Reseña: “Soledad”de José Luis Ramírez Gutiérrez, RAM!

Martha Camacho



Octubre 2025 (Enero 2026)

Miguel Almanza me hace llegar el siguiente cuento y me tiro de cabeza desde el principio.

“Soledad está narrado en primera persona y describe un mundo donde muchas de las estructuras que conocemos ya no son necesarias, eso sí, el texto no propone esto como una liberación ni como una utopía.

No hay aquí un patriarcado responsable: la catástrofe proviene de otro lado, y lo más duro del escenario que plantea el cuento es que no ofrece salida.

Soledad y las suyas son elementalmente sororas, pero esa sororidad no es cálida ni amorosa.

Es utilitaria.

Cooperan porque no hay alternativa. La supervivencia sustituye al cuidado. No hay esperanza —o quizá nunca la hubo— de un cambio real. Todas están en guerra constante contra la muerte y no logran sobreponerse más allá de… pero es hacer spoiler.

En una primera pasada sentí este rollo como un “cuento de abejas”: una organización funcional, biológica, impersonal, donde cada individuo cumple un rol necesario para que el conjunto siga adelante. Pero la analogía apenas se cumple; aquí no hay armonía ni propósito compartido, sólo una forma de seguir existiendo que no concede tregua.

No es un secreto que no simpatizo con los escenarios distópicos, pero este texto está construido desde un punto de vista muy claro.

Si lo que RAM! busca es plantear un mundo sin final feliz y sostenerlo sin trampas, su cuento lo logra. La idea que me deja Soledad es incómoda: no importa cuánto se modifiquen las Condiciones Iniciales (perdón por el lenguaje de teoría del Caos porque caóloga), el resultado —el resultado infeliz— puede ser el mismo.

No propone un futuro deseable, sino uno que no deberíamos permitir: un mundo donde la humanidad queda reducida a función biológica y la cooperación existe sólo porque no hay otra opción.

Quiero creer que la especie es más capaz que el cuadro que pinta RAM!, pero el cuento insiste en algo inquietante: en condiciones de desesperación extrema, no vamos a movernos más allá de lo estrictamente necesario para sobrevivir, independientemente de quiénes queden vivos.

Tal vez sea precisamente romper esas condiciones —y ampliar las miras hacia otros lados— lo que intentamos hacer cuando escribimos ciencia ficción.

Y basta: vayan a leerlo en el Fanzine 6, a RAM! le dará gusto que lo lean y, después, vayan a contradecirlo. Miguel Almanza, por su parte, me preguntará de qué manga saqué tanto rollo.

Martha Camacho. Nacida en 1963, Michoacán. Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta 1990. Publicada en Asimov Ciencia Ficción en español y en varias antologías del género, tanto en México como en España. Jurado del Premio de Novela Fantástica de Ciencia Ficción de la Universidad de Sonora 2025. 

Tierra de nadie


Cristian Fernando Guevara Hincapié


Todo empezó en un foro de la deepweb, con una vieja fotografía de un edificio llamado Surovyy-27, extremo noreste de la ciudad de Verfall: tierra de nadie. Olvidado por la historia, Surovyy-27 tenía un estilo que se inspiraba en el brutalismo soviético, ya saben: geometría radical, futurista, abrumadora casi laberíntica.

Decía un usuario anónimo que, dentro del edificio, había un muro jamás pintado: uno de los pocos muros vírgenes en todos los que había en la ciudad. Tildándolo además de lienzo sagrado.

Entonces un conocido en el negocio de las criptomonedas ofreció un pago a quien encontrara ese lienzo e hicieran un grafiti. Sencillo y directo. Podría casi parecer un timo, pero teniendo en cuenta la deplorable situación socioeconómica en la ciudad… ¿quién no se arriesgaría…?

Axolotl, RataZeta, Fiona, Machete y GatoSeco —seudónimos de artistas en la escena artística de Verfall— decidieron reunirse, colaborar para ganarse ese premio. Dividirlo.

Mientras tanto algunas voces empezaron a replicarse en el foro, decían que varios artistas estaban desapareciendo durante la búsqueda del lienzo.

¿Verdad o mentira? Dicen que los seres humanos asumimos riesgos esperando recompensas prometidas, no es necesario ir demasiado lejos, claramente tenemos los apostadores en los casinos.

Riesgo innecesario, imprudencia o vehemencia —como quieran decirle—, el grupo de artistas exploraron el noreste de la ciudad, cruzaron un enmallado, hasta encontrar varios edificios entre ellos Surovyy-27: agónico, carcomido por la falta de cuidado, intemperie y tiempo.

Cuando cruzaron el umbral de puertas oxidadas, empezaron a vivir el horror porque la puerta que les dio acceso al edificio, terminó atrapándolos, regresándoles al interior del edificio.

Descubrieron que las leyes físicas colapsaban al interior del monstruo arquitectónico como un castillo de naipes —y digo monstruoso: ni figurada ni alegórica ni metafórica ni simbólicamente— monstruoso de manera literal. Atrapándolos en un intrincado sistema interconectado.

Las paredes —recubiertas de incontables grafitis— se extendían en corredores que parecían infinitos y que, algunos, al atravesarlos, los regresaban al punto de origen.

