cerro.

Por la noche, después de merendar, cada quien se retiró a su cuarto, yo dormía en el mismo que mamá Viro, aunque cada quien en su cama. Me acosté y después mi mamá apago la vela y se acostó también. Minutos después mamá Viro, como siempre, roncaba ásperamente. Yo en cambio, estaba dispuesta a no dormir y a esperar a nuestra visitante. Al principio estaba muy atenta, después comencé a sentir que ya había pasado mucho tiempo, finalmente, empecé a sentir mis ojos cansados, los párpados se me querían cerrar, me resistía a ello y de cuando en cuando me cambiaba de posición para espantar mi sueño. Al cabo de un rato, alcancé a escuchar el lejano ladrido de un perro, en ese momento el sueño que me acedía se esfumó, mis neuronas se activaron y mis oídos se aguzaron, me puse en estado de alerta.

Efectivamente, ahí estaban los primeros ladridos y si mis oídos no me fallaban, venían de las casas que están a la entrada del pueblo. Puse toda la atención que pude para tratar de seguir la secuencia de aquellos aullidos. Al parecer, sí había un orden e iban avanzando y cada vez se iban escuchando más cerca de la casa de mamá Viro. Después de un rato los empecé a escuchar a poca distancia, casi podía adivinar en casa de quién estaba la Muerte en ese momento.

Unos instantes más y los ladridos se escuchaban a tres casas de la mía, sin entender por qué, mi corazón empezó a latir un poco más rápido de lo normal, no sé si me emocionaba o me daba miedo el hecho de que en muy poco tiempo Capulín y Palomo empezarían a ladrar en señal de la visita de la Muerte. Para cuando empezaron a ladrar los perros de la casa de al lado, mi corazón ya estaba latiendo aún más, latía con tal fuerza que alcanzaba a escucharlo perfectamente.

Palomo fue el primero en empezar a gruñir, después le siguió Capulín, en escasos segundos ambos perros ladraban con furor y corrían de un lado a otro en el patio, se les oía desesperados. Casi por instinto, sólo atiné a taparme de pies a cabeza con las cobijas que tenía. Sabía que la Muerte estaba en nuestra casa, ahora era nuestro turno. La respiración me empezó a fallar, sentía que me faltaba el aire, empecé a sudar a mares y tenía mis piernas rígidas, justo en eso, escuché ladrar a Palomo muy cerca de la puerta del cuarto donde estábamos mi mamá y yo, ladraba con gran exasperación. De repente, se oyó un ligero rechinido de la puerta de madera. Palomo había dejado de ladrar, pero ahora gruñía en señal de amenaza, en tanto que Capulín emitió un aullido de ansiedad.

Mi asfixia iba en aumento, ¡ya no podía más! Con cierto esfuerzo alcé las cobijas e hice un pequeño hueco para robarle tantito oxígeno a la atmósfera. Sin duda alguna yo ya estaba muy asustada, temía que la Muerte hubiera entrado y se llevara a mamá Viro, después de todo, ella era la única que siempre tenía achaques, además de que seguía roncando sin parar, por lo que la descubriría muy fácilmente.

Después de unos segundos, nuestros guardianes ya no emitían gruñido alguno y mamá Viro había dejado de roncar, aquello era un silencio total, estaba segura de que la muerte ya había descubierto a mi mamá y se la había llevado, ¡todo se había acabado! Empecé a sollozar sin querer, cuando de manera súbita, sentí sobre mis hombros unas manos que me apretaban fuertemente, terminé emitiendo un grito de terror. Enseguida escuché la voz de mamá Viro que me decía: “Mariana, ¿qué te pasa?”, en ese momento empecé a llorar tan fuerte como un bebé que recién acaba de llegar a este mundo.

Instantes después, mi mamá encendió la vela que está sobre la repisa de la virgen de Guadalupe, me quitó las cobijas de encima y empezó a revisarme. Me preguntaba una y otra vez que si estaba bien. Cuando a ella también se le pasó el susto de verme llorando y toda empapada en sudor, me llamó la atención y me dijo que eso pasaba por dormirme cubierta de pies a cabeza, todo aquello era consecuencia de la falta de oxígeno.

Me ayudó a cambiarme de ropa, me recostó en su cama y me cubrió con una sábana. Me dijo que no debía cubrirme el rostro, que era importante que respirara el aire del ambiente; así que acaté las órdenes. Mamá Viro apagó la vela y se recostó al lado mío, yo me quedé muy quieta, mi respiración se tornó normal y mi temperatura también.

Empecé a recuperar mi tranquilidad y aún más porque estaba al lado de mi mamá, eso me daba mucha seguridad.Sin embargo, volví a tomar consciencia de mi entorno y enseguida escuché ladridos de perros, solo que ahora se escuchaban más arriba de nuestra casa. Asumí entonces que la Muerte había seguido su recorrido.

Repentinamente me asaltó la duda, ya no escuchaba ruido alguno por parte de Palomo y Capulín, y si en lugar de llevarse a mamá Viro, la Muerte se había llevado a alguno de nuestros perrunos… Aunque, por otro lado, no sabía a ciencia cierta, si la Muerte que se lleva a las personas era la misma que se llevaba a los animales. Eso era algo que tenía que preguntarle al tío Rulo al día siguiente. Por lo pronto, me sentía con la necesidad de ir a buscar a Palomo y a Capulín.

