Los fugitivos


Ronnie Camacho Barrón


El día en que los humanos perdimos la fe, fue el mismo en que los ángeles descendieron a la tierra, al principio el mundo se maravilló ante ellos y aunque su apariencia no encajaba en el canon de las descripciones conocidas, no cabía la menor duda de quienes eran.

Pues poseían cuatro pares de gigantescas alas blancas, sus ojos resplandecían más que el propio sol, las facciones de sus finos rostros les daban un aspecto andrógino y emitían una intensa aura celestial que hacía que cada persona en un radio de diez metros a la redonda terminase rendida a sus pies.

Como era obvio, los creyentes del mundo les recibieron con los brazos abiertos, estaban ansiosos por escuchar el mensaje que seguramente Dios les había encomendado darnos.

Fue muy tarde cuando descubrimos que aquellos seres alados no eran mensajeros de buenas nuevas, sino, vengativos ejecutores.

En cuestión de días y haciendo uso del poder de sumisión que tenían sobre nosotros, comenzaron a asesinar a cada humano que se pusiera en su camino, hasta el punto, de que grandes metrópolis como la Ciudad de México, Paris y Nueva York fueron purgadas en tan solo una tarde.

Sin más alternativa, la guerra en contra de los celestiales comenzó y no fue hasta hoy, a un año de haber iniciado el conflicto que por fin hemos encontrado la respuesta a su venida.

Con mucho esfuerzo logramos derribar a uno ellos y tras cercenarle las alas, no solo inhibimos sus poderes, también logramos interrogarle y lo que dijo, nos heló la sangre.

Dios no los había enviado, fueron ellos quienes por decisión propia habían descendido a la tierra para esconderse de él, pues siguiendo los pasos de Lucifer en los comienzos de la creación, ellos también intentaron rebelarse y de igual forma, fracasaron.

Fue por eso que antes de recibir su castigo, huyeron a nuestro mundo, pues solo aquí su ira jamás los alcanzaría y al ser ellos mismos sus propios ejecutores, nadie jamás los detendría de apropiarse del planeta.

No tenemos idea de cual será nuestro siguiente movimiento, la munición que tenemos es escasa y el último reporte que obtuvimos de nuestros vigías antes de perder la comunicación con ellos, es que una brigada entera de ángeles viene para acá.

Jamás pensé que el apocalipsis sería de esta manera, ni que aquellos seres hermosos en los que mamá me enseñó a creer, se convertirían en monstruosos bastardos que se cobrarían la vida de la mitad de nuestra civilización.

Ya los veo acercarse a la distancia y aunque yo deseo correr, mi cuerpo no responde, sé que ya no sirve de nada rezar, pero señor, te lo suplico, cualquier cosa que me vayan a hacer que la hagan rápido.

Un pasaje sin limites

Autor: Ronnie Camacho


Jamás había conocido a alguien como tú, usualmente la mayoría sale corriendo cuando me ve. Pero tú eres distinto, en lugar de huir te emocionaste por mi presencia, e incluso, me has invitado a tu casa a beber unas cuantas cervezas.

Me agradas, eres el primero que no solo se ve como yo, sino que también, me recuerda a mí cuando era más joven.

—¿Entonces vienes de otra dimensión? ¿Cómo fue que llegaste aquí? —preguntas con la inocencia de un niño.

—Fue con esto —sin temor alguno, coloco sobre la mesa al artefacto que me trajo hasta aquí.

—¿Qué es esa cosa? Parece un viejo micrófono con dos cabezas —comienzas a estudiarlo.

—“Esa cosa”, se llama el frecuenciador.

—¿Cómo funciona?

—¿Ves las dos cabezas de micrófono? —asientes—. Ellas absorben las partículas de dos dimensiones distintas y por medio del sonido, crean un conducto seguro por el cual puedo cruzar de un mundo a otro.

—¡Increíble, ¿puedo ver cómo funciona?

—Claro —no debería, pero tu optimismo se me contagia y con el frecuenciador, formo un pequeño portal del tamaño de una ventana para que puedas ver en su interior.

Maravillado observas lo que hay del otro lado, un universo donde las estrellas son seres vivos y están hechas de luz y cristal.

—¡Wow! —te quedas sin aliento hasta que el portal desaparece.

—¿Te gustó lo que viste?

—¡Me fascinó, ¿cuántos mundos hay?!