Cada puerta estaba conectada a apartamentos en otros pisos, que variaban con cada apertura. Cada ventana reflejaba escenas que no coincidían con sus ubicaciones.

Notaron como, retirando la vista, así fuera momentáneamente, el edificio mutaba, cambiaba como si fuera un metamorfo gigante, dándole sentido a la paradoja del gato de Schrödinger: dependencia del observador. Y los grafitis, los malditos grafitis que recubrían las paredes, se deshacían y recomponían cada vez que no los miraban: reptaban, evolucionaban, intercambiaban sus lugares, tamaños, colores y apariencias.

—¿Qué? —dijo Fiona, cuando descubrió el cambio. Observaba un grafiti de una mujer siendo quemada en una hoguera y después de parpadear había un hombre siendo empalado, y cuando parpadeó de nuevo, había una mujer lapidada. Fiona sintió pavor y náuseas—. Tengo… miedo.

—Tenemos —dijo GatoSeco, sudando por montones—. Tenemos, Fiona.

—¡Marica, esto es una mierda…! —gritó RataZeta, pálido, cuando cruzó por tercera vez al mismo pasillo. Pateó la puerta con fiereza.

—¡¿Cómo salimos de aquí?! —interrogó Machete, oteando todas las direcciones con la presteza de una ardilla, llevándose ambas manos a las sienes de su cabeza: notablemente desesperado.

Pero para la desgracia del grupo, ya no había forma de salir. Solo caer en el desespero. Y, la desesperación los invadió, con una sensación que, sin siquiera haberlo visto, había alguien más ahí: observándolos en algún rincón de ese escenario abstracto, pesadilla infernal. Esperando. ¿Esperando para qué…?

Fiona, después de cruzar una puerta, dejó de ser vista por los demás, reapareció caminando en el techo, cabeza abajo. Estaba notablemente confundida:

—¡¿Có-Cómo bajo?!

—Regresa —indicó GatoSeco con sus ojos abiertos hasta más no poder.

—¡Miren! —irrumpió RataZeta con el chillido de un animal herido.

Había un grafiti: una calavera siniestra, fotorrealista, que parecía mirarlos, atrás, siluetas humanas, exhibiendo sufrimiento. Y, en la base del grafiti, una frase: “Benditos aquellos que sufren porque sus almas están llenas de delicias…”.

—¡¿Qué demonios?! —chilló GatoSeco cuando leyó.

—Tengo miedo… —expresó Fiona, mirando desde su posición invertida.

—¡Baja! —habló Axolotl.

Fiona, apresurándose, regresó por un pasillo, pero esa fue la última vez que la vieron. GatoSeco decidió buscarla, pero también desapareció.

Machete intentó buscarlos, pero Axolotl le advirtió:

—¡No! Permanezcamos juntos —invitó a ambos: Machete y RataZeta, quienes aceptaron sin dilación.

Ahí entendieron que era verdad lo de los artistas desaparecidos, seguramente atrapados en algunas de las habitaciones perpetuas.

Establecieron un complejo plan: marcaron el camino con aerosol rojo. Pero se dieron cuenta que las marcas también cambiaban de lugar o desaparecían al dejar de mirarlas. El espacio parecía estar vivo. Fue así que Machete en un momento estaba siguiéndoles y después ya no: desapareció.

Axolotl, analítico, lo entendió cuando ya era muy tarde, el edificio no era solo un lugar: era un organismo viviente, sintiente, siempre cambiante, como un parásito dimensional que atrapaba a las personas. Que, dándole un sentido simbólico, atrapaba las almas creativas, las que osaban imponer su versión de la realidad, externalizarlas en los lienzos de concreto. Súbita crítica social al sistema de oposición, porque ser diferente implica ser devorado por la sociedad… por la urbe… “porque lo diferente debía sancionarse…” ¿no? “Benditos aquellos que sufren porque sus almas están llenas de delicias…” porque los artistas sufren…

Axolotl sacudió la cabeza intentando volver en sí. Exhaló profundo. ¿Qué podían hacer? Estaban siendo devorados, no solo por las fauces y entrañas del edificio, sino por sus miedos más primitivos.

Axolotl y RataZeta empezaron a alucinar con cosas que habían vivido y sufrido; infancias destrozadas, adolescencias voraces, juventudes en frenetismo.

—¡Marica…! —expresó RataZeta cuando se detuvo a observar un grafiti.

Axolotl también observó el grafiti: todos sus amigos artistas desaparecidos estaban en un collage macabro. Cinco personas caminaban en una estructura no euclidiana, misma en la que estaban atrapados. Y su firma estaba ahí plasmada: Axolotl.

Y ambos sintieron consternación cuando vieron que en ese grafiti había una entidad abominable, que por piel tenía hileras de ojos de diferentes tamaños, con cadenas que finalizaban en garfios. Acechándolos.

Axolotl no alcanzó a reaccionar. RataZeta fue atrapado por unas cadenas, similares a las del ser abominable en el grafiti, provenientes del fondo del pasillo. No pudo hacer nada mientras su amigo chillaba. Solo pudo correr, para minutos más tarde darse cuenta que había regresado al mismo lugar donde RataZeta fue atrapado, sin rastro de él o del ser.

