Entrevista a Alberto Chimal

Entrevistador: Miguel Almanza


CD: Nuestra primera pregunta es: ¿Cómo defines la la fantasía como género literario? No sé si tengas alguna definición favorita de algún autor.

Alberto Chimal: Yo creo que la fantasía no es un género. Yo creo que la fantasía es un modo, es un tipo de discurso, por decirlo de alguna manera, que lo encuentras en toda clase de textos. Cuando te encuentras con algún texto en el cual uses el lenguaje, las palabras, para representar, para decir algo no solamente inventado, sino además imposible. Y probable que va más allá de lo que entendemos como lo real, ahí estamos con un un discurso fantástico. O sea, el lenguaje puede decir más de lo que la realidad permite. Podemos decir la frase: «Viajar en el tiempo.» Pero no podemos viajar en el tiempo. Por ejemplo, podemos decir: «Desplazarnos más rápido que la velocidad de la luz, pero no podemos desplazarnos más rápido que la velocidad de la luz.» Y así sucesivamente. Cuando permitimos que el lenguaje vaya más allá de lo que sabemos que es real, entonces estamos hablando de lo fantástico.

Cuando vemos géneros o subgéneros de lo fantástico o donde lo fantástico es como es muy visible, pues entonces tienes cosas como la fantasía épica o la ciencia ficción o el terror sobrenatural o cualquier otra cosa. Pero todos esos a pesar de lo diferentes que son entre sí, pues coinciden en en que usan la imaginación de esta forma. Es decir, es como un tópico más que un un tema, bueno, perdón, sí, un tema tópico, no un género. Pues sí, o sea, lo lo agrupan o existen géneros que se llaman fantásticos o de lo fantástico, pero pero eso es una clasificación, digamos, como incidental, ¿no? Que se debe a cómo ha sido la historia de la literatura.

A mí me interesa mencionar esto porque hay un montón de cosas más que se puede hacer con la palabra escrita, con la literatura, con la imaginación que están más allá como de las tres o cuatro cajas que ahora consideramos valederas. Es decir, tradicionalmente en las sociedades de esta época tenemos como cuatro o cinco etiquetas básicas para hablar de este tipo de textos. Y cualquier otra cosa nos cuesta entenderla cuando no cabe en esas en esas cajas. Entonces, yo creo que parte de lo que de hecho, lleva a que pues en lo que va de este siglo se inventen o se recobren este como muchas denominaciones nuevas: como Weird Fiction o como el Solar Punk o como cualquier otra combinación así, pues es por por un deseo de quien de mucha gente que escribe, como de salirse de las cajitas y decir otra cosa. O buscar un un modo distinto menos restrictivo de de decir lo que quieren decir.

CD: Entonces, cuando tú escribes, no piensas en géneros en ese sentido, ¿no?

Alberto Chimal: No, de hecho, a mí me viene muy natural al contrario, pues escribir como viene y después ver si la casualidad encaja o no. Usualmente no, lo cual me trae muchísimos problemas. Pero eso es algo que me viene pues de mis lecturas de chico. O sea, a mí nadie me dijo que había compartimientos o categorías o etiquetas de las que tenía que estar consciente. De hecho tampoco me tocó, tener ningún tipo de formación en el que hubiera referencia a las clasificaciones, en un sentido ver vertical como jerarquías, Que es algo que por desgracia pues algo que también se ve mucho en países como México. Las divisiones del pensamiento, de la imaginación, de la creación artística como marcas de clase social.

CD:Como la idea de subgénero como algo en la categoría baja.

Alberto Chimal: Y como está es muy curioso, pero si tú revisas digamos como la prensa mexicana del último par de décadas, bien te puedes encontrar que tarde o temprano una buena cantidad de autoras y autores de los que ahora consideramos como canónicos, como parte de esta cosa llamada la gran literatura; tarde o temprano han escrito un artículo, una reseña o cualquier cosa, como dejando muy clara su posición de que están por encima de de los subgéneros o por lo menos están muy conscientes de que existen y que ellos no se asocian y de que la gran literatura tampoco. Por ejemplo, no sé, la alguna alguna reseña de esta, se me va quien la escribió, de un libro que decía, «Este libro es estupendo porque va más allá de lo fantástico.» Eso es muy típico, ¿no? O este o decir, «Ah, yo en algún momento leí Stephen King, pero ya se me olvidó de qué se trata porque son puras tonterías”. Ese tipo de cosas que son como, pues sí, una especie, pues un poco, hasta de acto inconsciente. De decir, «No me junten con la pelusa, no me junten con la chusma, yo soy interesante, yo merezco atención.» Es muy frecuente. Y era frecuente pues también en el siglo pasado, pero es algo que no se nos ha quitado, es algo que no se nos ha quitado todavía.

