Mexicanos, este escrito llegará a vosotros; su principal objeto es manifestaros que el mejor de vuestros amigos jamás desmereció el afecto y confianza que le prodigasteis; mi gratitud se acabará con mi existencia. Cuando instruyáis a vuestros hijos en la historia de la patria, inspiradles amor al primer jefe del Ejército Trigarante; y si los míos necesitan alguna vez de vuestra protección, acordaos que su padre empleó el mejor tiempo de su vida en trabajar porque fueseis dichosos. Recibid el último adiós. Sed felices.
—Agustín de Iturbide
¿Cómo no íbamos a perder, si prácticamente peleamos con piedras y palos contra las fuerzas de élite del Imperio Austro-Húngaro? Ahí donde derribábamos a uno de sus soldados mecánicos aparecían dos o tres nuevos homúnculos incansables. […] No tuvimos oportunidad; antes de que nos diéramos cuenta, la República había caído hecha cenizas mientras el gobierno usurpador erigía una monarquía ilegítima, ahí donde los padres de nuestra patria derramaron su sangre para darnos libertad.
—Benito Juárez (en voz de Bernardo Fernández Bef)
La ruina de la patria comenzó, infelizmente, el día de las bodas de mi hijo Agustín Jerónimo, príncipe imperial de México, con la princesa de Bélgica María Carlota de Sajonia-Coburgo y Gotha; este solo hecho ha sido basa, fusa y capitel suficiente a los enemigos de la nación para aseverar una y otra vez el mal hado que tenía la continuidad del ahora llamado Primer Imperio Mexicano. Escribo estas líneas con la única esperanza de que puedan llegar a los ojos y oídos de los mexicanos para succionar algo de la ponzoña que aquellas plumas y lenguas maldicientes han inficionado en sus corazones. Escribo, pues, para mi pueblo, pero también —no ignorando que la historia es la mejor de las maestras— para todo gobernante extranjero que desee ver lo que realmente vale el poder y cómo la gloria mundanal, en efecto, así pasa.
Las primeras nupcias reales que se celebrarían en suelo americano no pudieron realizarse en la catedral de la Ciudad de México, como yo deseaba, ya que el recuerdo de mi coronación ahí me hacía sentir una necesidad de completud que solo ese sagrado lugar podría brindar a mi linaje y, por consiguiente, a la felicidad de toda la nación. En cambio, la gran concurrencia de gente y, sobre todo, el tener que hospedar a la novia, al Rey, su padre, y a su noble casa de Sajonia-Coburgo y Gotha obligaron a buscar mayor espacio. Por esta razón, desde el año de 1854, en que el compromiso fue oficial, mandé que el abandonado palacio de Chapultepec fuese preparado para recibir a invitados de tales dignidades, así como para la boda misma.
Las obras se completaron tres años después y la ceremonia tendría lugar el mismo de 1857. Lo grueso de los muros, lo sutil de las molduras, la amplitud de los jardines, la altura de los balcones y la capital vista desde ellos como otra mole esplendorosa de más palacios: todo daba cuenta clara de lo mucho que el Imperio había prosperado en tan poco tiempo. Nada que envidiar a Europa; con aquella boda nuestra relación por fin sería de igualdad y no de subordinación. O eso era lo que nuestra prensa pregonaba para justificar el gasto.
El día de la boda, para salvaguardar la seguridad de ambas familias reales, además de la guardia regular juzgué necesaria la custodia de la Guardia de Corps, formada por un cuerpo de 33 mecanoinfantes de última generación, recién importados de Inglaterra, programados a mi mando de voz exclusivo. Frente a la torre del Caballero Alto, improvisada en capilla, dispuse a la Guardia en formación de herradura; adentro permanecimos solamente las familias reales y los más allegados de mi séquito.