Cayó de rodillas, confundido.

Ese lugar atrapaba a las víctimas como un trauma psicológico. Persiguiéndolos toda la vida. Enredando cada una de sus acciones. Porque la vida es igual de compleja que ese edificio. Que una cadena enredada. ¿Acaso el edificio era una extensión de la vida misma? Axolotl entendió que nadie respondería esa pregunta cuando escuchó resonar las cadenas detrás suyo.

Cristian Guevara es un escritor y psicólogo colombiano, (1989, Cali). Considera la escritura un espacio para explorar los límites de lo real. Se especializa en poesía y cuento, con una inclinación hacia el suspenso, ciencia ficción y terror. A lo largo de su carrera, ha publicado en un centenar de revistas y antologías hispanoamericanas, algunas son: Pactum, Dogevena, Codex Sulpurista, Revista Albores Caipell, Paladín, Inquisidor, Revista Narrativa, Sonámbulo, El Creacionista, Clan Kütral, Sarape de Neón, La Navaja Extraviada, Nova Talassa, Crónicas Omicron, Aion.MX. Revista Cultural Casa Usher, Voces Indelebles, y otras, consolidando su presencia en el ámbito literario. 

Sálvate

Jessica Pavón


En este tumultuoso mundo

Resolví tomar mis alas,

Ser mí heroína, salvadora.

Alada voy por lo extraño de la vida

resurgiendo como fénix.

De cenizas de otros tiempos

De oscuridad y sombras.

Bajo sofocante sol de enero

Entre luces y lunas rotas.

Voy como abeja dejando aguijones, largando mis penas.

Transformada en otra.

¡No busques ahora a la niña rota!

Busca una loba hambrienta.

¡No busques a la mujer rota!

Busca empoderada reina:

Lejana, altiva y alada.

Jessica Pavón vive en Argentina nació el 30 de enero de 1979. Es docente de escuelas secundarias. Incursionando en la escritura colaboró recientemente con sus poemas en la Revista Literaria chilena Salió Mal, Revista Raíces (California), Visiones Peligrosas y Mujeres Aladas de México. Promueve la lectura en su comunidad en la Biblioteca Popular Enrique Gonino y participó en varias antologías: Lo que el cuento se llevó y Siembra de Versos de Editorial Luxor, Niebla de Editorial Deshoras y Código 2025 relatos policiales de Editorial La Retórica, Argentina en Letras e Invierno de Antologías del Fin del Mundo. Recientemente fue seleccionada para participar en una antología de microrrelatos Umbral de las tinieblas y Revista Amalgama de Letras de España.

Reseña de «Un pasaje sin limites»

Martha Camacho


Releo “Un pasaje sin límites” de Ronnie Camacho; una historia sobre no pagar el pasaje.

Y no logro clasificarlo.

Busco plausibilidad; toda la historia suena muy razonable, las dimensiones están más cercanas y más ‘pegadas’ entre sí de lo que nuestra limitada mente (encerrada en sólo cuatro y con una de ellas que no comprendemos muy bien) concibe y el viajero de Ronnie, quien no tiene empacho en viajar como lo hace, usando los medios que sean necesarios.

Sin importar si son éticos o no.

Genial la forma de viajar; ¿podría ser entonces la música una forma? ¿una canción específica podría llevarte a un nuevo lugar? Doble wow ¿Hay música en cada cuanto?

Quiero imaginarme un láser devorador de materia como alguna especie de agujero negro diminuto, sumamente “laserificado”, es decir, con su fuerza de gravedad ordenada y concentrada en un solo punto, deshaciéndose de lo que haga falta.

Soy una cienciaficcionera insoportable y de inmediato me pongo a calcular detalles técnicos, a imaginar los pesos entre realidades, la interactuación entre partículas, las frecuencias, todo lo que Ronnie escribe de forma directa, práctica, con apenas un toque de poesía entre sus paisajes.

Y lo que comienza como el entretenido relato entre dos que se conocen en un bar, termina en una escena… que claro que no les diré.

Vayan y descarguen el Fanzine #3 del Colectivo Delfos. Miguel Almanza quedará extrañado por el súbito interés y Ronnie con seguridad se reirá malvadamente, al haber añadido varios más, a su pasaje. Se los juro.

Martha Camacho. Nacida en 1963, Michoacán. Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta 1990. Publicada en Asimov Ciencia Ficción en español y en varias antologías del género, tanto en México como en España. Jurado del Premio de Novela Fantástica de Ciencia Ficción de la Universidad de Sonora 2025. 

Legado de fuego (audiocuento)

Miguel López González


Pancho lo encontró cuando hicieron su casa de adobe. En aquel pedacito de terreno que compraron por unos pesos hace muchos años, allá en Milpa Alta.

Era un huevo carmesí, con el tamaño de un bebé recién nacido.

—Estamos bendecidos, vieja.

—¡Es un huevo de Xiuhcóatl!—le respondió su esposa, María.

—Nunca pasaremos hambre, traen buena fortuna.

—Lo pondré en el fogón debajo de todas las cenizas para que guarde calorcito.

