La palabra de los abuelos: «Patokgtokg, la que escucha»

Roberto Carlos Garnica Castro


La escritura es mágica y en este preciso instante puedes “oírme” gracias a su poder, pero nunca hay que dejar de abrevar de la ancestral sabiduría oral.
En Papantla, cuna de la hermana vainilla, viven muchos abuelos que desean compartir sus historias.
Aquí, en La palabra de los abuelos, recupero algunas de esas narraciones y las reelaboro de manera literaria.
En esta ocasión, te presento un mito que me compartió Ramona San Juan Hernández, nana de San Lorenzo Tajín y el maestro Romualdo García de Luna.


Patokgtokg, la que escucha

Dos signos despertaron a Sen (Lluvia) y anunciaron el inicio del día: el canto jovial de Patokgtokg (Primavera) y la luz tibia de Chichiní (Sol).

La niña mira a través de la ventana a un pajarillo pardo y a un ave de plumas negras, amarillas y naranjas. Son Patokgtokg y Sukchalh (Calandria) que, al parecer, actualizan el inmemorial enfrentamiento de voces que anuncia el solsticio de verano.

—Sen, ven a tomar café —llama Kiwichat, la dueña del monte.

Como no recibe respuesta, la abuelita entra al cuarto donde la niña se alimenta de luz, calidez y música.

—¿Por qué no vienes, nietecita mía? ¿No me escuchas? —pregunta la abuela con ternura.

Sen sacude la cabeza, se talla los ojitos y se disculpa:

—Oh, abuelita, es que Chichiní (Sol) y Patokgtokg (Primavera) me transportaron un ratito al Origen.

El corazón de Kiwichat se emociona porque comprende que su niña ha aprendido a escuchar.

—Tsiyuna (abuelita), el otro día mi tatita me contó cómo Patokgtokg cantó frente a los Señores del sonido y fue elegida para alegrar el nacimiento de Sol, pero también escuché que en el momento indicado estaba cocinando y, por salir apurada de casa, se tropezó y cayó en las cenizas y que, por eso, su color es deslucido. ¿Cuál de las historias es la verdadera?

—Nietecita mía, la verdad tiene múltiples colores, el ser tiene infinitos rostros, ¿quieres que te cuente otra historia de Patokgtokg?

A la niña le brillaron los ojos pues supo que sus tres corazones serían alimentados con bellas palabras.

—¡Sí, abuelita!

—Vamos a la cocina y escucha mientras tomas tu café.

Y fue así como, mientras absorbían la energía del néctar negro, Kiwichat narró esta historia:

«Era el mes de junio y se reunieron, en las ramas de una ceiba frondosa, a los hijos de los grandes señores para que aprendieran el canto que anunciaría la llegada de Corpus Christi. Solo se les dio un lugar a los que estaban bien vestidos y tenían recomendación.

Ahí estaba Sukchalh (Calandria), con su bello traje que combina el negro intenso de la noche y el amarillo brillante del amanecer.

Patokgtokg (Primavera) también quería aprender, pero, como era huérfana y no tenía quién la recomendara ni un buen vestido, la rechazaron.

—Este no es lugar para ti, tú no puedes aprender.

Sin embargo, Patokgtokg no se dio por vencida y desde lejos, desde afuera, atendía las lecciones, seguía los cantos. Nada veía, pero escuchaba con todo su ser. Ella aprendió a través del oído.

Cuando llegó el día de la prueba los maestros pidieron a todos que cantaran y los examinaron, pero ninguno aprobó

—¿Qué sucede?, no hay algo que conmueva, algo falta —se lamentaron.

Patokgtokg se animó y buscó su oportunidad.

—¿Qué es ese alboroto? —preguntaron los maestros.

—Ahí afuera hay una alumna, pero es huérfana y no trae vestimenta.

—Déjenla pasar —dijeron unos.

—A ver si no nos avergüenza —dijeron otros.

—¿Quieres intentarlo? —le preguntaron.

—Sí, pero yo no tengo maestro, si me sale mal no me culpen.

—Manifiesta lo que germina en tu interior.

—Voy a cantar lo que he soñado —musitó Patokgtokg.

Desde la primera nota los señores divinos reconocieron que ella debía ser la que anunciara el ritual de la siembra, la que empezaría a cantar treinta lunas antes de Corpus Christi.

—Pequeña Patokgtokg, eres grande, eres la elegida».

—Y fue así, mi niña, como a Patokgtokg se le dio la encomienda de anunciar la fiesta de Corpus Christi y el tiempo de la siembra.

—Pero, entonces, la del dulce canto no tuvo maestro —inquirió Sen.

—Nada y Todo tienen la misma figura —sentenció la abuela—. De todos aprendió la que no tuvo a nadie: del sol, de la luna, de la mañana, de la noche, de la roca, del río, de las flores, de los animales, del silencio, de la palabra, del pensamiento, del sueño.

—¿Del sueño?

—El buen maestro no es el que te señala lo que tienes que hacer, es el que te ayuda a descubrir tu staku (estrella), tu don —explicó Kiwichat.

—Oh, por eso mi tatita siempre dice: “No te voy a enseñar lo que yo sé, no quiero que seas igual que yo, no quiero que seas mi copia, descubre tu palabra, inventa tu propia música”.

—¿Y cuál es el don de Sukchalh? Me han contado que ella estuvo atenta al llamado de Sipíjchichi (Coyote) y su voz acompañó el nacimiento de Chichiní (Sol)… por eso, entre el manto de la noche que cubre su cuerpo se asoman los vivos colores del sol.

—Sen, mi hermosa niña, mi corazón se alegra porque tienes sed y siempre escuchas lo que te enseñamos, pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Agradecimientos:

A Ramona San Juan Hernández de San Lorenzo Tajín y al maestro Romualdo García de Luna, por compartirnos la historia de Patokgtokg.

Ilustración de entrada:
Título: «Sen y Patokgtokg frente al árbol de la enseñanza».
Autora: Rufina Pérez.