Confieso que no sé por qué motivo, al avanzar la marcha nupcial, más que centrar mi vista en la alegría de los príncipes, lo hice en los rostros complacidos del duque de Veracruz, del duque de Puebla y del marqués de las Arizonas, Santa Anna, Echávarri y De la Garza, quienes se regocijaban al ya casi verse emparentados no solo conmigo —a su lado, mis hermanas María Nicolasa, María Josefa y María Ana semejaban ovejas entre leones—, sino con otra casa real de más rancio abolengo. Una expresión similar hallé en la faz del nonagenario arzobispo Mier, quien a su edad insistió en oficiar él mismo la boda. No quiero que se me malinterprete, no veía doblez alguno en sus expresiones; la felicidad de todos ellos también era la mía, pues no soy tan corto de miras como para no reconocer que sin su ayuda el Imperio mexicano no se hubiera logrado. Mayores dobleces y envidias se percibían al otro lado del cerco de guardia, en los siempre maquinadores y nunca satisfechos diputados del Congreso; tales maquinaciones pronto pondrían de rodillas a toda la nación.
La ceremonia alcanzaba su zénit. Mi hijo tenía el “sí, acepto” en la punta de la lengua, pero fue interrumpido por un estruendo ominoso: uno de los mecanoinfantes de la Guardia disparó al príncipe. Cientos de gritos se sucedieron, de sorpresa, de miedo, de peticiones de protección al príncipe, al rey Leopoldo I y a mi persona. Yo mismo gritaba, ordenaba a la Guardia de Corps que se detuviera, pero era inútil, me ignoraban. Uno de ellos me apuntó directamente. Echávarri se interpuso, dio su último aliento por mí, demostrando que fue un verdadero patriota hasta el final. En cuanto el cuerpo cayó a mis pies, Santa Ana, De la Garza, sus hijos varones y los míos menores —todos miembros de la Orden de Guadalupe— formaron un círculo a mi alrededor.
A causa de la etiqueta, ninguno portaba armas de fuego, pero los electrosables de gala fueron más que suficientes para los veteranos y una prueba superada para los bisoños en el combate; yo también desenvainé mi sable, a medida que los guardias traidores caían, más gente podíamos poner a resguardo en nuestra formación, logrando rescatar primero a la Emperatriz. Al otro extremo del cerco, Leopoldo I y sus hijos hacían lo mismo, la Guardia casi era derrotada, pero no eran los únicos mecanoinfantes en el palacio. Más tropas invadieron los jardines por todas direcciones, los sables no paraban de astillarse. Un disparo alcanzó a Santa Ana en la pierna y, al intentar protegerlo, otro disparo golpeó a Manuel, su primogénito. Ambos perecieron bajo las ráfagas imparables. La retirada era inminente, yo aún deseaba llegarme al cuerpo del príncipe para rescatarlo, mas era un imposible cuyo intento nadie de los que quedaba en pie en nuestro grupo consintió. Apenas alcanzamos una puerta, huimos por entre los pasadizos y túneles del alcázar.
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Llegamos al puerto de Veracruz en junio de 1857, un mes después de la infame sublevación mecanoinfantista. El viaje fue dilatado porque evitamos el paso por cualquier ciudad y la mayoría de los pueblos por el gran riesgo que representaba para nosotros la nueva situación del país. La misma noche que dejamos el palacio de Chapultepec escuchamos, voceado desde las alturas por los teledirigibles, la proclama revolucionaria de P.O.R.F.I.R.I.O., entelequia animada por cobardes que trabajaban en las sombras —según los rumores, desde Oaxaca y apoyados por una facción separatista del Congreso— cuyo nombre era acrónimo de “Popular On-line Revolutions For Introduce Republics Inside Oligarchies”; tal cual lo anuncia su pérfido nombre extranjero, este grupo buscaba la instauración de una república mexicana, porfía que, tras diez años de guerras y caos independentista y más de treinta de paz y prosperidad imperial, algunos idealistas seguían persiguiendo, como perros rabiosos tras sus colas.
Decían que no descansarían hasta ver “libre de la tiranía” a la patria; que quemarían la constitución de 1824 e impondrían una nueva más liberal; que derrocarían nuestras instituciones, echando por tierra más de tres décadas de progreso; que revocarían los títulos nobiliarios y declararían la laicidad del Estado, dando la espalda a la santa Iglesia católica; que me perseguirían a mí y a mi familia hasta el final de los tiempos y nos colgarían por traidores. Si servir a la nación fuera traición, yo mismo me hubiera entregado.