Estaba a punto de ponerme de pie cuando escuche un profundo y delicioso bostezo detrás de la puerta, ese era Palomo, sin duda alguna, él siempre se echaba a dormir ahí y, por lo visto, en ese momento ya estaba dispuesto a entregarse al sueño que emerge de la noche. Casi enseguida, escuché que alguien arrastraba algo, el sonido era muy parecido al de una bota que estaba siendo sacudida con gran vehemencia, ese alguien era Capulín que ya había logrado sustraer una de las botas del tío Rulo y se divertía con ella con singular alegría. De tan solo imaginar cómo quedaría la bota y la cara que pondría mi tío al día siguiente cuando la viera, me dieron muchas ganas de reír, pero me aguanté.

Por lo visto, Capulín y yo sufríamos de insomnio, pero ambos éramos muy felices en ese momento, él con su bota y yo de que todos estuviéramos bien.

Patricia Torres Herrera. Estudió la licenciatura en Biología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y recientemente terminó la licenciatura en Lingüística en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

Colaboró en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), en la elaboración de reseñas de libros, mismas que se publican en la página electrónica Tianguis de letras.

"Siempre he sentido una gran pasión por la escritura, y ésta es la primera vez que me atrevo a compartir algo de lo que he escrito de narrativa. El cuento que les comparto se llama Cuando los perros ladran en orden".

Revivirán sus rostros

Autora: Yolanda Pomposo


En esta sección presentamos cuentos que fueron trabajados en el Taller Delfos de Escritura Creativa narrados en voz de los propios autores. Da click en el enlace para escucharlo en la plataforma IVOX.

Revivirán sus rostros

Yolanda Pomposo Díaz

El asiento del autobús está cómodo. Mando el último correo para confirmar que esta mañana, los voluntarios ya tomamos la primera dosis de la vacuna Patria. Reviso mis redes sociales. Una publicación que me interesa dice:

La estación Palenque del Tren Maya estará inspirada en el arte antiguo y en la máscara funeraria de Pakal, gobernante de la ciudad maya.

Cuando despierte Oscar le diré de esta noticia y que ya se publicaron las vacantes para el nuevo museo en Palenque, es una excelente oportunidad para nosotros. Oscar despierta, parece que va a vomitar.

—¿Qué tienes? —Le pregunté.

Con un gesto de asco contestó:

—Por un momento me sentí muy mal, pero ya pasó. Ya vamos a llegar, ¿verdad?

—Sí, probablemente es una reacción a la vacuna, ¿quieres decirles que te sientes mal?

—No, yo creo que bajando me sentiré mejor.

Llegando a la zona arqueológica rodeada de selva, tomamos nuestro equipo y continuamos hacia los túneles de la excavación, ahí le volví a preguntar:

—¿Cómo te sientes?

—Solo me siento un poco cansado, pero presiento que hoy encontraremos la cámara funeraria y no me lo voy a perder.

—Oscar, te veo mal, regresa para que te revisen.

—No Jaime, ya estamos cerca.

—Pero estas sudando mucho.

—Tienes razón, Jaime. Saldré a tomar aire fresco.

—Te acompaño, tal vez será mejor que te vuelvan a tomar tus signos.

—No, quédate con el equipo, descanso un rato y regreso.

Ya deberíamos estar cerca de la tumba. Ahora a mí me cuesta trabajo respirar. Solo no podría regresar con todo el equipo. Estas piedras se ven firmes. Descenderé por aquí. Las rocas están muy húmedas. ¡No! ¡Me resbalo! Ojalá que Oscar venga a rescatarme.

Me duele el cuerpo. ¿Cuánto tiempo llevo desmayado? Tengo suerte de no haber quedado sepultado. Si provoco un derrumbe podría quedar atrapado como los mineros de Pinabete. Traigo una lámpara en el bolsillo. Afortunadamente no se rompió. ¡Un sarcófago! Tiene una losa que lo cubre. Es imponente. Está esculpida con bajorrelieves, hay glifos alusivos a la muerte de Pakal y la figura de un hombre maya. Es parecido al del Templo de las Inscripciones. La losa está ligeramente desplazada. Eso debe ser una ofrenda mortuoria. Creo que puedo moverla un poco. Un poco más. Contiene un ajuar funerario. ¡Una máscara igual a la del rey Pakal! Hecha de fragmentos de jade sus ojos de concha e iris de obsidiana. Las noticias dirán que se encontró otro relieve con un astronauta. Siento un escalofrío. Me incita a ponérmela. ¡Todo está negro! ¿Qué pasa? No puedo respirar. ¿Por qué no puedo quitármela? Mejor me calmo. Esto no puede estar sucediéndome. Las piedras que toco se volvieron húmedas y frías. Es como agarrar hielo. Parece que un musgo cubre todo. Si no consigo aire me voy a asfixiar. He caminado en la oscuridad. ¡Caigo! ¡Un vértigo! Todo está resbaloso. No me puedo agarrar. Vuelo y siento un golpe en todo mi cuerpo. Es un río, la corriente es muy fuerte. El dolor de cabeza es insoportable. La corriente me arrastra. Necesito aire. Todo está oscuro.