Colocaron el huevo en medio de las tres piedras, lo mantuvieron caliente todos los días del año, y en el ritual anual de la limpia del fogón, mamá María lo cargaba como si fuera un dulce pequeño, arrullándolo con su voz:

Ce conetl moma huiltiaya

Ixpantzico meztli

Huan moilnamiquilliaya

Niquicta meztli in malacath

Tlan íc tlalli

Tlaco malacatl

Huan occe tlacomalacatl

Huan occe tlacomalacatl

Huan occe tlacomalacatl…

Un bebé jugaba

Frente a la luna

Y recordaba

Estoy viendo la redondez de la luna

Le voy a poner a esta redondez

Un medio círculo

Y otro medio círculo

Y otro medio círculo

Y otro medio círculo…i

Pasaron los años, nunca faltó comida, salud y sobre todo el calor en aquella casita. La familia creció y, ahora don José, tataranieto de Pancho, se encuentra dando indicaciones a su sobrino.

—La tarea fue heredada por varias generaciones. El primogénito tiene que quedarse a cuidar del huevo y ahora es tu turno, Simón. Yo ya estoy muy viejo y el huevo requiere más y más calor. Ya no puedo con la responsabilidad.

—¿Por qué necesita más calor?

—En cada generación pide más fuego, su alimento natural hasta que pida nacer —dijo don José—. Ahora vete y preséntate con la pequeña.

Simón no era ajeno a aquel huevo. Era una arcaica costumbre qué lo alcanzó, pues en la línea familiar él era el siguiente. Ahora viviría ahí y abandonaría su casa en la ciudad. Algo en extremo molesto, aunque su familia lo mantendría, pues gracias a su serpentina suerte, hicieron una buena cantidad de dinero y así sustentaban la vida de quien se convertía en el guardián.

El muchacho colocó la madera ardiente al lado de las piedras del fogón; con el atizador retiró la ceniza para dejar al descubierto aquel óvalo colorado. Simón tomó su posición, hincándose y agachando la cabeza.

NotokaiiSimón. Mi tío ya debe descansar, así que a partir de ahora yo lo haré. Cuidare de él y de ti.

Debido a que el huevo se encontraba a contraluz de las llamas, pudo ver en su interior una sombra que reaccionó a esas palabras; culebreó dentro de su cascaron. Sorprendió, Simón corrió donde su tío.

—¡Tío, tío!, ¡se movió, se movió! Me presenté con ella y la vi.

—¡Qué bueno, hijo! Ya te ha aceptado. Ahora tú estás a cargo.

Simón cumplió su palabra. Iba al centro a comprar los alimentos para los dos, trabajaba en la pequeña milpa cosechando y siempre se encargaba de que el fogón tuviera lumbre. Platicaba con don José de sus vivencias; la vida de su tío fue la de un ermitaño, nunca se casó, pues ninguna de sus parejas quiso vivir en aquella casa tan lejos de todo y de todos. No se lamentaba, con ese pequeño sacrificio ayudaba a la familia.

Pasaron los días, semanas y casi al llegar el año, don José agonizaba en su cama.

—Ni modo mijo, aún con todas las medicinas y las visitas de los doctores privados uno solo vive lo que tiene que vivir.

—¡Vamos al pueblo! Todavía podemos hacer algo.

Simón tomó a José como pudo, lo levantó y caminaron hacia la puerta. Al momento de pasar por el fogón el huevo emitió un chillido; iba a nacer.

—La Xiuhcóatl, Simón. Déjame verla.

—Tío no tenemos tiempo para eso.

Con dificultad, don José se agachó frente al huevo; parecía un carbón al rojo vivo. Su cansado corazón no pudo con la impresión y cayó al suelo.

—Hijo… hazme caso. Afuera hay botes con gasolina, prende la casa. Solo así la ayudaremos.

—¿Cómo me pides hacer eso? ¡Tenemos que ir al hospital!

—Haz lo que te digo…yo ya no tengo salvación…alguien tiene que dar la vida para que ella nazca.

Simón con lágrimas en los ojos acató la petición. Roció por dentro y por fuera la casa con la gasolina. Regresó para despedirse de don José.

—¡Tío!

—No te preocupes… voy con ella al quinto cielo. Ya vete…vete lejos.

Dentro de la casa, don José inició el incendio mientras abrazaba el huevo con todo el amor que le quedaba en el cuerpo y comenzó a cantar suspirando:

Huan occe tlacomalacatl

Huan occe tlacomalacatl

Huan occe tlacomalacatl…

La casita finalmente cedió ante el fuego y colapsó. Simón veía de lejos la escena con una tormenta en sus ojos. De pronto, el suelo comenzó a vibrar con violencia, y un rugido ensordecedor irrumpió el silencio de la noche. El suelo se resquebrajó como un plato de barro al chocar contra el suelo, las grietas formadas dejaban escapar un fulgor carmesí y naranja, mientras un enorme montículo de tierra hacía volar por los aires los viejos ladrillos de adobe.

El cono volcánico se formó a causa del magma que salía escurriendo como miel de las grietas. Una erupción violenta iluminó el cielo, rasgando la tela nocturna y devorando la luz de las estrellas. Del cráter emergió una lengua de fuego descomunal.