Lo que P.O.R.F.I.R.I.O. declaraba no solo era una injusticia, era locura, pero ahora podía llevar a cabo sus locuras más quijotescas porque se había infiltrado en el sistema imperial y tomado el control de todas las tropas del ejército. Cada mecanoinfante, de California a Costa Rica, lo obedecía, los oficiales humanos habían perdido su comando de voz —yo incluido— y no eran suficientes para formar una resistencia; además, las comunicaciones estaban intervenidas. En un día retrocedimos cien años en tecnología, y todo por la maldita dependencia a Inglaterra y sus máquinas. Mexicanos, si algún error cometí en mi mandato del cual no pueda excusarme de ningún modo, fue este; os pido disculpas humildemente.
En Veracruz nos encontramos con el grupo del rey belga, que no menos trabajos que nosotros había sufrido para llegar hasta allí. La vergüenza de haber sido tan malos anfitriones yo y el pueblo mexicano me embargaba y fue aun peor al ver el débil estado en el que se encontraba el monarca: Leopoldo I tenía una herida de bala en un costado y, aunque en el camino había sido atendido por unos indios curanderos, no podía tenerse en pie por sí mismo y era necesario llevarlo en andas, lo que no permitía que la herida cerrase. El dolor y la vergüenza que la escena me causó, sin embargo, fueron mitigados por un milagroso rayo de esperanza: Agustín Jerónimo había sobrevivido y huido con el grupo belga; el disparo que él recibiera no fue letal, incapacitó su hombro izquierdo, pero la voluntad de mi hijo y, lo que es más, la del cielo, se impuso a que la nación mexicana perdiera a su príncipe.
El plan, por supuesto, era embarcar al Rey, su casa y a mi familia hacia Europa, pero el puerto estaba fuertemente vigilado por mecanoinfantes controlados por P.O.R.F.I.R.I.O. Mas nuestro plan no solo fue adivinado por los insurgentes, algunos leales súbditos también nos aguardaban en Veracruz, en la casa de seguridad de la Orden de Guadalupe que allí había, y que fue el sitio al que nos dirigimos por lógica. Aquella junta emergente de notables —entre la cual se encontraban dignidades como el marqués de Texas, Nicolás Bravo; el conde de Querétaro y Celaya, Luis Cortázar Rábago; el conde de Managua, Miguel Santa María; y el propio marqués de las Arizonas que me acompañaba, Felipe de la Garza— rectificó el plan de refugiarse en el Viejo Mundo, pero insistieron en que yo también debía partir, pues mi vida era la que más peligraba estando en el país. No lo consentí a primera vista porque mi ánimo me dictaba que debía permanecer en el Imperio para organizarlo y recobrarlo de la tiranía porfirista, pero la razón, a la vista de las circunstancias desfavorables de una lucha ya perdida desde antes de su comienzo y, sobre todo, la previsión que tuve de la gran mortandad que resultaría de organizar un ejército humano y enfrentarlo con uno mecánico, me llevó a aceptar el parecer de la junta, aunque no sin el mucho pesar que me daba dejar el padre a su hijo la primera vez que tropieza al caminar.
Me es sumamente triste recordar que solo a costa de más sangre mexicana pudimos zarpar de Veracruz, ya que la única forma de disminuir la presencia de mecanoinfantes en el puerto fue organizar levantamientos en las poblaciones cercanas, e incluso así, otra pequeña guarnición, al mando de De la Garza, tuvo que hacer frente a las tropas que mantenían guardia. Aún hoy me estremezco y lloro lágrimas de tristeza y alegría al rememorar aquel día y el grito con el que el marqués de las Arizonas arengaba a sus hombres: “¡Viva la religión, viva la Virgen de Guadalupe, muera el mal gobierno, viva Agustín I!”.