CD: Es interesante porque en el medio de los compañeros muchos se preocupan precisamente de a veces de entrar y algunos compañeros este escritores noveles, pues sí nos preocupamos, en tratar de entrar en algún cajón. Entonces sí está muy interesante. La siguiente pregunta que tengo preparada es esta: ¿cómo nos podrías aconsejar cómo elegir dónde publicar? ¿Tienes no sé algunos criterios para utilizar? ¿dónde sí, dónde no?

Alberto Chimal: Yo creo que lo primero que hay que hacer es encontrar aquellos lugares, revistas o editoriales o el canal, el medio que sea, donde a ti te gustaría estar y donde haya trabajos afines a los que tú haces. O sea, puede parecer una obviedad, pero no lo es tanto. Si vas, por ejemplo, a proponer ponerle un libro a una editorial, pues te fijas primero si es una editorial que pudiera este razonablemente publicarlo. Si tienes una novela, no vas con una editorial de poesía. Por decir algo. Ese es un primer criterio. Hay que darle una revisada al catálogo de una editorial o al índice de una revista. Para para ver si de veras puedes resonar o ellos pueden resonar contigo. Luego también hay que buscar, me parece, como para ir viendo, determinando dónde. Yo creo que hay que darle preferencia a aquellos lugares donde puedas tener como algún tipo de contacto, aunque sea mínimo, aunque sea por correo electrónico. Que no sea nada más como ahora un sitio web donde te dicen, «Carga tu archivo y mándanoslo». Yo creo que evitar aquellos lugares donde de entrada sabes que te van a cobrar por publicar. O sea, si quieres autopublicar, pues hazlo tú, ¿para qué le vas a pagar a un tercero? Ahorita está muy de moda eso, ¿no? Y de hecho hay gente a la que le ha ido muy bien empezando por la auto publicación, pero lo importante ahí es evitar estafas, porque por desgracia hay muchas.

CD: Sí, de hecho sí, sí ha habido mucho de eso. Y bueno, ahí está mi tercera pregunta. ¿Cuál es el mejor consejo de escritura que alguien te ha dado? ¿y quién te lo dio?

Alberto Chimal: Me lo dio David Huerta que fue mi maestro pues durante varios años y al que siempre quise mucho. Bueno, como un montón de sus alumnos. Él me decía que había que respetar la escritura, respetar el trabajo de la escritura.

CD: ¿A qué se refiere?


Alberto Chimal: Pues a darle a darle tiempo en tu vida. Si quieres dedicarte en serio a esto dedícale unas horas de tu vida a la escritura cada día, el tiempo que puedas. Pero apártalo en serio para que lo utilices en eso.

CD:¿Cuántas horas le dedicas tú?

Alberto Chimal: Ay, pues todas las que puedo. No siempre puedo muchas horas, pero yo tengo como una regla que es que todos los días, pase lo que pase, tengo que haber escrito una página. Con eso son 300 y pico de páginas al año. Vivir en una ciudad como esta, pues tú sabes que tarde o temprano Tienes que salir, tienes que pasarte largas horas en transportes, yendo de un lado para otro, haciendo trámites, buscando cosas en quién sabe dónde. Entonces a veces puede ser difícil apartar un horario fijo. Cuando puedes, muy bien, cuando no, a mí por lo menos me funciona eso, tener esa mínima regla. Donde sea, como sea, pero ya llegar como esa meta, todos los días. En un día bueno En un día bueno pasa, salen más, ¿no?

CD: ¿Cómo cuántas?