—¡Xiuhcóatl! —gritó Simón.

i Arrullo originario de Milpa Alta, Ciudad de México

ii Mi nombre es o Soy. Lengua náhuatl, variante del centro de México.

Entrevista a José Luis Ramírez

Entrevistador: Miguel Almanza


José Luis Ramírez (Puebla, Pue. 1974). Es Ingeniero Industrial en Electrónica y estudió una maestría en Ciencias de la Computación. Ha sido publicado en distintas antologías entre las que destacan: Mundos Posibles, Auroras y Horizontes, El crimen como una de las bellas artes Vol.III, Los Mejores Cuentos Mexicanos Ed.2003, Visiones Periféricas, El hombre en las Dos Puertas, Los Mapas del Caos y Silicio en la Memoria; así como en varias revistas y fanzines. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción 1998, con el cuento “Hielo”. Es el coordinador y editor de la Antología Lo mejor de la ciencia ficción mexicana y administrador del portal cifi.mx que cataloga todas las producciones con temática de ciencia ficción en México.

CD: Pues este ahí va mi primera pregunta. Después de 25 años de escribir ciencia ficción, creo que tienes más, me parece, ¿verdad?

José Luis Ramírez: Voy a cumplir treinta, o ya cumplí treinta, ahorita en 2025.

CD: Sí. Después de este periodo que ya tienes. ¿Cuál sería el primer consejo a los escritores que se inician en este género, en esta vertiente, ¿cuál sería un primer consejo para escritores de ciencia ficción mexicana?

José Luis Ramírez: Leer, leer mucho. Este, creo creo que es algo que siempre siempre ayuda. Este, no solo ciencia ficción, fantasía, policíaco terror; mainstream, biografías, historia, todo, todo lo que lo que quieran. Para mí la lectura es, además de la parte lúdica y de la parte de entretenimiento, del aprendizaje, de la parte de enriquecerte con la cultura. La lectura para mí es, en mi experiencia, es el disparador, es lo que me lleva a escribir historias, ¿no?

Leo algo que me gusta mucho, el mundo que construye y de pronto siento que faltó explorar una parte de ese universo, ¿no? O de pronto siento que no es la historia como a mí me hubiera gustado que me la contaran o que dejó de lado algo. Y siempre ha sido, en mi caso, un disparador la lectura. Y no solamente la lectura, digo, también ver películas, jugar videojuegos y demás.
Pero creo que la lectura es lo más importante y mi primer consejo para cualquiera que quiera, esté, comenzando a escribir, es que lea mucho.

CD: Muy bien. ¿Algún autor que nos recomiendes o autores?

José Luis Ramírez: Esa pregunta es muy tramposa. Mi libro, mis libros favoritos con los que me iría a una isla, siempre digo este suena suena muy raro, ¿no? O sea, me gusta mucho: El paraíso perdido de de John Milton. Me gusta mucho la Divina Comedia de de Dante Alighieri. Me parece, o sea, me gustan mucho, más que cualquier autor vivo o muerto, esos son los libros que que considero los mejores.
Obviamente, recomiendo leer a Dante, recomiendo leer a Milton. Me gusta mucho William Blake; Las Bodas del Cielo y del Infierno. Me gusta mucho La Odisea, me gusta mucho La Iliada y me gustan mucho Las Metamorfosis.

Me gusta mucho la literatura clásica y y autores que recomiendo, pero ya de ciencia ficción y contemporáneos y que estén vivos los viejitos. No que sean este señores y señoras. Ursula K. Leguin. Me parece maravilloso. Curiosamente no me gusta mucho, no voy a decir no me gusta mucho. La prefiero como autora de fantasía, prefiero los libros de Terramar, a La mano izquierda de la oscuridad y otras obras suyas icónicas, pero Ursula K. Leguin me gusta mucho.

Señoros actuales que son el ABCD de la ciencia ficción: Asimov, Bradbury, Clark y Philip K. Dick. Me parecen maravillosos. Dick particularmente es una cosa es un autor que no es imprescindible, no en la ciencia ficción, en la Literatura, así con mayúscula. Al nivel de Borges o de Cortázar. Me gusta mucho José Emilio Pacheco, me gusta mucho este Jorge Ibargüengoitia, pero en ciencia ficción, insisto, contemporánea: William Gibson. William Gibson todo lo del cyberpunk, me voló la cabeza.

Curiosamente, no solo Neuromante. Todas sus cinco novelas del Sprawl, de sus seis novelas del Sprawl y del puente. Y las novelas nuevas, que ya son más cyberpunk y The Peripheral, todo lo que ha escrito Gibson, todo me encanta. Lo que escribió con Sterling, también recomiendo mucho a Sterling, este sobre todo la máquina diferencial, el steampunk de ellos dos. Es lo mejor del del steampunk que he leído en muchos en muchos casos, entonces los recomiendo muchísimo. Entonces, este sí, Sterling, Gibson, Lewis Shiner y Greg Egan.