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Leopoldo II no nos recibió con los brazos abiertos. ¿Por qué lo haría si como presente le llevábamos el cadáver de su padre, atroz muestra de la hospitalidad mexicana? La herida de Leopoldo I no resistió el viaje. Entramos a Bruselas con una pompa fúnebre en septiembre de 1857. Con todo, debe admitirse que el rey belga era misericordioso al brindar hospedaje a mi casa: la boda entre nuestros príncipes no se había concertado, por tanto, no tenía obligación de deudo con nosotros. El que la alianza matrimonial finalmente se realizara fue más bien mérito de la princesa Carlota, que desde que llegamos a la corte no desaprovechaba cada oportunidad que tenía para recordar a su hermano el negocio de sus nupcias, que no aceptaría si no eran con mi hijo. Tal insistencia no la fundo yo en las calumnias del vulgo, que no se cansaban de proferir que la princesa de Bélgica esperaba ya al heredero del Imperio mexicano, sino en la propia inclinación natural que la infanta había desarrollado por Agustín Jerónimo en el corto pero muy intenso tiempo de conocerse en persona, pues fue ella quien curó de su herida y, sin duda, el apoyo mutuo que se dieron en el trayecto infernal que fue llegar de Chapultepec a Laeken los unió estrechamente. No mentiré, la inclinación de la princesa por mi hijo me alegraba porque la unión de nuestras casas significaba un atisbo de esperanza para liberar al pueblo de México; sin embargo, tampoco miento al decir que ni yo ni mi esposa ni nadie de mi casa influimos en la voluntad de Carlota; su decisión fue personal y, huelga decirlo, muy sabia y de buena cristiana. Las bodas se celebraron en diciembre de aquel mismo año infausto, en la catedral de San Miguel y Santa Gúdula, bajo el tapiz de nieve de Bruselas y en petit comité designado por el Rey.
Formalmente adquirido el parentesco con Leopoldo II, me atreví a pedirle lo que el decoro no me dejaba pero me exigía el amor a la patria: su apoyo militar y económico para rescatarla del republicanismo. No obtuve un sí ni un no definitivos, me pidió paciencia y que aguardara al Congreso de París, cumbre de estados europeos que se celebraría en mayo de 1858 para discutir la amenaza real que el sistema inglés P.O.R.F.I.R.I.O. representaba para sus monarquías. Imposible fue que ocultara mi enfado, mientras ellos discutían una obviedad —era evidente que P.O.R.F.I.R.I.O. era una amenaza para cualquier sistema monárquico—, México se desmoronaba: los revolucionarios celebraban un año de caos disfrazado de paz republicana, paz que masacró hombres de fe y saqueó sus iglesias y conventos; paz que despojó a gente decente de sus casas y pertenencias solo por no tener pena de llamarse españoles, haciéndolos peregrinos en su propia tierra; paz que amenazaba a cada hombre con un arma empuñada por una fría máquina si no hacían lo que mandaban sus tiranos. Y el Congreso no solo no hacía nada, había sido el principal orquestador de la insurgencia: Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Valentín Gómez Farías, José Manuel Luis Mora y otros de sus allegados habían conspirado con un tal Díaz, militar oaxaqueño, para detentar el poder del ejército y derrocarme; y el Congreso había nombrado presidente a este individuo, quien —cual monarca— adoptó el nombre del sistema virtual que le ayudó a su pérfida causa: Porfirio Díaz, primer presidente de la República Mexicana. Tanto era el poder de este dictador que incluso miembros de la junta de notables de Veracruz, como el propio Felipe de la Garza, tuvieron que declararle su lealtad y unírsele. Aunque yo les había dejado instrucciones sobre no organizar ningún movimiento armado hasta mi regreso, la noticia me sobrecogió y no pude sino sentirla como la más cruel traición posible de un amigo.
La resolución del Congreso de París fue negativa, las potencias de Europa no creían que P.O.R.F.I.R.I.O. fuera una amenaza grave a sus soberanías porque sus ejércitos no estaban del todo mecanizados —muchos de ellos usaban tropas clones—, por tanto, se declararon neutrales en los conflictos internos de México; nos dejaban a nuestra suerte. Solo uno de los monarcas, Francisco José I de Austria, veía la gravedad de la situación y no se le escapaba la posibilidad de que la revolución mexicana fuera solo el campo de pruebas de una herramienta infame que tarde o temprano los enemigos de las naciones europeas empuñarían, sumiendo a todo el continente en guerras civiles interminables. Fue gracias al constante apoyo de este soberano y de Leopoldo II que, tras años de cartas y juntas y promesas y tratados, pudimos convencer a otro monarca de unírsenos a una Cuádruple Alianza Antiporfirista: Napoleón III. Admito que el arreglo final nos desfavorecía aunque ganásemos; a cambio de su ayuda económica y militar, Francia ganaría un nuevo reino en América con salida al mar de costa a costa: se le cedería todo el territorio desde la Alta California hasta Texas; por su parte, Austria ganaría parte de la Baja California y Bélgica, la otra parte más sureña de la misma. El sacrificio era nada menos que la mitad del suelo patrio, pero un sacrificio necesario para recobrar la otra mitad del Imperio.