—Su número es infinito y cada día sigue aumentando, podríamos vivir un millón de vidas y aún así, nos faltaría tiempo para visitarlos todos.

—¿En serio?¿Cuántos has visitado tú?

—Cientos, he viajado a un mundo donde el meteorito que mató a los dinosaurios jamás existió y estos se desarrollaron hasta evolucionar en una especie inteligente, tierras donde la magia es real y es la fuerza más poderosa del universo, y realidades post apocalípticas donde los muertos vivientes se arrastran sobre la faz de la tierra en busca de seres vivos para comer.

—¡Eso suena asombroso! Imagino que tu mundo ha de ser igual de genial —sin darte cuenta has tocado una fibra sensible.

—No, mi mundo ya no existe.

—¿Qué le pasó? —por la expresión en tu rostro veo que tu preocupación es sincera.

—En mi realidad, la ciencia lo era todo y por ello, los descubrimientos que a otros universos les tomaría siglos realizar, a mi mundo solo le costó décadas, fue así como resolvimos el enigma de viajar entre dimensiones, creamos los frecuenciadores y…

—Eso no suena tan mal —me interrumpes.

—No he terminado —le doy un trago a mi cerveza antes de continuar—. Habiendo resuelto todos los secretos de nuestros mundo, decidimos usar los frecuenciadores para tratar de resolver los misterios que escondían los demás, pronto nos convertimos en viajeros interdimensionales y con cada expedición, trajimos objetos de otros mundo al nuestro; hasta el punto de que mi tierra se convirtió en un collage repleto de objetos de otras realidades. Jamás pensamos que eso llevaría nuestro mundo a su fin.

—¿Cómo ocurrió?

—El uso excesivo de los frecuenciadores y los miles de objetos traídos desde otras dimensiones, crearon un daño irremediable en el tejido de mi realidad y nuestro universo colapso debido a ello. Desde entonces, mi gente comenzó a trasladarse de un mundo a otro, pero ya no como viajeros, sino como refugiados sin un lugar al que volver.

—Lamento escuchar eso.

—No lo hagas, con el tiempo descubrí que aquella tragedia en realidad era una gran oportunidad.

—¿Ah, sí?

—Sí, quizás mi mundo ya no existía, pero ahora tengo la oportunidad de poder acoplarme en muchos más, vivir distintas vidas, en diversos universos donde otras versiones de mi existan.

—¿Es por eso que viniste aquí? ¿Quieres vivir conmigo?

—No, quiero tu vida.

—¿Qué cosa?

—Por mucho que me gustaría vivir contigo, dos versiones de un individuo no pueden coexistir en una dimensión al mismo tiempo o de lo contrario está colapsaría. Por lo que, si yo quiero quedarme aquí, tú tendrías que irte.

—¿Y a donde me iría? ¿Me obsequiarás tu máquina transportadora para que ahora sea yo quien viaje por el universo?

—Debo admitir que esa es una propuesta interesante. Pero si te diera mi frecuenciador, ¿cómo podría continuar viajando yo?

—¿Entonces qué pasará conmigo?

—Tranquilo, pronto ya no tendrás que preocuparte por eso.

—¿Eso qué significa? —para responder a tu pregunta señalo a tus pies y lo que miras te deja pasmado.

—¡¿Qué está pasándome?! —tratas de levantarte, pero para este punto tus piernas se han desintegrado por completo.

—Mientras charlábamos, te disparé con este láser devorador de materia. No te preocupes es un proceso indoloro y cuando termine no quedará nada de ti, será como si nunca hubieras existido.

—¡Cabrón! —pretendes lanzarme un puñetazo, pero la desintegración ha llegado hasta tu cuello y en cuestión de segundos, te veo desaparecer por completo.

Es una pena, eras una de las pocas versiones de mí que en verdad me agradaba; pero bueno, al menos ahora tengo otro destino y una nueva vida agregada a mi pasaje.

Mis queridos padres

Autor: Ronnie Camacho


¡Los macarrones están listos! ¿Sabes? Nunca pensé que te traería a casa, no eres muy simpático y realmente muchos te tenemos miedo, pero bueno mis padres querían conocerte y que mejor forma de hacerlo que invitándote a cenar.