Alberto Chimal: Ay, pues no sé, mira, yo me acuerdo mucho de un día muy bueno, pero muy bueno que tuve, donde fueron 22 páginas en un solo día. Creo que es lo que más he escrito en un solo día. Fue hace mucho tiempo. En años recientes, pues yo creo que que mi digamos como mi salida del promedio más usual ser unas seis páginas al día. Seis, siete páginas. Pero no sé, o sea, fluctúa mucho. Cuando estuvimos con el encierro pandémico, ahí sí era así Era bastante más fácil.

CD: O sea, dedicará qué será: ¿como tres a 8 horas?

Alberto Chimal: Ocho, pero llegué a dedicarle 8 horas en ciertos tramos, pero no continuos. O sea, tienes que pararte a descansar, tienes que comer. Tienes que vivir, pues, también. Pero digamos esa imagen del autor encerrado trabajando, rara vez he estado realmente a mi alcance. Casi nunca, pero digamos, sí es importante como de todas maneras ir con la aspiración de que haya escritura en tu vida, eso se lo aprendí a David.

CD: Gracias. La cuarta pregunta y precisamente hablando de maestros de formación, ¿cómo nos podemos formar más allá, en creación literaria, cómo nos podemos formar más allá de lo formal o académico?

Alberto Chimal: Todo te sirve, o sea, toda experiencia de la vida te sirve. A donde te lleve la vida, pues hay que estar atentos, hay que observar; hay que ver qué hay en nuestro alrededor, hay que escuchar las conversaciones, todo eso es es combustible, es material. Y pues también hay que leer todo lo que se pueda. Bueno, malo, regular.

CD: Hablando de lecturas, por ejemplo, lecturas de formativas de creación literaria, ¿tú recomiendas algunas?

Alberto Chimal: Mira, para mí fue muy importante un libro que se llama El arte de la ficción de John Gardner, que era un profesor de lo que ahora también se llama escritura creativa. En, no me acuerdo qué universidad estadounidense, él fue uno de los maestros de Raymond Carver, por ejemplo. Y tiene su propio trabajo como narrador, pero sobre todo es conocido como como maestro. Ese libro era la reunión de notas de sus cursos. Y para mí fue muy significativo, lo encontré, digamos, en una traducción al español hace mucho tiempo, en Toluca, mi ciudad natal. Fue muy significativo porque yo no sabía que se podía como aprender la escritura de una forma, digamos, sistematizada, ordenada, ¿no? Que había como como principios, conceptos que uno podía aprender. Y también porque ahí me enteré de que existían los ejercicios creativos. Como las encomiendas o las propuestas para desarrollar algún tema o poner en práctica alguna técnica que me parece una forma muy útil de ejercitarse, digamos, ejercitar la mente para crear, para escribir. Ese es un libro que para mí fue muy significativo y hay muchos, muchísimos.
Yo creo que yo creo que lo importante con esos libros, de hecho, es no tanto que encuentres el que sea mejor para ti, entre comillas, o el o el más adecuado o el más… lo que sea. Entonces, no es que antes buscando el superlativo. Más bien que lo que encuentres lo puedas aprovechar y que te acuerdes que ninguno de estos libros es como una especie de solución eterna o fórmula de absolutamente infalible, más bien, como era el libro de Gardner, cada uno es una reunión de las experiencias de los hallazgos personales de alguien. Algunas de esas experiencias no se pueden trasplantar. No se pueden traspasar a otras personas, son muy específicas de un lugar de un entorno, de una personalidad, pero otra sí. Uno va tomando de diferentes lugares lo que más le sirve.

CD: Algunos libros, bueno, aparte de los dos que tienen ustedes que por cierto yo también los tengo. ¿Algunos que nos recomiendes para comenzar?