No le sigo porque no acabo, o sea, todos los autores este que están este eh publicando ciencia ficción este mainstreamosa, los he tratado de leer, he tratado de seguir su obra y estos han resaltado de una forma así muchísimo. Alguien me me decía, «Es que Bradbury no es ciencia ficción, es más fantasía.» Y bueno, yo creo que Fahrenheit es de lo mejorcito de la ciencia ficción. Nunca me acuerdo del número, Fahrenheit 451 o los grados que sean. Me parece una obra maravillosa, Las Crónicas Marcianas me parece una obra maravillosa, El hombre ilustrado me parece una obra maravillosa. Entonces, yo defiendo mucho a Bradbury como autor este de ciencia ficción, me parece maravilloso. Igual Asimov, este yo empecé a leer era ciencia ficción cuando estaba en la secundaria con Asimov y se me quedó.

O sea, es una cosita que después despotriqué y después dije: Escribe como ingeniero. Y después, es demasiado yanqui, imperialista, colonialista y y demás. Pero pues se me quedó en mi corazoncito Las bóvedas de acero, Yo robot y pues no me lo puedo quitar. Y soy fan de La Fundación, Imperio y los robots y los mil libros que sacó de eso y lo recomiendo mucho. ¿Para qué te miento? Igual Clark. Me gusta Kim Stanley Robinson. Amé Marte rojo, Marte verde, Marte azul.

Me encanta este este muchachito Andy Weir con El Marciano y está otro que se me fue el nombre que acaban de hacer película con el Ryan Gosling, Contacto extraterrestre, está buenísima. Y bueno, su misión en la luna también me encanta. Entonces, ¿qué te digo? Casi cualquier autor que lea este le encuentra dentro algo que me gusta.

Pero si los pongo que recomendar y si tienes que leerlo así a fuerza, pues sí: yo sigo aprovechándome de la mitología griega, aprovechándome de toda esta mitología cristiana de ángeles y demonios, y de toda esta ciencia ficción clásica, hegemónica, imperialista, yanqui y demás. Y bueno, de un autores mexicanos, porque también también me gustan mucho: Alberto Chimal, Zárate y y Gabriela Damián, me gustan mucho.

Pero sí, no me preguntes eso porque ni te contesto con la verdad porque no tengo un autor favorito, un autor que recomiende, tengo cientos de autores que te recomiende y esa es una pregunta muy tramposa y nos vamos a encandilar ahí. Pues ya no Pero sí, Gibson, Gibson Gibson es de mis favoritos, Dick es de mis favoritos. Bradbury, es de mis favoritos.

Disfruta la entrevista completa en nuestro canal de Youtube Colectivo Delfos TV

Bitácora de la doctora Xóchitl

Miguel López González


Hospital San Rafael

Turno: Vespertino

8:30 a.m. – Consulta, masculino, 37 años.

Nombre del paciente: Víctor Castro Álvarez.

Motivo de consulta: Dolor agudo en el flanco izquierdo, irradiado hacia la región inguinal. El paciente se mostraba visiblemente incómodo. Describió la molestia como punzante y sumamente dolorosa. Comenzó un día antes y el primer síntoma fue orina con sangre. Sus signos revelaban una hipertensión y febrícula.

Durante la exploración, el paciente señaló que hace un par de años había presentado cálculos renales, pero la situación, sus palabras, no se podía comparar a la de aquella vez.

09:15 a.m. – Hipótesis y estudios:

Análisis de orina: Evidencia de hematuria.

Ultrasonido renal: Presencia de dilatación de la pelvis renal izquierda. Se identificó una sombra acústica, urolitiasis, sin embargo, la sombra posee una morfología atípica, no se parece a algo que haya visto en pacientes o en libros.

Diagnóstico probable: Presencia de cálculos y/o cuerpos extraños; posible litiasis ureteral con obstrucción parcial.

11:45 a.m. – Ingreso del paciente.

Se ingresó al paciente, afortunadamente, había cama disponible. Se administraron analgésicos y antiespasmódicos vía intravenosa, así como suero para mantenerlo hidratado. El paciente expresó: Doctora, ayúdeme por favor. Siento que me desgarro por dentro. Lucía asustado, pude escuchar una leve risa, deben ser sus nervios. Se programó una cirugía para más tarde.

12:27 p.m. – Toma de signos preoperatoria.

La enfermera Laguna, tomó los signos. El paciente mostraba un ritmo cardiaco de 110 latidos por minuto, algo normal dada la situación que experimentaba. Con él se encontraba un colega de su trabajo que funge como contacto de emergencia; se le informó de la situación, sin embargo, solo se limitó a asentir y sonreír.

1:27 p.m. – Cirugía: litiasis renal.

Debido al tamaño, la litotripsia extracorpórea no fue una opción. Se optó por la nefrolitotomía percutánea litiasis renal. Realizar el abordaje percutáneo fue sencillo, rutinario diría sin duda, sin embargo, al introducir el elemento flexible comenzaron los problemas.

Dicho elemento fue introducido con sumo cuidado, como siempre se ha realizado, más grande fue nuestra sorpresa cuando el catéter flexible fue halado hacia adentro del cuerpo del paciente con una velocidad impresionante. El doctor Terrones tuvo que soltarlo pues la fricción quemó sus guantes y ambas manos, tan solo pudo cortar la tira con un escalpelo antes de que toda desapareciera dentro del paciente.