Ya quiero que den las ocho para que se despierten y al fin te puedan conocer, sé que para ti es muy gracioso molestar a los demás. Y más, centrarte específicamente en mí solo porque soy adoptado, pero mamá y papá ya me había advertido que muchas personas no lo entenderían y que otras más se reirían de mí, solo por eso.


Siendo sincero no te entiendo, pero debo admitir que durante el día mi vida sin ellos es muy solitaria. Pues tengo que levantarme desde muy temprano para ir a la escuela, solo para que me molestes, luego saliendo tengo que ir a hacer el súper y finalmente llego a casa a prepararme la comida.


Tal vez mi vida no sea como la tuya o la del resto de los niños, pero no me siento mal, pues desde el principio mis padres me han hecho saber que, si bien la sangre no nos une, ellos me aman con todo su corazón. Cuando despiertan, juegan conmigo, me ayudan con la tarea y tratan recuperar todo el tiempo perdido, antes de que yo tenga que ir a dormirme.


Ellos son magníficos y, de hecho, su historia favorita y la que siempre relatan al resto de la familia, es la de cómo me encontraron. Aunque la he escuchado miles de veces, siempre es un gusto para mí oírla de nuevo.

¿Quieres escucharla? ¿No? Bueno de todos modos te la contaré.


Mis padres cuentan que la primera vez que me vieron fue cuando conocieron a sus vecinos del departamento de arriba. Al parecer mis verdaderos progenitores eran una pareja joven y sin experiencia que recién se había casado y trataban de formar una familia juntos. Pero lo que parecía el comienzo de un cuento de hadas, termino siendo una horrenda pesadilla.

Como los vecinos de abajo, mis padres adoptivos fueron testigos de todos los gritos, pleitos y amenazas que se suscitaban entre la joven pareja del piso de arriba. Cuentan que, sin importar la hora, fuera día o de noche, ellos escuchaban mi incesante y desgarrador llanto que en ningún momento, mis verdaderos progenitores se molestaron en calmar.


Pasaron los meses y las cosas fueron de mal en peor, fue así que mis padres decidieron hacer algo al respecto. Habían tratado de mantener un perfil bajo después de haber tenido problemas en su antigua ciudad, pero decidieron rescatarme.


Con sigilo, se adentraron en el departamento de mis padres biológicos y lo que vieron, los horrorizó. Las personas que me dieron la vida tenían su casa hecha un muladar: comida vieja se pudría en la nevera, botellas de cerveza se esparcían por todo el suelo y yo dormía en una cuna repleta de basura, con el pañal lleno y evidentes signos de desnutrición.

Fúricos por lo que vieron mamá y papá trataron de encontrar aquellos monstruos para hacerles pagar. Pero por más que buscaron, solo encontraron señales que delataban que ellos se habían marchado hacía tiempo.


Mamá dice qué al verme, el primer pensamiento de ambos fue llamar a una apropiada institución para que se hiciera cargo de mí. Aunque estaban decididos a hacerlo, cambiaron de opinión cuando me tuvieron en brazos.


Con mucho cariño y un brillo en los ojos, ellos siempre relatan que desde el momento en que sintieron mi tibia cabecita y mi entre cortada respiración, su corazón se derritió por completo. En sus palabras yo era una bolita de carne, tan tierna y adorable que tuvieron que hacer un esfuerzo enorme para no comerme. Desde entonces y sin que nadie se les opusiera, ellos me criaron con el mismo amor que le darían a un hijo verdadero.


A diferencia de la relación de mis verdaderos progenitores, la relación entre mis padres adoptivos llevaba siglos de existir. Aun así, fue difícil para ellos adaptarse a mí, después de todo, las personas como ellos no suelen tener hijos. Imagina la sorpresa de todos mis tías y tíos cuando se enteraron de mí, aún hoy no puedo estar cerca de algunos de ellos, sin que mis padres estén presentes.

Durante mis primeros diez años de vida me criaron como uno de ellos. Dormía durante todo el día y jugaba toda la noche. Con el tiempo, cuando notaron que más que acostumbrarme, todo eso me hacía daño, decidieron criarme de un modo más “normal”.


Cuando tuve la edad suficiente para valerme por mí mismo, ellos recuperaron su habitual costumbre de volver a dormir durante el día y dejaron que me hiciera cargo de todo: la luz, el agua, la comida, etcétera; sin importar qué, cada noche les cuento cómo me fue durante el día. Fue así como supieron de ti y de todo lo que me haces.