Alberto Chimal: Mira, este de John Gardner, uno que se llama escribir ficción de Edith Wharton, que ya tiene sus años, pero está muy bueno. Hay una colección de la Escuela de Escritores de Madrid que está bastante buena. Son para “Escribir novela”, “Escribir fantástico”, “Escribir infantil y juvenil”. Esos están ahora sacando, fue una de las cosas que encontramos en la FIL. Están muy buenos, son asequibles. Hay un libro que es no es tanto de método o de práctica, pero como de teoría que a mí me parece muy bueno, que es «El arte de la novela» de Milan Kundera. Que se puede encontrar bastante fácil. Está, como el libro de Garner, digamos, como muy ligado a un determinado contexto. O sea, era un escritor checo disidente, entonces tiene, digamos, como esta parte del discurso muy en contra del régimen comunista checo, muy dentro de su circunstancia, pero, digamos, desde esa circunstancia a lo mejor las las recomendaciones que hace de textos de autores no son tan resonantes como podrían haber sido, pero lo que sí es bien interesante es que puedes ver digamos el método que él, el pensamiento que él tenía, para tratar de darle sentido a su idea de la novela. Eso si lo puede ver uno es muy útil porque uno puede digamos como abstraer esa esa especie de método o de ruta y encontrar detalles significativos o ideas o técnicas en los libros, el contexto de que a uno le interesa.

CD: ¿Buscas retroalimentación para tus borradores? ¿Tienes lectores beta?

Alberto Chimal: Sí, sí, Raquel, mi esposa, ve prácticamente todo lo que escribo. Además, dependiendo del proyecto, le pido ayuda a otras personas.

CD: ¿Crees que esa parte es es importante para escribir?

Alberto Chimal: Pues yo creo que sí, sobre todo cuando se trata de proyectos extensos donde corres el riesgo de que por el tiempo que ha pasado te vayas como viciando con con el propio trabajo, que ya no seas capaz de verlo eh objetivamente porque llevas muchísimo tiempo con él. Eso puede pasar.

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Madre Terrible

Eduardo Honey


Mantengo mi forma humana al correr por la calle de Madero rumbo a la plaza central, el Zócalo. Son las cuatro de la mañana y los antros aún no vomitan a sus borrachos ni drogos antes de los afters. Solo algún vagabundo arropado con sucias cobijas y periódicos que duerme encima de cartones a pesar de la ligera llovizna. En una que otra esquina te topas a algún policía refugiado y embutido en su uniforme para aguantar el frío o, a pesar de la baja temperatura, examinando su celular.

—Doña Jacinta —dice por el auricular Sonia, mi compañera de aventuras y mi sombra vía dron— comenta que Huitzilopochtli está por aparecer en el lugar donde dio su mandato. Y no es donde décadas atrás pusieron esa estatua tan gacha… Está a un costado del Templo Mayor donde colinda con la Plaza Manuel Gamio.

Miento madres por el tiempo que tardé en eliminar una tzitzimime en La Alameda. Iba con tiempo suficiente para llegar al lugar que me indicó doña Jacinta y su grupo de curanderas. El Syndicat des Ténèbres no las consideraba dignas de atención aún cuando tuvimos el incidente en el Cerro de la Estrella. Si no es por ellas y su clan con apoyo de Eulogio, se habría terminado el mundo en el ciclo de 52 años. Desde entonces las cosas se pusieron raras, algo no se cerró o no se ató de forma adecuada.

Desaparecieron las plagas habituales de Europa y Asia que intentaban asentarse en la smógpolis central de México. Los k’pterion en las sombras de los edificios antiguos, indicadores del balance con la otredad en el mundo, no emergían de las paredes. Le comenté a Donatello, quien por primera vez, calló y me dio la espalda.

Desemboco en el Zócalo. Del lado izquierdo está la Catedral, al frente Palacio Nacional y a la derecha, la Jefatura del gobierno citadino. Al centro se levanta la inmensa asta de donde cuelga el lábaro patrio. Por encima refulge una luna creciente. Me percato de su presencia junto con sus huestes que llueven desde cada estrella.

—¡Sonia! ¡Que el grupo de asalto no avance! ¡Sácalos de allí!

—¿Qué? ¿Por qué?

—Aquí está nuestra querida Itzpapalotl, la inestimable mariposa de obsidiana. Y no viene sola. Trajo una horda de tzitzimitl de las cuatro regiones del Tamoanchan. No importa que contemos con licántropos, strigoi o ghoules —expreso. Teníamos una posibilidad de distraer a un dios pero no a dos y menos con lo que se viene encima.