No sé si estoy alucinando o mejora mi visión. Es sorprendente que pueda nadar y respirar. Ya no me siento cansado ni adolorido. Sigo la corriente, debe tener una salida. Creo que hay una caída adelante. Esta aumentado la velocidad. No quiero morir así.

Regresó el dolor de cabeza. Debo estar en el campamento. Estoy conectado a un suero. Ahí viene Oscar.

—Jaime, cálmate, no te levantes. ¿Cómo te sientes? ¿Puedes hablar? Sospechan que te pudo dar un infarto. Te encontraron en el río, con una máscara. Creen que es una máscara del rey K’inich Janaab Pakal.

—¿Y la máscara?

—La llevaron al contenedor, está segura. ¿De dónde la sacaste? ¿Pensabas robarla? —Lo dice con mirada sospechosa.

—¡No! ¿Cómo crees?

—Una ambulancia te trasladará a un hospital. Yo también he estado en observación, estuve a punto de desmayarme cuando salí de la pirámide. Muchos de los que recibimos la vacuna hemos tenido reacciones secundarias. Te dejo porque ya está por salir un autobús. Estaré al pendiente.

Oscar salió de la carpa. Recuerdo todo. Me sentí fuerte, ágil. ¿Así se siente experimentar drogas? Tengo que verla, juro que tengo que verla. La máscara mortuoria de jade representa la promesa del renacimiento del rey Pakal. Puedo intentar buscarla en la bodega, sé la contraseña.

Aquí afuera ya está oscuro. Mi corazón se acelera, tengo miedo y no sé de qué. La contraseña no ha cambiado. Tiene que estar en las últimas cajas. Debe estar en una de estas. ¡La tengo! Es impactante. Siento su poder electrizante. Parece que brilla para mí. A esto se refiere la sentencia del Popol Vuh: “Así revivirán sus rostros”.

Se acercan voces afuera. Ya vienen los guardias. Tengo miedo, pero si quiero salir de esta mejor me la pongo. Quiero sentirme nuevamente poderoso. ¡Corro! ¡Siento que tengo la velocidad de un jaguar! ¡Doy zancadas de varios metros! ¡Puedo saltar de un árbol a otro! Sus disparos quedaron lejos. Me integro con la selva que me da su bienvenida.

Entrevista a Raquel Castro


Entrevista realizada el día 26 de julio 2024 en Ciudad de México.

Entrevistador: Miguel Almanza


Colectivo Delfos: ¿Cuál es tu opinión de la fantasía y ciencia ficción mexicana actual? Por ejemplo, en literatura, cine, artes plásticas. ¿Cuáles son nuestros fuertes y dónde crees que a lo mejor nos falta desarrollarnos más?

Raquel Castro: Primero muchas gracias por venir hasta acá para la entrevista, estoy muy contenta de estar con ustedes y yo siento que hay una falsa creencia de que en México no hay Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción. Y me parece interesante cómo lo preguntas: en diferentes artes, no solo en literatura.

Yo creo que sí hay y está en muy buen estado, muy sana, porque se alimenta de nuestras creencias tradicionales, leyendas como «La llorona», las historias de fantasmas que se aparecen en los baños de las escuelas, en edificios públicos y se fortalecen con la literatura que hay y las artes que hay de otros tiempos, así que por una parte se alimenta de estas creencias, las leyendas coloniales, lo que hemos leído en otras épocas como Francisco Tario, Amparo Dávila. Y todo junto va dando como resultado una imaginación muy poderosa y muy difícil de encasillar. Yo creo que eso es algo muy importante.

A diferencia de los países que llamamos «Del norte global», que antes era primer mundo, México es más víctima que usuario de la tecnología, entonces la relación que generamos con la ficción con este tipo de elementos me parece más incisiva, más contestataria, más rebelde, que la que se hace en otros países, donde creen que la tecnología está a su servicio y nosotros decimos ¡No! Tenemos que estar a las vivas porque en cualquier momento todo falla»

Colectivo Delfos: ¿Entonces tú crees que ya existe una escena de fantasía y ciencia ficción en nuestro país?

Raquel Castro: Sí. Lo que pasa es que, se me hace chistoso, en los años 90, yo creo, hubo una escena muy fortalecida, teníamos encuentros de ciencia ficción, había convenciones de fantasía. Pero ahora mucho de lo que antes eran encuentros físicos se han ido a lo digital, entonces, parecería que no hay una escena porque: ¿entonces dónde se reúnen?

Los Punks se reúnen en el Chopo, los Darks; pero los «cienciaficcioneros» o los «fantasistas”, ¿dónde? y de pronto descubres que hay sitios web o en las propias redes sociales donde hay foros y allí nos estamos retroalimentando y son otro tipo de escenas. Pero que sí están y entramos cada cierto tiempo con revistas, fanzines, sitios web, autores y autoras, artistas gráficos, que están explorando otras formas de obra no mimética, que no es realista, pero que allí está.

Colectivo Delfos: ¿Cuáles serían, por ejemplo, en general, tus autores favoritos de fantasía y ciencia Ficción a nivel general y a nivel nacional?