Hubieras visto la cara que pusieron cuando les mostré los primeros moretones que me hiciste. O cuando les repetí todos tus insultos, o peor aún, cuando supieron que me bajaste los pantalones frente a toda la clase. Estaban tan molestos que no puedo ni describirlo. De hecho, no tendré que hacerlo, justo ahora acaban de dar las ocho, estoy tan contento, ¡por fin los vas a conocer!


Mientras espero en la mesa del comedor las puertas del sótano se abren y de ellas emergen mis padres. Ambos lucen somnolientos, se estiran y bostezan de tal forma que dejan expuestos sus afilados colmillos, para mí es algo normal; pero para mi diario agresor, es razón más que suficiente para comenzar a temblar en la silla en la que lo tengo amarrado.

―Hola má, hola pá.


―¡Tesoro! ―apenas me ven, corren para abrazarme y a pesar de sus cuerpos fríos, puedo sentir lo caluroso de su afecto.

―Mamá, papá, él es Ricardo, el compañero de quien les hablé.


―¿Con que éste es el niño? ―Una mueca de desagrado se dibuja en el rostro de mi padre.

―Sí, él es el que todos los días me molesta y se burla de mí por ser adoptado ―al enterarse de quién es, gruñen furiosos y en un parpadeo se plantan frente a él.


―¡Jamás debiste meterte con nuestro niño! ―Ruge mi madre a centímetros de su cara.

Ricardo comienza a suplicar bajo la mordaza que aprisiona su voz y a pesar del desagrado que siento por él, les pido que se detengan.


―¡Mamá, papá, esperen! Quiero escucharlo ―ante mi extraña decisión mis padres se detienen, intercambian una mirada confusa y tras unos segundos de dudas, obedecen y le quitan la mordaza.

―¡Perdóname Francisco no vuelvo a molestarte, yo…y…yo, solo estaba jugando, pero te juro que a partir de hoy, no me vuelo a meter contigo! ―Sus suplicas y lloriqueos me hacen pensar y aunque me gustaría creer en sus palabras, me gusta más comer en familia.


―Má, pá, pueden hacerlo, ya hace hambre ―respondo, antes de probar una cucharada de mis macarrones.

El ilegal

Autor: Ronnie Camacho Barrón.


Llevo horas encerrado en esta sala para interrogatorios, la potente luz blanca de la bombilla sobre mi cabeza me causa migraña y mis manos esposadas a una fría mesa de metal, hace tiempo que se han entumecido.

Por si fuera poco, me gruñen las tripas, me siento sucio y no he vuelto a ver a mis hijos desde que esos hombres me separaron de ellos, Dios quiera y se encuentren bien.

Sé que debí sacarlos cuando pude, pero ¿Qué más podía hacer? En aquel momento estábamos entre la espada y la pared, creí que hacia lo correcto al confiar en él, después todo era nuestro amigo, nuestro líder, nuestro pastor.

Mientras me hundo aún más en mi frustración, la puerta de la sala se abre y un hombre vestido completamente de negro entra.

Lleva un café en la mano, silba alegremente y su rostro se encuentra cubierto por un sombrero fedora y unas oscuras gafas de sol.

—Buenas noches, señor…¿Marines?

—Es Martínez.

—Discúlpeme —sonríe con una falsa amabilidad mientras se sienta frente a mi—. Señor Martínez, ¿podría decirme que fue lo que pasó?

—No, no voy a responder ninguna de sus preguntas, hasta que sepa dónde están mis hijos.

—Sus niños se encuentran bien, los hemos alimentado y nuestro personal médico se asegurará de que no tengan ningún tipo de daño, usted tranquilo, ahora responda a mi pregunta, por favor.

—Aunque se lo cuente, no me lo creería.

—Pruébeme —me desafía antes de dar un trago a su café.

—Como usted quiera —carraspeo mi garganta antes de empezar—. Todo comenzó la noche del viernes pasado, como siempre después de que saliera del trabajo, junto a mis niños fui al servicio nocturno que ofrece la iglesia que se encuentra entre Boulevard Luther King y la calle Quinta, ¿La conoce?

—Claro que la conozco, después de todo el escándalo que se armó, toda Norteamérica sabe de ella —dice de forma burlona—. Por favor, prosiga.