—¿Qué diablos? Alfredo, no te atrevas…

—Es un buen día para morir, besos como siempre —contesto mientras tiraba el auricular y me despojaba de la ropa.

A mi alrededor caen enormes jaguares y perros que de inmediato se convierten en las mujeres descarnadas de más de dos metros y medio de altura, con el rostro, cuello y pecho sin piel; aunque las mamas, largas y secas, les colgaban a la par que el collar de corazones y cráneos. Debajo del costillar, apenas sostenido por tejidos, se ven el hígado, estómago y otras vísceras. Sus brazos, esqueléticos, terminan en garras. Debajo de la falda sobresale tanto la cabeza como el cascabel de una víbora. A los lados de ella se abren de una forma obscena, como si estuviera trozada la cadera al dar a luz, dos piernas esqueléticas que finalizan en las garras de un águila. Sin embargo, lo que más detesto son los ojos y dentaduras arriba de cada articulación. No tiene punto ciego.

Al quedar desnudo me transformo en mi nahual, un coyote. Continúo mi carrera. Casi al llegar a la asta bandera se forman grietas en el suelo de concreto. Ahora debo cuidarme del cielo y del infierno. Por fin puedo ver más allá de la reja que rodea al Sagrario y la Catedral Metropolitana: de una rajadura flotante de borde rojo y negro, emerge Huitzilopochtli con su penacho, escudo y un macuáhuitl de color azul con sus dos líneas laterales de obsidianas incrustadas.

Desde Palacio Nacional, los soldados y la guardia presidencial disparan por doquier en un rapto frenético. Me sobrevuela una lluvia de flechas que lanzan las tzitzimitl a mis espaldas. Caen los soldados y agentes del gobierno. El dios levanta el escudo a la par que crece a seis metros de altura. Ningún proyectil lo alcanza, hace girar su arma y una negra nube de hojas de obsidiana salen proyectadas. Maldigo en una de las necrolenguas y tengo que desviarme cuando de una de las grietas del suelo emerge un guerrero águila recién llegado del inframundo, del Mictlan.

No me hace caso y se lanza contra una tzitzimime que aterriza y se transforma. A una veintena de metros de Huitzilopochtli alcanzo a ver mi objetivo alrededor de su cuello. De sorpresa Itzpapalotl se arroja a sus espaldas desde el cielo. De inmediato cambio mi trayectoria hacia la izquierda, al tiempo que ella lo impacta y lo golpea con sus oscuras alas de obsidiana. Ruedan una decena de metros y aprovecho para ojear el Zócalo: cientos son los que combaten arrancándose extremidades, partiéndose el cráneo al tiempo de lanzar gritos de guerra. Al ser entes descarnados y almas de personas fallecidas, no sangran ni aúllan de dolor.

Me llega el sonido agudo, como de enormes avispas desde el cielo. Son varios drones de combate que se enfilan a donde se baten ambos dioses. Rápido retrocedo y me refugio detrás de la reja de la catedral. El plan era usar uno o dos, no la docena que trajimos. El estallido es brutal y, apenas pasa la onda expansiva con su ola de fuego, corro en cuatro patas a donde Huitzilopochtli está tirado de espaldas intentando entender qué pasó. De un salto llego a su pecho, con otro a su cuello y empleando a fondo mis mandíbulas, corto la cuerda de cuero entretejido del que cuelga el dije. Un brinco más me lleva al pavimento e inicio una desaforada carrera por la calle de Moneda. A cuadras de distancia escucho cómo retumba el combate.

—¿Qué madres pasó ahí? —grité arrojando el dije en la mesa del comedor en la casona del centro de Coyoacán.

Alrededor estaban doña Jacinta, sus curanderas y sabias; don Eulogio con el capitán de su escuadra de xólotls y nahuales; Sonia y, para mi sorpresa, Donatello. Están rodeados de velas, veladoras y sahumerios. El suelo y las paredes refulgen con las invocaciones de protección pintadas con el humo, perfume de cempasúchil y cenizas de peyote. A un lado del altar está una televisión encendida.

—Lo siento mi niño —habla Jacinta con su ronca voz, llena de eras pasadas—, no lo vimos venir. Ni siquiera la Tonantzin, está muy atribulada y siente una enorme pena.