Raquel Castro: De los primeros autores y autoras que yo conocí y que me marcaron muy profundo y que para mí eran igual de importantes. Como no estudié letras no aprendí a jerarquizar «este es un autor de primera línea, este es un autor de segunda», o alguna cosa así. En cuanto a Fantasía, que a mí me gusta más como una definición más amplia, no solo la alta fantasía, como tipo Tolkien (que adoro a Tolkien), si no también todo lo weird, donde se va introduciendo el elemento sobrenatural o fantástico y que cuando te das cuenta ya estás en un territorio irreal e inesperado, como Lovecraft, que además, ¿qué es? Ciencia ficción, fantasía, horror cósmico. De los primeros que leí fue Tolkien, y dije «Wow, yo quiero vivir en este mundo». Y de hecho de lo primero que escribí fueron FanFics del Señor de los Anillos para meterme a vivir en ese universo. Pero a la par yo leía a Michael Ende y me parecía también una cosa fabulosa.

Por ejemplo «La historia interminable», «Momo» eran historias que me fascinaban y al mismo tiempo soy muy fan del horror sobrenatural y uno de mis autores favoritos es el escritor belga Jean Ray,que tenía unas cosas, que además lo leí por accidente, porque la editorial Aguilar publicó un libro de él de relatos sobrenaturales en su colección de libros de detectives, me leí a Sherlock Holmes, me leí a Ellery Queen y de repente saco a Jean Ray, que traía cuentos de vampiros y de calles que solo una persona puede ver, una casa que se come a la gente y que para comunicarse con su dueño le proyecta pedazos de canciones. ¡Está rarísimo! Entonces en general esos autores son muy queridos para mí.

Y Borges, por ejemplo. Me acuerdo que el primer cuento que leí de Borges fue «El inmortal» y estaba en una antología donde venía un cuento de (Roger) Zelazny que se llama «Divina Locura», venían los dos, Borges, Asimov, Delazny, todos juntos.

Y de lo que se hace en México, ¡híjole! Hay autores y autoras que me parecen formidables, entre los más jóvenes, Ileana Vargas, Enrique Urbina, que yo los veo muy jovencitos, ya son adultos. Bef, por ejemplo, que a mí me gustan mucho sus cuentos y se ha ido más por el lado de las novelas y al novela negra, la ciencia ficción. Pero tiene un cuento en particular de una maestra que es un alien, que es buenísimo. Me gusta mucho Verónica Murguía, que tiene esta alta fantasía y una investigación histórica muy acuciosa de cómo era realmente la edad media. Y que te puedo decir, Alberto Chimal, pero que conste que lo leí antes de que fuéramos pareja, lo leí y dije “guau, este tipo está muy loco”

Colectivo Delfos: ¿Cuál fue el primer libro que leíste de él?

Raquel Castro: Leí “Gente del mundo”, y había en particular, porque ese libro tiene una cosa que a mí me encanta. Se supone que hay unas ilustraciones que se perdieron y están nada más descritas. Y hay una falsa ilustración donde está una cabeza flotante asomada a una recámara. No bueno, a mí me quito el sueño. Y a la hora de dormir yo volteaba a la ventana, que miedo. Otro autor que creo está loquísimo y que hace cosas muy difíciles de clasificar es Edgar Omar Avilés. Y leo a autores todavía más jóvenes como Lourdes Laguarda, Atenea Cruz y creo que hay muchísimos más. Creo que hay tantos y tantísimos autores en México que creo que es cosa de que te los recomienden y empezar a leerlos nada más. Entonces no nos falta.

Colectivo Delfos: Hay una polémica sobre si se necesita para dar talleres o clases de creación literaria, una carrera formal, ¿qué opinas?

Yo creo que cuando se dio esa polémica. Estamos en una época muy polarizada la gente se mete a redes con la espada desenvainada, lista para interpretar del peor modo las cosas que dicen los demás y pelearse “a morir”. Esa polémica empezó hace poco porque una académica, Alejandra Amato, hizo un comentario a respecto. Y creo que ella se refería precisamente a la cuestión académica, la onda de hablar de literatura comparada y pues estudios literarios que cómo alguien daba clases de eso, sin haber estudiado eso. Pero creo que ella no se refería tanto a la creación, y creo que en sí, la creación es otro rollo. Estudiar letras no te enseña a crear, y aunque estudiarás la carrera en escritura creativa, no garantiza que puedas escribir. Y que puedas escribir, no garantiza que puedas compartir a otros lo que tú has aprendido. Entonces creo que no me aventaría a dar un curso de etología felina, a pesar de que he leído mucho de eso, pero diría, mejor ve con un veterinario. Pero sí, aunque no estudié formalmente creación literaria, sí puedo darte un taller de creación. Ahora estoy dando un taller de creación de personajes, creo que tengo las credenciales, aunque no tenga los estudios. Y supongo que habrá gente que diga “no pues yo prefiero alguien que tenga doctorado en creación” pues que vaya y busque alguien que tenga doctorado y que le de el taller. Creo que podemos coexistir sin pelearnos.

Disfruta de la entrevista completa en nuestro canal de Youtube:

El container

Autora: Carmen Macedo Odilón


«Nadie aguanta más de una semana en esta chamba». Fueron las palabras que un apenas despierto jefe dirigió con aire senil a Damaris, su nueva empleada, sin molestarse en explicar más.