—El encargado de dar la misa era el reverendo Swanson, el hombre era nuevo en la ciudad, pero rápidamente se ganó toda nuestra confianza, después de todo, su iglesia era una de las pocas que aceptaba con los brazos abiertos a gente en nuestra situación.

—¿Su situación?, ¿Habla de su condición como ilegal?

—Así es —la cara se me cae de la vergüenza cada vez que escucho esa palabra.

—¿Hay algún problema? —supongo que por mi silencio nota mi inconformidad.

—Ninguno señor, como le decía, el reverendo Swanson era el responsable del servicio, se encontraba dando los últimos anuncios parroquiales cuando de pronto el potente resonar de unas sirenas ahogó su voz, no fue difícil saber de qué se trataba por la expresión en su rostro lo supimos al instante, era una redada, los agentes de inmigración habían llegado por nosotros.

—Eso debió tomarlos por sorpresa.

—Sí y no, semanas antes de la redada muchos de mis compañeros del trabajo y otros miembros de la congregación que también eran ilegales, habían desaparecido sin dejar rastro, era más que obvio que migración se encontraba detrás de todo aquello y por eso, el pastor ya había coordinado una estrategia con nosotros.

—¿O sea que lo de bloquear la entrada con las bancas fue idea suya?

—Dijo que eso sería lo más sensato, después de todo, si ellos querían separarnos de nuestros niños y sacarnos de este país, primero tendrían que llegar hasta nosotros.

—¿Cómo fueron los primeros días después de que se atrincheraran en la iglesia?

—Como es obvio durante el primer y segundo día los agentes trataron de entrar en más de una ocasión, pero como pudimos, evitamos que tumbaran las barricadas, nos apoyamos entre todos e incluso ciudadanos como usted, aún estando en contra de la ley y sin haber formado parte del plan del pastor nos ayudaron a resistir cada una de las incursiones.

»Algunos hasta subieron videos denunciando la situación y expresando la indignación que sentían al ver como su gobierno trataba a personas como nosotros igual que a criminales

—Esos videos fueron los que hicieron que toda la nación pusiera los ojos sobre ustedes, ¿Qué pasó después?

—Todo se fue al carajo, la gente tenía hambre, nos cortaron la luz, el agua y hasta tiraron la señal telefónica para impedir que siguiéramos comunicándonos con el resto del mundo, pronto las disputas comenzaron y el compañerismo murió, fue entonces cuando muchos quisieron abandonar la iglesia, pero no podíamos permitirles que abrieran las puertas o de lo contrario los agentes entrarían por todos nosotros.

—¿Qué fue lo que hicieron con ellos?

—El reverendo ordenó que los encerráramos en el sótano del templo, nos dijo que no estarían ahí mucho tiempo, que él hablaría con ellos y los haría recapacitar.

—Supongo que cuando vio los cuerpos se dio cuenta de que no fue así, ¿Cuándo los encontró?

—Los encontré durante la última y quinta noche, para entonces hasta nosotros habíamos perdido la fe en que los agentes de inmigración se fueran, además nuestros niños ya estaban muy cansados y hambrientos como para continuar, así que después una votación, fui el designado para ir a decirle al pastor que abriríamos las puertas. —Entonces fue al sótano —intuye.

—Sí, después de no haberlo encontrado ni en su despacho o el en salón, decidí ir ahí, supuse que todavía estaría hablando con aquellos que querían irse, así que no toqué la puerta, simplemente entré y con cada paso que daba al bajar por las escaleras una tenue luz verdosa se hacía más intensa.

—¿Una luz verdosa?

—Sí, con cada escalón que bajaba está se hacía más intensa y cuando llegué al último, me encontré con la fuente de la que emanaba.

—¿De dónde provenía?

—La luz salía de unos enormes cristales verdes similares a esmeraldas que se encontraban incrustados en el piso y techo de una cueva excavada en donde alguna vez estuvo el sótano.

Fue una sorpresa encontrarme con aquello, pero el asombro desapareció tan pronto y como vi la decena de cuerpos mutilados esparcidos por cada rincón del sitio.

—¿Eran ellos?