—Tampoco supimos de esto en las mesas —continúa don Eulogio—, nada indicaron los rezos ni las danzas…

—O sea —arrebaté la palabra a un Mayor, era mucho mi enojo—, apenas sobrevivo el ensayo de un Ragnarok y ninguno recibió el memo. Si no es por Sonia y sus drones, no salgo de allí. ¿No se supone que están en comunión y comunicación con el mithocosmos mesoamericano? ¿O qué ch…

—Sssssssiento interrumpirte Alfredo —corta Donatello—, pero ssssssssi había “memo” —hizo el gesto de entrecomillar con largos y pálidos índices de cinco falanges—. Essssssstaba trassssssspapelado en Missssssskatonic.

Callo. Conozco bien buena parte de su biblioteca maldita y allí, fuera de cierto códex hecho con piel humana que recuperé en mi primer caso, no tienen material prehispánico. En el Vaticano, bajo bóvedas y trampas mágicas, se esconde un buen de material al que ni siquiera el Concilio del Syndicat tiene acceso.

Donatello deposita una caja de madera en la mesa. Me contengo de tomarla al primer impulso. Las imágenes en la vieja televisión muestran que amanece y los dioses, combatientes y caídos se esfuman ante la luz solar. Quedó solo un feo cráter donde impactaron los drones, así como multitud de grietas a lo largo y ancho de la Plaza Mayor y calles aledañas. Los comentaristas están muy alarmados y el ejército despliega sus fuerzas.

Tomo la caja y la abro. En su interior encuentro un cristal de forma casi triangular del doble de mi puño. El interior son multitud de metales, otros minerales y material que no supe distinguir. Casi invisible y difuso al principio, se ilumina con una tonalidad verde que crece en intensidad hasta cegar al tiempo que un vaivén surge del suelo, nos eleva unos centímetros y nos deja caer. Disminuye la intensidad de la luz y se apaga. De inmediato lo regreso y cierro la tapa.

Donatello la recoge para desaparecerla debajo de la capa que siempre porta. De allí extrae un cuadernillo y me lo pasa. En la carátula está pirograbado: A.H. Claramente era del siglo XIX y un post-it amarillo indicaba la página que debía leer.

—En corto, Donatello, ¿qué encontraste?

—Anexxxxxxxo al diario de Alexxxxxxxander Humboldt, lo olvidó en Missssssskatonic en un viaje. Junto con un baúl y la cajita. Que el cristal le fue dado por un grupo de anccccccianosssssss en la ssssssserranía del sssssssur de México. Cuando se enccccccendiera, la Madre Terrible essssssstaría por dessssssspertar.

—¿Quién es esa Madre Terrible? —pregunto algo desconcertado.

—Cipactli, mi niño —contesta en tono muy serio doña Jacinta—. La diosa cósmica madre del origen, aquella que al morir de su cuerpo se creó el mundo. Las escamas de su piel son las montañas y el cristal es un fragmento de una de ellas.

—Pero el morir para ella —continúa don Eulogio— es un momento del dormir y del soñar. No es morir en el sentido que trajeron los europeos. Ellas, las múltiples diosas que a la vez son las madres, creadoras y destructoras, están regresando, Alfredo. Hay un cambio en el orden y las jerarquías. La Gran Madre Terrible lo sabe y despierta. Y nada puedes hacer tú, en especial.

Me quedo estupefacto. Mi grupo de irregulares tolerados por el Syndicat, hemos estado ocupados una veintena de años resolviendo casos donde ellos nunca intervendrían. Más de una vez ayudamos a mantener la mithósfera en equilibrio a pesar de las seelies, primigenios y némesis vangelsianos. Incluso detuvimos la intromisión de los angeloups gracias a una antigua bruja y un loup garoup.

—No significa que estemos condenados a un final del mundo —interviene mi querida Sonia—. Es que eres varón, un varón que será inútil en el cambio que viene.

—Pérame, barajeámela más despacito. ¿Cómo que soy un inútil, Sonia?