En los alrededores del muelle, los contenedores oxidados armonizaban con las olas de espuma aceitosa. Cajones inmensos de acero donde Dios ocultaba lo que no quería mostrar a los creyentes: un depósito de granadas decomisadas, dos toneladas de fayuca y los futuros muebles de un junior a quien se le cruzó la aduana. Damaris se haría cargo del container REST 901366 6, repleto de cajas envueltas en plástico de burbujas. A diario, debía correr los pasadores, abrir las puertas metálicas y limpiar caja por caja para espantar a las ratas, con la esperanza de que alguien acudiera a reclamar la mercancía.


El interior del container le recordaba a la celda de aislamiento, solo que más limpia y sin las paredes pintarrajeadas. Veinte años atrás, jamás hubiera creído que ese sería su papel en la vida; jugar a la casita en una lata rectangular, solo que sin esposo. «Otra vez». Al medio día, Damaris se dio de golpecitos en la espalda, debajo de la cicatriz de la puñalada ahora sensible al frío. Se sonó la nariz y tosió por el exceso de cloro y la nula ventilación del container. Levantó un rollo de plástico para embalaje que envolvía a medias las orillas de una caja mal clavada, arrumbada al fondo de la bodega.


Un puñado de cucarachas salió huyendo y Damaris no se contuvo de aplastarlas con el pie. «Ahora, a arreglar este desmadre». Quitó el plástico viejo y se asomó al agujero de la caja. Desde la penumbra, una mirada se clavó en los ojos de Damaris, luego la madera se sacudió. La mujer soltó una maldición, y altiva pateó la caja, pero solo escuchó el tintinear de vidrios que se estrellaban. Buscó una barreta y abrió el cajón; pipas rotas con restos de humo, probetas y jeringas usadas. Humedeció su dedo y lo deslizó sobre un mortero para recoger restos de polvo que se llevó a los labios; nada que le sirviera. Dejó todo en su lugar y se fue al albergue.


La siguiente mañana, Damaris descubrió huellas de botas y restos de lodo, así como la falta de la caja de madera. En su lugar, había una de cartón tan envuelta en plástico de burbujas que parecía un enorme huevo de araña al que se le ha aplastado con los dedos. La única orilla visible estaba desgarrada. En el suelo, se expandía un charco de líquido rojizo, tan espeso que reflejaba el techo; con aroma semejante al metal. Familiar y a la vez tan lejano. El cuajo se adhería al plástico mientras que el fluido en descomposición se expandía por el piso. Damaris tomó un trapeador y jergas, trajo dos cubetas de agua, un fardo de periódico, jabón y cloro, el único limpiador que podía contra la sangre. Talló el suelo hasta que las lágrimas le nublaron la vista, entre estornudos y un ardor al respirar. «Pendejos, tan fácil que es desaparecer un cuerpo, lo malo es cuando le echan el pitazo a la tira». Tras una inspección del jefe, Damaris se contuvo el mencionar su hallazgo. «Qué capo, y tan inofensivo que se veía el ruco como para esconder esas chingaderas».


—Se le pasó la mano con el cloro, doñita. —El jefe se llevó el antebrazo al rostro—. Ventílele o nos intoxicamos.


En medio de un inquietante silencio, Damaris siguió sacudiendo y reacomodando las demás cajas, entre excremento de rata, telarañas y peces de plata. A media tarde empezó a llover; un rayo alertó a Damaris a salir del metal antes de que el trueno, que vino también de adentro, hiciera canon con el sacudir de la caja envuelta. El líquido rojo volvió a filtrarse por el plástico de burbujas. Damaris regresó con furia al fondo del container, volteó a todos lados por la sensación de ser observada, tomó con ambas manos el plástico y antes de que se manchara todo a su paso, arrastró la caja hasta la esquina más alejada, mas por la base humedecida, el cartón no resistió y se desfundó. Una gelatina humana, restos coagulados de lo que parecía ser un hombre: vísceras, cabello y restos de piel. La mitad de un cadáver.


«Pobrecito», pensó entre arcadas, «casi igualito que Ignacio». La mujer se acarició la cicatriz de la puñalada, «Algo hizo para acabar así». Se enjuagó la boca con el agua sobrante de una cubeta, y apenas lúcida acercó con la escoba cada despojo para meterlo de vuelta en una caja vacía, a la que tuvo que escribirle el número de inventario por si alguien venía a reclamarla. Buscó el rollo de plástico y cubrió con dos vueltas para que no se saliera nada. La caja vencida tenía una de las orillas hecha jirones e incluso se distinguían marcas de dientes. Damaris trapeó con torpeza y vació el galón de cloro que debía rendirle el mes completo para dejar todo como si nada hubiera pasado. «Ya estoy vieja para estos juegos».


Afuera, apenas si lloviznaba. La mujer cerró lentamente las puertas del container y por el rabillo del ojo alcanzó a distinguir una sombra que se dirigía hacía su hallazgo. Entre los murmullos de la noche, un olfateo salvaje y una respiración asesina se apoderaron de la oscuridad. Ese «algo» destrozaba el cartón recién envuelto buscando alimento, cual espíritu vengativo que demanda su cuerpo arrebatado en esos rincones olvidados de Dios. «Nadie aguanta más de una semana en esta chamba…» Recordó Damaris.

—Perdóname, Ignacio, pero yo ya aguanté veinte años.


La vacante sigue publicada en el periódico.

The summoning of Felinara

Autor: Andrés Lechuga


Título: “The Summoning of Felinara”

Año de realización: 2024.