—Sí, eran todas las personas que habíamos encerrado, todas estaban muertas, pero sus rostros aún mostraban un terror indescriptible, además a cada uno les faltaba algo, un ojo, un brazo e incluso el corazón, pero a pesar de que sus órganos y extremidades fueran extirpados de sus cuerpos; estos no se encontraban muy lejos de ellos, alguien los había metido dentro de jarras de vidrio llenas hasta el tope de un viscoso líquido transparente que parecía estarlas conservando frescas.

—Ya veo —el hombre de negro se muestra tranquilo a pesar de todo lo que le he contado—. ¿Dónde estaba el pastor?

—Horrorizado comencé a retroceder hasta que mi espalda chocó con algo muy duro, cuando me di la vuelta para ver de qué se trataba, por fin lo encontré.

»Antes de que siquiera pudiera decir algo el reverendo me tomó por el cuello con una sola mano, me levantó del suelo y luego con una voz cavernosa me dijo: “No debiste ver aquello, pero que de todos modos, ya no faltaba mucho para que llegara la hora de cosecharte”, entonces, comenzó a azotar mi cabeza contra una de las paredes de la caverna.

—¿Cómo fue que escapó?

—Estaba por asesinarme cuando de la nada, una explosión sacudió el piso de arriba, eso lo distrajo lo suficiente como para que pudiera alcanzar una de las urnas de cristal que terminé estrellando sobre su cabeza.

»El golpe hizo que me soltara y mientras me reponía, vi como las esquirlas de vidrio desgarraron la mitad izquierda de su rostro dejando expuesta una segunda piel de color negra y escamosa que se escondía debajo.

—¿Qué hizo al percatarse de aquello?

—Lo que toda persona en sus cabales haría, apenas pude incorporarme salí corriendo en busca de mis hijos, ya no me importaba si migración me separaba de ellos, lo único que tenía en mente era sacarlos de ahí.

»Cuando llegué hasta la sala donde se auspiciaba cada servicio, me encontré con la sorpresa de que nuestra barricada había sido derrumbada por explosivos y que varios agentes ya se encontraban sacando a mis niños y a todos los demás. Al percatarse de mi presencia un par de ellos corrieron hacia mí y al ver sus armas, por instinto me tiré al suelo y levanté las manos, pero en lugar de esposarme, sacaron un cuchillo e hicieron un corte en mi mejilla, luego estiraron la piel de la herida y comenzaron a ver en su interior con una linterna.

En ese momento lo comprendí, si buscaban a alguien, no era a nosotros.

—¿Qué pasó después?

—Les dije dónde estaba esa cosa y de inmediato fueron directo al sótano, donde tras un siseo amenazante, lo último que escuché fue el sonido de sus armas al disparar.

—Ya veo, muy bien, ¿Es todo lo que recuerda?

—Es todo lo que he querido olvidar.

—Perfecto —sonríe complacido.

—¿Podría decirme que era él? Sé que ya no tiene sentido, pero debo saberlo.

—Escuche, solo le diré que a diferencia de usted, el “Reverendo Swanson” no era de ningún lugar de este mundo…bueno, es hora de que me encargue de usted —se levanta de su silla y mete la mano en su saco.

—¡Por favor no me mate, solo regréseme a México junto con mis hijos y le juro que jamás le diré nada nadie!.

Al escuchar mis súplicas el hombre solo arquea una ceja confundido.

—Señor Martínez, tranquilo, no le mentiré, a veces hacemos uso de la violencia y la intimidación, pero en su caso haremos algo distinto —sonriente, saca la mano de su traje y pone sobre la mesa un pequeño cuadernillo de cuero negro con el escudo de los Estados Unidos grabado en la tapa.

—¿Qu…qué es eso? —el azúcar se me ha ido hasta los suelos, al pensar que iba sacar un arma.

—Su pasaporte, bienvenido a Norte América señor Martínez.

—¿Por qué me entrega esto?

—Después de todo por lo que pasó se lo ganó, además preferimos tenerlo cerca y vigilarlo, que lejos y hablando de más, ¿comprende?

—Lo…lo comprendo.

—Es bueno que nos entendamos —me da una palmaditas en el hombro, para luego con una llave abrir las esposas que retienen mi manos—. En breve lo sacaremos a usted y a sus hijos de aquí, le deseo buena suerte y que sea muy feliz.

—Gracias.

—Solo no lo olvide, lo estaremos vigilando —tras esa última advertencia y una intimidante sonrisa, el hombre se retira y yo, me quedo solo en la habitación esperando a que vengan por mí.