—Entendiste mal, veamos cómo te lo explico. ¿Te acuerdas del yin-yang? Allí donde tú haces equipo conmigo, combinados: tú el yang con su trocito del yin y yo viceversa. Pues, para lo que haremos, necesitamos solo del yin en la creación de la nueva senda. En eso eres inútil.

—Pero, pero… —intenté argumentar.

—Mi niño, ¿puedes cargar una vida en tu vientre y parirla? —cuestiona doña Jacinta.

—No, pero…

—Eso zanja la cuestión —continúa doña Jacinta—. Sonia hará lo que nosotras le digamos, ¿quedó claro? Tú ayudarás por detrás pero no puedes intervenir, ¿entendido?

Es extraño estar rodeado solo por elementos masculinos de mi grupo de choque. Donatello, con sus extraños contactos o lanzando hechizos, nos consiguió un centro móvil de comando y control del Ejército Mexicano. Veinte strigoi, loup garoups además de xólotls y guerreros de las mesas de don Jacinto están sentados frente a las consolas de triple pantalla. Cuidan a doña Jacinta y sus brujas en el Cerro de la Estrella, así como a las santeras y curanderas en el extinto afluente en Chapultepec. Han iniciado el rito para dormir a Cipactli.

Un tercer grupo debería estar donde Huitzilopochtli demandó la fundación de Tenochtitlan, pero él sostiene su posición inicial junto con los guerreros jaguar y águila que el Mictlan le cedió. Si no se puede el rito en paz y armonía, será el baño de sangre.

En la esquina lejana del Zócalo yace Itzpapalotl muy mal herida. El combate, aunque oculto por la luz solar, duró tres días. La cuidan otras diosas madre, Mayahuel y Xochiquetzal. El panteón mesoamericano es muy complejo, queda claro que están divididos en un bando masculino y otro femenino además de un grupo que no interviene como Quetzalcóatl, Tláloc o la pareja que rige el inframundo. Sospecho que tiene que ver con que es la guerra para que terminen las guerras y representan a los pacifistas.

Esta tercera noche es vital, es cuando la Luna de Sangre colgará cual orejera en la noche. Otro sismo inicia y el CC&C se bambolea lado a lado por dos minutos. Leo en pantalla que fue de 7.2 en escala Richter. Cada vez son más seguidos y de mayor duración. Don Eulogio dice que cuando pase de doce grados y no pare, es que Cipactli ha despertado y estará levantándose. Espero que no lleguemos a eso.

Sonia, tras la bendición de Tonantzin a través de doña Jacinta, será la Gran Comandante. Su clan infectó a las tzitzimitl con los gusanos que los vuelven una unimente que se puede coordinar en masa, por grupos, o actuar de forma independiente. Está apoyada por strigoi hembra, nyx, black seelies que llegaron sin pedírselos, además de banshees y otras entes del Syndicat de la capital de México.

A diferencia de las huestes de Huitzilopochtli que atacan a lo bruto, ellas traen consigo la coordinación, estrategia, tecnología y magia de miles de años. Deben crear un frente de punta de flecha para que por allí logre penetrar Sonia y su escuadrón de apoyo. De súbito las vermii reinas, que han atraído como distractor a cientos de personas infectadas, casi zombificadas, desbordan el perímetro y las calles del centro de la ciudad.

Si sale el plan, Huitzilopochtli quedara a distancia de tiro del atlatl de Sonia, el lanzador jabalina en cuyo extremo está el espejo humeante que robé, ya cortado, pulido y afilado. Debe atinarle al corazón o, de perdis, a un ojo para matarlo. A continuación, lo desmembrará como él lo hizo con Coyolxauqhui, su hermana. Con eso lograremos tanto generar un equilibrio como que Coatlicue, la madre de ellos y otros dioses, se tranquilice en su dolor. Esto, a su vez, hará que Cipactli duerma otra vez. En verdad es enredado este cosmos de la mithósfera.

—Sonia —aviso—, el CC&C listo. Seré tu sombra de aquí al final.

—Gracias, Alfredo. Empezamos en diez, nueve, ocho…

Estamos tranquilos, siempre hemos sido un gran equipo, un yin-yang. Algún día nos tocará el verdadero final del mundo. Hoy no dejaremos que ocurra.