Técnica mixta sobre marquilla: Prismacolor, acuarela, acrílico, pastel, tintas & hoja de oro.

Dimensión: 42×60 cm

SINOPSIS DE OBRA
Esta obra es la culminación de un proceso que tomo 5 años, el concepto evoluciono a través de varios bocetos, ilustraciones pequeñas e ilustraciones completas que se fusionan para esta pieza. Representa un aquelarre adorando a una diosa recién nacida, durante la noche de Samhain. La obra culmina también una investigación de magia apotropaica de diversas culturas y se integra con la intención original del autor, tener una memoria de/para todos los gatos que
han estado en compañía de la humanidad y han partido en situaciones lamentables y dolorosas.


“Familiares fieles e inocentes, guardianes de los sueños, han partido y ahora yacen arropados por la noche. Aun veo sus ojos en las estrellas, escucho su llamado y lloro su partida en 13 lunas”.

Felinara es un nombre original y es parte de una historia en desarrollo de esta obra.

Cabeza de Toh

Autor: Ángel Fuentes Balam


El pájaro nos habla:

—Durante el Pixán, voy a contarle cuentos a los niños, para distraerlos de la muerte.

Enumera los dedos cortados, sumidos en la sal, en una copa de barro: hay nueve; los dientes ordenados en la mesa, forman dos círculos: uno dentro del otro. Los ojos de su hermana lo observan, cada uno por separado, puestos en hojas de plátano en los extremos del mueble. La cabeza sin lengua —sus párpados y labios fueron cosidos con hilo negro—, preparada en lo alto. Brazos, piernas, pies, pintados de verde… arman una horrible cruz en el nivel más bajo del altar. Han puesto ya el pasaje de ceniza que llega hasta a ellos.

Cuando arriben, los Toloks pisotearán ese camino, antes de devorar los pedazos de carne de la niña. Toh aprieta los puños. Las lágrimas duelen como espinas que cortaran su cara. Sus padres, abuelos, el pueblo entero… son unos cobardes. ¿Es todo lo que pretenden ser? ¿Ofrendas de sangre para esos monstruos?

La leña le pesa en la espalda, con el morral repleto, es muy incómodo andar. Además, la cabeza de pájaro que usa, hecha con jícaras y paja, es bastante calurosa. Debe llevar ya lo recolectado hasta el mercado. Toca suavemente la uña del dedo que ha tomado, y se enfurece con la mosca que quiere posarse en uno de los ojos: hace aspavientos tan fuertes que casi lo hacen caer. Su máscara sesea. Betsabé. Así se llamaba ella. Tenía la voz dulce y aguda, igual que las lloviznas repentinas de Mayab.

Da un beso a sus dedos y luego los posa en la frente de su hermana. Está tibia. Es lógico: apenas fue sacrificada la noche anterior. Le pide perdón por llevarse su dedo, que guarda en la bolsa. Acomoda las ramas en sus hombros, alejándose. Mientras camina por la calzada, el estómago y la garganta se le anudan: ante varias puertas de madera, pintadas con el símbolo del Tolok, hay más altares, y barriles llenos de sangre. Reconoce a los niños de la generación pasada, que hoy se convertirá en el banquete de los malditos “semidioses”: Esther, Joaquin, Sara, Ruth, Job, Magdalena… Ella y Betsabé solían trepar las ceibas del arco norte, para ver lo que se extendía más allá. Ahora ninguna tiene ojos para soñar, ni manos para ascender. Pero él se encargará de que eso no vuelva a repetirse.

“Yo debí haber sido una ofrenda”, piensa con pesar. Pero sabe que sólo cada segundo hijo lo podía ser. Los ofrendados son separados de la familia desde bebés, con el fin de no generar vínculos. Él no hizo caso, rebelde desde la cuna, y varias veces visitó a Betsabé en el templo. Ahí jugaron, hablaron, conoció a sus amigos: niños también destinados al altar. Toh quiso rescatar a su hermana, pero la vigilancia del sitio había sido tal, que fue imposible sacarla de ahí.

Cruza las ruinas de Mayab, agitando el mascarón al andar. Decían los viejos que la ciudad era la más hermosa de Neoxtitlán, antes de llamarse así, y que incluso le apodaban: “La Blanca”. Según los escritos, aquel fue el único sitio de paz antes de la Guerra Civil y la Titanoginia. No lo cree. Aquel hoyo de mierda y sangre no guardaba belleza por ningún lado.

El derruido mercado apesta a sudor y a estiércol de ganado, quemándose en las afueras de la puerta mayor. Los aldeanos más temerosos han comenzado a esconderse entre las buhardillas, para pasar la noche del Pixán. Cada tres años es lo mismo. No puede disimular una mordaz risa: le repulsan. Palpa en su morral las frutitas de huaya que con tanto trabajo ha conseguido, y siente, en el fondo, el dedo de Betsabé. Baja por la rampa que lleva a las bodegas del sótano, una que otra rata se desplaza entre sus pies; ahí asienta por fin el fardo de leña, y se quita la máscara, poniéndola en un huacal, sobre un barril de aceite que ha ocultado, pacientemente, con hojas y telas roídas. Ha logrado que la montaña de palos sea lo suficientemente grande, como para asomarse por el primer nivel: así cubre por completo el hueco en la pared trasera del almacén, que abrió hace meses. Nadie ha preguntado por tal exceso de leña. Así eran ellos: mientras hubiera recursos, no había quejas. El lugar huele a humedad, lodo, y vegetales rancios. Para su suerte, todos están muy ocupados con los últimos detalles para la noche, así que nadie custodia la bodega. Al fin y al cabo, los Toloks no irían por granos ni verduras.