La Gran Flota de la Cuádruple Alianza, de más de dos millones de soldados clonados con tecnología francoalemana, zarpó de puertos europeos en diciembre de 1861. Al mando general de nuestra división del ejército puse al príncipe Agustín Jerónimo, a quien enviaba también en calidad de regente porque a mi edad serían mortales los riesgos tanto del viaje como de la guerra —fútil prevención de la que me dejé convencer por los monarcas aliados. Al mando de la división gala iba el general Carlos Fernando Latrille, conde de Lorencez; de la belga, el teniente-general Alfredo Graves, segundo barón Van Der Smissen; y de la austriaca, el teniente-general Maximiliano de Habsburgo, archiduque de Austria.
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Desde el castillo de Laeken, por más de un año aguardé cada noticia del avance de la guerra como una novia aguarda la carta de su prometido que le confirma que aún está con vida. Los monarcas de la Cuádruple Alianza, a excepción mía, habían decidido que la estrategia se dejaría completamente a sus generales in situ, por lo que no celebrábamos consejos de guerra en el Viejo Mundo. Así, cada transmisión, cada journal y cada carta que recibía de Agustín Jerónimo y de mis tres hijos menores, que habían partido con él en calidad de brigadiers, era un bálsamo a mis congojas, a pesar de las peregrinas imágenes y descripciones de hombres idénticos abatiendo máquinas idénticas en una guerra producida como en serie clónica, razón por la cual la prensa comenzó a llamar el conflicto como las Guerras Clónicas, siendo este el aspecto en el que se centraban más allá de la necesidad de reinstaurar la monarquía para terminar con el sufrimiento de nuestro pueblo.
Y ya estábamos cerca de lograrlo: para diciembre de 1862, a exactamente un año de la partida de la Gran Flota, la victoria estaba casi completa, el norte había sido ocupado por Latrille y Van Der Smissen y el sur, por Agustín Jerónimo y Maximiliano; ambos contingentes se encontrarían en el centro para iniciar el sitio de la capital, que se extendió por otro medio año. No desconocía el plan y al seguir el avance de la campaña, el solo imaginar el asedio de la Ciudad de México por parte de fuerzas extranjeras —aunque entre ellas estuviera una propia— me revolvía el estómago; ahora que lo veía como una realidad, caí enfermo al grado de no poder levantarme de la cama por varios días.
Los médicos no sabían explicarlo, lo achacaban a mi edad y a la gran carga mental a la que me sometía siguiendo tan de cerca las noticias del frente. Una noche, aún no recuperado de mi malestar, soldados de la guardia del Rey irrumpieron en mis aposentos, me ataron y sedaron —aunque ni falta hacía. Desperté en las Tullerías, ignoro cuánto tiempo estuve dormido. Cuando me recuperé, Napoleón III me visitó en mi celda —era una estancia amplia, con todo lo necesario a mi persona, excepto ventanas, radios o diarios, y por supuesto, con la única puerta custodiada día y noche— y personalmente me entregó el journal del 10 de junio de 1863, el titular: “Maximiliano de Habsburgo, Emperador de México”.
Esta historia, mexicanos, probablemente la conozcáis mejor que yo e, incluso así, quizá todavía os preguntáis cómo fue que ocurrió. No haré relación verdadera de los sucesos porque desconozco los detalles. Sé, al igual que vosotros, que tras ganar la Ciudad de México y defenestrar a Porfirio Díaz, los generales europeos de la Cuádruple Alianza conspiraron contra nuestro príncipe; no logro comprender aún cómo fue que consiguieron que las tropas clones al mando de nuestros oficiales los traicionaran —es probable, como sugieren algunas teorías, que desde su concepción los clones ya estuvieran predispuestos a este mal, pero ignoro el método, biológico o mecánico, que sus creadores hayan empleado para ello—, y tampoco tengo la certeza de que fueran exactamente 66 clones los que acribillaron a Agustín Jerónimo y a mis demás hijos por orden directa del usurpador, motivo que ha llevado a que esta masacre se conozca como la Orden de los 66.