El monitor no mostró nada anómalo, todo era estático salvo la sombra del tubo flexible enrollado en forma de espiral dentro del riñón. La operación no pudo ser llevada a cabo como se planeó; dadas las extrañas circunstancias, se votó por realizar una extracción total del órgano. Al realizar el primer corte escuchamos una risa ahogada, nos miramos los unos a los otros y el anestesista revisó a Víctor, pero este se encontraba sedado.

Terrones trajo el instrumental para laparoscopia, tres tubos con cámaras para maniobrar correctamente. Al realizar las otras dos incisiones la risa se hizo más fuerte, se escuchó cavernosa y líquida; venía del interior de Víctor. La enfermera Cruz, aterrada por lo que escuchó, abandonó su puesto y no puedo culparla, la situación ya poseía tintes inverosímiles; solo quedamos Terrones, García el anestesiólogo y yo.

No fingiré que me encontraba tranquila, no creo que exista una persona con nervios de acero que pudiese mantenerse enteramente calmada ante a lo que nos enfrentamos.Entonces lo vimos, por tan solo unos breves segundos, quizá milésimas, antes de que la cámara fuera destrozada y tuviéramos que retirar el endoscopio. Yo quedé helada, Terrones logró pinchar esa cosa con la aguja de Veress y la escuchamos chillar; fue espantoso y repugnante.

Nos miramos a los ojos, incrédulos de lo que acababa de pasar. Sin embargo, no podíamos dejar al paciente con eso dentro de él. No tuvimos elección, no nos dejó extirparlo con métodos no invasivos. Terrones y yo decidimos hablamos susurrando, no fue intencional, fue una reacción meramente instintiva. Utilizaríamos un método que se califica como salvaje en estos tiempos. Me concentré y dejé atrás mi nerviosismo, puesto Terrones al atacar aquella cosa ya no se encontraba en las condiciones ideales; podía ver en su rostro una expresión de asco, miedo y duda. Considero que yo tampoco contaba con una estabilidad perfecta sobre todo porque aquella asquerosa risa seguía y seguía.

Realicé la incisión correspondiente para la nefrectomía radical. Mi pulso tembló un poco, pero nada significativo que hubiera comprometido la vida del paciente; tal vez dejaría una cicatriz irregular. La sangre fluyó de manera normal, nada extraño, si dejamos de lado la risa de aquello, hasta que llegamos a la zona; tomamos mucha precaución pues si aquella anomalía había podido trozar el instrumento nuestros dedos no le producirían ningún problema. Coloqué los fórceps y lo observamos claramente. Era un riñón, mostraba una sonrisa retorcida y ensangrentada; pudimos distinguir incisivos, premolares y caninos. Mi estómago se comprimió y los pies me temblaron cuando abrió su cavidad bucal para soltar esa risa vomitiva.

Abrimos lo más que pudimos la incisión, el órgano lanzaba mordiscos al azar; Terrones vigilaba aquella criatura, dueña de esa enferma dentadura, con mucho cuidado de que ninguno de los dos fuera presa de sus salvajes mordidas. Tuve que actuar rápido y acepto la culpa por el trabajo tan descuidado realizado en el paciente, sin embargo, a riesgo de sonar repetitiva, la situación desbordaba al equipo. Al finalizar con la última incisión y separar aquella cosa, comenzó a chillar y a reír más fuerte; sentí mis oídos perforados, juro que sentí recorrer esa carcajada por todo mi ser; me descuidé.

Justo cuando lo retirábamos el riñón dio una gran mordida a los tejidos del paciente, vimos brotar su sangre y terminó por romperme. Solté los fórceps con el monstruo y este rodó por el suelo, dejando un rastro de sangre tras él. Doy gracias al cielo que García intervino; tomó un hemostato y apuñaló a esa cosa que se encontraba ahogándose y riendo con la carne de Víctor. Terrones le proporcionó un recipiente redondo para cubrirla.

No sabíamos qué hacer y pensé en el alcohol y grité: ¡Tenemos que quemarlo, ahora!

Corrí por la botella y con mucho cuidado levantamos un lado del cuenco y vertí dentro el líquido, afortunadamente García además de ser un excelente anestesiólogo es un fumador consumado; tomó sus cerillos y le prendió fuego. Aquello se retorcía, gritaba y reía de manera frenética hasta que paró después de unos minutos.

Tuvimos miedo de levantar el recipiente, pues no estábamos seguros de que aquel “ser” estuviera muerto. Terrones colocó todo lo que pudo sobre él cuenco y procedimos a controlar la hemorragia de Víctor para estabilizarlo y revisar el daño que habíamos provocado y la monstruosa mordida que sufrió.

4:52 p.m. – Postoperatorio.

El riñón, el monstruo, no sé cómo referirme a eso, fue llevado por García al incinerador para eliminarlo por completo. Víctor estuvo sedado y monitorizado ante cualquier anomalía. El equipo y yo estuvimos preocupados por la situación, decidimos realizar un reporte normal, pues nadie podría creer lo vivido en la cirugía. El paciente despertó y honestamente desearía que eso no hubiera pasado.