Toh sube por las plataformas escalonadas de piedra, advirtiendo el movimiento y la gritería de cada piso: primero, el más vulnerable, “protegido” por una pobre milicia y los hombres del pueblo, incapaces de enfrentarse a la ferocidad de los Toloks (las flechas a duras penas penetraban sus escamas); en el segundo, se concentran los alimentos y el agua, para la jornada; el tercero, alberga a los ancianos y a los enfermos (los que se habían salvado de ser sacrificados); en el último nivel, a donde llega bufando por el esfuerzo, se encuentran los niños, entre primeros y segundos hijos: estos últimos, marcados con el símbolo del Tolok, en un brazo. Deben estar ahí, para evitar que algún lagarto los descubra; de lo contrario, la masacre sería inimaginable. Según los adultos, si uno lograra infiltrarse en el mercado, la pequeña nación de Mayab, caería antes del amanecer.

Las matronas untan pasta de ajo con hierba chaya en la piel de los niños, para que los “semidioses” no puedan olerlos. Además, se quema chile habanero desde tal altura con el objetivo de disimular su aroma. El hedor provoca ahogamiento y llanto, por lo que los chiquillos son cubiertos con sarapes. Ese horrible humo es el elemento que permitirá llevar a cabo la tarea de nuestro pájaro libertador.

—¿Qué son los Toloks, chichí? —pregunta un atribulado niño, desesperado por la comezón que la chaya produce en su piel. Es ya mayor para ser consciente de lo que pasa, pero aún muy pequeño para asimilar la espantosa tradición que lo involucra. La abuela le dice que son dioses parecidos a los Uayes, tomando sus manos para que deje de rascarse. Dioses que vienen de lo profundo de las aguas; bajo los cenotes de Mayab, en las cavernas cerca del sol subterráneo, ahí tienen su morada.

“Supersticiones estúpidas”, medita Toh. Esas alimañas no pueden ser dioses. Tampoco los horribles Uayes. Antes de morir, el profesor Jacinto Bestard, le contaba a unos pocos la versión que él siempre creyó: hacía casi un siglo, después de que los titanes cayeron del cielo, los países que sobrevivieron al cataclismo usaron los cuerpos gigantes y conocimientos prohibidos para crear aberraciones, soldados con los cuáles dominar a los pueblos. Mezclaron animales y personas, creando las bestias que ahora llamaban Uayes: hombres con cabeza de perro, de chivo, de cerdo, con fuerza descomunal y hambre extrema. De esos quedaban pocos, y se escondían en la selva. A los Toloks los crearon con reptiles, pero gracias a los cerebros humanos que les metieron, se desarrollaron mejor, hasta adaptarse. Hicieron guaridas en los cenotes antiguos, y comenzaron a alimentarse de carne viva. Eso decía el maestro Bestard. Para que no acabaran con Mayab, en algún punto de la historia, se pactó la noche del Pixán: se les ofrecieron los cuerpos más tiernos a cambio de vivir otras tres vueltas de sol. Los Mayabitas funcionaron así por décadas, subyugados a su propio miedo.

“Hoy se acaba”, murmura Toh. Y también había dicho:

—Durante el Pixán, voy a contarle cuentos a los niños, para distraerlos de la muerte.

Nadie se opuso a su ofrecimiento. De hecho, fue celebrado.

Le pide a una mujer que reúna a los pequeños en la parte central del último piso, cerca de las escaleras. Pronto comenzará la quema del chile, y quiere que la función inicie antes. Está oscureciendo. Toma una antorcha, bajando a toda prisa hasta la bodega. En el camino sortea a la muchedumbre ansiosa. Las voces acongojadas hinchan el aire. Al llegar, se coloca la cabeza falsa de ave, y deja el fuego encima de una columna. Luego, sube otra vez. Está contra el tiempo. Llega exhausto, con la máscara cayéndose, y sin poder respirar bien. Se ha comenzado a tatemar el picante.

—¡Niños! ¡Acérquense! Yo soy el pájaro Toh, y vengo a darles un regalo.

Lo rodeamos. Somos unos quince; hay otros tantos que no quieren ver el espectáculo, o no pueden por ser muy chicos. Cuando nos tiene cerca, abre el morral.

—¡Miren! —dice, pelando una huaya— Esto se come con mucho, mucho, cuidado. Sin tragar, sólo teniéndola en la boca, anolando —. Nos muestra cómo, y permite que tomemos una—. ¿Les gusta? Después, deben escupir la semilla, aquí —vuelve a abrir la bolsa para que echemos el hueso de la fruta. —¡Muy bien! ¿Quieren más?

Coreamos que sí. Cubriéndonos la nariz y la boca con la tela.

—¡Esperen aquí, ahora viene el cuento!

El humo del chile hace toser a la gente del cuarto piso. Una campana repica, a lo lejos: es el aviso de que los primeros Toloks ya han emergido del agua. No queda mucho tiempo.