Ignoro más sobre esta inhumana, funesta y cobardísima traición porque únicamente he tenido la oportunidad de leer un articulillo de poca monta acompañado de una caricatura burlona en la que las tropas clones, todas fingidas con la cara de Maximiliano, disparan a Agustín Jerónimo y sus hermanos, cuyos electrosables no son suficientes a los disparos a quemarropa y caen por tierra con muecas patéticas; lo más ominoso es que, a su vez, de uno de los Maximilianos sale la frase: “Sic semper tyrannis”.
¿En verdad creéis, mundo, que los ambiciosos reyes de Europa pueden llegar a ser libertadores que no quieran forjar su propia tiranía doquiera que lleven sus banderas? Este fue otro error que cometí por ingenuidad cuando busqué su ayuda; lo pagué con la pérdida de todos mis herederos varones y, aun más, con la pérdida de mi más caro hijo: el Imperio mexicano, que renacía ahora de un padrastro austriaco y casi casi con el título bastardo de “segundo”.
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“Vos no sois mi prisionero, sois mi invitado, y seguiréis siéndolo hasta que dejéis de comportaros como invitado y empecéis a comportaros como prisionero”, fueron las palabras que Napoleón III me dirigió aquella noche antes de retirarse de mi celda. Por supuesto, yo era un prisionero y mi familia, la que me quedaba, lo era también; por fortuna, mi esposa e hijas permanecieron en Bélgica, en una apartada residencia de campo de la casa Sajonia-Coburgo y Gotha, seguramente gracias a la protección de la viuda Carlota, quien no tardará en ser prometida a otro príncipe. En vista de este panorama, ¿qué más tenía yo que perder? Solo la dignidad de considerarme un prisionero y no un invitado, como en efecto me había dicho el emperador francés. Pero ni siquiera esto quise conservar, pues sentía que aún tenía más que ofrecer a las aras de la patria. Actué como un prisionero y me escapé al cabo de tres meses y muchas y vergonzosas tretas de anciano de las que me excusaré de escribir por pudor.
Conseguí arribar al puerto del Havre y embarcarme hacia América, hacia Nueva Orleans, donde pretendo reunirme con un compatriota liberal del que mucho he escuchado pero que no conozco: Benito Juárez. Sus posturas son radicales, incluso durante la presidencia de Díaz el republicanismo centralista de este no le pareció suficientemente liberal y conspiró para destronarlo e instaurar una república federalista, razón por la que se exilió en el extranjero desde antes de la guerra; con el Imperio revivido, los afanes revolucionarios de su círculo de liberales exiliados han crecido tanto que comenzaron a hacer ruido en la prensa europea. Juárez, por tanto, representa todo lo que considero que una nación debe evitar de ser en este siglo, pero si con su ayuda puede liberarse a México del segundo yugo que Europa le ha puesto, estaré gustoso de unírmele.
Escribo estas líneas a bordo del Winter, a la espera de volver a pisar el suelo del mismo Nuevo Mundo que me vio nacer y a la espera también de poder llegar hasta el de mi patria, ya no como emperador, sino como ciudadano que viene a ofrecer nuevamente su espada a la nación, aunque sea solo la espada de las ideas que un viejo político como yo pueda esgrimir contra la tiranía extranjera.
Si por algún motivo esto me es negado y perezco a merced de la enfermedad, la vejez o una mano ajena, solo pido a quien sea que lea esto que haga pública mi voz e imprima el presente manifiesto. La sangre que mi familia derramó y que yo aún podré derramar por la patria no será recordada como traidora, sino como la más amante de México y su pueblo. Recibid el último adiós. Sed libres.
En alta mar, rumbo a Nueva Orleans, a 27 de septiembre de 1863.
Agustín de Iturbide.