Víctor mencionó encontrarse bien, adolorido como era de esperarse y con una presión extraña en el pecho. Al momento de auscultar, lo escuché. Entre los palpitares, una etérea risa se manifestaba en su corazón. Abandoné la habitación sin decir nada y presenté mi renuncia.

12:43 a.m. – En casa.

No pienso volver al hospital. Aún percibo esa maldita risa, ¿está grabada en mi mente? Rio de nerviosismo…eso es… sólo se trata de nerviosismo.

Colaboración especial de Iván Ambrouken quien ilustró este cuento con su obra «La Criatura».

Colmillos en la Jalisco

Adriana de Jesús Casas Moreno


Todo comenzó una noche cualquiera en el Parque Rojo. Yo había salido a despejarme porque el WiFi de mi casa se fue, y con él, mi voluntad de vivir. Caminaba como zombi, pero no de los cool de las películas. Yo era más bien un desempleado con acné adulto, o sea: un triste mortal.

Y ahí estaba ella.

Sentada en una banca, como si estuviera esperando desde hace siglos. Vestía de negro, con un corset que parecía sacado de una subasta gótica del 1800. No pestañeaba. No se movía. No parpadeaba. Claramente, pensé: esta morra es arte… o me va a asaltar.

—¿Te perdiste? —me preguntó con una voz tan dulce como la de Alexa, pero más hipnotizante.

—Eh… no. Bueno, un poco sí. De la vida.

Sonrió. Sus colmillos, largos y afilados, brillaron con la luz de la farola. Pero mi mente, en su infinita negación, decidió ignorarlos como ignoro las notificaciones del SAT.

—Soy Vanessa. ¿Y tú?

—Ulises, como el del libro. Pero sin barco. Ni gloria.

Esa noche hablamos horas. De literatura, de la muerte, de cómo los mangos con chile del parque Rojo están sobrevalorados. Todo muy normal, salvo porque ella nunca parpadeó ni una vez. Tampoco respiró. Yo, por supuesto, no le di importancia. Estaba ocupado enamorándome.

Pasaron varias noches. Un día, Vanessa me invitó a su casa en la colonia Jalisco. «Vive con su abuela», pensé. «O con gatos.» Lo que no pensé es que viviría… en un ataúd.

—¿Ese es tu… clóset horizontal? —pregunté, fingiendo calma mientras veía el sarcófago tapizado en terciopelo rojo.

—Es mi lecho eterno —respondió mientras se quitaba los botines. ¿Quién se quita los botines para meterse a un ataúd? Ella.

—¿Eres…? —no me salían las palabras. Ni la saliva.

—No muerta. Vampira. Vampiresa, si prefieres el término con perspectiva de género.

Yo, que hasta entonces solo había lidiado con exnovias pasivo-agresivas, estaba ante una mujer que dormía en ataúd y tomaba sangre. Y sin embargo, le dije:

—Muérdeme.

—¿Estás seguro?

—Mi única otra opción era volver con mi ex o trabajar en un call center.

Esa noche me mordió el cuello con ternura y firmeza, como quien da el primer beso pero también te chupa el alma. Cuando desperté, tenía colmillos, sed de sangre… y una inexplicable necesidad de burlarme de los humanos.

Desde entonces, Vanessa y yo nos convertimos en los Bonnie y Clyde vampíricos de la colonia Jalisco. Nadie sospechaba. Con nuestras chamarras negras, parecíamos pareja darks saliendo del Salón Guadalajara. Pero en realidad, estábamos cenando.

Nuestro menú: transeúntes imprudentes, amantes distraídos, y ocasionalmente, vendedores de seguros. Para despistar, les robábamos la cartera después del mordisco, así los medios decían que fue «la maña». Pero la verdadera maña éramos nosotros: dos muertos vivientes con problemas de control de impulsos.

El tiempo pasó. Llegaron los tianguis navideños. ¡Benditos sean los buñuelos y las multitudes! Para nosotros era como un bufet nocturno: luces de colores, posadas, niños cantando villancicos mientras nosotros cazábamos en silencio.

Yo me encargaba de los que se quedaban atrás, tomándose selfies con inflables de Santa Claus. Vanessa era más poética: elegía a quienes compraban piñatas de Hello Kitty. “Nadie que compre eso merece vivir”, decía, mientras les daba el beso final.

A veces nos escondíamos entre los puestos de luces LED y películas piratas. Escogíamos bien. Nada de niños ni ancianos. Solo adultos medio tontos. O sea, bastantes.

Y así, en cada banqueta húmeda de la colonia, dejábamos cuerpos exangües con cara de haber visto algo más feo que el recibo de la luz.

Nunca nos atraparon.

Una noche, mientras descansábamos en el techo de una casa de lámina, Vanessa me miró con esa mirada que solo los muertos saben dar.

—¿Te arrepientes?

—Solo de no haberte conocido antes. Cuando todavía tenía seguro médico.

Nos reímos. Un perro ladró. Una sirena de patrulla pasó de largo. Ahí seguimos. Enamorados. Eternos. Raros.

Si alguna vez visitas la colonia Jalisco de noche y ves dos sombras besándose cerca del tianguis… corre.

O mejor quédate. Puede que te toque un beso que dure para siempre.