Camuflado entre el humo, se dirige a una de las quemadoras, y ahí se quita la máscara, poniéndola en el fuego. De inmediato se enciende, y la arroja entre un montón de zarapes sin usar.

—¡Algo se incendia! —grita para crear confusión. Nace un alboroto ciego de voces y manotazos. —¡Vengan, niños! —Intenta atraer a todo el grupo, pero algunos se rezagan. No importa: va a salvar a los que pueda. Bajamos con él las escaleras. La gente en los niveles inferiores no sabe qué ocurre, así que los confunde: —¡Se quema el último piso!

Algunos suben a toda prisa para mirar si es cierto. La campana suena sin parar. Hay lamentos, voces de desconcierto, algunos aldeanos lo interrogan, no hace caso.

—¡Corran! —grita tras nosotros. Logramos bajar hasta el sótano. La antorcha que ha dejado antes nos alumbra. —Vengan —nos conduce por detrás de la montaña de leña. Tiene que mover grandes trozos de madera, quebrar los más delgados, sufrir rasgaduras, pero termina por despejar la abertura en el muro—, por aquí. Rápido.

Unos lloran, otros gritan que quieren volver con su madre, los menos, lo obedecemos.

—¡No lloren! Salgan por aquí. ¿Quieren ser devorados por los Toloks? —cuando dice esto, mete la mano por dentro de su bolso, y nos muestra el dedo de Betsabé. —Miren, miren bien. Es un dedo como los de ustedes. Miren sus manos. Este era de mi hermana. Si no salimos de aquí, pronto se los van a arrancar para dárselos de comer a los monstruos.

Horrorizados, algunos niños lo seguimos; otros se quedan sin hacer nada. Somos siete los que salimos del mercado junto a él.

—Corran hacia el mar. Está por ahí. Tienen que correr, aunque sea de noche. Yo los encontraré mañana. Corran y no dejen de correr. Nosotros vamos a pelear contra los Toloks, ustedes tienen que huir. Sólo corran. Hasta que amanezca. Los que quedemos, iremos por ustedes. ¡Ya!

Nos alejamos corriendo. Somos muy pocos, pero somos libres. Miro hacia atrás, sobre mi hombro, donde está tatuada la marca del Tolok. Él nos despide, satisfecho.

Entra al mercado. Se desliza entre el montón de leña. Sube la escalera hacia la puerta principal. Sigue la gritería y el desconcierto. Alcanza a oír que buscan a los niños. Los guardias de la puerta lo notan ya tarde. Sale del edificio y va cuesta abajo, hacia la calzada. Sus piernas se tensan al máximo por la carrera. Las huayas secas se agitan adentro del morral. Avanza a grandes zancadas, y de súbito, frena.

Frente a él, tres Toloks devoran los restos de carne de un altar. Más allá alcanza a ver diez más. Nunca los ha visto tan de cerca. Son enormes. En sus cuellos hay dos membranas rojas que parecen abanicos rotos, sus garras son oscuras, como lanzas de obsidiana, sus ojos son amarillos y húmedos. En su pecho, las escamas brillan; y en su espalda, han crecido huesos negros. Sus hocicos largos están manchados por la sangre de los sacrificados.

El corazón se le congela. Sus extremidades se aflojan. No. No puede rendirse. “Hoy se termina”, susurra. Abre el saco de tela, para que el olor de la saliva de los niños, impregnada en las huayas, los alcance. Aspiran y rugen. Funciona. Toh vuelve a correr. Escucha las gordas patas de reptil golpeando la tierra detrás suyo. Grita: ¡Betsabé no murió en vano! ¡Hoy se tiene que acabar!

Observa el mercado, y sacando fuerzas desde lo más hondo de su ser, acelera. Recuerda cuando corría con Betsabé en la plaza del templo, en círculos, pensando en la manera de salvarla. Divisa la puerta principal.

—¡Ataquen! —exclama a los soldados que guardan la entrada. Estupefactos, se paralizan al mirar a los Toloks trotando hacia ellos. —¡Ataquen! —vuelve a gritar, colérico, bravío.

Penetra el recinto y va directo al sótano. Ya no es humano, sino una saeta venenosa y brutal. Con todo su peso vuelca el barril de aceite bajo el monte de leños, empapándose en el proceso. Pero ya no importa. Hoy, morirá peleando. Los Toloks entran al mercado. La conmoción hiere hasta las estrellas mismas. El ruido de las flechas y los machetes rompe la oscuridad. Ve bajar a dos de esas alimañas hasta la bodega, plantándose frente a él. Toma la antorcha. Mirándolos con desprecio, la arroja a sus pies. Las llamas brotan como un río desbocado. No siente su piel. No duele. Los Toloks chillan de espanto y rabia. Así, envuelto en flamas toma el dedo de su hermana, apuntándolo hasta los repugnantes “dioses”.

—Hoy se acaba…

La sentencia arde junto a los cuerpos retorcidos de los Toloks. Los de más arriba son testigos del milagro: las bestias podían morir. Debían morir. Los soldados cuentan que vieron a Toh caminar envuelto en llamas, sus brazos se habían convertido en alas luminosas, ordenando el ataque.

Aquel día, los que se quedaron atrás, lucharon hasta la mañana. Y los que corrimos, vivimos libres para contar su historia.

*Este cuento fue publicado previamente en revista Colectivero No. 2 / verano 2024